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love in the 90s is paranoid
Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.
Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting–, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.
Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.
Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?
domingo, febrero 08, 2026
but I don't wanna talk, I only wanna listen
Sobrevivía a una mala temporada, a casi dos años de visitas a gastroenterólogos, a casi dos años de fármacos, diagnósticos fallidos y endoscopías que terminaron en una cirugía, sobrevivía a casi medio año de náuseas matutinas y de mononeuropatías provocadas por tantos fármacos, sobrevivía a casi medio año de odiar mi existencia, de sufrir ataques de pánico a la mitad de la nada, sobrevivía a la convalecencia de la cirugía, sobrevivía a una terrible faringoamigdalitis, estaba tumbado en la cama, lidiando con los escalofríos, como un junkie en abstinencia, apenas hablando lo indispensable sin sentir malestar y tomando líquidos como loco y evitando sales y grasas, cuando me encontré un video de Kurt Vile en YouTube.
Era un tipo alto y con el cabello largo y quebrado, nunca lo había escuchado, tenía una voz estilo “lazy”, como que cantaba despreocupadamente y arrastraba las palabras, también tocaba una Jaguar como la que hizo famosa Kurt Cobain a principios de los 90, y vestía Levi's y una camisa de leñador, y su banda –conformada por un baterista, por un bajista, y por un guitarrista que también hacía efectos con un sintetizador– lo acompañaban en una canción hipnótica en la que destacaba un arreglo de la guitarra eléctrica, su música sonaba a “indie-folk-oscuro” y esa canción en particular movió algo dentro de mí.
Había contraído faringoamigdalitis a mediados de octubre, estuve así durante casi todo el mes y volví a enfermarme por ahí de la segunda semana de diciembre, al salir de una cena de fin de año en casa de una colega de la universidad, tenía más de un mes en convalecencia cuando descubrí a Kurt Vile, no había salido a la calle en toda la semana, incluso yo, que no soy tan nómada y puedo estar encerrado en la casa muchos días, estaba mortalmente aburrido, sintiendo escozor en la garganta y en los ojos, con la nariz llena de mocos, con debilidad muscular, y esa canción sonaba a bienestar, hizo que pensara en que no podía estar enfermo toda la vida, en que me acercaba a la luz al final del túnel.
Lizzie y yo entramos al Plaza, y no había reparado en que tenía más de quince años que no me paraba por allí, desde mucho antes de conocer a Lizzie, por ahí de los años dos mil, cuando la UNAM estaba en huelga y El Plaza era un cine en el que proyectaban películas de culto, hasta un par de veces vi una que otra película de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y unos tipos me siguieron varias cuadras al final de una función y me puse paranoico y prácticamente corrí hasta el metro Chilpancingo debajo de la lluvia, quién sabe quiénes eran, a lo mejor solo se trató de mi imaginación.
Las luces de El Plaza se encendieron poco a poco y poco a poco la gente salió del recinto y el técnico de guitarra apareció otra vez en el escenario y tomó del suelo el setlist y se lo entregó a una persona del público. «Si lo hubieras ayudado a comunicarse con el vendedor hace rato, a lo mejor te habría entregado el setlist a ti», pensé.
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