Caminé más de una hora, desde Hidalgo hasta Tlatelolco, ya ninguna estación del metro estaba abierta, traía mi mochila y la MacBook, tenía muchísimo trabajo y hacía muchísimo calor, y Karina y yo nos habíamos separado, precisamente, en Hidalgo –en el último convoy de la última estación de la línea azul que daba servicio–, entre decenas de mujeres con pañuelos morados y verdes que gritaban consignas. Esa multitud de mujeres apoyándose entre sí, me había estremecido –¡vaya lugar común!–, había resultado contagiosa; en el momento, sentí que una especie de éxtasis (¿de protesta...?, ¿de rebeldía...?, ¿contra el sistema...?, ¿contra la injusticia...?) recorría mi piel como la descarga eléctrica de una anguila, y me remontó a lo que había sentido 6 años atrás, cuando avanzaba entre otra multitud en una marcha por la avenida 5 de mayo, exigiendo el final de una huelga que iba a cumplir 3 meses, en una universidad que creía que se convertiría en mi hogar académico. Por fuera del metro, me acerqué a La Alameda Central, siempre guardando mi distancia, apenas para observar a las mujeres que marchaban para congregarse con otras mujeres en algún punto de El Centro Histórico. Otra vez sentí esa especie de descarga eléctrica recorrer mi piel. De pronto, me acordé de cómo me había sentido cuando avanzaba entre otra multitud que se precipitaba por la calle de Añil hacia El Palacio de Los Deportes la noche en la que Pearl Jam tocó por primera vez en México. Entonces tenía veintipocos años. Ni siquiera conocía a Karina.
Ver y escuchar a esos grupos de mujeres era tan contagioso y tan similar a lo que había sentido en la marcha del 2019 y en la caminata desde Velódromo hasta El Palacio de Los Deportes en el concierto de Pearl Jam del 2003, pero a la vez resultaba imposible de dimensionar. Karina quería estar en la marcha y se sentía segura en ese contingente de mujeres a las que había conocido meses atrás en un grupo de Facebook, yo sólo la había acompañado a la estación Hidalgo.
Varias calles alrededor de Juárez y de Bellas Artes estaban cerradas, así que caminé por Reforma y por Eje Central y crucé Eje 1 Norte, la mochila ya era un peso demasiado incómodo, traía los audífonos puestos, no recuerdo qué iba escuchando, quizá algo de rock en español –a Santa Sabina, a Las Ultrasónicas, a Julieta Venegas, no sé, alguna canción que me hizo reparar en que casi nunca escucho rock en español y en que casi nunca escucho rock en español hecho por mujeres–, a lo mejor Rita cantó desde otra dimensión...
Aquí está la cabeza sin cuerpo;
más allá, no hay nada...
... y tenía sed pero mis piernas aún respondían, no mostraban signos de cansancio, probablemente se debía a que estaba acostumbrado a correr entre 70 y 80 kilómetros al mes, y me sentía feliz por Karina y sin embargo no dejaba de pensar en que tenía muchísimo trabajo, en que el trimestre más o menos había empezado en la universidad, en que la convocatoria del SNII acababa de ser publicada, en que tenía 3 años sin modificar mi CVU porque mi distinción estaba vigente, en que el SNII tenía una nueva plataforma y que no la conocía del todo, en que sólo tenía poco más de 2 semanas para llenar mi solicitud y enviarla al SNII, en que era Investigador Nacional Nivel I y en que buscaría la promoción al siguiente nivel.
La sed era insoportable, me detuve a unos metros de un semáforo, cerca de una estación del metrobús, un vagabundo pasó junto a mí, se parecía vagamente a Dave Pirner, y olía horrible, y puse cara de “pocos amigos” para evitar cualquier confusión, para guardar distancia, no era que no estuviera dispuesto a ayudarlo sino a que temía que me confundiera con un novato; a la distancia vi que el metrobús iba hasta la madre, saqué mi botella de la mochila, el vagabundo y su aroma ya eran historia, y tomé un poco de agua y me sentí aliviado momentáneamente. Hacía muchísimo calor pero el calor era muchísimo mejor que el frío, y volví a pensar en todo el trabajo que tenía que hacer, en los 2 cursos de licenciatura que comenzaba a impartir, uno que ya conocía duraba 3 horas y otro que tenía que preparar desde cero duraba 6.5 horas. Y también pensé en que tenía que impartir 3 charlas de divulgación de la ciencia –una para el Sleep Fest y otras 2 para conmemorar la Semana del Cerebro–, y en que también iba a moderar una mesa redonda de “Sustancias psicoactivas y cerebro”; así se llamaba el evento ya cuando me involucraron, yo no le puse el título.
Suspiré, quién sabe a cuántos grados estábamos, el sol de marzo me hacía pensar en que la primavera ya estaba en su clímax, quizá sólo era un efecto del calentamiento global, pero yo prefería ese sofocante calor que el invierno, era mil veces más práctico ir con una playera y con Levi's y con calcetas y con sneakers que ir con todo lo anterior y además con un suéter de lana y con una chamarra gruesa y con un gorro grueso y con guantes de lana y apenas poderte mover, avanzar por las calles como si fueras un muñeco de Navidad con 2 articulaciones.
Proseguí mi camino, ya había quedado atrás Garibaldi y me adentraba en La Lagunilla, creo que vi cómo la luz del sol chocaba contra el asfalto y del asfalto emergía un vapor apenas distinguible, cuando sonó mi teléfono, y contesté, un colega me dijo brevemente que nos habían dado 4 días para terminar el plan de estudios en el que estábamos trabajando desde el verano pasado, y entonces me acordé de que colaboraba en la elaboración de ese plan de estudios para una nueva licenciatura, con él y con otro colega, y en que, entre los 3, habíamos desarrollado alrededor de 40 tópicos para esa licenciatura, que habíamos incluido programas de estudios para cada tópico, bibliografía para cada tópico, potenciales docentes para impartir cada tópico y potenciales métodos de enseñanza y de evaluación para cada tópico, entre otras cosas. Y, sin embargo, esa nueva licenciatura que nos acercaría a mi interlocutor y a mí a “La Tierra Prometida” de un concurso de oposición, no estaba garantizada.
Antes de colgar, mi colega me dijo que acababan de enviar un paper a revisión al Journal of Affective Disorders y entonces, cuando colgamos, recordé que tenía unos cuantos días para terminar de contestarles a los 3 referees de una revisión, en la que era primer autor, que habíamos enviado al Journal of Neuroimmunomodulation a finales de diciembre; nos habían respondido en febrero y ya estábamos en el Round #2, y los referees prácticamente ya habían dado su Vo Bo y el paper estaba a punto de ser aceptado para su publicación, excepto que uno de ellos –el más exigente de todos– nos había pedido extender la discusión y explicar por qué no habíamos incluido estudios con animales libres de gérmenes. Ese referee también sugería incluir una figura que resumiera los puntos más importantes de la revisión. Hacía más de un año que había propuesto esa revisión al grupo de investigación con el que había colaborado, y, en realidad, como que a nadie le parecía importante, a todos les valía madre; más bien, hasta una de las Investigadoras Principales de ese grupo de investigación me había hecho sentir como un novato, como si ese fuera mi primer paper, como si nunca hubiera escrito nada en inglés, como si nunca hubiera escrito nada en español; en fin, cosas que uno debe digerir, a veces, cuando nadie te arropa, cuando no tienes un equipo de campaña que te apoya, que incluso enfatiza cuándo su protegido se acaba de amarrar las agujetas y se dispone a dar un paso por un pasillo de la universidad. Era una revisión narrativa de la literatura de antibióticos en modelos animales de enfermedades neurodegenerativas y de enfermedades neuropsiquiátricas. Evaluábamos el impacto de esos antibióticos en la microbiota intestinal; algunos estudios revelaban efectos neuroprotectores de los antibióticos; otros estudios mostraban que los antibióticos exacerbaban tal o cual enfermedad. También hablábamos del eje intestino-cerebro y su relación con la depresión, con el Alzheimer y con el trastorno del espectro autista.
Metí mi botella en la mochila y me sentí agobiado. ¡Tenía poco más de 2 semanas para terminar todo ese trabajo!
Retomé el paso –¿cuántos kilómetros había caminado ya?– y vi a varias personas saliendo de edificios de oficinas, probablemente era ya la hora de la comida, y me acordé de otra marcha –¿la del 8 de marzo del 2017...?–, en particular de una situación incómoda con un fulano de Facebook. Una ex amiga había compartido una nota sobre esa marcha del 2017 en su muro de Facebook, la nota decía que un contingente de mujeres había corrido a un hombre –a un periodista más o menos famoso–, que quería marchar con ellas, y no entendí exactamente qué había hecho ese periodista para que las mujeres lo corrieran de la marcha, y se me ocurrió preguntarle a Gina qué había pasado –Gina y yo nos conocíamos desde el 2007– y no me contestó, pero sí lo hizo este fulano, quien resultó ser uno de esos personajes que sólo necesitan leer un breve comentario tuyo en Facebook para hacer toda una radiografía de tu vida, meterse en tu cabeza, y adivinar todos tus movimientos: qué hiciste ayer y qué harás en los próximos veinte años, cuál es tu máxima aspiración, cuál es tu máxima motivación..., y el punto es que ese fulano me atacó, me llamó machista, me llamó retrógrada, me llamó ignorante, aseveró que yo no respetaba a las mujeres, que nunca pensaba en mi mamá ni en mis abuelas..., y veinte mil cosas más. Luego, cuando le dije que leyera bien lo que le había preguntado a Gina, tuvo que disculparse.
Llegué a otro semáforo en rojo y me pregunté qué sería de Gina y de ese fulano –¿Gina estaría también en esa marcha del viernes 8 de marzo del 2024...?, ¿el fulano seguiría leyendo comentarios en Facebook y jugando al adivino...?– y de pronto tuve un mal presentimiento: ¿qué tal si algún medio masivo de comunicación, sólo para tener algo de qué hablar ese día, provocaba un acto de vandalismo, a lo mejor infiltraba a unos esquiroles en la marcha para que arrojaran piedras y luego apareciera todo esto en la tele y algunos de mis ex compañeros de la primaria o de la secundaria, o algunos de mis vecinos o de mis familiares políticos, satanizaran la marcha.
No podía apartar de mi mente cuánto deseaba que Karina estuviera bien con ese contingente de mujeres que había conocido en un grupo de Facebook, cuánto quería que disfrutara sentirse parte de algo más grande que los dos, más grande que todos esos tontos hombres que tienen abuela, madre, hermana, esposa e hija y que sin embargo no se enteran de nada, excepto de lo que les dicen por tele, por radio y por redes sociales; ya no me importaba ni el calor ni el cansancio que iban resintiendo mis piernas. También me dolía la espalda. Hacía tiempo que la mochila era mucho más que un peso incómodo.
Estaba a unos pocos kilómetros de mi destino y me sentí agobiado otra vez, volví a pensar en que tenía mucho trabajo y poco tiempo para resolverlo, odié un poco mi situación, nada era seguro, todo era temporal, como siempre, y también pensé en que estaba fuera de sitio lo que estaba haciendo: no podía darme la oportunidad de caminar y caminar desde Hidalgo hasta Tlatelolco, cada segundo era un segundo que podía aprovechar para adelantar trabajo.
Finalmente, entre las dos y tres de la tarde, llegué al departamento de mi hermano y nos pusimos a platicar, me dijo que mi cuñada también estaría en la marcha, que también sería la primera marcha de mi cuñada, que mi cuñada también estaba muy feliz por integrarse a la marcha, y yo le dije que estaba enterado, que incluso mi cuñada y Karina se encontrarían en algún punto de la marcha.
La tarde transcurrió y ellas dos se comunicaron con nosotros varias veces por What's, y mi hermano y yo salimos a comer, tenía planeado trabajar en un poco de todo lo que tenía que hacer, pero ya no hice nada, estaba exhausto, y después fuimos por ellas en el auto de mi hermano, creo que las vimos en El Monumento a la Revolución o en Garibaldi, ya eran más de las siete de la noche, y Karina y yo regresamos a la casa después de las nueve, y ella me dijo que la había pasado muy bien, y me contó muchas cosas, algo sobre un hombre que había ido a estropear la marcha, un provocador que se empecinó en pasar con su moto precisamente en medio de los contingentes de mujeres, y también me contó muchas cosas tristes, muchas historias de mujeres que quisiera que nadie tuviera que vivir, que quisiera que no fueran reales y que nadie tuviera que soportar, y me dijo que en la marcha se encontró a algunas conocidas que no veía desde hacía mucho tiempo y que también vio a algunas celebridades, y que se sintió contagiada de esa rabia y de esa felicidad que sólo las mujeres pueden entender por sobrevivir en un mundo gobernado por hombres idiotas, de esos que tienen abuela, madre, hermana, esposa e hija y que no se enteran de nada y que sólo repiten lo que les dicen maliciosamente en tele, en radio y en redes sociales.
Pasé algunos sábados y domingos trabajando sin descanso, pero, eventualmente, resolví todo lo que tenía que hacer en poco más de dos semanas, me adapté a mi horario de 9.5 horas de clases a la semana, impartí las 3 pláticas de divulgación que tenía que impartir, les respondí a los 3 referees, alguien me ayudó con la figura que había solicitado el referee más exigente y envié mi solicitud al SNII.
Hace un año de todo esto, en el recorrido obtuve la distinción de Investigador Nacional Nivel II y la licenciatura en la que trabajábamos dos colegas y yo se fue al diablo, y la revisión fue publicada en el Journal of Neuroimmunomodulation, y no estoy trabajando en ninguna universidad por el momento, y no me he quedado con los brazos cruzados, he participado en 6 convocatorias para plazas de académico de tiempo completo en los últimos 4 meses, en cada una de ellas buscan a personas que no tienen mi perfil –a psicólogos clínicos que no necesariamente los evalúa el área de Biología y Química del SNII; a biólogos y a químicos y a psiquiatras que no necesariamente distinguen entre condicionamiento clásico y condicionamiento operante–, y ya publiqué otro paper como primer autor en febrero –mi paper #20 en inglés–, pero nada de esto, que se supone que debería importar y acercarte a “La Tierra Prometida” de la academia, realmente importa. Hace un año de todo esto y ya estoy harto de vivir de mis ahorros, parece que estoy condenado a ir de un trabajo temporal a otro, por la eternidad. Parece que estoy condenado a tener que tomar mis precauciones, a pensar en que siempre puede haber peores momentos. Las cosas cada vez están peores para mí, a pesar de todo lo que hago, pero todas las mujeres a las que amo, quiero o estimo, están aquí; puedo verlas todos los días que quiera verlas, puedo escucharlas todos los días que quiera escucharlas, puedo comunicarme con ellas todos los días que quiera comunicarme con ellas, y eso es lo único que en verdad importa.
*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.