domingo, octubre 11, 2026

mercado negro de música

Este álbum cumple 26 años, ayer me percaté de ello en un post de Facebook, mientras veníamos de vuelta a la casa en un Uber, y en ese momento recordé algunos fragmentos de mi vida de hace 26 años. Al principio, no me pareció nada realmente memorable, pero me fui a la cama acordándome de varias cosas. 

Entonces estaba estancado en una relación destructiva, a la mitad del trabajo experimental de una tesis que ya no me aportaba nada, más allá del compromiso de concluir mis estudios de licenciatura. Todos los días eran una copia del otro, y ya estaba harto de mi rutina. Todos los días me levantaba a las 5 ó 6 AM y recorría la ciudad en metro desde el oriente hasta el sur. Luego, dependiendo de la hora, de cuánto tiempo me quedara para llegar a correr los experimentos a las 7 AM al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, caminaba en la penumbra de Eje 10 Sur o de El Paseo de Las Facultades o de Las Islas, desde Copilco hasta la Facultad de Psicología. 

Unas veces caminaba por El Paseo de Las Facultades. Otras veces cruzaba Odontología, Economía, Derecho y Filosofía y Letras. Independientemente de lo que hiciera, todo ese trayecto desde la casa de mis papás, lo hacía escuchando mi walkman. 

Hace 26 años había comprado el CD de Black Market Music en una extraña bodega de artículos de todo tipo que me hacía pensar en la película de Garage Olimpo y en Las Galerías El Triunfo, era una bodega medio clandestina, como de mercancía decomisada, podías encontrar jerseys de la Lazio, ropa de El Palacio de Hierro, muebles, comida y hasta fuentes grotescas de esas que los nuevos ricos ponen en los recibidores de sus casas. La bodega estaba en la esquina de Huipulco y Tlalpan, y varios días a la semana pasaba por ahí, al salir de la universidad, de camino a la casa de mi exnovia tóxica. 

Kenia vivía en Xochimilco, y al salir de la escuela cruzábamos Insurgentes y luego nos subíamos a un camión que iba a Huipulco. Y en Huipulco, justo en frente de la extraña bodega de mercancía extravagante, tomábamos un RTP que iba al Reclusorio Sur y que tardaba mucho tiempo en pasar. Alguna vez, para matar el tiempo, debimos de pasar a esa bodega, y me compré el CD de Placebo). En ese RTP pasábamos por detrás del INP, junto al Tec de Monterrey, por La Noria, veinte lugares más y nos bajábamos 10 ó 15 minutos antes de El Reclusorio Sur. 

Ahora que me acuerdo de ese trayecto de casi todos los días de hace 26 años, no puedo creer que gran parte de mi vida de entonces se haya consumido así. Casi todos los días era lo mismo, una hora, casi dos horas, desde Psicología hasta su casa. Unas tardes me quedaba a comer con ella y con sus papás, porque ella insistía, excepto cuando estaba hasta la madre y le decía que no quería quedarme a comer en casa de sus papás, o cuando ella estaba súper emputada conmigo (ella no era la única responsable de que la relación estuviera del carajo; también yo contribuía) y no quería saber nada de mí. La casa de sus papás era enorme, parecía casa de telenovela del canal de las estrellas, y estaba casi en lo más alto de un cerro –como El Castillo de Chapultepec, jaja– y para llegar hasta la casa tenías que subir por un sendero rocoso, entre casas y privadas, y de una de esas casas, justo a la mitad del camino, salía un perro de ataque, tal vez era un pitbull. Sus dueños eran poco amistosos y les valía madre todo, y lo llamaban “El Diablo”, y no era un nombre aleatorio, el perro parecía eso. Nunca me mordió, pero sí se me lanzó varias veces. Cuando tenía que pasar por allí, tan solo pensar en que el pitbull podía aparecer de pronto, era una tortura. 

Luego de esquivar al perro, tenía que tomar un camión que me llevaba al Bosque de Nativitas. Allí pasaba el RTP que iba a casa de mis papás. Los dos camiones tardaban mucho tiempo en pasar. En total, el recorrido desde Xochimilco hasta el Oriente de la ciudad también me tomaba otra hora y media o dos horas. 

Lo más absurdo de todos esos recorridos desde CU hasta Xochimilco es que Kenia y yo no siempre estábamos bien; más bien, ya nos detestábamos, nuestra relación era horrible, sólo seguíamos juntos por costumbre. Muchas veces ni siquiera nos dirigíamos la palabra en todo el camino; otras veces hablábamos de cursilerías de novios universitarios. 

Aggh.

Apenas puedo creer que alguna vez fui esa clase de persona. Qué un alivio que eventualmente apareció alguien más en la vida de Kenia y que ella se enamoró de esa otra persona. A pesar de que para ella y para mí era obvio que ya no estábamos nada bien, ni ella ni yo hacía nada para terminar la situación, unas veces tal vez yo me aferraba a que las cosas mejorarían, otras veces tal vez era ella quien se aferraba, el punto es que los dos seguíamos juntos por costumbre, y que yo no tenía el valor suficiente para terminar con la relación, me faltaba tanta perspectiva, tal vez de haber estado en un laboratorio en el que sí me apasionara lo que hacía, todo habría sido diferente. Y por supuesto que yo contribuí, tanto como ella (o más que ella) para que la relación se fuera al carajo, y por supuesto que a veces la odiaba tanto como ella me odiaba, pero era incapaz de mandar todo a volar. Cuando las discusiones me llevaban al límite y pensaba en terminar con la relación, no podía apartar de mi mente la vulnerabilidad de Kenia. 

Ahora todo esto lo veo como una estupidez, pero no siempre tienes la perspectiva que necesitas. Un día tu vida se resume a todo lo que te ha ocurrido en poco más de dos décadas y crees que todo eso será lo mejor que vivirás el resto de tu vida, que no conocerás a otras personas que se interesen por ti. Pero luego descubres que hay cosas mucho peores que terminar con una novia a la que tienes hasta la madre y que te tiene hasta la madre. Luego, la vida misma, te va mostrando que no vale la pena hacer sacrificios por otras personas, que, si tienes suerte en el amor, solo conocerás a una persona que daría la vida por ti. En mi caso, obviamente, esa persona no es Kenia. Ni ella ni otras mujeres que atravesaron mi vida, antes de que conociera a Lizzie. 

La mayoría de la gente solo piensa en sí misma, y en estos 26 años desde que salió a la venta Black Market Music, he aprendido (de mala forma) que la gente es así. 

El punto es que en el camino de ida a la universidad, cuando salió a la venta este álbum de Placebo, entre el ruido de los vendedores ambulantes y de los usuarios del metro, una que otra vez podía aislarme en mi propio mundo y escuchar música en mi walkman, y en general escuchaba lo de siempre, tenía mis mix de cassettes con canciones de las bandas que me gustaban –Nirvana, Sonic Youth, Pixies–, pero también tenía cassettes de uno que otro álbum completo, y cuando compré el CD de Black Market Music lo grabé en un cassette y seguramente lo escuché muchas veces en esos trayectos de ida a la universidad y de vuelta desde Xochimilco hasta casa de mis papás. Por ahí tengo ese cassette. 

Mmmh, si pudiera hablar ese cassette...

El punto es que la mayoría de los días de hace 26 años regresaba a la casa de mis papás entre 5 y 6 PM, y hasta ese momento me quitaba los walkman –¿cuánto dinero habré gastado en pilas?– y entonces me encontraba a mis hermanos viendo Malcolm el de en medio, y a veces me sentaba con ellos a ver la tele, para descansar del arduo trayecto (casa-universidad-universidad-Huipulco-Xochimilco-Nativitas–Alameda Oriente) y también para olvidarme de mi relación tóxica y de esa tesis de licenciatura que ya no me aportaba nada. 

Una que otra vez, además, cuando volvía a casa de mis papás, Kenia y yo estábamos emputados el uno con el otro, o ella tenía planes –una fiesta con sus amigos de la prepa, algún problema “de vida o muerte” de su ex–, y acordábamos que ni siquiera nos llamaríamos por teléfono durante todo el fin de semana o toda una semana. Ahora que lo pienso mejor, no lo acordábamos: ella lo decidía, y esa imposición me volvía loco, me emputaba, no tenía las suficientes agallas para terminar con esa relación tóxica pero ella sí podía hacerme a un lado cuando tenía otras cosas que hacer. Y cada segundo de esos fines de semana o de esas semanas era eterno, y para matar el tiempo veía la tele con mis hermanos o fumaba compulsivamente un Camel tras otro en mi recámara. Casi no leía ni escribía. Y si pudiera volver el tiempo atrás, me pondría a escribir, aunque fuera un diario.  

Algunas canciones de Black Market Music me pegaban, como esa en la que Molko preguntaba «Can you find me place inside your bleeding heart?», y no era muy consciente de ello, no pensaba mucho al respecto, pero vagamente tenía la impresión de que la mayoría de las letras hacían referencias a drogas –ketamina, opiáceos, alcohol–, y que eran ambiguas y que esas relaciones tóxicas entre un junkie y su droga de preferencia descritas en las canciones también podían trasladarse a relaciones entre una persona y otra. O a lo mejor lo veía así por la vida que tenía hace 26 años. No le he prestado mucha atención a las letras de las canciones.

Mientras escribo estas líneas, he estado escuchando Black Market Music, y algunas canciones me gustan más que otras, en general me trae recuerdos agridulces y sé que viví todas estas cosas sobre las que he escrito –y muchas más–, y no puedo creer que haya pasado tantas horas al día en el transporte público. No quiero ni pensar cuántas cosas me perdí en el transporte público, cuántos libros no leí, cuántas cosas dejé de escribir, cuántas cosas dejé de compartir con mis hermanos y que jamás podré recuperar, por estar tantas horas en el transporte público. 

Pero, en fin, no le guardo rencor a Kenia. Espero que ella tampoco a mí. 
 

sábado, octubre 03, 2026

You're The Reason That I Write



Pasan de las 6: 30 AM. Tengo casi 1 hora despierto. Salí expulsado de un sueño del fin del mundo y estuve media hora en la cama echándole un ojo al gato bebé y tratando de volverme a dormir. Veddie está conociendo el mundo, no ha cumplido ni 3 meses de vida, y todo lo quiere morder y rasguñar, todo es nuevo para él, y además tiene mucha energía –de toda la familia, él es quien tiene más fuerza y vitalidad, ya los demás estamos viejos– y por eso, y por muchas otras cosas, hay que supervisar lo que hace. A veces su ímpetu y su energía las canaliza en sus hermanos y él juega con ellos y luego los muerde y los rasguña, y ellos se enojan y se defienden y pueden lastimarlo. 

Luego de echarle un ojo a Veddie me levanté de la cama y me medí la glucosa y batallé con mis achaques de las últimas 3 semanas, y ahora escucho en Amazon Music una playlist de los Pumpkins. Es una playlist que hice apenas el domingo pasado, y no sé por qué nunca había hecho una playlist similar. Los Pumpkins me traen buenos recuerdos. Debí escucharlos más cuando Jackson partió.

Escucho “Said Sadly...” y las voces y las guitarras de ¿D'Arcy Wretsky? y de James Iha atraviesan mis oídos y aporreo el teclado y me pregunto entre líneas qué sentido tiene escribir un blog. 

Independientemente de que escribo para mí mismo –y no pienso así porque lo decía Jack Kerouac–, cuando abrí este blog, en el 2006, Internet era muy distinto a lo que es hoy. Mi blog tenía muchas visitas y no necesitaba compartir nada de lo que escribía en este blog, en ninguna red social –ni siquiera había Facebook; sólo existían Hi5 y Myspace–, las visitas llegaban solas, aparentemente los internautas de entonces éramos más curiosos y más pacientes que los de hoy. A algunos internautas nos gustaba leer a autores conocidos, pero también leíamos a bloggers. En esos tiempos, usaba constantemente mi blog, y a veces escribía relatos y otras veces escribía algunas crónicas de conciertos, y recibía muchos comentarios de gente a la que nunca traté personalmente. Hace 20 años, nuestra capacidad de atención no estaba limitada a 3 minutos de Reels que nos prometieran –en vano– volarnos la cabeza. No había influencers ni había explotado la manipulación a gran escala a través de las redes sociales. Ahora, en promedio, una entrada de mi blog acarrea 5 vistas. (Y eso que, en el camino, he publicado casi 30 papers en un montón de revistas de prestigio, incluyendo algunas de Elsevier y de Springer Nature.)

Mmmmh. Extraño esos años. Había más posibilidades, ahora todo es más difícil. Ya no encuentras cosas poco comerciales en Internet. Encuentras lo que a Internet le interesa que encuentres. Lo que a Internet le interesa que compres. De lo que todo mundo habla en Internet. Por eso la gente acaba adorando a Ruzzarín y a personajes así, y asistiendo a conferencias en las que le cuentan al público sobre los 10 pensadores que cambiaron sus vidas. Todo es publicidad.

Trato de recordar cómo empecé a escribir en mi blog. Cuándo, exactamente, me enteré de blogspot y abrí mi cuenta. Creo que empecé con una canción de Pink Floyd. (Claro: antes de los blogs, yo ya escribía. Empecé a escribir, cuando aprendí a escribir.)

Aporreo el teclado de la Mac. La playlist ya saltó de “Said Sadly...” a “You're All I've Got Tonight”, y la chillona voz de Billy Corgan atraviesa mi cerebro y entre líneas sigo preguntándome qué sentido tiene escribir un blog, si ya nadie lee, si ya todo lo consumimos a través de Reels de 3 minutos, si el cerebro de la mayoría de los internautas ya está frito, si la mayoría de los internautas ya sólo scrollea para terminar con la abstinencia de redes sociales. Y a lo mejor no se enteran de que son dependientes a las redes sociales. No tendrían que saber que, para el sistema nervioso central, las redes sociales son como la cocaína y las anfetaminas. 

También pienso en que si David Foster Wallace hubiera tenido acceso a las redes sociales –acabó con su vida cuando Facebook daba sus primeros pasos–, seguramente ya habría escrito algún ensayo sobre este tema. Ya habría escrito algo sobre cómo las redes sociales son la nueva televisión, y que su alcance masivo e ilimitado, además, se aprovecha de que la gente, a lo largo de la historia de la humanidad, en general, ha sido súper manipulable y frívola y que no se ha caracterizado, precisamente, por tener mucho criterio. Estoy convencido de que Foster Wallace ya habría disertado en 100 páginas por qué a las personas les importa tanto lo que piensen los demás de ellas. Y tal vez ya habría expuesto que, a diferencia de la tele (que, al menos, tenía sus limitaciones: horas muertas sin programación, comerciales interrumpiendo los programas de televisión cada 15 minutos, los mismos programas de televisión grabándose en tiempo real y obligando a su audiencia a esperar una semana entera entre la emisión de un capítulo y otro), las redes sociales están disponibles 24/7, no están realmente reguladas –un niño que apenas está conociendo el mundo y un anciano que se hace pasar por un niño, tienen acceso a ellas–, y que son descarada y terriblemente manipuladoras. 

Tal vez Foster Wallace también habría especulado que las redes sociales son el principio de la extinción de la humanidad. Y quizá lo que ahora escribiré no tiene nada qué ver con lo anterior, pero ayer Lizzie y yo volvíamos a la casa, y el conductor del Uber venía escuchando una canción de Maluma que decía...

Que en mi carro tú te ves mejor
El cuarto huele a Christian Dior
Eres muy bonita pa' llorar por él 
No merece que seas fiel

... y se me ocurre que quizá esta canción, y que haya aparecido en un momento random de la vida, refleja perfectamente mi punto: qué clase de cosas le gustan a la mayoría de la gente, por qué Maluma y personajes como él –que, en general, no tienen ningún interés en aportarle ninguna reflexión a la humanidad, que no se caracterizan por tener alguna ideología anti-sistema, que en sus canciones no invitan a sus fans más que a comprar artículos lujosos y a pasarla bien, y mucho mejor si es en Hawai o en Dubai– son tan populares. 

Como decía, la playlist que escucho, la hice el domingo pasado (y quién sabe por qué, si, en una época de mi vida, escuchaba mucho a los Pumpkins, y en particular las canciones que puse en esta playlist), y la hice mientras leía a Carrère en este mismo lugar en el que ahora mismo aporreo el teclado de la Mac mientras divago sobre lo que podría haber pensado Foster Wallace sobre las redes sociales y me pregunto entre líneas cuál es el propósito de escribir un blog y, de paso, me acuerdo de un momento random de Maluma. (Por cierto, nunca había escuchado esta canción de Maluma).

Cuando hice esta playlist, tomaba un break –este semestre, igual que los dos semestres previos, imparto unas clases los lunes y una gran parte de mis fines de semana me la paso preparando clases— y trataba de comprender si El adversario es una novela dentro de una novela –en el capítulo 2 Carrère nos cuenta que le envió una carta al abogado de Romand, solicitándole que le comunicara a Romand que quería entrevistarlo porque quería escribir una novela sobre él, pero unas páginas más adelante Carrère insinúa que Romand nunca le contestó la carta, que ni siquiera está seguro de que el abogado le haya hecho llegar la carta a Romand, y, sin embargo, unas líneas más adelante, dice que, un par de años después de los asesinatos, cuando Carrère ya había desistido y concluido otro proyecto totalmente distinto, pero inspirado en los asesinatos cometidos por Romand, Romand finalmente aceptó la propuesta, pero ya no me quedó claro si a partir de este punto la novela ya es más ficción que realidad, o si es una novela dentro de una novela–, y quién sabe por qué en ese momento Alexa reprodujo una canción de los Pumpkins, o yo le pedí una canción de los Pumpkins, y luego la canción me remontó a un cassette con lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness y entonces hice la playlist.

El cassette en cuestión lo compré en El Chopo por ahí de 1997 ó 1998 y traía doce o trece tracks de la caja de The Aeroplane Flies High– el box set de los lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness, que debe de tener más de 50 tracks– y lo escuchaba mucho. En 1997 ó 1998 no sólo no había redes sociales: ni siquiera Internet era tan popular como ahora. Las plataformas de streaming como Spotify y Amazon Music todavía no eran viables. Si querías escuchar música, tenías que escuchar la radio, soportar los comerciales de la estación de radio y los comentarios de los locutores, o comprar los álbumes. Eso, a mí generación y a las generaciones predecesoras, nos hizo apreciar la música de otra forma, ser más pacientes, escuchar álbumes de principio a fin, clavarnos con las letras y ver de otro modo la vida. También había Malumas, por supuesto. Pero había otras opciones. No todo era música comercial con los reflectores encima.

La historia con esta playlist y con este cassette se remonta a la gira de los Pumpkins que los trajo a México por primera vez. Acababan de lanzar Adore, Billy Corgan había despedido a Jimmy Chamberlin por sus problemas de adicción a la heroína y D'Arcy Wretsky tenía un pie casi fuera de la banda (por sus problemas de adicción a la heroína), pero en una estación de radio eran un poco ajenos a esta situación y parecían súper entusiasmados con el concierto que los Pumpkins darían en El Palacio de Los Deportes –spoiler: ¡fue decepcionante!– y en las semanas previas al concierto transmitieron algún programa especial. El programa incluía una entrevista de Billy Corgan y no sé por qué pero recuerdo muy bien que el entrevistador contaba que el tipo medía casi 2 metros y que era muy imponente, que estaba totalmente rapado, que se veía como un personaje de Los Locos Adams y que contestaba las preguntas mientras se comía una tonelada de sándwiches. 

Los locutores de esa estación de radio aún elogiaban Mellon Collie & The Infinite Sadness –ya habían pasado 3 años del lanzamiento de Mellon Collie & The Infinite Sadness y la banda de Corgan había tomado una dirección distinta– y (a lo mejor por esa razón) en lugar de hablar de Adore, pasaron varios tracks de The Aeroplane Flies High –ahora mismo tengo un insight: creo que, antes de comprar ese cassette en El Chopo, grabé mi propio cassette directamente de ese programa de radio y debo de tenerlo por ahí–, o, así es como lo recuerdo. El punto es que, desde entonces, desde la emisión de ese programa de radio, escuchaba mucho estos tracks.  

Ahora la playlist ya saltó de los covers de The Cure –“A Night Like This”– y de Blondie –“Dreaming”–, a “Ugly”, y escuchar estas canciones me remonta a otras cosas en las que no pensaba en casi 30 años. 

Cuando los Pumpkins vinieron por primera vez de gira a México, en 1998, terminaba el segundo semestre de la licenciatura y estaba obsesionado con una chica de la facultad. Ella era un poco mayor que yo pero parecía tener toda la experiencia del mundo –no vivía con sus papás, había tenido una vida trágica, era un poco sombría y súper inteligente, interesante y culta; le gustaba bailar, ¡era bailarina profesional, tenía esa extraña conexión con el baile, con su cuerpo y con el movimiento!, y también escuchaba a Nirvana y también le gustaba leer, el autor que más leía creo que era Milan Kundera, y hacía muchas cosas que también me gustaban a mí y pensaba muchas cosas en las que me gustaba pensar. 

En unos cuantos meses, ella se convirtió en la chica con quien quería estar en ese momento de mi vida. Un día le hablé después de una clase y le pedí su número telefónico y la llamé otro día. Al principio las conversaciones fueron extrañas, hablar por teléfono no está en el top 10 de las cosas que más me gusta hacer, yo la llamaba de la nada y no tenía nada qué contarle, pero, justamente cuando más escuchaba este cassette de los Pumpkins que compré en El Chopo, ella y nos llevábamos mejor, las conversaciones fluían más, ella también me llamaba y hablábamos por teléfono una o dos noches por semana, y podíamos pasar 3 horas en el teléfono, y el punto es que ella tenía “un pretendiente” (más grande que ella) y sin embargo nos llevábamos tan bien que me lo dijo —él también era bailarín— y que no sabía qué hacer, que se la pasaba muy bien conmigo. Historia aparte, al final, ella y yo salimos un par de semanas en persona, como algo más que amigos, y fue un desastre. Luego ella abandonó la universidad y se enfocó en el baile y se fue a vivir a provincia, a estudiar a una academia de baile.

Mientras escribo estas líneas suena “Medellia Of The Gray Skies” y la canción me catapulta a 1997 ó 1998, y me acuerdo mucho de esta chica, es casi como si estuviera de nuevo en segundo o tercer semestre de la carrera, y me pregunto qué será de su vida –somos contactos en Facebook pero ella casi nunca usa Facebook, y la última vez que interactuamos debió de ser antes de la pandemia del Covid-19, y, antes de esa ocasión, tal vez interactuamos cuando acababa de pasar mi examen de candidatura en el doctorado, o sea, por ahí del 2010–, y tengo otro insight: esta canción era la que más me hacía pensar en ella, en la época en la que hablábamos por teléfono. Y nunca le presté demasiada atención a la letra, pero tenía la impresión de que la canción describía exactamente cómo me hacía sentir ella, cómo la percibía y cuánto la había idealizado en un año y cuán consciente era de que una relación entre los dos sería un desastre.

Ya van a dar las 8 AM y me tomé unos minutos para enfocarme en la canción y luego busqué información en Internet. Gemini AI dice “is a fragile, melancholic acoustic ballad about unrequited love, idealization, and profound emotional longing.” También dice que “Medellia Of The Gray Skies” fue el lado B de “Tonight, tonight”, que fue lanzada en 1996, y que los temas clave de la canción son la contradicción –Billy se refiere a alguien que es a la vez “an empty promise” y “an easy chair”, como si quisiera conciliar la desilusión, con un fuerte deseo de familiaridad–, la idealización contra la realidad –en frases como “You're a secret noticed” y “You're a mistery sky”, supuestamente Corgan coloca a su musa en un pedestal, y la ve como algo etéreo y celestial, pero también la ve distante y oscura, como los cielos grises–, y Gemini AI también dice que el tema central de la canción es la devoción y la vulnerabilidad, que en otras frases como “You're the emptiness of I” y “You're the reason that I write”, Corgan revela su dependencia emocional a esta musa. 

Sea como sea, “Medellia Of The Gray Skies” es una de esas canciones que me transmiten cosas que no necesito ni puedo explicar con palabras, y ahora mismo me ayudó a desviar mi atención de los achaques de las últimas 3 semanas en los que no quiero pensar. A veces me pregunto si los blogs volverán y si dentro de 30 años los internautas volverán a escuchar álbumes de principio a fin. Creo que no, que cada vez estaremos más alienados. Cada vez habrá más gente impaciente y más cerebros fritos, más cerebros en abstinencia de psicoestimulantes digitales.



viernes, septiembre 11, 2026

I'm not there, this isn't happening

 


Como ya te conté el otro día, aunque casi no escucho a Radiohead, desde que nos despedimos de Jax he estado escuchando sobre todo Kid A, “Talk Show Host” y “True Love Waits”, pero tengo un montón de discos suyos –Pablo Honey, The Bends, OK Computer, Kid A, I Might Be Wrong...–, y hace 25 años tenía una novia súper tóxica y estaba con ella todo el tiempo. Y me gustaría decirte que escuché Kid A en cuanto salió a la venta y que desde el primer momento que escuché el álbum de principio a fin, imaginé un escenario apocalíptico, y que, después del ataque terrorista a Las Torres Gemelas, volví a escuchar Kid A y ya no pude sacarme de la cabeza que Radiohead había profetizado ese ataque terrorista y que las letras de Kid A parecían una descripción minuto a minuto del 11 de septiembre del 2001. 

Pero no fue así, sólo quiero impresionarte. Porque me estás leyendo. No te lo diré abiertamente nunca, pero soy despistado y, sólo porque lees lo que escribo en este blog, a veces no puedo dejar de pensar en que te pareces a la actriz de mis sueños, y en cuánto me gustaría llevarte a la cama, en mis sueños. Todas estas referencias de Kid A y del 9-11 las saqué de un libro de Chuck Klosterman. El libro se llama Killing Yourself To Live y es del 2005 pero lo leí en el 2023. Por cierto, te lo recomiendo. Chuck Klosterman es súper culto y entretenido.  

En realidad, la primera vez que escuché Kid A fue en una fiesta. Y no era una listening party, como les llaman ahora a esas reuniones en donde la gente paga para entrar a un recinto a sentarse en el suelo a escuchar álbumes a oscuras, rodeada de personas pretenciosas. Y no porque el mundo a principios de los 2000 no hubiera estado anglosajonizado, sí lo estaba, pero no tanto como hoy. Quienes, entonces, cumplíamos 20 años, no teníamos redes sociales y todo lo que hacíamos lo hacíamos porque nos gustaba –ir a un concierto, escuchar un álbum de principio a fin–, no hacíamos las cosas sólo para compartirlas en nuestras redes sociales. Ni para que los demás creyeran que éramos outsiders.

Mi hermano tenía una banda de garage punk, apenas empezaban, creo que aún se llamaban Los Huauzontles, les faltaban un par de años para cambiarse a Nos Llamamos y tocar en La Faena y en El Alicia y en lugares así, y compartir escenarios con Los Fancy Free, con Los Silencios Incómodos, con Candy y con Bengala; les faltaban un par de años para sonar en Reactor 105 y estar entre las 100 canciones más escuchadas en Reactor 105, y tocar en el Vive Latino. En fin, cuando mi ex súper tóxica y yo llegamos a la fiesta, mi hermano estaba tocando “The National Anthem” en la batería. No recuerdo si lo hacía sobre la canción o sin la canción de fondo, pero creo que sí, que sí sonaba la canción.

Luego, Vilma y yo, como siempre, nos peleamos, y tomé más de la cuenta y debí de acabar en calidad de bulto. Medio recuerdo que su ex fue por ella a la fiesta y que él y yo nos dijimos una que otra palabrota, y que yo en verdad quería partirle la cara pero que Los Huauzontles –o como quiera que se llamaran entonces– me detuvieron.  Y ya. Prácticamente es lo único que recuerdo de la fiesta.

Haciendo cálculos, Kid A entonces no debió de haber cumplido ni una semana de haber salido a la venta. A mi hermano y a sus amigos, los chicos de la banda, les encantaba Radiohead. Tenían algunas canciones propias, pero tocaban varios covers de Radiohead, sobre todo de OK Computer y de The Bends.

Luego de la fiesta, no volví a escuchar gran cosa de Kid A, excepto los tracks que sonaban en la radio. Escuchaba la radio al menos un par de días a la semana. Tenía mi walkman, pero no había Spotify ni Amazon Music. Tampoco había comprado el CD de Kid A. 

En resumen, no voy a engañarte: en septiembre del 2001 no tenía opinión sobre Kid A. Ocasionalmente soy un poco mitómano, así que, de haberte conocido hace 25 años, quizá te habría dicho que Kid A era un álbum totalmente distinto a sus predecesores, que las letras de las canciones –sobre la deshumanización, la alienación tecnológica y la pérdida de identidad en un mundo moderno dominado por la corporaciones y por las computadoras–, me estaban volando la cabeza. Que el concepto de Kid A me estaba volando la cabeza.

Aunque en septiembre del 2001, tampoco sabía que Radiohead había grabado el álbum en condiciones poco comunes, que nadie en la banda quería seguir la misma dirección, que estaban hartos del éxito de Ok Computer y que Thom Yorke estaba bloqueado y que usó una técnica de collage para escribir las letras de las canciones, tal vez te habría mentido un poco. Hace 25 años, nuestras vidas, así como las vidas de los integrantes de Radiohead, pudieron tomar un curso muy diferente. De haberte conocido, habría mandado a volar a Vilma. Inmediatamente, sin dudarlo.

Pero las cosas que sí pasaron en septiembre del 2001, no son tan relevantes. Entonces tomaba una clase todos los martes a las 9 AM, era de un curso de los últimos semestres de la licenciatura. Llegué como 15 minutos tarde a la clase del martes 11 de septiembre. Esa mañana en particular el metro era un caos, y tuve que bajarme en Miguel Ángel de Quevedo y tomar un camión que me llevara al Circuito Universitario. En clase nadie hablaba realmente de la clase, todos estaban sacados de onda por el ataque terrorista a Las Torres Gemelas. Yo apenas iba enterándome. Los medios masivos de comunicación eran muy diferentes a los actuales, internet no era tan común como hoy, no había plataformas de streaming, sólo los chicos que vivían a 5 minutos de CU habían tenido la oportunidad de ver las noticias por televisión. Julio, mi tutor de tesis y el titular de esa clase de martes, también estaba muy sacado de onda. Eran tiempos diferentes, apenas llegaban los reality shows a México. El principio del siglo XXI no era tan impresionante tecnológicamente, era como un puberto caliente aprendiendo a usar la tecnología para entrar a sitios porno o para descargar música ilegal en Napster. Ahora que lo pienso con más detalle, debí de comprar un periódico ese martes 11 de septiembre del 2001. Hoy sería un tesoro y podría compartirte una foto de ese periódico en esta entrada. 

Por supuesto que no lo hice. Uno cree que todos los días serán iguales, que nunca nadie olvidará un atentado similar, que los periódicos nunca dejarán de hablar del atentado, que los periódicos no dejarán de existir. Lo que sí hice al volver a la casa de mis papás después de la clase, fue sentarme a ver CNN en la tele y pensar en que vivíamos al borde de La Tercera Guerra Mundial, que en cualquier momento Estados Unidos se pelearía a muerte con medio oriente y que Europa se le uniría. Apenas tenía 20 años, no sabía nada de la vida.

domingo, agosto 30, 2026

nueve personas


Nueve personas leen lo que escribo. En 24 horas. De esas 9 personas, ¿cuántas no soy yo mismo?, ¿cuántas pasan más de 5 horas al día en redes sociales?, ¿cuántas tienen los cerebros fritos de tantos reels?, ¿cuántas se ven a sí mismas como ávidas lectoras?, ¿cuántas caen en la publicidad y acaban leyendo a autores que sólo son publicidad?, ¿cuántas me conocen en persona, y por eso no leen ni tres líneas que pueda escribir?

Cada vez lee menos gente este blog. Y cada día me entiendo menos a los internautas. Cada vez que escribo algo en este blog, compartir lo que escribo me parece más irrelevante. La gente parece estar más interesadas en leer encabezados de noticias o en ver Reels cargados de estimulación o podcasts de los que todo mundo habla, que en leer un blog. Y sobre todo si ese blog lo escribe alguien a quien conoces en persona.   

jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.