domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

miércoles, julio 01, 2026

No sé qué pensar


Últimamente estoy de mal humor cuando juega la selección. No sé por qué, pero de pronto estoy así. Y no tiene nada que ver con la mafia de la FIFA ni con la corrupción del futbol ni con la cultura del consumismo que promueve la selección mexicana de futbol. A lo mejor tiene que ver con que el mundial es un espejismo, una manera de evadir la realidad. Empecé a ver un mundial de futbol en serio hace 30 años, y tal vez, en el fondo, todo era igual, todo sigue igual que entonces, excepto que estoy más viejo, más amargado, más decepcionado de la gente y más enfermo. 

Ya llovió y ya cayó una tormenta y salí a correr por la mañana. El día estaba nublado y gris y hacía frío. Mientras corría y trataba de ignorar las 20 fuentes de ruido que me impedían escuchar mi playlist —la podadora que usa el chico que poda las áreas verdes del fraccionamiento, la pulidora del trabajador que está haciendo reparaciones en la casa de los vecinos de la casa 47, la aspiradora con la que limpia su camioneta el vecino de la casa 45, el motor del avión que pasa a lo lejos, el motor del trailer que pasa a lo lejos—, me preguntaba por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz. Creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía. Creo que eso mismo ocurre con la depresión y con la ansiedad. Cuando estás realmente triste ni siquiera tienes fuerzas para escribir lo triste que estás. Escribir en días grises es romantizar la tristeza sin sentir la tristeza. 

Hace unos minutos dijeron por la tele que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, que en los próximos 30 minutos no debe caer un rayo eléctrico en las inmediaciones del Estadio Azteca, que el perímetro de seguridad son 8 millas, y esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela de Enrique Vila-Matas sobre él, pero todo esto también es evasión, ¿de qué sirve leer literatura que sólo lee un sector privilegiado de la población, cuando hay que sobrevivir día a día...?

Ha dejado de llover, pero suenan un montón de cohetes en la calle, y nadie está homenajeando a ningún santo; se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026. La gente está expectante, como cada 4 años cuando juega la selección, esa historia ya la conozco.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, y se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes. No sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, hace menos de un mes saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47 (esos que están haciendo reparaciones en su casa y perturbando el silencio del fraccionamiento desde hace más de medio año), o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Hace menos de un mes, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo levantaba las orejas y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, precisamente cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver La Memoria del Asesino o Pitt o House of Dragons, a Jax se le ocurría cazar a Yoko o hacer travesuras, ese era uno de sus rituales. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pudiera atraparlo. Luego salía de detrás del librero, caminando como si nada, como si dijera «Yo nada más paso por aquí, yo no hice nada». A veces, en ese preciso momento, también se sentaba en mis piernas, como ahora, pero no se veía triste ni cansado. 

Hace menos de un mes, Jax todavía vocalizaba todo el tiempo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, y quién sabe qué significaban realmente, pero Lizzie y yo siempre supimos cómo interpretarlas. Jax siempre sabía cómo comunicarse con nosotros, una vez sacó de la casa a sus hermanos porque detectó una fuga de gas y así nos llamó la atención. Otra vez, por ensayo y error, él mismo descubrió cómo abrir el cajón en el que guardábamos el catnip, para servirse él mismo. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. Como yo, él no es nada fan del futbol —hace varios años que perdí el interés; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania, por la tele. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como si fuera la final de La Copa del Mundo. Me gustaría decir que a Jax y a mí nos da igual como quede el juego, pero no es así. Yo no tenía grandes expectativas de esta selección, pero, por distintas razones, ya no pienso igual.

Soy consciente de que ya ganaron 3 juegos consecutivos y que no han recibido ni un solo gol en contra, que ninguna selección nunca había ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial —ni siquiera en 1970 y en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, al menos hasta antes del juego de hoy, la selección mexicana de futbol no ha jugado bien —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo han ganado ya 3 veces. He visto a tantas selecciones jugar bien y acabar perdiendo en tantos mundiales y tantas veces, que no sé qué pensar. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes —sobrevivimos— y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No sé si Jax se sentará también en mis piernas para ver la final del mundial 2026 que se disputará en New Jersey —lo más seguro es que no, que ya nos hayamos despedido, que entonces no pueda decirle por las mañanas «Un día más en el paraíso, Jackson»—, así que espero que esta noche gane la selección. Porque si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

sábado, junio 20, 2026

Bleach your works

Trato de sacarme de la cabeza unas ideas que me desquician y entonces imagino cómo era esa campaña de concientización sobre el VIH a finales de los 80, mientras Nirvana recorría la Costa Noroeste de EEUU en una van y trasnochaban en casas de gente a la que habían conocido horas antes en algún concierto, cuando el lanzamiento de su álbum debut era inminente y aún no habían decidido cómo lo llamarían ¿Too many humans?–, y se topaban en las calles de San Francisco con la publicidad de esa campaña –Bleach your works– y entonces Kurdt Kobain –así aparecería en los créditos del álbum debut de Nirvana–, tuvo un insight.

También imagino esa atmósfera apocalíptica y gris de finales de los 80, el fin de la era de Reagan y de su campaña antidrogas y de la guerra fría; imagino la guerra del Golfo cocinándose para la administración de Bush, y también imagino a Jason Everman fungiendo como mecenas de Nirvana –no tocó ninguna canción en Bleach pero absorbió los $600 USD que costó la grabación del álbum en los Reciprocal Studios de Jack Endino y apareció en los créditos– y como segundo guitarrista de la banda, en algunos conciertos de la gira de Bleach, antes de que Cobain lo despidiera por “diferencias artísticas” (básicamente por su estilo metalhead) y se convirtiera en bajista de Soundgarden y, eventualmente, abandonara la música para enlistarse en el ejército de EEUU y luego ser condecorado como “héroe de guerra” por combatir en Irak.

También divago y me imagino a mí mismo escuchando Bleach el mismo año de su lanzamiento, tal vez el día de mi cumpleaños, en los walkman Aiwa que mi papá acababa de regalarme; me veo a mí mismo colocando el cassette y dándole play y adentrándome a ese álbum publicado el 15 de junio de 1989; en mi viaje, “los tíos de EEUU” vinieron de visita a México en diciembre de 1989 y me trajeron de regalo de cumpleaños ese cassette de SubPop –nada más lejano de la realidad: ni yo era tan importante para ellos, ni éramos tan apegados, ni tenían idea de que me gustaría “el sonido Seattle”; habría sido más probable que me regalaran un álbum “Tex-Mex” o algún Amo del Universo difícil de conseguir en México–, pero sigo divagando –todavía no logro sacarme de la cabeza estas ideas que me desquician: enfermedades, deudas, trámites burocráticos– y también imagino cómo me voló la cabeza ese álbum en ese mundo ficticio, cuántas veces escuché “Blew”, “Floyd The Barber”, “About A Girl”, “School”...

Pero, en fin, la verdad es que en diciembre de 1989 –cumplo años el 20 de diciembre y “los tíos” regularmente venían de visita a México para las fiestas de fin de año– todavía estaba en la primaria, y, aunque mis primos son más grandes que yo, no éramos muy cercanos (ahora tampoco lo somos), y, además, según yo, a finales de los ochenta, ellos no escuchaban a bandas de Seattle; más bien, creo que les gustaba el rock en español –desde La Maldita Vecindad y Héroes del Silencio, hasta Caifanes, Fobia y Maná– y quizá uno de ellos escuchaba a Scorpions y a Guns N' Roses –lo sospecho porque medio recuerdo haberlo visto algunas veces con playeras de Scorpions o de Axl Rose–, y ninguno podría haber despertado mi curiosidad por Nirvana.

Lo más seguro es que en diciembre de 1989, la música no fuera tan importante para mí, que escuchara (accidentalmente) a todos esos grupos y artistas pop que mi mamá ponía en la casa –Miguel Bosé, Mecano, Pandora, Flans, Yuri, Amanda Miguel–, y sé que no me perdí el estreno mundial del video de “Bad” de Michael Jackson y que veía alguna que otra caricatura de la programación del canal 5, y que por las tardes una que otra vez me sentaba en la sala junto a mi mamá y la acompañaba a ver por televisión alguno de los melodramas del canal de las estrellas –¿La casa al final de la calle?, ¿Luz y sombra?–; sé que no veía partidos de futbol por la tele; seguramente, me shockeaban las películas de Freddy Krueger –¿a quién se le había ocurrido que un personaje se te apareciera en tus sueños y que tus pesadillas podían matarte?–, no dejaba de jugar con la consola Sega –mi papá acababa de comprarla, y era toda una novedad– y la idea de tocar una guitarra ni siquiera había cruzado mi mente.  

Según yo, en 1989, Los Simpson tenían poco tiempo al aire en la tele mexicana y casi religiosamente cada domingo veía alguna VHS –¿o Betamax?– que mi abuelo o que mi papá conseguían “por ahí”: Robocop, Last Recall, Nico, Back To The Future, Nightmare On Elm Street... Mi vida era muy diferente a lo que es ahora.

Hace unos días Bleach cumplió 37 años y, más o menos cada año que ha transcurrido desde que soy consciente de este álbum, reflexiono sobre dos o tres cosas de mi vida y sobre lo importante que es la música para mí. Este año no es la excepción: me acuerdo de cuando compré mi primer ejemplar de Bleach en el Tianguis de San Juan –antes de que la gentrificación y que “el turismo de barrios” pusieran al Tianguis de San Juan “en órbita”, cuando lo compré ya estaba en la prepa y ya había escuchado el MTV Unplugged In New York, Nevermind e In Utero, y apenas sabía tocar en la guitarra algunas partes de algunas canciones de Nirvana –“Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “Pennyroyal Tea”, “About A Girl”– y lo compré en el puesto de un tipo que también tenía un puesto en el Tianguis del Chopo, el tipo vendía álbumes de bandas del “sonido Seattle”, pero, sobre todo, de Pantera y de Anthrax y de Sepultura y de Metallica y de Black Sabbath, y de esa clase de bandas, el sujeto era totalmente un metalhead: cabello largo, por debajo de los hombros, y bien cuidado, pendientes en ambos lóbulos, brazos tatuados...  

Cuando reflexiono en estas dos o tres cosas sobre mi vida, también me acuerdo de esas “tardes mágicas” y ociosas, cuando volvía de la prepa a la casa de mis papás, la casa estaba vacía, y me encerraba en mi recámara y escuchaba Bleach de principio a fin, y medio tocaba por intuición alguna canción de Bleach en la guitarra, medio pensaba en cómo sería tener mi propia banda, en cómo sería componer una canción, escribir la letra de una canción, pensaba en cómo serían los ensayos, en cómo sería lanzarme a la batería al final de un concierto, como Kurt en esa fotografía que quedaría inmortalizada en mi mente, que pasaría a la posteridad de mi memoria, que se convertiría en un archivo permanente de mis pensamientos, que tomó Tracy Marander y que acabó en el booklet de Bleach.

¿Sería quién soy este día de junio del 2026, si hubiera escuchado ese álbum hace 37 años?

viernes, junio 19, 2026

¿Sabes por qué te puse Jax?


  

Me sentía del carajo, Lizzie estaba exhausta, ella tenía un trabajo de 8 AM a 7 PM, de lunes a viernes, en una agencia aduanal, y los sábados trabajaba desde casa, siempre tenía que estar al pendiente de su teléfono. Pero no todo era tan denso. Yoko y tú tenían poco tiempo con nosotros, y Gatusso estaba tan feliz de tenerlos, siempre había sido un gato único, yo tenía mucha libertad en el postdoc y sin embargo me sentía del carajo porque prácticamente cualquier bebida o alimento me caía mal, ningún médico había dado con el diagnóstico correcto ni admitido que no tenía ni idea de qué me estaba pasando; me había adherido a mis tratamientos durante casi un año, había cambiado mi dieta rotundamente, y mi salud no mejoraba. Era tan desgastante.

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, veía Sons of Anarchy en Netflix –por esa época también empecé a ver Vikings; después de lo insoportablemente esclavizantes que fueron los últimos meses en el PhD, tenía tiempo para ver series de televisión–, me había enterado de los cameos de la serie –Marylin Manson, Dave Navarro, Stephen King– y dos o tres cosas de la trama, la música de la serie también sonaba intensa. 

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, Liz estaba acostada junto a mí, en el sillón frente a la tele. Gatusso, Yoko y tú probablemente estaban en el otro sillón, tenían una casita de mimbre y dos camas para gato pero solían echarse a dormir en el otro sillón. Ella estaba profundamente dormida y yo me bebía dolorosamente una cerveza, a cada trago carraspeaba y tosía, y me acordaba de nuestra vida reciente en Xola, entonces terminaba el PhD y tomaba alcohol y fumaba excesivamente para lidiar con el estrés. Ya tenía 4 papers de investigación original publicados como primer autor en revistas internacionales evaluadas por pares y ya había impartido casi 4 años de clase como profesor de asignatura en la UNAM y compaginaba estas actividades (y muchas otras más) con los veintitantos seminarios semanales de mi tutor, pero para él “yo sólo seguía instrucciones” y “le cagaba mi falta de iniciativa” –aghh, manipulador–, y no tenía ningún reparo en decirlo frente a todos los estudiantes de pregrado y posgrado de su laboratorio –parecía que se alimentaba de la humillación pública– y mi único escape era beber y fumar todos los fines de semana hasta perder el conocimiento.

Ahora mismo puede ser cualquier noche de la segunda o tercera semana de junio del 2026, el mundial de futbol tiene unos días de haber comenzado, y te tengo sentado en mis piernas, me gustaría asegurar que se trata del viernes 19 de junio del 2026 pero mi mente es un caos, no sé ni qué día es hoy, y lo que importa es que estás conmigo, y que te acercaste a mí y te acomodaste en mis piernas; que, de alguna forma, en estas últimas semanas me he convertido en tu refugio. Faltan pocos días para que cumplas 11 años. 

Ahora mismo van a dar las 10 de la noche, acaba de caer una tormenta, vemos un partido de futbol por la tele –podría tratarse de Escocia vs Marruecos, podrían jugar en Boston– y no puedo evitarlo, recuerdo cuando estabas en tu prime, siempre te preocupabas por tus hermanos y por Lizzie y por mí cuando caía una tormenta, me acuerdo mucho de cómo te asomabas por las ventanas y veías la calle, a veces los árboles se movían de un lado a otro, a veces caían relámpagos a varios kilómetros de distancia, a veces granizaba, y todo eso te inquietaba y movías las orejas y la cola y adoptabas una posición de alerta, pero son casi las 10 de la noche de una tarde de la segunda o tercera semana de junio del 2026, faltan pocos días para que cumplas 11 años y he tenido una neblina mental todo el mes y no sé qué día es y no recuerdo si hace rato jugaron Escocia vs Marruecos en Boston pero estoy seguro de que tú y yo vimos por la tele algún partido del mundial 2026 –los comentaristas son insoportablemente frívolos, no paran de dar datos irrelevantes sobre las espinilleras de tal o cual jugador, de decir cuánto tiempo hace que Messi no va a una barbería de Buenos Aires, cada 3 minutos tienen que hablar de dinero, de a cuánto asciende el sueldo de Mbappé–, y Lizzie está en la cocina preparándote tus fármacos para reducir los niveles de fósforo, a ti no te gusta nada eso, supuestamente saben súper amargos, hemos visto que ya le tienes aversión a la comida, que asociaste el sabor de esos fármacos con la comida –la otra forma de darte los fármacos es vía oral, con una jeringa, pero esa vía es súper intrusiva y podría hacerte daño–, y para distraerme de todo este estrés que hemos vivido desde que nos dijeron que tienes disfunción renal, se me ocurrió poner en la tele el capítulo piloto de Sons of Anarchy, y fue así como todos estos recuerdos llegaron a mi mente, ¡cuánto quisiera volver a ese sábado del que me estoy acordando en este momento, cuando éramos una familia perfecta!, cuando el único enfermo era yo –preferiría volver a verte saludable, corriendo de un lado a otro por la casa, mirando por la ventana una tormenta, y ser yo el enfermo otra vez; preferiría volver a ser víctima de humillación pública en un laboratorio de la facultad de medicina, pero tenerte saludable y travieso y lleno de vida–, ¿sabes por qué te puse JAX?