jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.

domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

miércoles, julio 01, 2026

No sé qué pensar


Últimamente estoy de mal humor cuando juega la selección. No sé por qué, pero de pronto estoy así. Y no tiene nada que ver con la mafia de la FIFA ni con la corrupción del futbol ni con la cultura del consumismo que promueve la selección mexicana de futbol. A lo mejor tiene que ver con que el mundial es un espejismo, una manera de evadir la realidad. Empecé a ver un mundial de futbol en serio hace 30 años, y tal vez, en el fondo, todo era igual, todo sigue igual que entonces, excepto que estoy más viejo, más amargado, más decepcionado de la gente y más enfermo. 

Ya llovió y ya cayó una tormenta y salí a correr por la mañana. El día estaba nublado y gris y hacía frío. Mientras corría y trataba de ignorar las 20 fuentes de ruido que me impedían escuchar mi playlist —la podadora que usa el chico que poda las áreas verdes del fraccionamiento, la pulidora del trabajador que está haciendo reparaciones en la casa de los vecinos de la casa 47, la aspiradora con la que limpia su camioneta el vecino de la casa 45, el motor del avión que pasa a lo lejos, el motor del trailer que pasa a lo lejos—, me preguntaba por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz. Creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía. Creo que eso mismo ocurre con la depresión y con la ansiedad. Cuando estás realmente triste ni siquiera tienes fuerzas para escribir lo triste que estás. Escribir en días grises es romantizar la tristeza sin sentir la tristeza. 

Hace unos minutos dijeron por la tele que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, que en los próximos 30 minutos no debe caer un rayo eléctrico en las inmediaciones del Estadio Azteca, que el perímetro de seguridad son 8 millas, y esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela de Enrique Vila-Matas sobre él, pero todo esto también es evasión, ¿de qué sirve leer literatura que sólo lee un sector privilegiado de la población, cuando hay que sobrevivir día a día...?

Ha dejado de llover, pero suenan un montón de cohetes en la calle, y nadie está homenajeando a ningún santo; se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026. La gente está expectante, como cada 4 años cuando juega la selección, esa historia ya la conozco.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, y se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes. No sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, hace menos de un mes saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47 (esos que están haciendo reparaciones en su casa y perturbando el silencio del fraccionamiento desde hace más de medio año), o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Hace menos de un mes, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo levantaba las orejas y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, precisamente cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver La Memoria del Asesino o Pitt o House of Dragons, a Jax se le ocurría cazar a Yoko o hacer travesuras, ese era uno de sus rituales. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pudiera atraparlo. Luego salía de detrás del librero, caminando como si nada, como si dijera «Yo nada más paso por aquí, yo no hice nada». A veces, en ese preciso momento, también se sentaba en mis piernas, como ahora, pero no se veía triste ni cansado. 

Hace menos de un mes, Jax todavía vocalizaba todo el tiempo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, y quién sabe qué significaban realmente, pero Lizzie y yo siempre supimos cómo interpretarlas. Jax siempre sabía cómo comunicarse con nosotros, una vez sacó de la casa a sus hermanos porque detectó una fuga de gas y así nos llamó la atención. Otra vez, por ensayo y error, él mismo descubrió cómo abrir el cajón en el que guardábamos el catnip, para servirse él mismo. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. Como yo, él no es nada fan del futbol —hace varios años que perdí el interés; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania, por la tele. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como si fuera la final de La Copa del Mundo. Me gustaría decir que a Jax y a mí nos da igual como quede el juego, pero no es así. Yo no tenía grandes expectativas de esta selección, pero, por distintas razones, ya no pienso igual.

Soy consciente de que ya ganaron 3 juegos consecutivos y que no han recibido ni un solo gol en contra, que ninguna selección nunca había ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial —ni siquiera en 1970 y en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, al menos hasta antes del juego de hoy, la selección mexicana de futbol no ha jugado bien —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo han ganado ya 3 veces. He visto a tantas selecciones jugar bien y acabar perdiendo en tantos mundiales y tantas veces, que no sé qué pensar. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes —sobrevivimos— y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No sé si Jax se sentará también en mis piernas para ver la final del mundial 2026 que se disputará en New Jersey —lo más seguro es que no, que ya nos hayamos despedido, que entonces no pueda decirle por las mañanas «Un día más en el paraíso, Jackson»—, así que espero que esta noche gane la selección. Porque si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

sábado, junio 20, 2026

no escucho nada más


    
    Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Desde hace unos años, soy la clase de persona que sigue esta «rutina» y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM. 

    Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué un rato con ellos, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos con problemas de mantenimiento de sueño como yo, ya son las 8 AM.

    Ahora solo quiero tomarme unos minutos de descanso, olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que el Ondansetrón, la Mirtazapina y el Ipakitine no están funcionando; que ya casi no come ni toma agua; que debo cumplir con mis obligaciones fiscales; que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo, porque hoy mismo me los pidieron; que debo terminar de organizar estas treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un mes–, pero apenas me acomodo en la silla para tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino; otra vez está limpiando su auto, es todo un ritual que no suele llevar a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, excepto esta semana. Ya perdí la cuenta pero tal vez es la tercera vez que lo hace.

    A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.

    Otras veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Sepultan la música que traigo en los audífonos y en la cabeza. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva decenas de toneladas y miles de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de un Lorenzo Lamas que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. (¡No soporto el ruido de los motores de las motos!, ¿en qué piensa una persona cuya máxima motivación, aparentemente, es subirse a una moto y hacer que gruña el motor de su moto...?)

Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en un infierno sin fin –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar cómo todos estos sonidos cambian la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Es inevitable no pensar en todo esto porque todos estos temas forman parte de los temas que estudio por trabajo o por diversión, son ideas que constantemente están en mi cabeza, no googleo sobre estos temas para volarle la cabeza a nadie con mis conocimientos.

Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM porque ya no puedo dormir, soy la clase de persona a la que le incomodan los ruidos en exceso. Aunque escucho música todos los días (¡no todo tipo de música!) y no podría vivir sin escuchar música, siempre traigo mis audífonos con cancelación de ruido o siempre que escucho música en mi casa, lo hago a un volumen moderado. A diferencia de algunos vecinos con quienes he tenido que lidiar en los distintos departamentos o fraccionamientos en los que he vivido, no me interesa que nadie descubra mis gustos musicales. 

Ocasionalmente escucho un zumbido en el oído izquierdo, ocasionalmente tengo tapado el oído izquierdo, la otorrino ya me dijo que la trompa de Eustaquio “está un poco tensa”, que no estoy quedándome sordo, que mi sistema auditivo no está dañado, que lo que tengo tiene un nombre —ototubaritis—, y sospecho que la ototubaritis aparece justo a la mañana siguiente de un día del carajo en el que estuve enojándome por las cosas que tengo que hacer con personas tóxicas, cuando, por ejemplo, me piden tramitar el mismo documento 4 veces, o resolver un arduo trámite que implica pedirles su tiempo y paciencia a dos o tres personas el mismo día que me piden resolverlo, para que, al final, insinúen que todo es por mi culpa y no por su incompetencia. 

Sospecho que la ototubaritis aparece cuando estoy tenso, cuando he pasado toda la noche apretando la quijada (sin darme cuenta), cuando Jackson apoya su cuerpo en mi brazo izquierdo y pasa la noche conmigo en esa posición y estoy preocupado por él y no quiero aplastarlo y me frustra que esté enfermo y que los medicamentos no estén funcionando y me pregunto por qué seres tan puros y bellos como él tienen que enfermarse y por qué personas del carajo viven muchos años, como Mumm-Ra, el Inmortal.

La ototubaritis no es tinitus. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente. Y mi aversión al ruido no tiene nada que ver con que soy quisquilloso. El ruido me molesta, me satura, es como una bomba de tiempo en mi cerebro. Y me refiero al ruido de las máquinas, y también a la música a todo volumen de los vecinos. 

    ¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada.