domingo, febrero 01, 2026

whatever colors you have in your mind



La oleada de cortisol de las 3 AM me despierta, giro mi cuerpo hacia la izquierda y luego hacia la derecha, me obligo a mantener los párpados cerrados, es como una vieja pesadilla al revés, la oleada interrumpe puntualmente mi sueño, no sé desde cuándo pero suele pasar cuando no estoy pasándola muy bien, y no quiero levantarme de la cama, no necesito confirmar la hora en el reloj de la mesita de noche, estoy incómodo, mi cuerpo no se siente como mi cuerpo, sé que no podré volver a dormir. 

Meto una de mis manos debajo de la almohada, busco una posición más cómoda en la cama, pero esquivo al gato que tengo en los pies, luego esquivo al gato que tengo en la cabeza, pesa alrededor de 7 kilos y está ocupando el 70% de la almohada, también esquivo a la gatita que está apoyada junto al gato de 7 kilos, más allá, en el otro extremo de la cama, está mi esposa, tengo una gran familia pero apenas puedo estirarme en la cama, y me resigno a no encontrarme más cómodo y tengo un insight, descubro por qué suelo levantarme de la cama con contracturas en la espalda y en el cuello, y porqué, algunos días, estoy en stand by todo el día.

Boca arriba, sobre la cama, con los brazos cruzados alrededor del pecho, como si fuera un vampiro en su ataúd, escucho la respiración de los tres gatos y de mi esposa, sin duda tengo una gran familia –“una vamfilia”, como diría Colin Robinson de la serie What we do in the shadows–, pero los gatos a veces están encima de mí y no puedo hallar una posición cómoda en la cama. 

Recorro la habitación con la vista, aún está oscuro, dejo que la oscuridad entre en mis ojos, que mis ojos se adapten a la oscuridad, total, ya sé que no podré volver a dormirme, y así ha sido casi toda esta semana, y, si no recuerdo mal, la anterior. 

En la medida de mis posibilidades, muevo un poco la cabeza hacia la derecha, se me ocurre que tengo que matar el tiempo mientras transcurre la madrugada, me acuerdo de cómo hace más o menos veinte años, cuando estaba en mis veintes, a veces no podía dormir porque tomaba mucho café y porque comía muchas cosas irritantes y tenía gastritis y las noches eran eternas, son otros tiempos ahora, no tengo gastritis, pero, igual que hoy, hace más o menos veinte años, tampoco podía dormir, también me acuerdo de haber intentado leer algo súper aburrido hace más o menos veinte años –Ulises, de James Joyce, por ejemplo–, también me acuerdo de esa sensación de la gastritis en mi cuerpo, como si una liga estuviera presionándome el vientre y como si no pudiera moverme ni siquiera un milímetro en la cama, me acuerdo de haber estado en posición fetal, más o menos como ahora, algunas cosas no cambian en más o menos veinte años. 

Tomo lentamente el teléfono de la mesita de noche, veo de reojo la hora en el reloj y confirmo la hora, otra vez es la hora de la vieja pesadilla al revés, otra vez la oleada de cortisol me ha despertado, y entonces enciendo el teléfono, quiero ponerme los audífonos y escuchar música para entrar en una especie de trance que me permita ahuyentar todos estos pensamientos del pasado que me dan vueltas en la cabeza y que no me dejan volver a dormir. 

Ayer, en la cena, encontré a un tiktoker tocando una canción de Guns N' Roses y la música me remontó a la adolescencia, cuando escuché por primera vez Use Your Illussion II, cuando no había tenido ningún problema serio de salud, cuando no sabía nada de enfermedades serias, cuando no sabía nada de odiar tu propia vida ni desear esfumarte porque el malestar es incompatible con tu existencia, porque los síntomas de la enfermedad hacen imposible imaginar tu vida 5 segundos más allá del presente.

Ayer, antes de cenar, me sentí mal, como casi todos los días del 2026, y trataba de desasirme de la horrenda sensación de carraspeo y de sofocamiento con mis propias flemas, tuve un ataque de tos, y aparecieron este tiktoker y esta canción, esta canción de Guns N' Roses es una opción para matar el tiempo mientras transcurre la madrugada. 

Muevo los ojos dentro de mí mismo un par de veces con los párpados cerrados, como si quisiera resetear mi existencia, es el último día de enero, todo el mes he estado teniendo días malos, ataques de tos, carraspeo, y hoy no hace tanto frío, y me acuerdo del año pasado, vagamente recuerdo que hace un año el frío era despiadado en la casa, no tenía problemas de salud como hoy, enviaba alrededor de 3 solicitudes a 3 Instituciones de Educación Superior al mes, iba saliendo del hérpes Zóster, no generaba ingresos, Katz y yo acabábamos de ver Nosferatu y Flow en el cine, leía a Han Kang y a Bram Stoker, todos los días eran inciertos, íbamos al tianguis de Metepec todos los lunes, ahora sólo estoy divagando, deben de ser ya las 3:30 AM, sólo estoy usando mi mente para no enfocarme en lo único que ha estado preocupándome este mes: mi salud.

Los ataques de tos y el carraspeo son despiadados, no puedo ignorarlos, en enero he tenido ataques de tos a diario, por las mañanas, mientras me visto, mientras termino de desayunar, mientras me dirijo al trabajo, he tenido ataques de tos y carraspeo por las noches y por las tardes, y el carraspeo me deja exhausto, de pronto tengo la sensación de que hay una flema atorada en la garganta, de pronto trato de aclararme la garganta pero la flema sigue allí, es una sensación incómoda, el sistema nervioso autónomo se apodera de mi consciencia, no puedo dejar de darme cuenta cómo está haciendo todo lo posible por expulsar a ese agente extraño de la garganta, mi cuñada me ha dicho que debo de tener irritada la garganta, que debo ir a ver a un gastroenterólogo, me acuerdo de que en mayo de este año cumplo 10 años de haber pasado por el quirófano, me acuerdo de los horribles síntomas del ERGE, era imposible imaginar mi vida 5 segundos más allá del presente, también me acuerdo de que el carraspeo era muy parecido a este carraspeo, que no podía dejar de carraspear durante varios minutos, que era consciente de la actividad de mi sistema nervioso autónomo, que no podía dejar de darme cuenta de que todo el tiempo estaba secretando saliva, de que el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta era insoportable para mí mismo, que el acto, en sí, era automático y consciente, una paradoja del sistema nervioso autónomo, y me acuerdo de una que otra vez que tuve que salirme de alguna oficina o de algún seminario o de alguna junta importante porque ni siquiera yo mismo soportaba el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta una y otra vez.

En lo que val del 2026 he tenido 3 ó 4 episodios de carraspeo que me han puesto al borde de un ataque de ansiedad, que me han hecho acordarme de todas estas cosas, es imposible ignorar estas cosas que normalmente hace mi sistema nervioso autónomo sin que me dé cuenta, sólo cuando todo está jodido me doy cuenta de todo está jodido porque soy consciente de mi sistema nervioso autónomo, cuando intento aclarar mi garganta y carraspeo varias veces y sin embargo la flema sigue allí y al cabo de unos segundos crece, ocupa todo mi esófago, y ya no puedo pasar saliva y siento que me asfixiaré, una terrible necesidad de escupir y carraspear se apodera de mis pensamientos, ayer todo esto pasó mientras veía una película de David Lynch, y hace 2 semanas todo esto pasó mientras veía un partido de la NFL por tv –¿Seattle Seahawks vs Chicago Bears?–, y no quiero ni imaginarme cómo sería si me diera uno de estos ataques de tos y de carraspeo en la calle, a mitad de la nada, en el Tren Insurgente, por ejemplo, no quiero que se repita nada de esto, no quiero volver a vivir lo que viví hace 10 años. 

Finalmente me pongo los inalámbricos y los sincronizo con el teléfono, y busco “Breakdown” en el catálogo de Amazon Music —¡The Warning es el artista que tienen como representantes del género “hard rock”!, ¡qué horror!, ¡hay que ser muy tonto para no ver lo evidente: que es más importante la publicidad y el efecto halo...!, ¡que Joseph Goebbels está presente en el Siglo XXI...!—, y una idea cruza mi mente y dejo de buscar a Guns N' Roses: antes de sincronizar los inalámbricos leí American Psycho, estoy en la página 370: Bateman vuelve al apartamento de Paul Owen un año después de haber asesinado allí a un par de scorts, el capítulo me hizo sentir nauseabundo, cerré el libro y me metí a ver mis redes sociales en el teléfono –y todo esto parece haber ocurrido entre sueños, con los gatos en la almohada, en mis pies y en mi brazo–; un post en la página de Ministry en Facebook dice que Filth Pig salió a la venta el 30 de enero de 1996 y que la banda allí toca un cover de “Lay lady lay”, y ésta es la idea que cruza mi mente, me dio curiosidad escuchar el cover de Bob Dylan, y ahora quiero escuchar el álbum y lo busco en Amazon Music y le doy play y cierro los párpados y vuelvo a mi posición de Laszlo Cravensworth en su ataúd, y cierro los párpados otra vez y lo escucho desde el principio, medio me quedo dormido de nuevo, no sé si todo esto ya pasó tal vez ya lo escuché de principio a fin varias veces, tal vez entre sueños se me ocurrió buscar información de Ministry en Wikipedia, tal vez leí que Al Jourgensen nació en Cuba, que el sonido de Ministry en su primera etapa era más new wave y synthpop que metal industrial, que en esos tiempos le abrieron varios conciertos a The Police, en la gira de Synchronicity, que Palm 69 es el álbum que les catapultó a la fama, que Filth Pig es su sexto álbum de estudio y que Al Jourgensen estaba deprimido durante la composición y grabación de Filth Pig y que la banda no suele tocar canciones de este álbum en ningún concierto. 

Escribo estas líneas, ya son casi las 9 AM, he tenido uno que otro ataque de tos, no sé si saldré a correr, sólo quiero sentirme bien, volver a ser como cualquier persona que no se da cuenta de lo que hace su sistema nervioso autónomo, es desquiciante estar al tanto de tu sistema nervioso autónomo, no podría volver a vivir los síntomas del ERGE otra vez.

sábado, diciembre 20, 2025

una piedra en el zapato


Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. Hace unos años rebasé la barrera de las cuatro décadas y nunca (ni cuando era niño) me ha latido celebrar ni mi cumpleaños ni el de nadie más. Uno de mis primeros recuerdos de cumpleaños es el de mi cumpleaños número 4 ó 5. Hubo fiesta en un salón, mis papás quisieron que así fuera, hubo un show con un Cepillín apócrifo (que yo no sabía que era apócrifo), y también hubo una sesión de fotos en un estudio. Me acuerdo de que, antes de ir al salón (estaba en la Jardín Balbuena), pasamos a un estudio fotográfico y que, mientras el fotógrafo me daba instrucciones («¡sonríe!», «¡éste es el mejor día de tu vida!») y mis papás y mis abuelos aguardaban su turno, quién sabe por qué, me preguntaba «¿Y qué será de todos nosotros, dentro de diez o veinte años...?, ¿aún seguirán vivos mis abuelos...?, ¿cómo se sentirán mis papás el día que ya no estén mis abuelos...?, ¿cómo me sentiré yo...?, ¿y si mis papás ya no estuvieran...?», y eso que, en esa época, no había leído a ningún autor sombrío (nada de Sartre, nada de Poe, nada de Shelley, nada de King, nada de Mariana Enriquez), apenas conocía algunas obras clásicas –Romeo y Julieta, Blanca Nieves y Los Siete Enanos, Caperucita Roja, Hansel y Gretel...–, en versiones abreviadas para niños, pero todos en mi familia estaban tan felices, que esa felicidad no parecía real. Se sentía incómoda, como unos brackets, como una piedra en el zapato.

No me gustan los cumpleaños porque creo que son un atajo, una salida fácil, autocomplacencia. Puedes ser el peor ser humano del mundo, un trabajador o un estudiante promedio, y no estudiar ni trabajar más de lo necesario todo el año o todo el semestre, y cobrar tu cheque puntualmente, o sacar una MB al final del curso (aunque usaste unos Ray Ban con IA en el examen departamental y sólo pusiste tu nombre en el Trabajo Final y pasaste la PPT, del Trabajo Final, a Canva), pero, cuando llega tu cumpleaños, ¡pedir el día!, ¡claro!, porque es tu cumpleaños.., ¡eres especial...! Cuando alguien cumple años, parece que la sociedad (y tu familia y tus amigos y tus colegas de trabajo) tiene que celebrarlo, aun cuando el celebrado sea la persona más horrible y nefasta y deshonesta y corrupta y mojigata (doble moral) en el mundo.

Aghh

Por supuesto que me hace feliz que el día de mi cumpleaños me regalen cosas que me laten (que no salga alguien a regalarme el Best Seller de superación personal de Sanborns, o el último álbum de estudio en el que viene el one hit wonder que todo mundo está escuchando), me gusta que se tomen el tiempo de meterse en mi cabeza y que se pregunten «¿Esto le gustaría a Marcel?”, que me regalen algo que en verdad me gusta. También (en mi mente) me gusta mostrarle, todos los días del año, a la gente que quiero y que aprecio, que la quiero y que la aprecio, todos los días del año (aunque me saquen de mis casillas, porque mi percepción de la realidad está distorsionada y porque soy un narcisista y un idiota), pero estoy (totalmente) seguro de que eso no lo hago (en el mundo físico) todos los días del año, pues la mayor parte del año soy insensible y poco empático (excepto cuando me tomo algunos Jack Daniel's, o cuando acabo de correr 10 km y llego al nirvana), o cuando leo algún texto con el que conecto, como los junkies, cuando se embriagan o fuman o inyectan su droga preferida.

No me gusta celebrar mi cumpleaños, y no es porque tenga alguna especie de recuerdo traumático al respecto, no es porque en algún cumpleaños (que, por supuesto, no quería celebrar), hace muchos años (cuando cumplí ochos años, por ejemplo), los adultos de mi núcleo familiar se aferraron a hacerme una fiesta de cumpleaños y me compraron un pastel y me cantaron “Las Mañanitas”, ni porque entonces tuve que soplarle las velitas al pastel y pedir un deseo («¡que nadie más vuelva a hacerme una fiesta de cumpleaños, por favor!»), ni porque en ese cumpleaños número 8, uno de los invitados, un adolescente que no conocía (el primo de algún primo que no veía más que una o dos veces al año) aprovechó la situación para aplastarme la cabeza contra el pastel, ni porque sentí que me sofocaba con el pastel que se me metió por la nariz y por la garganta. 

Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. 

A pesar de que una vez me aplastaron la cabeza contra el pastel y tuve que escuchar “Las Mañanitas” (¡hay una versión cristiana!) y casi me sofoco porque el pastel se me metió por la nariz y por la garganta, no tengo estrés postraumático. Simplemente no me gusta celebrar mi cumpleaños,  no me gusta ser consciente de que cada año soy más viejo y de que sigo viviendo en la incertidumbre, no me gusta ser consciente de que cada año mis hábitos son más difíciles de erradicar, de que mis pensamientos son más inflexibles, de que es más difícil dejar de pensar en cosas negativas que no valen la pena cuando mi esposa (o mis hermanos o mis cuñadas o mis papás) está platicándome cómo estuvo su día (o qué cosas los angustian).

Hoy es mi cumpleaños número F&$k!, y es un día más para mí. O eso me gustaría que fuera. Son las 10 AM y ya me enviaron varios Whats para felicitarme, pero sólo quisiera salir a correr 10 km, escuchar a Local H mientras corro –en estos días he estado escuchando mucho As good as dead, su segundo álbum de estudio–,  y, más tarde, después de bañarme, vestirme y almorzar –¿chilaquiles verdes con jugo de toronja, en Toks...?– me gustaría ver una película –¿Die Hard?..., ¿París, Texas...?, ¿Mulholland Drive...?, ¿Drácula...? – y escribir. También me gustaría entrar en la zona –encontrar un tema para escribir y fluir– y tomarme un par de Jack Daniel's con Sprite, mientras escribo o veo la película, pero lo más probable es que eso no ocurra y que este día sea como cualquier otro día: hablar de dinero, hacer la limpieza de la casa, lavar trastes, recoger la arena de los gatos, hablar de comida, ver mis redes sociales...


miércoles, diciembre 03, 2025

¡suenan a banda de bar!



Scott Weiland se contorsionaba como si una corriente eléctrica estuviera atravesándolo, se movía de un lado a otro del escenario sin perder el aire ni dejar de cantar. Cuando la canción lo ameritaba, se detenía detrás del pedestal del micrófono, volvía a colocar el micrófono allí y cerraba los párpados, y todo esto lo hacía con tal naturalidad que nadie podría poner en duda su experiencia de casi 30 años como el líder de una banda de rock. Quién sabe cuántas veces ya había montado ese show en su vida, tal vez ya hasta le resultaba automático, una conducta que no pasaba del todo por su consciencia. No sé por qué, pero, en lugar de verlo así, como un frontman experimentado, lo vi como si hubiera sido uno de esos niños hiperactivos de los 70 sobre diagnosticados con TDAH y medicados con metilfenidato.

Al final de una canción, Weiland se detuvo a un costado del escenario y apenas pudo mantenerse en pie. Un par de miembros del crew de los STP tuvieron que auxiliarlo. Alguien le alargó un vaso y él le dio un sorbo. Luego, medio tambaleándose, regresó al escenario, probablemente desde el principio del concierto estaba bajo la influencia de algún narcótico –depresor, estimulante, ambas clases de drogas–, y volví a pensar en que tal vez él había sido un niño hiperactivo medicado con metilfenidato y que el metilfenidato lo había condenado a probar otras drogas más adelante en su vida, hasta el punto en que abandonó la universidad y el futbol americano para convertirse en estrella de rock. Me sentí un poco mal por él.
Weiland traía una bandana roja y un sombrero negro, un atuendo algo exótico, parecía un pavo real siguiendo la música, su estímulo signo. De vez en cuando, olvidaba las letras de las canciones y los hermanos De Leo le echaban una mirada difícil de descifrar, entre compasiva y recriminatoria. Me sentí un poco mal por ellos, habían formado una gran banda, en los 90 habían sido excluidos del status de las bandas de la Costa Noroeste de EEUU —“el sonido Seattle”— por ser de San Diego y, además, estaban condenados a la volubilidad (las adicciones) de Weiland.

Me terminé el cigarrillo y le di un sorbo a la cerveza. A pesar del frío estaba tibia. Ya habíamos escuchado a Los Odio y a Los Flaming Lips. Después de STP, Nine Inch Nails cerraría el Festival Motorokr. Comenzaba a llover, estábamos a finales de octubre o a principios de noviembre del 2008. Los STP tenían ya varios años sin grabar un álbum de estudio, Weiland había grabado algunos álbumes como solista y había pasado por Velvet Revolver. Los STP tenían rolas buenísimas, no sólo eran “Sex Type Thing” o “Interstate Love Song”, ni el álbum Purple o el Vatican Gift Shop, pero había algo en su actitud que no me latía (a lo mejor yo también tenía mis prejuicios, ¡eran de San Diego y no de Seattle!), quizá la actitud de macho alfa de Weiland no me latía, y, sin embargo, verlos en vivo estaba cambiando mi perspectiva sobre su música.

La lluvia arreciaba, el concierto de los STP estaba por concluir y Gee gritó «¡Suenan a banda de bar!» y me pasó la tercera o cuarta cajetilla de cigarrillos, quién sabe cuántos habíamos fumado ya. La abrí y tomé uno y lo puse en mis labios y lo encendí. En la penumbra, vislumbré mis dedos de nicotina, intuí su presencia maligna, y preferí concentrarme en Weiland. Era obvio que él conocía el lado oscuro de las drogas, que él era un adicto interpretando a una estrella de rock. Obviamente yo no era la clase de adicto que era una estrella de rock como Weiland, pero fumaba a todas horas, lo hacía antes y después de cada alimento, era lo primero y lo último que hacía todos los días. Si había alcohol de por medio, en algunas ocasiones me había fumado hasta tres cajetillas yo solo en un fin de semana.

Hoy, mientras escribo, me miro las manos y ya no tengo dedos de nicotina, pero estos recuerdos me dan ganas de fumar otra vez. Voy a cumplir casi un año en abstinencia, tuve una recaída que duró más de un año, antes de eso estuve en abstinencia durante diez años, y antes de eso fumé más de diez años. Scott Weiland hoy cumple diez años muerto, antes de eso lo despidieron de los STP y de Velvet Revolver por sus problemas de adicción. Lo encontraron en la van de la banda con la que hacía una gira entonces, lejos de los reflectores de los STP. Murió de sobredosis. Hace diez años, ya.

Pero, ¿a quién le importa Scott Weiland...?, ¿o cómo conseguí dejar de fumar sin terapia y sin fármacos...?, ¿o por qué recaí y cómo volví a dejar de fumar...?, ¿quién lee dos párrafos, cuando “todo el conocimiento del universo” está en un video anti-aburrimiento en Tik Tok...?, ¿quién lee a autores que no tienen a publicistas que se te están metiendo en la cabeza 24/7, diciéndote por qué el libro que te están vendiendo “te volará la cabeza”, por qué es el mejor y el más polémico de los últimos tiempos, por qué es el libro de cabecera de los lectores más exigentes y cultos...?, la vida sigue, todos los días muere alguien, todos los días alguien pierde su empleo, todos los días alguien gana seguidores, todos los días alguien cobra su cheque, todos los días alguien deja de fumar.

domingo, noviembre 30, 2025

unos días son más difíciles que otros

Son las 9: 15 del lunes. La radio está encendida, el conductor del Uber escucha el programa de Taradazo. Tengo un flashback

Aggh, quiero olvidar, meterme una de esas píldoras que provocan amnesia, hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, me resisto a pensar en ellas, pero todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza. Aunque he aprendido a ahuyentarlas, la voz de Taradazo me hace recordar...

«¡A ver, a ver, es obligación del gobierno...!»

... cierro los párpados y ya estoy viajando en otro Uber, es una mañana aleatoria, está en curso el Trimestre 23 Otoño y me ajusto los Ray Ban y voy pensando «Si X y Z ya son profes de tiempo completo definitivo, si los 3 llegamos el mismo año a Distrito IV, si entonces yo ya era SNII-1 y ellos ni siquiera estaban en el SNII, si en esta convocatoria me dieron la distinción de SNII-2 y además estoy concursando por la Jefatura de Departamento, mi “suerte” tiene que cambiar...» 

«Disculpe, joven... Marcel es nombre de dama y de caballero, ¿verdad?», el conductor me interrumpe, me regresa a la realidad. Aunque no estoy seguro, le contesto que sí, y luego me pregunta si mi nombre tiene algún significado y me dice que a él le gusta saber el significado de los nombres. Tengo otro flashback, y me provoca escalofríos: en estos días un colega de la Ibero, que acabo de conocer, también me preguntó algo sobre mi nombre. Le contesto al conductor del Uber que no sé qué significa mi nombre. 

Aggh

Hacía tanto tiempo que nadie me preguntaba estas cosas sobre mi nombre, creo que la primera vez que alguien lo hizo fue en la prepa, allí me presenté por mi segundo nombre, el que siempre me había gustado pero que no usaba nunca, supongo que era la costumbre y que antes de la prepa el asunto del nombre no era tan importante, además en la secundaria a todos nos trataban como si fuéramos un puñado de adolescentes sin talento, nos llamaban por nuestros apellidos, como si estuviéramos en una prisión (de hecho, los varones teníamos que traer el cabello casi a rape) y en la primaria el asunto del nombre era mucho menos importante que en la secundaria, aunque odiaba cuando me llamaban “niño”, me daba igual que me llamaran por mi primer nombre, en la primaria nunca se me ocurrió que podía exigirle a mis compañeros que me llamaran por alguno de mis nombres en particular, supongo que apenas estaba construyendo mi identidad, supongo que era más Mauricio que Marcel, y todo mundo me decía Mauricio, algunos sobrevivientes de esa etapa aún me siguen llamando así, pero, en retrospectiva, la verdad es que Mauricio nunca me gustó realmente, suena como a actor de telenovela de los ochenta. 

Me acomodo en el asiento y me ajusto los Ray Ban de nuevo. Hace mucho sol y frío. No quiero pensar en nada más, un pensamiento puede precipitarme en otro, puedo acabar hundido en la maldición de los lunes, en que los lunes nunca me han gustado, además tengo un poco de náuseas, ayer no comí bien y me tomé varios Jack Daniel's, otra vez pienso en cuánto quisiera meterme una de esas píldoras que provocan amnesia –benzodiacepinas, antidepresivos tricíclicos, anticonvulsivos, opiáceos–, en que hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, en que me resisto a pensar en ellas, en que todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, y la voz de Taradazo insiste en recordármelas... 

«¡Y nuestros representantes están muy tranquilos... 
voltean a otro lado, hacen la vista gorda...!»

... ay, este tipo, tiene tantos seguidores y tantos patrocinadores y lo único que hace es despotricar –crítica fácil de dos centavos– en un programa de radio que aparentemente es el favorito de los conductores de Uber, cuando trabajaba en Distrito IV mis clases comenzaban muy temprano y tenía que escucharlo 2 ó 3 veces por semana, ahora no tengo clases tan temprano y en esta ruta sólo uno que otro conductor de Uber escucha su programa de radio... o a lo mejor tomo el Uber cuando su programa de radio ya terminó, no sé. 

Mmmh

Ya tenía un amplio recorrido en Distrito IV, trabajé allá entre el 2019 y el 2024, y aunque no es exactamente la misma situación de la prepa (cuando me presenté por mi segundo nombre y mis compañeros me hacían preguntas sobre su significado), la pregunta del conductor deja claras las cosas: estoy empezando de cero, otra vez. 

Al menos Taradazo ya se calló, cruzamos Las Torres en el Uber y escuchamos un comercial, ya casi llegamos al Interurbano. El conductor ya no me pregunta nada, me precipito en más pensamientos catastróficos que no tienen sentido: ¿por qué me tocó esta “suerte”...?, ¿por qué no soy profe indeterminado, como X y Z...?, ¿por qué las autoridades de Distrito IV prefirieron contratarlos a X y a Z, que ni siquiera estaban en el SNII cuando llegamos a trabajar a esa universidad, y que ahora mismo no son SNII-2, como yo...?, ¡es absurdo que el discurso de Distrito IV ante medios masivos de comunicación sea la excelencia académica; es una farsa...!, ¡si tan sólo tuviera un contrato, incluso temporal, en una IES pública, nada más por tener la distinción de SNII-2, habría alrededor de $500, 000 MXN “extras” en mi cuenta bancaria...!, ¿por qué el gobierno decidió retirar el estímulo económico del SNII a quienes somos miembros del SNII pero trabajamos en una universidad privada...?, ¿por qué el gobierno se preocupa más por la tecnología que por la ciencia...?  

Aggh, ya no quiero pensar en estas cosas, quisiera meterme una píldora de las que producen amnesia. Nunca he hecho nada sólo por dinero, hago lo que hago porque me gusta, he luchado por seguir haciendo lo que me gusta, pero eso es romántico y poco adaptativo, necesito dinero para todo, todos los días tengo que pagar al menos un servicio. 

Inhalo y exhalo, y me digo a mí mismo que todo está mejor, que ya tengo un empleo, que ya no estoy enviando solicitudes a distintas IES como loco, que acabaron esos ocho o nueve meses fatales de incertidumbre, que se fueron por el caño esas noches de insomnio en las que no podía dejar de pensar hasta qué punto resistiría, hasta cuándo cambiaría “mi suerte”..., y también pienso en que este trayecto en Uber es temporal, en que la voz de Taradazo...

«Labregones, así los llamaría mi abuela...»

... también es temporal, en que debo disfrutar el presente, enfocarme en lo que voy a hacer hoy en la universidad, por ejemplo, pero unos días resultan más difíciles que otros, hoy mismo tengo la impresión de que podría mandar todo a volar, que aún no me siento yo mismo en la Ibero, en que, más o menos, me siento como me sentía cuando estaba en la primaria y me daba igual si me llamaban por mi primero o por mi segundo nombre. 

Me bajo del Uber, el conductor me desea un buen día, yo también le deseo un buen día, veo en mi reloj que ya son las 9: 27, camino hacia el tren Interurbano, es un poco más tarde que otros días, hay 3 personas aprendiendo a cargar la tarjeta de movilidad en la taquilla del Interurbano, La máquina no está aceptando billetes, dice el vigilante, estas personas son muy lentas, inhalo y exhalo, esto no tiene por qué impacientarme, Estoy formado en la fila, no es el fin del mundo, me digo a mí mismo y me pongo los audífonos, apenas los compré la semana pasada, tienen cancelación de ruido, cuando trabajaba en Distrito IV el recorrido de la casa a la universidad era tan corto que ni siquiera pensaba en ponerme los audífonos para escuchar música... 

Entre unas cosas y otras dan las 9: 34 y finalmente puedo cargar mi tarjeta de movilidad, luego paso por los torniquetes y subo las escaleras eléctricas, el tren está llegando al andén, tengo que correr, alcanzo a subirme al último vagón del tren –otro pensamiento intrusivo: X y Z ya tenían auto cuando los tres llegamos a trabajar a Distrito IV en el 2019, y no hay que quebrarse la cabeza: la academia es un ámbito de privilegiados; 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana–, ahora sí está lleno el tren, apenas encontré lugar, frente a una mujer que trae audífonos y que se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, al fin y al cabo somos lo que somos, las coincidencias no existen, tal vez ella siempre viaja en tren pero yo estoy pensando en estas cosas y percibo las cosas así, que ella se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, unos días son más difíciles que otros. 

Miro por la ventana del tren y espero que este trayecto no sea particularmente escandaloso, la gente suele ser súper irrespetuosa, me ha tocado enterarme de conversaciones ajenas porque algunos usuarios del tren va hablando a todo volumen o viendo TikToks o Reels a todo volumen, me ha tocado soportar diez veces en un recorrido “El son de la negra” o “La llorona”, en fin, me acomodo en el asiento, me ajusto los Ray Ban, trato de ignorar a esta mujer que se parece a la colega de Distrito IV, trato de concentrarme en la clase de hoy, voy a explicarles a los estudiantes cómo una vesícula sináptica se fusiona con la membrana plasmática para liberar un neurotransmisor mediante exocitosis... o ¿mejor les hablo de algo más amable, por ejemplo, de esa historia de Michael Jackson y el propofol que lo mató...? 

Evalúo los pros y los contras de una y otra cosa, y, de pronto, así, ¡de la nada!, la música mueve algo dentro de mí, se adueña de mis pensamientos, y todo es diáfano en mi interior, una corriente de bienestar inunda mi ser, son las endorfinas, la música es lo único que vale la pena, y ahora mismo es la voz de Charly García la que mueve algo dentro de mí, él canta algo sobre una extraña influencia, dice...

«Si yo fuera otro ser, no lo podría entender...» 

... y aunque no tengo en mi radar esta canción, es como si ya la conociera de toda la vida, me identifico con lo que canta Charly, cuando escribió la canción él probablemente se sentía de un modo similar al modo en el que me siento el día de hoy, unos días son más difíciles que otros, tal vez me siento así porque los lunes nunca me han gustado, tal vez me siento así porque mi primer nombre nunca me ha gustado, tal vez me siento así porque sé que X y Z ya son profes indeterminados y no tienen mi trayectoria ni mi perfil ni mis habilidades, tal vez me siento así porque unos días son más difíciles que otros y porque no puedo dejar de pensar en que si ellos son profes indeterminados obviamente yo también debería serlo ya.

Aggh. Estos pensamientos, todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, aunque he aprendido a ahuyentarlos, unos días son más difíciles que otros, prefiero enfocarme en la letra de la canción...

«Si fue hecho para mí, lo tengo que saber...» 

... y otra vez Charly mueve algo dentro de mí, y ya nada importa, ésta es la vida que me tocó vivir, nadie me lo ha contado, la academia no es académica, no importa cuántas veces lo intentes, hay un montón de factores extra académicos que influyen en tener una plaza indeterminada, 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana, yo no volteo a otro lado cuando algo está fatal, no soy de los que cobran su cheque y están convencidos de que están donde están porque son los mejores de todos.

viernes, noviembre 21, 2025

try to build a home, bones of birds


El último año en el infierno en el que se había convertido el doctorado estaba por comenzar, y todos los fines de semana empezaban alrededor de las 4 pm de los viernes y eran una evasión de la realidad. Ese viernes no era la excepción, iba por mi tercer o cuarto litro de cerveza, iba por la segunda o tercera cajetilla de Camel, iban a dar las seis o siete de la tarde. A través de la bruma del alcohol escuchaba el último álbum de estudio de Soundgarden, me llevaba el Camel a la boca, intuía el aroma de la nicotina en mi piel, en la oscuridad intuía mis dedos de nicotina, lo primero que hacía al despertar y lo último que hacia antes de acostarme a dormir era fumar. Decidí cargar la pipa, tenía un dealer y amigo en el laboratorio que me abastecía y que nunca me dejaba más de quince días sin mercancía.

Le di una jalada a la pipa, su ojo de fuego incandescente resplandeció como el ojo de un dragón que podía presagiar un mal viaje pero no me importó: seguí fumando, y luego me tumbé en la colchoneta que había puesto en el suelo para entrar en comunión con la banda de Seattle que no había grabado un álbum de estudio en más de 10 años, desde que estaba en la prepa, desde Down On The Upside, las luces estaban apagadas en el pequeño departamento que rentábamos en Xola, hacía mucho frío, el aroma de la marihuana y del tabaco se habían estancado en el departamento, no me importaba que los vecinos me estigmatizaran, Liz no había vuelto del trabajo aún, la beca del doctorado no era suficiente para pagar la renta y todos los gastos corrientes, no gastábamos más que en lo necesario, no salíamos de viaje a ningún lugar.

Quería que la experiencia fuera lo más cercano a una noche acampando en un paraje solitario, no quería saber nada de la realidad, sólo que Soundgarden daría un concierto en México en un par de meses, en mayo, en El Palacio de los Deportes, ya tenía mis boletos, había invitado a uno de mis hermanos al concierto, el futuro cercano podía ser genial, pero me sentía tan ajeno a mí mismo, como una rata rindiéndose en la prueba de Porsolt, como uno de los perros del experimento de desesperanza aprendida de Martin Seligman; no quería pensar más en el doctorado, tampoco quería desertar, odiaba ir al laboratorio todos los días, ya no disfrutaba estar allí 10 ó 12 horas diarias, ese entusiasta aspirante al posgrado que había corrido experimentos a las 2 de la mañana durante varias semanas ya se había muerto, ya no soportaba los exabruptos del tutor, había descubierto su doble moral, estaba decepcionado de su doble moral.

En cuatro años ya había publicado tres papers de investigación original en revistas internacionales evaluadas por pares, y en cada uno de ellos yo había hecho prácticamente todo: no sólo fabricar electrodos y cánulas y hacer cirugías estereotáxicas y correr los experimentos, sino también analizar los datos, escribir los papers en inglés, darles el formato que requirieran las revistas y someterlos a revisión —hacer el trabajo del autor corresponsal, sin recibir ese crédito en ninguna ocasión—, y había aprendido a hacer todo eso yo solo, sin otra guía que los papers que leía y los papers que habían publicado los estudiantes de doctorado recién egresados del laboratorio del tutor, y podía titularme ya pero tenía otro paper en progreso, el posgrado en Ciencias Biomédicas “sólo” exigía que el Comité Tutoral hubiera evaluado y aprobado cada uno de los 9 semestres al alumno (sus clases, sus avances del proyecto de investigación) y que el alumno publicara la tesis de doctorado y al menos un paper en una revista internacional evaluada por pares, y que, por supuesto, el alumno defendiera su proyecto en un examen de grado ante un jurado de sinodales.

Asistía a cada uno de los seminarios de avances y journal clubs que le interesaban al tutor, y también era ponente en todos los congresos nacionales e internacionales que le interesaban al tutor, y sin embargo no descuidaba mis clases como profe de asignatura en la UNAM, también impartía los diplomados en Medicina del Sueño o las charlas de divulgación a las que me invitaban, no descuidaba ningún compromiso académico, pero el tutor era volátil y manipulador y había estallado varias veces, se había salido de personaje, tal vez era incapaz de controlar a su grupo, seguramente había leído varios libros de superación personal y de motivación y de liderazgo, y sabía perfectamente que lo más sencillo para recuperar el control era humillar y mitigar la autonomía de quienes más trabajaban en su grupo, así que se me fue directo a la yugular, y, enfrente de todos, en uno de los (maratónicos) seminarios de avances de cada lunes (de 2 pm a 9 pm), me regañó, me dijo que yo «sólo seguía sus instrucciones», que «le cagaba mi falta de iniciativa...» (en retrospectiva, me confieso culpable: “el delito” había sido correr una serie de experimentos, que acabarían publicados en mi cuarto paper como primer autor, sin su consentimiento; obviamente, él era el líder, nadie podía saltárselo, nadie podía desafiar su autoridad, ya había recibido una advertencia cuando los estudiantes más avanzados y yo corríamos unos experimentos para los revisores de un paper que fue mi primera coautoría, ¿cómo se me había ocurrido actuar de manera independiente...?, ¿cómo se me había ocurrido desafiar su autoridad...?)

Me sentía tan alienado, tan ajeno a mí mismo, manipulado; ya no quería ir al laboratorio, ya no quería lidiar con el tutor todos los días. 

La voz de Chris Cornell...

«try to build a home,
bones of birds...»

... recorrió mis entrañas y huesos, atravesó mis canales auditivos, explotó en las cócleas y se convirtió en una señal eléctrica mientras la droga hacía click en mi cerebro.

Cerré los párpados y los puños, deseé que esa sensación de bienestar no terminara nunca, quería quedarme allí, tumbado en la oscuridad, en esa colchoneta que se había transformado en una casa de campaña, y me enfoqué en la música, la música se transformó en un oleaje de colores y de sonidos, en oleadas de bienestar que iban y venían; mi sistema nervioso era un surfer en el océano, la música era una tabla para surfear, y traté de pensar positivamente, en que todo lo que se avecinaba en mi último infernal año de doctorado tenía sentido, en que ese infierno que comenzaba valdría la pena, y me acordé de la prepa, cuando la muerte de Kurt Cobain estaba reciente, cuando Blur y Oasis sepultaban a Nirvana y asociados, cuando Irvine Welsh sepultaba a Charles Bukowski, cuando escuchaba a Soundgarden todos los días, cuando no hacía otra cosa más que escuchar música, leer y escribir, cuando no me importaba el futuro, cuando estaba convencido de que me convertiría en escritor, cuando no había tenido más que una decepción amorosa, cuando no había tenido a ningún jefe manipulador, cuando no había conocido a ninguna persona horrible que quisiera meterse en mi cabeza y llevarse todo el crédito de mi trabajo y demeritar mi trabajo, y minar mi autonomía para no perder el control, para alimentar su necesidad de poder.

Hoy escucho otra vez King Animal, Liz, los tres gatos y yo vivimos en una casa grande y fría, terminando el doctorado pasé por una cirugía y odié cada segundo de mi vida durante la enfermedad que me llevó al quirófano, hace más de 5 años que nos mudamos de ciudad, ya fui Profesor Visitante (en nada de ello tuvo nada que ver el tutor de doctorado), ya fui postdoc tres años, Liz duerme, son las 3:45 am del viernes 21 de noviembre del 2025, estoy insomne y sobrio, no me emborracho todos los fines de semana (si bebo, bebo Jack Daniel's), dejé de fumar durante casi 10 años, luego recaí pero acabo de cumplir 22 meses sin fumar otra vez, hace casi 10 años que no enciendo una pipa, he corrido casi 3,000 km desde junio del 2021, tengo la distinción de Investigador Nacional Nivel II desde junio del 2024, no he cobrado un centavo del estímulo económico del SNII desde noviembre del 2024, nunca he tenido un contrato de base, nadie me ha puesto nada en bandeja de plata, ya fui Profesor Asociado, comencé en un nuevo trabajo en verano, y podría dar nombres y apellidos de colegas más jóvenes que yo y que por razones extra académicas ya son profes indeterminados en alguna Institución de Educación Superior Pública, según mi experiencia es más probable que una Comisión Dictaminadora (coludida con las autoridades) le abra un concurso de oposición ad hoc a sus allegados, podría escribir un tratado de endogamia académica, después de todo, parece ser más práctico seguir instrucciones que ser independiente en la academia, tengo náuseas, no puedo dormir desde las 2: 30 am, escribo y escucho King Animal y “Bones of birds” desde las 2: 30 am, seré un zombie todo el día y tengo decenas de cosas por hacer, debería tratar de dormir otro rato.