miércoles, julio 01, 2026

No quiero quitarme la venda de los ojos


Siempre estoy de mal humor cuando juega la selección, y no sé cómo ocurre, de pronto así estoy, y ya llovió y ya cayó una tormenta y sali a correr por la mañana y el día estaba nublado y gris y hacía frío, y no entiendo por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz, creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía, no siquiera dan ganas de escribir en los días grises, por la tele dijeron que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela sobre él, pero todo esto es evasión, en la realidad, suenan un montón de cohetes en la calle, nadie está homenajeando a ningún santo, se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes, no sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, un mes atrás saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47, o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Un mes atrás, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo evantaba sus pabellones auditivos y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver alguna serie por Netflix o HBO, a Jax se le ocurría ponerse a cazar a Yoko o hacer travesuras, justo en ese momento, ese era su ritual. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención a Jax y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pidiera atraparlo. 

Hace un mes, Jax todavía vocalizaba para todo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, que quién sabe qué significaban, pero Lizzie y yo siempre las interpretábamos como si Jax estuviera comunicándose en español con nosotros. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. No es nada fan del futbol —tampoco yo; hace varios años que no me interesa mucho el futbol; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como la final de La Copa del Mundo. A Jax y a mí nos da igual como quede el juego. Ni él ni yo teníamos grandes expectativas de esta selección, pero ya ganaron 3 juegos consecutivos y no han recibido ni un solo gol en contra. Nunca habían ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial, ni en 1970 ni en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, la selección mexicana de futbol juega horrible —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo ganan. He visto a tantas selecciones jugar bien y siempre perder en tantos mundiales que es paradójico. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No estoy seguro de que Jax me acompañe a ver la final del mundial 2026, así que espero que esta noche gane la selección. Si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubartitis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del instituto de psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubartitis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de las tendencias en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

sábado, junio 20, 2026

Bleach your works

Trato de sacarme de la cabeza unas ideas que me desquician y entonces imagino cómo era esa campaña de concientización sobre el VIH a finales de los 80, mientras Nirvana recorría la Costa Noroeste de EEUU en una van y trasnochaban en casas de gente a la que habían conocido horas antes en algún concierto, cuando el lanzamiento de su álbum debut era inminente y aún no habían decidido cómo lo llamarían ¿Too many humans?–, y se topaban en las calles de San Francisco con la publicidad de esa campaña –Bleach your works– y entonces Kurdt Kobain –así aparecería en los créditos del álbum debut de Nirvana–, tuvo un insight.

También imagino esa atmósfera apocalíptica y gris de finales de los 80, el fin de la era de Reagan y de su campaña antidrogas y de la guerra fría; imagino la guerra del Golfo cocinándose para la administración de Bush, y también imagino a Jason Everman fungiendo como mecenas de Nirvana –no tocó ninguna canción en Bleach pero absorbió los $600 USD que costó la grabación del álbum en los Reciprocal Studios de Jack Endino y apareció en los créditos– y como segundo guitarrista de la banda, en algunos conciertos de la gira de Bleach, antes de que Cobain lo despidiera por “diferencias artísticas” (básicamente por su estilo metalhead) y se convirtiera en bajista de Soundgarden y, eventualmente, abandonara la música para enlistarse en el ejército de EEUU y luego ser condecorado como “héroe de guerra” por combatir en Irak.

También divago y me imagino a mí mismo escuchando Bleach el mismo año de su lanzamiento, tal vez el día de mi cumpleaños, en los walkman Aiwa que mi papá acababa de regalarme; me veo a mí mismo colocando el cassette y dándole play y adentrándome a ese álbum publicado el 15 de junio de 1989; en mi viaje, “los tíos de EEUU” vinieron de visita a México en diciembre de 1989 y me trajeron de regalo de cumpleaños ese cassette de SubPop –nada más lejano de la realidad: ni yo era tan importante para ellos, ni éramos tan apegados, ni tenían idea de que me gustaría “el sonido Seattle”; habría sido más probable que me regalaran un álbum “Tex-Mex” o algún Amo del Universo difícil de conseguir en México–, pero sigo divagando –todavía no logro sacarme de la cabeza estas ideas que me desquician: enfermedades, deudas, trámites burocráticos– y también imagino cómo me voló la cabeza ese álbum en ese mundo ficticio, cuántas veces escuché “Blew”, “Floyd The Barber”, “About A Girl”, “School”...

Pero, en fin, la verdad es que en diciembre de 1989 –cumplo años el 20 de diciembre y “los tíos” regularmente venían de visita a México para las fiestas de fin de año– todavía estaba en la primaria, y, aunque mis primos son más grandes que yo, no éramos muy cercanos (ahora tampoco lo somos), y, además, según yo, a finales de los ochenta, ellos no escuchaban a bandas de Seattle; más bien, creo que les gustaba el rock en español –desde La Maldita Vecindad y Héroes del Silencio, hasta Caifanes, Fobia y Maná– y quizá uno de ellos escuchaba a Scorpions y a Guns N' Roses –lo sospecho porque medio recuerdo haberlo visto algunas veces con playeras de Scorpions o de Axl Rose–, y ninguno podría haber despertado mi curiosidad por Nirvana.

Lo más seguro es que en diciembre de 1989, la música no fuera tan importante para mí, que escuchara (accidentalmente) a todos esos grupos y artistas pop que mi mamá ponía en la casa –Miguel Bosé, Mecano, Pandora, Flans, Yuri, Amanda Miguel–, y sé que no me perdí el estreno mundial del video de “Bad” de Michael Jackson y que veía alguna que otra caricatura de la programación del canal 5, y que por las tardes una que otra vez me sentaba en la sala junto a mi mamá y la acompañaba a ver por televisión alguno de los melodramas del canal de las estrellas –¿La casa al final de la calle?, ¿Luz y sombra?–; sé que no veía partidos de futbol por la tele; seguramente, me shockeaban las películas de Freddy Krueger –¿a quién se le había ocurrido que un personaje se te apareciera en tus sueños y que tus pesadillas podían matarte?–, no dejaba de jugar con la consola Sega –mi papá acababa de comprarla, y era toda una novedad– y la idea de tocar una guitarra ni siquiera había cruzado mi mente.  

Según yo, en 1989, Los Simpson tenían poco tiempo al aire en la tele mexicana y casi religiosamente cada domingo veía alguna VHS –¿o Betamax?– que mi abuelo o que mi papá conseguían “por ahí”: Robocop, Last Recall, Nico, Back To The Future, Nightmare On Elm Street... Mi vida era muy diferente a lo que es ahora.

Hace unos días Bleach cumplió 37 años y, más o menos cada año que ha transcurrido desde que soy consciente de este álbum, reflexiono sobre dos o tres cosas de mi vida y sobre lo importante que es la música para mí. Este año no es la excepción: me acuerdo de cuando compré mi primer ejemplar de Bleach en el Tianguis de San Juan –antes de que la gentrificación y que “el turismo de barrios” pusieran al Tianguis de San Juan “en órbita”, cuando lo compré ya estaba en la prepa y ya había escuchado el MTV Unplugged In New York, Nevermind e In Utero, y apenas sabía tocar en la guitarra algunas partes de algunas canciones de Nirvana –“Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “Pennyroyal Tea”, “About A Girl”– y lo compré en el puesto de un tipo que también tenía un puesto en el Tianguis del Chopo, el tipo vendía álbumes de bandas del “sonido Seattle”, pero, sobre todo, de Pantera y de Anthrax y de Sepultura y de Metallica y de Black Sabbath, y de esa clase de bandas, el sujeto era totalmente un metalhead: cabello largo, por debajo de los hombros, y bien cuidado, pendientes en ambos lóbulos, brazos tatuados...  

Cuando reflexiono en estas dos o tres cosas sobre mi vida, también me acuerdo de esas “tardes mágicas” y ociosas, cuando volvía de la prepa a la casa de mis papás, la casa estaba vacía, y me encerraba en mi recámara y escuchaba Bleach de principio a fin, y medio tocaba por intuición alguna canción de Bleach en la guitarra, medio pensaba en cómo sería tener mi propia banda, en cómo sería componer una canción, escribir la letra de una canción, pensaba en cómo serían los ensayos, en cómo sería lanzarme a la batería al final de un concierto, como Kurt en esa fotografía que quedaría inmortalizada en mi mente, que pasaría a la posteridad de mi memoria, que se convertiría en un archivo permanente de mis pensamientos, que tomó Tracy Marander y que acabó en el booklet de Bleach.

¿Sería quién soy este día de junio del 2026, si hubiera escuchado ese álbum hace 37 años?

sábado, mayo 23, 2026

El cliché de los intelectuales del rock (¡que están hartos del cliché de Kurt Cobain!)

                             


También estábamos en las vísperas de un mundial, excepto que, a diferencia de hoy, una que otra vez aún veía algún partido de futbol por la tele, no estaba completamente decepcionado de la academia, no corría al menos 30 kilómetros a la semana y no era SNII 2. Tampoco había vivido la experiencia de ser Profesor Visitante durante 3 años y luego concursar por contratos temporales de 2 trimestres al año y casi 20 horas de clase frente a grupo a la semana (¡durante otros 3 años!), pero estoy desviándome del tema... 

En vísperas de Rusia 2018, mientras terminaba mi postdoc y les contestaba a los referees de mi primer paper “oficial” como autor corresponsal, tomé un receso y me encontré en alguna red social un anuncio de la presentación de esta novela, llamada Guitarra Jaguar, en la librería Mauricio Achar de Gandhi.

El título de la novela no fue lo que me llamó la atención, sino su portada: una acuarela con “una especie del Kurt Cobain” del Live N' Loud de MTV de 1993, pero sin rostro, sujetando una guitarra Jaguar. Leí el anuncio y eventualmente compré la novela y empecé a leerla. Era la historia de un aspirante a estrella de rock, obsesionado con una guitarra de Kurt Cobain. 

Como soy “fan” (pero no un loco fan) de Kurt Cobain y de Nirvana (y no pienso que Nirvana sea la mejor banda del mundo, simplemente me gusta su música y, de hecho, me caen mal los –locos– fans promedio de Nirvana y de Kurt Cobain, que defienden a Nirvana a ultranza y que especulan veinte mil cosas sobre Kurt Cobain, en foros de internet), la leí en un par de días. 

La novela tenía buen ritmo, una trama entretenida y bien contada. Tenía varios capítulos sobre “guitarras míticas” de otras estrellas de rock y referencias a algunas canciones de Bleach –el álbum debut de Nirvana–, al animismo —cómo las guitarras se convierten en “objetos de poder”— y a algunas leyendas urbanas sobre el paradero de la Jaguar '65 con la que Kurt Cobain grabó varias canciones de Nevermind.

Entre los fans de Kurt Cobain, la Jaguar '65 es “una guitarra mítica” no sólo porque su participación en el sonido del álbum que lanzó a la fama a Nirvana, sino porque, además de ser una guitarra para zurdos (difíciles de encontrar y mucho más costosas que una guitarra para diestros), supuestamente, cuando Kurt la compró, con un adelanto del contrato que Nirvana firmó con Geffen por ahí de abril de 1991, la Jaguar ya tenía todas las modificaciones que matizaron el sonido de Nevermind –un par de humbuckers DiMarzio, un puente Adjust-O-Matic y un diapasón de palisandro con escala corta de 24 pulgadas; ¡uuf!, creo que sí soy un fan medio loco de Kurt Cobain–, y había pertenecido a un músico de los 70 y Kurt la encontró en un periódico en el que salían anuncios de instrumentos de segunda mano.

El jueves 17 de mayo el tráfico estaba muy pesado y llegué a la librería 10 minutos después de la hora. Eso me agobió un poco, porque no quería perderme la presentación de la novela, tenía curiosidad por saber quién era el autor de Guitarra Jaguar, a quién se le había ocurrido escribir una novela sobre una guitarra de Kurt Cobain y presentarla precisamente en una temporada de fiebre por el futbol. 

En las escaleras eléctricas rumbo al primer piso de la librería Mauricio Achar, donde está el Foro Expresarte, me encontré a Burgerman –tal vez lo conoces como el ex gerente de Reactor 105 y guitarrista de Moderatto; tal vez no lo conoces porque sus hermanos son el fundador de Bon y los enemigos del silencio, y el fundador del Instituto Mexicano del Sonido–, y, ahora que lo pienso, en retrospectiva, eso pudo ser una señal de lo que nos esperaba en la presentación: uno de los presentadores llegaba tarde al evento, muy tranquilo, sujetando a una chica de la mano y bromeando con ella: o no le interesaba realmente el evento, o estaba en su hábitat

Afuera del Foro Expresarte había una enorme cartulina con la portada del Kurt Cobain sin rostro, y Erick de Kerpel posaba junto a ella, mientras un fotógrafo hacía su trabajo. Ya adentro del foro, me senté en la tercera o cuarta fila, y había alrededor de 50 personas, y no sé por qué, pero me dio la impresión de que la mayoría eran muy cercanas al autor, algunos lo saludaban con mucha familiaridad y otros incluso le decían que les regalara un ejemplar de la novela. A lo mejor esa pudo ser otra señal: ¿qué tal si la presentación de Guitarra Jaguar era una presentación ad hoc para amigos y familiares...?

Como 20 minutos después de la hora, llegó Rulo, otro de los presentadores –quizá lo conoces porque fue uno de “los conductores estrella” de Reactor 105 a principios de los 2000 y porque, en general, es una “especie de gurú del rock” para mucha gente– y entonces comenzó el evento. Un hombre de traje (¿un ejecutivo de Suma de Letras, la editorial que publicó la novela?) subió al estrado y tomó un micrófono y dijo brevemente quiénes eran el autor y los presentadores de la novela. Acto seguido, Marcello Lara –Burgerman, por si no sigues la historia– tomó la palabra y lo primero que dijo fue que la premisa de la novela le había parecido un poco ordinaria y que estaba un poco cansado de “la leyenda de Kurt Cobain” y que, por esa razón, honestamente, le había costado trabajo decidirse a leer Guitarra Jaguar.

Rulo dijo más o menos lo mismo. Palabras más, palabras menos, ambos, en lugar de hablar de la novela, dijeron que estaban un poco hartos del cliché de Kurt Cobain y del estereotipo del adolescente aspirante a estrella de rock, como el protagonista de Guitarra Jaguar

Luego divagaron más y dieron ejemplos concretos de por qué estaban hartos del cliché de Kurt Cobain, e incluyeron una que otra anécdota de fans locos de Kurt Cobain que habían conocido en Reactor 105 y que estaban obsesionados con la muerte de Kurt Cobain. 

Creo que Marcello Lara dijo que les preguntaban cosas como: «¿Tú crees que Courtney Love contrató a alguien para que matara a su marido...?», «¿Michael Stipe y Kurt Cobain tenían planeado grabar un álbum juntos...?», «¿había un ejemplar de Automatic For The People en el invernadero donde la policía halló su cadáver...?», «¿Duff McKagan encontró Kurt Cobain en el Aeropuerto de Seattle, cuando recién se había fugado del centro de rehabilitación...?»

Luego, comparó esta novela con ¡The catcher in the rye! y divagó sobre libros de la Stratocaster de David Gilmour. Rulo divagó sobre Morrisey y The Smiths. Erick de Kerpel confesó que el grunge no le gustaba; que él prefería ¡el nu metal

Después de todo, fue una presentación divertida, con todo y los clichés de los rockstars y de los presentadores. 

Hubo una sesión de preguntas y allí pedí la palabra (luego te cuento qué pregunté y qué dijo Rulo cuando interrumpió mi pregunta), y al final de la presentación Erick de Kerpel me firmó su novela (me escribió una dedicatoria, me preguntó mi nombre, me dijo que su papá se llama como yo..., pero eso también te lo cuento después, en un texto más trabajado) y al cabo de unos días escribí una crónica sobre la presentación de Guitarra Jaguar en uno de mis blogs y se la compartí a Erick de Kerpel en Twitter, pero ésa es otra historia.

A pesar de lo que dijeron Rulo y Marcello Lara, para mí, Guitarra Jaguar no es una novela sobre el cliché de Kurt Cobain: es una novela de un aspirante a rockstar (de hecho, no le gusta tanto Nirvana, y, según yo, eso es muy original) que se obsesiona con una guitarra de Kurt Cobain. 

La novela quizá cae en algunos lugares comunes, pero está bien contada, tiene una buena estructura. Podrías leerla en un par de días.

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*¿Quieres spoiler?
Guitarra Jaguar abre con una cita de Robert Johnson –el músico de blues que supuestamente le vendió su alma al diablo y que desapareció de la faz de la tierra a los 27 años de edad–, y tiene capítulos sobre el animismo y “las guitarras míticas” de algunas estrellas de rock. 

Comienza con Tobías Goldstein –un tipo sin talento musical que está por cumplir 27 años– da un terrible concierto con su banda, Los Heartbeasts, el publicó los abuchea y les arroja botellas de cerveza, Tobías quiere renunciar a su banda y se toma unos tragos allí mismo y un bar tender lo consuela y le dice que él le sirvió unos tragos a Kurt Cobain antes de que fuera famoso, cuando a Nirvana también la abucheaban y le arrojaban botellas de cerveza y luego le cuenta una leyenda de la Jaguar '65 de Kurt Cobain. Tobías Goldstein se obsesiona por encontrarla. Realmente no le gusta Nirvana, pero se convence de que la guitarra le conferirá poderes y lo convertirá en un rockstar. La novela es todo lo que le ocurre y todo lo que pierde y todo lo que descubre sobre sí mismo el protagonista en la búsqueda de la guitarra, ¿la leerías?

domingo, marzo 22, 2026

30 segundos de tu atención




Me despierto de un sueño que fue como un puñetazo en el estómago, de pronto nada tiene sentido en esa frontera entre la realidad y los sueños, lo que soñé se va borrando como los recuerdos resacosos de una borrachera, Gatusso me mira desde la puerta de la recámara, nuestras miradas se funden en una sola, maúlla, no quiero levantarme todavía de la cama, quisiera quedarme otro rato, imaginar por un rato que no tengo más responsabilidades que ir a la escuela, que tengo todo el día libre, que puedo pasar toda la tarde después de la escuela escuchando música, pero Gatusso persiste, de los 3 gatos es el gato más impaciente, en cuanto se da cuenta de que ya desperté –tiene un sentido tan agudo para detectarlo, parece que sabe exactamente a qué hora despierto o que sabe distinguir cómo cambia mi respiración cuando despierto– empieza a maullar, es como un bebé al que le faltan comida y agua.

Cierro los párpados, rompo mi contacto con la mirada de Gatusso, el sueño ya está sepultado en un lugar muy lejano, ya dejé atrás la frontera entre la realidad y los sueños, tengo 3 días sin revisar mis redes sociales, estoy por cumplir casi 90 horas sin revisar mis redes sociales, es un pequeño logro, he adquirido el hábito de checar mis redes sociales en piloto automático, y tampoco tiene sentido: el contenido más común en redes sociales es como esa frontera entre la realidad y los sueños, en Facebook, por ejemplo, desde hace más de medio año básicamente no veo posts de gente real, sólo aparecen Digital Creators en mi feed, gente que quién sabe de dónde salió pero que sólo sigue a 10 “personas” y que tiene millones de followers y que comparte reels sin ninguna importancia –«Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología»–, desde hace más de medio año se ha vuelto una red aburrida, nadie comparte nada relevante, casi exclusivamente fotos en las que posan con la Torre Eiffel o con la Fuente de Trevi o con el Coliseo Romano... casi exclusivamente cosas que el dinero puede comprar, casi exclusivamente cosas materiales. 

De pronto desapareció el contenido de personas «reales» en Facebook, y, sin embargo, casi todos los días, en cuanto me levanto de la cama (o, peor aún: en cuanto me despierto), me meto a revisar Facebook y me encuentro lo de siempre: «Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología». En otras redes sociales el asunto es similar. Si le preguntas a una IA por qué usamos las redes sociales, te dice que nos sirven para «compartir experiencias, para comunicarnos y para “dejar huella” de nuestra era», ¡claro!, están hechas para complacernos, para hacernos sentir lo más top de lo más top, no nos dirían que están hechas para volvernos dependientes, para provocar mini explosiones de dopamina cada segundo, para lucrar con nuestro tiempo y moldear nuestros intereses, para crearnos falsas expectativas, para manipularnos, para vendernos lo que sea, para reducir nuestra capacidad de atención y nuestra paciencia –en mis redes sociales abiertas, según los datos de distintas apps, en promedio, los usuarios ven mis reels ¡nada más 30 segundos!, así que no importa realmente lo que diga: en promedio los internautas que ven mis reels sólo los ven 30 segundos... y no es que me importe estar en tendencia, por supuesto que en mis redes sociales privadas soy prácticamente invisible, hay una regla implícita en las redes sociales: si un internauta «te conoce» personalmente, por supuesto que sabe que no tienes nada importante que decir.

Ni siquiera entiendo por qué «creo contenido», las redes sociales no son mi hábitat, me hacen sentir como cuando tenía que participar en el bailable de un festival escolar en la primaria –¡no nos tienen que gustar los festivales a todos!, ¡bailar no nos tiene que volver locos a todos!–, cuando no sospechaba que tengo un nivel moderado de autismo y me culpaba a mí mismo por no sentirme como los demás, por no conectar con los demás, por sentirme abrumado ante la idea de compartir un espacio físico con otras personas, por estar pensando obsesivamente cómo serían los siguientes 10 minutos de mi vida en un lugar lleno de gente, pero siempre me ha gustado crear: escribo desde que aprendí a escribir, me he obsesionado con distintas actividades y siempre han estado relacionadas con «crear algo»; desde que aprendí a escribir, me gustaba crear historias, relatos, cuentos; cuando me interesé en el futbol, no sólo jugaba futbol 24/7 y veía partidos de futbol 24/7, sino que también creaba maquetas de estadios de futbol, canchas de futbol a escala, y cosas así; cuando entré a la prepa y abandoné el futbol, me obsesioné creando mixtapes todas las tardes, después de volver de la escuela, cuando no tenía más responsabilidades que ir a la escuela... Y así podría seguir enumerando distintas actividades que han involucrado «crear algo». 

Desde que recuerdo me ha gustado crear cosas, en distintas etapas de mi vida me he obsesionado con distintas tecnologías –para crear equipos de futbol en un videojuego, para crear videos en una app de la laptop, para crear pistas de audio con un software gratuito en internet, para crear un blog que es como una novela que es un blog...–, y, desde hace un año más o menos, fortuitamente, me encontré «creando contenido» en dos redes sociales abiertas, sorprendentemente tengo casi 2 mil seguidores a pesar de que (obviamente) no soy una celebridad ni nunca he invertido un centavo en mis redes sociales, a pesar de que nunca subo contenido que esté en tendencia, a pesar de que sólo comparto información sobre el SNII, sobre la academia, sobre cómo es ser SNII2 sin haber tenido nunca un contrato de base, sobre cómo es sobrevivir como académico en un país tercermundista, o sobre libros que me gustan o temas de neurociencias en los que no soy un novato, tengo casi 2 mil seguidores en dos redes sociales abiertas a pesar de que nunca uso apps para crear contenido con grandes efectos audiovisuales y enganchar a los internautas con hacks fáciles... y a veces quisiera darme un break indefinido de mis redes sociales, no conecto con la mayoría del contenido de redes sociales, la mayoría de los internautas no conectan con el contenido que creo, no me vuelan la cabeza los podcasts, no me interesa enterarme por qué Ruzzarín o por qué Mente Creativa prefieren a Rosalía o a los Rayados del Monterrey, tampoco me atrapan los reels con grandes efectos audiovisuales ni me interesa saber qué opina tal o cual influencer sobre el tema caliente del día –«¡fíjate que El Estadio Banorte... a meses de la inauguración del mundial...!»–, no quiero escuchar a nadie aconsejarme para que «me vuelva millonario, desde mi casa, en un par de minutos», y, sin embargo, en cierta medida, soy esclavo del scroll, checo en piloto automático mis redes sociales, veo cómo la mayoría de mis conocidos comparten lo que todo mundo comparte en sus redes sociales, lo que ya es viral, veo cómo (sin darse cuenta) se han condicionado para ir con las tendencias, para abandonar Facebook, para meterse casi completamente a Instagram o a Tiktok, veo cómo han ido perdiendo su capacidad de reflexión (si es que alguna vez la tuvieron), cómo caen en los hacks de la publicidad –«¡Esto te volará la cabeza!»–, intuyo cómo ellos también checan en piloto automático sus redes sociales, aunque su capacidad promedio de atención dure sólo 30 segundos... En fin, seguramente en cuanto me levante de la cama y atienda a Gatusso, encenderé mi teléfono y checaré mis redes sociales.