jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.

domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

sábado, agosto 01, 2026

te escondías entre mis piernas, debajo de las sábanas

 

Lizzie está en la caja, apenas a 4 ó 5 metros de distancia de la mesa, pagando el Chai Late que va a tomarse y el Strawberry Açai Refresher que le encargué, pero hay tanto ruido y tanta gente en este lugar que parece que estamos en mundos distintos, que nos separa una autopista intergaláctica que en realidad no lleva a ninguna parte. 

Trato de ignorar a la gente y el ruido, trato de encerrarme en el breve espacio entre la libreta y yo, me sumerjo en sus hojas, aspiro el aroma de los árboles que talaron para fabricarla, imagino cómo fue a dar a manos de mi cuñada y cómo vino a dar a mis manos, la libreta es una libreta de hojas blancas y tiene tantas hojas blancas que es difícil escribir en ella, cada vez que escribo tengo que apoyar la mano derecha en las hojas que quedan al otro lado mientras tomo la pluma con la mano izquierda y hago malabares para escribir, las hojas del otro lado de la libreta siempre estorban, no importa de qué lado escriba. 

Me esfuerzo en concentrarme, veo a Lizzie a una autopista intergaláctica de la mesa, ya no tarda en volver y mi misión es escribir lo más rápido que pueda, que cada palabra que escriba en esta libreta se convierta en un muro que me aísle de la realidad, así es como puedo desahogarme, así es como puedo sublimar el dolor que siento cada vez que pienso en ti (y cada segundo desde que no estás, pienso en ti), así es como puedo escapar de este dolor sin escapar de este dolor, y así es como estas palabras que voy escupiendo en la libreta y que nadie lee me liberan momentáneamente de esta realidad tan vívida, de esta realidad que es como una herida abierta que cada segundo se abre más.

Me duele pensar en ti pero no quiero dejar de pensar en ti, cada segundo me duele más pensar en ti, cada segundo te extraño más, he perdido a tantos seres cercanos y sin embargo nunca había sufrido tanto ninguna pérdida, y me acuerdo de ti en cualquier momento y reparo en tu ausencia y es como quedarme sin aire, es como tirarme al vacío, es como ahogarme en mi ansiedad después de hiperventilar y reducir el dióxido de carbono en mi sangre. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y pienso en ti, en cuánto te extraño, en todos los momentos que pasamos juntos, en cómo me buscabas en tus últimos días, en que eras como un niño que no se sentía bien y que tenía miedo y que no entendía nada, te escondías entre mis piernas debajo de las sábanas, te acomodabas en mis brazos, allí te quedabas mientras buscaba perderme en alguno de los juegos del mundial 2026 y olvidarme todo, ignorar que no estabas bien. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y me acuerdo de ti cuando eras formidable y saltabas por toda la casa, por los libreros, por las escaleras, por los sillones, por la mesa, cuando inundabas nuestras vidas con tu felicidad. También me acuerdo de tus últimos domingos de junio, cuando jugó Japón, cuando jugó Países Bajos, cuando jugó Alemania. De pronto te veías muy bien y de pronto ya estabas vomitando y escondiéndote en esa casita que te compramos en PetCo cuando nadie imaginaba que enfermarías y que tu vida se iría apagando en un mes y que el 5 de julio tendríamos que despedirnos de ti. 

Cierro los párpados y pienso en esas líneas de Jack Kerouac en Big Sur, cuando tiene un momento de lucidez y se acuerda de Tyke, cómo se acostaba en la palma de una de sus manos cuando era un bebé y cómo lo hizo hasta cuando era un enorme gato persa; cuánto confiaba Tyke en Kerouac, cuánto lo echa de menos Kerouac, por qué piensa que pocos hombres entienden lo mucho que puede significar un gato para un humano, y por qué para él perder a Tyke fue como volver a perder a su hermano Gerard. 

Van a dar las 6 de la tarde, Lizzie ya vuelve a la mesa, no he escrito gran cosa y sin embargo me duele la mano, Lizzie y yo hemos estado en Galerías Metepec más de 2 horas, caminamos mucho, y durante más de 2 horas he tenido dolor de estómago, almorzamos en una fonda en Metepec y la carne que comí estaba un poco pasada, le di una mordida y me dejó un sabor como a carne de caballo, justo como a lo que sabía esa carne que me comí en un restaurante en Real de Catorce hace más de 20 años, cuando Lizzie y yo éramos novios, cuando tú todavía no nacías; Lizzie me invitó a una práctica de su carrera de Geografía, nunca entendí exactamente en qué consistía la práctica, pero en cuanto llegamos al hotel en el que nos hospedamos en Real de Catorce –en esos días murió mi abuela materna– y dejamos nuestras maletas, salimos a buscar dónde comer y nos metimos a un restaurante y allí pedí una milanesa –una de las milanesas más caras que he probado en toda mi vida– y sabía más o menos a lo que me supo la milanesa que almorcé hoy.

El dolor de estómago no viene solo, tengo ototubaritis otra vez –la primera vez que tuve ototubaritis fue cuando te llevamos a la veterinaria y te hicieron un ultrasonido– y la sensación no es discapacitante pero tampoco me acostumbro por completo a tener el oído tapado, es como escuchar todo lo que entra por mi canal auditivo izquierdo a través del agua. 

Aparto la mirada de la libreta, un grupo de adolescentes acaba de entrar. Todos deben de ser menores de edad. Los chicos vienen con shorts, hace calor, todo el día ha estado así. Cuando veníamos caminando a Galerías Metepec el calor era tan sofocante y nos detuvimos en un bazar que había en un terreno cercado con malla ciclónica, el lugar está lleno de pasto, muy cerca del Centro Médico Toluca, donde Lizzie estuvo hospitalizada de emergencia en abril, a veces hay unos hombres paseando a sus perros por allí, pero esta vez pusieron un bazar y había varios puestos y una banda tocaba «No dejes que» y Lizzie y yo nos metimos en el bazar y mientras veíamos qué vendían en los puestos la banda tocó «La negra Tomasa» y sonaba bien, el cantante cantaba mucho mejor que Saúl, y ahora me sorprendo en 1988, más precisamente en el salón Danitzel, ese que estaba por la casa de mis papás y que en tiempos del mundial de Brasil 2014 se convirtió en un Oxxo, y en particular en el Oxxo al que íbamos mis hermanos y yo a comprar cervezas en los medios tiempos de los juegos Camerún-México, Brasil-México y México-Croacia, en esos tiempos todavía no llegabas a nuestras vidas.

«La negra Tomasa» me remonta a ese salón Danitzel y me veo a mí mismo en una foto que alguien compartió hace tiempo en la página de Facebook del grupo de la primaria, y ahora que Lizzie camina hacia la mesa me acuerdo en secreto de las niñas de mi salón que me gustaban, aún recuerdo sus nombres, y también recuerdo cómo íbamos vestidos mi hermano y yo en el festival del día de las madres en el que tomaron esa fotografía, mi hermano y su salón bailaron «La negra Tomasa» y él iba vestido con jeans y con una chamarra de mezclilla, yo iba con ropa de jarocho, en mi salón bailamos «La bamba», o algo así. Y no me gustó. Y desde antes no me gustaba bailar. 

Lizzie está a unos pasos de mí, trae las bebidas y me sonríe, ella también te extraña mucho, fuiste su gran compañero, siempre la acompañabas a todas partes, le contabas cosas al despertar, dejabas que te acariciara la panza antes de dormir, te quería mucho, jamás entenderé cuánto sufre que ya no estés aquí.

Ahora más bien pienso en El Silencio de los Caifanes. Un día, cuando ya estábamos en la secundaria, a mi hermano uno de sus compañeros de salón se lo prestó, y lo escuché y se me hizo un álbum tan extraño, en esos tiempos «Nubes» y «No dejes que» sonaban en la radio. Nadie en mi salón topaba a los Caifanes, pero sí conocían a Willie Colón.

El dolor de estómago no cesa, patea con la fuerza de un caballo enfurecido, he estado leyendo un libro inédito de Céline –el primer libro que compro desde que nos despedimos de ti– y tal vez por eso –en este libro, Céline relata su experiencia en la guerra– tengo la impresión de que mi vientre es un cráneo roto por un obús, que está hecho pedazos en un campo de guerra, y mi oído izquierdo sigue tapado y asocio esta sensación con el zumbido de Céline en uno de sus oídos –a él realmente le estalló un obús cerca del oído–, y ahora tengo náuseas y me voy precipitando lentamente en el pozo de la ansiedad, en cualquier momento podría devolver el estómago, ahora estoy pensando en música, en que me faltan NIN y Local H y Babasónicos en mi playlist, en que también faltan Sonic Youth y Butthole Surfers y Soundgarden, y, quizá, para los momentos más cursis y más cansados, también me faltan U2 y Placebo y tal vez hasta esa canción de Café Tacuba que escuchamos en uno de los primeros Uber en el que nos subimos Lizzie y yo desde que nos despedimos de ti, era una canción que sonaba mucho durante la larga huelga de 1999 de la UNAM, tal vez se llama «Revés». Pienso en música para acostumbrarme a este dolor, tú y yo escuchábamos música todo el tiempo. Estoy creando nuevas playlists para formar nuevos recuerdos. Toda la música que escucho me recuerda a ti.

Lizzie ya está sentándose junto a mí y justo en este momento suena «La negra Tomasa» en el Starbucks, y me acuerdo de ti, Jax.  

miércoles, julio 01, 2026

No sé qué pensar


Últimamente estoy de mal humor cuando juega la selección. No sé por qué, pero de pronto estoy así. Y no tiene nada que ver con la mafia de la FIFA ni con la corrupción del futbol ni con la cultura del consumismo que promueve la selección mexicana de futbol. A lo mejor tiene que ver con que el mundial es un espejismo, una manera de evadir la realidad. Empecé a ver un mundial de futbol en serio hace 30 años, y tal vez, en el fondo, todo era igual, todo sigue igual que entonces, excepto que estoy más viejo, más amargado, más decepcionado de la gente y más enfermo. 

Ya llovió y ya cayó una tormenta y salí a correr por la mañana. El día estaba nublado y gris y hacía frío. Mientras corría y trataba de ignorar las 20 fuentes de ruido que me impedían escuchar mi playlist —la podadora que usa el chico que poda las áreas verdes del fraccionamiento, la pulidora del trabajador que está haciendo reparaciones en la casa de los vecinos de la casa 47, la aspiradora con la que limpia su camioneta el vecino de la casa 45, el motor del avión que pasa a lo lejos, el motor del trailer que pasa a lo lejos—, me preguntaba por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz. Creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía. Creo que eso mismo ocurre con la depresión y con la ansiedad. Cuando estás realmente triste ni siquiera tienes fuerzas para escribir lo triste que estás. Escribir en días grises es romantizar la tristeza sin sentir la tristeza. 

Hace unos minutos dijeron por la tele que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, que en los próximos 30 minutos no debe caer un rayo eléctrico en las inmediaciones del Estadio Azteca, que el perímetro de seguridad son 8 millas, y esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela de Enrique Vila-Matas sobre él, pero todo esto también es evasión, ¿de qué sirve leer literatura que sólo lee un sector privilegiado de la población, cuando hay que sobrevivir día a día...?

Ha dejado de llover, pero suenan un montón de cohetes en la calle, y nadie está homenajeando a ningún santo; se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026. La gente está expectante, como cada 4 años cuando juega la selección, esa historia ya la conozco.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, y se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes. No sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, hace menos de un mes saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47 (esos que están haciendo reparaciones en su casa y perturbando el silencio del fraccionamiento desde hace más de medio año), o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Hace menos de un mes, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo levantaba las orejas y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, precisamente cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver La Memoria del Asesino o Pitt o House of Dragons, a Jax se le ocurría cazar a Yoko o hacer travesuras, ese era uno de sus rituales. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pudiera atraparlo. Luego salía de detrás del librero, caminando como si nada, como si dijera «Yo nada más paso por aquí, yo no hice nada». A veces, en ese preciso momento, también se sentaba en mis piernas, como ahora, pero no se veía triste ni cansado. 

Hace menos de un mes, Jax todavía vocalizaba todo el tiempo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, y quién sabe qué significaban realmente, pero Lizzie y yo siempre supimos cómo interpretarlas. Jax siempre sabía cómo comunicarse con nosotros, una vez sacó de la casa a sus hermanos porque detectó una fuga de gas y así nos llamó la atención. Otra vez, por ensayo y error, él mismo descubrió cómo abrir el cajón en el que guardábamos el catnip, para servirse él mismo. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. Como yo, él no es nada fan del futbol —hace varios años que perdí el interés; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania, por la tele. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como si fuera la final de La Copa del Mundo. Me gustaría decir que a Jax y a mí nos da igual como quede el juego, pero no es así. Yo no tenía grandes expectativas de esta selección, pero, por distintas razones, ya no pienso igual.

Soy consciente de que ya ganaron 3 juegos consecutivos y que no han recibido ni un solo gol en contra, que ninguna selección nunca había ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial —ni siquiera en 1970 y en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, al menos hasta antes del juego de hoy, la selección mexicana de futbol no ha jugado bien —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo han ganado ya 3 veces. He visto a tantas selecciones jugar bien y acabar perdiendo en tantos mundiales y tantas veces, que no sé qué pensar. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes —sobrevivimos— y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No sé si Jax se sentará también en mis piernas para ver la final del mundial 2026 que se disputará en New Jersey —lo más seguro es que no, que ya nos hayamos despedido, que entonces no pueda decirle por las mañanas «Un día más en el paraíso, Jackson»—, así que espero que esta noche gane la selección. Porque si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».