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sábado, julio 12, 2025

People You May Know

«Si no estás de acuerdo conmigo, si te gustó la película de Eggers y si no sabes tanto de Murnau como yo, eres un limitado cognitivo, sobreestimas tus capacidades...», dice, más o menos, este crítico de cine que quién sabe de dónde salió (su biografía dice que vive en la Narvarte y que no le gusta presumir pero que, jajaja, sí te presume que ha publicado varios libros), y en esta ¿columna de opinión? mete a la fuerza el taquillero “efecto Dunning-Kruger”. Independientemente de que quién sabe si el medio digital en el que escribe es como una revista “de cuates” —sin evaluación por pares— o como un Conozca Más del cine, y de que sólo bastó que sus cuates confiaran en que es un experto en el tema y que escribe cosas chidas “que vale la pena leer”, su diatriba me ha puesto a pensar en varias cosas. 

No conozco personalmente a ningún crítico de cine, pero varias veces me he encontrado en otras redes sociales a expertos alardeando sobre los filmes de Kurosawa, de Tarkovski y de Lynch, criticando a “los mortales” que no han visto cine de culto, y luego me los encuentro recomendándoles Cindy, la regia a sus followers. Debe de haber excepciones, gente con más respeto hacia las opiniones de los demás, pero siempre me ha desconcertado la actitud de los críticos de cine que he leído –¿son intelectuales exquisitos, o no...?–, y, en general, también me ha desconcertado la actitud de los cinéfilos. En enero fui a ver al cine Nosferatu de Eggers, no soy súper fan de la literatura epistolar ni de la ficción gótica, pero ya había visto Drácula de Coppola y ya había leído a Mary Shelley, a Poe, a Lovecraft, a Lord Byron, a Polidori, a Wilde, a Le Fanu... y se me ocurrió comentar en Threads que la película de Coppola era una caricatura en comparación con la de Eggers, que esa historia de amor entre Mina y Drácula, y que Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, estaban fuera de sitio, y eso bastó para que un puñado de sus seguidores se me fueran encima. «Seguramente no has visto la película de Murnau...», «Seguramente no has leído la novela de Stoker...», decían, por ejemplo, los más suavecitos. (Pensándolo un poco mejor, no sólo lo críticos de cine son soberbios e intolerantes: tal parece que los amantes del cine de culto, también.) En fin, leí la novela de Stoker y vi la versión de Murnau, y sigo creyendo lo mismo: la película de Coppola es una caricatura en comparación con la de Eggers, esa historia de amor entre Mina y Drácula, y Drácula paseándose con gafas de sol por una ciudad europea, están fuera de sitio.

Quiero pasar de largo, No tengo por qué leer esta columna de opinión, me repito, pero me la encontré por accidente, acabo de revisar un paper para Frontiers In Endocrinology, acabo de concluir un taller de inducción a la docencia de la Ibero, acabo de leer un paper de Neuroscience Biobehavioral Reviews –no tengo cuates con un medio subvencionado en Internet, pero tengo este blog y en mi blog a veces también presumo lo que hago– y necesito urgentemente un descanso, así que hago lo más fácil, lo que sería, técnicamente, como una recaída, tengo varias redes sociales y casi nunca me aportan nada, pero mi cerebro, hambriento de estimulación, me controla: me meto a Facebook y entonces Facebook me sugiere como amistad al autor de la columna de opinión—también llama “ridículo actor” a Willem Dafoe—, resulta que tenemos un contacto en común (un escritor a quien tampoco conozco en persona), y me engancho con su columna. En mi defensa, además de todas las cosas que hice hoy, he tenido semanas muy ajetreadas: Katz contrajo la enfermedad de crup y luego se quemó un brazo con agua hirviendo, tuve una entrevista de trabajo y preparé una charla de neuroquímica y de psicofármacos para un comité de profesores de la Ibero, fui a un funeral entresemana, estoy un poco desvelado y susceptible, escribo 2 papers en inglés en paralelo, no he podido salir a correr en cuatro días, invertí decenas de horas en la página del SAT, sometí mi décimo tercera solicitud (¡en 8 meses!) para una convocatoria de académico de tiempo completo a una Institución de Educación Superior y escribí mi tercer o cuarto proyecto de investigación en lo que va del año...

Agggh. 

¡No quiero pensar en estas cosas! ¡Son mi mantra! ¡Son mi maldición! Tal vez no lo parece, pero estar en mis pies es sofocante, unos días más que otros.

Mis pensamientos son hostiles, no necesito leer más hostilidad, me repito, y ahora mismo ya estoy pensando en que Poserhead –el autor que tenemos en común en Facebook el crítico de cine y yo– también entra en esa categoría de gente que puede vivir del arte y que es un poco soberbia e intolerante, que no sabe nada de neurociencias pero que de pronto lee una columna amarillista del tipo «¡Estudio revela por qué a la gente le gusta Bad Bunny!» que no habla más que de lo que todo mundo sabe, que la dopamina, que la oxitocina, que el placer... Y, sin embargo, actúa como si tuviera un PhD en neurobiología de las adicciones. Algunas veces, Poserhead, en La Locura, escribe reseñas chidas, sabe muchas cosas de la historia de la música, sobre todo de Lemmy Kilmister, Ozzy Osbourne y compañía, pero otras veces despotrica en contra del gobierno y llama “simios” a quienes no piensan como él; es un tipo diplomático, le he comentado una que otra cosa sobre estos temas en sus redes sociales y se toma el tiempo para contestarme razonablemente, quizá no soy capaz de entender su punto de vista porque nunca he vivido en un mundo elitista, pero, en fin, creo que es publicista, su más reciente libro de relatos fue publicado hace no más de medio año, es un libro que sólo venden en librerías “underground”, algunas reseñas prometen que es una especie de crónica subversiva de la historia del punk rock. Sin embargo, casi cada vez que entro a Facebook para distraerme y me topo con algún post suyo, él revela su verdadera actitud de ultraderecha: a la gente que no comparte su ideología política, la llama “simios” o “gente que rebuzna”. Por supuesto que, entre un post y otro, no deja de expresar su admiración por bandas como Los Ramones, Black Sabbath y Motörhead, por ejemplo, y reseñar tal o cual festival en el que actuaron “los amigos de cuarta de Bad Bunny” y que fue “una especie de zoológico urbano”. 

No es tan extraño: según Facebook, Poserhead y el crítico de cine, son amigos, al menos en Facebook.

Bueno, ya acabé de leer esta columna de opinión, y ya no puedo evitarlo: en resumen todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, no sólo este crítico de cine que llama “personas limitadas que sobreestiman sus capacidades” a quienes no comparten su punto de vista, que Murnau es un chingón y que Eggers es un imitador de cuarta de Murnau –¿dónde habrá leído sobre “el efecto Dunning-Kruger”?–, y que no se da por enterado de que todo lo que escribió en su columna lo hace ver como un ejemplo del efecto Dunning-Kruger, tampoco se da cuenta de que sobreestima el conocimiento del que alardea, que cualquier persona con un IQ un poco arriba del promedio y con 5 minutos ociosos para surfear en Internet, podría aprender lo mismo. (Te recomiendo buscar en Internet sobre la vida y la muerte de Murnau, sobre las maldiciones asociadas a Nosferatu; tal vez te parecerá entretenido). 

Uff. 

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, como ese otro escritor de cuyo nombre no quiero acordarme pero que me dijo en X hace varios años que él no le ponía etiquetas ni a la narrativa de Kazuo Ishiguro ni a la de nadie, pero que le dedicó ¡una columna de 6,000 palabras! a “la disonancia cognitiva” y a los alienígenas, hace unos meses, entendiendo una cosa por otra: usando como etiqueta –y erróneamente–, este constructo, sin saber que la disonancia cognitiva no se refiere a cuando “sigues creyendo en los Fenómenos Anómalos No Identificados, a pesar de ser un adulto”, sino a cuando, por ejemplo, les dices a tus amigos que eres fan de los animalitos –y les presumes que hasta estás afiliado a PETA–, pero también te gusta ir a los toros. Este otro autor –a quien llamaré El Sr. Disonancia–, no sabe que la disonancia cognitiva no se refiere a que crees en cosas que van en contra tus principios, sino a cómo las incongruencias entre lo que decimos y lo que hacemos, actúan como una fuerza motivacional que nos ayuda a reducir esas incongruencias y a sentirnos mejor con nosotros mismos.

Todo mundo usa términos psicológicos, pero casi nadie lo hace bien, y a lo mejor esto se debe a que la mayoría de la gente subestima la psicología y sobrestima sus propias creencias sobre la psicología y el comportamiento humano. 

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir 24/7.

jueves, mayo 09, 2019

Domingo 9 de mayo de 1993


Aristóteles, en De Memoria et Reminiscencia, uno de sus múltiples libros, postuló sus ideas acerca de la memoria humana*. 

El gran epistemólogo griego –cuyos hallazgos incluso han repercutido en temas como la evolución y la catarsis–, creía que la fuerza asociativa entre eventos similares, contrastantes y que ocurrían en el mismo lugar y al mismo tiempo, influían en la formación de nuestros recuerdos.

Creía que la memoria era un almacén de recuerdos personales que reflejaban nuestras experiencias en el mundo y que los tres procesos asociativos –similitud, contraste y contigüidad– que influían en su formación**, también recibían la influencia de otras dos fuerzas: la frecuencia y "la facilidad innata" para recordar "ciertos eventos, con ciertas características". 

Aunque estas ideas tienen más de dos mil años, más o menos son vigentes en las teorías contemporáneas del aprendizaje y de la memoria. 


Un gran porcentaje de mis recuerdos, guardan alguna relación con algún evento deportivo. 

Recuerdo eventos irrelevantes, con lujo de detalle, debido a que ocurrieron al mismo tiempo que algún partido de futbol. 

Otro tipo de recuerdos permanecen en mi memoria, simplemente porque el partido de futbol era lo más importante que ocurría en mi vida: tal vez "la facilidad" para Aristóteles era el componente emocional que nos permite recordar (particularmente) ciertos eventos.

Hoy escribo esta entrada porque recuerdo claramente lo que ocurrió hace veintiséis años.  

Lo único que hacía en esa época –aparte de ir a la escuela, de tomar clases, de hacer tareas y de tener una novia a quien sólo veía en la escuela y a quien llamaba por teléfono de vez en cuando– era ver futbol.



El domingo 9 de mayo de 1993, la Selección Mexicana de futbol disputó su pase al mundial de Estados Unidos 1994. 

Fue su último partido eliminatorio y enfrentaron a la selección de Canadá en Toronto.

El equipo dirigido por Miguel Mejía Barón había superado a casi todos sus rivales durante la eliminatoria –vencieron a todos en El Estadio Azteca; derrotaron a Honduras en Tegucigalpa y perdieron contra El Salvador en El Estadio Cuscatlán– y, sin embargo, su pase al mundial no estaba seguro: si perdían en el Estadio Varsity, los canadienses calificarían a La Copa del Mundo.

Cuatro años atrás, en mi último año de primaria, había visto algunos partidos del mundial de Italia 1990. La Selección Mexicana no lo había disputado, debido a un castigo que le había impuesto la FIFA, así que la posibilidad de ver a mi país representado en un mundial (¡por primera vez en mi vida!) era lo máximo. 



Toda la semana había estado esperando ese partido. 

Uno de mis tíos llegó a la casa –ahora que lo pienso, creo que él se había peleado con su esposa y no quería estar solo– y se sentó en la sala, junto a mi papá.

El juego comenzó alrededor del mediodía, pero yo ya había encendido el televisor desde temprano. 

Raúl Orvañanos, Enrique Bermúdez, Eduardo Trelles, Juan Dosal, desde un palco, y Fernando Schwartz, desde la cancha, hacían comentarios. Se les escuchaba optimistas. 

¡Después de ocho años, la selección estaba cerca de volver a disputar un mundial!

Las tomas de las cámaras de televisión eran semiprofesionales. 
La cancha se veía muy lejos. Apenas se distinguían los números de los jugadores en los uniformes. Los mexicanos vestían playera verde y pantaloncillos y calcetas blancas. El uniforme de los canadienses era rojo con vivos en blanco. 

El estadio era muy pequeño, pero estaba a su máxima capacidad. 
Parecía que el calor era insoportable. 

Miguel Mejía Barón veía el juego desde las gradas –lo habían expulsado en el partido previo– y su auxiliar era Javier Aguirre. 



A los pocos minutos, los canadienses cobraron una falta a unos metros del área mexicana. 
Un jugador puso la pelota en el césped y envió un centro. 

El balón llegó al área mexicana, superando a los defensas. 

Un canadiense cabeceó en los límites del área chica y habilitó a otro canadiense. 
El segundo canadiense remató a unos metros de la línea de meta, frente a la portería. 

Jorge Campos no pudo detener el balón. 

Los canadienses tomaron la ventaja. 

Con ese marcador –y contra todo pronóstico–, la selección mexicana estaba fuera del mundial.

Los comentaristas, mi papá, mi tío y yo estábamos desconsolados. 

¿Deberíamos esperar otros cuatro años, para tener la posibilidad de ver a la selección en un mundial...?



Casi al final del primer tiempo, tras una serie de forcejeos por el balón en la banda izquierda del ataque mexicano, Ramón Ramírez le mandó un pase a Luis Miguel Salvador.

El delantero del Atlante esquivó a dos defensas y envió un centro raso al área canadiense. 

El balón le rebotó a David Patiño a la altura de la marca de cal del penalti.

La jugada se complicó y los defensas estaban a punto de arrebatarle el balón al extremo de la UNAM, pero Hugo Sánchez apareció oportunamente y pateó el balón con el pie izquierdo y empató el marcador. 

Enrique Bermúdez gritó el gol y Hugo Sánchez celebró con la clásica cabriola que había hecho famosa jugando en el Real Madrid. Después lo rodearon y lo abrazaron Ramón Ramírez, Miguel Herrera, Claudio Suárez, David Patiño, Luis Miguel Salvador...

Ocho años atrás, en el mundial de México 1986, Hugo era la máxima figura del equipo que dirigía Velibor Milutinovic, pero no había conseguido darle una gran satisfacción a la afición. 

Cuatro años atrás, él estaba en el mejor momento de su carrera y era uno de los máximos goleadores en Europa, pero había tenido que ver los partidos del mundial italiano desde las gradas, como comentarista invitado de Televisa.

El mundial de Estados Unidos sería su último mundial.  



Casi al final del partido, Claudio Suárez envió un largo pase desde el área mexicana hasta el vértice del área canadiense. Luis Flores "le ganó con el cuerpo" la posesión del balón a un defensa canadiense y, trompicándose, logró enviar un centro raso.

Hugo Sánchez, con la marca personal de otro defensa, apenas punteó el balón y prolongó su trayectoria hasta la marca de cal del penalti.

Javier El Abuelo Cruz –junto con Hugo Sánchez y Luis Flores era otro sobreviviente del equipo de Velibor Milutinovic– seguía la jugada y apareció sin marca. 

Acababa de entrar a jugar en el segundo tiempo, pero estaba lesionado y apenas podía caminar.

El Abuelo pateó el balón con el pie derecho y lo envió al fondo de las redes, ante la dramática estirada del arquero Craig Forrest.

Raúl Orvañanos, emocionado de un modo en el que jamás lo había escuchado, gritó 


¡El Abuelo! 
¡Estamos en el mundial!

mientras Javier Cruz***, corría, cojeando visiblemente, a la banca del equipo mexicano a celebrar su anotación y el inminente pase al mundial. 

Yo también quería gritar, pero guardé la compostura. 
Mi papá y mi tío celebraron el gol, pero no perdieron la cabeza. 
Ellos ya habían visto a la selección mexicana en otros mundiales. 
La habían visto perder escandalosamente contra la selección de Italia en Toluca.
La habían visto perder escandalosamente contra las selecciones de Túnez, de Alemania y de Polonia en el mundial de Argentina.
La habían visto perder la clasificación para los mundiales de Alemania y de España.
La habían visto perder en Nuevo León contra la selección alemana.  



Así comenzó mi maldición. 

Durante siete mundiales he visto a la selección mexicana.
A pesar de que nunca ha avanzado a los octavos de final, continúa emocionándome verla jugar en un mundial. La emoción ya no es tan intensa como al principio. 

A lo mejor, en un futuro no muy lejano, el mundial será irrelevante para mí. 

Sin embargo, aun ahora, veintiséis años después de ese partido en El Estadio Varsity, siento escalofríos cuando recuerdo los gritos de Raúl Orvañanos y todos estos detalles llegan a mi mente. 

_______

*Nunca he leído el libro original. Lo que escribo aquí, lo encontré en Historia de la Psicología de David Hothersall.
**Debido a sus estudios sobre embriogénesis en pollos –si les arrancaba el corazón, morían; si les golpeaba la cabeza, seguían vivos–, a la influencia de la cultura egipcia –cuando embalsamaban a alguien, el corazón no era un órgano importante– y a la relevancia del ágora en su época –era "el corazón del pueblo", en donde los griegos se reunían a discutir asuntos de todo tipo–, creía que "el alma" residía en el corazón.
***Ni él ni Luis Flores ni David Patiño fueron convocados al mundial de Estados Unidos 1994. Hugo Sánchez jugó el partido inaugural contra la selección de Noruega, se quedó en la banca en los partidos contra Irlanda e Italia y estuvo a punto de ingresar en los minutos finales del partido de octavos de final contra Bulgaria. Luis Miguel Salvador fue al mundial, pero no jugó un solo minuto. 

Hugo Sánchez es humano

lunes, enero 22, 2018

Recuerdos de la enfermedad


No he dejado de toser desde ayer por la noche. 

Los ataques son tan fuertes que ya hasta me duele la espalda. 

Siempre he sido muy enfermizo y debilucho.

Me gustaría ser como las personas que se enferman poco y que aun cuando se enferman no tienen que interrumpir sus actividades diarias. 

Las envidio totalmente. 

He pasado muchos días en convalecencia.  

Tengo recuerdos brumosos de varias noches de la infancia, ardiendo en fiebre y alucinando, debido a los efectos de algún antipirético -sufría de amigdalitis, constantemente-, mientras mi mamá me consolaba.

También recuerdo haber tenido en múltiples ocasiones unas horribles náuseas y haberlas soportado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, mientras volvíamos de un restaurante a la casa porque la comida me había caído mal. 

El trayecto de regreso a la casa era eterno. 



Cuando estaba en la secundaria, un simple resfriado me hacía permanecer en cama toda una semana. 

Tomaba una clase en un aula enorme y muy fría que tenía muchas ventanas y puertas que casi siempre estaban abiertas de par en par. 

La clase duraba tres -¿o cuatro?- largas y tediosas horas.

La profesora nos dictaba a toda velocidad, unas normas de comportamiento que supuestamente nos iban a servir para ser mejores personas cuando creciéramos.

Era un taller de dibujo técnico industrial, pero parecía un taller de taquigrafía. 

Teníamos que escribir esas normas a su ritmo, en un block de papel milimétrico.
Además, teníamos que hacerlo con la mayor limpieza posible. 

Encorvado sobre el restirador, con escurrimiento nasal y los ojos llorosos, trataba de pasar a toda prisa la pluma estilográfica Staedtler de .3 mm a través de los huecos de las letras de las plantillas, para escribir esas normas sin cometer errores.

Como soy zurdo, tenía que hacerlo con mucho cuidado para no manchar accidentalmente el papel milimétrico con mi mano mientras la desplazaba de la izquierda a la derecha, conforme iba escribiendo.

La tinta china es muy escandalosa y no se seca pronto. 

Casi nunca le daba mantenimiento a la pluma estilográfica y, justo cuando estaba a la mitad de un dictado, podía taparse y la tinta china dejaba de salir.

Mientras la profesora continuaba dictándonos y yo tenía escurrimiento nasal, tenía que llevarme la pluma estilográfica a los labios y chuparle la punta para que la tinta volviera a salir.

El amargo sabor de la tinta se me quedaba en la boca.
Imaginaba que así debía de saber el veneno. 

Los ojos me escocían y odiaba no poder largarme del aula y sacar un pañuelo y sonarme la nariz, para respirar normalmente. 



Por si fuera poco, tengo una especie de rinitis alérgica estacional. 

De un momento a otro, empiezo a tener los síntomas de un resfriado, exceptuando la fiebre. Casi siempre esto coincide con la cercanía de la primavera o del invierno.

Al cabo de unos minutos, el escurrimiento nasal es excesivo, no paro de estornudar, tengo los ojos llorosos y me siento muy cansado y con el cuerpo cortado.

La loratadina suele mitigar los síntomas. 

Cuando hay mucha contaminación en la ciudad, también comienzo a estornudar y a tener escurrimiento nasal aparatosamente.

Debo tomar loratadina y ponerme un cubrebocas para salir a la calle.

El fin de semana, mi esposa quería probar los helados de Ice Cream Nation.
Alguien se los había recomendado o los había visto por internet.

La heladería está junto a Los Bisquets Obregón de la Colonia Roma. 

Me sentía bien y no me puse cubrebocas ni tomé loratadina. 

Cuando llegamos a la heladería, estaba ordenando un tipo calvo y con lentes de sol.
Su rostro me resultó familiar, pero no recordé de dónde lo conocía. 

Lo acompañaba una adolescente a la que le estaba diciendo que "era muy cagada y natural, como su mamá."

Cuando se dio cuenta que yo lo veía insistentemente, me saludó. 

Entonces recordé de dónde lo conocía.



Hace muchos años, él tenía un programa de televisión.

El programa salía los lunes por la noche en el Canal 5. 

Yo lo veía porque a esa hora regresaba a la casa.

Era profesor de asignatura en la Ibero y daba clase de las 18:00 a las 21:00hrs.

No me molestaba el horario. 

Ya había sido profesor adjunto en la Facultad de Psicología de la UNAM, pero nunca había tenido a un grupo de estudiantes completamente bajo mi cargo. 

Preparaba mis presentaciones en Power Point con videos y fotografías ilustrativas, pero nunca las podía utilizar. 

No tenía computadora personal, pero podía pedir una en la universidad. 
Tenía que apartarla personalmente ese mismo día de la clase, al menos a las 5 de la tarde.

Tampoco tenía un proyector y siempre me prestaban los proyectores más defectuosos -tal vez porque me veían muy joven, creían que daba lo mismo- y entonces terminaba dando mis clases de memoria y en el pizarrón.

Ahora que lo pienso mejor, esa clase debió de ser una tortura para los estudiantes. 

No era experto en el curso que impartía, ni me fascinaba.

Le dedicaba toda una semana a la preparación de una sola clase, pero de todas formas cada lunes me sentía un charlatán, tratando de convencer a los estudiantes de la importancia de los temas que cubría el programa de estudio, exponiendo temas que no me apasionaban y que no conocía a fondo.

Volvía a la casa, deprimido y frustrado, y me sentaba en la sala a ver televisión. 

La sección que más me entretenía de ese programa era una en la que el tipo calvo se hacía pasar por millonario. Recibía cartas de hombres solitarios y patéticos.
Ellos le exponían unos casos absurdos, pidiéndole ayuda.
El millonario leía las cartas y le daba un sorbo a una copa de vino.

Luego decía 
"Que lo hagan ellas" 

y aparecían unas mujeres en diminutos trajes de baño y resolvían la situación.



Siempre me había parecido un tipo pesado y un malísimo comediante, pero me cayó bien en Ice Cream Nation. 

Mi esposa pidió un helado con leche de almendras y crema de cacahuate. 

De un momento a otro, me sentí mal. 

Empecé a estornudar y se me pusieron llorosos los ojos.

Como toda la semana había tenido esos síntomas, no les quise dar importancia.

Caminamos hacia la calle de Guanajuato. 

(Una vez recorrimos casi diez kilómetros sin descanso, desde Plaza Universidad hasta el Centro SCOP, y el malestar desapareció en algún momento). 

Luego volvimos a la Avenida Álvaro Obregón y seguimos hasta Nuevo León.

Recorrimos Nuevo León hasta El Parque España. 

Cuando llegamos al Plaza Condesa, ya me sentía mucho peor. 

Seguimos caminando hasta Tamaulipas y Fernando Montes de Oca, en busca de un local donde venden shawarma y falafel. 

Tenía hambre y allí preparan una salsa agridulce de mango que me gusta. 

Estaba cerrado. 

Caminamos otro rato hasta Alfonso Reyes y Saltillo.

La congestión nasal desapareció. 


(1/11/2017; 17: 16)
Cuando volvimos al departamento, me sentía normal.

Me bebí una León y retomé la lectura de una novela de Ishiguro.  

La novela estaba escrita de un modo muy original -el mismo autor dijo en una entrevista que la escribió para renovarse, porque estaba cansado de que lo categorizaran como escritor de novelas impecables-, y nunca se sabía si lo que se relataba estaba por suceder o si ya había sucedido. 

El protagonista era un prestigioso músico que llegaba de visita a un pequeño pueblo de Europa, como invitado a un magno evento que organizaban todos los habitantes respetables. 

Su estadía en el pueblo, le permitía involucrarse con sus habitantes y conocerlos realmente.

Estaba por llegar al final de un capítulo, cuando sentí comezón en las fosas nasales y empecé a estornudar escandalosamente.

Me tomé la loratadina, y esperé una hora. 

No surtió efecto.

Por la noche, me sentía con el cuerpo cortado y me tomé un Theraflu.

Quince minutos más tarde, me sentí peor.

El domingo desperté acatarrado y con fiebre.

Hoy me quedé en el departamento, esperando reponerme.
Pero me siento mucho peor que ayer.


miércoles, abril 28, 2010

Ya no tengo los nervios destrozados


Finalmente, hoy fue mi examen de candidatura.

Todo el mes prácticamente la pasé muy mal. Hasta desarrollé una especie de dermatitis psicosomática y tuve los nervios destrozados. 

Creo que cuando le cuento a alguien de mi familia -o algún conocido de mi familia- que estoy cursando un posgrado, jamás se imagina todo el estrés que involucra. 
No se trata sólo de sentarse a tomar una clase y de leer unos cuantos libros, como en la licenciatura. Todos los cursos son impartidos por expertos que tienen trabajando en el tema que exponen más de diez años. Todos los libros están en inglés y son muy especializados; para entenderlos, casi siempre, hay que conocer aspectos básicos que te toma comprender casi toda una licenciatura. 

La parte experimental es divertida -incluye cirugías, manipulación de animales, administración de fármacos, realización de técnicas de biología molecular-, pero absorbente.

A veces, los experimentos no resultan como esperabas o simplemente las técnicas no salen. Además de todo, hay que saber estadística para analizar los datos. 

Es horrible el estrés, y uno tiene que vivir con él a diario, casi todas las horas. Sobre todo si tienes un tutor exigente que no te deja tiempo libre más que para dormir y sobre todo si tienes un examen de candidatura.  

En los seminarios del laboratorio, expuse decenas de veces mi proyecto. 
La presión fue brutal en algún momento. Salía destrozado de los seminarios, sintiéndome un idiota. Apenas me enfocaba en aprender más sobre un tema en particular, cuando mis compañeros de laboratorio ya me estaban haciendo pedazos en otro seminario. Cada día que exponían me hacían ver que tenía muchas más deficiencias de las que creía. 

Temía no sólo exhibir mi ignorancia en el examen, sino hacer el ridículo. 

Siempre cabe la posibilidad de no recordar un dato preciso en el momento más inoportuno, pero además, a nivel personal, siempre me ha perseguido la costumbre de cometer un error en momentos clave -por ejemplo, cuando no entré al Doctorado en Psicología, o cuando me rechazaron en mi primer intento por ingresar al Doctorado en Ciencias Biomédicas-, y el examen no era la excepción. 

Ayer por la noche estuve ansioso, tratando de leer más, pero ya estaba saturado de información y simplemente me acosté en la cama, deseando que pasara ya todo el asunto del examen. No pude dormir bien. Tuve pesadillas. 

Lo que más me preocupaba era no aprobar, porque estaba seguro de que se me haría muy pesado tener que presentar el examen dentro de un año, sin oportunidad para fallar, por segunda -y última- vez.

Hoy, antes de irme al examen, me quedé solo en la casa. 
Chinaski estaba en el funeral de su abuela, y ni siquiera pude acompañarla. 

El examen era al mediodía.
Desayuné algo que no me supo a nada y después me senté en la sala, a fumarme un cigarrillo -aunque tenía colitis- y me lo acabé. 
Después me fumé otro, y luego otro. 

Estaba sumamente ansioso y no podía evitar ponerme a pensar en todas las ocasiones que había fallado en momentos clave. Cuando casi me acabé la cajetilla de cigarrillos, me pregunté si realmente necesitaba esa clase de ansiedad en mi vida. 

Es mejor que no tener emociones fuertes jamás. 

En el examen me fue bien y lo aprobé. Estaban todos los integrantes del comité. 
René Drucker fue el primero en preguntar y pareció satisfecho con mis respuestas.

En general, al comité le gustó que además de dominar mi proyecto, tuviera suficientes datos y que me faltara poco tiempo para escribir un manuscrito con los resultados.

Al primero que vi después del examen fue a mi tutor, y él me preguntó cómo me había ido.
Le dije que había aprobado y él me felicitó y me dijo que sabía en quién podía confiar. 
Le pregunté si podía irme a mi casa porque no había dormido -ya no le pareció tan agradable- pero de todas formas me dijo que estaba bien. 

Estuve tan presionado que no había pensado que falta un mes para que comience el mundial de Sudáfrica 2010. 

Ahora sí ya puedo disfrutar.

miércoles, febrero 20, 2008

Ella tenía la cabellera de Kurt Cobain



Olía a preticor, y era un día cualquiera de agosto. 
Probablemente estábamos en los últimos días del verano, pero ya parecía otoño.

Por primera vez en toda mi vida, me estaba dejando crecer el cabello -no lo traía más que unos centímetros por debajo de las orejas- e iba a una escuela vestido como civil. 

Mi papá insistía de vez en cuando en que me cortara el cabello, pero supongo que también estaba un poco harto de haberme llevado a la peluquería dos veces al mes durante los tres años de la secundaria. 

Hasta ahora no sé qué demonios me enseñó ese tipo de disciplina. 
Hay muchos hombres que traen el cabello corto y que son unos delincuentes. 

A mi papá no le gustaba que me vistiera con bermudas -eran unos viejos Calvin Klein que había cortado hasta las rodillas-, ni que sólo usara playeras con estampados de bandas de rock -decía que parecía un retrato-, pero generalmente hacía caso omiso de mi apariencia. 

Tenía unos días en la preparatoria.

La libertad de vestirme como quisiera y de tomar clases, o no, era toda una novedad. 


La preparatoria era muy diferente a la secundaria.
La secundaria me había gustado al principio, cuando las adolescentes del último año escuchaban a Vanilla Ice y yo las veía como mujeres atrapadas en mentes de niñas, pero cuando mi generación pasó a ser la generación del tercer grado, la escuela se convirtió en un gimnasio. Todos estaban vueltos locos por el basquetbol y si no eras hábil o no te interesaba -como yo-, no había forma de encajar en ningún grupo social. 

Además, por culpa de una chica, al final tuve problemas con unos bravucones -que de hecho eran amigos de mis compañeros de clase- y ya no soportaba la intimidación. 

Todos los alumnos eran idénticos y les gustaban las mismas cosas. 
Si sólo traía el cabello un poco largo -¿cuánto puede crecer en dos semanas?-, los prefectos no me dejaban entrar a la escuela, a menos que uno de ellos fuera mi amigo. 
Tenía que usar un horrible uniforme de color café y zapatos de señor, o un pants azul y zapatillas deportivas blancas.

Si eras amigo de alguno de los prefectos, también podías llevar zapatillas deportivas de color negro, en lugar de los zapatos, o traer el cabello un poco largo.  

Ese día que olía a preticor, estaba afuera del aula del Taller de Dibujo de Imitación, cuando esta chica apareció.

Cruzó el patio como un resplandor. 

Era blanca, tenía los ojos verdes y el cabello rubio y lacio, casi como Kurt Cobain. 

Nos miramos unos segundos, mientras ella seguía caminando. 




Me sonrió, y noté que sus labios eran muy pequeños.

Me hicieron pensar en el hueco que queda cuando le quitas el hueso al durazno.

Aunque su sonrisa era radiante, sus labios parecían melancólicos. 

Ella iba tomándole el brazo a un tipo que se veía más grande que yo. 
Tal vez era su hermano, o su novio. 

La conocí el siguiente año. 
Tomamos clases juntos. 

Era una mujer muy amistosa y siempre estaba sonriendo. 
Su nariz era muy blanca y se le transparentaban las venas. 

Tenía un grupo de amigas, y todas ellas casi siempre estaban juntas. 
Les gustaba jugar basquetbol. Tenían un balón al que le habían dibujado los logotipos de Nirvana y de Radiohead. 

Paula decía muchas groserías y me gustaba su forma de ser.  

Una vez le dije a una de sus amigas que quería invitar al cine a Paula, pero nunca me atreví a decírselo directamente a ella.
Me atraía de un modo salvaje, y estoy seguro que ella lo sabía y que simplemente no tenía ningún interés en mí.

Todo el tercer año de la preparatoria, estuve buscando una oportunidad para salir con ella, pero ella siempre tuvo novio.


Su novio no era muy distinto a mí -incluso también tenía el rostro cubierto de acné y el cabello lacio, como emperador azteca-, y, varias veces, al borde de la desesperación, me pregunté cómo diablos había conseguido que ella se fijara en él. 

Paula tuvo otro novio.

Estaba en el mismo grupo que ella -los dos querían ser abogados, y cursaban el área de Derecho- y era un tipo de buen aspecto. 

Tenía el cabello quebrado, los ojos de color verde y se vestía formal.
Él y yo no teníamos nada que ver. 

Yo tenía el número telefónico de Paula y, una vez, cuando ya habíamos salido de la preparatoria, la llamé, pero ella fue cortante. 

Sólo quería saludarla y saber si podía verla pronto, pero sospecho que ella quería mucho a su novio y que no quería tener problemas.  
A lo mejor hasta su novio estaba en ese momento con ella. 

Cuando tenía una semana en la Universidad, mis clases terminaban muy temprano y recorría la Ciudad Universitaria frecuentemente. 

Una vez, mientras caminaba hacia el metro Copilco, pasé junto a la Facultad de Derecho, del lado de Las Islas, y vi a Paula. 

Estaba sola, sentada en una de las jardineras. 

Me gritó por mi segundo nombre -si no recuerdo mal, ella solía llamarme "Mau"-, y me detuve para saludarla.


Yo iba vestido con una gabardina de piel, una camisa con motivos setenteros y unos pantalones de pana. También traía unas gafas de sol, ovales y vintage, como las que hizo famosas Kurt Cobain en las últimas fotos que le tomaron con vida.
Probablemente me veía más como un dealer que como un estudiante de primer ingreso de la Facultad de Psicología.   

Paula se me quedó mirando durante algunos segundos y luego me preguntó cómo me iba en la Universidad y qué tal me había parecido la escuela. 

No recuerdo qué le dije, pero sí recuerdo que fui cortante. 
No tenía prisa por llegar a ningún lado, pero aún me sentía rechazado por aquella llamada telefónica en la que Paula había sido cortante.

Yo estaba seguro de que la vería a menudo, pero la verdad es que jamás volví a verla en Ciudad Universitaria.  

Cuando tuve a mi primera novia de la facultad, busqué como loco a Paula.
No sé por qué quería mostrarle que era capaz de hacer que una chica se interesara en mí.

Cuando vuelva a verla, probablemente me dirá que ya está casada y que incluso tiene hijos.