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lunes, febrero 17, 2014

El guitarrista blanco que cantaba y que tocaba la guitarra como negro


Nadie sabía si realmente era un veterano de la guerra de Vietnam o si sólo era un desertor. Cuando estaba ebrio, él mismo decía que había venido a México escapando de los militares de su país. Poco antes de que Estados Unidos invadiera Vietnam, había sido activista político. Al comienzo de la guerra, el gobierno había perseguido a personas como él. 


Redyke me contó que una noche, al volver de un mítin a su casa, abrió la nevera para tomar una cerveza y observó algo que lo hizo cambiar de parecer respecto a su activismo. 

Detrás del six pack de Budweiser, creyó ver un par de cebollas y no les prestó importancia. Tomó una cerveza del six y entonces se dio cuenta de que no se trataba de un par de cebollas sino de un par de globos oculares. Los ojos parecían mirarlo desde el más allá. El nervio óptico le colgaba a cada globo como un cable espeluznante. Redyke se quedó inmóvil. Ni siquiera pudo gritar. Se puso paranoico y decidió huir de Estados Unidos.


Otro día me contó que había vivido en Tijuana y en Baja California Sur y que había jugado beisbol. Una vez me confesó que él mismo había estado en la guerra. Se le entornaron los ojos y me miró con una mirada de loco. 

'Está cabróun no deschavetarte si vuelves vivo de la guerra, y' know?', dijo, mientras su semblante adoptaba un aspecto sombrío. 

  
                                  

La primera vez que vi a Redyke, él estaba tocando una canción de Neil Young en la calle. Tocaba una Gibson Les Paul '53, muy maltratada. La guitarra era de color negro, tenía humbuckers y estaba conectada a un pequeño amplificador Marshall. Redyke tocaba y cantaba al mismo tiempo. Su voz y su habilidad para tocar la guitarra me hicieron pensar en artistas negros de blues.

Redyke tenía todo el aspecto de un hombre blanco de unos sesenta años. Me acerqué a él y él me miró brevemente. Sonrió sin dejar de cantar ni tocar la guitarra. Su mirada me pareció desconcertante, y detecté algo diabólico en su sonrisa.                     
          
                                     

Redyke estaba sentado a la sombra de un árbol, en un parque. Conforme tocaba la guitarra, golpeaba rítmicamente sus pies contra el suelo y parecía estar en trance. De un momento a otro, dejó de tocar.  Volvió a sonreírme y me preguntó: "¿Tendrás alguno cigarrillou para mí?" Sus dientes relucían de manera diabólica y acentuaban su sonrisa.

Le ofrecí un cigarrillo. 



Luego, comenzamos a platicar sobre música. Me dijo que había escuchado a The Doors en vivo, y que justamente esa noche se habían llevado preso a Jim Morrison. También me dijo que le gustaba Janis Joplin y que había conocido a Jimi Hendrix personalmente antes de que fuera famoso. Tuve la impresión de que inventaba muchas cosas. 

Al despedirme, se me ocurrió ofrecerle un billete. 

Redyke dijo "Oh, no... Nada de esouu... ¿Qué te parece si mejour vienes déspues a platicar?" 

Unas semanas más tarde, volví. Redyke se veía mucho más viejo.
En cuanto me vio, dejó de tocar la guitarra y me saludó. 


Me contó que tenía problemas con el alcohol y que había hecho un pacto con el diablo y que estaba muy arrepentido. Bajó la mirada y se me ocurrió preguntarle qué clase de pacto había hecho con el diablo. 

"¿Tú crees que tocou y cantou como negrou sólo pourque sí?", dijo. Me explicó que su alcoholismo era el precio que había tenido que pagar por esos talentos. 

Continuó:
"Lo que necesitou en verrrdad es oulvidarrr la guerra..."

Después de varios meses volví al parque y vi a Redyke. Se veía como un anciano en sus últimos años de vida. Estaba tocando la guitarra y seguía cantando, pero hacía las dos cosas de manera fatal. Luego, lo invité a tomar una cerveza, pero se rehusó. Dijo que ya no bebía y que el diablo le había quitado sus talentos. Quise preguntarle algunas cosas sobre la guerra y me dijo que no sabía nada. 

La verdad, yo creo que Redyke simplemente se aburrió de hacer música. 

sábado, agosto 27, 2011

Nunca me ha gustado bailar, pero una vez fui chambelán



Desde niño, supe que no me gustaba bailar. Veía los videos de Michael Jackson y me impresionaba su manera de bailar, pero desde un principio supe que esa actividad no era para mí. Odiaba participar en los bailables de la primaria, pero no tenía otra opción. Aunque resultaba evidente que no tenía talento para el baile, cada vez que había algún festival en la escuela, mis maestras insistían en hacerme participar. Lo único que me emocionaba del asunto era que me pusieran de pareja con alguna de las niñas que me gustaba, pero nunca tuve suerte.


Cuando cumplí 14 años, sólo escuchaba garage punk y trataba de tocar la guitarra. Todavía salía algunas veces a pasear con mis papás, y no hacía nada extraordinario. Tampoco traía el cabello demasiado largo, ni me la pasaba comportándome como un rebelde, pero era obvio que seguía odiando bailar. Jamás bailaba con nadie en las fiestas familiares ni salía con nadie a bailar por las noches a ningún sitio. Sin embargo, tenía una prima de la misma edad que yo y que era todo lo opuesto a mí. Ella estaba enloquecida por la idea de tener una fiesta de XV años.


Mi mamá me pidió que fuera el chambelán de mi prima y se sorprendió porque me rehusé a hacerlo. No sólo odiaba bailar, sino que una fiesta de XV años me parecía de lo más patético. A pesar de todo, una tarde aparecieron en la casa mi abuelo, mi prima y otros muchachos, listos para comenzar a ensayar el vals. Le pregunté a mi mamá qué diablos estaba ocurriendo y por qué me obligaba a hacer algo que no quería hacer, pero subestimó mi opinión. Mi abuelo incluso me pidió que me cortara el cabello.

Fueron unas semanas tediosas y largas que detesté por completo. Todos llegaban a la casa a ensayar a la misma hora y yo sólo me ponía de mal humor, a hacer algo que no quería hacer y a tratar de entender por qué mi mamá no había respetado mi decisión de no ser chambelán. Lo más ridículo de todo era que con frecuencia me llamaban la atención porque no podía bailar bien.


Finalmente llegó el día más esperado para la quinceañera. Ella se veía radiante, como si toda su vida hubiera esperado ese momento. Yo tuve que peinarme, ponerme un smoking y unos horribles zapatos de señor. Me sentía un farsante. ¿Cómo alguien que escuchaba garage punk y que toda su vida había aborrecido bailar, podía terminar siendo un chambelán, en algo de lo más convencional?

Quería ponerme una máscara para que nadie me reconociera. Cerré los párpados, suspiré profundamente, y el espectáculo comenzó.


Cuando la pesadilla parecía haber terminado, los invitados pidieron que volviéramos a bailar. Cerré los párpados otra vez y repetí la rutina por segunda ocasión.

Para empeorar la situación, había varios fotógrafos, e incluso alguien que filmaba cada detalle del vals, así que todo ese espectáculo quedaría registrado. Por fortuna, mi prima tuvo un instante de lucidez al cumplir la mayoría de edad, el asunto le pareció de lo más patético, y destruyó todo vestigio de su fiesta de XV años.

Hasta la fecha, sigo sin entender por qué me obligaron a ser un chambelán.
Ya no soy un adolescente y sin embargo sigo sin tener ganas de bailar.

jueves, marzo 10, 2011

La gente te juzgará por tu apariencia



Faltaban pocos días para el partido de futbol americano entre los pumas de la UNAM y los burros del IPN. Debió de ser un jueves de septiembre o de octubre de 1995. 

Por la mañana habían circulado algunos rumores en los pasillos de la escuela: supuestamente se adelantaría “la quema del burro” y nadie se salvaría de los porros. Como en mi primer año en la prepa había escuchado los mismos rumores y había huido temprano a la casa para evitar “la novatada”–y como además ninguno de mis conocidos había sido rapado por nadie–, no les di importancia. 

Sin embargo, las cosas se pusieron extrañas alrededor del mediodía. Las clases fueron suspendidas y la directora de la prepa dio la orden de que la escuela fuera desalojada. 

Por la tarde habría un concierto de rock en Ciudad Universitaria y tenía planeado ir con algunos amigos, así que cuando desalojaron la escuela, me reuní con ellos. Había tanta gente frente a la puerta de la escuela que me costó trabajo encontrarlos. Éramos un montón de alumnos –¿más de cincuenta?– y uno que otro curioso.   

Cuando di con ellos, reparé en que todos nos veíamos andrajosos: casi todos traíamos pantalones de mezclilla raídos, playeras de grupos de rock y el cabello desaliñado. 

Veríamos a mi hermano en alguna estación del metro –él aún iba a la secundaria–, para llegar juntos al concierto. El concierto comenzaba como a las dos de la tarde y nos quedamos un rato afuera de la prepa. Tenía curiosidad por saber de qué se trataba “la quema” y creí que, debido a nuestra apariencia andrajosa, nadie se atrevería a entrometerse con nosotros. 

De repente pasó un camión de refrescos por la avenida. En un par de minutos, un grupo de sujetos, entre los que había estudiantes y algunas personas sospechosas, detuvieron el camión.
Un montón de gente se acercó al camión y comenzó a vaciarlo. Algunos estudiantes guardaban los refrescos en sus mochilas. 

Al poco rato, a lo lejos se escucharon las sirenas de algunas patrullas. 

Habíamos permanecido como espectadores y en ese momento decidimos que había sido suficiente y caminamos hacia el metro La Merced.  

Vimos cómo algunas patrullas llegaban a donde estaba detenido el camión de refrescos y también vimos cómo algunos policías detenían arbitrariamente a la gente que estaba cerca del camión. Apresuramos el paso.  

Íbamos por Zoquipa, casi a la altura de la Estación de Bomberos, a sólo una cuadra de la Avenida Fray Servando, cuando una patrulla nos alcanzó. Un par de obesos policías se bajaron de la patrulla. Uno de ellos nos obstruyó el paso. 

Sostenía una macana con una mano y la golpeaba sistemáticamente contra la otra mano, justo como lo hacen los policías en las películas mexicanas de bajo presupuesto. Su mirada era a la vez amenazante y burlona. 

Nos intimidó: 

“Ya se los cargó la chingada, pendejitos.”

Las palabras del policía surtieron efecto de inmediato. 

Aun cuando ninguno de nosotros había participado en el saqueo del camión –ni nos habíamos separado en ningún momento– y aun cuando era obvio que no teníamos pruebas que nos incriminaran, sus palabras me asustaron. El policía me hizo dudar de mí mismo y de los demás. Me sentí acorralado y temí que él y su compañero nos implantaran pruebas que les sirvieran para incriminarnos. 

Había visto muchas películas de bajo presupuesto. 

No hubo tiempo para pensar. 

Sólo uno de nosotros continuó caminando como si nada, pasó desapercibido y escapó. No recuerdo haber sabido alguna vez su nombre, pero era un sujeto flaco y de mi estatura. Antes de estos sucesos, yo creía que era “porro”. Quizá era tres años más grande que todos nosotros y sin duda tenía más experiencia que todos nosotros.

Mientras tanto, el otro policía, aprovechando la confusión, nos hizo subir a la patrulla. 
Nadie opuso resistencia. Me sentí como si todos hubiéramos aceptado nuestra culpabilidad, a pesar de que no ocultábamos nada. Tal vez lo peor que podía tener alguno de nosotros en su mochila era una cajetilla de cigarrillos.  

El policía de la macana condujo rápidamente hasta la Delegación Venustiano Carranza, mientras el otro tipo continuaba amedrentándonos. Su lenguaje altisonante me hizo sentirme en una de las películas de Alfonso Zayas y Luis de Alba. Parecía que no sabía hablar de otra forma. Se refería a nosotros como si fuéramos la escoria de la sociedad.

Circulamos por la avenida, como si fuéramos delincuentes, todos apretujados en el asiento trasero de la patrulla –éramos como cinco o seis–, detrás de la barra metálica que nos separaba de los asientos del piloto y del copiloto.

Vi a algunos conocidos de la escuela, caminar por la calle como si nada y los envidié. Pensé que mis papás habían tenido razón siempre: la gente te va a juzgar por tu apariencia.

Habían insistido hasta el cansancio en que me cortara el cabello y en que me vistiera mejor.



Cuando llegamos a la Delegación, ambos policías nos hicieron bajar de la patrulla sin desperdiciar la oportunidad de insultarnos con las vulgaridades que nacían de sus mentes vulgares. Nos hicieron caminar hasta el Ministerio Público. Allí, otros sujetos se burlaron de nosotros y nos ordenaron quitarnos los cinturones y las agujetas de nuestros zapatos. 

No habían transcurrido ni diez minutos desde que habíamos comenzado a caminar rumbo al metro La Merced y ya estábamos tras las rejas, compartiendo separo con otros delincuentes de verdad. Uno de ellos nos empezó a contar que lo habían detenido muchas veces por narcomenudeo. Otro nos dijo que estaba allí porque lo habían culpado de robo a mano armada. 

Un tipo de traje se acercó a las rejas desde afuera y nos dijo que estaríamos detenidos hasta que transcurrieran 48 ó 72 horas. Uno de nosotros, a quien apodábamos “El Chapulín” porque siempre llevaba una playera roja con un corazón amarillo en el pecho, ya había recordado sus clases de Derecho y ya nos había dicho que eso iba a pasar. Otro tipo de traje se carcajeó y nos dijo que esa misma tarde nos llevarían al Tutelar de Menores. 

Mientras todo esto ocurría, Mondragón –un compañero que conocía desde la secundaria y que quería ser abogado– salió de otro separo con su novia. Un hombre –tal vez su papá– había hablado con los sujetos de traje del Ministerio y había logrado que los dejaran ir. 

Mondragón se dio cuenta de que estábamos detenidos y nos miró y nos dijo:

“¡Nos vemos!”

Y se largó. 

Ni él ni el hombre que había logrado que los dejaran ir a él y a su novia, hicieron ningún intento por averiguar en qué condiciones nos encontrábamos. Simplemente se comportaron como si hubieran estado seguros de que éramos culpables. Simplemente deduje que nos habían estigmatizado y que nos habían culpado de algo que él y su novia, obviamente, no eran culpables. 

Nos conocíamos desde la secundaria, pero nunca hablamos más de cinco minutos consecutivos. Él y sus amigos jugaban basket. Él era muy intenso para jugar –incluso usaba protector bucal, como Charles Barkley– y se burlaba de sus rivales cuando les anotaba una canasta o cuando les tapaba algún tiro. 

Alguna vez jugamos futbol, juntos. A él no le gustaba el futbol y no sabía jugar futbol y lo pusimos en la portería. Le anotaron unos goles muy tontos. 

Cuando le interesaba alguna de las chicas de la escuela, actuaba como Brandon Walsh –seguramente entonces yo hacía un gran esfuerzo por parecerme a Dylan McKay– e imaginé que quizá las seducía diciéndoles que quería convertirse en abogado. Sin duda, éramos unos niños –teníamos como 12 ó 13 años– y, mientras él estaba influenciado por la NBA –Michael Jordan y los Toros de Chicago ganaban un torneo tras otro–, yo estaba influenciado por Beverly Hills 90210. 

Yo era un pésimo jugador de basket y aborrecía el basket. 
Alguna vez jugué en su equipo y perdí el balón con uno de los rivales. Mondragón me sacó de inmediato de la cancha. Toda la semana estuvo fastidiándome con el asunto. 

Una vez, el director nos llamó a él y a mí a su oficina. El director quería saber si en verdad necesitábamos una beca a la que teníamos derecho, debido a nuestras calificaciones. Mis papás me habían dicho que otros alumnos podían necesitar esa beca más que yo y me habían pedido que la rechazara. Mondragón le dijo al director que él sí la necesitaba, porque sus papás no tenían suficiente dinero.    

Era obvio que él no requería ningún apoyo económico. Sus papás tenían automóviles propios y él usaba los tennis más costosos de las estrellas de la NBA. Mientras él se marchaba del Ministerio, reflexioné en estas cosas y llegué a la conclusión de que desde la secundaria tenía vocación de abogado.
 
Solicité una llamada telefónica y me comuniqué con mi abuela –mis papás estaban en el trabajo y no sabía de memoria los números telefónicos de sus trabajos– y ella logró comunicarse con mi mamá y luego mi mamá se comunicó con mi papá y al cabo de una hora (o algo así), mis papás llegaron al Ministerio Público y nos sacaron a todos.

A otros compañeros de la prepa que eran excelentes estudiantes y que no se vestían como nosotros, no les fue tan bien y los trasladaron al Tutelar de Menores. 

Al cabo de un año, la directora de la prepa fue demandada por varios padres de familia y la expulsaron de la UNAM. Hubo varios rumores sobre su proceder. Había ingresado a la preparatoria como profesora de Educación Física y en un lapso de tres años ya se había convertido en directora. 
 
En el año de 1999, durante la huelga de la UNAM, cuando Mondragón y yo ya estábamos en la universidad, a alguien de la secundaria se le ocurrió hacer una fiesta y a mí se me ocurrió asistir. Fue la última vez nos vimos. Nos saludamos y hablamos poco. 

miércoles, enero 10, 2007

Tirar mala onda



Mi hermano –D– es el baterista de Nos Llamamos, y la banda ensaya en la casa donde he vivido casi toda mi vida. No sólo conozco sus canciones de memoria y he escuchado cómo retumban los vidrios de las ventanas de mi recámara cada vez que ensayan y trato de leer a Gunter Grass o de tomar una siesta, sino que he sido testigo de su desarrollo: desde que pasaron de un “palomazo” con influencias de Radiohead y de Sonic Youth, hasta culminar en una canción independiente, con influencias de Radiohead y de Sonic Youth, y que acabaría entre las mejores 100 canciones del año en Reactor 105, anunciadas por Rulo –el portavoz del monopolio del rock underground en México–, cuya influencia, más o menos, los llevaría a tocar en un festival Vive Latino. 

Los conozco desde la preparatoria, cuando tocaban covers de los Smashing Pumpkins y de Radiohead y de Red Hot Chili Peppers, y no tenían muchas groupies –habían tenido una que otra presentación en el auditorio de la Prepa 7, o en alguna fiesta en la Jardín Balbuena, cuando acabé paranoico y abordando un taxi, abandonando a D a su suerte–, cuando les daban la oportunidad de tocar en bares de Coyoacán o de Santa Úrsula, con Candy o con Bengala, y H –el bajista– lanzaba diatribas al público a través de un micrófono Sure, al estilo de las diatribas de Tom Yorke en tiempos de Kid A y del atentado contra Las Torres Gemelas, bebiéndose una ampolleta de Corona, ajustándose el tahalí Ernie Ball y acomodándose un bajo Rickenbacker...

Cuando su banda no tenía nombre, por allá del 2001, una ex novia, que era súper amiga de la hija de Sergio Arau –uno de los dueños de Rockotitlán (¿ella se llama Tihui?), ese famosísimo lugar en el que tocaron Rostros Ocultos, los Caifanes, la Maldita y Fobia en los ochenta–, consiguió que tocaran allí. Esa tarde de domingo, entre unas cincuenta o setenta personas, mientras A –el cantante y guitarrista, y que tenía un pedal Memory Man–, hacía el soundcheck con los acordes de “Schism” y yo deseaba que me tragara la tierra porque me sentía terriblemente solo y quería partirle la madre al ex de mi ex novia que estaba por allí, entre esas cincuenta o setenta personas en Rockotitlán, aparentando ser cool cuando era un patético enamorado con el nivel intelectual de un chico de secundaria, se hicieron llamar Los Huauzontles.  

(Lo más probable es que ninguno de ellos –de los integrantes de Nos Llamamos, o sus allegados– recuerde que yo fui su contacto en ese evento en Rockotitlán.) 

Un viernes, tal vez en la época en la que Martin Thulin –el compositor y cantante de Los Fancy Free– les grababa su álbum de estudio, iban a tocar en una cantina de El Centro Histórico, y D me invitó a escucharlos. Creo que hasta ese día sólo los había escuchado dos o tres veces en alguna cantina.

Esa tarde lluviosa, de agosto o de septiembre del 2005, llegamos a La Faena, en el Centro Histórico, muy temprano. Todavía no había gente en la cantina de la calle de Venustiano Carranza, a excepción de tres personas: A –el cantante, que, además de un Memory Man, también tiene una Hägstrom y una Jazzmaster Olympic White, como la que usaba Robert Smith en los primeros álbumes de The Cure–, H –que hace los coros y que toca un Fender Bass Precision y un Rickenbacker–, y una mujer. 

Apenas pusimos un pie en La Faena, me quedó claro que ella –la mujer– había organizado el evento y que era la mánager de Nos Llamamos.

Antes que nada, ella me miró y les gritó a D, a A y a H: 

“¡Les dije que no metieran a 15 cabrones!”

Sólo éramos D, A, H, dos personas, y yo. Y su actitud me shockeó.

Antes que nada, a los ojos de la mánager, era un “gorrón”: no era el hermano del baterista de la banda, no era un fulano que los había escuchado en la casa en la que ensayaban cuando tocaban covers de Radiohead, de Smashing Pumpkins y de Red Hot Chili Peppers, sino un chavito al que le gustaba el desmadre y que mataba su tiempo escuchando Reactor 105 mientras Rulo hacía comerciales; era un güey que estaba en busca de reventón gratis esa tarde de viernes. 

Obviamente no es obligatorio saludar a nadie ni ser amable con los desconocidos –aunque esta clase de pequeños detalles harían al mundo un lugar mejor–, pero eso no significa que puedas ser grosero con quien se te dé la gana.


A y H le dijeron a su mánager que soy hermano de D. Entonces ella adoptó esa actitud diplomática que ya había visto otras veces en otros eventos, con otros periodistas de rock, viejos –que andan en sus treintas o cuarentas–, y que escuchan a Depeche Mode y a Talking Heads y que se emborrachan con Skyy, que fuman Benson & Hedges mentolados y que tienen contactos en el mundo de la música y que parecen no tener claro que su público es volátil e inmaduro. 

La mánager sonrió forzadamente, me saludó como si nada y se largó a quién sabe dónde. Le dio lo mismo: ella ya había lanzado su diatriba; qué más daba si yo era el hermano del baterista de Nos Llamamos y si conocía a la banda desde hacía mucho tiempo.

Obviamente, si ella hubiera detectado que yo podía ser un trampolín para su carrera como mánager o como periodista de rock, me habría tratado como si hubiéramos sido amigos de toda la vida: me habría dado un beso en la mejilla, me habría invitado un gin tonic...

Nos Llamamos le dio por su lado, como si estuvieran acostumbrados a esa actitud.

Yo no sabía –ni tenía por qué saber–, si ella estaba estresada o si había tenido un mal día. De haberlo sabido, tampoco habría tenido por qué ser mi prioridad, pero me dio la impresión de que ella estaba acostumbrada a que los demás –aunque no la conocieran– siempre se pusieran en su lugar y le dieran la razón. Creí que su círculo social siempre era empático con ella para evitar problemas. 

Como ya dije, me shockeó su actitud. Sobre todo porque yo también soy egocéntrico, porque, incluso cuando era un niño, me disgustaba que me llamaran“niño”, en lugar de llamarme por mi nombre. Siempre me he tomado las cosas a nivel personal. 

Tras digerir la situación, recordé que ya había visto a la manáger de Nos Llamamos. Pensé en dónde. Tuve un insight: ¡claro! ¡A veces ella también iba a ensayar a la casa en la que vivía! Yo mismo le había abierto la puerta en alguna ocasión. 

D también toca la batería en una banda en la que ella canta. Esa banda toca un cover de la canción de Nirvana que se convirtió en el himno –según Kurt Loder y David Fricke– de la Generación X, y, en los siguientes meses, tocarán en El Vive Latino.


Me salí de La Faena, encabronadísimo y calculando cuántas veces ni siquiera he podido estudiar, leer o tomar una siesta en mi recámara, porque hay alguna banda ensayando a todo volumen junto a mi recámara. En ese momento me dieron ganas de regresarme a la casa. No era un poser en busca de fiesta gratis en La Faena –ni siquiera me gustan las fiestas– y, por más absurdo que parezca, pensaba pagar mi entrada. 

Entonces me metí a un Oxxo y compré un six de cervezas y me las bebí rápidamente, en el automóvil de un amigo de la banda. Los dos salimos del auto medio alcoholizados y volvimos a La Faena.

Aún no había mucha gente en La Faena, así que volvimos a salir a la calle a fumarnos un cigarrillo.
La mánager de Nos Llamamos andaba por ahí, conversando con H. Los dos estaban recargados en el automóvil en el que D y yo habíamos llegado a La Faena. La mánager se veía alterada –creo que hasta sollozaba–, pero no me importó. Yo seguía encabronado y además el alcohol ya me había soltado la lengua. Me acerqué a los dos y le dije a ella que lamentaba profundamente que Rulo –el portavoz del monopolio del rock underground mexicano– no pusiera la música de su banda en Reactor 105.

Ella cerró los párpados melodramáticamente, se llevó una mano al rostro, como si estuviera interpretando a una mujer abatida en una mala película de romance de la década de los cincuenta, y le pidió a H que me dijera que me fuera.

“¡Héctor, dile que se vaya!”, fueron sus palabras exactas.

Me largué. Me resultó insoportable su histrionismo. 

Algunos días después de este evento en La Faena, le pregunté a D si se había enterado de lo que había pasado entre la mánager de la banda y yo, y él me dijo que ella le había dicho que yo había llegado a tirarle mala onda y que “H había tenido que intervenir para que yo la dejara en paz.”

(¿Acaso me había comportado como un borracho impertinente?, ¿acaso no tenía derecho para estar encabronado...?)

D me pidió que no le diera importancia al asunto. No me gustó la idea, pero en fin. Tenía cosas más importantes que hacer. 

Al cabo de un mes, más o menos, la mánager volvió a la casa y el destino quiso que yo saliera a abrirle la puerta. No podía dar crédito a lo que veía: ¡allí estaba nuevamente ella! 

En esta ocasión, al menos, me encontraba sobrio. Qué bueno. ¡No quería volver a tirarle mala onda! 

Su banda tenía ensayo ese día en la casa. 

Cuando abrí la puerta, la mánager me miró de pies a cabeza y guardó silencio. Me reconoció.
Mientras me inspeccionaba de arriba abajo, me pregunté de qué manera se habría referido a mí cuando le pasó la queja de La Faena a D: ¿el pendejo que me tiró mala onda...?, ¿el borrachín que me tiró mala onda...?, ¿el nefasto que me tiró mala onda...?, ¿el güey que me tiró mala onda...?

Tras un breve reconocimiento, su rostro adoptó el aspecto de “sonrisa forzada de La Faena” y me saludó, otra vez, como si nada. Fue incómodo para mí, pero, aparentemente, para ella fue algo, más o menos, cotidiano.  

Constantemente, quienes dicen conocerme, dicen que soy una persona sumamente conflictiva –ése habría sido el momento perfecto para confirmarlo–, pero solamente la dejé pasar, subí a mi recámara, detrás de ella, y entré en catarsis –me puse a escribir en mi blog–, y, al poco tiempo, mientras intentaba leer a Dante, una densa vibra de espíritu adolescente hizo retumbar los vidrios de la casa. 

lunes, agosto 14, 2006

Necesito un empleo, pero no quiero ganarme la vida



Cuando desperté, no tenía ganas de levantarme.

Me sentía muy mal, como si hubiera bebido y fumado toda la noche. 

Vagamente recordé que había soñado que estaba en la universidad y que iba a hacer un examen para el cual no había estudiado. 
Este sueño es recurrente desde que hice mi examen profesional. 

_______

Sonó el teléfono y tuve que levantarme a contestar. 

Número equivocado. 

Me volví a acostar.

_______

Estaba quedándome dormido, cuando el teléfono volvió a sonar. 

Era mi abuela.

("Necesito que vengas a mi casa, a recoger un paquete que llegó para tus papás... Voy a salir en un rato, así que apresúrate, por favor...")

Tuve que despabilarme y salir a la calle. 

_______

Volví a la casa, fatigado, aturdido y de malhumor.

Toda la semana me levanté a las seis de la mañana. 
Justamente hoy quería levantarme alrededor de las nueve. 

Me puse a lavar el auto. 

(Nadie me obliga, pero me siento culpable por seguir viviendo en casa de mis papás.

Quisiera independizarme, pero está complicado. 

Tengo una licenciatura, pero parece que eso automáticamente te descalifica para trabajar.

Los trabajos que abundan son para personas que apenas saben leer y escribir.  
El dueño de una empresa parece que tiene la idea de que otorgar ese tipo de empleos, lo convierte en alguien que aporta importantemente a su país. 
El trabajador parece tener la idea de que un trabajo es sólo aquel que te agota físicamente.

Hace unos días fui a una entrevista de trabajo.
No quisiera sobrevivir dando clases –las clases no se ven como un trabajo, y son mal pagadas–, así que he buscado otras opciones. 
Encontré en el periódico un anuncio que solicitaba psicólogos con mi perfil. No pagaban gran cosa, pero decidí ir a ver de qué se trataba.  
Era un fraude. Esperaban que uno memorizara un discurso para engañar a la gente que acudiera a una entrevista grupal y que además uno la convenciera de que tenía que darle dinero a la empresa fantasma, de que tenía que vender productos inexistentes de la empresa fantasma y además agradecerle a la empresa fantasma.)

Desde que estaba en la secundaria, lavo el auto muy de vez en cuando.

Soy malísimo. Me moriría de hambre, si tuviera que lavar autos. 

Más allá de disfrazar mi culpabilidad, no le encuentro ningún sentido a lavar el auto. 
Ni siquiera lo conduzco. Tampoco me ha interesado mucho aprender a conducir. 

(La última vez que lo conduje aún no salía de la secundaria y lo choqué contra otro auto que estaba estacionado.) 

Lo más molesto de lavar el auto es que nunca lo hago bien, aunque desee hacerlo bien. 


Tenía planeado ir al Centro Histórico.

Quería comprar el foco de la lámpara que utilizo para escribir por las noches –escribir es lo único que hago–, pero, justo cuando salía de la casa, me encontré a una amiga de mi mamá.

("¿Te vas a la escuela?
¡Ah, estabas estudiando!
¿Vas a buscar trabajo?")

Finalmente, salí. 

______

A unas cuadras de la casa, me topé con el Golden Retriever del vecino. 
Hacía un par de semanas que no lo veía por la colonia. 
Pensé que se había perdido –es un animal viejo– o que estaba muerto. 
Su dueño ya se había resignado a no volverlo a ver. 

Me dio esperanza y me hizo pensar en mi gato. 
Espero que también vuelva pronto. 
Hace una semana que no lo veo.
Se salió de la casa una noche.  

Es de lo más triste perder a un ser querido y no tener la certeza de nada: 
no saber si es mejor que esté perdido, o que esté muerto. 

______

Casi al llegar a la avenida Zaragoza, pasé por un funeral. 

En la puerta de la casa, había una enorme corona de flores. 
La gente llegaba, triste y llorando desconsoladamente.

No era para menos. Velaban a un niño que murió de cáncer. 

Yo lo conocí. Le di clases hace unos años, en la época de la huelga de la UNAM.
Su mamá me contrató para que lo ayudara a prepararse para el examen de ingreso a la secundaria. 

Al final, él se quedó en la escuela que quería y yo me quedé con una anécdota de él.

Era un niño con sobrepeso. Siempre estaba comiendo dulces y contando chistes. 
Tenía problemas para concentrarse en los temas del examen, pero se comportaba como un comediante. Parecía que era feliz y que nada lo avergonzaba.  

Sus hermanas mayores lo llevaban a la casa, pero una vez llegó él solo. 

Traía unos pupilentes verdes.

Le pregunté qué le había pasado a sus ojos, y él me dijo que se había enojado con sus hermanas y que por eso los ojos le habían cambiado de color. 

Le pregunté si era como Hulk y me dijo que sí, seriamente. 

Una de sus hermanas fue a recogerlo después de la clase y lo regañó por tomar sus pupilentes. 
Él me miró sumamente avergonzado y le preguntó a su hermana por qué lo había tenido que regañar en frente de mí.

Al pasar por el funeral, me pregunté cómo se sentiría su hermana en ese momento y si recordaría el asunto de los pupilentes. 
Estoy seguro que se los hubiera regalado a su hermano, de haber sabido cuánto cambiarían sus vidas en menos de diez años. 

Caminé apresuradamente por la casa, evitando que la mamá del niño me reconociera. 
No soy bueno para consolar a nadie en condiciones normales. 
Mucho menos en condiciones trágicas.  

Debe de ser de lo más triste perder a un niño.

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Seguí mi camino hacia el metro.

Seguramente, sentí lástima de mí mismo. 
Seguramente, alguna pasajera del metro me atrajo y me hizo imaginar cómo sería mi vida, si tuviera novia o amigos. 
Seguramente, me pregunté por qué no he hecho nada en los últimos dos años para tener novia o amigos.

(Estoy tan solo que he pensado seriamente en fingir unos días que soy una persona sociable y que me interesa que un grupo de extraños sepa qué hago.)

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Llegué al Zócalo. 

En la plancha había un montón de gente, protestando contra el gobierno.

(Gritaban:

"¡Me dijeron que me callara, si no votaba!
¡Pues sí voté, pero me quieren mandar a la chingada...!" 

"¡Prefiero marchar seis años, apoyando a Obrador,
que pasar seis años, en la miseria con Calderón...!")


Afuera de la estación había un taxista.
Estaba recargado en la defensa de su vehículo, contemplando a los manifestantes. 

También había un hombre que vestía un saco azul y un pantalón gris.
Estaba recargado en los barandales, a la salida de la estación. 
Era un trabajador del Sistema de Transporte Colectivo, y se veía molesto por el escándalo de los manifestantes. 

Una mujer de tez blanca que vestía falda azul y saco rojo, me sacó de estas ideas y dejó una estela de perfume barato al pasar corriendo junto a mí. 

Tal vez trabajaba en La Casa de Los Azulejos y se le había hecho tarde. 

El taxista no apartó la vista de ella, hasta que desapareció en Francisco I Madero.  

Una niñita desaliñada pasó caminando junto a mí.
Vendia chicles, dulces y cigarros. 

Me hizo recordar al niño de los pupilentes.

También es de lo más triste que los niños tengan que ganarse la vida así.
Deberían jugar y ser niños. 

Un hombre alto y canoso, pasó una mano por la cabeza de la niñita y le compró algo. 

Una anciana se me acercó ofreciéndome una fotografía de López Obrador por tan sólo $10. 


Caminé hacia Venustiano Carranza y me metí a un Vips. 

El muchacho de la entrada vestía un saco rojo.
Me miró de arriba abajo.
Seguramente, debido a mi aspecto, pensó que no tenía suficiente dinero y que sólo iba a pedir un café para pasar toda la tarde allí.

Me senté en una mesa junto a la ventana y saqué un libro. 
Estoy leyendo La Colmena.

Me puse a mirar la calle. 
Vi a dos jóvenes de un valet parking. 
Se veían de lo más relajados, mientras fumaban.

Era apenas el mediodía y el sol estaba en lo alto. 

En ese momento, llegó un Golf rojo y uno de los jóvenes arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con un pisotón y abrió la puerta del automóvil. 

Un hombre caucásico se apeó del vehículo y se llevó una mano a la nariz –como si estuviera evitando un olor insoportable– y le dio las llaves del Golf al muchacho. 

A unos metros de allí, otro hombre vestía un uniforme de Seguridad Bancaria y permanecía de pie, a la entrada de una joyería. 

Cargaba una ametralladora y no dejaba de mirar a un lado y a otro de la calle. 
Era tan obeso que habría terminado sufriendo un infarto, de haberse visto en la necesidad de perseguir a un ladrón. 

Una niña de unos diez años, con un babero de cocinera, pasó corriendo frente a la joyería, esquivando obstáculos, con un humeante plato en las manos. Apenas podía con él. 

Unos niños aprovechaban la luz roja del semáforo para acercarse a los vehículos detenidos y limpiar parabrisas sin el consentimiento de nadie. 

Unos hombres viejos divisaban el espectáculo, sentados en la acera. 
Parecían albañiles, y se pasaban una enorme botella de Coca Cola y compartían un guisado y tortillas. 

Una señora con rebozo y con largas trenzas que caían hasta el suelo, estaba tendida en la acera a unos metros de los albañiles. Cargaba a un bebé y mantenía estirada la mano en busca de limosna. 


Pensé que todas esas personas trabajaban, a su modo –que se ganaban la vida como podían–, mientras yo iba a gastarme unos pesos en una bebida que no necesitaba. 

Se me hizo un nudo en la garganta y sentí náuseas. 

Necesito un empleo, pero no quiero ganarme la vida. 

Salí del Vips sin haber ordenado nada. 
El muchacho de la entrada, me echó una mirada reprobatoria. 

(Falló: ni siquiera ordené un café.) 

Caminé hacia Bolívar y avancé sobre esa calle hasta Francisco I Madero. 

Entré en la tienda de discos a gastar mis últimos ahorros en un álbum de Dresden Dolls que realmente no necesito.