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sábado, octubre 26, 2024

más o menos bien


Sonaba “Más o menos bien” y yo estaba ídem, con varios litros de Jim Beam recorriendo mi torrente sanguíneo y estallando esporádicamente en mi sistema nervioso central, a punto de que todo, incluyendo sentirme una malísima copia de José Agustín, me valiera madre, pero el remordimiento era más fuerte que ese estado de semi inconsciencia. 

Había hecho enojar a Lizzie otra vez. 

La música y las luces de El Pata Negra me embotaron, me dio un ataque de tos, me faltó el aire, y me transportaron a un malviaje, como el de aquella noche en casa de Tomás, cuando habíamos fumado una hidropónica muy potente y Lizzie y yo nos quedamos en silencio, en medio de la sala, mientras Tomás y sus amigos escuchaban alguna triste canción de José José y yo sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad, y quería vomitar y evitaba precipitarme en el abismo de ese pensamiento que merodeaba mi mente –«¡Te sientes mal, y te sentirás peor!»– y que me llevaría a hiperventilar y a tener una crisis de ansiedad. 

De pronto, el público –unos cuarenta o cincuenta individuos–, corearon la canción y movieron las manos en lo alto, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y establecieron un vínculo fabuloso con la banda, formaron una fabulosa comunión con la banda, y las reminisciencias de aquel malviaje en casa de Tomás se esfumaron, la gente dejó de ser un espejismo, la música y las luces me despertaron y me devolvieron a la realidad.
 
A lo mejor todos 
(excepto Lizzie, quien, desde entonces, era la única que se mantenía sobria siempre), ya estábamos más o menos ebrios, el evento era patrocinado por Jim Beam y los tragos eran gratis, y, tal vez, una groupie de Nos Llamamos me había puesto un brazo alrededor del cuello y el contacto con la tibia piel de otro ser humano me hizo volver a la realidad y reparar en que no estaba soñando, en que no estaba a punto de hiperventilar en casa de Tomás, sino en que la groupie y yo estábamos de pie, a menos de un metro del escenario, y que todo eso –la música, las luces, la gente, la comunión entre el público y la banda, los tragos de whisky bourbon que explotaban en mi cerebro– habría podido convertirse en un recuerdo memorable, excepto que no podía apartar mis pensamientos de Lizzie, de lo que ella significaba para mí, de que siempre la hacía enojar con tonterías, de que era tan idiota que nunca podía quedarme con la boca cerrada, de que era tan idiota que no podía darme cuenta de lo fabulosa que era conmigo.

Bajé la mirada, carraspeé, me quité el brazo de la groupie de encima, ya no era un contacto reconfortante sino una invasión a mi espacio, y escuché en mi mente:

«¡Todas las canciones las canta igual!»

Eso era lo que Lizzie me decía cuando ponía por tercera o cuarta ocasión consecutiva La Dinastía Scorpio cualquier fin de semana, en el reproductor de discos compactos. Estaba obsesionado con ese álbum. Casi tanto como me había obsesionado Hasta Ahora Todo Va Bien, el álbum debut de esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que había tocado varias veces con Nos Llamamos. Lizzie y yo vivíamos en un pequeño departamento en Xola y casi todos los fines de semana escuchaba La Dinastía Scorpio, y Lizzie, con toda razón, ya estaba harta. No le gustaba el cantante, decía que todo lo cantaba igual, y yo discutía con ella –a lo mejor en esos momentos ya me había tomado varios whiskies baratos–, y no aceptaba que ése era su punto de vista. 

La Dinastía Scorpio era el álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado que traía “Más o menos bien” –esa canción que estaban tocando en vivo, en la realidad de ese estado semi inconsciente que me arrastraba como una ola salvaje hacia afuera, hacia donde transcurría esa fabulosa comunión entre la banda y el público, y luego hacia adentro de mí mismo, como si me tragara el océano, hacia donde no había nada más que una oscura luminosidad de malos viajes con otros agentes químicos–, y no era plenamente consciente de que estaba escuchando a esa banda argentina en un foro pequeño, ni que tenía a esa banda argentina a menos de un metro de distancia, entre un montón de manos que se movían en lo alto, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, y que a veces parecían un espejismo, conforme varios mililitros de Jim Beam iban estallando en mi sistema nervioso central y me sentía una malísima copia de José Agustín y al mismo tiempo me valía madre porque me encontraba en un estado de semi inconsciencia.

Suspiré y luego dejé escapar un poco de aire por la boca. 

Una especie de claridad, una ráfaga de aire caliente, subió desde mis entrañas hasta mi cabeza, y me sentí miserable, y me pregunté cuándo había comprado ese álbum –¿acaso lo había comprado en otro concierto?, ¿acaso Él Mató A Un Policía Motorizado había tocado otras veces con Nos Llamamos?, ¿acaso me había obsesionado con ese álbum como me había obsesionado con Hasta Ahora Todo Va Bien, de Los Silencios Incómodos, esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que me encantaba y que también había tocado varias veces con Nos Llamamos?–, y también me pregunté cosas más importantes: ¿por qué no podía dejar de ser un idiota...?, ¿cuánto tiempo más me soportaría Lizzie...? 

Ella y yo apenas íbamos a cumplir tres años viviendo juntos y yo ya ostentaba el récord de provocar discusiones sin sentido y ella siempre era más lista que yo y me ignoraba, pero esa noche había sido la excepción –quizá ya la había hartado con mis recurrentes arranques de ira y de infantilismo, quizá esa noche en verdad estaba furiosa, quizá esa noche era el fin de los tiempos–, y, entre todas esas manos que comulgaban con la banda argentina de noise rock, por primera vez desde que escuchaba incansablemente La Dinastía Scorpio, me dio la impresión de que el cantante, tal y como me lo había dicho Lizzie en innumerables ocasiones, cantaba todo igual, todo lo cantaba en el mismo tono. 

Busqué a Lizzie con la mirada y la vi platicar a muchos metros de distancia, estaba con un amigo suyo, creo que nos había presentado antes de que empezaran a tocar Nos Llamamos, y tuve un insight: nunca vas a cambiar, necesitas ayuda profesional, tienes un problema con tu control de ira.

No pensaba realmente en esa película en la que actúa Jack Nicholson, pero ésa era la idea.

Aún no demolían El Plaza Condesa, Lizzie y yo íbamos a cumplir tres años en ese pequeño departamento en Xola que era como un congelador –apenas le daba el sol–, Kilitos de Amor era un gato bebé, yo acababa de publicar otro paper como primer autor, el último semestre del doctorado se estaba convirtiendo en un infierno, mi tutor y yo nos llevábamos del carajo, todos los días me sentía mal, todos los días quería mandar a volar todo, todos los días me sentía insignificante, los síntomas de esa espantosa enfermedad que me llevaría al quirófano años más tarde aún no emergían a la superficie, y esa noche ya habían tocado Nos Llamamos y El Mató A Un Policía Motorizado tenía diez o quince minutos en el escenario de El Pata Negra. 

Ya pasaron casi diez años desde entonces, algunas cosas siguen igual y otras han mejorado y otras han empeorado, Kilitos de Amor ya es un senior cat y vino a llamar mi atención mientras escribía todo esto y se subió al escritorio y luego me pasó una de sus patitas sobre el rostro y le acaricié la cabeza y las orejas y él ronroneó y se quedó unos minutos como estatua y después se fue, y van a dar las siete de la mañana y es sábado y Lizzie no está enojada conmigo.

domingo, julio 17, 2022

Las nubes son un algodón deshilachado

El domingo se dispersa. El viento sopla fuertemente. Las nubes rompen filas. La forma que han adoptado en el cielo parece un diente de león al que alguien le ha soplado, después de haberlo arrancado de la tierra para pasar el rato o para demostrarle su amor a un amor mal correspondido. 

El domingo se quebranta con los bramidos del motor del automóvil que pasa a lo lejos, por donde está el cementerio o por donde está el campo de futbol 7 o por donde está la iglesia o por donde está la tienda de abarrotes o por donde está la coladera con un enorme agujero que da al desagüe, mientras hago una pausa para llevarme otra vez el tarro de cerveza a la boca. 

Son las dos de la tarde. Hace sol. El sol carbura mi piel. Mi alma es el motor de un 747 que vuela a Honolulú. Estoy en la terraza de esta (enorme) casa que rentamos desde diciembre. 

Salí a correr otra vez, después de tener inflamado el tobillo, después de haber estado dos semanas en reposo, después de haber esquivado a un Pug en el jardín de perros del fraccionamiento en el que vivo, después de haberme vendado el pie y de haberme puesto gel de diclofenaco y después de haber soportado estoicamente el dolor. Siempre he sido así, y eso me ha costado que la gente crea que todo me parece bien y que todo me da igual y que nunca me duele nada; ni siquiera haber terminado en el quirófano (a lo mejor por eso preferí la cirugía con “la herida de guerra”, en lugar de la cirugía con laparoscopía).

Al correr, como cada domingo, volví a toparme con mi vecino amable. Como ocurre siempre que nos encontramos, nos saludamos. Hay otras personas que nunca saludan. Como casi cada domingo, él lavaba su auto y la camioneta de su esposa, con una manguera y con una aspiradora. 

También me topé con los vigilantes y los saludé, y me concentré en la música que escuchaba a través de los audífonos cuando llegué a los dos kilómetros recorridos, y en ese momento me topé con otros vecinos que salían del fraccionamiento en su automóvil y también los saludé, y cuando llegué a los tres kilómetros me detuve y me topé con otros vecinos que también salían del fraccionamiento en su automóvil, pero no los saludé porque son el tipo de vecinos que nunca devuelven el saludo.

Bajo los rayos del sol y con algunos mililitros del alcohol en la sangre, tostándome y perdiendo el juicio, he leído a Hunter S. Thompson, he leído a Mark Lanegan y he leído a Carlos Velázquez. (Siempre leo a varios autores al mismo tiempo; es un consejo que leí de Roberto Bolaño hace muchos años, cuando leí Los detectives salvajes, cuando una amiga que conocí en un taller de creación literaria, me dijo que él era como el Kurt Cobain de la literatura y despertó mi curiosidad.) He pasado de un avión con rumbo a Hawai, con un pasajero con un brazo azul, a un hombre atormentado por su pasado e infectado por el Covid-19 en un hospital lleno de ancianos, y he acabado en un restaurante de la Ciudad de México y en la Arena Monterrey, con un fanático de Roger Waters.

Me he bebido casi dos litros de Victoria. No es mi cerveza favorita, sino la que hay disponible. Disfruto la sensación de aturdimiento que me provoca el alcohol. Detecto sus efectos: cómo va haciendo pedazos a mi cerebro, cómo va quitándome los prejuicios y la necesidad de analizar excesivamente todo lo que quiero escribir, y cómo pone a trabajar a mi enzima alcohol deshidrogenasa. 

Miro otra vez hacia el cielo. Aunque traigo lentes de sol y aunque me he puesto bloqueador, veo cómo las nubes rompen filas otra vez (y cómo parecen un diente de león en el aire), y siento cómo los rayos del sol chamuscan mi piel y mi mente alterada por el alcohol.  

Las nubes rompen filas. Mis ojos enceguecidos por los rayos del sol reproducen fosfenos en mi corteza occipital. Los fosfenos saltan como argamasa multicolor en mis retinas. Cierro los párpados, y una luz rojiza inunda mi campo visual reducido. No sé por qué, pero recuerdo a Superman y su vista de rayos X. No sé por qué, pero me recuerdo leyendo un cómic de Superman en mi recámara, un domingo cualquiera de 1980 y tantos, mientras mi papá lee el periódico en la sala del pequeño departamento en el que vivimos y mientras mi mamá le da de comer al pequeño pez Betta Splendens que tenemos en una pecera encima del refrigerador. 

No sé por qué, pero me recuerdo en el asiento trasero del VW de mi papá, en la época en la que era de color plateado, escuchando “Material Girl”, mientras circulamos por Fray Servando y Teresa de Mier y vamos a un Burger Boy, y mientras miro fijamente el sol durante algunos segundos y luego cierro los párpados y veo fosfenos, exactamente como ahora.

Pergeño estas palabras, y el domingo se dispersa. Escucho el tiroteo de los cohetes de las fiestas de San Mateo Atenco. El sol se esconde detrás de mi niebla mental etílica. Los motores de los automóviles refunfuñan. Escucho el aleteo de las palomas que huyen de las azoteas mientras un sujeto vino a cargar gas a alguna casa. Una mosca flota en mi campo visual, como si danzara al ritmo del repiqueteo de las campanas de las iglesias. La atmósfera tiene el olor de una droga invisible que altera los sentidos.

El domingo está muriendo. 

viernes, agosto 30, 2013

Juro que yo no era así antes de conocerte


"¿Por qué ya no me besas, como antes?", me pregunta con su voz de borracha. Tiene hipo. Con el rabillo del ojo, veo que ni siquiera es capaz de hacer algo tan sencillo como llevarse una mano a la boca. 

Encojo los hombros y volteo a mirarla por un breve instante. Aprisiono el volante con las dos manos y aprieto la mandíbula. La fuerza me hace sentir un ligero dolor en las muelas. 

Es de madrugada y no hay vehículos a la vista, pero temo que justo en ese breve instante aparezca un loco a toda prisa y se estrelle contra nosotros. Hace un par de noches, ocurrió un accidente cerca del lugar donde estamos. El automóvil iba a toda velocidad y se estrelló contra un muro de contención. Quedó deshecho. Ningún tripulante sobrevivió.


Ella me sonríe desde el asiento del copiloto -hace una mueca idiota- y sus ojos alcoholizados parecen cansados y vehementes a la vez. Tiene un cigarrillo en los labios y lo enciende. 

"Ten cuidado con la ceniza", le advierto. 

Mientras el semáforo pasa del rojo al verde, recuerdo como logré hacerme del Sedán. Es de color azul marino, modelo '83, idéntico al primer automóvil que le recuerdo a mi papá. Mi mamá me ha dicho cientos de veces que antes de ese Sedán, mi papá tuvo un Caribe y que me gustaba subir a dar la vuelta en él cuando era un bebé -supuestamente era la única cosa que podían hacer para que yo dejara de llorar-, pero no lo recuerdo en absoluto.


Este Sedán se lo compré a un apostador con todos mis ahorros -quería viajar a Seattle y hacer un tour por todos los sitios emblemáticos donde tocó Nirvana, como el Paramount Theatre, el Crocodile Cafe y el Pier 48- y fue una baratija. 

El hombre estaba desesperado y necesitaba urgentemente dinero para pagar sus deudas. 


Según él, había apostado todo su patrimonio a que la selección sub-17 perdería la final del mundial en Lima. Estaba seguro que Brasil aplastaría a México en el Estadio Nacional. Le gustaba mucho el futbol y había estado en El Estadio Universitario, en los cuartos de final de México '86, cuando la selección perdió en penales contra Alemania. También en New Jersey, cuando la selección perdió en penales contra Bulgaria, en los octavos de final de Estados Unidos '94. Y en Jeonju, en la decadente derrota contra Estados Unidos, en los octavos de final de Corea-Japón 2002. 

Cuando le di el dinero, me dijo que desde entonces le había perdido fe a las selecciones nacionales, porque siempre perdían los partidos decisivos. Era de lo más natural que pensara que la selección perdería esa final.  


No he cumplido más de dos semanas con el automóvil. 

Continúo conduciendo y ella le da una larga chupada al cigarrillo y me echa el humo en la cara. El olor me provoca náuseas. Las náuseas me recuerdan la primera vez que vi a Nancy.

Salíamos de una cantina en El Centro Histórico. Ella iba con las amigas de uno de mis hermanos, y me atrajo en cuanto la vi. Lo que más llamó mi atención fue su rostro. Tenía un increíble parecido con el rostro de PJ Harvey. 


Nos Llamamos tocó esa noche y ella bebió más de la cuenta y vomitó enfrente de mí. Todos se quejaron, pero yo me ofrecí a llevarla en taxi hasta su casa -vivía en Los Reyes, La Paz- y ella aceptó. 

El recorrido a su casa fue largo. Sentí lástima por ella, pero ella sólo apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó dormida. Yo sospechaba que esa noche sólo se le habían pasado las copas y que no sabía beber. Estaba muy equivocado. 


Cuando llegamos a su casa, me dio las gracias y me besó en la mejilla. Sus labios estaban fríos y olían a jugos gástricos. Fue un poco espeluznante, pero me gustó. 

Antes de que yo le dijera algo, abrió la puerta de su casa y se metió trastabillando.

De vuelta a mi casa, me tocó un taxista que escuchaba Rid Of Me y no pude dejar de pensar que todo ese asunto era una especie de señal. Jamás imaginé que en menos de un mes, Nancy y yo comenzaríamos a salir.

El vodka es su bebida favorita y vomita a menudo. La he visto cientos de veces vomitar y le he sujetado cientos de veces el cabello mientras vomita, para evitar que se ensucie. 


Vomitar para ella es parte de la experiencia de embriagarse y yo me estoy convirtiendo en un emetofóbico. Juro que no era así antes de conocerla. 

"No me siento muy bien", dice. Su rostro se puso lívido de un momento a otro.

Abruptamente arroja el cigarrillo por la ventanilla y entonces sé qué va a ocurrir.

Antes de que logre orillarme para estacionar el Sedán, el tapete del asiento del copiloto ya está lleno de jugos gástricos. 

"No es agradable besar a alguien que acaba de vomitar", le respondo.

Tengo unas intensas arcadas y vuelvo a encender el motor del Sedán.

jueves, julio 19, 2012

Cosas que se aprenden



Alfonso bebía, sentado cómodamente en la acera. "Está un poco caliente", murmuró, y me pasó la botella. Entonces le di un trago y me percaté no sólo de que la cerveza estaba caliente sino de que sabía muy amarga. Elías notó mi reacción. "¿Esperabas que supiera dulcecita?", se burló. Él era más grande que nosotros. Supuestamente sólo tenía 21 años, pero se veía mucho mayor para alguien que estudiaba la preparatoria.

"¡Dame eso!", exclamó, y me arrebató la botella. Le dio un largo sorbo y, al terminar, eructó placenteramente. "Eres todo un experto", le dijo Alfonso. 

Mientras algunas personas pasaban a nuestro alrededor, yo buscaba a Tania, la profesora de Geografía que nos había llevado al Tepozteco. Estábamos en una excursión que Tania hacía una vez al año con todos los grupos de sexto a los que impartía clases. Yo estaba un poco asustado ante la idea de que ella nos descubriera y nos acusara con nuestros padres.



"Si quieren sentir pronto los efectos, será mejor que beban deprisa", nos aconsejó Elías. Entonces Alfonso tomó la botella y le dio una largo sorbo. Después yo hice lo mismo, y me sorprendió el hecho de que la cerveza no me supiera tan mal como la primera vez. 

"¿Verdad que está rica?", me preguntó Elías. Alcé los hombros, y le pasé la botella.
Así estuvimos durante casi 10 minutos, pasándonos la botella y bebiendo, hasta que nos acabamos casi dos litros de cerveza entre los tres.

El viento soplaba agradablemente. Hacía calor. Alfonso quiso ponerse de pie y no pudo. Después, comenzó a hablar. Arrastraba las palabras, de manera muy cómica. Me causó mucha risa y quise burlarme de él, pero guardé silencio en cuanto quise articular una oración y noté que yo también arrastraba las palabras. Elías se carcajeó. "Ya se les subió, muchachos... ¿Nos echamos otra, o qué?", preguntó. Él se veía impecable.


Me sentía tan mareado que dije que no, y Elías contestó que estaba bien. Alfonso sí quiso continuar bebiendo. Entonces los dos volvieron a meterse a la tiendita, y me quedé sentado en la acera. Comencé a sentirme un poco ansioso, temiendo que Tania apareciera de repente. Tuve el presentimiento de que ella notaría pronto que no estábamos en el grupo. 
Alfonso y Elías tardaban demasiado. "Esto va a acabar mal", pensaba en mi ebriedad y comencé a asociar ideas que no tenían relación entre sí. Entonces me acordé de un cuento que había leído hacía no mucho tiempo. El cuento se trataba de tres adolescentes que pretendían hacerse pasar por rebeldes, al estilo de James Dean. Se titulaba Greasy Lake y el autor era T. Coraghessan Boyle.

Poco tiempo después, Alfonso y Elías regresaron con otra cerveza y se sentaron a mi lado. Bebieron rápidamente, y volvieron a ofrecerme cerveza. Acepté y le di dos tragos a la botella. Después, con los ojos vidriosos y arrastrando las palabras, Elías tuvo una ocurrencia. ¿Por qué no nos vamos sin pagar? 


Me pareció muy mala su idea, pero eso hicimos. Nadie nos descubrió, y yo sigo bebiendo gratis cada vez que puedo.  

miércoles, agosto 24, 2011

Tienes que dejar de escuchar música punk






Apenas eran las cuatro de la tarde, pero ya había hecho todas las cosas que me gustaba hacer cuando ella no estaba en casa. Afuera llovía y la música sonaba a todo volumen en el departamento. Comencé a escuchar un zumbido. Aunque me sentía fatigado y tenía mucho sueño, encendí un cigarrillo y me senté junto a la ventana. Sentí náuseas.

A través de la ventana, vi a algunos carros patinar en el asfalto y a algunas personas que corrían para refugiarse de la lluvia. La música continuaba sonando muy fuerte en el departamento. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y me puse sombrío. 

"He escuchado demasiada música punk", pensé. Apagué el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas y fui a orinar, tambaleándome. Era mi último día de vacaciones y no había comido nada, pero ya me había bebido casi cuatro litros de alcohol. 

Al volver a la sala, encendí otro cigarrillo. Después me asomé por la ventana de nuevo. La lluvia había amainado. Abrí la ventana, y tomé aire. Me sentí estúpidamente ebrio, apagué la música de inmediato y corrí al baño. El zumbido no cesaba en mis oídos. 

Me arrodillé junto al water y sentí en la garganta una ráfaga caliente de ácidos gástricos. Procuré vomitar, pero no pude. 

Ella llegó a la casa justo cuando yo empezaba a hiperventilar. 

lunes, julio 11, 2011

Albert Einstein tenía un cerebro defectuoso


Había otros de pie junto a la puerta, conmigo. 
Casi todos ellos llevaban botellas de vodka, de tequila o de vino. 
Yo sólo llevaba un six de León. 

"¡Pasen, pasen! ¡Qué gusto que hayan venido!", dijo Gustavo, al abrirnos la puerta. 

Se veía ebrio y feliz. Tenía los ojos rojos y el rostro sonrosado. 

Era su cumpleaños veintitantos. 

Él estudiaba Física en el TEC, pero también escribía poesía. 
Nos habíamos conocido hacía unos meses en un taller de Creación Literaria en El Centro Cultural La Pirámide. 
Su poeta favorito era Xavier Villaurrutia. 

También tenía una fijación con Albert Einstein. 

En algunas ocasiones, sobre todo si estábamos ebrios, Gustavo me había hablado de la teoría de la relatividad y siempre lo había hecho con una pasión desbordante. 

Nos dimos un abrazo y le ofrecí el six. 

"Estás en tu casa... Sírvete lo que quieras...", me dijo apresuradamente, ya dentro de la casa, y se llevó las cervezas a la cocina. 


Iban a dar las seis de la tarde, pero, como Gustavo ya estaba borracho, pensé que seguramente ya estaba hablándole a otros acerca de la teoría de la relatividad. 

Tomé asiento en la sala, junto a una mujer que estaba sola. 

Me presenté. 


"Hola, me llamo Angélica", respondió y me dio un beso en la mejilla. 
Ella olía delicioso, a una mezcla de perfume caro y campos de lavanda. 
Era de aspecto caucásico y hablaba como estudiante de universidad privada. 

"¿Qué estás tomando?", le pregunté. 
Sólo bebía agua, así que me ofrecí a servirle otra cosa.

"Vodka estaría genial", me dijo. 

Me levanté del asiento y caminé hacia la cocina en busca de vodka. 

En la cocina, algunos amigos de Gustavo veían un partido de futbol por televisión. 
Jugaban Cruz Azul y Dorados en El Estadio Azul.  
Ellos estaban sentados alrededor de una pequeña mesa en la que había un montón de botellas, de vasos de plástico y de bolsas de papas. 

En esa clase de reuniones lo que menos importaba era la comida real. 

Tomé un par de vasos y una botella de Absolut y escancié el alcohol en los vasos.  


Regresé a la sala, volví a sentarme junto a Angélica y le alcancé uno de los vasos con vodka.
El otro me lo quedé yo. 

Ella me dio las gracias y empezamos a hablar de literatura. 

En un momento, ella recitó de memoria un poema de Georg Trakl.
Hablaba sobre mitología y desamor. 

Guardé silencio y Angélica me contó que ese poeta austriaco también había sido farmaceútico y que se había suicidado con una sobredosis de cocaína.

Mientras más bebía, se ponía más parlanchina y me parecía más atractiva. 

Le conté que el poeta expresionista que más me gustaba era Ernst Richard Maria Stadler y se interesó en escuchar por qué. 

Noté que estaba más ebrio de lo que había imaginado cuando intenté explicarle. 


En algún momento, nos quejábamos de Pablo Neruda y de Jaime Sabines y nos encontrábamos hablando de El Aleph y de Albert Einstein.

Angélica no me creyó que un grupo de investigadores había estudiado la anatomía del cerebro de Albert Einstein y que había descubierto que carecía del opérculo parietal. 

Iba a hablarle más al respecto, pero sorpresivamente me tomó una de las manos y me dijo que yo le gustaba. 

Tragué saliva y me quedé mudo. Mi corazón latía deprisa.

Estaba tan ebrio que me costó mucho trabajo sostenerle la mirada. 
Bajé la cabeza y entonces me di cuenta que Angélica traía puesta una blusa escotada.
Tuve que forzarme a cerrar los párpados para dejar de mirarle los pechos. 

Ella me apretó la mano y repitió lo que me había dicho y entonces abrí los párpados y sólo se me ocurrió decirle que era recíproco. 

Me sentí como un idiota por no haberle dicho simplemente que ella también me gustaba, en lugar de haber usado la palabra "recíproco", pero ella estaba tan ebria como yo y sólo sonrió. 


Acercó su rostro hacia el mío y murmuró

"Tal vez deberíamos besarnos"

y justo en ese momento tuve deseos de devolver el estómago.

Me levanté, inmediatamente. 
Había olvidado que el vodka siempre me caía muy mal. 

Llegué al baño, trastabillando y apoyándome en las paredes de la casa. 
Afortunadamente, el baño estaba desocupado. 
Muchas veces había pasado minutos terribles, esperando a que la gente saliera del baño de cualquier casa para que yo pudiera meterme y vomitar. 
Algunas veces me había sentido tan mal que incluso había tenido que meterme al baño sin esperar a que la gente lo desocupara. 

Cuando me repuse, volví a la sala y me senté en el mismo sitio de antes.

Eché un vistazo alrededor. 

La gente seguía llegando con botellas de alcohol a la casa. 
Los amigos de Gustavo continuaban en la cocina y gritaban. 
Aparentemente acababa de anotar un gol el "chelito" Delgado.
Gustavo hablaba sobre la teoría de la relatividad en el comedor.

("Einstein esto, Einstein lo otro", decía apasionadamente.)

No había rastro de Angélica. Simplemente había desaparecido. 

sábado, mayo 07, 2011

No quiero volverme a dormir




3: 45 a.m., un molesto ardor en el vientre me despierta y pienso que no está nada bien fumar y beber en exceso. Debería ignorarlo, pero el dolor no cesa. 
5: 50 a.m., mi gato comienza a maullar y se sube a la cama. Me suelta 2 ó 3 mordidas en las piernas. Debería ignorarlo, pero me levanto de la cama para alimentarlo. 
6: 20 a.m., miro el reloj otra vez, pero esta vez no puedo moverme. Todo se vuelve terrorífico alrededor. Cuando recupero el tono muscular, pienso que quizá debería escribir. Me quedo en la cama. 
* * * * *
Una especie de vaho de color rojo giraba lentamente junto a la cama. Brillaba en la penumbra como los ojos de un búho. El vaho luminoso se parecía a una esfera, pero cuando tocaba una de mis manos, se convertía en un artefacto. Aunque yo sabía que estaba soñando, me inquietaba el hecho de que el vaho se convirtiera en algo sólido.
El artefacto se transformó en una cara horrible, llena de agujeros enormes y de bocas desdentadas inmensas. La cara iba a decirme algo, así que decidí voltearme hacia el otro lado de la cama, y logré despertar.
* * * * *
8: 41 a.m., el sol atraviesa la ventana y enciendo un cigarrillo. Está terriblemente mal fumar en ayunas, pero no puedo resistirme. Además, no quiero volverme a dormir.

miércoles, abril 20, 2011

El kharma de las ratas me perseguirá toda la vida



El edificio en el que vivíamos tenía un estacionamiento en el que cabían seis automóviles.

El estacionamiento estaba vacío desde temprano y se iba llenando cuando los inquilinos comenzaban a volver de sus trabajos -a las 6 ó 7 de la tarde-, y mi hermano y yo aprovechábamos para jugar futbol allí. 

Nunca nos había llamado la atención el futbol, pero ese verano la profesora de Educación Física había organizado un torneo de futbol en la primaria -había fiebre por el futbol debido a La Copa del Mundo de Italia '90- y empezamos a practicarlo. 

Teníamos unos guantes de portero, y nos turnábamos para tirar o detener los tiros. 

En el estacionamiento, cerca de la portería, había una coladera.

La coladera era rectangular -casi del tamaño de un portafolios- y tenía una tapa con rejas horizontales, y las rejas estaban tan separadas que cabían nuestras manos. 

Cuando oscurecía, algunas ratas se asomaban por allí. 


Un día, después de la escuela, pasaban por televisión el partido de semifinales entre las selecciones de Italia y de Argentina. La selección italiana era favorita para ganar el mundial y los argentinos confiaban en alguna genialidad de Maradona para llegar a la final. 

El partido se disputaba en el estadio San Paolo, en Nápoles. 

Los tifossi del Nápoles adoraban a Maradona porque él jugaba para ese equipo y lo había llevado a ganar dos Scudettos, una Copa Italiana, una Supercopa y una Copa UEFA, pero apoyaron a la selección italiana y abuchearon el himno argentino y a Maradona cada vez que tocó el balón. 

Los argentinos derrotaron en penalties a los anfitriones.

Cuando acabó el partido, mi hermano y yo bajamos a jugar futbol al estacionamiento. 

Casi llegando al estacionamiento, los guantes de portero se cayeron en la coladera.

Cuando quisimos sacarlos de allí, apareció una rata. 


El animal se apoyó en sus patas traseras y sacó la cabeza a la superficie. 
Su cuerpo apenas podía distinguirse en la penumbra y su larga cola se perdía en la oscuridad, pero sus ojos brillaban horriblemente.

La rata se llevó las patas delanteras a la nariz, y las olfateó. 

Nos miró con sus horribles ojos rojos. 
Chilló y huyó. 

Nos quedamos paralizados, y dejamos los guantes en la coladera.

Subimos corriendo al departamento.  

Durante varias noches no pude sacarme de la cabeza la imagen de la rata, erguida en sus patas traseras y olfateándose las patas delanteras, mientras chillaba. 

Por esa época, mi papá compró un terreno para construir una casa. 

El terreno prácticamente era un basurero y estaba infestado de ratas. 


Nunca vi a ninguna rata, pero mi papá nos contó que había ratas gigantescas -casi del tamaño de un conejo-, difíciles de atrapar y de matar.

Alguna vez nos mostró un enorme esqueleto de rata que había encontrado un albañil en el terreno.



Teníamos casi un año viviendo en esa casa, cuando vimos morir a una rata. 

Había una plaga en el vecindario. 

Mis papás tenían trampas para ratas y colocaban veneno por los rincones de la casa. 
Teníamos prohibido dejar las puertas o las ventanas abiertas durante la noche, o cuando salíamos de la casa.

Una mañana de sábado, mi hermano y yo veíamos televisión, sentados en la sala, mientras 
mis papás estaban fuera. 

Tal vez veíamos los Caballeros del Zodiaco. 

A él le gustaban, pero a mí me aburrían terriblemente. 

De repente escuchamos un chillido.

Nos quedamos paralizados. 

Jamás había temido a una rata por las enfermedades que pudiera transmitir, sino más bien por su aspecto, pero en ese momento pensé muchas cosas. 

Tal vez la rata se encontraba a unos centímetros de nosotros y se arrastraría hasta dónde estábamos y comenzaría a subirse por nuestras piernas.

Tal vez nos mordería y nos transmitiría alguna enfermedad incurable.


Hice un enorme esfuerzo para levantarme de mi asiento, y caminé en busca del animal.

Avancé sigilosamente por la sala, acercándome al sitio del que provenía el chillido.

Llegué a la cocina. 


Presentí a la rata con el rabillo del ojo, tomé una escoba -más para defenderme que para atacarla- y me acerqué a ella. 

El chillido que emitía era espeluznante. 

El animal estaba erguido en sus patas traseras y se tallaba la nariz con sus patas delanteras, pero estaba agonizando.

A veces dejaba de tallarse la nariz y me miraba.
Se veía que la estaba pasando muy mal. 

No me atreví a matarla de un escobazo. 


Llamé por teléfono a mi abuelo para pedirle ayuda, y él llegó a la casa a los pocos minutos y la mató a escobazos. 



A diferencia de entonces, ahora sólo juego futbol los sábados, pero he visto todas las Copas del Mundo desde Italia '90.

Todavía me duele recordar cómo los argentinos derrotaron fácilmente a la selección mexicana de futbol en Johannesburgo, en un partido de octavos de final del mundial de Sudáfrica, hace casi un año.

Tengo muchos años trabajando con roedores y jamás he tenido problemas para manipularlos, pero sigo teniéndole miedo a las ratas callejeras. 

Anoche tuve que sacrificar a algunas ratas en el laboratorio. 
Es la única parte que no me gusta de mi trabajo. 

Mientras lo hacía, pensaba por qué no he dejado de tenerle pavor a las ratas callejeras. 
Me basta ver a un roedor correr por la calle, para que se me crispen los nervios. 


Sólo una vez me ha mordido una rata de laboratorio. 

Un compañero estaba de congreso en Estados Unidos y me encargó pesar a sus animales experimentales, pero no se le ocurrió advertirme que tenían dos semanas sin comer. 

La mordida fue sorpresiva y muy dolorosa. 


Sangré profusamente, pero, a pesar de eso, no me causó ningún conflicto seguir trabajando con ratas de laboratorio. 

Si ahora mismo viera cruzar la estancia a una rata de la calle, saltaría de mi asiento.