Mostrando las entradas con la etiqueta The Doors. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta The Doors. Mostrar todas las entradas

viernes, diciembre 08, 2023

People Are Strange


En la penumbra de la sala, mientras el personaje interpretado por Kiefer Sutherland se transformaba en vampiro –se le alargaban los colmillos, sus ojos adoptaban un aspecto salvaje y él sonreía de un modo macabro, exhibiendo sus colmillos– y se preparaba para que él y The Lost Boys saciaran su sed de sangre en Santa Clara, California, distinguí un póster que colgaba de una de las paredes de la cueva. 

En ese póster, posabas con el torso desnudo y con los brazos extendidos. Tu larga cabellera rizada caía por tu frente, cubriéndote las orejas, y casi te llegaba a los hombros. Tus ojos marrones miraban fijamente a la cámara y te hacían ver como un paria que desafiaba al mundo entero, a través de la lente que capturaría esa imagen para la posteridad. 

Tuve la sensación de que una corriente eléctrica se precipitaba desde el fondo de mis entrañas hasta mi columna vertebral y luego hasta el cerebro y hasta el cuero cabelludo. En unos milisegundos.

El primer pensamiento que tuve fue que eras un Jesucristo moderno en la cruz, y que estabas dispuesto a morir para salvarnos a todos los pecadores del mundo terrenal. Tenía alrededor de ocho años y no tenía ni voz ni voto, y en la casa me habían obligado a asistir al catecismo y todo ese rollo de Dios y de la compasión y del sufrimiento de Jesucristo, me aturdían.  

La escena del póster en la cueva apenas duró unos cuantos segundos, pero bastaron para que no pudiera apartarte de mi mente –¿quién eras?, ¿por qué había un póster en el que posabas con el torso desnudo, en esa cueva?, ¿cuál era tu relación con la rebeldía y con el salvajismo de The Lost Boys...?–, y para que, en un abrir y cerrar de ojos, colapsaras mi pequeño mundo, en el que todo giraba alrededor de algunos libros para niños, de algunos juguetes de moda y de algunas caricaturas de moda. Bastaron esos cuantos segundos para que el enigma de tu existencia comenzara a perseguirme. 

La película transcurrió, la trama se hizo un poco burda –no quedó exenta de los clichés del vampirismo y de los héroes de Hollywood–, pero, durante los créditos, mientras mi mente infantil digería esa fascinante posibilidad de la juventud eterna, una canción irrumpió en los créditos y completó la impresión que me había provocado la escena del póster. 

Comenzaba con una breve figura de la guitarra eléctrica y luego tu voz entraba en la canción. Y parecía la canción ideal para cerrar la película y para que tu identidad me intrigara aún más. La música, tu voz y la letra de la canción se combinaban de un modo bello y macabro a la vez, como el mensaje de la película. Cantabas, grave y melancólicamente, como si le hubieras dado mil vueltas al mundo y supieras todo sobre el mundo y sus habitantes, que la gente es extraña y que los rostros salen de la lluvia y que son feos cuando uno está solo.  

Semanas más tarde supe que te llamabas Jim Morrison, que habías sido el cantante de The Doors y que habías muerto en condiciones extrañas cuando tenías 27 años. 

Hoy habrías celebrado tu cumpleaños ochenta.

sábado, julio 03, 2021

El rey lagarto


En la penumbra, mientras el personaje interpretado por Kiefer Sutherland se transformaba y lideraba a su pandilla, logré distinguir un póster que colgaba de una de las paredes de la cueva. Posabas con el torso desnudo y con los brazos estirados; tu larga cabellera rizada caía por tu frente, cubriéndote las orejas, y casi te llegaba a los hombros; tus ojos marrones miraban fijamente a la cámara y te hacían ver como un paria que desafiaba al mundo entero a través de la lente que capturaría esa imagen para la posteridad. Tuve la sensación de que una corriente eléctrica se precipitaba desde el fondo de mis órganos vitales, hasta recorrer mi columna vertebral y mi cuero cabelludo, y no pude evitar asociar la fotografía con un Jesucristo moderno en la cruz, dispuesto a morir para salvar a los pecadores del mundo terrenal. 

La escena apenas duró unos cuantos segundos, pero bastó para impresionarme significativamente, para que colapsaras mi pequeño mundo de juguetes y de caricaturas y de libros para niños, y para que el enigma de tu existencia comenzara a perseguirme. 

Al final de la película, durante los créditos, mientras mi mente infantil digería la trama, seducida ante la posibilidad de la juventud eterna, una canción completó la impresión que había provocado la escena del póster. La música y las letras de la canción se combinaban de un modo que resultaba bello y macabro a la vez, como el mensaje de la película. Había una voz varonil y grave que decía con una entonación melancólica que la gente es extraña y que los rostros salen de la lluvia y que son feos cuando uno está solo.  

Mi papá me dijo que te llamabas Jim Morrison y que habías sido el cantante de The Doors. 

Hoy se cumplen cincuenta años de tu muerte.

domingo, abril 19, 2020

Strange Days



Mientras intento ignorar los monótonos beats del reggaetón que proviene de alguna casa del fraccionamiento y me levanto de la silla para estirar las piernas un poco, pienso que en estas semanas de cuarentena he trabajado más de diez horas al día y que, sin embargo, no me siento nada productivo. 

Me levanto de la cama cuando para mi cerebro siguen siendo las cinco de la mañana y cuando me doy cuenta el reloj de la computadora ya marca las diez de la noche y yo continúo trabajando. 

Los días y las semanas se van rápidamente y no puedo terminar nada de lo que debo terminar. 

Culpo al horario de verano, pero va más allá de eso. 

Me vuelvo a sentar frente al escritorio e intento regresar al artículo que estaba leyendo. 

Apenas leo un párrafo y recuerdo por qué lo abandoné. 

Los autores usan tantas abreviaturas en el texto que no puedo dejar de pensar que el propósito de esta clase de artículos parece ser que uno olvide cuál es el objetivo del estudio y cuáles son los hallazgos principales.         
                          
Estoy en estas conclusiones cuando, por enésima ocasión en la semana, suena la alarma del automóvil de uno de los vecinos. La alarma no tiene horario: puede sonar a las tres de la mañana, puede sonar a la hora del noticiero de Ciro Gómez Leyva, puede sonar a las cuatro de la tarde, puede sonar a la hora del desayuno, puede sonar a la hora en la que Hugo López-Gatell da por concluida la conferencia de prensa... 

Es un misterio por qué suena la alarma. A lo mejor basta que alguien pase cerca del automóvil para que la alarma se active.

A veces creo que el vecino la activa accidentalmente cuando abre la puerta de su auto, pero esto ocurre con tanta frecuencia que tal vez no sea así. (Puedo estar equivocado, pero no creo que se requieran varios meses de arduo entrenamiento para aprender a no activar una alarma por accidente.) 

Otras veces creo que el vecino simplemente lo hace a propósito para que todos los demás inquilinos sepamos que él tiene un automóvil. 



Esto último no es un disparate. 

Prácticamente toda la gente que vive en el fraccionamiento tiene automóvil. A juzgar por la clase de mensajes que comparten en los chats de Whatsapp y por lo que hacen cotidianamente los domingos, tienen una extraña fascinación por los automóviles.  

Hace un mes y medio, cuando el COVID-19 sólo le importaba a los chinos, un domingo salí a caminar por el fraccionamiento y me encontré a algunos vecinos que lavaban sus automóviles. (Lo hacían con tanta alegría que incluso parecía un festival.) 

Me llamó la atención lo que hacía uno de ellos. Había dos automóviles –un BMW y un Beetle– estacionados frente a su casa. Mientras lavaba uno de los autos con cubetas y cubetas de agua, en el otro tenía las puertas y las ventanas abiertas y el estéreo encendido con los Chemical Brothers a todo volumen. 

Ya sospechaba que era medio infantil y que le gustaba alardear, así que su comportamiento no me sorprendió. 

Lo he visto recorrer distancias menores a cien metros dentro del mismo fraccionamiento (cuando va alguna tienda, por ejemplo) en su Beetle. También lo he visto andar en una escandalosa motocicleta a toda velocidad dando vueltas, como si las calles fueran una pista de carreras.

Total que, además de que no le gusta caminar, parece que sus vehículos son muy importantes para él y que le gusta llamar la atención.

Otro vecino tiene una camioneta, una motocicleta y tres Pugs. Parece que se dedica a la venta de automóviles. Me lo he encontrado en el “Dogpark*” del fraccionamiento, sentado en una banca y revisando su teléfono, mientras sus perros están “ejercitándose”, echados a sus pies. Lo he visto trasladar a los Pugs, desde su casa hasta el parque de perros, en su camioneta. La distancia tampoco es mayor a cien metros.



Hay de todo en el fraccionamiento. 

También hay vecinos quisquillosos que se quejan de cualquier estupidez que ponga en duda su “consciencia social”, pero que sacan a caminar a sus perros (o, peor aún, los dejan salir solos) y que se hacen los locos cuando deben recoger las heces de sus perros. 

También están los vecinos que hacen carnes asadas cada fin de semana y que se la pasan preguntando cuándo pasa el camión de la basura, pero que dejan sus botes de basura semanas enteras afuera de sus casas y que se la pasan quejándose en el chat de vecinos de que la Seguridad Privada del fraccionamiento no da “una buena imagen”. 

También hay vecinos que han hecho fiestas en las últimas semanas y que creen que el coronavirus es un invento del gobierno para controlarnos a través del miedo.  

Durante la cuarentena han empezado a surgir otras actividades. 

Curiosamente, ahora, a los vecinos que no caminan más de cien metros, les ha dado por salir a correr diariamente. A otros vecinos les ha dado por escuchar música a todo volumen los domingos. (También es un misterio por qué lo hacen sólo los domingos, pero está bien: espero que conforme pasen las semanas y aún no podamos salir a la calle a hacer nuestras vidas cotidianas, no extiendan esta actividad a los demás días de la semana.)



Hoy me desperté a trabajar a las 6 de la mañana. 

El CONACYT lanzó en estos días una convocatoria dirigida a proyectos que permitan lidiar con la pandemia en el país. 

Según estimaciones de la OMS, actualmente hay alrededor de 200 millones de mujeres embarazadas en todo el mundo. En México, a principios de marzo, hubo dos casos de COVID-19 en mujeres embarazadas y una de ellas murió.

En el grupo de trabajo en el que estoy hemos intentado adoptar un modelo de infección viral durante la gestación, así que resulta (más o menos) evidente que debemos concursar en esta convocatoria.

Desde la mañana estoy consultando información en Pubmed relacionada con artículos de programación fetal y de cambios plásticos asociados a la gestación. Uno de los estudios más referidos es el NorFlu. 

Casi son las 6 de la tarde y todavía no termino. 


De lunes a viernes, el trabajo es más demandante. 

Básicamente tengo reuniones académicas por Zoom y por Skype, al menos tres veces –mañana tengo una a las 8 de la mañana y otra a las 3 de la tarde–, y también debo tomar talleres virtuales de casi 4 horas consecutivas para impartir clases en línea –mañana tomaré un taller desde las 10 de la mañana– y preparar clases y terminar de escribir la discusión de un artículo de investigación original... 

El otro día, mientras me tomaba un descanso, me metí a twitter y me encontré un tweet que me llamó la atención. Una psiquiatra le preguntaba a sus seguidores qué están haciendo durante la cuarentena para cuidar su salud mental. 

Mi respuesta obvia iba a ser: “¿Acaso hay tiempo para eso...?”

Cada quien tiene sus problemas y les da la importancia que merecen de acuerdo a sus propias capacidades y límites, pero yo, de momento, no tengo tiempo para pensar en mi salud mental. 

Me encuentro en una situación privilegiada respecto a otras personas. Puedo trabajar desde mi casa, sin preocuparme por el dinero. (Hace un año estaba en una situación totalmente distinta: en la universidad hubo una huelga que duró tres meses y trabajé desde casa, pero sin sueldo. Fue una locura.) Sin embargo, ayer, mientras impartía una plática en línea para un diplomado, me di cuenta de que el encierro también me ha afectado mentalmente. 

A pesar de que me he mantenido en contacto con mis colegas desde hace casi un mes –antes de que comenzara la recomendación de quedarse en casa, tuve síntomas de resfriado, permanecí un par de semanas en reposo y desde entonces me he quedado en la casa–, me comuniqué torpe y atropelladamente en esta plática. No me gustó nada cómo dije lo que dije. 

Ni siquiera pude hablar con fluidez de los experimentos que soñó Otto Lewy y que lo llevaron a descubrir la acetilcolina. (Y se supone que es una de las historias de las neurociencias que más me gustan.) 

Me pregunto cómo han sido estos días extraños para los demás. 
Me pregunto si alguien, además de los psiquiatras y de los psicólogos clínicos, ha considerado la importancia de la salud mental durante la cuarentena. Me pregunto cuáles serán las secuelas de este virus entre la gente asintómatica y entre las niñas y los niños que nazcan durante la cuarentena (o que sean procreados en la cuarentena). 

Me pregunto qué haremos mañana. 


NorFlu

We shall go on playing
Or Find A New Town
___________

*La mayoría de los vecinos no saben escribir apropiadamente en español cuando usan Whatsapp, pero usan términos como éste para llamar al pedazo de tierra y de pasto a donde llevan a jugar a sus perros.


martes, octubre 24, 2006

Conocí a Jenny Bombo en un concierto de Sonic Youth


Prácticamente toda la licenciatura escuché a Sonic Youth –desde los primeros días de la carrera, cuando compré mi primer cassette de Confusion Is Sex en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, hasta los últimos semestres, cuando iba a tomar alguna clase al Instituto de Fisiología Celular y escuchaba A Thousand Leaves y Murray Street–, pero no recuerdo cuándo me enteré que la banda neoyorquina de noise rock vendría por primera vez a la Ciudad de México. 

Lo que sí recuerdo es que unas semanas antes del concierto, finalmente, después de estar varios años –incluyendo vacaciones, una que otra Navidad y uno que otro Año Nuevo– trabajando en mi tesis de licenciatura (aunque no te paguen ni tengas aguinaldo, prestaciones y cosas así, ¡es un trabajo!), había hecho mi examen de grado. Con mi título universitario –licenciado en psicología por la UNAM– acababa de ingresar al selecto grupo de los tres integrantes de mi numerosa familia en terminar una licenciatura. En otras circunstancias, el concierto de Sonic Youth en El Circo Volador debió ser la mejor noticia que pude haber recibido y debió ser un gran acontecimiento para celebrar mi titulación, pero no fue (exactamente) así.

No quería dedicarme el resto de mi vida a realizar investigación básica en psicología experimental, poniendo a prueba sofisticados protocolos en cajas de Skinner (para evaluar subitizing y estimación temporal), ni terminar en un consultorio dando terapia o en una empresa aplicando pruebas psicométricas, y aún no me había hecho a la idea de que Raquel ya estuviera saliendo con alguien más. 

Todo había cambiado abruptamente en los días en los que había estado realizando los trámites para el examen de grado –sospecho que, para entonces, ella ya tenía al menos un mes saliendo con Tony, y que, simplemente, nunca se atrevió a decírmelo–, y era obvio que su relación no se trataba de una relación pasajera; más bien, yo no quería aceptarlo. En diciembre –más o menos el día de mi cumpleaños–, los dos se irían a vivir a la playa, y en febrero –precisamente cuando me encontrara tratando de disfrutar mi primer curso de psicología como profesor de asignatura en la universidad privada más conocida de Santa Fe– ya se habrían casado (a escondidas, con sus amigos de la playa como invitados) y ella estaría esperando un bebé suyo. 

La música de Sonic Youth no había sido el soundtrack de nuestra relación, ni nada similar, pero Raquel me había regalado algunos de sus álbumes –Goo, Experimental Jet Set, Trash And No Star, A Thousand Leaves y Screaming Fields Of Sonic Love– o me había acompañado a comprar otros más –Confusion Is Sex, Daydream Nation, Sister, Dirty y NYC Ghosts & Flowers– al Mix Up (de Perisur, de Cuicuilco o de Plaza Universidad), o al Tianguis del Chopo, y era inevitable escucharlos sin pensar en ella. 

Como ya dije, no recuerdo cuándo me enteré del concierto, pero estoy seguro de que debió de ser con varios meses de anticipación y que debí de haber dado por hecho que los dos iríamos juntos al concierto y que entonces debió de tomarme por sorpresa que Raquel tuviera otros planes: que ella, que Tony y que los amigos de Tony, irían por su cuenta (y el 21 de octubre del 2004, llegarían tardísimo al Circo Volador y acabarían sentados en las butacas, escuchando el concierto como si se tratara de un concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM.) 


Invité a mi hermano al concierto (a él también le gusta Sonic Youth, y es el baterista en Nos Llamamos) y traté de olvidar el asunto, pero toda la música que escuchaba me hacía pensar en Raquel y entonces quería llamarla por teléfono y convencerla de ir al concierto conmigo. 

Para resistirme a la tentación de buscarla, tuve que concentrarme en recordar cómo era mi vida antes de conocerla, cuando estaba en la prepa y acababa de salir a la venta Washing Machine y me reunía algunas veces en la casa de Núñez con su banda (de perdedores) de punk –se suponía que yo tocaría la guitarra con ellos– y, después de escuchar cómo estropeaban “Sappy” o “About A Girl” o “Aneurysm” por enésima ocasión –un tipo alto y enloquecido por Marilyn Manson y que parecía adicto al crack, tocaba la batería; Núñez, con su indumentaria punk rocker que incluía su corte de pelo estilo Dave Grohl 1990, con todo y algunos mechones teñidos de rubio, su vieja playera de Trompe Le Monde, sus jeans raídos y sucios y sus Vans color vino, tocaba el bajo; y el primo de Núñez, sin ninguna seña muy particular, excepto su desafinada voz, tocaba una vieja Flying V–, los acompañaba a la sala, que estaba llena de vinilos de The Doors y de pósters de El Rey Lagarto, y nos sentábamos frente al televisor a ver MTV. 

Casi siempre allí estaba Pamela –la hermana menor de Núñez, que seguramente se llamaba así porque su papá era fan de Jim Morrison– y casi siempre me sentaba junto a ella y los dos nos poníamos a platicar sobre música; y una tarde en la que Ruth Infarinato anunció el primer sencillo de ese álbum –“Little Trouble Girl”–, Pamela y yo lo vimos juntos por primera vez y no nos gustó para nada la atmósfera extraterrestre y mortecina, como de psiquiátrico, del video, y nos extrañó que Kim Deal apareciera sentada en un sillón con Kim Gordon, y luego, después de compartir impresiones, durante algunos segundos –¡nos habíamos quedado solos en la sala!–, guardamos silencio y nos miramos y ella se acarició tímidamente su cabellera teñida de azul metálico y se mordió los labios un poco y suspiró y sentí la tibieza de su respiración y estuvimos a punto de besarnos, pero, justo en ese instante, volvieron a la sala Núñez, el primo de Núñez y el fanático de Manson, y ya no pasó nada entre Pamela y yo y durante muchos días estuve pensando en invitarla a salir a algún lugar, pero su hermano y yo nos pelearíamos en una fiesta unas semanas más tarde (¡él decía que los Pixies estaban sobrevalorados!) y jamás volvería a ir a su casa.

Me preguntaba qué sería de Pamela –la última vez que supe de ella, supuestamente vivía en Tijuana y era madre soltera de una niña de tres años– y pensé en buscarla, pero lo analicé mejor y la idea me pareció estúpida, y opté por tomar las cosas con entusiasmo e imaginar que podría conocer en el concierto (o en cualquier lugar inesperado) a otra mujer que fuera mucho más afín a mí que Pamela y que Raquel, y que ya tendríamos la oportunidad de asistir a algún concierto juntos y que probablemente fumaríamos algunas drogas que nos gustaran y que nos emborracharíamos y que nos miraríamos a los ojos tal y como nos habíamos mirado Pamela y yo en aquella sala llena de memorabilia de Jim Morrison –o tal y como lo hacían los protagonistas del video de “Dirty Boots”, mientras Sonic Youth tocaba–, y que compartiríamos gustos musicales y que hablaríamos de Thurston Moore y de Lee Ranaldo aporreando sus Jazzmaster contra un par de amplificadores Marshall, o de Steve Shelley y de Kim Gordon acompañándolos con el compás del hi hat o con las líneas del bajo en algún trance musical incendiado por el feedback. 

Al terminar de reparar en estos distantes recuerdos con Pamela y con Ruth Infarinato, o cuando acababa la canción o el álbum que estuviera escuchando, y la pausa de silencio entre una canción y otra, o entre un álbum y otro, parecía durar un siglo, dejaba de divagar y pensaba en que jamás lograría olvidar a Raquel.

Todo me remontaba a ella: incluso la copia de Sonic Nurse –el álbum de estudio más reciente de Sonic Youth que los traería de gira a México y que solía escuchar en los días previos al concierto–, me lo había regalado Tony. (Independientemente de que él tuviera una relación con Raquel, o de que aparentara ser un buen tipo conmigo –precisamente porque sabía que Raquel y yo habíamos tenido una relación de casi cinco años y precisamente porque quizá ella le había pedido que fuera amable conmigo–, me caía bien.) 

La banda de Nueva York estaba de gira por Estados Unidos y vendría a México después de tocar en Misuri y en Carolina del Norte. Sonic Nurse era un álbum un poco diferente a sus primeros álbumes. Tenía pocas canciones ruidosas –al estilo de “Kill Your Idols”, “White Cross” y “Silver Rocket”–, tenía unas cuantas canciones con improvisaciones atmosféricas –como “I Love Her All The Time”, “The Sprawl”, “Schizophrenia” y “The Diamond Sea”– y tenía algunas canciones con cierto aire de rebeldía política –como “'Cross The Breeze”, “Pacific Coast Highway” y “Youth Against Fascism”–, pero tenía, sobre todo, un sonido “más limpio”, con estructuras de canciones más convencionales, y, según la revista de rock que leía una y otra vez en esos días, además Sonic Nurse formaba parte de una trilogía sobre la Ciudad de Nueva York, completada por Murray Street y por NYC Ghosts & Flowers. Las canciones que más me gustaban eran “Pattern Recognition”, “Dripping Dream”, “Stones”, “Dude Ranch Nurse”, “New Hampshire”, “Paper Cup Exit” y “I Love You Golden Blue”. (¡Casi todas!)

Algunas tardes también veía el VHS de The Year That Punk Broke. Cuando quería volver a sentirme aturdido por la ausencia de Raquel, ponía el disco tributo a Los Carpenters y escuchaba “Superstar”, que, invariablemente, me llevaba a recordar la primera pelea que tuvimos. Recordaba cada segundo de esa pelea y pensaba que en ese momento debimos dar por concluida nuestra relación para siempre –en ese momento descubrí algo que odié de Raquel–, pero nos reconciliamos y después hubo más peleas –cada vez más terribles– y más reconciliaciones –cada vez más vergonzosas–, y estuvimos así hasta que ella, afortunadamente, conoció a Tony y se enamoró de él. 


Llegó el día del concierto y mi hermano y yo llegamos temprano al Circo Volador. Había tan poca gente, formada en una pequeña fila que avanzaba rápidamente, que creí que el concierto había sido cancelado a última hora y que nos encontrábamos en un evento distinto. También habían algunos vendedores ambulantes con playeras y con tazas del concierto. Entramos al Circo y nos compramos unas cervezas. Era un jueves, y ya había treinta o cuarenta personas frente al escenario y nos sentamos en el suelo, lo más cerca que pudimos del escenario. No sabíamos que Las Ultrasónicas abrirían el concierto, pero nos enteramos mientras nos tomábamos las cervezas y escuchábamos conversaciones de desconocidos. Al poco rato, después de dos o tres cervezas, tuve que ir al baño y allí me encontré 
a unos fans de Sonic Youth. Estaban borrachos y fumaban mota. Uno de ellos estaba tan feliz que parecía que la felicidad le reventaría los globos oculares, y hablaba apasionadamente de cada uno de los productores de cada uno de los álbumes de Sonic Youth. El otro sujeto estaba más tranquilo –quizá estaba embotado por el consumo de tantos enervantes–, y hablaba sobre la época underground de Sonic Youth, antes de que firmaran contrato con DGC, y de cómo habían sido una pieza clave para que Nirvana dejara SubPop y también firmara contrato con DGC. 

Los tipos se escuchaban como los amigos de Tony. No los conocía muy bien. Sólo habíamos coincidido en algunas fiestas, pero esas fiestas me habían bastado para saber tres cosas de ellos: que tenían vidas más fáciles que la mía, que no sabían nada de mí y que no les interesaba saber nada de mí. Vivíamos en mundos totalmente distintos. Mientras yo tenía que ahorrar dinero para comprar un par de boletos baratos y asistir a uno que otro concierto, ellos siempre estaban en las primeras filas de todos los conciertos. 

(Ellos también fumaban mota y se emborrachaban y asistían a conciertos de rock bajo el influjo de las drogas y les gustaba platicar sobre esas experiencias.)

Tuve la corazonada de que, si me quedaba más de lo necesario en el baño, tendría la mala suerte de encontrármelos allí –era lo que menos deseaba que ocurriera–, así que me apresuré y regresé a donde estaba mi hermano. 

                                               
Poco a poco se fue llenando El Circo Volador. Alrededor de las ocho de la noche y después de haberme tomado varias cervezas, salieron al escenario Las Ultrasónicas y mi hermano y yo nos pusimos de pie. El olor de la marihuana quemada, y de un sinfín de cigarrillos, era sofocante, y hacía mucho calor. No sé quién invitaría a Las Ultrasónicas a abrir el concierto –tal vez Kim Gordon–, pero la audiencia estaba impaciente por escuchar a Sonic Youth y las recibió con abucheos y con mentadas de madre y les arrojó varios vasos de cerveza. La cantante devolvió algunos insultos, y se prepararon para tocar.    

Al fondo del escenario vi a la baterista sentarse detrás de las tarolas y del bombo, medio acomodar uno de los platillos y juguetear con las baquetas. Me dio la impresión de que estaba un poco nerviosa (¡imagínate abrir el primer concierto de Sonic Youth en México!), pero, al cabo de un par de canciones, en las cuales la audiencia más o menos se tranquilizó, ya se veía concentrada y le pegaba con mucho ímpetu a las tarolas. Le pregunté a mi hermano si la conocía y me dijo que era Jenny Bombo. Jenny también hacía los coros en algunas canciones y, entre una canción y otra, se daba tiempo para darle jalones a un inhalador de los que usan los asmáticos. 

Tanto alcohol consumido me puso optimista y me hizo perder el juicio y se me ocurrió que tal vez no sería tan difícil conocer a Jenny Bombo. Creí que tal vez mi hermano la había visto en alguno de los bares en los que había tocado y que podía presentármela. Mientras sonaba un coro que decía “vente en mi boca”, esa posibilidad me pareció fabulosa.

Entonces le pregunté a mi hermano si él conocía a Jenny Bombo y me dijo que Nos Llamamos ya había tocado en algunos lugares con Las Ultrasónicas –que incluso ellas los habían querido “novatear”–, pero que no la había tratado de manera muy personal.

Después de unos veinte o treinta minutos de insultos y de abucheos, ellas se despidieron con “I Wanna Be Your Dog” –el cover de Iggy Pop que Sonic Youth toca en Confusion Is Sex– y se bajaron del escenario. 

Le di otro sorbo a otra cerveza y probablemente volví al baño y en el camino probablemente continué sintiéndome optimista ante la posibilidad de conocer a Jenny Bombo en persona y probablemente ni siquiera reparé en el hecho de que, después de varias semanas, no había pensado un solo segundo en Raquel. 


Como a las nueve de la noche, las luces de El Circo Volador se apagaron y el público enloqueció y Kim Gordon salió al escenario y luego la siguieron Lee Ranaldo y Thurston Moore; después, aparecieron Jim O' Rourke –los acompañaba como tercer guitarrista o como bajista de apoyo– y Steve Shelley. 

Sonic Youth saludó al público y de inmediato tocaron “I Love You Golden Blue” y “Pattern Recognition” –según la misma revista que leía una y otra vez en esos días, esta canción está inspirada en la novela de ciencia ficción de William Gibson, publicada apenas en el 2003– y continuaron con cuatro o cinco canciones de Sonic Nurse, antes de tocar “100%”. Luego tocaron más canciones de otros álbumes –“Eric's Trip”, “Mote”, “Kool Thing”– y dejaron el escenario, y volvieron para tocar “Teenage Riot” y “Brother James” en el primer encore de la noche, y luego volvieron a dejar el escenario y regresaron una vez más para cerrar con “Schizophrenia” y con una larga improvisación de feedback –Thurston y Lee dejaron sus guitarras Jazzmaster conectadas, junto a un par de amplificadores– después de “Expressway To Your Skull”. Kim Gordon tal vez tenía algún problema de salud, pues estuvo desapareciendo del escenario entre una canción y otra. 

El concierto duró casi una hora y media. Hubiera querido escuchar “Wish Fulfillment”, “I Love Her All The Time” y “Sunday”. 

Cuando las luces ya estaban encendidas y la mayoría de la gente ya había abandonado El Circo Volador, mi hermano y yo seguíamos allí –tal vez platicábamos sobre las impresiones del concierto, o sólo esperábamos a que no hubiera tanta gente a la salida–, y Lee Ranaldo y Thurston Moore de pronto regresaron al escenario y se pusieron a guardar sus pedales en cajas y a recoger y a enrollar sus cables, y mi hermano y yo nos miramos –tal vez no se nos había ocurrido que hicieran eso al final de sus conciertos– y, al menos a mí, me pareció que esa acción tan simple (y libre de falsas pretensiones) reflejaba el espíritu “do it by yourself” que no sólo influenció a tantas y tantas bandas de principios de los noventa, sino que convirtió a Sonic Youth en una de las primeras bandas que firmó con una compañía discográfica trasnacional sin renunciar a la libertad de hacer lo que les diera la gana.

A principios de noviembre, Nos Llamamos y Las Ultrasónicas tocaron en El Alicia, y allí volví a ver a Jenny Bombo. Era un evento de Halloween y llovía y yo me fumaba un cigarrillo mientras ella se bajaba de un taxi, vestida como La Mujer Maravilla. La acompañaba un hombre que la ayudó a sacar algunas piezas de la batería de la cajuela del taxi.

Jenny y el hombre se quedaron a unos metros de mí y se pusieron a fumar. Cuando se acabaron sus cigarrillos, él se marchó en el taxi y ella se quedó unos segundos sola, y me gustaría decir que me acerqué y que me presenté y que le dije que la había visto en el concierto de Sonic Youth, pero temí parecer un idiota y sólo me concentré en escuchar los latidos de mi corazón acelerado y sólo la vi de la misma forma en la que veía a la chica que me gustaba en la secundaria cuando me la encontraba en el patio de la escuela y no me atrevía a hablarle –¡no me moví de mi lugar!–, y escribí todo esto.* 



*    *     *     *

*Jenny Bombo encontró este relato y lo leyó y lo comentó y me preguntó si podía compartirlo en sus redes sociales, y le dije que sí y no dejo de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado (en este relato), si yo le hubiera hablado aquella noche de Halloween.