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miércoles, junio 29, 2022

Una notificación


Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis de por vida que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y yo le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– al mismo tiempo que me fumaba inconscientemente un Camel; y en otras ocasiones en las que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no domino y que no me gustan mucho, pero que siempre disfruto, pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado, que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008, se comunicó por teléfono conmigo, en diciembre, le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dijo que sí.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena, que acaban de ensuciar, al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte, y estiro un brazo hacia la mesita de noche y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante, y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán, a donde habíamos vivido, cada quien por su lado, nuestras infancias. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook, con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Esta notificación llegó en un momento curioso: apenas el fin de semana, en la novela que estoy escribiendo –además de los mil y un relatos que escribo en varios archivos de Word y de los tres blogs en los que improviso cualquier cosa que se me ocurre, como esta entrada, esta novela es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco–, me quedé atrapado en un relato sobre ese día. Intentaba escribir sobre el 29 de junio del 2013, sin saber que se trataba del 29 de junio del 2013. Intentaba escribir sobre el sujeto que vimos ese día y que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que entonces trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada. Era obvio que había sacrificado mi estabilidad económica –que la vigencia de la beca doctoral terminara–, para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, pero mi tutor lo percibía de otra forma: cuando se enojaba, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo de investigación y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno. A mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso. Era un ambiente muy tóxico, y yo ya no quería seguir allí.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento de Xola hace 9 años, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, así que él, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento cercano a las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria y allí vi una oportunidad de publicar alguno de los tantos textos que he escrito (desde niño, cuando aprendí a escribir), y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día volveríamos a vivir en una colonia similar a esa.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que no debía sentirse comprometido a publicarme, que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo de la arena –era un relato sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 17 había ganado el mundial de la categoría en Perú 2005– y se lo envié. Por supuesto: el tipo de la arena nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años desde ese día. Mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola, me pregunto qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié?; si ahora mismo, por azares del destino, leyera esta entrada, ¿le parecería mala?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?

También me pregunto si alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” en los que participé, leyó mi novela. También me pregunto qué pasaría si un desconocido, por azares del destino, leyera esta entrada, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras: ¿le volaría la cabeza...?

sábado, marzo 05, 2022

La panadería


Decenas de personas entran y salen. Otras permanecen toda una vida adentro. Charolas repletas de panes de distintos tamaños, formas y sabores circulan por la panadería. Anaqueles con pasteles de vainilla con zarzamora, de trufa con chabacano, de chocolate con coco...

Los aromas se mezclan y fabrican un solo aroma que hace explotar tu memoria. Filas y filas de gente formada esperando al menos media hora su turno para pasar a recoger una caja con galletas. Es una locura. No hay paciencia de tal magnitud en ningún otro lugar. A pesar de la espera, nadie está enojado. La panadería es un territorio en paz y armonía. 

Ves pasar cajas con galletas por aquí. Ves pasar cajas con pasteles por acá. La vida pasa así: entre aromas de pan y cajas con pan, y entre gente haciendo videollamadas, mostrándoles a sus interlocutores los anaqueles con los pasteles y preguntándoles cuál pastel quieren que les lleven a casa.

Yo no entiendo nada, pero si viajara al pasado –más concretamente a principios del siglo XX–, invertiría en la industria del pan. 

***

No tienes que inventar mundos que no existen, ni nadar en la oscuridad de mundos que no conoces; tampoco necesitas inventar personajes “complicados” con todas las patologías y vicios del mundo para atrapar la atención del lector, ni viajar a lugares exóticos para “inspirarte” a escribir novelas sobre esos lugares exóticos: hay literatura en todas partes.

domingo, septiembre 19, 2021

19 de septiembre del 2017

                     


A las 11 am, tal y como nos había informado esa misma mañana la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar poco más de diez metros desde el cubículo hasta la zona de seguridad que me correspondía –entre las escaleras y los baños del tercer piso del Edificio S– e interrumpir mis actividades –estaba capturando los últimos detalles de una solicitud para concursar por financiamiento en el CONACyT– durante cinco o diez minutos.)

En la zona de seguridad nos reunimos alrededor de diez personas. La mayoría era personal administrativo, pero también había unos cuantos estudiantes e investigadores. Yo era el único posdoc, y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc ni por tener la impresión de que para los administrativos y para los estudiantes yo era un estudiante más (no tiene nada de malo, pero uno ya pasó por la licenciatura y por el doctorado, y ya publicó artículos de investigación, y, generalmente, ya impartió clases para licenciatura y para posgrado), sino porque había pasado una mala noche y porque estaba despierto desde las cuatro de la mañana: me había puesto a leer algunas noticias en Internet sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 y esas noticias me habían remontado a mi propia experiencia durante ese terremoto y me habían hecho recordar cosas en las que no había pensado en 32 años. 

Me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y se encargaron de reforzar mi impresión (que no me veían como un posdoc, sino como un estudiante más). No pude evitar ponerme a pensar en que los estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer. Ya me había tocado tratar a algunos estudiantes en esa universidad que me hablaban cuando les resultaba inevitable, o cuando creían que era mi obligación facilitarles cualquier cosa que necesitaran para correr sus experimentos. 

Me sentí idiota. Yo me lo busqué. Ni me gustan las conversaciones de pasillo. Por desgracia, justo en ese momento, no quería sentirme aislado, encerrado en mi propio mundo. Me pareció de lo más inoportuno que, justo durante el macrosimulacro, de las cinco personas que regularmente compartimos el cubículo, sólo estuviera yo: B, estaba en la Comisión de Seguridad y coordinaba el simulacro y andaba de un lado para otro; E tenía alguna clase, en otro edificio de la universidad; Ó, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento, atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y R tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a mis actividades al cubículo. Poco después volvieron E y Ó y se pusieron a platicar sobre la muerte de Drucker que no tenía ni una semana de haber ocurrido. Estaba seguro de que ellos no sabían que Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, ni que fue “mi abuelo académico” y presidente del Comité de mi examen de candidatura –en mis años de estudiante de doctorado, él siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria– y quería decirles todo esto y unirme a la plática, pero, digamos que, después de mi experiencia durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar y sólo quería completar mi solicitud para la convocatoria de financiamiento del CONACyT –la fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre y todavía me faltaban algunos detalles–, así que me enfoqué en terminarla. Ya estaba un poco harto, pues tenía varias semanas trabajando en la propuesta de investigación y no podía terminarla. Además de que la plataforma del CONACyT había cambiado recientemente y de que tenía que volver a cargar toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos eran muy latosos: requerían que redactara varias Cartas Compromiso y que recabara las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

E y Ó continuaban hablando sobre Drucker, y me aburrí y me puse a leer un artículo que encontré por ahí. Los autores evaluaban el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo en la Aplysia. Empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, cuando el suelo se sacudió. Fue como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, con la intención de llegar a la zona de seguridad, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más que unos cuantos pasos. Todo parecía irreal –no podía creer que estuviera temblando justo ese día en el que se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justo ese día en el que me había puesto a pensar en cosas en las que no había pensado en 32 años, y entonces comenzó a sonar la alerta sísmica y escuché gritos y vidrios quebrándose y paredes cayéndose y estructuras metálicas retorciéndose, y todos esos sonidos me devolvieron a la realidad. Entonces, a mi izquierda, 
a unos metros de la puerta del cubículo, vi a un grupo de personas que se abrazaban junto a una de las columnas del pasillo.

Como el movimiento no paraba y parecía cobrar mayor intensidad a cada segundo –era imposible mantener el equilibrio–, mi imaginación voló, me puse paranoico, y creí que el edificio S caería en cualquier momento y que todo lo que había estado recordando desde la mañana había sido una señal de esa catástrofe y que debí haber prestado más atención a mis pensamientos, y entonces, por unos segundos, no pensé en nada más que en salir del edificio antes de que se cayera, y traté de volver por mis cosas al cubículo, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más de dos pasos.

Traté de acercarme al grupo de personas que se abrazaban a la columna del pasillo y me di cuenta de que a mi derecha había otro grupo de personas en las mismas condiciones –abrazándose a otra de las columnas del pasillo–, y distinguí entre ese otro grupo de gente a una investigadora que conozco desde hace casi 10 años y que de pronto dejó de hablarme. Vagamente recordé que en una conversación de pasillo me había enterado que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado sus experimentos. También recordé que incluso algunos de sus amigos investigadores (con quienes yo nunca antes había tenido problemas de ningún tipo), también me habían dejado de hablar, y, más allá de que no era cierto nada de lo que ella había dicho, me encabronó el hecho de que ella nunca se hubiera quejado directamente conmigo, y también que nunca se hubiera interesado en averiguar si yo tenía algo que decir al respecto. (¿Qué clase de tonto tendría que ser para sabotear los experimentos de una investigadora que tiene más años que yo en la universidad?) Al verla allí, asustada y abrazándose a otras personas, pensé en que esa clase de conflictos que me amargan la vida, son inevitables y absurdos, pero que no valen la pena: incluso si uno no dice nada –o, más bien, porque no dice nada, y se concentra en su trabajo–, siempre habrá alguien que encontrará la oportunidad de poner palabras en tu boca y de echarte la culpa de algo.

Unos metros más allá de la columna a mi derecha, estaba E. También se veía asustado. Es una persona muy optimista y siempre está sonriente, pero, en ese momento, su semblante era el de una persona totalmente distinta. Tal vez estaba preocupado por B y por sus hijas. B daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en la escuela, a kilómetros de distancia. Verlo así, de pronto, ocasionó que, así como segundos antes había pasado con el sonido de la alerta sísmica, de los gritos de la gente, de los vidrios quebrándose, de las paredes cayéndose y de las estructuras metálicas del edificio retorciéndose, mi mente se echara a volar. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y entonces me di cuenta de que me encontraba sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en universidad. La ubicaba de vista, algunas veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. 

Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos en esas condiciones tan horrendas e improbables, y deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan terrible, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí, mientras el edificio S se sacudía, de una u otra manera, habíamos tenido pensamientos similares: que ya habíamos pensado que el edificio no resistiría el terremoto y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos –de mujeres y de hombres, por igual– eran aterradores y se confundían con el sonido de la alerta sísmica –que empezó a sonar en algún momento, después del terremoto–, pero el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio que crujían con el movimiento era aún más aterrador. Este sonido peculiar de tuberías y de varillas retorciéndose en un edificio me remontó al otro terremoto, al de 32 años atrás, a esa mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 en la que los segundos transcurrían tan lentamente que parecían eternos, mientras mi mamá nos abrazaba a mi hermano y a mí en el quinto piso del edificio en el que vivíamos, y 
esperábamos a que el terremoto terminara y a que todo volviera a la normalidad, mientras las tuberías y las varillas crujían.  

Era imposible no pensar en que todo se trataba de un dèjá vuh. Era imposible no pensar en que el Edificio S se desplomaría y en que nos quedaríamos atrapados entre los escombros. Mi mente siguió volando y recordé algunas de las anécdotas que escuché en los meses posteriores al terremoto de 1985, cuando era un niño pero me daba cuenta de que parecía no haber otro tema de conversación entre los adultos a los que frecuentaban mis papás, cuando todos –familiares y amigos– hablaban del terremoto, cuando cada uno de los familiares y cada uno de los amigos de mis papás parecían haber conocido directamente a algún sobreviviente del terremoto o a algún desaparecido.   

Se sintió una sacudida más fuerte que las anteriores, y escuché otra vez los gritos de las personas que estaban atrapadas como yo en ese pasillo, y escuché otra vez el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio retorciéndose, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales y creí que era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, tal y como ocurre en los documentales en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos, y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó.

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a la universidad a la hora de la comida y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Colonia Roma, y entonces cruzaron mi mente varias preguntas: cuando comenzó a temblar, ¿ella continuaba en el departamento –vivíamos en el quinto piso de un edificio–, o ya había salido a la calle...?; si ya había salido a la calle, ¿dónde se encontraba?; si ya estaba en la calle, ¿los gatos estaban bien...?, ¿les caería encima algún mueble dentro del departamento...?, ¿el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado...? ¿Qué tal si ese edificio en el que habíamos vivido durante los últimos cinco años y que tenía casi treinta años de edad y que fue inaugurado algunos años después del terremoto de 1985 y que quedaba a veinte minutos de la universidad y que es mucho más alto que el Edificio S, se encontraba en peores condiciones...?

Cuando acabó el terremoto, que pareció durar una eternidad, salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. La situación era incierta. Aún no sabíamos las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. He vivido tantos terremotos que he aprendido que, si las líneas telefónicas se caen después de un terremoto, el terremoto no fue cualquier cosa. Respiré profundamente, para intentar tranquilizarme, y miré alrededor. 

Lo primero que vi fue que el mural de Arnold Belkin, en la entrada principal del edificio S, tenía dos fisuras enormes que lo dividían en tres partes.  

Antes de entrar en desesperación total, intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. Salí de la universidad. La calle parecía la escena de una película del fin del mundo. Todos los camiones de transporte público pasaban a toda velocidad, llenos de gente, y algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos transeúntes. Las sirenas de patrullas, de ambulancias y de camiones de bomberos completaban la escena. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio de la catástrofe y esa parte de la ciudad ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Ocurría igual con los camiones de pasajeros. Tuve que caminar hasta Rojo Gómez. Cada paso que daba era desesperante. Tenía la impresión de que mis pasos no me llevaban a ningún lado, que solo estaba caminando en círculos. 

No podía comunicarme con Katz. No sabía cómo estaban Katz y los gatos. Estaba rodeado de gente igual de desesperada que yo, pero estaba solo. 

No pude tomar ningún transporte. 

Cuando llegué a Rojo Gómez, debí caminar sobre Rojo Gómez, desde Gavilán hasta Canal del Moral. No sé cuántos kilómetros caminé. Estaba exhausto, a punto de rendirme, caminando por inercia, esperando poderme subir a algún camión de pasajeros o taxi o automóvil particular. 

Esporádicamente intentaba llamar por teléfono a Katz, pero ya sabía que el teléfono seguiría sin línea y ya no quería pensar en que las líneas telefónicas se caen sólo cuando ha ocurrido algo en verdad catastrófico. Sólo quería llegar al departamento y saber que Katz y que los gatos estaban a salvo. 

Sobre Rojo Gómez, decenas de peatones caminaban ensimismados en sus propios pensamientos. No se veían daños aparatosos en ningún edificio o casa. El tráfico iba a vuelta de rueda y constantemente pasaban patrullas y ambulancias hacia Ermita Iztapalapa. 

Después de haber caminado más de media hora sin parar y después de haberme acostumbrado a ese peregrinaje que parecía no tener fin –incluso dejé de sentir mis piernas–, me detuve en una tienda en la que se escuchaba la radio. Miré al dueño y él, amablemente, me ofreció comida y bebida gratis. Le dije que no y le di las gracias. Simplemente me quedé allí unos segundos, escuchando las noticias. Él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado más fuerte que el terremoto de 1985, y ambos escuchamos al mismo tiempo a la locutora del radio decir que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. 

Deseé que Katz no hubiera cambiado de planes a última hora y que no hubiera decidido ir ella sola a ver a su primo –a veces, ella cambia de planes–, y volví a intentar llamarla por teléfono sin éxito y luego retomé mi peregrinaje hacia el departamento. 

La angustia y la incertidumbre eran fulminantes, eran como una tonelada de cemento encima de mí. Tenía seca la boca seca y sentía un hueco en el estómago, pero lo único que realmente necesitaba era comunicarme con Katz y saber que ella y que los gatos estaban bien. 

Al cabo de casi una hora de camino a pie, cuando estaba más o menos a la altura de Parque Tezontle, finalmente logré subirme a un camión de pasajeros. El camión 
iba llenísimo, el tráfico continuaba a vuelta de rueda, y el calor era sofocante. Unos pasajeros bromeaban sobre el terremoto –y los odié: seguramente, ellos ya se habían logrado comunicar con sus seres queridos y sabían que todos estaban bien, y el terremoto sólo era un evento inusual que los había sacado de la monotonía–, y no me dejaban escuchar la radio que traía encendida el chofer del camión. 

Hasta ese momento se me ocurrió que Katz también podría haber estado intentando comunicarse conmigo y que también debía de estar preocupada por mí, pero no podía hacer nada más: ya no tenía fuerzas; si me bajaba del camión, nada cambiaría; no podría echarme a correr y llegar más rápido que el camión, al departamento. 

Por las calles por las que pasábamos en el camión no había daños. 



Llegué a la casa alrededor de las cuatro de la tarde –¡t
ardé casi dos horas y media en llegar, desde la universidad!–, y me bajé del camión. Los edificios y las casas se veían bien, pero caminé lo más rápido que mis fuerzas me lo permitieron. Desde la avenida, logré ver que el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado, y, por primera vez desde que había salido de la universidad, me sentí tranquilo. En el estacionamiento del edificio, me encontré a uno de los vecinos que vivía en el mismo piso que nosotros. Estaba inspeccionando los alrededores en compañía de sus hijos, y su presencia me tranquilizó aún más.

Me acerqué a la entrada del edificio. 
Las manos todavía me temblaban tanto que apenas pude meter la llave en la cerradura de la puerta. Una de las vecinas de la planta baja, me dijo que Elizabeth estaba bien y que acababa de subir al departamento, y subí hasta el quinto piso y m
i cuñada me abrió la puerta antes de que intentara abrirla desde afuera con la llave, y me dijo que tenía como media hora en el departamento y que ella y que Elizabeth estaban bien.

Elizabeth estaba en la recámara y salió a la sala y la vi bien y me dijo que los gatos estaban asustados y escondidos debajo de la cama. Me dijo que había intentado llamarme por teléfono muchas veces y que durante el terremoto los gatos se habían asustado y que había escuchado los gritos y los llantos de los niños y de las profesoras de la primaria que está junto al edificio. Me dijo que el edificio se mecía y que chocaba con el edificio de al lado. Me dijo que creyó que el edificio se caería y que se metió en el clóset de la recámara. Me dijo que había escuchado cómo crujían las tuberías y las varillas del edificio. Me dijo que ya se había comunicado con sus papás y con mi mamá, y que todos estaban bien. Me senté en un sillón y descansé unos minutos, y luego inspeccioné el departamento. Nos quedamos sin luz y sin agua, pero todo se veía bien. Tuvimos internet hasta que se le acabó la batería al módem, pero nos bastó para ver en redes sociales la destrucción que había causado el terremoto. Las imágenes eran tan similares al terremoto de 1985 que parecía el mismo evento, y al igual que hacía treinta y dos años, yo vivía en la Ciudad de México, en el quinto piso de un edificio de departamentos y mi familia estaba bien. Era muy afortunado.

Elizabeth, los gatos y yo nos fuimos 
a pasar la noche a la casa de mis papás. Les conté cómo había sido mi día, cómo había sido vivir el terremoto en el edificio S –incluso les dije que era muy probable que hubiera sufrido algún daño severo– y cómo había sido el caótico regreso de la universidad al departamento, pero como que creyeron que exageraba. 

Nos acostamos en mi recámara con los gatos. Toda la noche estuvieron inquietos y deambulando de un lado a otro. Toda la noche sentí que el suelo se movía y presentí que volvería a temblar y que sonaría la alerta sísmica. Cualquier movimiento, por ligero que fuera, me recordaba el movimiento en el tercer piso del edificio S. Estaba exhausto, pero no pude dormir ni dejar de pensar que mis piernas continuaban moviéndose sobre la Avenida Rojo Gómez.

Han pasado cuatro años y el edificio S ya no existe y son las 13: 14.

viernes, noviembre 20, 2020

Somos la basura en el aire

Esta semana, una serie de extrañas asociaciones me llevaron a pensar en Suede.

Estas extrañas asociaciones comenzaron el martes.

En uno de los cursos que imparto a larga distancia desde que comenzó la pandemia (y que terminaré de impartir en un par de semanas), les pedí a los alumnos que leyeran un artículo científico y que elaboraran algunas respuestas. 

Uno de los principales hallazgos del artículo era que una dosis subumbral de morfina incrementa la preferencia por esta droga en animales hambrientos, y quería que los alumnos reflexionaran acerca de las implicaciones de este hallazgo y que también escribieran algunos párrafos sobre la farmacodinámica de la morfina.

Tal y como lo esperaba, una estudiante escribió que los opiáceos estimulan los receptores mu, los delta y los kappa, y que modifican la permeabilidad a iones específicos en la membrana celular, pero también escribió que inducen “indiferencia al dolor”.

Su conclusión me pareció muy apropiada y estuvo dándome vueltas en la cabeza mientras revisaba otros trabajos. 

De repente, me encontraba escuchando “Trash” y pensando acerca del dramático incremento de adictos a los opiáceos a nivel mundial y concluyendo que el mundo es un sitio tan doloroso que necesitamos píldoras para lidiar con el sufrimiento. 

Esta idea me llevó a recordar que hace cuatro años, escuché a Suede por primera vez.
 
Un primo de mi esposa nos regaló sus boletos para el Corona Capital.
En esa edición del festival que tiene varios años celebrándose en la Ciudad de México, Suede era uno de los invitados especiales.

El festival se llevó a cabo el domingo 20 de noviembre. 

Unos meses antes del festival –para ser exactos, el 4 de mayo–, tras un largo periodo de desesperanza, de tratamientos médicos sin éxito, de dietas monótonas y de cero tolerancia al alcohol y a la nicotina, con tal de lidiar con el reflujo gastroesofágico, pasé por el quirófano.

Para el 20 de noviembre, todavía tomaba decenas de píldoras y aún tenía que limitarme a comer exclusivamente dos o tres alimentos y a beber exclusivamente agua simple todo el día, para evitar el sofocamiento provocado por los jugos gástricos del ayuno y también para mitigar las náuseas.

Aún estaba recuperándome y me sentía débil y miserable. 

Llegamos al Autódromo Hermanos Rodríguez alrededor de las cinco o seis de la tarde y escuchamos a Peter, Bjorn & John y a Eagles of Death Metal –supongo que fue su primer concierto después del atentado terrorista en El Bataclan– y después nos desplazamos al escenario en el que Suede tocaría. 
 
Mientras caminábamos, pasamos junto a otro escenario en el que tocaba una banda de chicas a las cuales John Frusciante les había producido un álbum. 
La música estaba tan alta y la audiencia estaba tan frenética y las luces cambiaban con tanta velocidad que me llevaron a recordar una horrible experiencia.

En los días posteriores a la cirugía, accidentalmente un día mezclé una pastilla de Gabapentina que tomaba para lidiar con las mononeuropatías provocadas por la excesiva cantidad de fármacos que había tomado durante meses, con una pastilla de Tramadol que tomaba para lidiar con el dolor provocado por la cirugía –quería tener una cicatriz que me recordara esta enfermedad y rechacé la laparoscopía y los cirujanos me abrieron en canal. 

Fue una combinación peligrosa. Al cabo de unos segundos, me sentí mareado y nauseabundo y paranoico, y creí que en cualquier momento dejaría de respirar o que en cualquier momento vomitaría y que sería incapaz de evitar una broncoaspiración. (En resumen: los fármacos “apagaron” mi cuerpo.)

Finalmente, mientras dejábamos atrás las luces y los sonidos y el escenario en el que tocaba Warpaint, y yo me desasía de esta horrible reminiscencia de mi enfermedad, mi esposa y yo nos acercábamos al escenario en el que tocaría Suede.

Encontramos un sitio, a unos cuantos metros del escenario. 
Hacía mucho frío. El viento soplaba fuertemente y me subí el cuello de la chamarra y tuve arcadas. Casi en ese instante, la banda británica salió al escenario y me determiné a ignorar mi malestar y a concentrarme en la música y a disfrutar el espectáculo. 
 
Mientras el concierto transcurría y el frontman de la banda y la audiencia conectaban de tal modo que era imposible no verlos como amantes de varios siglos que sólo podían verse una vez cada mil años, nuevamente me sentí débil y nauseabundo y volví a recordar la horrible experiencia con la Gabapentina y con el Tramadol. Por un momento, para relajarme, pensé en que esa sensación no podría ser nada comparada con “la piel de gallina” que experimentan los adictos a la heroína durante la abstinencia.  

Trataba de prestarle atención a las letras de “Trash”, cuando también recordé lo insignificante que me sentía en mi trabajo. En esa época estaba en el segundo año de mi posdoc. Aparentemente, en general, los estudiantes de mis colegas –y los colegas de otros departamentos de la universidad y sus estudiantes– me consideraban un estudiante de licenciatura. La situación me entristecía y me molestaba, pero, en cierta forma, la comprendía.  

Yo quería dar lo mejor de mí, pero me sentía tan débil y estaba tan preocupado por mi salud que resultaba imposible trabajar incluso al 20% de mi capacidad. 

Algunas veces incluso me sentía tan débil que debía volver a casa abruptamente, o realizar experimentos tomando pausas para tomar aire y mitigar las náuseas que experimentaba en oleadas a lo largo del día.

Antes de la cirugía, estaba tan enfermo y tan débil que ni siquiera podía realizar una cirugía estereotáxica de principio a fin, ni leer un texto científico durante cinco minutos consecutivos. Enfrenté con tanto estoicismo mi enfermedad, que nadie se enteró de que estuve tan enfermo. 

He estado escuchando a Suede toda esta semana y he estado pensando en lo miserable que me sentía en aquellos días. Supongo que todos estos pensamientos los relaciono con su música y que ésta es la razón por la cual casi no los escucho. 

A pesar de todo, aun cuando ahora tengo muchas más responsabilidades que entonces y me siento más productivo y valorado en mi trabajo, algunas veces todavía siento que soy una basura. 

lunes, junio 08, 2020

8 de Junio, 1990

Según mis redes sociales, hoy se cumplen 30 años de la inauguración de Italia 1990. 

Aquel 8 de junio debió de ser viernes y yo estaba acabando el quinto año de la primaria. Aunque todavía no comenzaban las vacaciones de verano, ese día no fui a la escuela. Mi papá tampoco fue a trabajar. 

Tal vez como a las nueve de la mañana, después de desayunar, él se sentó en la sala frente al televisor y se puso a mirar un programa en el que Juan Dosal, Eduardo Trelles y Hugo Sánchez hablaban desde las gradas del Estadio Giuseppe Meazza sobre la inminente inauguración del torneo de futbol más importante en el mundo. “Hugol” todavía jugaba en el Real Madrid –de hecho, era el máximo artillero en Europa–, pero era comentarista invitado y tuvo que mirar desde las gradas ese mundial debido al castigo que la FIFA le impuso a la Federación Mexicana de Futbol por el asunto de “los cachirules” y que impidió que la Selección Nacional incluso disputara las eliminatorias mundialistas. 

Me senté en el suelo junto a la mesa de centro y me puse a leer o a jugar mientras miraba de reojo la televisión. 

La cámara enfocaba a los comentaristas y yo no podía ignorar los gigantescos audífonos que les cubrían las orejas, ni sus corbatas rojas con rayas blancas ni sus sacos cafés de finales de los ochenta en los que destacaba el logotipo de Televisa.

Juan Dosal le pidió a Hugo Sánchez su opinión respecto a la cancha. Hugo dijo que había tenido la oportunidad de jugar en ese campo contra el Milán hacía algunos meses y que lo habían remodelado y que estaba en estupendas condiciones y que era una alfombra. 

Casi al mismo tiempo, en la pantalla del televisor aparecieron imágenes de las finales de las Copas del Mundo y Juan Dosal interrumpió a Hugo Sánchez y comenzó a hacer un recuento de esas finales.

En unos cuantos minutos, vi “el gol fantasma” con el que los ingleses derrotaron a los alemanes en Wembley en 1966, vi un gol de remate de cabeza que Pelé le anotó a Enrico Albertosi en El Estadio Azteca en 1970, vi a Paul Breitner y a Gerd Müller anotar dos goles para que los alemanes le ganaran a los holandeses en El Estadio Olímpico de Múnich en 1974, vi a Mario Alberto Kempes anotar un gol en los tiempos extras de la final de 1978 mientras miles de papelitos caían desde las tribunas y le daban un extraño aspecto a la cancha del River Plate, vi a los italianos derrotar a los alemanes en El Estadio Santiago Bernabéu en 1982 y vi a Jorge Valdano y a Diego Armando Maradona levantar La Copa del Mundo en El Estadio Azteca en 1986.

De un momento a otro, nos encontrábamos mirando Milán desde la cámara de un helicóptero que sobrevolaba las inmediaciones del Estadio Giuseppe Meazza. El vehículo se acercó poco a poco al estadio, hasta que se detuvo más o menos en el centro de la cancha. 

Justo en ese momento un enorme balón hecho con flores y con globos se abrió en el círculo central y al mismo tiempo los globos y las flores volaron hacia el cielo y decenas de mujeres, vestidas con ropas características de los países participantes en el torneo, aparecieron en una de las esquinas de la cancha y comenzaron a caminar sobre una pasarela de moda. 

Junto con todos estos eventos asombrosamente sincronizados en unos cuantos segundos, una mujer con un micrófono y un hombre con una guitarra eléctrica negra comenzaron a hacer playback a un costado de la cancha. La canción hablaba sobre las noches mágicas del verano italiano y sobre la euforia de los jugadores y de los aficionados al celebrar un gol*.



Durante esas vacaciones de verano tuve que ir algunos días a la primaria. Estaba en la escolta y teníamos algún concurso con otras escuelas de la zona o simplemente nos preparábamos para el siguiente ciclo escolar, ya que pasaríamos al sexto año y seríamos la única escolta oficial de la escuela (al menos hasta que la generación del quinto año nos sustituyera y nosotros entráramos a la secundaria). 

El ensayo terminaba alrededor de las once de la mañana y mi abuelo iba a recogerme a la escuela en su bicicleta y me llevaba a su casa. 

En su casa el televisor siempre estaba encendido y siempre había algún partido del mundial. Recuerdo vagamente un partido entre las selecciones de España y de Bélgica, un gol que algún jugador europeo o sudamericano anotó desde casi medio campo al portero de Corea del Sur y unos penalties entre las selecciones de Irlanda y de Rumania en Génova. 

También recuerdo que mi hermano y yo un día nos quedamos solos en el departamento y que vimos por televisión un partido entre las selecciones de Alemania y de Colombia; según los comentaristas, los alemanes habían goleado a sus rivales previos y eran serios candidatos a ser los campeones del mundo, y los colombianos habían calificado al mundial después de varias décadas, pero tenían una generación de jugadores talentosos que podían sorprender al equipo alemán.  

Los alemanes anotaron primero, pero casi al final del partido un jugador con una melena impresionante tomó el balón en medio campo y le dio un pase fabuloso al centro delantero y lo dejó solo frente a Bodo Illgner. El colombiano pateó el balón y éste se coló a la portería, pasando entre las piernas del portero alemán. Con ese gol el juego terminó en empate. 

Los comentaristas festejaron con tanta euforia el gol que mi hermano y yo gritamos a todo pulmón y nos abrazamos, mientras la cámara se enfocaba en un aficionado colombiano que celebraba la anotación de Freddy Rincón y que parecía colgado de las tribunas con una especie de alas que acompañaban su disfraz de cóndor. 

Algún domingo visitamos a mi abuelo y nos sentamos en su sala y vimos por televisión a los brasileños y a los suecos enfrentándose en Turín. Otro domingo, me senté yo solo en la sala con él y los dos vimos el gol del “Toto” Schillaci con el que los italianos eliminaron a los uruguayos en los octavos de final. 



Un sábado por la mañana me senté junto a mi papá frente al televisor y vimos a Diego Armando Maradona tomar el balón en el medio campo de la cancha del Estadio Delle Alpi y esquivar a medio equipo brasileño y darle un fabuloso pase a Claudio Paul Caniggia.

La jugada fue fenomenal y la anotación permitió que los argentinos avanzaran a los cuartos de final y que unos días más tarde vencieran en penalties a los yugoslavos en Florencia, a pesar de que Maradona errara su penaltie. 

Recuerdo el ambiente de los aficionados en las calles aledañas a los estadios y en las gradas,  y las redes hexagonales de las porterías, y recuerdo los nombres de las sedes en las que se disputaban los partidos –Bari, Bolonia, Cagliari, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Palermo, Roma, Turín, Udine y Verona.

También recuerdo la arquitectura de los estadios y el techo metálico del Estadio Giuseppe Meazza y las enormes bocinas que colgaban de cables de acero a 40 metros de altura sobre el centro del campo en el Estadio Delle Alpi, y las torres que parecían condominios en las cuatro esquinas del Estadio Luigi Ferraris y la entrada a los vestidores detrás de una de las porterías del Estadio San Paolo, y recuerdo los adornos de flores detrás de las porterías en el Estadio Artemio Franchi y las redes hexagonales blancas que colgaban de las porterías como telarañas que se sacudían cuando un balón Etrusco cruzaba la línea de gol, y también recuerdo las pistas de tartán alrededor de casi todas las canchas de las sedes mundialistas y el césped perfectamente dividido en franjas verticales con dos tonalidades de verde que parecía una alfombra.

También recuerdo a Roberto Baggio esquivando a medio equipo checoslovaco en El Estadio Olímpico de Roma.

Y lo recuerdo como si hubiera sido ayer. 

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*Según los expertos, “Un'Estate Italiana” ha sido la mejor canción en la historia de todos los mundiales. 

sábado, junio 06, 2020

Mis venas pueden arder


Escucho por enésima ocasión “Down In The Dark” en mi viejo iPod Classic de 120 GB. 

No me vuelve loco la tecnología: prefiero escuchar álbumes físicos que digitales –tengo una colección de cassettes, discos compactos y vinilos que probablemente está cerca de los mil– y de hecho me desagrada Apple –mi iPod está en perfectas condiciones y sin embargo está atravesando su época de “obsolescencia programada” y sólo reproduce tres canciones antes de que la batería se descargue por completo–, pero actualmente hay pocas opciones para escuchar álbumes físicos y solamente he tomado un descanso de mi trabajo.

Cierro los párpados, me pongo más cómodo en la silla frente a la computadora y me enfoco en la letra de esta canción. Pienso en un hombre que está esperando que la droga surta efecto y que le murmura a su amante que ella hará que la situación mejore un poco durante algún tiempo.

Me estiro un poco. Quisiera escribir que escuché a Mark Lanegan mucho antes de que “The Winding Sheet” fuera publicado por Sub Pop en mayo de 1990.

Sin embargo, primero escuché a los Screaming Trees (¿sería acaso cuando pude ver “Singles”, alrededor de 1998, o algo así...?) y, en particular, escuché por primera vez esta canción en la cual Kurt Cobain cantó y tocó la guitarra, cuando la descargué de Napster... hace casi 20 años. 

Era un adolescente, Internet era una novedad y estaba obsesionado con Nirvana –todavía me gusta su música– y supuestamente la canción era “una canción desconocida de Kurt Cobain”. 

Lo que he escrito hasta ahora, podría verse como una cosa muy ordinaria, pero tengo algo más que contar: hace casi tres años, en una etapa de mi vida muy contrastante, vi a Mark Lanegan, frente a frente, y nos estrechamos las manos después de un concierto. 

Su banda vino a la Ciudad de México. Estaban de gira, promocionando “Gargoyle” –su décimo álbum de estudio– y tocaron en El Plaza Condesa. Fue un concierto especialmente emotivo. Estuve al borde del llanto en varias ocasiones. En el sentido más freudiano del término, fue un concierto catártico. 

Por mas de cinco años, en los cuales pasé de ser un estudiante de posgrado mentalmente inestable a ser un investigador posdoctoral físicamente enfermo, había estado escuchando su música. 


Entre ambos eventos, viví algunos años miserablemente.

Cuando comencé mi investigación posdoctoral, me diagnosticaron reflujo gastroesofágico y me adherí a varios tratamientos médicos sin éxito. Independientemente de las terribles experiencias sofocantes inherentes a la enfermedad e independientemente de las interminables náuseas provocadas por el consumo de tantos antibióticos, los gastroenterólogos me dijeron que el reflujo estaba erosionando mi esófago de tal modo que era muy probable que la erosión progresara y produjera un tumor cancerígeno. 

En los meses previos a la cirugía que equilibró la situación, escuché la música de Mark Lanegan más que nunca. La asocié con mi decadente estado de ánimo y con la enfermedad, pero, de algún modo, de una manera positiva.

De su carrera solista, “Blues Funeral” fue el primer álbum que escuché –me lo regaló mi esposa casi inmediatamente después de que 4AD lo lanzara a la venta en México en febrero del 2012–, luego escuché “The Winding Sheet” –no pude resistirme al montón de artículos que había leído a lo largo de los años que lo señalaban como la gran influencia del “MTV Unplugged In New York” de Nirvana–, “Bubblegum”, “Gargoyle” y sus colaboraciones con Queens Of The Stone Age y con Duke Garwood.

Conforme escribo estas líneas, ya he escuchado casi todos sus álbumes. (Su trayectoria comprende más de 50 álbumes.) 

Podría intentar explicarme por qué “Bleed All Over”, “My Shadow Life”, “Emperor”, “St Louis Elegy”, “Deepest Shade”, “When Your Number Isn't Up”, “One Hundred Years”, “Bombed”, “Wild Flowers”, “Juarez”... me provocan escalofríos y por qué a la vez me transmiten un sentimiento de dicha, pero no lo haré.

En este caso, las palabras serían insuficientes. 


Quizá no sea un sujeto del todo ortodoxo. Se pelea con medio mundo en twitter. Hace poco lo hizo con uno de los miembros de Oasis que se burló de él (¿el cantante?) y lo desafío a solucionar el asunto de una buena vez. Con frecuencia, también termina dejándose llevar por los reclamos de los admiradores que lo denuncian en redes sociales porque no dejó que le tomaran una fotografía mientras estaba de vacaciones en algún sitio turístico de bajo perfil. 

Lanegan también desconfía de las versiones oficiales acerca del origen del COVID-19 y ha dado un par de entrevistas en las que se vislumbra que cree en la teoría de la conspiración de la red de telecomunicaciones de quinta generación. 

A pesar de todo lo anterior, lo respeto como artista. 

En realidad es uno de los pocos compositores que fueron capaces de dejar atrás “el sonido Seattle” de la década de los noventa. (Sé que los Screaming Trees son de Ellensburg, pero supongo que captas mi punto.) 

A un nivel todavía más personal, sus letras fueron una poderosa inspiración en mis peores días. Me hicieron pensar en mi enfermedad y me hicieron darme cuenta de que mi enfermedad no era la peor enfermedad del mundo. Fue algo irónico, porque realmente no me sentía nada bien. 

Algunas veces estaba harto de no ser capaz ni siquiera de comer cosas “normales” o de beber algo más que no fuera agua simple. Algunas veces odiaba mi vida. Tenía náuseas todo el día. Carraspeaba todo el tiempo. Comía sin hambre, sólo algunas cuantas cosas.  Comer era algo tan monótono que perdí algunos kilos. 

Día tras día, me despertaba sintiéndome enfermo, sin esperanzas y nauseabundo. Ni siquiera soportaba los olores ligeramente intensos. Me daban arcadas. Tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes, en caso de que vomitara. Los síntomas eran tan intensos que ni siquiera podía leer un artículo de investigación o realizar una cirugía estereotáxica, de principio a fin. Siempre tenía que interrumpir mis actividades, para tomar “aire fresco” y combatir las arcadas. 


Para septiembre del 2018, finalmente estaba sintiéndome de nuevo como una persona normal. Había vuelto a comer comida normal e incluso podía tomarme una cerveza, o un refresco o un jugo de naranja. 

Estaba feliz. 
Además de que me sentía bien y de que me ilusionaba asistir al concierto de Mark Lanegan en El Plaza Condesa, precisamente un día antes del concierto mi artículo de investigación original más reciente fue aceptado en una revista y publicado. 

Como en cualquier otro proceso estándar de revisión por pares de mis previos artículos, la revisión del artículo tomó varios meses, pero ese artículo en particular fue importante para mí. No sólo fue el resultado de mis últimos tres tortuosos años de investigación posdoctoral, sino que fue, oficialmente, mi primer artículo como autor corresponsal.

Ese día del concierto, unos minutos antes de que comenzara el concierto, me hubiera gustado comprar “Phantom Radio” o “I Am The Wolf” en el stand de la mercancía oficial de la banda, pero no tenía mucho dinero. Compré una litografía. 

A los pocos minutos de que acabara el concierto, Mark Lanegan salió nuevamente a firmar autógrafos. 

Gracias a mi esposa –a ella no le gusta la música de Lanegan, pero me acompañó al concierto y se formó en la fila antes que yo– fui el primero de la fila. Fui el primer sujeto entre los asistentes al concierto que tuvo la oportunidad de pasar a la mesa en la que Mark Lanegan firmaría autógrafos. 

Él fue muy amable y me autografió la litografía que había comprado y también mi copia de “Uncle Anesthesia” –uno de los álbumes de los Screaming Trees que produjo Chris Cornell y uno de los que más me gustan. 

Me hubiera gustado decirle algunas cuantas cosas acerca de cómo su música cambió mi perspectiva de la vida cuando estaba más enfermo, pero no quería importunarlo y los organizadores del evento nos dijeron claramente que sólo teníamos un par de minutos. Tampoco quería comportarme como un admirador idiota. 

Sólo le dije: “It was a great show”. 

En varios niveles, realmente lo había sido para mí. 

Debajo de las tenues luces del foro, lo vi sonreír. Tal vez un poco forzadamente. Cuando lo hizo, no pude dejar de pensar que ese hombre había convivido con Kurt Cobain. 

Durante algunos segundos, miré su cabellera rojiza y luego sus ojos –traía unos gruesos lentes– y traté de calcular cuántas veces habría escuchado las mismas tontas palabras que yo le había dicho, y me sentí estúpido. 

Entonces le ofrecí una de mis manos y él cortésmente estrechó una de sus manos con la mía. 

Luego le di las gracias y me alejé, sintiéndome aturdido. (No puedo creer que me haya tomado casi tres años, volver a recordar este evento y procesarlo.)  

Hace unos días llegó a la casa mi copia de “Sing Backwards And Weep”. 

Por la noche, después de haber estado atendiendo mis responsabilidades académicas, me di un descanso y leí un par de páginas de sus memorias.

Traté de imaginar cómo habían sido en realidad las cosas que relataba. 

Luego, me distraje y me metí a revisar twitter. 

El primer tweet que leí era uno de Mark Lanegan. Jason Bonner acababa de compartir un viejo video en donde los Sex Pistols tocaban en vivo “Anarchy In The UK”, y Lanegan le decía que los Sex Pistols habían cambiado su vida. Yo acababa de leer precisamente una página de su libro en la que se refería a ese asunto. 

Esta coincidencia me remontó a estos recuerdos y decidí escribirlos aquí. 


Ahora, acabo de darme cuenta de que Mark Lanegan cambió mi perspectiva de la vida, cuando estaba harto de estar enfermo y enfermo de estar harto y de vivir miserablemente.   



domingo, marzo 15, 2020

Despachador de pollo frito | Carlos Velázquez (2019)



Lo primero que debo hacer es admitir que fui prejuicioso con Carlos Velázquez. No lo conocía, nunca había escuchado nada sobre él, pero, de pronto, un día, mi línea de tiempo en twitter fue inundada por publicidad de La efeba salvaje, uno de sus libros que acababa de salir a la venta. Había tanta publicidad sobre el libro que era prácticamente imposible no acabar leyendo una nota sobre La efeba salvaje y no saber que Carlos Velázquez había escrito ese libro de relatos.

Cada vez que doy con algún libro que me recomiendan por todas partes, tengo mis sospechas. Más allá de que tengo los grados académicos más mamones y de que hago cosas que pocas personas pueden hacer (a pesar de que nací en una familia poco privilegiada) y de que no me basta encender la televisión o ponerme como meta comprarme un auto para ser feliz, aprendí a leer y a escribir a los cuatro años, y, desde entonces, siempre me ha gustado leer y escribir; cuando estaba en las postrimerías del kínder o en la primaria y no tenía que ir a la escuela, me pasaba todas las mañanas escribiendo y leyendo por placer; mis papás me compraban cuentos o cómics, y lo que leía me llenaba la cabeza de ideas y entonces escribía historias; cuando entré a la pubertad, dejé atrás a los hermanos Grimm y a Superman, y me topé con Bukowski y con Baudelaire, y luego con Kerouac y con Burroughs, y después con todos esos autores decimonónicos y con todos esos autores poco convencionales que tienes que leer en algún punto de tu vida, si realmente lees, si no eres un lector de ocasión. 

He tomado algunos talleres de creación literaria, he conocido a gente que escribe literatura underground, he tratado a gente arrogante y sin talento que escribe literatura comercial, he tenido algunos amigos que parecen atrapados en otro siglo y que escriben literatura llena de anacronismos, me he relacionado con personas que se ven a sí mismas como Arthur Rimbaud, he aborrecido a algunos periodistas de rock que fueron mánagers de la banda de rock de mi hermano y que escriben en La Jornada y que no saben nada de nada, he concursado por algún premio con alguna novela que he escrito y que nadie ha leído, he asistido a varias presentaciones de libros y he sentido pena por los escritores que deben lidiar con las preguntas tontas de sus admiradores...

Desde que estoy metido en el mundo de las letras, me ha quedado muy claro que la literatura pertenece a un círculo social: que no hay “golpes de suerte”, que casi todos los escritores son amigos de casi todos los escritores, que unos a otros se dan palmaditas en la espalda en todos los medios posibles, y que los lectores, en general, no son nada suspicaces y que acaban creyéndoles ciegamente a todos los escritores que les recomiendan los libros de sus amigos escritores. 

A pesar de todos mis sesgos, la publicidad estaba en todas partes y el título del libro de Velázquez se quedó en mi cabeza. Me pareció un título anacrónico y extraño, y me hizo pensar que tal vez el lenguaje del libro estaba plagado de anacronismos, como los cuentos de algunos de mis amigos. Hasta la fecha no lo he leído, pero después de leer Despachador de pollo frito, apostaría a que estoy equivocado. Tal vez se titule así en honor a una de las protagonistas. Tal vez es una manera de decir vaquerobvia.

En una de las notas que acabé consultando en Internet, junto a una breve reseña de La efeba salvaje, había una fotografía de Velázquez. Usaba una playera negra con la carita feliz de Nirvana estampada en amarillo –el mismo modelo de playera que he reciclado tantas y tantas veces– y también traía unos lentes semejantes a los que usaba Kurt Cobain. 

No le presté demasiada atención a la nota: más bien, me quedé pensando en qué clase de libro sería ese que tenía un título anacrónico y que había escrito un autor que usaba gafas Christian Roth y una playera de Nirvana. (Quien me conoce o quien ha leído este blog o quien ha visto alguno de mis videos en You Tube –en los que toco canciones de Nirvana–, sabe lo importante que es esta banda para mí).

Muchos meses después, en una edición de la Feria Internacional del Libro, en el stand de Sexto Piso, me encontré un libro que tenía en la portada una fotografía de Buzz Osborne. 

El libro se llamaba Despachador de pollo frito –¿podría tratarse de una novela sobre un asesino serial que escuchaba a Los Melvins y que trabajaba en un Kentucky Fried Chicken, porque todo mundo escribe sobre asesinos seriales en estos días?– y lo había escrito Carlos Velázquez. Me puse a leer la sinopsis, me gustó lo que leí y terminé comprándomelo.

                                

Despachador de pollo frito contiene cinco relatos que están narrados con un lenguaje totalmente distinto al que había asociado con Velázquez. Los protagonistas de cada uno de los cinco relatos son extravagantes –¿outsiders de la frontera norte del país?– y lidian con los problemas que caracterizan a nuestra sociedad de comida chatarra, de mentirosos influencers que pregonan estilos de vida saludables, de héroes idiotas de redes sociales y de estrellas de guacárock de las letras.

Los personajes incluyen a un ex-agente de la Interpol que persigue a Paul McCartney por Sudamérica y por México, a una vaquerobvia que termina en el hospital en condiciones críticas, a un fulano que nunca ha estado más de tres años con ninguna mujer porque considera que a partir de ese periodo todas las relaciones comienzan a destruirse, a un director de orquesta exhibicionista... En el relato principal, hay un otaku diabético, que escucha a Marilyn Manson, que tiene una piraña y que es adicto al pollo frito. 

Después de todo este recorrido, quiero leer La efeba salvaje.