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domingo, junio 05, 2022

El Sedán detenido en Circuito Interior


Estábamos atascados en el tráfico, llovía como si fuera el fin del mundo y mi mamá estaba estresada, pero el sonido de las intermitentes del Sedán detenido en Circuito Interior era lo único que capturaba mi atención y me remontaba a otros momentos, como cuando era un niño de seis o siete años y salíamos en familia a una boda o a un bautizo de algún pariente que sólo conocían los abuelos y volvíamos por la noche a la casa desde algún lugar remoto y yo estaba tan cansado que no podía mantenerme despierto y mi papá tenía que detener el Sedán en un sitio poco convencional, y luego tenía que encender las intermitentes del auto y ese sonido monótono y pacífico llenaba el espacio y me hipnotizaba y me libraba de toda preocupación.
 
Ahora estaba en la secundaria, acababa mayo de 1992, el América —con Hugo Sánchez y con Germán Martellotto y con Gonzalo Pineda y con Bernardo y con Óscar Ruggeri— acababa de perder la semifinal de ida de La Liguilla en El Tec de Monterrey con un gol de 'Careca' Bianchezi en aparente fuera de lugar, mi papá volvía de un viaje a Monterrey –nos contaría que lo habían 'invitado' a ver ese partido en El Tec, pero que los boletos estaban muy caros y que rechazó la oferta–, mi mamá conducía el Sedán y nos dirigíamos al aeropuerto, pero, otra vez, el sonido de las intermitentes ejercía un poder hipnótico sobre mí y me hacía sentir como un niño de seis o siete años que estaba exhausto y que volvía a su casa en el auto familiar después de una fiesta en algún lugar remoto.  

Las circunstancias eran muy distintas. No sólo llovía como si fuera el fin del mundo y no sólo estábamos atascados en el tráfico: un millón de automovilistas enfurecidos y neuróticos hacían sonar los claxons de sus automóviles y nos echaban las luces encima en Circuito Interior. Por si fuera poco, los limpiaparabrisas del Sedán habían dejado de funcionar y el parabrisas estaba empañado y no podíamos ver nada del exterior.

Mis hermanos y yo íbamos en el asiento trasero del auto y mi mamá y mi abuelo iban en los asientos de piloto y de copiloto. Cuando la situación parecía más estresante para todos, el abuelo le dijo a mi mamá que detuviera el auto y que encendiera las intermitentes. Luego se bajó del Sedán y encendió un cigarrillo –entonces fumaba Raleigh– y mi mamá dijo (y yo pensé) que ese no era un momento apropiado para que él se pusiera a fumar, pero, después de dos o tres caladas, el abuelo deshizo el cigarrillo y esparció el tabaco en el parabrisas, se metió de nuevo en el Sedán y le dijo a mi mamá que condujera otra vez. 

Avanzamos y los automovilistas en Circuito Interior dejaron de echarnos las luces de sus autos encima y también dejaron de hacer sonar los claxons de sus automóviles. Continuó lloviendo como si fuera el fin del mundo pero el tabaco esparcido en el parabrisas del Sedán comenzó a aclarar el panorama y llegamos sin problemas al aeropuerto. 

Desde entonces, al abuelo, que era un hombre muy práctico y que siempre tenía un buen plan para resolver cualquier problema, le apodamos 'MacGyver'.

jueves, mayo 09, 2019

Domingo 9 de mayo de 1993


Aristóteles, en De Memoria et Reminiscencia, uno de sus múltiples libros, postuló sus ideas acerca de la memoria humana*. 

El gran epistemólogo griego –cuyos hallazgos incluso han repercutido en temas como la evolución y la catarsis–, creía que la fuerza asociativa entre eventos similares, contrastantes y que ocurrían en el mismo lugar y al mismo tiempo, influían en la formación de nuestros recuerdos.

Creía que la memoria era un almacén de recuerdos personales que reflejaban nuestras experiencias en el mundo y que los tres procesos asociativos –similitud, contraste y contigüidad– que influían en su formación**, también recibían la influencia de otras dos fuerzas: la frecuencia y "la facilidad innata" para recordar "ciertos eventos, con ciertas características". 

Aunque estas ideas tienen más de dos mil años, más o menos son vigentes en las teorías contemporáneas del aprendizaje y de la memoria. 


Un gran porcentaje de mis recuerdos, guardan alguna relación con algún evento deportivo. 

Recuerdo eventos irrelevantes, con lujo de detalle, debido a que ocurrieron al mismo tiempo que algún partido de futbol. 

Otro tipo de recuerdos permanecen en mi memoria, simplemente porque el partido de futbol era lo más importante que ocurría en mi vida: tal vez "la facilidad" para Aristóteles era el componente emocional que nos permite recordar (particularmente) ciertos eventos.

Hoy escribo esta entrada porque recuerdo claramente lo que ocurrió hace veintiséis años.  

Lo único que hacía en esa época –aparte de ir a la escuela, de tomar clases, de hacer tareas y de tener una novia a quien sólo veía en la escuela y a quien llamaba por teléfono de vez en cuando– era ver futbol.



El domingo 9 de mayo de 1993, la Selección Mexicana de futbol disputó su pase al mundial de Estados Unidos 1994. 

Fue su último partido eliminatorio y enfrentaron a la selección de Canadá en Toronto.

El equipo dirigido por Miguel Mejía Barón había superado a casi todos sus rivales durante la eliminatoria –vencieron a todos en El Estadio Azteca; derrotaron a Honduras en Tegucigalpa y perdieron contra El Salvador en El Estadio Cuscatlán– y, sin embargo, su pase al mundial no estaba seguro: si perdían en el Estadio Varsity, los canadienses calificarían a La Copa del Mundo.

Cuatro años atrás, en mi último año de primaria, había visto algunos partidos del mundial de Italia 1990. La Selección Mexicana no lo había disputado, debido a un castigo que le había impuesto la FIFA, así que la posibilidad de ver a mi país representado en un mundial (¡por primera vez en mi vida!) era lo máximo. 



Toda la semana había estado esperando ese partido. 

Uno de mis tíos llegó a la casa –ahora que lo pienso, creo que él se había peleado con su esposa y no quería estar solo– y se sentó en la sala, junto a mi papá.

El juego comenzó alrededor del mediodía, pero yo ya había encendido el televisor desde temprano. 

Raúl Orvañanos, Enrique Bermúdez, Eduardo Trelles, Juan Dosal, desde un palco, y Fernando Schwartz, desde la cancha, hacían comentarios. Se les escuchaba optimistas. 

¡Después de ocho años, la selección estaba cerca de volver a disputar un mundial!

Las tomas de las cámaras de televisión eran semiprofesionales. 
La cancha se veía muy lejos. Apenas se distinguían los números de los jugadores en los uniformes. Los mexicanos vestían playera verde y pantaloncillos y calcetas blancas. El uniforme de los canadienses era rojo con vivos en blanco. 

El estadio era muy pequeño, pero estaba a su máxima capacidad. 
Parecía que el calor era insoportable. 

Miguel Mejía Barón veía el juego desde las gradas –lo habían expulsado en el partido previo– y su auxiliar era Javier Aguirre. 



A los pocos minutos, los canadienses cobraron una falta a unos metros del área mexicana. 
Un jugador puso la pelota en el césped y envió un centro. 

El balón llegó al área mexicana, superando a los defensas. 

Un canadiense cabeceó en los límites del área chica y habilitó a otro canadiense. 
El segundo canadiense remató a unos metros de la línea de meta, frente a la portería. 

Jorge Campos no pudo detener el balón. 

Los canadienses tomaron la ventaja. 

Con ese marcador –y contra todo pronóstico–, la selección mexicana estaba fuera del mundial.

Los comentaristas, mi papá, mi tío y yo estábamos desconsolados. 

¿Deberíamos esperar otros cuatro años, para tener la posibilidad de ver a la selección en un mundial...?



Casi al final del primer tiempo, tras una serie de forcejeos por el balón en la banda izquierda del ataque mexicano, Ramón Ramírez le mandó un pase a Luis Miguel Salvador.

El delantero del Atlante esquivó a dos defensas y envió un centro raso al área canadiense. 

El balón le rebotó a David Patiño a la altura de la marca de cal del penalti.

La jugada se complicó y los defensas estaban a punto de arrebatarle el balón al extremo de la UNAM, pero Hugo Sánchez apareció oportunamente y pateó el balón con el pie izquierdo y empató el marcador. 

Enrique Bermúdez gritó el gol y Hugo Sánchez celebró con la clásica cabriola que había hecho famosa jugando en el Real Madrid. Después lo rodearon y lo abrazaron Ramón Ramírez, Miguel Herrera, Claudio Suárez, David Patiño, Luis Miguel Salvador...

Ocho años atrás, en el mundial de México 1986, Hugo era la máxima figura del equipo que dirigía Velibor Milutinovic, pero no había conseguido darle una gran satisfacción a la afición. 

Cuatro años atrás, él estaba en el mejor momento de su carrera y era uno de los máximos goleadores en Europa, pero había tenido que ver los partidos del mundial italiano desde las gradas, como comentarista invitado de Televisa.

El mundial de Estados Unidos sería su último mundial.  



Casi al final del partido, Claudio Suárez envió un largo pase desde el área mexicana hasta el vértice del área canadiense. Luis Flores "le ganó con el cuerpo" la posesión del balón a un defensa canadiense y, trompicándose, logró enviar un centro raso.

Hugo Sánchez, con la marca personal de otro defensa, apenas punteó el balón y prolongó su trayectoria hasta la marca de cal del penalti.

Javier El Abuelo Cruz –junto con Hugo Sánchez y Luis Flores era otro sobreviviente del equipo de Velibor Milutinovic– seguía la jugada y apareció sin marca. 

Acababa de entrar a jugar en el segundo tiempo, pero estaba lesionado y apenas podía caminar.

El Abuelo pateó el balón con el pie derecho y lo envió al fondo de las redes, ante la dramática estirada del arquero Craig Forrest.

Raúl Orvañanos, emocionado de un modo en el que jamás lo había escuchado, gritó 


¡El Abuelo! 
¡Estamos en el mundial!

mientras Javier Cruz***, corría, cojeando visiblemente, a la banca del equipo mexicano a celebrar su anotación y el inminente pase al mundial. 

Yo también quería gritar, pero guardé la compostura. 
Mi papá y mi tío celebraron el gol, pero no perdieron la cabeza. 
Ellos ya habían visto a la selección mexicana en otros mundiales. 
La habían visto perder escandalosamente contra la selección de Italia en Toluca.
La habían visto perder escandalosamente contra las selecciones de Túnez, de Alemania y de Polonia en el mundial de Argentina.
La habían visto perder la clasificación para los mundiales de Alemania y de España.
La habían visto perder en Nuevo León contra la selección alemana.  



Así comenzó mi maldición. 

Durante siete mundiales he visto a la selección mexicana.
A pesar de que nunca ha avanzado a los octavos de final, continúa emocionándome verla jugar en un mundial. La emoción ya no es tan intensa como al principio. 

A lo mejor, en un futuro no muy lejano, el mundial será irrelevante para mí. 

Sin embargo, aun ahora, veintiséis años después de ese partido en El Estadio Varsity, siento escalofríos cuando recuerdo los gritos de Raúl Orvañanos y todos estos detalles llegan a mi mente. 

_______

*Nunca he leído el libro original. Lo que escribo aquí, lo encontré en Historia de la Psicología de David Hothersall.
**Debido a sus estudios sobre embriogénesis en pollos –si les arrancaba el corazón, morían; si les golpeaba la cabeza, seguían vivos–, a la influencia de la cultura egipcia –cuando embalsamaban a alguien, el corazón no era un órgano importante– y a la relevancia del ágora en su época –era "el corazón del pueblo", en donde los griegos se reunían a discutir asuntos de todo tipo–, creía que "el alma" residía en el corazón.
***Ni él ni Luis Flores ni David Patiño fueron convocados al mundial de Estados Unidos 1994. Hugo Sánchez jugó el partido inaugural contra la selección de Noruega, se quedó en la banca en los partidos contra Irlanda e Italia y estuvo a punto de ingresar en los minutos finales del partido de octavos de final contra Bulgaria. Luis Miguel Salvador fue al mundial, pero no jugó un solo minuto. 

Hugo Sánchez es humano

domingo, octubre 14, 2018

Mi abuelo siempre cantaba y tomaba el sol


[INCONCLUSO]

Recuerdo a mi abuelo feliz, cantando y tomando el sol.  

Según mi mamá, él siempre había querido ser artista y había participado en algunos concursos de la XEW cuando era joven. 

Mi mamá también decía que él se había ablandado con nosotros. 

Cuando ella y sus hermanos eran niños, el abuelo ni siquiera les permitía hablar durante la comida.

A nosotros incluso nos había comprado una mesa más pequeña que la que utilizaban los adultos y no sólo nos dejaba platicar durante la comida, sino que nos daba dulces aun cuando no hubiéramos terminado nuestros alimentos.

El abuelo tuvo una infancia difícil.
Sus padres eran alcohólicos y él tenía que ir a sacarlos de las cantinas. 
Ellos eran muy duros con él y a veces lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí.
(Tal vez por eso tenía problemas con el alcohol. No bebía siempre, pero cuando bebía, lo hacía durante varios días.)

Trabajaba como telegrafista y tenía una motocicleta.
El olor de la gasolina era muy penetrante y le daba al patio de su casa una atmósfera especial. Parecía que en cualquier momento todo podía arder. 

Según mi mamá, una vez el abuelo llevó algún documento a un edificio de gobierno y vio un montón de cadáveres apilados en el patio de ese lugar. Los soldados los arrojaban desde camiones del ejército, como si fueran costales. Habían pasado unos días de la matanza de Tlatelolco. 

Una vez se volcó el autobús en el que iba a Acapulco, se fracturó las costillas y se fracturó una pierna. Uno de los paramédicos que llegó al lugar pensó que él estaba muerto y le quiso quitar una cadena de oro. Otra vez se cayó desde la azotea de su casa y volvió a fracturarse la misma pierna. Le pusieron tornillos y cojeó el resto de su vida. 

El abuelo tenía diabetes, pero no seguía las recomendaciones de los médicos. 
Decía que prefería vivir pocos años haciendo lo que le gustaba. 

Antes de que yo entrara a la secundaria, el abuelo se jubiló y vendió la moto. Se compró un Valiant y una Betamax.

Le gustaban las películas de acción de Charles Bronson, pero también veía películas de Tin Tán y de Joaquín Pardavé y podía sentarse con mis primas a ver una y otra vez La Sirenita o Parque Jurásico.

También le gustaba el futbol soccer. 
Los domingos no se perdía los partidos del Real Madrid y de Hugo Sánchez. 
Entre semana, veía los partidos de la Copa UEFA. 
Alguna vez me dijo que su equipo favorito era el Atlante, aunque también había apoyado al Necaxa y en esa época era seguidor del América. 

Una vez fui por mí a la primaria en su bicicleta. Eran vacaciones de verano y yo me preparaba para alguna competencia con otras escuelas. Mis papás no me dejaban volver solo a la casa y los dos estaban en el trabajo. 

Cuando volvimos a la casa de mi abuelo, encendió el televisor. 
Iba a comenzar el segundo tiempo de un partido de la fase de grupos de La Copa del Mundo de Italia 1990. Creo que jugaban los españoles y los belgas.

Debí preguntarle algo: qué le parecía el nivel de ese mundial, quién era su favorito para ganar ese mundial, qué pensaba del castigo de la selección mexicana... pero entonces no sabía gran cosa del futbol. 

Tampoco le pregunté años después qué pensaba de la selección de Mejía Barón que llegó a la final de La Copa América de 1993, ni qué pensaba de los partidos de ese equipo en el mundial de Estados Unidos 1994. 

Siempre pensé que habría un mejor momento para hablar de esos temas. 

En 1998, su salud empeoró.

Mi mamá iba todos los días a verlo al hospital. Después de algunos meses, él decidió que no quería continuar en el hospital. Insistió tanto que los médicos lo dejaron volver a su casa. Requería muchas atenciones. Mi mamá también iba a verlo a diario. 

Una vez fui a verlo.
Él estaba acostado en su cama. 
Mi mamá y mi abuela me habían dicho que tenía alucinaciones y que les hablaba de personas que ya estaban muertas y que iban a visitarlo. 
Le costó trabajo identificarme y después empezó a preguntarme cómo me iba en la escuela. Yo acababa de entrar al segundo semestre de la licenciatura.

Una de mis primas iba a cumplir años y en ese momento ella tenía una fiesta en un salón cerca de la casa del abuelo. 

Anoché soñé que mi abuelo me perseguía por todas partes, porque quería que escribiera sobre él.
Hace veinte años murió mi abuelo. 

lunes, abril 02, 2012

Voy a dejar de ver futbol soccer


Probablemente la primera vez que vi un partido de futbol por televisión, lo aborrecí. Cuando era niño, interrumpían las caricaturas para transmitir algunos juegos del Real Madrid entre semana. Aunque Hugo Sánchez estaba en su mejor momento y era una de las estrellas de ese equipo, yo prefería ver a Los Thundercats. 


Años más tarde me interesé un poco en el futbol, porque mi papá y mis primos veían algunos partidos en la casa. Ellos llegaban a ver alguno de los partidos del domingo. Cuando jugaban Guadalajara y América, tal vez (sólo tal vez) para llevarles la contraria, mi papá apoyaba al América. 

En el verano de 1990 jugué futbol por primera vez. Hubo un torneo de futbol en la primaria, y lo ganó el equipo donde yo jugaba. Éramos un equipo malísimo, conformado por los chicos que nadie había querido en ningún otro equipo, y yo era el portero.  


Cuando ganamos ese torneo, faltaban unas cuantas semanas para que comenzara el mundial de futbol en Italia, así que había una especie de fiebre por el futbol y era imposible no estar enterado. Por todas partes había anuncios y programas de televisión alusivos al mundial. Recuerdo mucho un programa en el que Fernando Schwartz hablaba sobre la remodelación del Stadio San Paolo de Nápoles. Él y su equipo de trabajo tenían unos días en Italia y se habían metido en el estadio sin permiso. Supuestamente nadie podía ver los cambios que estaba sufriendo el estadio, pero ellos habían logrado infiltrarse y mostraban imágenes de la cancha y de las tribunas. 


Schwartz decía que había un fuerte vínculo entre los napolitanos y la selección Argentina, y que por esa razón la selección Argentina disputaría algunos partidos de la fase de grupos en el Stadio San Paolo. Maradona jugaba para el Nápoles y los tifosi lo adoraban. 



El Nápoles había sido un equipo más o menos irrelevante hasta la llegada de Maradona. El año previo al mundial habían ganado su primera Copa UEFA contra un equipo alemán y acaban de ganar el scudetto en la temporada 89-90. 

Algunos periodistas, como Schwartz, estaban convencidos de que los napolitanos apoyarían a la selección Argentina si llegaba a enfrentarse a la selección de Italia en San Paolo, pero estaban equivocados. En las semifinales de ese mundial, Argentina derrotaría en penaltis a los italianos en Nápoles y Maradona sería abucheado continuamente por la afición. 


Un sábado por la mañana, mi papá y yo nos quedamos solos en la casa, y él encendió el televisor. La selección de Brasil y la selección de Argentina iban a disputar un partido de octavos de final del mundial de Italia '90. Jugarían en el Stadio Delle Alpi, en Turín, la casa de la Juventus en la Serie A. 

Todos los estadios de ese mundial eran espectaculares.




Desde el principio, los brasileños dominaron el juego. Tenían un ataque poderoso y eran veloces. Los argentinos tenían un equipo lento y defensivo y sólo buscaban evitar que Brasil les anotara un gol. Maradona era el talismán de los argentinos, pero no estaba en óptimas condiciones. En la temporada previa de la Serie A, había sufrido muchas lesiones.


Parecía cuestión de minutos para que Brasil anotara un gol, pero Goycochea se salvaba una y otra vez. En el segundo tiempo a Maradona le bastaron un par de minutos para cambiar el rumbo del partido. De la nada, tomó el balón en media cancha y avanzó con él, quitándose a varios jugadores brasileños. Al cruzar la media cancha, un brasileño intentó derribarlo ilegalmente, pero Diego, casi cayéndose, logró darle un pase a Caniggia.


Caniggia quedó solo frente al portero de la selección brasileña, lo esquivó y anotó. 

Fue una jugada vertiginosa, y jamás la olvidaré.  

Mi papá le iba a Brasil. Cuando acabó el partido, él me miró un poco triste y me dijo que era increíble que un solo jugador pudiera hacer que su equipo ganara. No entendí lo que me dijo. Yo sólo sabía que Maradona parecía un jugador de otro planeta y estaba impresionado. Ni siquiera había cumplido diez años. 

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No me he perdido un mundial desde entonces. Vi a la Selección Mexicana perder en penaltis en New Jersey contra Bulgaria, cuando los europeos estaban rendidos. Vi a la Selección perder contra Alemania en Montpellier, después de tener un gol de ventaja durante casi todo el partido. Vi a la Selección perder un partido decadente contra Estados Unidos en Jeonju. Vi a la Selección perder contra Argentina en Leipzig y en Johannesburgo. 

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Cada cuatro años nuestra máxima aspiración es que la Selección califique al mundial y que pase a los cuartos de final, aun cuando en categorías inferiores se han ganado dos Copas Mundiales. 

La Liga es deficiente, está plagada de extranjeros que no son mucho mejores que los futbolistas mexicanos más jóvenes, el máximo goleador no anota más de diez goles por torneo, el equipo campeón rara vez es el que el exhibe el mejor nivel a lo largo del torneo y sin embargo la afición consume todo lo que tenga relación con el futbol.  


Si tuviéramos a alguien como Maradona, lo más probable es que nunca llegaría a jugar un mundial.