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viernes, septiembre 23, 2022

Wah, wah, wah

A las 11 de la mañana, tal y como nos había informado, esa misma mañana, la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica –wah, wah, wah– y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar algo así como diez metros hasta la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S, y dejar lo que estaba haciendo –cargar los últimos documentos de la solicitud en la que estaba trabajando desde agosto para concursar por financiamiento en la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT– y quedarme allí durante diez o quince minutos.)

Nos reunimos alrededor de diez personas en la zona de seguridad. La mayoría eran administrativos, pero también había estudiantes. Sin embargo, yo era el único posdoc y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc allí, sino porque ser un posdoc es, en cierta forma, estar en el limbo de la academia. 

En los pasillos de la universidad había escuchado a un par de investigadoras referirse a sus posdocs como estudiantes. Si ellas, mejor que nadie, deberían saber que un posdoc no es un estudiante más, y, sin embargo, llamaban así a sus posdocs, ¿qué podía esperar yo –que aparecí, casi de la nada, en el Departamento–, de los administrativos y de los estudiantes de grado y de pregrado...? (Claro que no tiene nada de malo ser un estudiante más, pero hay que darle su lugar a los posdocs: parece obvio, pero, cuando estás en el posdoc, ya pasaste por la licenciatura y por el doctorado, ya debiste haber publicado al menos un artículo de investigación como primer autor en una revista con peer review, y ya debiste haber impartido clases en licenciatura y en posgrado. Yo no era un posdoc estándar. Ya era primer autor en cuatro papers, era coautor en tres papers, tenía dos capítulos en libros en inglés y, durante más o menos cuatro años, ya había sido profesor de asignatura en la UNAM, y, a veces, uno que otro estudiante actuaba como si yo fuera su asistente. Me miraban de arriba abajo, como si estuvieran esperando a que les limpiara las camas de aserrín a sus ratas, o ni siquiera me contestaban el saludo. A veces, tenía tantas ganas de comportarme como un verdadero mamón con ellos, y mandarlos al carajo y presumirles todo lo que había hecho.) 

También me sentía fuera de sitio en la zona de seguridad porque estaba desvelado. 

Me había despertado de una pesadilla alrededor de las tres o cuatro de la mañana, y se me había ocurrido revisar algunas noticias en mi teléfono. Había muchas notas sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 –en 32 años no había hecho nada similar–, y esas noticias me habían afectado en un mal sentido, y tenía pensamientos catastróficos y no podía dejar de recordar detalles de mi propia experiencia durante ese terremoto. 

Durante el macrosimulacro, me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y reforzaron mi impresión de que ser un posdoc es estar en el limbo de la academia. Fue obvio para mí que ellas me veían como un estudiante más que no tenía gran cosa que contarles. Me encabronó la situación. También es obvio que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... A veces, aunque se los digas, no funciona. Algunos estudiantes sólo escuchan lo que quieren escuchar y sólo te hablan cuando no les queda otra opción –normalmente, ni siquiera te saludan–, o cuando creen que tu obligación es facilitarles cualquier cosa que necesiten para correr sus experimentos. En fin, es difícil darles gusto. A algunos.

Después de esa interacción social desastrosa, me maldije por intentar ser alguien que no soy –no me desvivo por socializar– y por haberme puesto a leer esas noticias en Internet. No quería sentirme encerrado en mi propio mundo, ni continuar pensando en todas las cosas que me daban vueltas en la cabeza, pero acabé sintiéndome como si hubiera una barrera entre el resto de la gente agrupada en la zona de seguridad y yo. 

De las cinco personas que regularmente compartíamos el cubículo y con quienes conversaba regularmente, en ese momento, sólo estaba yo: A, como integrante de la Comisión de Seguridad, coordinaba el macrosimulacro y andaba de un lado para otro; G impartía alguna clase en otro edificio de la universidad; P, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y Q tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a trabajar al cubículo. Al cabo de unos minutos, G y P volvieron y se pusieron a platicar sobre algunas anécdotas de René Drucker, que había muerto el domingo anterior. Me hubiera gustado unirme a la plática –Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, fue “mi abuelo académico” y fue presidente del Comité de mi examen de candidatura, pero mientras fui estudiante de doctorado, siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria–, pero, digamos que, después de mi experiencia social durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar. Me concentré en completar mi solicitud para la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre. 

Ya estaba harto. La solicitud parecía no tener fin. Tenía varias semanas trabajando en ella. Además de que habían actualizado la plataforma del CONACyT y de que había tenido que volver a cargar otra vez toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos de la solicitud eran muy latosos: entre otras cosas, tenía que redactar varias Cartas Compromiso y recabar las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

G y P continuaban hablando sobre Drucker, cuando me aburrí de la burocracia del CONACyT y me puse a leer un artículo que tenía en esa carpeta de la computadora en la que pongo todos los artículos que creo que debo leer pero que casi nunca leo. Se trataba de un artículo de restricción de sueño y de memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Cuando intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, comenzó a temblar. Se sintió como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?

El movimiento se intensificó y entonces, como si un experto en condicionamiento clásico hubiera querido usarnos como sus conejillos de indias para demostrar cómo se fortalece la asociación entre un EI y un EC, si el EC ocurre mientras transcurre el EI, comenzó a sonar la alerta sísmica –wah, wah, wah–, y, casi de inmediato, se escucharon gritos y estructuras metálicas retorciéndose. A unos metros de la puerta del cubículo, a mi izquierda, había un grupo de personas que se sujetaban a una de las columnas de concreto del pasillo. 

A mi derecha también había un grupo de gente abrazándose a otra de las columnas del pasillo, y traté de caminar hacia el grupo que estaba más cerca de mí, a la izquierda, pero el terremoto era tan fuerte que ni siquiera podía mantener el equilibrio. En ese grupo de la izquierda estaba una investigadora que conocía desde hacía 10 años y que de pronto había dejado de hablarme. Más o menos sabía que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado los experimentos de sus estudiantes. No era cierto. Más bien, sus estudiantes casi no corrían experimentos y, cuando lo hacían, ocupaban todo el bioterio sin avisar y durante cuatro o cinco horas consecutivas, estropeando los experimentos de todos los que teníamos animales en el bioterio. En fin, me daba igual que ella y que sus estudiantes me hubieran dejado de hablar, pero era incómodo cuando sus amigos investigadores (con quienes yo nunca había tenido problemas) me negaban el saludo porque se habían solidarizado con ella. 

Bueno, esta investigadora estaba allí, en la columna de la izquierda, y se veía muy asustada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos y me pareció insignificante tener un problema con ella; ni siquiera lo pensé: simplemente supe que nunca entendería por qué la gente es así; porque, pudiendo quejarse directamente contigo –o aclarar alguna situación contigo–, prefiere acusarte; por qué, aun cuando uno se concentra en su trabajo y evita los conflictos y los chismes de pasillo, siempre habrá alguien que encuentre la oportunidad de poner palabras en tu boca, de echarte la culpa de algo, de justificarse, y sacar provecho de ello.

A unos metros del grupo de la derecha, estaba G. Él también se veía muy asustado. Era una persona muy optimista y siempre sonreía, pero, en ese momento, se veía muy mal. Pensé en que no le preocupaba tanto su situación, sino que estaba preocupado por A y por sus hijas. A –su pareja–, en ese momento daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en sus escuelas, en Coapa, a kilómetros de distancia de la universidad. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y de pronto me di cuenta de que yo mismo ya me encontraba en la columna de la izquierda, sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en la universidad. La ubicaba de vista, varias veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos, precisamente, en esas condiciones tan horrendas. Deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan horrendo, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí –G, la investigadora que no me hablaba, la chica que había visto tantas veces en los pasillos de la universidad–, mientras el edificio S continuaba sacudiéndose terriblemente, de una u otra manera, habíamos pensado en cosas similares: que el edificio no resistiría el terremoto, que se caería en cualquier momento y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo 
una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó. 

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad. 

Paulatinamente todo se fue deteniendo, como cuando estás ebrio y poco a poco recuperas tu sobriedad. Volví al cubículo por mis cosas y salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. Aún nadie sabía cuáles habían sido las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. 

Miré alrededor. El mural de Arnold Belkin, el que está en la entrada principal del edificio S, el mismo mural que vi cuando visité por primera vez ese edificio de la UAM Iztapalapa, por allá del 2009, cuando apenas iba a ingresar al doctorado en la UNAM y necesitaba una firma del Dr. Javier Velázquez, que formaría parte de mi comité tutoral. El mural de Belkin tenía dos fisuras enormes. Estaba dividido en tres partes.  

Intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. 

Salí de la universidad. En la calle había mucho tráfico y mucho ruido y mucha gente. Los camiones de transporte público y los taxis y las patrullas y las ambulancias y los coches de bomberos pasaban a toda velocidad. Algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos peatones. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio del terremoto y, al menos esa parte de la ciudad, ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Con los camiones pasaba lo mismo.

Caminé como una hora hasta Rojo Gómez y luego hasta Parque Tezontle. Estaba exhausto. Una y otra vez intenté llamar por teléfono a Katz, pero el teléfono seguía sin línea. Sólo quería llegar al departamento y saber que ella y que los gatos estaban bien.

En algún punto me detuve afuera de una tienda de abarrotes en la que se escuchaba la radio. El dueño de la tienda salió y quién sabe qué semblante me vio, pero me preguntó si quería agua, y me dijo que era gratis. Le dije que no. Mientras me concentraba en las noticias, él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado peor que el de 1985. Estábamos así, cuando la locutora de la radio dijo que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. Intenté otra vez llamar a Katz por teléfono. Nada. El teléfono seguía sin línea.

Tardé casi dos horas en llegar al departamento, y ocurrieron miles de cosas más, pero esta entrada ya es muy larga, así que sólo diré que Katz y que los gatos tampoco la pasaron bien durante el terremoto –el edificio se movió de un lado a otro, los niños de la primaria junto al edificio lloraron y gritaron, los gatos se asustaron y se escondieron en la parte más alta de los clósets de las recámaras, Katz se metió a un clóset y también creyó que el edificio se caería–, pero que todos, afortunadamente, estaban sanos y salvos.

Han pasado cinco años desde ese terremoto (Katz, los gatos y yo ya ni siquiera vivimos en la CDMX), el edificio S de la UAM Iztapalapa ya no existe (sufrió daños estructurales en ese terremoto del 2017 y ya lo demolieron), este lunes 19 de septiembre del 2022 volvió a temblar a la una de la tarde, después de un simulacro, y yo estaba también en una universidad (como hace cinco años), ahora en el segundo piso de un edificio nuevo y a punto de impartir una clase, y en otro limbo académico (ya no como posdoc), pero esa es otra historia.

domingo, septiembre 19, 2021

19 de septiembre del 2017

                     


A las 11 am, tal y como nos había informado esa misma mañana la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar poco más de diez metros desde el cubículo hasta la zona de seguridad que me correspondía –entre las escaleras y los baños del tercer piso del Edificio S– e interrumpir mis actividades –estaba capturando los últimos detalles de una solicitud para concursar por financiamiento en el CONACyT– durante cinco o diez minutos.)

En la zona de seguridad nos reunimos alrededor de diez personas. La mayoría era personal administrativo, pero también había unos cuantos estudiantes e investigadores. Yo era el único posdoc, y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc ni por tener la impresión de que para los administrativos y para los estudiantes yo era un estudiante más (no tiene nada de malo, pero uno ya pasó por la licenciatura y por el doctorado, y ya publicó artículos de investigación, y, generalmente, ya impartió clases para licenciatura y para posgrado), sino porque había pasado una mala noche y porque estaba despierto desde las cuatro de la mañana: me había puesto a leer algunas noticias en Internet sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 y esas noticias me habían remontado a mi propia experiencia durante ese terremoto y me habían hecho recordar cosas en las que no había pensado en 32 años. 

Me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y se encargaron de reforzar mi impresión (que no me veían como un posdoc, sino como un estudiante más). No pude evitar ponerme a pensar en que los estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer. Ya me había tocado tratar a algunos estudiantes en esa universidad que me hablaban cuando les resultaba inevitable, o cuando creían que era mi obligación facilitarles cualquier cosa que necesitaran para correr sus experimentos. 

Me sentí idiota. Yo me lo busqué. Ni me gustan las conversaciones de pasillo. Por desgracia, justo en ese momento, no quería sentirme aislado, encerrado en mi propio mundo. Me pareció de lo más inoportuno que, justo durante el macrosimulacro, de las cinco personas que regularmente compartimos el cubículo, sólo estuviera yo: B, estaba en la Comisión de Seguridad y coordinaba el simulacro y andaba de un lado para otro; E tenía alguna clase, en otro edificio de la universidad; Ó, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento, atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y R tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a mis actividades al cubículo. Poco después volvieron E y Ó y se pusieron a platicar sobre la muerte de Drucker que no tenía ni una semana de haber ocurrido. Estaba seguro de que ellos no sabían que Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, ni que fue “mi abuelo académico” y presidente del Comité de mi examen de candidatura –en mis años de estudiante de doctorado, él siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria– y quería decirles todo esto y unirme a la plática, pero, digamos que, después de mi experiencia durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar y sólo quería completar mi solicitud para la convocatoria de financiamiento del CONACyT –la fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre y todavía me faltaban algunos detalles–, así que me enfoqué en terminarla. Ya estaba un poco harto, pues tenía varias semanas trabajando en la propuesta de investigación y no podía terminarla. Además de que la plataforma del CONACyT había cambiado recientemente y de que tenía que volver a cargar toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos eran muy latosos: requerían que redactara varias Cartas Compromiso y que recabara las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

E y Ó continuaban hablando sobre Drucker, y me aburrí y me puse a leer un artículo que encontré por ahí. Los autores evaluaban el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo en la Aplysia. Empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, cuando el suelo se sacudió. Fue como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, con la intención de llegar a la zona de seguridad, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más que unos cuantos pasos. Todo parecía irreal –no podía creer que estuviera temblando justo ese día en el que se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justo ese día en el que me había puesto a pensar en cosas en las que no había pensado en 32 años, y entonces comenzó a sonar la alerta sísmica y escuché gritos y vidrios quebrándose y paredes cayéndose y estructuras metálicas retorciéndose, y todos esos sonidos me devolvieron a la realidad. Entonces, a mi izquierda, 
a unos metros de la puerta del cubículo, vi a un grupo de personas que se abrazaban junto a una de las columnas del pasillo.

Como el movimiento no paraba y parecía cobrar mayor intensidad a cada segundo –era imposible mantener el equilibrio–, mi imaginación voló, me puse paranoico, y creí que el edificio S caería en cualquier momento y que todo lo que había estado recordando desde la mañana había sido una señal de esa catástrofe y que debí haber prestado más atención a mis pensamientos, y entonces, por unos segundos, no pensé en nada más que en salir del edificio antes de que se cayera, y traté de volver por mis cosas al cubículo, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más de dos pasos.

Traté de acercarme al grupo de personas que se abrazaban a la columna del pasillo y me di cuenta de que a mi derecha había otro grupo de personas en las mismas condiciones –abrazándose a otra de las columnas del pasillo–, y distinguí entre ese otro grupo de gente a una investigadora que conozco desde hace casi 10 años y que de pronto dejó de hablarme. Vagamente recordé que en una conversación de pasillo me había enterado que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado sus experimentos. También recordé que incluso algunos de sus amigos investigadores (con quienes yo nunca antes había tenido problemas de ningún tipo), también me habían dejado de hablar, y, más allá de que no era cierto nada de lo que ella había dicho, me encabronó el hecho de que ella nunca se hubiera quejado directamente conmigo, y también que nunca se hubiera interesado en averiguar si yo tenía algo que decir al respecto. (¿Qué clase de tonto tendría que ser para sabotear los experimentos de una investigadora que tiene más años que yo en la universidad?) Al verla allí, asustada y abrazándose a otras personas, pensé en que esa clase de conflictos que me amargan la vida, son inevitables y absurdos, pero que no valen la pena: incluso si uno no dice nada –o, más bien, porque no dice nada, y se concentra en su trabajo–, siempre habrá alguien que encontrará la oportunidad de poner palabras en tu boca y de echarte la culpa de algo.

Unos metros más allá de la columna a mi derecha, estaba E. También se veía asustado. Es una persona muy optimista y siempre está sonriente, pero, en ese momento, su semblante era el de una persona totalmente distinta. Tal vez estaba preocupado por B y por sus hijas. B daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en la escuela, a kilómetros de distancia. Verlo así, de pronto, ocasionó que, así como segundos antes había pasado con el sonido de la alerta sísmica, de los gritos de la gente, de los vidrios quebrándose, de las paredes cayéndose y de las estructuras metálicas del edificio retorciéndose, mi mente se echara a volar. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y entonces me di cuenta de que me encontraba sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en universidad. La ubicaba de vista, algunas veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. 

Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos en esas condiciones tan horrendas e improbables, y deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan terrible, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí, mientras el edificio S se sacudía, de una u otra manera, habíamos tenido pensamientos similares: que ya habíamos pensado que el edificio no resistiría el terremoto y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos –de mujeres y de hombres, por igual– eran aterradores y se confundían con el sonido de la alerta sísmica –que empezó a sonar en algún momento, después del terremoto–, pero el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio que crujían con el movimiento era aún más aterrador. Este sonido peculiar de tuberías y de varillas retorciéndose en un edificio me remontó al otro terremoto, al de 32 años atrás, a esa mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 en la que los segundos transcurrían tan lentamente que parecían eternos, mientras mi mamá nos abrazaba a mi hermano y a mí en el quinto piso del edificio en el que vivíamos, y 
esperábamos a que el terremoto terminara y a que todo volviera a la normalidad, mientras las tuberías y las varillas crujían.  

Era imposible no pensar en que todo se trataba de un dèjá vuh. Era imposible no pensar en que el Edificio S se desplomaría y en que nos quedaríamos atrapados entre los escombros. Mi mente siguió volando y recordé algunas de las anécdotas que escuché en los meses posteriores al terremoto de 1985, cuando era un niño pero me daba cuenta de que parecía no haber otro tema de conversación entre los adultos a los que frecuentaban mis papás, cuando todos –familiares y amigos– hablaban del terremoto, cuando cada uno de los familiares y cada uno de los amigos de mis papás parecían haber conocido directamente a algún sobreviviente del terremoto o a algún desaparecido.   

Se sintió una sacudida más fuerte que las anteriores, y escuché otra vez los gritos de las personas que estaban atrapadas como yo en ese pasillo, y escuché otra vez el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio retorciéndose, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales y creí que era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, tal y como ocurre en los documentales en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos, y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó.

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a la universidad a la hora de la comida y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Colonia Roma, y entonces cruzaron mi mente varias preguntas: cuando comenzó a temblar, ¿ella continuaba en el departamento –vivíamos en el quinto piso de un edificio–, o ya había salido a la calle...?; si ya había salido a la calle, ¿dónde se encontraba?; si ya estaba en la calle, ¿los gatos estaban bien...?, ¿les caería encima algún mueble dentro del departamento...?, ¿el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado...? ¿Qué tal si ese edificio en el que habíamos vivido durante los últimos cinco años y que tenía casi treinta años de edad y que fue inaugurado algunos años después del terremoto de 1985 y que quedaba a veinte minutos de la universidad y que es mucho más alto que el Edificio S, se encontraba en peores condiciones...?

Cuando acabó el terremoto, que pareció durar una eternidad, salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. La situación era incierta. Aún no sabíamos las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. He vivido tantos terremotos que he aprendido que, si las líneas telefónicas se caen después de un terremoto, el terremoto no fue cualquier cosa. Respiré profundamente, para intentar tranquilizarme, y miré alrededor. 

Lo primero que vi fue que el mural de Arnold Belkin, en la entrada principal del edificio S, tenía dos fisuras enormes que lo dividían en tres partes.  

Antes de entrar en desesperación total, intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. Salí de la universidad. La calle parecía la escena de una película del fin del mundo. Todos los camiones de transporte público pasaban a toda velocidad, llenos de gente, y algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos transeúntes. Las sirenas de patrullas, de ambulancias y de camiones de bomberos completaban la escena. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio de la catástrofe y esa parte de la ciudad ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Ocurría igual con los camiones de pasajeros. Tuve que caminar hasta Rojo Gómez. Cada paso que daba era desesperante. Tenía la impresión de que mis pasos no me llevaban a ningún lado, que solo estaba caminando en círculos. 

No podía comunicarme con Katz. No sabía cómo estaban Katz y los gatos. Estaba rodeado de gente igual de desesperada que yo, pero estaba solo. 

No pude tomar ningún transporte. 

Cuando llegué a Rojo Gómez, debí caminar sobre Rojo Gómez, desde Gavilán hasta Canal del Moral. No sé cuántos kilómetros caminé. Estaba exhausto, a punto de rendirme, caminando por inercia, esperando poderme subir a algún camión de pasajeros o taxi o automóvil particular. 

Esporádicamente intentaba llamar por teléfono a Katz, pero ya sabía que el teléfono seguiría sin línea y ya no quería pensar en que las líneas telefónicas se caen sólo cuando ha ocurrido algo en verdad catastrófico. Sólo quería llegar al departamento y saber que Katz y que los gatos estaban a salvo. 

Sobre Rojo Gómez, decenas de peatones caminaban ensimismados en sus propios pensamientos. No se veían daños aparatosos en ningún edificio o casa. El tráfico iba a vuelta de rueda y constantemente pasaban patrullas y ambulancias hacia Ermita Iztapalapa. 

Después de haber caminado más de media hora sin parar y después de haberme acostumbrado a ese peregrinaje que parecía no tener fin –incluso dejé de sentir mis piernas–, me detuve en una tienda en la que se escuchaba la radio. Miré al dueño y él, amablemente, me ofreció comida y bebida gratis. Le dije que no y le di las gracias. Simplemente me quedé allí unos segundos, escuchando las noticias. Él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado más fuerte que el terremoto de 1985, y ambos escuchamos al mismo tiempo a la locutora del radio decir que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. 

Deseé que Katz no hubiera cambiado de planes a última hora y que no hubiera decidido ir ella sola a ver a su primo –a veces, ella cambia de planes–, y volví a intentar llamarla por teléfono sin éxito y luego retomé mi peregrinaje hacia el departamento. 

La angustia y la incertidumbre eran fulminantes, eran como una tonelada de cemento encima de mí. Tenía seca la boca seca y sentía un hueco en el estómago, pero lo único que realmente necesitaba era comunicarme con Katz y saber que ella y que los gatos estaban bien. 

Al cabo de casi una hora de camino a pie, cuando estaba más o menos a la altura de Parque Tezontle, finalmente logré subirme a un camión de pasajeros. El camión 
iba llenísimo, el tráfico continuaba a vuelta de rueda, y el calor era sofocante. Unos pasajeros bromeaban sobre el terremoto –y los odié: seguramente, ellos ya se habían logrado comunicar con sus seres queridos y sabían que todos estaban bien, y el terremoto sólo era un evento inusual que los había sacado de la monotonía–, y no me dejaban escuchar la radio que traía encendida el chofer del camión. 

Hasta ese momento se me ocurrió que Katz también podría haber estado intentando comunicarse conmigo y que también debía de estar preocupada por mí, pero no podía hacer nada más: ya no tenía fuerzas; si me bajaba del camión, nada cambiaría; no podría echarme a correr y llegar más rápido que el camión, al departamento. 

Por las calles por las que pasábamos en el camión no había daños. 



Llegué a la casa alrededor de las cuatro de la tarde –¡t
ardé casi dos horas y media en llegar, desde la universidad!–, y me bajé del camión. Los edificios y las casas se veían bien, pero caminé lo más rápido que mis fuerzas me lo permitieron. Desde la avenida, logré ver que el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado, y, por primera vez desde que había salido de la universidad, me sentí tranquilo. En el estacionamiento del edificio, me encontré a uno de los vecinos que vivía en el mismo piso que nosotros. Estaba inspeccionando los alrededores en compañía de sus hijos, y su presencia me tranquilizó aún más.

Me acerqué a la entrada del edificio. 
Las manos todavía me temblaban tanto que apenas pude meter la llave en la cerradura de la puerta. Una de las vecinas de la planta baja, me dijo que Elizabeth estaba bien y que acababa de subir al departamento, y subí hasta el quinto piso y m
i cuñada me abrió la puerta antes de que intentara abrirla desde afuera con la llave, y me dijo que tenía como media hora en el departamento y que ella y que Elizabeth estaban bien.

Elizabeth estaba en la recámara y salió a la sala y la vi bien y me dijo que los gatos estaban asustados y escondidos debajo de la cama. Me dijo que había intentado llamarme por teléfono muchas veces y que durante el terremoto los gatos se habían asustado y que había escuchado los gritos y los llantos de los niños y de las profesoras de la primaria que está junto al edificio. Me dijo que el edificio se mecía y que chocaba con el edificio de al lado. Me dijo que creyó que el edificio se caería y que se metió en el clóset de la recámara. Me dijo que había escuchado cómo crujían las tuberías y las varillas del edificio. Me dijo que ya se había comunicado con sus papás y con mi mamá, y que todos estaban bien. Me senté en un sillón y descansé unos minutos, y luego inspeccioné el departamento. Nos quedamos sin luz y sin agua, pero todo se veía bien. Tuvimos internet hasta que se le acabó la batería al módem, pero nos bastó para ver en redes sociales la destrucción que había causado el terremoto. Las imágenes eran tan similares al terremoto de 1985 que parecía el mismo evento, y al igual que hacía treinta y dos años, yo vivía en la Ciudad de México, en el quinto piso de un edificio de departamentos y mi familia estaba bien. Era muy afortunado.

Elizabeth, los gatos y yo nos fuimos 
a pasar la noche a la casa de mis papás. Les conté cómo había sido mi día, cómo había sido vivir el terremoto en el edificio S –incluso les dije que era muy probable que hubiera sufrido algún daño severo– y cómo había sido el caótico regreso de la universidad al departamento, pero como que creyeron que exageraba. 

Nos acostamos en mi recámara con los gatos. Toda la noche estuvieron inquietos y deambulando de un lado a otro. Toda la noche sentí que el suelo se movía y presentí que volvería a temblar y que sonaría la alerta sísmica. Cualquier movimiento, por ligero que fuera, me recordaba el movimiento en el tercer piso del edificio S. Estaba exhausto, pero no pude dormir ni dejar de pensar que mis piernas continuaban moviéndose sobre la Avenida Rojo Gómez.

Han pasado cuatro años y el edificio S ya no existe y son las 13: 14.

viernes, enero 24, 2020

Escarnio Irrelevante

Qué ironía.

Este “culto héroe de la retórica”, en una ocasión, sin que nadie lo llamara (¡él no sabía ni mi nombre, ni nunca antes había sabido nada de mí, pero tenía tanta confianza en sí mismo y tanto amor propio que parecía muy convencido de conocerme mejor de lo que me conozco yo mismo!), salió de la nada, para señalarme y para tirarme su rollo pro-feminista en una publicación de FaceBook.

Yo había ido a parar a esa publicación porque alguien que conozco había posteado una noticia sobre una marcha feminista en la que habían corrido a un periodista y yo sólo quería saber –ingenuamente– por qué lo habían corrido con “cierta violencia”. 

Quizá me faltó tacto para preguntarlo, pero nunca quise herir susceptibilidades. 

(Aunque, de vez en cuando –¿una o dos veces al año?, ¿menos veces?–, pierdo el control y me enfrasco en alguna pelea sin sentido con desconocidos en redes sociales, ése no era el caso.) 

Mi punto era que no me parecía coherente que hubieran corrido de la marcha a ese hombre, con “cierto nivel de violencia”, cuando la marcha, precisamente, denunciaba la violencia de la que son víctimas las mujeres.

Nunca puse en duda que la violencia contra las mujeres es algo terrible que debe erradicarse, pero en su chip retórico —¿neocorteza?—, él leyó que sí: que yo estaba en contra de erradicar la violencia que sufren las mujeres y que yo era un representante estándar del machismo. 

Por si fuera poco, empleó un discurso que aborrezco: retórico, moralino, decimonónico, filosófico... 

También quiso evidenciar con su discurso que él tenía un aparato cognitivo superior al mío y que era una mejor persona –¿más consciente, en términos sociales?– que yo. ¿Cómo no aborrecer a esta clase de personas que se aparecen sin que nadie las llame, para dar una lección que nadie les está pidiendo...?

Yo ni siquiera había puesto a discusión el tema: las mujeres han sido oprimidas desde siempre, la violencia que sufren es algo terrible y hay que erradicarla. 

A diferencia de lo que él creía (ya mencioné que estaba convencidísimo de conocerme más de lo que me conozco yo mismo), acepto que no soy una buena persona, pero eso no significa que esté de acuerdo con el hecho de que a las mujeres les ocurran cosas terribles.
Más bien, en general, soy poco considerado con la humanidad*. 

Mi problema fue buscar (estúpidamente) una respuesta. Reconozco que me faltaba contexto –información– para comprender por qué habían corrido a Jenaro Villamil de esa marcha y de esa manera. (No haber estado en una marcha feminista y preguntar por qué se hacen las cosas de cierto modo, ¿me convierte automáticamente en machista?) 
Sólo quería saber qué era lo que no estaba viendo en esa situación, pero como resultado (¿por pendejo?) obtuve un pedantísimo y aburridísimo discurso biopsicosociopoliticocultural.

(¡Qué hueva!)

Ayer, alguien que sigo en twitter le dio Me gusta a este tweet.

(Maldigo la hora en que se me ocurrió distraerme en mi teléfono y encontrarme este tweet. Mejor hubiera continuado leyendo de qué manera Rick Deckard planeaba exterminar a las últimas tres unidades cerebrales Nexus-6, mientras bebía bourbon y se enamoraba de Rachael Rosen. Ya le dediqué al asunto más tiempo del que me hubiera gustado. Espero que, al menos, me sirva de desahogo.) 

Me bastaron unos segundos para leerlo, para darme cuenta de que era un ejemplo más de disonancia cognitiva** y para que todos estos recuerdos sobre los que escribo llegaran a mi mente. 

(El día que este sujeto me “diagnosticó” como machista, fue el 18 de septiembre del 2017.
Si todo esto hubiera ocurrido cualquier otro día, probablemente ni lo recordaría.
Sin embargo, tengo presente la fecha, porque en 24 horas, más o menos, me encontraría en el mismo lugar en el que revisaba mi muro de FaceBook, pero en una situación traumática. 

Lo demás, sí es irrelevante: estaba en el tercer piso del Edificio S, matando el tiempo, revisando mi muro de FaceBook, para lidiar con el hecho de que una estudiante de licenciatura me trataba como egresado de bachillerato y suponía que mi propósito en la vida era abrirle la puerta del laboratorio para que ella fuera a pesar a sus animales de experimentación.) 


En resumen: a juzgar por su tweet y por lo que me tocó compartir con él en FaceBook, a él también le encanta el escarnio irrelevante***.

(De hecho, en algún momento de la discusión, cuando él estaba más indignado y convencido de que yo era “un idiota que no respetaba a las mujeres”, le dije que leyera bien lo que yo había escrito y después tuvo que ofrecerme una disculpa y retirarse de la publicación porque yo jamás había escrito eso que él estaba convencido de que yo había escrito.) 

Hay que preguntarse, seriamente, quién dice las cosas y desconfiar de la buena onda.

(¿Cómo tomarlo en serio después de que has descubierto que le gusta aparentar cosas que, evidentemente, no es?, ¿cómo le hacen sus lóbulos frontales para convencerlo de que conoce “de pies a cabeza” a un desconocido, que eso le permite señalarlo y juzgarlo, y al mismo tiempo, quizá, dejarle la impresión de que sus opiniones son deslumbrantes y modernas –lo más inteligente que ha dicho un ser humano–, aun cuando usa un lenguaje decimonónico y rebuscado para comunicarlas...?)

PD. Adornar innecesariamente un mensaje de 140 caracteres, no lo hace más significativo ni más interesante, creo yo.

_____________


*Por “humanidad” me refiero a ese grupo de seres vivos que se considera el mamífero más evolucionado, pero cuyos especímenes pueden sacarse los ojos por un lugar en un estacionamiento público, pueden matar a un árbol para adornar sus casas durante un mes, pueden abandonar a sus mascotas en la calle, etc.

**Casi de manera automática, busco ejemplos de disonancia cognitiva en las redes sociales. De vez en cuando, los uso en mis clases. Creo que éste será el caso. 

***Señalar, en los demás, lo que él cree ver mal en los demás y así quedar como un héroe observador que “piensa diferente”. Todo este asunto es irónico, porque en este tweet, que él publicó –supongo que sin que nadie lo obligara a hacerlo–, él señala como estúpido, con un lenguaje pedantísimo y con un dejo de superioridad académica, justamente lo que él mismo hizo conmigo. (Su lenguaje es tan pedante que es muy probable que, de contar con el conocimiento básico, él diría “Mi musculatura distal no está siendo regulada apropiadamente... Intuyo que se debe a que ciertos axones sensoriales Ia... incluso motoneuronas gamma... no inervan suficientes husos musculares... También intuyo que puede deberse a que ninguno de estos componentes de la musculatura somática hace sinapsis con las interneuronas correctas de la sustancia gris de la médula espinal... En última instancia, tal vez esté dañado el tracto corticoespinal...”, en lugar de decir “Tengo mononeuropatías porque he estado tomando muchos medicamentos...”)

martes, septiembre 26, 2017

En el tercer piso del Edificio S


Hace una semana se cumplieron treinta y dos años del terremoto del 19 de septiembre. 

Como es costumbre desde hace más de diez años, hubo un macrosimulacro en el que participaron escuelas, distintas instancias del Gobierno y alguna que otra empresa de la Ciudad de México.  

Por la mañana, la Comisión de Seguridad de la Universidad ya nos había informado sobre el macrosimulacro: durante el mismo, tendríamos que permanecer en la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del Edificio S, a unos quince metros del cubículo en el que he trabajado como posdoc en los últimos años. 

A las once de la mañana, tal y como estaba estipulado, sonó la alerta sísmica. Me dirigí a la zona de seguridad. Nos reunimos alrededor de veinte personas; la mayoría eran estudiantes de licenciatura y de posgrado, y administrativos; habíamos unos cuantos posdocs. 

De las cinco personas que regularmente ocupamos el cubículo, sólo estaba yo: B, como representante del Departamento en la Comisión de Seguridad, coordinaba el simulacro; E impartía una clase en otro edificio de la universidad; Ó, arreglaba algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; R, tenía una reunión en otro instituto. 

No había dormido bien. Estaba despierto desde la madrugada y me habían estado dando vueltas en la cabeza algunos recuerdos del terremoto de 1985. El simulacro me puso la piel de gallina y se me ocurrió acercarme a unos estudiantes que andaban por allí en la zona de seguridad y platicarles cualquier cosa para dejar de pensar en mis recuerdos, pero les importó un carajo. (Una de las tantas cosas que he aprendido como posdoc es que los estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites, si no eres mamón con ellos y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer.) 


Cuando acabó el simulacro, regresé al cubículo a trabajar en una propuesta de investigación para concursar por financiamiento en una convocatoria del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre y todavía me faltaban algunos detalles. 

Poco después, E y Ó volvieron al cubículo y se pusieron a hablar sobre la muerte de René Drucker*. La muerte de Drucker tenía pocos días. F
ue “mi abuelo académico” –tutor de mi tutor de doctorado–, presidente del Comité de mi examen de candidatura y, además, es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, pero lo traté muy poco. Siempre estaba muy ocupado y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria. En ese tiempo, él era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM y ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya. (Eso sí: después de 40 minutos, o poco más, frente al Comité de mi examen de candidatura, cuando ya había mostrado los avances de mis datos –casi tenía listo mi primer artículo como primer autor– y respondido a todo lo que me habían preguntado los miembros del Comité, él les puso un alto a algunos de los integrantes que parecían buscar respuestas innecesarias.)

Tenía muchas ganas de hablar con E y con Ó sobre Drucker, pero me enfoqué en completar mi solicitud de Ciencia Básica. Tan sólo la parte legal y administrativa implicaba la redacción  de varias Cartas Compromiso que requerían las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad, y actualizar toda la información de mi trayectoria académica desde el 2008 en la plataforma que recién estrenaba el CONACyT. 

El proceso estaba resultando desesperante. Mientras E y Ó hablaban sobre algunas anécdotas de Drucker, abandoné la solicitud y me puse a leer un artículo. Los autores empleaban un protocolo de discriminación que no conocía en la Aplysia, y evaluaban el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo. 

Estaba tratando de entender el protocolo, cuando el suelo se sacudió de un modo tan fuerte que pareció que un enorme gusano atravesaba los cimientos del edificio S. (La imagen que se me ocurre para describirlo es esa película en la que Kevin Bacon y Fred Ward intentan acabar con los monstruos subterráneos del Desierto de Nevada.) 

Desde la primera sacudida, presentí que no sería un terremoto cualquiera. 

Emilio, Óscar y yo salimos del cubículo. 
Sólo habían transcurrido unos segundos, pero el movimiento era tan intenso ya que ni siquiera intenté llegar a la zona de seguridad. La alerta sísmica comenzó a sonar y el sonido detonó los recuerdos que habían estado dándome vueltas en la cabeza desde la madrugada. Me puse paranoico y pensé en volver por mis cosas al cubículo y en salirme del edificio. 

Estaba a unos pasos del cubículo, pero temblaba tan fuerte que apenas pude volver sin perder el equilibrio. La puerta del cubículo estaba abierta. Tomé mi mochila lo más rápido que pude, dejé la computadora encendida en el escritorio, salí del cubículo y cerré la puerta con llave. 

Apenas volví al pasillo y reparé en las seis o siete personas que estaban aglomeradas junto a una de las columnas del tercer piso del Edificio S. Me acerqué a ellas.


Miré a mi derecha y reparé en otro grupo de personas que estaban aglomeradas en otra de las columnas del edificio. Entre ellas estaba una investigadora que 
conocí hace diez años en un congreso. Desde entonces, año tras año, hemos coincidido en otros congresos y en algunos eventos similares. Ella está tan familiarizada con mi trabajo que incluso fue sinodal de mi examen de grado; sin embargo, hace unos meses le dijo a otros investigadores que yo saboteaba sus experimentos y dejó de hablarme. Algunos investigadores incluso dejaron de contestarme el saludo. 

(En algún momento que ni siquiera recuerdo, probablemente alguna de sus estudiantes haya llegado a realizar su visita mensual al bioterio, mientras yo pesaba a mis animales –tal y como lo hago todos los días– y que la estudiante haya concluido que yo estaba allí precisamente ese día para sabotear sus experimentos.)  

Tenía una cara que dejaba ver que no podía creer lo que estaba ocurriendo. 

El terremoto me hizo evaluar la situación. 

Aunque lo que más me molestaba no era que ella y que otros investigadores hubieran dejado de hablarme –¡qué más da!–, sino que ella no hubiera intentado aclarar la situación directamente conmigo y que hubiera preferido creerle a alguna de sus alumnas –de por sí, algunas de ellas me trataban como si estuvieran convencidas de que apenas estoy decidiéndome a estudiar el bachillerato– y que hubiera esparcido el rumor de que yo soy un saboteador, en ese momento me pareció irrelevante. 

                                       

El piso continuaba sacudiéndose tan fuerte que parecía inminente que el Edificio S colapsara y que nada volviera a la normalidad. 

Por si todo esto no fuera suficientemente aterrador, empecé a escuchar algunos gritos que provenían de alguna parte del edificio. 
Hasta ese momento, consideré seriamente que el terremoto duraría tanto tiempo que el edificio no lo resistiría. 

Para no dejarme llevar por estas ideas, volteé hacia otra parte. 

A mi izquierda, a unos tres metros de mí, vi a Emilio.  
Él permanecía solo, cerca de otra columna.
Trataba de mantener la vertical. También parecía que no podía creer lo que estaba ocurriendo.  

Supuse que estaba pensando en su esposa y en sus hijas. 

En ese momento, su esposa impartía una clase en otro edificio de la Universidad y sus hijas se encontraban a varios kilómetros de distancia en sus respectivas escuelas. 

Hasta que lo vi, me puse a pensar en mi esposa y en los gatos. 



Entonces también me di cuenta de que estaba sujetando de la cintura a una chica que sólo conozco de vista. Fue irónico. A pesar de que tengo tres años trabajando en esta Universidad y de que la he visto al menos tres veces a la semana y de que ni siquiera nos saludamos y de que no sé su nombre –ni ella sabe el mío–, era posible que, si se caía el edificio y quedábamos entre los escombros, los dos tuviéramos que permanecer juntos quién sabe cuántas horas. 

Deseé encontrarme tan cerca de mi esposa como nos encontrábamos ella y yo.

Esta idea me llevó a pensar que tal vez todos los que estábamos en el tercer piso del Edificio S nos preguntábamos si el edificio resistiría el terremoto y si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Quise dejar de pensar en todas estas cosas y me concentré en los gritos de las mujeres y de los hombres que intentaban tranquilizarlas y me pareció escuchar los crujidos de las tuberías y de las varillas del Edificio S. 

Los crujidos me hicieron recordar el terremoto de 1985 y entonces me llegaron a la mente varias imágenes de aquella mañana de septiembre en la que mi mamá y yo nos abrazábamos en el quinto piso del edificio en el que vivíamos hacía treinta y dos años, esperando a que el terremoto terminara y a que todo volviera a la normalidad.  

Irónica y trágicamente, a lo largo de estos treinta y dos años, jamás me había 
puesto a pensar en el terremoto de 1985... excepto esa mañana del martes 19 de septiembre del 2017. 

¿Había sido una señal...?
¿Después de más de tres décadas, había pensado en ese evento por la mañana para prepararme mentalmente...? 
¿Había sido un presagio de lo que me ocurriría...?
¿De algún modo, había sido un macabro dèjá vuh...?

No quería continuar pensando, pero imaginé que el Edificio S se desplomaría y que yo me quedaría atrapado entre los escombros, y entonces recordé algunas de las anécdotas que escuché en los meses que siguieron a la catástrofe de 1985, cuando parecía no haber otro tema de conversación entre los familiares y entre los amigos de mis papás. 

Todo mundo hablaba del terremoto. 
Todo mundo parecía haber conocido a algún sobreviviente o a algún fallecido.   

El movimiento del piso y los gritos de las mujeres me devolvieron a la realidad.

Una pared se derrumbó muy cerca de nosotros y luego unos cristales se rompieron. 

Ese derrumbe fue una señal: el Edificio S podría caer en cualquier momento. 


(Por desgracia, he visto en algunos documentales cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos: comienza con un pequeño derrumbe y después todo se desploma, como en efecto dominó.)


No quería pensar que podríamos quedar atrapados entre los escombros, pero era mi único pensamiento. 
Volví a preocuparme por mi esposa y por los gatos. 

Se suponía que alrededor de las dos de la tarde, mi esposa iría a la Universidad y que después iríamos a ver a uno de sus primos a La Colonia Roma. 
No sabía si ella continuaba en el departamento, o si ya había salido a la calle. 

El departamento en el que hemos vivido durante los últimos cinco años está en el quinto piso de un edificio, a veinte minutos de la Universidad. 

¿Qué tal si ese edificio, de más de treinta años, que fue inaugurado algunos años después del terremoto de 1985 y que es más alto que el Edificio S, se encontraba en peores condiciones...?





Cuando el terremoto terminó, bajé a la explanada de la UAM-Iztapalapa. 

Frente a la Rectoría de la Unidad, 
había decenas de estudiantes, de administrativos y de académicos que intentaban comunicarse por teléfono con sus familiares. 

Intenté comunicarme por teléfono con mi esposa, pero mi teléfono no tenía señal.

Siempre he tenido la idea de que las líneas telefónicas sólo dejan de funcionar cuando los terremotos han sido realmente catastróficos. 

Regresé a la entrada del Edificio S y me detuve a unos metros del muro Omnisciencia de Arnold Belkin. 
Tenía dos aparatosas grietas que lo dividían horizontalmente en tres secciones. El terremoto había sido tan violento que había dejado esas grietas visibles en el muro.

Intenté llamar de nuevo a mi esposa. 

El teléfono seguía sin señal. 

Salí de la Universidad. 


No habían transcurrido ni diez minutos desde el terremoto y la calle era un caos. 
Pasaban pocos taxis y todos estaban ocupados. 
Pasaban pocos camiones de pasajeros y todos estaban llenos. 

Tuve que caminar sobre la Avenida Javier Rojo Gómez más de tres kilómetros, desde Gavilán hasta Canal del Moral. 

Sólo quería llegar al departamento y saber cómo estaban mi esposa y los gatos –mi teléfono seguía sin señal– y no había modo de tomar taxi o transporte público. 

En la avenida había varias decenas de peatones y no se veía ningún edificio derrumbado.

Había mucho tráfico y constantemente pasaban patrullas y ambulancias hacia Ermita. 



Después de caminar alrededor de media hora, me detuve en una tienda en la que varias personas escuchaban la radio. En las noticias decían que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma.

(¿Qué tal si mi esposa se había adelantado y ya estaba en La Colonia Roma con su primo...?)

Volví a caminar. 
Todo era tan incierto.

Sentía que mis piernas ya no daban más. 
No había otra opción para llegar al departamento, así que continué caminando.
Tampoco había modo de comunicarme con mi esposa. Tenía que seguir caminando. 

Después de casi una hora, finalmente logré subirme a un camión de pasajeros. 


Iba llenísimo y el tráfico estaba a vuelta de rueda. 


Unos pasajeros iban haciendo bromas –seguramente, ellos ya se habían logrado comunicar con sus familiares– y no dejaban que los demás escucháramos la radio que traía encendida el chofer. 

Hasta ese momento, supuse que también alguien (además de mi esposa) podría estar preocupado por mí. 
La idea me hizo sentir incómodo. 

(¿Qué tal si alguien ya había intentado comunicarse conmigo varias veces y esa persona temía lo peor...?)  

Llegué a la casa alrededor de las cuatro de la tarde.

Tardé casi dos horas y media desde que salí de la Universidad.  
Normalmente, hago de quince a veinte minutos. 

Me bajé del camión y miré alrededor.

Los edificios y las casas se veían bien. 

Apresuré el paso. 

Desde la calle, logré ver que el edificio donde vivimos se encontraba en buen estado. 
Por primera vez desde que salí de la Universidad, me sentí tranquilo. 

En el estacionamiento del edificio, me topé con uno de los vecinos.

Él inspeccionaba los alrededores en compañía de sus hijos. Uno tiene como diez años y el otro tiene como dieciocho. Los tres se veían tranquilos.

Avancé hacia el edificio. 


Las manos todavía me temblaban. 
Apenas pude meter la llave en la cerradura de la puerta.

Una de las vecinas de la planta baja, me dijo que mi esposa acababa de subir al departamento y que ella estaba bien.

Subí hasta el quinto piso.


Mi cuñada me abrió la puerta.

Me dijo que tenía como media hora en el departamento.

Ella y mi esposa estaban bien.
Los gatos estaban asustados, escondidos debajo de la cama. 

Mi esposa me dijo que había intentado llamarme por teléfono muchas veces.
Me contó que los gatos se habían asustado y que los niños de la escuela que queda junto al edificio habían estado gritando durante el terremoto.

Me dijo que el edificio se mecía y que chocaba con el edificio contiguo. 
Me dijo que ella creyó que el edificio se caería y que se metió en el clóset de la recámara. 

Me contó que había escuchado cómo crujían las tuberías y las varillas del edificio. 

Me dijo que ya se había comunicado con sus papás y con mi mamá.
Mis suegros estaban bien. 
Mi mamá, mi papá y mis hermanos, estaban bien.

El departamento también estaba en buenas condiciones.

No había luz ni agua. 


Sólo tuvimos internet hasta que se acabó la batería del módem, pero fue suficiente tiempo para que viéramos en redes sociales la destrucción que había causado el terremoto.

Las imágenes me hicieron recordar el terremoto de 1985. 


Al igual que hacía treinta y dos años, mi familia estaba bien. 
Me sentí la persona más afortunada del mundo.

Mi esposa, los gatos y yo nos fuimos 
a pasar la noche a la casa de mis papás. 
Les conté la odisea que había vivido de regreso de la Universidad al departamento.
Les conté lo horrible que había sido estar en el tercer piso del Edificio S e incluso les sugerí que era probable que hubiera sufrido algún daño, pero no me creyeron: creyeron que había exagerado. 

Nos alojamos en mi recámara. 


Los gatos estaban inquietos y deambulaban de un lado a otro. 
Yo tenía la impresión de que el suelo continuaba moviéndose y de que en algún momento volvería a sonar la alerta sísmica. Cualquier movimiento ligero me recordaba el movimiento en el tercer piso del Edificio S.

Si cerraba los párpados, me veía caminando sobre la Avenida Rojo Gómez...

Me sentía exhausto, pero no pude dormir en toda la noche. 

Eran las 13: 14.


    
[Recomiendo que leas de nuevo esta entrada, mientras escuchas OK Computer]

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*Drucker murió el domingo 17 de septiembre. Fue un científico muy conocido. Como estudiante, fue alumno de Raúl Hernández Peón –uno de los mexicanos pioneros en los estudios sobre la participación de la acetilcolina en el sueño– y como investigador publicó más de 200 trabajos relacionados con la regulación del sueño. Se convirtió en uno de los científicos más reconocidos en este campo de estudio, pero es probable que la mayoría de la gente lo identifique por sus cápsulas de Divulgación de la Ciencia en distintos medios, o por sus estudios relacionados con el Parkinson.)

**CONACyT cambió su plataforma hace unos meses y todos los implicados tuvimos que cargar toda la información que avalara nuestra trayectoria académica –comprobantes, constancias, artículos, nombramientos, etc.– y volvernos expertos en la nueva plataforma, por ensayo y error. Considerando que algunos investigadores tienen más de cincuenta años de trayectoria, no es un proceso que pueda ser completado de la noche a la mañana.