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sábado, julio 19, 2025

The waiting drove me mad


Durante casi 20 meses consecutivos había estado corriendo “los experimentos”, todos los días, exceptuando uno que otro domingo, a las 8 AM. Nada ni nadie habían interrumpido esa rutina (“el amor por la investigación” y mi ingenuidad me cegaron y me hicieron creer que trabajar hasta en días feriados y en vacaciones, sin cobrar un centavo, eran la mejor forma en la que podía invertir mi tiempo y que me darían, tarde o temprano, la oportunidad de tener una plaza de académico de tiempo completo), pero, en fin, esa mañana rompí mi rutina. Las palomas, las cajas operantes de Skinner, Francis Mechner et al. y el laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tuvieron que esperar. Pearl Jam había anunciado 2 fechas por primera vez en México, vendrían de gira con Riot Act –su séptimo álbum de estudio, lanzado apenas en el 2002, un álbum influenciado por el clima político y social que siguió a los atentados de Las Torres Gemelas y a la administración del “Texas leader”–, y esa mañana salían a la venta los boletos. 

Algunas estaciones del metro estaban en reparación. Después de esperar el RTP que me llevó hasta Velódromo, crucé a pie el puente de Río Frío y luego la ESEF y ese largo pasaje en el que confluyen unas canchas de futbol rápido y la calle en la que suelen ponerse los vendedores de mercancía pirata en los días de concierto. Apenas iban a dar las 7 de la mañana cuando llegué al Palacio de Los Deportes, pero ya había cientos de personas formadas en las taquillas. Parecía que había un casting para salir como extra en Singles, esa comedia romántica de 1992 donde Janet Livermore y Cliff Poncier fueron un pretexto para que Cameron Crowe mostrara la inminente explosión del grunge en Seattle, con cameos de Alice In Chains y de Chris Cornell y con Jeff Ament y Eddie Vedder en papeles secundarios. 

Traía mis walkman para matar el tiempo, así que me acomodé los audífonos, probablemente escuchaba Vs –uno de mis álbumes menos favoritos de PJ–, o la radio. Tomé mi lugar a varios kilómetros de distancia de las taquillas, entre toda esa gente melenuda con Levi’s, Martens y camisas de franela, y esperé. PJ nunca había sido mi banda favorita, mi devoción por Kurt Cobain me impedía apreciar su música, más bien creía que Vedder era un oportunista –lo delataba su desastroso pasado con Bad Radio, cuando era un desesperado imitador de Anthony Kiedis– y también creía que todo ese lío legal que PJ había armado en contra de Ticketmaster en la gira de Vitalogy sólo era mercadotecnia. Sin embargo, la chica con la que salía entonces era súper fan de la banda y me había convencido de que no podíamos perdernos ese concierto, así que allí estaba, en una especie de soledad compartida, con toda esa gente. 

Alrededor de las 9 AM, un tipo esparció el rumor de que se habían agotado los boletos para los dos conciertos. Casi de inmediato, otro tipo esparció buenas noticias: Vedder y compañía acababan de abrir una tercera fecha. Sintonicé la radio en mi walkman (o eso creo) y Rulo, “el profeta de la radio pública para dummies”, lo confirmó. Así que sólo tenía que seguir esperando. La fila avanzaba lentamente, mientras escuchaba una y otra vez Vs, mientras me preguntaba una y otra vez cómo habría sido mi vida si hubiera estado consciente de la escena musical de Seattle en septiembre y en octubre de 1993, cuando salieron a la venta In Utero y Vs, cuando In Utero vendió alrededor de 200, 000 copias en su primera semana de lanzamiento, cuando Vs vendió más de 900, 000 copias en los primeros cinco días de su lanzamiento, cuando yo sólo era un mocoso de secundaria y convivía con otros mocosos que sólo tomaban Tecates a escondidas y que no sabían ni quiénes eran los Caifanes..., ¿habría seguido el camino de la academia, o me habría convertido en un imitador de Cliff Poncier...?

Tal vez dieron las 11 AM, cuando compré tres boletos: uno para la chica que me había convencido de ir a ese concierto, uno para Diego –mi hermano, el menor, que estaba terminando la secundaria– y uno para mí. Tal vez no me quité los audífonos y continué escuchando Vs, tal vez caminé de vuelta hasta Velódromo y transbordé en Centro Médico, tal vez caminé desde Copilco hasta la Facultad de Psicología y fui al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tal vez me encargué de correr las últimas sesiones experimentales, no lo sé. Lo que sí sé es que estuve en el concierto de PJ del 19 de julio del 2003 en El Palacio de Los Deportes, fue un sábado y llovió, y me tomé una o dos cervezas, teníamos unos lugares horrendos, PJ abrió con “Wash”, la banda tocó 3 canciones consecutivas, después de “Given to fly” hicieron la primera pausa del concierto y Eddie dijo algo como: «Sábado por la noche en México... Hablo español un poco... Lo siento...», y la gente lo ovacionó. Somos un público fácil. 

En el concierto –que fue el último de la gira Riot Act por Latinoamérica y que transmitieron en vivo por radio a toda Latinoamérica– pasó de todo: Vedder llamó por teléfono a Marky Ramone, unos mariachis se subieron al escenario y le cantaron “Las Mañanitas” a Stone Gossard, Corin Tucker –la guitarrista y cantante de Sleater-Kinney– también se subió al escenario y acompañó a PJ a cantar “Hunger Strike”, las dos o tres últimas canciones las pasaron casi en directo por Telehit... 

Hoy también es sábado, a lo mejor llueve por la tarde, a lo mejor escucharé un rato Riot Act y trataré de pensar en que no han transcurrido ya 22 años.

viernes, mayo 24, 2024

Like A Rolling Stone


Esta novela la encontré en la sección de novedades de la sucursal de Gandhi de Francisco I.
Madero, un sábado cualquiera del 2016, y me llamó la atención por el título: Adiós A Dylan. A Dylan acababan de anunciarlo como ganador del Nobel de Literatura, y la crítica estaba dividida: ¿bastaba su trayectoria como músico, compositor y poeta, para otorgarle esa distinción...?, ¿era injusto darle ese premio a un personaje que no dedicaba su vida entera a la literatura...? 

Yo no conocía tanto a Dylan, sabía que él era un personaje muy influyente en la música, que Guns N' Roses había hecho una fabulosa versión de una canción suya –¡Slash, para interpretar en vivo “Knockin' On Heaven's Door”, tocaba una Gibson de doble mástil!–, que se le identificaba como un cantante folk que escribía canciones con un alto contenido de protesta social, que era el autor de “Like A Rolling Stone”, una de las mejores canciones de rock en la historia según la revista Rolling Stone, que “Like A Rolling Stone” Dylan la compuso en la década de los sesenta, que es tal vez su mayor éxito comercial, que esta canción marcó su saltó del folk al rock, que “Like A Rolling Stone” compitió en las listas de ventas con “Help!” de los Beatles, que la canción fue interpretada por Mick Jagger, por Jimi Hendrix, por David Bowie, por Johnny Thunders, que no es una canción sobre los Rolling Stones sino sobre la gente falsa, que se ha especulado quién es Miss Lonely –la protagonista de “Like A Rolling Stone”–, que la letra destila odio, venganza y compasión, que Cate Blanchet interpretó a Bob Dylan en una película del 2008, que Dylan ha escrito varios libros, que su narrativa es comparada con la poesía de Mallarmé y de Rimbaud, que sus admiradores –los bobcats– son de los más locos del mundo, que muchos de ellos no recibieron muy bien la época de Dylan en la que cambió la guitarra acústica y la armónica por la guitarra eléctrica... y creí que ese libro de la sección de novedades era una especie de Dylan para dummies.

Tomé uno de los ejemplares de Adiós A Dylan, y leí que su autor era Alejandro Carrillo, un joven veracruzano, que el libro no era una especie de Dylan para dummies sino que se trataba de una novela, que la novela había ganado el Premio Mauricio Achar 2015, que el Premio Mauricio Achar era un premio dirigido a autores jóvenes de novela, que ésa era la segunda edición del Premio Mauricio Achar, que el slógan de ese premio era “La oportunidad para los nuevos escritores”.

Entonces, leí la sinopsis. 

Al principio, había un párrafo tomado directamente de la novela, y me gustó. 

Luego, la sinopsis, como tal, decía que Omar era el protagonista de Adiós A Dylan, que Omar estaba obsesionado con Bob Dylan, que la novela “era una novela iniciática con influencia de la generación beat, que era una novela sobre los ídolos, los papás y los ideales de los que nos colgamos para crecer”. 

Eso ya no me gustó. Me hizo pensar en la importancia de la publicidad, en cómo la publicidad puede engañar a la gente, en cómo los lugares comunes pueden acercar o alejar a un público en particular. Me acordé de Leonel –el sujeto que impartía el primer taller de creación literaria que tomé en La Pirámide–, quien siempre nos advertía: si van a escribir algo de lo que todo mundo habla, busquen su propio lenguaje; no hablen como lo haría todo mundo, sino como ustedes lo harían; encuentren su propia voz.
 
En fin. Me llevé el libro a casa. Lizzie me preguntó de qué trataba, le dije que era una novela y que la sinopsis era un asco pero que le daría crédito al autor, que la publicidad podía ser engañosa, que quería saber cómo podían ser los bobcats, que quería saber quién podía ser Bob Dylan para un escritor.

Esperamos unos minutos el Uber en la calle de Tacuba, y todo el camino hasta el departamento me la pasé leyendo Adiós A Dylan. No debí de leer más de veinte páginas, pero me gustó mucho lo que leí. La narrativa sí tenía cierta influencia de los escritores beat, pero la trama era auténtica, Alejandro Carrillo tenía su propio estilo para contar que el protagonista de la novela no sólo era un bobcat, sino que cada aspecto de su vida estaba impregnado de referencias a Bob Dylan: a las letras de sus canciones, a los libros que se han escrito acerca de él, a los libros que él mismo ha escrito, a las convenciones y extraños juegos que organizan sus fanáticos alrededor del mundo, a los lugares en los que Bob Dylan vivió cuando decidió dejar a sus padres para dedicarse a la música, a los cafés en los que tocaba antes de volverse mundialmente famoso...  

Omar relacionaba todos sus éxitos y todos sus fracasos con el 
músico, poeta y cantante nacido en Duluth, Minnesota. Cada uno de los capítulos tenía por título el nombre de una de las canciones de Dylan. 
La trama se desarrollaba en la Ciudad de México, en Acapulco y en Nueva York. El protagonista se enamoraba de una chica que hacía porno amateur. Ella estaba enamorada de otra persona, pero Omar la idealizaba tanto que no podía aceptar su rechazo. Mientras intentaba olvidarla, viajaba a Estados Unidos, a un concierto de Bob Dylan, y aprovechaba el viaje para hacer un recorrido por los lugares que todo bobcat visitaba en esa ciudad. En ese recorrido, Omar tenía una especie de brote psicótico, y perdía contacto con la realidad, pero, irónicamente, ese brote psicótico, le ayudaba a encontrarse a sí mismo. 

Leí Adiós A Dylan en una semana, hace muchos años. Y te lo recomiendo.

sábado, marzo 25, 2023

Bulletproof Cupid


Subo sigilosamente a la recámara y mis pasos no sólo son como un yunque, sino que hacen un ruido terrible, hacen que los peldaños de las escaleras retumben; estoy exhausto: no corrí por la mañana, pero nadé por la tarde (y el aroma del cloro de la alberca permanece en mi memoria y me remonta a momentos felices), y ya casi es medianoche y todos duermen en la casa y me he bebido unos tres o cuatro whiskies. 

Alexa escupe “Bulletproof Cupid” por enésima ocasión en el día (a un volumen moderado) y mis oídos piden un poco de paz. Esta canción es la pista que abre el cuarto álbum de estudio de Placebo, y este álbum hoy cumple 20 años. 

Por la mañana, me enteré accidentalmente de este aniversario –tiene muchos años que no escucho a Placebo–, y he estado escuchando Sleeping With Ghosts todo el día: mientras me medía la glucosa, mientras les daba comida blanda a los gatos, mientras recogía la arena de los gatos, mientras me bañaba, mientras desayunaba, mientras tomaba el sol, mientras me daba un receso (después de estudiar un capítulo sobre la teoría del punto fijo y la teoría del ajuste y la teoría lipostática y la teoría glucostática, y la lipogénesis y la adipogénesis y la regulación a corto y a largo plazo de la ingestión de alimento), mientras me comía una manzana, mientras transcurría la mañana y llegaba la tarde y me alistaba para ir a nadar...

Me comía una manzana y continuaba escuchando este álbum, y recordé que siempre me ha gustado la guitarra eléctrica de “Bulletproof Cupid” y me pregunté por qué nunca había aprendido a tocarla en la guitarra. Katz me platicaba que un familiar sería intervenido quirúrgicamente de emergencia, Brian Molko cantaba “English Summer Rain”, y recordé cuando mi papá estuvo casi 3 meses en un hospital por una peritonitis, casi a la par del lanzamiento de este álbum, y, para no clavarme con la noticia, le pedí a Alexa que tocara “Bulletproof Cupid” (otra vez) y me acabé la manzana y tomé mi guitarra acústica y revisé un video en YouTube para ver cómo la tocaba Brian Molko en vivo y entonces comencé a imitarlo y a tocarla, mientras Katz pasaba a otro tema –cuánto la entusiasman las clases de natación que ha tomado desde hace casi dos meses–, y entonces la música me atrapó y me remontó al año 2003, cuando Sleeping With Ghost salió a la venta y lo escuchaba casi todos los días –no los conocía realmente, pero era una de las pocas bandas sobrevivientes de la música que había escuchado durante mi adolescencia– y, en verdad, era un idiota sin ninguna credencial académica y no sabía tocar la guitarra y no sabía qué quería hacer con mi vida; cuando le hablaba a muchas personas que ya no forman parte de mi vida; cuando una de esas personas que formaban parte de mi vida, me dejó plantado, con el corazón roto –yo me lo gané, a pulso– y con un boleto extra en la mano para el Festival Alternativo que se llevaría a cabo en El Foro Sol en noviembre del 2003 y que tendría como acto estelar a Placebo, después de Café Tacuba, después de Gustavo Cerati y después de algunas bandas como Kinky y después de algunas artistas como “la mala” Rodríguez.

Tras un par de repeticiones del video –Placebo tocaba en París, o algo así–, aprendí, más o menos, a tocar “Bulletproof Cupid”. Se acercaba la hora para ir a nadar, y Katz me acabó de contar lo que me estaba contando y luego se puso a revisar su cuenta de Instagram en su teléfono celular. Yo seguía en mi propio mundo y me acordé de algunos detalles de ese Festival Alternativo –las chicas se volvieron locas con Gustavo Cerati, sobre todo cuando cantó “Puente”, y fui terriblemente prejuicioso con él, y su actuación, incluso cuando tocó una canción de Luis Alberto Spinetta, me pareció poco relevante– y de cuánto me impresionó esta canción, con la que Placebo abrió su actuación. 

Faltaban unos cuantos minutos para que saliéramos a nadar, y no resistí a la tentación de tomar mi Jazzmaster (Brian Molko tocaba una Jazzmaster en El Festival Alternativo– y enchufarla al amplificador y grabarme con un micrófono y con mi teléfono celular y luego escuchar cómo sonaba mi interpretación de “Bulletproof Cupid”, y lo hice, y luego reproduje el video y no me gustó cómo tocaba la guitarra.

Nos fuimos a nadar y luego volvimos y después comimos, y volví a tocar la canción dos o tres veces, y, más o menos, quedé satisfecho.

Subo sigilosamente a la recámara, la canción suena, busco en el escritorio un encendedor que compré el domingo en la madrugada y mi cerebro sólo está pensando en encender un cigarrillo, en que voy a fumarme ese cigarrillo, en que voy a convertirme, temporalmente, en ese adulto joven que escuchaba Sleeping With Ghosts casi todos los días, en que romperé mi abstinencia de tabaco –el tabaquismo nunca te abandona: sólo estás en abstinencia– y en que soy otra persona, una que no sólo tiene algunas credenciales académicas y una fabulosa pareja, y que nunca va a ser plantado por nadie más, sino que, además, toca la guitarra –que, a diferencia del 2003, tiene más de cinco guitarras eléctricas que ha comprado, en lugar de comprar un auto–, y que no necesita ensayar muchas horas una canción como “Bulletproof Cupid”, pero que continúa lamentando no haber disfrutado a Gustavo Cerati –fue la única vez que lo escuché en vivo– y haber abandonado El Foro Sol cuando Placebo tocaba “Where Is My Mind?”, para haber tomado un taxi y haber escuchado al cínico taxista decirle a otros taxistas por radio “Están cayendo como manzanas del árbol”, refiriéndose a los clientes. 

martes, mayo 17, 2022

Bajar es lo peor | Mariana Enríquez (1995)



Cuando entro en una librería y me siento como un niño en una juguetería o como un señor debe de sentirse en una agencia de automóviles, me enloquece el aroma de los libros y husmeo por aquí y por allá, entre los estantes de novedades, de novelas clásicas, de novelas contemporáneas y de poesía, y tomo un libro de algún autor que en ese momento se me antoje leer, o busco un libro de algún autor que haya estado dándome vueltas en la cabeza antes de ir a la librería, y después de leer la sinopsis y ver el precio, lo compro o no. 

Si lo compro, sé que voy a terminar de leerlo, aunque me baste leer diez páginas para encontrarme en un callejón sin salida o terriblemente decepcionado y aburrido, pensando en que la sinopsis mintió descaradamente, o en que no puedo negar que soy un mamón que aborrece los extremos: la literatura pretenciosa y la literatura fácil. Raras veces compro un libro porque alguna “voz autorizada” ha dicho que es espectacularmente conmovedor, o cosas similares. Casi siempre compro un libro porque accidentalmente he leído algo sobre él –la sinopsis de la novela, en la misma librería, o alguna referencia a la novela, en otra novela o en alguna reseña o crónica, por ejemplo– que me ha llamado la atención. 

En el caso de Bajar es lo peor, ya había leído otro libro de la autora y ya había buscado información sobre ella en Internet y encontré que Mariana Enríquez publicó su primera novela en 1995, cuando la autora tenía 19 años de edad, trabajaba en un diario argentino y, supuestamente, vestía (y vivía) como punk. 

Desde el 2016 ó 2017 busqué el libro en varias librerías y sólo lo encontré en Amazon: había un ejemplar, de segunda mano, de la primera edición de Bajar es lo peor, pero costaba alrededor de $3, 000 MXN. Según Amazon, no se sabía si la editorial volvería a editarlo. Aunque me había gustado Las cosas que perdimos en el fuego –un libro de relatos de suspenso y de terror que se parecen un poco a los relatos de Stephen King–, no creí que la primera edición de un libro, cuya autora apenas conocía por un libro, valiera tanto dinero. 

Hace cosa de un mes fui a Gandhi y encontré la segunda edición de Bajar es lo peor. Anagrama acababa de lanzarla a la venta. Le eché un ojo a la sinopsis –más o menos ya sabía de qué trataba la novela– y me la compré, aunque el precio me pareció un poco descabellado –casi $400 MXN–, pero es lo que pasa cuando los críticos dicen que una obra es “una novela de culto”. 

La acabé de leer en estos días. En resumen: no la disfruté mucho. 

La trama cuenta la relación bisexual amor-odio de tres adolescentes que viven en Buenos Aires, entre drogas, sexo y rock n' roll, y tiene pasajes muy bien logrados (los diálogos a veces son un tanto fáciles, como los de los escritores jóvenes, pero son dinámicos), pero es una novela juvenil, de otros tiempos: cuando la autora tenía 19 años y leía mucha “literatura de vampiros” y había visto decenas de veces Entrevista con el vampiro y estaba obsesionada con la inmortalidad, con la belleza eterna y con Brad Pitt (en el prólogo de la segunda edición, ella misma, más o menos, lo reconoce), y cuando, aparentemente (esto lo supongo yo), también estaba obsesionada con el consumo de heroína que le había costado la vida a algunas estrellas de rock de los noventa. 

Tal vez vuelva a leer esta novela en otro momento –al mismo tiempo leía a Carrère y a Klosterman, y quería acabar de leerla rápidamente– y entonces la disfrute más.


viernes, mayo 25, 2007

Detrás de la tormenta



Hace nueve meses, perdí un EP de Hassassin. También perdí la cabeza.

Ese día me desperté muy cansado de mi vida. Serían las diez o las once de la  mañana cuando abrí los párpados. Quería desaparecer. Estaba harto. 

Durante casi un año, desde que Lulú me dejó y se fue a vivir a Canadá con un junkie de Minnesota que buscaba opiáceos gratis en otros horizontes, no había hecho otra cosa más que refugiarme en la música, en los libros y en las cosas que escribía. También me había intoxicado de programas de fut. No había manera de evitarlo. Hacía unos meses había terminado el mundial del 2006 y las sedes alemanas eran fabulosas –Gelsenkirchen, Dortmund, Leipzig, Stuttgart, Fráncfort, Berlín, Hamburgo, Hanóver, Kaiserslautern, Núremberg, Colonia, Múnich– y la selección mexicana había generado altas expectativas por su desempeño en la Copa Confederaciones del 2005. 

Al final, la selección había sido eliminada en octavos, en un gran juego contra los argentinos, acumulando eliminaciones en octavos desde el mundial de 1994. 


Desde hacía un año fumaba mucho, comía mal y me acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. 

Ese día me levanté de la cama, leí lo que había escrito la noche anterior –unos cuantos relatos irrelevantes– y luego bajé a la cocina a buscar comida. Me preparé un sándwich de pechuga de pavo con queso manchego, con mayonesa y con lechuga, le di unas mordidas, subí a mi recámara, puse un demo de Los Silencios Incómodos en el Aiwa, me tumbé en un sillón, y odié mi vida.

A eso de las seis de la tarde, llegaron a la casa algunos amigos de DR, uno de mis hermanos. Por la noche, Nos Llamamos –la banda en la que DR toca la batería– iban a tocar en El Foro Alicia. 

DR me preguntó si quería acompañarlos. Me dijo que también tocarían Yokozuna y Hassassin, y que Los Silencios Incómodos presentarían Hasta ahora todo va bien, su primer álbum de estudio.

Le dije que sí. Los Silencios me latían. Los había escuchado otras veces en vivo. Tenían influencias de la música que me gustaba. (Sobre todo de Sonic Youth, de Scratch Acid y de Love Battery.) El demo que MH –el bajista de Nos Llamamos– me había pasado unas semanas atrás también sonaba bien, aunque traía dos o tres pistas de Hasta Ahora Todo Va Bien –el álbum que Los Silencios presentarían por la noche en El Alicia– que, en cierta forma, estaban contaminadas por la voz de un poeta extranjero que recitaba unos poemas suyos, en un extraño acento español, mientras Los Silencios aporreaban sus instrumentos e inundaban los poemas con feedback.
               

Nos tomamos unas cervezas en la casa y luego salimos al Alicia. 

Durante el trayecto, me la pasé hablando con MH en el asiento trasero del Jetta. Le dije que no me había latido tanto que el poeta extranjero metiera su voz en algunas canciones de Los Silencios. Él me dijo que sabía que, más o menos, ese había sido el acuerdo al que habían llegado con Nacho Alicia, quien les había grabado el disco, o algo así.  

MH también me contó algunas cosas sobre una mujer que, aparentemente, iba a convertirse en mánager de Nos Llamamos. Yo había tenido una experiencia desagradable con ella y no me caía bien, y él sabía cómo había estado todo ese asunto. Le dije que lo pensaran mejor, pero él intentó ser optimista y me dijo que ella tampoco le caía bien a David Byrne, o algo así. No le entendí. 

Circulábamos por Fray Servando, a la altura de la Delegación Venustiano Carranza. Encendí un Camel y le di una larga chupada. Comenzaba a llover. MH continuaba contándome algunas cosas de su potencial mánager, y la situación me estaba dando mala espina. Ya no estaba tan convencido de que hubiera sido una buena idea acompañarlos al Alicia. MH estaba seguro de que esa mujer también iría al Foro Alicia, y yo, definitivamente, no tenía muchas ganas de verla. No quería tirarle mala onda, otra vez.  

Sin embargo, además de que odiaba mi vida, ese día se cumplían tres semanas desde que mi gato Sócrates había huido de la casa. Era un felino majestuoso y salvaje. Lo echaba mucho de menos. En un par de años, se había convertido en un gran compañero. No quería pensar en él y ponerme nostálgico y acabar sintiéndome frustrado y del carajo, preguntándome por qué se había largado y si estaba en un lugar mejor, si continuaba vivo. Necesitaba distraerme.  

En fin, llegamos al Alicia. 

DR, MH, BA –el guitarrista de Nos Llamamos– y las novias de cada uno de ellos se bajaron del auto y de inmediato sacaron sus instrumentos y los metieron al Alicia. Me bajé del Jetta y me quedé solo debajo de una de las cornisas de las accesorias aledañas, fumándome un cigarrillo y guareciéndome de la lluvia. Vi a una chica que llamó mi atención. Tenía una cabellera afro espectacular. 

Justo cuando me debatía entre acercarme a ella o resignarme a no hacer nada, DR regresó a donde yo estaba y me hizo acompañarlo para pasar con él al foro, obviamente, sin pagar mi entrada. Esa era una de las ventajas de ir con la banda. 

La otra ventaja es que había un cartón de XX Lagger gratis. 

Nos tomamos unas cervezas y platicamos sobre Paul McCartney y John Lennon –MH era insoportablemente quisquilloso al respecto–, hasta que la gente de pronto ya había ingresado al foro. 

Luego Hassassin salió a tocar. Nunca los había escuchado, pero me gustó su música. Sonaban “rasposos”, como a nü metal sin sintetizadores ni gaitas. Ya estaba medio ebrio cuando terminaron de tocar, y decidí bajar a la entrada del Alicia y comprarme su EP –cometí el error de guardarlo debajo de una axila, en lugar de pedirle a alguien de Nos Llamamos que me lo guardara– y después subí y fui al baño. Cuando salí del baño, tal vez ya había perdido el EP de Hassassin y no lo había notado (me di cuenta hasta mucho más tarde, cuando nos subíamos al Jetta, de vuelta a la casa), y me fui a parar frente al escenario. Nos Llamamos estaban enchufando sus instrumentos. 

Abrieron con “Línea” y la gente comenzó a mover las cabezas y yo me compré una XX Lagger y me la llevé a los labios. Sentí el chispazo del alcohol recorrer mis vísceras, y me dispuse a fumarme otro Camel, cuando mi mundo se estremeció: la desconocida de la cabellera afro espectacular estaba a unos metros de mí. 

Tengo muchos prejuicios respecto a acercarme a mujeres desconocidas. No quiero que piensen que soy un hombrecillo de mierda, un acosador que le tira la onda a todo lo que se mueve, y estoy casi totalmente seguro de que, para la mayoría de las mujeres, debe de ser horrible cuando un desconocido las aborda en cualquier lugar. También estoy casi seguro de que ellas se sienten acosadas. 

Pensé en todas estas cosas, sopesando los pros y los contras, y miré varias veces a la chica de cabellera afro, antes de decidirme a hablarle.

Me bebí otras dos o tres cervezas. Cuando estaba más desfrontalizado, sonaba “Monstrua” y entonces la chica de la cabellera afro y yo cruzamos miradas. Nos sonreímos. Tuve la corazonada de que ella quería que le hablara, de que acabaría pasando algo entre los dos. 

Me acerqué a ella, y pensé en cómo abordarla, en qué le diría para no sonar tan estúpido y tan pretencioso. Esperé a que terminara la canción, allí, junto a ella, creyendo que de pronto aparecería una idea genial y que le diría esa idea genial y que así rompería el hielo, pero no se me ocurrió nada. 

Estaba a punto de abandonar todo, de volver a comprarme otra cerveza, cuando –contra todo pronóstico– ella se acercó a mí y me sonrió. Traía un cigarrillo en los labios y me pidió un encendedor. Le encendí el cigarrillo y empezamos a hablar. Me dijo que a su hermana le gustaban Los Silencios, y que conocía al baterista. Le dije que yo tenía un demo de Los Silencios y que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos y que conocía a Los Silencios. Ella creyó que le estaba tomando el pelo. Insistí en que Nos Llamamos ensayaban en mi casa, en que conocía sus canciones, en que había llegado con ellos al Alicia, en que ni siquiera había pagado mi entrada. Le di muchos detalles que ya no recuerdo. Ella dijo “Está bien; parece que no quieres apantallarme”, y nos reímos. “Por cierto, me llamo Nayeli”, agregó. Le dije mi nombre y volvimos a fumar. 

Nos quedamos en silencio mientras sonaba “Rompevientos” (mi canción favorita de Nos Llamamos) y le pregunté si podía invitarle una cerveza y ella dijo que sí. 


Le di un sorbo a mi cerveza y luego tuve que ir al baño de nuevo –ignoro si todavía traía bajo la axila el EP de Hassassin– y le pedí a Nayeli que me sostuviera la cerveza por favor. Al regresar junto a Nayeli, Los Silencios Incómodos estaban preparándose para tocar. Seguimos conversando, probablemente le volví a decir que mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos –probablemente ella bromeó conmigo y volvió a decirme que no me creía, que le estaba tomando el pelo– y que ya había escuchado Hasta Ahora Todo Va Bien, y ella me confesó que a su hermana le gustaba el baterista de Los Silencios.  

Sonaban los primeros acordes de “Detrás de la Tormenta” (mi canción favorita de Los Silencios), cuando nos encontrábamos más desinhibidos, y pasó lo que ambos sabíamos que iba a pasar desde que nos bebimos la primera XX Lagger y desde que nos fumamos los primeros Camel. 

Ella se tuvo que marchar antes de que tocaran Los Nena. Le pregunté si nos veríamos en otra ocasión, me dijo que sí y me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. La pluma, comandada por su mano derecha, se posó sobre mi palma como un tatuaje de hierro incandescente.

Al cabo de un mes, la llamé. Salimos algunas veces. Fuimos al CNA, fuimos al Centro Histórico, fuimos al Claustro, fuimos a Galerías Coapa, nos llamamos por teléfono muchas veces, pero hoy todo se acabó.

Hubo momentos agradables, pero en general nunca nos acoplamos. Conocerla fue un placer, pero tratarla fue un infierno. Más o menos. 

sábado, agosto 26, 2006

Cabellera afro(disíaca)



Ella llegó de pronto. Me pidió fuego. 
Mientras le encendía el cigarrillo, apenas volteé a mirarla. 

Ella me dio las gracias y se marchó. 

La reconocí. La había visto afuera, antes de entrar al Foro Alicia. 
Me pareció bonita y extremadamente joven, como las estudiantes a las que les doy clases en la universidad. Tal vez de diecinueve o de veinte. 

Pasó un buen rato. Quise encender otro Camel y no encontré mi encendedor. Estaba un poco ebrio y asumí que ella se había quedado con mi encendedor. La busqué y al cabo de unos segundos la encontré y le pregunté si tenía mi encendedor y ella me dijo que no. Me le quedé mirando y me sentí atrapado por su cabellera afro(disíaca), por sus ojos y por sus pestañas (de Lucía Méndez) y por sus labios de durazno. Me sonrió, abrió la boca apenas unos cuantos centímetros, y me sentí cautivado por sus brackets. Siempre he tenido debilidad por las mujeres con brackets. 

Quién sabe de qué platicamos y quién sabe cómo encendí mi Camel, pero el punto es que nos pusimos a platicar y que me fumé un cigarrillo. Miré mi reloj en una pausa para ir a comprar unas cervezas. Iban a dar las diez de la noche. Casi era hora. Ya iban a tocar Los Silencios Incómodos. Era la presentación de su primer álbum. Hasta ahora todo va bien.

Me dijo que acababa de cumplir 19 años, y me rompió el corazón. 

No pude dejar de pensar en que tengo veintiséis años. Me sentí miserable, como si tuviera casi diez años más que ella. Me pregunté por qué no podíamos tener la misma edad. Me pregunté si estaba exagerando. Me pregunté si la diferencia de edades no era realmente tan abismal como me parecía.

Conforme transcurrían los segundos, Nayeli me parecía más atractiva pero no podía sacarme de la cabeza la diferencia de edades. Sin embargo, su conversación no reflejaba que hubiera gran diferencia entre los dos. Estábamos más o menos en la misma frecuencia.

A ella le gustaba el surf –su banda favorita eran Los Santísimos Snórkels– y se mostró muy interesada en saber por qué yo prefería el garage punk. Después de bebernos un par de cervezas y de fumarnos unos cuantos Camel, pasó lo inevitable.

Sentí cierta ansiedad en sus labios, me dio la impresión de que ella no quería detenerse, pero sonó su teléfono celular y aproveché la interrupción para separarme de ella. Sus besos habían sido una locura. Sentía que me ardían los labios como si le hubiera dado una mordida al picante con más capsaicina en la faz de la tierra, excepto que no era una sensación desagradable. También se sentía como una cortada de papel. Como una breve descarga eléctrica.

Otra vez me sentí miserable; también, culpable y abusivo. Siempre había creído que los hombres de mi edad que hacían esa clase de cosas –besarse con mujeres mucho más jóvenes–, lo hacían por inseguridad. Y que eran patéticos.  

Nayeli tuvo que marcharse –su papá la había llamado por teléfono y ya estaba esperándolas a ella y a su hermana, que andaba por ahí charlando con el baterista de Los Silencios, afuera del Alicia– y, sin que yo se lo pidiera, me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. Sus dedos también los sentí como una cortada de papel. 

Mientras ella anotaba el número con una pluma y estimulaba mis corpúsculos de Krause, no podía dejar de observar su fabulosa cabellera afro(disíaca) y de divagar, de imaginarme qué se sentiría hundir mis dedos en ella. También me dio su ID de messenger, por si acaso.

Me dijo que esperaba que yo la llamara pronto, para que nos pusiéramos de acuerdo y nos viéramos otra vez.

Ya pasó más de un mes desde entonces. Son las cinco y media de la tarde. Es 26 de agosto del 2006, y estoy pensando en llamarla por teléfono. Tal vez no debería tomarme la vida tan en serio. Tal vez exagero. O tal vez no.