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miércoles, diciembre 03, 2025

¡suenan a banda de bar!



Scott Weiland se contorsionaba como si una corriente eléctrica estuviera atravesándolo, se movía de un lado a otro del escenario sin perder el aire ni dejar de cantar. Cuando la canción lo ameritaba, se detenía detrás del pedestal del micrófono, volvía a colocar el micrófono allí y cerraba los párpados, y todo esto lo hacía con tal naturalidad que nadie podría poner en duda su experiencia de casi 30 años como el líder de una banda de rock. Quién sabe cuántas veces ya había montado ese show en su vida, tal vez ya hasta le resultaba automático, una conducta que no pasaba del todo por su consciencia. No sé por qué, pero, en lugar de verlo así, como un frontman experimentado, lo vi como si hubiera sido uno de esos niños hiperactivos de los 70 sobre diagnosticados con TDAH y medicados con metilfenidato.

Al final de una canción, Weiland se detuvo a un costado del escenario y apenas pudo mantenerse en pie. Un par de miembros del crew de los STP tuvieron que auxiliarlo. Alguien le alargó un vaso y él le dio un sorbo. Luego, medio tambaleándose, regresó al escenario, probablemente desde el principio del concierto estaba bajo la influencia de algún narcótico –depresor, estimulante, ambas clases de drogas–, y volví a pensar en que tal vez él había sido un niño hiperactivo medicado con metilfenidato y que el metilfenidato lo había condenado a probar otras drogas más adelante en su vida, hasta el punto en que abandonó la universidad y el futbol americano para convertirse en estrella de rock. Me sentí un poco mal por él.
Weiland traía una bandana roja y un sombrero negro, un atuendo algo exótico, parecía un pavo real siguiendo la música, su estímulo signo. De vez en cuando, olvidaba las letras de las canciones y los hermanos De Leo le echaban una mirada difícil de descifrar, entre compasiva y recriminatoria. Me sentí un poco mal por ellos, habían formado una gran banda, en los 90 habían sido excluidos del status de las bandas de la Costa Noroeste de EEUU —“el sonido Seattle”— por ser de San Diego y, además, estaban condenados a la volubilidad (las adicciones) de Weiland.

Me terminé el cigarrillo y le di un sorbo a la cerveza. A pesar del frío estaba tibia. Ya habíamos escuchado a Los Odio y a Los Flaming Lips. Después de STP, Nine Inch Nails cerraría el Festival Motorokr. Comenzaba a llover, estábamos a finales de octubre o a principios de noviembre del 2008. Los STP tenían ya varios años sin grabar un álbum de estudio, Weiland había grabado algunos álbumes como solista y había pasado por Velvet Revolver. Los STP tenían rolas buenísimas, no sólo eran “Sex Type Thing” o “Interstate Love Song”, ni el álbum Purple o el Vatican Gift Shop, pero había algo en su actitud que no me latía (a lo mejor yo también tenía mis prejuicios, ¡eran de San Diego y no de Seattle!), quizá la actitud de macho alfa de Weiland no me latía, y, sin embargo, verlos en vivo estaba cambiando mi perspectiva sobre su música.

La lluvia arreciaba, el concierto de los STP estaba por concluir y Gee gritó «¡Suenan a banda de bar!» y me pasó la tercera o cuarta cajetilla de cigarrillos, quién sabe cuántos habíamos fumado ya. La abrí y tomé uno y lo puse en mis labios y lo encendí. En la penumbra, vislumbré mis dedos de nicotina, intuí su presencia maligna, y preferí concentrarme en Weiland. Era obvio que él conocía el lado oscuro de las drogas, que él era un adicto interpretando a una estrella de rock. Obviamente yo no era la clase de adicto que era una estrella de rock como Weiland, pero fumaba a todas horas, lo hacía antes y después de cada alimento, era lo primero y lo último que hacía todos los días. Si había alcohol de por medio, en algunas ocasiones me había fumado hasta tres cajetillas yo solo en un fin de semana.

Hoy, mientras escribo, me miro las manos y ya no tengo dedos de nicotina, pero estos recuerdos me dan ganas de fumar otra vez. Voy a cumplir casi un año en abstinencia, tuve una recaída que duró más de un año, antes de eso estuve en abstinencia durante diez años, y antes de eso fumé más de diez años. Scott Weiland hoy cumple diez años muerto, antes de eso lo despidieron de los STP y de Velvet Revolver por sus problemas de adicción. Lo encontraron en la van de la banda con la que hacía una gira entonces, lejos de los reflectores de los STP. Murió de sobredosis. Hace diez años, ya.

Pero, ¿a quién le importa Scott Weiland...?, ¿o cómo conseguí dejar de fumar sin terapia y sin fármacos...?, ¿o por qué recaí y cómo volví a dejar de fumar...?, ¿quién lee dos párrafos, cuando “todo el conocimiento del universo” está en un video anti-aburrimiento en Tik Tok...?, ¿quién lee a autores que no tienen a publicistas que se te están metiendo en la cabeza 24/7, diciéndote por qué el libro que te están vendiendo “te volará la cabeza”, por qué es el mejor y el más polémico de los últimos tiempos, por qué es el libro de cabecera de los lectores más exigentes y cultos...?, la vida sigue, todos los días muere alguien, todos los días alguien pierde su empleo, todos los días alguien gana seguidores, todos los días alguien cobra su cheque, todos los días alguien deja de fumar.

sábado, julio 19, 2025

The waiting drove me mad


Durante casi 20 meses consecutivos había estado corriendo “los experimentos”, todos los días, exceptuando uno que otro domingo, a las 8 AM. Nada ni nadie habían interrumpido esa rutina (“el amor por la investigación” y mi ingenuidad me cegaron y me hicieron creer que trabajar hasta en días feriados y en vacaciones, sin cobrar un centavo, eran la mejor forma en la que podía invertir mi tiempo y que me darían, tarde o temprano, la oportunidad de tener una plaza de académico de tiempo completo), pero, en fin, esa mañana rompí mi rutina. Las palomas, las cajas operantes de Skinner, Francis Mechner et al. y el laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tuvieron que esperar. Pearl Jam había anunciado 2 fechas por primera vez en México, vendrían de gira con Riot Act –su séptimo álbum de estudio, lanzado apenas en el 2002, un álbum influenciado por el clima político y social que siguió a los atentados de Las Torres Gemelas y a la administración del “Texas leader”–, y esa mañana salían a la venta los boletos. 

Algunas estaciones del metro estaban en reparación. Después de esperar el RTP que me llevó hasta Velódromo, crucé a pie el puente de Río Frío y luego la ESEF y ese largo pasaje en el que confluyen unas canchas de futbol rápido y la calle en la que suelen ponerse los vendedores de mercancía pirata en los días de concierto. Apenas iban a dar las 7 de la mañana cuando llegué al Palacio de Los Deportes, pero ya había cientos de personas formadas en las taquillas. Parecía que había un casting para salir como extra en Singles, esa comedia romántica de 1992 donde Janet Livermore y Cliff Poncier fueron un pretexto para que Cameron Crowe mostrara la inminente explosión del grunge en Seattle, con cameos de Alice In Chains y de Chris Cornell y con Jeff Ament y Eddie Vedder en papeles secundarios. 

Traía mis walkman para matar el tiempo, así que me acomodé los audífonos, probablemente escuchaba Vs –uno de mis álbumes menos favoritos de PJ–, o la radio. Tomé mi lugar a varios kilómetros de distancia de las taquillas, entre toda esa gente melenuda con Levi’s, Martens y camisas de franela, y esperé. PJ nunca había sido mi banda favorita, mi devoción por Kurt Cobain me impedía apreciar su música, más bien creía que Vedder era un oportunista –lo delataba su desastroso pasado con Bad Radio, cuando era un desesperado imitador de Anthony Kiedis– y también creía que todo ese lío legal que PJ había armado en contra de Ticketmaster en la gira de Vitalogy sólo era mercadotecnia. Sin embargo, la chica con la que salía entonces era súper fan de la banda y me había convencido de que no podíamos perdernos ese concierto, así que allí estaba, en una especie de soledad compartida, con toda esa gente. 

Alrededor de las 9 AM, un tipo esparció el rumor de que se habían agotado los boletos para los dos conciertos. Casi de inmediato, otro tipo esparció buenas noticias: Vedder y compañía acababan de abrir una tercera fecha. Sintonicé la radio en mi walkman (o eso creo) y Rulo, “el profeta de la radio pública para dummies”, lo confirmó. Así que sólo tenía que seguir esperando. La fila avanzaba lentamente, mientras escuchaba una y otra vez Vs, mientras me preguntaba una y otra vez cómo habría sido mi vida si hubiera estado consciente de la escena musical de Seattle en septiembre y en octubre de 1993, cuando salieron a la venta In Utero y Vs, cuando In Utero vendió alrededor de 200, 000 copias en su primera semana de lanzamiento, cuando Vs vendió más de 900, 000 copias en los primeros cinco días de su lanzamiento, cuando yo sólo era un mocoso de secundaria y convivía con otros mocosos que sólo tomaban Tecates a escondidas y que no sabían ni quiénes eran los Caifanes..., ¿habría seguido el camino de la academia, o me habría convertido en un imitador de Cliff Poncier...?

Tal vez dieron las 11 AM, cuando compré tres boletos: uno para la chica que me había convencido de ir a ese concierto, uno para Diego –mi hermano, el menor, que estaba terminando la secundaria– y uno para mí. Tal vez no me quité los audífonos y continué escuchando Vs, tal vez caminé de vuelta hasta Velódromo y transbordé en Centro Médico, tal vez caminé desde Copilco hasta la Facultad de Psicología y fui al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tal vez me encargué de correr las últimas sesiones experimentales, no lo sé. Lo que sí sé es que estuve en el concierto de PJ del 19 de julio del 2003 en El Palacio de Los Deportes, fue un sábado y llovió, y me tomé una o dos cervezas, teníamos unos lugares horrendos, PJ abrió con “Wash”, la banda tocó 3 canciones consecutivas, después de “Given to fly” hicieron la primera pausa del concierto y Eddie dijo algo como: «Sábado por la noche en México... Hablo español un poco... Lo siento...», y la gente lo ovacionó. Somos un público fácil. 

En el concierto –que fue el último de la gira Riot Act por Latinoamérica y que transmitieron en vivo por radio a toda Latinoamérica– pasó de todo: Vedder llamó por teléfono a Marky Ramone, unos mariachis se subieron al escenario y le cantaron “Las Mañanitas” a Stone Gossard, Corin Tucker –la guitarrista y cantante de Sleater-Kinney– también se subió al escenario y acompañó a PJ a cantar “Hunger Strike”, las dos o tres últimas canciones las pasaron casi en directo por Telehit... 

Hoy también es sábado, a lo mejor llueve por la tarde, a lo mejor escucharé un rato Riot Act y trataré de pensar en que no han transcurrido ya 22 años.

jueves, noviembre 18, 2021

18 de noviembre de 1993

Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...

Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad. 

Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.

No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.

Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero. 

Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.

En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables. 

                     

(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.) 

Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más. 

La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro. 

Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.

Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda. 

De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.

Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.

Han transcurrido 27 años de este jueves que trato de evocar, y no puedo dejar de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado en mi vida, de haber escuchado a Nirvana y de haber sabido que grabarían en los Estudios Sony de Nueva York este concierto que he escuchado tantas y tantas veces.

martes, octubre 19, 2021

Una Jaguar '65 llena de sangre

Qué molesto es lidiar con los dolores del ayuno apareciendo intermitentemente en tu estómago como explosiones de ansiedad en un campo de batalla minado y llamando escandalosamente tu atención como un gatito hambriento y caprichoso que suelta mordiditas que te pellizcan la piel, cuando lo único que quieres hacer es poner en palabras esa idea que tenías en la cabeza antes de que tu vejiga a punto de reventar te levantara de la cama. 

Qué molesto es tener que acostumbrarse a esas convulsiones de tus intestinos y tener un ataque de tos a la mitad de todo provocado por el ayuno de toda la noche y luego tener que tomar el kit de la prueba de glucemia y sacar la libreta en la que llevas el registro de tu glucosa en sangre en ayuno desde hace más de 100 días consecutivos y sacar la pluma y luego la tira reactiva y la lanceta y después pinchar el dedo afortunado para el sacrificio de sangre de hoy, y sentir el breve pinchazo de la lanceta en tu dedo competir con los calambres locos e incontrolables de tus vísceras hambrientas en la frialdad de la recámara que parece un cruel congelador, e ir olvidando cuál idea tenías en la cabeza y querías poner en palabras, mientras esperas con desesperanza la lectura del glucómetro y haces acopio de tus fuerzas para recordar qué cosas indebidas comiste ayer y reparas en que es 19 de octubre y que se cumplen 30 años de aquel célebre concierto de Nirvana en Dallas, Texas, en un club llamado “Trees”, en el que Kurt Cobain tuvo un altercado con un guardaespaldas. 

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando los temblores de tus intestinos reclaman que bajes a la cocina y que los alimentes exactamente en este momento y que termines comportándote como una bestia con una corteza cerebral de adorno y que obedezcas y que hagas lo mismo que cualquier otra persona, sin ningún interés en este concierto ni en ordenar en palabras la idea que se va borrando lentamente como el amanecer en tu mente, podría hacer.

Qué molesto es tener esta idea y no poder ponerla en palabras –probablemente no es una idea brillante, pero sí es auténtica sólo porque nadie más que tú puede tenerla en el mismo momento en el que tú la estás pensando– y que no puedas elaborar en detalle todos los elementos de este evento que te ha recordado este 19 de octubre del 2021, tales como los testimonios de los asistentes a ese concierto –incluyendo a Kurt Cobain, a Krist Novoselic y a Dave Grohl, y a otros músicos cercanos a ellos, como Mark Lanegan– que quedaron plasmados en algún libro o en alguna entrevista o en algún artículo y en los que casi todos los involucrados coinciden en que Kurt Cobain estaba frustrado porque había estado teniendo problemas con un amplificador toda la noche y que lo pateó varias veces y que el amplificador resultó ser de un amigo de uno de los guardaespaldas que cuidaban que el público no se subiera al escenario, y que el guardaespaldas ya le había pedido a Cobain varias veces que dejara de patear el amplificador y que éste lo ignoró y que entonces, cuando se lanzó al público a la mitad de “Love Buzz” –en la parte del feedback de la guitarra–, era inevitable que el guardaespaldas perdiera los estribos y lo jalara furiosamente de los cabellos para regresarlo al escenario y que Kurt le diera un certero guitarrazo en la frente.

Qué molesto es recordar todo esto frenéticamente, cuando mis vísceras no dejan de callarse y me hablan como si fueran voces dentro de mi cabeza conspirando en contra de estos recuerdos y obligándome a interrumpir estos recuerdos frenéticos y bajar a la cocina y tomar una aburrida manzana del aburrido frutero y comérmela en el aburrimiento de la lentitud que implica comer una manzana y concentrar toda mi atención en comerme la manzana, cuando lo que en verdad quiero hacer es escribir sobre estos recuerdos y cuando estoy seguro que más tarde podría comerme la maldita manzana y que ya no podré escribir estas tontas ideas porque el momento preciso para escribir estas tontas ideas se habrá ido.

Qué molesto es acabar con la manzana y hacer un gran esfuerzo para retomar el hilo de los recuerdos y recordar que después de jalar a Kurt Cobain de los cabellos y recibir un golpe en la frente con una Jaguar '65, el guardaespaldas enfureció y le dio una patada a Kurt cuando Kurt estaba levantándose del suelo, y que la banda dejó de tocar abruptamente y que Krist Novoselic dejó caer por ahí su bajo y que Dave Grohl saltó desde detrás de la batería y que Krist Novoselic detuvo al guardaespaldas que ya se le iba a los puños a Kurt Cobain y que se quitó su playera y que se la ofreció y que la frente del guardaespaldas sangraba copiosamente y que Dave Grohl miraba a la distancia y se pasaba el cabello detrás de una oreja como si estuviera asustado y no diera crédito a lo que estaba pasando y no supiera qué hacer, aunque tenía casi un año tocando con Nirvana en clubes parecidos al Trees y aunque había sido testigo de enfrentamientos semejantes –parece que Cobain siempre los metía en líos– y aunque tenía casi 10 años tocando la batería en diversas bandas de punk hardcore y aunque debía estar familiarizado con esta clase de peleas.

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando mis necesidades fisiológicas me llaman estruendosamente una vez más, y cuando el frío de este congelador que parece una recámara en la que siempre es invierno me está entumeciendo los dedos que aporrean el teclado de la computadora, y cuando debo interrumpir mi escritura por enésima ocasión, pero en esta ocasión para ir al baño; y qué molesto es no recordar precisamente dónde leí –para volver a consultar la fuente– que Cobain, que Novoselic y que Grohl al final del concierto tomaron apresuradamente un taxi y que el taxi se quedó sin gasolina, o que le falló el motor, y que se quedaron allí varados, justamente a una cuadra del club, atentos a que el guardaespaldas –que había sido expulsado del concierto después del altercado con Kurt– cumpliera su amenaza y los estuviera esperando a la salida del club y los estuviera buscando y se apareciera en cualquier momento con sus amigos guardaespaldas, para romperle la madre a Kurt Cobain.

Todo esto quedó registrado en el VHS Live!!! Tonight!!! Sold!!! Out!!! y lo vi por primera vez un domingo de 1995 y me dejó tan impactado que, ahora mismo, justamente cuando se celebran 30 años del concierto, encuentro ridículo intentar ponerlo en palabras, no sólo porque tenía otra idea en la cabeza y también quería ponerla en palabras, sino porque ocurrió en el momento preciso en el que debí obedecer a mis vísceras y porque mis ruidosas vísceras asesinaron el ímpetu que tenía para escribir sobre estos recuerdos.

Qué molesto es no tener paciencia para elaborar sobre los detalles de esta escena que alimentó mi enfermiza admiración hacia Kurt Cobain y no poder entrar en detalles sobre las cosas que ocurrieron años más tarde, cuando ya me había casado y cuando mi mujer dormía a mi lado en nuestra cálida cama matrimonial y cuando yo tenía apenas unas semanas de haber ingresado al doctorado y sin embargo ya lidiaba con mis propias frustraciones; cuando, en lugar de patear furiosamente un amplificador, todos los viernes por las noches fumaba antes de dormirme para mitigar el estrés –modulando la liberación de neurotransmisores excitadores e inhibidores, y sintiendo que así me quitaba de encima una pesada semana de casi 12 horas diarias de trabajo y de los tediosos recorridos de 2 ó 3 horas diarias en el infernal transporte público desde la casa hasta Ciudad Universitaria de ida y vuelta– y me acostaba a ver conciertos en el iPod –los había descargado de YouTube y acababa de comprarme el iPod y la pila todavía no entraba en obsolescencia programada– mientras mi mujer dormía y esperaba que el fin de semana saliéramos a divertirnos a algún lugar. 

Durante varios viernes consecutivos vi este concierto en el Club Trees de Dallas, Texas, de principio a fin, y, cada vez que lo veía me sentía trasladado por un momento a aquel domingo de 1995 en el que vi por primera vez esta escena del golpe de la Jaguar '65 en la frente del guardaespaldas, o incluso me sentía trasladado a aquel 19 de octubre de 1991, como si yo mismo hubiera estado frente al escenario en ese club –el video de este concierto había sido grabado por un amigo de Krist Novoselic (¿su hermano?) desde uno de los costados del escenario y las tomas eran muy cercanas, de pésima calidad, pero muy vívidas–; y qué molesto es reconocer que entonces no tenía que lidiar con el escandaloso dolor de mis vísceras exigiendo que las alimente, ni con el pinchazo de la lanceta en uno de mis dedos, ni con la desesperanza de la lectura del glucómetro, ni con este terrible frío, ni con la necesidad de aplazar una idea que quería poner en palabras ¡y que se ha esfumado mientras todo esto ha ido ocurriendo, y mientras el mundo ha despertado y todo está lleno de ruido y me siento vigilado!, y qué molesto es admitir que nada es realmente molesto: molesto sería tener ERGE y no poder comer más que dos o tres cosas y andar con náuseas todo el día y aborrecer cada segundo, y no tener una cama cálida ni una mujer fabulosa en la cama; molesto sería no tener razones para molestarse y no tener imprevistos que no te impidieran escribir, ni poder incendiar tus emociones rabiosas en unas tontas líneas que escribes en un blog que nadie lee aparte de ti.

sábado, agosto 11, 2018

It's Not Enough Just A Touch


El 11 de agosto de 1998, los Smashing Pumpkins tocaron por primera vez en la Ciudad de México. 

Se encontraban de gira, promocionando Adore. 

Ése era su cuarto álbum de estudio y era muy diferente a sus predecesores. 
Abundaban los sintetizadores y los efectos especiales.

Las canciones sonaban más a Eye que a Zero o I Am One.

Incluso las típicas baladas de Billy Corgan -como Suffer, Disarm, Stumbleine, In The Arms Of Sleep- sonaban distinto. 

Eye hasta entonces sólo había aparecido en el soundtrack de Lost Highway.

De acuerdo con James Iha y D'Arcy Wretzky, Billy Corgan quería cambiar radicalmente el sonido característico de la banda desde que habían colaborado para esa película de David Lynch.


Cuando comenzó la grabación de Adore, el líder de los Pumpkins había despedido a Jimmy Chamberlin.

Chamberlin era adicto a la heroína y había estado a punto de morir por sobredosis junto con Jonathan Melvoin, el tecladista que los había acompañado en la gira de Mellon Collie & The Infinite Sadness.

Al baterista original, lo sustituían cajas de ritmos en Adore y tres músicos en los conciertos en vivo. 

Él mismo cuenta que la primera ocasión en que los escuchó en el Avalon, antes de entrar a la banda y de que grabaran Gish, los Pumpkins tocaban con una caja de ritmos y sonaban horrible, a pesar de que la estructura de sus canciones era buena.

¿Cómo no iba a sonar distinto Adore, si le faltaba el toque de jazz y la fuerza que él le aportaba a los Pumpkins? 


Mi hermano y yo teníamos boletos en la sección C. 

Aunque estábamos de frente al escenario, nos quedaba muy lejos. 

Cuando compramos los boletos, casi dos meses antes, nunca se nos ocurrió que la vista era mejor desde los lados de esa sección. 

Aunque no dijimos nada, fue evidente que nuestros lugares nos decepcionaron. 

Apenas estábamos sentándonos, cuando un tipo de OCESA se nos acercó y nos pidió dinero para llevarnos a un lugar más cercano al escenario. 

Lo ignoramos y se fue en busca de otro cliente. 

Los Pumpkins salieron al escenario después de las nueve.

Parecían más una orquesta que una banda de rock alternativo.

Había más de diez músicos en el escenario. 


Abrieron con To Sheila y tocaron casi todo su cuarto álbum de estudio.

Aunque también tocaron unas versiones alternativas de Thru The Eyes of Rubi, Bullet With Butterfly Wings, 1979 y Tonight, Tonight, me pareció una descortesía. 

Jamás habían venido a México.

Entre una canción y otra, la gente les pedía alguno de sus éxitos -una chica a mi lado, incluso esperaba que tocaran Pissant-, pero no hubo complacencias. 

Ni siquiera tocaron Today. 

Billy Corgan ni siquiera habló mucho con el público. 


Salí decepcionado de El Palacio de Los Deportes.

El mismo espectáculo que ofrecieron esa noche los Pumpkins, lo habían estado tocando de manera gratuita en Europa.

Incluso MTV lo había estado transmitiendo durante el verano anterior.

La banda terminó con Transmission (sospecho que ese cover de Joy Division influyó en el repentino "re-descubrimiento" de la banda post punk inglesa) y esa canción fue seguida por un largo feedback en el que Billy Corgan y compañía subieron al escenario a algunos afortunados miembros del público, los dejaron tocar sus instrumentos y les hicieron creer que ellos eran los causantes de todo ese ruido, mientras desaparecían en las sombras.