Mostrando las entradas con la etiqueta Jimi Hendrix. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Jimi Hendrix. Mostrar todas las entradas

sábado, noviembre 27, 2021

Voodoo Child



En progreso 

Es el último viernes de las vacaciones administrativas de la universidad y me he determinado a escribir en este blog durante una hora ininterrumpida. Conforme enciendo la Mac y todos los programas que empleo frecuentemente se cargan, reparo en todos los distractores que frecuentemente están presentes cada vez que me siento frente a la computadora y me propongo escribir. 

El reloj de la computadora dice que faltan cuatro minutos para las siete de la noche. Hago una pausa y tomo la botella de Heineken que tengo a un lado del mouse, colocada en un posavasos que compré en alguna Feria del Libro o en algún museo. 

El posavasos tiene un dibujo en colores rojo y blanco en el que se ve un rostro que se parece al de Jimi Hendrix. El dibujo me hace pensar en su Fender Stratocaster blanca, adaptada para zurdos. Inmediatamente pienso en Woodstock. Cuando pude ver un video de ese festival, lo que más me impresionó fue su interpretación del himno de Estados Unidos y la forma en que apaleó contra el suelo su guitarra en repetidas ocasiones, antes de prenderle fuego. 

El dibujo también me hace pensar que probablemente “Vodoo Child” es la primera canción de Hendrix que escuché. Tal vez ocurrió un domingo en el que mi papá se sentó en la sala a leer el periódico antes de desayunar, mientras sonaba su tocadiscos. Creo que yo debí de tener alrededor de cinco años y que el sonido wah wah de los primeros acordes de la guitarra en esa canción debió de parecerme hipnótico, extraño y enigmático. (Me daría demasiado crédito si dijera que la palabra “psicodélico”, ya formaba parte de mi vocabulario).

Estas ideas me hacen pensar que hasta hace un par de años, mi papá todavía tenía en su casa el acetato que debió de poner en su tocadiscos aquel domingo. Tenía una colección de acetatos –casi todos de rock–, pero no tenía ningún álbum de Hendrix, sino un acetato con varios éxitos de músicos contemporáneos de Hendrix. Hace como dos años se lo pedí prestado y lo escuché unas cuantas veces, pero sorprendentemente no reparé en todas estas cosas que acabo de escribir. 

Debajo del rostro del músico de Seattle hay una frase atribuida a él: “el conocimiento habla y la sabiduría escucha”. No analizo la frase. Sólo tengo la expectativa del sabor de la cerveza y pienso en “Vodoo Child”, en “Purple Haze”, en “Foxey Lady”, en “Manic Depression”  y en “Love or Confusion”. 

También pienso en que Hendrix murió ahogado en su propio vómito, inesperadamente, un 18 de septiembre de 1971, cuando su carrera, según los expertos, se encontraba en franco declive. Y también pienso en que cuando compré mi primera guitarra eléctrica zurda –una Aze de color negro y con golpeador blanco que conseguí en alguna tienda de Bolívar, en un paquete que incluía un tahalí negro y un amplificador genérico GA-15–, una de las primeras canciones que aprendí a tocar fue “Purple Haze”.  

Le doy un sorbo a la Heineken y trato de explicarme por qué no he podido escribir nada satisfactorio durante cuatro semanas... o mucho más. (Tal vez desde abril, cuando comenzó la cuarentena para mí). Conforme el alcohol recorre mi garganta y todas las moléculas que asociamos con el placer estallan en mi cerebro y me acomodo en la silla, me sumerjo en los instrumentos de la Sinfonía No. 5 en C Menor de Ludwig van Beethoven que he estado escuchando desde que comencé a escribir esta entrada. 

No sé por qué el ir y venir de la violencia y de la calma que me transmite la música, me hace sentir nostalgia y pensar selectivamente en cómo era mi vida en el 2012 –más o menos cuando debí de comprar esa guitarra eléctrica de gama baja–, cuando internet no era tan elemental como ahora y cuando las redes sociales no estaban presentes en todas partes y no tenían tanta influencia como ahora. 

Creo que en esa época podía sentarme a escribir frente a la Sony VAIO –era la única computadora que tenía entonces y la acababa de comprar– y que podía escribir un relato de principio a fin con relativa facilidad, independientemente de las estupideces que podía escribir de principio a fin. 

Creo que en el 2012, mis principales problemas al escribir eran que el posgrado me absorbía y que bebía alcohol excesivamente para distraerme y para lidiar con el estrés. Aunque podría asumirse que mi vida como estudiante de doctorado la viví en el paraíso porque nunca me quejé de nada, los últimos dos años fueron una pesadilla. Desarrollé dermatitis psicosomática (algunos oportunistas de nuestros días en cuarentena la han llamado “alergia emocional”), tabaquismo (me fumaba alrededor de cuatro cajetillas, sólo contando los fines de semana) y cierto nivel de alcoholismo (al menos bebía los fines de semana y lo hacía hasta perder el conocimiento). 

Creo que todo “lo literario” que escribía en el 2012 –me tomaré la libertad de llamarlo así, para distinguirlo de los textos científicos o de divulgación de la ciencia que escribo como parte de mi trabajo académico–, siempre y cuando mis actividades del posgrado me dejaran un espacio libre, era más estúpido y más pretencioso que lo que escribo regularmente. 

Estaba desesperado, pero lo que escribía no parece escrito por alguien desesperado sino por alguien que no estaba acostumbrado a escribir. Aunque francamente no creía requerir de la opinión de nadie sobre lo que escribía –ya había tomado dos o tres talleres de creación literaria y consideraba haber obtenido suficiente retroalimentación de otros sujetos interesados en la escritura como yo– y escribía porque desde niño tengo la necesidad de escribir, es evidente que tanto el ritmo como el estilo de escritura que había adquirido antes de ingresar al posgrado, los fui perdiendo cuando ingresé al posgrado.

El posgrado demandó toda mi concentración y perdí el hábito de escribir. Durante esos dos últimos años de pesadilla, de angustia y de estrés innecesarios (ya tenía más publicaciones como primer autor que las que exigía el reglamento del posgrado como requisito para realizar el examen de grado y sin embargo, aun cuando estaba dispuesto a vivir de mis ahorros para tener más publicaciones, mi lugar en el laboratorio parecía ser el de un estudiante de licenciatura que estaba “a prueba” y que hacía el mínimo esfuerzo), me emborraché cada fin de semana, cada día de asueto y cada periodo vacacional disponibles.

En todas las estupideces que escribí en esos meses llenos de una nube de éter, la desesperación ni siquiera quedó reflejada de algún modo elocuente. Es claro que para mí aplica lo que Élmer Mendoza –y supongo que varios escritores más– dice en una de las novelas que estoy leyendo: un individuo alcohólico es la mitad de la persona que podría llegar a ser. (¿Hasta dónde habría podido llegar Bukowski?) 

En el 2012, tenía la costumbre de fumar y de beber para “matar tiempo”; ahora, como ya no fumo –en mayo, cumplí cuatro años sin fumar– y como sólo ocasionalmente me tomo una cerveza o un whisky, “mato tiempo” en redes sociales. 

Puedo “matar tiempo” mientras como para abolir las náuseas del ayuno, mientras tomo un descanso para asimilar la información que he consultado para dar una clase, mientras reflexiono y releo algo que acabo de escribir y el resultado me decepciona... 

Me cuesta mucho trabajo quedar satisfecho con lo que escribo; si la primera oración que escribí, no me gusta –lo cual ocurre prácticamente cada vez que comienzo a escribir un párrafo–, no puedo avanzar.

Al final, la decepción me lleva a abortar la escritura y a procrastinar.

Yo sé que, más que procrastinar, en realidad abandono lo que estaba escribiendo porque lo que he escrito no me ha dejado satisfecho, pero, de todas formas, me frustra.

Termino revisando mis redes sociales y engañándome y diciéndome que me interesa alguna publicación controversial de algún personaje controversial. 

A veces escribir es una tortura y un círculo vicioso: tengo tiempo y tengo una idea, comienzo a escribir, leo lo que escribí, me decepciona lo que escribí, corrijo lo que escribí, leo de nuevo lo que escribí, vuelvo a sentirme frustrado...

Esta experiencia la describe estupendamente Luis Muñoz Oliveira: escribir es corregir incansablemente lo que has escrito.

Como siempre tengo la expectativa de que no quedaré satisfecho, independientemente de lo que escriba, no escribo, aun cuando tenga tiempo. 

Además de que pueden ser una salida fácil a la frustración, a veces reviso mis redes sociales aunque no haya comenzado a escribir. Aunque he pasado momentos muy desagradables en twitter y en Facebook porque me he enfrentado con sujetos obtusos , es sorprendente la facilidad con la que me distraigo en redes sociales, cuando estoy escribiendo. 

En parte, reviso mis redes sociales y me distraigo en ellas porque, como ya lo mencioné, es una salida fácil a la frustración, cuando apenas he escrito un párrafo de cualquier estupidez que acostumbro escribir y cuando me basta releer lo que he escrito para aborrecerlo con todo mi corazón (y para aborrecerme con toda mi alma) y entonces comienzo a pensar cómo puedo escribirlo mejor (también aborrezco el método al que he bautizado con el nombre de “Xavier del Asco”: escribir lo que se te ocurra, tal y como se te va ocurriendo, sin realizar ningún análisis sobre lo que escribes, y esperar a que tus amigos influyentes digan que eres “escritor” y a que los incautos “ávidos lectores” crean que eres un escritor y entonces compren tus novelas que cuestan casi lo mismo que los libros de Mallarmé, para que luego alguna plataforma importante de streaming compre los derechos de tu novela y la adapte a una serie) y termino abandonando lo que estaba determinado a escribir y así erradico la frustración y la decepción. 

En parte, también reviso mis redes sociales porque parezco un gato que se distrae fácilmente... o porque los tres gatos de la casa son demandantes y me piden alimentarlos o hacerles caso cuando me levanto de la cama por la madrugada para ponerme a escribir en el aislamiento y en el silencio más contundentes que puedo encontrar en mi casa.  

Escucho por enésima ocasión esta composición de Beethoven y pienso en la versión que Martin L. Gore hizo a otra de sus composiciones (¿Sonata para piano No. 14?) y miro nuevamente el reloj de la computadora: son las ocho y cinco. 

Después de tanto enredo, mi conclusión es que no he podido escribir en los últimos seis meses porque he estado ocupado en otras actividades que demandan mi escritura académica y formal. Creo que otros factores se suman a esta incapacidad –además de la disponibilidad para concentrarme en la escritura de un texto literario, además de la frustración y de la insatisfacción– y que están relacionados con dos estados mentales mutuamente excluyentes: o tienes tiempo para escribir, pero no tienes ideas, o tienes ideas para escribir, pero no tienes tiempo. 

A diferencia de hace casi diez años, ahora sí me afecta la sospecha de que ni siquiera las personas a las que conocí en algún taller literario me leen.

Creo que estamos tan absorbidos por el poder de las redes sociales y que las redes sociales han revelado quiénes somos realmente. Creo que frecuentemente leemos a desconocidos sólo porque les atribuimos cualidades que valoramos o porque son muy famosos en redes sociales o porque fortalecen nuestras creencias. Esto me lleva a pensar en un constructo de los teóricos cognitivos de la motivación y de la emoción. Este constructo tiene como propósito explicar por qué hacemos lo que hacemos y por qué nos atribuimos habilidades que quizá no nos caracterizan en realidad y que, en última instancia, nos ayudan a lidiar con nuestras miserias y a sentirnos funcionales en la sociedad y satisfechos con nosotros mismos (y con quienes nosotros mismos creemos que somos en sociedad), cometiendo, al menos, uno de estos errores: sobrestimar todos nuestros logros y atribuírnoslos exclusivamente a nosotros mismos y atribuir todos nuestros fracasos a eventos que quedan fuera de nuestro alcance, maximizando nuestros logros y minimizando nuestros fracasos (error de atribución fundamental), o subestimar los logros de los demás y atribuírselos a la ayuda que recibieron de otros (error actor-observador). 

Independientemente de todo lo que he escrito, he logrado escribir durante una hora ininterrumpida mientras he escuchado a Beethoven, y sin embargo no puedo despojarme de este sentimiento: detesto haber perdido el hábito y el ritmo que tenía para escribir. 

jueves, noviembre 12, 2020

Jimi Hendrix: Empezar de cero


Este libro te va a gustar, si estás interesado en conocer más de lo que podrías encontrarte en Wikipedia sobre la vida y obra de Jimi Hendrix. Sin embargo, aunque es un trabajo periodístico muy profesional que supuestamente está basado en una idea original de Jimi para hacer un documental sobre su propia vida, también podrías odiarlo... sobre todo, si crees que sabes más de Hendrix que el mismo Hendrix... o si eres una persona radical y estás convencida de que nadie tiene derecho a escribir sobre los muertos, y crees que la única razón por la que alguien podría leer este libro es porque tiene 15 años y está obsesionado con “el club de los 27”. 

A partir de información tomada de los propios diarios de Hendrix y de extractos de decenas de entrevistas que le hicieron distintos medios, Empezar de Cero te permitirá tener contexto de los orígenes de algunas de las letras de sus canciones –como “Highway Chile” y “The Wind Cries Mary”–, sobre las ideas detrás de la estructura de sus álbumes –¿por qué Bold As Love fue un álbum tan experimental y por qué lo decepcionó tanto la recepción del público?– y sobre la influencia de sus saltos en paracaídas, en su etapa en el ejército, en su forma de ver la vida y de componer canciones.

A lo largo de más de 200 páginas, también te quedará claro por qué Jimi aborrecía a los ejecutivos de las disqueras, a las bandas como The Monkees cuyo único propósito era ganar millones de dólares y, en general, al público que iba con la corriente en Estados Unidos y que esperaba que The Jimi Hendrix Experience siempre tocara las mismas canciones y que él siempre incendiara su Stratocaster al final de los conciertos.
 
Por supuesto que también encontrarás un puñado de anécdotas sobre sus inicios como guitarrista de acompañamiento de grandes músicos de blues que no querían ser opacados por su presencia, cartas que él mismo le escribió a su padre o a algunas groupies, sus pensamientos sobre la ética y la creatividad artística, y sus reflexiones sobre los altibajos de The Experience cuando él y la banda se volvieron todo un suceso en El Reino Unido y todo mundo quería un poco de Jimi Hendrix y los integrantes se aburrieron de estar bajo su sombra y terminaron buscando nuevos horizontes.

Tal vez el final del libro te lleve a reflexionar: sus problemas financieros ocasionados por la inversión de una fuerte suma de dinero en la construcción de los Electryc Ladyland Studios y agravados por haberse resistido a salir de gira y a grabar álbumes año tras año, la formación de Band of Gypsys lo entusiasma, a pesar de que el público y las disqueras han ido perdiendo interés en él y en su música, y Jimi le confiesa a uno de los últimos periodista que lo entrevistó que se considera una persona libre y feliz y que está convencido de que no vivirá más allá de los 28 años. 

lunes, febrero 17, 2014

El guitarrista blanco que cantaba y que tocaba la guitarra como negro


Nadie sabía si realmente era un veterano de la guerra de Vietnam o si sólo era un desertor. Cuando estaba ebrio, él mismo decía que había venido a México escapando de los militares de su país. Poco antes de que Estados Unidos invadiera Vietnam, había sido activista político. Al comienzo de la guerra, el gobierno había perseguido a personas como él. 


Redyke me contó que una noche, al volver de un mítin a su casa, abrió la nevera para tomar una cerveza y observó algo que lo hizo cambiar de parecer respecto a su activismo. 

Detrás del six pack de Budweiser, creyó ver un par de cebollas y no les prestó importancia. Tomó una cerveza del six y entonces se dio cuenta de que no se trataba de un par de cebollas sino de un par de globos oculares. Los ojos parecían mirarlo desde el más allá. El nervio óptico le colgaba a cada globo como un cable espeluznante. Redyke se quedó inmóvil. Ni siquiera pudo gritar. Se puso paranoico y decidió huir de Estados Unidos.


Otro día me contó que había vivido en Tijuana y en Baja California Sur y que había jugado beisbol. Una vez me confesó que él mismo había estado en la guerra. Se le entornaron los ojos y me miró con una mirada de loco. 

'Está cabróun no deschavetarte si vuelves vivo de la guerra, y' know?', dijo, mientras su semblante adoptaba un aspecto sombrío. 

  
                                  

La primera vez que vi a Redyke, él estaba tocando una canción de Neil Young en la calle. Tocaba una Gibson Les Paul '53, muy maltratada. La guitarra era de color negro, tenía humbuckers y estaba conectada a un pequeño amplificador Marshall. Redyke tocaba y cantaba al mismo tiempo. Su voz y su habilidad para tocar la guitarra me hicieron pensar en artistas negros de blues.

Redyke tenía todo el aspecto de un hombre blanco de unos sesenta años. Me acerqué a él y él me miró brevemente. Sonrió sin dejar de cantar ni tocar la guitarra. Su mirada me pareció desconcertante, y detecté algo diabólico en su sonrisa.                     
          
                                     

Redyke estaba sentado a la sombra de un árbol, en un parque. Conforme tocaba la guitarra, golpeaba rítmicamente sus pies contra el suelo y parecía estar en trance. De un momento a otro, dejó de tocar.  Volvió a sonreírme y me preguntó: "¿Tendrás alguno cigarrillou para mí?" Sus dientes relucían de manera diabólica y acentuaban su sonrisa.

Le ofrecí un cigarrillo. 



Luego, comenzamos a platicar sobre música. Me dijo que había escuchado a The Doors en vivo, y que justamente esa noche se habían llevado preso a Jim Morrison. También me dijo que le gustaba Janis Joplin y que había conocido a Jimi Hendrix personalmente antes de que fuera famoso. Tuve la impresión de que inventaba muchas cosas. 

Al despedirme, se me ocurrió ofrecerle un billete. 

Redyke dijo "Oh, no... Nada de esouu... ¿Qué te parece si mejour vienes déspues a platicar?" 

Unas semanas más tarde, volví. Redyke se veía mucho más viejo.
En cuanto me vio, dejó de tocar la guitarra y me saludó. 


Me contó que tenía problemas con el alcohol y que había hecho un pacto con el diablo y que estaba muy arrepentido. Bajó la mirada y se me ocurrió preguntarle qué clase de pacto había hecho con el diablo. 

"¿Tú crees que tocou y cantou como negrou sólo pourque sí?", dijo. Me explicó que su alcoholismo era el precio que había tenido que pagar por esos talentos. 

Continuó:
"Lo que necesitou en verrrdad es oulvidarrr la guerra..."

Después de varios meses volví al parque y vi a Redyke. Se veía como un anciano en sus últimos años de vida. Estaba tocando la guitarra y seguía cantando, pero hacía las dos cosas de manera fatal. Luego, lo invité a tomar una cerveza, pero se rehusó. Dijo que ya no bebía y que el diablo le había quitado sus talentos. Quise preguntarle algunas cosas sobre la guerra y me dijo que no sabía nada. 

La verdad, yo creo que Redyke simplemente se aburrió de hacer música. 

sábado, enero 26, 2013

¿En serio es tan difícil tocar en una banda?

Tenía alrededor de 13 años y acababa de entrar a la preparatoria, cuando escuché Nevermind por primera vez. Cuando descubrí que Cobain tenía un par de meses muerto, me sentí decepcionado. Yo, que hasta entonces sólo había asistido a un concierto de Michael Jackson en El Estadio Azteca y que tenía alrededor de medio año escuchando a Guns N' Roses, me sentí frustrado por haber descubierto a Nirvana tan tarde. Estaba en plena pubertad, así que fue algo muy dramático darme cuenta que jamás podría escucharlos en vivo.


Escuché diariamente ese álbum durante meses, memoricé las letras de las canciones, y más tarde vi algunos videos de Nirvana. En el video de Smells Like Teen Spirit, Cobain tocaba una guitarra Fender Mustang y en el video promocional de Live! Tonight! Sold Out!! tocaba About A Girl con una Fernandes tipo Stratocaster. Ambos videos me impresionaron por muchas razones, pero como soy zurdo lo que más me impresionó fue que Cobain tocara la guitarra con la mano izquierda.



Yo no sabía que en realidad él era diestro y que sólo tocaba la guitarra como zurdo, así que estaba tan impresionado por su música, por  las letras de sus canciones, por la potencia de su voz y, principalmente, por el hecho de que tocara como zurdo, que quise formar mi propia banda.  

En un par de años aprendí a tocar varias canciones de Nirvana en una guitarra acústica. Era una enorme y pesada guitarra de tianguis, a la que sólo tuve que cambiarle las cuerdas -la 1a en el lugar de la 6a, la 5a en el lugar de la 2a, y así, sucesivamente- para tocarla como zurdo. 

Luego quise experimentar con el sonido de la guitarra eléctrica. Al principio estaba convencido de que encontraría fácilmente una Stratocaster negra como la que usaba Cobain en la gira de Nevermind, pero la realidad fue que nunca vi una sola guitarra zurda en las tiendas de música que visité. 


Mi primera guitarra eléctrica fue una Yamaha de color rojo, para diestros. Aún recuerdo el aroma de las cuerdas -como a naftalina- y lo ligera que se sentía esa Yamaha -el tamaño del brazo era sorprendentemente pequeño- en comparación con la guitarra acústica. También le cambié las cuerdas para poder tocarla como zurdo, pero era casi imposible usar el tahalí para tocar de pie. 


Antes de que se me ocurriera adaptar esa guitarra eléctrica Yamaha como lo hacía Jimi Hendrix con las Stratocaster -poniéndole un clavo para correa donde era necesario-, consideré la posibilidad de aprender a tocar la guitarra como diestro, pero nunca pude. Ni siquiera podía coordinar los dedos de la mano izquierda en las cuerdas 5a y 6a para tocar el principio de Come As You Are. Era una cosa frustrante, y además me dolía la cabeza después de practicar un rato.  


Durante muchos años me sentí frustrado con esa guitarra Yamaha, y me limité a tocar la enorme y pesada guitarra de tianguis. Sin embargo, en el último año de preparatoria conocí a un tipo al que también le gustaba Nirvana. 

Él tocaba la batería y el bajo, y tenía una banda con uno de sus primos y otro compañero de la escuela. Me enseñó a tocar el bajo de Love Buzz, de Sliver y de Aneurysm, y pronto nos hicimos más o menos amigos. 

Después, él me pasó algunos cassettes con demos de su banda. La verdad no le presté mucha atención a los demos, porque su banda también tocaba Hotel California y canciones de esa clase. Una vez fui a su casa a un ensayo y acordamos que yo entraría en la banda, pero como él quería que yo cantara -y además alguien que lo conocía mucho más que yo, me advirtió que él podía robarme la guitarra-, jamás regresé. 


Dejó de interesarme tocar en una banda varios años porque me dediqué más a leer y a escribir y además porque mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos. 
Ellos ensayaban casi a diario en la casa, junto a mi recámara. En cierta forma, escucharlos tocar en vivo y componer sus canciones satisfizo mi deseo de estar en una banda. No me había puesto a pensar que yo escuché su disco mucho antes de que saliera a la venta.


Hasta que gané mi propio dinero y dejé la casa de mis papás pude comprarme mi primera guitarra para zurdos. Era una imitación de una Stratocaster, pero para mí era mucho mejor que la Yamaha, sólo porque podía colgármela fácilmente con el tahalí. Luego compré una Epiphone SG para zurdos, de mucho mejor calidad que la imitación de Stratocaster, y después compré una Squier Stratocaster zurda y poco a poco fui adquiriendo pedales, micrófonos y amplificadores. 


Cuando aprendí a tocar canciones de otros grupos que también me gustaban, comencé a componer mis propias canciones y le sugerí a mi hermano que formáramos una banda, pero nunca funcionó. Supongo que teníamos -o tenemos- intereses distintos. 

Luego quise formar una banda con otras personas. Les compartí algunos demos de algunas de mis canciones -las que menos me gustaban, porque las que sí me gustan son muy personales- y no pasó de allí. 


Nunca he podido tocar en una banda formalmente. Cuando he querido, las personas involucradas se han mostrado interesadas al principio. Después, simplemente han dejado que pase el tiempo. Obviamente, no me pondría a llorar si me dijeran que les parezco un pésimo guitarrista o que mis canciones son horribles, o que no tienen suficiente tiempo. 

Supongo que seré solista.