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viernes, agosto 01, 2025

I found the key but I return to find an open door

 


Tengo esta canción en la cabeza, la escucho una y otra vez, apenas van a dar las seis de la mañana, entre sueños ya estaba escuchándola, cuando apareciste de la nada y me dijiste cosas que sólo se dicen en los sueños, independientemente de que signifique algo lo que me dijiste en el sueño y de que tus palabras son como un huracán el punto es que tengo esta canción en la cabeza, no he dejado de escucharla desde que revisé mi correo-e, la UNAM me abrió una cuenta para firmar el acta de un examen de grado al que asistí ayer como jurado, independientemente de que tengo mi opinión respecto al desempeño del estudiante y al discurso de las redes sociales institucionales que felicitan a todos los alumnos que concluyen un nivel de formación académica el punto es que tengo esta canción en la cabeza, la puse en un loop en Amazon Music, antes de salir a desayunar la toqué en la guitarra, independientemente de que es una canción súper sencilla y que hacía tiempo que no la tocaba el punto es que tengo esta canción en la cabeza y que cuenta una anécdota de Eddie Vedder y de Matt Lukin, pero lo que realmente importa es que ya son las cuatro de la tarde y que la endogamia académica también aparece en correos electrónicos, podría contarte decenas de detalles sobre el futuro ganador de este concurso del que me enteré hace una hora y que cierra el 5 de agosto a las 5 pm, pero ¿vale la pena?   

domingo, noviembre 24, 2024

Esta oscuridad que me ha perseguido

Durante casi dos semanas estuve tomando valaciclovir, tres veces al día. Durante dos semanas no he salido a correr. Durante casi un mes no he bebido ni un vasito de Jack Daniel's. El sábado cumplí 10 meses sin fumar. Y hoy estoy despierto desde las seis de la mañana. 

No quiero divagar, no quiero entrar en detalles, tampoco quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido todo este mes. Tampoco quiero dejar que el dolor se apodere de todo, ni estar pensando en cuánto deseo rascarme la mano, el brazo y la espalda. La comezón es insoportable. Es como si me hubieran arrastrado varios metros por el asfalto: me punza, me duele, me da comezón.

Quisiera deshacerme de todas estas sensaciones que no me dejan en paz, quisiera poner las cosas en orden, desahogarme, escribir sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero Kilitos de Amor ya está en el escritorio, junto a la computadora, y maúlla y ronronea y me mira fijamente, y en su lenguaje felino me pide su porción matutina de Royal Canin. El comienzo de este ritual, me llevará a otra parte del ritual de todos los días: sacar la tira reactiva y el glucométro y la lanceta y pincharme un dedo y depositar una gota de sangre en la tira reactiva, y anotar cuántos mg/dl tengo de glucosa en sangre en ayuno, y perder un tiempo muy valioso intentando recordar qué comí ayer. 

Paso la lengua por el paladar. Las encías están inflamadas. Siempre ocurre cuando tengo la glucosa altísima. No he bebido ni un vasito de Jack Daniel's en casi un mes, pero ayer me tomé un vaso de Coca-Cola y me comí una hamburguesa con papas a la francesa. La vida no puede ser tan monótona. No puedes tomar agua sin azúcar y comer verduras hervidas y pechuga de pavo, todos los días.  

No quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido casi todo el mes. 

Desde algún rincón de la casa, Yoko maúlla una y otra vez, y sus maullidos son tan agudos que no puedo concentrarme, y no sé por qué pienso en que sus maullidos a veces suenan como cuando alguien pasa un cuchillo afilado por un vidrio, y me remontan a alguna escena de Pesadilla en la calle del infierno en la que Freddy Krueger pasaba las navajas de los dedos de su guante sobre la tubería de algún sótano de las pesadillas de sus víctimas. También pienso en que todo se puede romper dentro de mí, como supuestamente le ocurrió al papá de Knausgård y como supuestamente le ocurre a su esposa, según lo que relata a partir de la página 920 del último tomo de Mi Lucha que estaba leyendo esta mañana antes de levantarme de la cama, cuando mi sueño fue interrumpido por el adormecimiento y por el dolor y por la comezón que siento en la mano, en el brazo y en la espalda. 

Ya estoy olvidando sobre qué quería escribir, no quería divagar, el impulso de escribir se va desvaneciendo como el último sueño que tuve antes de despertarme, ese que fue interrumpido por los síntomas que dejó el herpes zoster, ese sueño en el que apareció esta chica que estudiaba la licenciatura cuando yo estaba terminando el doctorado y que a veces iba al laboratorio y que nunca me hablaba sobria, pero, que, cuando, por ejemplo, coincidíamos en la clausura de algún congreso y ella ya tenía unos tragos encima, me saludaba y me contaba dos o tres cosas de su proyecto de investigación; esta chica que quién sabe por qué me intriga, esta chica que no entiendo –¡somos de mundos totalmente distintos!–, y que quién sabe por qué aparece en mis sueños ocasionalmente. En ese sueño, ella caminaba junto a mí, subía unas escaleras que yo iba bajando, y a lo lejos se incendiaba una casa, y yo descendía del tercer piso del edificio en el que viví toda mi infancia, y esa casa que se incendiaba era como la casa de la servidumbre de una mansión, y el camino que llevaba de la calle a la mansión estaba rodeado de árboles y de pasto, como si fuera un pequeño campo de golf, y el camino incluso tenía una fuente y una autopista por la que pasaban autos lujosos. La mansión se parecía a esa mansión de Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. En el ambiente del sueño había una especie de nostalgia, como si estuviéramos atrapados en una película del cine de oro mexicano. Y esta chica pasaba junto a mí, y tenía la mirada perdida, y llevaba puesto un suéter blanco con rayas negras y tenía cara de funeral. 

No sé qué puede significar ese sueño, sólo sé que soy el único que podría entender de dónde salieron todos estos escenarios y alegorías y esta chica, y estoy tratando de encontrar qué mensaje oculto pueden tener el edificio de la infancia, el incendio a unos metros del edificio, las escaleras y Kubrick y el cine de oro mexicano, y el hecho de que yo voy bajando por las escaleras y que esta chica va subiendo por las escaleras, cuando Lizzie entra en la recámara y de pronto me doy cuenta de que Jackson está acostado junto a mí en la cama. Él nada más contempla lo que ocurre más allá de la cama, cómo Lizzie pasa por la recámara y luego se mete en el cuarto donde teje, y luego me mira y cierra los párpados lentamente y mueve las orejas un poco, y todo esto lo hace de un modo en el que parece que está meditando, o evaluando los pros y los contras de levantarse de la cama. Es un gato sensacional, es el más paciente de los tres, y también es el más travieso y el más cariñoso. El que hace más vocalizaciones.

Estoy en todas estas cosas, cuando suena el teléfono, me ha llegado una notificación de What's App, es un mensaje de voz, intento ignorarlo, y me acuerdo del domingo pasado, cuando un fulano me llamó por teléfono en la tarde y fue directo al punto, me dijo Su paquete de Amazon llegará en 20 minutos, y yo le dije que estaba equivocado, que yo no había pedido nada, y luego me preguntó ¿Cómo está? y yo le dije la verdad, que estaba más o menos, ese día cumplía alrededor de 10 días con herpes zoster y en tiempo récord me habían bateado de tres convocatorias para plazas de académicos de tiempo completo en dos universidades distintas, y entonces le pregunté al fulano cómo estaba él –hasta ese punto, ni él me dijo su nombre ni confirmó el mío, como suelen hacer los ejecutivos de ventas cuando te llaman por teléfono– y él me dijo algo terriblemente patético –Con salud y con trabajo, gracias a Dios– y allí fue donde confirmé que se trataba de una estafa, que el sujeto tenía estudiado su discurso de “persona decente y chambeadora”, y divagué, y me lo imaginé como “persona decente y chambeadora”: cabello corto (fascistoide), saco, camisa formal, pantalones caqui, zapatos con punta de pico de pato... sin pendientes, obviamente, y sin tatuajes visibles, obviamente. Entonces, cuando le iba diciendo Ah, aquí es la parte en la que me vas a pedir que te dé un código que me llegará a mi What's App, él colgó. No sé dónde leí que a una celebridad la estafaron de una manera similar, pero mientras transcurría esta llamada telefónica, reconocí que aprendí algo de la experiencia de otra persona. 

Yo también colgué y no dejé de pensar en que el mundo de las apariencias es un asco. Que “la fábrica de sueños”, primero, y que las redes sociales, ahora, han adoctrinado de tal modo a la sociedad que creemos que una persona es como se ve: que las apariencias lo son todo. Podrías toparte en la calle con un hijo de la chingada que se ve estupendamente bien y que le vendería su madre al mejor postor, pero que te tira un rollo aspiracionista y empresarial, y entonces entregarle las llaves de tu casa porque eso es lo que te han enseñado la tele y los medios masivos de comunicación.

Escribo estas líneas y trato de ignorar el mensaje de voz que acaba de llegarme por What's App, pero hay un montón de distractores en todas partes. Yo sólo quiero desahogarme, olvidar estas dolorosas sensaciones que carcomen mi mano, mi brazo y mi espalda, y que me hacen sentir como si me hubieran arrastrado varios kilómetros por el asfalto y que me hacen desear una sola cosa: ¡rascarme hasta arrancarme toda la piel!

Estas dolorosas sensaciones tal vez son una manera en la que mi cuerpo me está diciendo que mande todo a volar, que deje de pensar en la oscuridad que me ha perseguido todo el mes, que la academia es una farsa, similar a la representación de “persona decente y chambeadora” del fulano que quiso estafarme por What's App el domingo pasado; que todas las plazas académicas ya tienen nombre y apellido, que he conseguido en tiempo récord mucho más de lo que podría conseguir cualquier académico con contratos temporales. Que puedo hacer muchas cosas más que las que podría hacer alguien a quien le ponen todo en bandeja de plata. Que debo aprender de mi propia experiencia, que es un poco absurdo aprender de la experiencia de otras personas y ser incapaz de aprender de tu propia experiencia. Que la publicidad es tan cabrona y obvia, que hasta escritores sin imaginación venden novelas sin imaginación. Y la gente los reconoce como escritores.

También cabe la posibilidad de que este dolor y esta convalecencia no signifiquen nada, tal vez nada significa nada, tal vez esto no significa nada, tal vez la aparición del edificio de mi infancia en mis sueños no significa nada, tal vez los distractores son la realidad, tal vez la selección mexicana de futbol es lo único real, tal vez lo único que importa es tener un buen publicista o un buen contacto, tal vez todos los días debemos salir de nosotros mismos, tal vez nosotros somos nuestra propia oscuridad, tal vez las enfermedades son todas psicosomáticas, tal vez lo único real es que no podemos vivir de satisfacciones personales, somos adultos y no podemos pasar todo el día en la cama, huyendo de las responsabilidades porque estamos tristes y enfermos.

miércoles, noviembre 09, 2022

Scar Tissue

Tratas de escribir, pero es imposible. 

Estás despierto desde las 5 am. Te levantaste de la cama a las 6. Luchaste contra (tus demonios) el frío. Te pusiste varios gramos de ropa encima. Te calzaste unas pantuflas. Aborreciste un poco estar en la época del año en la que ya no puedes tener la oportunidad de zambullirte semidesnudo en el día si te da la gana, cuando no es invierno y puedes andar descalzo y dormir en bóxers; cuando no necesitas ponerte varios gramos de ropa encima y calzarte unas pantuflas para ir al baño. 

Te metiste al baño a lavarte los dientes. Te miraste en el espejo. Ensayaste una sonrisa. Eres de esas personas a las que les sale natural verse encabronadas todo el tiempo. Te lavaste las manos. Bostezaste y te sentiste como un león en el reino de tu casa que es una selva. Los gatos que te ven como el rey de la selva te esperaban afuera del baño. Tú y tu manada caminaron al estudio. Te sentaste frente al escritorio. 

El frío era debilitante, una venda en los ojos, una quemadura de hielo en la piel, un banco de niebla en el paisaje. Tuviste que quitarte las pantuflas y ponerte unos calcetines y luego otra vez las pantuflas. Sacaste el glucómetro y la lanceta. Te mediste la glucosa. Anotaste el día, la hora y “137 mg/dl” en la libreta en la que llevas tus registros diarios desde julio del 2021. Aborreciste un poco tu existencia. Siempre tener que estar al pendiente de tus pasos.  

Hiciste memoria para recordar qué comiste ayer. Últimamente has comido mal (mucha carne roja) y has bebido alcohol en exceso (Seltzers, cervezas, ron, whiskey) y has tenido 110 mg/dl de glucosa en sangre, en ayuno. A veces, cuando comes cosas saludables (frutas, verduras y legumbres) y tomas té (sin azúcar), tienes 140 mg/dl. No entiendes nada. No puedes dejar de pensar que hubieras preferido heredar un fondo fiduciario, o cualquier tontería semejante, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa.

Te disponías a escribir qué hiciste desde el miércoles pasado en esa especie de diario que tienes (y que se parece un tanto al diario que Emmanuel Carrère cita en Yoga pero que, en tu defensa, comenzaste a escribir hace más de dos años, mucho antes de conocer a Emmanuel Carrère), pero tu manada empezó a impacientarse y uno de los gatos se subió al escritorio y se talló incesantemente contra la pluma que usabas para escribir. Tuviste que dejar a un lado lo que te disponías a hacer. 

Tratas de escribir, pero es imposible.

Bajaste a la cocina. Buscaste los tres platos de tu manada. Sacaste la comida blanda del refrigerador. Les serviste comida blanda. Les cambiaste el agua. Trapeaste el agua que tiraron junto a su plato de agua. El gato mayor tiene la costumbre de arrastrar el plato con agua y dejar un regadero en el suelo, y los demás le siguen el juego. Les recogiste la arena a los gatos. Sacaste la arena de los gatos. Metiste la bolsa de arena en el bote de basura en el traspatio de la casa. Cambiaste la arena. Te lavaste las manos. Te preparaste mentalmente para lavar los trastes. 

Quitaste todos los trastes secos del escurridor. Aborreciste un poco el escándalo de los platos de peltre. Abriste y cerraste cajones en la alacena. Colocaste los trastes secos en su lugar. Vertiste Salvo en el recipiente donde va la esponja para lavar trastes. Vertiste agua en el recipiente. Viste la espuma que hacía la combinación de agua y de jabón líquido. Lavaste dos platos, tres tazas, dos vasos, cuatro cucharas, seis tenedores, una sartén, un popote de metal. Y enjuagaste todo lo anterior. Y pusiste en el escurridor todo lo anterior. 

Mientras hacías todas estas cosas, medio recordabas tu sueño (que ya se te va olvidando): estabas en una recámara que se parecía a la recámara que tenías en casa de tus papás, una de las paredes estaba muy dañada, tenía una fisura y por la fisura salía una especie de forro calefactor y también por la fisura se veía un fondo de cartón; tocabas el fondo de cartón y te sentías tentado a hacerle un hoyo y a averiguar si podías ver la casa contigua a través de ese hoyo; estabas sentado frente a un escritorio y encendías una computadora y ponías un concierto de los Red Hot Chili Peppers, y conectabas la computadora a un proyector; la pantalla del proyector estaba en una pared dañada y la imagen no era muy nítida; el video del concierto tampoco era muy nítido; uno de tus hermanos aparecía en la recámara y se sentaba en el suelo a ver el concierto; la imagen en la pantalla era tan poco nítida que lastimaba los ojos. Quién sabe por qué soñaste todo esto. Si quisieras podrías analizar de dónde salieron todos estos símbolos y encontrarles un significado, pero no eres místico ni pseudocientífico. 

Tienes alergia estacional. Otra cosa que el invierno trae a tu vida. No dejas de sorber los mocos. Aún tienes sueño. Pero cuando te levantas de la cama, ya no hay vuelta atrás. Siempre ha sido así. Desde que recuerdas. 

Tienes los ojos llorosos. ¿Estás enfermándote...?

Cuando te levantaste de la cama, te sentías impetuoso y tenías muchas ideas y querías escribir. Son las 8: 15 y la rutina de todos los días ha ido matando esas ideas y ese ímpetu. Están barriendo y trapeando y sacudiendo y caminando de un lado a otro, y los pasos resuenan en los túneles de tu cerebro, son obuses que te aniquilan y que te hacen preguntarte por qué nunca tienes ganas de barrer y de trapear y de sacudir, por qué eres tan flojo para realizar labores domésticas, por qué siempre estás quejándote por lavar los trastes y por el ruido que hacen la lavadora y los trastes de peltre, y escuchas a tu manada correr de un lado a otro en la selva que es tu casa, y luego escuchas que los están regañando porque se les ocurre pasar precisamente por dónde están barriendo, trapeando y sacudiendo, porque no se están quietos, porque tienen ganas de cazar y deben sustituir sus instintos tallándose por aquí y por allá; y todos los sonidos son un dolor de cabeza, como cuando estás rendido y estás dispuesto a tumbarte en la cama y vas quedándote dormido y precisamente a un mosquito se le ocurre merodear tu cama y taladrar tus oídos con su zumbido, y te pone en alerta y temes que se te meta en los canales auditivos y que joda tu sistema vestibular y que tengas que ir urgentemente al otorrinolaringólogo... y ya no puedes dormir aunque estés exhausto. 

Tratas de escribir, pero es imposible. La vida se va mientras lavas los trastes y recuerdas lo que soñaste.

Te abandonó el impulso de escribir, entraste en la vida de un adulto que no tiene servidumbre y que es un ciudadano similar a esos músicos independientes de los noventa que hacían todo por ellos mismos, que empezaron a tocar la guitarra en la casa de alguno de sus amigos porque todo el día llovía y estaba nublado en su pueblo y porque no querían trabajar talando árboles y porque no querían emborracharse y desear suicidarse como todos sus familiares. 

Se te olvidó la oración mágica que estaba en tu cabeza y que bastaría escribir en un blog para que, a partir de ella, fluyeran varios párrafos durante varias horas y te desconectaras del frío y de la realidad y de las labores domésticas. 

Para aprovechar el tiempo, te metiste a la página del departamento de anatomía de la facultad de medicina de la UNAM. Consultaste una convocatoria de la que te hablaron. Es para una plaza (determinada) de profesor de carrera C de tiempo completo. La convocatoria dice que no es un concurso de oposición. Piensas que es pan con lo mismo, que existir en este momento y leer en este momento esta convocatoria es estar en un quirófano helado, contándole al anestesiólogo qué haces mientras la anestesia surte efecto y esperas llegar a un paraíso inconsciente.

Te preguntas si podrás poner en orden tus ideas más adelante, si dejarás de sorber los mocos, si los ojos dejarán de llorarte, si los gatos te darán tregua, si un desconocido te llamará para ofrecerte el empleo de tus sueños, si comprarás un billete de lotería y ganarás la lotería y mandarás al carajo a toda la gente superficial que sólo hace cosas para obtener dinero, si te quedarás dormido otra vez, si despertarás otra vez, si tu manada seguirá acompañándote todas las mañanas a medirte la glucosa, si en algún punto dejarás de tararear mentalmente “Scar Tissue” y si dejarás de recordar cuando no tenías ni veinte años y John Frusciante salía en MTV conduciendo un viejo automóvil y tocando una guitarra rota. 

martes, marzo 29, 2022

Una fuerza invisible encendió el motor del auto deportivo destrozado

Tuve una pesadilla y ya no pude volver a dormirme. En la pesadilla, estaba con mi abuela en su casa. Parecía que ella tenía que comunicarme algo urgentemente, pero, como siempre ocurrió en la realidad, cuando ella vivía, yo tenía mucha prisa por estar en otra parte y no le prestaba mucha atención. Luego mi mamá entraba a la cocina y yo aprovechaba para salirme de la casa.

Afuera de su casa, me subía a un auto y tenía que conducirlo en reversa. De algún modo había logrado cruzar una avenida muy transitada, pero de pronto el motor hacía un sonido extraño y el auto se detenía justamente frente a un taller mecánico. 

Me bajaba del auto y veía a un hombre como de mi edad que llevaba puesto un overol y que inspeccionaba un auto deportivo destrozado. Me miraba y yo intentaba decirle algo, pero él me interrumpía, me decía que ya estaba harto, que tenía ya varios días reparando ese automóvil deportivo, que hacía el trabajo para una aseguradora, que el auto había estado implicado en un accidente y que en el accidente había muerto una mujer. 

Estaba convencido de que el espíritu de esa mujer lo acosaba. El hombre vivía en el taller. Según él, desde la primera noche, cuando había llegado el auto, había tenido la impresión de que una presencia merodeaba su taller. La segunda noche había escuchado que caían herramientas o que alguien intentaba abrir puertas o cajones en el taller. La tercera noche, cuando finalmente había comenzado a reparar el auto, la voz de una mujer le murmuró al oído algunos detalles del accidente. Desde entonces él estaba convencido de que se trataba de la mujer que había muerto en el accidente y que todas las noches ella había sido quien había estado comunicándose con él. 

El hombre estaba harto. Apenas unos minutos antes de que yo me apareciera en su taller, una fuerza invisible había intentado cortarle las manos con una herramienta. No sabía qué hacer. Por un lado, la aseguradora lo presionaba para que repara el auto cuanto antes; por otro lado, parecía que alguien –¿el espíritu de la mujer?–, no quería que lo hiciera. Estaba contándome estas cosas cuando sonaba un ruido furioso: una fuerza invisible había encendido el motor del auto deportivo destrozado.

Desperté con taquicardia. Miré la hora en el reloj de la mesita de noche. Eran las 4 de la mañana. Intenté volver a dormirme, pero no pude dejar de pensar en la pesadilla ni dejar de preguntarme de dónde había salido toda esa información que había soñado. Estuve dando vueltas en la cama. Alrededor de las 6 me levanté y me metí a bañar. Cuando salí de bañarme, encendí el teléfono celular. Mientras me vestía, llegó un Whats. Mi hermano me preguntaba cómo estaba y se me hizo extraño que me mandara un Whats a esa hora y ese día sólo para preguntarme cómo estaba, y sospeché que había ocurrido algo que tenía que contarme urgentemente. 

Abrí el chat de Whats y leí que mi abuelo acababa de morir. 

domingo, enero 09, 2022

Tú no sabes nada del frío



Este domingo, el frío me despertó a las cinco de la mañana. Me rescató de un sueño en el que estaba perdido y rodando desde lo alto de una montaña. El paisaje era aterrador y el viento silbaba como un cuchillo que cortaba el aire a toda prisa. Había árboles gigantescos por todas partes y todo estaba cubierto de nieve.
 
Miré el reloj en la mesita de noche. Estábamos a 3º C. 

Ahora son las tres de la tarde y estamos a 9º C, pero la sensación térmica es más baja. Traigo puesta una chamarra abrigadora que pesa varios kilos. Debajo de los pantalones de mezclilla, traigo unos pantalones térmicos. También traigo puestos unos tennis y unas calcetas gruesas. Apenas puedo moverme. Digan lo que digan los amantes del frío, el frío es incompatible con el movimiento. (Incluso puedes sentir cómo tus pensamientos recorren los túneles de tu cerebro con una lentitud enfermiza.)

Desde las once de la mañana he intentado estudiar para mi clase del martes. Les hablaré a los alumnos sobre los sentidos químicos. Cuando imparto este tema, me gusta comenzar hablando del efecto Proust y mencionar algunos ejemplos contradictorios que revelan la influencia del aprendizaje en nuestra preferencia por ciertas bebidas y alimentos que violan la búsqueda innata de compuestos dulces (y la evitación innata de compuestos amargos). 

El frío me impide concentrarme y pensar claramente en los ejemplos –me quedo divagando con la leyenda de la madalena que, supuestamente el 1 de enero de 1909, Proust remojó en su té y que lo llevó a escribir una obra autobiográfica de siete tomos y de más de tres mil páginas–, y hace que mis manos parezcan témpanos y que la nariz no deje de moquearme. 

La sensación del escurrimiento nasal me recuerda aquella temporada en el infierno del taller de dibujo técnico industrial, cuando estaba en la secundaria y no tenía más de once años y la profesora me dictaba algunas cosas inverosímiles (por ejemplo, cómo ser, basándote casi exclusivamente en tu apariencia, un ciudadano exitoso) y yo sufría mi alergia estacional y tenía que escribir a toda prisa con el estilógrafo Staedtler 0.2 sobre la plantilla Staedtler para el estilógrafo Staedtler 0.2 en el cuaderno con cuadrícula milimétrica (así: sin pausas), sin cometer errores y sin poder sonarme la nariz. 

Estos remotos recuerdos me provocan escalofríos y dolor de cabeza. Al cabo de más de veinte años, la alergia estacional persiste, pero he logrado ser exitoso a mi manera: aunque (generalmente) traigo el cabello largo, tengo dos perforaciones en la oreja izquierda, un tatuaje, y, en muy raras ocasiones, me pongo traje y zapatos de vestir, me pagan por hacer lo que me gusta (sería fabuloso que me pagaran por escribir esta clase de entradas que no tienen otro propósito más que satisfacer –temporalmente– mi placer, como ocurre con algunos afortunados que tal vez nunca han dejado Polanco, La Condesa, Reforma y alrededores, y que, sin embargo, escriben sobre “lo duras” que han sido sus vidas, reciben “palmaditas” de sus amigos influyentes –y reciben alabanzas de los lectores a los que todas las novelas les parece que hablan del “corazón humano”–, y cobran un sueldo por ello). 

Me asomo por la ventana. El día está soleado; casi parece que la calle está en otra dimensión, en una ciudad donde la primavera es eterna. 

Me salgo a estudiar a la terraza. Saco la computadora, una frazada, mi taza de té sin azúcar y un cuaderno y una pluma para tomar notas. 

Al cabo de unos segundos, el sol comienza a surtir efecto: siento su calor como una descarga eléctrica de beatitud recorriéndome toda la piel. Me siento como el monstruo de Frankenstein cobrando vida. 

Sin embargo, el sol también me pega en la cara y en los ojos y me deslumbra y me impide leer con claridad la pantalla de la computadora. Me pongo unas gafas de sol y puedo lidiar con la situación durante algunos segundos, pero las ráfagas de viento son implacables. (Me recuerdan el paisaje aterrador de mi sueño.) De nada sirve traer puesta una chamarra que pesa varios kilos, unos pantalones térmicos debajo de unos pantalones de mezclilla y unas calcetas gruesas debajo de los tennis. 

No sé si es por el frío, pero se me antoja un cigarro. Hace más de cinco años que no fumo. Se escribe así de fácil, en unas cuantas palabras, pero es toda una hazaña. En mis peores momentos llegué a fumarme casi una cajetilla al día; si tomaba alcohol, me fumaba más de una cajetilla en una noche.  

Me imagino sentado en las mismas condiciones en las que me encuentro hoy, pero con un cigarrillo en los labios, sintiéndome como una estrella de rock que compone una triste canción de invierno con dos o tres acordes en su guitarra dreadnought, mientras le da sorbos esporádicamente a una bebida caliente y reflexiona sobre su estatus y es consciente de que tiene el mundo a sus pies y de que, haga lo que haga, incluso acabando con su vida en ese instante, siempre lo adorarán un montón de adolescentes. 

En qué cosas tan estúpidas me hace pensar el frío. 

Los cigarros ni siquiera son una fuente de calor, pero, cuando fumaba, tenía la creencia de que sí lo eran y, en cierta forma, durante el invierno, éste era uno de mis pretextos para fumarme un cigarro tras otro. También, en esa época, durante muy poco tiempo, tomé café. Realmente nunca me gustaron los efectos del café. (De por sí, como hoy, me cuesta trabajo volver a conciliar el sueño cuando despierto en la madrugada. Odio la sensación de tener mucha energía y no poder dormir.) 

Vuelvo a la casa y abandono el estudio (más bien, abandono las divagaciones sobre el café y los cigarros). Me pongo a leer a Irvine Welsh, pero, más allá de recordar vagamente la adaptación al cine del relato que estoy leyendo –Boab Doyle se encuentra a Dios en un pub y Dios le dice que no tiene agallas y que lo convertirá en una mosca–, no le presto atención al libro. 

Sólo estoy pensando en qué pasa con la gente que ama el frío. 

A menos que tengas una chamarra de The North Face de varios miles de pesos –cuestan entre tres mil y diez mil pesos, en promedio–, el frío es incompatible con el movimiento. A menos que hayas vivido en un lugar tropical en el que realmente no hace frío y que hayas confundido una ligera baja en la temperatura, con el frío, no veo ninguna razón para amar el frío. A menos que el frío te recuerde reuniones familiares muy felices, no veo ninguna razón para amar el frío. 

Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, tendríamos pelaje, como los osos. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, la gente no se suicidaría en los países donde el sol sale tres horas al día durante el invierno. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, no tendrías que encender el calefactor en tu casa. Si el frío no fuera incompatible con nuestra existencia, yo no estaría escribiendo esto. 

Tú no sabes nada del frío.   

lunes, noviembre 02, 2020

Helada o hirviente


Tratas de templar el agua de la regadera
Y de ignorar las voces que te dicen qué estás pensando

El agua que cae sobre tu cuerpo impuro es como tu vida
Tampoco tiene puntos intermedios
Es negra o blanca o hirviente o helada

En la frontera del dolor de la vigilia y del placer de los sueños
Tus miembros se hinchan involuntariamente como un globo de sangre
Y los ves como un pescado que agoniza afuera del río
Y los sientes intentar aferrarse a la vida
Y sientes su dolor y lo respiras en tu piel

Algunos pensamientos vagos surcan tu cerebro adormecido
Algunos cuerpos vagamente deseados en el sueño emergen bajo la regadera
Destrozan la estrechez de la realidad y la monotonía
Como si la realidad y la monotonía fueran una botella de vidrio
Que se quiebra contra las baldosas del baño

El pescado se convulsiona violentamente en la palma de tu mano
El chorro de agua helada que cae de la regadera 
Y que inunda poco a poco tu existencia flotante en el limbo de otro día
Es el túnel de luz que lo guía a su propia muerte

Ahora te das una bofetada para despertar
Y tus ojos enceguecidos por el shampoo
Arden como una marca de hierro incandescente
En tu epidermis más sensible
En donde habitan los corpúsculos de Pacini
Y los corpúsculos de Krause

Lejos quedó esa chica que conociste en la secundaria
Y que parecía hacerle el amor a tus manos con sus manos suaves
En la penumbra de ese sueño que soñaste hace mil años
Y que súbitamente recordaste hoy
Cuando el agua hirviente de la regadera
Atravesaba tus manos y quemaba los resabios del sueño 

Tu miembro-pez recién pescado por la vigilia
Deja de convulsionarse conforme el agua
Muta nuevamente de helada a hirviente

Ahora piensas en la escritura de ese artículo
Que tienes escribiendo mil años
Visualizas un día más de escritura
Otras diez horas del día destinadas a su escritura
Tu pronóstico es que al final del día
Tal y como ha ocurrido en los últimos mil años
No habrá habido un gran avance

El agua continúa cayendo
Y es como tu existencia:
Negra o blanca
Hirviente o helada

domingo, septiembre 22, 2019

Nos quemamos y enrollamos como cigarrillos


En mi sueño, nos acabamos de mudar a un departamento elegante. 

Se localiza en el primer piso del edificio, a unos cuantos metros de la entrada principal.
Se ve como uno de esos edificios por los que pasaba cuando era estudiante de licenciatura y quería vivir cerca de la Universidad. 

Uno de mis profesores vivía en uno de ellos y sólo tenía que caminar alrededor de cinco minutos desde su departamento para llegar a la clase de las 7 a.m.

Lo envidiaba mucho. 



Estaba oscuro y hacía frío. Tal vez era la medianoche. 

Un par de ancianas caminaban a través del estacionamiento.
Parecían tener un negocio con el hombre del camión de la basura.  
Hablaban muy bajo y se comportaban misteriosamente, como si no quisieran ser vistas.  

Las observaba a través de la enorme ventana de la sala del departamento. 

No sé por qué decidía hablar con el hombre del camión de la basura y dejaba el departamento y caminaba hacia la entrada principal del edificio.  

Cuando llegaba al estacionamiento, las ancianas y el hombre habían desaparecido. 

Me sentía confundido y regresaba al departamento. 

Cuando estaba por cerrar la puerta, escuchaba un horrible grito.



Provenía de una mujer que pedía ayuda, desesperadamente.  

En mi sueño, sabía que ella era mi vecina y que vivía en el departamento contiguo.
También, repentinamente, sabía que ella había estado jugando ouija en los últimos días y que había invocado a una especie de demonio y que estaba muy asustada. 

Tan pronto como escuchaba sus desesperados gritos y me asustaba y cerraba la puerta del departamento, la vecina pasaba corriendo frente a mí como si quisiera llegar a la entrada principal del edificio. Tenía una cara espantosa. 

Detrás de ella había una especie de monstruo vaporoso. 

Era una combinación de un Jinete del Apocalipsis y de Marilyn Manson. 

Me miraba durante un segundo y yo presentía que iba a asesinarme. 

Cerré la puerta de mi pesadilla, antes de congelarme. 

Desperté hiperventilando.

Mi esposa me dijo que estaba haciendo sonidos horribles como los que hacen los caballos cuando se asustan y están a punto de correr a todo galope. 

domingo, agosto 25, 2019

2+2=5


A las seis de la mañana, desperté de un sueño en el que mi único propósito era traducir Street Spirit. 

Cuando desperté, tuve la sensación de que se trataba de una canción en la que Thom Yorke alentaba a un hombre a morir "ahogado en el mar", y no quedaba duda de que esa muerte era preferible a tener que soportar "el aire de la humanidad". 

Aún adormilado, estaba convencido de que la canción era una metáfora que involucraba a la naturaleza, al mundo material y a la sociedad. 

Los gatos detectaron que ya había despertado y comenzaron a caminar y a ronronear alrededor de la cama. (Siempre que pasa y estoy medio adormilado, imagino que la cama es una embarcación a la deriva, que soy un náufrago y que ellos son unos tiburones acechándome.) 

Me levanté de la cama a darles de comer. 

En esta ocasión, la rutina diaria de servirles una porción de Félix en sus platos –forman parte de la pequeña población de gatos a la que no le gustan los Whiskas–, no pasó desapercibida. 

Mientras bajaba las escaleras, me concentré en su comportamiento. 
Los vi correr y los escuché maullar hacia la cocina, como lo hacen diariamente. 
Hacen estas cosas con tanta efusividad (¿alegría?) que nadie podría dudar que el desayuno es un momento del día, muy importante para ellos. 

Mientras tomaba sus platos y me disponía a servirles una porción de filetes de salmón con trocitos de pollo, los observé atentamente. Cada uno tiene su propia manera de esperar el desayuno.

Gatusso –el más grande– emite un maullido apenas perceptible y sus ojos adoptan una mirada de súplica y de agradecimiento que no puedes ignorar. 

Yoko –la única hembra felina en la casa– maúlla de un modo muy agudo, como si tuviera un silbato en las entrañas, pero a veces su maullido suena un poco ronco, como si ella estuviera al borde del llanto y quisiera decirte que sufrió mucho y que estuvo esperando el desayuno toda la noche. Cuando maúlla, camina de un lado a otro, persiguiendo a Gatusso. 

Jackson es el más paciente de los tres. Sospecho que no le gusta tanto el desayuno. 
A veces incluso tengo que cargarlo y llevarlo a la cocina. A veces es obvio que él preferiría continuar durmiendo. Se queda quieto en el rincón donde le pongo su plato y me mira desde su posición y sin hacer ruido. Está totalmente seguro de que en algún momento llegará su turno y de que no tiene por qué preocuparse. 

Mientras los gatos comían, reparé en que, algún día (espero que muy lejano), ya no tendré que hacer esto y que sin duda me sentiré triste al recordar.



El sábado (hace una semana), mientras desayunaba, por alguna razón, escuché Street Spirit. Tenía mucho tiempo que no escuchaba esta canción. Tenía tanto tiempo que no recordaba cuánto me gusta la armonía de la guitarra. 

Escuché unas cuantas veces la canción, de principio a fin, y después subí a la recámara donde tengo mis guitarras. Tomé la Stratocaster, la afiné y comencé a tocar la canción. Después de sacar la armonía, conecté la guitarra al Analog Delay de Joyo y al amplificador Orange Crush.

Mientras ajustaba el retardo del pedal y la ganancia del amplificador y trataba de encontrar un tono que sonara a la versión de The Bends –todo lo que hice fue tocar la canción de oído–, reparé en las cosas que hacía cuando adquirí ese álbum y escuchaba Street Spirit regularmente. 

Estábamos en Huelga en la UNAM.
Después de algunos meses, me empecé a sentir mal.
Tanto tiempo libre y tanta incertidumbre me enfermaron.
Me sentía cansado todo el tiempo y a veces me sentía triste y ansioso.

Fui a consulta con un médico general y él me recomendó emplear mi tiempo en alguna actividad que me resultara productiva.
Me inscribí a un curso de creación literaria en Centro Cultural La Pirámide y me puse a dar clases de regularización a dos niños en la casa. Sus mamás querían que yo los preparara para el examen de ingreso a la secundaria. 

Eventualmente, los dos niños ingresaron a la secundaria que querían.
Uno de ellos enfermó de cáncer y murió unos años después. 

Con el dinero que obtuve por las clases, fui al Chopo y allí me compré The Bends.



Hace una semana, más o menos a las seis de la mañana, intentaba volverme a dormir en la habitación del hotel al que llegamos a hospedarnos esa mañana –hacía casi cinco años que no salíamos de vacaciones–, me coloqué los audífonos, encendí mi viejo iPod y puse Street Spirit.

Cerré los párpados y la música me transmitió una tristeza que me persiguió todo el día siguiente y que me llenó la cabeza de ideas.  

La última vez que salimos, mi cuñada nos invitó a Cozumel.
Yo acababa de conseguir una posición posdoctoral y mi salud comenzaba a ser un problema que me llevaría a adherirme a dos tratamientos médicos, a cambiar mi dieta, a odiar mi existencia y a pasar por el quirófano. 

Lo único que recuerdo de ese viaje es que leía Cujo y que escuchaba a Dinosaur Jr. y a Chelsea Light Moving. Nos alojábamos en una casa de dos pisos, en un fraccionamiento relativamente cerca de la playa. El fraccionamiento no tenía alberca y mis suegros (y mi cuñada) y la familia de mi otra cuñada –su esposo y su hijo– se alojaban en otras dos casas. 
No hacíamos gran cosa, excepto ir a la playa y a comer. 

(Vamos a cumplir once años de casados, pero, contando ésta, sólo hemos salido tres veces de vacaciones. La primera vez que salimos a algún lugar juntos, como esposos, fuimos a Montepío, con mis hermanos y sus amigos.) 



Mientras estaba tumbado en la cama, decidí poner Ok Computer, y las primeras notas de Airbag me remontaron a un montón de recuerdos de otras vacaciones, cuando mis papás nos llevaban a mis hermanos y a mí a Acapulco o a Cuernavaca. 

Hasta que entré a sexto de primaria, salíamos regularmente al menos una vez al año. 
Me gustaba levantarme temprano y viajar en carretera en el automóvil de mi papá. 
Aun ahora, levantarme temprano y escuchar encenderse el motor de un automóvil cuando la calle está desierta y silenciosa, me recuerda esos viajes de la infancia.

Hoy se acaban las vacaciones. 
Ayer bebí whiskey y un par de cervezas y me siento nauseabundo. 
Hace unas horas acabé de leer No contar todo.


(Continuará)


domingo, octubre 14, 2018

Mi abuelo siempre cantaba y tomaba el sol


[INCONCLUSO]

Recuerdo a mi abuelo feliz, cantando y tomando el sol.  

Según mi mamá, él siempre había querido ser artista y había participado en algunos concursos de la XEW cuando era joven. 

Mi mamá también decía que él se había ablandado con nosotros. 

Cuando ella y sus hermanos eran niños, el abuelo ni siquiera les permitía hablar durante la comida.

A nosotros incluso nos había comprado una mesa más pequeña que la que utilizaban los adultos y no sólo nos dejaba platicar durante la comida, sino que nos daba dulces aun cuando no hubiéramos terminado nuestros alimentos.

El abuelo tuvo una infancia difícil.
Sus padres eran alcohólicos y él tenía que ir a sacarlos de las cantinas. 
Ellos eran muy duros con él y a veces lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí.
(Tal vez por eso tenía problemas con el alcohol. No bebía siempre, pero cuando bebía, lo hacía durante varios días.)

Trabajaba como telegrafista y tenía una motocicleta.
El olor de la gasolina era muy penetrante y le daba al patio de su casa una atmósfera especial. Parecía que en cualquier momento todo podía arder. 

Según mi mamá, una vez el abuelo llevó algún documento a un edificio de gobierno y vio un montón de cadáveres apilados en el patio de ese lugar. Los soldados los arrojaban desde camiones del ejército, como si fueran costales. Habían pasado unos días de la matanza de Tlatelolco. 

Una vez se volcó el autobús en el que iba a Acapulco, se fracturó las costillas y se fracturó una pierna. Uno de los paramédicos que llegó al lugar pensó que él estaba muerto y le quiso quitar una cadena de oro. Otra vez se cayó desde la azotea de su casa y volvió a fracturarse la misma pierna. Le pusieron tornillos y cojeó el resto de su vida. 

El abuelo tenía diabetes, pero no seguía las recomendaciones de los médicos. 
Decía que prefería vivir pocos años haciendo lo que le gustaba. 

Antes de que yo entrara a la secundaria, el abuelo se jubiló y vendió la moto. Se compró un Valiant y una Betamax.

Le gustaban las películas de acción de Charles Bronson, pero también veía películas de Tin Tán y de Joaquín Pardavé y podía sentarse con mis primas a ver una y otra vez La Sirenita o Parque Jurásico.

También le gustaba el futbol soccer. 
Los domingos no se perdía los partidos del Real Madrid y de Hugo Sánchez. 
Entre semana, veía los partidos de la Copa UEFA. 
Alguna vez me dijo que su equipo favorito era el Atlante, aunque también había apoyado al Necaxa y en esa época era seguidor del América. 

Una vez fui por mí a la primaria en su bicicleta. Eran vacaciones de verano y yo me preparaba para alguna competencia con otras escuelas. Mis papás no me dejaban volver solo a la casa y los dos estaban en el trabajo. 

Cuando volvimos a la casa de mi abuelo, encendió el televisor. 
Iba a comenzar el segundo tiempo de un partido de la fase de grupos de La Copa del Mundo de Italia 1990. Creo que jugaban los españoles y los belgas.

Debí preguntarle algo: qué le parecía el nivel de ese mundial, quién era su favorito para ganar ese mundial, qué pensaba del castigo de la selección mexicana... pero entonces no sabía gran cosa del futbol. 

Tampoco le pregunté años después qué pensaba de la selección de Mejía Barón que llegó a la final de La Copa América de 1993, ni qué pensaba de los partidos de ese equipo en el mundial de Estados Unidos 1994. 

Siempre pensé que habría un mejor momento para hablar de esos temas. 

En 1998, su salud empeoró.

Mi mamá iba todos los días a verlo al hospital. Después de algunos meses, él decidió que no quería continuar en el hospital. Insistió tanto que los médicos lo dejaron volver a su casa. Requería muchas atenciones. Mi mamá también iba a verlo a diario. 

Una vez fui a verlo.
Él estaba acostado en su cama. 
Mi mamá y mi abuela me habían dicho que tenía alucinaciones y que les hablaba de personas que ya estaban muertas y que iban a visitarlo. 
Le costó trabajo identificarme y después empezó a preguntarme cómo me iba en la escuela. Yo acababa de entrar al segundo semestre de la licenciatura.

Una de mis primas iba a cumplir años y en ese momento ella tenía una fiesta en un salón cerca de la casa del abuelo. 

Anoché soñé que mi abuelo me perseguía por todas partes, porque quería que escribiera sobre él.
Hace veinte años murió mi abuelo. 

miércoles, febrero 14, 2018

Fuego amigo


Entré a un laboratorio de investigación, un año antes de ingresar al doctorado.

Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de aprender sobre el funcionamiento del cerebro y en convertirme en investigador que incluso corrí experimentos a la una de la mañana y estuve yendo regularmente al laboratorio durante las vacaciones de verano.

Tenía medio año contratado como profesor de asignatura en la Facultad de Psicología, y no tenía ningún problema por realizar el trabajo en el laboratorio. 

Mi futuro tutor me dio una beca de estudiante de licenciatura alrededor de seis meses. 
Eran como $2,000 al mes. 

A los dos años y medio de haber ingresado al doctorado, ya tenía un par de publicaciones: una como colaborador y otra como primer autor. 



Cuando aprobé mi examen de candidatura, mi entusiasmo comenzó a decaer. 

A la mayoría de los estudiantes que estaban en el laboratorio en ese momento, les faltaba compromiso. 

No asistían regularmente o llegaban tarde o rara vez tenían datos que mostrar en los seminarios de avances.  

Yo tenía mis propios asuntos. 
No me correspondía insistirles en que mostraran compromiso. 

En una ocasión mi esposa enfermó y avisé a mi tutor que no iría al laboratorio. 

Justamente ese día nos llegó la respuesta de una revista a la que había enviado mi segundo artículo como primer autor. 

El artículo requería menores modificaciones para ser publicado. 

Mi tutor me pidió que fuera inmediatamente al laboratorio a trabajar en las respuestas a los comentarios de los revisores, para contestarles ese mismo día.

Eso hice. 



Cuando llegué al laboratorio, pasé a su oficina. 

Mi tutor estaba feliz, porque el artículo estaba prácticamente aceptado.

Sonreía ampliamente, exhibiendo su dentadura. 

Él estaba convencido de que la sonrisa había sido un mecanismo de agresión disfrazada, empleado por nuestros ancestros. 
Lo decía frecuentemente en los seminarios estilo Journal Club que teníamos los lunes por la mañana. 

En ese momento, no pude dejar de pensar en ello. 
Había algo frívolo y maquiavélico en su actitud.

De repente, cambió su semblante.
Cruzó las manos a la altura del pecho y me dijo que era normal que mi esposa enfermara, sobre todo porque ella tenía sobrepeso. 

Tratando de ser amistoso, me sugirió que no me preocupara tanto por su salud. 

Tuve que apretar la mandíbula. 
¿Realmente había dicho eso?

Ya sabía que mi vida le importaba un carajo, pero en ese momento lo confirmé. 

Al siguiente día, me ausenté del laboratorio. 

Estaba enojado. Amanecí con fiebre, náuseas, congestión nasal y dolor de estómago. 

Obviamente, también le avisé. 
Siempre nos decía que tuviéramos la cortesía de avisarle cualquier cosa que nos impidiera asistir al laboratorio. 



Seguía dando clases en la Facultad de Psicología y en el posgrado tomaba una clase de Biología Molecular (¡me estaba costando mucho trabajo!), pero había hecho todo lo posible para no ausentarme del laboratorio ¡más de seis horas a la semana!

El doctorado es un trabajo que exige dedicación de tiempo completo -sin vacaciones, sin aguinaldo y sin prestaciones-, pero está permitido trabajar un máximo de ocho horas a la semana, en actividades ajenas al posgrado. 

Casi todos los días que fui estudiante de posgrado, llegaba al laboratorio a las ocho de la mañana y salía alrededor de las ocho de la noche. 

En el último año y medio, lo normal era que hasta las diez de la mañana sólo estuviéramos mi tutor, su investigadora asociada, una joven técnica que acababa de llegar al laboratorio y yo. 

Ese día que me ausenté, no apareció ningún estudiante en el laboratorio.

Mi tutor enfureció y nos envió un correo electrónico a todos los estudiantes. 

Aunque yo tenía prácticamente tres publicaciones -¡me faltaba la mitad del doctorado!-, él tuvo que anunciar públicamente en ese correo que yo no tenía ideas y que sólo seguía sus instrucciones. 

Me molestó muchísimo. 

Quise mandar todo al diablo. 

Desde entonces, si lo pienso bien, perdí el entusiasmo.

Tuve que comenzar a beber alcohol cada fin de semana, para lidiar con la frustración. 
No podía hacer nada más. Mi vida era el posgrado. 

Se terminó mi beca de doctorado -insistí en terminar unos artículos que ya no necesitaba para titularme- y viví seis meses con mis ahorros y otros seis meses con una beca de licenciatura que él me dio. 

Tuve que negociar con él. 


Todo el tiempo que estuve en ese laboratorio, mi tutor formó parte de una sociedad que organizaba un congreso cada dos años.

Generaba datos tan constantemente que participé en todos esos congresos, con trabajos diferentes. 

Al último congreso que asistí, llevé unos datos que tuve que explicarle. 

Salió de su oficina y trató de ponerme en evidencia, frente a algunos estudiantes de licenciatura que estaban allí. 

Le parecía absolutamente incomprensible la dosis y el vehículo que había empleado, así como la hora de administración de los fármacos.

Ya le había hablado del proyecto, pero no lo recordaba. 

Con todo y esos elementos absolutamente incomprensibles para él, esos datos terminaron publicados en un artículo.

Cuando el artículo fue aceptado y los editores de la revista nos enviaron las galeras, él tuvo la osadía de cambiar la sección que especificaba la participación de cada autor. 

Obviamente, puso que a él se le habían ocurrido los experimentos. 
Tenía que reforzar la idea de que yo sólo seguía sus instrucciones. 



En esa ocasión, tampoco dejó escapar la oportunidad de regañarme por correo electrónico. 

Ese era mi cuarto artículo como primer autor con su grupo de investigación. 

En las tres publicaciones previas, siempre fui yo el responsable de hacer el trabajo del autor corresponsal (subir al portal de cada revista, toda la información que requería cada una de ellas para considerar la publicación de nuestros manuscritos científicos), aunque no me dio el crédito ni para un artículo, y siempre lo puse a él como PhD.

Nunca recibí una queja de su parte, así que supuse que así estaba bien. 

Sin embargo, en esa ocasión me insultó por correo electrónico y me preguntó dónde tenía la cabeza y si acaso yo no sabía que él también era MD.

Lo hizo para molestar nada más.
O para mostrarme quién tenía el poder.  

Hace poco publicó un artículo con una parte de los datos que obtuve en su laboratorio.
Incluyó unas gráficas con esos datos, distintas a las gráficas que están publicadas en los trabajos originales.

Si me hubiera enterado de esa revisión, yo mismo habría realizado esos cambios.
Después de todo, yo generé esos datos y yo hice las gráficas.
Incluso habría aportado algo más para ese artículo de revisión.

(Ni siquiera me puso en los agradecimientos de ese artículo de revisión.) 

Soñé que alguien a quien admiro, me juzgaba sin conocer todos estos detalles. 

No he podido dejar de pensar en ese sueño y tuve que escribir todas estas palabras.