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viernes, mayo 25, 2007

Detrás de la tormenta



Hace nueve meses, perdí un EP de Hassassin. También perdí la cabeza.

Ese día me desperté muy cansado de mi vida. Serían las diez o las once de la  mañana cuando abrí los párpados. Quería desaparecer. Estaba harto. 

Durante casi un año, desde que Lulú me dejó y se fue a vivir a Canadá con un junkie de Minnesota que buscaba opiáceos gratis en otros horizontes, no había hecho otra cosa más que refugiarme en la música, en los libros y en las cosas que escribía. También me había intoxicado de programas de fut. No había manera de evitarlo. Hacía unos meses había terminado el mundial del 2006 y las sedes alemanas eran fabulosas –Gelsenkirchen, Dortmund, Leipzig, Stuttgart, Fráncfort, Berlín, Hamburgo, Hanóver, Kaiserslautern, Núremberg, Colonia, Múnich– y la selección mexicana había generado altas expectativas por su desempeño en la Copa Confederaciones del 2005. 

Al final, la selección había sido eliminada en octavos, en un gran juego contra los argentinos, acumulando eliminaciones en octavos desde el mundial de 1994. 


Desde hacía un año fumaba mucho, comía mal y me acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. 

Ese día me levanté de la cama, leí lo que había escrito la noche anterior –unos cuantos relatos irrelevantes– y luego bajé a la cocina a buscar comida. Me preparé un sándwich de pechuga de pavo con queso manchego, con mayonesa y con lechuga, le di unas mordidas, subí a mi recámara, puse un demo de Los Silencios Incómodos en el Aiwa, me tumbé en un sillón, y odié mi vida.

A eso de las seis de la tarde, llegaron a la casa algunos amigos de DR, uno de mis hermanos. Por la noche, Nos Llamamos –la banda en la que DR toca la batería– iban a tocar en El Foro Alicia. 

DR me preguntó si quería acompañarlos. Me dijo que también tocarían Yokozuna y Hassassin, y que Los Silencios Incómodos presentarían Hasta ahora todo va bien, su primer álbum de estudio.

Le dije que sí. Los Silencios me latían. Los había escuchado otras veces en vivo. Tenían influencias de la música que me gustaba. (Sobre todo de Sonic Youth, de Scratch Acid y de Love Battery.) El demo que MH –el bajista de Nos Llamamos– me había pasado unas semanas atrás también sonaba bien, aunque traía dos o tres pistas de Hasta Ahora Todo Va Bien –el álbum que Los Silencios presentarían por la noche en El Alicia– que, en cierta forma, estaban contaminadas por la voz de un poeta extranjero que recitaba unos poemas suyos, en un extraño acento español, mientras Los Silencios aporreaban sus instrumentos e inundaban los poemas con feedback.
               

Nos tomamos unas cervezas en la casa y luego salimos al Alicia. 

Durante el trayecto, me la pasé hablando con MH en el asiento trasero del Jetta. Le dije que no me había latido tanto que el poeta extranjero metiera su voz en algunas canciones de Los Silencios. Él me dijo que sabía que, más o menos, ese había sido el acuerdo al que habían llegado con Nacho Alicia, quien les había grabado el disco, o algo así.  

MH también me contó algunas cosas sobre una mujer que, aparentemente, iba a convertirse en mánager de Nos Llamamos. Yo había tenido una experiencia desagradable con ella y no me caía bien, y él sabía cómo había estado todo ese asunto. Le dije que lo pensaran mejor, pero él intentó ser optimista y me dijo que ella tampoco le caía bien a David Byrne, o algo así. No le entendí. 

Circulábamos por Fray Servando, a la altura de la Delegación Venustiano Carranza. Encendí un Camel y le di una larga chupada. Comenzaba a llover. MH continuaba contándome algunas cosas de su potencial mánager, y la situación me estaba dando mala espina. Ya no estaba tan convencido de que hubiera sido una buena idea acompañarlos al Alicia. MH estaba seguro de que esa mujer también iría al Foro Alicia, y yo, definitivamente, no tenía muchas ganas de verla. No quería tirarle mala onda, otra vez.  

Sin embargo, además de que odiaba mi vida, ese día se cumplían tres semanas desde que mi gato Sócrates había huido de la casa. Era un felino majestuoso y salvaje. Lo echaba mucho de menos. En un par de años, se había convertido en un gran compañero. No quería pensar en él y ponerme nostálgico y acabar sintiéndome frustrado y del carajo, preguntándome por qué se había largado y si estaba en un lugar mejor, si continuaba vivo. Necesitaba distraerme.  

En fin, llegamos al Alicia. 

DR, MH, BA –el guitarrista de Nos Llamamos– y las novias de cada uno de ellos se bajaron del auto y de inmediato sacaron sus instrumentos y los metieron al Alicia. Me bajé del Jetta y me quedé solo debajo de una de las cornisas de las accesorias aledañas, fumándome un cigarrillo y guareciéndome de la lluvia. Vi a una chica que llamó mi atención. Tenía una cabellera afro espectacular. 

Justo cuando me debatía entre acercarme a ella o resignarme a no hacer nada, DR regresó a donde yo estaba y me hizo acompañarlo para pasar con él al foro, obviamente, sin pagar mi entrada. Esa era una de las ventajas de ir con la banda. 

La otra ventaja es que había un cartón de XX Lagger gratis. 

Nos tomamos unas cervezas y platicamos sobre Paul McCartney y John Lennon –MH era insoportablemente quisquilloso al respecto–, hasta que la gente de pronto ya había ingresado al foro. 

Luego Hassassin salió a tocar. Nunca los había escuchado, pero me gustó su música. Sonaban “rasposos”, como a nü metal sin sintetizadores ni gaitas. Ya estaba medio ebrio cuando terminaron de tocar, y decidí bajar a la entrada del Alicia y comprarme su EP –cometí el error de guardarlo debajo de una axila, en lugar de pedirle a alguien de Nos Llamamos que me lo guardara– y después subí y fui al baño. Cuando salí del baño, tal vez ya había perdido el EP de Hassassin y no lo había notado (me di cuenta hasta mucho más tarde, cuando nos subíamos al Jetta, de vuelta a la casa), y me fui a parar frente al escenario. Nos Llamamos estaban enchufando sus instrumentos. 

Abrieron con “Línea” y la gente comenzó a mover las cabezas y yo me compré una XX Lagger y me la llevé a los labios. Sentí el chispazo del alcohol recorrer mis vísceras, y me dispuse a fumarme otro Camel, cuando mi mundo se estremeció: la desconocida de la cabellera afro espectacular estaba a unos metros de mí. 

Tengo muchos prejuicios respecto a acercarme a mujeres desconocidas. No quiero que piensen que soy un hombrecillo de mierda, un acosador que le tira la onda a todo lo que se mueve, y estoy casi totalmente seguro de que, para la mayoría de las mujeres, debe de ser horrible cuando un desconocido las aborda en cualquier lugar. También estoy casi seguro de que ellas se sienten acosadas. 

Pensé en todas estas cosas, sopesando los pros y los contras, y miré varias veces a la chica de cabellera afro, antes de decidirme a hablarle.

Me bebí otras dos o tres cervezas. Cuando estaba más desfrontalizado, sonaba “Monstrua” y entonces la chica de la cabellera afro y yo cruzamos miradas. Nos sonreímos. Tuve la corazonada de que ella quería que le hablara, de que acabaría pasando algo entre los dos. 

Me acerqué a ella, y pensé en cómo abordarla, en qué le diría para no sonar tan estúpido y tan pretencioso. Esperé a que terminara la canción, allí, junto a ella, creyendo que de pronto aparecería una idea genial y que le diría esa idea genial y que así rompería el hielo, pero no se me ocurrió nada. 

Estaba a punto de abandonar todo, de volver a comprarme otra cerveza, cuando –contra todo pronóstico– ella se acercó a mí y me sonrió. Traía un cigarrillo en los labios y me pidió un encendedor. Le encendí el cigarrillo y empezamos a hablar. Me dijo que a su hermana le gustaban Los Silencios, y que conocía al baterista. Le dije que yo tenía un demo de Los Silencios y que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos y que conocía a Los Silencios. Ella creyó que le estaba tomando el pelo. Insistí en que Nos Llamamos ensayaban en mi casa, en que conocía sus canciones, en que había llegado con ellos al Alicia, en que ni siquiera había pagado mi entrada. Le di muchos detalles que ya no recuerdo. Ella dijo “Está bien; parece que no quieres apantallarme”, y nos reímos. “Por cierto, me llamo Nayeli”, agregó. Le dije mi nombre y volvimos a fumar. 

Nos quedamos en silencio mientras sonaba “Rompevientos” (mi canción favorita de Nos Llamamos) y le pregunté si podía invitarle una cerveza y ella dijo que sí. 


Le di un sorbo a mi cerveza y luego tuve que ir al baño de nuevo –ignoro si todavía traía bajo la axila el EP de Hassassin– y le pedí a Nayeli que me sostuviera la cerveza por favor. Al regresar junto a Nayeli, Los Silencios Incómodos estaban preparándose para tocar. Seguimos conversando, probablemente le volví a decir que mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos –probablemente ella bromeó conmigo y volvió a decirme que no me creía, que le estaba tomando el pelo– y que ya había escuchado Hasta Ahora Todo Va Bien, y ella me confesó que a su hermana le gustaba el baterista de Los Silencios.  

Sonaban los primeros acordes de “Detrás de la Tormenta” (mi canción favorita de Los Silencios), cuando nos encontrábamos más desinhibidos, y pasó lo que ambos sabíamos que iba a pasar desde que nos bebimos la primera XX Lagger y desde que nos fumamos los primeros Camel. 

Ella se tuvo que marchar antes de que tocaran Los Nena. Le pregunté si nos veríamos en otra ocasión, me dijo que sí y me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. La pluma, comandada por su mano derecha, se posó sobre mi palma como un tatuaje de hierro incandescente.

Al cabo de un mes, la llamé. Salimos algunas veces. Fuimos al CNA, fuimos al Centro Histórico, fuimos al Claustro, fuimos a Galerías Coapa, nos llamamos por teléfono muchas veces, pero hoy todo se acabó.

Hubo momentos agradables, pero en general nunca nos acoplamos. Conocerla fue un placer, pero tratarla fue un infierno. Más o menos. 

viernes, mayo 18, 2007

¿Por qué otra vez estoy pensando en ti?


El motor del Astra emitía un sonido extraño -sonaba como a un estertor-, pero Adela me dijo que acababan de darle mantenimiento en el taller mecánico y me garantizó que no fallaría en la carretera. 

Avanzábamos por la autopista México-Puebla a buen ritmo, mientras la tarde caía. 

Además de Adela y yo -que íbamos en el asiento del piloto y del copiloto, respectivamente-, dos amigas suyas iban en el asiento trasero del automóvil, tomándose de las manos y lanzándose miradas seductoras.

Según Adela, eran unas chicas del trabajo que no le simpatizaban, pero les debía un favor.

Desde el asiento, las miré por encima del hombro y me pregunté qué clase de favor sería ése. 

Las chicas eran totalmente opuestas -como un campañol y una mantis religiosa-, y no parecían del tipo de amistades que Adela solía tener. 

Una de ellas era obesa y tenía el cabello casi a ras, teñido de un color rosa brillante; y su cara era como la de un bulldogSu voz era muy grave -sonaba como la de Enrique Rocha- y sus manos eran ásperas como las de un hombre acostumbrado a realizar trabajos rudos, o al menos así me pareció cuando Adela me la presentó en su departamento y le estreché la mano para saludarla. 

Ella estaba roncando y creí ver que le escurría un hilito de saliva por las comisuras de los labios. Tenía la ceja derecha alzada y el ceño fruncido. Imaginé una pipa alrededor de sus labios y me pareció que guardaba un asombroso parecido con Popeye.


La otra chica era muy delgada y traía el cabello hasta los hombros.
Irónicamente, se parecía a Olivia, la novia de Popeye. 
Su voz era apenas un murmullo agudo que escapaba de sus diminutos labios, esporádicamente. Se veía frágil y cariñosa. 
Me sorprendí pensado cómo serían sus besos. 

Algo que me intrigaba respecto a Olivia era que sólo le había hablado a la chica que se parecía a Popeye. 

Hasta ese momento no había logrado descifrar si se trataba de una excesiva timidez suya, si la chica de cabellos rosas era muy dominante y le prohibía hablar con alguien más, o si simplemente ella no quería hablar con nadie.   

Cuando Adela me llamó por teléfono esa mañana para invitarme a Puebla, no mencionó a las chicas. Al presentármelas en su departamento sólo me dijo que tenían muchas ganas de escuchar a Nos Llamamos y que les gustaba el indie-rock.

Acepté su invitación porque me sentía triste. 

La chica con la que había estado saliendo durante más de dos meses, había regresado con su ex. Quería distraerme y evitar pasarme todo el fin de semana pensando en ella. 

Llegamos a Decibel a las 10 de la noche. 

En la puerta había un anuncio que decía:


PRÓXIMO SÁBADO: LOS DYNAMITE
COVER: $120

Sólo me gustaba una canción de esa banda.

Verlos anunciados allí fue una coincidencia de lo menos oportuna que me hizo recordar inmediatamente a Anahí.

Se me crisparon los nervios, y me sentí miserable. 



Anahí y yo nos conocimos en un concierto de Nos Llamamos en el Foro Alicia.

Yo estaba fumando y ella quería encender un cigarrillo. Ella apareció de la nada, me pidió prestado el encendedor y se lo presté. 

Al poco rato, me puse ebrio y me dispuse a encender otro cigarrillo, pero no encontré el encendedor por ninguna parte y creí que ella se lo había quedado. 

La busqué por todo el foro -me puso de pésimo humor no encontrar el maldito encendedor- y cuando la hallé, le reclamé.

Esa noche yo traía puestos unos tácticos que casi nunca usaba y resultó que yo sólo había guardado el encendedor en una de las tantas bolsas de esos pantalones, y entonces Anahí y yo nos carcajeamos y comenzamos a platicar y seguimos bebiendo.

Justamente cuando sonaba Katatonic, Anahí y yo nos besamos. 



Adela y las chicas entraron a Decibel delante de mí.

Por primera vez en todo el trayecto desde la Ciudad de México, Olivia me sonrió. 
Popeye se dio cuenta y me lanzó una mirada de pocos amigos que acentuó sus facciones caninas.

Hasta ese momento me di cuenta que Olivia tenía un lunar en la mejilla izquierda, igual que Anahí.

Malditas coincidencias. 

Mi corazón latió deprisa, y me sentí aun más miserable. 

Anahí era casi diez años menor que yo, pero no se comportaba como una chica de su edad. 
Sólo salíamos de vez en cuando -una o dos veces por semana-, pero ella quería que fuéramos novios. Según ella, no había conocido a un tipo tan respetuoso como yo, no entendía qué demonios había visto yo en ella y quería descubrir hasta dónde podía llegar la relación. 

Me volvía loco. 
Parecía una chica inocente, pero era todo lo contrario.
Me hacía pensar en las chicas que salían con personas mayores mientras sus amigas todavía jugaban a las muñecas.




Adela, las chicas y yo nos acercamos a la barra y pedimos algo para beber.

Olivia se decepcionó porque no había Bailey's, y entonces yo le ofrecí una Indio y le dije que era la bebida que tomaba la gente a la que le gustaba el indie-rock, tratando de hacerme el gracioso.

Ella aceptó, y mi intento por hacerme el gracioso, surtió efecto. 
Volvió a sonreírme.
Su novia gruñó. 

Cuando le alcancé la botella, nuestras manos se rozaron fugazmente y para mí fue como una descarga eléctrica. 
Imaginé cómo se sentiría esa delgada mano, entrelazada con la mía. 

Además de Nos Llamamos, también tocarían esa noche Los Silencios Incómodos.

Eché un vistazo alrededor. 
No había mucha gente en el lugar, pero era un lugar agradable. 
Mucho mejor que Caribe Bar, Viva Villa Bar, o sitios de ese estilo en los que había escuchado a ambas bandas. 

Cuando sonaba Detrás de la Tormenta, volví a sentirme miserable. 

Toda la música que escuchaba estaba ligada a Anahí. 

Una vez le presté el disco de Los Silencios Incómodos y le dije que esa canción era la que más me gustaba. Ella ya los había escuchado en vivo porque a su hermana le gustaba el baterista -e incluso habían salido un par de veces, o algo así-, pero no me creyó cuando le dije que yo conocía a la banda y que había escuchado el disco unas semanas antes de que saliera a la venta. Tampoco me creyó cuando le dije que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos, hasta que le presté el disco y le mostré algunas fotografías. 


Me lamenté por haberme tomado tan en serio la diferencia de edades entre Anahí y yo, y por no haber dejado que la relación simplemente fluyera, como ella quería. 

Siempre había creído que era una estupidez apreciar lo que tienes cuando ya no lo tienes, pero, allí, acodado en la barra de Decibel, llegué a la conclusión de que me sentía así. 

Odiaba que Anahí hubiera vuelto con su ex, pero odiaba más lo que yo había perdido. 

Mientras sonaba El Ansia, recordé todas las veces que Anahí me había llamado por teléfono para conversar durante horas; recordé todas las cartas que ella me había escrito y también todas las invitaciones que me había hecho y que yo había rechazado. 



No podía sacármela de la cabeza.

Levanté la vista y vislumbré a las amigas de Adela.
Ellas estaban besándose, junto a los baños, o eso parecía.
Recordé cuando Anahí me decía que yo no sabía besar. 

Era una chica salvaje, y jamás supe si lo decía en serio, o sólo para molestarme. 

Adela me sacó de mis pensamientos, apareció junto a mí en la barra, y me ofreció otra cerveza. 

Empezó a decirme que las chicas del trabajo le habían pasado los datos de un dealer que tenía una mercancía buenísima y me preguntó si quería salir a fumar con ella, antes de que tocaran Nos Llamamos.  

Supuse que ése era el favor que les debía a las chicas e imaginé que fumar no era lo más adecuado para mí en ese momento, pero le dije que sí.

Afuera hacía mucho frío y nos costó trabajo encontrar un lugar solitario en el estacionamiento. 

Miré mi reloj. Era casi la medianoche, pero aún había muchas personas en la calle. 
Decibel estaba en una pequeña plaza comercial y todavía había algunas personas saliendo de los locales. 

El olor de la marihuana quemada me hizo recordar las historias que me había contado Anahí de las veces que había fumado yerba -todas estaban ligadas al sexo, o a fiestas en las que había perdido el conocimiento-, y también me hizo recordar las ocasiones en las que yo mismo había leído sus cartas bajo los efectos de esa droga.

Había sido tan divertido leer lo que ella pensaba de mí. 

Cuando Adela me pasó el cigarrillo, sólo le di una fumada y no contuve mucho tiempo el humo en los pulmones.

Estaba convencido de que tendría un mal viaje, si me intoxicaba demasiado. 



La droga le pegó muy rápido a Adela y ella se puso a llorar. 

Me dijo que se había peleado con su novio.

Había sido obvio.
Durante casi todo el trayecto en la autopista, ella se la había pasado contestándole el teléfono celular y discutiendo con él.

Me dijo que era un malnacido, pero que lo extrañaba mucho. 

Tenían un mes sin verse, y se habían peleado porque lo había descubierto en la cama con una de sus mejores amigas. 

Me miró, y se limpió las lágrimas del rostro con el dorso de la mano. 
Quise consolarla, pero yo también me sentía fatal y no lo hice.
Estaba seguro que si lo hacía, me pondría a llorar. 

Sus pupilas parecían los fanales de un gato y me quedé absorto mirándolas. 
Luego, me fijé en sus pecas y me parecieron muy atractivas. 
Se veían como pequeños puntos de melancolía, esparcidos en los pliegues de sus mejillas. 

Adela nunca me había interesado como mujer -ni siquiera había fantaseado con el sabor de sus besos-, pero de repente ya estábamos besándonos.

Fue como un beso de adolescentes ebrios. 

Volvimos a Decibel, y la chica con cara de bulldog estaba de lo más amistosa. 

Obviamente había bebido mucho y el alcohol ya se le había subido a la cabeza.

Me puso una de sus ásperas manos en un hombro -era más fuerte de lo que había calculado-, me dijo que le había gustado a su novia y me propuso besar a su novia mientras ella nos veía. 

Su mirada me inspiró desconfianza.

La droga me había puesto un poco paranoico -sólo el nivel usual de paranoia- y me hizo imaginar que las chicas sólo estaban burlándose de mí, o algo así.

Qué tal si todo era un artilugio para que la chica con cara de bulldog tuviera un pretexto para darme un puñetazo.

Cerré los párpados y de inmediato recordé el sabor a cerveza de los labios de Adela.
También recordé su rostro constelado de pecas en la penumbra del estacionamiento y lo triste que ella se veía. 

Probablemente me tardé mucho tiempo en responder, porque, cuando abrí los párpados, la chica con cara de bulldog ya había retirado su mano áspera de mi hombro y se marchaba.

Dijo algo entre dientes, y me sentí estúpido. 

A intervalos había estado observando a Olivia desde el asiento del copiloto.
Ella dormitaba y sus diminutos labios de caricatura parecían iluminados por una luz ecuménica y me habían hecho fantasear con el sabor de sus besos.

Nos Llamamos salió al escenario y vi que Adela estaba conversando con uno de los chicos que acompañaba a la banda -supuse que también terminaría besándose con él- y entonces me volví a acercar a la barra y pedí otra cerveza.



El regreso a la Ciudad de México fue horrible. 

Las chicas discutían en el asiento trasero del Astra -aparentemente, Olivia había besado a un desconocido en Decibel, y a su novia, después de todo, no le había gustado la experiencia de observarlos- y Adela no dejaba de lamentarse.

Parecía frénetica y al borde de la histeria.
Tomaba con fuerza el volante del automóvil -tenía crispados los puños-, y decía que era la mujer más estúpida en el universo y me miraba de reojo de vez en cuando y me suplicaba que no le comentara nada de lo que había pasado a su novio. 

Yo sólo pensaba que un beso era algo infantil comparado con lo que le había hecho su novio, pero también pensaba que quizá Adela creía que un beso era mucho más íntimo que el sexo.

Sabía que ella leía mucho a Bukowski y era altamente probable que pensara igual que él. 

Adela me decía que besarnos había sido un grave error y que tampoco debía haber besado al chico que afinaba las guitarras de Nos Llamamos.

Encendí un cigarrillo y miré mi reloj, para desperezarme.
Estaba quedándome dormido. 

Eran casi las 2 de la mañana. 

El cigarrillo me supo mal, y lo apagué. 

Estaba tan ebrio que me sorprendí pensando en la aliestesia -ese término acuñado por Cabanac en la década de los 70's y que se emplea en Psicología para definir el cambio de percepción de un sabor agradable en uno desagradable- y, por enésima ocasión, recordé a Anahí.

Una vez fue a una de mis clases en la Universidad.

Mientras les hablaba a los alumnos del "efecto cocktail de la fiesta" -cuando eres capaz de escuchar a alguien que menciona tu nombre, o algo que te importa a nivel muy personal, en el bullicio de una fiesta-, Anahí estaba quedándose dormida.

Los párpados, cerrándose y abriéndose, alrededor de sus ojos color almendra, la hacían verse como un Furby

Luego, al salir de esa clase, ella me dijo que yo era un profesor de lo más aburrido y entonces discutimos.

Le dije que ella estudiaba Derecho y que jamás entendería esos temas que yo explicaba en mis clases de Sensopercepción. 

Se largó y, la siguiente vez que nos vimos, me entregó una carta muy emotiva. 

Encendí la radio.

Sonaba Bar Tacuba.

Aun cuando había escuchado esa canción cientos de veces, jamás le había prestado atención a la letra. 
(Y me he preguntado, ¿por qué otra vez estoy pensando en ti?)

No lo toleré más, y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.

Comencé a sollozar y abrí la ventanilla del Astra para disimular mi aflicción.  

***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA. 

lunes, abril 23, 2007

Su cabello olía a nenúfares


Era una tarde estruendosa, y caía una terrible tormenta. 
Las nubes parecían un intestino hecho jirones.
Los árboles parecían edificios a punto de colapsar. 
Yo me sentía como un león enjaulado dentro del automóvil. 

Cayeron algunos relámpagos, y me sacaron de mis pensamientos. 
Yo estaba pasándola mal. 
Me sentía como un filoso cuchillo cortando el aire. 
Todos iban acompañados por sus novias
Yo sólo quería conocer a una chica sin hacer el menor esfuerzo. 

Nos metimos en una cantina en la que ponían trova. 
La Hija de Los Apaches estaba cerrada. 
El lugar estaba lleno de adolescentes de secundaria.
Todos con los que iba, querían pulque y querían bailar. 

Yo estaba harto de caer tan bajo.
Podría haberme quedado en mi recámara, leyendo y fumando.
 



Después nos fuimos al Foro Alicia.
Tocaron Los Silencios Incómodos, Sutra y De Descartes a Kant. 
Había pocas personas y se respiraba un aire decadente. 
La atmósfera era muy distinta a la de la última ocasión en la que había estado allí, y sin embargo no pude dejar de pensar en ella, en la chica que había conocido en otro concierto de los Silencios. Era la presentación de Hasta Ahora Todo Va Bien y su cabello olía a nenúfares. Nos tratamos, salimos algunas veces, hablamos por teléfono otras veces, ella estaba interesada en mí, pero le di mil vueltas al asunto y mi indecisión la hartó. 

Comenzaron a tocar Los Silencios, volví a la realidad, y me sentí muy mal. 

La siguiente parada de la noche fue un lugar que se llamaba VC-15.
Allí tocaban Los Fancy Free y Nos Llamamos. 

El camino en el automóvil –un viejo Chevy– fue desesperante. Todos iban en parejas, excepto yo.
El conductor puso a Radiohead de fondo y todos comenzaron a hablar de Thom Yorke. La opinión general era que se trataba de un genio depresivo. 

Por segunda ocasión en la noche, entré a un lugar sin pagar. 
Volví a gastarme el dinero que me quedaba del único empleo que había tenido, en alcohol. 

Eché un vistazo alrededor. Por todas partes, había mujeres, del tipo de mujeres que siempre me han gustado, pero iban con sus parejas. Me sentí muy solo y estúpido. Podría haber estado allí mismo con ella, con la chica cuyo cabello olía a nenúfares, pero la hartó mi indecisión. 

Estaba un poco ebrio ya y se me ocurrió que nadie podría asegurarme que viviría muchos años más y que era indispensable vivir ese día como si fuera mi último día.  

Me tomé otra cerveza y me dio sueño. 
 
Últimamente me había sorprendido pensando en ese poema de Borges en el que se lamenta de haber sido tan poco arriesgado toda su vida, y recordé súbitamente que siempre estoy dándole mil vueltas al asunto y que, si conozco a alguien, antes de involucrarme con esa persona, pienso en los pros y en los contras: o me convierto en un idiota que depende totalmente de su pareja, o me quedo solo. 

Soy el único animal que comete el mismo error dos veces.

miércoles, febrero 07, 2007

Chez Memono




Estaba el baterista de Los Silencios Incómodos platicando animadamente con un tipo calvo, en un rincón de la casa de Memono. La casa era enorme, como un penthouse, y estaba atestada de adolescentes con ganas de divertirse. 
Eran casi las 10 de la noche cuando te acercaste a los dos sin ningún pudor, porque ya estabas borracho. En ese momento el tipo calvo alardeaba que sabía quién abriría el concierto de Sonic Youth del 24 de febrero en el José Cuervo Salón, pero se limitó a decir: "Va a estar bien". 
Mientras le encendías a Edwin un cigarrillo y pensabas que su banda era ideal para Sonic Youthle dijiste al tipo calvo: "La primera vez que vinieron les abrieron Las Ultrasónicas, y estuvo horrible. La cantante nada más se subió al escenario y empezó a mentar madres..."
El tipo calvo se rió. 



Luego te fuiste, para distraerte en otros asuntos. No querías pensar en la chavita que te traía loco porque te rechazaba. Ella te hacía sentir como uno de los adolescentes que había atestado la casa de Memono. 
Había una tipa que dijo llamarse "Yenisa" -según ella, su nombre significaba ojo de agua en zapoteco-, y estaba sentada afuera del baño en un extraño sillón de cuero. Ella lucía aturdida por la droga, y te contó que no toleraba el humo del cigarrillo porque tenía un virus, de esos que sólo te imaginas en cuentos, que le causaba asfixia cada vez que aspiraba el humo de un cigarrillo. Te sentiste mal y apagaste lo que restaba del Camel que estabas fumándote, aunque Yenisa en ningún momento mostró síntomas de asfixia. Luego te fuiste, para distraerte en otros asuntos. No querías pensar en la chavita que te traía loco porque te rechazaba.
Había otra mujer sentada en las escaleras. Dijo que estudiaba en la ENAP, y dio por hecho que eras un ignorante y que no tenías idea de qué clase de escuela era la ENAP, así que te empezó a hablar de diseño.Ya comenzabas a aburrirte, y tuviste que preguntarle tonterías:
"¿Sabes algo de Backbeat? Es la película sobre el beatle que nunca llegó a ser famoso... ¿Sabías que en el soundtrack de la película tocan miembros de Sonic Youth, de R.E.M., de Soul Asylum y de Nirvana...?"


Comenzaste a aburrirla, y entonces proseguiste:
"¿Qué piensas de los covers? Yo creo que un buen cover te lleva a escuchar la canción original... ¿Cuál crees que sería un cover rotundo? ¿Qué? ¿Bar Tacuba? ¡Pero en jazz...!"
En cuanto supiste que a ella le gustaba Café Tacuba, y en especial esa canción, mejor te largaste. Justamente esa banda era la favorita de la chavita en la que no querías pensar y justamente esa canción te hacía pensar en las veces que te habías emborrachado para encontrarle una razón a su rechazo. 


***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.

miércoles, enero 24, 2007

En el Hayastán


Ella quería ir al Alicia, pero mi hermano tocaba esa misma noche en el Hayastán. Así que la convencí y decidió dejar para otra ocasión a Los Silencios Incómodos. Llegué solo a Regina 18 alrededor de las 8 p.m. Bebí unas cuantas cervezas hasta que me sentí bien. Ella no llegaba y yo sólo pensaba que tenía que decirle algo que se me había ocurrido respecto a la relación que teníamos. Algo respecto a que me sentía abusivo y que ya no podía más. 
Conforme el tiempo pasaba, pensaba que me dejaría plantado y que eso sería lo mejor. 
Entonces fue extraño. Ella llegó alrededor de las 10:30 p.m. con su hermana y con el novio de su hermana. Nunca había pasado que me divirtieran tanto los celos de alguien. El tipo me miraba insistentemente como si yo fuera una mala persona. Claro, yo soy mayor que su cuñada, pero eso no significa que yo sea una mala persona. Ella me dijo que el novio de su hermana es hijo único y que por eso no confiaba en mí y no podía dejar de mirarme insistentemente. En ese momento recordé lo que pensaba decirle, pero decliné. Si no hubiera aparecido el novio de su hermana con esa actitud, lo más probable es que no hubiera declinado y no estaría en este momento planeando volver a verla.

Después de todo, la noche del sábado fue divertida. Ella me había dicho que no quería conocer a mis amigos, porque 'tenía miedo' que les pareciera demasiado estúpida. Yo le dije que eso no iba a pasar porque nunca salía con nadie y probablemente para ellos sería más sorprendente que yo estuviera acompañado y no les importaría quién me acompañaba. Jamás imaginé que unas semanas más tarde todo sería tan distinto, porque ella volvería con su novio y yo no podría dejar de echarla de menos. Jamás imaginé que me sentiría abatido como cualquier adolescente extrañando a cualquier Maggie Cassidy.
  

Al final ni siquiera yo mismo recordé a mis amigos que ya andaban por allí y dejé de pensar en el novio de su hermana. 
Estuvimos así, divertidos, un rato. Luego, se fue. 

Al poco rato apareció una tipa que me cae muy muy mal. Se acercó a la mesa donde estábamos, y nadie le hizo caso. Creo que en realidad nos cae mal a todos. 
No vale la pena detestar a nadie, por mucho que esa persona te haga el feo cada vez que tiene oportunidad, pero a veces es lo mejor, lo más sano. 

miércoles, octubre 11, 2006

Nenúfar



Era el viernes 25 de agosto del 2006. El Volkswagen del guitarrista estaba descompuesto y mi hermano conducía el Jetta rojo de mi papá. 

En el camino hacia El Foro Alicia, comenzó a llover y cometí el error de preguntarle al bajista, si prefería a John Lennon o a Paul McCartney. Yo no sabía que él era admirador de McCartney y no me esperaba que ése fuera uno de sus temas predilectos. Se la pasó hablando de él casi todo el recorrido. 

La conversación se puso un poco rara, pero terminé contándole que estaba impartiendo un curso de Psicología Experimental –era mi primer grupo como profesor de asignatura– y él me pidió que le hablara a mis alumnos de su banda. 

Al cabo de unos cuarenta minutos, llegamos al Foro Alicia.
Faltaban alrededor de dos horas para que comenzara el concierto –Los Silencios Incómodos presentaban su álbum–, pero ya había algunas personas esperando a que abrieran las puertas.

Estuve allí afuera, resguardándome de la lluvia debajo de una cornisa, fumando y conversando con las novias y con los amigos de los integrantes de la banda.

Cuando finalmente se abrieron las puertas del foro, la lluvia ya había parado. 

El bajista salió por mí a la calle y me hizo pasar gratis –de algo sirvió haber escuchado sus disertaciones acerca de Paul McCartney– y entonces me compré un par de cervezas con el dinero de mi admisión. 

El olor de la calle mojada me había puesto de buen humor y quise emborracharme y divertirme. 
A última hora –como casi siempre ocurría cada vez que la banda tocaba en algún lugar y me invitaban a acompañarlos–, había estado a punto de quedarme en la casa.  

El foro se llenó rápidamente. 

Salió la primera banda al escenario y me senté a escucharlos en el suelo, lejos de todas las personas que conocía, a unos metros de los baños. 

(La banda se llamaba Hassassin, su música me gustó, compré su EP, lo perdí en algún momento en los baños y jamás volví a escucharlos.)

Mientras el alcohol surtía sus efectos en mí, encendí un cigarrillo.

Nos Llamamos subió al escenario y una mujer se acercó a mí.
Más o menos distinguí que era morena, un poco más baja que yo y que llevaba jeans, suéter rojo y blusa verde.
Ella me sonrío y me pidió fuego
Usaba brackets. Ya que desde la secundaria me he sentido atraído por las chicas con brackets, divagué con sus brackets

Le encendí el cigarrillo. Mientras lo hacía, me quedé observándola e intenté recrear el sonido de su voz y capturar los rasgos de su rostro. En mi estado, su voz había sonado espectral y etérea a la vez. 

Conforme ella le daba una chupada al cigarrillo, me enfoqué en su rostro y recordé que la había visto afuera del foro y que me había parecido atractiva. 

Ella me dio las gracias y se marchó y la perdí de vista. 

Cuando acabaron de tocar Nos Llamamos, me di cuenta de que ella también estaba sentada en el suelo, cerca de mí. En mi estado, tuve el presentimiento de que ocurriría algo entre los dos y seguí bebiendo. 

En algún momento, quise encender otro cigarrillo.
Busqué el encendedor en todos los bolsillos de mis pantalones y no lo encontré. 

El alcohol me había soltado la lengua –no lo habría hecho bajo ninguna otra circunstancia– y me levanté de mi lugar y me dirigí hacia donde estaba la chica de brackets

Le dije que me había dado mala suerte, porque, al encenderle el cigarrillo, había perdido el encendedor.

Ella me miró sorprendida y me dijo que ella no tenía el encendedor. 

Le dije que le creía y me fui a pedir otra cerveza. 

En el camino hacia la barra, encontré mi encendedor. 

Todo el tiempo había estado en la bolsa de mi camisa. 

Me sentí estúpido y compré dos cervezas. 
Volví al lugar donde estaba la chica y le ofrecí una disculpa y una cerveza. 

Le dije que mi hermano tocaba en Nos Llamamos y ella se mostró interesada en hablar. También le dije que ya había escuchado el disco que esa noche presentaban Los Silencios Incómodos. Ella me dijo que su hermana –hasta ese momento me percaté de que todo el tiempo habían estado juntas– había tenido algún romance con uno de los integrantes de esa banda. 

Nos levantamos y nos acercamos al escenario. 
Encendimos otro par de cigarrillos y bebimos en silencio.

Creo que ella me preguntó a qué me dedicaba y que yo le solté el mismo discurso que le había dicho al bajista en el Jetta rojo, mientras nos dirigíamos al foro. 
Creo que luego me sentí especialmente atraído a ella y que le dije que su cabello olía a nenúfares, y creo que ella sonrió y que me preguntó qué eran los nenúfares. 

Le dije que no importaba y acaricié su cabellera lentamente. Ella parecía nerviosa, pero no dejaba de sonreír y de mirarme. Nos besamos cuando sonaba Detrás de la tormenta.

Todo parecía ir por buen camino, pero me dijo que esa noche celebraba su cumpleaños dieciocho. En ese momento no me importó, pero desde entonces me siento fatal. 



sábado, septiembre 09, 2006

La maldición de tus brackets


Te conocí en un mal momento. Cuando mi gato huyó de la casa. Los dos teníamos un gran vínculo. Todo el día estábamos juntos. Por las mañanas, él entraba en la recámara para despertarme. Por las tardes, él se echaba en la cama mientras yo leía. Por las noches, él me acompañaba mientras yo escribía. Sé que no volverá y aún no lo supero. Lo echo mucho de menos. 

Te conocí en un mal momento. 

Desde hace dos años no me relaciono con ninguna mujer. Mi última relación fue un desastre. Ella y yo estábamos t
odo el día juntos. La harté y ella conoció a otra persona y se fue con él y se casó con él y ahora está esperando un hijo suyo. No dejo de repetirme que debí ser yo quien terminara con esa relación, que yo debí dar el primer paso. 

Te conocí en un mal momento. Lo único que he hecho todo el año es ver futbol. Aún no me repongo de la derrota contra la selección de Argentina. No puedo sacarme de la cabeza el gol de Rafael Márquez. 
No puedo sacarme de la cabeza el gol de Maxi Rodríguez


Hace unas horas tocaron Nos Llamamos y Los Silencios Incómodos. El Foro Alicia estaba a reventar. En cuanto llegué, encendí un cigarrillo, me compré un par de cervezas y me las bebí rápidamente. Me sentía tan solo que necesitaba emborracharme pronto. No se me ocurrió otra manera de evadir la realidad.

Cuando fumaba y esperaba que no ocurriera nada, apareciste de la nada, te acercaste y me pediste mi encendedor. Te lo presté. No quise darle importancia al asunto. Encenderías el cigarrillo y jamás volvería a verte. Le di un sorbo a mi cerveza, me devolviste el encendedor y desapareciste de mi vista.

Continué bebiendo, compré otro par de cervezas, escuché un par de canciones de Hassassin, y luego quise encender otro cigarrillo pero no encontré el encendedor. Lo primero que pensé fue que te habías quedado con él y te busqué por todas partes. Mi sistema necesitaba nicotina, urgentemente. 

Cuando te encontré, en la pared más cercana a los baños del Alicia, sentada en el suelo, mi corazón se alegró: podría fumarme pronto un Camel más. Te miré y alzaste la vista. Me sonreíste, te sonreí. Antes de decirte cualquier cosa, antes de preguntarte si tenías mi encendedor, te pregunté por qué te habías quedado con él. Te exigí que me lo devolvieras. Te pareció divertido y te dije que necesitaba fumar urgentemente, y no mentía; realmente mi sistema necesitaba nicotina, urgentemente. 

Te conocí en un mal momento. En verdad estaba desesperado. Necesitaba fumar urgentemente. Me juraste que me habías entregado el encendedor y me ofreciste tu propio cigarrillo para encender el mío. Estaba un poco ebrio y, por primera vez en toda la noche, reparé en tus ojos, en tu cabellera, en tu sonrisa, en tus labios, en tu rostro, y me pareciste hermosa. Había algo salvaje e irreverente en ti. Tu voz era como un cuchillo cortando el aire. 

Te vi como a una de mis groupies de la universidad, como a una de esas chicas de veintitantos años a las que les imparto un curso de psicología experimental y que me encuentran interesante –un animal exótico que sabe todas las cosas que ellas creen que quieren saber– y que me mandan mensajitos de amor a escondidas, con sus números telefónicos, esperando que las llamé y que las invite a salir a algún lugar.

Al pasarme tu cigarrillo para encender el mío, nuestras manos se tocaron brevemente. El contacto fue una descarga eléctrica que recorrió mis vísceras y que hizo estallar a mi cerebro. Encendí el cigarrillo y le di una calada. Le di otro sorbo a la cerveza. El alcohol y la nicotina me pusieron feliz. Te dije Gracias al oído. Todavía no salía ninguna banda al escenario, pero había mucho ruido. Me sonreíste otra vez.

Al estar tan cerca de ti, aspiré un aroma que manaba de ti. Olía muy bien. No supe distinguir si provenía de tu cabellera o de tu piel, pero me enloqueció. Me quedé mirándote. 

Tú sonreías en la penumbra de esa atmósfera enrarecida y llena de humo de tabaco y de marihuana quemada. Parecía que estabas esperando que te propusiera algo. 

Te conté algo que te hizo reír y entonces vi que usabas brackets. 
No pude evitar sentirme atraído por la maldición de tus bracketsDesde la secundaria había querido besar a una chica con bracketsTenía la sospecha de que besaban mejor que las demás chicas, y tuve la corazonada de que finalmente descubriría si era cierto. 

Para disimular la excitación que se había apoderado de mí, te invité una cerveza y me dijiste que sí. Mientras caminábamos hacia la barra, no podía dejar de preguntarme cómo besarías. Era una idea que capturaba toda mi atención. Y volteé a verte y volviste a sonreírme y volví a mirar tus fabulosos brackets
Resplandecían como una maldición. Parecía que estabas leyéndome la mente.


Te alargué la XX Lagger y te dije que conocía al baterista de Nos Llamamos y no me creíste. Ya no insistí. Caminamos hacia el escenario y nos quedamos a unos metros del escenario. Los Silencios Incómodos ya estaban tocando. Te conté que mi hermano era amigo de los músicos y tampoco me creíste. 
Te dije que ya había escuchado un demo del disco que Los Silencios presentaban esa noche y tampoco me creíste. Ya no insistí. 


Sonaba “Detrás de la Tormenta”, cuando nos besamos. Tus labios eran tan suaves que era difícil comprender la violencia de tus besos. La vehemencia de tus besos me hizo perder la razón. Me sentí como un vampiro que no había salido de su ataúd en siglos y que estaba colmando su sed. Confirmé que besabas como imaginaba que besaba una chica con brackets

Tomamos un receso y nos quedamos en silencio hasta que acabó la canción. Estaba sumamente agitado. No creía lo que acababa de pasar. Era inaudito. Nunca había besado a ninguna desconocida el mismo día que la había conocido. 

Luego saqué otro cigarrillo y encontré mi encendedor en una de las bolsas de mi camisa y me sentí estúpido y los dos nos reímos. Te ofrecí un Camel, lo aceptaste, lo tomaste, te lo encendí y luego encendí el mío, y, sin más, mientras me echabas el humo en la cara, me dijiste tu edad.

Me rompiste el corazón. Tenías la misma edad que mis groupies de la universidad. Me sentí ventajoso y miserable. Luego me diste tu número telefónico. Mientras escribo estas líneas, no estoy muy seguro de volverte a buscar. Te conocí en un mal momento. 

Sócrates huyó de la casa hace unos meses. Aún no lo supero. Mi ex se casó y pronto será mamá. Aún no entiendo por qué no fui yo quien terminó esa relación horrible. Habría sido lo mejor para todos. Mi ex y yo nos habríamos ahorrado varios meses de humillaciones. Me habría ahorrado varias escenas de celos y me habría ahorrado que me dijera que no sabía que hacía conmigo, que yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario.  

Te conocí en un mal momento. Todavía lamento la derrota de la selección de La Volpe en Leipzig. Pudimos hacer historia. Todavía me rehuso a asimilar que el verdadero nivel del futbol mexicano son los octavos de final de un mundial.

Te conocí en un mal momento. 





sábado, agosto 26, 2006

Cabellera afro(disíaca)



Ella llegó de pronto. Me pidió fuego. 
Mientras le encendía el cigarrillo, apenas volteé a mirarla. 

Ella me dio las gracias y se marchó. 

La reconocí. La había visto afuera, antes de entrar al Foro Alicia. 
Me pareció bonita y extremadamente joven, como las estudiantes a las que les doy clases en la universidad. Tal vez de diecinueve o de veinte. 

Pasó un buen rato. Quise encender otro Camel y no encontré mi encendedor. Estaba un poco ebrio y asumí que ella se había quedado con mi encendedor. La busqué y al cabo de unos segundos la encontré y le pregunté si tenía mi encendedor y ella me dijo que no. Me le quedé mirando y me sentí atrapado por su cabellera afro(disíaca), por sus ojos y por sus pestañas (de Lucía Méndez) y por sus labios de durazno. Me sonrió, abrió la boca apenas unos cuantos centímetros, y me sentí cautivado por sus brackets. Siempre he tenido debilidad por las mujeres con brackets. 

Quién sabe de qué platicamos y quién sabe cómo encendí mi Camel, pero el punto es que nos pusimos a platicar y que me fumé un cigarrillo. Miré mi reloj en una pausa para ir a comprar unas cervezas. Iban a dar las diez de la noche. Casi era hora. Ya iban a tocar Los Silencios Incómodos. Era la presentación de su primer álbum. Hasta ahora todo va bien.

Me dijo que acababa de cumplir 19 años, y me rompió el corazón. 

No pude dejar de pensar en que tengo veintiséis años. Me sentí miserable, como si tuviera casi diez años más que ella. Me pregunté por qué no podíamos tener la misma edad. Me pregunté si estaba exagerando. Me pregunté si la diferencia de edades no era realmente tan abismal como me parecía.

Conforme transcurrían los segundos, Nayeli me parecía más atractiva pero no podía sacarme de la cabeza la diferencia de edades. Sin embargo, su conversación no reflejaba que hubiera gran diferencia entre los dos. Estábamos más o menos en la misma frecuencia.

A ella le gustaba el surf –su banda favorita eran Los Santísimos Snórkels– y se mostró muy interesada en saber por qué yo prefería el garage punkDespués de bebernos un par de cervezas y de fumarnos unos cuantos Camel, pasó lo inevitable.

Sentí cierta ansiedad en sus labios, me dio la impresión de que ella no quería detenerse, pero sonó su teléfono celular y aproveché la interrupción para separarme de ella. Sus besos habían sido una locura. Sentía que me ardían los labios como si le hubiera dado una mordida al picante con más capsaicina en la faz de la tierra, excepto que no era una sensación desagradable. También se sentía como una cortada de papel. Como una breve descarga eléctrica.

Otra vez me sentí miserable; también, culpable y abusivo. Siempre había creído que los hombres de mi edad que hacían esa clase de cosas –besarse con mujeres mucho más jóvenes–, lo hacían por inseguridad. Y que eran patéticos.  

Nayeli tuvo que marcharse –su papá la había llamado por teléfono y ya estaba esperándolas a ella y a su hermana, que andaba por ahí charlando con el baterista de Los Silencios, afuera del Alicia– y, sin que yo se lo pidiera, me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. Sus dedos también los sentí como una cortada de papel. 

Mientras ella anotaba el número con una pluma y estimulaba mis corpúsculos de Krause, no podía dejar de observar su fabulosa cabellera afro(disíaca) y de divagar, de imaginarme qué se sentiría hundir mis dedos en ella. También me dio su ID de messenger, por si acaso.

Me dijo que esperaba que yo la llamara pronto, para que nos pusiéramos de acuerdo y nos viéramos otra vez.

Ya pasó más de un mes desde entonces. Son las cinco y media de la tarde. Es 26 de agosto del 2006, y estoy pensando en llamarla por teléfono. Tal vez no debería tomarme la vida tan en serio. Tal vez exagero. O tal vez no.