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viernes, septiembre 23, 2022

Wah, wah, wah

A las 11 de la mañana, tal y como nos había informado, esa misma mañana, la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica –wah, wah, wah– y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar algo así como diez metros hasta la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S, y dejar lo que estaba haciendo –cargar los últimos documentos de la solicitud en la que estaba trabajando desde agosto para concursar por financiamiento en la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT– y quedarme allí durante diez o quince minutos.)

Nos reunimos alrededor de diez personas en la zona de seguridad. La mayoría eran administrativos, pero también había estudiantes. Sin embargo, yo era el único posdoc y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc allí, sino porque ser un posdoc es, en cierta forma, estar en el limbo de la academia. 

En los pasillos de la universidad había escuchado a un par de investigadoras referirse a sus posdocs como estudiantes. Si ellas, mejor que nadie, deberían saber que un posdoc no es un estudiante más, y, sin embargo, llamaban así a sus posdocs, ¿qué podía esperar yo –que aparecí, casi de la nada, en el Departamento–, de los administrativos y de los estudiantes de grado y de pregrado...? (Claro que no tiene nada de malo ser un estudiante más, pero hay que darle su lugar a los posdocs: parece obvio, pero, cuando estás en el posdoc, ya pasaste por la licenciatura y por el doctorado, ya debiste haber publicado al menos un artículo de investigación como primer autor en una revista con peer review, y ya debiste haber impartido clases en licenciatura y en posgrado. Yo no era un posdoc estándar. Ya era primer autor en cuatro papers, era coautor en tres papers, tenía dos capítulos en libros en inglés y, durante más o menos cuatro años, ya había sido profesor de asignatura en la UNAM, y, a veces, uno que otro estudiante actuaba como si yo fuera su asistente. Me miraban de arriba abajo, como si estuvieran esperando a que les limpiara las camas de aserrín a sus ratas, o ni siquiera me contestaban el saludo. A veces, tenía tantas ganas de comportarme como un verdadero mamón con ellos, y mandarlos al carajo y presumirles todo lo que había hecho.) 

También me sentía fuera de sitio en la zona de seguridad porque estaba desvelado. 

Me había despertado de una pesadilla alrededor de las tres o cuatro de la mañana, y se me había ocurrido revisar algunas noticias en mi teléfono. Había muchas notas sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 –en 32 años no había hecho nada similar–, y esas noticias me habían afectado en un mal sentido, y tenía pensamientos catastróficos y no podía dejar de recordar detalles de mi propia experiencia durante ese terremoto. 

Durante el macrosimulacro, me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y reforzaron mi impresión de que ser un posdoc es estar en el limbo de la academia. Fue obvio para mí que ellas me veían como un estudiante más que no tenía gran cosa que contarles. Me encabronó la situación. También es obvio que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... A veces, aunque se los digas, no funciona. Algunos estudiantes sólo escuchan lo que quieren escuchar y sólo te hablan cuando no les queda otra opción –normalmente, ni siquiera te saludan–, o cuando creen que tu obligación es facilitarles cualquier cosa que necesiten para correr sus experimentos. En fin, es difícil darles gusto. A algunos.

Después de esa interacción social desastrosa, me maldije por intentar ser alguien que no soy –no me desvivo por socializar– y por haberme puesto a leer esas noticias en Internet. No quería sentirme encerrado en mi propio mundo, ni continuar pensando en todas las cosas que me daban vueltas en la cabeza, pero acabé sintiéndome como si hubiera una barrera entre el resto de la gente agrupada en la zona de seguridad y yo. 

De las cinco personas que regularmente compartíamos el cubículo y con quienes conversaba regularmente, en ese momento, sólo estaba yo: A, como integrante de la Comisión de Seguridad, coordinaba el macrosimulacro y andaba de un lado para otro; G impartía alguna clase en otro edificio de la universidad; P, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y Q tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a trabajar al cubículo. Al cabo de unos minutos, G y P volvieron y se pusieron a platicar sobre algunas anécdotas de René Drucker, que había muerto el domingo anterior. Me hubiera gustado unirme a la plática –Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, fue “mi abuelo académico” y fue presidente del Comité de mi examen de candidatura, pero mientras fui estudiante de doctorado, siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria–, pero, digamos que, después de mi experiencia social durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar. Me concentré en completar mi solicitud para la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre. 

Ya estaba harto. La solicitud parecía no tener fin. Tenía varias semanas trabajando en ella. Además de que habían actualizado la plataforma del CONACyT y de que había tenido que volver a cargar otra vez toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos de la solicitud eran muy latosos: entre otras cosas, tenía que redactar varias Cartas Compromiso y recabar las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

G y P continuaban hablando sobre Drucker, cuando me aburrí de la burocracia del CONACyT y me puse a leer un artículo que tenía en esa carpeta de la computadora en la que pongo todos los artículos que creo que debo leer pero que casi nunca leo. Se trataba de un artículo de restricción de sueño y de memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Cuando intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, comenzó a temblar. Se sintió como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?

El movimiento se intensificó y entonces, como si un experto en condicionamiento clásico hubiera querido usarnos como sus conejillos de indias para demostrar cómo se fortalece la asociación entre un EI y un EC, si el EC ocurre mientras transcurre el EI, comenzó a sonar la alerta sísmica –wah, wah, wah–, y, casi de inmediato, se escucharon gritos y estructuras metálicas retorciéndose. A unos metros de la puerta del cubículo, a mi izquierda, había un grupo de personas que se sujetaban a una de las columnas de concreto del pasillo. 

A mi derecha también había un grupo de gente abrazándose a otra de las columnas del pasillo, y traté de caminar hacia el grupo que estaba más cerca de mí, a la izquierda, pero el terremoto era tan fuerte que ni siquiera podía mantener el equilibrio. En ese grupo de la izquierda estaba una investigadora que conocía desde hacía 10 años y que de pronto había dejado de hablarme. Más o menos sabía que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado los experimentos de sus estudiantes. No era cierto. Más bien, sus estudiantes casi no corrían experimentos y, cuando lo hacían, ocupaban todo el bioterio sin avisar y durante cuatro o cinco horas consecutivas, estropeando los experimentos de todos los que teníamos animales en el bioterio. En fin, me daba igual que ella y que sus estudiantes me hubieran dejado de hablar, pero era incómodo cuando sus amigos investigadores (con quienes yo nunca había tenido problemas) me negaban el saludo porque se habían solidarizado con ella. 

Bueno, esta investigadora estaba allí, en la columna de la izquierda, y se veía muy asustada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos y me pareció insignificante tener un problema con ella; ni siquiera lo pensé: simplemente supe que nunca entendería por qué la gente es así; porque, pudiendo quejarse directamente contigo –o aclarar alguna situación contigo–, prefiere acusarte; por qué, aun cuando uno se concentra en su trabajo y evita los conflictos y los chismes de pasillo, siempre habrá alguien que encuentre la oportunidad de poner palabras en tu boca, de echarte la culpa de algo, de justificarse, y sacar provecho de ello.

A unos metros del grupo de la derecha, estaba G. Él también se veía muy asustado. Era una persona muy optimista y siempre sonreía, pero, en ese momento, se veía muy mal. Pensé en que no le preocupaba tanto su situación, sino que estaba preocupado por A y por sus hijas. A –su pareja–, en ese momento daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en sus escuelas, en Coapa, a kilómetros de distancia de la universidad. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y de pronto me di cuenta de que yo mismo ya me encontraba en la columna de la izquierda, sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en la universidad. La ubicaba de vista, varias veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos, precisamente, en esas condiciones tan horrendas. Deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan horrendo, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí –G, la investigadora que no me hablaba, la chica que había visto tantas veces en los pasillos de la universidad–, mientras el edificio S continuaba sacudiéndose terriblemente, de una u otra manera, habíamos pensado en cosas similares: que el edificio no resistiría el terremoto, que se caería en cualquier momento y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo 
una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó. 

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad. 

Paulatinamente todo se fue deteniendo, como cuando estás ebrio y poco a poco recuperas tu sobriedad. Volví al cubículo por mis cosas y salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. Aún nadie sabía cuáles habían sido las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. 

Miré alrededor. El mural de Arnold Belkin, el que está en la entrada principal del edificio S, el mismo mural que vi cuando visité por primera vez ese edificio de la UAM Iztapalapa, por allá del 2009, cuando apenas iba a ingresar al doctorado en la UNAM y necesitaba una firma del Dr. Javier Velázquez, que formaría parte de mi comité tutoral. El mural de Belkin tenía dos fisuras enormes. Estaba dividido en tres partes.  

Intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. 

Salí de la universidad. En la calle había mucho tráfico y mucho ruido y mucha gente. Los camiones de transporte público y los taxis y las patrullas y las ambulancias y los coches de bomberos pasaban a toda velocidad. Algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos peatones. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio del terremoto y, al menos esa parte de la ciudad, ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Con los camiones pasaba lo mismo.

Caminé como una hora hasta Rojo Gómez y luego hasta Parque Tezontle. Estaba exhausto. Una y otra vez intenté llamar por teléfono a Katz, pero el teléfono seguía sin línea. Sólo quería llegar al departamento y saber que ella y que los gatos estaban bien.

En algún punto me detuve afuera de una tienda de abarrotes en la que se escuchaba la radio. El dueño de la tienda salió y quién sabe qué semblante me vio, pero me preguntó si quería agua, y me dijo que era gratis. Le dije que no. Mientras me concentraba en las noticias, él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado peor que el de 1985. Estábamos así, cuando la locutora de la radio dijo que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. Intenté otra vez llamar a Katz por teléfono. Nada. El teléfono seguía sin línea.

Tardé casi dos horas en llegar al departamento, y ocurrieron miles de cosas más, pero esta entrada ya es muy larga, así que sólo diré que Katz y que los gatos tampoco la pasaron bien durante el terremoto –el edificio se movió de un lado a otro, los niños de la primaria junto al edificio lloraron y gritaron, los gatos se asustaron y se escondieron en la parte más alta de los clósets de las recámaras, Katz se metió a un clóset y también creyó que el edificio se caería–, pero que todos, afortunadamente, estaban sanos y salvos.

Han pasado cinco años desde ese terremoto (Katz, los gatos y yo ya ni siquiera vivimos en la CDMX), el edificio S de la UAM Iztapalapa ya no existe (sufrió daños estructurales en ese terremoto del 2017 y ya lo demolieron), este lunes 19 de septiembre del 2022 volvió a temblar a la una de la tarde, después de un simulacro, y yo estaba también en una universidad (como hace cinco años), ahora en el segundo piso de un edificio nuevo y a punto de impartir una clase, y en otro limbo académico (ya no como posdoc), pero esa es otra historia.

domingo, julio 17, 2022

Las nubes son un algodón deshilachado

El domingo se dispersa. El viento sopla fuertemente. Las nubes rompen filas. La forma que han adoptado en el cielo parece un diente de león al que alguien le ha soplado, después de haberlo arrancado de la tierra para pasar el rato o para demostrarle su amor a un amor mal correspondido. 

El domingo se quebranta con los bramidos del motor del automóvil que pasa a lo lejos, por donde está el cementerio o por donde está el campo de futbol 7 o por donde está la iglesia o por donde está la tienda de abarrotes o por donde está la coladera con un enorme agujero que da al desagüe, mientras hago una pausa para llevarme otra vez el tarro de cerveza a la boca. 

Son las dos de la tarde. Hace sol. El sol carbura mi piel. Mi alma es el motor de un 747 que vuela a Honolulú. Estoy en la terraza de esta (enorme) casa que rentamos desde diciembre. 

Salí a correr otra vez, después de tener inflamado el tobillo, después de haber estado dos semanas en reposo, después de haber esquivado a un Pug en el jardín de perros del fraccionamiento en el que vivo, después de haberme vendado el pie y de haberme puesto gel de diclofenaco y después de haber soportado estoicamente el dolor. Siempre he sido así, y eso me ha costado que la gente crea que todo me parece bien y que todo me da igual y que nunca me duele nada; ni siquiera haber terminado en el quirófano (a lo mejor por eso preferí la cirugía con “la herida de guerra”, en lugar de la cirugía con laparoscopía).

Al correr, como cada domingo, volví a toparme con mi vecino amable. Como ocurre siempre que nos encontramos, nos saludamos. Hay otras personas que nunca saludan. Como casi cada domingo, él lavaba su auto y la camioneta de su esposa, con una manguera y con una aspiradora. 

También me topé con los vigilantes y los saludé, y me concentré en la música que escuchaba a través de los audífonos cuando llegué a los dos kilómetros recorridos, y en ese momento me topé con otros vecinos que salían del fraccionamiento en su automóvil y también los saludé, y cuando llegué a los tres kilómetros me detuve y me topé con otros vecinos que también salían del fraccionamiento en su automóvil, pero no los saludé porque son el tipo de vecinos que nunca devuelven el saludo.

Bajo los rayos del sol y con algunos mililitros del alcohol en la sangre, tostándome y perdiendo el juicio, he leído a Hunter S. Thompson, he leído a Mark Lanegan y he leído a Carlos Velázquez. (Siempre leo a varios autores al mismo tiempo; es un consejo que leí de Roberto Bolaño hace muchos años, cuando leí Los detectives salvajes, cuando una amiga que conocí en un taller de creación literaria, me dijo que él era como el Kurt Cobain de la literatura y despertó mi curiosidad.) He pasado de un avión con rumbo a Hawai, con un pasajero con un brazo azul, a un hombre atormentado por su pasado e infectado por el Covid-19 en un hospital lleno de ancianos, y he acabado en un restaurante de la Ciudad de México y en la Arena Monterrey, con un fanático de Roger Waters.

Me he bebido casi dos litros de Victoria. No es mi cerveza favorita, sino la que hay disponible. Disfruto la sensación de aturdimiento que me provoca el alcohol. Detecto sus efectos: cómo va haciendo pedazos a mi cerebro, cómo va quitándome los prejuicios y la necesidad de analizar excesivamente todo lo que quiero escribir, y cómo pone a trabajar a mi enzima alcohol deshidrogenasa. 

Miro otra vez hacia el cielo. Aunque traigo lentes de sol y aunque me he puesto bloqueador, veo cómo las nubes rompen filas otra vez (y cómo parecen un diente de león en el aire), y siento cómo los rayos del sol chamuscan mi piel y mi mente alterada por el alcohol.  

Las nubes rompen filas. Mis ojos enceguecidos por los rayos del sol reproducen fosfenos en mi corteza occipital. Los fosfenos saltan como argamasa multicolor en mis retinas. Cierro los párpados, y una luz rojiza inunda mi campo visual reducido. No sé por qué, pero recuerdo a Superman y su vista de rayos X. No sé por qué, pero me recuerdo leyendo un cómic de Superman en mi recámara, un domingo cualquiera de 1980 y tantos, mientras mi papá lee el periódico en la sala del pequeño departamento en el que vivimos y mientras mi mamá le da de comer al pequeño pez Betta Splendens que tenemos en una pecera encima del refrigerador. 

No sé por qué, pero me recuerdo en el asiento trasero del VW de mi papá, en la época en la que era de color plateado, escuchando “Material Girl”, mientras circulamos por Fray Servando y Teresa de Mier y vamos a un Burger Boy, y mientras miro fijamente el sol durante algunos segundos y luego cierro los párpados y veo fosfenos, exactamente como ahora.

Pergeño estas palabras, y el domingo se dispersa. Escucho el tiroteo de los cohetes de las fiestas de San Mateo Atenco. El sol se esconde detrás de mi niebla mental etílica. Los motores de los automóviles refunfuñan. Escucho el aleteo de las palomas que huyen de las azoteas mientras un sujeto vino a cargar gas a alguna casa. Una mosca flota en mi campo visual, como si danzara al ritmo del repiqueteo de las campanas de las iglesias. La atmósfera tiene el olor de una droga invisible que altera los sentidos.

El domingo está muriendo. 

miércoles, junio 29, 2022

Una notificación


Los gatos pasan encima de mí en la cama, como si no pesaran más que una almohada de plumas, me despiertan, y no puedo ignorar cuánto me duele el tobillo izquierdo; siento mucho dolor, como una punzada terrible, como si los músculos estuvieran rotos, como si un nervio estuviera inflamado, como si el hueso del tobillo estuviera carbonizado; como si mi tobillo tuviera mucho sueño, como si mi tobillo estuviera resfriado, como si mi tobillo tuviera cólicos premenstruales, como si mi tobillo tuviera diarrea, como si mi tobillo tuviera tos y alergia estacional y todos los padecimientos posibles; como si yo hubiera contraído raquitismo en el Siglo XIX y las secuelas me hubieran dejado cojo y aún estuviera adaptándome a usar una prótesis de por vida que me lastima el tobillo.

Los gatos pasan encima de mí, me despiertan, miro el reloj en la pared de la recámara, son las siete de la mañana, y repaso mentalmente lo que haré hoy, y me siento culpable porque no he podido salir a correr más que un día en esta semana –hoy debería correr, y el viernes también debería correr, pero lo más probable es que el tobillo continúe doliéndome y que no saldré a correr hasta el sábado o el domingo–, y pienso en la presentación que debo terminar para la plática que daré mañana por la tarde para un diplomado de investigación y medicina del sueño; me han invitado a este diplomado desde que era candidato a doctor, sino recuerdo mal en el 2012, cuando Katz y yo vivíamos en Xola, en una colonia bonita que quedaba cerca de todo, cuando Gatusso era un minino y era nuestro único amigo felino y su cabeza cabía en la palma de una de mis manos y yo le daba su biberón –lo abandonaron en la calle, y su mamá no lo amamantó– al mismo tiempo que me fumaba inconscientemente un Camel; y en otras ocasiones en las que me han invitado a este diplomado me he sentido un poco fuera de mi hábitat, hablando de temas que no domino y que no me gustan mucho, pero que siempre disfruto, pero en esta ocasión, cuando la presidenta de la sociedad que organiza este diplomado, que ocurre cada dos años más o menos desde el 2008, se comunicó por teléfono conmigo, en diciembre, le planteé hablar sobre un tema que me fascina y ella me dijo que sí.

Los gatos pasan encima de mí, ya estoy despierto, y reparo en que tendré una junta a las 13: 30 por Zoom con los colegas del departamento de ciencias de la salud; allí la jefa de departamento nos presentará a una profesora temporal (como yo) que impartirá estadística avanzada durante este trimestre (yo impartiré una clase los lunes, los martes y los jueves, de las 13:00 a las 18:00, cada día, y otra clase los miércoles, de las 14:00 a las 17:00), nos hablará sobre la página de internet del departamento y sobre la necesidad de retomar los seminarios departamentales; también repaso mentalmente lo que me espera dentro de la siguiente hora: ir al estudio y pincharme un dedo y medirme la glucosa y anotar cuántos mg/dl de glucosa en sangre tengo en ayuno, bajar a la cocina y buscar los platos de los gatos y darles comida blanda, cambiarles el agua –Gatusso siempre ensucia y tira el agua– y la arena, y buscar a Jackson –raras veces baja a la cocina, a la hora del desayuno– y llevarle su plato con comida blanda, y esperar a que Yoko o Gatusso o Jackson usen el arenero justamente cuando acabo de limpiarlo y entonces tener que limpiarlo otra vez, y entonces tener que barrer otra vez el cuarto donde está el arenero y entonces tener que volver a sacar la arena, que acaban de ensuciar, al bote de basura del patio.


Los gatos pasan encima de mí y ya se dieron cuenta que desperté y comienzan a maullar –sobre todo Gatusso– y a merodear alrededor de la cama como si fueran tiburones merodeando la balsa en la que agoniza un sujeto después de varias semanas de naufragio, y pienso que debería quedarme otros minutos tumbado en la cama, pero ya no tengo sueño y los maullidos de los gatos son cada vez más insistentes. 

Me siento en un borde de la cama, escucho la respiración de Katz que continúa de visita en algún mundo onírico que olvidará apenas despierte, y estiro un brazo hacia la mesita de noche y tomo mi teléfono celular y lo enciendo, y recuerdo todas las cosas que tengo que hacer en cuanto me levante, y vuelvo a pensar que debería tumbarme en la cama otros cinco minutos, pero también vuelvo a reparar en que ya no tengo sueño y en que los gatos están cada vez más impacientes y en que Katz sigue dormida y en que no quisiera perturbar su descanso. 

Estoy en estos pensamientos que son como un torbellino, cuando suena una notificación del teléfono celular. Apenas distingo el sonido, por debajo de los maullidos de Gatusso, de Yoko y de Jackson. Puede ser cualquier cosa –un Whats que requiere una respuesta urgente, un depósito inesperado de $20 MDD en mi cuenta bancaria, un nuevo seguidor en twitter, un mensaje del messenger de Facebook de alguien que no veo desde hace más de quince años–, pero tengo la certeza de que se trata de la notificación más innecesaria de todas las aplicaciones que tengo en mi teléfono: Google Fotos. 

Y sí: la aplicación me recuerda que, hace exactamente 9 años, después de haber vivido alrededor de cinco años en el pequeño departamento de Xola, Katz y yo nos mudamos de vuelta a Pantitlán, a donde habíamos vivido, cada quien por su lado, nuestras infancias. No me cuesta mucho trabajo recordar que ese día fue sábado y que había cajas por todas partes, y que tomé un par de fotografías mientras Katz bajaba a la calle a abrirle a un sujeto que la había contactado en una página de trueques en Facebook, con quien intercambiaríamos nuestro tanque de gas por dos o tres bolsas de Scoop Away. 

Esta notificación llegó en un momento curioso: apenas el fin de semana, en la novela que estoy escribiendo –además de los mil y un relatos que escribo en varios archivos de Word y de los tres blogs en los que improviso cualquier cosa que se me ocurre, como esta entrada, esta novela es mi tercer proyecto: tengo dos versiones de una novela ya terminada que envié dos veces a un concurso “para jóvenes escritores” que resultó un fraude, y tengo otra novela más o menos avanzada, a la que no he vuelto desde que vivimos en Toluca-Lerma–San Mateo Atenco–, me quedé atrapado en un relato sobre ese día. Intentaba escribir sobre el 29 de junio del 2013, sin saber que se trataba del 29 de junio del 2013. Intentaba escribir sobre el sujeto que vimos ese día y que se llevó nuestro tanque de gas y que nos dio dos o tres bolsas de arena para gatos.

Serían como las diez de la mañana cuando el sujeto llegó al departamento. Mi papá había conseguido una camioneta para la mudanza y ya andaba por allí con nosotros, y mientras Katz se había encargado de empacar prácticamente todas nuestras pertenencias, además de encontrar el departamento al que nos mudaríamos y recoger las llaves y acordar con el dueño del departamento cuánto pagaríamos de renta cada mes y cuánto deberíamos depositarle en el primer mes, el papá de Katz había estado ayudándole a ella toda la semana y yo había estado, como siempre que han ocurrido estos traslados, como un inútil quejumbroso toda la semana, escudándome en el estrés que me provocaba el ambiente tóxico del laboratorio de mi tutor de doctorado. Ya no soportaba un día más en ese laboratorio. 

Mi tutor había perdido el control sobre su grupo de investigación y yo estaba a punto de quedarme sin beca doctoral –como la dueña del pequeño departamento de Xola nos iba a subir la renta y como Katz y yo tendríamos que vivir algunos meses con nuestros ahorros y con los ingresos de Katz, que entonces trabajaba en una agencia aduanal, nos mudábamos de vuelta a Pantitlán–, estaba empezando a escribir mi tesis doctoral y terminando los experimentos de mi cuarto artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada. Era obvio que había sacrificado mi estabilidad económica –que la vigencia de la beca doctoral terminara–, para publicar más artículos que los que necesitaba para titularme –como requisito de titulación el posgrado sólo exigía un artículo de investigación original como primer autor en una revista indizada–, pero mi tutor lo percibía de otra forma: cuando se enojaba, nos reunía a todos los que formábamos parte de su grupo de investigación y nos decía frente a todos (o nos enviaba un correo-e masivo) todo lo que le parecía que hacíamos mal cada uno. A mí me decía que yo sólo seguía sus instrucciones y que no tenía iniciativa y que no era ambicioso. Era un ambiente muy tóxico, y yo ya no quería seguir allí.

Cuando el tipo de la arena llegó al departamento de Xola hace 9 años, Katz me lo presentó y me pidió que le entregara el tanque de gas, así que él, mi papá y yo subimos a la azotea. Mi papá y el tipo me decían algunas cosas y no podía prestarle atención a ninguno de los dos. Mientras mi papá me hablaba sobre su trabajo, sobre algún padecimiento que le molestaba y sobre algunos problemas familiares, el tipo de la arena me decía que era editor de una revista literaria y que sus oficinas estaban enfrente del Parque Hundido y que él y su chica se habían mudado recientemente a un departamento cercano a las oficinas y que los tanques de gas estaban carísimos y que nos agradecían muchísimo el intercambio.

Yo le pregunté sobre la revista literaria y allí vi una oportunidad de publicar alguno de los tantos textos que he escrito (desde niño, cuando aprendí a escribir), y entonces le dije que yo escribía, y quería contarle sobre ese aspecto de mi vida con un poco de detalle para que no se quedara con la idea de que yo escribía, tal y como millones de personas dicen que escriben, pero mi papá estaba muy angustiado por los problemas que tenían mi tía, mi prima y mis sobrinas, y necesitaba desahogarse conmigo.

Ante mi incapacidad para controlar la situación, apoyé los codos en una de las bardas de concreto de la azotea y me quedé mirando desde allí la colonia de ese edificio de tres pisos junto a Tlalpan, frente a un Sanborns, a unas cuadras de las estaciones Xola y Villa de Cortés del metro, a unas cuadras de la estación Las Américas del metrobús, en el que Katz, Gatusso y yo habíamos vivido.

Por primera vez reparé en que era una colonia bonita y bien ubicada, y en que nunca la había disfrutado. Pensé en todas las cosas que habían pasado en un lapso de cinco años, y me pregunté si algún día volveríamos a vivir en una colonia similar a esa.

Bajamos hasta la calle, el tipo de la arena se encargó de bajar él solo el tanque de gas, mi papá y yo lo acompañamos hasta su auto, el tipo me dio un par de ejemplares de la revista en la que era editor y me dijo que le enviara uno de mis textos y que seguíamos en contacto. Yo le dije que no debía sentirse comprometido a publicarme, que me bastaba con su retroalimentación. 

Apenas acabamos de instalarnos en el departamento de Pantitlán –teníamos pocas cosas, y Katz y yo terminamos de instalarnos en menos de 24 horas–, me puse a escribir un relato para enviárselo al tipo de la arena –era un relato sobre un sujeto que llevaba a su novia ebria de vuelta a su casa, después de una fiesta, el día que la selección sub 17 había ganado el mundial de la categoría en Perú 2005– y se lo envié. Por supuesto: el tipo de la arena nunca me contestó. 

Ya pasaron nueve años desde ese día. Mi tía, mi prima y mis sobrinas continúan teniendo problemas, y me pregunto quién vivirá ahora en ese departamento de Xola, me pregunto qué será de la vida del tipo de la arena: ¿al menos habrá leído el texto que le envié?; si ahora mismo, por azares del destino, leyera esta entrada, ¿le parecería mala?, ¿sentiría curiosidad por leer aquel texto que le envié en el 2013...?

También me pregunto si alguno de los integrantes de los comités de los concursos “para jóvenes escritores” en los que participé, leyó mi novela. También me pregunto qué pasaría si un desconocido, por azares del destino, leyera esta entrada, creyendo que no la escribí yo, sino una estrella de rock de las letras: ¿le volaría la cabeza...?

domingo, junio 26, 2022

under the influence

 

EN PROGRESO

Estaba en los últimos meses del doctorado y estaba a punto de mandar a volar todo, y ya no soportaba que mi tutor me dijera en frente de todos los estudiantes de doctorado y de licenciatura que formábamos parte de su grupo de trabajo que yo sólo seguía sus instrucciones y que era un estudiante con poca iniciativa (tal vez lo decía para molestarme o porque todo se le había salido de control y quería poner el ejemplo conmigo: ya tenía dos años como profesor de asignatura en la facultad de psicología y estaba por publicar mi tercer artículo de investigación original como primer autor y a veces, sobre todo por las mañanas, era el único estudiante en el laboratorio), los fines de semana me gustaba fumar y alcoholizarme y liberarme de todo; ocasionalmente encendía el televisor (sobre todo cuando jugaba la Selección Mexicana) y me sentaba a ver partidos de futbol (supongo que en ese estado no me parecían tan aburridos); ésta era una costumbre de toda mi vida (no fumar y alcoholizarme, sino ver partidos de futbol), más precisamente desde aquella tarde del verano de 1990 cuando mi papá veía por tv un partido de octavos de final entre las selecciones de Brasil y de Argentina que se disputaba en Turín, y Diego Maradona hizo una jugada de otro planeta y le dio un pase a Claudio Caniggia y Claudio Caniggia anotó un gol y los argentinos eliminaron a los brasileños que eran uno de los equipos favoritos para ganar esa Copa del Mundo; y todo lo que transcurrió en apenas veinte o treinta segundos –la jugada entre Diego y Claudio, en ese estadio, en esa cancha de futbol, en ese césped–, capturó mi atención, me dejó impactado, y me condenó a ver otros partidos de futbol; desde entonces, muchos recuerdos de mi vida están asociados al futbol, como el partido que se disputó el 26 de junio del 2011.

Era la final de una Copa Oro, la disputaban las selecciones de Estados Unidos y de México, en el Rosebowl, en Pasadena, en el mismo estadio en el que la selección de Brasil y la selección de Italia jugaron la final del mundial de 1994, en el mismo estadio en el Roberto Baggio falló un penalti que le permitió a los brasileños ganar su cuarta Copa del Mundo. 

El Director Técnico de esa Selección Mexicana era José Manuel de la Torre, el equipo tenía jugadores talentosos que jugaban en Europa.


domingo, junio 12, 2022

Brasil vs Suecia

Mis abuelos –maternos y paternos– vivían en la misma calle y sus casas quedaban una junto a la otra, así que cuando los visitábamos –religiosamente, casi cada domingo–, podíamos verlos a los cuatro; sólo teníamos que turnarnos: a veces llegábamos primero a la casa de los abuelos maternos y nos despedíamos en la casa de los abuelos paternos; otras veces, era al revés. Lo mismo ocurría en las fiestas de Independencia, de Navidad y de Año Nuevo. 

Como casi cualquier otro domingo de mi infancia, el domingo 12 de junio de 1990 no fue la excepción: fuimos a ver a los abuelos. El mundial de futbol tenía unos días de haber comenzado. La selección mexicana había sido castigada por la FIFA y no disputaría ese torneo, pero en la escuela todo mundo hablaba del mundial y yo veía programas en la tv relacionados con el mundial y coleccionaba estampas de los jugadores del mundial que salían en las paletas de los helados Holanda. 

Apenas el viernes previo mi papá se había quedado en la casa y los dos habíamos visto por tv una semblanza de los mundiales de futbol (acompañados por el comentarista Juan Dosal y por el invitado estelar HugoSánchez) y la tediosa inauguración del mundial (exceptuando la fabulosa canción de Gianna Nannini y Edoardo Bennato, casi lo único llamativo había sido el desfile, en el que una modelo había mostrado accidentalmente un pecho) y la derrota de la selección argentina con un gol de François Omam-Biyik en El Estadio Giuseppe Meazza; el sábado habíamos visto por tv el debut de la selección italiana y el gol de Salvatore 'Toto' Schillaci contra los austríacos en El Estadio Olímpico de Roma.

Ese domingo, en cuanto entramos en la casa de los abuelos maternos, percibí el aroma de la sopa de pasta y de la pierna horneada que había preparado la abuela. Casi era la hora de la comida. Me metí a la sala a saludar a mi abuelo. Él estaba sentado frente al televisor. Estaba comiéndose un mazapán o unos cacahuates. A lo mejor estaba tomándose una cerveza. La diabetes todavía no hacía estragos visibles en su salud. Él me sonrió y me invitó a sentarme junto a él. La abuela se acercó a mí y me preguntó si quería un vaso con refresco. A lo mejor le dije que sí. Mis papás dijeron que irían al mercado a comprar comida para la semana y salieron de la casa (así lo recuerdo). 

En El Estadio Delle Alpi, en Turín, jugaban las selecciones de Brasil y de Suecia. Los narradores de Televisa decían que Brasil tenía un súper equipo y que era candidata a ganar el mundial –su más reciente mundial lo habían ganado en 1970–, y que la figura de los suecos era un mediocampista ofensivo llamado Tomás Brolin. 

Cuando iba a terminar el primer tiempo, Careca –compañero de Maradona en el Nápoles– recibió un pase desde medio campo en el límite del área de los suecos y dribló al arquero sueco en el área y anotó para Brasil. Llevaba unas licras negras debajo de los calzoncillos azules del uniforme y festejó el gol con una especie de samba. Mi abuelo apoyaba a Brasil y celebró el gol y me contó que los brasileños habían jugado en Guadalajara en los mundiales de México, en 1970 y en 1986. 

En el segundo tiempo, Brasil volvió a anotar otro gol y el abuelo volvió a celebrar. Casi al final del partido, Tomás Brolin descontó para los suecos. Unos días más tarde, la selección de Costa Rica, una de las revelaciones del torneo, jugaría un gran partido contra los brasileños y avanzaría a los octavos de final del mundial, en su primera participación mundialista. Unas semanas más tarde, en ese mismo estadio, los brasileños, gracias a una genialidad de Maradona y a la habilidad de Caniggia, perderían el partido de octavos de final contra los argentinos y volverían a casa. Tendrían que esperar cuatro años más para volver a ganar un mundial. 

Internet me recuerda que ya pasaron 32 años de este partido. Mis abuelos paternos se mudaron de casa en el 2000 y ninguno de los cuatro abuelos vive ya.

domingo, junio 05, 2022

El Sedán detenido en Circuito Interior


Estábamos atascados en el tráfico, llovía como si fuera el fin del mundo y mi mamá estaba estresada, pero el sonido de las intermitentes del Sedán detenido en Circuito Interior era lo único que capturaba mi atención y me remontaba a otros momentos, como cuando era un niño de seis o siete años y salíamos en familia a una boda o a un bautizo de algún pariente que sólo conocían los abuelos y volvíamos por la noche a la casa desde algún lugar remoto y yo estaba tan cansado que no podía mantenerme despierto y mi papá tenía que detener el Sedán en un sitio poco convencional, y luego tenía que encender las intermitentes del auto y ese sonido monótono y pacífico llenaba el espacio y me hipnotizaba y me libraba de toda preocupación.
 
Ahora estaba en la secundaria, acababa mayo de 1992, el América —con Hugo Sánchez y con Germán Martellotto y con Gonzalo Pineda y con Bernardo y con Óscar Ruggeri— acababa de perder la semifinal de ida de La Liguilla en El Tec de Monterrey con un gol de 'Careca' Bianchezi en aparente fuera de lugar, mi papá volvía de un viaje a Monterrey –nos contaría que lo habían 'invitado' a ver ese partido en El Tec, pero que los boletos estaban muy caros y que rechazó la oferta–, mi mamá conducía el Sedán y nos dirigíamos al aeropuerto, pero, otra vez, el sonido de las intermitentes ejercía un poder hipnótico sobre mí y me hacía sentir como un niño de seis o siete años que estaba exhausto y que volvía a su casa en el auto familiar después de una fiesta en algún lugar remoto.  

Las circunstancias eran muy distintas. No sólo llovía como si fuera el fin del mundo y no sólo estábamos atascados en el tráfico: un millón de automovilistas enfurecidos y neuróticos hacían sonar los claxons de sus automóviles y nos echaban las luces encima en Circuito Interior. Por si fuera poco, los limpiaparabrisas del Sedán habían dejado de funcionar y el parabrisas estaba empañado y no podíamos ver nada del exterior.

Mis hermanos y yo íbamos en el asiento trasero del auto y mi mamá y mi abuelo iban en los asientos de piloto y de copiloto. Cuando la situación parecía más estresante para todos, el abuelo le dijo a mi mamá que detuviera el auto y que encendiera las intermitentes. Luego se bajó del Sedán y encendió un cigarrillo –entonces fumaba Raleigh– y mi mamá dijo (y yo pensé) que ese no era un momento apropiado para que él se pusiera a fumar, pero, después de dos o tres caladas, el abuelo deshizo el cigarrillo y esparció el tabaco en el parabrisas, se metió de nuevo en el Sedán y le dijo a mi mamá que condujera otra vez. 

Avanzamos y los automovilistas en Circuito Interior dejaron de echarnos las luces de sus autos encima y también dejaron de hacer sonar los claxons de sus automóviles. Continuó lloviendo como si fuera el fin del mundo pero el tabaco esparcido en el parabrisas del Sedán comenzó a aclarar el panorama y llegamos sin problemas al aeropuerto. 

Desde entonces, al abuelo, que era un hombre muy práctico y que siempre tenía un buen plan para resolver cualquier problema, le apodamos 'MacGyver'.

viernes, mayo 20, 2022

La radio toca mi canción favorita


Quiero escribir algo, pero me despiertan las terribles ganas de orinar que van materializándose lentamente en una forma humana que se abre camino hacia la vejiga. 
Presiento que la vejiga es como un globo a punto estallar y tengo que levantarme urgentemente de la cama, trastabillando y adentrándome en la realidad, como si mis deseos prohibidos me hubieran noqueado después de haber batallado contra mi conciencia durante doce rounds. 

Me tallo los ojos con el dorso de las manos y bostezo y asimilo el exilio del fantástico sueño que soñaba. Era una especie de Kyle MacLachlan mexicano en una película de David Lynch, y en el sueño nada tenía sentido excepto mis debilidades corporales y mis últimos pensamientos oscuros del día.

Me despabilo y me concentro en la penumbra de la habitación. Miro hacia un lado y hacia otro. El camino de partículas de aire que flotan aleatoriamente en la habitación cuando los primeros rayos del sol atraviesan las ventanas y las cortinas, apenas va anunciándose, como un embrión que apenas tiene un rasgo primitivo y cuya placa neural poco a poco irá invaginándose y convirtiéndose en ectodermo, en mesodermo y en endodermo. Luego pienso en cómo el resplandor de los primeros rayos del sol que emerge del horizonte todos los días al despuntar el alba, siempre parece quemar la silueta de las montañas. Estoy más dormido que despierto.

Tropiezo con los tres gatos que son dueños de mi cama y de mi existencia. Me han dado tantos momentos de felicidad y me han llevado a reflexionar tantas veces cuando estoy sucumbiendo ante las superficialidades de la vida, que no me importa si todas las noches me dejan un pequeño espacio en la cama.
 
Gatusso, el mayor de ellos, apenas se da cuenta de que ya regresé al mundo de los vivos, me hace saber que ya puedo darle su comida blanda de todas la mañanas y maúlla trágicamente, como siempre hace: como si no hubiera comido en varias vidas. Siempre tiene hambre. 

Como todos los días, Gatusso me persigue al baño y yo intento escabullirme de él y concentrarme en orinar y en abrir los ojos totalmente y en adentrarme en la realidad, pero él siempre va un paso adelante de mí y de algún modo parece siempre estar en el baño antes que yo, aun cuando yo sea quien abra la puerta.
 
Me mira y ronronea y se talla contra mis piernas, y me hace recordar aquellos años cuando los dos éramos más jóvenes y vivíamos primero en un departamento en Xola y luego en otro departamento en Pantitlán y todos los viernes yo volvía temprano del laboratorio y deseaba apagar mi conciencia por completo y olvidarme de las absurdidades de ciertas personas psicópatas con las que convivía a diario y emborracharme enloquecidamente, y entonces, apenas llegaba al departamento en turno, dejaba mis cosas allí y salía frenéticamente al Oxxo o a la tienda más cercana y compraba una cajetilla de Camel y varios litros de alcohol y volvía al departamento y ponía a Soundgarden o a Sonic Youth o a Radiohead o a Nirvana o a Dinosaur Jr. a todo volumen en el estéreo o iPod o grabadora en turno –Katz volvía tarde al departamento, y Gatusso era nuestro único gato– y medio leía algunas páginas de alguno de los libros de mis autores preferidos –desde Trakl y Heym, hasta Bukowski y Kerouac– mientras bebía y fumaba frenéticamente y cargaba la pipa y la encendía y la fumaba frenéticamente y tosía y acababa frenéticamente intoxicado.

Al cabo de un par de horas me sentía fatal, y Gatusso me acompañaba en los malos viajes, cuando la neblina del alcohol me hacía ver doble y moverme torpemente y cuando el estupor provocado por las otras sustancias estaba matándome y me ponía paranoico; cuando la ansiedad me estrangulaba lentamente y cuando mi cuerpo pedía a gritos que desechara todas los compuestos tóxicos que había consumido; cuando, invariablemente, acababa de horcajadas junto al excusado, hiperventilando, prometiéndome no caer en los excesos jamás y buscar otra forma de lidiar con el estrés, y tratando de devolver el estómago. 

Era un sujeto tan idiota que, luego, cuando me reponía, volvía a fumar y a emborracharme, o entraba en un estado casi comatoso y me tumbaba totalmente aniquilado en la cama, pero Gatusso siempre estaba allí, cuidándome.

Él siempre hallaba la forma de acostarse junto a mí y apoyaba su cabeza contra mi pecho y ponía su nariz felina a unos centímetros de la mía y me miraba como el Thundercat majestuoso de pelaje abundante que es –con sus ojos y con sus inmensas pupilas verticales y con sus iris amarillos que son como unas enormes ventanas de luz de otros mundos y que me hacen pensar en un poema de Baudelaire que leí en la adolescencia, cuando el amor era una estupidez salvaje, violenta e impura–, y ronroneaba y me confortaba y me hacía sentir seguro: me hacía saber que la pesadilla de los excesos –ese primitivo escape de la enfermiza relación que tenía con ciertas personas psicópatas con quienes convivía diariamente–, no era el fin del mundo y que, tarde o temprano, volvería a estar sobrio. 

Así que alimentarlo cada mañana cuando me pide insistentemente su comida blanda mientras me despabilo y me tallo los ojos y trato de conectarme con el mundo y orino, no representa nada, comparado con lo que él hizo por mí. Sin embargo, soy tan idiota que casi siempre me desesperan su insistencia y su apetito voraz.

Son otros tiempos. Gatusso y yo estamos más viejos y hemos vivido muchas cosas juntos, en distintos lugares. Ahora, corro 5 kilómetros al menos dos veces a la semana y bebo una o dos cervezas, o una o dos copas de vino, muy de vez en cuando, y, en estos días, cumplo seis años sin fumar. También me he librado de los psicópatas. 

Total, que, después de orinar, bajo a la cocina y enciendo el estéreo y pongo a un volumen moderado –Katz aún duerme– y en modo aleatorio una de mis playlists de Spotify y entonces suena “I of the mourning”, y me precipito hacia el refrigerador y lo abro y saco la lata de comida blanda para los tres gatos y busco sus tres platos esparcidos en los rincones de la cocina. 

Cuando los encuentro, les sirvo a cada uno de los gatos su porción de comida blanda y luego me siento en un sillón a escuchar tranquilamente esta canción de Smashing Pumpkins que suena en el estéreo y que me remonta a otros recuerdos sobre los cuales ya no podré escribir –esa es otra historia–, mientras ellos tres pastan felizmente como cabras y lamen con sus rasposas lenguas cada uno de sus platos, y entonces caigo en la cuenta de que no sólo hace siete años que no fumo, sino que hace ocho años fue mi examen de grado del doctorado. 

domingo, abril 24, 2022

Kiko Serratos


Hace muchos años, más o menos cuando tomé tu nombre de batalla de boxeador para abrir este blog; antes de decidirme a ponerle un nombre significativo y contundente a este blog; antes de que algunos integrantes de la familia desarrollaran la habilidad de contar chismes y de pasar desapercibidos, esparciendo rumores y consumiendo ansiolíticos, en las reuniones familiares, y juzgando, como en una telenovela de bajo presupuesto, a los demás (en lugar de ser juzgados); antes de que las benzodiacepinas les llevaran a perder la capacidad de discernir entre el bien y el mal a esos familiares, y de distinguir entre la fantasía de las telenovelas y la tragedia de la realidad, y se convirtieran en personas que generan desconfianza, cuando todos en la familia guardaban las apariencias y cuando los menores de edad (física y mental) respetaban a los mayores, tú y yo nos sentamos a fumarnos un cigarrillo en la sala de la casa de mis papás. 

Seguramente se celebraba algún cumpleaños, eran otros tiempos, y las reuniones familiares ocurrían varias veces al año, y allí, en la sala de la casa de mis papás, mientras todo mundo comía, bebía y bailaba, y mientras yo te alargaba la cajetilla de Camel y tú sacabas un cigarrillo y te lo llevabas a los labios y luego yo te lo encendía, me sonreíste, le diste una chupada al Camel, suspiraste y me preguntaste cómo iba mi vida, si ya iba a terminar la licenciatura, qué demonios significaban todos esos experimentos con animales de los que luego hablaba mi papá cuando te platicaba lo que yo hacía en la universidad.

No tenía gran cosa qué decir, todo era confuso en mi vida, la psicología experimental ya no me llenaba, ya no estaba tan convencido de la utilidad de los programas de reforzamiento para entender las habilidades numéricas en animales, no tenía ni novia ni amigos, ya no me interesaba mucho esa línea de investigación en la que había estado trabajando en los últimos años, así que te dije que no pasaba gran cosa, y te pregunté sobre ti, sobre tu pasado.

A lo mejor casi nadie te preguntaba sobre tu pasado, pero el hecho es que tu mirada cambió como si se hubiera extraviado en otros tiempos, y volviste a llevarte el Camel a los labios, pero con más lentitud que en la ocasión previa, y le diste una larga chupada y dejaste escapar lentamente el humo por la nariz, y así, con la mirada extraviada en otros tiempos, metiste la mano libre en uno de los bolsillos de tu chamarra –esa chamarra que usabas en primavera, en verano, en otoño y en invierno, esa chamarra con cuadros verdes y cafés y con cuello afelpado que a lo mejor te regaló mi papá en alguno de esos viajes extraños de fin de semana que hacíamos mis papás, la abuela, mis hermanos, tú y yo en el auto de mi papá, a San Mateo Atenco o a algún lugar similar que, en mi mundo infantil, parecía quedar al otro lado del mundo–, y me platicaste de tu etapa como boxeador, cuando compartías el ring con “El Mantequilla” Nápoles y te llamaban “Kiko Serratos”.

Me dijiste que estabas ganando varias peleas al hilo, que tenías un buen récord de knock outs, que tu carrera pugilística iba en ascenso, pero que nació mi papá y que entonces la abuela te puso un ultimátum: que escogieras entre el box y tu familia. 

Una idea llevó a otra y un cigarrillo llevó a otro –tal vez nos tomamos unas cervezas–, y terminaste contándome sobre tus primeros trabajos en la Ciudad de México, en una empresa de vajillas de porcelana, después de que te mudaste de Durango a Puebla, después de que viviste en Cholula varios años, después de que pasaste algunas noches en la calle, sin trabajo y sin dinero. Eras un nómada.

Me contaste que en esa época conociste a mi abuela en la Ciudad de México y que le regalaste una vajilla que compraste en esa empresa en la que trabajabas, y también me contaste que en esa época rentabas un cuarto en la casa de una señora y que luego esa señora te cobraba por todo –desde las comidas y la habitación y las sábanas y la almohada– y que la soportaste hasta que te robó todos tus ahorros.

Luego me dijiste que le enseñaste a boxear a mi papá cuando él era un niño y que una vez él fue a tu trabajo –ya no trabajabas en la empresa de vajillas– y que te llevó comida a la hora del almuerzo, y que allí organizaste una pelea de box, con guantes de box, entre él y el hijo de tu jefe –tu jefe les caía mal a todos y su hijo tomaba clases de box–, y que mi papá ganó esa pelea, y que él y tú guardaron ese secreto, que nunca le dijeron nada a la abuela, y que después comenzaron a repetirse esas peleas y que todos tus compañeros comenzaron a apostar y que mi papá siempre ganaba.

Creo que me contaste que con ese dinero de las apuestas le compraste una estufa a la abuela. O algo así.

Luego saltaste a otro tema, y me dijiste que te gustaba mucho el beisbol y que te aburría mucho el futbol, que más o menos recordabas algún partido entre el Necaxa y el Atlante en El Parque España, y que llegaste a ver varios partidos de beisbol en El Parque Deportivo del Seguro Social, mucho antes de que se convirtiera en una morgue en 1985 y mucho antes de que se convirtiera en Plaza Delta, y me hablaste de muchos nombres de jugadores y de equipos de beisbol mexicano y me dijiste que nunca habías ido a ver un partido de beisbol al Foro Sol (a donde luego se mudaron Los Diablos Rojos, creo) y yo te prometí que algún día iríamos a ver un juego de Los Diablos Rojos al Foro Sol, pero nunca me di tiempo para concretar esa promesa.

Desde niño te veía casi todos los domingos y prácticamente en todas las fiestas familiares, y algunas veces salíamos a algún lugar remoto en fin de semana, pero cuando entré al doctorado y me casé y me mudé a otra parte de la ciudad, te perdí la pista casi por completo. Quise hablar contigo por teléfono muchas veces, pero siempre me decían que no estabas disponible, que acababas de salir a alguna parte o que estabas ocupado. Te veía solamente en alguna fiesta familiar a la que asistía.

La comunicación fue haciéndose más difícil con el paso de los años. Luego me mudé a otro departamento y luego a una casa en otra ciudad y dejé de asistir a las fiestas familiares. Luego comenzó la pandemia. En ese tiempo apenas hablé tres o cuatro veces con mis papás, por teléfono, y no salí a casi ninguna parte. 

Cuando el Bayern se coronó campeón de la Champions League en Portugal, en agosto del 2020, y en febrero de este año, cuando tenía la cabeza metida en un concurso de evaluación curricular del que dependía mi trabajo durante el siguiente trimestre, hablamos por teléfono. No estabas en tu casa, sino en la casa de mis papás, y mi papá hizo las dos videollamadas desde su teléfono celular. Te veías como te recordaba y te costó un poco reconocerme –mi papá me había advertido que ya se te olvidaban las cosas–, pero lo lograste y bromeaste conmigo. 

En las dos videollamadas estabas viendo la televisión y casi no me prestabas atención ni me escuchabas –mi papá me había advertido que ya no escuchabas bien– y me hiciste recordar algunas ocasiones en las que fui a visitarte a tu casa cuando era un niño y estabas viendo televisión, concentrado totalmente en alguna película o en alguna telenovela. En esas videollamadas te noté un poco impaciente. Tal vez querías regresarte a tu casa. Tal vez ya no te gustaba estar fuera de tu casa. Tal vez no sólo ya se te olvidaban las cosas y tal vez no sólo ya no escuchabas bien: tal vez ya tampoco eras un nómada.

Hace precisamente un mes, el jueves 24 de marzo, cuando estaba a punto de salir a la universidad a dar una clase, Diego me mandó un WhatsApp y me dijo que habías muerto en la madrugada, y todos estos recuerdos estuvieron dándome vueltas en la cabeza hasta que hoy pude ponerlos en orden, aquí, en el blog que tiene tu nombre. 

sábado, octubre 03, 2020

Aparecieron todas estas palabras


Miraste el rostro estampado en mi playera y me preguntaste si se trataba del rostro del autor de Tarzán y te dije que no. Te aclaré que se trataba de uno de los escritores beatnik más famosos y que una de sus obras más célebres era Naked Lunch. Te iba a decir que William Burroughs es uno de mis autores favoritos y que de hecho había comprado esa playera en la que estaba estampado su rostro, afuera de la Cineteca Nacional, una tarde en la que Katz y yo habíamos ido a ver Birdman, pero esto ya no tenía sentido y no quería parecer pretencioso, y el momento pasó.

Llegamos a la fonda en la que comíamos casi todos los días. No había cumplido ni un par de meses trabajando en la universidad, pero ya teníamos más o menos esa costumbre. Poco a poco, en el lapso de otro par de meses, mi salud iría deteriorándose y tendría que verme forzado a comer exclusivamente dos o tres alimentos sin grasas y sin irritantes, y también tendría que rechazar tu invitación a comer en esa fonda, en múltiples ocasiones.

Mi salud empeoraría a tal punto en el que bastarían un poco de azúcar o un poco de grasa en cualquier alimento para hacerme vivir un infierno, para sofocarme entre las náuseas del reflujo gastroesofágico, mientras la ansiedad llegaba en oleadas y desaparecía paulatinamente.

Pronto acudiría con un gastroenterólogo y me realizarían algunas endoscopías y me adheriría a dos largos tratamientos de antibióticos, de sucralfato y de cinitaprida, durante casi diez meses –¡más de lo que dura un embarazo!–, ninguno de los tratamientos funcionaría, me iría sintiendo cada día más y más miserable, y, al cabo de un año y medio, terminaría en el quirófano, en una habitación sombría y helada como una cárcel, contándole al anestesiólogo a qué me dedicaba, conforme la anestesia surtía efecto y yo perdía la conciencia y vagamente recordaba un poema de Bernardo Ortiz de Montellano que escribió después de haber sido anestesiado y sometido a una cirugía y que leí en algún momento perdido en mi memoria, y, de ese modo, mientras la anestesia me doblegaba, los gastroenterólogos me abrían en canal y suturaban una parte de mi estómago con una parte de mi esófago.  

La muchacha que nos atendía en la fonda, y que parecía conocerte muy bien a ti y también a tu esposa –¿de cuántos años de comidas alrededor de las tres de la tarde, los conocía?–, se acercó a nuestra mesa y la limpió con destreza mientras le preguntabas cómo estaban ella y su hija y cuál era el menú de esa tarde. Ella te sonrió, te respondió y te dio el menú. Escuchaste atentamente y preferiste un huarache con bistec y una Coca-Cola. Generalmente elegías el menú, pero ese día que recuerdo, cuando traía a William Burroughs en el pecho, debió de ser viernes y los viernes cambiabas el menú por la carta. 

Mientras todo esto ocurría, tu esposa hablaba con otro investigador sobre algún congreso en Noruega al que asistirían dentro de unos meses. Como hasta la fecha suele pasar cuando estoy rodeado de personas, me sentía fuera de lugar. Al igual que había pasado con la conversación del autor de Tarzán, tenía muchas cosas que decir, pero le daba vueltas al asunto –no encontraba las palabras apropiadas–, y no quería decir algo muy bobo o muy pretencioso. 

También me sentía fuera de lugar porque estaba descubriendo cómo es la vida de un posdoc. Te imaginas que todo mundo te verá como un investigador novato, recién egresado del posgrado, con mucho entusiasmo para correr experimentos y poner sus ideas en un paper, y que, además, debe de tener algunas publicaciones y que debe de saber cómo es el arduo proceso de correr experimentos, analizar datos, escribir un manuscrito en inglés y enviarlo a revisión a una revista evaluada por pares, pero no es así: más bien, en general, los estudiantes y el personal administrativo, te ven como uno más, como si estuvieras decidiendo cuál licenciatura vas a estudiar. A veces hasta los mismos investigadores, que se supone que saben cuál es el arduo recorrido que uno debe recorrer para llegar al posdoc, te ven como un estudiante más.

Ese día que probablemente fue viernes, quizá estaba en estos pensamientos pesimistas sobre la vida de los posdocs, cuando hablaste con el entusiasmo que te caracterizaba. Tal vez hablaste sobre alguna marcha del 2 de octubre a la que asististe, o tal vez me contaste sobre tu experiencia en el terremoto de 1985, o tal vez me dijiste que le habías enviado a mi ex jefe algún correo electrónico que nunca te respondió, o tal vez me preguntaste qué clase de autor era William Burroughs y me dijiste que una de tus hijas había comenzado a leer cuando tu leías un libro de Jorge Volpi y que por esa razón ese libro era especial para ti... 

O, tal vez, todos estos recuerdos son implantados o transcurrieron en diferentes momentos que me parece que ocurrieron el mismo día, pero es seguro que nadie imaginaba cómo acabaría todo. 

No puedo creer que ya hayan transcurrido doce meses desde tu muerte. Aun no me he atrevido a pensar en los recuerdos que tengo de ti. Las últimas ocasiones en las que te vi –en una marcha en el Zócalo y en el examen tutoral final de una de tus alumnas de maestría–, hablamos poco. 

No quiero pensar en los detalles de aquel ensayo de mi examen de candidatura en el 2010, cuando te conocí. Tampoco quiero recordar cómo fueron las horas de los días en los que compartimos un espacio de trabajo durante cuatro años. Tampoco quiero pensar cómo fueron esos dos minutos que compartimos en el terremoto del 2017, en el tercer piso de un edificio que comenzaron a demoler hace unos meses.

Tampoco quiero recordar cuántos seminarios de cada miércoles por la mañana compartimos, ni en cuántas cenas de fin de año platicamos sobre diversos temas, ni con cuánto entusiasmo me platicabas sobre los intereses musicales de tus hijos y dabas por sentado que yo sabía leer partituras. 

Tampoco quiero recordar aquella plática que tuvimos sobre “el espejo de Venus” y “la flecha de Marte”, esa tarde en la que me enseñaste a identificar el sexo de ratas recién nacidas. Tampoco quiero recordar cómo me enseñaste a realizar condicionamiento de preferencia de lugar, ni cómo fue que me prestaste, para unos experimentos, un frasco de morfina de Sigma que guardabas por ahí. 

Ahora recuerdo el baby shower de tu hija más pequeña y las ocasiones en las que todas tus hijas nos visitaban en el cubículo cuando no tenían clases... o aquella ocasión en la que nos llevaste en tu camioneta de vuelta al departamento en el que vivíamos Liz y yo, después de haber estado toda la mañana –junto con todo el grupo de investigación– sacando las mesas, los escritorios y el equipo de ese laboratorio al que ya no podríamos volver, debido al terremoto.
 
Recuerdo que en algún momento del trayecto, tu esposa te llamó por teléfono y que hablaste con ella por el altavoz y que le dijiste que nos llevarías a nuestra casa y que luego irías de regreso a tu casa. Recuerdo la transparencia y el respeto con el que se hablaron los dos, y recuerdo que siempre recibí ese trato cada vez que hablé contigo o con ella. 

No quisiera ponerme a pensar en todas esas mañanas en las que nos saludábamos al llegar a la oficina en la que estuvimos asilados después del terremoto, ni en aquellas ocasiones en las que me contabas a dónde habían ido de vacaciones tu familia y tú, mientras te fumabas un cigarrillo y esperábamos a que terminaran de limpiar la oficina. 

No quisiera ponerme a pensar en aquellas ocasiones en las que platicábamos sobre películas, ni particularmente recordar aquella ocasión en la que te dije que acababa de ver en el cine la película de Freddie Mercury, porque recordaría que me dijiste que Queen era tu banda favorita y que me preguntaste si creía que la película era apta para menores de edad... 

Sin embargo, mientras intento terminar la discusión de un artículo que nunca me ha dejado satisfecho y mientras también procuro concentrarme en la lectura de uno de los temas que revisaré en una de las clases que impartiré la siguiente semana, no ha dejado de sonar en mi cabeza “The show must go on”, y aparecieron todas estas palabras.