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sábado, junio 29, 2024

tienes que ser una novela miniatura

«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo. 

Hace veinte o treinta minutos, cuando todo esto comenzó, puse un DVD que encontré el otro día, mientras limpiaba el mueble de madera en el que guardo decenas de discos compactos, de cassettes, de VHS's y de DVD's. Quién sabe cuándo compré el DVD, lo más seguro es que aún vivíamos en la CDMX, que tenía pocos meses el concierto de Pastel, del aniversario XXX de Fobia al que habíamos asistido, que en MixUp todavía vendían más discos compactos y vinilos que cómics, y que MixUp no se había convertido en un santuario de Taylor Swift. 

Cuando todo esto empezó, hace veinte o treinta minutos, la música me remontó a ese concierto de Fobia, a los días previos a ese concierto, cuando acababan de publicar mi primer paper como autor corresponsal, cuando acabábamos de ir hasta Polanco a las oficinas de Pengüin Random House a entregar el ejemplar de La chica de humo, esa burda novela que escribí para concursar por el Premio Mauricio Achar 2018. 

Estaba en otra frecuencia, en la realidad del presente, angustiándome por el futuro cercano y por la rutina de la incertidumbre, y pensando en cuánto necesitaba ir a la playa –confesándome Lo que realmente necesitas es ir a la playa y embriagarte con la brisa del mar–, pero la música de Fobia poco a poco fue hipnotizándome y cuando sonó “La Iguana” me acordé de lo importante que había sido esa canción cuando escribía esa burda novela. 

Llegó la parte del coro...

 Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no
Para que nunca me digas que no

... y me acordé de muchas cosas. 

Entonces, cuando escribía esa burda novela (que ahora tiene que ser una novela miniatura), escuchaba mucho esa canción. No sé por qué tenía la impresión de que el enamorado de Columba –la protagonista de La chica de humo–, escuchaba mucho esa canción y que pensaba mucho en Columba cada vez que la escuchaba. No sé por qué, a pesar de que la impresión era tan fuerte, nunca escribí nada sobre esta canción de Fobia en esa burda novela.

De pronto, me descubro aporreando el teclado de la MacBook Air como un boxeador enfurecido, como si hubiera heredado las habilidades pugilísticas de mi abuelo –¡el gran Kiko Serratos!–, porque el DVD de Pastel, del aniversario XXX de Fobia, reproduce una canción que no conozco, o que, creo, nunca haber escuchado. O, si lo he hecho, nunca le he prestado suficiente atención. Y me pregunto «¿Se trata de “Mundo Feliz”?» y, entonces, las imágenes resplandecen de tal forma en los límites de mi campo visual, que no puedo ignorar el televisor. 

El televisor es mi aliado, es mi entrenador personal, es quien me aconseja cuando suena la campana y termina un round y camino hacia una esquina del ring y me dice que no aporree a mi rival, que deje de aporrear el teclado de la MacBook Air, que me concentre, que vuelva a pensar en qué cosas estoy escribiendo, que últimamente el alcohol ya no ha sido un aliado sino un enemigo, que no divague, que las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo, que las drogas no deben ser el camino ni la meta, que las drogas sólo pueden sacar a la superficie lo que uno viene pensando desde hace tiempo, que las drogas no escriben novelas por arte de magia.

Hasta ahora sólo he escanciado tres o cuatro dedos de Jack Daniel's y alrededor de 300 ml de Coca Cola en un vaso de vidrio. Aún no le he dado un sorbo al whisky, pero sólo porque no quiero que este impulso de escribir, y que ha nacido con esta canción de Fobia, se muera. No he bebido sólo porque no quiero que este impulso que apareció cuando puse el DVD del aniversario XXX de Fobia, muera. 

Podría perderme y divagar en el millón de cosas que ocurrieron alrededor de La chica de humo, en cómo fueron los meses previos al concierto de Fobia, al que asistimos el viernes 21 de septiembre del 2018 en El Palacio de Los Deportes, cuando todavía vivíamos en Agua Caliente, cuando aún no nos mudábamos a Lerma de Villada, cuando ni siquiera sabía dónde está la universidad en la que trabajo actualmente porque he ganado tres evaluaciones curriculares y porque antes ocupé una causal; cuando tenía casi un año sobreviviendo con el estímulo económico del SNII, cuando estaba en el limbo, cuando ya no era posdoc, cuando (como ahora) tampoco había ninguna posibilidad de concursar por una plaza indeterminada; cuando el Edificio XYZ había sufrido daño estructural en el terremoto del 2017 y mis colegas de entonces y yo teníamos unos meses asilados en la oficina de divulgación de la ciencia, cuando esporádicamente entraban a esa oficina tres estudiantes de licenciatura –dos chicas y un chico– y me veían pero era invisible para ellos –¿indigno de su atención?– y ni siquiera me saludaban (¿qué será de ellos?, ¿habrán concluido satisfactoriamente sus licenciaturas?, ¿serán estudiantes de posgrado?, ¿sus tutores los tratarán como basura?, ¿ya tendrán varios papers como autores corresponsales?, ¿existe el karma...?); cuando, esporádicamente, una de esas chicas le decía a su tutora de licenciatura, a unos metros de mí, que quería cambiar su proyecto de tesis, que le interesaba más montar una línea de investigación sobre “sadomasoquismo en modelos animales” y su tutora la miraba con incredulidad y decepción; cuando llegaba a la oficina de divulgación de la ciencia otra chica que estudiaba la maestría y que sí me saludaba porque le había impartido algunas clases –¿se llamaba Rossana?– y siempre me preguntaba si ya había escuchado tal o cual canción de Faith No More, porque, al terminar una clase, le había comentado algo sobre una playera que ella llevaba puesta –la de la portada de un álbum de Daniel Johnston que hizo famosa Kurt Cobain– y entonces le recomendé escuchar a Sweet 75 –la banda que formó Krist Novoselic después de la muerte de Kurt Cobain– y porque ella me recomendó escuchar cualquier proyecto de Mike Patton y yo no me acordé en ese momento que él había sido el cantante de Faith No More.

Podría perderme y divagar más, enfocarme en que ahora ya no estoy en la zona, en que mis torpes dedos siempre chocan con una tecla que no quiero aporrear y en que tengo que estar corrigiendo una y otra vez lo que escribo, pero no quiero que este impulso muera.

«Una novela miniatura es lo que debes ser, tienes que ser una novela miniatura», me repito cuando he llegado a un punto muerto, cuando estoy perdido, cuando no sé qué más escribir, cuando el alcohol ya no es un aliado sino un enemigo, cuando las redes sociales ya no son un pasatiempo sino un obstáculo; cuando me dispongo a escribir otra vez La chica de humo, pero quiero que sea una novela miniatura, que tú la puedas leer en un solo día, que te transmita lo mismo que me transmite a mí esta canción de Fobia, o cualquier canción que a ti te guste, o cualquier cosa que te haga sentir en la zona, o cualquier cosa que a mí me guste, que nos guste a los dos, porque Fobia, en realidad, no es mi banda favorita, me cae bien Paco Huidobro, una vez me lo encontré en Guitar Gear y nos tomamos una foto y fue un tipo muy amable, sino porque Fobia, más bien, es una especie de “gusto culposo”, pero eso no importa, lo que importa es que tú y yo pasemos un buen rato, principalmente yo, que escribo para mí mismo, para darme gusto a mí mismo, porque necesito escribir.

viernes, mayo 24, 2024

Like A Rolling Stone


Esta novela la encontré en la sección de novedades de la sucursal de Gandhi de Francisco I.
Madero, un sábado cualquiera del 2016, y me llamó la atención por el título: Adiós A Dylan. A Dylan acababan de anunciarlo como ganador del Nobel de Literatura, y la crítica estaba dividida: ¿bastaba su trayectoria como músico, compositor y poeta, para otorgarle esa distinción...?, ¿era injusto darle ese premio a un personaje que no dedicaba su vida entera a la literatura...? 

Yo no conocía tanto a Dylan, sabía que él era un personaje muy influyente en la música, que Guns N' Roses había hecho una fabulosa versión de una canción suya –¡Slash, para interpretar en vivo “Knockin' On Heaven's Door”, tocaba una Gibson de doble mástil!–, que se le identificaba como un cantante folk que escribía canciones con un alto contenido de protesta social, que era el autor de “Like A Rolling Stone”, una de las mejores canciones de rock en la historia según la revista Rolling Stone, que “Like A Rolling Stone” Dylan la compuso en la década de los sesenta, que es tal vez su mayor éxito comercial, que esta canción marcó su saltó del folk al rock, que “Like A Rolling Stone” compitió en las listas de ventas con “Help!” de los Beatles, que la canción fue interpretada por Mick Jagger, por Jimi Hendrix, por David Bowie, por Johnny Thunders, que no es una canción sobre los Rolling Stones sino sobre la gente falsa, que se ha especulado quién es Miss Lonely –la protagonista de “Like A Rolling Stone”–, que la letra destila odio, venganza y compasión, que Cate Blanchet interpretó a Bob Dylan en una película del 2008, que Dylan ha escrito varios libros, que su narrativa es comparada con la poesía de Mallarmé y de Rimbaud, que sus admiradores –los bobcats– son de los más locos del mundo, que muchos de ellos no recibieron muy bien la época de Dylan en la que cambió la guitarra acústica y la armónica por la guitarra eléctrica... y creí que ese libro de la sección de novedades era una especie de Dylan para dummies.

Tomé uno de los ejemplares de Adiós A Dylan, y leí que su autor era Alejandro Carrillo, un joven veracruzano, que el libro no era una especie de Dylan para dummies sino que se trataba de una novela, que la novela había ganado el Premio Mauricio Achar 2015, que el Premio Mauricio Achar era un premio dirigido a autores jóvenes de novela, que ésa era la segunda edición del Premio Mauricio Achar, que el slógan de ese premio era “La oportunidad para los nuevos escritores”.

Entonces, leí la sinopsis. 

Al principio, había un párrafo tomado directamente de la novela, y me gustó. 

Luego, la sinopsis, como tal, decía que Omar era el protagonista de Adiós A Dylan, que Omar estaba obsesionado con Bob Dylan, que la novela “era una novela iniciática con influencia de la generación beat, que era una novela sobre los ídolos, los papás y los ideales de los que nos colgamos para crecer”. 

Eso ya no me gustó. Me hizo pensar en la importancia de la publicidad, en cómo la publicidad puede engañar a la gente, en cómo los lugares comunes pueden acercar o alejar a un público en particular. Me acordé de Leonel –el sujeto que impartía el primer taller de creación literaria que tomé en La Pirámide–, quien siempre nos advertía: si van a escribir algo de lo que todo mundo habla, busquen su propio lenguaje; no hablen como lo haría todo mundo, sino como ustedes lo harían; encuentren su propia voz.
 
En fin. Me llevé el libro a casa. Lizzie me preguntó de qué trataba, le dije que era una novela y que la sinopsis era un asco pero que le daría crédito al autor, que la publicidad podía ser engañosa, que quería saber cómo podían ser los bobcats, que quería saber quién podía ser Bob Dylan para un escritor.

Esperamos unos minutos el Uber en la calle de Tacuba, y todo el camino hasta el departamento me la pasé leyendo Adiós A Dylan. No debí de leer más de veinte páginas, pero me gustó mucho lo que leí. La narrativa sí tenía cierta influencia de los escritores beat, pero la trama era auténtica, Alejandro Carrillo tenía su propio estilo para contar que el protagonista de la novela no sólo era un bobcat, sino que cada aspecto de su vida estaba impregnado de referencias a Bob Dylan: a las letras de sus canciones, a los libros que se han escrito acerca de él, a los libros que él mismo ha escrito, a las convenciones y extraños juegos que organizan sus fanáticos alrededor del mundo, a los lugares en los que Bob Dylan vivió cuando decidió dejar a sus padres para dedicarse a la música, a los cafés en los que tocaba antes de volverse mundialmente famoso...  

Omar relacionaba todos sus éxitos y todos sus fracasos con el 
músico, poeta y cantante nacido en Duluth, Minnesota. Cada uno de los capítulos tenía por título el nombre de una de las canciones de Dylan. 
La trama se desarrollaba en la Ciudad de México, en Acapulco y en Nueva York. El protagonista se enamoraba de una chica que hacía porno amateur. Ella estaba enamorada de otra persona, pero Omar la idealizaba tanto que no podía aceptar su rechazo. Mientras intentaba olvidarla, viajaba a Estados Unidos, a un concierto de Bob Dylan, y aprovechaba el viaje para hacer un recorrido por los lugares que todo bobcat visitaba en esa ciudad. En ese recorrido, Omar tenía una especie de brote psicótico, y perdía contacto con la realidad, pero, irónicamente, ese brote psicótico, le ayudaba a encontrarse a sí mismo. 

Leí Adiós A Dylan en una semana, hace muchos años. Y te lo recomiendo.

domingo, junio 23, 2019

All In, Sinatra | Pedro Zavala (2018)


Con All In, Sinatra, Pedro Zavala fue uno de los dos ganadores del Premio Mauricio Achar 2018.

Hasta el 2019, ha habido cinco ediciones de este concurso de novela para jóvenes escritores y ésta es la segunda novela ganadora que leo*. El jurado siempre había dictaminado un solo ganador. En esta ocasión, hubo dos. 

Probablemente se deba a que participé en esta edición... o probablemente se deba a que lo primero que dijo uno de los miembros del jurado cuando Librerías Gandhi anunció a los ganadores, fue que Zavala había comenzado a escribir All In, Sinatra con una beca del FONCA... o probablemente se deba a que mi concepto de "joven escritor" involucra a un escritor que no es conocido, que no ha convencido a un comité especializado en Cultura y Arte para que le dé una beca por escribir y que quizá no tiene más de un par de novelas publicadas... pero tardé más de un año en decidirme a comprar la novela. 

Espero que esta reseña no refleje mi imparcialidad. 

All In, Sinatra es una novela que se desarrolla principalmente en casinos de Las Vegas. 

Génesis Montesinos, su protagonista, es un académico de edad avanzada, cuyos máximos logros han sido obtener un Doctorado en Letras y un cubículo en una Universidad. 

De algún modo (poco claro), viaja a Las Vegas decidido a acabar con su vida, pero gana una fortuna en un casino y esta experiencia cambia su perspectiva y lo lleva a despilfarrar en cosas innecesarias como un adolescente, a conocer a jugadores, a jóvenes outsiders y a mafiosos del mundo de las apuestas. 

La adrenalina de apostar y de enfrentarse a la posibilidad de perderlo todo, hace que Montesinos se sienta más vivo que en toda su vida y que se atreva a hacer cosas que nunca se habría atrevido a hacer, cuando lo más importante que había conseguido había sido el máximo grado académico y un cubículo en una universidad. 

Aunque el autor recurre al método de "hojas sueltas" del diario del protagonista, su narrativa y sus recursos literarios me parecieron originales. 

Zavala describe el mundo de los apostadores –de hecho, cada uno de los capítulos lleva por título algún término relacionado con el póker–, la personalidad psicopática de algunos apostadores, y los lujos, los excesos y las bajezas que los rodean. 

El sábado acabé de leerla. La lectura me llevó dos semanas. 

Sólo me resta hacer un par de preguntas: ¿acaso no hay concursos más ad hoc para escritores que son capaces de ganar una beca del FONCA...?, ¿hay algún concurso apropiado para quienes ni siquiera hemos intentado concursar por una beca del FONCA...? 


*Da click en el enlace, si quieres leer mi reseña de Adiós a Dylan, ganadora de la Edición 2016.

martes, julio 31, 2018

Piensa mal y acertarás


No había escuchado nada acerca de este premio hasta que leí Adiós a Dylan.

Bob Dylan había ganado el Nobel de Literatura y yo tenía algunos meses tratando de leer Tarántula y de escuchar algunos de sus álbumes.

Me estaba costando mucho trabajo leer ese libro -esperaba relatos, pero más bien se trataba de canciones escritas en prosa poética- y eso por alguna razón me impedía escuchar su música. 

Un sábado estábamos en la Librería Gandhi de Madero y me encontré la novela de Alejandro Carrillo en la sección de novedades. 

Aunque decía que era la novela ganadora del Premio Mauricio Achar, lo que más me llamó la atención fue el título. 

Según la sinopsis, se trataba de una historia cuyo protagonista admiraba a Bob Dylan y que atribuía todos sus éxitos y fracasos a su música.

Cuando acabé de leer la novela, decidí concursar en la siguiente edición del Premio Mauricio Achar. 



Al principio, tenía planeado concursar con una novela escrita ex profeso, pero llegué a un punto en el que la historia no fluía y opté por retomar una novela que empecé a escribir el día de mi cumpleaños treinta y tres. 


Esa novela estaba muy avanzada y según yo sólo requería algunos cambios. 


Tardé muchas semanas en decidirme, así que en el último mes antes de la fecha de cierre para la entrega de novelas inéditas, estuve escribiendo frenéticamente. 

Estuve tan enfocado en la escritura que todas las noches soñaba con la novela. 

Soñaba capítulos que aún no escribía y finales que no se me habían ocurrido.  
Me sorprendía despertando de sueños en los que estaba escribiendo. 

Terminé de escribirla un día antes de la fecha límite y al día siguiente llevé mi novela a las Oficinas de Penguin Random House. 

El edificio está en Polanco, a unas cuadras de Plaza Antara. 


Mi esposa y yo salimos del trabajo a la hora de la comida y llegamos a la recepción del edificio, alrededor de las cuatro de la tarde. 

Las oficinas de la editorial estaban en el primer piso.

Mientras subíamos en el ascensor, me sentía tan nervioso y estúpido como un adolescente que va por primera vez a hacer algo que sí le importa.


Estaba tan nervioso que me acordé de un relato de Baudelaire en el que decía que incluso la taquilla de un teatro podría representar el peor obstáculo para una persona insegura.  

A pesar de todo, tenía el presentimiento de que mi novela no era tan mala. 


En las oficinas de la editorial, un hombre de traje me dijo que podía dejar el manuscrito y el sobre con mis datos en un escritorio.

En el escritorio había decenas de sobres y decenas de manuscritos engargolados o empastados.

Le eché un vistazo a algunos de los seudónimos empleados por los autores de esos manuscritos. 
Eran francamente infantiles. Recuerdo en particular El Viajante Decimonónico, El Cronista Citadino y El Escribano de Relatos. 

Mi seudónimo era más simple e ingenioso. 

Tomé las iniciales de un famoso personaje cuyo caso clínico permitió la identificación de dos tipos de memoria y les agregué uno de los apellidos de un investigador con el que trabajo desde hace cuatro años. Es un apellido azteca. 

Dejé el ejemplar de mi novela en el escritorio, imaginando cuál sería la calidad de la mayoría de los manuscritos apilados allí (a juzgar por los seudónimos de sus autores) y cuáles serían las probabilidades de que a alguno de los jueces lo atrapara realmente mi novela. 

Después fuimos a comer a Antara y volvimos a la casa en transporte público. 

Al día siguiente no había labores en la universidad y nos acostamos tarde. No podía dejar de pensar cuál sería la probabilidad de que a alguno de los jueces del concurso en verdad le gustara mi novela, y no pude dormir.

Aún tenía el presentimiento de que no era tan mala. 

                                       

Tenía cuatro años cuando aprendí a escribir. 
Aunque mis profesores les preguntaban a mis papás si yo tenía amigos y si jugaba como los demás niños -era muy solitario en la escuela-, jugaba y veía caricaturas como los niños de mi edad, pero lo que más disfrutaba era escribir. 

Escribía historias en las que Mickey Mouse envejecía. Mientras lo hacía, me sentía poseído por una fuerza que jamás experimentaba cuando realizaba cualquier otra actividad. 

Cuando empezaron a atraerme las mujeres en la adolescencia, todo lo que escribía estaba relacionado con ellas.

Cuando empezó a interesarme la música, todo lo que escribía estaba relacionado con mis bandas favoritas. 

Cuando tuve mi primera novia, dejé de escribir. 
Me sentía tan feliz y pasaba tanto tiempo con ella que no podía escribir. 

(Hace tanto tiempo de eso.) 

Cuando la relación terminó, retomé la escritura y volví a tomar un taller de creación literaria.

Sólo había tomado uno durante la huelga de la UNAM en 1999.
Aunque en realidad fue más bien un taller de poesía y todo mundo despedazaba mis textos a la menor oportunidad, me resultó muy útil. 

Incluso aprendí a escribir décimas. 

Conocí a personas muy listas y amables -un poco outsiders- que me hicieron leer a autores que jamás habría conocido en esa época. 



Escribir es lo único que he hecho en los buenos y en los malos momentos de mi vida. Mi trabajo ideal involucraría leer y escribir acerca de lo que leo. Lo que hago se aproxima a ello, pero desde una perspectiva científica. 

Si fuera millonario, incluso sería capaz de pagar por escribir.

He escrito relatos, cuentos y novelas que abandono por largas temporadas. 
Me cuesta mucho trabajo quedar satisfecho con lo que escribo. 

Tengo este blog y Metastasis Of Sound desde hace más de diez años. 


Lo que publico en estos blogs es un ejercicio y está en constante cambio. 

Raras veces digo que escribo -no me agrada la gente que dice que escribe a la menor oportunidad-, pero cuando digo que escribo, tengo la impresión de que alguien puede creer que me refiero a lo que publico aquí. 

No soy tan engreído ni tan ingenuo. 

Cuando digo que escribo, no me refiero precisamente a lo que publico en estos blogs. Me toma semanas y meses escribir algo que realmente me importa. 

En la convocatoria del Premio Mauricio Achar 2018 decía que anunciarían a los ganadores en el mes de julio. Pasó la primera quincena del mes y no hubo ningún tipo de información. 

Conforme pasaban los días, se fue esfumando el presentimiento de que mi novela no era tan mala y fue cobrando más peso la idea de que era un texto mal escrito y aburrido. 

Así es cómo pienso de la mayoría de los textos que escribo.

Por esa razón, lo que publico en mis blogs cambia constantemente. 

12 de Agosto, 2018. Museo Nacional de Antropología. 
La semana anterior, Librerías Gandhi dio a conocer a los ganadores. 

Apareció el jurado en un Facebook Live desde El Foro Expresarte. 

No sé por qué, pero desde que vi al jurado y lo escuché hablar de literatura, supe que ninguno de ellos se habría sentido atraído por mi novela, incluso si hubiera sido lo único que pudieran leer por el resto de sus vidas. 

Empezaron a hablar de teoría literaria.

Pensé que ellos podrían ser como Bioy Casares y Jorge Luis Borges, subestimando la obra de Horacio Quiroga.  

Desde luego que no estoy comparándome con él. 

El jurado anunció que por primera ocasión habría dos ganadores.

Uno de ellos estaba en la conferencia de prensa y cuando lo entrevistaron dijo que había comenzado a escribir la novela ganadora con una beca del FONCA.

Uno de los jurados le hablaba con mucha familiaridad y decía cosas que implicaban que se conocían -probablemente tuvieron que estar en contacto algunas semanas antes de la conferencia- y otro de los jurados le dijo que le parecía que su novela estaba casi lista para publicarse. 

No he podido dejar de pensar en estas cosas. 


Necesito escribir más y concursar más, pero también conocer a gente que trabaje en editoriales. 

Da click aquí, para escuchar una canción de Bob Dylan que habla de mí

martes, mayo 01, 2018

Esta novela no es sólo la historia de un bobcat


Adiós a Dylan es una novela de Alejandro Carrillo.

Ganó el Premio Mauricio Achar el mismo año que
 el Premio Nobel de Literatura le fue otorgado a  Bob Dylan. 

El protagonista de la novela es un bobcat
. 

Cada aspecto de su vida está impregnado de referencias a Bob Dylan: a las letras de sus canciones, a los libros que se han escrito acerca de él, a los libros que él mismo ha escrito, a las convenciones y extraños juegos que organizan sus fanáticos alrededor del mundo, a los lugares en los que vivió cuando decidió dejar a sus padres para dedicarse a la música, a los cafés en los que tocaba antes de volverse mundialmente famoso...  


Todos sus éxitos y sus fracasos los relaciona con el 
músico, poeta y cantante nacido en Duluth, Minnesota.



Cada uno de los capítulos tiene por título el nombre de una de las canciones de Dylan. 

La trama se desarrolla en la Ciudad de México, en Acapulco y en Nueva York. 


El protagonista es un adolescente que se enamora de una chica que hace porno amateur. Ella está enamorada de otra persona, pero él la idealiza tanto que no puede aceptar su rechazo.  

Mientras intenta olvidarla, viaja a Estados Unidos a un concierto de Bob Dylan y hace un recorrido por los lugares que todo bobcat quisiera visitar en esa ciudad.

En ese recorrido, sufre una serie de contratiempos que lo llevan a perder contacto con la realidad y que, irónicamente, le ayudan a encontrarse a sí mismo. 




Cuando vi el libro en la sección de novedades de la librería, me llamó la atención el título.

Al principio, me pareció que era una biografía de Robert Allen Zimmerman.

Quería conocer su trabajo literario y creí que el libro podría incluir información que me acercara a la obra que lo había hecho acreedor al Premio Nobel. 
Tarántula me estaba costando mucho trabajo. 

La sinopsis p
rometía que la novela era el viaje de iniciación de un adolescente, a través de las letras de Bob Dylan. 
También me llamó la atención que hubiera sido la ganadora de un premio para jóvenes escritores.

Leí Adiós A Dylan en una semana.

No sólo me gustó, sino que me interesó en la música de Bob Dylan y me hizo creer en este premio. Tenía la impresión de que necesitabas comenzar a escribir una novela con una beca del FONCA, o escribir como un académico especializado en temas decimonónicos, para acceder a un premio con estas características.