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miércoles, febrero 14, 2018
Fuego amigo
Entré a un laboratorio de investigación, un año antes de ingresar al doctorado.
Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de aprender sobre el funcionamiento del cerebro y en convertirme en investigador que incluso corrí experimentos a la una de la mañana y estuve yendo regularmente al laboratorio durante las vacaciones de verano.
Tenía medio año contratado como profesor de asignatura en la Facultad de Psicología, y no tenía ningún problema por realizar el trabajo en el laboratorio.
Mi futuro tutor me dio una beca de estudiante de licenciatura alrededor de seis meses.
Eran como $2,000 al mes.
A los dos años y medio de haber ingresado al doctorado, ya tenía un par de publicaciones: una como colaborador y otra como primer autor.
Cuando aprobé mi examen de candidatura, mi entusiasmo comenzó a decaer.
A la mayoría de los estudiantes que estaban en el laboratorio en ese momento, les faltaba compromiso.
No asistían regularmente o llegaban tarde o rara vez tenían datos que mostrar en los seminarios de avances.
Yo tenía mis propios asuntos.
No me correspondía insistirles en que mostraran compromiso.
En una ocasión mi esposa enfermó y avisé a mi tutor que no iría al laboratorio.
Justamente ese día nos llegó la respuesta de una revista a la que había enviado mi segundo artículo como primer autor.
El artículo requería menores modificaciones para ser publicado.
Mi tutor me pidió que fuera inmediatamente al laboratorio a trabajar en las respuestas a los comentarios de los revisores, para contestarles ese mismo día.
Eso hice.
Cuando llegué al laboratorio, pasé a su oficina.
Mi tutor estaba feliz, porque el artículo estaba prácticamente aceptado.
Sonreía ampliamente, exhibiendo su dentadura.
Él estaba convencido de que la sonrisa había sido un mecanismo de agresión disfrazada, empleado por nuestros ancestros.
Lo decía frecuentemente en los seminarios estilo Journal Club que teníamos los lunes por la mañana.
En ese momento, no pude dejar de pensar en ello.
Había algo frívolo y maquiavélico en su actitud.
De repente, cambió su semblante.
Cruzó las manos a la altura del pecho y me dijo que era normal que mi esposa enfermara, sobre todo porque ella tenía sobrepeso.
Tratando de ser amistoso, me sugirió que no me preocupara tanto por su salud.
Tuve que apretar la mandíbula.
¿Realmente había dicho eso?
Ya sabía que mi vida le importaba un carajo, pero en ese momento lo confirmé.
Al siguiente día, me ausenté del laboratorio.
Estaba enojado. Amanecí con fiebre, náuseas, congestión nasal y dolor de estómago.
Obviamente, también le avisé.
Siempre nos decía que tuviéramos la cortesía de avisarle cualquier cosa que nos impidiera asistir al laboratorio.
Seguía dando clases en la Facultad de Psicología y en el posgrado tomaba una clase de Biología Molecular (¡me estaba costando mucho trabajo!), pero había hecho todo lo posible para no ausentarme del laboratorio ¡más de seis horas a la semana!
El doctorado es un trabajo que exige dedicación de tiempo completo -sin vacaciones, sin aguinaldo y sin prestaciones-, pero está permitido trabajar un máximo de ocho horas a la semana, en actividades ajenas al posgrado.
Casi todos los días que fui estudiante de posgrado, llegaba al laboratorio a las ocho de la mañana y salía alrededor de las ocho de la noche.
En el último año y medio, lo normal era que hasta las diez de la mañana sólo estuviéramos mi tutor, su investigadora asociada, una joven técnica que acababa de llegar al laboratorio y yo.
Ese día que me ausenté, no apareció ningún estudiante en el laboratorio.
Mi tutor enfureció y nos envió un correo electrónico a todos los estudiantes.
Aunque yo tenía prácticamente tres publicaciones -¡me faltaba la mitad del doctorado!-, él tuvo que anunciar públicamente en ese correo que yo no tenía ideas y que sólo seguía sus instrucciones.
Me molestó muchísimo.
Quise mandar todo al diablo.
Desde entonces, si lo pienso bien, perdí el entusiasmo.
Tuve que comenzar a beber alcohol cada fin de semana, para lidiar con la frustración.
No podía hacer nada más. Mi vida era el posgrado.
Se terminó mi beca de doctorado -insistí en terminar unos artículos que ya no necesitaba para titularme- y viví seis meses con mis ahorros y otros seis meses con una beca de licenciatura que él me dio.
Tuve que negociar con él.
Todo el tiempo que estuve en ese laboratorio, mi tutor formó parte de una sociedad que organizaba un congreso cada dos años.
Generaba datos tan constantemente que participé en todos esos congresos, con trabajos diferentes.
Al último congreso que asistí, llevé unos datos que tuve que explicarle.
Salió de su oficina y trató de ponerme en evidencia, frente a algunos estudiantes de licenciatura que estaban allí.
Le parecía absolutamente incomprensible la dosis y el vehículo que había empleado, así como la hora de administración de los fármacos.
Ya le había hablado del proyecto, pero no lo recordaba.
Con todo y esos elementos absolutamente incomprensibles para él, esos datos terminaron publicados en un artículo.
Cuando el artículo fue aceptado y los editores de la revista nos enviaron las galeras, él tuvo la osadía de cambiar la sección que especificaba la participación de cada autor.
Obviamente, puso que a él se le habían ocurrido los experimentos.
Tenía que reforzar la idea de que yo sólo seguía sus instrucciones.
En esa ocasión, tampoco dejó escapar la oportunidad de regañarme por correo electrónico.
Ese era mi cuarto artículo como primer autor con su grupo de investigación.
En las tres publicaciones previas, siempre fui yo el responsable de hacer el trabajo del autor corresponsal (subir al portal de cada revista, toda la información que requería cada una de ellas para considerar la publicación de nuestros manuscritos científicos), aunque no me dio el crédito ni para un artículo, y siempre lo puse a él como PhD.
Nunca recibí una queja de su parte, así que supuse que así estaba bien.
Sin embargo, en esa ocasión me insultó por correo electrónico y me preguntó dónde tenía la cabeza y si acaso yo no sabía que él también era MD.
Lo hizo para molestar nada más.
O para mostrarme quién tenía el poder.
Hace poco publicó un artículo con una parte de los datos que obtuve en su laboratorio.
Incluyó unas gráficas con esos datos, distintas a las gráficas que están publicadas en los trabajos originales.
Si me hubiera enterado de esa revisión, yo mismo habría realizado esos cambios.
Después de todo, yo generé esos datos y yo hice las gráficas.
Incluso habría aportado algo más para ese artículo de revisión.
(Ni siquiera me puso en los agradecimientos de ese artículo de revisión.)
Soñé que alguien a quien admiro, me juzgaba sin conocer todos estos detalles.
No he podido dejar de pensar en ese sueño y tuve que escribir todas estas palabras.
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martes, junio 23, 2009
Una vez tocaron Nos Llamamos y Candy en un feo bar de Santa Úrsula

Llovía intensamente, y la gente corría en la calle, en busca de refugio. Tuve la impresión de que las llantas de los automóviles patinaban en el asfalto y de que emitían el mismo sonido que emite el unicel cuando alguien lo rompe.
La música sonaba a todo volumen, adentro del Jetta rojo de mi papá. Rasheed, un amigo de la banda que siempre los acompañaba a todas partes y que había sido el baterista en algún periodo, puso en el estéreo un disco de David Bowie. Cuando sonaba Rebel, Rebel se sintió inspirado y empezó a decir tonterías que me parecieron de lo más graciosas. Él y yo habíamos bebido y fumado poco antes de salir a la calle, y todo nos parecía hilarante.
Estábamos a unas cuadras del Estadio Azteca. Íbamos a un bar en donde tocarían Nos Llamamos y Candy. Yo nunca había escuchado a Candy, pero Rasheed me había dicho que su música no sonaba muy distinta a la de otras bandas de garage, pero que tenían un bajista fenomenal, y yo tenía curiosidad por confirmarlo.
El bar era el enorme patio de una casa, y el ambiente parecía más el de una tardeada que el de un bar con música en vivo. Había chavitos no mayores a veinte años y que se veían más interesados en bailar y beber tequila que en escuchar música en vivo. Todo ese ambiente me decepcionó.
Estuvimos sin hacer nada realmente, alrededor de una hora, hasta que llegó Candy. De inmediato, noté que a ellos también los había decepcionado el lugar. Eran sólo dos hombres y una mujer. Mientras ellos acomodaban sus instrumentos, vi a la mujer acomodar un Fender Bass Precision y supe a qué se había referido Rasheed cuando me había dicho que tenían un bajista fenomenal.
Cuando Valentina se puso el bajo eléctrico -y probablemente cuando comenzó a tocar las primeras líneas de Butterfly- me pregunté por qué nunca me había interesado tener una novia así, una novia que tocara en una banda. Por alguna razón pensé que sería sensacional conocerla y sin embargo no hice ningún intento por acercarme a ella. Me dio la impresión de que tal vez el guitarrista era su pareja, y no quise incomodar a nadie.
Cuando salimos del bar, Candy y Nos Llamamos se pusieron a platicar. Me subí al Jetta rojo de mi papá y allí los esperé con Rasheed. Después de un rato, los de Candy subieron a un Jetta blanco y Nos Llamamos volvieron al auto. Estaban sumamente molestos porque Candy había exigido más dinero que ellos, para pagarle a su mánager.
A la distancia, vi a Valentina. Ella estaba sentada en el asiento del copiloto, y me pareció que hacía una cara que significaba que todos le habíamos caído mal. Tal vez sólo estaba decepcionada del lugar.
***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.
jueves, diciembre 20, 2007
Bienvenido al club de los 27
Hoy cumplo 27 años.
Siempre creí que ya tendría clarísimo de qué viviría a esta edad.
Apenas voy a ingresar al doctorado y soy profesor en la universidad, pero lo que hago no me alcanza para nada. Pagan algo simbólico por impartir clases, a menos que seas profesor de tiempo completo definitivo.
Tengo poco más de tres meses en el laboratorio donde pienso estudiar el doctorado. Me entusiasma conocer el campo de las neurociencias.
He estado corriendo experimentos por la madrugada y, aunque los resultados obtenidos no fueron un gran hallazgo, la experiencia de estar solo en el laboratorio, trabajando, fue muy gratificante.
Hoy estoy de malhumor, quisiera que nadie me hablara.
No he podido escribir nada que me satisfaga.
No tengo el mismo tiempo libre que antes.
A veces envidio la ociosidad.
A veces odio que la vida tenga sentido en el mundo y no en una hoja de papel.
Quisiera dormir todo el día.
miércoles, febrero 07, 2007
Chez Memono
Estaba el baterista de Los Silencios Incómodos platicando animadamente con un tipo calvo, en un rincón de la casa de Memono. La casa era enorme, como un penthouse, y estaba atestada de adolescentes con ganas de divertirse.
Eran casi las 10 de la noche cuando te acercaste a los dos sin ningún pudor, porque ya estabas borracho. En ese momento el tipo calvo alardeaba que sabía quién abriría el concierto de Sonic Youth del 24 de febrero en el José Cuervo Salón, pero se limitó a decir: "Va a estar bien".
Mientras le encendías a Edwin un cigarrillo y pensabas que su banda era ideal para Sonic Youth, le dijiste al tipo calvo: "La primera vez que vinieron les abrieron Las Ultrasónicas, y estuvo horrible. La cantante nada más se subió al escenario y empezó a mentar madres..."
Luego te fuiste, para distraerte en otros asuntos. No querías pensar en la chavita que te traía loco porque te rechazaba. Ella te hacía sentir como uno de los adolescentes que había atestado la casa de Memono.
Había una tipa que dijo llamarse "Yenisa" -según ella, su nombre significaba ojo de agua en zapoteco-, y estaba sentada afuera del baño en un extraño sillón de cuero. Ella lucía aturdida por la droga, y te contó que no toleraba el humo del cigarrillo porque tenía un virus, de esos que sólo te imaginas en cuentos, que le causaba asfixia cada vez que aspiraba el humo de un cigarrillo. Te sentiste mal y apagaste lo que restaba del Camel que estabas fumándote, aunque Yenisa en ningún momento mostró síntomas de asfixia. Luego te fuiste, para distraerte en otros asuntos. No querías pensar en la chavita que te traía loco porque te rechazaba.
Había otra mujer sentada en las escaleras. Dijo que estudiaba en la ENAP, y dio por hecho que eras un ignorante y que no tenías idea de qué clase de escuela era la ENAP, así que te empezó a hablar de diseño.Ya comenzabas a aburrirte, y tuviste que preguntarle tonterías:
"¿Sabes algo de Backbeat? Es la película sobre el beatle que nunca llegó a ser famoso... ¿Sabías que en el soundtrack de la película tocan miembros de Sonic Youth, de R.E.M., de Soul Asylum y de Nirvana...?"
Comenzaste a aburrirla, y entonces proseguiste:
"¿Qué piensas de los covers? Yo creo que un buen cover te lleva a escuchar la canción original... ¿Cuál crees que sería un cover rotundo? ¿Qué? ¿Bar Tacuba? ¡Pero en jazz...!"
"¿Qué piensas de los covers? Yo creo que un buen cover te lleva a escuchar la canción original... ¿Cuál crees que sería un cover rotundo? ¿Qué? ¿Bar Tacuba? ¡Pero en jazz...!"
En cuanto supiste que a ella le gustaba Café Tacuba, y en especial esa canción, mejor te largaste. Justamente esa banda era la favorita de la chavita en la que no querías pensar y justamente esa canción te hacía pensar en las veces que te habías emborrachado para encontrarle una razón a su rechazo.
***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.
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miércoles, enero 24, 2007
En el Hayastán

Ella quería ir al Alicia, pero mi hermano tocaba esa misma noche en el Hayastán. Así que la convencí y decidió dejar para otra ocasión a Los Silencios Incómodos. Llegué solo a Regina 18 alrededor de las 8 p.m. Bebí unas cuantas cervezas hasta que me sentí bien. Ella no llegaba y yo sólo pensaba que tenía que decirle algo que se me había ocurrido respecto a la relación que teníamos. Algo respecto a que me sentía abusivo y que ya no podía más.
Conforme el tiempo pasaba, pensaba que me dejaría plantado y que eso sería lo mejor.
Entonces fue extraño. Ella llegó alrededor de las 10:30 p.m. con su hermana y con el novio de su hermana. Nunca había pasado que me divirtieran tanto los celos de alguien. El tipo me miraba insistentemente como si yo fuera una mala persona. Claro, yo soy mayor que su cuñada, pero eso no significa que yo sea una mala persona. Ella me dijo que el novio de su hermana es hijo único y que por eso no confiaba en mí y no podía dejar de mirarme insistentemente. En ese momento recordé lo que pensaba decirle, pero decliné. Si no hubiera aparecido el novio de su hermana con esa actitud, lo más probable es que no hubiera declinado y no estaría en este momento planeando volver a verla.
Después de todo, la noche del sábado fue divertida. Ella me había dicho que no quería conocer a mis amigos, porque 'tenía miedo' que les pareciera demasiado estúpida. Yo le dije que eso no iba a pasar porque nunca salía con nadie y probablemente para ellos sería más sorprendente que yo estuviera acompañado y no les importaría quién me acompañaba. Jamás imaginé que unas semanas más tarde todo sería tan distinto, porque ella volvería con su novio y yo no podría dejar de echarla de menos. Jamás imaginé que me sentiría abatido como cualquier adolescente extrañando a cualquier Maggie Cassidy.
Al final ni siquiera yo mismo recordé a mis amigos que ya andaban por allí y dejé de pensar en el novio de su hermana.
Estuvimos así, divertidos, un rato. Luego, se fue.
Al poco rato apareció una tipa que me cae muy muy mal. Se acercó a la mesa donde estábamos, y nadie le hizo caso. Creo que en realidad nos cae mal a todos.
No vale la pena detestar a nadie, por mucho que esa persona te haga el feo cada vez que tiene oportunidad, pero a veces es lo mejor, lo más sano.
miércoles, enero 10, 2007
Asesino mi imaginación
No se cuántos días he permanecido acostado.
Los días transcurren sanguinolentos, como una burbuja de aire atrapada en el pecho.
Los días van dejando resabios de melancolía en la almohada.
Me estiro en la cama y no me decido a levantarme. Sólo sé que siempre miro el reloj cuando marca las 3 a.m. y me siento lánguido.
Estaba soñando que mis papás y yo visitábamos una enorme biblioteca y que la biblioteca se convertía en un centro comercial. Una vendedora que vestía uniforme de color verde, nos guiaba a través del lugar. De repente, la mujer se convertía en un libro con ojos y cabello, y mientras avanzaba como un ent desprendía un agradable aroma a ébano.
Ella se detenía en un rincón de la tienda, y exclamaba: 'Bien, queridos visitantes, ahora es el momento de presentarles este nuevo producto...', y su rostro se deformaba poco a poco, de la misma forma en que una hoja de papel a la que se le ha prendido fuego. Empezaba a tener una crisis de pánico, cuando ella volvió a aparecer como la vendedora que vestía uniforme verde. Entonces exhibió el producto, que era realmente nuevo. Se trataba de una enciclopedia de los nahuales. Ella me alargaba un volumen de la enciclopedia y yo le echaba un vistazo. Naturalmente hallaba un montón de artículos de Carlos Castaneda. En el índice, destacaban una serie de títulos muy inquietantes, tales como: Respiros de fe, Lamentaciones de oxígeno, Cuarentena de la percepción...
Y en fin, me decido. Me quito las cobijas de encima, pongo un pie en el suelo y... enciendo el televisor para asesinar mi imaginación.
***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.
martes, agosto 22, 2006
Su cabellera habría sido como un arco iris en mis manos
No tenía muchas ganas de ir, pero mi ex había estado llamándome insistentemente por teléfono en los últimos días. Le había prometido que iría a visitarla pronto –más por condescendencia que por interés– y ella y su esposo ya habían hecho planes –aparentemente, contaban conmigo para cubrir parte de la renta mensual de la casa en la que vivían– y yo no podía dejarlos colgados.
Salí del DF un jueves y llegué a Playa del Carmen un sábado al mediodía.
Todo el trayecto estuve dormitando en el autobús, sintiéndome mal y pensando por qué diablos hacía ese viaje. (¿Para qué demonios iba a visitar a mi ex?, ¿acaso quería saber si su esposo la trataba bien...?)
Prefería estar en mi casa.
Prefería estar en mi casa.
En cuanto llegué a Playa, estuve llamándola por teléfono desde la terminal del ADO –un día antes, habíamos acordado por teléfono que yo haría eso y que ella pasaría a recogerme– y sin embargo ella nunca contestó. La esperé durante horas.
Odié estar allí, en la sala de espera, sin poder moverme a ningún lado. No tenía la dirección de la casa que ella y su esposo rentaban, y ni siquiera podía irme a la playa a pasar el rato. (¿Quién cuidaría mi equipaje...?)
Mientras las horas pasaban y yo intentaba comunicarme con mi ex, no podía dejar de pensar que había tomado una mala decisión. Me sentía estúpido.
Odié estar allí, en la sala de espera, sin poder moverme a ningún lado. No tenía la dirección de la casa que ella y su esposo rentaban, y ni siquiera podía irme a la playa a pasar el rato. (¿Quién cuidaría mi equipaje...?)
Mientras las horas pasaban y yo intentaba comunicarme con mi ex, no podía dejar de pensar que había tomado una mala decisión. Me sentía estúpido.
Después de casi 3 horas de espera, ella finalmente apareció y se disculpó. Me dijo que había tenido un contratiempo.
La casa que ella y su esposo rentaban estaba a unas cuadras de la playa. Tenía dos plantas. En la planta baja había una sala comedor y dos habitaciones –una de ellas daba a un patio con alberca que compartían todas las casas de esa unidad habitacional–, y en la planta alta había otras dos habitaciones. Una habitación daba a la calle y la otra habitación tenía terraza y daba a la alberca. Todas las habitaciones contaban con baño completo propio.
Me instalé en la habitación del primer piso que daba a la calle y me quedé solo otro par de horas, fumando e intentando escribir.
En esa época leía a Javier Marías y la lectura me estaba resultando insoportable. Era una novela sobre embarcaciones y millonarios con yates.
Todo lo que yo escribía estaba influenciado por el lenguaje de ese escritor y era espantoso.
En esa época leía a Javier Marías y la lectura me estaba resultando insoportable. Era una novela sobre embarcaciones y millonarios con yates.
Todo lo que yo escribía estaba influenciado por el lenguaje de ese escritor y era espantoso.
Por la noche, ellos dos regresaron y salimos a beber a un bar, ella, su esposo y otro tipo que también vivía en la casa y que había estado durmiendo mientras yo fumaba e intentaba escribir.
El tipo era de León y según él había estudiado gastronomía en el TEC de Monterrey y trabajaba como chef en un hotel de lujo.
(Todo el tiempo que estuve en Playa, se la pasó preguntándome si quería fumar marihuana y contándome los tips que usaba para pasar el examen de orina que regularmente le hacían en el hotel.)
El tipo era de León y según él había estudiado gastronomía en el TEC de Monterrey y trabajaba como chef en un hotel de lujo.
(Todo el tiempo que estuve en Playa, se la pasó preguntándome si quería fumar marihuana y contándome los tips que usaba para pasar el examen de orina que regularmente le hacían en el hotel.)
En ese bar al que acudimos, trabajaba una amiga de todos ellos. Se llamaba Penélope y supuestamente estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras, en Ciudad Universitaria, pero tenía varios meses viviendo en Playa.
El bar era como un bar de Coyoacán y estaba lleno de turistas con aspecto de hippies.
Sonaba a todo volumen un interminable beat de música electrónica.
Me sentí fuera de lugar.
Sonaba a todo volumen un interminable beat de música electrónica.
Me sentí fuera de lugar.
No me gustaban esa clase de lugares, las bebidas eran increíblemente caras y no estaba acostumbrado a tratar con personas como las que había en el bar.
Los comensales hablaban de viajes alrededor del mundo y de antros que estaban de moda.
Penélope se sentó en nuestra mesa un rato.
Nos habló "de lo loco" que se había puesto el ambiente una noche antes en el bar y sugirió que esperáramos a que terminara su turno y fuéramos todos juntos a un antro.
En algún momento, me levanté al baño y Penélope me acompañó.
A la entrada de los baños, ella me preguntó cuál de las dos puertas tenía el símbolo que correspondía al del baño de mujeres, porque siempre se confundía.
Quise saber si lo preguntaba en serio –¿acaso no trabajaba en ese bar?–, y ella frunció el ceño y esperó mi respuesta. Le expliqué que uno de los símbolos hacía referencia al Espejo de Venus y que el otro hacía referencia a la Flecha de Marte.
Ella dijo Muy interesante con una cara de pocos amigos, bostezó y se metió al baño de mujeres.
Los comensales hablaban de viajes alrededor del mundo y de antros que estaban de moda.
Penélope se sentó en nuestra mesa un rato.
Nos habló "de lo loco" que se había puesto el ambiente una noche antes en el bar y sugirió que esperáramos a que terminara su turno y fuéramos todos juntos a un antro.
En algún momento, me levanté al baño y Penélope me acompañó.
A la entrada de los baños, ella me preguntó cuál de las dos puertas tenía el símbolo que correspondía al del baño de mujeres, porque siempre se confundía.
Quise saber si lo preguntaba en serio –¿acaso no trabajaba en ese bar?–, y ella frunció el ceño y esperó mi respuesta. Le expliqué que uno de los símbolos hacía referencia al Espejo de Venus y que el otro hacía referencia a la Flecha de Marte.
Ella dijo Muy interesante con una cara de pocos amigos, bostezó y se metió al baño de mujeres.
Al cabo de una hora más o menos, terminó el turno de Penélope y salimos de ese bar.
Mi ex, su esposo, el tipo de León y Penélope querían ir a bailar y continuar bebiendo.
Mi ex, su esposo, el tipo de León y Penélope querían ir a bailar y continuar bebiendo.
Yo no quería acompañarlos y me seguía sintiendo fuera de lugar, pero ¿qué podía hacer?, ¿volver a la casa, a fumar y a escribir...? ¡Ni siquiera había aprendido bien el camino de vuelta a la casa!
Mientras caminábamos al antro, no dejaba de pensar que había tomado una mala decisión al viajar a Playa del Carmen y que probablemente iba a gastarme todo el dinero de mi primer trabajo como profesor de asignatura en la renta de una casa y en bebidas fancy.
Quería estar en mi casa, leyendo –incluso a Javier Marías–, acostado en la cama, fumándome un cigarrillo.
Mientras caminábamos al antro, no dejaba de pensar que había tomado una mala decisión al viajar a Playa del Carmen y que probablemente iba a gastarme todo el dinero de mi primer trabajo como profesor de asignatura en la renta de una casa y en bebidas fancy.
Quería estar en mi casa, leyendo –incluso a Javier Marías–, acostado en la cama, fumándome un cigarrillo.
Llegamos a La Santanera, un antro de moda escandaloso y lleno de turistas con aspecto de preppies.
Una cumbia o una salsa sonaba a todo volumen –jamás en mi vida había acudido voluntariamente a un lugar con ese tipo de música– y todo mundo allí parecía estar pasándosela excelente.
Una cumbia o una salsa sonaba a todo volumen –jamás en mi vida había acudido voluntariamente a un lugar con ese tipo de música– y todo mundo allí parecía estar pasándosela excelente.
Las mujeres que abarrotaban el lugar, usaban vestidos casuales que dejaban poco a la imaginación. Se veían ebrias y felices y sus bronceados impecables incluso eran visibles bajo las tenues luces del antro.
Eran muy guapas, y lo primero que pensé fue que yo no tenía ninguna oportunidad con ellas.
Obviamente, yo no era el tipo de hombre que solía visitar esos lugares e involucrarse con mujeres guapas a las que les gustaba beber Cocomber Passion y Margaritas de sabores.
Volví a sentirme incómodo.
Eran muy guapas, y lo primero que pensé fue que yo no tenía ninguna oportunidad con ellas.
Obviamente, yo no era el tipo de hombre que solía visitar esos lugares e involucrarse con mujeres guapas a las que les gustaba beber Cocomber Passion y Margaritas de sabores.
Volví a sentirme incómodo.
Ya estaba un poco ebrio, así que no pude evitarlo y comencé a divagar.
En general, las mujeres de La Santanera se parecían a las alumnas de la Ibero.
En particular, me fijé en una de ellas. Era de tez blanca y de cabellera ensortijada y rubia. Tenía los ojos de color verde, pero resplandecían en la penumbra como los ojos de los búhos. Se parecía una alumna que me había gustado.
La mujer que se parecía a Mariana, se dio cuenta de que yo la miraba insistentemente.
Ella vestía una falda de lino que dejaba al descubierto sus piernas.
También usaba una blusa escotada. Era imposible no vislumbrar su entreseno.
Me devolvió la mirada.
Por un segundo, temí que armara un escándalo y que gritara que yo la acosaba.
Ella sostenía una Piña Colada.
Bajó la mirada.
Se llevó la copa a los labios, lentamente.
Estaba tan ebria que apenas podía controlar el movimiento de su mano.
Le dio un pequeño sorbo a la bebida.
Luego, alzó la vista y clavó sus ojos de búho en los míos.
¡En verdad se parecía a Mariana!
Me miró tímidamente y me sonrió, mientras usaba uno de sus largos dedos para mover la pajilla alrededor de la copa.
La escena me hizo sentir parte de una película cursi.
En general, las mujeres de La Santanera se parecían a las alumnas de la Ibero.
En particular, me fijé en una de ellas. Era de tez blanca y de cabellera ensortijada y rubia. Tenía los ojos de color verde, pero resplandecían en la penumbra como los ojos de los búhos. Se parecía una alumna que me había gustado.
La mujer que se parecía a Mariana, se dio cuenta de que yo la miraba insistentemente.
Ella vestía una falda de lino que dejaba al descubierto sus piernas.
También usaba una blusa escotada. Era imposible no vislumbrar su entreseno.
Me devolvió la mirada.
Por un segundo, temí que armara un escándalo y que gritara que yo la acosaba.
Ella sostenía una Piña Colada.
Bajó la mirada.
Se llevó la copa a los labios, lentamente.
Estaba tan ebria que apenas podía controlar el movimiento de su mano.
Le dio un pequeño sorbo a la bebida.
Luego, alzó la vista y clavó sus ojos de búho en los míos.
¡En verdad se parecía a Mariana!
Me miró tímidamente y me sonrió, mientras usaba uno de sus largos dedos para mover la pajilla alrededor de la copa.
La escena me hizo sentir parte de una película cursi.
Consideré la posibilidad de acercarme a Mariana.
Imaginé que le acariciaría la cabellera y que entonces le diría que su cabellera era un arco iris en mis manos y que ella volvería a darle una bebida a su Piña Colada y que me sonreiría de nuevo y que tal vez conversaríamos durante algunos minutos y que luego nos iríamos a un lugar apartado de todo ese bullicio de cumbia o de salsa y que terminaríamos besándonos, pero, justo en ese momento, un hombre musculoso, con los brazos llenos de tatuajes tribales y con un corte de cabello tipo mohawk, apareció de la nada y empezó a coquetearle a Mariana.
Imaginé que le acariciaría la cabellera y que entonces le diría que su cabellera era un arco iris en mis manos y que ella volvería a darle una bebida a su Piña Colada y que me sonreiría de nuevo y que tal vez conversaríamos durante algunos minutos y que luego nos iríamos a un lugar apartado de todo ese bullicio de cumbia o de salsa y que terminaríamos besándonos, pero, justo en ese momento, un hombre musculoso, con los brazos llenos de tatuajes tribales y con un corte de cabello tipo mohawk, apareció de la nada y empezó a coquetearle a Mariana.
Ella se olvidó de mí y le sonrió al hombre de tatuajes tribales de la misma forma en que me había sonreído.
Aunque cubrí mi renta de un mes, sólo estuve quince días en Playa del Carmen.
Nunca me adapté a la vida que llevaban mi ex, su esposo y sus conocidos.
Todos los días, me sentí fuera de lugar.
Me levantaba alrededor de las nueve de la mañana.
La casa estaba sola.
Me salía a caminar y a desayunar.
Volvía a la casa a fumar y a escribir.
Estuve tan incómodo que ni siquiera me metí a nadar a la alberca de la casa.
Tampoco me metí a nadar al Mar Caribe.
Siempre iba solo.
(¡Qué diferente habría sido todo, si hubiera ido acompañado por una mujer!)
Entre el desayuno y la comida, ocasionalmente salía a buscar un empleo, sabiendo que no me interesaba meterme a trabajar de hostess o de guía de turistas.
Me la pasaba caminando varias horas por La Quinta Avenida, viendo a las mujeres que iban por ahí tomadas de la mano de sus parejas, vistiendo diminutos trajes de baño o pantaloncillos transparentes que dejaban a la vista su ropa íntima.
Me la pasaba caminando por la playa. Siempre había algún grupo de habilidosos niños descalzos jugando futbol bajo los abrasivos rayos del sol.
Siempre me lamentaba de que no tuvieran la oportunidad de llegar a algún equipo de Primera División.
Jugaban como brasileños –mil veces mejor que varios futbolistas profesionales de La Liga de Futbol Mexicana– y estaba convencido de que varios de ellos podrían jugar una Copa del Mundo y llevar a la Selección Nacional al quinto partido, si un visor los descubría y les daba la oportunidad de convertirse en jugadores profesionales.
Sobreviví mis días en Playa del Carmen, comiendo en una pizzería Amore y fumando Argentinos.
Nunca me adapté a la vida que llevaban mi ex, su esposo y sus conocidos.
Todos los días, me sentí fuera de lugar.
Me levantaba alrededor de las nueve de la mañana.
La casa estaba sola.
Me salía a caminar y a desayunar.
Volvía a la casa a fumar y a escribir.
Estuve tan incómodo que ni siquiera me metí a nadar a la alberca de la casa.
Tampoco me metí a nadar al Mar Caribe.
Siempre iba solo.
(¡Qué diferente habría sido todo, si hubiera ido acompañado por una mujer!)
Entre el desayuno y la comida, ocasionalmente salía a buscar un empleo, sabiendo que no me interesaba meterme a trabajar de hostess o de guía de turistas.
Me la pasaba caminando varias horas por La Quinta Avenida, viendo a las mujeres que iban por ahí tomadas de la mano de sus parejas, vistiendo diminutos trajes de baño o pantaloncillos transparentes que dejaban a la vista su ropa íntima.
Me la pasaba caminando por la playa. Siempre había algún grupo de habilidosos niños descalzos jugando futbol bajo los abrasivos rayos del sol.
Siempre me lamentaba de que no tuvieran la oportunidad de llegar a algún equipo de Primera División.
Jugaban como brasileños –mil veces mejor que varios futbolistas profesionales de La Liga de Futbol Mexicana– y estaba convencido de que varios de ellos podrían jugar una Copa del Mundo y llevar a la Selección Nacional al quinto partido, si un visor los descubría y les daba la oportunidad de convertirse en jugadores profesionales.
Sobreviví mis días en Playa del Carmen, comiendo en una pizzería Amore y fumando Argentinos.
Un miércoles por la mañana, me despedí de mi ex y de su esposo.
Ella estaba enferma y lamentó que me fuera.
Le dije a su esposo que la cuidara, o algo así, y me miró con cara de pocos amigos.
Me sentí estúpido. Sólo había querido ser amable.
No me importaba qué hicieran con sus vidas.
El chef se ofreció a llevarme de vuelta a la terminal del ADO en su Peugeot.
De regreso al DF, dos hombres se sentaron junto a mí en el autobús.
Ellos trabajaban en algún hotel de Playa del Carmen, pero vivían en Mérida.
Me platicaron que un compañero de trabajo supuestamente había violado y asesinado a una turista alemana, como si fuera algo de lo más normal.
Parecía que el susodicho era un héroe para ellos.
Quise decirles que estaban enfermos y que eso no estaba bien, pero temí que se lo tomaran a mal y que termináramos teniendo problemas.
Ella estaba enferma y lamentó que me fuera.
Le dije a su esposo que la cuidara, o algo así, y me miró con cara de pocos amigos.
Me sentí estúpido. Sólo había querido ser amable.
No me importaba qué hicieran con sus vidas.
El chef se ofreció a llevarme de vuelta a la terminal del ADO en su Peugeot.
De regreso al DF, dos hombres se sentaron junto a mí en el autobús.
Ellos trabajaban en algún hotel de Playa del Carmen, pero vivían en Mérida.
Me platicaron que un compañero de trabajo supuestamente había violado y asesinado a una turista alemana, como si fuera algo de lo más normal.
Parecía que el susodicho era un héroe para ellos.
Quise decirles que estaban enfermos y que eso no estaba bien, pero temí que se lo tomaran a mal y que termináramos teniendo problemas.
Cuando ellos se bajaron –tan sólo 40 minutos después de que el ADO salió de la terminal–, me sentí aliviado y feliz.
Finalmente volvería a mi casa, a tumbarme en la cama, a leer, a fumar y a escribir.
***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.
viernes, julio 21, 2006
Podría tratarse de una alucinación

Al verla en cuclillas, cerca de mí, me quedé sin aire.
Estaba atónito.
¿Acaso había visto, su...?
Yo estaba perdido de borracho y no tenía muy claro si todo era real.
Podía tratarse de una alucinación.
Bebimos varias cervezas -aunque creo que Gisselle prefería Torres-, y empezamos a hablar. Me contó que acababa de volver de Europa. La habían decepcionado el Museo de Louvre y Amsterdam, pero le había encantado El Coliseo Romano.
Se sorprendió cuando le dije que yo nunca había estado en Europa -sobre todo cuando le conté que había impartido un curso en la universidad donde ella estudiaba-, y me dijo que seguramente nunca lo había deseado tanto.
Luego sonrió y me preguntó si volvería a dar clases en esa universidad. Le respondí que no dependía de mí y que el curso no había sido de lo mejor. Le confesé que ése había sido mi primer empleo con sueldo y que nunca antes había tenido a un grupo de alumnos totalmente a mi cargo. También le confesé que jamás había impartido ese curso y que odiaba un poco la psicología cognoscitiva.
Estuvo de acuerdo conmigo.
Cambió abruptamente de tema.
Según ella, La Capilla Sixtina era el mejor bar que conocía de la ciudad -y eso que conocía casi todos- y la gente era súper buena onda. También me dijo que ella estaba allí casi todos los fines de semana, por si quería seguir viéndola.
Sonrió. Tenía una dentadura asombrosa.
Ésa era la primera ocasión que yo estaba en ese bar. Me parecía un lugar pretencioso y carísimo. Además, prácticamente era un rave y estaba lleno de hippies de Coyoacán.
Gisselle me miró de nuevo y, por un instante, creí que nos besaríamos, pero me pidió que bailáramos.
Pregunté:
"Y ¿cómo se baila esto?"
Y ella sonrió de nuevo y acercó su boca a la mía.
Repentinamente me dio la espalda y volvió a agacharse y a mostrarme deliberadamente, por segunda ocasión en la noche, su ropa interior.
Dijo:
"¡Creí que se me había caído algo...!"
Se carcajeó, y luego posó su mirada en mí.
Cuando en verdad estaba seguro de que nos besaríamos -ella volvió a acercar su boca a la mía-, tuve arcadas y corrí al baño.
Me pregunto si al volver, ella seguirá allí.
Yo estoy perdido de borracho y no tengo muy claro si todo ha ocurrido realmente cómo creo que ha ocurrido.
Podría tratarse de una alucinación.
También me pregunto en qué momento se puso de moda mostrar la ropa interior.
lunes, junio 05, 2006
Sólo quiero escapar de mi reflejo

Estoy completamente borracho, balbuceando conmigo mismo frente al espejo.
Me resulta vergonzoso reconocer mi reflejo. Es como si el tipo del espejo fuera un yo inferior y más salvaje y más real.
Bajo la mirada al lavamanos, escapando de mi reflejo, y contengo los deseos de vomitar. Abro el grifo del agua y me mojo las manos. También me mojo la cara y los cabellos. Los pensamientos se agolpan en mi cerebro, como en una ráfaga.
Otro chico, igual de borracho que yo, se pone junto a mí. Miro su calzado. Usa unas zapatillas deportivas Adidas, y parece que tienen una mancha de vómito.
Levanto brevemente la mirada y nuestros reflejos coinciden en el espejo. Sonreímos como autómatas.
Le hago algún comentario bobo. Cuando hablo con extraños, no es una buena señal. Les cuento cosas ofensivas y después tengo que huir.
Siempre que termino en estas condiciones en el baño de algún bar, me prometo que no volveré a beber.
Vuelvo a bajar la vista, después de lamentar mi falta de control.
El chico me da una palmadita en la espalda y se larga.
¿En qué estaba pensando antes de venir al baño?
Lo último que recuerdo es que bebía una Heineken, mientras sonaba alguna canción de rock en español -tal vez Soda Stereo- y que alguien cercano a mí hablaba sobre Nos Llamamos -una de las bandas undeground que le gustan-, cuando me percaté de que una mujer me miraba con insistencia.
Luego ella se acercó a la barra, sin dejar de mirarme, y comenzamos a charlar.
Me dijo que se llamaba Gisselle y que a menudo viene a La Capilla Sixtina.
Fue inevitable recordar a una chica de la preparatoria que me gustaba mucho.
Gisselle guardaba un parecido asombroso con ella.
Luego algo se le cayó, tuvo que agacharse a recogerlo... y no pude evitar seguirla con la mirada.
Cuando Gisselle se incorporó, volteo a verme con una amplia sonrisa.
Sus ojos parecían un par de luciérnagas en la penumbra.
Y me preguntó:
"¿Te gustó lo que viste?"
***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.
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