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sábado, julio 19, 2025

The waiting drove me mad


Durante casi 20 meses consecutivos había estado corriendo “los experimentos”, todos los días, exceptuando uno que otro domingo, a las 8 AM. Nada ni nadie habían interrumpido esa rutina (“el amor por la investigación” y mi ingenuidad me cegaron y me hicieron creer que trabajar hasta en días feriados y en vacaciones, sin cobrar un centavo, eran la mejor forma en la que podía invertir mi tiempo y que me darían, tarde o temprano, la oportunidad de tener una plaza de académico de tiempo completo), pero, en fin, esa mañana rompí mi rutina. Las palomas, las cajas operantes de Skinner, Francis Mechner et al. y el laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tuvieron que esperar. Pearl Jam había anunciado 2 fechas por primera vez en México, vendrían de gira con Riot Act –su séptimo álbum de estudio, lanzado apenas en el 2002, un álbum influenciado por el clima político y social que siguió a los atentados de Las Torres Gemelas y a la administración del “Texas leader”–, y esa mañana salían a la venta los boletos. 

Algunas estaciones del metro estaban en reparación. Después de esperar el RTP que me llevó hasta Velódromo, crucé a pie el puente de Río Frío y luego la ESEF y ese largo pasaje en el que confluyen unas canchas de futbol rápido y la calle en la que suelen ponerse los vendedores de mercancía pirata en los días de concierto. Apenas iban a dar las 7 de la mañana cuando llegué al Palacio de Los Deportes, pero ya había cientos de personas formadas en las taquillas. Parecía que había un casting para salir como extra en Singles, esa comedia romántica de 1992 donde Janet Livermore y Cliff Poncier fueron un pretexto para que Cameron Crowe mostrara la inminente explosión del grunge en Seattle, con cameos de Alice In Chains y de Chris Cornell y con Jeff Ament y Eddie Vedder en papeles secundarios. 

Traía mis walkman para matar el tiempo, así que me acomodé los audífonos, probablemente escuchaba Vs –uno de mis álbumes menos favoritos de PJ–, o la radio. Tomé mi lugar a varios kilómetros de distancia de las taquillas, entre toda esa gente melenuda con Levi’s, Martens y camisas de franela, y esperé. PJ nunca había sido mi banda favorita, mi devoción por Kurt Cobain me impedía apreciar su música, más bien creía que Vedder era un oportunista –lo delataba su desastroso pasado con Bad Radio, cuando era un desesperado imitador de Anthony Kiedis– y también creía que todo ese lío legal que PJ había armado en contra de Ticketmaster en la gira de Vitalogy sólo era mercadotecnia. Sin embargo, la chica con la que salía entonces era súper fan de la banda y me había convencido de que no podíamos perdernos ese concierto, así que allí estaba, en una especie de soledad compartida, con toda esa gente. 

Alrededor de las 9 AM, un tipo esparció el rumor de que se habían agotado los boletos para los dos conciertos. Casi de inmediato, otro tipo esparció buenas noticias: Vedder y compañía acababan de abrir una tercera fecha. Sintonicé la radio en mi walkman (o eso creo) y Rulo, “el profeta de la radio pública para dummies”, lo confirmó. Así que sólo tenía que seguir esperando. La fila avanzaba lentamente, mientras escuchaba una y otra vez Vs, mientras me preguntaba una y otra vez cómo habría sido mi vida si hubiera estado consciente de la escena musical de Seattle en septiembre y en octubre de 1993, cuando salieron a la venta In Utero y Vs, cuando In Utero vendió alrededor de 200, 000 copias en su primera semana de lanzamiento, cuando Vs vendió más de 900, 000 copias en los primeros cinco días de su lanzamiento, cuando yo sólo era un mocoso de secundaria y convivía con otros mocosos que sólo tomaban Tecates a escondidas y que no sabían ni quiénes eran los Caifanes..., ¿habría seguido el camino de la academia, o me habría convertido en un imitador de Cliff Poncier...?

Tal vez dieron las 11 AM, cuando compré tres boletos: uno para la chica que me había convencido de ir a ese concierto, uno para Diego –mi hermano, el menor, que estaba terminando la secundaria– y uno para mí. Tal vez no me quité los audífonos y continué escuchando Vs, tal vez caminé de vuelta hasta Velódromo y transbordé en Centro Médico, tal vez caminé desde Copilco hasta la Facultad de Psicología y fui al laboratorio de Aprendizaje y Conducta Adaptativa, tal vez me encargué de correr las últimas sesiones experimentales, no lo sé. Lo que sí sé es que estuve en el concierto de PJ del 19 de julio del 2003 en El Palacio de Los Deportes, fue un sábado y llovió, y me tomé una o dos cervezas, teníamos unos lugares horrendos, PJ abrió con “Wash”, la banda tocó 3 canciones consecutivas, después de “Given to fly” hicieron la primera pausa del concierto y Eddie dijo algo como: «Sábado por la noche en México... Hablo español un poco... Lo siento...», y la gente lo ovacionó. Somos un público fácil. 

En el concierto –que fue el último de la gira Riot Act por Latinoamérica y que transmitieron en vivo por radio a toda Latinoamérica– pasó de todo: Vedder llamó por teléfono a Marky Ramone, unos mariachis se subieron al escenario y le cantaron “Las Mañanitas” a Stone Gossard, Corin Tucker –la guitarrista y cantante de Sleater-Kinney– también se subió al escenario y acompañó a PJ a cantar “Hunger Strike”, las dos o tres últimas canciones las pasaron casi en directo por Telehit... 

Hoy también es sábado, a lo mejor llueve por la tarde, a lo mejor escucharé un rato Riot Act y trataré de pensar en que no han transcurrido ya 22 años.

viernes, septiembre 23, 2022

Wah, wah, wah

A las 11 de la mañana, tal y como nos había informado, esa misma mañana, la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica –wah, wah, wah– y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar algo así como diez metros hasta la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S, y dejar lo que estaba haciendo –cargar los últimos documentos de la solicitud en la que estaba trabajando desde agosto para concursar por financiamiento en la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT– y quedarme allí durante diez o quince minutos.)

Nos reunimos alrededor de diez personas en la zona de seguridad. La mayoría eran administrativos, pero también había estudiantes. Sin embargo, yo era el único posdoc y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc allí, sino porque ser un posdoc es, en cierta forma, estar en el limbo de la academia. 

En los pasillos de la universidad había escuchado a un par de investigadoras referirse a sus posdocs como estudiantes. Si ellas, mejor que nadie, deberían saber que un posdoc no es un estudiante más, y, sin embargo, llamaban así a sus posdocs, ¿qué podía esperar yo –que aparecí, casi de la nada, en el Departamento–, de los administrativos y de los estudiantes de grado y de pregrado...? (Claro que no tiene nada de malo ser un estudiante más, pero hay que darle su lugar a los posdocs: parece obvio, pero, cuando estás en el posdoc, ya pasaste por la licenciatura y por el doctorado, ya debiste haber publicado al menos un artículo de investigación como primer autor en una revista con peer review, y ya debiste haber impartido clases en licenciatura y en posgrado. Yo no era un posdoc estándar. Ya era primer autor en cuatro papers, era coautor en tres papers, tenía dos capítulos en libros en inglés y, durante más o menos cuatro años, ya había sido profesor de asignatura en la UNAM, y, a veces, uno que otro estudiante actuaba como si yo fuera su asistente. Me miraban de arriba abajo, como si estuvieran esperando a que les limpiara las camas de aserrín a sus ratas, o ni siquiera me contestaban el saludo. A veces, tenía tantas ganas de comportarme como un verdadero mamón con ellos, y mandarlos al carajo y presumirles todo lo que había hecho.) 

También me sentía fuera de sitio en la zona de seguridad porque estaba desvelado. 

Me había despertado de una pesadilla alrededor de las tres o cuatro de la mañana, y se me había ocurrido revisar algunas noticias en mi teléfono. Había muchas notas sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 –en 32 años no había hecho nada similar–, y esas noticias me habían afectado en un mal sentido, y tenía pensamientos catastróficos y no podía dejar de recordar detalles de mi propia experiencia durante ese terremoto. 

Durante el macrosimulacro, me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y reforzaron mi impresión de que ser un posdoc es estar en el limbo de la academia. Fue obvio para mí que ellas me veían como un estudiante más que no tenía gran cosa que contarles. Me encabronó la situación. También es obvio que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... A veces, aunque se los digas, no funciona. Algunos estudiantes sólo escuchan lo que quieren escuchar y sólo te hablan cuando no les queda otra opción –normalmente, ni siquiera te saludan–, o cuando creen que tu obligación es facilitarles cualquier cosa que necesiten para correr sus experimentos. En fin, es difícil darles gusto. A algunos.

Después de esa interacción social desastrosa, me maldije por intentar ser alguien que no soy –no me desvivo por socializar– y por haberme puesto a leer esas noticias en Internet. No quería sentirme encerrado en mi propio mundo, ni continuar pensando en todas las cosas que me daban vueltas en la cabeza, pero acabé sintiéndome como si hubiera una barrera entre el resto de la gente agrupada en la zona de seguridad y yo. 

De las cinco personas que regularmente compartíamos el cubículo y con quienes conversaba regularmente, en ese momento, sólo estaba yo: A, como integrante de la Comisión de Seguridad, coordinaba el macrosimulacro y andaba de un lado para otro; G impartía alguna clase en otro edificio de la universidad; P, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y Q tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a trabajar al cubículo. Al cabo de unos minutos, G y P volvieron y se pusieron a platicar sobre algunas anécdotas de René Drucker, que había muerto el domingo anterior. Me hubiera gustado unirme a la plática –Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, fue “mi abuelo académico” y fue presidente del Comité de mi examen de candidatura, pero mientras fui estudiante de doctorado, siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria–, pero, digamos que, después de mi experiencia social durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar. Me concentré en completar mi solicitud para la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre. 

Ya estaba harto. La solicitud parecía no tener fin. Tenía varias semanas trabajando en ella. Además de que habían actualizado la plataforma del CONACyT y de que había tenido que volver a cargar otra vez toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos de la solicitud eran muy latosos: entre otras cosas, tenía que redactar varias Cartas Compromiso y recabar las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

G y P continuaban hablando sobre Drucker, cuando me aburrí de la burocracia del CONACyT y me puse a leer un artículo que tenía en esa carpeta de la computadora en la que pongo todos los artículos que creo que debo leer pero que casi nunca leo. Se trataba de un artículo de restricción de sueño y de memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Cuando intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, comenzó a temblar. Se sintió como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?

El movimiento se intensificó y entonces, como si un experto en condicionamiento clásico hubiera querido usarnos como sus conejillos de indias para demostrar cómo se fortalece la asociación entre un EI y un EC, si el EC ocurre mientras transcurre el EI, comenzó a sonar la alerta sísmica –wah, wah, wah–, y, casi de inmediato, se escucharon gritos y estructuras metálicas retorciéndose. A unos metros de la puerta del cubículo, a mi izquierda, había un grupo de personas que se sujetaban a una de las columnas de concreto del pasillo. 

A mi derecha también había un grupo de gente abrazándose a otra de las columnas del pasillo, y traté de caminar hacia el grupo que estaba más cerca de mí, a la izquierda, pero el terremoto era tan fuerte que ni siquiera podía mantener el equilibrio. En ese grupo de la izquierda estaba una investigadora que conocía desde hacía 10 años y que de pronto había dejado de hablarme. Más o menos sabía que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado los experimentos de sus estudiantes. No era cierto. Más bien, sus estudiantes casi no corrían experimentos y, cuando lo hacían, ocupaban todo el bioterio sin avisar y durante cuatro o cinco horas consecutivas, estropeando los experimentos de todos los que teníamos animales en el bioterio. En fin, me daba igual que ella y que sus estudiantes me hubieran dejado de hablar, pero era incómodo cuando sus amigos investigadores (con quienes yo nunca había tenido problemas) me negaban el saludo porque se habían solidarizado con ella. 

Bueno, esta investigadora estaba allí, en la columna de la izquierda, y se veía muy asustada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos y me pareció insignificante tener un problema con ella; ni siquiera lo pensé: simplemente supe que nunca entendería por qué la gente es así; porque, pudiendo quejarse directamente contigo –o aclarar alguna situación contigo–, prefiere acusarte; por qué, aun cuando uno se concentra en su trabajo y evita los conflictos y los chismes de pasillo, siempre habrá alguien que encuentre la oportunidad de poner palabras en tu boca, de echarte la culpa de algo, de justificarse, y sacar provecho de ello.

A unos metros del grupo de la derecha, estaba G. Él también se veía muy asustado. Era una persona muy optimista y siempre sonreía, pero, en ese momento, se veía muy mal. Pensé en que no le preocupaba tanto su situación, sino que estaba preocupado por A y por sus hijas. A –su pareja–, en ese momento daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en sus escuelas, en Coapa, a kilómetros de distancia de la universidad. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y de pronto me di cuenta de que yo mismo ya me encontraba en la columna de la izquierda, sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en la universidad. La ubicaba de vista, varias veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos, precisamente, en esas condiciones tan horrendas. Deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan horrendo, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí –G, la investigadora que no me hablaba, la chica que había visto tantas veces en los pasillos de la universidad–, mientras el edificio S continuaba sacudiéndose terriblemente, de una u otra manera, habíamos pensado en cosas similares: que el edificio no resistiría el terremoto, que se caería en cualquier momento y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo 
una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó. 

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad. 

Paulatinamente todo se fue deteniendo, como cuando estás ebrio y poco a poco recuperas tu sobriedad. Volví al cubículo por mis cosas y salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. Aún nadie sabía cuáles habían sido las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. 

Miré alrededor. El mural de Arnold Belkin, el que está en la entrada principal del edificio S, el mismo mural que vi cuando visité por primera vez ese edificio de la UAM Iztapalapa, por allá del 2009, cuando apenas iba a ingresar al doctorado en la UNAM y necesitaba una firma del Dr. Javier Velázquez, que formaría parte de mi comité tutoral. El mural de Belkin tenía dos fisuras enormes. Estaba dividido en tres partes.  

Intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. 

Salí de la universidad. En la calle había mucho tráfico y mucho ruido y mucha gente. Los camiones de transporte público y los taxis y las patrullas y las ambulancias y los coches de bomberos pasaban a toda velocidad. Algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos peatones. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio del terremoto y, al menos esa parte de la ciudad, ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Con los camiones pasaba lo mismo.

Caminé como una hora hasta Rojo Gómez y luego hasta Parque Tezontle. Estaba exhausto. Una y otra vez intenté llamar por teléfono a Katz, pero el teléfono seguía sin línea. Sólo quería llegar al departamento y saber que ella y que los gatos estaban bien.

En algún punto me detuve afuera de una tienda de abarrotes en la que se escuchaba la radio. El dueño de la tienda salió y quién sabe qué semblante me vio, pero me preguntó si quería agua, y me dijo que era gratis. Le dije que no. Mientras me concentraba en las noticias, él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado peor que el de 1985. Estábamos así, cuando la locutora de la radio dijo que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. Intenté otra vez llamar a Katz por teléfono. Nada. El teléfono seguía sin línea.

Tardé casi dos horas en llegar al departamento, y ocurrieron miles de cosas más, pero esta entrada ya es muy larga, así que sólo diré que Katz y que los gatos tampoco la pasaron bien durante el terremoto –el edificio se movió de un lado a otro, los niños de la primaria junto al edificio lloraron y gritaron, los gatos se asustaron y se escondieron en la parte más alta de los clósets de las recámaras, Katz se metió a un clóset y también creyó que el edificio se caería–, pero que todos, afortunadamente, estaban sanos y salvos.

Han pasado cinco años desde ese terremoto (Katz, los gatos y yo ya ni siquiera vivimos en la CDMX), el edificio S de la UAM Iztapalapa ya no existe (sufrió daños estructurales en ese terremoto del 2017 y ya lo demolieron), este lunes 19 de septiembre del 2022 volvió a temblar a la una de la tarde, después de un simulacro, y yo estaba también en una universidad (como hace cinco años), ahora en el segundo piso de un edificio nuevo y a punto de impartir una clase, y en otro limbo académico (ya no como posdoc), pero esa es otra historia.

jueves, octubre 22, 2020

La tristeza infinita


Recorríamos la Avenida Fray Servando y Teresa de Mier en el Jetta en el que mi papá me había intentado enseñar a manejar en tercero de secundaria. El tráfico era lento. Teníamos varios minutos detenidos en El Mercado Sonora. Resignado a que en algún momento acabaría el trayecto, conforme James Iha y D'arcy Wretsky cantaban la canción de amor superlativo que cierra Dawn To Dusk, me acomodé en el asiento junto a la ventana y me puse a mirar la calle. Hubiera preferido quedarme en la casa, en lugar de salir al Zócalo a ver las luces de Navidad. 

Cuando la canción terminó, saqué el cassette del walkman, le di la vuelta para reproducir el lado en el que había grabado Twilight To Starlight, volví a meterlo en el compartimento del cassette, le di play y le subí al volumen. 

Estaba en el último año de prepa y era un adolescente como cualquier otro adolescente que sólo escuchaba música y que no quería pensar en su futuro, ni salir a pasear con su familia. 

En ese momento, sólo quería concentrarme en la música para dejar de pensar en que faltaba poco tiempo para que entrara a la universidad. No quería pensar en que estudiaría una carrera que tal vez me aburriría pronto. Realmente nunca me había visualizado como psicólogo; más bien, la psicología había sido un punto intermedio entre mis intereses y las expectativas que mis papás tenían de mí. 

Ellos esperaban que yo estudiara Medicina (quizá yo los alenté cuando de niño les decía que sería cirujano). Yo quería ser escritor. 

(Puesto que en mi numerosa familia –conformada por decenas de personas que habían tenido que trabajar toda su vida para sobrevivir en distintos estados del país o que se habían condenado a vivir una vida que tal vez no deseaban porque se habían reproducido casi en cuanto sus órganos sexuales se los habían permitido–, sólo mi papá y uno de mis tíos tenían licenciatura, había sido complicado convencer a mis papás de que quería estudiar una carrera que parecía mucho menos redituable que Psicología; después de tantas discusiones con ellos, ni yo mismo estaba tan seguro de que mis intereses no fueran un capricho que desaparecería con la edad.) 

Cerré los párpados, como si de esa manera pudiera teletransportarme a cualquier otra parte, y me quedé medio dormido mientras la voz de Billy Corgan me decía a través de los audífonos del Aiwa que el amor era un suicidio. Sus palabras me provocaron escalofríos y me hicieron pensar en lo único que realmente me obsesionaba: tener una novia. 

Era 1996. Mellon Collie & The Infinite Sadness tenía poco más de un año de haber salido a la venta y yo tenía casi el mismo tiempo escuchándolo todos los días. También había descubierto a los Smashing Pumpkins hacía más o menos un año, en un concierto que había visto en MTV.

De ese concierto, lo primero que atrajo mi atención fue el tipo calvo que vestía pantalones metálicos que parecían de astronauta y una playera negra con la llamativa leyenda “Zero” en el pecho. Ocupaba el centro del escenario y cantaba peculiarmente y tocaba una Stratocaster. Luego me fijé en la mujer blanca de cabello corto que estaba a su derecha y que daba la impresión de estar en trance, ajena a la reacción del público y concentrada en escuchar las notas que emitía su bajo Fender. Después me fijé en el hombre de rasgos asiáticos que parecía algo introvertido y que tocaba una Gibson, a la izquierda del cantante. Detrás de todos, un impresionante baterista acompañaba con percusiones las tranquilas notas que emitían los tres instrumentos, mientras las luces del escenario parpadeaban entre tonalidades azules y una pantalla al fondo del escenario reproducía imágenes de la naturaleza que le daban a la canción una atmósfera oceánica. 

La canción transmitía quietud. Era como si fuera una droga hipnótica que surtía efecto lentamente y que erradicaba el insomnio con el que habías batallado toda tu vida. 

Poco a poco, la quietud de la canción se convirtió en una explosión en la que todos los instrumentos estallaron, al mismo tiempo que las luces del escenario, que las imágenes en la pantalla y que la furiosa voz del cantante que gritaba algo indescifrable.

Tuvieron que pasar algunas semanas o meses, después de haber visto el concierto por televisión, para que mi hermano y yo encontráramos el tercer álbum de los Smashing Pumpkins en un centro comercial y lo compráramos y yo supiera que el nombre de esa larga canción que iba de la quietud a la furia era “Porcelina of the vast oceans”.  

Además del último concierto que Nirvana tocó en Roma y del Outcesticide que tenía todos su lados B, la oportunista interpretación de “Smells like teen spirit” de Tori Amos y el decadente mensaje que Courtney Love había grabado para los admiradores de Kurt Cobain tras su muerte, Mellon Collie & The Infinite Sadness había sido casi lo único que había escuchado durante todo el último año de prepa, diariamente.

Lo escuchaba tanto que no sólo me sabía el orden de las canciones y los títulos de las canciones, sino que mi cerebro incluso ya había formado fuertes asociaciones entre ellas. Cuando transcurría el breve silencio entre una y otra, ya anticipaba los acordes de la siguiente canción. 

También me sabía de memoria las letras de las canciones. Creía que Billy Corgan me conocía mejor de lo que yo mismo me conocía y que todas esas canciones que él había escrito y que hablaban del rechazo, de la esperanza, de la pérdida, de la confusión y de la furia, eran una especie de radiografía de mi vida. 

Mientras el Jetta finalmente circulaba por la calle José María Izazaga y las luces multicolores de la Navidad anegaban intermitentemente el interior del automóvil y yo iba saliendo de mi sopor, en los audífonos sonaba “In the arms of the sleep”. 

La letra de la canción me provocó vértigo, y me hizo reparar en mi situación sentimental con esa chica que me gustaba y que también se sentía atraída hacia mí, pero que tenía novio. Era frustrante y ridículo. Ni ella quería dejarlo, ni yo quería mantener nuestra relación en secreto. 

Casi en cuanto llegamos a Bolívar y mi papá empezó a buscar un estacionamiento, Billy Corgan me susurró al oído que “el sueño no llegaría a mi cansado cuerpo esa noche...” y entonces imaginé que, al volver a la casa, esa idea no me dejaría en paz y que pasaría toda esa noche en vela, escribiendo algún bobo poema para ella, imitando el estilo de escritura de Corgan o pensando en cuáles serían las posibilidades de cambiar la situación a mi favor. 

Mientras escribo esto, apenas recuerdo su rostro y su voz y sin embargo siento una extraña frustración, como si se hubiera abierto una vieja herida de muchos años, y me pregunto qué sería de su vida y si en algún momento se ha preguntado qué es de mi vida. También me pregunto dónde quedaría ese walkman color negro que mis papás debieron de regalarme en algún cumpleaños y que llevaba conmigo casi a todas partes. Me gustaría saber si aún funciona con dos pilas AA. 

____________

El tercer álbum doble de los Smashing Pumpkins que desafió los estándares de los álbumes de sus contemporáneos –¡contiene 28 canciones!– y que continúa provocándome sensaciones eufóricas y deprimentes, y remontándome a tantos recuerdos de la adolescencia, hoy cumple 25 años. 

viernes, febrero 15, 2019

Smelling Dead Roses


Tenía una conversación irrelevante con unos tontos, cuando la vi por primera vez. 

Estos tontos querían que fuéramos a jugar pool a un sórdido billar. 

Uno de ellos quería que yo le diera dinero. Él era un bravucón. Su familia tenía negocios en El Mercado Sonora, y él pensaba que eso lo hacía peligroso y que le confería ciertas características de cacique. 

Sólo tomábamos algunas clases juntos, pero ellos creían que éramos amigos. 

A veces salíamos juntos a alguna parte después de clases, pero no significaba que fuéramos amigos. No tenía amigos de verdad. Huía de todo compromiso que involucrara tener una relación cercana con otras personas.

Su única meta en la vida parecía ser tener suficiente dinero para gastarlo en zapatillas deportivas. Los volvía locos el basquetball y querían tener las zapatillas deportivas que usaban los basquetbolistas más famosos. 



Ivonne caminó a unos pasos de donde estábamos. 

Su cabellera era tan rubia que casi me dejó ciego. 
Me temblaron las piernas. 

Era el tipo de chica por la que siempre me había sentido atraído.   

Mientras caminaba, su rubia cabellera parecía flotar alrededor de los hombros y parecía destilar un perfume embriagante. 

Me miró y me sonrió. 
Sentí que un puño golpeaba mi pecho.

Sus ojos parecían ser verdes o almendras. 

Durante toda la semana estuve pensando en ella. 
Quería saber su nombre, pero no quería simplemente preguntárselo. 



Varias semanas después, nos subimos al mismo autobús. 

¡Se sentó junto a mí!
¡Estábamos tan cerca que sus piernas rozaron mis piernas!

No recuerdo exactamente cómo, pero comencé a hablarle. 

Sus ojos eran verdes e impresionantes. 
Su voz era más femenina de lo que había imaginado. 

No recuerdo qué le dije, pero estoy seguro que hablé sobre música. 
Silverchair era una de las bandas que escuchaba en esa época.  

Era una banda de australianos adolescentes que tocaban punk. 

En 1994, habían ganado un concurso en su país y el premio les dio la oportunidad de grabar Frogstomp (1995). ¡Su primer albúm fue grabado en nueve días! 

Rolling Stone y Allmusic le dieron casi los puntajes más altos. 

Los miembros de Silverchair tenían quince años de edad, igual que yo. 

Tomorrow e Israel's Son son las canciones más conocidas de ese álbum. 

Alguien de la escuela me había prestado Freak Show (1997).

Su segundo álbum de estudio, tenía unos meses de haber sido lanzado a la venta. 
Había canciones potentes y rápidas que hablaban de la rabia y de la violencia que habían provocado las expectativas del primer álbum de Silverchair. Otras canciones eran más tranquilas y tenían más arreglos que las canciones del álbum predecesor. 

Los sencillos Freak, Abuse Me y Cemetery alcanzaron el top ten. 



Ivonne se bajó del autobús, a unas cuadras de la Delegación Venustiano Carranza.

Nos despedimos de mano.
Las entrelazamos de un modo raro, como si estuviéramos cerrando un negocio. 

Todo el fin de semana estuve pensando en esa despedida y en lo suaves y rosáceas que eran sus manos.  

A partir de entonces, hablamos regularmente en la escuela. 
Un día le dije a Ivonne que me gustaba.  
Se quedó callada –seguramente ya lo sabía– y sonrió. 

Nos llevábamos bien y sólo nos veíamos en la escuela. 
Ni siquiera hablábamos por teléfono. 

Lamenté haberle dicho que me gustaba. No estaba convencido de tener una novia.
Huía de todo compromiso que involucrara tener una relación cercana con otras personas. 



Conoció a un tipo más grande que yo –tenía barba, usaba aretes de pirata y botas de motociclista– y se hicieron novios. 

Era un fósil y formaba parte de los grupos de choque que defendían los intereses de la escuela, cuando había algún conflicto con los estudiantes –también vendía drogas– y sus amigos jugaban en el equipo de futbol americano. 

Un 14 de febrero, hace más de veinte años, los tontos con quienes tomaba algunas clases y jugaba pool en un sórdido billar, compraron unas rosas. 
Eran unos fracasados y pensaban que conseguirían algo, si se las regalaban a las chicas que les gustaban. 

Todas los habían ignorado. 

Uno de ellos me pidió que le sostuviera una de las rosas. 
Al mismo tiempo, el otro me empujó. 
Tal vez ya había visto a Ivonne y me empujó contra ella en el momento preciso. 
  
Su cabello estaba húmedo y ella olía a vainilla. 

Recordé sus suaves y rosáceas manos y la despedida formal en el autobús. 

Me sentí tan estúpido con esa rosa en la mano. 

Ivonne me miró de una manera extraña y no supe qué hacer. 

Me preguntó si la rosa era para ella. 

Pensé decirle que sí, pero le dije la verdad. 
Ella me empujó contra una pared y se marchó. 

Jamás volvimos a hablar. 

Los tontos se rieron. 

Me pregunto qué hará Ivonne ahora. 
¿Se acordará de mí?
¿Se casaría con el fósil?
¿Tendrán hijos?

Ni siquiera estoy seguro de que recuerde mi nombre. 

Roses by Silverchair on Spotify

Smelling Dead Roses on Metastasis Of Sound

martes, octubre 23, 2018

Juan Villoro en la UAM-Iztapalapa


Hace un mes asistí a una conferencia impartida por Juan Villoro.

Lo invitaron a la universidad a hablar sobre el movimiento estudiantil de 1968. 

Su conferencia formó parte de una serie de eventos académicos que estuvieron llevándose a cabo en las últimas dos semanas y cuyo motivo fue rendir un extraño homenaje a La Masacre de Tlatelolco que cumplió 50 años el pasado 2 de octubre.

(¡Medio siglo! Y algunas personas siguen creyendo que se trató de una pequeña disputa de venta de drogas entre dos estudiantes revoltosos. ¿Acaso no fue lo que dijo Jacobo, a nivel nacional, en su momento?) 



El auditorio Manuel Sandoval Vallarta estaba lleno cuando Villoro ingresó quince minutos después de las 10: 00 am. El escritor, periodista y sociólogo egresado de esta casa de estudios ya estaba por allí desde antes, pero algunas autoridades universitarias no habían llegado y tuvieron que esperarlas.  

En las primeras dos filas había algunos asientos libres, pero (obviamente) estaban reservados para las autoridades de la UAM-Iztapalapa. Cuando me había resignado a escuchar la conferencia de pie, hallé un asiento libre en la tercera fila, casi en frente del púlpito desde el que hablaría Villoro, entre dos mujeres que nunca dejarían de tomar notas como si fueran mecanógrafas. 


Pobres estudiantes: parecían estar allí más por compromiso que por interés. Probablemente algún profesor las obligó a asistir para no tener que dar su clase.  

(¿No es terrible? ¿No es similar a lo que hacen algunos maestros de nivel básico, cuando obligan a los alumnos a leer libros aburridísimos...? ¿No los convierten, casi automáticamente, en adultos que odian leer...?)



Yo llevaba Espejo Retrovisor, esperando conseguir el autógrafo –y quizá una dedicatoria– de Villoro*. Mi experiencia me decía que sería relativamente fácil acercarme a él y pedírselo. 

Hace unos meses, Paco Ignacio Taibo II vino a dar una plática a la universidad.
Un grupo de estudiantes lo invitó a hablar sobre el proyecto de gobierno de Andrés Manuel López Obrador. La plática se llevó a cabo en una de las áreas verdes entre los edificios donde se imparten clases de Ciencias Sociales y Humanidades y de Ciencias Biológicas y de la Salud, para que Taibo tuviera la libertad de fumar. 

Mientras escuchaba y respondía las preguntas del público, me acerqué a él con la biografía de Pancho Villa y me la firmó... incluso se dio un momento para preguntarme mi nombre y también me puso una dedicatoria.



Juan Villoro se caracteriza por ser un orador entretenido y mentalmente ágil, capaz de llevar a la audiencia a la reflexión y a la carcajada de un momento a otro. Hace un par de meses, en vísperas de La Copa del Mundo, ofreció, prácticamente él solo, una plática ¡de casi dos horas! sobre Jorge Ibargüengoitia y mantuvo la atención del público, pasando de anécdotas y de autores como Carlos Mosinváis, a libros especializados de crítica literaria que fueron muy influyentes para una generación de escritores. 

Tiene un discurso inagotable.  


Al final de esta conferencia sobre el movimiento estudiantil de 1968, el público le hizo preguntas de carácter político. En general, la gente cuestionaba la viabilidad del proyecto de gobierno del presidente electo. Villoro sugirió que había una similitud social y política entre este gobierno y el que siguió al sexenio de Gustavo Díaz Ordaz. 

Auguró unos años terribles. 

Alguien del público le preguntó qué opinaba de las redes sociales como herramienta para comunicar, a gran escala y en cuestión de segundos, temas "de interés nacional".

Villoro dijo que parecíamos como los hombres de las cavernas que acaban de descubrir el cuchillo y que sólo lo emplean para acuchillar a sus enemigos. 

Cuánta razón. 



Basta echar un ojo a cualquier red social para darse cuenta de la cantidad de mensajes de odio que abundan y de la cantidad de noticias falsas y pseudocientíficas que se esparcen como una epidemia**.

También basta que uno pase cinco minutos en redes sociales para darse cuenta de la terrible calidad de la información que circula en ellas y para identificar qué características tienen las "voces autorizadas" de hoy: adolescentes (o adultos con mentalidad adolescente) "irreverentes", "políticamente incorrectos", "críticos" y "súper sensibles", cuya única meta en la vida parece ser convertirse en personajes populares y divertirse y cobrar fuertes sumas de dinero por divertirse... sin rendirle cuentas a nadie... ni respetar a nadie.  


Unos días después, asistí a una comida y tenía muchas ganas de compartir mis impresiones respecto a esta conferencia con los comensales.

Sin embargo, descubrí que, por alguna razón que desconozco (raras veces abro la boca), algunos de los comensales me tienen estigmatizado, quién sabe desde hace cuánto tiempo: me ven como un presumido que se siente superior a ellos, me ven como un torpe amargado que odia todo, me ven como un ingenuo que se engancha fácilmente en peleas estúpidas con desconocidos y me ven como un sujeto que en realidad no tiene opinión propia y que sólo "va con la corriente" y que repite lo que escucha decir a otros. 

A veces, en las comidas, nos comportamos como hombres de las cavernas, también. 

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*No pude acercarme a Villoro. Las autoridades de la universidad lo detuvieron para aturdirlo ¡con selfies! ¡Ni uno solo llevaba un libro de él! Por fortuna, uno de los organizadores del evento fue muy amable y se llevó mi ejemplar de Espejo Retrovisor y el ejemplar de Arrecife de una estudiante, nos preguntó nuestros nombres y nos devolvió los libros con autógrafo y dedicatoria. 

**Parece que la mayoría de la gente cree que compartir una noticia "viral", la convierte automáticamente en un influencer y/o que el propósito de la ciencia es buscar respuestas a observaciones triviales y justificar la pereza y el placer.

domingo, octubre 14, 2018

Mi abuelo siempre cantaba y tomaba el sol


[INCONCLUSO]

Recuerdo a mi abuelo feliz, cantando y tomando el sol.  

Según mi mamá, él siempre había querido ser artista y había participado en algunos concursos de la XEW cuando era joven. 

Mi mamá también decía que él se había ablandado con nosotros. 

Cuando ella y sus hermanos eran niños, el abuelo ni siquiera les permitía hablar durante la comida.

A nosotros incluso nos había comprado una mesa más pequeña que la que utilizaban los adultos y no sólo nos dejaba platicar durante la comida, sino que nos daba dulces aun cuando no hubiéramos terminado nuestros alimentos.

El abuelo tuvo una infancia difícil.
Sus padres eran alcohólicos y él tenía que ir a sacarlos de las cantinas. 
Ellos eran muy duros con él y a veces lo amarraban a un árbol y lo dejaban allí.
(Tal vez por eso tenía problemas con el alcohol. No bebía siempre, pero cuando bebía, lo hacía durante varios días.)

Trabajaba como telegrafista y tenía una motocicleta.
El olor de la gasolina era muy penetrante y le daba al patio de su casa una atmósfera especial. Parecía que en cualquier momento todo podía arder. 

Según mi mamá, una vez el abuelo llevó algún documento a un edificio de gobierno y vio un montón de cadáveres apilados en el patio de ese lugar. Los soldados los arrojaban desde camiones del ejército, como si fueran costales. Habían pasado unos días de la matanza de Tlatelolco. 

Una vez se volcó el autobús en el que iba a Acapulco, se fracturó las costillas y se fracturó una pierna. Uno de los paramédicos que llegó al lugar pensó que él estaba muerto y le quiso quitar una cadena de oro. Otra vez se cayó desde la azotea de su casa y volvió a fracturarse la misma pierna. Le pusieron tornillos y cojeó el resto de su vida. 

El abuelo tenía diabetes, pero no seguía las recomendaciones de los médicos. 
Decía que prefería vivir pocos años haciendo lo que le gustaba. 

Antes de que yo entrara a la secundaria, el abuelo se jubiló y vendió la moto. Se compró un Valiant y una Betamax.

Le gustaban las películas de acción de Charles Bronson, pero también veía películas de Tin Tán y de Joaquín Pardavé y podía sentarse con mis primas a ver una y otra vez La Sirenita o Parque Jurásico.

También le gustaba el futbol soccer. 
Los domingos no se perdía los partidos del Real Madrid y de Hugo Sánchez. 
Entre semana, veía los partidos de la Copa UEFA. 
Alguna vez me dijo que su equipo favorito era el Atlante, aunque también había apoyado al Necaxa y en esa época era seguidor del América. 

Una vez fui por mí a la primaria en su bicicleta. Eran vacaciones de verano y yo me preparaba para alguna competencia con otras escuelas. Mis papás no me dejaban volver solo a la casa y los dos estaban en el trabajo. 

Cuando volvimos a la casa de mi abuelo, encendió el televisor. 
Iba a comenzar el segundo tiempo de un partido de la fase de grupos de La Copa del Mundo de Italia 1990. Creo que jugaban los españoles y los belgas.

Debí preguntarle algo: qué le parecía el nivel de ese mundial, quién era su favorito para ganar ese mundial, qué pensaba del castigo de la selección mexicana... pero entonces no sabía gran cosa del futbol. 

Tampoco le pregunté años después qué pensaba de la selección de Mejía Barón que llegó a la final de La Copa América de 1993, ni qué pensaba de los partidos de ese equipo en el mundial de Estados Unidos 1994. 

Siempre pensé que habría un mejor momento para hablar de esos temas. 

En 1998, su salud empeoró.

Mi mamá iba todos los días a verlo al hospital. Después de algunos meses, él decidió que no quería continuar en el hospital. Insistió tanto que los médicos lo dejaron volver a su casa. Requería muchas atenciones. Mi mamá también iba a verlo a diario. 

Una vez fui a verlo.
Él estaba acostado en su cama. 
Mi mamá y mi abuela me habían dicho que tenía alucinaciones y que les hablaba de personas que ya estaban muertas y que iban a visitarlo. 
Le costó trabajo identificarme y después empezó a preguntarme cómo me iba en la escuela. Yo acababa de entrar al segundo semestre de la licenciatura.

Una de mis primas iba a cumplir años y en ese momento ella tenía una fiesta en un salón cerca de la casa del abuelo. 

Anoché soñé que mi abuelo me perseguía por todas partes, porque quería que escribiera sobre él.
Hace veinte años murió mi abuelo. 

Live Mud (2007)


Live Mud es uno de los álbumes en vivo de Mudhoney. Fue lanzado en vinilo por SubPop en el 2007 y sólo existen 500 copias. 

Fue grabado en El Palacio de Los Deportes por Brett Eliason con el equipo de grabación de Pearl Jam. La banda tocó canciones de Superfuzz Bigmuff (1988), Piece Of Cake (1992), Since We've Become Translucent (2002) y Under A Billion Suns (2006).

Según algunos blogs que he leído, la mayoría de los asistentes a ese concierto no conocían a esta legendaria banda de Seattle y quienes sí la conocían consideraban que se merecía un mejor escenario que abrir los conciertos de Pearl Jam del 2005 en la Ciudad de México y en Monterrey, durante su primera visita a nuestro país.

Stone Gossard, Jeff Ament, Steve Turner y Mark Arm tocaron juntos en Green River antes de que el sonido Seattle se volviera tan popular. Esta banda se disolvió a finales de los 80 y dio lugar a Mudhoney y a Mother Love Bone.

Cuando Andy Wood, el vocalista de Mother Love Bone, murió prematuramente debido a una sobredosis de heroína, Mother Love Bone se disolvió.

Chris Cornell, Stone Gossard y Jeff Ament quisieron rendirle un homenaje póstumo a Andy Wood y formaron Temple Of The Dog. 

Mike McCready y Eddie Vedder también colaboraron en este proyecto del que surgió Pearl Jam. 



Dos años antes del concierto en el que fue grabado Live Mud, Pearl Jam vino a México por primera ocasión.

Originalmente darían dos conciertos, pero los boletos se acabaron en un par de horas y los organizadores abrieron una fecha más. El mismo día que se anunció la tercera fecha, me fui a formar desde muy temprano a las taquillas de El Palacio de Los Deportes y conseguí tres boletos. 

Nuestros lugares estaban junto a las escaleras de la sección más barata -apenas podíamos estirar las piernas-, pero fue un gran concierto. 

El último de la gira de Riot Act (2002).

Sleater-Kinney fue la banda telonera. 

El concierto duró casi tres horas -incluso fue transmitido por radio a toda Latinoamérica-, Pearl Jam tocó la mayoría de sus éxitos, Corin Tucker cantó Hunger Strike a dueto con Eddie Vedder y unos mariachis le cantaron las mañanitas a Stone Gossard.


Cuando Pearl Jam volvió a México en el 2005, no tenía dinero. 

Acababa de tener mi primer trabajo como profesor de asignatura (conseguí un par de horas en el Departamento de Psicología de la Ibero) y pude haber ahorrado el dinero que me pagaron (no era mucho, pero fue el primer sueldo que obtuve en el que importó mi licenciatura) y pude haberme comprado un boleto en primera fila para escuchar a Mudhoney y a Pearl Jam, pero me lo gasté en un viaje que no tuvo ningún sentido. 

Pearl Jam había tardado muchos años en venir a tocar a México y estaba convencido de que habían regresado tan sólo dos años después de su primera visita porque se habían dado cuenta que era un buen negocio tocar aquí. 

(Tal vez sólo les gustó el público mexicano y por eso regresaron tan pronto.) 

De haber sabido que Mudhoney tocaría en ese concierto, lo habría pensado mejor. 


Cuando descubrí este álbum y comencé a escucharlo, me di cuenta de que lo único que realmente recuerdo de esos días es que los Pumas perdieron contra Boca Juniors la final de La Copa Sudamericana.

Es tan absurdo...  

Live Mud (2007)
Circo Volador (2014)
Palacio de Los Deportes (2005)