domingo, octubre 11, 2026

mercado negro de música


Este álbum cumple 26 años. Ayer me percaté de ello accidentalmente en un post de Facebook, mientras veníamos de vuelta a la casa en un Uber. En ese momento recordé algunos fragmentos de mi vida de hace 26 años. Al principio, no me pareció nada realmente memorable, pero me fui a la cama acordándome de varias cosas. 

Apenas despierto y me acuerdo de que entonces estaba estancado en una relación destructiva, a la mitad del trabajo experimental de una tesis que ya no me aportaba nada, más allá de que me permitiría concluir mis estudios de licenciatura y obtener mi grado académico. Todos los días eran idénticos, una copia del otro, y ya estaba harto de mi rutina. Tenía una novia súper tóxica y pasaba todo el tiempo con ella. 

Todos los días me levantaba a las 5 ó 6 AM y recorría la ciudad en metro desde el oriente hasta el sur. Luego, dependiendo de la hora, de cuánto tiempo me quedara para llegar a correr los experimentos a las 7 AM al laboratorio, caminaba en la penumbra desde Eje 10 Sur o desde El Paseo de Las Facultades o desde Las Islas o desde Copilco, hasta la Facultad de Psicología. 

Unas veces caminaba por El Paseo de Las Facultades. Otras veces cruzaba Odontología, Economía, Derecho y Filosofía y Letras. Independientemente de lo que hiciera, todo ese trayecto desde la casa de mis papás, lo hacía escuchando mi walkman. 

Hace 26 años había comprado el CD de Black Market Music en una extraña bodega de artículos de todo tipo. Yo la llamaba «Garage Olimpo» porque me hacía pensar en la película sobre las desapariciones forzadas de estudiantes y civiles durante la dictadura de Rafael Videla en la Argentina de los setenta, pero se parecía más bien a Las Galerías El Triunfo. Era una bodega medio clandestina, de mercancía decomisada. Allí podías encontrar jerseys de la Lazio, ropa de El Palacio de Hierro, muebles de toda clase, aparatos electrodomésticos y hasta fuentes grotescas de esas que los nuevos ricos ponen en los recibidores de sus casas. La bodega estaba en la esquina de Huipulco y Tlalpan, y varios días a la semana pasaba por ahí, al salir de la universidad, de camino a la casa de mi exnovia tóxica. 

Vilma vivía en Xochimilco, y al salir de la escuela cruzábamos Insurgentes y luego nos subíamos a un camión que iba a Huipulco. Y en Huipulco, justo en frente de la extraña bodega de mercancía extravagante, tomábamos un RTP que iba al Reclusorio Sur y que tardaba mucho tiempo en pasar. Alguna vez, para matar el tiempo, debimos de pasar a esa bodega, y entonces me compré Black Market Music. 
Ese RTP hacía como 40 minutos hasta casa de Vilma. Pasaba por el INP, por el Tec de Monterrey, por La Noria, por veinte lugares más, y nos bajábamos 10 ó 15 minutos antes de El Reclusorio Sur. 

Ahora que me acuerdo de ese trayecto de casi todos los días de hace 26 años, no puedo creer que gran parte de mi vida de entonces se haya consumido así. Casi todos los días era lo mismo, una hora, casi dos horas, desde Psicología hasta su casa. Unas tardes me quedaba a comer con ella y con sus papás, pero porque ella insistía. Otras veces, lograba zafarme o simplemente estaba hasta la madre y le decía que no. Unas veces hasta me quedaba a pasar la noche en su casa. Cuando ella estaba súper emputada conmigo (no sólo ella era la responsable de que nos lleváramos tan mal) y no quería saber nada de mí, tampoco me quedaba a comer. 

La casa de sus papás era enorme, parecía casa de telenovela del canal de las estrellas. Estaba casi en lo más alto de un cerro –como El Castillo de Chapultepec, jaja– y para llegar hasta la casa tenías que subir por un sendero rocoso, cruzar varias casas y calles cerradas. De una de esas casas, justo a la mitad del camino, salía un perro de ataque, tal vez era un pitbull. Sus dueños eran poco amistosos y les valía madre todo, y lo llamaban “El Diablo”, y no era un nombre aleatorio, el perro parecía eso. Nunca me mordió, pero sí se me lanzó varias veces. Cuando iba solo a casa de los papás de Vilma y tenía que pasar por allí, nada más al pensar en el pitbull y en que podía aparecer de pronto y morderme, me torturaba. 

Luego de esquivar al perro, de regreso al oriente de la ciudad, a la casa de mis papás, tenía que tomar un camión que me llevaba al Bosque de Nativitas. En ese bosque pasaba el RTP que iba a casa de mis papás. Los dos camiones tardaban mucho tiempo en pasar. En total, el recorrido desde Xochimilco hasta el oriente de la ciudad también me tomaba otra hora y media, o dos horas. 

Lo más absurdo de todos esos recorridos desde CU hasta Xochimilco es que Vilma y yo muchas veces ni siquiera nos dirigíamos la palabra en todo el camino. Ya no nos caíamos bien, nuestra relación era horrible, sólo seguíamos juntos por costumbre. 

Aggh.

Apenas puedo creer que alguna vez fui esa clase de persona. Qué alivio cuando apareció alguien más en la vida de Vilma y qué alivio cuando ella se enamoró de esa otra persona. A pesar de que ya no nos caíamos bien, ni ella ni yo hacíamos nada. Unas veces tal vez yo me aferraba a que las cosas mejorarían, otras veces tal vez era ella quien se aferraba. El punto es que los dos seguíamos juntos por costumbre y que me faltaba tanta perspectiva. De haber estado en un laboratorio en el que sí me apasionara lo que hacía, tal vez todo habría sido diferente. Y tampoco me deslindo de mi responsabilidad. Por supuesto que yo contribuí, tanto como ella para que la relación se fuera deteriorando. Pasábamos mucho tiempo juntos y apenas teníamos veinte años. Cuando la odiaba, no podía simplemente mandar todo a volar, no podía apartar de mi mente la vulnerabilidad de Vilma. Era hija única y no la creía capaz de darle vuelta a la página, pero tal vez era yo quien no podía darle vuelta a la página.

Ahora todo esto lo veo como una estupidez, pero no siempre tienes la perspectiva que necesitas. Un día tu vida se resume a todo lo que te ha ocurrido en poco más de dos décadas y crees que todo eso será lo mejor que vivirás el resto de tu vida, que no conocerás a otras personas que se interesen por ti. Pero luego descubres que hay cosas mucho peores que terminar con una novia. 

El punto es que en todos esos trayectos de hace 26 años, cuando salió a la venta este álbum de Placebo, trataba de aislarme en mi propio mundo y escuchaba música en mi walkman. En general escuchaba lo de siempre, tenía mis mix de cassettes con canciones de las bandas que me gustaban –Nirvana, Sonic Youth, R. E. M., Pixies–, pero también tenía cassettes de uno que otro álbum completo, y cuando compré el CD de Black Market Music lo grabé en un cassette y seguramente lo escuché muchas veces y empecé a tener la impresión de que las canciones hablaban de cómo me sentía. Por ahí tengo ese cassette. 

Mmmh, si pudiera hablar ese cassette...

La mayoría de los días de hace 26 años regresaba a la casa de mis papás entre 5 y 6 PM, y hasta ese momento me quitaba los walkman –¿cuánto dinero habré gastado en pilas?– y entonces pasabanMalcolm el de en medio en la tele y a veces me sentaba a verlo con mis hermanos. Así descansaba del arduo trayecto (casa-universidad-universidad-Huipulco-Xochimilco-Nativitas-Alameda Oriente) y así medio me olvidaba de mi relación destructiva con Vilma y de esa tesis de licenciatura que ya no me aportaba nada. 

A veces, cuando volvía a casa de mis papás, Vilma y yo estábamos emputados el uno con el otro, o ella tenía planes –una fiesta con sus amigos de la prepa, algún problema “de vida o muerte” de su ex–, y ella decidía que no nos habláramos todo el fin de semana o toda la semana, y esa imposición me volvía loco, me desquiciaba. Yo no tenía las suficientes agallas para terminar con esa relación, pero ella sí podía hacerme a un lado cuando tenía otras cosas que hacer. Y cada segundo de esos fines de semana o de esas semanas era eterno. Para matar el tiempo veía la tele con mis hermanos o fumaba compulsivamente. Casi no leía ni escribía. Si pudiera volver el tiempo atrás, cambiaría eso: me pondría a escribir, aunque fuera un diario.  

Algunas canciones de Black Market Music me pegaban, como esa en la que Molko preguntaba «Can you find me place inside your bleeding heart?», y entonces no era para nada consciente de ello, no pensaba mucho al respecto, pero medio tenía la impresión de que la mayoría de las letras hacían referencias a drogas –ketamina, opiáceos, alcohol–, y que eran ambiguas y que ese apego entre un junkie y su droga de preferencia era similar a mi relación con Vilma, y a otras relaciones entre personas. Apenas hoy estoy prestándole un poco más de atención a las letras de las canciones.

Mientras escribo estas líneas, he estado escuchando Black Market Music y algunas canciones me gustan más que otras, pero en general me trae recuerdos agridulces y no puedo creer que haya pasado tantas horas al día en el transporte público. No quiero ni pensar cuántas cosas me perdí en el transporte público, cuántos libros no leí, cuántas cosas dejé de escribir, cuántas cosas dejé de compartir con mis hermanos y cuántas cosas jamás podré recuperar por estar tantas horas en el transporte público. 

Pero, en fin, no le guardo rencor a Vilma. Espero que ella tampoco a mí. 
 

No hay comentarios.: