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sábado, febrero 28, 2026

love in the 90s is paranoid


Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.

Prestarle atención a esta frase de “Girls & Boys” –love in the 90s is paranoid– ha cambiado mi percepción y la canción ahora mueve algo dentro de mí y esto va más allá del concepto en el que la tenía, ya no es para mí esa canción del video que transmitía MTV en otros tiempos y en el que un puñado de adolescentes británicos la pasan bien en una fiesta, es asombroso cómo mi cognición ha modificado todos los prejuicios que tenía sobre esta canción y sobre Blur, quién sabe cuánto tiempo me obsesionaré con la canción y con Blur, en cuanto llegué a la casa le pedí a Alexa esta canción, acabo de darles Royal Canin a los gatos, estoy sentado junto a Alexa y me concentro en la canción, a ratos releo otra vez este capítulo de Cómo entrevistar a una estrella de rock en el que Fernando García entrevista a Damon Albarn y la canción se va transformando en mi mente.

Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting–, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.

Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.

Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que  “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?

viernes, marzo 20, 2020

Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino | Julián Herbert (2017)


Éste podría ser uno de los libros que tal vez sólo comprarías porque te enganchó su título o su portada (¿Shakespeare haciéndose pasar por Vincent Vega en una de las escenas más emblemáticas de Pulp Fiction, apuntando un arma del Siglo XX y rodeado de las manchas de un caótico brochazo de pintura roja que pretende ser un salpicadero de sangre?) y que, tal vez (si fueras un poco obsesivo, ¿como yo?), habrías comenzado a leer inmediatamente y habrías continuado leyendo hasta el final para descubrir el propósito del título, aun cuando el “tono” de cada uno de los textos que conforman el libro no te lo hubiera permitido.

Los textos no son predecibles y su temática es más o menos heterogénea, pero están escritos en un lenguaje que fluctúa entre lo académico, lo intelectual, lo adornado, lo coloquial y lo desgarbado –a propósito–, y algunos de sus personajes usan la jerigonza de los narcotraficantes del norte de México y a veces sus digresiones podrían complicar el seguimiento de los diálogos.

En mi caso, el recorrido hasta el último relato –cuyo título, da título al libro– valió la pena. 

Cuando vi anunciado este libro en algún portal de Internet (¿o en la revista que te dan en las cajas de Librerías Gandhi?), el título no sólo me pareció atractivo sino que me hizo creer que se trataba de una novela y me hizo fantasear con la trama: el protagonista era un narcotraficante obsesionado con Quentin Tarantino que le ordenaba a uno de sus sicarios que lo persiguiera por Los Ángeles y que lo capturara y que lo llevara a su mansión, para que él le contara cómo había llegado a convertirse en narcotraficante, mientras intentaba convencerlo de hacer una película basada en su vida. 



La sinopsis no guardaba ninguna relación con lo que había imaginado, pero lo encontré en la más reciente Feria Internacional del Libro y lo compré.

“Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino” contiene diez textos –a los primeros nueve, sólo por su extensión, los llamaría “cuentos”– que están repartidos en 186 páginas.

En sus páginas aparecen diplomáticos que viven en Francia y que humillan a la Madre Teresa de Calcuta en un aeropuerto, periodistas adictos al crack que terminan trabajando con policías corruptos, artistas conceptuales que se filman a sí mismos copulando con prostitutas infectadas de VIH, estibadores de almacenes que viven en Berlín y que atestiguan la reacción de la ciudadanía alemana ante el horror de los desechos humanos en un vagón del metro, sobrevivientes de una enfermedad que convierte paulatinamente en caníbales a los habitantes de la Ciudad de México y que terminan como una atracción turística con resabios de ofrenda Azteca en La Catedral Metropolitana, locos que juegan a los dados en un manicomio con la dentadura que uno de ellos se arrancó a sí mismo por estar convencido de que había una partitura escrita en ella... 

Quizá el autor pudo dejar a un lado los nueve cuentos y publicar solamente el último relato –¿enfocarse en él hasta convertirlo en una novela?–, pero quién sabe si él solo tomó la decisión de publicar diez textos juntos y quién sabe si esta decisión no fue influenciada por la editorial ni por el potencial impacto que habría tenido un libro con estas características entre el público. 

Independientemente de todas las exageraciones con las que me he dirigido a “Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino”, lo recomiendo ampliamente. 


__________

PD: Las editoriales y su equipo de mercadólogos, no deberían darle tanto crédito al lector (¿hormiga?): ¿acaso no es probable que un gran porcentaje de la gente que presume leer, realmente no lea y que sólo esté interesada en comprar libros para aparentar cierto nivel de cultura...? 


domingo, marzo 15, 2020

Despachador de pollo frito | Carlos Velázquez (2019)



Lo primero que debo hacer es admitir que fui prejuicioso con Carlos Velázquez. No lo conocía, nunca había escuchado nada sobre él, pero, de pronto, un día, mi línea de tiempo en twitter fue inundada por publicidad de La efeba salvaje, uno de sus libros que acababa de salir a la venta. Había tanta publicidad sobre el libro que era prácticamente imposible no acabar leyendo una nota sobre La efeba salvaje y no saber que Carlos Velázquez había escrito ese libro de relatos.

Cada vez que doy con algún libro que me recomiendan por todas partes, tengo mis sospechas. Más allá de que tengo los grados académicos más mamones y de que hago cosas que pocas personas pueden hacer (a pesar de que nací en una familia poco privilegiada) y de que no me basta encender la televisión o ponerme como meta comprarme un auto para ser feliz, aprendí a leer y a escribir a los cuatro años, y, desde entonces, siempre me ha gustado leer y escribir; cuando estaba en las postrimerías del kínder o en la primaria y no tenía que ir a la escuela, me pasaba todas las mañanas escribiendo y leyendo por placer; mis papás me compraban cuentos o cómics, y lo que leía me llenaba la cabeza de ideas y entonces escribía historias; cuando entré a la pubertad, dejé atrás a los hermanos Grimm y a Superman, y me topé con Bukowski y con Baudelaire, y luego con Kerouac y con Burroughs, y después con todos esos autores decimonónicos y con todos esos autores poco convencionales que tienes que leer en algún punto de tu vida, si realmente lees, si no eres un lector de ocasión. 

He tomado algunos talleres de creación literaria, he conocido a gente que escribe literatura underground, he tratado a gente arrogante y sin talento que escribe literatura comercial, he tenido algunos amigos que parecen atrapados en otro siglo y que escriben literatura llena de anacronismos, me he relacionado con personas que se ven a sí mismas como Arthur Rimbaud, he aborrecido a algunos periodistas de rock que fueron mánagers de la banda de rock de mi hermano y que escriben en La Jornada y que no saben nada de nada, he concursado por algún premio con alguna novela que he escrito y que nadie ha leído, he asistido a varias presentaciones de libros y he sentido pena por los escritores que deben lidiar con las preguntas tontas de sus admiradores...

Desde que estoy metido en el mundo de las letras, me ha quedado muy claro que la literatura pertenece a un círculo social: que no hay “golpes de suerte”, que casi todos los escritores son amigos de casi todos los escritores, que unos a otros se dan palmaditas en la espalda en todos los medios posibles, y que los lectores, en general, no son nada suspicaces y que acaban creyéndoles ciegamente a todos los escritores que les recomiendan los libros de sus amigos escritores. 

A pesar de todos mis sesgos, la publicidad estaba en todas partes y el título del libro de Velázquez se quedó en mi cabeza. Me pareció un título anacrónico y extraño, y me hizo pensar que tal vez el lenguaje del libro estaba plagado de anacronismos, como los cuentos de algunos de mis amigos. Hasta la fecha no lo he leído, pero después de leer Despachador de pollo frito, apostaría a que estoy equivocado. Tal vez se titule así en honor a una de las protagonistas. Tal vez es una manera de decir vaquerobvia.

En una de las notas que acabé consultando en Internet, junto a una breve reseña de La efeba salvaje, había una fotografía de Velázquez. Usaba una playera negra con la carita feliz de Nirvana estampada en amarillo –el mismo modelo de playera que he reciclado tantas y tantas veces– y también traía unos lentes semejantes a los que usaba Kurt Cobain. 

No le presté demasiada atención a la nota: más bien, me quedé pensando en qué clase de libro sería ese que tenía un título anacrónico y que había escrito un autor que usaba gafas Christian Roth y una playera de Nirvana. (Quien me conoce o quien ha leído este blog o quien ha visto alguno de mis videos en You Tube –en los que toco canciones de Nirvana–, sabe lo importante que es esta banda para mí).

Muchos meses después, en una edición de la Feria Internacional del Libro, en el stand de Sexto Piso, me encontré un libro que tenía en la portada una fotografía de Buzz Osborne. 

El libro se llamaba Despachador de pollo frito –¿podría tratarse de una novela sobre un asesino serial que escuchaba a Los Melvins y que trabajaba en un Kentucky Fried Chicken, porque todo mundo escribe sobre asesinos seriales en estos días?– y lo había escrito Carlos Velázquez. Me puse a leer la sinopsis, me gustó lo que leí y terminé comprándomelo.

                                

Despachador de pollo frito contiene cinco relatos que están narrados con un lenguaje totalmente distinto al que había asociado con Velázquez. Los protagonistas de cada uno de los cinco relatos son extravagantes –¿outsiders de la frontera norte del país?– y lidian con los problemas que caracterizan a nuestra sociedad de comida chatarra, de mentirosos influencers que pregonan estilos de vida saludables, de héroes idiotas de redes sociales y de estrellas de guacárock de las letras.

Los personajes incluyen a un ex-agente de la Interpol que persigue a Paul McCartney por Sudamérica y por México, a una vaquerobvia que termina en el hospital en condiciones críticas, a un fulano que nunca ha estado más de tres años con ninguna mujer porque considera que a partir de ese periodo todas las relaciones comienzan a destruirse, a un director de orquesta exhibicionista... En el relato principal, hay un otaku diabético, que escucha a Marilyn Manson, que tiene una piraña y que es adicto al pollo frito. 

Después de todo este recorrido, quiero leer La efeba salvaje.


                                            


sábado, febrero 22, 2020

Cáscara de nuez


Son las cinco de la mañana. Desde hace dos horas estoy mirando el techo de la recámara y no he podido volverme a dormir. Tal vez debería buscar ayuda profesional. Ya no sé cuántas veces he pasado por la misma situación en las últimas semanas. 

Tal vez debería superar mi aversión a verme como un sujeto al que le gusta ser el centro de atención e inventarse enfermedades. Tal vez debería aceptar que en realidad soy más absurdo que eso y que sólo acudo al médico cuando alguna enfermedad ha hecho tan miserable mi existencia que he terminado en el quirófano, después de una larga temporada de episodios de reflujo gastroesofágico, de endoscopías, de lotes enteros de sucralfato, de monótonas dietas, de espantosos tratamientos de tramadol, de horribles ataques de pánico, de pavorosos ansiolíticos, de desgastantes mononeuropatías y de malos viajes con gabapentina y con percocet. 

Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Hace dos semanas leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es muy decadente –escalofriante– y me sorprendió haberla escuchado tantas veces y que hubiera pasado desapercibida para mí. 

Enciendo el teléfono para distraerme. 

Cuando mis ojos se adaptan a la luz después de haber estado acostumbrados a la oscuridad durante dos horas, lo primero que enfoco en la pantalla del celular es que estamos a -2ºC en Lerma. Reparo en que he estado ignorando el frío que siento en los pies y luego reparo en que nunca he soportado dormir con calcetines. Recuerdo que usar calcetines en la cama, me pone ansioso. Recuerdo que me hacen sentir como un prisionero. 



Mi estómago gruñe. Me muero de náuseas. 

Mi (ultrajado) tracto gastrointestinal me exige levantarme de la cama y comer cualquier cosa que pueda comer –porque no puedo comer lo que come cualquier persona– para mitigar las arcadas y para evitar que los jugos gástricos del ayuno asciendan a mi esófago. 

A pesar de que los gastroenterólogos suturaron una porción de mi estómago con la base de mi esófago para formar una válvula que impidiera que los jugos gástricos ascendieran a mi esófago, para impedir que la constante erosión del esófago provocara un tumor cancerígeno y para impedir que yo broncoaspirara estando dormido, algunas veces –sobre todo cuando estoy en ayuno– tengo reflujo. 

(Si no atiendo esta necesidad de comer, después puedo estar carraspeando todo el día y pasándomela muy mal.) 

Dejo el teléfono. Es muy temprano para leer mensajes de superioridad moral y de odio en las redes sociales. 

Creo que me levantaré de la cama y que buscaré un par de calcetines y que me los pondré. Pienso en dónde podrían estar los calcetines y ahora me encuentro pensando qué debo hacer durante el día. Iremos a la Ciudad de México, a la Feria Internacional del Libro. Hace dos años que no vamos. El año pasado, la Universidad estaba en huelga y vivíamos de nuestros ahorros y de un préstamo. (El préstamo fue una pésima idea y probablemente jamás escribiré sobre ese asunto en este blog. Después de haberlo consultado con la almohada durante casi un mes y de haber considerado que quizá era más sano solicitárselo al banco, cometí uno de los peores errores de mi vida.)

Entonces, obviamente, nuestras finanzas ni siquiera nos permitían darnos el lujo de viajar desde Lerma hasta la Ciudad de México, si no era estrictamente indispensable. 

Hace dos años no fuimos a la Feria porque vivíamos básicamente del estímulo económico del SNI (en mi primera solicitud al CONACyT, me dieron el nombramiento de Investigador Nacional Nivel I) y nuestras finanzas tampoco nos permitían hacer gastos innecesarios. El año previo había cumplido tres años consecutivos de posdoc y continuaba sin encontrar una plaza académica. Había tenido un buen sueldo durante el posdoc, pero tuve que gastar una fuerte suma de dinero, durante casi dos años, en consultorios privados de gastroenterólogos, en tratamientos médicos y en una cirugía. 

La última parte de nuestros ahorros la habíamos gastado en la mudanza a la casa en la que actualmente vivimos, en la renta y en el depósito. Apenas me pagaron una quincena en mi nuevo trabajo en Lerma, cuando la Universidad se fue a una huelga que duró tres meses. 

Mi esposa lograba que ese sueldo de hace dos años nos alcanzara para pagar la renta, la comida, la luz, el agua, el gas, internet... y cualquier cosa que fuera indispensable. A veces teníamos que usar una tarjeta para comprar comida en el centro comercial. (La gran deuda que estamos pagando tiene un monto total de $800 MXN. Al tramitar esa tarjeta, ella cometió otro grave error: dio como referencia el número de una casa a la que han estado llamando día y noche, diciéndoles que debemos ¡alrededor de $30, 000 MXN!) 

Entiendo que sea molesto que te estén llamando por teléfono para cobrarte algo que no debes y que te hayan puesto de referencia para una tarjeta de crédito (lo he vivido: también han dado mi número telefónico como referencia), pero también me parece incomprensible que le creas más a un desconocido que a uno de tus familiares que nunca se ha endeudado con nadie. 

A juzgar por el tono con el que me han llamado para notificarme y a juzgar por el misterio con el que han tratado el asunto, es obvio que “no meterían las manos al fuego por mí” y que les resulta más lógico creerles a unos desconocidos y asumir que mi esposa y que yo somos los peores despilfarradores en la historia de la humanidad.   

Estos pensamientos me han dejado un mal sabor de boca. 



Es sábado. Los fines de semana me cuesta más trabajo volverme a dormir, si despierto en la madrugada.

Despierto incluso antes de las tres de la mañana e intento volverme a dormir, pero, ya que en toda la semana no pude escribir cosas personales y necesito escribir cosas personales para estar bien conmigo mismo, me pongo a pensar de qué manera puedo aprovechar el día –sobre qué cosas personales quiero escribir– y ya no puedo dormir. 

En algún momento el ayuno es doloroso y tengo que levantarme de la cama, ir a la cocina y comer. Tomo un puñado de arándanos o pasas, y los gatos aprovechan para que les dé su comida especial. Dependiendo de lo doloroso que sea el ayuno o de lo insistentes que sean los gatos, puedo dejar la cocina pronto o después de un rato, y entonces me meto a la recámara donde trabajo cuando estoy en la casa y me siento frente a la computadora y la enciendo y procuro escribir. 

En estas semanas me he sentido bloqueado para escribir. No sé cómo explicarlo. Probablemente sea trivial para los demás, pero también resulta doloroso para mí. 

He estado escribiendo un artículo de investigación y me ha costado mucho trabajo compaginar ese tipo de escritura con el tipo de escritura que empleo en este blog y en mis textos personales. En algunas corrientes cognitivas de aprendizaje y memoria, se habla del pensamiento enfocado y del pensamiento difuso. Cuando escribo un artículo de investigación, predomina el pensamiento enfocado. Cuando escribo tonterías personales, predomina el pensamiento difuso. Ambos tipos de pensamiento involucran la participación de distintas redes neuronales. No es extraño tener este problema de compatibilidad. 

Puede parecer trivial, pero es una maldición. 

Por otra parte, no me gusta escribir sobre temas en los que no soy experto y fingir que soy un experto en ellos. Representa un gran sacrificio para mí. No me agrada aprender temas a medias. No me gusta aprender lo más básico de un tema de moda. 

Me cuesta trabajo escribir sobre temas que no me apasionan y me siento mal engañándome a mí mismo. A lo mejor por eso no soy “exitoso” para la sociedad. A lo mejor por esa razón no he salido en la televisión. A lo mejor por esa razón mis colegas creen que nunca he escrito un maldito artículo yo solo en inglés (todos los artículos en los que aparezco como primer autor, los he escrito solo y he recibido retroalimentación de los colaboradores). A lo mejor por eso no termino por sentirme feliz. ¿Por qué es tan importante el reconocimiento social? A veces la gente que lo reconoce a uno, no vale un carajo. 

Me cuesta mucho trabajo aparentar que sé más de lo que sé. Cuando tengo que hacerlo porque no soporto las apariencias de otros sujetos, sufro el síndrome del impostor y me siento muy mal. Siento que traiciono mis principios. Es como si me viera a mí mismo como un punk rocker que escucha pop cuando está a solas. 

Tengo la impresión de que soy un farsante y de que no avanzo en ninguna de las actividades que debo realizar. (Sobre estas sensaciones debilitantes debería escribir, cuando no puedo escribir.) 



Este problema de mantenimiento del sueño se remonta al posgrado. 

Los últimos seis meses no fueron precisamente un paseo por las nubes. 

Me la pasaba tan mal que desarrollé dermatitis psicosomática. Me sentía tan molesto y tan insignificante que estuve a punto de pelearme con desconocidos en algún centro comercial. (Afortunadamente, ninguno de ellos resultó estar más frustrado que yo.) 

Bebía y fumaba casi todos los días para lidiar con el estrés. (Los fines de semana eran atracones de alcohol y de otras cosas.) Ni siquiera tenía humor para escribir en este blog. Cuando intentaba hacerlo, terminaba aporreando el teclado de la computadora, jalándome los cabellos, odiando la longitud de mis uñas –concentrándome en la sensación de mis uñas al aporrear el teclado de la computadora y en el sonido que emitían– y sintiéndome estúpido e incapaz de escribir algo satisfactorio para mí mismo.   

(Han pasado más de cinco años desde entonces y aún no comprendo totalmente por qué cambió tanto mi relación de trabajo con mi mentor. Él siempre dijo que su prioridad eran las publicaciones y publiqué más de cinco artículos con él –ni los miembros más brillantes de su laboratorio que luego se fueron a hacer posdoctorados a los mejores laboratorios de Europa y de Estados Unidos publicaron tantos artículos como yo, cuando fueron sus estudiantes–, pero en esos últimos meses parecía estar convencido de que yo sólo seguía sus instrucciones y, además, no tenía ningún reparo en decírselo a todo el mundo por correo electrónico y exponerme frente a todos los que me conocían.) 

Cuando acabó ese infierno, unos meses después de mi examen de grado, uno de los miembros de mi comité tutoral del posgrado me invitó a dar un seminario a una clínica de sueño. Preparé una plática del uso de los endocannabinoides como moléculas hipnóticas en modelos experimentales –justamente en esos días acababa de enviar a revisión un artículo en el que mostrábamos que una marihuana endógena normalizaba el sueño en ratas sometidas a estrés postnatal*– y, mientras hablaba, me di cuenta de que yo mismo tenía problemas de sueño y que nunca había intentado aplicar a mi propia vida lo que había aprendido durante el posgrado. 

Al final de mi plática, le comenté sobre este problema de mantenimiento de sueño a una colega de la clínica y ella me recomendó seguir algunos hábitos de higiene del sueño y acudir con un especialista si la situación empeoraba. No le hice gran caso porque el problema desapareció temporalmente. 



Dejo de divagar, me pregunto dónde estarán los calcetines y termino pensando que soy un desastre. 

Me obsesionan estupideces. Me persiguen día y noche. Me enredo en discusiones en redes sociales con desconocidos que me llaman “ignorante” sin saber nada de mí y que asumen que soy un chairo y que no hago nada bueno por mi país porque no tengo una empresa. Me enojo y no analizo que esos personajes tienen una inteligencia tan asombrosa que asumen que todo lo que he publicado es “paja académica” y que probablemente se benefician de los hallazgos de la ciencia, como todo el mundo. 

(Me pregunto qué harán estos sujetos cuando enferman. ¿Tomarán Herbalife...? ¿Recurrirán a un empresario con buena imagen, aunque no sepa nada de fisiología...? Me pregunto si son la clase de personas que toman un curso de liderazgo en el que le enseñan a actuar –en el sentido más histriónico del término– como líderes y en el que los engañan y les dicen que la “resiliencia” es una habilidad que se aprende y que “ser resiliente” es soportar un nivel enfermizo de estrés para generar ventas.) 

También me afecta saber que algunos miembros de mi familia le preguntarían a decenas de desconocidos, antes que a mí, sobre algún tema en el que he estado trabajando más de diez años. (¿Por qué a veces la familia, es la primera en subestimarlo a uno...? ¿Por qué a veces la familia resulta ser el peor enemigo...? ¿Por qué a veces la familia es la primera en pensar que uno es un borrego y que todo lo que uno piensa, lo piensa porque tiene millares de amigos que piensan así...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es un títere y que es capaz de endeudarse por comprar cosas que no necesita...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es capaz de hacer lo peor...?) 

Me acosan pensamientos que no tienen ninguna utilidad y que me hacen sentir que el tiempo no me alcanza para hacer todas las cosas que me gustaría hacer. Me perturban situaciones que no valen la pena. Me siento dividido entre el carácter formal e imparcial de los textos científicos y el carácter informal y subjetivo de mi necesidad de escribir. 

Hace algunas semanas que no leo literatura y me cuesta trabajo escribir con fluidez.  

Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es escalofriante y me sorprendió que hubiera pasado desapercibida para mí. 

Cené algo que me cayó mal –cualquier cosa que a cualquier otra persona no le haría daño– y tengo acidez y náuseas. No puedo ignorar que estamos a -2ºC en Lerma y tampoco puedo ignorar el hecho de que se supone que está cerca la primavera. 

Miro el techo de la recámara por enésima ocasión. 

Aunque en otras ocasiones en las que he despertado a las tres de la mañana, me he sentido con más energía y he escrito millones de estupideces en cada una de las libretas que he usado a lo largo de mi vida –¿100, 200...?–, ahora mismo no puedo hacerlo. Me siento primitivo y disfuncional. 

Es desagradable estar cansado y no poder dormir. Es desagradable estar tumbado en la cama y mirar el techo de la recámara y pensar en todo lo que tienes que hacer en el día, y saber que el tiempo no te alcanzará. Es desagradable tener náuseas y saber que debes comer para mitigarlas y que el efecto de bienestar sólo durará un par de horas. Es desagradable estar a -2ºC en Lerma y saber que necesitas levantarte de la cama y buscar un maldito para de calcetines para mitigar el frío, y saber que cuando te levantes, ya no volverás a la cama. 



Continúo mirando el techo.

Ahora recuerdo un comentario de uno de mis sinodales en alguno de mis exámenes tutorales... y comienzo a divagar otra vez. 

Me pregunto cuántos años han pasado desde mi último examen tutoral. Los exámenes tutorales tampoco eran un paseo por las nubes. 

Era muy estresante tener que hablarles por teléfono a los miembros de mi comité tutoral una vez al semestre, durante cuatro años de posgrado, y agendar una cita en la que los tres  pudieran asistir al examen. Nunca me ha gustado hablar por teléfono. En perspectiva, creo que esa actividad es necesaria para cualquier estudiante de posgrado. Desde este otro lado, me ha tocado tratar a estudiantes que no tienen que llamar a los miembros de su comité para agendar una cita y me ha tocado ver cómo no los respetan y cómo se dirigen a ellos como si fueran sus empleados.  

Era muy estresante tener que preparar el aula y mi computadora y el proyector y algunos snacks para ellos y pararme frente a ellos y hablarles durante dos horas de los antecedentes y de los avances de mi proyecto. Era muy estresante tener que pensar en las respuestas a las preguntas que me hacían. Las preguntas cada vez eran más específicas y cada vez requerían un mayor dominio del tema. Nunca he podido aprender cosas por obligación de la misma forma en que aprendo cosas por placer. Con frecuencia debía aprender cosas aburridas que no me interesaban en absoluto. Era estresante exponerme a hablar de temas que involucraran que me convirtiera en un impostor. 

Eran muy estresantes las semanas previas a los exámenes tutorales. Era muy estresante estar preparando mi presentación en Power Point, sabiendo que había información que jamás lograría dominar como experto. Era muy estresante estar analizando datos con programas estadísticos, sabiendo que a la hora del examen alguno de los miembros de mi comité me preguntaría por qué había decidido usar una prueba estadística en lugar de otra. 

En fin, el miembro de mi comité dijo en algún examen tutoral que a él nunca le había gustado levantarse temprano y que despertarse era un acto desafiante para la fisiología. Creo que luego explicó algunos detalles de las contracciones musculares, de la inervación vagal del corazón, de la participación del cortisol y de la acetilcolina... Y también recuerdo que yo estaba tan tenso que no le presté demasiada atención.

¿Quién diría que después de más de cinco años mi cerebro terminaría reflexionando sobre su comentario y que su comentario terminaría llevándome a recordar algunos pasajes de mi vida como estudiante de posgrado...? 

Ahora, mientras me dispongo a levantarme de la cama y a rendirme y a aceptar que ya no volveré a la cama y que ya no intentaré volver a dormir, recuerdo haber leído en alguna revista que a las tres de la mañana ocurren la mayoría de los infartos porque la presión arterial y la frecuencia cardiaca exhiben su tasa más baja en comparación con el resto del día.

Cada vez que despierto abruptamente a las tres de la mañana, no puedo dejar de pensar en ello. ¿Qué tal si estos despertares recurrentes son una advertencia...?

Nutshell
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*Aunque no disfruté el proceso de publicación en absoluto –en los créditos se lee que yo sólo seguí instrucciones, aun cuando, antes de comenzar a escribir el manuscrito, recibí un regaño porque no seguí instrucciones “al pie de la letra” en la metodología–, creo que ese debió ser mi primer artículo como autor corresponsal. De haber sido así, tal vez mis colegas actuales sospecharían (acertadamente) que yo he escrito (en inglés) todos los artículos en los que soy primer autor.