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jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.

sábado, agosto 01, 2026

te escondías entre mis piernas, debajo de las sábanas

 

Lizzie está en la caja, apenas a 4 ó 5 metros de distancia de la mesa, pagando el Chai Late que va a tomarse y el Strawberry Açai Refresher que le encargué, pero hay tanto ruido y tanta gente en este lugar que parece que estamos en mundos distintos, que nos separa una autopista intergaláctica que en realidad no lleva a ninguna parte. 

Trato de ignorar a la gente y el ruido, trato de encerrarme en el breve espacio entre la libreta y yo, me sumerjo en sus hojas, aspiro el aroma de los árboles que talaron para fabricarla, imagino cómo fue a dar a manos de mi cuñada y cómo vino a dar a mis manos, la libreta es una libreta de hojas blancas y tiene tantas hojas blancas que es difícil escribir en ella, cada vez que escribo tengo que apoyar la mano derecha en las hojas que quedan al otro lado mientras tomo la pluma con la mano izquierda y hago malabares para escribir, las hojas del otro lado de la libreta siempre estorban, no importa de qué lado escriba. 

Me esfuerzo en concentrarme, veo a Lizzie a una autopista intergaláctica de la mesa, ya no tarda en volver y mi misión es escribir lo más rápido que pueda, que cada palabra que escriba en esta libreta se convierta en un muro que me aísle de la realidad, así es como puedo desahogarme, así es como puedo sublimar el dolor que siento cada vez que pienso en ti (y cada segundo desde que no estás, pienso en ti), así es como puedo escapar de este dolor sin escapar de este dolor, y así es como estas palabras que voy escupiendo en la libreta y que nadie lee me liberan momentáneamente de esta realidad tan vívida, de esta realidad que es como una herida abierta que cada segundo se abre más.

Me duele pensar en ti pero no quiero dejar de pensar en ti, cada segundo me duele más pensar en ti, cada segundo te extraño más, he perdido a tantos seres cercanos y sin embargo nunca había sufrido tanto ninguna pérdida, y me acuerdo de ti en cualquier momento y reparo en tu ausencia y es como quedarme sin aire, es como tirarme al vacío, es como ahogarme en mi ansiedad después de hiperventilar y reducir el dióxido de carbono en mi sangre. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y pienso en ti, en cuánto te extraño, en todos los momentos que pasamos juntos, en cómo me buscabas en tus últimos días, en que eras como un niño que no se sentía bien y que tenía miedo y que no entendía nada, te escondías entre mis piernas debajo de las sábanas, te acomodabas en mis brazos, allí te quedabas mientras buscaba perderme en alguno de los juegos del mundial 2026 y olvidarme todo, ignorar que no estabas bien. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y me acuerdo de ti cuando eras formidable y saltabas por toda la casa, por los libreros, por las escaleras, por los sillones, por la mesa, cuando inundabas nuestras vidas con tu felicidad. También me acuerdo de tus últimos domingos de junio, cuando jugó Japón, cuando jugó Países Bajos, cuando jugó Alemania. De pronto te veías muy bien y de pronto ya estabas vomitando y escondiéndote en esa casita que te compramos en PetCo cuando nadie imaginaba que enfermarías y que tu vida se iría apagando en un mes y que el 5 de julio tendríamos que despedirnos de ti. 

Cierro los párpados y pienso en esas líneas de Jack Kerouac en Big Sur, cuando tiene un momento de lucidez y se acuerda de Tyke, cómo se acostaba en la palma de una de sus manos cuando era un bebé y cómo lo hizo hasta cuando era un enorme gato persa; cuánto confiaba Tyke en Kerouac, cuánto lo echa de menos Kerouac, por qué piensa que pocos hombres entienden lo mucho que puede significar un gato para un humano, y por qué para él perder a Tyke fue como volver a perder a su hermano Gerard. 

Van a dar las 6 de la tarde, Lizzie ya vuelve a la mesa, no he escrito gran cosa y sin embargo me duele la mano, Lizzie y yo hemos estado en Galerías Metepec más de 2 horas, caminamos mucho, y durante más de 2 horas he tenido dolor de estómago, almorzamos en una fonda en Metepec y la carne que comí estaba un poco pasada, le di una mordida y me dejó un sabor como a carne de caballo, justo como a lo que sabía esa carne que me comí en un restaurante en Real de Catorce hace más de 20 años, cuando Lizzie y yo éramos novios, cuando tú todavía no nacías; Lizzie me invitó a una práctica de su carrera de Geografía, nunca entendí exactamente en qué consistía la práctica, pero en cuanto llegamos al hotel en el que nos hospedamos en Real de Catorce –en esos días murió mi abuela materna– y dejamos nuestras maletas, salimos a buscar dónde comer y nos metimos a un restaurante y allí pedí una milanesa –una de las milanesas más caras que he probado en toda mi vida– y sabía más o menos a lo que me supo la milanesa que almorcé hoy.

El dolor de estómago no viene solo, tengo ototubaritis otra vez –la primera vez que tuve ototubaritis fue cuando te llevamos a la veterinaria y te hicieron un ultrasonido– y la sensación no es discapacitante pero tampoco me acostumbro por completo a tener el oído tapado, es como escuchar todo lo que entra por mi canal auditivo izquierdo a través del agua. 

Aparto la mirada de la libreta, un grupo de adolescentes acaba de entrar. Todos deben de ser menores de edad. Los chicos vienen con shorts, hace calor, todo el día ha estado así. Cuando veníamos caminando a Galerías Metepec el calor era tan sofocante y nos detuvimos en un bazar que había en un terreno cercado con malla ciclónica, el lugar está lleno de pasto, muy cerca del Centro Médico Toluca, donde Lizzie estuvo hospitalizada de emergencia en abril, a veces hay unos hombres paseando a sus perros por allí, pero esta vez pusieron un bazar y había varios puestos y una banda tocaba «No dejes que» y Lizzie y yo nos metimos en el bazar y mientras veíamos qué vendían en los puestos la banda tocó «La negra Tomasa» y sonaba bien, el cantante cantaba mucho mejor que Saúl, y ahora me sorprendo en 1988, más precisamente en el salón Danitzel, ese que estaba por la casa de mis papás y que en tiempos del mundial de Brasil 2014 se convirtió en un Oxxo, y en particular en el Oxxo al que íbamos mis hermanos y yo a comprar cervezas en los medios tiempos de los juegos Camerún-México, Brasil-México y México-Croacia, en esos tiempos todavía no llegabas a nuestras vidas.

«La negra Tomasa» me remonta a ese salón Danitzel y me veo a mí mismo en una foto que alguien compartió hace tiempo en la página de Facebook del grupo de la primaria, y ahora que Lizzie camina hacia la mesa me acuerdo en secreto de las niñas de mi salón que me gustaban, aún recuerdo sus nombres, y también recuerdo cómo íbamos vestidos mi hermano y yo en el festival del día de las madres en el que tomaron esa fotografía, mi hermano y su salón bailaron «La negra Tomasa» y él iba vestido con jeans y con una chamarra de mezclilla, yo iba con ropa de jarocho, en mi salón bailamos «La bamba», o algo así. Y no me gustó. Y desde antes no me gustaba bailar. 

Lizzie está a unos pasos de mí, trae las bebidas y me sonríe, ella también te extraña mucho, fuiste su gran compañero, siempre la acompañabas a todas partes, le contabas cosas al despertar, dejabas que te acariciara la panza antes de dormir, te quería mucho, jamás entenderé cuánto sufre que ya no estés aquí.

Ahora más bien pienso en El Silencio de los Caifanes. Un día, cuando ya estábamos en la secundaria, a mi hermano uno de sus compañeros de salón se lo prestó, y lo escuché y se me hizo un álbum tan extraño, en esos tiempos «Nubes» y «No dejes que» sonaban en la radio. Nadie en mi salón topaba a los Caifanes, pero sí conocían a Willie Colón.

El dolor de estómago no cesa, patea con la fuerza de un caballo enfurecido, he estado leyendo un libro inédito de Céline –el primer libro que compro desde que nos despedimos de ti– y tal vez por eso –en este libro, Céline relata su experiencia en la guerra– tengo la impresión de que mi vientre es un cráneo roto por un obús, que está hecho pedazos en un campo de guerra, y mi oído izquierdo sigue tapado y asocio esta sensación con el zumbido de Céline en uno de sus oídos –a él realmente le estalló un obús cerca del oído–, y ahora tengo náuseas y me voy precipitando lentamente en el pozo de la ansiedad, en cualquier momento podría devolver el estómago, ahora estoy pensando en música, en que me faltan NIN y Local H y Babasónicos en mi playlist, en que también faltan Sonic Youth y Butthole Surfers y Soundgarden, y, quizá, para los momentos más cursis y más cansados, también me faltan U2 y Placebo y tal vez hasta esa canción de Café Tacuba que escuchamos en uno de los primeros Uber en el que nos subimos Lizzie y yo desde que nos despedimos de ti, era una canción que sonaba mucho durante la larga huelga de 1999 de la UNAM, tal vez se llama «Revés». Pienso en música para acostumbrarme a este dolor, tú y yo escuchábamos música todo el tiempo. Estoy creando nuevas playlists para formar nuevos recuerdos. Toda la música que escucho me recuerda a ti.

Lizzie ya está sentándose junto a mí y justo en este momento suena «La negra Tomasa» en el Starbucks, y me acuerdo de ti, Jax.  

sábado, junio 20, 2026

no escucho nada más


    
    Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Desde hace unos años, soy la clase de persona que sigue esta «rutina» y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM. 

    Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué un rato con ellos, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos con problemas de mantenimiento de sueño como yo, ya son las 8 AM.

    Ahora solo quiero tomarme unos minutos de descanso, olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que el Ondansetrón, la Mirtazapina y el Ipakitine no están funcionando; que ya casi no come ni toma agua; que debo cumplir con mis obligaciones fiscales; que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo, porque hoy mismo me los pidieron; que debo terminar de organizar estas treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un mes–, pero apenas me acomodo en la silla para tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino; otra vez está limpiando su auto, es todo un ritual que no suele llevar a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, excepto esta semana. Ya perdí la cuenta pero tal vez es la tercera vez que lo hace.

    A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.

    Otras veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Sepultan la música que traigo en los audífonos y en la cabeza. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva decenas de toneladas y miles de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de un Lorenzo Lamas que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. (¡No soporto el ruido de los motores de las motos!, ¿en qué piensa una persona cuya máxima motivación, aparentemente, es subirse a una moto y hacer que gruña el motor de su moto...?)

Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en un infierno sin fin –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar cómo todos estos sonidos cambian la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Es inevitable no pensar en todo esto porque todos estos temas forman parte de los temas que estudio por trabajo o por diversión, son ideas que constantemente están en mi cabeza, no googleo sobre estos temas para volarle la cabeza a nadie con mis conocimientos.

Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM porque ya no puedo dormir, soy la clase de persona a la que le incomodan los ruidos en exceso. Aunque escucho música todos los días (¡no todo tipo de música!) y no podría vivir sin escuchar música, siempre traigo mis audífonos con cancelación de ruido o siempre que escucho música en mi casa, lo hago a un volumen moderado. A diferencia de algunos vecinos con quienes he tenido que lidiar en los distintos departamentos o fraccionamientos en los que he vivido, no me interesa que nadie descubra mis gustos musicales. 

Ocasionalmente escucho un zumbido en el oído izquierdo, ocasionalmente tengo tapado el oído izquierdo, la otorrino ya me dijo que la trompa de Eustaquio “está un poco tensa”, que no estoy quedándome sordo, que mi sistema auditivo no está dañado, que lo que tengo tiene un nombre —ototubaritis—, y sospecho que la ototubaritis aparece justo a la mañana siguiente de un día del carajo en el que estuve enojándome por las cosas que tengo que hacer con personas tóxicas, cuando, por ejemplo, me piden tramitar el mismo documento 4 veces, o resolver un arduo trámite que implica pedirles su tiempo y paciencia a dos o tres personas el mismo día que me piden resolverlo, para que, al final, insinúen que todo es por mi culpa y no por su incompetencia. 

Sospecho que la ototubaritis aparece cuando estoy tenso, cuando he pasado toda la noche apretando la quijada (sin darme cuenta), cuando Jackson apoya su cuerpo en mi brazo izquierdo y pasa la noche conmigo en esa posición y estoy preocupado por él y no quiero aplastarlo y me frustra que esté enfermo y que los medicamentos no estén funcionando y me pregunto por qué seres tan puros y bellos como él tienen que enfermarse y por qué personas del carajo viven muchos años, como Mumm-Ra, el Inmortal.

La ototubaritis no es tinitus. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente. Y mi aversión al ruido no tiene nada que ver con que soy quisquilloso. El ruido me molesta, me satura, es como una bomba de tiempo en mi cerebro. Y me refiero al ruido de las máquinas, y también a la música a todo volumen de los vecinos. 

    ¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada.