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domingo, diciembre 25, 2022

Llegar a la otra orilla

La alergia estacional está aquí. No puedes dejar de estornudar y no puedes dejar de moquear y no puedes dejar de sentir que vas enfermarte mortalmente de un momento a otro. Los ojos no dejan de escocerte. No entiendes por qué hace unos minutos estabas relativamente normal y por qué ahora estás tan jodido. Te miras en el espejo y el rostro que ves se parece al de otra persona: al de una persona que ama las fiestas, que se desvela, que no cuida su salud, que no se alimenta sanamente, que está toda hinchada tras décadas de consumo excesivo de alcohol; que aún está borracha; que tiene la nariz roja y que tiene los ojos rojos.

El solsticio de invierno llegó. El frío es como un taser que te electrifica. Todo lo que haces se convierte en un ritual: para ir al baño, tienes que ponerte calcetines, pantuflas y veinte kilos de ropa encima; en el baño, tienes que quitarte al menos diez kilos de la ropa que traes encima para moverte con cierto margen de comodidad; cuando te vas a bañar, debes ir bien abrigado, arrastrando calcetines, pantuflas y veinte kilos de ropa, y luego debes quitártelo todo; cuando sales de bañarte, debes abrigarte muy bien una vez más para evitar los cambios bruscos de temperatura, y debes estar diez minutos poniéndote pantalones térmicos y playera térmica y calcetas y tenis y veinte kilos de ropa; cuando lavas los trastes, para evitar que se te mojen las mangas, debes arremangarte la chamarra y el suéter, y, si no puedes, si la chamarra y el suéter son obstinadas, debes quitártelas y lidiar con el frío de la estancia y con el agua que parece estar bajo cero mientras lavas los veinte mil trastes que ensuciaron Katz y tú en la cena. 

En el frío, hasta lo más trivial dura una eternidad.

Estás desvelado. Son las ocho de la mañana, pero para ti ya son las dos de la tarde. Aunque no lo quieras, en esta temporada, te acuestas más tarde, todo mundo se acuesta más tarde, y una que otra noche acabas siendo humano y te sientas frente a un televisor y convives y ves alguna película navideña en la que todos los protagonistas son felices al final –Jingle all the way–, y vas acostándote a la una o a las dos de la mañana; y cuando las ganas de orinar y la moquera de la alergia estacional, y cuando los ojos que te escuecen y que te lagrimean por la alergia estacional, te levantan al otro día, el frío, que se parece a un taser que te inmoviliza, y la mañana de Navidad y la resaca de afecto y la pesadez de la cena de Noche Buena, te ponen en un mood cozy –esas palabras anglosajonas que definen lo que quieres decir pero que la neblina que el frío te ha puesto en la mente te impide traducir correctamente– y ya ni siquiera te dan ganas de salir a correr: aunque el día esté soleado, ese sujeto que todo el año sale a correr al menos tres veces a la semana parece un gemelo loco de una vida paralela, y esa expectativa gratificante que saca de la cama a ese sujeto y que lo lleva a dar el primer paso para correr, también parece la expectativa gratificante de un gemelo loco de una vida paralela. 

Cuando hace frío es más difícil que des el primer paso, que salgas a correr, que te mueva esa expectativa que te inunda de pies a cabeza durante unos segundos, cuando la aplicación de Nike te dice que ya has corrido cinco o seis kilómetros y que tardaste alrededor de cuatro minutos y cuarenta segundos por kilómetro, y que te hace sentir satisfecho y que te permite reflexionar sin ser prejuicioso contigo mismo, cuando todas esas moléculas gratificantes que produce tu cerebro –endocannabinoides, endorfinas, dopamina, etc.– y que le han ayudado a nuestra especie a que aprenda a sobrevivir, y que le han permitido perpetuarse, se esparcen por tu sistema nervioso como una corriente dichosa que te da claridad y que te hace sentir que estás cerca del nirvana.

Cuando hace frío es más difícil dar el primer paso, salir a correr, vislumbrar el poder del más allá, de esos segundos gratificantes que llegan cuando has corrido cinco o seis kilómetros; es más difícil dar el primer paso y vislumbrar que correr es como meterse a nadar –que es un punto de no retorno, que no hay vuelta atrás–, y que nadar una y otra vez hasta llegar a la otra orilla, es una metáfora de tu vida; que es vivir y que es respirar y que es transpirar y que es sufrir y que es disfrutar y que es ir en contra de la corriente y que es dejarse llevar; que llegar a la otra orilla no sólo es acercarse al nirvana, sino también una metáfora de la incertidumbre, de tu existencia gris, de tener que empezar siempre de cero con todo mundo; de tener que mostrarle a la gente que juzga sólo lo que ve, que todos los días eres sorprendente; de tener que mostrarte a ti mismo todos los días que eres sorprendente: que no sólo lees cuarenta libros al año, que no sólo tocas la guitarra desde hace mil años, que no sólo escribes desde que aprendiste a escribir; que no sólo hablas varios idiomas, que no sólo piensas en varios idiomas; que no sólo eres quisquilloso contigo mismo; que no sólo te obsesionan cosas que a nadie le importan; que no eres un cliché; que lo más simple que haces en tu día a día es complicado, o que resultaría imposible, para muchas personas; que no sabes hasta cuándo tendrás fuerzas para llegar a la otra orilla.

Moqueas otra vez, los ojos te escuecen otra vez, y el frío se parece a un taser que te inmoviliza otra vez, y no entiendes por qué a algunas personas les gusta tanto el frío –los llamas “los amantes del frío”–, y recuerdas a otras personas que viven en lugares muy fríos y que, cuando te quejas de este frío infantil, te dicen que te invitarán a donde viven, a donde sí hace frío de verdad, para que sepas qué es el frío de verdad, que ya no seas un llorón, pero ya no escuchan cuando les dices que no pones en duda que en otros lugares del mundo haga mucho más frío que aquí, que tú no soportas el frío que conoces y que no soportarías el frío extremo, que te deprimirías y que probablemente te quedarías tumbado en la cama todo el día y que nunca escribirías y que nunca leerías y que nunca tocarías la guitarra y que nunca saldrías a correr. 

Cuando hace calor, los amantes del frío te preguntan por qué no traes veinte kilos de ropa encima, si tanto te gusta el calor, pero ellos, cuando hace frío, no andan semidesnudos por las calles porque no es adaptativo, porque nuestros cuerpos no están hechos para el frío, porque el frío, como el alcohol, es un gusto adquirido, una preferencia que han moldeado tus experiencias, una preferencia que has aprendido a querer; sospechas que a ellos no les gusta el frío, que les gusta sentirse calientitos, que les gusta sentirse apapachados por la sociedad, porque la sociedad adora la libertad de echar desmadre y de reunirse y de emborracharse en las cenas de fin de año, en las posadas, en la Navidad y en el Año Nuevo.

Te has hartado de explicarles a los amantes del frío que los humanos no nacimos para el frío, que el frío no es adaptativo; que el frío no es práctico; que todas esas ciudades en las que la temperatura promedio oscila alrededor de -29º C requieren toda una costosa infraestructura de calefacción en la que no les gustaría pensar; que en esas ciudades bajo cero las tuberías se quiebran por el frío y que es imposible habitar una casa que no tenga al menos un calefactor barato; que no nacimos para el frío y que esa es la razón por la que no tenemos pelaje como los osos polares; piensas que los amantes del frío sólo dicen que les gusta el frío para llevarte la contraria, o que tal vez no conocen el frío, o que tal vez, más que el frío en sí, les gustan las cosas melosas que la gente suele hacer en épocas de frío; o que tal vez son de esas personas que tienen un montón de preocupaciones, que tienen el agua hasta el cuello de deudas (porque los comerciales que ven y que escuchan por todas partes –televisión, radio, internet, las calles– los han obligado a comprar cosas que no necesitan), o porque tienen a algún familiar gravemente enfermo en el hospital y no tienen cabeza para estas nimiedades, o porque, simplemente, tienen una vida tan ajetreada y llena de responsabilidades que no reparan en tonterías como este frío que no es mortal. 

Pero está bien. Tú solo quieres llegar a la otra orilla, aunque no hayas salido a correr.

jueves, noviembre 24, 2022

Leías y comentabas este blog


Eran otros tiempos. Podía acostarme a las tres de la mañana y dormir seis horas seguidas y no tener somnolencia en todo el día. No tenía que levantarme de la cama cuando la vejiga estuviera a punto de estallarme –fastidiándome, humillándome y diciéndome “¿Aún tienes sueño? Jajaja. ¡Pues yo tengo otros planes para ti!”–, sino cuando ya no tenía sueño. 

Eran otros tiempos. Después de estar orinando tres minutos que parecen una eternidad, no tenía que pincharme un dedo, ni verter una gota de sangre en una tira reactiva, ni usar un glucómetro ni anotar mi glucosa en ayuno, por el resto de mis días. Jamás me pasaba por la cabeza que es horrible que mi abuelo me haya heredado esto. No tenía que tomar dapagliflozina o metformina antes de cada desayuno, todos los días, por el resto de mi vida, mientras tratara de hacerme el tonto y evitar ponerme a pensar en que los medicamentos van jodiendo mis riñones y en que ya no hay vuelta atrás: en que cada día estarán peor que el día anterior, y en que, en algún momento, tendré que convertirme en un monje que ni siquiera pueda “perder la cabeza” y tomarse una triste copa de rompope una vez al mes. 

Eran otros tiempos, Vitalogy acababa de salir a la venta. Pearl Jam todavía no se enfrentaba a Ticketmaster, ni renunciaba a una súper gira multimillonaria por todo el mundo, cuando ya habían superado Ten y Nevermind y el éxito de Nirvana y el impacto de la muerte de Kurt Cobain. Todavía un sector de la juventud escuchaba música subversiva y estaba en contra del sistema y de las superficialidades del capitalismo, y Eddie Vedder y Pearl Jam representaban todo ello e incitaban a ese sector de la población a estar en contra del sistema; todavía ese sector de la juventud no quería formar parte de los convencionalismos, no quería entrar en el gusto de la gente de bien, no aspiraba a salir en la tele ni a convertirse en algo similar a un influencer que “documentara” todas sus tonterías alrededor del mundo y que facturara un montón de dinero en redes sociales. 

Eran otros tiempos. Después de ir al baño y de medirme la glucosa, no tenía que buscar tres platos por toda la casa, ni bajar a la cocina a servir porciones de comida blanda de Royal Canin en tres platos, ni cambiar el agua del plato del agua de tres gatos, ni llenarles sus otros tres platos con croquetas de Royal Canin, ni limpiar el arenero de tres gatos y barrer y sacar la bolsa con arena sucia al bote de la basura. Tampoco lavaba trastes todos los días, ni tenía sueño a todas horas, ni salía a correr cinco o seis kilómetros, dos o tres veces a la semana. Tampoco me lastimaba eventualmente un tobillo o una pierna, por correr cinco o seis kilómetros a la semana. Tampoco tenía los grados académicos ni la experiencia docente y en investigación básica que tengo; no tenía una sola publicación científica en inglés en ninguna revista evaluada por pares, ni tampoco tenía que pensar en abandonar mi carrera académica –renunciar a todo lo que he hecho y he conseguido en casi quince años–, ni tenía pesadillas en las que no me queda otra opción más que conducir un camión de pasajeros, o en las que me convierto en el ridículo guardaespaldas del dueño de un restaurante de comida china. 

Eran otros tiempos. No tenía esta clase de pesadillas, ni me despertaba a las tres de la mañana pensando en el mito de Sísifo. 

Eran otros tiempos. Aún no llegaba esa mañana de abril del 2007 en la que conocí a Katz en una estación del metro, cuando iba a impartir una clase a mi grupo “conejillo de indias” en la universidad, ni algunos de los estudiantes de ese grupo esperaban a que Tim Leary personalmente les impartiera una práctica sobre los efectos terapéuticos de los enteógenos, ni otros estudiantes de ese grupo terminaban la licenciatura y se convertían en estudiantes de posgrado, ni yo, en mi posición de posdoc en otra universidad, los había invitado a dar un seminario y ellos me pedían que les pagara todos los viáticos; todavía algunos de esos estudiantes de mi grupo “conejillo de indias” no eran los pachamamas que son hoy, ni creían saber más que todos los sabios del mundo.

Aún no llamaba por teléfono a Katz por primera vez, ni salía a ningún lado con Katz por primera vez, ni me enamoraba de Katz; aún no pensaba en que era posible que ella me quisiera y en que ella quisiera compartir su vida conmigo; aún no conocía las dimensiones de su amor, ni tenía la oportunidad de mostrarme su apoyo en los momentos más terribles, cuando me encontraba en el limbo, en los últimos trámites del doctorado y en los primeros trámites del posdoc, cuando no teníamos dinero, cuando estaba enfermo y me adherí a dos tratamientos médicos y acabé en el quirófano, cuando ella absorbía todos los gastos de la casa; todavía Katz no se mudaba a vivir conmigo, ni los dos nos mudábamos a vivir a tres lugares distintos, en ciudades distintas, ni la hacía enojar por mi horrible modo de ser.

Eran otros tiempos. Los felinos no formaban parte de mi vida. Aún no llegaba a casa de mis papás ese majestuoso gato al que llamaríamos Sócrates y aún Sócrates no era mi gran compañero, ni adquiría la costumbre de acompañarme en mi recámara y tumbarse en la cama mientras me ponía a leer o a escribir o mientras tomaba una siesta y procrastinaba y huía de todas mis responsabilidades y me escondía en mi zona de confort porque no quería saber nada de nadie, porque me sentía del carajo, porque tenía rotos casi todos los huesos del alma, porque apenas podía dar uno o dos pasos en mi recámara sin tropezar, porque no procesaba todavía que algunas relaciones están destinadas al fracaso, que se convierten más en una costumbre que en una dicha, y que pueden durar una eternidad porque uno las fuerza y las calza como un zapato que le queda chico. 

Eran otros tiempos. Aún Sócrates no se iba de la casa, ni me quebraba los pocos huesos del alma que me quedaban intactos, ni me hacía sentir esa tristeza espantosa que nunca había sentido, ni siquiera cuando alguien me había rechazado, ni siquiera cuando alguien me había dicho que no sabía qué hacía conmigo, si yo no era ni guapo ni gracioso ni millonario; ni siquiera cuando alguien (contra todo pronóstico) había “perdido la cabeza por mí” y me había dicho, después de meses y meses de conversaciones telefónicas, que prefería volver con su ex porque yo le daba demasiadas vueltas al asunto. Esa tristeza espantosa provocada por la ausencia de Sócrates era totalmente distinta; esas personas que me habían roto otros huesos del alma, en otras temporadas del infierno de mi vida, seguían viviendo sus vidas y podían valerse por sí mismas y yo podía saber que ellas estaban bien, pero con Sócrates todo era incierto: no sabía si seguía vivo o si estaba en una mejor casa, o si le había pasado algo malo; y todos los días era lo mismo: despertar pensando en que ese día sí volvería Sócrates a la casa, y que llegara la noche y que él no apareciera y que yo tuviera que morderme el corazón y resignarme y aceptar la realidad: que, cada día que pasara sería una confirmación de que él no volvería jamás, y que me iría habituando a su ausencia, aunque, todos los días, durante casi un año, me sentiría del carajo porque Sócrates no volvía a la casa y porque no sabía si él estaba bien o si seguía vivo. 

Eran otros tiempos. Apenas había tomado un taller de creación literaria, en una casa de cultura en San Pedro de Los Pinos, durante la huelga de 1999 en la UNAM, y había conocido a algunos bohemios y nos habíamos reunido en algunas fiestas y habíamos bebido y habíamos hablado sobre literatura y habíamos leído nuestros propios textos; y estaba por tratarte en persona, en mi segundo taller de creación literaria, en otra casa de cultura en Azcapotzalco. Faltaban varios años para que saliéramos a tomar a un bar por Ciudad Universitaria en compañía de una de tus amigas que, quién sabe por qué, quería andar conmigo; todavía no nos emborrachábamos en una cantina de mala muerte detrás de las ruinas de El Templo Mayor, leyendo a Alejandra Pizarnik; todavía no llegábamos a ninguna cantina de la calle de Bolívar, a las ocho de la noche, atestada de sexagenarios que jugaban dominó, ni bebíamos XX Lagger calientes con otros sujetos que tú conocías de otros talleres de creación literaria; todavía no acabábamos esa larga noche en un bar de la calle de Regina, escuchando a una banda de rock en vivo mientras un puñado de borrachos cantaba una canción de Héroes del Silencio. 

Todavía no existía Facebook y todavía no nos enviábamos solicitud de amistad, ni me compartías un artículo de Roberto Bolaño en Facebook, ni me decías que él era el Kurt Cobain de las letras, ni te invitaba a la pequeña celebración de mi boda civil con Katz –nos casamos para darle gusto a la familia, pero podíamos haber vivido en unión libre–, ni descubría en Facebook que realmente no sabía nada de ti, que sólo sabía que habías sido novia de otro conocido y que te gustaba la literatura, y que podías ser una persona radical y poco tolerante; todavía no existía Facebook, ni me abrías los ojos en Facebook, ni me llamabas ególatra en Facebook, ni me desconocías en Facebook, ni me preguntabas dónde podías leerme, aunque, tiempo atrás, antes de que hubiera redes sociales, antes de que compartiéramos esa larga noche de juerga en las calles de El Centro Histórico, cuando te conocí en el taller de creación literaria, leía algunos de mis textos y tú los escuchabas y me dabas tu retroalimentación, o, cuando ese taller terminó y nos comunicábamos por correo electrónico, cuando comencé a escribir en este blog, hace más de quince años, visitabas este blog, y lo leías y lo comentabas.

Ahora te he bloqueado de mi vida, como en ese capítulo de Black Mirror, y no quiero saber nada de ti, y jamás volveré a escribir nada sobre ti, y te he bloqueado de mi vida después de que me eliminaste de tus amigos en Facebook porque te respondí algo que no te gustó, y me abriste los ojos, y ahora veo que siempre tengo que dar el primer paso y que no siempre vale la pena ser condescendiente con todos mis conocidos, ni estar pensando en que mis conocidos no necesariamente me dicen de vez en cuando cosas hostiles porque estén pasando un mal momento, sino porque son intolerantes y están acostumbrados a recibir “palmaditas en la espalda” y deben quedar bien con sus grupos de apoyo en redes sociales.  

Ahora te he bloqueado de mi vida porque no necesito que me desconozcan, que me llamen ególatra por responder concretamente a preguntas que me hacen, que me den respuestas hostiles y que me exijan explicaciones por messenger, especificando qué me están preguntando (porque soy muy tonto para darme cuenta), porque mi vida ya tiene suficientes cosas que están del carajo (aunque no se las cuente a nadie en Facebook), como para intoxicarme en redes sociales con otras cosas que también están del carajo. 

Eran otros tiempos: cuando leías y comentabas este blog.

miércoles, noviembre 09, 2022

Scar Tissue

Tratas de escribir, pero es imposible. 

Estás despierto desde las 5 am. Te levantaste de la cama a las 6. Luchaste contra (tus demonios) el frío. Te pusiste varios gramos de ropa encima. Te calzaste unas pantuflas. Aborreciste un poco estar en la época del año en la que ya no puedes tener la oportunidad de zambullirte semidesnudo en el día si te da la gana, cuando no es invierno y puedes andar descalzo y dormir en bóxers; cuando no necesitas ponerte varios gramos de ropa encima y calzarte unas pantuflas para ir al baño. 

Te metiste al baño a lavarte los dientes. Te miraste en el espejo. Ensayaste una sonrisa. Eres de esas personas a las que les sale natural verse encabronadas todo el tiempo. Te lavaste las manos. Bostezaste y te sentiste como un león en el reino de tu casa que es una selva. Los gatos que te ven como el rey de la selva te esperaban afuera del baño. Tú y tu manada caminaron al estudio. Te sentaste frente al escritorio. 

El frío era debilitante, una venda en los ojos, una quemadura de hielo en la piel, un banco de niebla en el paisaje. Tuviste que quitarte las pantuflas y ponerte unos calcetines y luego otra vez las pantuflas. Sacaste el glucómetro y la lanceta. Te mediste la glucosa. Anotaste el día, la hora y “137 mg/dl” en la libreta en la que llevas tus registros diarios desde julio del 2021. Aborreciste un poco tu existencia. Siempre tener que estar al pendiente de tus pasos.  

Hiciste memoria para recordar qué comiste ayer. Últimamente has comido mal (mucha carne roja) y has bebido alcohol en exceso (Seltzers, cervezas, ron, whiskey) y has tenido 110 mg/dl de glucosa en sangre, en ayuno. A veces, cuando comes cosas saludables (frutas, verduras y legumbres) y tomas té (sin azúcar), tienes 140 mg/dl. No entiendes nada. No puedes dejar de pensar que hubieras preferido heredar un fondo fiduciario, o cualquier tontería semejante, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa.

Te disponías a escribir qué hiciste desde el miércoles pasado en esa especie de diario que tienes (y que se parece un tanto al diario que Emmanuel Carrère cita en Yoga pero que, en tu defensa, comenzaste a escribir hace más de dos años, mucho antes de conocer a Emmanuel Carrère), pero tu manada empezó a impacientarse y uno de los gatos se subió al escritorio y se talló incesantemente contra la pluma que usabas para escribir. Tuviste que dejar a un lado lo que te disponías a hacer. 

Tratas de escribir, pero es imposible.

Bajaste a la cocina. Buscaste los tres platos de tu manada. Sacaste la comida blanda del refrigerador. Les serviste comida blanda. Les cambiaste el agua. Trapeaste el agua que tiraron junto a su plato de agua. El gato mayor tiene la costumbre de arrastrar el plato con agua y dejar un regadero en el suelo, y los demás le siguen el juego. Les recogiste la arena a los gatos. Sacaste la arena de los gatos. Metiste la bolsa de arena en el bote de basura en el traspatio de la casa. Cambiaste la arena. Te lavaste las manos. Te preparaste mentalmente para lavar los trastes. 

Quitaste todos los trastes secos del escurridor. Aborreciste un poco el escándalo de los platos de peltre. Abriste y cerraste cajones en la alacena. Colocaste los trastes secos en su lugar. Vertiste Salvo en el recipiente donde va la esponja para lavar trastes. Vertiste agua en el recipiente. Viste la espuma que hacía la combinación de agua y de jabón líquido. Lavaste dos platos, tres tazas, dos vasos, cuatro cucharas, seis tenedores, una sartén, un popote de metal. Y enjuagaste todo lo anterior. Y pusiste en el escurridor todo lo anterior. 

Mientras hacías todas estas cosas, medio recordabas tu sueño (que ya se te va olvidando): estabas en una recámara que se parecía a la recámara que tenías en casa de tus papás, una de las paredes estaba muy dañada, tenía una fisura y por la fisura salía una especie de forro calefactor y también por la fisura se veía un fondo de cartón; tocabas el fondo de cartón y te sentías tentado a hacerle un hoyo y a averiguar si podías ver la casa contigua a través de ese hoyo; estabas sentado frente a un escritorio y encendías una computadora y ponías un concierto de los Red Hot Chili Peppers, y conectabas la computadora a un proyector; la pantalla del proyector estaba en una pared dañada y la imagen no era muy nítida; el video del concierto tampoco era muy nítido; uno de tus hermanos aparecía en la recámara y se sentaba en el suelo a ver el concierto; la imagen en la pantalla era tan poco nítida que lastimaba los ojos. Quién sabe por qué soñaste todo esto. Si quisieras podrías analizar de dónde salieron todos estos símbolos y encontrarles un significado, pero no eres místico ni pseudocientífico. 

Tienes alergia estacional. Otra cosa que el invierno trae a tu vida. No dejas de sorber los mocos. Aún tienes sueño. Pero cuando te levantas de la cama, ya no hay vuelta atrás. Siempre ha sido así. Desde que recuerdas. 

Tienes los ojos llorosos. ¿Estás enfermándote...?

Cuando te levantaste de la cama, te sentías impetuoso y tenías muchas ideas y querías escribir. Son las 8: 15 y la rutina de todos los días ha ido matando esas ideas y ese ímpetu. Están barriendo y trapeando y sacudiendo y caminando de un lado a otro, y los pasos resuenan en los túneles de tu cerebro, son obuses que te aniquilan y que te hacen preguntarte por qué nunca tienes ganas de barrer y de trapear y de sacudir, por qué eres tan flojo para realizar labores domésticas, por qué siempre estás quejándote por lavar los trastes y por el ruido que hacen la lavadora y los trastes de peltre, y escuchas a tu manada correr de un lado a otro en la selva que es tu casa, y luego escuchas que los están regañando porque se les ocurre pasar precisamente por dónde están barriendo, trapeando y sacudiendo, porque no se están quietos, porque tienen ganas de cazar y deben sustituir sus instintos tallándose por aquí y por allá; y todos los sonidos son un dolor de cabeza, como cuando estás rendido y estás dispuesto a tumbarte en la cama y vas quedándote dormido y precisamente a un mosquito se le ocurre merodear tu cama y taladrar tus oídos con su zumbido, y te pone en alerta y temes que se te meta en los canales auditivos y que joda tu sistema vestibular y que tengas que ir urgentemente al otorrinolaringólogo... y ya no puedes dormir aunque estés exhausto. 

Tratas de escribir, pero es imposible. La vida se va mientras lavas los trastes y recuerdas lo que soñaste.

Te abandonó el impulso de escribir, entraste en la vida de un adulto que no tiene servidumbre y que es un ciudadano similar a esos músicos independientes de los noventa que hacían todo por ellos mismos, que empezaron a tocar la guitarra en la casa de alguno de sus amigos porque todo el día llovía y estaba nublado en su pueblo y porque no querían trabajar talando árboles y porque no querían emborracharse y desear suicidarse como todos sus familiares. 

Se te olvidó la oración mágica que estaba en tu cabeza y que bastaría escribir en un blog para que, a partir de ella, fluyeran varios párrafos durante varias horas y te desconectaras del frío y de la realidad y de las labores domésticas. 

Para aprovechar el tiempo, te metiste a la página del departamento de anatomía de la facultad de medicina de la UNAM. Consultaste una convocatoria de la que te hablaron. Es para una plaza (determinada) de profesor de carrera C de tiempo completo. La convocatoria dice que no es un concurso de oposición. Piensas que es pan con lo mismo, que existir en este momento y leer en este momento esta convocatoria es estar en un quirófano helado, contándole al anestesiólogo qué haces mientras la anestesia surte efecto y esperas llegar a un paraíso inconsciente.

Te preguntas si podrás poner en orden tus ideas más adelante, si dejarás de sorber los mocos, si los ojos dejarán de llorarte, si los gatos te darán tregua, si un desconocido te llamará para ofrecerte el empleo de tus sueños, si comprarás un billete de lotería y ganarás la lotería y mandarás al carajo a toda la gente superficial que sólo hace cosas para obtener dinero, si te quedarás dormido otra vez, si despertarás otra vez, si tu manada seguirá acompañándote todas las mañanas a medirte la glucosa, si en algún punto dejarás de tararear mentalmente “Scar Tissue” y si dejarás de recordar cuando no tenías ni veinte años y John Frusciante salía en MTV conduciendo un viejo automóvil y tocando una guitarra rota. 

lunes, enero 17, 2022

Tirar la toalla


El martes renovaron tu distinción de Investigador Nacional Nivel I. Deberías estar feliz. En tu primera solicitud de ingreso al SNI (cuando acababas de terminar el posgrado), te dieron esa distinción y la ejerciste en el posdoc, pero te enfermaste, acabaste en el quirófano y sólo pudiste publicar un artículo como primer autor y no pudiste renovar en la convocatoria que te correspondía (aunque, en ese periodo, tus colegas de antaño ni siquiera te consultaron para colaborar en otras dos publicaciones en las que cuatro de tus publicaciones como primer autor fueron parte sustancial de dos artículos de revisión). 

Tienes casi un mes con tos. Un día, saliste a correr y al volver a la casa te enfriaste más de lo necesario platicándole a tu esposa sobre algunas cosas en las que estabas pensando mientras corrías. No has podido descansar lo suficiente. Cada semana has hablado frente a clase entre cinco y siete horas.  

En lugar de celebrar tu regreso al SNI, tienes que hacer miles de cosas para actualizar tu e-firma en el SAT. El miércoles, el jueves y el sábado has estado entre seis y siete horas diarias leyendo manuales y siguiendo instrucciones en línea, sin éxito. 

Tienes un montón de actividades que hacer precisamente en la semana que comienza: te toca la dosis de refuerzo de la vacuna contra el covid-19, debes entregar el informe anual de actividades del consejo editorial que presides desde hace dos años, debes enviar una copia de un examen de recuperación, debes estudiar dos capítulos de ochenta páginas cada uno para las dos clases de cuatro horas y media que impartes esta semana, debes seguir invirtiendo más y más horas en la actualización de tu e-firma en el SAT...

No has podido dormir bien por estar pensando en todo lo que tienes que hacer, pero finalmente te encuentras en un sueño cálido, que es como imaginas que es un sueño de morfina, y sueñas que ninguna de las cosas que ocurren en la realidad vale la pena y entonces una oleada de entusiasmo recorre tu médula espinal y tienes un fuerte impulso para escribir y presientes que las palabras y que las oraciones y que los diálogos fluirán como en los viejos tiempos en los que podías dedicarte exclusivamente a escribir, pero la vejiga llama desde las profundidades del frío de la mañana del lunes y luego el gatito más grande de toda tu familia de Thundercats maúlla desesperadamente como la sirena de una ambulancia que se dirige a la escena de una tragedia, y la vejiga y el gatito se convierten en las únicas sensaciones que se filtran por el tálamo y ya no puedes más y tienes que levantarte de la cama y luchar contra el frío que penetra tus poros como un cuchillo afilado.

Son las siete de la mañana. 
Te concentras en la sensación del frío que te roe los huesos y que hiela tu dermis. Extrañamente, no has tosido. Todavía el sábado y el domingo y los días anteriores estuviste teniendo infernales ataques de tos, y también antes y después de tus clases de los martes y de los jueves. Te asomas por la ventana de la recámara. Está amaneciendo. Te gustaría salir a correr, tal y como lo hacías en el otro fraccionamiento.

Comenzaste en julio, después de que unos análisis revelaran que tenías 300 mg/dl de glucosa en sangre en ayuno. Primero, te costó trabajo adaptarte. En diciembre, ya corrías 5 kilómetros en media hora y disfrutabas salir a correr por las mañanas –entre siete y ocho am– y darle varias vueltas al fraccionamiento y a las canchas de basquetball y al jardín, escuchando música a través de tus audífonos, sin ser molestado por malas caras de nadie, excepto uno que otro perro y uno que otro humano que sacaba a pasear a su perro o que también salía a ejercitarse. 

En este fraccionamiento al que te mudaste hace poco más de un mes, todo es diferente: es más pequeño que el anterior, no hay más que paredes, casas y automóviles –en el otro fraccionamiento, además de las 
dos canchas de basquetbol, el jardín y hasta una pequeña pista para correr, había un fabuloso paisaje de las montañas–, y correr es más monótono y aburrido; por si fuera poco, no puedes correr con la misma privacidad que en el otro fraccionamiento. 

Te sientes culpable por no correr como antes.
 
Te levantas a orinar. Estás allí varios minutos, de pie frente a la taza del baño, viendo cómo cae la orina como una cascada cristalina que fluye sin cesar. Sólo estás unos minutos, pero para ti siempre transcurren varias vidas. 

Ya acallaste a la vejiga, pero el gatito no ha dejado de maullar. Está hambriento. A todas horas tiene comida estándar disponible, pero cada mañana –y al mediodía, y a las tres de la tarde y a las siete de la noche– lo alimentas con comida blanda. Quisieras recordar todos los momentos felices que has compartido con él: cuando llegó a tu vida hace más de diez años, cuando tu esposa y tú acababan de mudarse a su primer departamento –un departamentito con una recámara, un baño, una pequeña cocina y una sala comedor, en el primer piso de un edificio en Xola, a unos metros de la Calzada de Tlalpan; todo quedaba cerca y había un pequeño parque al que podías salir a correr, pero estabas tan presionado por el ritmo de trabajo del laboratorio en el que cursabas tus estudios de posgrado, que sólo bebías y fumabas como loco cada fin de semana y cuando tenías oportunidad–, y conociste al gatito después de volver de un congreso en Estados Unidos y desde el principio te mostró su corazón y poco a poco se convirtió en un ser al que quieres mucho.
Han compartido fabulosos momentos, pero ahora sólo piensas en su impaciencia.

Sales a encender el bóiler. 
En esta nueva casa hay que encenderlo manualmente. 
En la otra casa, el bóiler se encendía cada vez que usabas el agua caliente y pagaban $500 de gas cada tres meses. En noviembre, la dueña de esta casa le cargó al gas estacionario $1000, pero tu esposa y tú lo usaron dos semanas en diciembre y tuvieron que cargarlo de nuevo. 

Alimentas a los Thundercats y los contemplas en su mundo felino, en el que los pequeños detalles los hacen felices. Te preguntas qué ha pasado con la humanidad, por qué hemos llegado a inventar necesidades tontas y costosas y por qué le damos poca importancia a los pequeños detalles y cuánto tiempo falta para que tengamos que pagar por respirar.

Sales a la terraza y haces algunos estiramientos para lidiar con la frustración de no salir a correr a este pequeño fraccionamiento en el que algunos vecinos te miran como un espía cuando pasas corriendo por sus casas con tu equipamiento de jogger. 

Entras de nuevo a la casa y subes al estudio a pincharte un dedo para medirte la glucosa, tal y como haces desde hace más de medio año. Tratas de calcular cuántas cajas con 50 tiras reactivas has comprado y cuántas veces te has pinchado y cuántas veces has tenido menos de 100 mg/dl de glucosa en ayuno, pero el resultado que comienzas a adivinar te decepciona, automáticamente piensas en que debes tomarte la metformina –media pastilla cada tres veces al día– y no puedes dejar de imaginarte el daño que eso le provocará a tus riñones y dejas de calcular. 

Te sientas frente al escritorio y escribes dos o tres cosas en la libreta en la que registras tu glucosa en ayuno y te levantas del asiento y te metes a bañar y tratas de ignorar el hecho de que, en comparación con lo que pagaban en el otro fraccionamiento, en esta casa han pagado el triple de agua y todos los días te has bañado con apenas un chorro de agua. 

El agua está caliente, pero el chorro de agua apenas cae por tu cuerpo y añoras los baños en la casa del otro fraccionamiento: el baño era más pequeño y feo, pero siempre te bañabas con suficiente agua, aunque el agua estuviera muy fría o muy caliente. En todos los baños de todos los lugares en los que han vivido tu esposa y tú, siempre ha habido algún problema. 

Mientras el agua cae por tu cabeza, tratas de ignorar los flashazos de todos los cuerpos desnudos que alguna vez has visto y que merodean tu cerebro y que son una excusa para entrar en una zona de confort y que te llevan a procrastinar todo lo que tienes que hacer hoy, así que te enfocas en enjabonar tu cara y en pasar el rastrillo y luego en lavarte el cabello con shampoo y luego con acondicionador y luego en enjabonarte todo el cuerpo. 

Al cabo de unos minutos, cierras la llave del agua y atraviesas ese peliagudo umbral entre tu cuerpo caliente y vaporoso y tu cuerpo húmedo y helado en el breve enfriamiento después del baño caliente, y abres rápidamente la puerta del cancel y tomas rápidamente la toalla y te secas rápidamente la cabeza y el cabello y el resto del cuerpo y te mueves incesantemente para que no descienda la temperatura de tu cuerpo, deseando que las cosas cambien totalmente en la primavera.

La primavera te hace pensar en cuánto quisieras tumbarte en una hamaca junto a la playa y tomar el sol y aspirar la brisa del mar y leer por placer y escribir por placer y percibir un sueldo por leer y por escribir y tener una vida decente por eso, y no tener que perseguir la chuleta e invertir entre seis y siete horas diarias para renovar tu e-firma para no perder el estímulo económico del SNI de este mes, pero tu realidad es ésta y a veces quisieras tirar la toalla.  

domingo, enero 09, 2022

Tú no sabes nada del frío



Este domingo, el frío me despertó a las cinco de la mañana. Me rescató de un sueño en el que estaba perdido y rodando desde lo alto de una montaña. El paisaje era aterrador y el viento silbaba como un cuchillo que cortaba el aire a toda prisa. Había árboles gigantescos por todas partes y todo estaba cubierto de nieve.
 
Miré el reloj en la mesita de noche. Estábamos a 3º C. 

Ahora son las tres de la tarde y estamos a 9º C, pero la sensación térmica es más baja. Traigo puesta una chamarra abrigadora que pesa varios kilos. Debajo de los pantalones de mezclilla, traigo unos pantalones térmicos. También traigo puestos unos tennis y unas calcetas gruesas. Apenas puedo moverme. Digan lo que digan los amantes del frío, el frío es incompatible con el movimiento. (Incluso puedes sentir cómo tus pensamientos recorren los túneles de tu cerebro con una lentitud enfermiza.)

Desde las once de la mañana he intentado estudiar para mi clase del martes. Les hablaré a los alumnos sobre los sentidos químicos. Cuando imparto este tema, me gusta comenzar hablando del efecto Proust y mencionar algunos ejemplos contradictorios que revelan la influencia del aprendizaje en nuestra preferencia por ciertas bebidas y alimentos que violan la búsqueda innata de compuestos dulces (y la evitación innata de compuestos amargos). 

El frío me impide concentrarme y pensar claramente en los ejemplos –me quedo divagando con la leyenda de la madalena que, supuestamente el 1 de enero de 1909, Proust remojó en su té y que lo llevó a escribir una obra autobiográfica de siete tomos y de más de tres mil páginas–, y hace que mis manos parezcan témpanos y que la nariz no deje de moquearme. 

La sensación del escurrimiento nasal me recuerda aquella temporada en el infierno del taller de dibujo técnico industrial, cuando estaba en la secundaria y no tenía más de once años y la profesora me dictaba algunas cosas inverosímiles (por ejemplo, cómo ser, basándote casi exclusivamente en tu apariencia, un ciudadano exitoso) y yo sufría mi alergia estacional y tenía que escribir a toda prisa con el estilógrafo Staedtler 0.2 sobre la plantilla Staedtler para el estilógrafo Staedtler 0.2 en el cuaderno con cuadrícula milimétrica (así: sin pausas), sin cometer errores y sin poder sonarme la nariz. 

Estos remotos recuerdos me provocan escalofríos y dolor de cabeza. Al cabo de más de veinte años, la alergia estacional persiste, pero he logrado ser exitoso a mi manera: aunque (generalmente) traigo el cabello largo, tengo dos perforaciones en la oreja izquierda, un tatuaje, y, en muy raras ocasiones, me pongo traje y zapatos de vestir, me pagan por hacer lo que me gusta (sería fabuloso que me pagaran por escribir esta clase de entradas que no tienen otro propósito más que satisfacer –temporalmente– mi placer, como ocurre con algunos afortunados que tal vez nunca han dejado Polanco, La Condesa, Reforma y alrededores, y que, sin embargo, escriben sobre “lo duras” que han sido sus vidas, reciben “palmaditas” de sus amigos influyentes –y reciben alabanzas de los lectores a los que todas las novelas les parece que hablan del “corazón humano”–, y cobran un sueldo por ello). 

Me asomo por la ventana. El día está soleado; casi parece que la calle está en otra dimensión, en una ciudad donde la primavera es eterna. 

Me salgo a estudiar a la terraza. Saco la computadora, una frazada, mi taza de té sin azúcar y un cuaderno y una pluma para tomar notas. 

Al cabo de unos segundos, el sol comienza a surtir efecto: siento su calor como una descarga eléctrica de beatitud recorriéndome toda la piel. Me siento como el monstruo de Frankenstein cobrando vida. 

Sin embargo, el sol también me pega en la cara y en los ojos y me deslumbra y me impide leer con claridad la pantalla de la computadora. Me pongo unas gafas de sol y puedo lidiar con la situación durante algunos segundos, pero las ráfagas de viento son implacables. (Me recuerdan el paisaje aterrador de mi sueño.) De nada sirve traer puesta una chamarra que pesa varios kilos, unos pantalones térmicos debajo de unos pantalones de mezclilla y unas calcetas gruesas debajo de los tennis. 

No sé si es por el frío, pero se me antoja un cigarro. Hace más de cinco años que no fumo. Se escribe así de fácil, en unas cuantas palabras, pero es toda una hazaña. En mis peores momentos llegué a fumarme casi una cajetilla al día; si tomaba alcohol, me fumaba más de una cajetilla en una noche.  

Me imagino sentado en las mismas condiciones en las que me encuentro hoy, pero con un cigarrillo en los labios, sintiéndome como una estrella de rock que compone una triste canción de invierno con dos o tres acordes en su guitarra dreadnought, mientras le da sorbos esporádicamente a una bebida caliente y reflexiona sobre su estatus y es consciente de que tiene el mundo a sus pies y de que, haga lo que haga, incluso acabando con su vida en ese instante, siempre lo adorarán un montón de adolescentes. 

En qué cosas tan estúpidas me hace pensar el frío. 

Los cigarros ni siquiera son una fuente de calor, pero, cuando fumaba, tenía la creencia de que sí lo eran y, en cierta forma, durante el invierno, éste era uno de mis pretextos para fumarme un cigarro tras otro. También, en esa época, durante muy poco tiempo, tomé café. Realmente nunca me gustaron los efectos del café. (De por sí, como hoy, me cuesta trabajo volver a conciliar el sueño cuando despierto en la madrugada. Odio la sensación de tener mucha energía y no poder dormir.) 

Vuelvo a la casa y abandono el estudio (más bien, abandono las divagaciones sobre el café y los cigarros). Me pongo a leer a Irvine Welsh, pero, más allá de recordar vagamente la adaptación al cine del relato que estoy leyendo –Boab Doyle se encuentra a Dios en un pub y Dios le dice que no tiene agallas y que lo convertirá en una mosca–, no le presto atención al libro. 

Sólo estoy pensando en qué pasa con la gente que ama el frío. 

A menos que tengas una chamarra de The North Face de varios miles de pesos –cuestan entre tres mil y diez mil pesos, en promedio–, el frío es incompatible con el movimiento. A menos que hayas vivido en un lugar tropical en el que realmente no hace frío y que hayas confundido una ligera baja en la temperatura, con el frío, no veo ninguna razón para amar el frío. A menos que el frío te recuerde reuniones familiares muy felices, no veo ninguna razón para amar el frío. 

Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, tendríamos pelaje, como los osos. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, la gente no se suicidaría en los países donde el sol sale tres horas al día durante el invierno. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, no tendrías que encender el calefactor en tu casa. Si el frío no fuera incompatible con nuestra existencia, yo no estaría escribiendo esto. 

Tú no sabes nada del frío.