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sábado, abril 08, 2023

cuenta hasta diez

Juego con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano. Hago malabares. Prolongo la abstinencia al máximo (¡en mayo, cumpliré ocho años sin fumar!) y me recuerdo a mí mismo lo que ya sé: que esta adicción es tonta, que no recaí (sólo me fumé varios cigarrillos, un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023, me fumé 3 cigarrillos); que todo está mal, que soy débil (sólo me fumé varios cigarrillos un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023), que estoy enfermo; que nunca dejas de fumar; que sólo prolongas tu abstinencia al máximo; que el tabaquismo es una espiral que lleva a otros vicios, que el tabaquismo es un vicio que no mejora nada, que empeora mi condición física, que me roba el aire (como cuando pongo a prueba a mis pulmones y me sumerjo en la alberca una vez a la semana y salgo a la superficie tras apenas diez segundos debajo del agua y acepto que aprendí a nadar como un salvaje debajo del agua), que jode mis pulmones, que me sofoca, que puede provocarme cáncer, que me hace carraspear, que me aletarga, que me impedirá correr 6 kilómetros en menos de 25' (tres veces a la semana) y que no me generará ningún placer excepto el de terminar con los malestares (el mal humor, la sudoración, la ansiedad) de la abstinencia. 

Ya no sé ni qué escribo: estoy viendo a futuro, y pensando en el espantoso color de mis dedos de nicotina y en el espantoso aroma a llanta quemada, impregnado en mis dedos de nicotina; y en las múltiples enfermedades respiratorias que contraería cada año, y en mi incapacidad para subir las escaleras de todos los edificios del mundo sin asfixiarme, en la eterna fatiga que me perseguiría a todas partes; y también estoy pensando en el teclado de la vieja laptop Sony que usaba cuando padecía tabaquismo, cuando no tenía una Mac, cuando fumaba casi tres cajetillas de lunes a viernes y casi cuatro cajetillas en fin de semana –¡en ayuno, caminando, subiendo escaleras, al final de algún experimento, después de impartir una clase, después de cada comida, en una conversación sobre cualquier cosa, bañándome, viendo una película, escribiendo, escuchando música...!–, y en cómo el teclado de esa vieja laptop quedó marcado con quemaduras de cigarrillo para recordarme el infierno del tabaquismo, y también para recordarme cuántos cigarrillos me fumaba entonces, en automático, mientras, tal y como lo hago ahora, escribía en este blog (por ejemplo) y no reparaba en cuántos cigarrillos me fumaba, ni tampoco me daba cuenta del espantoso aroma del tabaco que quedaba impregnado en el departamento en el que vivía.

Juegas con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano, haciendo malabares y prolongando la abstinencia al máximo y pensando en todas estas cosas, mientras tu apraxia te ataca: ese automatismo de escribir mal una palabra, de saltarte una letra, de poner una vocal, o una consonante, en lugar de otra vocal, o de otra consonante; esa compulsividad de saber que escribiste mal una palabra y de regresar a corregir esa palabra, y de sentirte frustrado porque no puedes dejar de cometer errores (si aprendes a usar el teclado de una Sony VAIO, no puedes re aprender a escribir en el teclado de una Mac), y porque no puedes dejar de aporrear las teclas hasta que las palabras estén escritas correctamente; esa compulsividad de regresar, una y otra vez, a la misma palabra mal escrita para corregirla; esa compulsividad de sentir que cada palabra mal escrita es una piedrita en el zapato que no te deja avanzar y que te saca ámpulas y que te revienta los pies; esa compulsividad de sentirte frustrado porque cada palabra mal escrita es también como tu infernal mito de Sísifo privado: que la rutina de regresar a corregir las palabras, conforme intentas vaciar una idea en la hoja en blanco –la idea que se esfuma lentamente, como el día–, así como vacías tu estómago cuando has comido un alimento podrido, te mantiene dándole vueltas al mismo tema, sin llegar a ningún lado y sin concluir un párrafo: como si estuvieras lavando trastes y el fregadero nunca se vaciara. 

Pasan todas estas cosas, mientras el sol va ocultándose y el sofocante calor de abril se va debilitando, y mientras Alexa reproduce los gritos iracundos (y la angustia y las frustraciones) de Kurt Cobain, que escupe sus vísceras desde el más allá... 

(he was born scentless and senseless/ 

he was born a scentless apprentice/ 

go away...!/ go away...!/, go away...!) 

... y haces una pausa, y reflexionas, y dejas de aporrear el teclado y contemplas el cigarrillo en una de tus manos, y crees que una vocecita interior te murmura al oído «¿No puedes superarlo?», y que esa vocecita recalca «¡Ya pasaron casi treinta años desde su muerte! ¡Hay millones de músicos nuevos a quienes podrías escuchar!», pero la ignoras (después de todo, esa vocecita eres tú mismo, o un fragmento de ti mismo, perdido en las profundidades, o en la superficie, de ti mismo), y, entonces, una cosa lleva a otra cosa y recuerdas ese artículo que leíste en Internet hace unas semanas, cuando no tenías esta abstinencia y este antojo de cigarrillo; ese artículo que trataba sobre por qué, conforme envejecemos, nos rehusamos a escuchar música nueva. 

Sigues haciendo malabares con el cigarrillo apagado y tratas de pensar por qué no escuchas música nueva. Intentaste con Cloud Nothings y con Kurt Vile, pero no fue lo mismo. Estás convencido de que, tomando como referencia las explicaciones de ese artículo (la maduración psicosocial, más precisamente), tú no escuchas música nueva, porque: a) no quieres romper los vínculos emocionales que tienes con la música que escuchaste en la adolescencia, y b) ya tienes una personalidad definida (o sea que no escucharías música nueva, como lo hace un adolescente, para pertenecer a un grupo de amigos, ni para que ese grupo moldee/refuerce tu personalidad); y sales de estas cavilaciones (así como sales, una vez a la semana, a tomar aire, cuando te sumerges en la alberca y nadas debajo del agua y tus pulmones se quedan sin aire) y te preguntas qué pensaría Kurt Cobain de la música actual, qué pensaría él de todos estos artistas plásticos que todo mundo escucha en el 2023 y que ni siquiera saben cantar, y cuyos principales objetivos parecen consistir en verse bien, en moverse bien en el escenario, en vender dos o tres hits al año y en ganar millones de dólares.

Te preguntas qué pensaría el difunto líder de Nirvana, de la música de estos artistas plásticos que no proponen nada, más allá de vivir en la superficie de las cosas. Te preguntas qué pensaría de los seguidores de estos artistas plásticos que no quieren quebrarse la cabeza y que sólo quieren pasar un buen rato; que sólo escuchan tracks, que nunca escuchan álbumes completos, y que parecen aspirar a lo mismo que los artistas plásticos a los que veneran: fama y fortuna (¿dónde has escuchado esto?)  

Te preguntas si Kurt Cobain usaría sus redes sociales; si él tendría twitter o facebook o mastodon o telegram o un canal de youtube, y qué opinaría de la mayoría de los influencers y de los podcasters que adora todo mundo en el 2023 y que venden cualquier cosa que sus patrocinadores les pidan que vendan, y que, a pesar de ser unos vendidos (o, precisamente, por eso), hacen declaraciones osadas, que dicen cosas como «La especie más evolucionada, pasó, de escuchar a Eddie Vedder, a escuchar a Bad Bunny», o «Soy súper humilde: tengo veinte playeras Calvin Klein del mismo color, diez Levi's 501 y tres pares de los sneakers Michael Jordan de edición limitada». 

Vuelves a aporrear el teclado y a luchar con tu apraxia y con tu abstinencia. 

Continúas haciendo malabares con el cigarrillo apagado (es un Lucky Strike pesadísimo), y admites que ya casi no escuchas a Nirvana, que hoy pusiste In Utero porque se trata de una fecha especial, porque, hace casi 30 años, un electricista, que iba a instalar una alerta de seguridad en la casa del matrimonio Cobain-Love (en Lake Washington), descubrió el cadáver de una de las principales estrellas de rock de la década de los noventa, en el invernadero de esa casa; porque, un día como hoy, hace 29 años, ese electricista, que, al principio, creería que no se trataba de un cuerpo humano, sino de un maniquí que estaba tumbado en el suelo del invernadero, después confirmaría que se trataba de un cadáver humano y llamaría a una estación de radio, o a la policía, para dar la noticia; porque has leído decenas de veces, en distintas fuentes, cómo se supone que fueron los últimos días de Cobain, y cómo la policía llegó al invernadero ese domingo 8 de abril de 1994 y confirmó lo que había visto el electricista: que se trataba de un cadáver humano, en particular del cadáver de Cobain; y que Cobain tenía una Remington en el pecho y un disparo en la cabeza; y que también reportó que en el suelo había parafernalia de junkie –cucharas, encendedores, jeringas– en una caja de puros y una nota escrita a mano (clavada, con una pluma, en una maceta), a unos metros del cadáver; y que, en tiempo récord, cerró el caso y concluyó que Cobain se había suicidado.

La canción está a punto de terminar. 

Repasas cómo crees que fueron los últimos días de Cobain: cómo, el 31 de marzo o el 1 de abril, se fumaba un cigarrillo en Exodus, mientras Gibby Haynes –el cantante de los Butthole Surfers– le contaba sobre el paciente que había escapado de ese lugar, saltándose la barda («nadie está aquí en contra de su voluntad: basta con decirle al personal de Exodus que ya no quieres estar aquí, para que te dejen salir por la puerta principal») y Cobain pensaba que esa sería la forma ideal de escapar de la rehabilitación; cómo llevaba a cabo su plan, sin siquiera haber transcurrido 24 horas internado, y se saltaba la barda de Exodus; cómo el 1 ó 2 abril se encontró a Duff McKagan en el aeropuerto de Los Ángeles; cómo llegó a Seattle y descendió del avión y tomó un taxi y llegó a su casa en Lake Washington; cómo se tumbó a dormir un par de horas en cualquier recámara de su casa; cómo despertó y después encontró al niñero de Frances Bean y a la novia del niñero, acostados en otra habitación; cómo el 2 o el 3 de abril intentó comunicarse por teléfono con Courtney Love; cómo salió a buscar heroína y alquiló una habitación en el hotel Aurora; cómo su esposa lo declaró desaparecido y contrató a un detective y canceló todas sus tarjetas de crédito; cómo el 1 o el 2 de abril llamó por teléfono a Mark Lanegan y cómo Mark Lanegan nunca le contestó; cómo estuvo desaparecido varios días; cómo, supuestamente, el 4 de abril, comió en un restaurante de comida mexicana, en una plaza de Seattle, y volvió a su casa; cómo, el 5 de abril, tomó una escopeta que tenía escondida en un armario, y que había comprado previamente con su amigo Dylan Carlson, y cómo tomó una caja de municiones que también tenía escondidas; cómo se metió, con la escopeta y con las municiones, al invernadero de su casa; cómo se fumó cuatro o cinco cigarrillos y escribió una carta para su esposa y para su hija; cómo cargó la Remington, puso Automatic For The People en un reproductor de cds y preparó una dosis letal de heroína; cómo se sentó en el suelo del invernadero y se puso la Remington en el pecho; cómo se inyectó la heroína y, antes de que los efectos de esa dosis de heroína (que, de cualquier modo, lo habría matado), estallaran en su sistema nervioso, se puso el cañón de la escopeta en la boca y jaló el gatillo; cómo el electricista encontraría su cadáver hasta el 8 de abril, y confundiría su cadáver con un maniquí, y luego llamaría a la estación de radio o a la policía...

También pienso en todas las teorías de la conspiración que circulan sobre la muerte de Cobain –¿lo asesinaron?, ¿estaba a punto de desenmascarar a una red de poderosos pedófilos?, ¿planeaba divorciarse de Courtney Love?, ¿su esposa presentía el final de su matrimonio y el final de Nirvana y el final de la mina de oro que era Cobain?, ¿él cambió su testamento antes de morir?, ¿había disuelto a Nirvana?–, pero la canción llegó a su fin y el cigarrillo captura toda mi atención y me quema las manos. 

Ya no resisto más. Y no quiero recaer. Me repito «¡en mayo, cumplirás siete años sin fumar!», y me siento frustrado y aborrezco la abstinencia y también aborrezco a todos esos académicos que publican artículos sobre neurobiología de las adicciones y que nunca han sufrido el infierno de la abstinencia (ni siquiera para una droga socialmente aceptada, como la nicotina), y que nos señalan a los adictos como si no tuviéramos fuerza de voluntad y como si fuéramos unos débiles, unos seres inferiores que sólo seguimos instrucciones, y que somos incapaces de hilar un conjunto de ideas en un texto, o de tomar una decisión, después de evaluar los pros y los contras; y, a veces, también quisiera gritar furiosamente como Kurt Cobain lo hacía y destrozar una Stratocaster zurda como él lo hacía al final de sus conciertos y conectar emocionalmente con miles de personas como él lo hacía, pero, sólo puedo hacer malabares con un cigarrillo, lidiar con mi abstinencia de casi siete años, resistirme y prolongar mi abstinencia al máximo, escribir tonterías (que nadie leerá, excepto si abandono este plano terrenal) sobre todas estas cosas... y contar hasta diez.

domingo, abril 05, 2020

5 de abril de 1994



El 1 de marzo, terminó afónico un concierto en una vieja terminal aérea de Munich. El concierto fue muy malo e inusual –incluso tuvieron que tocar dos veces “Come As You Are” porque hubo una falla en el suministro de energía eléctrica en el recinto–, interrumpió a Krist Novoselic cuando intentaba bromear con la audiencia respecto al futuro de Nirvana. La relación entre ellos dos no era muy buena. – La última canción fue un desastre. Los médicos le diagnosticaron laringitis y Nirvana tuvo que cancelar su gira por Europa. 

Luego, viajó a Italia para encontrarse con su esposa y con su hija. Mezcló champaña con Rohypnol. El 4 de marzo tuvo que ser ingresado en estado comatoso en un hospital. Después de un par de días en cuidados intensivos, despertó y se recuperó. Su esposa insistió en que se había tratado de un intento de suicidio y sin embargo los médicos declararon que él se veía como un hombre feliz que no tenía ninguna intención de abandonar a su hija. 

El Departamento de Protección a Menores, ya les había quitado a ambos la tutela de Frances Bean debido a su historial de consumo de drogas, pero en esa ocasión, por alguna razón, la situación no ameritó  

 regreso a Seattle, su familia y sus amigos intentaron persuadirlo para que entrara a un centro de rehabilitación. 

A finales de marzo, voló a Los Ángeles e ingresó a Exodus, pero escapó de allí en menos de 24 horas. Lo hizo saltándose la barda, justo como un personaje del que le había hablado Gibby Haynes mientras charlaban y fumaban un cigarrillo. Todo mundo se burlaba de ese personaje –era la anécdota que siempre le contaban a los recién llegados–, porque nadie estaba a la fuerza en ese centro de rehabilitación y cualquiera podía salir por su propio pie –y por la puerta principal– cuando quisiera. 

No tenía ni 24 horas en el centro de rehabilitación. Esa misma tarde, la niñera había llevado a su hija de visita. Courtney también estaba en Los Ángeles, pero se preparaba para el lanzamiento de “Live Through This” y ni siquiera le había dado la bienvenida a la ciudad.

Él no se quejó. 

Quería aparentar tranquilidad y que los ejecutivos de Geffen, su esposa y Krist Novoselic lo dejaran en paz. Quería que todos los que vivían en la órbita de su banda creyeran que estaba dispuesto a intoxicarse. 

Estaba consciente de su adicción a las drogas, pero estaba convencido de que no tenía ninguna razón para dejarlas. Después de todo, era una estrella de rock... y ni siquiera había cumplido treinta años.

Mientras se alejaba de Exodus y encendía un cigarrillo, recordó la anécdota de Gibby. Pensó que los pacientes tendrían otra anécdota que contarle a los recién llegados, y le pareció divertido. 

Luego recordó que conoció a Courtney Love en un concierto de los Butthole Surfers y sintió escalofríos. Le pareció irónico. ¿Quién diría que su vida cambiaría radicalmente desde ese momento?


Duff McKagan lo vio unos días antes en el aeropuerto de Los Ángeles en un estado lamentable. Los dos volaron en el mismo avión hacia Seattle.

Cuando bajaron del avión, Duff pensó en preguntarle si quería acompañarlo a su casa, pero lo perdió de vista en cuanto recogió sus maletas. Lo buscó en la salida del aeropuerto y vio que se subía a una limosina que estaba esperándolo. 

Camina encorvado y con la cabeza baja, como se le verá en Live Tonight Sold Out (el VHS que será lanzado en noviembre de 1994, que ha sido concebido por él y cuyo propósito es documentar la trayectoria de su banda), en el clip donde acaban de tocar Territorial Pissings en el show de Jonathan Ross.

El público y la producción no pueden creer que hayan hecho lo que se les dio la gana. 

Tenían la instrucción de tocar una versión "amistosa" de Lithium.

Le ha contado a Michael Azerrad que camina de ese modo porque tiene un problema en la columna vertebral –escoliosis congénita– y que el continuo peso de la guitarra lo ha agravado.

Sus admiradores están acostumbrados a verlo caminar de ese modo cuando abandona el escenario y ha destruido una  Fernandes (gira de 1991) o una Stratocaster (gira de 1992) para dar por concluido un concierto. 

Jamás destruye la Mustang que portó durante la grabación del video de Smells Like Teen Spirit, ni la Jagstang que Fender diseñó exclusivamente para él.


La destrucción forma parte de la música de Nirvana. 

Endless, Nameless –la pista secreta de seis minutos y medio al final de Nevermind, con la que acostumbraban terminar sus conciertos hasta la gira de 1992 por Australia– fue resultado de su frustración al no quedar satisfecho con las voces y la guitarra de Lithium y destrozar una Stratocaster negra y de golpeador blanco contra el piso del costoso estudio de grabación. 

A la televisión francesa le dijo en una entrevista que destroza instrumentos porque es un buen pretexto para no tener que dar encore. 

A otros medios de Estados Unidos les dijo que alguien ya había destruido un árbol para construir sus guitarras y que por esa razón no encuentra nada de malo en destrozarlas. 

A partir de 1993, John Duncan –su técnico de guitarra– se encarga de arreglar, afinar y modificar todas las guitarras que Cobain destruye al final de los conciertos.

Él mismo lo hacía antes de volverse mundialmente famoso, en la época en que compró la Jaguar '65 con un adelanto de Geffen. 

Duncan asegura que Cobain está por abandonar Stratocaster. 

Courtney Love le regaló una Telecaster y Duncan la ha adaptado con todos los cambios que el líder de Nirvana le ha sugerido. 


Lleva puestas unas gafas vintage Christian Roth*, un gorro de los Buzzcocks, una playera de Half Japanese, una chamarra de esquimal, unos jeans raídos y unos Converse. 

En un lapso de tres años, desde que Nevermind (1991) –el segundo álbum de estudio de su banda– le arrebató el primer lugar de la lista de Billboard al Rey del Pop, se ha encargado de repetirle a la prensa que nunca quiso ser una estrella de rock y que odia los reflectores.

Su vestimenta dista mucho de ser lo que cualquiera consideraría "bajo perfil". 

Además, no importa qué tan discreto vista. 
En ese momento es quizá la persona más conocida en todo el mundo. 

Tiene tantos admiradores que puede darse el lujo de exigirles a aquellos que son homofóbicos, misóginos, machistas y fanáticos religiosos que dejen de asistir a sus conciertos y que dejen de comprar sus discos.

Es tan famoso que cualquier declaración suya es noticia. 

Habla de sus problemas de adicción a la heroína y luego se queja de la prensa amarillista que ha inventado historias acerca de él y de su esposa y que los señala como criminales.

En algunos medios, circula una grabación telefónica en la que amenaza de muerte a una columnista de Vanity Fair.


En un lapso de tres años, Nirvana ha tocado para miles de personas en eventos tan importantes como Reading Festival (1991 y 1992) y Hollywood Rock (1993).

Su banda ha encabezado festivales en Europa, en Sudamérica y en Australia.

En los últimos dos meses de 1993, tocaron para MTV en los estudios de Sony en Nueva York y en el Pier 48 de Seattle. 

Apenas en marzo, Cobain canceló la gira de In Utero en Europa, después de un extraño concierto con laringitis y fallas eléctricas, en la terminal aérea abandonada de Münich.

Sus mánagers lo presionan para que no rechace la oferta multimillonaria de Lollapalooza.
Su mujer insiste en que firme ese contrato, porque le hará ganar tanto dinero que podrá renunciar a Nirvana e incluso pagarle a los abogados que lo demandarán por haber cancelado la gira en Europa. 

Cobain ni siquiera ha cumplido treinta años y ya tiene al mundo rendido a sus pies.
Aun si abandonara la música, seguiría siendo famoso.

David Fricke –uno de los periodistas más influyentes de Rolling Stone–, lo ha comparado con John Lennon.

Los periodistas más ortodoxos no están de acuerdo, pero Fricke se defiende.

Dice que Cobain no sólo hace música que llega al corazón de las masas, sino que la hace sin respetar las reglas establecidas por la industria predadora, tal y como Lennon lo hacía en su época. 


Cobain le ha repetido a la prensa que toda su vida había estado enfermo y que había usado drogas para lidiar con el dolor, porque ningún tratamiento médico había funcionado.

También ha repetido que había decidido volverse un drogadicto porque había sido tan miserable que todos los días pensaba en acabar con su vida. 

Sin embargo, sus declaraciones cambiaron desde el lanzamiento de In Utero (1993). 

Frances Bean, su hija, tiene dos años de edad, y lo hace muy feliz la oportunidad de verla crecer y de ofrecerle un hogar como el que él perdió cuando sus padres se divorciaron, tal y como lo canta con un cierto hartazgo en Serve The Servants. 

Está entusiasmado porque Krist Novoselic y Dave Grohl compusieron el riff de Scentless Apprentice y porque él no intervino en la composición de Marigold. 

En las pruebas de sonido de un concierto en Lisboa, escuchó una canción compuesta por Dave Grohl y está seguro de que, en su siguiente álbum –que ha prometido "será más etéreo que los anteriores" y que dejará a un lado "la fórmula Nirvana"–, la música de su banda ya no dependerá exclusivamente de él. 

Exhausted terminará en el primer álbum de los Foo Fighters.


Hace menos de un mes, días después de la cancelación de la gira europea, Kurt terminó en el hospital. 

Se reunió con Courtney en El Hotel Excelsior de Roma y mezcló accidentalmente alcohol con rohypnol y tuvo que ser intervenido de emergencia. 

Según algunos medios, estuvo en coma alrededor de veinticuatro horas. 
Según los médicos, cuando despertó se le veía feliz y más como una persona que disfrutaba jugar con su hija que como un suicida. 

A nadie, dentro de la órbita de Nirvana, le convenía que el Departamento de Protección de Menores tuviera motivos para quitarles la tutela de Frances Bean a él y a su esposa. 

Si Cobain hubiera sufrido otra separación de su hija, habría sido más difícil convencerlo de que saliera de gira. Poco después de que naciera Frances Bean, a él y a su esposa les retiraron la tutela, debido a una nota de Vanity Fair en la que se sugería que Love consumía heroína durante su embarazo. Él desapareció de los reflectores. 

Todo es una vorágine. 

Sólo uno de los tíos de Kurt murió accidentalmente por un disparo de escopeta, cuando él ni siquiera había nacido, pero durante tres años Courtney Love se ha encargado de esparcir rumores entre la prensa, acerca de los genes suicidas de la familia Cobain. 

El incidente en Roma reforzó esa idea.

La opinión general es que Kurt siempre ha sido un suicida. 

Extrañamente, el Departamento de Protección de Menores creyó ciegamente la versión del accidente en Roma.

Sus amigos y sus conocidos, sin embargo, siempre dicen que él no tiene rasgos suicidas. 


Dentro de unas semanas, la prensa amarillista especulará que debido a este incidente, Cobain sufrió un daño cerebral que le impidió volver a tocar la guitarra y que su muerte era la única opción que tenían los mercenarios detrás de él para mitificarlo y seguir viviendo de las ventas de sus discos. 

Más de veinte años después, en Montage Of Heck –el documental autorizado por su viuda y producido por Frances Bean–, Courtney Love declarará que ella viajó hasta Roma en esa ocasión para encontrarse con su esposo, porque él sospechaba que ella había estado viendo a Billy Corgan mientras Nirvana estaba de gira en Europa.

Según ella, Kurt estaba destrozado y pensaba que ella lo estaba engañando y por esa razón había intentado acabar con su vida, mezclando benzodiacepinas con champaña.  

El incidente en Roma reforzará esta idea, incluso veinte años después de su muerte. 


Desde que regresó a Seattle, tras permanecer en observación unos cuantos días en El American Hospital de Roma, su familia y sus amigos lo han presionado para que ingrese a un centro de rehabilitación. 

Les preocupa su salud, pero es obvio que les preocupa, sobre todas las cosas, que el imperio de Nirvana se desmorone.

Hay algunos rumores entre gente cercana a la banda que señalan que Kurt despidió a Novoselic y a Grohl, a finales de marzo, y que les dijo que Nirvana es su banda y que él puede hacer lo que quiera con ella y que estaba pensando seriamente en invitar a otros músicos a formar parte de ella. 

Años después, circulará una carta de puño y letra de Kurt en la que despide a Novoselic y le reclama su pasividad hacia la banda, durante los últimos meses. 


También está cansado de que Buzz Osborne –su amigo y cantante de Melvins– quiera entrometerse en la dirección que debe tomar su banda. 

La tensión es tan fuerte que, sólo unos días atrás, Novoselic y él se pelearon. 

El bajista de Nirvana lo llevaba en su auto al aeropuerto de Seattle para que viajara a Los Ángeles e ingresara a Exodus. Kurt se quejó y lloró en el camino, se rehusó a hacer check-in en el aeropuerto, le dio un puñetazo a Novoselic en el rostro y huyó maldiciéndolo.

Será la última vez que se verán.

Otros rumores circulan entre allegados a la familia Cobain.

Kurt quiere hacer canciones como Neil Young y tiene pensado colaborar con Michael Stipe.

Según su abogada, Rosemary Carroll –esposa de Danny Goldberg, mánager general de Nirvana–, Kurt ha pensado en el divorcio y quiere cambiar su testamento. 


Cobain continúa caminando con la cabeza baja y encorvado. 

La escoliosis congénita no lo deja en paz.

Algunos admiradores lo identifican. 

Les sonríe y ellos, curiosamente, respetan su privacidad. 

Se quita el gorro de los Buzzcocks. 

Incluso para tratarse de un lunes de abril y de haberse mudado a su casa en Lake Washington a principios de año, Kurt Cobain es un personaje al que se ve con relativa frecuencia por allí. 

Su casa queda a unas cuadras del Viretta Park.

Si los admiradores supieran que ésta será la última vez que lo verán por allí, probablemente lo acosarían en busca de un autógrafo o de un mechón de cabello. 


El líder de Nirvana levanta la vista momentáneamente y se rasca la cabeza.

Parece que ha recordado algo importante a última hora y que está a punto de volver a su casa.

Quizá sólo le da comezón la cabeza. No se ha lavado el cabello desde el sábado, cuando escapó de Exodus. Courtney Love le ha confesado a la prensa en múltiples ocasiones que su esposo no es amante de lavarse el cabello.

O tal vez ha recordado los acordes de una de las canciones que improvisó con Pat Smear en el sótano de su casa, aquella tarde en la que su familia y sus amigos lo presionaron para que ingresara a un centro de rehabilitación.

A lo mejor la situación es totalmente distinta y sólo siente la necesidad de escribirle una carta a Frances, a Courtney, a Krist y a Dave.

Quizá sólo quiere volver a su casa y tumbarse a dormir.

 

Analiza si continúa su camino o vuelve a su casa, cuando una corriente de aire le pega en el rostro y le alborota el cabello. 

Usa uno de los índices para pasarse el cabello detrás de una oreja y quitarse un mechón que le cubre la frente.  

La sensación del viento en su cuerpo, lo hace reparar en que está vestido como si se encontrara en el invierno más crudo de todos los tiempos. 

También repara en los tres jeans que usa para disimular su delgadez** y en el reloj de pulsera que aprisiona su muñeca izquierda. 

Estira las piernas y abre y cierra el puño izquierdo, mientras contempla el brazalete de Exodus que no se ha quitado aún.

Se ríe. El brazalete le hace recordar el chiste que le contó Gibby Haynes, el cantante de Butthole Surfers y su compañero de habitación.

Pudiendo haber salido por la puerta del centro de rehabilitación, él mismo –al igual que el personaje del chiste– escapó saltando la barda.  


Vuelve a avanzar. 

Le da la impresión de que sus pisadas suenan a papel celofán en el césped, conforme aplastan las hojas caídas de los árboles. 

Baja la mirada y se da cuenta de que la agujeta de su tenis derecho se ha desanudado. 
Se pone de cuclillas y comienza a atarla. 

Los Converse azules que usa tienen una estrella blanca a los costados.

El viernes, cuando Gary Smith encuentre su cadáver y lo reporté a una estación de radio y al 911 y en pocas horas el mundo de la música lamente su pérdida, un paparazzi se subirá a uno de los árboles que rodean el invernadero de su casa y conseguirá fotografiarle un brazo, una pierna y ese tennis cuya agujeta está atándose. 

Por muchos años, esa imagen será lo único que sus admiradores verán de la escena de su muerte, en la que su cuerpo yace en el suelo con una Remington en el pecho, apuntando a su boca.

Aun ahora, veinticuatro años más tarde, es difícil imaginar el estado de su rostro y la posición del cañón de la escopeta. Algunos periodistas amarillistas han hecho hasta lo imposible para que salgan a la luz todas las fotografías de su rostro deshecho. 

Por fortuna, Frances Bean y el Departamento de Policía de Seattle lo han impedido. 

Otras fotografías circularán en los medios, en los siguientes meses: la de su billetera, la de su licencia de manejo en la que luce un extraño corte de pelo y la de una caja de puros Moore, llena de jeringas de 1 ml, cucharas con quemaduras y encendedores.


En unos días, Kurt se convertirá en lo que más odiaba: un cliché del rock n' roll.

Unas horas después de ese macabro descubrimiento, su rostro aparecerá en las portadas de decenas de revistas. Por el resto de los tiempos, estará condenado a aparecer puntualmente, cada 5 de abril.   

La leyenda de su suicidio y de las teorías conspirativas alrededor de su muerte, no cesarán jamás. Alimentarán libros, documentales, cómics, blogs...

Año tras año, millones de adolescentes confundidos e iracundos, se sentirán atraídos por el encanto de su muerte (más que por el legado de su música) y terminarán idolatrándolo y llenando los bolsillos de quienes no se cansarán de explotar su nombre. 

Está tan abrumado que todo le es ajeno.

No imagina el impacto que causaría su muerte en quienes se sienten identificados con su música, en quienes han seguido su carrera, en quienes han oído hablar del concierto de Nussbaum de 1987, en quienes han conseguido una copia de Fecal Matter, en quienes asistieron al Paramount Theatre en la noche de Halloween de 1991, en quienes quedaron atónitos cuando él solo interpretaba Pennyroyal Tea en los estudios Sony de MTV en noviembre de 1993, en quienes jamás asistiremos a un concierto de Nirvana.


Kurt se quita las gafas vintage Christian Roth y las guarda en uno de los bolsillos de su chamarra de esquimal.

Se sienta en una banca del Viretta Park.

Se le antoja un cigarrillo. 

Echa un vistazo alrededor. 
Hay algunas personas por ahí. 
¡Cuántas veces ha deseado pasar desapercibido, como en ese momento!

Su banda es la banda más popular en todo el mundo.
Los momentos como éste son raros. 
La idea lo abruma. 


Le llega a su cabeza el coro de la pista número cinco de In Utero.

Desde hace unos meses, hasta cuando está triste, se siente incómodo y vigilado. 
Muchas personas lo rodean, pero nadie está cerca de él. 
Todos quieren una rebanada de Kurt Cobain y de Nirvana.

Todos quieren pedirle favores. 
Todos quieren explotar la mina de oro. 

Extraña la época en la que podía salir a la calle como cualquier otra persona y componer canciones todo el día en un departamento de Olympia.

Extraña la época en la que su banda tocaba en bares de mala muerte y hacía giras infernales por la Costa Este de Estados Unidos. 



Se coloca un cigarrillo en los labios.

Tiene todo el aspecto de una estrella de rock. 

Es imposible creerle cuando dice que odia la fama y que siempre quiso estar en un segundo plano y ser como Ringo Starr en Los Beatles.

Siempre ha sido evidente que le gusta rodearse de reflectores.

Si odiara tanto la fama, no habría permitido que Michael Azerrad lo entrevistara para que pudiera escribir la biografía autorizada de Nirvana, ni se la pasaría diciéndole a la gente de MTV que necesita tomar un curso que le enseñe a ser una estrella de rock.

Suspira.

Piensa en encender el cigarrillo.

Piensa en la forma de las volutas de humo, esfumándose en la nada.

Esa imagen tal vez lo remite a una pregunta: ¿en verdad es mejor quemarse que desvanecerse, como dice la canción de Neil Young...?



Tal vez reflexiona en los problemas que lo han atormentado en las últimas semanas. 

Todos son recurrentes. 

Se repiten en su cabeza como un delirio febril.

¿Acaso sí tiene un problema de adicción a la heroína, pero no encuentra un motivo para rehabilitarse?

¿Lo único que necesita es alejarse del mundo de Nirvana y olvidarse de la música y de la gira europea que canceló unas semanas atrás? 

¿Siente remordimiento y desea hacer las paces con Krist y formar una nueva banda con Pat Smear?

¿Quiere hacer carrera solista y divorciarse?

¿Quiere poner a prueba a Dave Grohl, para saber hasta dónde puede llegar como compositor?

¿Cometió un grave error, al rechazar la oferta de encabezar el festival de Lollapalooza?


¿Y si le da un giro a su carrera y comienza a componer canciones al estilo de Johnny Cash?

¿Y si busca a Mark Lanegan y retoma The Jury?

¿Qué clase de álbum podrían grabar él y Michael Stipe?

¿Y si hubiera una manera de volver al anonimato de Olympia... y si encontrara una forma para concentrarse en dibujar? 

¿Y si su pesar fuera transitorio y en un mes se volviera a sentir como en aquellos tiempos, cuando vivía con Tracy y su máxima ambición era tener una banda y una canción que saliera por la radio?

¿Y si regresa a Exodus y, en sólo un mes, la ausencia de droga en su cuerpo le permitiera ver todo más claramente y sentirse tan emocionado como cuando escuchó por primera vez la versión de Love Buzz de su banda en la radio?

¿Y si, independientemente de lo que hiciera, jamás volviera a sentir la emoción de salir al escenario, cuando las luces del foro se apaguen y sus admiradores comiencen a gritar?


En los últimos conciertos en Italia y en Eslovenia, sus viejos amigos –los Melvins, con quienes se siente en deuda por haber traicionado los principios punk que ellos respetan– lo acompañaron durante la gira. 

Ni siquiera con su presencia fue capaz de sentir todas estas cosas que sentía cuando audicionó para tocar el bajo con ellos y los nervios lo traicionaron. 

Se supone que el líder de la banda más popular del mundo, debería sentirse estremecido por la música que crea y por la reacción de sus admiradores. 

¡Si tan sólo tuviera un gramo de la pasión que Freddie Mercury desbordaba en el escenario!

Últimamente se siente un farsante y no quiere seguir engañando a nadie. 


Frunce el ceño.

Está tan ensimismado en sus pensamientos que el cigarrillo se le ha pegado en los labios. 
Ha olvidado encenderlo. 

Cruza una pierna encima de la otra y se queda contemplando el horizonte. 

Ya casi no hay sol en el Viretta Park. 

La gente que andaba por ahí, ha desaparecido. 

Se acomoda en la banca.

Se despega el cigarrillo de los labios. 

Siente un ligero dolor, como si se hubiera arrancado un pedazo de piel muy sensible. 

Pone el cigarrillo frente a sus ojos y lo contempla detenidamente, como si fuera un viejo enemigo***. 

Se lo lleva a los labios y saca un encendedor de una de las bolsas de su chamarra de esquimal. 

Se vuelve a poner el gorro de los Buzzcocks que ha sujetado bajo una de las axilas y enciende el cigarrillo. 

Mientras le da una chupada al cigarrillo y deja escapar el humo por la boca y observa las volutas de humo esfumarse entre los árboles, no tiene idea de que le restan menos de veinticuatro horas de vida y que un electricista encontrará su cadáver hasta el viernes ocho de abril. 


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*En una sesión de fotografías para la promoción de In Utero, Jesse Frohman lo fotografió usando estas gafas que se pondrán de moda veinte años después y que serán conocidas como "el modelo Kurt Cobain".

**Tracy Marander –su novia en la época de Bleach (1988)–, le dará una entrevista a Nick Broomfield a finales de 1994 y le confesará que Kurt Cobain siempre se avergonzó de su delgadez. Sin Marander, quién sabe si Kurt hubiera tenido tiempo para trabajar en las canciones de Bleach. Mientras él escribía y componía, ella trabajaba todo el día y cubría todos los gastos. El departamento en el que ambos vivían en Olympia ahora es una atracción turística.  

***Juego con la letra de Come As You Are.