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viernes, marzo 09, 2007

Nunca me había sentido tan humillado



Hoy es 9 de marzo, y no debería olvidarlo. 

Al escuchar "No te quedaste", me sentí fatal. 
No me gustaría volver a pasar por la misma experiencia. 
Tengo pavor al rechazo. 

Creo que nunca me había sentido realmente tan humillado. 

Me rechazaron de un posgrado en Psicología, y no sé si el rechazo significa que la investigación no es para mí. 

Desde hace poco más de un mes, comencé a prepararme. 
(Viéndolo bien, tampoco fue mucho tiempo).

Realicé un montón de trámites burocráticos, presenté un examen de conocimientos generales -entre otras cosas, estudié varios días en la Biblioteca Central un libro de estadística- y no pasé a la última etapa del proceso de selección.

La última etapa era una entrevista con una Comisión del posgrado, para afinar detalles acerca de la viabilidad de un proyecto y de un potencial tutor.
(Ya había tenido un acercamiento con un ex-director de la facultad, cuya línea de investigación es la estimación temporal).

Tampoco sé si este rechazo significa que estoy desperdiciando mi vida y que debería dedicarme por completo a escribir. 

Desde niño -en las buenas y en las malas-, escribir ha sido lo único constante en mi vida. 


Tampoco puedo ser optimista y ver este rechazo del posgrado como una nueva oportunidad para dedicarme a hacer algo diferente. 

Creo que nunca me había sentido realmente tan humillado. 

Pienso que esta situación es parecida a la situación de la selección de Colombia cuando fue eliminada en la fase de grupos del mundial de Estados Unidos '94.

Todos tenían altas expectativas de ella. 

Era considerada una de las favoritas para ganar el torneo -sobre todo, después de haber goleado en las eliminatorias 5 a 0 a la selección Argentina en Buenos Aires-, pero perdió en Pasadena contra Rumania y contra Estados Unidos en la fase de grupos y quedó fuera del mundial. 

Sólo pudieron ganarle a la selección de Suiza. 

En el partido contra Estados Unidos, un defensa colombiano anotó un autogol y unas semanas más tarde lo mataron afuera de un bar en Colombia. 

La prensa ha dicho que su muerte estuvo relacionada con el narcotráfico y con las apuestas ilegales. 

Supuestamente su gol hizo perder millones de dólares a muchas personas metidas en el mundo de las drogas. 


Tenía mucha seguridad en mí mismo y me confié más de la cuenta. 

Jamás consideré la posibilidad de ser rechazado en este posgrado, y ahora quién sabe por cuánto tiempo no podré dejar de pensar en Andrés Escobar.

martes, enero 16, 2007

Una especie de alergia


Estaba en La Biblioteca Central otra vez, pero no era el mismo de otras veces. 

Me dolía todo. Estaba decepcionado de todo. 

Quería leer algo de Jack Kerouac, en lugar de ponerme a estudiar para un examen de ingreso al doctorado en Psicología, pero en algún momento que no recuerdo con precisión ya estaba sentado y leyendo el famoso libro de estadística de Kerlinger. 

Reparé en una mujer que parecía anglosajona.
Ella usaba una blusa anaranjada y su piel era rosada como la de un cerdo y su cabellera era de un radiante color rubio que me hizo pensar en la intensidad del sol al mediodía. 

La mujer avanzó hacia mí, pero se detuvo en uno de los anaqueles de libros –me pregunté qué clase de autor estaría buscando– y se quedó allí. 

Hurgó en su bolsa de mano y sacó una libreta y una pluma. Se puso la pluma en la boca y luego se rascó la cabeza. 

Volví a mi aburrida lectura.

Al cabo de unos minutos, me dio hambre.   

Salí de una especie de letargo y me sorprendí tratando de entender un ejemplo que explicaba en qué clase de experimentos era pertinente el empleo de la Chi Cuadrada.

A veces, los ejemplos, más que aclarar mis dudas, me confunden.  

Alcé la vista. 

La mujer con la cabellera de sol de mediodía ya había desaparecido. 
No sé por qué, pero tuve la misma sensación que tengo cuando una pluma de repente ya no tiene tinta y necesito escribir urgentemente algo para no olvidarlo.

Sacudí la cabeza y me imaginé que lo había hecho como lo hacen los patos al salir del agua.

Qué idiotez.   


Me levanté del asiento para estirar las piernas y aclarar mis ideas. 

Me sorprendí caminando hacia donde había visto que la mujer de aspecto anglosajón se rascaba la cabeza.

Me acerqué a uno de los anaqueles de libros y tomé El Grafógrafo y me puse a leerlo allí mismo.  

Tal vez ella estaba interesada en Salvador Elizondo. 

Ojeé un par de páginas y volvió a darme hambre y sueño. 

No sé por qué me puse a pensar si la escritura era realmente una necesidad tan fisiológica como el hambre y el sueño –y más importante que el sexo–, para mí.  

Últimamente he pensado que debería dejar de divagar y que debería enfocarme en el examen de ingreso al doctorado. 

Últimamente también me he preguntado por qué escribo.
O tal vez he soñado recurrentemente que me preguntó por qué escribo.

A veces me sorprenden las visiones de mis sueños en la realidad. 


Así estaba divagando y procastinando, cuando, de la nada, empecé a sentir comezón en las fosas nasales. 

La semana anterior me pasó lo mismo, y la sensación desapareció de repente. 

Esa sensación es una especie de alergia estacional, y me ocurre cuando se acerca el invierno o la primavera. De un momento a otro estornudo y tengo escurrimiento nasal y los ojos llorosos. Me siento muy mal y no puedo concentrarme en nada. 

Pensé en regresar a la casa. 
Tenía ganas de acostarme a reposar o a dormir, pero recordé que justamente había acordado ver a alguien a las 8 de la noche. 

Me pareció eterno el tiempo que debía esperar para ver a esa persona. 

Los estornudos aumentaron.
Necesitaba tomarme urgentemente una píldora de Loratadina. 
La gente en la biblioteca ya comenzaba a verme feo, debido al ruido que hacía al estornudar. 

Recordé a Sócrates, mi gato.
Era majestuoso y salvaje. 
El tiempo que estuvo en la casa, jamás me enfermé ni tuve esta especie de alergia estacional. 
Hace poco menos de un mes que se largó de la casa, y me parece que ya he enfermado un millón de veces desde entonces.

Odio formar una relación simbiótica con los Kleenex y molestar a la gente que quiere leer, así que salí de la biblioteca y volví a la casa.