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domingo, octubre 11, 2026

mercado negro de música


Este álbum cumple 26 años. Ayer me percaté de ello accidentalmente en un post de Facebook, mientras veníamos de vuelta a la casa en un Uber. En ese momento recordé algunos fragmentos de mi vida de hace 26 años. Al principio, no me pareció nada realmente memorable, pero me fui a la cama acordándome de varias cosas. 

Apenas despierto y me acuerdo de que entonces estaba estancado en una relación destructiva, a la mitad del trabajo experimental de una tesis que ya no me aportaba nada, más allá de que me permitiría concluir mis estudios de licenciatura y obtener mi grado académico. Todos los días eran idénticos, una copia del otro, y ya estaba harto de mi rutina. Tenía una novia súper tóxica y pasaba todo el tiempo con ella. 

Todos los días me levantaba a las 5 ó 6 AM y recorría la ciudad en metro desde el oriente hasta el sur. Luego, dependiendo de la hora, de cuánto tiempo me quedara para llegar a correr los experimentos a las 7 AM al laboratorio, caminaba en la penumbra desde Eje 10 Sur o desde El Paseo de Las Facultades o desde Las Islas o desde Copilco, hasta la Facultad de Psicología. 

Unas veces caminaba por El Paseo de Las Facultades. Otras veces cruzaba Odontología, Economía, Derecho y Filosofía y Letras. Independientemente de lo que hiciera, todo ese trayecto desde la casa de mis papás, lo hacía escuchando mi walkman. 

Hace 26 años había comprado el CD de Black Market Music en una extraña bodega de artículos de todo tipo. Yo la llamaba «Garage Olimpo» porque me hacía pensar en la película sobre las desapariciones forzadas de estudiantes y civiles durante la dictadura de Rafael Videla en la Argentina de los setenta, pero se parecía más bien a Las Galerías El Triunfo. Era una bodega medio clandestina, de mercancía decomisada. Allí podías encontrar jerseys de la Lazio, ropa de El Palacio de Hierro, muebles de toda clase, aparatos electrodomésticos y hasta fuentes grotescas de esas que los nuevos ricos ponen en los recibidores de sus casas. La bodega estaba en la esquina de Huipulco y Tlalpan, y varios días a la semana pasaba por ahí, al salir de la universidad, de camino a la casa de mi exnovia tóxica. 

Vilma vivía en Xochimilco, y al salir de la escuela cruzábamos Insurgentes y luego nos subíamos a un camión que iba a Huipulco. Y en Huipulco, justo en frente de la extraña bodega de mercancía extravagante, tomábamos un RTP que iba al Reclusorio Sur y que tardaba mucho tiempo en pasar. Alguna vez, para matar el tiempo, debimos de pasar a esa bodega, y entonces me compré Black Market Music. 
Ese RTP hacía como 40 minutos hasta casa de Vilma. Pasaba por el INP, por el Tec de Monterrey, por La Noria, por veinte lugares más, y nos bajábamos 10 ó 15 minutos antes de El Reclusorio Sur. 

Ahora que me acuerdo de ese trayecto de casi todos los días de hace 26 años, no puedo creer que gran parte de mi vida de entonces se haya consumido así. Casi todos los días era lo mismo, una hora, casi dos horas, desde Psicología hasta su casa. Unas tardes me quedaba a comer con ella y con sus papás, pero porque ella insistía. Otras veces, lograba zafarme o simplemente estaba hasta la madre y le decía que no. Unas veces hasta me quedaba a pasar la noche en su casa. Cuando ella estaba súper emputada conmigo (no sólo ella era la responsable de que nos lleváramos tan mal) y no quería saber nada de mí, tampoco me quedaba a comer. 

La casa de sus papás era enorme, parecía casa de telenovela del canal de las estrellas. Estaba casi en lo más alto de un cerro –como El Castillo de Chapultepec, jaja– y para llegar hasta la casa tenías que subir por un sendero rocoso, cruzar varias casas y calles cerradas. De una de esas casas, justo a la mitad del camino, salía un perro de ataque, tal vez era un pitbull. Sus dueños eran poco amistosos y les valía madre todo, y lo llamaban “El Diablo”, y no era un nombre aleatorio, el perro parecía eso. Nunca me mordió, pero sí se me lanzó varias veces. Cuando iba solo a casa de los papás de Vilma y tenía que pasar por allí, nada más al pensar en el pitbull y en que podía aparecer de pronto y morderme, me torturaba. 

Luego de esquivar al perro, de regreso al oriente de la ciudad, a la casa de mis papás, tenía que tomar un camión que me llevaba al Bosque de Nativitas. En ese bosque pasaba el RTP que iba a casa de mis papás. Los dos camiones tardaban mucho tiempo en pasar. En total, el recorrido desde Xochimilco hasta el oriente de la ciudad también me tomaba otra hora y media, o dos horas. 

Lo más absurdo de todos esos recorridos desde CU hasta Xochimilco es que Vilma y yo muchas veces ni siquiera nos dirigíamos la palabra en todo el camino. Ya no nos caíamos bien, nuestra relación era horrible, sólo seguíamos juntos por costumbre. 

Aggh.

Apenas puedo creer que alguna vez fui esa clase de persona. Qué alivio cuando apareció alguien más en la vida de Vilma y qué alivio cuando ella se enamoró de esa otra persona. A pesar de que ya no nos caíamos bien, ni ella ni yo hacíamos nada. Unas veces tal vez yo me aferraba a que las cosas mejorarían, otras veces tal vez era ella quien se aferraba. El punto es que los dos seguíamos juntos por costumbre y que me faltaba tanta perspectiva. De haber estado en un laboratorio en el que sí me apasionara lo que hacía, tal vez todo habría sido diferente. Y tampoco me deslindo de mi responsabilidad. Por supuesto que yo contribuí, tanto como ella para que la relación se fuera deteriorando. Pasábamos mucho tiempo juntos y apenas teníamos veinte años. Cuando la odiaba, no podía simplemente mandar todo a volar, no podía apartar de mi mente la vulnerabilidad de Vilma. Era hija única y no la creía capaz de darle vuelta a la página, pero tal vez era yo quien no podía darle vuelta a la página.

Ahora todo esto lo veo como una estupidez, pero no siempre tienes la perspectiva que necesitas. Un día tu vida se resume a todo lo que te ha ocurrido en poco más de dos décadas y crees que todo eso será lo mejor que vivirás el resto de tu vida, que no conocerás a otras personas que se interesen por ti. Pero luego descubres que hay cosas mucho peores que terminar con una novia. 

El punto es que en todos esos trayectos de hace 26 años, cuando salió a la venta este álbum de Placebo, trataba de aislarme en mi propio mundo y escuchaba música en mi walkman. En general escuchaba lo de siempre, tenía mis mix de cassettes con canciones de las bandas que me gustaban –Nirvana, Sonic Youth, R. E. M., Pixies–, pero también tenía cassettes de uno que otro álbum completo, y cuando compré el CD de Black Market Music lo grabé en un cassette y seguramente lo escuché muchas veces y empecé a tener la impresión de que las canciones hablaban de cómo me sentía. Por ahí tengo ese cassette. 

Mmmh, si pudiera hablar ese cassette...

La mayoría de los días de hace 26 años regresaba a la casa de mis papás entre 5 y 6 PM, y hasta ese momento me quitaba los walkman –¿cuánto dinero habré gastado en pilas?– y entonces pasabanMalcolm el de en medio en la tele y a veces me sentaba a verlo con mis hermanos. Así descansaba del arduo trayecto (casa-universidad-universidad-Huipulco-Xochimilco-Nativitas-Alameda Oriente) y así medio me olvidaba de mi relación destructiva con Vilma y de esa tesis de licenciatura que ya no me aportaba nada. 

A veces, cuando volvía a casa de mis papás, Vilma y yo estábamos emputados el uno con el otro, o ella tenía planes –una fiesta con sus amigos de la prepa, algún problema “de vida o muerte” de su ex–, y ella decidía que no nos habláramos todo el fin de semana o toda la semana, y esa imposición me volvía loco, me desquiciaba. Yo no tenía las suficientes agallas para terminar con esa relación, pero ella sí podía hacerme a un lado cuando tenía otras cosas que hacer. Y cada segundo de esos fines de semana o de esas semanas era eterno. Para matar el tiempo veía la tele con mis hermanos o fumaba compulsivamente. Casi no leía ni escribía. Si pudiera volver el tiempo atrás, cambiaría eso: me pondría a escribir, aunque fuera un diario.  

Algunas canciones de Black Market Music me pegaban, como esa en la que Molko preguntaba «Can you find me place inside your bleeding heart?», y entonces no era para nada consciente de ello, no pensaba mucho al respecto, pero medio tenía la impresión de que la mayoría de las letras hacían referencias a drogas –ketamina, opiáceos, alcohol–, y que eran ambiguas y que ese apego entre un junkie y su droga de preferencia era similar a mi relación con Vilma, y a otras relaciones entre personas. Apenas hoy estoy prestándole un poco más de atención a las letras de las canciones.

Mientras escribo estas líneas, he estado escuchando Black Market Music y algunas canciones me gustan más que otras, pero en general me trae recuerdos agridulces y no puedo creer que haya pasado tantas horas al día en el transporte público. No quiero ni pensar cuántas cosas me perdí en el transporte público, cuántos libros no leí, cuántas cosas dejé de escribir, cuántas cosas dejé de compartir con mis hermanos y cuántas cosas jamás podré recuperar por estar tantas horas en el transporte público. 

Pero, en fin, no le guardo rencor a Vilma. Espero que ella tampoco a mí. 
 

sábado, junio 20, 2026

Bleach your works

Trato de sacarme de la cabeza unas ideas que me desquician y entonces imagino cómo era esa campaña de concientización sobre el VIH a finales de los 80, mientras Nirvana recorría la Costa Noroeste de EEUU en una van y trasnochaban en casas de gente a la que habían conocido horas antes en algún concierto, cuando el lanzamiento de su álbum debut era inminente y aún no habían decidido cómo lo llamarían –¿Too many humans?–, y se topaban en las calles de San Francisco con la publicidad de esa campaña –Bleach your works– y entonces Kurdt Kobain –así aparecería en los créditos del álbum debut de Nirvana–, tuvo un insight.

También imagino esa atmósfera apocalíptica y gris de finales de los 80, el fin de la era de Reagan y de su campaña antidrogas y de la guerra fría; imagino la guerra del Golfo cocinándose para la administración de Bush, y también imagino a Jason Everman fungiendo como mecenas de Nirvana –no tocó ninguna canción en Bleach pero absorbió los $600 USD que costó la grabación del álbum en los Reciprocal Studios de Jack Endino y apareció en los créditos– y como segundo guitarrista de la banda, en algunos conciertos de la gira de Bleach, antes de que Cobain lo despidiera por “diferencias artísticas” (básicamente por su estilo metalhead) y se convirtiera en bajista de Soundgarden y, eventualmente, abandonara la música para enlistarse en el ejército de EEUU y luego ser condecorado como “héroe de guerra” por combatir en Irak.

También divago y me imagino a mí mismo escuchando Bleach el mismo año de su lanzamiento, tal vez el día de mi cumpleaños, en los walkman Aiwa que mi papá acababa de regalarme; me veo a mí mismo colocando el cassette y dándole play y adentrándome a ese álbum publicado el 15 de junio de 1989; en mi viaje, “los tíos de EEUU” vinieron de visita a México en diciembre de 1989 y me trajeron de regalo de cumpleaños ese cassette de SubPop –nada más lejano de la realidad: ni yo era tan importante para ellos, ni éramos tan apegados, ni tenían idea de que me gustaría “el sonido Seattle”; habría sido más probable que me regalaran un álbum “Tex-Mex” o algún Amo del Universo difícil de conseguir en México–, pero sigo divagando –todavía no logro sacarme de la cabeza estas ideas que me desquician: enfermedades, deudas, trámites burocráticos– y también imagino cómo me voló la cabeza ese álbum en ese mundo ficticio, cuántas veces escuché “Blew”, “Floyd The Barber”, “About A Girl”, “School”...

Pero, en fin, la verdad es que en diciembre de 1989 –cumplo años el 20 de diciembre y “los tíos” regularmente venían de visita a México para las fiestas de fin de año– todavía estaba en la primaria, y, aunque mis primos son más grandes que yo, no éramos muy cercanos (ahora tampoco lo somos), y, además, según yo, a finales de los ochenta, ellos no escuchaban a bandas de Seattle; más bien, creo que les gustaba el rock en español –desde La Maldita Vecindad y Héroes del Silencio, hasta Caifanes, Fobia y Maná– y quizá uno de ellos escuchaba a Scorpions y a Guns N' Roses –lo sospecho porque medio recuerdo haberlo visto algunas veces con playeras de Scorpions o de Axl Rose–, y ninguno podría haber despertado mi curiosidad por Nirvana.

Lo más seguro es que en diciembre de 1989, la música no fuera tan importante para mí, que escuchara (accidentalmente) a todos esos grupos y artistas pop que mi mamá ponía en la casa –Miguel Bosé, Mecano, Pandora, Flans, Yuri, Amanda Miguel–, y sé que no me perdí el estreno mundial del video de “Bad” de Michael Jackson y que veía alguna que otra caricatura de la programación del canal 5, y que por las tardes una que otra vez me sentaba en la sala junto a mi mamá y la acompañaba a ver por televisión alguno de los melodramas del canal de las estrellas –¿La casa al final de la calle?, ¿Luz y sombra?–; sé que no veía partidos de futbol por la tele; seguramente, me shockeaban las películas de Freddy Krueger –¿a quién se le había ocurrido que un personaje se te apareciera en tus sueños y que tus pesadillas podían matarte?–, no dejaba de jugar con la consola Sega –mi papá acababa de comprarla, y era toda una novedad– y la idea de tocar una guitarra ni siquiera había cruzado mi mente.  

Según yo, en 1989, Los Simpson tenían poco tiempo al aire en la tele mexicana y casi religiosamente cada domingo veía alguna VHS –¿o Betamax?– que mi abuelo o que mi papá conseguían “por ahí”: Robocop, Last Recall, Nico, Back To The Future, Nightmare On Elm Street... Mi vida era muy diferente a lo que es ahora.

Hace unos días Bleach cumplió 37 años y, más o menos cada año que ha transcurrido desde que soy consciente de este álbum, reflexiono sobre dos o tres cosas de mi vida y sobre lo importante que es la música para mí. Este año no es la excepción: me acuerdo de cuando compré mi primer ejemplar de Bleach en el Tianguis de San Juan –antes de que la gentrificación y que “el turismo de barrios” pusieran al Tianguis de San Juan “en órbita”–, cuando lo compré ya estaba en la prepa y ya había escuchado el MTV Unplugged In New York, Nevermind e In Utero, y apenas sabía tocar en la guitarra algunas partes de algunas canciones de Nirvana –“Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “Pennyroyal Tea”, “About A Girl”– y lo compré en el puesto de un tipo que también tenía un puesto en el Tianguis del Chopo, el tipo vendía álbumes de bandas del “sonido Seattle”, pero, sobre todo, de Pantera y de Anthrax y de Sepultura y de Metallica y de Black Sabbath, y de esa clase de bandas, el sujeto era totalmente un metalhead: cabello largo, por debajo de los hombros, y bien cuidado, pendientes en ambos lóbulos, brazos tatuados...  

Cuando reflexiono en estas dos o tres cosas sobre mi vida, también me acuerdo de esas “tardes mágicas” y ociosas, cuando volvía de la prepa a la casa de mis papás, la casa estaba vacía, y me encerraba en mi recámara y escuchaba Bleach de principio a fin, y medio tocaba por intuición alguna canción de Bleach en la guitarra, medio pensaba en cómo sería tener mi propia banda, en cómo sería componer una canción, escribir la letra de una canción, pensaba en cómo serían los ensayos, en cómo sería lanzarme a la batería al final de un concierto, como Kurt en esa fotografía que quedaría inmortalizada en mi mente, que pasaría a la posteridad de mi memoria, que se convertiría en un archivo permanente de mis pensamientos, que tomó Tracy Marander y que acabó en el booklet de Bleach.

¿Sería quién soy este día de junio del 2026, si hubiera escuchado ese álbum hace 37 años?

viernes, diciembre 08, 2023

People Are Strange


En la penumbra de la sala, mientras el personaje interpretado por Kiefer Sutherland se transformaba en vampiro –se le alargaban los colmillos, sus ojos adoptaban un aspecto salvaje y él sonreía de un modo macabro, exhibiendo sus colmillos– y se preparaba para que él y The Lost Boys saciaran su sed de sangre en Santa Clara, California, distinguí un póster que colgaba de una de las paredes de la cueva. 

En ese póster, posabas con el torso desnudo y con los brazos extendidos. Tu larga cabellera rizada caía por tu frente, cubriéndote las orejas, y casi te llegaba a los hombros. Tus ojos marrones miraban fijamente a la cámara y te hacían ver como un paria que desafiaba al mundo entero, a través de la lente que capturaría esa imagen para la posteridad. 

Tuve la sensación de que una corriente eléctrica se precipitaba desde el fondo de mis entrañas hasta mi columna vertebral y luego hasta el cerebro y hasta el cuero cabelludo. En unos milisegundos.

El primer pensamiento que tuve fue que eras un Jesucristo moderno en la cruz, y que estabas dispuesto a morir para salvarnos a todos los pecadores del mundo terrenal. Tenía alrededor de ocho años y no tenía ni voz ni voto, y en la casa me habían obligado a asistir al catecismo y todo ese rollo de Dios y de la compasión y del sufrimiento de Jesucristo, me aturdían.  

La escena del póster en la cueva apenas duró unos cuantos segundos, pero bastaron para que no pudiera apartarte de mi mente –¿quién eras?, ¿por qué había un póster en el que posabas con el torso desnudo, en esa cueva?, ¿cuál era tu relación con la rebeldía y con el salvajismo de The Lost Boys...?–, y para que, en un abrir y cerrar de ojos, colapsaras mi pequeño mundo, en el que todo giraba alrededor de algunos libros para niños, de algunos juguetes de moda y de algunas caricaturas de moda. Bastaron esos cuantos segundos para que el enigma de tu existencia comenzara a perseguirme. 

La película transcurrió, la trama se hizo un poco burda –no quedó exenta de los clichés del vampirismo y de los héroes de Hollywood–, pero, durante los créditos, mientras mi mente infantil digería esa fascinante posibilidad de la juventud eterna, una canción irrumpió en los créditos y completó la impresión que me había provocado la escena del póster. 

Comenzaba con una breve figura de la guitarra eléctrica y luego tu voz entraba en la canción. Y parecía la canción ideal para cerrar la película y para que tu identidad me intrigara aún más. La música, tu voz y la letra de la canción se combinaban de un modo bello y macabro a la vez, como el mensaje de la película. Cantabas, grave y melancólicamente, como si le hubieras dado mil vueltas al mundo y supieras todo sobre el mundo y sus habitantes, que la gente es extraña y que los rostros salen de la lluvia y que son feos cuando uno está solo.  

Semanas más tarde supe que te llamabas Jim Morrison, que habías sido el cantante de The Doors y que habías muerto en condiciones extrañas cuando tenías 27 años. 

Hoy habrías celebrado tu cumpleaños ochenta.

sábado, noviembre 27, 2021

Voodoo Child



En progreso 

Es el último viernes de las vacaciones administrativas de la universidad y me he determinado a escribir en este blog durante una hora ininterrumpida. Conforme enciendo la Mac y todos los programas que empleo frecuentemente se cargan, reparo en todos los distractores que frecuentemente están presentes cada vez que me siento frente a la computadora y me propongo escribir. 

El reloj de la computadora dice que faltan cuatro minutos para las siete de la noche. Hago una pausa y tomo la botella de Heineken que tengo a un lado del mouse, colocada en un posavasos que compré en alguna Feria del Libro o en algún museo. 

El posavasos tiene un dibujo en colores rojo y blanco en el que se ve un rostro que se parece al de Jimi Hendrix. El dibujo me hace pensar en su Fender Stratocaster blanca, adaptada para zurdos. Inmediatamente pienso en Woodstock. Cuando pude ver un video de ese festival, lo que más me impresionó fue su interpretación del himno de Estados Unidos y la forma en que apaleó contra el suelo su guitarra en repetidas ocasiones, antes de prenderle fuego. 

El dibujo también me hace pensar que probablemente “Vodoo Child” es la primera canción de Hendrix que escuché. Tal vez ocurrió un domingo en el que mi papá se sentó en la sala a leer el periódico antes de desayunar, mientras sonaba su tocadiscos. Creo que yo debí de tener alrededor de cinco años y que el sonido wah wah de los primeros acordes de la guitarra en esa canción debió de parecerme hipnótico, extraño y enigmático. (Me daría demasiado crédito si dijera que la palabra “psicodélico”, ya formaba parte de mi vocabulario).

Estas ideas me hacen pensar que hasta hace un par de años, mi papá todavía tenía en su casa el acetato que debió de poner en su tocadiscos aquel domingo. Tenía una colección de acetatos –casi todos de rock–, pero no tenía ningún álbum de Hendrix, sino un acetato con varios éxitos de músicos contemporáneos de Hendrix. Hace como dos años se lo pedí prestado y lo escuché unas cuantas veces, pero sorprendentemente no reparé en todas estas cosas que acabo de escribir. 

Debajo del rostro del músico de Seattle hay una frase atribuida a él: “el conocimiento habla y la sabiduría escucha”. No analizo la frase. Sólo tengo la expectativa del sabor de la cerveza y pienso en “Vodoo Child”, en “Purple Haze”, en “Foxey Lady”, en “Manic Depression”  y en “Love or Confusion”. 

También pienso en que Hendrix murió ahogado en su propio vómito, inesperadamente, un 18 de septiembre de 1971, cuando su carrera, según los expertos, se encontraba en franco declive. Y también pienso en que cuando compré mi primera guitarra eléctrica zurda –una Aze de color negro y con golpeador blanco que conseguí en alguna tienda de Bolívar, en un paquete que incluía un tahalí negro y un amplificador genérico GA-15–, una de las primeras canciones que aprendí a tocar fue “Purple Haze”.  

Le doy un sorbo a la Heineken y trato de explicarme por qué no he podido escribir nada satisfactorio durante cuatro semanas... o mucho más. (Tal vez desde abril, cuando comenzó la cuarentena para mí). Conforme el alcohol recorre mi garganta y todas las moléculas que asociamos con el placer estallan en mi cerebro y me acomodo en la silla, me sumerjo en los instrumentos de la Sinfonía No. 5 en C Menor de Ludwig van Beethoven que he estado escuchando desde que comencé a escribir esta entrada. 

No sé por qué el ir y venir de la violencia y de la calma que me transmite la música, me hace sentir nostalgia y pensar selectivamente en cómo era mi vida en el 2012 –más o menos cuando debí de comprar esa guitarra eléctrica de gama baja–, cuando internet no era tan elemental como ahora y cuando las redes sociales no estaban presentes en todas partes y no tenían tanta influencia como ahora. 

Creo que en esa época podía sentarme a escribir frente a la Sony VAIO –era la única computadora que tenía entonces y la acababa de comprar– y que podía escribir un relato de principio a fin con relativa facilidad, independientemente de las estupideces que podía escribir de principio a fin. 

Creo que en el 2012, mis principales problemas al escribir eran que el posgrado me absorbía y que bebía alcohol excesivamente para distraerme y para lidiar con el estrés. Aunque podría asumirse que mi vida como estudiante de doctorado la viví en el paraíso porque nunca me quejé de nada, los últimos dos años fueron una pesadilla. Desarrollé dermatitis psicosomática (algunos oportunistas de nuestros días en cuarentena la han llamado “alergia emocional”), tabaquismo (me fumaba alrededor de cuatro cajetillas, sólo contando los fines de semana) y cierto nivel de alcoholismo (al menos bebía los fines de semana y lo hacía hasta perder el conocimiento). 

Creo que todo “lo literario” que escribía en el 2012 –me tomaré la libertad de llamarlo así, para distinguirlo de los textos científicos o de divulgación de la ciencia que escribo como parte de mi trabajo académico–, siempre y cuando mis actividades del posgrado me dejaran un espacio libre, era más estúpido y más pretencioso que lo que escribo regularmente. 

Estaba desesperado, pero lo que escribía no parece escrito por alguien desesperado sino por alguien que no estaba acostumbrado a escribir. Aunque francamente no creía requerir de la opinión de nadie sobre lo que escribía –ya había tomado dos o tres talleres de creación literaria y consideraba haber obtenido suficiente retroalimentación de otros sujetos interesados en la escritura como yo– y escribía porque desde niño tengo la necesidad de escribir, es evidente que tanto el ritmo como el estilo de escritura que había adquirido antes de ingresar al posgrado, los fui perdiendo cuando ingresé al posgrado.

El posgrado demandó toda mi concentración y perdí el hábito de escribir. Durante esos dos últimos años de pesadilla, de angustia y de estrés innecesarios (ya tenía más publicaciones como primer autor que las que exigía el reglamento del posgrado como requisito para realizar el examen de grado y sin embargo, aun cuando estaba dispuesto a vivir de mis ahorros para tener más publicaciones, mi lugar en el laboratorio parecía ser el de un estudiante de licenciatura que estaba “a prueba” y que hacía el mínimo esfuerzo), me emborraché cada fin de semana, cada día de asueto y cada periodo vacacional disponibles.

En todas las estupideces que escribí en esos meses llenos de una nube de éter, la desesperación ni siquiera quedó reflejada de algún modo elocuente. Es claro que para mí aplica lo que Élmer Mendoza –y supongo que varios escritores más– dice en una de las novelas que estoy leyendo: un individuo alcohólico es la mitad de la persona que podría llegar a ser. (¿Hasta dónde habría podido llegar Bukowski?) 

En el 2012, tenía la costumbre de fumar y de beber para “matar tiempo”; ahora, como ya no fumo –en mayo, cumplí cuatro años sin fumar– y como sólo ocasionalmente me tomo una cerveza o un whisky, “mato tiempo” en redes sociales. 

Puedo “matar tiempo” mientras como para abolir las náuseas del ayuno, mientras tomo un descanso para asimilar la información que he consultado para dar una clase, mientras reflexiono y releo algo que acabo de escribir y el resultado me decepciona... 

Me cuesta mucho trabajo quedar satisfecho con lo que escribo; si la primera oración que escribí, no me gusta –lo cual ocurre prácticamente cada vez que comienzo a escribir un párrafo–, no puedo avanzar.

Al final, la decepción me lleva a abortar la escritura y a procrastinar.

Yo sé que, más que procrastinar, en realidad abandono lo que estaba escribiendo porque lo que he escrito no me ha dejado satisfecho, pero, de todas formas, me frustra.

Termino revisando mis redes sociales y engañándome y diciéndome que me interesa alguna publicación controversial de algún personaje controversial. 

A veces escribir es una tortura y un círculo vicioso: tengo tiempo y tengo una idea, comienzo a escribir, leo lo que escribí, me decepciona lo que escribí, corrijo lo que escribí, leo de nuevo lo que escribí, vuelvo a sentirme frustrado...

Esta experiencia la describe estupendamente Luis Muñoz Oliveira: escribir es corregir incansablemente lo que has escrito.

Como siempre tengo la expectativa de que no quedaré satisfecho, independientemente de lo que escriba, no escribo, aun cuando tenga tiempo. 

Además de que pueden ser una salida fácil a la frustración, a veces reviso mis redes sociales aunque no haya comenzado a escribir. Aunque he pasado momentos muy desagradables en twitter y en Facebook porque me he enfrentado con sujetos obtusos , es sorprendente la facilidad con la que me distraigo en redes sociales, cuando estoy escribiendo. 

En parte, reviso mis redes sociales y me distraigo en ellas porque, como ya lo mencioné, es una salida fácil a la frustración, cuando apenas he escrito un párrafo de cualquier estupidez que acostumbro escribir y cuando me basta releer lo que he escrito para aborrecerlo con todo mi corazón (y para aborrecerme con toda mi alma) y entonces comienzo a pensar cómo puedo escribirlo mejor (también aborrezco el método al que he bautizado con el nombre de “Xavier del Asco”: escribir lo que se te ocurra, tal y como se te va ocurriendo, sin realizar ningún análisis sobre lo que escribes, y esperar a que tus amigos influyentes digan que eres “escritor” y a que los incautos “ávidos lectores” crean que eres un escritor y entonces compren tus novelas que cuestan casi lo mismo que los libros de Mallarmé, para que luego alguna plataforma importante de streaming compre los derechos de tu novela y la adapte a una serie) y termino abandonando lo que estaba determinado a escribir y así erradico la frustración y la decepción. 

En parte, también reviso mis redes sociales porque parezco un gato que se distrae fácilmente... o porque los tres gatos de la casa son demandantes y me piden alimentarlos o hacerles caso cuando me levanto de la cama por la madrugada para ponerme a escribir en el aislamiento y en el silencio más contundentes que puedo encontrar en mi casa.  

Escucho por enésima ocasión esta composición de Beethoven y pienso en la versión que Martin L. Gore hizo a otra de sus composiciones (¿Sonata para piano No. 14?) y miro nuevamente el reloj de la computadora: son las ocho y cinco. 

Después de tanto enredo, mi conclusión es que no he podido escribir en los últimos seis meses porque he estado ocupado en otras actividades que demandan mi escritura académica y formal. Creo que otros factores se suman a esta incapacidad –además de la disponibilidad para concentrarme en la escritura de un texto literario, además de la frustración y de la insatisfacción– y que están relacionados con dos estados mentales mutuamente excluyentes: o tienes tiempo para escribir, pero no tienes ideas, o tienes ideas para escribir, pero no tienes tiempo. 

A diferencia de hace casi diez años, ahora sí me afecta la sospecha de que ni siquiera las personas a las que conocí en algún taller literario me leen.

Creo que estamos tan absorbidos por el poder de las redes sociales y que las redes sociales han revelado quiénes somos realmente. Creo que frecuentemente leemos a desconocidos sólo porque les atribuimos cualidades que valoramos o porque son muy famosos en redes sociales o porque fortalecen nuestras creencias. Esto me lleva a pensar en un constructo de los teóricos cognitivos de la motivación y de la emoción. Este constructo tiene como propósito explicar por qué hacemos lo que hacemos y por qué nos atribuimos habilidades que quizá no nos caracterizan en realidad y que, en última instancia, nos ayudan a lidiar con nuestras miserias y a sentirnos funcionales en la sociedad y satisfechos con nosotros mismos (y con quienes nosotros mismos creemos que somos en sociedad), cometiendo, al menos, uno de estos errores: sobrestimar todos nuestros logros y atribuírnoslos exclusivamente a nosotros mismos y atribuir todos nuestros fracasos a eventos que quedan fuera de nuestro alcance, maximizando nuestros logros y minimizando nuestros fracasos (error de atribución fundamental), o subestimar los logros de los demás y atribuírselos a la ayuda que recibieron de otros (error actor-observador). 

Independientemente de todo lo que he escrito, he logrado escribir durante una hora ininterrumpida mientras he escuchado a Beethoven, y sin embargo no puedo despojarme de este sentimiento: detesto haber perdido el hábito y el ritmo que tenía para escribir. 

jueves, noviembre 18, 2021

18 de noviembre de 1993

Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...

Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad. 

Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.

No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.

Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero. 

Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.

En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables. 

                     

(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.) 

Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más. 

La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro. 

Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.

Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda. 

De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.

Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.

Han transcurrido 27 años de este jueves que trato de evocar, y no puedo dejar de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado en mi vida, de haber escuchado a Nirvana y de haber sabido que grabarían en los Estudios Sony de Nueva York este concierto que he escuchado tantas y tantas veces.

martes, octubre 19, 2021

Una Jaguar '65 llena de sangre

Qué molesto es lidiar con los dolores del ayuno apareciendo intermitentemente en tu estómago como explosiones de ansiedad en un campo de batalla minado y llamando escandalosamente tu atención como un gatito hambriento y caprichoso que suelta mordiditas que te pellizcan la piel, cuando lo único que quieres hacer es poner en palabras esa idea que tenías en la cabeza antes de que tu vejiga a punto de reventar te levantara de la cama. 

Qué molesto es tener que acostumbrarse a esas convulsiones de tus intestinos y tener un ataque de tos a la mitad de todo provocado por el ayuno de toda la noche y luego tener que tomar el kit de la prueba de glucemia y sacar la libreta en la que llevas el registro de tu glucosa en sangre en ayuno desde hace más de 100 días consecutivos y sacar la pluma y luego la tira reactiva y la lanceta y después pinchar el dedo afortunado para el sacrificio de sangre de hoy, y sentir el breve pinchazo de la lanceta en tu dedo competir con los calambres locos e incontrolables de tus vísceras hambrientas en la frialdad de la recámara que parece un cruel congelador, e ir olvidando cuál idea tenías en la cabeza y querías poner en palabras, mientras esperas con desesperanza la lectura del glucómetro y haces acopio de tus fuerzas para recordar qué cosas indebidas comiste ayer y reparas en que es 19 de octubre y que se cumplen 30 años de aquel célebre concierto de Nirvana en Dallas, Texas, en un club llamado “Trees”, en el que Kurt Cobain tuvo un altercado con un guardaespaldas. 

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando los temblores de tus intestinos reclaman que bajes a la cocina y que los alimentes exactamente en este momento y que termines comportándote como una bestia con una corteza cerebral de adorno y que obedezcas y que hagas lo mismo que cualquier otra persona, sin ningún interés en este concierto ni en ordenar en palabras la idea que se va borrando lentamente como el amanecer en tu mente, podría hacer.

Qué molesto es tener esta idea y no poder ponerla en palabras –probablemente no es una idea brillante, pero sí es auténtica sólo porque nadie más que tú puede tenerla en el mismo momento en el que tú la estás pensando– y que no puedas elaborar en detalle todos los elementos de este evento que te ha recordado este 19 de octubre del 2021, tales como los testimonios de los asistentes a ese concierto –incluyendo a Kurt Cobain, a Krist Novoselic y a Dave Grohl, y a otros músicos cercanos a ellos, como Mark Lanegan– que quedaron plasmados en algún libro o en alguna entrevista o en algún artículo y en los que casi todos los involucrados coinciden en que Kurt Cobain estaba frustrado porque había estado teniendo problemas con un amplificador toda la noche y que lo pateó varias veces y que el amplificador resultó ser de un amigo de uno de los guardaespaldas que cuidaban que el público no se subiera al escenario, y que el guardaespaldas ya le había pedido a Cobain varias veces que dejara de patear el amplificador y que éste lo ignoró y que entonces, cuando se lanzó al público a la mitad de “Love Buzz” –en la parte del feedback de la guitarra–, era inevitable que el guardaespaldas perdiera los estribos y lo jalara furiosamente de los cabellos para regresarlo al escenario y que Kurt le diera un certero guitarrazo en la frente.

Qué molesto es recordar todo esto frenéticamente, cuando mis vísceras no dejan de callarse y me hablan como si fueran voces dentro de mi cabeza conspirando en contra de estos recuerdos y obligándome a interrumpir estos recuerdos frenéticos y bajar a la cocina y tomar una aburrida manzana del aburrido frutero y comérmela en el aburrimiento de la lentitud que implica comer una manzana y concentrar toda mi atención en comerme la manzana, cuando lo que en verdad quiero hacer es escribir sobre estos recuerdos y cuando estoy seguro que más tarde podría comerme la maldita manzana y que ya no podré escribir estas tontas ideas porque el momento preciso para escribir estas tontas ideas se habrá ido.

Qué molesto es acabar con la manzana y hacer un gran esfuerzo para retomar el hilo de los recuerdos y recordar que después de jalar a Kurt Cobain de los cabellos y recibir un golpe en la frente con una Jaguar '65, el guardaespaldas enfureció y le dio una patada a Kurt cuando Kurt estaba levantándose del suelo, y que la banda dejó de tocar abruptamente y que Krist Novoselic dejó caer por ahí su bajo y que Dave Grohl saltó desde detrás de la batería y que Krist Novoselic detuvo al guardaespaldas que ya se le iba a los puños a Kurt Cobain y que se quitó su playera y que se la ofreció y que la frente del guardaespaldas sangraba copiosamente y que Dave Grohl miraba a la distancia y se pasaba el cabello detrás de una oreja como si estuviera asustado y no diera crédito a lo que estaba pasando y no supiera qué hacer, aunque tenía casi un año tocando con Nirvana en clubes parecidos al Trees y aunque había sido testigo de enfrentamientos semejantes –parece que Cobain siempre los metía en líos– y aunque tenía casi 10 años tocando la batería en diversas bandas de punk hardcore y aunque debía estar familiarizado con esta clase de peleas.

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando mis necesidades fisiológicas me llaman estruendosamente una vez más, y cuando el frío de este congelador que parece una recámara en la que siempre es invierno me está entumeciendo los dedos que aporrean el teclado de la computadora, y cuando debo interrumpir mi escritura por enésima ocasión, pero en esta ocasión para ir al baño; y qué molesto es no recordar precisamente dónde leí –para volver a consultar la fuente– que Cobain, que Novoselic y que Grohl al final del concierto tomaron apresuradamente un taxi y que el taxi se quedó sin gasolina, o que le falló el motor, y que se quedaron allí varados, justamente a una cuadra del club, atentos a que el guardaespaldas –que había sido expulsado del concierto después del altercado con Kurt– cumpliera su amenaza y los estuviera esperando a la salida del club y los estuviera buscando y se apareciera en cualquier momento con sus amigos guardaespaldas, para romperle la madre a Kurt Cobain.

Todo esto quedó registrado en el VHS Live!!! Tonight!!! Sold!!! Out!!! y lo vi por primera vez un domingo de 1995 y me dejó tan impactado que, ahora mismo, justamente cuando se celebran 30 años del concierto, encuentro ridículo intentar ponerlo en palabras, no sólo porque tenía otra idea en la cabeza y también quería ponerla en palabras, sino porque ocurrió en el momento preciso en el que debí obedecer a mis vísceras y porque mis ruidosas vísceras asesinaron el ímpetu que tenía para escribir sobre estos recuerdos.

Qué molesto es no tener paciencia para elaborar sobre los detalles de esta escena que alimentó mi enfermiza admiración hacia Kurt Cobain y no poder entrar en detalles sobre las cosas que ocurrieron años más tarde, cuando ya me había casado y cuando mi mujer dormía a mi lado en nuestra cálida cama matrimonial y cuando yo tenía apenas unas semanas de haber ingresado al doctorado y sin embargo ya lidiaba con mis propias frustraciones; cuando, en lugar de patear furiosamente un amplificador, todos los viernes por las noches fumaba antes de dormirme para mitigar el estrés –modulando la liberación de neurotransmisores excitadores e inhibidores, y sintiendo que así me quitaba de encima una pesada semana de casi 12 horas diarias de trabajo y de los tediosos recorridos de 2 ó 3 horas diarias en el infernal transporte público desde la casa hasta Ciudad Universitaria de ida y vuelta– y me acostaba a ver conciertos en el iPod –los había descargado de YouTube y acababa de comprarme el iPod y la pila todavía no entraba en obsolescencia programada– mientras mi mujer dormía y esperaba que el fin de semana saliéramos a divertirnos a algún lugar. 

Durante varios viernes consecutivos vi este concierto en el Club Trees de Dallas, Texas, de principio a fin, y, cada vez que lo veía me sentía trasladado por un momento a aquel domingo de 1995 en el que vi por primera vez esta escena del golpe de la Jaguar '65 en la frente del guardaespaldas, o incluso me sentía trasladado a aquel 19 de octubre de 1991, como si yo mismo hubiera estado frente al escenario en ese club –el video de este concierto había sido grabado por un amigo de Krist Novoselic (¿su hermano?) desde uno de los costados del escenario y las tomas eran muy cercanas, de pésima calidad, pero muy vívidas–; y qué molesto es reconocer que entonces no tenía que lidiar con el escandaloso dolor de mis vísceras exigiendo que las alimente, ni con el pinchazo de la lanceta en uno de mis dedos, ni con la desesperanza de la lectura del glucómetro, ni con este terrible frío, ni con la necesidad de aplazar una idea que quería poner en palabras ¡y que se ha esfumado mientras todo esto ha ido ocurriendo, y mientras el mundo ha despertado y todo está lleno de ruido y me siento vigilado!, y qué molesto es admitir que nada es realmente molesto: molesto sería tener ERGE y no poder comer más que dos o tres cosas y andar con náuseas todo el día y aborrecer cada segundo, y no tener una cama cálida ni una mujer fabulosa en la cama; molesto sería no tener razones para molestarse y no tener imprevistos que no te impidieran escribir, ni poder incendiar tus emociones rabiosas en unas tontas líneas que escribes en un blog que nadie lee aparte de ti.

martes, junio 15, 2021

Bleach (1989)


Hace 32 años la disquera independiente SubPop publicó Bleach. Supuestamente el título del álbum debut de Nirvana proviene del slogan “bleach your works”, que formaba parte de la campaña publicitaria de concientización sobre el SIDA en Estados Unidos, a finales de los ochenta, dirigida a los heroinómanos, conminándolos “a limpiar con lejía” su parafernalia para controlar la propagación del virus. En algún libro cuentan que a Kurt Cobain se le ocurrió titular así al álbum, mientras la banda estaba de gira y circulaban en la camioneta de Krist Novoselic por las calles de San Francisco y se encontraban anuncios con este slogan en cada esquina de la ciudad.

Bleach fue grabado en el estudio Reciprocal Recording de Jack Endino –un productor conocido por su trabajo con otras bandas que tenían contrato con SubPop, como Mudhoney y Soundgarden–, en Seattle. A pesar de que Nirvana apenas comenzaba su carrera, ya tenía cierta reputación en Olympia, Washington, e incluso ya habían intentado firmar con otras disqueras, como K Records y Touch & Go. La experiencia que habían adquirido al tocar en clubes y en algunas fiestas, les permitió llegar al estudio de grabación de Jack Endino con una buena cantidad de horas de ensayo acumuladas y grabar la mayoría de las canciones de Bleach en una sola toma, en treinta horas y en cuatro sesiones, entre diciembre de 1988 y enero de 1989.

Puesto que Bruce Pavitt –uno de los propietarios de SubPop– no consideraba a Nirvana una de las mejores bandas de su sello discográfico –apostaba más por otras bandas nuevas, como Tad y Blood Circus– y no confiaba en las decisiones de la banda, incluso se involucró en la secuencia de las canciones de Bleach y esta situación demoró el lanzamiento del álbum hasta junio de 1989. 

En el mismo sentido, aun cuando las producciones de las bandas estelares de SubPop no superaban los $1000 dólares, y el costo, excepcionalmente, lo absorbía la disquera –o les “prestaba”, como anticipo, el dinero a las bandas–, la grabación de Bleach tuvo un costo de $600 dólares y el gasto lo absorbió Jason Everman, quien tocó en Nirvana durante algunos meses como segundo guitarrista. (Después de tener algunas diferencias “artísticas” con Cobain, quien consideraba que su presencia le daba un sonido demasiado heavy metal a la banda, se convertiría en bajista temporal de Soundgarden y luego se enlistaría al Ejército de Estados Unidos y combatiría en las guerras de Irán y de Afganistán.) (A pesar de que no tocó en ninguna de las canciones ni contribuyó en ninguna de las composiciones de Bleach, aparece en los créditos y en la portada del álbum). 

Además de Cobain —que aparece en los créditos del álbum como Kurdt Kobain— y Krist Novoselic, los bateristas Chad Channing y Dale Crover participaron en el álbum. 
Channing –quien más tarde sería reemplazado por Dave Grohl–, tocó la batería en la mayoría de las canciones; Dale Crover –el baterista de los Melvins–, tocó la batería en “Floyd The Barber”, en “Paper Cuts” y en “Downer”. 

Exceptuando “Love Buzz” –el cover que Nirvana había hecho a la canción de la banda europea Shocking Blue y que previamente había sido seleccionado por Pavitt y por Jonathan Poneman —el otro propietario del sello discográfico— para ser lanzado en la primera entrega del Club de Sencillos de 7" que recibían anualmente los suscriptores de SubPop–, todas las letras de Bleach son de la autoría de Kurt Cobain. 

A pesar de que la canción “About a girl” tiene un sonido pop (con una influencia más o menos clara de The Beatles), como resultado de la estrecha relación de Nirvana con los Melvins y de la admiración de Cobain por Mudhoney, el álbum tiene más similitudes con el heavy metal de los ochenta y con el hard rock de los setenta que con “el sonido Seattle” de los álbumes posteriores de Nirvana. 

Aunque la crítica especializada consideraba que Bleach era un álbum primitivo e identificaba a Nirvana como “unos sujetos que sonaban como Mudhoney, pero que no eran tan buenos como Mudhoney”, algunos músicos reconocidos como Thurston Moore –guitarrista y compositor de Sonic Youth– quedaron sorprendidos por el sonido del álbum e impulsaron la carrera de Nirvana (incluso Sonic Youth influirían en la decisión de Nirvana por terminar su contrato con SubPop y firmar con la disquera trasnacional de David Geffen).

Las letras de las canciones de Bleach tienen un tono oscuro y pesimista. Abordan la desesperanza, la claustrofobia, el abuso sexual y la rebelión contra los estereotipos de la sociedad, y sus protagonistas se encuentran en la barbería esperando ser afeitados por un grupo de sodomitas o están cautivos como mascotas en una jaula, recibiendo un trato indigno de los humanos a quienes idolatran. 

Supuestamente, Cobain escribió las letras de todas las canciones de Bleach en un par de días, durante la grabación del álbum y bajo una tremenda presión, pues SubPop quería que Nirvana encajara en el sonido “grunge” que los periodistas de rock comenzaban a asociar con la disquera y con las emergentes bandas de Seattle de aquella época.

Sin embargo, entre los demos de Nirvana que han sido publicados desde la muerte de Kurt Cobain en compilaciones oficiales, como With the lights out, o no oficiales, como Outcesticide, y en documentales como Montage of heck, hay algunos que datan de los meses previos a la grabación de Bleach y en los cuales se encuentran algunas versiones preliminares de “About a girl” –una canción que Kurt Cobain compuso para Tracy Marander, su novia de entonces y quien tomó la fotografía de la portada del álbum–, y otras versiones de “Sifting” y de “Blew” con letras distintas.

Junto con “School”, “Blew” y “Negative Creep”, “About a girl” formó parte del repertorio de canciones de Bleach que Nirvana continuó tocando hasta su última gira de 1994. Este álbum fue re-editado en 1992, tras el éxito de Nevermind, y re-masterizado en el 2009, cuando se cumplieron veinte años de su lanzamiento. Si el lector de este blog sólo conoce las canciones más populares de Nirvana, Bleach podría cambiar radicalmente la impresión que tiene de su música.



miércoles, noviembre 18, 2020

18 de noviembre de 1993


Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...

Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad. 

Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.

No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.

Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero. 

Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.

En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables. 

(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.) 

Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más. 

La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro. 

Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.

Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda. 

De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.

Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.

Han transcurrido 27 años de este jueves que trato de evocar, y no puedo dejar de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado en mi vida, de haber escuchado a Nirvana y de haber sabido que grabarían en los Estudios Sony de Nueva York este concierto que he escuchado tantas y tantas veces.




viernes, mayo 01, 2020

The Winding Sheet de Mark Lanegan


Poco antes de que Internet fuera una excentricidad –y mucho antes de que imagináramos que se convertiría en uno de los servicios básicos de la civilización y que nos facilitaría la vida durante una pandemia–, por la época en que Lars Ulrich se quejaba de que Napster atentaba contra los derechos de autor –¿cómo es que el catálogo de Metallica terminó en Spotify?–, compré un cassette en El Chopo que supuestamente traía canciones inéditas de Nirvana. 

Exceptuando una canción que sonaba remotamente a Nirvana y en la que parecía que Kurt Cobain hacía los coros, el cassette era un desperdicio. Traía canciones que cualquiera que no se considerara “admirador de ocasión”, ya habría escuchado. 

La canción relataba una historia en la que un hombre le advertía a una mujer que la llevaría al infierno –“a la oscuridad de abajo”– y que ella lograría que “las cosas fueran mejores por cierto tiempo”, mientras algún narcótico hervía en su sangre y surtía efecto. 

Cantaba un hombre de voz grave y rasposa. 

La música sonaba vagamente al Unplugged In New York, pero era más elaborada que cualquier canción de Nirvana. También sonaba a la música de finales de los setenta. 

Varios años después –probablemente cuando Reservoir Books publicó los diarios de Kurt Cobain–, supe que ese hombre de voz rasposa era Mark Lanegan y que había sido el cantante de los Screaming Trees.



En la época en la que Mark Lanegan colaboraba con Queens of the Stone Age, supe que Cobain no sólo había colaborado con los coros en “Down In The Dark”, sino que también había tocado la guitarra en “Where Did You Sleep Last Night?” y que ambas canciones aparecían en The Winding Sheet, el álbum debut de la carrera solista de Lanegan.

Cuando salió a la venta With The Lights Out –y entonces ya había escuchado “Long Gone Day”, su colaboración con Layne Staley en el álbum de Mad Season–, me enteré de que Lanegan y Cobain incluso habían formado una banda alrededor de 1992, a la que llamaron The Jury –con Krist Novoselic en el bajo y con Mark Pickerel en la batería– y que fracasó porque ninguno de los dos se había atrevido a imponerle su punto de vista al otro. 

(“Ain't It A Shame” y “They Hung Him On A Cross” fueron grabadas en esa temporada.)  

Cuando se cumplieron 25 años del lanzamiento del Unplugged In New York, leí una entrevista en la que Dave Grohl aseguraba que Kurt Cobain quería que ese álbum acústico sonara a The Winding Sheet. 

(Como prueba de la admiración de Cobain hacia Lanegan, Nirvana grabó su propia versión de la canción de Ledbelly. Irónicamente, Lanegan nunca ha sido tan famoso como Cobain y ni siquiera ha gozado del mismo estilo de vida que sus contemporáneos –en algún momento, incluso fue un homeless–, pero esta canción quedó registrada como uno de los momentos más emblemáticos de los conciertos Unplugged de MTV*.)



Escuché The Winding Sheet en la época en que mi salud me obligó a dejar de beber alcohol, a dejar de fumar, a cambiar mi dieta y a adherirme a tratamientos médicos que no dieron resultado. 

Me sentía miserable –cuando “me sentía bien”, tenía náuseas y ataques de ansiedad que me impedían permanecer encerrado en un lugar más de una hora– y terminé en el quirófano –rechacé la laparoscopía y me abrieron en canal, y la recuperación fue tardada y dolorosa– y este álbum me acompañó en el proceso de la enfermedad y en la recuperación de la cirugía. (Éste y otros álbumes suyos son muy importantes para mí, pero esos asuntos los reservo para mis textos personales.)

No esperes a que Mark Lanegan muera y a que un periodista de rock te invite a escuchar su música. Puedes comenzar a escucharlo hoy, cuando The Winding Sheet cumple 30 años. 

Apuesto que, de haber muerto en las mismas circunstancias que otros músicos de su generación –también era amigo de Layne Staley, e incluso intentó convencerlo de ingresar a un centro de rehabilitación, poco antes de su muerte–, los periodistas de rock lo compararían con Jim Morrison.


_________________


*En una entrevista que dio a Rolling Stone en estas semanas, para hablar de “Sing Backwards And Weep”–sus memorias, recientemente publicadas– les dijo que nadie le creía cuando les decía que Kurt Cobain lo admiraba y que incluso le había insistido a Dylan Carlson –un amigo en común de los dos– que lo convenciera para que asistiera a un concierto de Nirvana en la Biblioteca Pública de Ellensburg –mucho antes del éxito de Nevermind–, y que los presentara.)

domingo, octubre 20, 2019

Pretty Hate Machine


En 1998, afuera de la Facultad de Filosofía y Letras, se ponía un tianguis en el que vendían todo tipo de libros –desde autores como Friedrich Niestzche y Karl Marx y Alejandra Pizarnik e Isabel Allende hasta Carlos Cuauhtémoc Sánchez–, algunas artesanías –anillos, collares– y música. 

Había una gran oferta de discos compactos y de cassettes.

En algunos puestos se preocupaban por darle una buena presentación a su mercancía y le ponían una impresión fotográfica o una copia fotostática de la portada del álbum al estuche del cassette. 

En otros puestos no se preocupaban tanto por el aspecto de la mercancía, pero vendían música difícil de encontrar en cualquier otro lugar. 

Conocí este tianguis a los pocos días de entrar a la universidad y allí me compré dos cassettes de Sonic Youth. 



Un día no tuve clase y me fui a caminar a Filosofía y Letras –me gustaba más el ambiente de esa facultad que el ambiente de la facultad de Psicología– y  me detuve en un puesto en el que vendían cassettes. 

Allí vendían Pretty Hate Machine y no sé por qué me llamó la atención –nunca había visto el logotipo de Nine Inch Nails ni había escuchado su música–, pero lo compré. 

La calidad de la impresión de la portada del álbum tampoco era muy atractiva. 

Lo escuché de regreso a la casa en mi walkman y no me gustó. 

Casi toda la prepa había escuchado música "orgánica" –batería, bajo y guitarra– y como en Pretty Hate Machine abundan los sintetizadores, me pareció que tenía un sonido demasiado electrónico para mi gusto.  

Al siguiente semestre, tuve a unos compañeros que veían muchas películas. 

Uno me platicó que Natural Born Killers era una de sus películas preferidas y que su escena favorita era cuando los prisioneros se amotinaban y tomaban como rehenes a los personajes de Tommy Lee Jones y de Robert Downey Jr., mientras sonaba Something I Can Never Have.

Según él, la música era perfecta para esa escena. 


Ya había visto esa película, pero sólo recordaba vagamente la parte en la que el detective Jack Scagnetti –interpretado por Tom Sizemore–, analizaba la escena de un crimen y se enfocaba en la marca que había dejado el trasero de una mujer en la carrocería de un convertible.

Cuando volví a ver la película de Oliver Stone, le presté más atención a la escena del amotinamiento y coincidí con mi compañero de la universidad: esa canción de Nine Inch Nails le iba muy bien.

La UNAM se fue a huelga en 1999 y una tarde en la que me encontraba desesperado y aburrido –el Consejo General de Huelga ya había tomado el Auditorio "Che" Guevara como centro oficial de sus reuniones, la Ciudad Universitaria se encontraba cercada, el final de la huelga no se veía próximo y yo estudiaba por mi cuenta la historia de la psicología y tomaba un taller de creación literaria–, me encontré en la casa una cinta VHS de Chaplin.



Robert Downey Jr. me remontó a la escena del amotinamiento de Natural Born Killers y me puse a escuchar el cassette de Pretty Hate Machine que había comprado hacía más de un año. 

A partir de entonces, lo escuché varias veces y me fue gustando cada vez más. 

(De hecho, cuando terminé el Servicio Social y me dieron una beca –único pago de casi $2, 000 MXN–, con ese dinero fui al Tianguis de El Chopo y me compré Pretty Hate Machine en CD y Closure en VHS.)

Desde hace casi diez años, NIN es una de las bandas que escucho con más frecuencia. 

He visto a Trent Reznor dos veces en vivo –en la gira de With Teeth y en la gira de Lights In The Sky–, tengo todos sus álbumes de estudio (originales) y también algunas bandas sonoras en las que Trent Reznor fue el productor.

Hay temporadas en las que no escucho su música, pero ha sido importante en diferentes etapas de mi vida.

Cuando comencé a prestarle atención a las letras, siempre resultaban hablar de alguna situación emocional por la que pasaba. 

Aun ahora, escucharlas me remonta a esos momentos.

Pretty Hate Machine cumple treinta años el día de hoy.