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domingo, abril 02, 2023

God Is In The Radio


WORK IN PROGRESS

Los pájaros trinan por ahí. Su música se cuela en tus canales auditivos y genera potenciales de acción en los cilios de tus oídos internos (los mueve de un lado a otro: de derecha a izquierda, o viceversa, y ¡forma realidades alternas!), y estas señales eléctricas –fabulosamente transducidas en un lenguaje electroquímico que entienden las neuronas, a partir de las crestas y de los valles de las vibraciones de aire–, llegan a la corteza cerebral; otros potenciales de acción que, quién sabe por qué y cómo, tu neocorteza ha convertido en recuerdos nostálgicos, son un insight y un estímulo que Proust, con su madalena y con su tacita de té, del Siglo XIX –hay que leer, al menos un par de tomos de En Busca del Tiempo Perdido, para entender la referencia, y que los libros de psicología que hablan sobre el fenómeno Proust, envidiarían, y que podrían adoptar una forma concreta –en un párrafo, o en una oración– y abarcar doscientas páginas, sin respiro, casi como cuando te tiras en la alberca y te das un chapuzón en el océano de las letras y sales a la superficie, cuando estás a punto de morir por falta de oxigenación al cerebro, saltan de alguna sinapis a otra o de los músculos de tu memoria, en el hipocampo, y de ahí a la pantalla de la computadora.

Estás poseído, estás vehemente, estás un poco ebrio y tu corteza prefrontal está enferma: tu mente escribe más rápido que tus dedos, pero estas ideas, que pasan por tus dedos índices –por tus torpes dedos índices: quién sabe cómo aprendieron a suturar y a hacer cirugías estereotáxicas y a fabricar diminutos electrodos que implantaste en el cráneo de doscientos millones de ratas, hace miles de años–, chocan contra la tecla incorrecta –la apraxia del habla que te persigue, junto con su enfermedad neurodegenerativa, hace de las suyas–, y que te hacen regresar a la palabra mal escrita, a un párrafo o a una oración mal escrita, que es un obstáculo que te va alejando del insight o de la idea que salta de tu cerebro a la pantalla.

Unos perros famélicos ladran a los lejos, unos niños gritan en el fraccionamiento que colinda con el patio de tu casa y tienen voces de niños pero dicen groserías como standuperos que llegan a millones de personas, y el motor de un automóvil zumba a lo lejos como una abeja que busca saciar su sed de polen en el pequeño jardín que tu esposa ha cultivado y en donde sueles salir a tomar al el sol y a leer o a estudiar, o a escribir o a tomarte un Jack Daniel's con Coca-Cola.  

Acabas de leer una novela de Bukowski y piensas que la mayoría de la gente no ha leído su obra, y que él era un misógino y que, sin embargo, también adoraba a las mujeres, y que tuvo una vida difícil y que tuvo trabajos difíciles, y que escribía cosas contundentes que ningún escritor de escuela jamás podrá escribir en su vida; y te sientes inspirado a escribir, y caes en la cuenta de que, al igual que Bukowski, adoras a las mujeres, que nunca podrías escribir nada si no estuviera relacionado con alguna mujer: tu esposa, en primera instancia; tu esposa, antes de que fuera tu esposa; algún amor platónico de la juventud; alguna cantante pop de tu infancia; alguna actriz de tu adolescencia...

Y también piensas en que, al igual que Bukowski, necesitas escribir, y que tienes que escribir sobre lo que está dándote vueltas en la cabeza, como una jaqueca, como un tumor, como una punzada, como una canción; sobre lo que está capturando tu atención: un dolor de estómago, un picor en la nariz o en la garganta; una piedrita en los zapatos... Que no puedes escribir, a destajo: que no puedes escribir por compromiso, que no puedes escribir para satisfacer a nadie; que ni siquiera puedes escribir para satisfacerte a ti mismo: que tienes que escribir, de principio a fin: que no puedes comenzar a escribir algo y luego abandonarlo: que nunca podrás retomar y sentirte satisfecho cuando retomes algo que comenzaste a escribir y que, por una u otra razón –el cansancio, otras responsabilidades, la vergüenza de haber escrito algo que no comunica lo que quieres comunicar, y que no lo comunica como quieres comunicarlo...    

Te fumas un cigarrillo, inhalas y exhalas profundamente y adivinas que mañana te costará más trabajo correr 5 ó 6 kilómetros debajo de los 5 minutos por kilómetro, o que pasado mañana te costará más trabajo permanecer debajo del agua, nadando y conteniendo la respiración, y el futuro te decepciona y entonces, para distraer tu foco de atención, mientras continúas fumándote un cigarrillo, pones en la computadora una canción de los Queens Of The Stone Age a todo volumen –para acallar tus pensamientos y el trinar de los pájaros y los gritos standuperos de los niños del fraccionamiento contiguo– y te sientes un perdedor, te acuerdas cuando fumabas varias cajetillas de cigarrillos al día, cuando fumabas en ayuno, cuando te costaba trabajo subir tres pisos en escaleras, cuando tenías resaca de tabaco: en mayo ibas a cumplir 5 años si fumar, pero te fumaste algunos cigarrillos en diciembre, antes de que Messi ganara su primera Copa del Mundo, y te has fumado algunos cigarrillos en marzo y has reconocido que el tabaquismo –y cualquier adicción– nunca te abandona: más bien, puedes estar en abstinencia, cierto tiempo... incluso años... y te parece ridículo cuando los expertos en adicciones, en el mundo académico, hablan sobre el tema sin haber lidiado, personalmente, si quiera, con adicción a la Coca-Cola. 

Y te suenas la nariz, como un heroinómano, pero eres virgen ese tema. 

martes, octubre 17, 2017

Michel Jouvet fue parte de La Resistencia Francesa


Michel Jouvet nació en 1925, en Lons-le Saunier, al este de Francia, en la frontera con SuizaEl lugar es mundialmente conocido por las montañas de Jura, cuya cordillera se extiende a lo largo de Francia, Suiza y AlemaniaEstas montañas son un importante atractivo turístico para los amantes del esquí, del ciclismo de montaña y del senderismo

El padre de Jouvet era médico, pero él quería ser oficial de la Armada, así que en 1942 se encontraba en Lyon estudiando "matemáticas especializadas" para ingresar a la Escuela Naval; sin embargo, en diciembre de ese año, gran parte de La Armada Francesa se había mudado a Toulon y, por lo tanto, en ese momento resultaba imposible convertirse en oficial. 


Desde junio de 1940, la prefectura de Jura había sido ocupada por el ejército alemán. 


Lyon era la capital de la Resistencia Francesa y, además de estar sometida a constantes bombardeos, estaba ocupada por tropas alemanas y brigadas especiales de la SS




En estas circunstancias, Jouvet se trasladó a las montañas de Jura y se unió a los maquisardos, una guerrilla de la Resistencia Francesa conformada por hombres y mujeres que habían escapado a las montañas para evitar el Service du travail obligatoire (STO) y ser forzados a trabajar para los alemanes. 

Con los maquisardos, Jouvet peleó principalmente contra "La Armada de Vlassov", un ejército constituido por soldados anti-stalinistas hechos prisioneros en Ucrania y que recibía órdenes de la SS.  


Estos soldados eran sumamente crueles y asesinaron a centenas de civiles y a varios compañeros maquisardos de Jouvet.




Después de la liberación de Jura en agosto de 1944, Jouvet fue voluntario en las tropas de Los Alpes y allí realizó patrullajes en esquí a lo largo de la frontera con Italia

En enero de 1945, su brigada fue enviada a defender Estrasburgo -que había sido atacada por pánzers alemanes- a lo largo del Río Rhino.


Ya como Sargento, después de mayo de 1945, Jouvet entró en ocupación en Viena durante dos meses y finalmente volvió a la vida civil en octubre de ese año. 


Tras una breve incursión en la Antropología y en la Etnografía, Michel Jouvet se dejó convencer por su padre e ingresó en la Escuela de Medicina en Lyon. 


Su padre le había insistido que "la medicina abría muchas puertas". 


En 1951, Jouvet fue admitido como residente en neurocirugía y allí se sintió atraído por la forma tan lenta con la que los pacientes parecían "recobrar la conciencia" durante los periodos post-operatorios. 




Entonces Ivan Pavlov era reconocido como una de las figuras más eminentes en el campo de la fisiología del cerebro y Jouvet se interesó en sus estudios. 

Al igual que el fisiólogo ruso, Jouvet estaba convencido de que el cerebro no era una caja negra y, además, pensaba que la corteza cerebral participaba tanto en el aprendizaje como en el sueño. 

En ese mismo año, gracias a un intercambio académico entre las Universidades de Lyon, de Moscú y de Leningrado, tuvo contacto con dos discípulos de Pavlov. 


El aprendizaje pavloviano ya no le pareció tan interesante.


Más adelante, tuvo la oportunidad de leer el trabajo de Moruzzi y Magoun en el que mostraban que la formación reticular podía controlar los estados de vigilancia en el gato, y esa experiencia le dio sentido a su vida académica.     


Arch Ital Biol 

sábado, marzo 01, 2014

El día que conocí a un Premio Nobel


Todavía faltaban 20 minutos para las 7 de la mañana y las conferencias comenzaban a las 8:30, pero en el McCormick Place ya había mucha gente. Era el primer día del congreso de la Society For Neurosciences del 2009 y también era el primer congreso internacional al que asistía. 

Los estudiantes más veteranos del laboratorio ya estaban por titularse y habían asistido a otros congresos de la SfN y me habían advertido de las dimensiones de estos congresos –se calcularían alrededor de 31, 000 asistentes a la edición del 2009, en Chicago, IL–, pero de todas formas me sorprendió ver a tanta gente. 

Había quienes caminaban apresuradamente de un lado a otro, como si la impuntualidad fuera una cuestión de vida o muerte y no les estuviera permitido llegar cinco minutos tarde a una conferencia. (¡Ay, el amor por el conocimiento!) Otros, como yo, perplejos y en ayuno, esperábamos nuestro turno en una larga fila del único negocio abierto a esa hora: un Starbucks que parecía La Torre de Babel (la gente hablaba cualquier idioma que puedas citar.)

La gente no necesariamente hablaba bien inglés, pero intentaba comunicarse de algún modo y la fila avanzaba lentamente. A unos metros de mí, una mujer con burka pagaba su muffin y su bebida en la caja del Starbucks, cuando La Torre de Babel guardó silencio. Luego, siguieron unos murmullos. Miré por encima del hombro de mi compañera de laboratorio –ella también acababa de ingresar al doctorado y ésa era su primera experiencia internacional en un congreso–, y lo vi. 

No se trataba de cualquier hombre caucásico con anteojos, de escaso cabello blanco y de mediana estatura, sino del ganador del Premio Nobel de Medicina o Fisiología del año 2000. 

Vestía un traje y su característico moño en el cuello, justo como lo había visto en varias entrevistas para la televisión. 

Eric Kandel avanzó lentamente hacia la fila del Starbucks y se detuvo precisamente a mi lado. Miró a su alrededor y se rascó la barbilla. 

“Do you know where can I pick up my badge and the stuff...?”, me preguntó. Recordé haber escuchado esa peculiar voz en diversas entrevistas, y sentí la mirada de la gente en la fila, que, al igual que yo, tal vez no daba crédito a lo que estaba pasando. Le respondí tan rápido y tan claro como pude. 

“Thanks”, añadió, y se marchó.

Lo seguí con la mirada. Por donde fuera que caminara, su presencia surtía el mismo efecto que en la fila del Starbucks. Parecía una de esas personas con tanta influencia y poder que pueden obligar a la gente a hacer cualquier cosa, si así lo desean. 

Nos tocó nuestro turno en la fila y lamenté no haber sido atrevido y ni haberme tomado una foto con él, para tener evidencia y para que los veteranos del laboratorio no me tomaran por un mitómano. 

viernes, agosto 30, 2013

¿Existe la hormona de la fidelidad?


La oxitocina está de moda. 

En medios impresos y electrónicos, abundan las notas –"supuestamente" basadas en evidencia científica– que se enfocan en los hallazgos más llamativos relacionados con esta hormona.

Más que informar imparcialmente, el objetivo de estas notas parece ser "monetizar" y atrapar al incauto lector con clickbaits cuyos encabezados le venden un tópico "científico y controversial" que lo hará poseedor de una información envidiable

En términos más formales, el nombre de la oxitocina proviene de dos términos griegos que traducidos al español significan "nacimiento rápido" y que le fueron adjudicados porque facilita la labor del parto y disminuye el dolor experimentado por la madre, al promover las contracciones uterinas

La oxitocina también promueve la liberación de la leche materna durante la lactancia. Debido al fuerte vínculo existente –e innegable– entre la madre y su cría en este periodo, se ha sugerido que también participa en la formación del apego

En este sentido, algunos investigadores sociales han ido más lejos, han antropomorfizado el constructo "apego" y han sugerido que la oxitocina participa en la formación de lazos emocionales y que facilita tanto la atracción sexual como la empatía, entre desconocidos. 


Actualmente se ha mostrado que la oxitocina participa en diversos procesos fisiológicos que van desde la supresión del hambre hasta la sensibilidad por el consumo de sustancias adictivas*, pero a finales de la década de los ochenta comenzaron a ser publicados algunos estudios en los que se sugería que esta hormona guardaba una estrecha relación con la monogamia (y con la fidelidad) exhibida por una subfamilia de roedores. 

En este contexto, más recientemente, en algunos estudios llevados a cabo en humanos, se ha observado que los niveles de oxitocina en sangre se elevan después del orgasmo en parejas monógamas y que la administración intranasal de oxitocina produce "un efecto de evitación hacia mujeres desconocidas" en hombres involucrados en una relación monógama.  

Debido a esta clase de hallazgos, la oxitocina, por vox populi, es considerada "la hormona de la fidelidad".

Estos resultados también han hecho volar la imaginación de algunos empresarios y los ha llevado a considerar la posibilidad de crear "un perfume de la fidelidad".

(El detalle que omiten mencionar en sus campañas publicitarias es que, aparentemente, los solteros son inmunes a los efectos filiales inducidos por esta hormona.)

La conclusión más aceptada hasta hoy, entre los expertos en el tema, es que la oxitocina participa en el mantenimiento –más que en el establecimiento– de lazos afectivos. 


No dudo que algunos autores de las notas más sensacionalistas sobre esta hormona, sean "investigadores exprés" y que recaben su información de Wikipedia, de Google o de blogs (no precisamente como éste.)

Aun cuando no sean expertos en el tema y aun cuando su meta sea –casi exclusivamente– vender una nota, no estoy de acuerdo en que sugieran que no falta mucho tiempo para que "un científico loco" sea contratado por algún gobierno del mundo con el malévolo propósito de diseñar una píldora que mimetice los efectos de la oxitocina y cuyo fin sea controlar nuestra fidelidad hacia cualquier autoridad que se nos imponga. 
  
¿Se hacen pasar por ingenuos... o realmente no se dan por enterados de que los humanos practicamos diversas actividades que nos controlan del mismo modo en que el soma controlaba a los habitantes del mundo feliz de Aldous Huxley?

______________   

*Información actualizada al 1 de diciembre del 2019.

jueves, julio 19, 2012

Los lunes siempre han sido decadentes


Aborrezco los lunes, porque siempre han sido decadentes. 

Cuando estaba en la primaria, odiaba los lunes porque me daba pánico relacionarme con otros niños -normalmente tenían más confianza en sí mismos que la que yo tenía- y porque además mi maestra me inspiraba miedo. Ella tenía una formación militar -o eso decían algunas mamás-, siempre nos estaba regañando por tonterías y no nos dejaba ir al baño. 

Cuando estaba en la secundaria, odiaba los lunes porque yo sólo era un niñito que llegaba de una escuela privada y no sabía defenderme de los bravucones, pero, sobre todo, odiaba los lunes porque tenía que cantar el himno de las escuelas secundarias técnicas a todo pulmón, en la ceremonia de honores a la bandera. 

Odiaba los lunes porque anunciaban el comienzo de rutinas horrendas. 


Durante la preparatoria no aborrecí tanto los lunes, pero siguieron siendo decadentes. 

Entraba a clases a las 9 de la mañana. La maestra nunca llegaba a dar clase y entonces me iba a jugar futbol soccer con mis compañeros. 

Jugábamos todo el día. Nos saltábamos la mayoría de las clases, y a veces me sentía culpable. Jugábamos tantas horas que dejaba de ser divertido. 

Jugábamos tantas horas que incluso buscábamos lugares abandonados o estacionamientos llenos de automóviles para hacerlo menos rutinario. 

Aún ahora sueño de vez en cuando que estoy con mis compañeros de la preparatoria jugando futbol en lugares insólitos.  


Cuando entré a la Universidad, aborrecía los lunes porque tenía clase a las 7 de la mañana y tenía que levantarme de la cama casi 3 horas antes para llegar a tiempo. 

Mi profesor era una vaca sagrada y él sólo llegaba a dormitar y a contarnos anécdotas; o nos ponía a leer uno de los aburridos libros que él mismo había escrito.  

Ahora que estoy por terminar el doctorado, aborrezco los lunes más que nunca. Todos los lunes -incluso los días de asueto y de vacaciones- tenemos un seminario de avances maratónico. Empieza a la hora de la comida y termina alrededor de las 8 de la noche. 

Al principio, me gustaba el seminario. Siempre había algo que aprender y era una oportunidad para desarrollar experimentos y comprender los proyectos de mis compañeros.

Sin embargo, la mayoría de esos compañeros acabaron su ciclo en el laboratorio y quedaron otros compañeros que faltan constantemente o que llegan al mediodía a trabajar y que casi nunca tienen datos nuevos de sus proyectos. 

Mi tutor enfurece cada vez que hay seminario y el resto de la semana nos trata a todos por igual. No puedo evitar compararlo con mi maestra de la primaria ni con los bravucones de la secundaria.

Odio los lunes, odio los lunes, odio los lunes.

miércoles, abril 20, 2011

El kharma de las ratas me perseguirá toda la vida



El edificio en el que vivíamos tenía un estacionamiento en el que cabían seis automóviles.

El estacionamiento estaba vacío desde temprano y se iba llenando cuando los inquilinos comenzaban a volver de sus trabajos -a las 6 ó 7 de la tarde-, y mi hermano y yo aprovechábamos para jugar futbol allí. 

Nunca nos había llamado la atención el futbol, pero ese verano la profesora de Educación Física había organizado un torneo de futbol en la primaria -había fiebre por el futbol debido a La Copa del Mundo de Italia '90- y empezamos a practicarlo

Teníamos unos guantes de portero, y nos turnábamos para tirar o detener los tiros. 

En el estacionamiento, cerca de la portería, había una coladera.

La coladera era rectangular -casi del tamaño de un portafolios- y tenía una tapa con rejas horizontales, y las rejas estaban tan separadas que cabían nuestras manos. 

Cuando oscurecía, algunas ratas se asomaban por allí. 


Un día, después de la escuela, pasaban por televisión el partido de semifinales entre las selecciones de Italia y de Argentina. La selección italiana era favorita para ganar el mundial y los argentinos confiaban en alguna genialidad de Maradona para llegar a la final. 

El partido se disputaba en el estadio San Paolo, en Nápoles

Los tifossi del Nápoles adoraban a Maradona porque él jugaba para ese equipo y lo había llevado a ganar dos Scudettos, una Copa Italiana, una Supercopa y una Copa UEFA, pero apoyaron a la selección italiana y abuchearon el himno argentino y a Maradona cada vez que tocó el balón. 

Los argentinos derrotaron en penalties a los anfitriones.

Cuando acabó el partido, mi hermano y yo bajamos a jugar futbol al estacionamiento. 

Casi llegando al estacionamiento, los guantes de portero se cayeron en la coladera.

Cuando quisimos sacarlos de allí, apareció una rata. 


El animal se apoyó en sus patas traseras y sacó la cabeza a la superficie. 
Su cuerpo apenas podía distinguirse en la penumbra y su larga cola se perdía en la oscuridad, pero sus ojos brillaban horriblemente.

La rata se llevó las patas delanteras a la nariz, y las olfateó. 

Nos miró con sus horribles ojos rojos. 
Chilló y huyó. 

Nos quedamos paralizados, y dejamos los guantes en la coladera.

Subimos corriendo al departamento.  

Durante varias noches no pude sacarme de la cabeza la imagen de la rata, erguida en sus patas traseras y olfateándose las patas delanteras, mientras chillaba. 

Por esa época, mi papá compró un terreno para construir una casa. 

El terreno prácticamente era un basurero y estaba infestado de ratas. 


Nunca vi a ninguna rata, pero mi papá nos contó que había ratas gigantescas -casi del tamaño de un conejo-, difíciles de atrapar y de matar.

Alguna vez nos mostró un enorme esqueleto de rata que había encontrado un albañil en el terreno.



Teníamos casi un año viviendo en esa casa, cuando vimos morir a una rata. 

Había una plaga en el vecindario. 

Mis papás tenían trampas para ratas y colocaban veneno por los rincones de la casa. 
Teníamos prohibido dejar las puertas o las ventanas abiertas durante la noche, o cuando salíamos de la casa.

Una mañana de sábado, mi hermano y yo veíamos televisión, sentados en la sala, mientras 
mis papás estaban fuera. 

Tal vez veíamos los Caballeros del Zodiaco

A él le gustaban, pero a mí me aburrían terriblemente. 

De repente escuchamos un chillido.

Nos quedamos paralizados. 

Jamás había temido a una rata por las enfermedades que pudiera transmitir, sino más bien por su aspecto, pero en ese momento pensé muchas cosas. 

Tal vez la rata se encontraba a unos centímetros de nosotros y se arrastraría hasta dónde estábamos y comenzaría a subirse por nuestras piernas.

Tal vez nos mordería y nos transmitiría alguna enfermedad incurable.


Hice un enorme esfuerzo para levantarme de mi asiento, y caminé en busca del animal.

Avancé sigilosamente por la sala, acercándome al sitio del que provenía el chillido.

Llegué a la cocina. 


Presentí a la rata con el rabillo del ojo, tomé una escoba -más para defenderme que para atacarla- y me acerqué a ella. 

El chillido que emitía era espeluznante. 

El animal estaba erguido en sus patas traseras y se tallaba la nariz con sus patas delanteras, pero estaba agonizando.

A veces dejaba de tallarse la nariz y me miraba.
Se veía que la estaba pasando muy mal. 

No me atreví a matarla de un escobazo. 


Llamé por teléfono a mi abuelo para pedirle ayuda, y él llegó a la casa a los pocos minutos y la mató a escobazos. 



A diferencia de entonces, ahora sólo juego futbol los sábados, pero he visto todas las Copas del Mundo desde Italia '90.

Todavía me duele recordar cómo los argentinos derrotaron fácilmente a la selección mexicana de futbol en Johannesburgo, en un partido de octavos de final del mundial de Sudáfrica, hace casi un año.

Tengo muchos años trabajando con roedores y jamás he tenido problemas para manipularlos, pero sigo teniéndole miedo a las ratas callejeras. 

Anoche tuve que sacrificar a algunas ratas en el laboratorio. 
Es la única parte que no me gusta de mi trabajo. 

Mientras lo hacía, pensaba por qué no he dejado de tenerle pavor a las ratas callejeras. 
Me basta ver a un roedor correr por la calle, para que se me crispen los nervios. 


Sólo una vez me ha mordido una rata de laboratorio. 

Un compañero estaba de congreso en Estados Unidos y me encargó pesar a sus animales experimentales, pero no se le ocurrió advertirme que tenían dos semanas sin comer. 

La mordida fue sorpresiva y muy dolorosa. 


Sangré profusamente, pero, a pesar de eso, no me causó ningún conflicto seguir trabajando con ratas de laboratorio. 

Si ahora mismo viera cruzar la estancia a una rata de la calle, saltaría de mi asiento. 



viernes, agosto 27, 2010

Lorena Herrera esperaba su Frapuccino



Este mes ha sido uno de los más estresantes que he vivido. Apenas el miércoles 28 de abril fue mi examen de candidatura*. Todo resultó mejor de lo que lo esperaba y lo aprobé en mi primera oportunidad. 

Además de estar en el posgrado y de tomar clases de posgrado y de leer artículos sobre mi proyecto de posgrado y de correr experimentos de mi proyecto de posgrado y de analizar los datos de mi proyecto de posgrado, doy clases de licenciatura en la Facultad de Psicología y asisto al menos dos veces por semana a los seminarios del grupo de investigación en el que estoy.

Durante este mes, también tuve varios ensayos para mi examen de candidatura en el laboratorio y con otros grupos académicos (UAM-Iztapalapa, Facultad de Psicología de la UNAM), y también tuve que dedicarle muchas horas a los inagotables trámites burocráticos que realicé para acordar una fecha de examen con todos los sinodales –me llevó varios días colectar sus firmas, porque no todos están en la Ciudad Universitaria ni en la Ciudad de México y tuve que desplazarme a sus sitios de trabajo, entre clases, seminarios y experimentos– y para apartar el auditorio Octavio Rivero Serrano

En los momentos más difíciles –cuando me apaleaban en alguno de los ensayos y acababa dándome cuenta de que no sé nada–, casi lo único que me mantenía con sobreviviendo era el mundial de futbol. Faltan menos de dos meses para que comience. Imaginaba que cuando acabara esta tortura, podría relajarme y disfrutar de una cerveza y de un cigarrillo mientras veía el debut de la Selección Nacional en Johannesburgo.  

Conforme la fecha del examen más se acercaba y conforme más ensayaba mi presentación –en estos exámenes los sinodales evalúan qué tanto sabes de tu proyecto y cuáles son los avances experimentales que tienes–, me sentía más ignorante y más ansioso. Sólo quería olvidarme de todos los demás compromisos que tengo y enfocarme exclusivamente en la preparación de mi examen de candidatura. 



Mi examen de candidatura fue al mediodía. 


Lo primero que hice ese día fue sentarme en el comedor y encender un cigarrillo.
Eran las cinco de la mañana. Mi esposa estaba en el funeral de su abuela y yo me sentía tenso y cansado. Toda la noche me la había pasado en vela, pensando en el examen. 
Además de todo, me sentía mal por mi esposa. Me sentía egoísta por no haberla acompañado al funeral. Ella es una gran mujer, quería mucho a su abuelita, y siempre ha estado conmigo en los buenos y en los malos momentos. 

Se suponía que me había quedado en el departamento para estudiar y para descansar, pero estaba tan estresado que la información que había estudiado a última hora ya no la había comprendido y tampoco había podido dormir. 

Mientras fumaba, pensaba que al menos todo estaba a punto de terminar. 

Se me ocurrió que los sinodales podían reprobarme y que entonces tendría que volver a prepararme para el siguiente año y volver a pasar por todo el estrés del último mes.

En ese caso, además, si reprobaba de nuevo, podrían expulsarme del posgrado. 

Empezaba a imaginar cuán estresado estaría en esa situación y empezaba a recordar algunos casos de alumnos que habían reprobado en su segunda oportunidad de candidatura y empezaba a sentirme más tenso, cuando me di cuenta de que ya me había acabado el cigarrillo. 



A principios de febrero, fue mi primer ensayo del examen de candidatura en el laboratorio. 
Expuse mi proyecto de investigación en el seminario de los lunes por la mañana. Aún faltaban dos meses para el examen y mi tutor estaba de excelente humor. Tanto él como mis compañeros más avanzados fueron condescendientes conmigo.

Ese día incluso suspendió el maratónico seminario de avances que tenemos todos los lunes –puede extenderse desde la hora de la comida hasta las ocho o nueve de la noche– y nos invitó a comer a todos sus estudiantes y a sus investigadoras asociadas. 

Nos llevó a un lugar que se llama El Rincón de La Lechuza.

Mientras llegaba la comida a la mesa, nos dijo que iba a ese lugar muy seguido cuando era estudiante de posgrado. También nos platicó algunas cosas chuscas que le pasaron en Estados Unidos cuando era posdoc. 

Se me ocurrió contarle que Eric Kandel me había preguntado algo trivial en mi primer congreso de la SfN en Chicago, y él me dijo que eso podría ser una señal para que me dedicara de lleno a las neurociencias. 


Fundación UNAM
La comida tardaba más de lo esperado y mi tutor continuó contándonos anécdotas. 

Nos dijo que cuando era posdoc tuvo muchos problemas para publicar y que estaba muy preocupado porque no estaba seguro de que lo quisieran contratar por un año más en el laboratorio donde hacía la estancia posdoctoral. 

Nos dijo que René Drucker, su tutor de posgrado, había ido a visitarlo algunas veces a Estados Unidos y que él estaba desconcertado porque, en lugar de darle consejos o de decirle cosas reconfortantes respecto a su futuro académico, sólo le pedía que lo invitara a comer a lugares costosos.  

(Cuando volvió del posdoc, obtuvo el laboratorio en el que realizo mi investigación doctoral y desde entonces ha titulado a una treintena de estudiantes de licenciatura y de posgrado y ha publicado más de cien artículos.)

Finalmente le aceptaron un paper cuando menos lo esperaba y quiso celebrarlo a lo grande.
Fue a un centro comercial a comprar algo para beber. Nunca le había gustado el vino chileno, pero quiso darle una segunda oportunidad. 

Mientras estaba frente a los estantes de vino y no se decidía por una botella de vino, pensó:


“Si Dios en verdad existe y en verdad quiere que yo tome vino, me dará una señal.”  

En ese momento se le acercó una edecán muy atractiva y le ofreció un vino español. Él lo
 probó y le gustó. (No lo dijo, pero tal vez en ese momento creyó en Dios. Suele decir que uno sólo cree en Dios cuando está en las trincheras.)

Luego nos contó de algunos posdocs que conoció.  

Nos habló de un japonés que se puso muy mal en una cena de Navidad, después de darle un sorbo a un vaso que nadie le había dicho que contenía cerveza. 

Nos habló de un croata que le había hablado maravillas de la carne de búfalo y que lo invitó en alguna ocasión a comer hamburguesas de carne de búfalo. 

Apenas llegaron al lugar donde las vendían y se bajaron del automóvil, el croata le dijo que no era necesario que los dos fueran a hacer el pedido, que él solo entraría a hacer el pedido y que lo esperara en el auto con su esposa. Luego le preguntó si podía prestarle unos dólares para pagar las hamburguesas porque no llevaba efectivo. 

Mi tutor accedió y el croata se metió al restaurante.
En eso, la esposa del croata se bajó del automóvil y le preguntó a mi tutor qué había pasado.
Mi tutor le dijo lo que había pasado y la esposa se alarmó y le dijo que su esposo tenía problemas de adicción a las apuestas y que probablemente se había ido al casino. 

Los dos se metieron al restaurante a buscar al croata y no lo encontraron. 
Mi tutor se quedó con las ganas de probar la carne de búfalo y el croata nunca volvió ni al restaurante ni a su casa.  

En ese momento llegó la comida. 
Mi tutor jamás ha vuelto a contar anécdotas de esta clase. 



Conforme se acercaba la fecha de mi examen de candidatura y yo continuaba exponiendo mi proyecto de investigación en los seminarios de los lunes en el laboratorio, las preguntas –y el humor de mi tutor– se fueron haciendo más difíciles.

Hubo un periodo en el que exponía al menos una vez a la semana. Ya estaba harto.
Salía de esas presentaciones sintiéndome más ignorante, estúpido e inseguro. 

Cuando iba a otros grupos académicos, el resultado era el mismo. 


Una vez en la UAM Iztapalapa, una posdoc me hizo una pregunta en la que yo nunca había reparado. La pregunta era tan elemental que me hizo sentir bobo. Nunca se me había ocurrido. 

Si todo esto no era suficientemente estresante, un día antes del examen tuve que darme tiempo para comprar bocadillos y bebidas para los sinodales. 

Saliendo del laboratorio, tuve que ir a Universum por una última firma de Drucker.
También aproveché para dejarle un recordatorio del examen –es un hombre tan ocupado que nunca pude verlo personalmente, en ninguno de los trámites burocráticos que tuve que realizar–, pues fue el presidente de mi examen de candidatura y su presencia era indispensable.

De regreso a la casa, tuve que tomar el Metro Universidad y estuvo detenido como media hora. 
Después tuve que pasar a algunas tiendas más o menos excéntricas a comprar los bocadillos y las bebidas y tuve que llevármelas en transporte público y procurar que no se dañaran. 

Cuando llegué a la casa, guardé en el refrigerador todo lo que había comprado y traté de ponerme a estudiar, pero mi cabeza no daba para más. 


Tomada del muro de Facebook de Miryam Domínguez

Después de fumarme ese cigarrillo en ayunas, me metí a bañar. 

Me vi en el espejo. Estaba muy demacrado. Parecía que iba al paredón de fusilamiento y que no había dormido en varios días. 

Desayuné automáticamente. Ni siquiera recuerdo qué desayuné. 

Volví a fumarme otro cigarrillo y salí del departamento rumbo a la Facultad de Medicina, cargando mi mochila con mi laptop y todos los bocadillos y bebidas que había comprado para los sinodales de mi examen de candidatura.

Sólo deseaba que el asunto terminara de una buena vez.

Llegué al laboratorio una media hora antes del examen y de inmediato comencé a prepararlo todo: laptop, proyector, cables, señalador, pluma, actas de examen, café, bocadillos, agua...

Hice como diez viajes del laboratorio al auditorio Octavio Rivero Serrano, y viceversa. 

Todos los sinodales llegaron al mediodía, excepto René Drucker, que era el presidente.

Apenas llegó Drucker, todos guardaron silencio y comenzó el examen. 



Estaba muy nervioso.
No quería reprobar.

No dejaba de pensar que, si reprobaba el examen de candidatura, no sólo tendría que prepararme para el año siguiente y que pasaría otra vez por todo el estrés que había vivido en los últimos meses, sino que, además, podrían expulsarme del posgrado. 

(Durante todo el tiempo que me preparé para el examen, jamás consideré que mi primera oportunidad fuera una oportunidad de ensayo para reprobarlo.)

Mientras los sinodales se acomodaban en las butacas del auditorio Octavio Rivero Serrano, me acordé de la situación que había vivido uno de mis compañeros del laboratorio. 

Él había reprobado recientemente su examen de candidatura en su primera oportunidad y sólo le quedaba una última oportunidad para aprobarlo. Yo no quería estar en su lugar. 

¿Cómo sería el estrés que estaría viviendo en esa situación hipotética, si apenas había podido lidiar durante un mes con el examen...?, ¿cómo lidiaría con mi última oportunidad...?

Además, ¿cómo lo tomaría nuestro tutor...? ¿En qué clase de infierno podría convertirse el laboratorio...?

Comenzó el examen. Casi desde el principio de mi exposición, los sinodales me interrumpieron para cuestionarme. 

La mayoría quedó satisfecha con mis respuestas y con los datos que había generado hasta entonces –tenía dos años en el posgrado, pero ya tenía dos publicaciones como colaborador y suficientes datos para comenzar a escribir un manuscrito como primer autor–, pero algunos de ellos comenzaron a hacerme preguntas extrañas.

René Drucker les pidió que no se pasaran de listos. 

En fin, aprobé el examen de candidatura y descansé. 

Después de recabar las firmas de los sinodales y de recoger los víveres que les había comprado, volví al laboratorio a darle la noticia a mi tutor. 

Él me dijo que estaba seguro que yo iba a aprobar y me felicitó. 
Me dijo que él sabía en quién confiar. 

Le pedí que me dejara irme a mi casa –a algunos compañeros, si querían, les había dado la oportunidad de ausentarse del laboratorio toda una semana, con tal de que aprobaran el examen–, y me dijo que estaba bien.

Cuando llegué al departamento, me quedé dormido y desperté hasta la noche. 

Tomada de Foursquare

Unos días más tarde, mi tutor me invitó a almorzar al Starbucks de Miguel Ángel de Quevedo

En el camino, mientras él conducía su automóvil, trataba de convencerme de hacer una estancia en algún laboratorio de Estados Unidos –el problema principal era que yo pensaba que no me alcanzaría el dinero para mantenerme allá y para además pagar la renta del departamento en el que vivía y cubrir los gastos de aquí– y ocasionalmente me preguntaba cosas de mi familia. 

Se comportó amablemente y me hizo sentir casi como su colega.

Me costó trabajo asimilar que era el mismo investigador estricto que enfurecía cuando alguno de los compañeros del laboratorio no tenía datos que mostrar en los seminarios de avances, o cuando, por las mañanas, sólo estábamos dos o tres personas en el laboratorio.

Me agradó que se tomara ese tiempo para hablar conmigo en un ambiente no académico. 

Cuando llegamos al Starbucks –fue la primera vez que puse un pie en un Starbucks–, vimos a Lorena Herrera ordenar un Frapuccino

Era imposible no mirarla. 
Llevaba leggins, un top y zapatillas deportivas.
A pesar de que una ballerina sujetaba y alborotaba su cabellera teñida de rubio, tenía un peinado que parecía de salón de belleza.

Mi tutor y yo nos miramos durante algunos segundos, sin decir nada, mientras ella ordenaba. 
Creo que él no sabía quién era Lorena Herrera.

Luego nos sentamos en una mesa y él me contó muchas cosas de su vida como estudiante y como posdoc en Estados Unidos

Yo quería prestarle toda mi atención, pero estaba en otro lugar. 

Durante varias semanas había anhelado tanto que pasara el estrés del examen de candidatura que en ese momento no quería pensar en mi futuro académico; sólo quería disfrutar haber aprobado el examen y beberme unas cervezas y fumar y escribir y esperar la llegada del mundial de Sudáfrica.

Ahora he reflexionado sobre varias cosas. 

¿Sólo rindo al máximo, cuando estoy estresado?
¿Estoy dispuesto a sacrificar, poco a poco, todas las pequeñas cosas que siempre me han gustado y que no tienen ninguna relación con la academia, a cambio de ser científico, dedicarme de lleno a ello y quizá nunca obtener el reconocimiento que me gustaría?
¿En realidad soy listo, o sólo le he hecho creer a la gente que lo soy?
¿En realidad tengo vocación para la ciencia?

No me gustaría ser científico de medio tiempo, pero tampoco he sido feliz cuando he tenido que abandonar por completo las actividades no académicas que siempre he disfrutado, para involucrarme de lleno en mi proyecto de investigación. 

Todos los días tengo presente el encuentro con Eric Kandel.

El Universal
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*¡No vas a creerlo, pero tener un Doctorado (que sea PNPC) no sólo debes tomar clases, hacer tareas y exámenes, como en la escuelitaTampoco vas a creerlo, pero, para que te den una beca, ¡no sólo tienes que solicitarla y ya!