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sábado, junio 20, 2026

no escucho nada más


    
    Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Desde hace unos años, soy la clase de persona que sigue esta «rutina» y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM. 

    Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué un rato con ellos, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos con problemas de mantenimiento de sueño como yo, ya son las 8 AM.

    Ahora solo quiero tomarme unos minutos de descanso, olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que el Ondansetrón, la Mirtazapina y el Ipakitine no están funcionando; que ya casi no come ni toma agua; que debo cumplir con mis obligaciones fiscales; que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo, porque hoy mismo me los pidieron; que debo terminar de organizar estas treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un mes–, pero apenas me acomodo en la silla para tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino; otra vez está limpiando su auto, es todo un ritual que no suele llevar a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, excepto esta semana. Ya perdí la cuenta pero tal vez es la tercera vez que lo hace.

    A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.

    Otras veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Sepultan la música que traigo en los audífonos y en la cabeza. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva decenas de toneladas y miles de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de un Lorenzo Lamas que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. (¡No soporto el ruido de los motores de las motos!, ¿en qué piensa una persona cuya máxima motivación, aparentemente, es subirse a una moto y hacer que gruña el motor de su moto...?)

Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en un infierno sin fin –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar cómo todos estos sonidos cambian la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Es inevitable no pensar en todo esto porque todos estos temas forman parte de los temas que estudio por trabajo o por diversión, son ideas que constantemente están en mi cabeza, no googleo sobre estos temas para volarle la cabeza a nadie con mis conocimientos.

Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM porque ya no puedo dormir, soy la clase de persona a la que le incomodan los ruidos en exceso. Aunque escucho música todos los días (¡no todo tipo de música!) y no podría vivir sin escuchar música, siempre traigo mis audífonos con cancelación de ruido o siempre que escucho música en mi casa, lo hago a un volumen moderado. A diferencia de algunos vecinos con quienes he tenido que lidiar en los distintos departamentos o fraccionamientos en los que he vivido, no me interesa que nadie descubra mis gustos musicales. 

Ocasionalmente escucho un zumbido en el oído izquierdo, ocasionalmente tengo tapado el oído izquierdo, la otorrino ya me dijo que la trompa de Eustaquio “está un poco tensa”, que no estoy quedándome sordo, que mi sistema auditivo no está dañado, que lo que tengo tiene un nombre —ototubaritis—, y sospecho que la ototubaritis aparece justo a la mañana siguiente de un día del carajo en el que estuve enojándome por las cosas que tengo que hacer con personas tóxicas, cuando, por ejemplo, me piden tramitar el mismo documento 4 veces, o resolver un arduo trámite que implica pedirles su tiempo y paciencia a dos o tres personas el mismo día que me piden resolverlo, para que, al final, insinúen que todo es por mi culpa y no por su incompetencia. 

Sospecho que la ototubaritis aparece cuando estoy tenso, cuando he pasado toda la noche apretando la quijada (sin darme cuenta), cuando Jackson apoya su cuerpo en mi brazo izquierdo y pasa la noche conmigo en esa posición y estoy preocupado por él y no quiero aplastarlo y me frustra que esté enfermo y que los medicamentos no estén funcionando y me pregunto por qué seres tan puros y bellos como él tienen que enfermarse y por qué personas del carajo viven muchos años, como Mumm-Ra, el Inmortal.

La ototubaritis no es tinitus. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente. Y mi aversión al ruido no tiene nada que ver con que soy quisquilloso. El ruido me molesta, me satura, es como una bomba de tiempo en mi cerebro. Y me refiero al ruido de las máquinas, y también a la música a todo volumen de los vecinos. 

    ¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada. 


domingo, febrero 18, 2024

Waiting For The Deathblow


Ya no sé cuántas noches he dormido mal, ya no sé cuántas noches he estado dando vueltas en la cama, dándole vueltas a la misma idea, teniendo la sensación de que mis pensamientos son buitres y que mi mente es un animal en agonía.

Ya no sé cuántas veces he revisado el correo-e en los últimos días, ya no sé cuántas veces he tenido taquicardia cada vez que me llega una notificación al teléfono, cada vez que vibra o cada vez que suena el teléfono.

Ya no sé cuántas veces he repasado mentalmente cómo me sentí en la entrevista de hoy, cómo me sentí en la entrevista de hace un año y cómo me sentí en la entrevista de hace dos años. Sólo sé que me he preguntado, una y otra vez, por qué todo ha cambiado, y, sin embargo, está igual. O peor. 

Ya perdí la cuenta, ya no sé cuántas veces estos pensamientos me han asaltado a cualquier hora del día, mientras, por ejemplo, salí a correr y traté de ignorar que la aplicación en el teléfono es un asco y que puede fallar estrepitosamente y registrar que acabé mi primer kilómetro en 13 minutos, cuando, en la realidad, mi mejor tiempo en tres años ha sido 4 minutos y 20 segundos por kilómetro, y me siento como si fuera la primera vez que uso mis piernas para correr, y tengo ganas de mandar todo al carajo.

Hoy, mientras corría, quise enfocarme en mejorar mi tiempo, en correr y correr y correr, lo más rápido posible, tanto como me lo permitieran mis músculos, hasta quedar exhausto y no tener fuerzas, hasta no ser capaz de analizar nada, hasta no ser capaz de reflexionar sobre nada, hasta no ser capaz más que de repetirme mi mantra a mí mismo... 

«Ya ganaste dos veces, dos concursos similares a éste» 

... hasta no ser capaz de pensar en que ésta puede ser la primera vez que pierda un concurso, hasta no ser capaz de pensar en que siempre existe la posibilidad de perder cuando compites por algo, hasta no tener fuerzas para pensar en nada. 

No tengo ni corazón ni cabeza para buscar mañana mismo, o pasado mañana, o este mes, o cuando sea que reciba las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, cualquier empleo.


Al volver de correr, vibró el teléfono y tuve taquicardia y revisé el teléfono por sexta o séptima ocasión en lo que iba del día, tal y como lo he hecho en las últimas dos o tres semanas, y la taquicardia que acompaña a esta actividad tan mecánica y tan espeluznante nada más fue un desperdicio de energía. 

La notificación resultó ser una falsa alarma...

«KAVAK: cotiza tu auto inmediatamente...»
«Elon Musk acaba de subir una foto a X...»
«Paty López acaba de publicar un video en TikTok...»

... pero me dio un poco de paz. 

Y sin embargo supe que esa paz no duraría mucho tiempo, que apenas me dejaría asimilar que las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, no llegarían justamente en esos segundos en los que revisaba el teléfono.

Ya sabía que esa paz no duraría mucho tiempo, que sería muy breve, que duraría apenas uno o dos minutos, apenas veinte o treinta segundos. 




Así he estado desde los últimos días de enero –cuando publicaron la convocatoria en la que concursé–, y hoy. Y esto no es vida. Ningún cerebro está capacitado para mantenerse en estado de alerta las 24 horas del día. Ni siquiera las ratas pueden sobrevivir más de dos semanas bajo estrés continuo.

Pero esto no es lo más decadente. Lo más decadente es que esta incertidumbre es la historia de mi vida. Sé que en cuanto guarde el teléfono, por decirlo de alguna manera (cuando la incertidumbre termine), y ya no tenga que preguntarme ¿y si pierdo...?, tendré un poco de estabilidad –¿durante tres meses?, ¿durante seis meses?–, pero que, después, volveré a subirme a la montaña rusa de mis emociones y que tendré que cazar, una vez más, otro trabajo temporal.

Me tumbo en un sillón, en una pésima posición, siento cómo mi columna vertebral está arqueada pero nada me duele, todo el sufrimiento está concentrado en el dolor de mi mente, y enciendo el televisor y me da vértigo, tengo arcadas, como cuando paso varias horas en ayuno y me pongo ansioso y me falta aire y se me tapan los oídos y empiezo a hiperventilar y tengo la sensación de que vomitaré en cualquier momento. 

Me acomodo en el sillón, creo escuchar cómo se me quiebra la columna, y me concentro en la pantalla del televisor, y me doy cuenta de que sólo veo la televisión cuando no quiero pensar, cuando quiero huir de la realidad, cuando la realidad me abruma. 

Tengo la vista borrosa, me cuesta trabajo enfocar y desenfocar, mis cristalinos están tan viejos y tan enfermos, cierro los párpados fuertemente, hasta ver fosfenos detrás de la cortina de los párpados –¿alguna vez, realmente, cerramos los ojos...?, cuando cerramos los párpados, ¿en realidad vemos la oscuridad que hay dentro de nosotros mismos...?–, y la sensación me remonta a algún momento perdido entre mis recuerdos de la infancia, cuando acompañaba a mi papá a comprar el periódico. Quién sabe por qué me gustaba caminar con los párpados cerrados, y una que otra vez estuve a punto de estrellarme contra algún poste de luz. 

Al precipitarme en la oscuridad que hay dentro de mí, con los párpados cerrados, también recuerdo otras cosas más recientes, cuando tenía que lidiar con mi enemigo público #1 todos los días, cuando mi única estrategia para soportar cada semana era la expectativa de la Tierra Prometida de cada fin de semana, cuando acababa los viernes en las peores condiciones posibles, cuando me daba un atracón de alcohol y de otros agentes químicos cada viernes, cuando odiaba mi existencia, cuando me sentía esclavizado, cuando sabía que había recorrido un gran tramo del doctorado, que me faltaban sólo unos meses para el examen de grado, que no podía abandonar todo, que no podía escoger, que no podía darle prioridad a mi salud mental, cuando mi relación con mi enemigo público #1 era insoportable. 


En la pantalla del televisor, Jessica Jones está a punto de tener un ataque de pánico y repite su propio mantra...

«Birch Street, Higgins Drive, Cobalt Lane...»

... y cierro los párpados otra vez, pero los abro de inmediato, lo más decadente es que ésta es la historia de mi vida, no es algo excepcional.

No quiero ponerme a pensar en cuántas veces he sentido que el estrés le da martillazos a mi corazón y que luego golpea mi cerebro y que me hace tener la sensación de que no he dormido en varios días, que apenas puedo mantener los párpados abiertos, que mi vida es un fuego cruzado y que el mundo es una trinchera y que debo mantenerme alerta.

Tampoco quiero precipitarme en la espiral de los pensamientos negativos que forman parte de mis hábitos, y tampoco quiero pensar en cosas que ya pasaron y que debí enfrentar de otra manera. Pero no puedo evitarlo. 

A Krysten Ritter, o como sea que se llame en la realidad –¿es ella también la autora de esa novela de suspense?–, antes de ser la protagonista de la serie de Marvel, la conocí en otra serie de televisión, cuando, para variar, no vivía los mejores momentos de mi vida.

Entonces estaba terminando el doctorado y ya tenía varios papers publicados como primer autor, y ya tenía varios años de experiencia docente, y ya tenía planes para irme de posdoc a Los Ángeles... Cuando enfermé, cuando acabé en el quirófano, cuando todo se cayó. Cuando tenía que lidiar con personas tóxicas y egocéntricas y narcisistas. Cuando convivía con personas que podrían ser los protagonistas de los relatos de Jeff Lindsay o de Del James. Cuando convivía con personas que minimizaban mi trabajo para “motivarme”...

«Sólo sigues instrucciones...»
«Lo que deberías estar haciendo es preparar café...»

... o para saciar su necesidad de poder, para sentir que tenían control sobre todas las cosas. 

Entonces, cuando la conocí, Jessica Jones no era Jessica Jones, sino Jane Margolis –la novia de Jesse Pinkman–, y Mr. White ya estaba harto de ella y de Pinkman y de sus hábitos de drogadictos, y una vez los descubrió tumbados en una cama, ellos dos se habían inyectado heroína, y Jane, en su viaje, comenzó a ahogarse con su propio vómito y Mr. White decidió colocarla boca arriba en la cama y dejarla morir por broncoaspiración.

En la pantalla, en el presente, el mantra de Jessica Jones surte efecto –ha ahuyentado a Killgrave, lo ha sacado de su mente–, pero yo ya no puedo dejar de pensar en el pasado, ni en mi propio Killgrave. 

Me acuerdo de esos últimos meses en el doctorado, cuando conocí a Jane Margolis y todas las noches de los martes –¿del 2012?–, veía Breaking Bad, cuando tenía que lidiar con el estrés, cuando bebía en exceso los viernes, cuando consumía otras cosas para soportar el estrés, cuando estaba acostumbrado a recibir injustamente palabrotas en los correos-e...

«Hello! Hello!
¿Qué chingados tienes en la cabeza...?
¡Más de una puta vez te he dicho que no sólo soy PhD...!»

... y me desquiciaba no tener el control de mi propia vida, tener que soportar cosas así, descubrir que tenía mi propio Killgrave.

Al menos, eso quedó atrás. Jamás volveré a relacionarme con personas tóxicas, jamás volverán a ponerme las manos alrededor del cuello, jamás tendrán en sus manos la decisión de dejarme morir por broncoaspiración. Prefiero esta incertidumbre de las últimas semanas, aunque sea el precio que debo pagar para ser libre.

viernes, agosto 04, 2023

la gente que lee, tampoco lee

Es el último viernes de vacaciones. Todas las vacaciones estuve trabajando, corrigiendo un paper que propuse escribir yo solo y que tiene más de dos años en “la congeladora” y que, el grupo de investigación al que se lo propuse, a casi última hora, después de más de 18 meses de una mala comunicación por correos-e, decidió enviar a corrección de idioma y de estilo –la correctora se tomó muy en serio su trabajo y cambió de sentido un montón de oraciones y, entre otras cosas, también cambió doce “employ” por doce “use”, y cambió un “use” por un “utilize”; después de todo, ella no sabe que tengo más de doce papers publicados y tampoco tiene por qué saber que la escritura es sagrada para mí, que escribo desde que aprendí a escribir, que he tomado un montón de talleres de creación literaria, que tengo dos novelas sin publicar y cientos de relatos, y que, aparte de éste, tengo un blog en inglés en el que no escribo nada académico; y tampoco tiene por qué saber que, en la mayoría de esos papers, soy autor corresponsal o primer autor, y que, básicamente, yo solo (con retroalimentación de mis colegas) los escribí en inglés; tampoco tiene por qué saber que, a más de la mitad de esos papers publicados, no los he enviado ni a revisión de idioma ni de estilo.

En estas vacaciones también estuve leyendo diversos papers sobre neurobiología de las adicciones y trastornos del sueño para un seminario que impartí el lunes pasado, y también corrí más de 100 km (seguramente, entre la gente que conozco, habrá alguien que se atreva a decir que nada más uso mis piernas cuando no me queda otra opción), y fui una vez al hospital –un evento muy trágico–, y vi algunos documentales en HBO –Moonage Daydream– y en Netflix –Pepsi, ¿dónde está mi avión?– y algunas películas, y también aprendí, o re-aprendí, a tocar algunas canciones en la guitarra.

En estas vacaciones, me bebí algunas cervezas y whiskys y algunas veces desperté con resaca y deshidratado, y tuve pesadillas y fiebre, y también escribí algunos capítulos de la última novela en la que estoy trabajando (algunos extractos y borradores de esa novela están en este blog), y estuve pensando seriamente en lo frustrante que es competir contra escritores que viven “su cuento de hadas” y que tienen amigos editores y amigos escritores y un montón de publicistas y promotores a su servicio –por no mencionar que, también, en su “éxito”, contribuye “el lector hormiga”, ese lector pasivo, como decía Cortázar, que no lee más que cuando le dicen (en Facebook, por ejemplo), que no lee, o que sólo ojea algunas páginas de las novelas que las vacas sagradas le recomiendan por todos los medios posibles– y, para ponerlo más claro, por escritores que viven “su cuento de hadas”, me refiero a quienes, por ejemplo, viajan a Seattle –y lo anuncian por sus redes sociales–, para escribir una novela sobre “un asesino serial que vive en Seattle”. 

También leí, o releí, a Del James –el libro que incluye el relato en el que está basado el fastuoso video de “November Rain” de Guns N' Roses–, a Karl Ove Knausgård –el último tomo de Mi Lucha–, a José Agustín –un libro de cuentos y un libro sobre periodismo de rock–, a Kim Gordon, a Simon Critchley –un libro sobre el fascinante mundo artístico de David Bowie–, y también releí American Junkie, la novela negra y autobiográfica de Tom Hansen en la que habla sobre su dependencia a opiáceos –comienza escribiendo la novela en un hospital en el que estuvo internado más de medio año–, sobre el mundo de las estrellas de rock adictas a opiáceos –él no sólo consumía opiáceos, sino que era dealer de Kurt Cobain, de Mark Lanegan y de Nick Cave–, en la primera mitad de la década de los noventa.

Son más de las diez de la noche. Acaba de llover, y acabo de ver Seven –la película de 1995, dirigida por David Fincher, con Morgan Freeman, Brad Pitt, Gwyneth Paltrow y Kevin Spacey, y con música de Trent Reznor y de David Bowie–, pero estoy pensando en ese concierto de los Flaming Lips al que fuimos Katz y yo, en el 2008, en el Festival Motorkr. Allí también tocaron Stone Temple Pilots y NIN. Scott Weiland estuvo fatal, tambaleándose en el escenario y olvidando las letras de las canciones. Wayne Coyne se metió en una gigantesca pelota de playa y surfeó entre el público. Trent Reznor y su banda estuvieron geniales. 

¿Quieres leer más...?

martes, julio 11, 2023

Can You Hear Me, Major Tom?

Son las 10 y algo por la mañana, y ya platiqué con Katz sobre un pasaje de la novela de Knausgård que estoy leyendo –la literatura es más que describir los hechos; implica ahondar en la individualidad de la gente... en las emociones que un individuo, incluso por su forma de andar, le transmite a quien escribe, y que, de algún modo, quien escribe, le transmite a quien lee–, y ya le dije que también leí una nota en la que Marcelo Ebrard hablaba sobre unos algoritmos de inteligencia artificial que usarán en la CDMX para detectar a delincuentes, “por su modo de andar”...; y ya le platiqué que me parece paradójico; que, mientras Knausgård le confiere algo “sublime” al andar, la inteligencia artificial lo ve como algo genérico. 

También, como cada día, desde hace muchos meses, ya me medí la glucosa, ya lavé los trastes, ya le di de comer a los gatos y ya les cambié la arena y el agua.

Me preparo para correr. 

Me froto un ungüento en las piernas y en los tobillos, y también hago algunos estiramientos, para evitar cualquier tipo de lesión. Hace un año me lastimé un tobillo y tuve que dejar de correr durante casi un mes. 

Tomo un vaso de agua, me pongo los audífonos y el protector solar y los lentes de sol; conecto el cable de los audífonos al Huawei, abro la aplicación de Amazon Music y selecciono la playlist que he creado para correr. Sería imposible salir a correr en silencio, o en compañía de otro corredor, o escuchando las “disertaciones académicas” de algún podcaster a los que todo mundo escucha. (No puedo evitar ponerme a pensar en lo que creo que son la mayoría de los podcasters académicos: personajes sin preparación académica pero con millones de seguidores, hablando de temas 'taquilleros' y de pseudociencia, haciendo correlaciones espurias; y también pienso en los personajes que tienen podcasts de comedia, y que, para defender a Chumel Torres, o causas similares, usan sus redes sociales para decirle al resto del mundo que ellos son 'el último eslabón de la evolución' porque hacen reír a la gente: ¿acaso no han analizado que el 95% de la gente que los sigue y que paga por sus shows sólo quiere pasar un rato agradable, que esa gente está predispuesta a pasar un rato agradable, y que, probablemente, no es muy exigente?).  

En los últimos días ha llovido mucho y casi no ha salido el sol, pero hoy es un día soleado. Espero que el sol no sea un enemigo. 

Estoy por completar mis primeros dos kilómetros de carrera. Ya me topé con mi cuñada, que sacó a pasear a su perro, y ya me topé con el vecino tatuado, que también sacó a pasear a su perro. Ya me topé con otros vecinos que entran y que salen del fraccionamiento en sus autos. Ya me topé con la vecina que siempre sale en pijama a pasear a su perro. Ya me topé con los vigilantes. Ya me topé con unos veterinarios que llegaron en una camioneta, a atender a algún animal. Ya me topé con la vecina adolescente que siempre que me ve, desvía la mirada y se pasa el cabello por detrás de la oreja.

Estos dos kilómetros me han costado. He estado a punto de tener un ataque de ansiedad porque he sentido que no puedo respirar y que mis pulmones nunca llegan a su máxima capacidad. Me he preguntado por qué demonios puedo correr –¿a quién le gusta correr solo?– y, sin embargo, por qué demonios soy incapaz de dejar de fumar, otra vez. 

¿Por qué volví a fumar, si ya había cumplido ocho años de abstinencia...?

Entonces, cuando estoy pensando en que nadie podría darme una lección sobre el tabaquismo, suena “Space Oddity” –la canción de David Bowie que fue estrenada el 11 de julio de 1969, a días de que Neil Armstrong y su equipo se convirtieran en los primeros humanos en llegar a la luna– y la escucho como si se tratara de una señal del más allá que me dice que me falta perspectiva y que nada más soy un ser vivo minúsculo, con sus minúsculas preocupaciones, en el majestuoso universo.

Mientras me adentro en el tercer kilómetro, me enfoco en la letra de la canción.

¿Major Tom decidió perderse en el espacio, o la nave espacial dejó de funcionar y lo abandonó a su suerte...?, ¿Major Tom decidió perder todo contacto con la torre de control, o la nave espacial dejó de funcionar y entonces a Major Tom le resultó imposible mantener la comunicación con la torre de control...?, ¿David Bowie escribió la canción porque estaba impresionado por el primer alunizaje humano, o porque lo había impresionado la película de Stanley Kubrick...?

La canción llega a esa parte en la que la torre de control y Major Tom ya se comunicaron, cuando suenan los cuatro acordes disonantes de la guitarra, que se repiten dos veces y que son seguidos de aplausos, y también recuerdo que agregué esta canción de 1969 a la playlist que escucho mientras corro, porque hace unos días Katz y yo vimos Moonage Daydream –el documental sobre David Bowie que dirigió Brett Morgen y que está en HBO– y reconozco que, desde entonces, “Space Oddity” ha tomado otra dimensión para mí. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que hoy cumple 54 años de haber sido lanzada al público. Ni siquiera estaba enterado. Lo supe apenas unos minutos antes de ponerme a escribir estas cosas.

La he estado escuchando muchas veces, y he estado aprendiendo a tocarla en la guitarra. Los acordes no son muy difíciles, pero la letra sí me ha resultado muy difícil de aprender –es como si David Bowie, en lugar de escribir una canción estándar, verso, coro, verso, hubiera escrito un breve relato que colinda con la realidad y la ciencia ficción–, y le he dado vueltas a cada oración de la canción –a diferencia de la mayoría de las canciones que escucho, casi ningún verso y casi ningún coro se repiten–, y me he estado haciendo preguntas sobre la clase de historia que cuenta. 

Corro mi cuarto y mi quinto kilómetros. Ya no siento que mis pulmones se quedan sin aire. Me acuerdo cuando corría regularmente cinco kilómetros y cuando compartía mi registro en Facebook. Un día sólo corrí cuatro kilómetros –tenía un esguince, y me costaba mucho trabajo correr– y uno de mis contactos, que pasaba casi siempre de largo por mi muro, me preguntó “¿no corrías ya cinco kilómetros?”, o algo así. Si es complicado entender a la gente cuando te habla de frente, es mucho más difícil comprenderla por lo que comenta en un post en redes sociales. Nunca estás seguro de cuál es el énfasis de un comentario. 

Corro mi sexto y séptimo kilómetros. Desde hace más o menos un mes, después de estar corriendo seis kilómetros durante casi medio año, subí a siete kilómetros. Estoy cansado, pero necesito más. 

Divago un poco y pienso en que estoy comprobando el error de predicción de la recompensa; o sea: cuando la dopamina que liberas ante la expectativa de algo placentero llega a un punto en el que eso que adoptaba el carácter de placentero, ya no es suficiente; cuando tienes que pasar a otro nivel, encontrar una estimulación mayor que sea capaz de liberar suficiente dopamina y que ésta te haga sentirte bien.

Pienso en que ahora debo esforzarme como nunca antes, desde que empecé a correr, hace casi dos años; que debo propiciar que mi cerebro libere más dopamina otra vez; que debo realizar un esfuerzo extra, llegar a un punto al que nunca he llegado: nueve kilómetros. En este mes, dos veces, ya corrí ocho kilómetros.

El noveno kilómetro me cuesta un poco más, pero cuando la aplicación en el teléfono me dice que acabo de completarlo, me siento muy bien, casi en éxtasis, y entonces me detengo unos segundos para descansar y miro hacia el cielo y veo que el sol se ha ocultado detrás de unas nubes y siento una brisa que refresca y que renueva cada poro de mi piel. 

Decido hacer algo que nunca antes he hecho: correr diez kilómetros. Es ahora o nunca.

Termino rendido, pero satisfecho. Miro mi reloj. Son ya casi las doce del día. Por primera vez, desde que comencé a correr, hace casi dos años, corrí diez kilómetros y no puedo creerlo. “Space Oddity” quedó atrás hace muchos kilómetros –ya escuché a Mudhoney, a PJ Harvey, a Tracy Bonham, a Pixies, a Pink Floyd, a Nirvana, a Alice In Chains, a Blind Melon, a Terry Lee Hale...–, y esto es lo que realmente me interesa escribir: que hoy corrí diez kilómetros.

sábado, mayo 13, 2023

Escribe sin parar


Ya te mediste la glucosa, ya escribiste un rato, ya leíste, ya les diste comida blanda a los gatos, ya recogiste la arena de los gatos, ya barriste (un poco), ya lavaste (unos cuantos) trastes, ya calentaste y vas a salir a correr. Apenas faltan cinco minutos para las ocho de la mañana. 
Te pones el bloqueador solar –en donde vives, los rayos del sol son tan salvajes y sales a correr desde hace tanto tiempo que tu verdadero color de piel nada más sobrevive debajo del reloj en tu muñeca–, te amarras el cabello con una dona, te pones los audífonos para correr, pasas el cable de los audífonos por el agujero de la bolsa canguro en la que guardas tu teléfono, conectas el cable de los audífonos al teléfono, abres la aplicación de Amazon Music y seleccionas la playlist para correr y le das play en modo aleatorio; abres la aplicación de Nike que usas para registrar los kilómetros que corres y en cuánto tiempo corres cada kilómetro –esperas que la aplicación no se pasme y que no deje de responder y que no te haga perder entre quince y veinte minutos, como te ha pasado ya un par de veces–, haces unos últimos estiramientos para evitar cualquier problema muscular, te pones las gafas de sol, abres la puerta de la casa, te sales, cierras la puerta y le das click al botón de “comenzar” en la aplicación.
Conforme vas corriendo el primer minuto de tu carrera sabatina de seis kilómetros, te preguntas si la aplicación se detendrá apropiadamente cuando hagas una pausa –después de estar a punto de cumplir casi dos años corriendo al menos tres veces por semana, has decidido que prefieres aumentar tu velocidad y dejar en segundo término tu resistencia–, y no puedes dejar de reparar en ese amargo sabor que merodea en tu boca y que no se larga a pesar de que te cepillaste los dientes antes de acostarte y a pesar de que te cepillaste los dientes al despertarte, y que se parece a ese amargo sabor de antaño que también se esparcía por tus dedos y que le daba un color amarillento a las puntas de tus dedos.
No tienes que pensarlo demasiado: ese amargo sabor que tienes en la boca es el resabio del Lucky Strike que te fumaste ayer, cuando llovía y tuviste que lidiar con el viento, cuando hacías una pausa en tu trabajo y acababas de tomarte un whisky y reparabas en que estabas fumando compulsivamente; que el Lucky Strike ya estaba en la colilla al cabo de unos cuantos segundos –en tiempo récord–, y entonces te preguntaste si otra vez ya habías perdido el control y si ya estabas fumando como un autómata, y te sorprendió darte cuenta de que hace poco más de un mes te fumaste lentamente otro Lucky Strike completo pero que te pareció tan fuerte que te lo terminaste en cuatro o cinco minutos y que acabaste sintiendo unas terribles náuseas y vértigo, y que te habías tomado cuatro o cinco whiskys y que ya estabas un poco ebrio y que a eso atribuiste tu falta de control.
A diferencia de esa otra ocasión, ayer, mientras llovía y llegabas hasta los cimientos del Lucky Strike en tiempo récord, no tuviste ni náuseas ni vértigo, y te sentiste culpable: no estabas ni un poco ebrio y no pudiste atribuir tu falta de control al alcohol.
El remordimiento y la culpa que sientes ahora, conforme vas acercándote a tu primer minuto, son como buitres rondando tu cabeza, y tu cabeza es un cadáver en descomposición de abstinencia de casi ocho años de nicotina, y ahora no sólo no puedes ignorar el amargo sabor en tu boca, sino tampoco todos los recuerdos asociados a ese sabor –el mal olor de la nicotina y del alquitrán quemados, los dedos de nicotina, el dolor de cabeza recurrente, la fatiga recurrente, las dificultades para respirar al subir escaleras, la tos de fumador, el carraspeo–, y lo que sientes mientras te acercas al primer kilómetro de tu carrera sabatina de seis kilómetros, no significa que ahora estés fumando compulsivamente otra vez, como hacías ocho años atrás, cuando fumabas entre tres y cuatro cajetillas en fines de semana y dos o tres cajetillas de lunes a viernes, pero sí significa que has recaído, que es verdad eso que dicen las estadísticas de las adicciones a sustancias de abuso: que todos los adictos, si logran superar la abstinencia del primer año (en el que hay una probabilidad del 60% de recaída), viven con una abstinencia prolongada que puede terminarse en cualquier momento. 
Estás por cumplir tu primer minuto y ni siquiera has prestado atención a la música que vas escuchando o a los vigilantes del fraccionamiento o a los vecinos: simplemente no puedes creer que te has acostumbrado otra vez a fumar; que tus pulmones ya soportan un Lucky Strike completo, que hace poco más de un mes te resultaba espantosamente nauseabundo. Tampoco puedes dejar de hacer algunos cálculos: en las últimas semanas de abril, pasaste de fumar, cada dos o tres días, un Camel –en dos o tres partes, al día–, o dos Marlboros mentolados –cada dos o tres días–, a fumar, en esta semana, casi dos Lucky Strikes completos al día, casi todos los días. 
No puedes evitarlo: ya estás pensando en cada una de las veces que has salido a fumar al patio trasero de la casa; no puedes dejar de preguntarte por qué no puedes resistirte, si ya pasaste por todo esto del tabaquismo, y si ya sabes que fumar no tiene ningún sentido: no expande tus sistemas sensoriales, no modifica tu percepción, no te desinhibe, no aumenta tu capacidad de aprendizaje, no se siente bien... 
También estás pensando en que simplemente no puedes analizar nada, en que no puedes ver fríamente la situación y decirte a ti mismo que meterte un cigarrillo a la boca y encenderlo y darle una chupada, jode tu salud. Lo que sí ves es que, cada vez que has salido a fumar en las últimas semanas, antes de hacerlo, el deseo de fumar ha estado dándote vueltas en la cabeza un rato, que imaginaste decenas de veces el sonido del click del encendedor y que tu cerebro creó varias imágenes de tabaco y alquitrán chamuscándose en el cigarrillo, y que tu cerebro también creó una expectativa edénica para prepararte a introducir sus vapores en tus pulmones. 
Acabas de correr tu primer kilómetro, y no sientes que tus pulmones se hayan quedado sin aire, y entonces te engañas y tratas de pensar que la decisión de fumar depende de ti, que es como cuando acabas de correr seis kilómetros y te preguntas si corres un kilómetro más y te comprometes a correr siete kilómetros al menos tres veces a la semana, pero, en realidad, no es tu decisión: fumar depende de cientos de asociaciones viejísimas con un montón de cosas abstractas y con un montón de cosas tangibles; estas asociaciones son mucho más fuertes que todos tus pensamientos actuales. 
Cargas un mundo de asociaciones en los hombros.

domingo, diciembre 25, 2022

Llegar a la otra orilla

La alergia estacional está aquí. No puedes dejar de estornudar y no puedes dejar de moquear y no puedes dejar de sentir que vas enfermarte mortalmente de un momento a otro. Los ojos no dejan de escocerte. No entiendes por qué hace unos minutos estabas relativamente normal y por qué ahora estás tan jodido. Te miras en el espejo y el rostro que ves se parece al de otra persona: al de una persona que ama las fiestas, que se desvela, que no cuida su salud, que no se alimenta sanamente, que está toda hinchada tras décadas de consumo excesivo de alcohol; que aún está borracha; que tiene la nariz roja y que tiene los ojos rojos.

El solsticio de invierno llegó. El frío es como un taser que te electrifica. Todo lo que haces se convierte en un ritual: para ir al baño, tienes que ponerte calcetines, pantuflas y veinte kilos de ropa encima; en el baño, tienes que quitarte al menos diez kilos de la ropa que traes encima para moverte con cierto margen de comodidad; cuando te vas a bañar, debes ir bien abrigado, arrastrando calcetines, pantuflas y veinte kilos de ropa, y luego debes quitártelo todo; cuando sales de bañarte, debes abrigarte muy bien una vez más para evitar los cambios bruscos de temperatura, y debes estar diez minutos poniéndote pantalones térmicos y playera térmica y calcetas y tenis y veinte kilos de ropa; cuando lavas los trastes, para evitar que se te mojen las mangas, debes arremangarte la chamarra y el suéter, y, si no puedes, si la chamarra y el suéter son obstinadas, debes quitártelas y lidiar con el frío de la estancia y con el agua que parece estar bajo cero mientras lavas los veinte mil trastes que ensuciaron Katz y tú en la cena. 

En el frío, hasta lo más trivial dura una eternidad.

Estás desvelado. Son las ocho de la mañana, pero para ti ya son las dos de la tarde. Aunque no lo quieras, en esta temporada, te acuestas más tarde, todo mundo se acuesta más tarde, y una que otra noche acabas siendo humano y te sientas frente a un televisor y convives y ves alguna película navideña en la que todos los protagonistas son felices al final –Jingle all the way–, y vas acostándote a la una o a las dos de la mañana; y cuando las ganas de orinar y la moquera de la alergia estacional, y cuando los ojos que te escuecen y que te lagrimean por la alergia estacional, te levantan al otro día, el frío, que se parece a un taser que te inmoviliza, y la mañana de Navidad y la resaca de afecto y la pesadez de la cena de Noche Buena, te ponen en un mood cozy –esas palabras anglosajonas que definen lo que quieres decir pero que la neblina que el frío te ha puesto en la mente te impide traducir correctamente– y ya ni siquiera te dan ganas de salir a correr: aunque el día esté soleado, ese sujeto que todo el año sale a correr al menos tres veces a la semana parece un gemelo loco de una vida paralela, y esa expectativa gratificante que saca de la cama a ese sujeto y que lo lleva a dar el primer paso para correr, también parece la expectativa gratificante de un gemelo loco de una vida paralela. 

Cuando hace frío es más difícil que des el primer paso, que salgas a correr, que te mueva esa expectativa que te inunda de pies a cabeza durante unos segundos, cuando la aplicación de Nike te dice que ya has corrido cinco o seis kilómetros y que tardaste alrededor de cuatro minutos y cuarenta segundos por kilómetro, y que te hace sentir satisfecho y que te permite reflexionar sin ser prejuicioso contigo mismo, cuando todas esas moléculas gratificantes que produce tu cerebro –endocannabinoides, endorfinas, dopamina, etc.– y que le han ayudado a nuestra especie a que aprenda a sobrevivir, y que le han permitido perpetuarse, se esparcen por tu sistema nervioso como una corriente dichosa que te da claridad y que te hace sentir que estás cerca del nirvana.

Cuando hace frío es más difícil dar el primer paso, salir a correr, vislumbrar el poder del más allá, de esos segundos gratificantes que llegan cuando has corrido cinco o seis kilómetros; es más difícil dar el primer paso y vislumbrar que correr es como meterse a nadar –que es un punto de no retorno, que no hay vuelta atrás–, y que nadar una y otra vez hasta llegar a la otra orilla, es una metáfora de tu vida; que es vivir y que es respirar y que es transpirar y que es sufrir y que es disfrutar y que es ir en contra de la corriente y que es dejarse llevar; que llegar a la otra orilla no sólo es acercarse al nirvana, sino también una metáfora de la incertidumbre, de tu existencia gris, de tener que empezar siempre de cero con todo mundo; de tener que mostrarle a la gente que juzga sólo lo que ve, que todos los días eres sorprendente; de tener que mostrarte a ti mismo todos los días que eres sorprendente: que no sólo lees cuarenta libros al año, que no sólo tocas la guitarra desde hace mil años, que no sólo escribes desde que aprendiste a escribir; que no sólo hablas varios idiomas, que no sólo piensas en varios idiomas; que no sólo eres quisquilloso contigo mismo; que no sólo te obsesionan cosas que a nadie le importan; que no eres un cliché; que lo más simple que haces en tu día a día es complicado, o que resultaría imposible, para muchas personas; que no sabes hasta cuándo tendrás fuerzas para llegar a la otra orilla.

Moqueas otra vez, los ojos te escuecen otra vez, y el frío se parece a un taser que te inmoviliza otra vez, y no entiendes por qué a algunas personas les gusta tanto el frío –los llamas “los amantes del frío”–, y recuerdas a otras personas que viven en lugares muy fríos y que, cuando te quejas de este frío infantil, te dicen que te invitarán a donde viven, a donde sí hace frío de verdad, para que sepas qué es el frío de verdad, que ya no seas un llorón, pero ya no escuchan cuando les dices que no pones en duda que en otros lugares del mundo haga mucho más frío que aquí, que tú no soportas el frío que conoces y que no soportarías el frío extremo, que te deprimirías y que probablemente te quedarías tumbado en la cama todo el día y que nunca escribirías y que nunca leerías y que nunca tocarías la guitarra y que nunca saldrías a correr. 

Cuando hace calor, los amantes del frío te preguntan por qué no traes veinte kilos de ropa encima, si tanto te gusta el calor, pero ellos, cuando hace frío, no andan semidesnudos por las calles porque no es adaptativo, porque nuestros cuerpos no están hechos para el frío, porque el frío, como el alcohol, es un gusto adquirido, una preferencia que han moldeado tus experiencias, una preferencia que has aprendido a querer; sospechas que a ellos no les gusta el frío, que les gusta sentirse calientitos, que les gusta sentirse apapachados por la sociedad, porque la sociedad adora la libertad de echar desmadre y de reunirse y de emborracharse en las cenas de fin de año, en las posadas, en la Navidad y en el Año Nuevo.

Te has hartado de explicarles a los amantes del frío que los humanos no nacimos para el frío, que el frío no es adaptativo; que el frío no es práctico; que todas esas ciudades en las que la temperatura promedio oscila alrededor de -29º C requieren toda una costosa infraestructura de calefacción en la que no les gustaría pensar; que en esas ciudades bajo cero las tuberías se quiebran por el frío y que es imposible habitar una casa que no tenga al menos un calefactor barato; que no nacimos para el frío y que esa es la razón por la que no tenemos pelaje como los osos polares; piensas que los amantes del frío sólo dicen que les gusta el frío para llevarte la contraria, o que tal vez no conocen el frío, o que tal vez, más que el frío en sí, les gustan las cosas melosas que la gente suele hacer en épocas de frío; o que tal vez son de esas personas que tienen un montón de preocupaciones, que tienen el agua hasta el cuello de deudas (porque los comerciales que ven y que escuchan por todas partes –televisión, radio, internet, las calles– los han obligado a comprar cosas que no necesitan), o porque tienen a algún familiar gravemente enfermo en el hospital y no tienen cabeza para estas nimiedades, o porque, simplemente, tienen una vida tan ajetreada y llena de responsabilidades que no reparan en tonterías como este frío que no es mortal. 

Pero está bien. Tú solo quieres llegar a la otra orilla, aunque no hayas salido a correr.

domingo, abril 17, 2022

Correr es yin, escribir es yang


Son las ocho y media de la mañana. Ya vuelves a la casa después de correr 6 kilómetros en 26 minutos. Es el mejor tiempo que has hecho. Todavía no cumples ni un año corriendo. Empezaste a correr en julio del año pasado. Y no corres todos los días. Es un tiempo estupendo.

Te quitas los audífonos –la música siempre te acompaña, e incluso tienes una playlist para salir a correr– y vuelves a revisar tu tiempo en la aplicación del teléfono. Todavía reverbera en tu cabeza la última canción de GN'R que sonaba en los audífonos. Y no puedes dejar de pensar “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” 

Te sirves agua en un vaso y lo tomas y lo llevas a tus labios. Mientras bebes y sientes cómo el líquido vital humedece tu lengua y tu paladar, y luego baja hasta el fondo del estómago atravesando el esófago, te sientes tan vigoroso y tan despierto que piensas que podrías correr un maratón. Y te preguntas cuáles serían tus límites, si no corrieras a 2, 260 metros sobre el nivel del mar; si pudieras dedicarte profesionalmente a correr; si, de pronto, encontraras un patrocinador y ya no tuvieras que trabajar en otra cosa; si te dedicaras a correr de tiempo completo y corrieras entre ocho y diez kilómetros diarios; si invirtieras en equipo para correr profesionalmente; si te compraras unos tenis Nike Air Zoom Terra Kiger, o unos tenis Ultraboost Web DNA –supuestamente comodísimos y ligerísimos–, de esos que cuestan entre $3, 000 y $5, 000 MXN; si te compraras unas playeras dry fit –supuestamente comodísimas y ligerísimas–, de esas que cuestan entre $1, 000 y $2, 000 MXN; si te compraras unos shorts Rebook, unos leggins Puma, cosas así. 

Le das otro sorbo al vaso con agua. Sientes otra vez cómo el agua recorre tu garganta y cómo viaja hasta el fondo de tu estómago. Piensas que tal vez no hay otro momento del día en el que el agua sea tan placentera. Piensas en que no deberías darle más vueltas al asunto cuando hablas del sistema de recompensa cerebral en clase: tomar agua cuando tienes sed es un ejemplo contundente. 

Colocas el vaso en la mesa. 

Exhalas e inhalas profundamente. Tus pulmones se inflan y se desinflan. Tus músculos se tensan y se relajan. El sudor cae por tu frente. Tienes el cabello húmedo. Apenas son las ocho y media de la mañana, y ya corriste. Los ruidos apenas comienzan a inundar el vecindario. La mayoría de tus vecinos apenas están despertando y comenzando sus días. 

Te sientes más despierto que aquellos días en los que no salías a correr. Ya estabas despierto desde las cinco de la mañana y te levantabas de la cama, pero te sentabas a escribir. A veces estabas dos horas buscando las palabras apropiadas para escribir una idea y no pasabas de un párrafo, o te distraías en otras cosas: leyendo denuncias absurdas en Internet, leyendo quejas absurdas en twitter, leyendo notas absurdas en Facebook, viendo fotografías absurdas en Instagram, viendo bailes absurdos en TikTok... Y el resto del día estabas somnoliento y cansado, como si te hubiera pasado un tren encima. A veces, si lograbas enfocarte en los primeros cinco minutos después de haberte levantado de la cama, podías escribir horas y horas. 

Correr es muy aburrido y deberías estar satisfecho. No puedes dejar de repetirte “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” Y sin embargo, no estás satisfecho. Más bien, te sientes frustrado. Siempre estás quejándote de algo, como la gente de twitter. 

Piensas que siempre hay un precio que pagar, que las cosas son como lo dice Carrère con palabras mucho más elocuentes: siempre hay un yin y un yang; lo hueco es yin, lo lleno es yang; leer es yin, escribir es yang; la música es yin, la pintura es yang; yin es poesía, yang es prosa. Correr es yin, escribir es yang. 

El precio que has pagado para correr 6 kilómetros en menos de media hora es dejar de escribir. Y no es un asunto trivial. Escribes desde niño, desde que aprendiste a escribir. Los fines de semana, por ejemplo, cuando tus papás aún dormían, después de haber tenido toda una semana con sus ocupaciones adultas, te levantabas temprano y te asomabas por la ventana, junto a tu cama. Tu recámara en ese departamento en el quinto piso de un edificio estaba orientada hacia el este. Veías despuntar el sol. Veías cómo el sol parecía bañar con un matiz rojizo al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl. Ese paisaje estremecía tu corazón de niño y te encantaba, y esa soledad (relativa) en tu recámara –con tus papás en la recámara contigua– también te encantaba. 

Apenas habías aprendido a escribir y te sentabas en la alfombra y te ponías a escribir. También jugabas como cualquier otro niño, pero, quién sabe por qué, desde entonces escribir era un impulso, era una necesidad, era como tomar agua cuando estás sediento. Y escribías por satisfacción. No te interesaba que nadie leyera lo que escribías. No escribías para impresionar a nadie. No escribías para que nadie dijera que eras escritor.

Ahora o corres o escribes. Si corres, en lugar de escribir, alcanzas un ritmo de 6 kilómetros en 26 minutos (¡menos de 5 minutos por kilómetro!); pierdes el ritmo para escribir y tropiezas con lugares comunes, y quieres que el mundo sepa que escribes, que el mundo te ponga una etiqueta (“escritor de ciencia ficción”, “escritor de terror”, “escritor de recetas de cocina”, “escritor de cartas de amor”, “escritor de discursos de graduación para primarias y secundarias”) y que el mundo te pague por escribir. 

Si escribes, en lugar de correr, estás ensimismado todo el día, como si te hubiera pasado un tren encima, como si el alcohol te hubiera puesto una venda en los ojos... 

Correr es yin, escribir es yang. 

sábado, octubre 16, 2021

No es el karma: es tu irresponsabilidad


El vecino XX tiene un Chihuahua. Por la tarde, cuando hay más gente en el fraccionamiento, sale a su jardín a tomar el sol y deja que el Chihuahua ande libremente por ahí. A la vecina Yeye se le ocurre pasear a sus perros con correa, del otro lado del jardín del vecino XX, justamente en ese momento. El Chihuahua, como la mayoría de los perros pequeños, es un bravucón y sale a toda prisa a perseguir a los perros de la vecina Yeye. El vecino XX bosteza a la distancia y continúa tomando el sol en su jardín y la vecina Yeye tiene que hacer peripecias para que sus perros –un Pug y un Bulldog– no se le lancen encima al Chihuahua (incluso debe cargar al Pug, con todo y la correa, mientras se esfuerza por retener al Bulldog). El vecino XX es un espectador desde la primera butaca de su jardín: sólo le falta darle un sorbo a su limonada y una cámara fotográfica para completar la escena. 

Por la noche, nos enteramos en el chat de WhatsApp de los vecinos, que un corredor frustrado de F1, ha atropellado al Chihuahua –nadie sabe exactamente qué tanto daño le hizo– y entonces el vecino XX enfurece y despotrica contra la mesa directiva del fraccionamiento y se queja amargamente de la irresponsabilidad del conductor y de los vecinos en general. 

La gente sólo se da cuenta de las cosas que siempre están ocurriendo, cuando le pasan. No es el karma: es tu irresponsabilidad.