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viernes, octubre 16, 2026

la muerte es mi felicidad

El conductor del Uber trae la radio encendida. Estoy molido. Van a dar las ocho de la noche. Vengo en piloto automático. Traigo mojada la cabeza, los calcetines y la parte baja de los pantalones. Luego de impartir mis 6 horas de clase de cada jueves, tuve que caminar bajo la lluvia. Además, no alcancé lugar en el Tren Insurgente, así que estuve de pie todo el recorrido desde Santa Fe hasta Metepec. Ni siquiera pude escuchar música en el trayecto: tenía que pedir el Uber y comunicarme con Lizzie, y la batería del teléfono ya casi se agota y olvidé el cargador en la casa. En fin, un día decidí que ni siquiera me importaba aprender a conducir un auto.

También traigo la mente llena de pensamientos pesimistas. El martes fui al NIXV. El recorrido desde aquí me toma poco más de 2 horas. NIXV está al otro lado, del otro lado de la ciudad. No me considero Frodo ni Sam, pero cada vez que voy, para mí es como ir a Mordor. Más o menos desde mayo trabajo como scientific writer allá. Pero nunca me he sentido cómodo con el trabajo, no me gusta nada cómo me tratan. Puedo tolerar que suelan pedirme trámites de una hora a otra y que la gente de la administración se dirija a mí como si fuera recién egresado de la licenciatura (no tiene nada de malo serlo –alguna vez lo fui–, pero yo no acabo de terminar la licenciatura y no estoy descubriendo quién soy), pero lo que en verdad no tolero son los clichés: la forma de ser de mi jefe, él no sabe pedir las cosas (sus indicaciones suelen ser confusas y ambiguas) y no tiene tacto para pedirlas. 

Algunas veces ha insinuado que lo dejé colgado con el trabajo. Otras veces, me ha asignado cargas irreales de trabajo. Y cuando le he dicho que no puedo entregar de un día para otro, lo que espera que le entregue de un día a otro (no soy recién egresado de la licenciatura, no tengo todo el tiempo del mundo ni la paciencia ni la devoción de un recién egresado de licenciatura, tengo que generar ingresos en el mundo real y por eso tengo que hacer 20 cosas todos los días), me ha contestado cosas horribles –que si mi trabajo fuera fácil, lo estaría haciendo su secretaria; que no le sirve de nada que le muestre “pantallazos” del estado de arte de un proyecto que se le ocurrió asignarme– y luego me ha enviado uno que otro mail demandando que lo llame “inmediatamente” por teléfono. 

Aggh. Según mi experiencia, esta clase de jefe es el más común en la academia, parece ser el prototipo de jefe académico. Cuatro de los seis jefes que he tenido, son así.

En fin. Mi jefe también me culpa por “no haber terminado” de escribir un paper de investigación original que me asignó apenas a finales de mayo. De ese paper, le entregué avances en julio (un arduo trabajo que terminé en mes y medio, con el borrador de la introducción, de los resultados y de la discusión, escrito en inglés científico para revista Q1 y listo para ser revisado y depurado por su grupo de trabajo, aun cuando sólo tuve acceso a una parte de los datos –20 páginas de información súper caótica– y aun cuando no he visto una sola vez el cuestionario que es el eje de la investigación de ese paper), y luego me asignó otro proyecto de un tema totalmente distinto, de un viernes a un lunes. Y para ese otro proyecto invertí todo un fin de semana. Consulté casi 30 papers. Cuando le entregué este otro proyecto a mi jefe, en agosto, él simplemente dejó de contestarme correos. Di por hecho que ninguno de los dos estábamos satisfechos con el trabajo, y di por hecho que ese trabajo ya era historia, pero apenas el lunes mi jefe volvió a convocarme a una reunión para tratar “los pendientes”. Y básicamente en la reunión me dijo que “me da otra oportunidad”: que espera que escriba 3 revisiones sistemáticas, en 3 meses. ¡Tengo 3 semanas para escribir cada revisión sistemática! 

Sigue asignándome una carga de trabajo irreal. Vive en otra realidad, una en la que, aparentemente, puedes escribir un paper en una semana. Y publicarlo en dos semanas. (Me pregunto cuándo fue la última vez que escribió y publicó un paper él solo, de principio a fin. Y también me pregunto por qué este perfil de “jefe académico” es el perfil del académico que sí tiene una plaza de base de tiempo completo definitivo.) 

No tengo el trabajo más apropiado para mi trayectoria –no tengo el trabajo que merezco–, pero, irónicamente, no obtuve este trabajo en NIXV porque sí. Soy SNII2 desde enero del 2025, hace 10 años estaba terminando el doctorado y ¡nunca he tenido un contrato de base! y este año ya tengo publicados dos papers en revistas internacionales evaluadas por pares. Más o menos así es cada año. Publico mucho y publico porque yo escribo los papers, y nadie tiene que estar apresurándome ni exigiéndome que los escriba. Me gusta escribir, pero no me gusta que vean como un escritor a destajo. No lo soy. 

En la mayoría de los papers que publico, hago el trabajo de Autor Corresponsal. Y porque así es la academia, en la mayoría de ellos no aparezco en esa posición. Y me temo que si acepto esta oportunidad en el NIXV, seré un escritor fantasma, que ni siquiera apareceré en los créditos de los papers. 

Por otra parte, simplemente no puedes escribir una revisión sistemática en 3 semanas. Mucho menos puedes escribir 3 revisiones sistemáticas en 3 meses. Y lo digo yo, que publico mucho. Y en condiciones adversas.

En la reunión del martes –la convocó de un día para otro–, mi jefe dejó claro que (obviamente), como desde mayo no he publicado nada, él no tiene cómo justificar al NIXV que estoy en el SNII. Entonces no hará el trámite que le corresponde para que la autoridad competente del NIXV valide mi adscripción y yo pueda recibir el estímulo económico del SNII. 

El sueldo que recibo por este trabajo de scientific writer tampoco es espectacular. El estímulo del SNII lo haría competitivo. 

Este trabajo explotador es un dilema. Pero necesito el dinero. Tengo que generar ingresos en el mundo real. Si la SECIHTI no hubiera cambiado el reglamento del SNII, yo seguiría recibiendo lo que me corresponde, pero ese es otro tema. A veces sí tengo la impresión de que, como dicen los detractores de la 4T, el país se está cayendo a pedazos. Tengo la impresión de que “la ciencia del maíz” es la única que les importa. 

El punto es que hacía tiempo que no me sentía tan exhausto, estoy como en piloto automático. Terminé mi tercera clase del día a las seis de la tarde (hemos tenido 10 semanas de clases y hemos hecho muchas cosas teóricas y prácticas, pero hoy vimos Naranja Mecánica para hacer un análisis sobre el condicionamiento clásico y la modificación de la conducta) y cuando salí del aula audiovisual caía una tormenta y entonces tuve que esperar una hora más en la universidad. La tormenta amainó, pero  nunca paró de llover. En fin, un día decidí que ni siquiera me importaba aprender a conducir un auto.

A las 7 PM me resigné y caminé bajo la lluvia pertinaz desde la VNIV hasta el Tren Insurgente. El camino es como subir un cerro, ir en contra de la gravedad, realizando un esfuerzo mecánico en contra de ella, pero cuando llueve además hay que esquivar cascadas de desagüe que inundan algunas partes de la banqueta. La otra opción era tomar un RTP afuera de la VNIV, pero el tráfico iba a vuelta de rueda. De haberlo tomado para evitar la lluvia, probablemente habría tardado 45 minutos en llegar al Insurgente. A pie, el recorrido me toma 5 ó 10 minutos. Sin tráfico, ese recorrido en auto no toma más de 3 minutos.

En la radio, suena “Llueve sobre la ciudad”. Hacía años que no la escuchaba. La ubico, pero no me gusta mucho. Como estoy en piloto automático, me remonta a principios de los años dos mil –cuando estaba en el limbo, cuando era recién egresado de la licenciatura, cuando me entregué “en cuerpo y alma” al mundial de futbol del 2006 para no pensar en mi vida, cuando ya había tenido un paso fugaz como Profesor de Asignatura por la VNIV, cuando aún no conocía a Lizzie, cuando Vilma ya era historia, cuando me gustaba Valentina, la bajista de Candy; cuando ni siquiera me había pasado por la cabeza ingresar al doctorado, cuando salía con distintas personas a escuchar a bandas indie en bares y en cantinas del DF, cuando no tenía más que un paper publicado como coautor en una revista de Análisis Experimental de la Conducta, cuando escuchaba la radio todos los días, cuando escribía narrativa literaria todos los días, cuando salía una o dos veces a final de semestre a “chelear” con ex estudiantes–, y le presto atención a la letra. 

Y tal vez porque estoy en piloto automático, conecto con ella, y me hace pensar, en cierta forma, que habla de mi vida. 

Nos detenemos en un semáforo, nos rebasa un macho alfa en moto. Mañana será nota de 4 columnas en un diario amarillista. Me aíslo en el teléfono. Le queda suficiente batería para terminar el viaje del Uber y para hacer una consulta en Internet. 

Gemini AI dice que la canción de los Bunkers “aborda el dolor profundo de una separación amorosa, la soledad y la crisis existencial”, y, en fin, sólo quiero llegar a casa, quitarme esta ropa mojada, tomarme un Jack Daniel's, leer unas cuantas páginas de alguna novela de Welsh y tumbarme en la cama.  

martes, enero 14, 2025

Tener una plaza indeterminada es más difícil que sacarse la lotería

 


Salí a correr 7 kilómetros, por primera vez en más de un año no asistí al seminario de cada lunes, desayunamos alrededor de la una de la tarde, algo que ha ocurrido desde que tomamos el nuevo fármaco, el que tiene dapaglifloxina y metformina, te genera una sensación de llenado en el estómago, te mantiene sin apetito y a veces con náuseas. 

Trabajé en las respuestas a los revisores de este MS que tal vez será publicado en los próximos meses, un colega sugiere algunos cambios que no solicitaron los revisores, eso me puso de malhumor, mis condiciones de trabajo de toda la vida me impiden escribir lo que quiero escribir; como no tengo una plaza indeterminada, tengo que negociar con los colegas que sí la tienen –ellos pagan los APC–, y debo ceder muchas veces y escribir algo con lo que no estoy tan de acuerdo. Está difícil publicar en revistas que no tienen Open Access. Las universidades destinan una parte de sus recursos en suscripciones a revistas y en financiamiento para que sus académicos paguen Open Access.

Además de que mi trabajo no es remunerado y de que el mundo no es un lugar gratuito –todos los días tienes que pagar algún servicio, todos los días estás expuesto a comerciales, a mensajes que te invitan a gastar en cosas que no necesitas–, trabajo sin cobrar un sueldo y ocupo mi tiempo libre en este trabajo no remunerado. Es algo tan idiota. Claro: hay que esforzarse, picar piedra, hacer sacrificios, invertir a largo plazo.... Pero, en retrospectiva, ¿qué sentido tienen todas las inversiones a largo plazo que he hecho...?; por ejemplo: ¿de qué me sirve ser Investigador Nacional Nivel II, si no tengo una plaza indeterminada...?, ¿de qué me sirven todas estas inversiones a largo plazo, si ninguna universidad me da la oportunidad de concursar por una oposición...? 

Todo esto es lo mismo, lo de siempre, pero peor. Y ¿a quién engaño? Siempre ha sido así. No tengo esa “suerte”, o fortuna, o como quieras llamarle, que otras personas tienen. Ya sabes: no quieres una plaza, y te la ofrecen. Ya sabes: te abren las puertas de la academia desde que eres estudiante de maestría, te apoyan, te dan tu lugar, reconocen tu trabajo, entras al doctorado, no te tratan con la punta del pie, te abren un concurso de oposición cuando estás en el posdoc, lo rechazas porque no te gusta esa universidad y a la semana otras personas (a quienes no has tratado directamente) te ofrecen otra plaza en una universidad que sí te gusta. Conozco casos así, no los estoy inventando, nadie me los contó, yo traté a esas personas.

Así como estoy ahora, más o menos estaba hace un año: trabajando sin recibir un centavo, ocupando mi tiempo libre en cosas súper demandantes y súper especializadas: contestándoles a 5 revisores del MS que fue publicado en abril, llenando mi solicitud de evaluación del SNII, impartiendo 15 horas de clase a la semana, coordinando simposios de divulgación, impartiendo pláticas de divulgación o cursos especializados para médicos, ¡todo en quince días! Y ¿qué conseguí con ello? Lo que tengo ahora: mi distinción de SNII II y este trabajo no remunerado desde noviembre. La experiencia de haber tocado estas 5 puertas de estas 5 universidades que nunca se abrieron y que me trataron como uno más, como un candidato del montón.

¿Cuál es el punto? Hago todas estas cosas porque tengo la expectativa del trabajo de mis sueños, pero el trabajo de mis sueños está cada vez más lejos. Hoy, por ejemplo, mientras corría, me llegó una notificación al teléfono y, ¡adivina qué! 

«Tiene una estupenda trayectoria académica, le deseamos un futuro brillante, pero...»

Y fue un correo-e con copia a más de 50 personas. Ése es el punto. Somos muchas personas. Tener una plaza indeterminada es más difícil que sacarse la lotería. 

viernes, abril 30, 2010

Esta semana fue mi examen de candidatura


Este mes ha sido uno de los más estresantes que he vivido. Apenas el miércoles pasado fue mi examen de candidatura. Este examen ocurre cuando estás a la mitad del posgrado. Hay dos oportunidades para hacerlo. Si no apruebas la primera vez, tienes una última oportunidad al siguiente año de tu primera oportunidad; si repruebas en tu segunda oportunidad, te expulsan del posgrado. 

Al inicio del semestre en el que te toca realizar tu examen de candidatura, tienes que proponerle a la coordinación de tu posgrado un comité con seis expertos en tu tema. 
El propósito del comité es evaluar tus conocimientos sobre tu proyecto de investigación. Preparas una presentación y ellos te evalúan como si se tratara de un examen profesional a puerta cerrada. Tienes que demostrarles que dominas tu tema, que conoces los antecedentes de tu proyecto de investigación y que has generado suficientes datos preliminares y que sabes cuáles herramientas estadísticas son las apropiadas para analizarlos y cómo interpretarlos.

En mi caso, todo resultó mucho mejor de lo que esperaba y aprobé el examen de candidatura en mi primera oportunidad. (Aun me falta publicar al menos un artículo como primer autor en una revista internacional avalada por el CONACyT, escribir la tesis y hacer mi examen de grado, pero esa será otra historia.)

Además de estar en el posgrado y de tomar clases de posgrado y de leer artículos sobre mi proyecto y de correr experimentos de mi proyecto y de analizar los datos de mi proyecto, doy clases de licenciatura en la Facultad de Psicología dos días por semana y tengo seminarios del grupo de investigación en el que estoy al menos tres veces por semana.

Durante este mes, también tuve varios ensayos para mi examen en el laboratorio y con otros grupos académicos (UAM-Iztapalapa, Facultad de Psicología de la UNAM), y también tuve que dedicarle muchas horas a los inagotables trámites burocráticos que realicé. 

Me llevó varios días agendar una fecha de examen en la que todos los sinodales coincidieran. Luego tuve que colectar sus firmas. Ya que algunos de ellos no están en la Ciudad Universitaria ni en la Ciudad de México, tuve que desplazarme a sus sitios de trabajo entre clases, seminarios y experimentos.

Una vez que tuve todos estos detalles claros, tuve que solicitar, con suficiente anticipación, el auditorio Octavio Rivero Serrano, a la Jefatura del Departamento de Fisiología. 

En los momentos más difíciles de este mes –cuando los asistentes a alguno de los ensayos me apaleaban y me hacían sentir insignificante–, casi lo único que impedía que me rindiera –además, obviamente, del grado académico que obtendré cuando me titule y de la carrera académica que puedo desarrollar a partir de ese momento– era pensar en el mundial de futbol. Es una tontería, pero faltan menos de dos meses para que comience. 

Sabía que, cuando acabara esta tortura, podría relajarme y disfrutar de una cerveza y de un cigarrillo mientras veía el debut de la Selección Nacional en Johannesburgo.  

Conforme la fecha del examen se acercaba y conforme más ensayaba mi presentación, me sentía más ignorante y más ansioso. 

Sólo quería olvidarme de todos los demás compromisos que tengo y enfocarme exclusivamente en la preparación de mi examen de candidatura. 



Mi examen de candidatura fue al mediodía. 


Lo primero que hice el miércoles pasado fue sentarme en el comedor del departamento y encender un cigarrillo. Eran las cinco de la mañana. Me sentía tenso y cansado. Toda la noche me la había pasado en vela, pensando en el examen. 

Mi esposa estaba en el funeral de su abuelita. También me sentía mal por ella. 
Me sentía egoísta por no haberla acompañado al funeral. Ella es una gran mujer, quería mucho a su abuelita, y siempre ha estado conmigo en los buenos y en los malos momentos. 

Se suponía que me había quedado en el departamento para estudiar y para descansar, pero estaba tan estresado que la información que estudié a última hora ya no la comprendí en absoluto y tampoco pude dormir. 

Mientras fumaba, pensaba que al menos la tortura estaba por terminar. 

Mientras miraba las volutas de humo elevarse hacia el techo, pensé que reprobar el examen era una posibilidad y que entonces tendría una segunda oportunidad para hacerlo y que entonces tendría que volver a prepararme para el siguiente año y que entonces tendría que volver a pasar por todo el estrés del último mes.

No podía dejar de pensar que, si reprobaba esta primera vez y que si luego reprobaba una segunda vez, me expulsarían del posgrado. 

Empezaba a imaginar lo estresado que estaría en esa situación hipotética y empezaba a recordar algunos casos de alumnos que han reprobado dos veces sus exámenes de candidatura, cuando me di cuenta de que ya me había acabado el cigarrillo. 



A principios de febrero, fue mi primer ensayo del examen de candidatura en el laboratorio. 
Expuse mi proyecto de investigación en el seminario de los lunes por la mañana. Aún faltaban dos meses para el examen y mi tutor estaba de excelente humor. Tanto él como mis compañeros más avanzados fueron condescendientes conmigo.

Ese día incluso mi tutor suspendió el seminario de avances que tenemos todos los lunes –comienza a la hora de la comida y puede extenderse hasta las ocho o nueve de la noche– y nos invitó a comer a todos los integrantes del laboratorio. 

Nos llevó a un lugar que se llama El Rincón de La Lechuza.

Mientras llegaba la comida a la mesa, nos dijo que iba a ese lugar muy seguido cuando era estudiante de posgrado. También nos platicó algunas cosas que le pasaron en Estados Unidos cuando era posdoc. 

Se me ocurrió contarle que Eric Kandel me preguntó algo trivial en mi primer congreso de la SfN en Chicago, y él, después de dudar de la veracidad de mi anécdota, me dijo que eso podría ser una señal para que me dedicara por completo a las neurociencias. 

Ya le había contado que me gusta escribir y que he tomado varios talleres de creación literaria. Nunca me lo ha dicho explícitamente, pero sí ha insinuado que no le parece muy apropiado que ocupe mi tiempo en estas actividades.  

Fundación UNAM
La comida tardaba más de lo esperado y mi tutor continuó contándonos anécdotas. 

Nos dijo que cuando era posdoc tuvo muchos problemas para publicar y que estaba muy preocupado porque no estaba seguro de que lo quisieran contratar por un año más en el laboratorio donde hacía su estancia posdoctoral. 

También nos dijo que René Drucker, su tutor de posgrado (mi “abuelo académico”), había ido a visitarlo algunas veces a Estados Unidos y que él estaba desconcertado porque, en lugar de darle consejos o de decirle cosas reconfortantes respecto a su futuro académico, sólo le pedía que lo invitara a comer a lugares costosos.  

(Cuando volvió del posdoc, obtuvo el laboratorio en el que realizo mi investigación doctoral y desde entonces ha titulado a una treintena de estudiantes de licenciatura y de posgrado y ha publicado más de cincuenta artículos en revistas internacionales.)

Finalmente le aceptaron un paper cuando menos lo esperaba y quiso celebrarlo a lo grande y entonces fue a un centro comercial a comprar algo para beber. Según él, no había tenido una buena experiencia con el vino, pero quiso darle una segunda oportunidad. 

Mientras estaba frente a los estantes de vino y no se decidía por una botella, pensó lo siguiente:


“Si Dios en verdad existe y en verdad quiere que yo tome vino, me dará una señal.”  

En ese momento se le acercó una edecán y le ofreció un vino español. Él
 lo probó y le gustó, y así fue como le dio una segunda oportunidad al vino. (Tal vez, cuando acabó de degustar el vino español, creyó en Dios. Él suele decir que uno sólo cree en Dios cuando está en las trincheras.)

Luego nos contó algunas anécdotas de algunos personajes que conoció en el posdoctorado.  

Nos habló de un japonés que se puso muy mal en una cena de Navidad –alguien le quiso hacer una broma y le dio cerveza y le dijo que era otra cosa–, después de darle un sorbo a la cerveza.
Según mi tutor, nunca antes había visto a nadie que sufriera de ese modo los estragos de la ausencia de la alcohol deshidrogenasa. 

También nos habló de un yugoslavo que le había hablado maravillas de la carne de búfalo y que lo invitó en alguna ocasión a comer hamburguesas de carne de búfalo a su casa. 

Un día fue a su casa y allí estuvieron platicando un rato los dos. Luego se subieron al Jeep del yugoslavo y se fueron al lugar donde vendían la carne de búfalo.
Además de ellos dos, los acompañó la esposa del yugoslavo.

Cuando llegaron al lugar y ellos dos se bajaron del Jeep, el yugoslavo se le acercó misteriosamente y le dijo que no era necesario que los dos entraran a comprar la carne de búfalo. Le dijo que él solo entraría al lugar y le pidió que lo esperara en el Jeep con su esposa. También le preguntó si podía prestarle unos dólares para pagar la carne porque no llevaba efectivo. 

Mi tutor accedió y el yugoslavo se metió al lugar en el que vendían la carne de búfalo.
En eso, la esposa se bajó del Jeep y le preguntó a mi tutor qué había pasado.
Mi tutor le dijo lo que había pasado y la esposa se alarmó y le dijo que su esposo tenía problemas de adicción a las apuestas y que probablemente se había ido al casino. 

Los dos se metieron al lugar a buscar al esposo y no lo encontraron. 
Alguien les dijo que había salido por otra puerta. 

Mi tutor se quedó con las ganas de probar la carne de búfalo. Según él, el yugoslavo perdió su trabajo y perdió su casa y su mujer le pidió el divorcio –aparentemente ya habían tenido problemas por la adicción de su esposo a las apuestas– y él nunca lo volvió a ver.  

En ese momento llegó la comida. 



Conforme se acercaba la fecha de mi examen de candidatura y yo continuaba exponiendo mi proyecto de investigación en los seminarios de los lunes en el laboratorio, las preguntas –y el humor de mi tutor– se fueron haciendo más difíciles.

Hubo un periodo en el que exponía al menos una vez a la semana. Ya estaba harto.
Salía de esas presentaciones sintiéndome más ignorante, más estúpido y más inseguro. 

Cuando iba a otros grupos académicos, el resultado era el mismo. 


Una vez en la UAM Iztapalapa, una posdoc me hizo una pregunta en la que yo nunca había reparado. La pregunta era tan elemental para mi proyecto que me hizo sentir idiota. 

Aunque todo esto ya era suficientemente estresante, un día antes del examen tuve que darme tiempo para comprar bocadillos y bebidas para los sinodales. 

Saliendo del laboratorio, tuve que ir a Universum por una última firma de Drucker.
Él sería el presidente de mi comité de examen de candidatura. 

También aproveché para dejarle un recordatorio del examen. Es un hombre tan ocupado que nunca pude verlo personalmente, en ninguno de los trámites burocráticos que tuve que realizar. Como iba a ser el presidente de mi examen de candidatura, su presencia era indispensable.

De regreso a la casa, tuve que tomar el Metro Universidad y estuvo detenido como media hora entre esa estación y la estación de Copilco. 

Cuando finalmente avanzó y llegué a la estación Etiopía, tuve que pasar a una pastelería de El Globo a comprar los bocadillos y las bebidas que les ofrecería a mis sinodales y después tuve que llevármelas en transporte público y procurar que no se dañaran. 

Cuando llegué a la casa, guardé en el refrigerador todo lo que había comprado y traté de ponerme a estudiar, pero mi cabeza no daba para más. 


Tomada del muro de Facebook de Miryam Domínguez

Después de fumarme ese cigarrillo en ayunas a las cinco de la mañana del miércoles pasado, me metí a bañar. 

Me vi en el espejo. Me veía muy demacrado. Parecía que estaba en la lista de condenados a ir al paredón de fusilamiento y que no había dormido en varios días. 

Desayuné sin prestarle atención a los alimentos. 

Luego, volví a fumarme otro cigarrillo, me hice tonto algunas horas procurando leer artículos a última hora y salí del departamento rumbo a la Facultad de Medicina, cargando mi mochila con mi laptop y cargando todos los bocadillos y bebidas que había comprado para los sinodales.

Me sentía muy alterado. Sólo deseaba que el asunto terminara ya. 

Llegué al laboratorio como a las once y media. 
El recorrido no lo recuerdo. Fue como un sueño. 

Seguramente me bajé en la estación Copilco y de ahí caminé hasta la Facultad de Medicina y tuve que esperar el ascensor. Normalmente no lo hago, porque siempre hay mucha gente esperándolo, pero como el laboratorio está en el sexto piso del Edificio A y yo llevaba muchas cosas, probablemente lo tomé.

Cuando entré al laboratorio, de inmediato comencé a prepararlo todo: laptop, proyector, cables, señalador, pluma, actas de examen, café, bocadillos, agua...

Hice como diez viajes del laboratorio al auditorio Octavio Rivero Serrano, y viceversa. 

Todos los sinodales llegaron alrededor del mediodía, excepto René Drucker, que era el presidente. Se veían relajados y platicaban de cosas personales. 

Apenas llegó Drucker, todos guardaron silencio y comenzó el examen. 



Estaba muy nervioso.

No quería reprobar.

No dejaba de pensar que, si reprobaba el examen de candidatura, no sólo tendría que prepararme para el año siguiente y que pasaría otra vez por todo el estrés que había vivido en los últimos meses, sino que, además, podrían expulsarme del posgrado. 

(Durante todo el tiempo que me preparé para el examen, jamás consideré que mi primera oportunidad fuera una oportunidad de ensayo para reprobarlo.)

Mientras los sinodales se acomodaban en las butacas del auditorio, me acordé de la situación que había vivido uno de mis compañeros del laboratorio. 

Él había reprobado recientemente su examen de candidatura en su primera oportunidad y sólo le quedaba una última oportunidad para aprobarlo. Yo no quería estar en su lugar. 

Varias preguntas asaltaron mi cabeza. 

¿Cómo sería el estrés que estaría viviendo en esa situación hipotética, si apenas había podido lidiar durante un mes con el examen...?, ¿cómo lidiaría con mi última oportunidad...?

Además, ¿cómo lo tomaría nuestro tutor...? ¿En qué clase de infierno podría convertirse el laboratorio...?

Empecé a hablar. 
Casi desde el principio de mi exposición, los sinodales me interrumpieron para cuestionarme. 

La mayoría de los sinodales quedaron satisfechos con mis respuestas y con los datos que he generado –¿ya mencioné que tengo dos años en el posgrado, pero que ya tengo dos publicaciones como colaborador y que ya tengo suficientes datos para comenzar a escribir un manuscrito como primer autor?–, pero algunos de ellos comenzaron a hacerme preguntas extrañas.

René Drucker les dijo que ya había contestado lo que me habían preguntado y les pidió que no se pasaran de listos. 

Después de mi presentación tuve que salir del auditorio para que el comité deliberara. 
Alguno de los miembros del comité me llamó y volví al auditorio. 

Después de escuchar el veredicto unánime del comité y de sentirme libre de presiones y de descansar finalmente de tanta tensión, y después de recabar las firmas de los sinodales y de recoger los bocadillos y las bebidas que habían sobrado, volví al laboratorio a darle la noticia a mi tutor. 

Él me dijo que estaba seguro de que yo iba a aprobar y me felicitó. 
Me dijo que él sabía en quién confiar. 

Me sentía exhausto. Se me cerraban los párpados de cansancio. 

Le pedí a mi tutor que me dejara irme a mi casa –a algunos compañeros del laboratorio que estaban en la misma situación que yo, incluso les dio la oportunidad de ausentarse del laboratorio toda una semana, con tal de que aprobaran el examen–, y me dijo que estaba bien.

Cuando llegué al departamento, me quedé dormido y desperté hasta la noche.

Hoy me siento menos cansado y ahora sólo espero a que comience el mundial.