viernes, octubre 16, 2026

la muerte es mi felicidad

El conductor del Uber trae la radio encendida. Estoy molido. Van a dar las ocho de la noche. Vengo en piloto automático. Traigo mojada la cabeza, los calcetines y la parte baja de los pantalones. Luego de impartir mis 6 horas de clase de cada jueves, tuve que caminar bajo la lluvia. Además, no alcancé lugar en el Tren Insurgente, así que estuve de pie todo el recorrido desde Santa Fe hasta Metepec. Ni siquiera pude escuchar música en el trayecto: tenía que pedir el Uber y comunicarme con Lizzie, y la batería del teléfono ya casi se agota y olvidé el cargador en la casa. En fin, un día decidí que ni siquiera me importaba aprender a conducir un auto.

También traigo la mente llena de pensamientos pesimistas. El martes fui al NIXV. El recorrido desde aquí me toma poco más de 2 horas. NIXV está al otro lado, del otro lado de la ciudad. No me considero Frodo ni Sam, pero cada vez que voy, para mí es como ir a Mordor. Más o menos desde mayo trabajo como scientific writer allá. Pero nunca me he sentido cómodo con el trabajo, no me gusta nada cómo me tratan. Puedo tolerar que suelan pedirme trámites de una hora a otra y que la gente de la administración se dirija a mí como si fuera recién egresado de la licenciatura (no tiene nada de malo serlo –alguna vez lo fui–, pero yo no acabo de terminar la licenciatura y no estoy descubriendo quién soy), pero lo que en verdad no tolero son los clichés: la forma de ser de mi jefe, él no sabe pedir las cosas (sus indicaciones suelen ser confusas y ambiguas) y no tiene tacto para pedirlas. 

Algunas veces ha insinuado que lo dejé colgado con el trabajo. Otras veces, me ha asignado cargas irreales de trabajo. Y cuando le he dicho que no puedo entregar de un día para otro, lo que espera que le entregue de un día a otro (no soy recién egresado de la licenciatura, no tengo todo el tiempo del mundo ni la paciencia ni la devoción de un recién egresado de licenciatura, tengo que generar ingresos en el mundo real y por eso tengo que hacer 20 cosas todos los días), me ha contestado cosas horribles –que si mi trabajo fuera fácil, lo estaría haciendo su secretaria; que no le sirve de nada que le muestre “pantallazos” del estado de arte de un proyecto que se le ocurrió asignarme– y luego me ha enviado uno que otro mail demandando que lo llame “inmediatamente” por teléfono. 

Aggh. Según mi experiencia, esta clase de jefe es el más común en la academia, parece ser el prototipo de jefe académico. Cuatro de los seis jefes que he tenido, son así.

En fin. Mi jefe también me culpa por “no haber terminado” de escribir un paper de investigación original que me asignó apenas a finales de mayo. De ese paper, le entregué avances en julio (un arduo trabajo que terminé en mes y medio, con el borrador de la introducción, de los resultados y de la discusión, escrito en inglés científico para revista Q1 y listo para ser revisado y depurado por su grupo de trabajo, aun cuando sólo tuve acceso a una parte de los datos –20 páginas de información súper caótica– y aun cuando no he visto una sola vez el cuestionario que es el eje de la investigación de ese paper), y luego me asignó otro proyecto de un tema totalmente distinto, de un viernes a un lunes. Y para ese otro proyecto invertí todo un fin de semana. Consulté casi 30 papers. Cuando le entregué este otro proyecto a mi jefe, en agosto, él simplemente dejó de contestarme correos. Di por hecho que ninguno de los dos estábamos satisfechos con el trabajo, y di por hecho que ese trabajo ya era historia, pero apenas el lunes mi jefe volvió a convocarme a una reunión para tratar “los pendientes”. Y básicamente en la reunión me dijo que “me da otra oportunidad”: que espera que escriba 3 revisiones sistemáticas, en 3 meses. ¡Tengo 3 semanas para escribir cada revisión sistemática! 

Sigue asignándome una carga de trabajo irreal. Vive en otra realidad, una en la que, aparentemente, puedes escribir un paper en una semana. Y publicarlo en dos semanas. (Me pregunto cuándo fue la última vez que escribió y publicó un paper él solo, de principio a fin. Y también me pregunto por qué este perfil de “jefe académico” es el perfil del académico que sí tiene una plaza de base de tiempo completo definitivo.) 

No tengo el trabajo más apropiado para mi trayectoria –no tengo el trabajo que merezco–, pero, irónicamente, no obtuve este trabajo en NIXV porque sí. Soy SNII2 desde enero del 2025, hace 10 años estaba terminando el doctorado y ¡nunca he tenido un contrato de base! y este año ya tengo publicados dos papers en revistas internacionales evaluadas por pares. Más o menos así es cada año. Publico mucho y publico porque yo escribo los papers, y nadie tiene que estar apresurándome ni exigiéndome que los escriba. Me gusta escribir, pero no me gusta que vean como un escritor a destajo. No lo soy. 

En la mayoría de los papers que publico, hago el trabajo de Autor Corresponsal. Y porque así es la academia, en la mayoría de ellos no aparezco en esa posición. Y me temo que si acepto esta oportunidad en el NIXV, seré un escritor fantasma, que ni siquiera apareceré en los créditos de los papers. 

Por otra parte, simplemente no puedes escribir una revisión sistemática en 3 semanas. Mucho menos puedes escribir 3 revisiones sistemáticas en 3 meses. Y lo digo yo, que publico mucho. Y en condiciones adversas.

En la reunión del martes –la convocó de un día para otro–, mi jefe dejó claro que (obviamente), como desde mayo no he publicado nada, él no tiene cómo justificar al NIXV que estoy en el SNII. Entonces no hará el trámite que le corresponde para que la autoridad competente del NIXV valide mi adscripción y yo pueda recibir el estímulo económico del SNII. 

El sueldo que recibo por este trabajo de scientific writer tampoco es espectacular. El estímulo del SNII lo haría competitivo. 

Este trabajo explotador es un dilema. Pero necesito el dinero. Tengo que generar ingresos en el mundo real. Si la SECIHTI no hubiera cambiado el reglamento del SNII, yo seguiría recibiendo lo que me corresponde, pero ese es otro tema. A veces sí tengo la impresión de que, como dicen los detractores de la 4T, el país se está cayendo a pedazos. Tengo la impresión de que “la ciencia del maíz” es la única que les importa. 

El punto es que hacía tiempo que no me sentía tan exhausto, estoy como en piloto automático. Terminé mi tercera clase del día a las seis de la tarde (hemos tenido 10 semanas de clases y hemos hecho muchas cosas teóricas y prácticas, pero hoy vimos Naranja Mecánica para hacer un análisis sobre el condicionamiento clásico y la modificación de la conducta) y cuando salí del aula audiovisual caía una tormenta y entonces tuve que esperar una hora más en la universidad. La tormenta amainó, pero  nunca paró de llover. En fin, un día decidí que ni siquiera me importaba aprender a conducir un auto.

A las 7 PM me resigné y caminé bajo la lluvia pertinaz desde la VNIV hasta el Tren Insurgente. El camino es como subir un cerro, ir en contra de la gravedad, realizando un esfuerzo mecánico en contra de ella, pero cuando llueve además hay que esquivar cascadas de desagüe que inundan algunas partes de la banqueta. La otra opción era tomar un RTP afuera de la VNIV, pero el tráfico iba a vuelta de rueda. De haberlo tomado para evitar la lluvia, probablemente habría tardado 45 minutos en llegar al Insurgente. A pie, el recorrido me toma 5 ó 10 minutos. Sin tráfico, ese recorrido en auto no toma más de 3 minutos.

En la radio, suena “Llueve sobre la ciudad”. Hacía años que no la escuchaba. La ubico, pero no me gusta mucho. Como estoy en piloto automático, me remonta a principios de los años dos mil –cuando estaba en el limbo, cuando era recién egresado de la licenciatura, cuando me entregué “en cuerpo y alma” al mundial de futbol del 2006 para no pensar en mi vida, cuando ya había tenido un paso fugaz como Profesor de Asignatura por la VNIV, cuando aún no conocía a Lizzie, cuando Vilma ya era historia, cuando me gustaba Valentina, la bajista de Candy; cuando ni siquiera me había pasado por la cabeza ingresar al doctorado, cuando salía con distintas personas a escuchar a bandas indie en bares y en cantinas del DF, cuando no tenía más que un paper publicado como coautor en una revista de Análisis Experimental de la Conducta, cuando escuchaba la radio todos los días, cuando escribía narrativa literaria todos los días, cuando salía una o dos veces a final de semestre a “chelear” con ex estudiantes–, y le presto atención a la letra. 

Y tal vez porque estoy en piloto automático, conecto con ella, y me hace pensar, en cierta forma, que habla de mi vida. 

Nos detenemos en un semáforo, nos rebasa un macho alfa en moto. Mañana será nota de 4 columnas en un diario amarillista. Me aíslo en el teléfono. Le queda suficiente batería para terminar el viaje del Uber y para hacer una consulta en Internet. 

Gemini AI dice que la canción de los Bunkers “aborda el dolor profundo de una separación amorosa, la soledad y la crisis existencial”, y, en fin, sólo quiero llegar a casa, quitarme esta ropa mojada, tomarme un Jack Daniel's, leer unas cuantas páginas de alguna novela de Welsh y tumbarme en la cama.  

domingo, octubre 11, 2026

mercado negro de música


Este álbum cumple 26 años. Ayer me percaté de ello accidentalmente en un post de Facebook, mientras veníamos de vuelta a la casa en un Uber. En ese momento recordé algunos fragmentos de mi vida de hace 26 años. Al principio, no me pareció nada realmente memorable, pero me fui a la cama acordándome de varias cosas. 

Apenas despierto y me acuerdo de que entonces estaba estancado en una relación destructiva, a la mitad del trabajo experimental de una tesis que ya no me aportaba nada, más allá de que me permitiría concluir mis estudios de licenciatura y obtener mi grado académico. Todos los días eran idénticos, una copia del otro, y ya estaba harto de mi rutina. Tenía una novia súper tóxica y pasaba todo el tiempo con ella. 

Todos los días me levantaba a las 5 ó 6 AM y recorría la ciudad en metro desde el oriente hasta el sur. Luego, dependiendo de la hora, de cuánto tiempo me quedara para llegar a correr los experimentos a las 7 AM al laboratorio, caminaba en la penumbra desde Eje 10 Sur o desde El Paseo de Las Facultades o desde Las Islas o desde Copilco, hasta la Facultad de Psicología. 

Unas veces caminaba por El Paseo de Las Facultades. Otras veces cruzaba Odontología, Economía, Derecho y Filosofía y Letras. Independientemente de lo que hiciera, todo ese trayecto desde la casa de mis papás, lo hacía escuchando mi walkman. 

Hace 26 años había comprado el CD de Black Market Music en una extraña bodega de artículos de todo tipo. Yo la llamaba «Garage Olimpo» porque me hacía pensar en la película sobre las desapariciones forzadas de estudiantes y civiles durante la dictadura de Rafael Videla en la Argentina de los setenta, pero se parecía más bien a Las Galerías El Triunfo. Era una bodega medio clandestina, de mercancía decomisada. Allí podías encontrar jerseys de la Lazio, ropa de El Palacio de Hierro, muebles de toda clase, aparatos electrodomésticos y hasta fuentes grotescas de esas que los nuevos ricos ponen en los recibidores de sus casas. La bodega estaba en la esquina de Huipulco y Tlalpan, y varios días a la semana pasaba por ahí, al salir de la universidad, de camino a la casa de mi exnovia tóxica. 

Vilma vivía en Xochimilco, y al salir de la escuela cruzábamos Insurgentes y luego nos subíamos a un camión que iba a Huipulco. Y en Huipulco, justo en frente de la extraña bodega de mercancía extravagante, tomábamos un RTP que iba al Reclusorio Sur y que tardaba mucho tiempo en pasar. Alguna vez, para matar el tiempo, debimos de pasar a esa bodega, y entonces me compré Black Market Music. 
Ese RTP hacía como 40 minutos hasta casa de Vilma. Pasaba por el INP, por el Tec de Monterrey, por La Noria, por veinte lugares más, y nos bajábamos 10 ó 15 minutos antes de El Reclusorio Sur. 

Ahora que me acuerdo de ese trayecto de casi todos los días de hace 26 años, no puedo creer que gran parte de mi vida de entonces se haya consumido así. Casi todos los días era lo mismo, una hora, casi dos horas, desde Psicología hasta su casa. Unas tardes me quedaba a comer con ella y con sus papás, pero porque ella insistía. Otras veces, lograba zafarme o simplemente estaba hasta la madre y le decía que no. Unas veces hasta me quedaba a pasar la noche en su casa. Cuando ella estaba súper emputada conmigo (no sólo ella era la responsable de que nos lleváramos tan mal) y no quería saber nada de mí, tampoco me quedaba a comer. 

La casa de sus papás era enorme, parecía casa de telenovela del canal de las estrellas. Estaba casi en lo más alto de un cerro –como El Castillo de Chapultepec, jaja– y para llegar hasta la casa tenías que subir por un sendero rocoso, cruzar varias casas y calles cerradas. De una de esas casas, justo a la mitad del camino, salía un perro de ataque, tal vez era un pitbull. Sus dueños eran poco amistosos y les valía madre todo, y lo llamaban “El Diablo”, y no era un nombre aleatorio, el perro parecía eso. Nunca me mordió, pero sí se me lanzó varias veces. Cuando iba solo a casa de los papás de Vilma y tenía que pasar por allí, nada más al pensar en el pitbull y en que podía aparecer de pronto y morderme, me torturaba. 

Luego de esquivar al perro, de regreso al oriente de la ciudad, a la casa de mis papás, tenía que tomar un camión que me llevaba al Bosque de Nativitas. En ese bosque pasaba el RTP que iba a casa de mis papás. Los dos camiones tardaban mucho tiempo en pasar. En total, el recorrido desde Xochimilco hasta el oriente de la ciudad también me tomaba otra hora y media, o dos horas. 

Lo más absurdo de todos esos recorridos desde CU hasta Xochimilco es que Vilma y yo muchas veces ni siquiera nos dirigíamos la palabra en todo el camino. Ya no nos caíamos bien, nuestra relación era horrible, sólo seguíamos juntos por costumbre. 

Aggh.

Apenas puedo creer que alguna vez fui esa clase de persona. Qué alivio cuando apareció alguien más en la vida de Vilma y qué alivio cuando ella se enamoró de esa otra persona. A pesar de que ya no nos caíamos bien, ni ella ni yo hacíamos nada. Unas veces tal vez yo me aferraba a que las cosas mejorarían, otras veces tal vez era ella quien se aferraba. El punto es que los dos seguíamos juntos por costumbre y que me faltaba tanta perspectiva. De haber estado en un laboratorio en el que sí me apasionara lo que hacía, tal vez todo habría sido diferente. Y tampoco me deslindo de mi responsabilidad. Por supuesto que yo contribuí, tanto como ella para que la relación se fuera deteriorando. Pasábamos mucho tiempo juntos y apenas teníamos veinte años. Cuando la odiaba, no podía simplemente mandar todo a volar, no podía apartar de mi mente la vulnerabilidad de Vilma. Era hija única y no la creía capaz de darle vuelta a la página, pero tal vez era yo quien no podía darle vuelta a la página.

Ahora todo esto lo veo como una estupidez, pero no siempre tienes la perspectiva que necesitas. Un día tu vida se resume a todo lo que te ha ocurrido en poco más de dos décadas y crees que todo eso será lo mejor que vivirás el resto de tu vida, que no conocerás a otras personas que se interesen por ti. Pero luego descubres que hay cosas mucho peores que terminar con una novia. 

El punto es que en todos esos trayectos de hace 26 años, cuando salió a la venta este álbum de Placebo, trataba de aislarme en mi propio mundo y escuchaba música en mi walkman. En general escuchaba lo de siempre, tenía mis mix de cassettes con canciones de las bandas que me gustaban –Nirvana, Sonic Youth, R. E. M., Pixies–, pero también tenía cassettes de uno que otro álbum completo, y cuando compré el CD de Black Market Music lo grabé en un cassette y seguramente lo escuché muchas veces y empecé a tener la impresión de que las canciones hablaban de cómo me sentía. Por ahí tengo ese cassette. 

Mmmh, si pudiera hablar ese cassette...

La mayoría de los días de hace 26 años regresaba a la casa de mis papás entre 5 y 6 PM, y hasta ese momento me quitaba los walkman –¿cuánto dinero habré gastado en pilas?– y entonces pasabanMalcolm el de en medio en la tele y a veces me sentaba a verlo con mis hermanos. Así descansaba del arduo trayecto (casa-universidad-universidad-Huipulco-Xochimilco-Nativitas-Alameda Oriente) y así medio me olvidaba de mi relación destructiva con Vilma y de esa tesis de licenciatura que ya no me aportaba nada. 

A veces, cuando volvía a casa de mis papás, Vilma y yo estábamos emputados el uno con el otro, o ella tenía planes –una fiesta con sus amigos de la prepa, algún problema “de vida o muerte” de su ex–, y ella decidía que no nos habláramos todo el fin de semana o toda la semana, y esa imposición me volvía loco, me desquiciaba. Yo no tenía las suficientes agallas para terminar con esa relación, pero ella sí podía hacerme a un lado cuando tenía otras cosas que hacer. Y cada segundo de esos fines de semana o de esas semanas era eterno. Para matar el tiempo veía la tele con mis hermanos o fumaba compulsivamente. Casi no leía ni escribía. Si pudiera volver el tiempo atrás, cambiaría eso: me pondría a escribir, aunque fuera un diario.  

Algunas canciones de Black Market Music me pegaban, como esa en la que Molko preguntaba «Can you find me place inside your bleeding heart?», y entonces no era para nada consciente de ello, no pensaba mucho al respecto, pero medio tenía la impresión de que la mayoría de las letras hacían referencias a drogas –ketamina, opiáceos, alcohol–, y que eran ambiguas y que ese apego entre un junkie y su droga de preferencia era similar a mi relación con Vilma, y a otras relaciones entre personas. Apenas hoy estoy prestándole un poco más de atención a las letras de las canciones.

Mientras escribo estas líneas, he estado escuchando Black Market Music y algunas canciones me gustan más que otras, pero en general me trae recuerdos agridulces y no puedo creer que haya pasado tantas horas al día en el transporte público. No quiero ni pensar cuántas cosas me perdí en el transporte público, cuántos libros no leí, cuántas cosas dejé de escribir, cuántas cosas dejé de compartir con mis hermanos y cuántas cosas jamás podré recuperar por estar tantas horas en el transporte público. 

Pero, en fin, no le guardo rencor a Vilma. Espero que ella tampoco a mí. 
 

sábado, octubre 03, 2026

You're The Reason That I Write



Pasan de las 6: 30 AM. Tengo casi 1 hora despierto. Salí expulsado de un sueño del fin del mundo y estuve media hora en la cama echándole un ojo al gato bebé y tratando de volverme a dormir. Veddie está conociendo el mundo, no ha cumplido ni 3 meses de vida, y todo lo quiere morder y rasguñar, todo es nuevo para él, y además tiene mucha energía –de toda la familia, él es quien tiene más fuerza y vitalidad, ya los demás estamos viejos– y por eso, y por muchas otras cosas, hay que supervisar lo que hace. A veces su ímpetu y su energía las canaliza en sus hermanos y él juega con ellos y luego los muerde y los rasguña, y ellos se enojan y se defienden y pueden lastimarlo. 

Luego de echarle un ojo a Veddie me levanté de la cama y me medí la glucosa y batallé con mis achaques de las últimas 3 semanas, y ahora escucho en Amazon Music una playlist de los Pumpkins. Es una playlist que hice apenas el domingo pasado, y no sé por qué nunca había hecho una playlist similar. Los Pumpkins me traen buenos recuerdos. Debí escucharlos más cuando Jackson partió.

Escucho “Said Sadly...” y las voces y las guitarras de ¿D'Arcy Wretsky? y de James Iha atraviesan mis oídos y aporreo el teclado y me pregunto entre líneas qué sentido tiene escribir un blog. 

Independientemente de que escribo para mí mismo –y no pienso así porque lo decía Jack Kerouac–, cuando abrí este blog, en el 2006, Internet era muy distinto a lo que es hoy. Mi blog tenía muchas visitas y no necesitaba compartir nada de lo que escribía en este blog, en ninguna red social –ni siquiera había Facebook; sólo existían Hi5 y Myspace–, las visitas llegaban solas, aparentemente los internautas de entonces éramos más curiosos y más pacientes que los de hoy. A algunos internautas nos gustaba leer a autores conocidos, pero también leíamos a bloggers. En esos tiempos, usaba constantemente mi blog, y a veces escribía relatos y otras veces escribía algunas crónicas de conciertos, y recibía muchos comentarios de gente a la que nunca traté personalmente. Hace 20 años, nuestra capacidad de atención no estaba limitada a 3 minutos de Reels que nos prometieran –en vano– volarnos la cabeza. No había influencers ni había explotado la manipulación a gran escala a través de las redes sociales. Ahora, en promedio, una entrada de mi blog acarrea 5 vistas. (Y eso que, en el camino, he publicado casi 30 papers en un montón de revistas de prestigio, incluyendo algunas de Elsevier y de Springer Nature.)

Mmmmh. Extraño esos años. Había más posibilidades, ahora todo es más difícil. Ya no encuentras cosas poco comerciales en Internet. Encuentras lo que a Internet le interesa que encuentres. Lo que a Internet le interesa que compres. De lo que todo mundo habla en Internet. Por eso la gente acaba adorando a Ruzzarín y a personajes así, y asistiendo a conferencias en las que le cuentan al público sobre los 10 pensadores que cambiaron sus vidas. Todo es publicidad.

Trato de recordar cómo empecé a escribir en mi blog. Cuándo, exactamente, me enteré de blogspot y abrí mi cuenta. Creo que empecé con una canción de Pink Floyd. (Claro: antes de los blogs, yo ya escribía. Empecé a escribir, cuando aprendí a escribir.)

Aporreo el teclado de la Mac. La playlist ya saltó de “Said Sadly...” a “You're All I've Got Tonight”, y la chillona voz de Billy Corgan atraviesa mi cerebro y entre líneas sigo preguntándome qué sentido tiene escribir un blog, si ya nadie lee, si ya todo lo consumimos a través de Reels de 3 minutos, si el cerebro de la mayoría de los internautas ya está frito, si la mayoría de los internautas ya sólo scrollea para terminar con la abstinencia de redes sociales. Y a lo mejor no se enteran de que son dependientes a las redes sociales. No tendrían que saber que, para el sistema nervioso central, las redes sociales son como la cocaína y las anfetaminas. 

También pienso en que si David Foster Wallace hubiera tenido acceso a las redes sociales –acabó con su vida cuando Facebook daba sus primeros pasos–, seguramente ya habría escrito algún ensayo sobre este tema. Ya habría escrito algo sobre cómo las redes sociales son la nueva televisión, y que su alcance masivo e ilimitado, además, se aprovecha de que la gente, a lo largo de la historia de la humanidad, en general, ha sido súper manipulable y frívola y que no se ha caracterizado, precisamente, por tener mucho criterio. Estoy convencido de que Foster Wallace ya habría disertado en 100 páginas por qué a las personas les importa tanto lo que piensen los demás de ellas. Y tal vez ya habría expuesto que, a diferencia de la tele (que, al menos, tenía sus limitaciones: horas muertas sin programación, comerciales interrumpiendo los programas de televisión cada 15 minutos, los mismos programas de televisión grabándose en tiempo real y obligando a su audiencia a esperar una semana entera entre la emisión de un capítulo y otro), las redes sociales están disponibles 24/7, no están realmente reguladas –un niño que apenas está conociendo el mundo y un anciano que se hace pasar por un niño, tienen acceso a ellas–, y que son descarada y terriblemente manipuladoras. 

Tal vez Foster Wallace también habría especulado que las redes sociales son el principio de la extinción de la humanidad. Y quizá lo que ahora escribiré no tiene nada qué ver con lo anterior, pero ayer Lizzie y yo volvíamos a la casa, y el conductor del Uber venía escuchando una canción de Maluma que decía...

Que en mi carro tú te ves mejor
El cuarto huele a Christian Dior
Eres muy bonita pa' llorar por él 
No merece que seas fiel

... y se me ocurre que quizá esta canción, y que haya aparecido en un momento random de la vida, refleja perfectamente mi punto: qué clase de cosas le gustan a la mayoría de la gente, por qué Maluma y personajes como él –que, en general, no tienen ningún interés en aportarle ninguna reflexión a la humanidad, que no se caracterizan por tener alguna ideología anti-sistema, que en sus canciones no invitan a sus fans más que a comprar artículos lujosos y a pasarla bien, y mucho mejor si es en Hawai o en Dubai– son tan populares. 

Como decía, la playlist que escucho, la hice el domingo pasado (y quién sabe por qué, si, en una época de mi vida, escuchaba mucho a los Pumpkins, y en particular las canciones que puse en esta playlist), y la hice mientras leía a Carrère en este mismo lugar en el que ahora mismo aporreo el teclado de la Mac mientras divago sobre lo que podría haber pensado Foster Wallace sobre las redes sociales y me pregunto entre líneas cuál es el propósito de escribir un blog y, de paso, me acuerdo de un momento random de Maluma. (Por cierto, nunca había escuchado esta canción de Maluma).

Cuando hice esta playlist, tomaba un break –este semestre, igual que los dos semestres previos, imparto unas clases los lunes y una gran parte de mis fines de semana me la paso preparando clases— y trataba de comprender si El adversario es una novela dentro de una novela –en el capítulo 2 Carrère nos cuenta que le envió una carta al abogado de Romand, solicitándole que le comunicara a Romand que quería entrevistarlo porque quería escribir una novela sobre él, pero unas páginas más adelante Carrère insinúa que Romand nunca le contestó la carta, que ni siquiera está seguro de que el abogado le haya hecho llegar la carta a Romand, y, sin embargo, unas líneas más adelante, dice que, un par de años después de los asesinatos, cuando Carrère ya había desistido y concluido otro proyecto totalmente distinto, pero inspirado en los asesinatos cometidos por Romand, Romand finalmente aceptó la propuesta, pero ya no me quedó claro si a partir de este punto la novela ya es más ficción que realidad, o si es una novela dentro de una novela–, y quién sabe por qué en ese momento Alexa reprodujo una canción de los Pumpkins, o yo le pedí una canción de los Pumpkins, y luego la canción me remontó a un cassette con lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness y entonces hice la playlist.

El cassette en cuestión lo compré en El Chopo por ahí de 1997 ó 1998 y traía doce o trece tracks de la caja de The Aeroplane Flies High– el box set de los lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness, que debe de tener más de 50 tracks– y lo escuchaba mucho. En 1997 ó 1998 no sólo no había redes sociales: ni siquiera Internet era tan popular como ahora. Las plataformas de streaming como Spotify y Amazon Music todavía no eran viables. Si querías escuchar música, tenías que escuchar la radio, soportar los comerciales de la estación de radio y los comentarios de los locutores, o comprar los álbumes. Eso, a mí generación y a las generaciones predecesoras, nos hizo apreciar la música de otra forma, ser más pacientes, escuchar álbumes de principio a fin, clavarnos con las letras y ver de otro modo la vida. También había Malumas, por supuesto. Pero había otras opciones. No todo era música comercial con los reflectores encima.

La historia con esta playlist y con este cassette se remonta a la gira de los Pumpkins que los trajo a México por primera vez. Acababan de lanzar Adore, Billy Corgan había despedido a Jimmy Chamberlin por sus problemas de adicción a la heroína y D'Arcy Wretsky tenía un pie casi fuera de la banda (por sus problemas de adicción a la heroína), pero en una estación de radio eran un poco ajenos a esta situación y parecían súper entusiasmados con el concierto que los Pumpkins darían en El Palacio de Los Deportes –spoiler: ¡fue decepcionante!– y en las semanas previas al concierto transmitieron algún programa especial. El programa incluía una entrevista de Billy Corgan y no sé por qué pero recuerdo muy bien que el entrevistador contaba que el tipo medía casi 2 metros y que era muy imponente, que estaba totalmente rapado, que se veía como un personaje de Los Locos Adams y que contestaba las preguntas mientras se comía una tonelada de sándwiches. 

Los locutores de esa estación de radio aún elogiaban Mellon Collie & The Infinite Sadness –ya habían pasado 3 años del lanzamiento de Mellon Collie & The Infinite Sadness y la banda de Corgan había tomado una dirección distinta– y (a lo mejor por esa razón) en lugar de hablar de Adore, pasaron varios tracks de The Aeroplane Flies High –ahora mismo tengo un insight: creo que, antes de comprar ese cassette en El Chopo, grabé mi propio cassette directamente de ese programa de radio y debo de tenerlo por ahí–, o, así es como lo recuerdo. El punto es que, desde entonces, desde la emisión de ese programa de radio, escuchaba mucho estos tracks.  

Ahora la playlist ya saltó de los covers de The Cure –“A Night Like This”– y de Blondie –“Dreaming”–, a “Ugly”, y escuchar estas canciones me remonta a otras cosas en las que no pensaba en casi 30 años. 

Cuando los Pumpkins vinieron por primera vez de gira a México, en 1998, terminaba el segundo semestre de la licenciatura y estaba obsesionado con una chica de la facultad. Ella era un poco mayor que yo pero parecía tener toda la experiencia del mundo –no vivía con sus papás, había tenido una vida trágica, era un poco sombría y súper inteligente, interesante y culta; le gustaba bailar, ¡era bailarina profesional, tenía esa extraña conexión con el baile, con su cuerpo y con el movimiento!, y también escuchaba a Nirvana y también le gustaba leer, el autor que más leía creo que era Milan Kundera, y hacía muchas cosas que también me gustaban a mí y pensaba muchas cosas en las que me gustaba pensar. 

En unos cuantos meses, ella se convirtió en la chica con quien quería estar en ese momento de mi vida. Un día le hablé después de una clase y le pedí su número telefónico y la llamé otro día. Al principio las conversaciones fueron extrañas, hablar por teléfono no está en el top 10 de las cosas que más me gusta hacer, yo la llamaba de la nada y no tenía nada qué contarle, pero, justamente cuando más escuchaba este cassette de los Pumpkins que compré en El Chopo, ella y nos llevábamos mejor, las conversaciones fluían más, ella también me llamaba y hablábamos por teléfono una o dos noches por semana, y podíamos pasar 3 horas en el teléfono, y el punto es que ella tenía “un pretendiente” (más grande que ella) y sin embargo nos llevábamos tan bien que me lo dijo —él también era bailarín— y que no sabía qué hacer, que se la pasaba muy bien conmigo. Historia aparte, al final, ella y yo salimos un par de semanas en persona, como algo más que amigos, y fue un desastre. Luego ella abandonó la universidad y se enfocó en el baile y se fue a vivir a provincia, a estudiar a una academia de baile.

Mientras escribo estas líneas suena “Medellia Of The Gray Skies” y la canción me catapulta a 1997 ó 1998, y me acuerdo mucho de esta chica, es casi como si estuviera de nuevo en segundo o tercer semestre de la carrera, y me pregunto qué será de su vida –somos contactos en Facebook pero ella casi nunca usa Facebook, y la última vez que interactuamos debió de ser antes de la pandemia del Covid-19, y, antes de esa ocasión, tal vez interactuamos cuando acababa de pasar mi examen de candidatura en el doctorado, o sea, por ahí del 2010–, y tengo otro insight: esta canción era la que más me hacía pensar en ella, en la época en la que hablábamos por teléfono. Y nunca le presté demasiada atención a la letra, pero tenía la impresión de que la canción describía exactamente cómo me hacía sentir ella, cómo la percibía y cuánto la había idealizado en un año y cuán consciente era de que una relación entre los dos sería un desastre.

Ya van a dar las 8 AM y me tomé unos minutos para enfocarme en la canción y luego busqué información en Internet. Gemini AI dice “is a fragile, melancholic acoustic ballad about unrequited love, idealization, and profound emotional longing.” También dice que “Medellia Of The Gray Skies” fue el lado B de “Tonight, tonight”, que fue lanzada en 1996, y que los temas clave de la canción son la contradicción –Billy se refiere a alguien que es a la vez “an empty promise” y “an easy chair”, como si quisiera conciliar la desilusión, con un fuerte deseo de familiaridad–, la idealización contra la realidad –en frases como “You're a secret noticed” y “You're a mistery sky”, supuestamente Corgan coloca a su musa en un pedestal, y la ve como algo etéreo y celestial, pero también la ve distante y oscura, como los cielos grises–, y Gemini AI también dice que el tema central de la canción es la devoción y la vulnerabilidad, que en otras frases como “You're the emptiness of I” y “You're the reason that I write”, Corgan revela su dependencia emocional a esta musa. 

Sea como sea, “Medellia Of The Gray Skies” es una de esas canciones que me transmiten cosas que no necesito ni puedo explicar con palabras, y ahora mismo me ayudó a desviar mi atención de los achaques de las últimas 3 semanas en los que no quiero pensar. A veces me pregunto si los blogs volverán y si dentro de 30 años los internautas volverán a escuchar álbumes de principio a fin. Creo que no, que cada vez estaremos más alienados. Cada vez habrá más gente impaciente y más cerebros fritos, más cerebros en abstinencia de psicoestimulantes digitales.



viernes, septiembre 11, 2026

I'm not there, this isn't happening

 


Como ya te conté el otro día, aunque casi no escucho a Radiohead, desde que nos despedimos de Jax he estado escuchando sobre todo Kid A, “Talk Show Host” y “True Love Waits”, pero tengo un montón de discos suyos –Pablo Honey, The Bends, OK Computer, Kid A, I Might Be Wrong...–, y hace 25 años tenía una novia súper tóxica y estaba con ella todo el tiempo. Y me gustaría decirte que escuché Kid A en cuanto salió a la venta y que desde el primer momento que escuché el álbum de principio a fin, imaginé un escenario apocalíptico, y que, después del ataque terrorista a Las Torres Gemelas, volví a escuchar Kid A y ya no pude sacarme de la cabeza que Radiohead había profetizado ese ataque terrorista y que las letras de Kid A parecían una descripción minuto a minuto del 11 de septiembre del 2001. 

Pero no fue así, sólo quiero impresionarte. Porque me estás leyendo. No te lo diré abiertamente nunca, pero soy despistado y, sólo porque lees lo que escribo en este blog, a veces no puedo dejar de pensar en que te pareces a la actriz de mis sueños, y en cuánto me gustaría llevarte a la cama, en mis sueños. Todas estas referencias de Kid A y del 9-11 las saqué de un libro de Chuck Klosterman. El libro se llama Killing Yourself To Live y es del 2005 pero lo leí en el 2023. Por cierto, te lo recomiendo. Chuck Klosterman es súper culto y entretenido.  

En realidad, la primera vez que escuché Kid A fue en una fiesta. Y no era una listening party, como les llaman ahora a esas reuniones en donde la gente paga para entrar a un recinto a sentarse en el suelo a escuchar álbumes a oscuras, rodeada de personas pretenciosas. Y no porque el mundo a principios de los 2000 no hubiera estado anglosajonizado, sí lo estaba, pero no tanto como hoy. Quienes, entonces, cumplíamos 20 años, no teníamos redes sociales y todo lo que hacíamos lo hacíamos porque nos gustaba –ir a un concierto, escuchar un álbum de principio a fin–, no hacíamos las cosas sólo para compartirlas en nuestras redes sociales. Ni para que los demás creyeran que éramos outsiders.

Mi hermano tenía una banda de garage punk, apenas empezaban, creo que aún se llamaban Los Huauzontles, les faltaban un par de años para cambiarse a Nos Llamamos y tocar en La Faena y en El Alicia y en lugares así, y compartir escenarios con Los Fancy Free, con Los Silencios Incómodos, con Candy y con Bengala; les faltaban un par de años para sonar en Reactor 105 y estar entre las 100 canciones más escuchadas en Reactor 105, y tocar en el Vive Latino. En fin, cuando mi ex súper tóxica y yo llegamos a la fiesta, mi hermano estaba tocando “The National Anthem” en la batería. No recuerdo si lo hacía sobre la canción o sin la canción de fondo, pero creo que sí, que sí sonaba la canción.

Luego, Vilma y yo, como siempre, nos peleamos, y tomé más de la cuenta y debí de acabar en calidad de bulto. Medio recuerdo que su ex fue por ella a la fiesta y que él y yo nos dijimos una que otra palabrota, y que yo en verdad quería partirle la cara pero que Los Huauzontles –o como quiera que se llamaran entonces– me detuvieron.  Y ya. Prácticamente es lo único que recuerdo de la fiesta.

Haciendo cálculos, Kid A entonces no debió de haber cumplido ni una semana de haber salido a la venta. A mi hermano y a sus amigos, los chicos de la banda, les encantaba Radiohead. Tenían algunas canciones propias, pero tocaban varios covers de Radiohead, sobre todo de OK Computer y de The Bends.

Luego de la fiesta, no volví a escuchar gran cosa de Kid A, excepto los tracks que sonaban en la radio. Escuchaba la radio al menos un par de días a la semana. Tenía mi walkman, pero no había Spotify ni Amazon Music. Tampoco había comprado el CD de Kid A. 

En resumen, no voy a engañarte: en septiembre del 2001 no tenía opinión sobre Kid A. Ocasionalmente soy un poco mitómano, así que, de haberte conocido hace 25 años, quizá te habría dicho que Kid A era un álbum totalmente distinto a sus predecesores, que las letras de las canciones –sobre la deshumanización, la alienación tecnológica y la pérdida de identidad en un mundo moderno dominado por la corporaciones y por las computadoras–, me estaban volando la cabeza. Que el concepto de Kid A me estaba volando la cabeza.

Aunque en septiembre del 2001, tampoco sabía que Radiohead había grabado el álbum en condiciones poco comunes, que nadie en la banda quería seguir la misma dirección, que estaban hartos del éxito de Ok Computer y que Thom Yorke estaba bloqueado y que usó una técnica de collage para escribir las letras de las canciones, tal vez te habría mentido un poco. Hace 25 años, nuestras vidas, así como las vidas de los integrantes de Radiohead, pudieron tomar un curso muy diferente. De haberte conocido, habría mandado a volar a Vilma. Inmediatamente, sin dudarlo.

Pero las cosas que sí pasaron en septiembre del 2001, no son tan relevantes. Entonces tomaba una clase todos los martes a las 9 AM, era de un curso de los últimos semestres de la licenciatura. Llegué como 15 minutos tarde a la clase del martes 11 de septiembre. Esa mañana en particular el metro era un caos, y tuve que bajarme en Miguel Ángel de Quevedo y tomar un camión que me llevara al Circuito Universitario. En clase nadie hablaba realmente de la clase, todos estaban sacados de onda por el ataque terrorista a Las Torres Gemelas. Yo apenas iba enterándome. Los medios masivos de comunicación eran muy diferentes a los actuales, internet no era tan común como hoy, no había plataformas de streaming, sólo los chicos que vivían a 5 minutos de CU habían tenido la oportunidad de ver las noticias por televisión. Julio, mi tutor de tesis y el titular de esa clase de martes, también estaba muy sacado de onda. Eran tiempos diferentes, apenas llegaban los reality shows a México. El principio del siglo XXI no era tan impresionante tecnológicamente, era como un puberto caliente aprendiendo a usar la tecnología para entrar a sitios porno o para descargar música ilegal en Napster. Ahora que lo pienso con más detalle, debí de comprar un periódico ese martes 11 de septiembre del 2001. Hoy sería un tesoro y podría compartirte una foto de ese periódico en esta entrada. 

Por supuesto que no lo hice. Uno cree que todos los días serán iguales, que nunca nadie olvidará un atentado similar, que los periódicos nunca dejarán de hablar del atentado, que los periódicos no dejarán de existir. Lo que sí hice al volver a la casa de mis papás después de la clase, fue sentarme a ver CNN en la tele y pensar en que vivíamos al borde de La Tercera Guerra Mundial, que en cualquier momento Estados Unidos se pelearía a muerte con medio oriente y que Europa se le uniría. Apenas tenía 20 años, no sabía nada de la vida.

domingo, agosto 30, 2026

nueve personas


Nueve personas leen lo que escribo. En 24 horas. De esas 9 personas, ¿cuántas no soy yo mismo?, ¿cuántas pasan más de 5 horas al día en redes sociales?, ¿cuántas tienen los cerebros fritos de tantos reels?, ¿cuántas se ven a sí mismas como ávidas lectoras?, ¿cuántas caen en la publicidad y acaban leyendo a autores que sólo son publicidad?, ¿cuántas me conocen en persona, y por eso no leen ni tres líneas que pueda escribir?

Cada vez lee menos gente este blog. Y cada día me entiendo menos a los internautas. Cada vez que escribo algo en este blog, compartir lo que escribo me parece más irrelevante. La gente parece estar más interesadas en leer encabezados de noticias o en ver Reels cargados de estimulación o podcasts de los que todo mundo habla, que en leer un blog. Y sobre todo si ese blog lo escribe alguien a quien conoces en persona.   

jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.

domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

sábado, agosto 01, 2026

te escondías entre mis piernas, debajo de las sábanas

 

Lizzie está en la caja, apenas a 4 ó 5 metros de distancia de la mesa, pagando el Chai Late que va a tomarse y el Strawberry Açai Refresher que le encargué, pero hay tanto ruido y tanta gente en este lugar que parece que estamos en mundos distintos, que nos separa una autopista intergaláctica que en realidad no lleva a ninguna parte. 

Trato de ignorar a la gente y el ruido, trato de encerrarme en el breve espacio entre la libreta y yo, me sumerjo en sus hojas, aspiro el aroma de los árboles que talaron para fabricarla, imagino cómo fue a dar a manos de mi cuñada y cómo vino a dar a mis manos, la libreta es una libreta de hojas blancas y tiene tantas hojas blancas que es difícil escribir en ella, cada vez que escribo tengo que apoyar la mano derecha en las hojas que quedan al otro lado mientras tomo la pluma con la mano izquierda y hago malabares para escribir, las hojas del otro lado de la libreta siempre estorban, no importa de qué lado escriba. 

Me esfuerzo en concentrarme, veo a Lizzie a una autopista intergaláctica de la mesa, ya no tarda en volver y mi misión es escribir lo más rápido que pueda, que cada palabra que escriba en esta libreta se convierta en un muro que me aísle de la realidad, así es como puedo desahogarme, así es como puedo sublimar el dolor que siento cada vez que pienso en ti (y cada segundo desde que no estás, pienso en ti), así es como puedo escapar de este dolor sin escapar de este dolor, y así es como estas palabras que voy escupiendo en la libreta y que nadie lee me liberan momentáneamente de esta realidad tan vívida, de esta realidad que es como una herida abierta que cada segundo se abre más.

Me duele pensar en ti pero no quiero dejar de pensar en ti, cada segundo me duele más pensar en ti, cada segundo te extraño más, he perdido a tantos seres cercanos y sin embargo nunca había sufrido tanto ninguna pérdida, y me acuerdo de ti en cualquier momento y reparo en tu ausencia y es como quedarme sin aire, es como tirarme al vacío, es como ahogarme en mi ansiedad después de hiperventilar y reducir el dióxido de carbono en mi sangre. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y pienso en ti, en cuánto te extraño, en todos los momentos que pasamos juntos, en cómo me buscabas en tus últimos días, en que eras como un niño que no se sentía bien y que tenía miedo y que no entendía nada, te escondías entre mis piernas debajo de las sábanas, te acomodabas en mis brazos, allí te quedabas mientras buscaba perderme en alguno de los juegos del mundial 2026 y olvidarme todo, ignorar que no estabas bien. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y me acuerdo de ti cuando eras formidable y saltabas por toda la casa, por los libreros, por las escaleras, por los sillones, por la mesa, cuando inundabas nuestras vidas con tu felicidad. También me acuerdo de tus últimos domingos de junio, cuando jugó Japón, cuando jugó Países Bajos, cuando jugó Alemania. De pronto te veías muy bien y de pronto ya estabas vomitando y escondiéndote en esa casita que te compramos en PetCo cuando nadie imaginaba que enfermarías y que tu vida se iría apagando en un mes y que el 5 de julio tendríamos que despedirnos de ti. 

Cierro los párpados y pienso en esas líneas de Jack Kerouac en Big Sur, cuando tiene un momento de lucidez y se acuerda de Tyke, cómo se acostaba en la palma de una de sus manos cuando era un bebé y cómo lo hizo hasta cuando era un enorme gato persa; cuánto confiaba Tyke en Kerouac, cuánto lo echa de menos Kerouac, por qué piensa que pocos hombres entienden lo mucho que puede significar un gato para un humano, y por qué para él perder a Tyke fue como volver a perder a su hermano Gerard. 

Van a dar las 6 de la tarde, Lizzie ya vuelve a la mesa, no he escrito gran cosa y sin embargo me duele la mano, Lizzie y yo hemos estado en Galerías Metepec más de 2 horas, caminamos mucho, y durante más de 2 horas he tenido dolor de estómago, almorzamos en una fonda en Metepec y la carne que comí estaba un poco pasada, le di una mordida y me dejó un sabor como a carne de caballo, justo como a lo que sabía esa carne que me comí en un restaurante en Real de Catorce hace más de 20 años, cuando Lizzie y yo éramos novios, cuando tú todavía no nacías; Lizzie me invitó a una práctica de su carrera de Geografía, nunca entendí exactamente en qué consistía la práctica, pero en cuanto llegamos al hotel en el que nos hospedamos en Real de Catorce –en esos días murió mi abuela materna– y dejamos nuestras maletas, salimos a buscar dónde comer y nos metimos a un restaurante y allí pedí una milanesa –una de las milanesas más caras que he probado en toda mi vida– y sabía más o menos a lo que me supo la milanesa que almorcé hoy.

El dolor de estómago no viene solo, tengo ototubaritis otra vez –la primera vez que tuve ototubaritis fue cuando te llevamos a la veterinaria y te hicieron un ultrasonido– y la sensación no es discapacitante pero tampoco me acostumbro por completo a tener el oído tapado, es como escuchar todo lo que entra por mi canal auditivo izquierdo a través del agua. 

Aparto la mirada de la libreta, un grupo de adolescentes acaba de entrar. Todos deben de ser menores de edad. Los chicos vienen con shorts, hace calor, todo el día ha estado así. Cuando veníamos caminando a Galerías Metepec el calor era tan sofocante y nos detuvimos en un bazar que había en un terreno cercado con malla ciclónica, el lugar está lleno de pasto, muy cerca del Centro Médico Toluca, donde Lizzie estuvo hospitalizada de emergencia en abril, a veces hay unos hombres paseando a sus perros por allí, pero esta vez pusieron un bazar y había varios puestos y una banda tocaba «No dejes que» y Lizzie y yo nos metimos en el bazar y mientras veíamos qué vendían en los puestos la banda tocó «La negra Tomasa» y sonaba bien, el cantante cantaba mucho mejor que Saúl, y ahora me sorprendo en 1988, más precisamente en el salón Danitzel, ese que estaba por la casa de mis papás y que en tiempos del mundial de Brasil 2014 se convirtió en un Oxxo, y en particular en el Oxxo al que íbamos mis hermanos y yo a comprar cervezas en los medios tiempos de los juegos Camerún-México, Brasil-México y México-Croacia, en esos tiempos todavía no llegabas a nuestras vidas.

«La negra Tomasa» me remonta a ese salón Danitzel y me veo a mí mismo en una foto que alguien compartió hace tiempo en la página de Facebook del grupo de la primaria, y ahora que Lizzie camina hacia la mesa me acuerdo en secreto de las niñas de mi salón que me gustaban, aún recuerdo sus nombres, y también recuerdo cómo íbamos vestidos mi hermano y yo en el festival del día de las madres en el que tomaron esa fotografía, mi hermano y su salón bailaron «La negra Tomasa» y él iba vestido con jeans y con una chamarra de mezclilla, yo iba con ropa de jarocho, en mi salón bailamos «La bamba», o algo así. Y no me gustó. Y desde antes no me gustaba bailar. 

Lizzie está a unos pasos de mí, trae las bebidas y me sonríe, ella también te extraña mucho, fuiste su gran compañero, siempre la acompañabas a todas partes, le contabas cosas al despertar, dejabas que te acariciara la panza antes de dormir, te quería mucho, jamás entenderé cuánto sufre que ya no estés aquí.

Ahora más bien pienso en El Silencio de los Caifanes. Un día, cuando ya estábamos en la secundaria, a mi hermano uno de sus compañeros de salón se lo prestó, y lo escuché y se me hizo un álbum tan extraño, en esos tiempos «Nubes» y «No dejes que» sonaban en la radio. Nadie en mi salón topaba a los Caifanes, pero sí conocían a Willie Colón.

El dolor de estómago no cesa, patea con la fuerza de un caballo enfurecido, he estado leyendo un libro inédito de Céline –el primer libro que compro desde que nos despedimos de ti– y tal vez por eso –en este libro, Céline relata su experiencia en la guerra– tengo la impresión de que mi vientre es un cráneo roto por un obús, que está hecho pedazos en un campo de guerra, y mi oído izquierdo sigue tapado y asocio esta sensación con el zumbido de Céline en uno de sus oídos –a él realmente le estalló un obús cerca del oído–, y ahora tengo náuseas y me voy precipitando lentamente en el pozo de la ansiedad, en cualquier momento podría devolver el estómago, ahora estoy pensando en música, en que me faltan NIN y Local H y Babasónicos en mi playlist, en que también faltan Sonic Youth y Butthole Surfers y Soundgarden, y, quizá, para los momentos más cursis y más cansados, también me faltan U2 y Placebo y tal vez hasta esa canción de Café Tacuba que escuchamos en uno de los primeros Uber en el que nos subimos Lizzie y yo desde que nos despedimos de ti, era una canción que sonaba mucho durante la larga huelga de 1999 de la UNAM, tal vez se llama «Revés». Pienso en música para acostumbrarme a este dolor, tú y yo escuchábamos música todo el tiempo. Estoy creando nuevas playlists para formar nuevos recuerdos. Toda la música que escucho me recuerda a ti.

Lizzie ya está sentándose junto a mí y justo en este momento suena «La negra Tomasa» en el Starbucks, y me acuerdo de ti, Jax.  

miércoles, julio 01, 2026

No sé qué pensar


Últimamente estoy de mal humor cuando juega la selección. No sé por qué, pero de pronto estoy así. Y no tiene nada que ver con la mafia de la FIFA ni con la corrupción del futbol ni con la cultura del consumismo que promueve la selección mexicana de futbol. A lo mejor tiene que ver con que el mundial es un espejismo, una manera de evadir la realidad. Empecé a ver un mundial de futbol en serio hace 30 años, y tal vez, en el fondo, todo era igual, todo sigue igual que entonces, excepto que estoy más viejo, más amargado, más decepcionado de la gente y más enfermo. 

Ya llovió y ya cayó una tormenta y salí a correr por la mañana. El día estaba nublado y gris y hacía frío. Mientras corría y trataba de ignorar las 20 fuentes de ruido que me impedían escuchar mi playlist —la podadora que usa el chico que poda las áreas verdes del fraccionamiento, la pulidora del trabajador que está haciendo reparaciones en la casa de los vecinos de la casa 47, la aspiradora con la que limpia su camioneta el vecino de la casa 45, el motor del avión que pasa a lo lejos, el motor del trailer que pasa a lo lejos—, me preguntaba por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz. Creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía. Creo que eso mismo ocurre con la depresión y con la ansiedad. Cuando estás realmente triste ni siquiera tienes fuerzas para escribir lo triste que estás. Escribir en días grises es romantizar la tristeza sin sentir la tristeza. 

Hace unos minutos dijeron por la tele que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, que en los próximos 30 minutos no debe caer un rayo eléctrico en las inmediaciones del Estadio Azteca, que el perímetro de seguridad son 8 millas, y esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela de Enrique Vila-Matas sobre él, pero todo esto también es evasión, ¿de qué sirve leer literatura que sólo lee un sector privilegiado de la población, cuando hay que sobrevivir día a día...?

Ha dejado de llover, pero suenan un montón de cohetes en la calle, y nadie está homenajeando a ningún santo; se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026. La gente está expectante, como cada 4 años cuando juega la selección, esa historia ya la conozco.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, y se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes. No sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, hace menos de un mes saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47 (esos que están haciendo reparaciones en su casa y perturbando el silencio del fraccionamiento desde hace más de medio año), o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Hace menos de un mes, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo levantaba las orejas y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, precisamente cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver La Memoria del Asesino o Pitt o House of Dragons, a Jax se le ocurría cazar a Yoko o hacer travesuras, ese era uno de sus rituales. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pudiera atraparlo. Luego salía de detrás del librero, caminando como si nada, como si dijera «Yo nada más paso por aquí, yo no hice nada». A veces, en ese preciso momento, también se sentaba en mis piernas, como ahora, pero no se veía triste ni cansado. 

Hace menos de un mes, Jax todavía vocalizaba todo el tiempo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, y quién sabe qué significaban realmente, pero Lizzie y yo siempre supimos cómo interpretarlas. Jax siempre sabía cómo comunicarse con nosotros, una vez sacó de la casa a sus hermanos porque detectó una fuga de gas y así nos llamó la atención. Otra vez, por ensayo y error, él mismo descubrió cómo abrir el cajón en el que guardábamos el catnip, para servirse él mismo. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. Como yo, él no es nada fan del futbol —hace varios años que perdí el interés; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania, por la tele. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como si fuera la final de La Copa del Mundo. Me gustaría decir que a Jax y a mí nos da igual como quede el juego, pero no es así. Yo no tenía grandes expectativas de esta selección, pero, por distintas razones, ya no pienso igual.

Soy consciente de que ya ganaron 3 juegos consecutivos y que no han recibido ni un solo gol en contra, que ninguna selección nunca había ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial —ni siquiera en 1970 y en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, al menos hasta antes del juego de hoy, la selección mexicana de futbol no ha jugado bien —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo han ganado ya 3 veces. He visto a tantas selecciones jugar bien y acabar perdiendo en tantos mundiales y tantas veces, que no sé qué pensar. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes —sobrevivimos— y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No sé si Jax se sentará también en mis piernas para ver la final del mundial 2026 que se disputará en New Jersey —lo más seguro es que no, que ya nos hayamos despedido, que entonces no pueda decirle por las mañanas «Un día más en el paraíso, Jackson»—, así que espero que esta noche gane la selección. Porque si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

sábado, junio 20, 2026

no escucho nada más


    
    Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Desde hace unos años, soy la clase de persona que sigue esta «rutina» y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM. 

    Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué un rato con ellos, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos con problemas de mantenimiento de sueño como yo, ya son las 8 AM.

    Ahora solo quiero tomarme unos minutos de descanso, olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que el Ondansetrón, la Mirtazapina y el Ipakitine no están funcionando; que ya casi no come ni toma agua; que debo cumplir con mis obligaciones fiscales; que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo, porque hoy mismo me los pidieron; que debo terminar de organizar estas treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un mes–, pero apenas me acomodo en la silla para tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino; otra vez está limpiando su auto, es todo un ritual que no suele llevar a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, excepto esta semana. Ya perdí la cuenta pero tal vez es la tercera vez que lo hace.

    A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.

    Otras veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Sepultan la música que traigo en los audífonos y en la cabeza. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva decenas de toneladas y miles de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de un Lorenzo Lamas que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. (¡No soporto el ruido de los motores de las motos!, ¿en qué piensa una persona cuya máxima motivación, aparentemente, es subirse a una moto y hacer que gruña el motor de su moto...?)

Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en un infierno sin fin –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar cómo todos estos sonidos cambian la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Es inevitable no pensar en todo esto porque todos estos temas forman parte de los temas que estudio por trabajo o por diversión, son ideas que constantemente están en mi cabeza, no googleo sobre estos temas para volarle la cabeza a nadie con mis conocimientos.

Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM porque ya no puedo dormir, soy la clase de persona a la que le incomodan los ruidos en exceso. Aunque escucho música todos los días (¡no todo tipo de música!) y no podría vivir sin escuchar música, siempre traigo mis audífonos con cancelación de ruido o siempre que escucho música en mi casa, lo hago a un volumen moderado. A diferencia de algunos vecinos con quienes he tenido que lidiar en los distintos departamentos o fraccionamientos en los que he vivido, no me interesa que nadie descubra mis gustos musicales. 

Ocasionalmente escucho un zumbido en el oído izquierdo, ocasionalmente tengo tapado el oído izquierdo, la otorrino ya me dijo que la trompa de Eustaquio “está un poco tensa”, que no estoy quedándome sordo, que mi sistema auditivo no está dañado, que lo que tengo tiene un nombre —ototubaritis—, y sospecho que la ototubaritis aparece justo a la mañana siguiente de un día del carajo en el que estuve enojándome por las cosas que tengo que hacer con personas tóxicas, cuando, por ejemplo, me piden tramitar el mismo documento 4 veces, o resolver un arduo trámite que implica pedirles su tiempo y paciencia a dos o tres personas el mismo día que me piden resolverlo, para que, al final, insinúen que todo es por mi culpa y no por su incompetencia. 

Sospecho que la ototubaritis aparece cuando estoy tenso, cuando he pasado toda la noche apretando la quijada (sin darme cuenta), cuando Jackson apoya su cuerpo en mi brazo izquierdo y pasa la noche conmigo en esa posición y estoy preocupado por él y no quiero aplastarlo y me frustra que esté enfermo y que los medicamentos no estén funcionando y me pregunto por qué seres tan puros y bellos como él tienen que enfermarse y por qué personas del carajo viven muchos años, como Mumm-Ra, el Inmortal.

La ototubaritis no es tinitus. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente. Y mi aversión al ruido no tiene nada que ver con que soy quisquilloso. El ruido me molesta, me satura, es como una bomba de tiempo en mi cerebro. Y me refiero al ruido de las máquinas, y también a la música a todo volumen de los vecinos. 

    ¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada. 


Bleach your works

Trato de sacarme de la cabeza unas ideas que me desquician y entonces imagino cómo era esa campaña de concientización sobre el VIH a finales de los 80, mientras Nirvana recorría la Costa Noroeste de EEUU en una van y trasnochaban en casas de gente a la que habían conocido horas antes en algún concierto, cuando el lanzamiento de su álbum debut era inminente y aún no habían decidido cómo lo llamarían –¿Too many humans?–, y se topaban en las calles de San Francisco con la publicidad de esa campaña –Bleach your works– y entonces Kurdt Kobain –así aparecería en los créditos del álbum debut de Nirvana–, tuvo un insight.

También imagino esa atmósfera apocalíptica y gris de finales de los 80, el fin de la era de Reagan y de su campaña antidrogas y de la guerra fría; imagino la guerra del Golfo cocinándose para la administración de Bush, y también imagino a Jason Everman fungiendo como mecenas de Nirvana –no tocó ninguna canción en Bleach pero absorbió los $600 USD que costó la grabación del álbum en los Reciprocal Studios de Jack Endino y apareció en los créditos– y como segundo guitarrista de la banda, en algunos conciertos de la gira de Bleach, antes de que Cobain lo despidiera por “diferencias artísticas” (básicamente por su estilo metalhead) y se convirtiera en bajista de Soundgarden y, eventualmente, abandonara la música para enlistarse en el ejército de EEUU y luego ser condecorado como “héroe de guerra” por combatir en Irak.

También divago y me imagino a mí mismo escuchando Bleach el mismo año de su lanzamiento, tal vez el día de mi cumpleaños, en los walkman Aiwa que mi papá acababa de regalarme; me veo a mí mismo colocando el cassette y dándole play y adentrándome a ese álbum publicado el 15 de junio de 1989; en mi viaje, “los tíos de EEUU” vinieron de visita a México en diciembre de 1989 y me trajeron de regalo de cumpleaños ese cassette de SubPop –nada más lejano de la realidad: ni yo era tan importante para ellos, ni éramos tan apegados, ni tenían idea de que me gustaría “el sonido Seattle”; habría sido más probable que me regalaran un álbum “Tex-Mex” o algún Amo del Universo difícil de conseguir en México–, pero sigo divagando –todavía no logro sacarme de la cabeza estas ideas que me desquician: enfermedades, deudas, trámites burocráticos– y también imagino cómo me voló la cabeza ese álbum en ese mundo ficticio, cuántas veces escuché “Blew”, “Floyd The Barber”, “About A Girl”, “School”...

Pero, en fin, la verdad es que en diciembre de 1989 –cumplo años el 20 de diciembre y “los tíos” regularmente venían de visita a México para las fiestas de fin de año– todavía estaba en la primaria, y, aunque mis primos son más grandes que yo, no éramos muy cercanos (ahora tampoco lo somos), y, además, según yo, a finales de los ochenta, ellos no escuchaban a bandas de Seattle; más bien, creo que les gustaba el rock en español –desde La Maldita Vecindad y Héroes del Silencio, hasta Caifanes, Fobia y Maná– y quizá uno de ellos escuchaba a Scorpions y a Guns N' Roses –lo sospecho porque medio recuerdo haberlo visto algunas veces con playeras de Scorpions o de Axl Rose–, y ninguno podría haber despertado mi curiosidad por Nirvana.

Lo más seguro es que en diciembre de 1989, la música no fuera tan importante para mí, que escuchara (accidentalmente) a todos esos grupos y artistas pop que mi mamá ponía en la casa –Miguel Bosé, Mecano, Pandora, Flans, Yuri, Amanda Miguel–, y sé que no me perdí el estreno mundial del video de “Bad” de Michael Jackson y que veía alguna que otra caricatura de la programación del canal 5, y que por las tardes una que otra vez me sentaba en la sala junto a mi mamá y la acompañaba a ver por televisión alguno de los melodramas del canal de las estrellas –¿La casa al final de la calle?, ¿Luz y sombra?–; sé que no veía partidos de futbol por la tele; seguramente, me shockeaban las películas de Freddy Krueger –¿a quién se le había ocurrido que un personaje se te apareciera en tus sueños y que tus pesadillas podían matarte?–, no dejaba de jugar con la consola Sega –mi papá acababa de comprarla, y era toda una novedad– y la idea de tocar una guitarra ni siquiera había cruzado mi mente.  

Según yo, en 1989, Los Simpson tenían poco tiempo al aire en la tele mexicana y casi religiosamente cada domingo veía alguna VHS –¿o Betamax?– que mi abuelo o que mi papá conseguían “por ahí”: Robocop, Last Recall, Nico, Back To The Future, Nightmare On Elm Street... Mi vida era muy diferente a lo que es ahora.

Hace unos días Bleach cumplió 37 años y, más o menos cada año que ha transcurrido desde que soy consciente de este álbum, reflexiono sobre dos o tres cosas de mi vida y sobre lo importante que es la música para mí. Este año no es la excepción: me acuerdo de cuando compré mi primer ejemplar de Bleach en el Tianguis de San Juan –antes de que la gentrificación y que “el turismo de barrios” pusieran al Tianguis de San Juan “en órbita”–, cuando lo compré ya estaba en la prepa y ya había escuchado el MTV Unplugged In New York, Nevermind e In Utero, y apenas sabía tocar en la guitarra algunas partes de algunas canciones de Nirvana –“Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “Pennyroyal Tea”, “About A Girl”– y lo compré en el puesto de un tipo que también tenía un puesto en el Tianguis del Chopo, el tipo vendía álbumes de bandas del “sonido Seattle”, pero, sobre todo, de Pantera y de Anthrax y de Sepultura y de Metallica y de Black Sabbath, y de esa clase de bandas, el sujeto era totalmente un metalhead: cabello largo, por debajo de los hombros, y bien cuidado, pendientes en ambos lóbulos, brazos tatuados...  

Cuando reflexiono en estas dos o tres cosas sobre mi vida, también me acuerdo de esas “tardes mágicas” y ociosas, cuando volvía de la prepa a la casa de mis papás, la casa estaba vacía, y me encerraba en mi recámara y escuchaba Bleach de principio a fin, y medio tocaba por intuición alguna canción de Bleach en la guitarra, medio pensaba en cómo sería tener mi propia banda, en cómo sería componer una canción, escribir la letra de una canción, pensaba en cómo serían los ensayos, en cómo sería lanzarme a la batería al final de un concierto, como Kurt en esa fotografía que quedaría inmortalizada en mi mente, que pasaría a la posteridad de mi memoria, que se convertiría en un archivo permanente de mis pensamientos, que tomó Tracy Marander y que acabó en el booklet de Bleach.

¿Sería quién soy este día de junio del 2026, si hubiera escuchado ese álbum hace 37 años?

viernes, junio 19, 2026

¿Sabes por qué te puse Jax?


  

Me sentía del carajo, Lizzie estaba exhausta, ella tenía un trabajo de 8 AM a 7 PM, de lunes a viernes, en una agencia aduanal, y los sábados trabajaba desde casa, siempre tenía que estar al pendiente de su teléfono. Pero no todo era tan denso. Yoko y tú tenían poco tiempo con nosotros, y Gatusso estaba tan feliz de tenerlos, siempre había sido un gato único, yo tenía mucha libertad en el postdoc y sin embargo me sentía del carajo porque prácticamente cualquier bebida o alimento me caía mal, ningún médico había dado con el diagnóstico correcto ni admitido que no tenía ni idea de qué me estaba pasando; me había adherido a mis tratamientos durante casi un año, había cambiado mi dieta rotundamente, y mi salud no mejoraba. Era tan desgastante.

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, veía Sons of Anarchy en Netflix –por esa época también empecé a ver Vikings; después de lo insoportablemente esclavizantes que fueron los últimos meses en el PhD, tenía tiempo para ver series de televisión–, me había enterado de los cameos de la serie –Marylin Manson, Dave Navarro, Stephen King– y dos o tres cosas de la trama, la música de la serie también sonaba intensa. 

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, Liz estaba acostada junto a mí, en el sillón frente a la tele. Gatusso, Yoko y tú probablemente estaban en el otro sillón, tenían una casita de mimbre y dos camas para gato pero solían echarse a dormir en el otro sillón. Ella estaba profundamente dormida y yo me bebía dolorosamente una cerveza, a cada trago carraspeaba y tosía, y me acordaba de nuestra vida reciente en Xola, entonces terminaba el PhD y tomaba alcohol y fumaba excesivamente para lidiar con el estrés. Ya tenía 4 papers de investigación original publicados como primer autor en revistas internacionales evaluadas por pares y ya había impartido casi 4 años de clase como profesor de asignatura en la UNAM y compaginaba estas actividades (y muchas otras más) con los veintitantos seminarios semanales de mi tutor, pero para él “yo sólo seguía instrucciones” y “le cagaba mi falta de iniciativa” –aghh, manipulador–, y no tenía ningún reparo en decirlo frente a todos los estudiantes de pregrado y posgrado de su laboratorio –parecía que se alimentaba de la humillación pública– y mi único escape era beber y fumar todos los fines de semana hasta perder el conocimiento.

Ahora mismo puede ser cualquier noche de la segunda o tercera semana de junio del 2026, el mundial de futbol tiene unos días de haber comenzado, y te tengo sentado en mis piernas, me gustaría asegurar que se trata del viernes 19 de junio del 2026 pero mi mente es un caos, no sé ni qué día es hoy, y lo que importa es que estás conmigo, y que te acercaste a mí y te acomodaste en mis piernas; que, de alguna forma, en estas últimas semanas me he convertido en tu refugio. Faltan pocos días para que cumplas 11 años. 

Ahora mismo van a dar las 10 de la noche, acaba de caer una tormenta, vemos un partido de futbol por la tele –podría tratarse de Escocia vs Marruecos, podrían jugar en Boston– y no puedo evitarlo, recuerdo cuando estabas en tu prime, siempre te preocupabas por tus hermanos y por Lizzie y por mí cuando caía una tormenta, me acuerdo mucho de cómo te asomabas por las ventanas y veías la calle, a veces los árboles se movían de un lado a otro, a veces caían relámpagos a varios kilómetros de distancia, a veces granizaba, y todo eso te inquietaba y movías las orejas y la cola y adoptabas una posición de alerta, pero son casi las 10 de la noche de una tarde de la segunda o tercera semana de junio del 2026, faltan pocos días para que cumplas 11 años y he tenido una neblina mental todo el mes y no sé qué día es y no recuerdo si hace rato jugaron Escocia vs Marruecos en Boston pero estoy seguro de que tú y yo vimos por la tele algún partido del mundial 2026 –los comentaristas son insoportablemente frívolos, no paran de dar datos irrelevantes sobre las espinilleras de tal o cual jugador, de decir cuánto tiempo hace que Messi no va a una barbería de Buenos Aires, cada 3 minutos tienen que hablar de dinero, de a cuánto asciende el sueldo de Mbappé–, y Lizzie está en la cocina preparándote tus fármacos para reducir los niveles de fósforo, a ti no te gusta nada eso, supuestamente saben súper amargos, hemos visto que ya le tienes aversión a la comida, que asociaste el sabor de esos fármacos con la comida –la otra forma de darte los fármacos es vía oral, con una jeringa, pero esa vía es súper intrusiva y podría hacerte daño–, y para distraerme de todo este estrés que hemos vivido desde que nos dijeron que tienes disfunción renal, se me ocurrió poner en la tele el capítulo piloto de Sons of Anarchy, y fue así como todos estos recuerdos llegaron a mi mente, ¡cuánto quisiera volver a ese sábado del que me estoy acordando en este momento, cuando éramos una familia perfecta!, cuando el único enfermo era yo –preferiría volver a verte saludable, corriendo de un lado a otro por la casa, mirando por la ventana una tormenta, y ser yo el enfermo otra vez; preferiría volver a ser víctima de humillación pública en un laboratorio de la facultad de medicina, pero tenerte saludable y travieso y lleno de vida–, ¿sabes por qué te puse JAX?