domingo, agosto 30, 2026

nueve personas


Nueve personas leen lo que escribo. En 24 horas. De esas 9 personas, ¿cuántas no soy yo mismo?, ¿cuántas pasan más de 5 horas al día en redes sociales?, ¿cuántas tienen los cerebros fritos de tantos reels?, ¿cuántas se ven a sí mismas como ávidas lectoras?, ¿cuántas caen en la publicidad y acaban leyendo a autores que sólo son publicidad?, ¿cuántas me conocen en persona, y por eso no leen ni tres líneas que pueda escribir?

Cada vez lee menos gente este blog. Y cada día me entiendo menos a los internautas. Cada vez que escribo algo en este blog, compartir lo que escribo me parece más irrelevante. La gente parece estar más interesadas en leer encabezados de noticias o en ver Reels cargados de estimulación o podcasts de los que todo mundo habla, que en leer un blog. Y sobre todo si ese blog lo escribe alguien a quien conoces en persona.   

jueves, agosto 06, 2026

Golpe en la quijada


     Tengo ototubaritis desde ayer, son las 5 AM, me levanté al baño y ya no puedo dormir, es un amanecer tranquilo, no hay motores escandalosos, ningún tráiler va por ahí con toneladas de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol, lo único que escucho es el canto de los colibríes, están muy cerca, hace un buen tiempo, Lizzie, Yoko y Gatusso duermen profundamente, ¡qué diferente sería todo, si Jax estuviera aquí!, y ¡qué diferente es esta mañana de todas las mañanas de junio!, pero tengo ototubaritis. 

    La molestia se siente como si alguien me hubiera apretado la quijada toda la noche, como si me hubiera estallado un obús cerca del oído izquierdo, y a veces escucho ese ligero zumbido que uno escucha en las noches silenciosas, cuando el silencio es tan intenso que también se escucha y revienta los tímpanos. 

    La ototubaritis se siente como un golpe en la quijada, como si toda la noche hubiera estado en posición de ataque y mordiendo la nada, tenso, como un animal salvaje que no sabe si sobrevivirá 24 horas ni si comerá o tomará agua, ni contra cuántos predadores tendrá que defenderse. 

    La ototubaritis me duele, es como un tapón de mucosidades en el canal auditivo, me hace sentir incompleto, como cuando Jax no paraba de llorar el último mediodía que estuvo con nosotros en este mundo físico.

domingo, agosto 02, 2026

Zayu de peluche


Hoy cumplimos 4 semanas de habernos despedido de ti, fue el domingo más triste que jamás pude haber imaginado, toda la pureza del amor incondicional que nos compartiste durante 11 años, todas tus travesuras y vocalizaciones y todos esos recuerdos que formaste en nuestros corazones se acabaron.

Ayer compramos un Zayu de peluche, la mascota mexicana del mundial 2026, tenemos una pequeña colección que comenzamos a formar en el 2010, sólo nos falta la rara mascota del 2022, que parecía un turbante o un fantasma, esta mascota del 2026 es un jaguar y estuvimos buscándolo varios fines de semana. Los muñecos de peluche del 2010, 2014 y 2018 los compramos en distintos Sanborns poco después de cada mundial, cuando ya tenían precio de rebaja. La semana pasada buscamos a Zayu y ya había desaparecido de todos los Sanborns que visitamos, lo encontramos en Toys R Us, en Galerías Metepec, pero todavía tenía precio normal, quisimos esperar a que la fiebre del consumismo del mundial se apagara un poco más. Hace 2 semanas acabó el mundial y hace 4 semanas acabó la participación de la Selección Nacional Mexicana en el mundial y sin embargo, entre la gente que ya le dio la vuelta a la página y que ya está en la frecuencia de «Siente tu liga», aún te encuentras en las calles a personas con jerseys de la SNM. 

Así que ayer nos metimos de nuevo a esta tienda y encontramos a Zayu con 30% de descuento. Cuando lo tomé en mis manos, por primera vez, desde que lo buscamos para que formara parte de nuestra colección de mascotas mundialista, reparé en que tiene una mirada triste, y su mirada me transportó a ti, al 5 de julio, y creo que siempre que vea a Zayu en la casa lo asociaré contigo –tal vez debería guardar tus cenizas en Zayu, pero sería todo un cliché (como cuando decían que Courtney Love tuvo durante algún tiempo las cenizas de Kurt Cobain en un oso de peluche) y probablemente a Lizzie no le gustaría nada la idea–, creo que siempre asociaré a Zayu contigo, con lo doloroso y horrible que fue este mundial 2026 para los humanos y los gatos que formamos esta familia, creo que será el recuerdo más triste de cualquier mundial que haya visto. Ni siquiera pensaré en que ese domingo 5 de julio jugó la SNM en El Azteca y que perdió –como desde hace más de 30 años– en los octavos de final de un mundial. Ni siquiera pensaré en los 2 ó 3 Jack Daniel's que me tomé para apagar mi dolor, mientras veía el juego por la tele. Tampoco pensaré en lo furioso que estaba por haber tenido que despedirme de ti, por ser incapaz de entender por qué un ser tan amistoso y lleno de luz como tú había tenido que enfermar y dejar este mundo tan pronto. Eventualmente ni siquiera pensaré en las locuras de la afición mexicana después de los juegos contra Corea, contra Chequia y contra Ecuador. Automáticamente pensaré en ti y en todo ese mes de pesadilla, en cómo nos despedimos de ti, en cómo se fue apagando tu vida durante el mundial; en que, como dijo Lizzie: «Empezamos 5 el mundial, y lo terminamos 4».

Es tan duro tener que aceptarlo. No hay una fármaco para dejar de sentir tu ausencia y dejar de extrañarte. Tu ausencia se siente como tirarse al vacío.   

sábado, agosto 01, 2026

te escondías entre mis piernas, debajo de las sábanas

 

Lizzie está en la caja, apenas a 4 ó 5 metros de distancia de la mesa, pagando el Chai Late que va a tomarse y el Strawberry Açai Refresher que le encargué, pero hay tanto ruido y tanta gente en este lugar que parece que estamos en mundos distintos, que nos separa una autopista intergaláctica que en realidad no lleva a ninguna parte. 

Trato de ignorar a la gente y el ruido, trato de encerrarme en el breve espacio entre la libreta y yo, me sumerjo en sus hojas, aspiro el aroma de los árboles que talaron para fabricarla, imagino cómo fue a dar a manos de mi cuñada y cómo vino a dar a mis manos, la libreta es una libreta de hojas blancas y tiene tantas hojas blancas que es difícil escribir en ella, cada vez que escribo tengo que apoyar la mano derecha en las hojas que quedan al otro lado mientras tomo la pluma con la mano izquierda y hago malabares para escribir, las hojas del otro lado de la libreta siempre estorban, no importa de qué lado escriba. 

Me esfuerzo en concentrarme, veo a Lizzie a una autopista intergaláctica de la mesa, ya no tarda en volver y mi misión es escribir lo más rápido que pueda, que cada palabra que escriba en esta libreta se convierta en un muro que me aísle de la realidad, así es como puedo desahogarme, así es como puedo sublimar el dolor que siento cada vez que pienso en ti (y cada segundo desde que no estás, pienso en ti), así es como puedo escapar de este dolor sin escapar de este dolor, y así es como estas palabras que voy escupiendo en la libreta y que nadie lee me liberan momentáneamente de esta realidad tan vívida, de esta realidad que es como una herida abierta que cada segundo se abre más.

Me duele pensar en ti pero no quiero dejar de pensar en ti, cada segundo me duele más pensar en ti, cada segundo te extraño más, he perdido a tantos seres cercanos y sin embargo nunca había sufrido tanto ninguna pérdida, y me acuerdo de ti en cualquier momento y reparo en tu ausencia y es como quedarme sin aire, es como tirarme al vacío, es como ahogarme en mi ansiedad después de hiperventilar y reducir el dióxido de carbono en mi sangre. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y pienso en ti, en cuánto te extraño, en todos los momentos que pasamos juntos, en cómo me buscabas en tus últimos días, en que eras como un niño que no se sentía bien y que tenía miedo y que no entendía nada, te escondías entre mis piernas debajo de las sábanas, te acomodabas en mis brazos, allí te quedabas mientras buscaba perderme en alguno de los juegos del mundial 2026 y olvidarme todo, ignorar que no estabas bien. 

Cierro los párpados en cualquier lugar y me acuerdo de ti cuando eras formidable y saltabas por toda la casa, por los libreros, por las escaleras, por los sillones, por la mesa, cuando inundabas nuestras vidas con tu felicidad. También me acuerdo de tus últimos domingos de junio, cuando jugó Japón, cuando jugó Países Bajos, cuando jugó Alemania. De pronto te veías muy bien y de pronto ya estabas vomitando y escondiéndote en esa casita que te compramos en PetCo cuando nadie imaginaba que enfermarías y que tu vida se iría apagando en un mes y que el 5 de julio tendríamos que despedirnos de ti. 

Cierro los párpados y pienso en esas líneas de Jack Kerouac en Big Sur, cuando tiene un momento de lucidez y se acuerda de Tyke, cómo se acostaba en la palma de una de sus manos cuando era un bebé y cómo lo hizo hasta cuando era un enorme gato persa; cuánto confiaba Tyke en Kerouac, cuánto lo echa de menos Kerouac, por qué piensa que pocos hombres entienden lo mucho que puede significar un gato para un humano, y por qué para él perder a Tyke fue como volver a perder a su hermano Gerard. 

Van a dar las 6 de la tarde, Lizzie ya vuelve a la mesa, no he escrito gran cosa y sin embargo me duele la mano, Lizzie y yo hemos estado en Galerías Metepec más de 2 horas, caminamos mucho, y durante más de 2 horas he tenido dolor de estómago, almorzamos en una fonda en Metepec y la carne que comí estaba un poco pasada, le di una mordida y me dejó un sabor como a carne de caballo, justo como a lo que sabía esa carne que me comí en un restaurante en Real de Catorce hace más de 20 años, cuando Lizzie y yo éramos novios, cuando tú todavía no nacías; Lizzie me invitó a una práctica de su carrera de Geografía, nunca entendí exactamente en qué consistía la práctica, pero en cuanto llegamos al hotel en el que nos hospedamos en Real de Catorce –en esos días murió mi abuela materna– y dejamos nuestras maletas, salimos a buscar dónde comer y nos metimos a un restaurante y allí pedí una milanesa –una de las milanesas más caras que he probado en toda mi vida– y sabía más o menos a lo que me supo la milanesa que almorcé hoy.

El dolor de estómago no viene solo, tengo ototubaritis otra vez –la primera vez que tuve ototubaritis fue cuando te llevamos a la veterinaria y te hicieron un ultrasonido– y la sensación no es discapacitante pero tampoco me acostumbro por completo a tener el oído tapado, es como escuchar todo lo que entra por mi canal auditivo izquierdo a través del agua. 

Aparto la mirada de la libreta, un grupo de adolescentes acaba de entrar. Todos deben de ser menores de edad. Los chicos vienen con shorts, hace calor, todo el día ha estado así. Cuando veníamos caminando a Galerías Metepec el calor era tan sofocante y nos detuvimos en un bazar que había en un terreno cercado con malla ciclónica, el lugar está lleno de pasto, muy cerca del Centro Médico Toluca, donde Lizzie estuvo hospitalizada de emergencia en abril, a veces hay unos hombres paseando a sus perros por allí, pero esta vez pusieron un bazar y había varios puestos y una banda tocaba «No dejes que» y Lizzie y yo nos metimos en el bazar y mientras veíamos qué vendían en los puestos la banda tocó «La negra Tomasa» y sonaba bien, el cantante cantaba mucho mejor que Saúl, y ahora me sorprendo en 1988, más precisamente en el salón Danitzel, ese que estaba por la casa de mis papás y que en tiempos del mundial de Brasil 2014 se convirtió en un Oxxo, y en particular en el Oxxo al que íbamos mis hermanos y yo a comprar cervezas en los medios tiempos de los juegos Camerún-México, Brasil-México y México-Croacia, en esos tiempos todavía no llegabas a nuestras vidas.

«La negra Tomasa» me remonta a ese salón Danitzel y me veo a mí mismo en una foto que alguien compartió hace tiempo en la página de Facebook del grupo de la primaria, y ahora que Lizzie camina hacia la mesa me acuerdo en secreto de las niñas de mi salón que me gustaban, aún recuerdo sus nombres, y también recuerdo cómo íbamos vestidos mi hermano y yo en el festival del día de las madres en el que tomaron esa fotografía, mi hermano y su salón bailaron «La negra Tomasa» y él iba vestido con jeans y con una chamarra de mezclilla, yo iba con ropa de jarocho, en mi salón bailamos «La bamba», o algo así. Y no me gustó. Y desde antes no me gustaba bailar. 

Lizzie está a unos pasos de mí, trae las bebidas y me sonríe, ella también te extraña mucho, fuiste su gran compañero, siempre la acompañabas a todas partes, le contabas cosas al despertar, dejabas que te acariciara la panza antes de dormir, te quería mucho, jamás entenderé cuánto sufre que ya no estés aquí.

Ahora más bien pienso en El Silencio de los Caifanes. Un día, cuando ya estábamos en la secundaria, a mi hermano uno de sus compañeros de salón se lo prestó, y lo escuché y se me hizo un álbum tan extraño, en esos tiempos «Nubes» y «No dejes que» sonaban en la radio. Nadie en mi salón topaba a los Caifanes, pero sí conocían a Willie Colón.

El dolor de estómago no cesa, patea con la fuerza de un caballo enfurecido, he estado leyendo un libro inédito de Céline –el primer libro que compro desde que nos despedimos de ti– y tal vez por eso –en este libro, Céline relata su experiencia en la guerra– tengo la impresión de que mi vientre es un cráneo roto por un obús, que está hecho pedazos en un campo de guerra, y mi oído izquierdo sigue tapado y asocio esta sensación con el zumbido de Céline en uno de sus oídos –a él realmente le estalló un obús cerca del oído–, y ahora tengo náuseas y me voy precipitando lentamente en el pozo de la ansiedad, en cualquier momento podría devolver el estómago, ahora estoy pensando en música, en que me faltan NIN y Local H y Babasónicos en mi playlist, en que también faltan Sonic Youth y Butthole Surfers y Soundgarden, y, quizá, para los momentos más cursis y más cansados, también me faltan U2 y Placebo y tal vez hasta esa canción de Café Tacuba que escuchamos en uno de los primeros Uber en el que nos subimos Lizzie y yo desde que nos despedimos de ti, era una canción que sonaba mucho durante la larga huelga de 1999 de la UNAM, tal vez se llama «Revés». Pienso en música para acostumbrarme a este dolor, tú y yo escuchábamos música todo el tiempo. Estoy creando nuevas playlists para formar nuevos recuerdos. Toda la música que escucho me recuerda a ti.

Lizzie ya está sentándose junto a mí y justo en este momento suena «La negra Tomasa» en el Starbucks, y me acuerdo de ti, Jax.  

miércoles, julio 01, 2026

No sé qué pensar


Últimamente estoy de mal humor cuando juega la selección. No sé por qué, pero de pronto estoy así. Y no tiene nada que ver con la mafia de la FIFA ni con la corrupción del futbol ni con la cultura del consumismo que promueve la selección mexicana de futbol. A lo mejor tiene que ver con que el mundial es un espejismo, una manera de evadir la realidad. Empecé a ver un mundial de futbol en serio hace 30 años, y tal vez, en el fondo, todo era igual, todo sigue igual que entonces, excepto que estoy más viejo, más amargado, más decepcionado de la gente y más enfermo. 

Ya llovió y ya cayó una tormenta y salí a correr por la mañana. El día estaba nublado y gris y hacía frío. Mientras corría y trataba de ignorar las 20 fuentes de ruido que me impedían escuchar mi playlist —la podadora que usa el chico que poda las áreas verdes del fraccionamiento, la pulidora del trabajador que está haciendo reparaciones en la casa de los vecinos de la casa 47, la aspiradora con la que limpia su camioneta el vecino de la casa 45, el motor del avión que pasa a lo lejos, el motor del trailer que pasa a lo lejos—, me preguntaba por qué a alguien un día gris podría parecerle un día feliz. Creo que eso es romantizar la melancolía y que sólo alguien que nunca ha estado realmente triste podría romantizar la melancolía. Creo que eso mismo ocurre con la depresión y con la ansiedad. Cuando estás realmente triste ni siquiera tienes fuerzas para escribir lo triste que estás. Escribir en días grises es romantizar la tristeza sin sentir la tristeza. 

Hace unos minutos dijeron por la tele que el juego entre México y Ecuador no empezará a la hora programada, que la FIFA tiene un protocolo para salvaguardar la integridad de los jugadores cuando hay tormentas eléctricas, que en los próximos 30 minutos no debe caer un rayo eléctrico en las inmediaciones del Estadio Azteca, que el perímetro de seguridad son 8 millas, y esta idea me lleva a pensar en la tormenta eléctrica de la mente de Rimbaud, estoy leyendo una novela de Enrique Vila-Matas sobre él, pero todo esto también es evasión, ¿de qué sirve leer literatura que sólo lee un sector privilegiado de la población, cuando hay que sobrevivir día a día...?

Ha dejado de llover, pero suenan un montón de cohetes en la calle, y nadie está homenajeando a ningún santo; se trata de la previa de este juego de dieciseisavos de final del mundial 2026. La gente está expectante, como cada 4 años cuando juega la selección, esa historia ya la conozco.

Jax está enfermo, pero comió un poco más que ayer, y se ha sentado en mis piernas y me mira con sus ojos tristes. No sé cómo se siente, me cuesta tanto verlo así, hace menos de un mes saltaba de un lado a otro en la casa, cazaba a Yoko, se peleaba con Gatusso, se quedaba varias horas junto a la ventana esperando a la gatita de los vecinos de la casa 47 (esos que están haciendo reparaciones en su casa y perturbando el silencio del fraccionamiento desde hace más de medio año), o maullándoles a los pájaros que volaban por el patio.

Hace menos de un mes, cuando veía a un pájaro volar por el patio, Jax se ponía alerta y expectante y se erguía apoyándose en sus patas traseras y casi al mismo tiempo levantaba las orejas y movía la cola y maullaba. Ahora ya no.

Casi cada noche, precisamente cuando Lizzie y yo nos sentábamos en la sala a ver La Memoria del Asesino o Pitt o House of Dragons, a Jax se le ocurría cazar a Yoko o hacer travesuras, ese era uno de sus rituales. Entonces Lizzie se levantaba del sillón para llamarle la atención y Jax se subía a algún librero y se bajaba por detrás de algún librero para que ella no pudiera atraparlo. Luego salía de detrás del librero, caminando como si nada, como si dijera «Yo nada más paso por aquí, yo no hice nada». A veces, en ese preciso momento, también se sentaba en mis piernas, como ahora, pero no se veía triste ni cansado. 

Hace menos de un mes, Jax todavía vocalizaba todo el tiempo. Sus vocalizaciones favoritas eran “¡Mamaw!”, “¡Ngauh!”, “¡Noh!”, y quién sabe qué significaban realmente, pero Lizzie y yo siempre supimos cómo interpretarlas. Jax siempre sabía cómo comunicarse con nosotros, una vez sacó de la casa a sus hermanos porque detectó una fuga de gas y así nos llamó la atención. Otra vez, por ensayo y error, él mismo descubrió cómo abrir el cajón en el que guardábamos el catnip, para servirse él mismo. Siempre ha sido un gato muy expresivo y curioso.

Hoy, mientras en la tele Martinoli y García explican el protocolo de tormenta eléctrica de la FIFA, Jax sigue sentado en mis piernas, y se le ve cansado y triste. Como yo, él no es nada fan del futbol —hace varios años que perdí el interés; ahora mismo veo algunos partidos del mundial 2026 para evadirme; mi vida se ha ido más o menos al carajo en los últimos 6 meses—, pero, en estos días, me ha acompañado a ver Países Bajos vs Marruecos y Paraguay vs Alemania, por la tele. También vimos juntos por tele unos 30 minutos a la selección francesa ganarle a los suecos sin esforzarse demasiado. Jugaban en New Jersey, donde se disputará la final del mundial, y le dije a Jax que creo que Francia ganará el mundial. 

En TuDN y en TV Azteca toda la semana han vendido este juego entre México y Ecuador como si fuera la final de La Copa del Mundo. Me gustaría decir que a Jax y a mí nos da igual como quede el juego, pero no es así. Yo no tenía grandes expectativas de esta selección, pero, por distintas razones, ya no pienso igual.

Soy consciente de que ya ganaron 3 juegos consecutivos y que no han recibido ni un solo gol en contra, que ninguna selección nunca había ganado 3 juegos consecutivos en ningún mundial —ni siquiera en 1970 y en 1986, cuando el mundial también se disputó en México. 

Los aficionados están vueltos locos, pero, honestamente, al menos hasta antes del juego de hoy, la selección mexicana de futbol no ha jugado bien —Javier Aguirre la dirige por tercera ocasión— y sin embargo han ganado ya 3 veces. He visto a tantas selecciones jugar bien y acabar perdiendo en tantos mundiales y tantas veces, que no sé qué pensar. Los medios masivos de comunicación se han colgado del inesperado éxito del equipo para lucrar con el entusiasmo de la afición. Somos un país tan jodido. Llegamos arrástrandonos al final de mes —sobrevivimos— y nos aferramos a cualquier cosa que nos permita evadir la realidad. 

No sé si Jax se sentará también en mis piernas para ver la final del mundial 2026 que se disputará en New Jersey —lo más seguro es que no, que ya nos hayamos despedido, que entonces no pueda decirle por las mañanas «Un día más en el paraíso, Jackson»—, así que espero que esta noche gane la selección. Porque si pierden, tendré que quitarme la venda de los ojos y no sé cómo lidiaré con el dolor. 

jueves, junio 25, 2026

Ototubaritis

 


Otra vez tengo el oído izquierdo tapado, es una molestia que una mañana apareció de repente y que así desapareció al cabo de un par de días, sin ninguna explicación obvia. Con un otoscopio me revisó mi cuñada y me dijo que tenía una inflamación y me recetó un antibiótico; terminé el tratamiento; un par de días me sentí bien, un par de días volví a tener la molestia y a ratos me sentí ansioso (como me ocurre con ciertos antibióticos), pero hoy, durante una junta por Zoom con colegas del Instituto de Psiquiatría, volvió aparecer con más intensidad y entonces decidí seguir el consejo de mi cuñada y consultar a una (amiga) otorrinolaringóloga. 

A mi amiga le expliqué por teléfono que esta molestia sólo me ocurre en el oído izquierdo y que es una sensación que no me dificulta la audición, que escucho perfectamente bien, pero que siento el oído izquierdo tapado, como cuando uno se expone a cambios en la presión atmosférica; como cuando, por ejemplo, viajas por tren o por auto de una ciudad que está a 2, 240 metros sobre el nivel del mar y llegas a otra ciudad que está a 2, 260 metros sobre el nivel del mar. 

También le expliqué a mi amiga que mis papás me cuentan que «se me reventó el tímpano izquierdo» cuando era niño, que no saben exactamente qué significa eso, que no tienen evidencia de eso y que yo no creo que me haya pasado eso porque realmente nunca he tenido problemas auditivos, exceptuando el tinitus que me dura algunos días (en ambos oídos) después de que fui a algún concierto particularmente ruidoso. 

«O como cuando me meto a nadar sin tapones en los oídos... Así me siento...», continúo. También le digo que en los últimos años un par de veces he escuchado un pequeño zumbido brevemente en el mismo oído, que el zumbido aparece de la nada y que desaparece al cabo de unos segundos, y que uso audífonos, que tiene un par de meses o poco más que uso unos audífonos con cancelación de ruido y que sólo los uso uno o dos días a la semana y que nunca los uso más de una hora al día y que nunca pongo el volumen ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono. Ella me dice que le cuente más y entonces también le digo que salgo a correr dos o tres veces a la semana y que entonces escucho música en otros audífonos –unos de corredor que tienen una especie de orejeras flexibles que se sujetan a los lóbulos–, pero que nunca escucho mi música ni a la quinta parte del volumen máximo del teléfono.

Estoy tentado a decirle cuántos ruidos tengo que sortear (a veces) a lo largo del día, cuando (por ejemplo) salgo a correr (cuando a los vecinos del fraccionamiento se les ocurre usar aspiradoras o podadoras, al mismo tiempo que un avión surca el aire o que un camión de carga cruza la avenida que está afuera del fraccionamiento), pero creo que esa información está de más.  

Ella me explica dos o tres cosas sobre la fisiología del oído, me habla del canal auditivo, de los huesecillos del oído medio y de la cóclea del oído interno, me dice que la cóclea es como una concha de caracol, y me muerdo la lengua para no cortarle la inspiración –después de todo, ella es otorrinolaringóloga– y decirle que todos esos temas me resultan familiares porque a veces imparto cursos de fisiología de la conducta y tengo que estudiar todos los sistemas sensoriales. 

Mientras ella me dice que hay patologías auditivas muy extrañas pero que esa información la dominan mejor sus colegas audiólogos (y, entonces, le cuento dos o tres cosas sobre la fonoagnosia y la percepción del habla), también me quedo pensando si vale la pena decirle que, además, últimamente, he vivido en condiciones muy estresantes... Lizzie ha estado enferma, una vez tuvimos que internarla de urgencia en un hospital privado de Metepec, allí le tomaron una resonancia magnética, se sentía muy mal, casi no podía hablar ni mantenerse despierta, y le hicieron varios estudios, y, desde entonces, ha visto a un internista y a una ginecóloga del ABC; Jax, uno de nuestros gatitos, también ha estado enfermo, de pronto comenzó a perder el apetito y a bajar de peso y su estado de ánimo se tornó melancólico, y tuvimos que llevarlo a consulta con el veterinario, le hicieron varios análisis, le tomaron un ultrasonido, y nos dijeron que sus riñones no están funcionando apropiadamente, le dieron varios fármacos que está rechazando y nos advirtieron que, si las cosas no mejoran, deberíamos pensar en despedirnos de él; yo he estado como loco lidiando con estos problemas, contrayendo cada vez más y más deudas (trabajo en muchas cosas a la vez, pero ninguna de esas cosas es lucrativa y ninguna de esas cosas me genera ingresos mensuales), y sobrellevando mi vida con tres trabajos simultáneos. 

Ocasionalmente acabo tan exhausto (física y mentalmente) que no lo puedo evitar: me pongo a pensar en lo que debería ser mi vida, si algunas autoridades universitarias no estuvieran cegadas por sus proyectos políticos personales; si algunas autoridades de instituciones de educación superior pública tuvieran un poquito de sentido común y fueran más académicas, más justas y más transparentes, y si tuviera un único trabajo ad hoc a mi trayectoria académica, como el trabajo que tuve en el lugar en el que (en un mundo justo) debería seguir trabajando, ese lugar en el que pasé de SNII1 a SNII2, en el que impartí alrededor de 40 cursos y en el que dirigí alrededor de 10 tesis, con contratos miserables de dos trimestres al año y casi 20 horas de clase a la semana.

Todas estas ideas me dan vueltas en la cabeza –¿qué tal si tienen algo que ver con la ototubaritis?–, pero no le digo nada a mi amiga: mis problemas personales me los guardo para mí mismo (y para quienes van en contra de lo que todo mundo ve y repite en redes sociales y, en un mundo en el que ya casi nadie lee –y en el que quienes leen, solo leen a rockstars de las letras–, lean estas líneas).   

Mi amiga y yo acordamos vernos al día siguiente en su consultorio, a las 10:30 AM. Me voy a la cama con el oído izquierdo tapado, pensando a qué hora tendré que salir de la casa y en la ruta que más me conviene tomar para llegar a esa hora, medio leo un libro de Bono, medio me quedo dormido imaginando cómo era Berlín a principios de los noventa, cómo U2 asimiló el mundo en esa época, cómo el divorcio de The Edge y las tensiones entre él y Bono y Larry Mullen y Adam Clayton acabaron en “One”, en cuánto me gusta últimamente “The Fly”, en que nunca he sido súper fan de U2 (y, sin embargo, tengo un montón de CDs de U2), y trato de encontrar consuelo en Achtung Baby.

Hay millones de cosas que no dependen de mí. 

Repito en mi mente mi mantra de los últimos años –«No puede llover todo el tiempo»–, pero estoy tan exhausto –la sensación de tener el oído tapado no ha parado en todo el día– que lo cambio por una pregunta: «¿Puede llover todo el tiempo?».

sábado, junio 20, 2026

no escucho nada más


    
    Como casi a diario, independientemente de que tenga, o no, que salir a la calle, me desperté a las 6 AM. Desde hace unos años, soy la clase de persona que sigue esta «rutina» y que ni siquiera en Noche Buena o en Año Nuevo, ni en ningún otro día de asueto o en vacaciones –ni mucho menos el día de su cumpleaños– se despierta más allá de las 6 AM. 

    Ya hice mil cosas, ya me medí la glucosa, ya les di comida blanda a Yoko, a Jackson y a Gatusso, ya les cambié el agua de sus recipientes, ya les recogí la arena, ya jugué un rato con ellos, ya leí unos minutos esta infumable novela (pretenciosa) de Vila-Matas (tal vez no es el mejor momento de mi vida), ya ojeé algunas páginas del gigantesco libro de Bono que estoy leyendo desde diciembre del año pasado, ya salí a tomar el sol, ya me topé con algunos vecinos con problemas de mantenimiento de sueño como yo, ya son las 8 AM.

    Ahora solo quiero tomarme unos minutos de descanso, olvidarme de mis problemas por unos minutos –que la salud de Jackson no mejora, que el Ondansetrón, la Mirtazapina y el Ipakitine no están funcionando; que ya casi no come ni toma agua; que debo cumplir con mis obligaciones fiscales; que debo hacer varios trámites burocráticos y resolverlos hoy mismo, porque hoy mismo me los pidieron; que debo terminar de organizar estas treinta y tantas páginas de análisis estadísticos y escribir en inglés técnico y científico la sección de datos de este nuevo paper en el que estoy trabajando desde hace un mes–, pero apenas me acomodo en la silla para tomar el sol en la terraza, lo único que escucho es el motor de la aspiradora del vecino; otra vez está limpiando su auto, es todo un ritual que no suele llevar a cabo todos los días de la semana, ni siquiera todos los fines de semana de cada mes, excepto esta semana. Ya perdí la cuenta pero tal vez es la tercera vez que lo hace.

    A veces, cuando salgo a correr, el vecino de la casa 48 está en las mismas condiciones que el vecino de la casa 60: lavando su propio auto con una placer que me resulta totalmente inconcebible.

    Otras veces a estos dos vecinos se les une alguien más con una podadora en el jardín de otra casa y, entonces, cuando paso cerca de ellos, no escucho nada más que los motores de sus máquinas. Sepultan la música que traigo en los audífonos y en la cabeza. Todo esto también puede coincidir con el motor de un avión que pasa volando encima de los tres, justo en ese momento. O puede coincidir con el motor de un tráiler que lleva decenas de toneladas y miles de jerseys piratas de la selección mexicana de futbol y que circula por alguna avenida. O puede coincidir con el motor de una motocicleta de un Lorenzo Lamas que “ha salvado el día” y que vuelve a casa. (¡No soporto el ruido de los motores de las motos!, ¿en qué piensa una persona cuya máxima motivación, aparentemente, es subirse a una moto y hacer que gruña el motor de su moto...?)

Los terribles sonidos de todas estas máquinas me desquician, convierten un segundo en un infierno sin fin –ttrrr, ttrrr, ttrrr, ttrrr–, excavan con sus motores en las profundidades de mis membranas timpánicas, me enfurecen, me sacan de mis casillas, y no puedo dejar de pensar cómo todos estos sonidos cambian la presión atmosférica, aumentándola y disminuyéndola brutalmente. Tampoco puedo dejar de pensar en cómo todas estas vibraciones de aire entran por mis canales auditivos y hacen que mis huesecillos del oído medio enloquezcan. Es inevitable no pensar en todo esto porque todos estos temas forman parte de los temas que estudio por trabajo o por diversión, son ideas que constantemente están en mi cabeza, no googleo sobre estos temas para volarle la cabeza a nadie con mis conocimientos.

Además de que no suelo levantarme de la cama más allá de las 6 AM porque ya no puedo dormir, soy la clase de persona a la que le incomodan los ruidos en exceso. Aunque escucho música todos los días (¡no todo tipo de música!) y no podría vivir sin escuchar música, siempre traigo mis audífonos con cancelación de ruido o siempre que escucho música en mi casa, lo hago a un volumen moderado. A diferencia de algunos vecinos con quienes he tenido que lidiar en los distintos departamentos o fraccionamientos en los que he vivido, no me interesa que nadie descubra mis gustos musicales. 

Ocasionalmente escucho un zumbido en el oído izquierdo, ocasionalmente tengo tapado el oído izquierdo, la otorrino ya me dijo que la trompa de Eustaquio “está un poco tensa”, que no estoy quedándome sordo, que mi sistema auditivo no está dañado, que lo que tengo tiene un nombre —ototubaritis—, y sospecho que la ototubaritis aparece justo a la mañana siguiente de un día del carajo en el que estuve enojándome por las cosas que tengo que hacer con personas tóxicas, cuando, por ejemplo, me piden tramitar el mismo documento 4 veces, o resolver un arduo trámite que implica pedirles su tiempo y paciencia a dos o tres personas el mismo día que me piden resolverlo, para que, al final, insinúen que todo es por mi culpa y no por su incompetencia. 

Sospecho que la ototubaritis aparece cuando estoy tenso, cuando he pasado toda la noche apretando la quijada (sin darme cuenta), cuando Jackson apoya su cuerpo en mi brazo izquierdo y pasa la noche conmigo en esa posición y estoy preocupado por él y no quiero aplastarlo y me frustra que esté enfermo y que los medicamentos no estén funcionando y me pregunto por qué seres tan puros y bellos como él tienen que enfermarse y por qué personas del carajo viven muchos años, como Mumm-Ra, el Inmortal.

La ototubaritis no es tinitus. He estado en conciertos muy ruidosos –el de Pantera de 1996 ó 1997 en El Palacio de los Deportes, por ejemplo–, pero esto es totalmente diferente. Y mi aversión al ruido no tiene nada que ver con que soy quisquilloso. El ruido me molesta, me satura, es como una bomba de tiempo en mi cerebro. Y me refiero al ruido de las máquinas, y también a la música a todo volumen de los vecinos. 

    ¿Por qué estamos tan acostumbrados al ruido forzado, a la contaminación auditiva...?, ¿hay algo fascinante en aspirar los asientos de un auto y en usar una poderosa podadora cada tercer día...?, ¿estas actividades son terapéuticas para los dueños de los autos y para quien poda el jardín...? Tal vez no estoy entendiendo nada. 


Bleach your works

Trato de sacarme de la cabeza unas ideas que me desquician y entonces imagino cómo era esa campaña de concientización sobre el VIH a finales de los 80, mientras Nirvana recorría la Costa Noroeste de EEUU en una van y trasnochaban en casas de gente a la que habían conocido horas antes en algún concierto, cuando el lanzamiento de su álbum debut era inminente y aún no habían decidido cómo lo llamarían ¿Too many humans?–, y se topaban en las calles de San Francisco con la publicidad de esa campaña –Bleach your works– y entonces Kurdt Kobain –así aparecería en los créditos del álbum debut de Nirvana–, tuvo un insight.

También imagino esa atmósfera apocalíptica y gris de finales de los 80, el fin de la era de Reagan y de su campaña antidrogas y de la guerra fría; imagino la guerra del Golfo cocinándose para la administración de Bush, y también imagino a Jason Everman fungiendo como mecenas de Nirvana –no tocó ninguna canción en Bleach pero absorbió los $600 USD que costó la grabación del álbum en los Reciprocal Studios de Jack Endino y apareció en los créditos– y como segundo guitarrista de la banda, en algunos conciertos de la gira de Bleach, antes de que Cobain lo despidiera por “diferencias artísticas” (básicamente por su estilo metalhead) y se convirtiera en bajista de Soundgarden y, eventualmente, abandonara la música para enlistarse en el ejército de EEUU y luego ser condecorado como “héroe de guerra” por combatir en Irak.

También divago y me imagino a mí mismo escuchando Bleach el mismo año de su lanzamiento, tal vez el día de mi cumpleaños, en los walkman Aiwa que mi papá acababa de regalarme; me veo a mí mismo colocando el cassette y dándole play y adentrándome a ese álbum publicado el 15 de junio de 1989; en mi viaje, “los tíos de EEUU” vinieron de visita a México en diciembre de 1989 y me trajeron de regalo de cumpleaños ese cassette de SubPop –nada más lejano de la realidad: ni yo era tan importante para ellos, ni éramos tan apegados, ni tenían idea de que me gustaría “el sonido Seattle”; habría sido más probable que me regalaran un álbum “Tex-Mex” o algún Amo del Universo difícil de conseguir en México–, pero sigo divagando –todavía no logro sacarme de la cabeza estas ideas que me desquician: enfermedades, deudas, trámites burocráticos– y también imagino cómo me voló la cabeza ese álbum en ese mundo ficticio, cuántas veces escuché “Blew”, “Floyd The Barber”, “About A Girl”, “School”...

Pero, en fin, la verdad es que en diciembre de 1989 –cumplo años el 20 de diciembre y “los tíos” regularmente venían de visita a México para las fiestas de fin de año– todavía estaba en la primaria, y, aunque mis primos son más grandes que yo, no éramos muy cercanos (ahora tampoco lo somos), y, además, según yo, a finales de los ochenta, ellos no escuchaban a bandas de Seattle; más bien, creo que les gustaba el rock en español –desde La Maldita Vecindad y Héroes del Silencio, hasta Caifanes, Fobia y Maná– y quizá uno de ellos escuchaba a Scorpions y a Guns N' Roses –lo sospecho porque medio recuerdo haberlo visto algunas veces con playeras de Scorpions o de Axl Rose–, y ninguno podría haber despertado mi curiosidad por Nirvana.

Lo más seguro es que en diciembre de 1989, la música no fuera tan importante para mí, que escuchara (accidentalmente) a todos esos grupos y artistas pop que mi mamá ponía en la casa –Miguel Bosé, Mecano, Pandora, Flans, Yuri, Amanda Miguel–, y sé que no me perdí el estreno mundial del video de “Bad” de Michael Jackson y que veía alguna que otra caricatura de la programación del canal 5, y que por las tardes una que otra vez me sentaba en la sala junto a mi mamá y la acompañaba a ver por televisión alguno de los melodramas del canal de las estrellas –¿La casa al final de la calle?, ¿Luz y sombra?–; sé que no veía partidos de futbol por la tele; seguramente, me shockeaban las películas de Freddy Krueger –¿a quién se le había ocurrido que un personaje se te apareciera en tus sueños y que tus pesadillas podían matarte?–, no dejaba de jugar con la consola Sega –mi papá acababa de comprarla, y era toda una novedad– y la idea de tocar una guitarra ni siquiera había cruzado mi mente.  

Según yo, en 1989, Los Simpson tenían poco tiempo al aire en la tele mexicana y casi religiosamente cada domingo veía alguna VHS –¿o Betamax?– que mi abuelo o que mi papá conseguían “por ahí”: Robocop, Last Recall, Nico, Back To The Future, Nightmare On Elm Street... Mi vida era muy diferente a lo que es ahora.

Hace unos días Bleach cumplió 37 años y, más o menos cada año que ha transcurrido desde que soy consciente de este álbum, reflexiono sobre dos o tres cosas de mi vida y sobre lo importante que es la música para mí. Este año no es la excepción: me acuerdo de cuando compré mi primer ejemplar de Bleach en el Tianguis de San Juan –antes de que la gentrificación y que “el turismo de barrios” pusieran al Tianguis de San Juan “en órbita”, cuando lo compré ya estaba en la prepa y ya había escuchado el MTV Unplugged In New York, Nevermind e In Utero, y apenas sabía tocar en la guitarra algunas partes de algunas canciones de Nirvana –“Smells Like Teen Spirit”, “Come As You Are”, “Pennyroyal Tea”, “About A Girl”– y lo compré en el puesto de un tipo que también tenía un puesto en el Tianguis del Chopo, el tipo vendía álbumes de bandas del “sonido Seattle”, pero, sobre todo, de Pantera y de Anthrax y de Sepultura y de Metallica y de Black Sabbath, y de esa clase de bandas, el sujeto era totalmente un metalhead: cabello largo, por debajo de los hombros, y bien cuidado, pendientes en ambos lóbulos, brazos tatuados...  

Cuando reflexiono en estas dos o tres cosas sobre mi vida, también me acuerdo de esas “tardes mágicas” y ociosas, cuando volvía de la prepa a la casa de mis papás, la casa estaba vacía, y me encerraba en mi recámara y escuchaba Bleach de principio a fin, y medio tocaba por intuición alguna canción de Bleach en la guitarra, medio pensaba en cómo sería tener mi propia banda, en cómo sería componer una canción, escribir la letra de una canción, pensaba en cómo serían los ensayos, en cómo sería lanzarme a la batería al final de un concierto, como Kurt en esa fotografía que quedaría inmortalizada en mi mente, que pasaría a la posteridad de mi memoria, que se convertiría en un archivo permanente de mis pensamientos, que tomó Tracy Marander y que acabó en el booklet de Bleach.

¿Sería quién soy este día de junio del 2026, si hubiera escuchado ese álbum hace 37 años?

viernes, junio 19, 2026

¿Sabes por qué te puse Jax?


  

Me sentía del carajo, Lizzie estaba exhausta, ella tenía un trabajo de 8 AM a 7 PM, de lunes a viernes, en una agencia aduanal, y los sábados trabajaba desde casa, siempre tenía que estar al pendiente de su teléfono. Pero no todo era tan denso. Yoko y tú tenían poco tiempo con nosotros, y Gatusso estaba tan feliz de tenerlos, siempre había sido un gato único, yo tenía mucha libertad en el postdoc y sin embargo me sentía del carajo porque prácticamente cualquier bebida o alimento me caía mal, ningún médico había dado con el diagnóstico correcto ni admitido que no tenía ni idea de qué me estaba pasando; me había adherido a mis tratamientos durante casi un año, había cambiado mi dieta rotundamente, y mi salud no mejoraba. Era tan desgastante.

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, veía Sons of Anarchy en Netflix –por esa época también empecé a ver Vikings; después de lo insoportablemente esclavizantes que fueron los últimos meses en el PhD, tenía tiempo para ver series de televisión–, me había enterado de los cameos de la serie –Marylin Manson, Dave Navarro, Stephen King– y dos o tres cosas de la trama, la música de la serie también sonaba intensa. 

Ese sábado del que me estoy acordando justo en este momento, Liz estaba acostada junto a mí, en el sillón frente a la tele. Gatusso, Yoko y tú probablemente estaban en el otro sillón, tenían una casita de mimbre y dos camas para gato pero solían echarse a dormir en el otro sillón. Ella estaba profundamente dormida y yo me bebía dolorosamente una cerveza, a cada trago carraspeaba y tosía, y me acordaba de nuestra vida reciente en Xola, entonces terminaba el PhD y tomaba alcohol y fumaba excesivamente para lidiar con el estrés. Ya tenía 4 papers de investigación original publicados como primer autor en revistas internacionales evaluadas por pares y ya había impartido casi 4 años de clase como profesor de asignatura en la UNAM y compaginaba estas actividades (y muchas otras más) con los veintitantos seminarios semanales de mi tutor, pero para él “yo sólo seguía instrucciones” y “le cagaba mi falta de iniciativa” –aghh, manipulador–, y no tenía ningún reparo en decirlo frente a todos los estudiantes de pregrado y posgrado de su laboratorio –parecía que se alimentaba de la humillación pública– y mi único escape era beber y fumar todos los fines de semana hasta perder el conocimiento.

Ahora mismo puede ser cualquier noche de la segunda o tercera semana de junio del 2026, el mundial de futbol tiene unos días de haber comenzado, y te tengo sentado en mis piernas, me gustaría asegurar que se trata del viernes 19 de junio del 2026 pero mi mente es un caos, no sé ni qué día es hoy, y lo que importa es que estás conmigo, y que te acercaste a mí y te acomodaste en mis piernas; que, de alguna forma, en estas últimas semanas me he convertido en tu refugio. Faltan pocos días para que cumplas 11 años. 

Ahora mismo van a dar las 10 de la noche, acaba de caer una tormenta, vemos un partido de futbol por la tele –podría tratarse de Escocia vs Marruecos, podrían jugar en Boston– y no puedo evitarlo, recuerdo cuando estabas en tu prime, siempre te preocupabas por tus hermanos y por Lizzie y por mí cuando caía una tormenta, me acuerdo mucho de cómo te asomabas por las ventanas y veías la calle, a veces los árboles se movían de un lado a otro, a veces caían relámpagos a varios kilómetros de distancia, a veces granizaba, y todo eso te inquietaba y movías las orejas y la cola y adoptabas una posición de alerta, pero son casi las 10 de la noche de una tarde de la segunda o tercera semana de junio del 2026, faltan pocos días para que cumplas 11 años y he tenido una neblina mental todo el mes y no sé qué día es y no recuerdo si hace rato jugaron Escocia vs Marruecos en Boston pero estoy seguro de que tú y yo vimos por la tele algún partido del mundial 2026 –los comentaristas son insoportablemente frívolos, no paran de dar datos irrelevantes sobre las espinilleras de tal o cual jugador, de decir cuánto tiempo hace que Messi no va a una barbería de Buenos Aires, cada 3 minutos tienen que hablar de dinero, de a cuánto asciende el sueldo de Mbappé–, y Lizzie está en la cocina preparándote tus fármacos para reducir los niveles de fósforo, a ti no te gusta nada eso, supuestamente saben súper amargos, hemos visto que ya le tienes aversión a la comida, que asociaste el sabor de esos fármacos con la comida –la otra forma de darte los fármacos es vía oral, con una jeringa, pero esa vía es súper intrusiva y podría hacerte daño–, y para distraerme de todo este estrés que hemos vivido desde que nos dijeron que tienes disfunción renal, se me ocurrió poner en la tele el capítulo piloto de Sons of Anarchy, y fue así como todos estos recuerdos llegaron a mi mente, ¡cuánto quisiera volver a ese sábado del que me estoy acordando en este momento, cuando éramos una familia perfecta!, cuando el único enfermo era yo –preferiría volver a verte saludable, corriendo de un lado a otro por la casa, mirando por la ventana una tormenta, y ser yo el enfermo otra vez; preferiría volver a ser víctima de humillación pública en un laboratorio de la facultad de medicina, pero tenerte saludable y travieso y lleno de vida–, ¿sabes por qué te puse JAX?

sábado, mayo 23, 2026

El cliché de los intelectuales del rock (¡que están hartos del cliché de Kurt Cobain!)

                             


También estábamos en las vísperas de un mundial, excepto que, a diferencia de hoy, una que otra vez aún veía algún partido de futbol por la tele, no estaba completamente decepcionado de la academia, no corría al menos 30 kilómetros a la semana y no era SNII 2. Tampoco había vivido la experiencia de ser Profesor Visitante durante 3 años y luego concursar por contratos temporales de 2 trimestres al año y casi 20 horas de clase frente a grupo a la semana (¡durante otros 3 años!), pero estoy desviándome del tema... 

En vísperas de Rusia 2018, mientras terminaba mi postdoc y les contestaba a los referees de mi primer paper “oficial” como autor corresponsal, tomé un receso y me encontré en alguna red social un anuncio de la presentación de esta novela, llamada Guitarra Jaguar, en la librería Mauricio Achar de Gandhi.

El título de la novela no fue lo que me llamó la atención, sino su portada: una acuarela con “una especie del Kurt Cobain” del Live N' Loud de MTV de 1993, pero sin rostro, sujetando una guitarra Jaguar. Leí el anuncio y eventualmente compré la novela y empecé a leerla. Era la historia de un aspirante a estrella de rock, obsesionado con una guitarra de Kurt Cobain. 

Como soy “fan” (pero no un loco fan) de Kurt Cobain y de Nirvana (y no pienso que Nirvana sea la mejor banda del mundo, simplemente me gusta su música y, de hecho, me caen mal los –locos– fans promedio de Nirvana y de Kurt Cobain, que defienden a Nirvana a ultranza y que especulan veinte mil cosas sobre Kurt Cobain, en foros de internet), la leí en un par de días. 

La novela tenía buen ritmo, una trama entretenida y bien contada. Tenía varios capítulos sobre “guitarras míticas” de otras estrellas de rock y referencias a algunas canciones de Bleach –el álbum debut de Nirvana–, al animismo —cómo las guitarras se convierten en “objetos de poder”— y a algunas leyendas urbanas sobre el paradero de la Jaguar '65 con la que Kurt Cobain grabó varias canciones de Nevermind.

Entre los fans de Kurt Cobain, la Jaguar '65 es “una guitarra mítica” no sólo porque su participación en el sonido del álbum que lanzó a la fama a Nirvana, sino porque, además de ser una guitarra para zurdos (difíciles de encontrar y mucho más costosas que una guitarra para diestros), supuestamente, cuando Kurt la compró, con un adelanto del contrato que Nirvana firmó con Geffen por ahí de abril de 1991, la Jaguar ya tenía todas las modificaciones que matizaron el sonido de Nevermind –un par de humbuckers DiMarzio, un puente Adjust-O-Matic y un diapasón de palisandro con escala corta de 24 pulgadas; ¡uuf!, creo que sí soy un fan medio loco de Kurt Cobain–, y había pertenecido a un músico de los 70 y Kurt la encontró en un periódico en el que salían anuncios de instrumentos de segunda mano.

El jueves 17 de mayo el tráfico estaba muy pesado y llegué a la librería 10 minutos después de la hora. Eso me agobió un poco, porque no quería perderme la presentación de la novela, tenía curiosidad por saber quién era el autor de Guitarra Jaguar, a quién se le había ocurrido escribir una novela sobre una guitarra de Kurt Cobain y presentarla precisamente en una temporada de fiebre por el futbol. 

En las escaleras eléctricas rumbo al primer piso de la librería Mauricio Achar, donde está el Foro Expresarte, me encontré a Burgerman –tal vez lo conoces como el ex gerente de Reactor 105 y guitarrista de Moderatto; tal vez no lo conoces porque sus hermanos son el fundador de Bon y los enemigos del silencio, y el fundador del Instituto Mexicano del Sonido–, y, ahora que lo pienso, en retrospectiva, eso pudo ser una señal de lo que nos esperaba en la presentación: uno de los presentadores llegaba tarde al evento, muy tranquilo, sujetando a una chica de la mano y bromeando con ella: o no le interesaba realmente el evento, o estaba en su hábitat

Afuera del Foro Expresarte había una enorme cartulina con la portada del Kurt Cobain sin rostro, y Erick de Kerpel posaba junto a ella, mientras un fotógrafo hacía su trabajo. Ya adentro del foro, me senté en la tercera o cuarta fila, y había alrededor de 50 personas, y no sé por qué, pero me dio la impresión de que la mayoría eran muy cercanas al autor, algunos lo saludaban con mucha familiaridad y otros incluso le decían que les regalara un ejemplar de la novela. A lo mejor esa pudo ser otra señal: ¿qué tal si la presentación de Guitarra Jaguar era una presentación ad hoc para amigos y familiares...?

Como 20 minutos después de la hora, llegó Rulo, otro de los presentadores –quizá lo conoces porque fue uno de “los conductores estrella” de Reactor 105 a principios de los 2000 y porque, en general, es una “especie de gurú del rock” para mucha gente– y entonces comenzó el evento. Un hombre de traje (¿un ejecutivo de Suma de Letras, la editorial que publicó la novela?) subió al estrado y tomó un micrófono y dijo brevemente quiénes eran el autor y los presentadores de la novela. Acto seguido, Marcello Lara –Burgerman, por si no sigues la historia– tomó la palabra y lo primero que dijo fue que la premisa de la novela le había parecido un poco ordinaria y que estaba un poco cansado de “la leyenda de Kurt Cobain” y que, por esa razón, honestamente, le había costado trabajo decidirse a leer Guitarra Jaguar.

Rulo dijo más o menos lo mismo. Palabras más, palabras menos, ambos, en lugar de hablar de la novela, dijeron que estaban un poco hartos del cliché de Kurt Cobain y del estereotipo del adolescente aspirante a estrella de rock, como el protagonista de Guitarra Jaguar

Luego divagaron más y dieron ejemplos concretos de por qué estaban hartos del cliché de Kurt Cobain, e incluyeron una que otra anécdota de fans locos de Kurt Cobain que habían conocido en Reactor 105 y que estaban obsesionados con la muerte de Kurt Cobain. 

Creo que Marcello Lara dijo que les preguntaban cosas como: «¿Tú crees que Courtney Love contrató a alguien para que matara a su marido...?», «¿Michael Stipe y Kurt Cobain tenían planeado grabar un álbum juntos...?», «¿había un ejemplar de Automatic For The People en el invernadero donde la policía halló su cadáver...?», «¿Duff McKagan encontró Kurt Cobain en el Aeropuerto de Seattle, cuando recién se había fugado del centro de rehabilitación...?»

Luego, comparó esta novela con ¡The catcher in the rye! y divagó sobre libros de la Stratocaster de David Gilmour. Rulo divagó sobre Morrisey y The Smiths. Erick de Kerpel confesó que el grunge no le gustaba; que él prefería ¡el nu metal

Después de todo, fue una presentación divertida, con todo y los clichés de los rockstars y de los presentadores. 

Hubo una sesión de preguntas y allí pedí la palabra (luego te cuento qué pregunté y qué dijo Rulo cuando interrumpió mi pregunta), y al final de la presentación Erick de Kerpel me firmó su novela (me escribió una dedicatoria, me preguntó mi nombre, me dijo que su papá se llama como yo..., pero eso también te lo cuento después, en un texto más trabajado) y al cabo de unos días escribí una crónica sobre la presentación de Guitarra Jaguar en uno de mis blogs y se la compartí a Erick de Kerpel en Twitter, pero ésa es otra historia.

A pesar de lo que dijeron Rulo y Marcello Lara, para mí, Guitarra Jaguar no es una novela sobre el cliché de Kurt Cobain: es una novela de un aspirante a rockstar (de hecho, no le gusta tanto Nirvana, y, según yo, eso es muy original) que se obsesiona con una guitarra de Kurt Cobain. 

La novela quizá cae en algunos lugares comunes, pero está bien contada, tiene una buena estructura. Podrías leerla en un par de días.

— — —

*¿Quieres spoiler?
Guitarra Jaguar abre con una cita de Robert Johnson –el músico de blues que supuestamente le vendió su alma al diablo y que desapareció de la faz de la tierra a los 27 años de edad–, y tiene capítulos sobre el animismo y “las guitarras míticas” de algunas estrellas de rock. 

Comienza con Tobías Goldstein –un tipo sin talento musical que está por cumplir 27 años– da un terrible concierto con su banda, Los Heartbeasts, el publicó los abuchea y les arroja botellas de cerveza, Tobías quiere renunciar a su banda y se toma unos tragos allí mismo y un bar tender lo consuela y le dice que él le sirvió unos tragos a Kurt Cobain antes de que fuera famoso, cuando a Nirvana también la abucheaban y le arrojaban botellas de cerveza y luego le cuenta una leyenda de la Jaguar '65 de Kurt Cobain. Tobías Goldstein se obsesiona por encontrarla. Realmente no le gusta Nirvana, pero se convence de que la guitarra le conferirá poderes y lo convertirá en un rockstar. La novela es todo lo que le ocurre y todo lo que pierde y todo lo que descubre sobre sí mismo el protagonista en la búsqueda de la guitarra, ¿la leerías?

domingo, marzo 22, 2026

30 segundos de tu atención




Me despierto de un sueño que fue como un puñetazo en el estómago, de pronto nada tiene sentido en esa frontera entre la realidad y los sueños, lo que soñé se va borrando como los recuerdos resacosos de una borrachera, Gatusso me mira desde la puerta de la recámara, nuestras miradas se funden en una sola, maúlla, no quiero levantarme todavía de la cama, quisiera quedarme otro rato, imaginar por un rato que no tengo más responsabilidades que ir a la escuela, que tengo todo el día libre, que puedo pasar toda la tarde después de la escuela escuchando música, pero Gatusso persiste, de los 3 gatos es el gato más impaciente, en cuanto se da cuenta de que ya desperté –tiene un sentido tan agudo para detectarlo, parece que sabe exactamente a qué hora despierto o que sabe distinguir cómo cambia mi respiración cuando despierto– empieza a maullar, es como un bebé al que le faltan comida y agua.

Cierro los párpados, rompo mi contacto con la mirada de Gatusso, el sueño ya está sepultado en un lugar muy lejano, ya dejé atrás la frontera entre la realidad y los sueños, tengo 3 días sin revisar mis redes sociales, estoy por cumplir casi 90 horas sin revisar mis redes sociales, es un pequeño logro, he adquirido el hábito de checar mis redes sociales en piloto automático, y tampoco tiene sentido: el contenido más común en redes sociales es como esa frontera entre la realidad y los sueños, en Facebook, por ejemplo, desde hace más de medio año básicamente no veo posts de gente real, sólo aparecen Digital Creators en mi feed, gente que quién sabe de dónde salió pero que sólo sigue a 10 “personas” y que tiene millones de followers y que comparte reels sin ninguna importancia –«Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología»–, desde hace más de medio año se ha vuelto una red aburrida, nadie comparte nada relevante, casi exclusivamente fotos en las que posan con la Torre Eiffel o con la Fuente de Trevi o con el Coliseo Romano... casi exclusivamente cosas que el dinero puede comprar, casi exclusivamente cosas materiales. 

De pronto desapareció el contenido de personas «reales» en Facebook, y, sin embargo, casi todos los días, en cuanto me levanto de la cama (o, peor aún: en cuanto me despierto), me meto a revisar Facebook y me encuentro lo de siempre: «Así está quedando el Estadio Banorte tras su remodelación...», «¡No te pierdas esta oportunidad: ¡tú también puedes certificarte para capacitar a las empresas y cobrar por tu conocimiento!», «Banda, aquí va una lista de mis lugares top para pasar un finde súper en compañía de tus amigos...», «Se me metió un Paco Palencia en el ojo», «Sí: esto lo confirma la ciencia», «Este es mi top 5 de las cosas que dejé de comer cuando acabé un posgrado en toxicología». En otras redes sociales el asunto es similar. Si le preguntas a una IA por qué usamos las redes sociales, te dice que nos sirven para «compartir experiencias, para comunicarnos y para “dejar huella” de nuestra era», ¡claro!, están hechas para complacernos, para hacernos sentir lo más top de lo más top, no nos dirían que están hechas para volvernos dependientes, para provocar mini explosiones de dopamina cada segundo, para lucrar con nuestro tiempo y moldear nuestros intereses, para crearnos falsas expectativas, para manipularnos, para vendernos lo que sea, para reducir nuestra capacidad de atención y nuestra paciencia –en mis redes sociales abiertas, según los datos de distintas apps, en promedio, los usuarios ven mis reels ¡nada más 30 segundos!, así que no importa realmente lo que diga: en promedio los internautas que ven mis reels sólo los ven 30 segundos... y no es que me importe estar en tendencia, por supuesto que en mis redes sociales privadas soy prácticamente invisible, hay una regla implícita en las redes sociales: si un internauta «te conoce» personalmente, por supuesto que sabe que no tienes nada importante que decir.

Ni siquiera entiendo por qué «creo contenido», las redes sociales no son mi hábitat, me hacen sentir como cuando tenía que participar en el bailable de un festival escolar en la primaria –¡no nos tienen que gustar los festivales a todos!, ¡bailar no nos tiene que volver locos a todos!–, cuando no sospechaba que tengo un nivel moderado de autismo y me culpaba a mí mismo por no sentirme como los demás, por no conectar con los demás, por sentirme abrumado ante la idea de compartir un espacio físico con otras personas, por estar pensando obsesivamente cómo serían los siguientes 10 minutos de mi vida en un lugar lleno de gente, pero siempre me ha gustado crear: escribo desde que aprendí a escribir, me he obsesionado con distintas actividades y siempre han estado relacionadas con «crear algo»; desde que aprendí a escribir, me gustaba crear historias, relatos, cuentos; cuando me interesé en el futbol, no sólo jugaba futbol 24/7 y veía partidos de futbol 24/7, sino que también creaba maquetas de estadios de futbol, canchas de futbol a escala, y cosas así; cuando entré a la prepa y abandoné el futbol, me obsesioné creando mixtapes todas las tardes, después de volver de la escuela, cuando no tenía más responsabilidades que ir a la escuela... Y así podría seguir enumerando distintas actividades que han involucrado «crear algo». 

Desde que recuerdo me ha gustado crear cosas, en distintas etapas de mi vida me he obsesionado con distintas tecnologías –para crear equipos de futbol en un videojuego, para crear videos en una app de la laptop, para crear pistas de audio con un software gratuito en internet, para crear un blog que es como una novela que es un blog...–, y, desde hace un año más o menos, fortuitamente, me encontré «creando contenido» en dos redes sociales abiertas, sorprendentemente tengo casi 2 mil seguidores a pesar de que (obviamente) no soy una celebridad ni nunca he invertido un centavo en mis redes sociales, a pesar de que nunca subo contenido que esté en tendencia, a pesar de que sólo comparto información sobre el SNII, sobre la academia, sobre cómo es ser SNII2 sin haber tenido nunca un contrato de base, sobre cómo es sobrevivir como académico en un país tercermundista, o sobre libros que me gustan o temas de neurociencias en los que no soy un novato, tengo casi 2 mil seguidores en dos redes sociales abiertas a pesar de que nunca uso apps para crear contenido con grandes efectos audiovisuales y enganchar a los internautas con hacks fáciles... y a veces quisiera darme un break indefinido de mis redes sociales, no conecto con la mayoría del contenido de redes sociales, la mayoría de los internautas no conectan con el contenido que creo, no me vuelan la cabeza los podcasts, no me interesa enterarme por qué Ruzzarín o por qué Mente Creativa prefieren a Rosalía o a los Rayados del Monterrey, tampoco me atrapan los reels con grandes efectos audiovisuales ni me interesa saber qué opina tal o cual influencer sobre el tema caliente del día –«¡fíjate que El Estadio Banorte... a meses de la inauguración del mundial...!»–, no quiero escuchar a nadie aconsejarme para que «me vuelva millonario, desde mi casa, en un par de minutos», y, sin embargo, en cierta medida, soy esclavo del scroll, checo en piloto automático mis redes sociales, veo cómo la mayoría de mis conocidos comparten lo que todo mundo comparte en sus redes sociales, lo que ya es viral, veo cómo (sin darse cuenta) se han condicionado para ir con las tendencias, para abandonar Facebook, para meterse casi completamente a Instagram o a Tiktok, veo cómo han ido perdiendo su capacidad de reflexión (si es que alguna vez la tuvieron), cómo caen en los hacks de la publicidad –«¡Esto te volará la cabeza!»–, intuyo cómo ellos también checan en piloto automático sus redes sociales, aunque su capacidad promedio de atención dure sólo 30 segundos... En fin, seguramente en cuanto me levante de la cama y atienda a Gatusso, encenderé mi teléfono y checaré mis redes sociales.

 

sábado, febrero 28, 2026

love in the 90s is paranoid


Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.

Prestarle atención a esta frase de “Girls & Boys” –love in the 90s is paranoid– ha cambiado mi percepción y la canción ahora mueve algo dentro de mí y esto va más allá del concepto en el que la tenía, ya no es para mí esa canción del video que transmitía MTV en otros tiempos y en el que un puñado de adolescentes británicos la pasan bien en una fiesta, es asombroso cómo mi cognición ha modificado todos los prejuicios que tenía sobre esta canción y sobre Blur, quién sabe cuánto tiempo me obsesionaré con la canción y con Blur, en cuanto llegué a la casa le pedí a Alexa esta canción, acabo de darles Royal Canin a los gatos, estoy sentado junto a Alexa y me concentro en la canción, a ratos releo otra vez este capítulo de Cómo entrevistar a una estrella de rock en el que Fernando García entrevista a Damon Albarn y la canción se va transformando en mi mente.

Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.

Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.

Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que  “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?

domingo, febrero 08, 2026

but I don't wanna talk, I only wanna listen

Sobrevivía a una mala temporada, a casi dos años de visitas a gastroenterólogos, a casi dos años de fármacos, diagnósticos fallidos y endoscopías que terminaron en una cirugía, sobrevivía a casi medio año de náuseas matutinas y de mononeuropatías provocadas por tantos fármacos, sobrevivía a casi medio año de odiar mi existencia, de sufrir ataques de pánico a la mitad de la nada, sobrevivía a la convalecencia de la cirugía, sobrevivía a una terrible faringoamigdalitis, estaba tumbado en la cama, lidiando con los escalofríos, como un junkie en abstinencia, apenas hablando lo indispensable sin sentir malestar y tomando líquidos como loco y evitando sales y grasas, cuando me encontré un video de Kurt Vile en YouTube.

Era un tipo alto y con el cabello largo y quebrado, nunca lo había escuchado, tenía una voz estilo “lazy”, como que cantaba despreocupadamente y arrastraba las palabras, también tocaba una Jaguar como la que hizo famosa Kurt Cobain a principios de los 90, y vestía Levi's y una camisa de leñador, y su banda –conformada por un baterista, por un bajista, y por un guitarrista que también hacía efectos con un sintetizador– lo acompañaban en una canción hipnótica en la que destacaba un arreglo de la guitarra eléctrica, su música sonaba a “indie-folk-oscuro” y esa canción en particular movió algo dentro de mí.

Había contraído faringoamigdalitis a mediados de octubre, estuve así durante casi todo el mes y volví a enfermarme por ahí de la segunda semana de diciembre, al salir de una cena de fin de año en casa de una colega de la universidad, tenía más de un mes en convalecencia cuando descubrí a Kurt Vile, no había salido a la calle en toda la semana, incluso yo, que no soy tan nómada y puedo estar encerrado en la casa muchos días, estaba mortalmente aburrido, sintiendo escozor en la garganta y en los ojos, con la nariz llena de mocos, con debilidad muscular, y esa canción sonaba a bienestar, hizo que pensara en que no podía estar enfermo toda la vida, en que me acercaba a la luz al final del túnel.


Llegué al canal de KEXP casi por accidente, a lo mejor atraído por el aspecto del sujeto de cabello quebrado y largo, a lo mejor atraído por su vestimenta, a lo mejor atraído por su Jaguar, a lo mejor mi estado de sopor hizo que sintiera que su música movía algo dentro de mí, que me pareciera “hipnótica” y “psicodélica”, como suelen sentirse las cosas del mundo después de que has estado enfermo tanto tiempo. La canción se llamaba “Wheelhouse” y el arreglo de la guitarra se repetía incesantemente, era la base de la canción, y se me quedó en la cabeza.
                        
Vi el video varias veces más y luego busqué información sobre Kurt Vile en Internet. “Wheelhouse” era el track #5 de B'lieve I'm Goin' Down, «el sexto álbum de estudio del compositor indie-rock estadounidense Kurt Vile», el álbum tenía algunos meses de haber salido a la venta y Kurt Vile tenía, además, otros álbumes con una banda llamada The Violators. Según Wikipedia, Kurt Vile escribía todas las letras de sus canciones, componía la música de todas sus canciones y tocaba la mayoría de los instrumentos en sus álbumes de estudio. La prensa especializada lo asociaba con artistas como Neil Young y Bruce Springsteen; de hecho, con The Violators, Kurt Vile tocaba “Downbound train”, una canción original de Springsteen, en So outta reach, un EP lanzado en el 2011 por Matador Records.

Toda esta información que encontré en Internet me intrigó, quería escuchar más música de Kurt Vile, pero eran otros tiempos, aún me resistía a las plataformas de streaming (no tenía Spotify), así que compré B'lieve I'm Goin' Down en Amazon. Cuando llegó a la casa, la faringoamigdalitis ya casi había desaparecido y estuve escuchando el álbum de principio a fin, me dio la impresión de que sonaba country y a folk, y que algunas canciones tenían ciertos destellos de optimismo, aunque la mayoría más bien sonaban melancólicas. Cuando ya había escuchado decenas de veces B'lieve I'm Goin' Down y más o menos me lo sabía de memoria y me reintegraba a mi trabajo de postdoc en la universidad, me enteré que Kurt Vile daría un concierto en El Plaza el 4 de febrero del 2017, y (obviamente) compré un par de boletos, ¿cuántas veces tienes la oportunidad de escuchar en vivo a un artista que acabas de conocer? 

El sábado 4 de febrero llegó y Lizzie y yo caminamos desde el metro Patriotismo hasta El Plaza, quién sabe por qué me acababa de cortar el cabello, me veía y me sentía tonto, casi como me sentía cuando me obligaban a cortarme el cabello casi cada quince días en la secundaria, había estado lloviendo toda la tarde, iba con ropa de invierno, no quería volver a enfermarme, y no dejaba de sentirme tonto ni de preguntarme por qué había tomado esa decisión tan abrupta de cortarme el cabello tan corto. 

Cuando llegamos al Plaza Condesa eran como a las 7 PM, y había unas cincuenta personas por ahí –entre ellas, “la reclu”, una locutora de radio que parece tener un contrato vitalicio como dobladora de los Oscars con TNT–, y también había puestos de mercancía (pirata) del concierto, y Lizzie y yo recorrimos algunos de los puestos y compramos un par de playeras y nos topamos a unos tipos que no hablaban muy bien español pero que estaban muy interesados en comprar unas gorras y unas playeras con la cara de Kurt Vile, y uno de los tipos trataba de comunicarse con un vendedor en un español muy básico.

Ese tipo se me hace conocido, le dije a Lizzie.
¿Es uno de los músicos que tocan con Kurt Vile?, me preguntó, y traté de recordar los rostros de los músicos que había visto en YouTube tocando “Wheelhouse”.

Se me ocurrió acercarme al puesto de gorras y playeras, y ayudarle a negociar al tipo extranjero con el vendedor, pero me puse a pensar en veinte mil escenarios posibles, no quería ser inoportuno ni meterme en donde no me llamaban. 

El extranjero apenas hablaba dos o tres palabras en español y sólo llevaba dólares y el vendedor no entendía gran cosa de lo que le decía y tampoco estaba seguro de cuántos dólares tendría que cobrarle por las gorras y por las playeras. 

¿Por qué no les ayudas?, me dijo Lizzie y me acerqué al puesto, pero entonces el extranjero y el vendedor ya habían llegado a un acuerdo. En ese momento tuve un insight: otro de los extranjeros del grupo se parecía mucho a uno de los músicos que había visto en YouTube durante la convalecencia y me acerqué a él (con mi corte de cabello de tonto) y le pregunté si él era el guitarrista de la banda y me contestó que sí y le pregunté si podíamos tomarnos una foto y él dijo que sí y posó con una de las gorras que el otro tipo le acababa de comprar al vendedor, así que tengo una foto con Jesse Trbovich en la que salgo con un corte de pelo de tonto. 

Lizzie y yo entramos al Plaza, y no había reparado en que tenía más de quince años que no me paraba por allí, desde mucho antes de conocer a Lizzie, por ahí de los años dos mil, cuando la UNAM estaba en huelga y
 El Plaza era un cine en el que proyectaban películas de culto, hasta un par de veces
vi una que otra película de Peter Greenaway o de Jean-Claude Lauzon, y unos tipos me siguieron varias cuadras al final de una función y me puse paranoico y prácticamente corrí hasta el metro Chilpancingo debajo de la lluvia, quién sabe quiénes eran, a lo mejor solo se trató de mi imaginación.

Volví al presente. Quién sabe desde cuándo, pero los tiempos de El Plaza como cine de culto habían quedado atrás, ahora era una sala de conciertos, creo que hasta los Melvins y Mark Lanegan ya habían tocado allí, y las butacas de la planta baja ya no existían y el primer piso era una especie de bar VIP. En ese momento había más gente en esa especie de bar que en la planta baja, tal vez la gente en esa lugar iba a pasar toda la noche bebiendo y platicando mientras Kurt Vile tocaba en vivo, como si estuvieran en cualquier otro bar de la Condesa, tal vez no. 

Lizzie y yo buscamos un buen sitio en la planta baja, para entonces ya había unas treinta o cuarenta personas dispersas en la zona general, pero todavía encontramos un espacio libre como a seis metros de distancia del escenario, casi junto a las barras de contención que separan al público de los músicos, y, justo cuando encontramos el lugar, me dieron ganas de ir al baño. 

Ahora vuelvo, le dije a Lizzie.

El concierto estaba programado a las 9 PM, todavía faltaba casi una hora, todavía nadie estaba borracho, así que la fila del baño no era muy larga. Mientras la fila avanzaba, me topé a dos o tres tipos que hablaban del Superbowl LI –el día siguiente jugarían los Atlanta Falcons contra los New England Patriots en el NRG Stadium de Houston– y que estaban convencidos de que ganarían los Pats. Otros tipos quién sabe por qué estaban en El Plaza, ni siquiera sabían quién era Kurt Vile, tal vez sólo habían ido al bar del primer piso, a conversar y a beber, con música en vivo de fondo. Llegó mi turno y oriné junto a José Manuel Aguilera, el guitarrista y cantante de La Barranca. Cuando salimos del baño, después de lavarnos las manos, nos miramos unos segundos, quería pedirle que nos tomáramos una fotografía, él quería que le pidiera que nos tomáramos una fotografía, entre los fans de los Pats y entre quienes no sabían quién era Kurt Vile (aunque estaba por empezar el concierto de Kurt Vile), nadie lo había reconocido, pero no pasó nada, me sentí incómodo, Aguilera me sonrío y me extendió la mano y tal vez se quedó esperando a que le pidiera una foto o un autógrafo.  

Volví a donde estaba Lizzie, tratando de ahuyentar esos pensamientos que daban vueltas por mi cabeza –«pudiste haber ayudado a Jesse Trbovich y compañía a comunicarse con el vendedor...», «pudiste haberte tomado una foto con José Manuel Aguilera...», «no parecen esa clase de músicos insoportables que llevan guardaespaldas a todas partes...», «pero no hiciste nada...»–, en ese momento salió al escenario el tipo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile afuera de El Plaza, acomodó algunos pedales de guitarra por aquí y por allá, y luego desapareció: formaba parte del staff  de Kurt Vile.

Otros pensamientos me dieron vueltas por la cabeza –«si lo hubieras ayudado, a lo mejor te habría conseguido un autógrafo de Kurt Vile, o el setlist del concierto...», «eres tan tonto, tu corte de cabello es perfecto para ti...»–, preferí contarle a Lizzie sobre mi encuentro con Aguilera en los baños.

Te hubieras tomado una foto con él, me dijo. 

De pronto ya sólo faltaban veinte minutos para las 9 PM y de pronto dieron las 9 PM y entonces se apagaron las luces de El Plaza y Jesse Trbovich y algunos de los extranjeros del grupo que había comprado las gorras y las playeras con el rostro de Kurt Vile salieron al escenario. Kurt Vile salió al final de todos, y el público les aplaudió a todos y la banda saludaron al público.

Kurt Vile se colocó su Jaguar y abrió el concierto con “Dust Bunnies”, el track #2 de B'lieve I'm Goin' Down. Cuando terminaron, el tipo del staff, el de la transacción de las gorras y de las playeras, salió al escenario y le ayudó a Kurt Vile a quitarse la Jaguar y a colgarse un banjo –el tipo aparentemente era el técnico de guitarra–, y la banda tocó “I'm An Outlaw”. 

“Jesus Fever” fue la tercera canción de la noche y la primera que la mayoría del público identificó, entre una canción y otra, alguien del público pidió “Wheelhouse”, pero Kurt Vile se disculpó y dijo que tendría que ser en otra ocasión. Ni hablar. Luego tocaron “Pretty Pimpin”, la canción más celebrada hasta ese momento, y varias canciones que el público sí conoció. Entonces Kurt Vile se quedó solo en el escenario y tocó “Stand Inside”, esa canción me noqueó emocionalmente, me acordé de todos mis problemas de salud de los últimos años, sentí un nudo en la garganta, que las piernas me temblaban, tuve mi momento con el multi-instrumentista de Pennsilvania, nunca había sentido una conexión tan cercana con ningún artista, con ninguna canción en vivo, y no dejaba de preguntarme qué se sentirá conectar con millones de desconocidos, con tu voz y con una guitarra acústica..., qué se sentirá que la prensa te asocie con Neil Young...

Después de esta conexión tan cercana con “Stand Inside” y de sentirme, en cierta forma, en una especie de MTV Unplugged in New York, la banda volvió a subir al escenario. Tocaron otros veinte minutos, más o menos, y se enfocaron en canciones de B'lieve I'm Goin' Down. Como a las 10 PM cerraron con “Downbound Train” –el cover de Bruce Springsteen que tocan en So outta reach–, con “Baby's Armsy con una larga sesión de feedback.

Las luces de El Plaza se encendieron poco a poco y poco a poco la gente salió del recinto y 
el técnico de guitarra apareció otra vez en el escenario y tomó del suelo el setlist y se lo entregó a una persona del público. «
Si lo hubieras ayudado a comunicarse con el vendedor hace rato, a lo mejor te habría entregado el setlist a ti», pensé. 

Este concierto ocurrió hace casi 10 años.