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martes, junio 15, 2021

Bleach (1989)


Hace 32 años la disquera independiente SubPop publicó Bleach. Supuestamente el título del álbum debut de Nirvana proviene del slogan “bleach your works”, que formaba parte de la campaña publicitaria de concientización sobre el SIDA en Estados Unidos, a finales de los ochenta, dirigida a los heroinómanos, conminándolos “a limpiar con lejía” su parafernalia para controlar la propagación del virus. En algún libro cuentan que a Kurt Cobain se le ocurrió titular así al álbum, mientras la banda estaba de gira y circulaban en la camioneta de Krist Novoselic por las calles de San Francisco y se encontraban anuncios con este slogan en cada esquina de la ciudad.

Bleach fue grabado en el estudio Reciprocal Recording de Jack Endino –un productor conocido por su trabajo con otras bandas que tenían contrato con SubPop, como Mudhoney y Soundgarden–, en Seattle. A pesar de que Nirvana apenas comenzaba su carrera, ya tenía cierta reputación en Olympia, Washington, e incluso ya habían intentado firmar con otras disqueras, como K Records y Touch & Go. La experiencia que habían adquirido al tocar en clubes y en algunas fiestas, les permitió llegar al estudio de grabación de Jack Endino con una buena cantidad de horas de ensayo acumuladas y grabar la mayoría de las canciones de Bleach en una sola toma, en treinta horas y en cuatro sesiones, entre diciembre de 1988 y enero de 1989.

Puesto que Bruce Pavitt –uno de los propietarios de SubPop– no consideraba a Nirvana una de las mejores bandas de su sello discográfico –apostaba más por otras bandas nuevas, como Tad y Blood Circus– y no confiaba en las decisiones de la banda, incluso se involucró en la secuencia de las canciones de Bleach y esta situación demoró el lanzamiento del álbum hasta junio de 1989. 

En el mismo sentido, aun cuando las producciones de las bandas estelares de SubPop no superaban los $1000 dólares, y el costo, excepcionalmente, lo absorbía la disquera –o les “prestaba”, como anticipo, el dinero a las bandas–, la grabación de Bleach tuvo un costo de $600 dólares y el gasto lo absorbió Jason Everman, quien tocó en Nirvana durante algunos meses como segundo guitarrista. (Después de tener algunas diferencias “artísticas” con Cobain, quien consideraba que su presencia le daba un sonido demasiado heavy metal a la banda, se convertiría en bajista temporal de Soundgarden y luego se enlistaría al Ejército de Estados Unidos y combatiría en las guerras de Irán y de Afganistán.) (A pesar de que no tocó en ninguna de las canciones ni contribuyó en ninguna de las composiciones de Bleach, aparece en los créditos y en la portada del álbum). 

Además de Cobain —que aparece en los créditos del álbum como Kurdt Kobain— y Krist Novoselic, los bateristas Chad Channing y Dale Crover participaron en el álbum. 
Channing –quien más tarde sería reemplazado por Dave Grohl–, tocó la batería en la mayoría de las canciones; Dale Crover –el baterista de los Melvins–, tocó la batería en “Floyd The Barber”, en “Paper Cuts” y en “Downer”. 

Exceptuando “Love Buzz” –el cover que Nirvana había hecho a la canción de la banda europea Shocking Blue y que previamente había sido seleccionado por Pavitt y por Jonathan Poneman —el otro propietario del sello discográfico— para ser lanzado en la primera entrega del Club de Sencillos de 7" que recibían anualmente los suscriptores de SubPop–, todas las letras de Bleach son de la autoría de Kurt Cobain. 

A pesar de que la canción “About a girl” tiene un sonido pop (con una influencia más o menos clara de The Beatles), como resultado de la estrecha relación de Nirvana con los Melvins y de la admiración de Cobain por Mudhoney, el álbum tiene más similitudes con el heavy metal de los ochenta y con el hard rock de los setenta que con “el sonido Seattle” de los álbumes posteriores de Nirvana. 

Aunque la crítica especializada consideraba que Bleach era un álbum primitivo e identificaba a Nirvana como “unos sujetos que sonaban como Mudhoney, pero que no eran tan buenos como Mudhoney”, algunos músicos reconocidos como Thurston Moore –guitarrista y compositor de Sonic Youth– quedaron sorprendidos por el sonido del álbum e impulsaron la carrera de Nirvana (incluso Sonic Youth influirían en la decisión de Nirvana por terminar su contrato con SubPop y firmar con la disquera trasnacional de David Geffen).

Las letras de las canciones de Bleach tienen un tono oscuro y pesimista. Abordan la desesperanza, la claustrofobia, el abuso sexual y la rebelión contra los estereotipos de la sociedad, y sus protagonistas se encuentran en la barbería esperando ser afeitados por un grupo de sodomitas o están cautivos como mascotas en una jaula, recibiendo un trato indigno de los humanos a quienes idolatran. 

Supuestamente, Cobain escribió las letras de todas las canciones de Bleach en un par de días, durante la grabación del álbum y bajo una tremenda presión, pues SubPop quería que Nirvana encajara en el sonido “grunge” que los periodistas de rock comenzaban a asociar con la disquera y con las emergentes bandas de Seattle de aquella época.

Sin embargo, entre los demos de Nirvana que han sido publicados desde la muerte de Kurt Cobain en compilaciones oficiales, como With the lights out, o no oficiales, como Outcesticide, y en documentales como Montage of heck, hay algunos que datan de los meses previos a la grabación de Bleach y en los cuales se encuentran algunas versiones preliminares de “About a girl” –una canción que Kurt Cobain compuso para Tracy Marander, su novia de entonces y quien tomó la fotografía de la portada del álbum–, y otras versiones de “Sifting” y de “Blew” con letras distintas.

Junto con “School”, “Blew” y “Negative Creep”, “About a girl” formó parte del repertorio de canciones de Bleach que Nirvana continuó tocando hasta su última gira de 1994. Este álbum fue re-editado en 1992, tras el éxito de Nevermind, y re-masterizado en el 2009, cuando se cumplieron veinte años de su lanzamiento. Si el lector de este blog sólo conoce las canciones más populares de Nirvana, Bleach podría cambiar radicalmente la impresión que tiene de su música.



domingo, mayo 23, 2021

Serving The Servant | Danny Goldberg (2019)



En este libro cuasi-periodístico de 17 capítulos y más de 300 páginas, publicado por Harper Collins (2019), Danny Goldberg nos comparte su percepción de Kurt Cobain como líder de Nirvana, como estrella de rock y como persona (no necesariamente en este orden). 

Danny Goldberg –fundador de Gold Mountain Entertainment, junto con su colega John Silva–, conoció a los integrantes de Nirvana en noviembre de 1990, poco después del lanzamiento de Bleach –el álbum debut de Nirvana, publicado por la compañía discográfica independiente SubPop–, y se convirtió en su representante en los meses previos al lanzamiento del aclamado Nevermind. 

Su relación laboral con Nirvana abarca la breve trayectoria de la banda –desde que pasaron de tocar en pequeños clubes, para un puñado de personas, hasta que encabezaron los más importantes festivales de música, en arenas y en estadios con capacidad para miles de espectadores–, y le permitió ser testigo del meteórico ascenso de la banda al estrellato y estar involucrado en el proceso creativo, en las finanzas y en las campañas publicitarias de cada uno de los álbumes que la banda publicó con David Geffen Records (la compañía discográfica trasnacional con la que firmó Nirvana después de haber roto su contrato con SubPop), y terminó de manera prematura con la muerte de Kurt Cobain, así que la importancia de su opinión es incuestionable (cuestionar su opinión es otro asunto), tal y como lo avalan los personajes que elogian Serving the servant (de hecho, algunos de ellos son citados en el libro), entre los que se encuentran Michael Azerrad –autor de la biografía autorizada de Nirvana–, Thurston Moore –cantante y guitarrista de Sonic Youth– y Joan Jett. 

Para Danny Goldberg, Kurt Cobain no sólo era la estrella de rock y el líder de la banda más importante del mundo de la primera década de los noventa, sino el sujeto que le compartía sus inquietudes sobre el camino que quería que siguiera Nirvana –no le gustaba tener giras extenuantes ni tocar para miles de personas, pero quería vivir cómodamente y disfrutar a su familia–, que le pedía administrar minuciosamente los ingresos de la banda –cuando Courtney Love entró al mundo de Nirvana, ya no consideró justo que Krist Novoselic y que Dave Grohl recibieran las mismas regalías que él– y que le ayudara a lidiar con los ejecutivos de la disquera y con la prensa que siempre estaban metiéndose en su vida y poniendo en riesgo su estabilidad emocional. 

Asimismo, Goldberg conoció al artista visionario detrás de cada una de las decisiones de Nirvana –según él, Cobain planeaba meticulosamente cada uno de los movimientos de la banda para mantenerla en el inconsciente colectivo, como cuando amenazó con tocar “Rape Me” en los primeros instantes de la presentación de Nirvana en los MTV Video Music Awards de 1992, tanto para desafiar a los ejecutivos de MTV como para darle una probada a la audiencia de lo que sería el próximo álbum de estudio de la banda–, pero también conoció al furioso marido de Courtney Love que la defendió cuando fue exhibida por Lynn Hirchsberg en un artículo de Vanity Fair como una drogadicta embarazada, y también conoció al padre primerizo que viajó al Reino Unido a encabezar el Reading Festival de 1992 a los días del nacimiento de Frances Bean, cuando la prensa daba por hecho la disolución de Nirvana –tenían varios meses sin ensayar– y la banda dio uno de sus conciertos más memorables, y también conoció a la estrella de rock con problemas de adicción a la heroína, que fue incapaz de lidiar con la fama y que, en apariencia, nunca logró asimilar que, al haberse convertido en una estrella de rock y al haber triunfado con su banda a nivel mundial, había traicionado los principios éticos del punk –¡no te dejes seducir por el glamour y el dinero de la industria del rock n' roll!, ¡no te conviertas en un cliché del rock n' roll!– en los que siempre había creído.

De todos los libros que he leído sobre Kurt Cobain y Nirvana –son tantos, que ya perdí la cuenta–, quizá éste no sea el más objetivo –tiene algunos pasajes muy personales; sobre todo, los que están relacionados con los últimos días de Kurt Cobain–, pero, sin duda, es el más completo. 

––––––––––

Goldberg ha sido representante de artistas desde la década de 1960. Fue vicepresidente de Swan Song Records –la compañía discográfica creada por Led Zeppelin– de 1973 a 1975. Es un prolífico escritor (Bumping into geniuses: my life inside the rock n' roll business, 2009; How the left lost teen spirit, 2005) que ha trabajado para revistas como Rolling Stone y Billboard Magazine. Actualmente es presidente de Gold Village Entertainment. 

sábado, junio 06, 2020

Mis venas pueden arder


Escucho por enésima ocasión “Down In The Dark” en mi viejo iPod Classic de 120 GB. 

No me vuelve loco la tecnología: prefiero escuchar álbumes físicos que digitales –tengo una colección de cassettes, discos compactos y vinilos que probablemente está cerca de los mil– y de hecho me desagrada Apple –mi iPod está en perfectas condiciones y sin embargo está atravesando su época de “obsolescencia programada” y sólo reproduce tres canciones antes de que la batería se descargue por completo–, pero actualmente hay pocas opciones para escuchar álbumes físicos y solamente he tomado un descanso de mi trabajo.

Cierro los párpados, me pongo más cómodo en la silla frente a la computadora y me enfoco en la letra de esta canción. Pienso en un hombre que está esperando que la droga surta efecto y que le murmura a su amante que ella hará que la situación mejore un poco durante algún tiempo.

Me estiro un poco. Quisiera escribir que escuché a Mark Lanegan mucho antes de que “The Winding Sheet” fuera publicado por Sub Pop en mayo de 1990.

Sin embargo, primero escuché a los Screaming Trees (¿sería acaso cuando pude ver “Singles”, alrededor de 1998, o algo así...?) y, en particular, escuché por primera vez esta canción en la cual Kurt Cobain cantó y tocó la guitarra, cuando la descargué de Napster... hace casi 20 años. 

Era un adolescente, Internet era una novedad y estaba obsesionado con Nirvana –todavía me gusta su música– y supuestamente la canción era “una canción desconocida de Kurt Cobain”. 

Lo que he escrito hasta ahora, podría verse como una cosa muy ordinaria, pero tengo algo más que contar: hace casi tres años, en una etapa de mi vida muy contrastante, vi a Mark Lanegan, frente a frente, y nos estrechamos las manos después de un concierto. 

Su banda vino a la Ciudad de México. Estaban de gira, promocionando “Gargoyle” –su décimo álbum de estudio– y tocaron en El Plaza Condesa. Fue un concierto especialmente emotivo. Estuve al borde del llanto en varias ocasiones. En el sentido más freudiano del término, fue un concierto catártico. 

Por mas de cinco años, en los cuales pasé de ser un estudiante de posgrado mentalmente inestable a ser un investigador posdoctoral físicamente enfermo, había estado escuchando su música. 


Entre ambos eventos, viví algunos años miserablemente.

Cuando comencé mi investigación posdoctoral, me diagnosticaron reflujo gastroesofágico y me adherí a varios tratamientos médicos sin éxito. Independientemente de las terribles experiencias sofocantes inherentes a la enfermedad e independientemente de las interminables náuseas provocadas por el consumo de tantos antibióticos, los gastroenterólogos me dijeron que el reflujo estaba erosionando mi esófago de tal modo que era muy probable que la erosión progresara y produjera un tumor cancerígeno. 

En los meses previos a la cirugía que equilibró la situación, escuché la música de Mark Lanegan más que nunca. La asocié con mi decadente estado de ánimo y con la enfermedad, pero, de algún modo, de una manera positiva.

De su carrera solista, “Blues Funeral” fue el primer álbum que escuché –me lo regaló mi esposa casi inmediatamente después de que 4AD lo lanzara a la venta en México en febrero del 2012–, luego escuché “The Winding Sheet” –no pude resistirme al montón de artículos que había leído a lo largo de los años que lo señalaban como la gran influencia del “MTV Unplugged In New York” de Nirvana–, “Bubblegum”, “Gargoyle” y sus colaboraciones con Queens Of The Stone Age y con Duke Garwood.

Conforme escribo estas líneas, ya he escuchado casi todos sus álbumes. (Su trayectoria comprende más de 50 álbumes.) 

Podría intentar explicarme por qué “Bleed All Over”, “My Shadow Life”, “Emperor”, “St Louis Elegy”, “Deepest Shade”, “When Your Number Isn't Up”, “One Hundred Years”, “Bombed”, “Wild Flowers”, “Juarez”... me provocan escalofríos y por qué a la vez me transmiten un sentimiento de dicha, pero no lo haré.

En este caso, las palabras serían insuficientes. 


Quizá no sea un sujeto del todo ortodoxo. Se pelea con medio mundo en twitter. Hace poco lo hizo con uno de los miembros de Oasis que se burló de él (¿el cantante?) y lo desafío a solucionar el asunto de una buena vez. Con frecuencia, también termina dejándose llevar por los reclamos de los admiradores que lo denuncian en redes sociales porque no dejó que le tomaran una fotografía mientras estaba de vacaciones en algún sitio turístico de bajo perfil. 

Lanegan también desconfía de las versiones oficiales acerca del origen del COVID-19 y ha dado un par de entrevistas en las que se vislumbra que cree en la teoría de la conspiración de la red de telecomunicaciones de quinta generación. 

A pesar de todo lo anterior, lo respeto como artista. 

En realidad es uno de los pocos compositores que fueron capaces de dejar atrás “el sonido Seattle” de la década de los noventa. (Sé que los Screaming Trees son de Ellensburg, pero supongo que captas mi punto.) 

A un nivel todavía más personal, sus letras fueron una poderosa inspiración en mis peores días. Me hicieron pensar en mi enfermedad y me hicieron darme cuenta de que mi enfermedad no era la peor enfermedad del mundo. Fue algo irónico, porque realmente no me sentía nada bien. 

Algunas veces estaba harto de no ser capaz ni siquiera de comer cosas “normales” o de beber algo más que no fuera agua simple. Algunas veces odiaba mi vida. Tenía náuseas todo el día. Carraspeaba todo el tiempo. Comía sin hambre, sólo algunas cuantas cosas.  Comer era algo tan monótono que perdí algunos kilos. 

Día tras día, me despertaba sintiéndome enfermo, sin esperanzas y nauseabundo. Ni siquiera soportaba los olores ligeramente intensos. Me daban arcadas. Tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes, en caso de que vomitara. Los síntomas eran tan intensos que ni siquiera podía leer un artículo de investigación o realizar una cirugía estereotáxica, de principio a fin. Siempre tenía que interrumpir mis actividades, para tomar “aire fresco” y combatir las arcadas. 


Para septiembre del 2018, finalmente estaba sintiéndome de nuevo como una persona normal. Había vuelto a comer comida normal e incluso podía tomarme una cerveza, o un refresco o un jugo de naranja. 

Estaba feliz. 
Además de que me sentía bien y de que me ilusionaba asistir al concierto de Mark Lanegan en El Plaza Condesa, precisamente un día antes del concierto mi artículo de investigación original más reciente fue aceptado en una revista y publicado. 

Como en cualquier otro proceso estándar de revisión por pares de mis previos artículos, la revisión del artículo tomó varios meses, pero ese artículo en particular fue importante para mí. No sólo fue el resultado de mis últimos tres tortuosos años de investigación posdoctoral, sino que fue, oficialmente, mi primer artículo como autor corresponsal.

Ese día del concierto, unos minutos antes de que comenzara el concierto, me hubiera gustado comprar “Phantom Radio” o “I Am The Wolf” en el stand de la mercancía oficial de la banda, pero no tenía mucho dinero. Compré una litografía. 

A los pocos minutos de que acabara el concierto, Mark Lanegan salió nuevamente a firmar autógrafos. 

Gracias a mi esposa –a ella no le gusta la música de Lanegan, pero me acompañó al concierto y se formó en la fila antes que yo– fui el primero de la fila. Fui el primer sujeto entre los asistentes al concierto que tuvo la oportunidad de pasar a la mesa en la que Mark Lanegan firmaría autógrafos. 

Él fue muy amable y me autografió la litografía que había comprado y también mi copia de “Uncle Anesthesia” –uno de los álbumes de los Screaming Trees que produjo Chris Cornell y uno de los que más me gustan. 

Me hubiera gustado decirle algunas cuantas cosas acerca de cómo su música cambió mi perspectiva de la vida cuando estaba más enfermo, pero no quería importunarlo y los organizadores del evento nos dijeron claramente que sólo teníamos un par de minutos. Tampoco quería comportarme como un admirador idiota. 

Sólo le dije: “It was a great show”. 

En varios niveles, realmente lo había sido para mí. 

Debajo de las tenues luces del foro, lo vi sonreír. Tal vez un poco forzadamente. Cuando lo hizo, no pude dejar de pensar que ese hombre había convivido con Kurt Cobain. 

Durante algunos segundos, miré su cabellera rojiza y luego sus ojos –traía unos gruesos lentes– y traté de calcular cuántas veces habría escuchado las mismas tontas palabras que yo le había dicho, y me sentí estúpido. 

Entonces le ofrecí una de mis manos y él cortésmente estrechó una de sus manos con la mía. 

Luego le di las gracias y me alejé, sintiéndome aturdido. (No puedo creer que me haya tomado casi tres años, volver a recordar este evento y procesarlo.)  

Hace unos días llegó a la casa mi copia de “Sing Backwards And Weep”. 

Por la noche, después de haber estado atendiendo mis responsabilidades académicas, me di un descanso y leí un par de páginas de sus memorias.

Traté de imaginar cómo habían sido en realidad las cosas que relataba. 

Luego, me distraje y me metí a revisar twitter. 

El primer tweet que leí era uno de Mark Lanegan. Jason Bonner acababa de compartir un viejo video en donde los Sex Pistols tocaban en vivo “Anarchy In The UK”, y Lanegan le decía que los Sex Pistols habían cambiado su vida. Yo acababa de leer precisamente una página de su libro en la que se refería a ese asunto. 

Esta coincidencia me remontó a estos recuerdos y decidí escribirlos aquí. 


Ahora, acabo de darme cuenta de que Mark Lanegan cambió mi perspectiva de la vida, cuando estaba harto de estar enfermo y enfermo de estar harto y de vivir miserablemente.   



jueves, octubre 31, 2019

Jueves 31 de Octubre de 1991


Mientras voy en un taxi, de vuelta del consultorio dental a la casa, sin dos molares que estuvieron molestándome toda la semana, con la mitad de la cavidad bucal bajo el efecto de múltiples inyecciones de lidocaína, y sintiéndome paranoico (no puedo ignorar las dificultades que tengo para tragar saliva y creo que empezaré a ponerme ansioso y que me sofocaré) y al mismo tiempo sintiéndome un boxeador que acaba de recibir un poderoso puñetazo en la mandíbula que lo ha dejado medio noqueado y dolorido, intento recordar cuándo escuché por primera vez alguna canción del concierto de Nirvana de la noche de Halloween de 1991. 

Desde la mañana estuve pensando tanto en este concierto que incluso en
 mi clase, mientras les hablaba a mis alumnos sobre la farmacodinamia de las benzodiacepinas, tomé como ejemplo el caso de Kurt Cobain, cuando supuestamente había intentado suicidarse mezclando Rohypnol –el Valium mexicano– con champaña, unos meses antes de su muerte, y su esposa lo halló en estado comatoso en la habitación de un hotel de Roma, después del último concierto en la carrera de Nirvana. 

Espero que al menos haya quedado claro que ambos compuestos activan al sistema gabaérgico.

(Luego me desvié un poco del tema y les hablé del aniversario del concierto y los invité a que lo escucharan por su cuenta, si no conocían a Nirvana; para mi sorpresa, algunos de mis alumnos no saben quién es Kurt Cobain.)


El taxi circula a través de la Avenida Tollocan y yo me siento tan incómodo que lamento no haber acudido con frecuencia al dentista –¡hacía más de veinte años que no acudía al dentista!– y también lamento que no me hubieran extraído las muelas del juicio mucho antes de que se volvieran un problema y de que deterioraran los molares adyacentes.

Quiero ignorar el dolor y la hinchazón y me concentro en calcular el tiempo que ha transcurrido desde ese jueves 31 de octubre de 1991 y caigo en la cuenta de que han pasado veintiocho años –¡un año más que la edad que tenía Cobain cuando fue hallado muerto en el invernadero de su mansión en Lake Washington!–, y me cuesta trabajo creerlo.  

(¡Ha pasado tanto tiempo ya, que podría haber nacido, que podría haber llegado a la fama y que podría haber muerto otro Kurt Cobain...!)

Me parece que no ha pasado tanto tiempo desde que vi About A Girl por primera vez en televisión. Me parece que apenas ayer iba a entrar a la preparatoria y que casi toda la mañana veía un canal en el que pasaban videos musicales. Me parece que apenas ayer no tenía problemas de salud ni crisis existenciales. 



Me sabía la programación de ese canal de memoria y este video de Nirvana, tocando en vivo en el Paramount Theatre, lo transmitían después de un video de Phil Collins o de uno de The Damn Yankees. 

Estaba obsesionado con el video y con la canción y quería saber de qué hablaba la canción y quería aprender a tocarla en la guitarra y quería tener una Stratocaster negra como la que tocaba Kurt Cobain (con el paso del tiempo, me di cuenta de que en esa canción en particular, él tocaba una Fernandes que destruyó al final del concierto, idéntica a la Stratocaster), y quería saber de dónde había salido esa banda y dónde podía conseguir ese video y dónde podía escuchar la canción que la banda tocaba en ese video. 

Antes de que acabara de cursar el primer año de prepa, ya había escuchado Nevermind –alguien en mi clase tenía todo tipo de música en su casa y una vez me grabó el CD en un cassette–, ya había escuchado el MTV Unplugged In New York –la versión acústica de About A Girl es la primera canción de ese álbum– y ya había escuchado Bleach –la versión original de About A Girl es la tercera canción de ese álbum–, pero pasó más de un año para que tuviera en mis manos una copia del VHS de Live! Tonight! Sold Out!! 



Hasta que compré el VHS y lo vi, supe que “About A Girl” era el video promocional de ese VHS. También supe que el video que pasaban por televisión estaba editado y que incluía al final de la canción una parte de “Endless, Nameless”, que era "la canción secreta" que aparecía diez minutos después de “Something In The Way” (la última pista “oficial” de Nevermind) y que era la canción con la que Nirvana acababa sus conciertos de la gira de Nevermind. 

Luego supe que ese VHS había sido concebido principalmente por Kurt Cobain y que había salido a la venta en noviembre de 1994, unos meses después su muerte, unos días después de que saliera a la venta el MTV Unplugged In New York y unos meses después de que yo descubriera ese video por televisión.

Supuestamente, Kurt Cobain quería que el MTV Unplugged In New York formara parte de un álbum doble –un disco acústico y otro disco eléctrico– que capturara la energía de la banda tocando en vivo. 

Se supone que él también quería documentar visualmente la breve trayectoria de la banda, desde sus inicios, cuando tocaban en bares de mala muerte para una decena de personas, hasta que salieron de gira por Europa con Sonic Youth en 1991 y el inesperado éxito de Nevermind los llevó a encabezar el Reading Festival y el Festival Roskilde en 1992 y a dar conciertos en Australia, en Japón y en Argentina.


En ese concierto de Halloween, en el que también tocaron Mudhoney y Bikini Kill*, Nevermind tenía casi un mes de haber salido a la venta. 

Antes del lanzamiento del álbum, ya se habían filtrado entre algunas disqueras y seguidores de la banda, dos o tres demos en los que Butch Vig trabajaría más tarde, así que Geffen –la disquera con la que Nirvana había firmado un contrato después de dar por concluida su relación laboral con SubPop– tenía altas expectativas de Nevermind y había invertido mucho dinero en la filmación y en la producción de este concierto para promocionar el álbum.

En menos de un año, Nevermind vendería millones de copias en todo el mundo, su éxito sería tal que incluso le quitaría el número uno de la lista Billboard al Rey del Pop y Geffen dejaría en el olvido este concierto y algunas canciones del concierto aparecerían en el VHS y otras terminarían en los sencillos de Come As You Are y de Lithium. 



Desde 1995, en foros de internet –por ejemplo, Live Nirvana y NFC–, se han reseñado bootlegs con versiones incompletas de este concierto –algunas con sonido de consola y otras con sonido amateur– que tenían nombres como Into The Black, Trick or Treat y Happy Halloween, 
que circulaban a través de disqueras rusas e italianas de dudosa procedencia y que costaban mucho dinero en el Tianguis de El Chopo. 

Apenas alrededor del 2009 –tras años y años de búsqueda–, encontré dos versiones no oficiales del concierto del Paramount Theatre, en algún portal de internet.

Desde 1995 habían estado circulando rumores acerca de un lanzamiento oficial del Trick or Treat, pero hasta el 2011, como parte del vigésimo aniversario de Nevermind, salieron a la venta, oficialmente, el DVD y el Blu-ray de Live At The Paramount.

Hoy es un buen día para escucharlo. 


I'll Take Advantage While You Hang Me Out To Dry

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Supuestamente “Drain You” y “Lounge Act” están inspiradas en el romance frustrado de Cobain con Tobi Vail –la cantante y guitarrista de Bikini Kill–, y supuestamente ella le dijo en alguna fiesta a Cobain que olía a Teen Spirit y Cobain no entendió que se refería al desodorante y así se le ocurrió el título de “Smells like teen spirit”.

miércoles, mayo 01, 2019

Si encontraras un camino más fácil...


Empecé a escuchar a Mark Lanegan cuando me sentía muy enfermo.

Tenía casi medio año en tratamiento médico. 

Además de adherirme al tratamiento, había dejado de fumar, de beber alcohol y cualquier cosa que tuviera azúcar o gas; había dejado de comer grasas y harinas –y cualquier alimento o ingrediente apetitoso y relativamente salado o dulce, desde pizzas hasta salsa catsup–, y, sin embargo, me seguía sintiendo mal. 

Odiaba mi existencia y cada segundo que transcurría. 

Desde el mundial de Brasil 2014 había adquirido la costumbre de escribir, de beber alcohol y de fumar yerba hasta altas horas de la noche. 

El mundial de futbol había coincidido con el final de un periodo de trabajo estresante (¡esclavizante, sofocante, humillante!) del último año del posgrado –publiqué más artículos de los que necesitaba para titularme y se me acabó la beca y mi esposa y yo tuvimos que mudarnos a un departamento más barato en una zona fea, y mi tutor, en lugar de darle cierto crédito a mi ambición, o no decir nada, se refirió a mí como un idiota que sólo seguía sus instrucciones... y lo dejó clarísimo en la última publicación que tuve con él... y también lo dejaría claro unos meses más tarde en un artículo de revisión del que me excluiría– y había perdido el control y había llevado al extremo mi libertad. 

Una de esas noches –ahora que lo pienso, tal vez fue la última de esas noches– sentí que se me quemaba el esófago, que tenía algo atorado en la garganta y que no podía tragar (ni dejar de producir) saliva. Fue una madrugada realmente larga. No guardaba ninguna relación con las largas noches infernales con gastritis que había pasado en los últimos años de la licenciatura. Fue mil veces peor. Esa noche estaba exhausto y paranoico y resultó imposible quedarme quieto o acostarme en la cama y cerrar los párpados y esperar a quedarme dormido. La sensación era imposible de ignorar. 

El calvario de mi enfermedad comenzó esa noche. 

A la mañana siguiente, fui al médico general y el genio me dijo que tenía faringoamigdalitis y que seguramente me había enfermado porque había sufrido un enfriamiento y porque seguramente fumaba y entonces me recetó clorfenamina compuesta y me recomendó dejar de fumar y por algunos días no tomar bebidas frías o calientes, no comer alimentos irritantes y no asolearme. 

Hice caso a sus recomendaciones y sin embargo seguí sintiéndome mal –incluso una vez tuve que salirme temprano del trabajo por tener los mismos síntomas de aquella noche, nada más por haberme comido un chocolate amargo– y saqué una cita con un gastroenterólogo que encontré en la Sección Amarilla. 

Fui a su consultorio en el Hospital Ángeles de la Colonia Roma y le hablé de los síntomas que había estado teniendo y de la visita al médico general y él me revisó y me diagnosticó reflujo gastroesofágico y me realizó una endoscopía y me tomó una biopsia y me dijo que tenía una hernia hiatal condicionada por el reflujo y helicobacter pylori y me explicó que lo que sentía eran los ácidos gástricos ascendiendo por el esófago porque el esfínter inferior no funcionaba apropiadamente, y me recetó un montón de fármacos –pantoprazol, cinitaprida, etc.– y seguí sus recomendaciones.

Los síntomas menguaron, pero, cuando suspendí el tratamiento, me sentí peor: tenía náuseas todo el día y crisis de ansiedad ocasionalmente.


Unos meses más tarde, cuando la situación empeoró y sólo podía comer dos o tres cosas sin condimentos y cuando la constante erosión del esófago estaba provocándome esofagitis y me hacía secretar saliva incesantemente, consulté a otros dos gastroenterólogos y los tres me dijeron que tenía que someterme a un procedimiento quirúrgico y que, si  no lo hacía, no sólo tendría los síntomas del reflujo gastroesofágico sino que la esofagitis podría generar un tumor cancerígeno... y fue así que acabé en el quirófano hace casi dos años.

Los médicos me abrieron en canal –quería tener una cicatriz visible, para tener consciencia de la miseria por la que había pasado, y opté por el método tradicional y rechacé la laparoscopía– y la recuperación fue larga y también incluyó ataques de ansiedad, náuseas, malestar gástrico, distensión estomacal, una dieta monótona y la consciencia de estar secretando toneladas de saliva que me dejaban dolorida la garganta.

A lo largo de todos estos meses escuché la música de Mark Lanegan: desde que me despertaba diariamente con náuseas, sin ganas de salir a la calle y sin hallarle sentido a una vida tan miserable, hasta que la posibilidad de someterme a un procedimiento quirúrgico me dio la esperanza de tener una vida normal nuevamente.

Rumbo al trabajo, escuchaba Bubblegum –When Your Number Isn't Up me transportaba a  la calidez y a la ociosidad de mi adolescencia, cuando no tenía problemas de salud y lo único que hacía era pensar en formar una banda de rock y en probar drogas ilícitas–, mientras intentaba ignorar los aromas de la calle que podía asociar con la asquerosidad y que podían llevarme a tener arcadas y a devolver el estómago en la vía pública –siempre llevaba conmigo una bolsa de emergencia– y The Winding Sheet –Wild Flowers me hacía desear que el único sufrimiento que padeciera fuera el rechazo de una mujer–, y la melancolía de las letras y la lúgubre voz de Lanegan y la idea de que ese álbum había sido lanzado a la venta cuando yo era apenas un niño de diez años sin ningún problema de salud, me consolaban. 

En la convalecencia de la cirugía, también leía a Tom Hansen, y lo imaginaba confinado en una cama, después de haber ingresado de emergencia al Harborview Hospital, a punto de perder una pierna, debido a una infección provocada por el constante empleo de jeringas para inyectarse heroína, y recapacitaba en unas palabras suyas que decían "No me desperté un día y decidí destruir mi cuerpo... La destrucción de mi cuerpo ocurrió de manera imperceptible... como la puesta de sol" y pensaba que yo nunca había sido un heroinómano y que no había ido a parar al hospital de emergencia y que no había estado nueve meses postrado en una cama y dependiendo de las enfermeras para ir al baño y para tomar una ducha, y que sin embargo había estado sintiendo la misma desesperanza que él durante casi dos años. 

Incluso cuando estaba bajo tratamiento médico, me era imposible sentarme a leer un artículo de investigación de principio a fin, o realizar una cirugía estereotáxica de principio a fin. Siempre tenía que hacer pausas y salir a tomar aire a un espacio abierto, para mitigar las náuseas que me atacaban y controlar los ataques de pánico que acompañaban a las náuseas. 

Por supuesto que nada de esto es importante cuando te evalúa el SNI: aun cuando saltaste de no ser miembro del SNI a ser Nivel I, aun cuando titulaste alumnos, aun cuando estuviste en exámenes de doctorado, aun cuando eres co-tutor de un estudiante de maestría, aun cuando diste clases y conferencias por aquí y por allá, aun cuando trabajaste en tus propios proyectos de investigación sin tener tu propio laboratorio, aun cuando publicaste un artículo con información importante y pudiste recurrir a la puntitis y dividirlo en tres publicaciones irrelevantes y aun cuando hiciste todo esto pensando diariamente si tenía sentido soportar una vida miserable y un futuro académico incierto, eres susceptible a los prejuicios y eres culpable de ser un ser humano y de comportarte como los humanos que hacen el mínimo esfuerzo y eres culpable de ser un investigador poco productivo que no merece. 

El asunto había llegado a ser tan intenso que una vez tuve que acudir al Servicio Médico de la universidad a pedir un ansiolítico y tuve que regresar al departamento donde vivía bajo los efectos del Ativan y tumbarme en la cama y soportar la paranoia y las arcadas, yo solo (mi esposa volvía de su trabajo alrededor de las siete de la noche), mientras el tiempo transcurría lentamente y las náuseas menguaron.  

El dolor físico y emocional que transmitía Tom Hansen en las páginas de American Junkie, postrado en una cama del Harborview Hospital, me hacía pensar en su infierno privado y comprender por qué le resultaba inútil explicarle a los médicos por qué se había convertido en adicto a los opiáceos y por qué había desarrollado tanta tolerancia a ellos que había despertado de la anestesia a la mitad del procedimiento quirúrgico en el que estaban por amputarle la pierna. 

Así veía yo, más o menos, mi situación: si mis familiares reducían mi enfermedad a un dolor estomacal semejante a una combinación de gastritis con faringoamigdalitis, ¿qué podía esperar de mis compañeros de trabajo?

Estaba cansado de intentar explicarle a mi familia cómo me sentía. 

Casi cada domingo, veía a mis papás –me sentía deprimido, pero jamás llegaba al extremo de decirles que estaba harto de vivir miserablemente y que cada día era una tortura– y les decía que no me sentía bien y les contaba qué medicamentos tomaba y qué cosas podía comer y qué explicaciones me daba el especialista cuando iba a consulta, pero no parecían dimensionar el problema (me hablaban de sus propios problemas de salud y no notaban que esa época era la primera en la que yo mismo me veía forzado a hablarles seriamente de mi salud) y me invitaban a comer y, a pesar de todo lo que les había dicho, casi siempre me ofrecían alimentos grasosos e irritantes que cualquier persona podía comer. 

Lo más fácil para mí era evitar contarles a mis compañeros de trabajo cómo me sentía. 



En estos días he estado leyendo a Guillermo Fadanelli.

En Plegarias de un inquilino, sugiere que la salud es el silencio de la enfermedad y que sólo somos conscientes de nuestra existencia cuando estamos enfermos. 

Dice que nadie juzgaría a un enfermo terminal, por no realizar planes a futuro. 
Dice que la vida del enfermo terminal, carece de propósito y que es irónica: que aun cuando no sabe cuándo morirá exactamente, está consciente de que la probabilidad de que su muerte ocurra más pronto que la de cualquier persona sana es más alta. 

Tras recordar estos meses miserables y recordar lo extenuante que es hablar del asunto con la gente cercana a ti y no hacerles comprender que no estás exagerando, que no estás psicosomatizando y que estás deprimido y que no es sólo un evento mental sino que te mina físicamente y emocionalmente, sólo puedo concluir que automáticamente juzgamos la vida de los demás, sin saber cuáles son los motivos detrás de sus actos y sin tener el mínimo interés en averiguar cuáles son los motivos detrás de sus actos.

En septiembre del año pasado, Mark Lanegan vino a la Ciudad de México y cuando escuché Wild Flowers en vivo fue un momento catártico: aun cuando había fracasado durante seis meses en la búsqueda de un empleo más estable que una estancia posdoctoral, entonces me sentía una persona normal y acababan de publicarme un paper en el que había trabajado experimentalmente cuando me sentía más miserable.

Ese concierto representó muchas cosas para mí. 
Al final del concierto, fui el primer asistente en estrechar la mano de Mark Lanegan y en obtener su autógrafo. Me hubiera gustado decirle todo lo que su música representó para mí en esos tiempos difíciles. 

Hoy es el aniversario 29 de The Winding Sheet. 

Cuando cumpla 30 años este álbum, espero haber reflexionado más sobre estas ideas y escribir una entrada sobre su grabación y también sobre el alivio que representó para mí la música de Mark Lanegan durante mi enfermedad. 

A 2014 KEXP Review of The Winding Sheet

domingo, octubre 14, 2018

Live Mud (2007)


Live Mud es uno de los álbumes en vivo de Mudhoney. Fue lanzado en vinilo por SubPop en el 2007 y sólo existen 500 copias. 

Fue grabado en El Palacio de Los Deportes por Brett Eliason con el equipo de grabación de Pearl Jam. La banda tocó canciones de Superfuzz Bigmuff (1988), Piece Of Cake (1992), Since We've Become Translucent (2002) y Under A Billion Suns (2006).

Según algunos blogs que he leído, la mayoría de los asistentes a ese concierto no conocían a esta legendaria banda de Seattle y quienes sí la conocían consideraban que se merecía un mejor escenario que abrir los conciertos de Pearl Jam del 2005 en la Ciudad de México y en Monterrey, durante su primera visita a nuestro país.

Stone Gossard, Jeff Ament, Steve Turner y Mark Arm tocaron juntos en Green River antes de que el sonido Seattle se volviera tan popular. Esta banda se disolvió a finales de los 80 y dio lugar a Mudhoney y a Mother Love Bone.

Cuando Andy Wood, el vocalista de Mother Love Bone, murió prematuramente debido a una sobredosis de heroína, Mother Love Bone se disolvió.

Chris Cornell, Stone Gossard y Jeff Ament quisieron rendirle un homenaje póstumo a Andy Wood y formaron Temple Of The Dog. 

Mike McCready y Eddie Vedder también colaboraron en este proyecto del que surgió Pearl Jam. 



Dos años antes del concierto en el que fue grabado Live Mud, Pearl Jam vino a México por primera ocasión.

Originalmente darían dos conciertos, pero los boletos se acabaron en un par de horas y los organizadores abrieron una fecha más. El mismo día que se anunció la tercera fecha, me fui a formar desde muy temprano a las taquillas de El Palacio de Los Deportes y conseguí tres boletos. 

Nuestros lugares estaban junto a las escaleras de la sección más barata -apenas podíamos estirar las piernas-, pero fue un gran concierto. 

El último de la gira de Riot Act (2002).

Sleater-Kinney fue la banda telonera. 

El concierto duró casi tres horas -incluso fue transmitido por radio a toda Latinoamérica-, Pearl Jam tocó la mayoría de sus éxitos, Corin Tucker cantó Hunger Strike a dueto con Eddie Vedder y unos mariachis le cantaron las mañanitas a Stone Gossard.


Cuando Pearl Jam volvió a México en el 2005, no tenía dinero. 

Acababa de tener mi primer trabajo como profesor de asignatura (conseguí un par de horas en el Departamento de Psicología de la Ibero) y pude haber ahorrado el dinero que me pagaron (no era mucho, pero fue el primer sueldo que obtuve en el que importó mi licenciatura) y pude haberme comprado un boleto en primera fila para escuchar a Mudhoney y a Pearl Jam, pero me lo gasté en un viaje que no tuvo ningún sentido. 

Pearl Jam había tardado muchos años en venir a tocar a México y estaba convencido de que habían regresado tan sólo dos años después de su primera visita porque se habían dado cuenta que era un buen negocio tocar aquí. 

(Tal vez sólo les gustó el público mexicano y por eso regresaron tan pronto.) 

De haber sabido que Mudhoney tocaría en ese concierto, lo habría pensado mejor. 


Cuando descubrí este álbum y comencé a escucharlo, me di cuenta de que lo único que realmente recuerdo de esos días es que los Pumas perdieron contra Boca Juniors la final de La Copa Sudamericana.

Es tan absurdo...  

Live Mud (2007)
Circo Volador (2014)
Palacio de Los Deportes (2005)