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domingo, diciembre 07, 2014

The Money Will Roll Right In




Hace más de dos meses me enteré que Mudhoney daría un concierto en El Circo Volador, pero creí que algún conocido tendría interés en escucharlos y que iríamos juntos.

Estuve esperando en vano -tal vez se deba principalmente a que conozco a pocas personas- y terminé comprando un par de boletos el mismo día del concierto.

Me sorprendió no saber de alguien que quisiera ir al Circo Volador porque casi toda la gente que conozco -y que me encuentro en otros conciertos- escucha a bandas que se volvieron exitosas, en parte, gracias a Mudhoney. 

Considerarse admirador de Nirvana, de Pearl Jam, de Soundgarden o de Alice In Chains -por ejemplo- y no conocer a Mudhoney, es un poco absurdo.  

Es como hablar todo el tiempo de automóviles, tener un automático y jamás haber aprendido a conducir un auto de transmisión manual. 


Mudhoney se formó a mediados de los 80's, después de la disolución de Green River -una banda de hard rock en la que tocaban Mark Arm, Steve Turner, Stone Gossard y Jeff Ament- y pronto se convirtió en una de las bandas más influyentes de la escena underground de Seattle. 

Le abrieron las puertas a toda una generación de músicos que tocaban en ese circuito, aunque no alcanzaron la misma fama que muchos de ellos.  

Conocí su música, cuando estaba en la preparatoria.

Un compañero que tocaba la batería en una banda, me prestó un cassette que había comprado en El Chopo. 

El cassette traía algunas canciones del Reading Festival de 1992, en el que Nirvana tocó The Money Will Roll Right In.

Esa canción era original de una banda de Los Ángeles llamada The Fang, pero Mudhoney la tocaba regularmente en sus conciertos. 

Tuve curiosidad por escuchar la versión de Mudhoney, pero era muy difícil conseguir sus álbumes. 

Poco a poco logré escuchar Superfuzz Bigmuff (1988), Every Good Boy Deserves Fudge (1991), Piece Of Cake (1992), March To Fuzz (2000) y Since We've Become Translucent (2002).

Desde hace unas semanas, escucho Vanishing Point (2013), el álbum que los trajo de gira a la Ciudad de México.



La idea de ir al Circo Volador en compañía de algún conocido era sólo un pretexto. 

Me he sentido mal y no he tenido muchos deseos de salir a ninguna parte. 

Desde septiembre he estado bajo tratamiento médico -tomo píldoras de Nimesulida y recibo inyecciones subdérmicas de Paspat, para tratar un extraño malestar en la garganta- y no he fumado ni bebido alcohol.

Lo peor es que aun cuando evito las cosas que me gustan, no he notado mejoría.

Cuando como algo ligeramente jugoso o grasoso -como un durazno o una rebanada de pizza-, se me dificulta tragar saliva y pasar aire por la garganta, y me pongo muy ansioso.

Estar en estas condiciones es infernal y deprimente, pero tengo que concluir el tratamiento y esperar a que surta efecto. 



Regresé al Circo Volador a las 8 de la noche, con Elizabeth.

En comparación con otros eventos semejantes -como cuando Sonic Youth vino por primera vez a México-, había pocas personas. 

Éramos tan pocas personas que el concierto cambió de lugar a última hora y se llevó a cabo en el vestíbulo del Circo Volador.

Mustang '66 y Yokozuna tocaron antes de Mudhoney.

Los técnicos de Mudhoney subieron al escenario alrededor de las 10:30. 

Montaron la batería de Dan Peters -el mismo sujeto que toca en la versión de Sliver que aparece en Incesticide- y afinaron una Gretsch plateada, una Gibson roja y un Fender Precision Bass. 

Otros técnicos verificaron los pedales de Steve Turner y el micrófono de Mark Arm. 

Alrededor de las 11 de la noche, se apagaron las luces del foro.

Aunque había sido una larga espera, nadie en el público parecía molesto. 

En ese momento apenas caí en la cuenta de que sería una experiencia fabulosa escucharlos en vivo, en un lugar tan pequeño, más parecido a un bar que a una sala de conciertos.


Mark Arm, Steve Turner, Dan Peters y Guy Madisson subieron al escenario.

Le echaron un vistazo al público, sonrieron y se colocaron sus instrumentos. 

Su actitud me pareció un poco fría, en comparación con los conciertos que daban en Europa o en Estados Unidos y que había visto en diversos videos de YouTube.

(Ya habían venido de gira con Pearl Jam en el 2005, pero no sé cómo les fue.)

Sin decir una sola palabra, Mark Arm se colocó la Gretsch plateada y miró de reojo a Steve Turner y a Dan Peters.

Comenzaron a tocar Sonic Infusion, una canción larga y con tintes de psychedelic rock. 

El público tardó en identificarla, pero poco a poco fue entrando en una especie de hipnosis. 

Después de esa canción, Steve Turner tocó los primeros acordes de You Got It. 

La gente empezó a saltar como loca en el vestíbulo de El Circo Volador.

Apenas unos segundos más tarde, Mark Arm le lanzó una mirada reprobatoria a Turner y Turner dejó de tocar.

Arm se llevó una mano a la garganta, se cubrió la boca y tosió. 

Se veía un poco irritable. 

Guy Madisson se acercó al micrófono y dijo que Mark Arm había enfermado al llegar a la Ciudad de México. 


Luego de esa pausa tocaron I Like It Small, una de las canciones de Vanishing Point. 

La canción es una parodia de la batalla existente en la industria de la música entre los músicos independientes y los comerciales. 

Después de algunas canciones poco conocidas, Mudhoney tocó los primeros dos hits de la noche: Sweet Young Thing y Touch Me, I'm Sick.

La gente se puso a hacer slam y el foro empezó a impregnarse del olor de la marihuana quemada. 

Luego hubo un descanso para el público y la banda tocó varias canciones de Vanishing Point. 

Cerraron la primera parte del concierto con The Only Son Of The Widow From Nain. 

Volvieron al escenario después de algunos minutos, a tocar otros dos hits: Here Comes Sickness e In N' Out Of Grace. 


En In N' Out Of Grace, en la parte donde Dan Peters toca solo, el slam se salió de control y algunas personas comenzaron a "surfear" entre la gente como si fueran pelotas de playa, como en los conciertos grunge de la década de los 90's.

Dan Peters prolongó al máximo esa parte de la canción, mientras Mark Arm y Steve Turner miraban al público, atónitamente.

Aunque me quedé con ganas de escuchar Mudride y Suck You Dry, esta fabulosa experiencia terminó con The Money Will Roll Right In. 

Jamás habría imaginado que ésa sería la última canción. 

Iba vestido casi como señor, pero alguien entre el público me empujó y me metió al slam. 

De repente olvidé todos mis problemas de salud y lo lamentable que ha sido dejar de fumar y de beber alcohol. 

La noche siguiente Mudhoney tocó en El Pasagüero. 

Aunque el boleto sólo costaba $200 con la entrada del concierto del viernes, ya no tuve fuerzas para ir. 

http://www.setlist.fm/setlist/mudhoney/2014/circo-volador-mexico-city-mexico-4bcdd7be.html

sábado, diciembre 06, 2014

¿Te gusta la música indie, el rock alternativo y la escena underground, pero no fuiste al concierto de Mudhoney?


Un domingo de octubre, en una comida en casa de mis papás, RD me dijo que Mudhoney vendría a la Ciudad de México. 

Él conocía a alguien que incluso le había asegurado que el concierto sería en El Circo Volador. (No tengo claro si su amigo intervino en la organización del evento o si toca en Mustang '66.)

Cuando vi en internet un anuncio del concierto, le dije a mi hermano que fuéramos, pero él no estaba seguro de tener libre ese día y no quiso comprometerse. (Cuando vino Soundgarden, teníamos planeado ir juntos -incluso ya teníamos dos boletos, unos meses antes del concierto-, pero a última hora él no pudo asistir).  

Generalmente voy solo a todos los conciertos, pero como estaba comenzando un nuevo trabajo y quería terminar con todos mis hábitos, pensé que no estaría mal encontrar a alguien que le gustara Mudhoney y que quisiera ir conmigo a ese concierto.

No busqué arduamente, pero pasaron dos meses y nunca supe de una sola persona que estuviera interesada en escuchar a Mudhoney en El Circo Volador.

Es extraño porque la mayoría de mis contactos escucha al menos a una banda que claramente está relacionada con Mudhoney... o eso dicen ellos en sus redes sociales.  


Ayer fue el concierto y ayer mismo compré dos boletos. 

Salí del trabajo más temprano que cualquier otro viernes y llegué a las taquillas de El Circo Volador a las dos de la tarde. 

El lugar estaba desierto. Por un instante creí que ya no había boletos o que el concierto había sido cancelado a última hora.

Afortunadamente, sólo se trataba de un concierto con poca convocatoria y aún había boletos disponibles. (De no haber alcanzado boletos, me habría arrepentido muchísimo.) 

No había vuelto al Circo Volador en casi diez años.

Entonces Sonic Youth iba a tocar por primera vez en la Ciudad de México y yo acababa de presentar mi examen de grado de licenciatura.

Mi tema de tesis había sido sobre Competencia Numérica y había involucrado una serie de experimentos que intentaban demostrar que la estimación temporal no es el único proceso que emplean los animales para obtener comida en un programa de reforzamiento operante. 

El examen fue de poco nivel en general (he visto la película y me he avergonzado de las respuestas que le di a los sinodales) y no estaba muy contento con mi tema de tesis y no tenía mucho interés en continuar esa línea de investigación. 

Quería aprender más sobre el funcionamiento del cerebro y dejar de ver a los animales como máquinas, pero no se me había ocurrido estudiar un posgrado en neurociencias.

En esa época tampoco había impartido clases como profesor de asignatura, ni había conocido a mi esposa.

(Tampoco tenía esta extraña enfermedad, ni estaba bajo un largo tratamiento médico como ahora.)


El regreso de El Circo Volador a la casa fue un desastre.
Era la hora de la comida y había mucho tráfico. 

En lugar de regresarme en metro, se me ocurrió subirme a un camión de pasajeros en La Viga. 
El conductor tomó Viaducto, pero luego se metió en Churubusco y circuló por calles muy angostas y solitarias. Yo traía mi computadora y los boletos para Mudhoney en la mochila. Lo que más me preocupaba no era la computadora (es una Sony VAIO y ya está vieja), sino perder los boletos. 

Me bajé del camión de pasajeros y caminé más o menos desde El Palacio de Los Deportes hasta la casa. 

El sol quemaba, mi mochila pesaba mucho y mis tennis parecían adherirse al asfalto. 
Regresé sudoroso y exhausto al departamento, y esperé a E.

Siempre vuelve de su trabajo, después de las 7 de la noche. 

Mientras la esperaba, escuché Vanishing Point (2013). 
Es un álbum con el sonido característico de Mudhoney, pero es un poco más amigable que sus álbumes más famosos. 

Estaba tan cansado del trayecto que me quedé dormido y desperté cuando ella volvió a la casa. Regresó antes de lo usual, y estaba triste y enojada porque renunció a su trabajo. 

Durante más de dos años, ella trabajó en una empresa que se dedica a la exportación e importación de productos.

Su jefe era un tirano que privilegiaba a otras personas por motivos que no tenían nada que ver con su desempeño laboral, y ella ya no lo soportó. La relación con sus compañeras de trabajo también influyó en su decisión. Al final, a ellas no les gustó que E. trabajara más de lo necesario y se quejaron con el jefe.

Parece que los hechos son menos importantes que los halagos. 


  

Me contó la situación detalladamente y luego comimos en silencio.

Salimos de la casa cuando comenzaba a oscurecer y llegamos al Circo Volador a las ocho de la noche.

Sólo había una pequeña fila de unas cincuenta personas, esperando a que abrieran las puertas del foro. 

También había algunos puestos con mercancía no oficial -playeras y pines, principalmente- y algunos puestos de comida.

El ambiente era totalmente distinto al ambiente del concierto de Sonic Youth. 

Nos formamos en la fila y yo estaba emocionado pero no podía sacarme de la cabeza la idea de que E. había renunciado a su trabajo. Me preocupaba la situación. (Tengo una beca postdoctoral en mi actual trabajo, ¡pero no me han pagado desde agosto! Hemos estado viviendo desde hace un año, con el dinero que ella gana.)  


Mientras permanecíamos en la fila, me puse a pensar en otras cosas menos alarmantes. 

Mejor me puse a pensar que los integrantes de Mudhoney habían conocido muy bien a Kurt Cobain.

Kurt Cobain siempre fue un gran admirador de su música. 
Es fácil encontrarlo en fotografías de la época de Bleach (1988) con playeras de Mudhoney y también es fácil encontrar conciertos de Nirvana en los mismos festivales y lugares en los que tocaba Mudhoney a principios de los noventa. En el video de Suck You Dry incluso aparece Krist Novoselic. 

Nirvana también fue el invitado sorpresa de Mudhoney en un concierto en el Crocodile Cafe de Seattle. Nirvana era entonces la banda más popular en todo el mundo. Acababan de dar una gira por España, Japón, Argentina y Australia y habían aparecido en Saturday Night Live. Tenían algunos meses lejos de los reflectores, trabajando en las canciones de In Utero. 

En ese concierto, Nirvana tocó Talk To Me* -una canción que no apareció en ningún álbum de estudio y que ellos tocaban en las pruebas de sonido o en algunos conciertos que daban en Europa cuando Nevermind acababa de ser lanzado-, Curmudgeon y Lounge Act, entre otras canciones. 

También Kurt Cobain tocó con ellos en un concierto en California, en el que estuvo Sonic Youth y en el que supuestamente incluso Lee Ranaldo le prestó una guitarra.

La actuación de Nirvana en el Crocodile Cafe aparece en el DVD de With The Lights Out, y el video donde Kurt Cobain toca con Mudhoney se encuentra fácilmente en YouTube.


Abrieron las puertas del foro como a las nueve de la noche.

Éramos tan pocas personas que a última hora cambiaron el lugar del concierto al vestíbulo de El Circo Volador. 

A las 9: 15, Mustang '66 salió al escenario. 

Nunca los había escuchado, pero son una legendaria banda de surf.
(RD me dijo que uno de sus integrantes había estado involucrado en la organización del concierto y que incluso había puesto dinero de su propio bolsillo para traer a Mudhoney a la Ciudad de México.)

Había personas que conocían sus canciones de memoria. 

Después salió Yokozuna  al escenario. 

Una vez los había escuchado en El Hostal del Hotel Virreyes, pero me encontraba desesperadamente solo y aburrido, y no me habían gustado mucho.

Ayer, su sonido no fue el mejor, pero tocaron con mucha energía y le agradaron al público en general. 

Tanto ellos como Mustang '66, dijeron que había sido todo un honor abrirle un concierto a Mudhoney. 



A las 10: 30 de la noche, los técnicos de sonido de Mudhoney subieron al escenario y comenzaron a colocar y a probar los instrumentos de la banda. 

¡Ya no faltaba mucho para que los pioneros de la escena underground de Seattle (tontamente llamada grunge) de la década de los noventa, salieran a escena!

A pesar de la larga espera, nadie en el vestíbulo de El Circo Volador parecía impaciente. 

Todos sabíamos que los legendarios músicos de Seattle -su banda fue una de las primeras bandas que firmó contrato con Sub Pop- habían acompañado a Pearl Jam en una gira por la Ciudad de México y por Monterrey en el 2005. 

(Al menos yo, lamento que hayan pasado desapercibidos.)

Todos percibíamos que éste era el foro ideal para escucharlos. 

Tal vez no lo sabes, pero Mudhoney pudo ser una gran influencia para tu banda favorita. 


*Algunos biógrafos de Cobain, aseguran que él le ofreció esa canción a Mark Lanegan y que Courtney Love se la ofreció a Iggy Pop después de la muerte de su esposo.

**Las fotografías de Mustang '66 y de Yokozuna fueron tomadas de la página: http://www.tono.tv 

viernes, mayo 25, 2007

Detrás de la tormenta



Hace nueve meses, perdí un EP de Hassassin. También perdí la cabeza.

Ese día me desperté muy cansado de mi vida. Serían las diez o las once de la  mañana cuando abrí los párpados. Quería desaparecer. Estaba harto. 

Durante casi un año, desde que Lulú me dejó y se fue a vivir a Canadá con un junkie de Minnesota que buscaba opiáceos gratis en otros horizontes, no había hecho otra cosa más que refugiarme en la música, en los libros y en las cosas que escribía. También me había intoxicado de programas de fut. No había manera de evitarlo. Hacía unos meses había terminado el mundial del 2006 y las sedes alemanas eran fabulosas –Gelsenkirchen, Dortmund, Leipzig, Stuttgart, Fráncfort, Berlín, Hamburgo, Hanóver, Kaiserslautern, Núremberg, Colonia, Múnich– y la selección mexicana había generado altas expectativas por su desempeño en la Copa Confederaciones del 2005. 

Al final, la selección había sido eliminada en octavos, en un gran juego contra los argentinos, acumulando eliminaciones en octavos desde el mundial de 1994. 


Desde hacía un año fumaba mucho, comía mal y me acostaba a las tres o cuatro de la madrugada. 

Ese día me levanté de la cama, leí lo que había escrito la noche anterior –unos cuantos relatos irrelevantes– y luego bajé a la cocina a buscar comida. Me preparé un sándwich de pechuga de pavo con queso manchego, con mayonesa y con lechuga, le di unas mordidas, subí a mi recámara, puse un demo de Los Silencios Incómodos en el Aiwa, me tumbé en un sillón, y odié mi vida.

A eso de las seis de la tarde, llegaron a la casa algunos amigos de DR, uno de mis hermanos. Por la noche, Nos Llamamos –la banda en la que DR toca la batería– iban a tocar en El Foro Alicia. 

DR me preguntó si quería acompañarlos. Me dijo que también tocarían Yokozuna y Hassassin, y que Los Silencios Incómodos presentarían Hasta ahora todo va bien, su primer álbum de estudio.

Le dije que sí. Los Silencios me latían. Los había escuchado otras veces en vivo. Tenían influencias de la música que me gustaba. (Sobre todo de Sonic Youth, de Scratch Acid y de Love Battery.) El demo que MH –el bajista de Nos Llamamos– me había pasado unas semanas atrás también sonaba bien, aunque traía dos o tres pistas de Hasta Ahora Todo Va Bien –el álbum que Los Silencios presentarían por la noche en El Alicia– que, en cierta forma, estaban contaminadas por la voz de un poeta extranjero que recitaba unos poemas suyos, en un extraño acento español, mientras Los Silencios aporreaban sus instrumentos e inundaban los poemas con feedback.
               

Nos tomamos unas cervezas en la casa y luego salimos al Alicia. 

Durante el trayecto, me la pasé hablando con MH en el asiento trasero del Jetta. Le dije que no me había latido tanto que el poeta extranjero metiera su voz en algunas canciones de Los Silencios. Él me dijo que sabía que, más o menos, ese había sido el acuerdo al que habían llegado con Nacho Alicia, quien les había grabado el disco, o algo así.  

MH también me contó algunas cosas sobre una mujer que, aparentemente, iba a convertirse en mánager de Nos Llamamos. Yo había tenido una experiencia desagradable con ella y no me caía bien, y él sabía cómo había estado todo ese asunto. Le dije que lo pensaran mejor, pero él intentó ser optimista y me dijo que ella tampoco le caía bien a David Byrne, o algo así. No le entendí. 

Circulábamos por Fray Servando, a la altura de la Delegación Venustiano Carranza. Encendí un Camel y le di una larga chupada. Comenzaba a llover. MH continuaba contándome algunas cosas de su potencial mánager, y la situación me estaba dando mala espina. Ya no estaba tan convencido de que hubiera sido una buena idea acompañarlos al Alicia. MH estaba seguro de que esa mujer también iría al Foro Alicia, y yo, definitivamente, no tenía muchas ganas de verla. No quería tirarle mala onda, otra vez.  

Sin embargo, además de que odiaba mi vida, ese día se cumplían tres semanas desde que mi gato Sócrates había huido de la casa. Era un felino majestuoso y salvaje. Lo echaba mucho de menos. En un par de años, se había convertido en un gran compañero. No quería pensar en él y ponerme nostálgico y acabar sintiéndome frustrado y del carajo, preguntándome por qué se había largado y si estaba en un lugar mejor, si continuaba vivo. Necesitaba distraerme.  

En fin, llegamos al Alicia. 

DR, MH, BA –el guitarrista de Nos Llamamos– y las novias de cada uno de ellos se bajaron del auto y de inmediato sacaron sus instrumentos y los metieron al Alicia. Me bajé del Jetta y me quedé solo debajo de una de las cornisas de las accesorias aledañas, fumándome un cigarrillo y guareciéndome de la lluvia. Vi a una chica que llamó mi atención. Tenía una cabellera afro espectacular. 

Justo cuando me debatía entre acercarme a ella o resignarme a no hacer nada, DR regresó a donde yo estaba y me hizo acompañarlo para pasar con él al foro, obviamente, sin pagar mi entrada. Esa era una de las ventajas de ir con la banda. 

La otra ventaja es que había un cartón de XX Lagger gratis. 

Nos tomamos unas cervezas y platicamos sobre Paul McCartney y John Lennon –MH era insoportablemente quisquilloso al respecto–, hasta que la gente de pronto ya había ingresado al foro. 

Luego Hassassin salió a tocar. Nunca los había escuchado, pero me gustó su música. Sonaban “rasposos”, como a nü metal sin sintetizadores ni gaitas. Ya estaba medio ebrio cuando terminaron de tocar, y decidí bajar a la entrada del Alicia y comprarme su EP –cometí el error de guardarlo debajo de una axila, en lugar de pedirle a alguien de Nos Llamamos que me lo guardara– y después subí y fui al baño. Cuando salí del baño, tal vez ya había perdido el EP de Hassassin y no lo había notado (me di cuenta hasta mucho más tarde, cuando nos subíamos al Jetta, de vuelta a la casa), y me fui a parar frente al escenario. Nos Llamamos estaban enchufando sus instrumentos. 

Abrieron con “Línea” y la gente comenzó a mover las cabezas y yo me compré una XX Lagger y me la llevé a los labios. Sentí el chispazo del alcohol recorrer mis vísceras, y me dispuse a fumarme otro Camel, cuando mi mundo se estremeció: la desconocida de la cabellera afro espectacular estaba a unos metros de mí. 

Tengo muchos prejuicios respecto a acercarme a mujeres desconocidas. No quiero que piensen que soy un hombrecillo de mierda, un acosador que le tira la onda a todo lo que se mueve, y estoy casi totalmente seguro de que, para la mayoría de las mujeres, debe de ser horrible cuando un desconocido las aborda en cualquier lugar. También estoy casi seguro de que ellas se sienten acosadas. 

Pensé en todas estas cosas, sopesando los pros y los contras, y miré varias veces a la chica de cabellera afro, antes de decidirme a hablarle.

Me bebí otras dos o tres cervezas. Cuando estaba más desfrontalizado, sonaba “Monstrua” y entonces la chica de la cabellera afro y yo cruzamos miradas. Nos sonreímos. Tuve la corazonada de que ella quería que le hablara, de que acabaría pasando algo entre los dos. 

Me acerqué a ella, y pensé en cómo abordarla, en qué le diría para no sonar tan estúpido y tan pretencioso. Esperé a que terminara la canción, allí, junto a ella, creyendo que de pronto aparecería una idea genial y que le diría esa idea genial y que así rompería el hielo, pero no se me ocurrió nada. 

Estaba a punto de abandonar todo, de volver a comprarme otra cerveza, cuando –contra todo pronóstico– ella se acercó a mí y me sonrió. Traía un cigarrillo en los labios y me pidió un encendedor. Le encendí el cigarrillo y empezamos a hablar. Me dijo que a su hermana le gustaban Los Silencios, y que conocía al baterista. Le dije que yo tenía un demo de Los Silencios y que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos y que conocía a Los Silencios. Ella creyó que le estaba tomando el pelo. Insistí en que Nos Llamamos ensayaban en mi casa, en que conocía sus canciones, en que había llegado con ellos al Alicia, en que ni siquiera había pagado mi entrada. Le di muchos detalles que ya no recuerdo. Ella dijo “Está bien; parece que no quieres apantallarme”, y nos reímos. “Por cierto, me llamo Nayeli”, agregó. Le dije mi nombre y volvimos a fumar. 

Nos quedamos en silencio mientras sonaba “Rompevientos” (mi canción favorita de Nos Llamamos) y le pregunté si podía invitarle una cerveza y ella dijo que sí. 


Le di un sorbo a mi cerveza y luego tuve que ir al baño de nuevo –ignoro si todavía traía bajo la axila el EP de Hassassin– y le pedí a Nayeli que me sostuviera la cerveza por favor. Al regresar junto a Nayeli, Los Silencios Incómodos estaban preparándose para tocar. Seguimos conversando, probablemente le volví a decir que mi hermano tocaba la batería en Nos Llamamos –probablemente ella bromeó conmigo y volvió a decirme que no me creía, que le estaba tomando el pelo– y que ya había escuchado Hasta Ahora Todo Va Bien, y ella me confesó que a su hermana le gustaba el baterista de Los Silencios.  

Sonaban los primeros acordes de “Detrás de la Tormenta” (mi canción favorita de Los Silencios), cuando nos encontrábamos más desinhibidos, y pasó lo que ambos sabíamos que iba a pasar desde que nos bebimos la primera XX Lagger y desde que nos fumamos los primeros Camel. 

Ella se tuvo que marchar antes de que tocaran Los Nena. Le pregunté si nos veríamos en otra ocasión, me dijo que sí y me dio su número telefónico. Lo anotó con una pluma en la palma de mi mano izquierda. La pluma, comandada por su mano derecha, se posó sobre mi palma como un tatuaje de hierro incandescente.

Al cabo de un mes, la llamé. Salimos algunas veces. Fuimos al CNA, fuimos al Centro Histórico, fuimos al Claustro, fuimos a Galerías Coapa, nos llamamos por teléfono muchas veces, pero hoy todo se acabó.

Hubo momentos agradables, pero en general nunca nos acoplamos. Conocerla fue un placer, pero tratarla fue un infierno. Más o menos.