Mostrando las entradas con la etiqueta NIN. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta NIN. Mostrar todas las entradas

lunes, octubre 22, 2012

And All That Could Have Been


Ella está tumbada en el lodo, en posición fetal, a unos metros de mí. 
Está aturdida y se cubre las orejas con las manos, como si no quisiera escuchar nada.

Tengo la impresión de que estamos en una guerra y que acabamos de presenciar un ataque aéreo. Miro alrededor. Nos refugiamos debajo de un puente ruinoso.

Sin salir del puente, me asomo por un resquicio. 

A lo lejos, detrás de unos edificios en ruinas, distingo el horizonte.  

Atardece.

El sol arde en el cielo con un color rojizo y sangriento. 
El viento sopla fuertemente. Me eriza la piel y zumba en mis oídos. 

De algún lado, proviene el sonido de una canción. 
El sonido cada vez se hace más fuerte, como si la fuente de sonido se acercara a nosotros.

Comienzo a identificar la canción. 

No es una canción de Edith Piaf, como en la escena de Rescatando al soldado Ryan, cuando el escuadrón de Tom Hanks se alista en las ruinas de una ciudad francesa para emboscar a los nazis.

En mi sueño, se trata de And All That Could Have Been.

Tengo la impresión de que he escuchado tantas veces la canción que ya no la soporto.
(En la realidad, es una de las canciones que más escucho y que más me gustan.)

Volteo a mirarla. 
Ella se ve tan vulnerable que tampoco la soporto. 
Ella es igual a mí, pero tiene rasgos de mujer. 


viernes, octubre 31, 2008

NIN en el Festival MOTOROKR


Estábamos en plena huelga en la UNAM, cuando escuché The Downward Spiral. 

La huelga se había alargado más de lo que todos esperaban -tenía casi 8 meses- y yo empezaba a tener problemas de salud. 

Me sentía constantemente débil e inútil, sin un propósito en la vida.

El médico me había dicho que necesitaba distraerme -no hacía más que leer novelas y escribir, encerrado en mi recámara- y entonces me inscribí en un Taller de Creación Literaria.

Jamás había expuesto mis textos a desconocidos -sólo a algunas personas en particular a quienes les había escrito algo-, y someterlos a la crítica y conocer a otras personas con intereses literarios afines a los míos, surtió un efecto positivo en mí. 

Aunque casi todos los compañeros del taller escribían poesía -yo escribía relatos-, gracias a ellos conocí a varios autores que ni siquiera sabía que existían y también aprendí a usar ciertos trucos para escribir. 

El poeta que impartía el Taller se llamaba Leonel y nos contaba un montón de anécdotas de otros escritores con los que había convivido y que por desgracia he olvidado. 


Al principio de la huelga, iba a Ciudad Universitaria con frecuencia.
Había muchas personas a favor del movimiento estudiantil.

En la Facultad de Psicología, estudiantes y familias enteras se encargaban de preparar alimentos y de salir en comisiones a informar al público en general cuáles eran las peticiones del Consejo General de Huelga.  

El movimiento había comenzado como reacción a la modificación del Reglamento General de Pagos de la UNAM, pero en pocos meses todo se salió de control. 

Asistí a un par de sesiones plenarias del CGH en el Auditorio "Che" Guevara y lo que vi allí me sorprendió. A pesar de que era un sitio de difícil acceso -todas las puertas de la Ciudad Universitaria estaban custodiadas o cercadas con malla ciclónica-, había periodistas nacionales y extranjeros, por todas partes. 

El ambiente -por supuesto- era totalmente distinto a lo que decían en Televisa y en TV Azteca. 

Me molestaba el poder que ejercían esas televisoras sobre la opinión de la gente.

Mi abuela, por ejemplo, leía mucho, pero constantemente me recomendaba que no anduviera con "esos vándalos" que habían tomado la UNAM. 

(Si eso ocurría con mi abuela, ¿qué no pasaría con la gente que sólo veía televisión?)



Con el paso del tiempo, sin embargo, la Universidad fue convirtiéndose en un muladar y la gente fue dejando de interesarse en el movimiento estudiantil. 

Incluso yo mismo dejé de ir a la Universidad. 

En la Facultad había un grupo de "estudiantes" que se habían apropiado de la escuela.

A varios de ellos yo los había visto actuar como vándalos -aventar botellas de agua, hacer desmanes y comportarse como idiotas- en los conciertos de Manu Chao y de Café Tacuba, así como en un evento del EZLN, en el Zócalo.

En la Facultad los había visto burlarse de otros estudiantes que tenían las mejores intenciones para ayudar, pero que no tenían el mismo discurso que ellos, o que simplemente no sabían los detalles más específicos del movimiento estudiantil. 

Por desgracia, cuando "terminó" la huelga, esos estudiantes consiguieron puestos políticos o becas para estudiar en el extranjero. 

A los que les fue peor, después de algunos meses en prisión, los premiaron con plazas de esquiroles de la UNAM.


Por una estación de radio que escuchábamos mucho mi hermano y yo -no hacíamos gran cosa, aparte de escuchar música- anunciaban a una empresa que vendía álbumes de música por teléfono, a precios muy bajos. 

Mi hermano se comunicó al teléfono de esa empresa y encargó The Downward Spiral, junto con un álbum de Björk.   

Cuando terminó la huelga y toda la vida académica volvía lentamente a la normalidad, yo escuchaba mucho ese álbum en un viejo walkman que funcionaba milagrosamente. 

Creo que me lo había regalado mi papá en el último año de secundaria, cuando Michael Jackson vino a la Ciudad de México, porque yo lo utilizaba principamente para escuchar Dangerous. 

Tenía ese álbum en cassette y lo escuchaba todos los días de regreso de la escuela a la casa, preparándome para ver en vivo a MJ en El Estadio Azteca. 

(Ahora que lo pienso, no sé qué efecto habría causado en mi vida si en lugar de ese álbum hubiera escuchado Nevermind.)



The Downward Spiral me gustó tanto que con mi primer dinero simbólico como becario de Servicio Social, más de un año después de la huelga, compré Closure -un VHS con todos los videos de NIN- y poco a poco los demás álbumes de estudio. 

Cuando Trent Reznor y su banda vinieron a México, en el Tour de With Teeth, los escuché en vivo.


Salí un poco decepcionado del concierto. 

Sabía que los conciertos de NIN se caracterizaban por el despliegue de tecnología, pero sólo habían recurrido a una pantalla de leds en en El Palacio de Los Deportes.    

Trent Reznor es amante de la tecnología y suele emplear la tecnología más avanzada cuando NIN toca en vivo. 

Su imaginería es deslumbrante. Sólo hay que ver algunos de los videos de su banda. 

Supuestamente hasta David Lynch recurre a él en busca de consejos, cuando va a filmar alguna película. 

The Slip y Year Zero -los álbumes que siguieron a The Fragile- no fueron de mi agrado completamente. 


Tengo casi toda la discografía de Stone Temple Pilots. 

Los álbumes que más me gustan son Core y Tiny Music... Songs From The Vatican Gift Shop, pero, ahora que lo pienso, casi nunca los escucho. 

Hay algo en la relación entre los hermanos De Leo y Scott Weiland que me parece triste. 

Ellos son músicos geniales, pero siempre me ha dado la impresión de que están supeditados al ego del vocalista. 

A diferencia de NIN, nunca había tenido mucho interés por escucharlos en vivo.

A los Flaming Lips en realidad no los conozco.

Un día me encontré por internet un video en el que tocaban Pennyroyal Tea en un programa de televisión y me llamaron la atención.

Intenté escuchar su música, pero nunca le agarré el gusto.  

Tenía unos meses de haberme casado y de haber ingresado al Doctorado en Ciencias Biomédicas de la UNAM, cuando me enteré que NIN, STP y Flaming Lips tocarían en un Festival en la Ciudad de México. 



El Festival de música era organizado por una compañía de teléfonos celulares, y se llamaba MOTORKR.

Al principio, yo no tenía muchas ganas de ir. 

Según recuerdo, los boletos estaban muy caros.


Además, no había escuchado mucho el último álbum de NIN y prefería quedarme en casa que salir a un concierto. 

Pero el mismo día del evento hubo una promoción en la que los boletos costaban menos de la mitad del precio original -los organizadores no habían tenido el éxito que esperaban- y mi hermano y varios amigos suyos compraron boletos y Elizabeth y yo los acompañamos.

Llegamos al Foro Sol por la tarde, cuando iban a tocar los Flaming Lips.


Había mucha gente en el escenario principal, pero casi todos los demás escenarios estaban desiertos. El Festival incluía a muchas bandas mexicanas también. 


Era un día nublado y hacía mucho frío.
Parecía invierno, aunque estábamos en octubre. 

En esa época mi hermano escuchaba mucho a los Flaming Lips, y me había dicho que su música era muy psicodélica y alegre. 

Lo que más recuerdo de la actuación de los Flaming Lips es que salió el sol durante un par de canciones y que Wayne Coyne se metió en una pelota gigante de playa y que comenzó a caminar entre el público.



Nos quedamos allí a esperar a los Stone Temple Pilots.

Cuando la banda de San Diego, California, subió al escenario, estaba oscureciendo. 

El frío era muy intenso y el cielo estaba tan nublado que la lluvia parecía inminente.

Scott Weiland traía un sombrero y una bandana de color rojo. 

Aunque caminaba de un lado a otro del escenario, se veía fatal.
Parecía que estaba bajo el influjo de algún opiáceo y que apenas podía mantenerse despierto y en pie. 

A menudo él olvidaba las letras de las canciones y entonces los hermanos De Leo se turnaban para cantar las partes que quedaban incompletas.

Eric Kretz le pegaba con fuerza a la batería y el sonido de la guitarra y del bajo estaban bien, pero a la banda le faltaba algo. 

Parecía que sólo toleraban a Scott Weiland y que no estaban disfrutando el concierto.

Los STP tocaron mis canciones preferidas: Big Bang Baby, Interstate Love Song y Trippin' On A Hole In A Paper Heart. 

Uno de los amigos de mi hermano dijo que los hermanos De Leo habían tocado como músicos amateur y que habían sonado como una banda de bar. 



En ese mismo escenario tocó NIN por la noche.

La banda de Trent Reznor salió a tocar bajo la lluvia, cuando el frío era insoportable.

No sé a cuántos grados estábamos, pero la sensación térmica debió de ser menor a 5º C. 

En ese momento, el escenario principal de El Foro Sol estaba abarrotado. 

Dado que había escuchado a NIN en El Palacio de Los Deportes, no tenía expectativas muy altas de ellos.

Suponía que simplemente saldrían a tocar la mayoría de sus éxitos y que aprovecharían para tocar varias canciones de su álbum de estudio más reciente. 

The Slip era un álbum con un origen extraño.
Se podía descargar gratuitamente en internet, pero costaba mucho dinero en formato físico. 
También había salido Ghosts I-IV, un álbum instrumental con 36 temas.  

Sin embargo, la actuación de NIN fue estupenda, mucho mejor de lo que esperaba. 

Trent Reznor y su banda tocaron todas las canciones más famosas de su repertorio, desde Pretty Hate Machine hasta Year Zero. 

A diferencia de aquel concierto que ofrecieron en la Ciudad de México en el 2005, éste fue impresionante. 

Había varias pantallas detrás del escenario que proyectaban imágenes y efectos visuales con diversos contenidos ad hoc para cada canción. 

Las imágenes se fusionaban con la música a tal punto que a veces olvidabas que había una banda en el escenario tocando en vivo.

Parecía una película con música de alta calidad.  

La mejor parte del espectáculo fue cuando la banda tocó algunas canciones de Ghosts I-IV y Trent Reznor aprovechó para presentar a cada uno de sus músicos, mientras la música no cesaba.




Me gustaría que hubiera un video del concierto, para poder disfrutarlo de nuevo.

Fotos Blogspot

Fotos Flikr
Fotos Me Hace Ruido

lunes, abril 16, 2007

Con todos mis dientes


Después de mucho tiempo, iba solo otra vez a un concierto al Palacio de Los Deportes. 

Allí mismo, en un lapso no mayor a cinco años, había escuchado a los Red Hot Chili Peppers, a Rammstein, a Pearl Jam, a The Cure, a R. E. M., a Paul McCartney, a The Strokes, a La Maldita Vecindad y a Café Tacuba... con Susana –a ella le gustaba todo tipo de música y yo no oponía resistencia cuando me sugería que fuéramos a algún concierto–, así que me sentía fuera de lugar.

Toda mi adolescencia había ido solo a todos los conciertos que había podido ir, pero, en ese breve lapso de mi vida universitaria, me había acostumbrado a estar con ella. 

Ese jueves 2 de junio del 2005, teníamos más de un año sin vernos. 

Al terminar la licenciatura, con el pretexto de hacer un viaje para celebrar su graduación, ella se había largado de la ciudad por tiempo indefinido con unos amigos suyos.

En el viaje se había enamorado y se había casado. 
No había vuelto a la ciudad desde entonces y trabajaba en alguna actividad turística que no tenía ninguna relación con su grado académico. 

Yo me había quedado en la ciudad, impartiendo clases en una universidad de Santa Fe y aborreciendo mi vida y teniendo crisis existenciales que me llevaban a considerar la posibilidad de abandonar la academia y la investigación y dedicarme a escribir y a sobrevivir con algún empleo miserable que me permitiera escribir. 

No la extrañaba ni me sentía particularmente mal porque ella se hubiera casado. 

No quería verla, pero recientemente habíamos estado hablando por teléfono y las cosas entre los dos parecían estar en paz. En una de las últimas conversaciones, se me había ocurrido decirle que iría a visitarla pronto y, de un momento a otro, ella ya me había comprometido hasta a pagar parte de la renta de la casa en la que ella y su esposo vivían. 

El día del concierto, faltaban unas semanas para ese viaje. 
No comprendía qué sentido tenía ir a visitarla. 



Antes de que Susana se fuera de la ciudad, ya nos aborrecíamos.

Discutíamos por todo y nos insultábamos por todo. Teníamos una relación enfermiza y violenta. Habíamos permanecido juntos mucho tiempo, sólo por costumbre. 
Ella tenía miedo a la soledad y yo tenía miedo de no volver a encontrar a alguien que se interesara en mí. 

Recordaba claramente la noche en la que la relación había comenzado a deteriorarse. 
El motivo había sido una estupidez. 

Esa noche regresábamos de una fiesta –yo estaba ebrio– y, de un momento a otro, la actitud de Susana cambió.

Se puso furiosa y me miró con indignación.
El mensaje, aunque confuso, era contundente: ella no podía creer que yo hubiera hecho... o que no hubiera hecho... algo que ella esperaba que yo hiciera... o que no hiciera. 

Aunque le insistí varias veces que me dijera qué le pasaba para que yo prestara más atención en el futuro y no volviera a cometer el mismo error, ella no quiso decirme qué le pasaba. Sólo me dijo que era algo obvio y que si no me había dado cuenta, yo era el que tenía un problema, y continuó tratándome como si yo hubiera cometido el peor crimen posible.

Me sentí estúpido. 

Yo no había adoptado esa actitud intolerante cuando ella me había cambiado el nombre "accidentalmente" (por el nombre de su ex), ni cuando su ex había amenazado con secuestrarme, ni cuando su ex se había aparecido en su casa durante una cena de Navidad (según ella, cuando eran novios, él nunca la visitó en Navidad) y ella me lo había ocultado, aun cuando me había hecho prometerle que nos contaríamos todo y que no habría secretos entre los dos. 

Me puse a pensar cómo habría reaccionado ella, si yo le hubiera hecho las mismas cosas. Llegué a la conclusión de que, desde el momento en el que ella me había llamado "Ernesto", yo debí haber sido menos razonable y exagerar el daño. 

Tenía nula experiencia con las mujeres y carecía de autoestima. 
Era un ingenuo. 



Después de insistirle alrededor de media hora que me dijera qué demonios había pasado y de no obtener respuesta de su parte, me impacienté y perdí el control. 

No podía creer que Susana estuviera tan molesta conmigo y que su actitud hubiera cambiado de un momento a otro –nos habíamos divertido mucho en la fiesta–, y tampoco podía comprender por qué era tan difícil para ella decirme lo que había ocurrido, ni tampoco comprendía por qué ella esperaba que yo adivinara de qué se trataba ni por qué debía ser un asunto obvio para mí. 

(¿Cómo se suponía que debía aprender de mis errores, si ella no me decía qué la había disgustado?, ¿cómo se suponía que yo mismo evaluaría la gravedad del asunto, si ella no me decía qué la había molestado tanto...?)

Puse mis manos alrededor de su cuello y entonces ella se asustó y comenzó a llorar y yo retiré las manos y me sentí la peor persona del mundo. 

Amaba a Susana, pero su actitud me había hecho perder la razón. Le supliqué perdón y entonces me dijo que se había disgustado conmigo porque yo no le había dado la mano para ayudarla a bajar del auto. 

(¡Ése había sido el problema!)

Los dos pasamos una noche lamentable y al día siguiente ella se marchó sin decirme nada.

Estuvimos algunas semanas sin hablarnos ni vernos. 
El tiempo pasó lentamente. Cada minuto que transcurría, me sentía más culpable y más arrepentido. La culpabilidad era sofocante. 

Cuando nos volvimos a ver, le supliqué que me perdonara... me humillé... le prometí que jamás volvería a pasar... Ella sólo guardó silencio y me miró con odio y con lástima. 

En unos meses –no habíamos cumplido ni un año juntos, cuando pasó esto–, ella me había hecho vivir los mejores momentos de mi vida, pero también me había hecho conocer una parte de mí que me asustaba, así que acepté mi responsabilidad y le dije que no quería hacerle más daño y que jamás volvería a saber de mí. 

(No pude ser más patético.)

Susana se puso a llorar y me dijo que no quería que pasara eso.



Eventualmente, me perdonó.
Lo peor de todo fue que continuamos saliendo.

Las cosas cambiaron. 
Para fastidiarme (supongo), me decía que yo no era ni guapo ni simpático ni adinerado y que ella no entendía por qué seguía conmigo... o recurría a Ernesto cada vez que teníamos problemas.

Ellos eran amigos desde la preparatoria y él había sido su novio antes que yo. 
Susana comenzó a llamarlo por teléfono cuando discutíamos.

A veces, estábamos en la escuela y nos peleábamos y ella lo llamaba y él llegaba a recogerla casi de inmediato –parecía que no tenía otra cosa que hacer–, fingiendo ser todo un caballero y lidiar con la situación con absoluta madurez. (Si no recuerdo mal, incluso él fue a recogerla a algunos de los conciertos a los que ella y yo fuimos juntos.)

Ernesto era mayor que los dos y era inmaduro, impulsivo, llorón, hostil, celoso e hipócrita. 
Siempre me cayó mal. Era la clase de persona que hacía chistes machistas y que veía a las mujeres como un objeto sexual. 

Ellos dos también habían tenido una relación tormentosa. 

Obviamente, Ernesto no soportaba que Susana estuviera conmigo y me aborrecía. 
Aunque yo no tuve nada que ver con el hecho de que ella terminara odiándolo y lo dejara, él me veía como el causante de su infelicidad. No era muy listo. 



Ernesto y yo estuvimos a punto de pelearnos una vez. 

Susana y yo habíamos discutido.
Estábamos saliendo de un seminario de tesis en la universidad y ella lo había llamado por teléfono para que fuera a recogerla. Él llegó con su actitud triunfante de siempre y me miró burlonamente en un momento en el que Susana se distrajo. 
Su actitud me colmó la paciencia y entonces le dije que ya estaba harto de él, de su hipocresía y de su inmadurez... y también le dije a Susana que ya estaba harto de que siempre lo llamara cuando teníamos problemas y de que él siempre apareciera.

(Me hubiera gustado preguntarle a Ernesto si acaso no tenía vida propia.)  

Él adoptó una actitud "furiosa", se quitó los lentes de aumento y luego me dijo lo más sincero que jamás me había dicho, que "no había otra persona en el mundo a la que le daría más gusto partirle la madre que a mí".

Me carcajeé y le dije que yo no opinaba lo mismo de él, que yo creía que mis enemigos debían reunir "ciertos requisitos".

Susana se puso nerviosa y Ernesto se aproximó a mí, desafiándome.
Se quitó la chamarra y movió los brazos como si quisiera darme un puñetazo, pero también como si estuviera esperando a que Susana lo detuviera antes de que se pusiera "realmente" violento.

Mientras tanto, yo sentía que me hervía la sangre y sin embargo recordaba vagamente que Susana me había contado que Ernesto era un hablador y que no sabía pelear y que, una vez que iban a alguna fiesta, él se había bajado del auto a intimidar a un chavito de prepa que lo tenía harto por alguna razón y que el chavito de prepa se lo había madreado y que Ernesto había terminado en el suelo cubriéndose la cara y suplicándole que ya no lo golpeara más y que al final hasta le había dado la mano "en son de paz" y le había pedido que fueran amigos.

También pensé en las ocasiones en las que ella me había dicho que Ernesto la había amenazado con secuestrarme para hacerme sufrir lo mismo que él estaba sufriendo –ya mencioné que no era nada brillante y que me veía como el sujeto que "le había quitado a Susana"– y también pensé en mis primos, que eran delincuentes de verdad y que eran respetados por otros delincuentes de la colonia en la que vivían –una vez un tipo quiso talonearme y me bastó darle señas de mis primos, y decirle que eran mis primos, para que me dejara en paz y para que me pidiera que les enviara saludos a mis primos– y que habían estado algún tiempo en prisión como guardaespaldas de algún delincuente de mayor jerarquía. 

(A veces, me divertía la idea de buscar a mis primos, de contarles de Ernesto y asustarlo de verdad.)

Me aproximé a él, harto de su histrionismo y dispuesto a partirme la madre con él... 

Di un paso al frente y él se echó para atrás... 
"Obviamente" era tan maduro que se arrepintió en "nombre del amor" que sentía por Susana. 



Mientras buscaba mi lugar en El Palacio de Los Deportes –nunca había tenido suficiente dinero para comprar boletos en la Sección General y mi boleto era de la Sección D y quedaba de frente al escenario, a unos cuarenta metros de distancia–, continuaba pensando en Susana y en Ernesto y me odiaba por no haber sido capaz de alejarme de ella cuando la lastimé.

Encontré mi lugar y me compré una cerveza y comencé a bebérmela. 

Recordé algunas ocasiones en las que ella me había invitado a su casa y en las que yo había ido a su casa, aunque su casa me quedaba a casi dos horas de distancia y aunque hubiera preferido estar solo en ese momento y ponerme a leer o a escribir –el tiempo que estuvimos juntos, rara vez pude estar solo y leer o escribir–, y también recordé que, generalmente, cuando yo la invitaba a algún lugar, ella se negaba a acompañarme porque tenía algún compromiso de suma importancia (¿fiesta?, ¿salida de fin de semana a la playa?) con sus amigos.

También recordé una ocasión en la que tuve que perderme un evento único e ir a la universidad en vacaciones a correr los experimentos de su tesis.
No me molestaba ir en vacaciones a trabajar –había estado haciendo lo mismo en los últimos semestres de la carrera–, lo que me molestaba era que ella quería que yo fuera solo a la universidad porque una noche antes se había ido a celebrar su cumpleaños a un antro y estaba desvelada. 

Le había sugerido que no corriéramos experimentos ese día –los animales estaban respondiendo bien al programa de reforzamiento y tanto ellos como nosotros teníamos varios meses trabajando sin descanso–, pero ella se rehusó y me dijo que no podía creer que yo fuera tan irresponsable y remató diciendo que yo "no tenía un compromiso verdadero con la ciencia".

(Estoy convencido de que ella desde entonces ha celebrado unos cinco cumpleaños más.

Yo jamás he podido volver a ver un partido de cuartos de final en el que se enfrenten las selecciones de Brasil y de Inglaterra... y mucho menos que lo hagan en Shizuoka.) 


© Getty Images  
Cuando el alcohol comenzó a surtir efecto –después de tres o cuatro cervezas–, logré dejar a un lado los recuerdos de mi pasado reciente y me enfoqué en el concierto. 

Trent Reznor nunca había venido a la Ciudad México.

Tenía muchas ganas de escuchar a su banda en vivo y tenía altas expectativas. 

Al menos en Estados Unidos y en Europa, los conciertos de NIN solían ser impresionantes. A Reznor le gustaba hacer alarde de la tecnología y yo esperaba que esa noche no fuera la excepción. 

With Teeth –el álbum que promocionaban durante esa gira–, me había gustado, aunque el sonido no era tan violento y tan crudo como The Downward Spiral.

Lo había estado escuchando alrededor de un mes y lo conocía de principio a fin.

Del mismo modo en que me había ocurrido con Pretty Hate Machine, me daba la impresión de que la música trataba de mis emociones: me parecía que hablaban en detalle de las cosas que estaba viviendo.

Estos pensamientos me llevaron a recordar de nuevo en Susana.



Las asociaciones parecían inevitables... e interminables. 

Escuchaba diariamente The Downward Spiral, cuando comenzamos a salir. 

Habíamos ido juntos al Chopo a comprar Closure con mi simbólica beca de Servicio Social y luego lo habíamos visto juntos en casa de unos amigos suyos. 

Cuando me sentía más unido a ella, escuchaba The Fragile.

Había escuchado Broken cada vez que ella y yo nos peleábamos, esperando tener el valor suficiente para decirle que ya no debíamos seguir juntos.  

Había escuchado With Teeth, creyendo que todas las canciones hablaban de cómo me había sentido en los últimos meses.

Encendí un cigarrillo y me lo fumé.

Luego, salieron al escenario una mujer que tocaba el piano y un hombre que tocaba la batería. 

Los Dresden Dolls tocaron alrededor de veinte minutos.

Su música me gustó al principio –el baterista tocaba con mucha energía y las melodías eran interesantes–, pero al final me aburrió un poco.

Me acabé el cigarrillo, y acepté finalmente que, a pesar de todo, me hubiera gustado estar con Susana en ese concierto. Estaba terriblemente solo y la posibilidad de conocer a alguien era remota.  


De WAKA77 - 撮影者自身による投稿 ( It took a picture for myself ), Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=10357932
Pienso que si ella leyera todo esto, lo más probable es que volvería a odiarme y a sentirse traicionada.

Pienso que lo más probable es que diría que nada fue como yo lo recuerdo y que yo fui el único responsable de que todo acabara mal.

Pienso que tal vez me daría la razón en una o dos cosas. 

La verdad, no me importa nada. 

Puedo hacer lo que quiera con mis recuerdos.
Puedo escribir lo que quiera y usar mis recuerdos para escribir.
No estoy diciendo que todo esto sea necesariamente cierto.
No estoy acusándola de nada. En todo caso, estoy aceptando mi responsabilidad.  

Algunas personas se van de viaje para superar el pasado. 
Otras, como yo, odiamos viajar y escribimos sobre el pasado... para superar el pasado. 

(¿Es tan difícil comprenderlo?)



Cuando NIN subió al escenario, El Palacio de Los Deportes no se había llenado... 
Los organizadores incluso tuvieron que pasar a la gente de la Sección E a la Sección D –los boletos costaban casi $300 menos!– y cubrieron la Sección desocupada con unas largas cortinas. 

El concierto empezó con una versión de Pinion y bastaron las primeras notas de esa canción para olvidarme de Susana. A esa canción le siguió Wish, como en el álbum Broken.

No hubo un gran despliegue de tecnología, pero fue un gran concierto. 

Trent Reznor, casi al final de Starfuckers hizo una pausa y aprovechó para decir que lamentaba que hubieran pasado tantos años para que su banda viniera a México y que estaban pasándosela muy bien y que éramos un público asombroso. 

(Probablemente es el discurso que siempre dice en situaciones similares.) 

Las interpretaciones que más recuerdo fueron Wish, Closer, Burn, Dead Souls, The Hand That Feeds y, por supuesto, Hurt.

  
Últimamente he estado escuchando Pretty Hate Machine y Still, y he llegado a la conclusión de que algunas canciones de esos álbumes –Sin, Sanctified y And All That Could Have Been, por ejemplo– también tratan de mis emociones y que Trent Reznor las compuso para lidiar con el rechazo de una mujer. 

La música y las letras de esas canciones destilan rabia, frustración, vehemencia, melancolía... y he encontrado consuelo al escucharlas. 

Igual que me ocurrió con With Teeth, ahora me pasa con estos dos álbumes.

Hace medio año conocí a una chica salvaje y de nuevo me encuentro mal.
Aparentemente, nunca escucharé a Nine Inch Nails sintiéndome emocionalmente estable. 

Why Do You Get All The Love In The World?
You Get Me Closer To GOD
With Teeth Tour – México 2005

*Foto del póster oficial del concierto de NIN: MTLNS Oscar Borrego; Pinterest.