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miércoles, agosto 07, 2019
Aquí no es Miami | Fernanda Melchor (2013)
Fernanda Melchor nació en Veracruz (1982) y es periodista (Universidad Veracruzana) y Maestra en Estética y Arte (Benemérita Universidad de Puebla).
También es autora de las novelas Falsa Liebre (2013) y Temporada de Huracanes (2016).
Para escribir Aquí no es Miami (2018), realizó un trabajo periodístico y entrevistó a gente involucrada en los hechos que dan lugar a las narraciones del libro.
El libro está dividido en tres secciones –Luces, Fuego y Sombras– y la autora utilizó una narrativa que fluctúa entre el relato y la crónica para contar doce historias que reflejan el impacto de la delincuencia organizada en el Estado de Veracruz.
Los relatos van, casi cronológicamente, de los inicios del narcotráfico, a principios de la década de los noventa, cuando los habitantes de Playa del Muerto –un municipio situado en la cabecera de Boca del Río–, sugestionados por "la fiebre de los ovnis", desatada por un maratónico programa de televisión de Nino Canún en el que apareció por primera vez Jaime Maussán, confunden las avionetas Cessna de origen colombiano que cruzan el cielo –y que transportan droga– con naves extraterrestres, hasta los años en los que, paulatinamente, el narcomenudeo de cocaína –destinado exclusivamente al consumo de las altas esferas de Veracruz– sustituye al tráfico de mercancía robada de embarcaciones provenientes de Sudamérica.
Estos relatos también abordan el cambio radical que sufrieron los habitantes de Veracruz debido a La Guerra Contra el Narcotráfico: un obrero ejemplar que se quedó sin empleo y que debió meterse al narco para sostener a su esposa y a su hija porque no tenía otra opción, una reina del carnaval que cometió un crimen atroz y que terminó en la cárcel y que supuestamente se volvió loca, una familia que vive en un buen vecindario al que llega el fuego cruzado entre cárteles enemigos, unos hermanos que son tentados para trabajar como abogados de un narco, un pueblo remoto en donde los habitantes hacen justicia por su propia mano hasta que llega el narco, una fastuosa construcción abandonada que sería un restaurante de lujo pagado con dinero del narco y que terminó por convertirse en "un lugar maldito"...
Tienes que leer este libro.
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martes, enero 20, 2009
Ella saboreó el refresco lentamente, entre canciones de José José
Comenzamos el año en la playa.
Llegamos a Montepío uno de los últimos días de diciembre, a la medianoche.
Rentamos una camioneta que se descompuso a unos kilómetros de la playa y tuvimos que permanecer unas horas en un pueblo desconocido, mientras la arreglaban.
También antes nos detuvimos a comer en Puebla y a cenar unas deliciosas papas horneadas al entrar a Veracruz.
En la playa hacía mucho frío, pero el cielo estrellado era impresionante.
Fuimos con amigos de mis hermanos.
Ellos ya conocían el lugar y lo recomendaban ampliamente.
Una noche, alguien sacó un carrujo y lo compartió con el grupo.
Estábamos en la playa. Alguien había encendido una fogata.
La yerba era muy potente y me puso paranoico.
Elizabeth quiso ir al baño y la acompañé.
El camino de la playa hasta el baño de la casa que habíamos rentado se me hizo eterno.
Aunque la calle estaba casi vacía, me sentía perseguido y tenía un gran sentimiento de culpa.
Nunca me ha gustado fumar para convivir. Prefiero escuchar música o dormirme.
La trivialidad me desespera.
Los amigos de mis hermanos hicieron una fiesta hace unos días.
Alguien volvió a sacar un carrujo y a compartirlo.
La yerba también estaba muy fuerte y me puso paranoico.
Elizabeth tenía mucha sed.
Los amigos de mis hermanos cantaban canciones de José José y hacían mucho ruido.
Apenas pude controlar mi paranoia para escanciar refresco en un vaso.
Me senté en un sofá.
Ella tomó el vaso y se lo llevó a los labios en cámara lenta.
Saboreó el refresco lentamente, y me miró.
Luego bajó la mirada, como si estuviera buscando paz en las profundidades de ella misma.
Era evidente que tampoco estaba pasándola bien.
Ya no soporté el escándalo, y me levanté de mi lugar.
Ella se levantó de su asiento y noté que estaba bailando.
Se sentía ansiosa y no dejaba de moverse.
Después tuvimos una breve discusión y subimos a la recámara.
Sólo quería acostarme en la cama y ponerme a escuchar In Utero con los audífonos.
Me sentía fatal.
La recámara era como un desierto.
Transcurrieron cinco minutos y seguíamos sintiéndonos mal.
Tratamos de hablar, pero ella sólo decía monosílabos.
Era una desconocida para mí.
El efecto se desvanece poco a poco y nos quedamos dormidos.
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