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sábado, octubre 03, 2026

You're The Reason That I Write



Pasan de las 6: 30 AM. Tengo casi 1 hora despierto. Salí expulsado de un sueño del fin del mundo y estuve media hora en la cama echándole un ojo al gato bebé y tratando de volverme a dormir. Veddie está conociendo el mundo, no ha cumplido ni 3 meses de vida, y todo lo quiere morder y rasguñar, todo es nuevo para él, y además tiene mucha energía –de toda la familia, él es quien tiene más fuerza y vitalidad, ya los demás estamos viejos– y por eso, y por muchas otras cosas, hay que supervisar lo que hace. A veces su ímpetu y su energía las canaliza en sus hermanos y él juega con ellos y luego los muerde y los rasguña, y ellos se enojan y se defienden y pueden lastimarlo. 

Luego de echarle un ojo a Veddie me levanté de la cama y me medí la glucosa y batallé con mis achaques de las últimas 3 semanas, y ahora escucho en Amazon Music una playlist de los Pumpkins. Es una playlist que hice apenas el domingo pasado, y no sé por qué nunca había hecho una playlist similar. Los Pumpkins me traen buenos recuerdos. Debí escucharlos más cuando Jackson partió.

Escucho “Said Sadly...” y las voces y las guitarras de ¿D'Arcy Wretsky? y de James Iha atraviesan mis oídos y aporreo el teclado y me pregunto entre líneas qué sentido tiene escribir un blog. 

Independientemente de que escribo para mí mismo –y no pienso así porque lo decía Jack Kerouac–, cuando abrí este blog, en el 2006, Internet era muy distinto a lo que es hoy. Mi blog tenía muchas visitas y no necesitaba compartir nada de lo que escribía en este blog, en ninguna red social –ni siquiera había Facebook; sólo existían Hi5 y Myspace–, las visitas llegaban solas, aparentemente los internautas de entonces éramos más curiosos y más pacientes que los de hoy. A algunos internautas nos gustaba leer a autores conocidos, pero también leíamos a bloggers. En esos tiempos, usaba constantemente mi blog, y a veces escribía relatos y otras veces escribía algunas crónicas de conciertos, y recibía muchos comentarios de gente a la que nunca traté personalmente. Hace 20 años, nuestra capacidad de atención no estaba limitada a 3 minutos de Reels que nos prometieran –en vano– volarnos la cabeza. No había influencers ni había explotado la manipulación a gran escala a través de las redes sociales. Ahora, en promedio, una entrada de mi blog acarrea 5 vistas. (Y eso que, en el camino, he publicado casi 30 papers en un montón de revistas de prestigio, incluyendo algunas de Elsevier y de Springer Nature.)

Mmmmh. Extraño esos años. Había más posibilidades, ahora todo es más difícil. Ya no encuentras cosas poco comerciales en Internet. Encuentras lo que a Internet le interesa que encuentres. Lo que a Internet le interesa que compres. De lo que todo mundo habla en Internet. Por eso la gente acaba adorando a Ruzzarín y a personajes así, y asistiendo a conferencias en las que le cuentan al público sobre los 10 pensadores que cambiaron sus vidas. Todo es publicidad.

Trato de recordar cómo empecé a escribir en mi blog. Cuándo, exactamente, me enteré de blogspot y abrí mi cuenta. Creo que empecé con una canción de Pink Floyd. (Claro: antes de los blogs, yo ya escribía. Empecé a escribir, cuando aprendí a escribir.)

Aporreo el teclado de la Mac. La playlist ya saltó de “Said Sadly...” a “You're All I've Got Tonight”, y la chillona voz de Billy Corgan atraviesa mi cerebro y entre líneas sigo preguntándome qué sentido tiene escribir un blog, si ya nadie lee, si ya todo lo consumimos a través de Reels de 3 minutos, si el cerebro de la mayoría de los internautas ya está frito, si la mayoría de los internautas ya sólo scrollea para terminar con la abstinencia de redes sociales. Y a lo mejor no se enteran de que son dependientes a las redes sociales. No tendrían que saber que, para el sistema nervioso central, las redes sociales son como la cocaína y las anfetaminas. 

También pienso en que si David Foster Wallace hubiera tenido acceso a las redes sociales –acabó con su vida cuando Facebook daba sus primeros pasos–, seguramente ya habría escrito algún ensayo sobre este tema. Ya habría escrito algo sobre cómo las redes sociales son la nueva televisión, y que su alcance masivo e ilimitado, además, se aprovecha de que la gente, a lo largo de la historia de la humanidad, en general, ha sido súper manipulable y frívola y que no se ha caracterizado, precisamente, por tener mucho criterio. Estoy convencido de que Foster Wallace ya habría disertado en 100 páginas por qué a las personas les importa tanto lo que piensen los demás de ellas. Y tal vez ya habría expuesto que, a diferencia de la tele (que, al menos, tenía sus limitaciones: horas muertas sin programación, comerciales interrumpiendo los programas de televisión cada 15 minutos, los mismos programas de televisión grabándose en tiempo real y obligando a su audiencia a esperar una semana entera entre la emisión de un capítulo y otro), las redes sociales están disponibles 24/7, no están realmente reguladas –un niño que apenas está conociendo el mundo y un anciano que se hace pasar por un niño, tienen acceso a ellas–, y que son descarada y terriblemente manipuladoras. 

Tal vez Foster Wallace también habría especulado que las redes sociales son el principio de la extinción de la humanidad. Y quizá lo que ahora escribiré no tiene nada qué ver con lo anterior, pero ayer Lizzie y yo volvíamos a la casa, y el conductor del Uber venía escuchando una canción de Maluma que decía...

Que en mi carro tú te ves mejor
El cuarto huele a Christian Dior
Eres muy bonita pa' llorar por él 
No merece que seas fiel

... y se me ocurre que quizá esta canción, y que haya aparecido en un momento random de la vida, refleja perfectamente mi punto: qué clase de cosas le gustan a la mayoría de la gente, por qué Maluma y personajes como él –que, en general, no tienen ningún interés en aportarle ninguna reflexión a la humanidad, que no se caracterizan por tener alguna ideología anti-sistema, que en sus canciones no invitan a sus fans más que a comprar artículos lujosos y a pasarla bien, y mucho mejor si es en Hawai o en Dubai– son tan populares. 

Como decía, la playlist que escucho, la hice el domingo pasado (y quién sabe por qué, si, en una época de mi vida, escuchaba mucho a los Pumpkins, y en particular las canciones que puse en esta playlist), y la hice mientras leía a Carrère en este mismo lugar en el que ahora mismo aporreo el teclado de la Mac mientras divago sobre lo que podría haber pensado Foster Wallace sobre las redes sociales y me pregunto entre líneas cuál es el propósito de escribir un blog y, de paso, me acuerdo de un momento random de Maluma. (Por cierto, nunca había escuchado esta canción de Maluma).

Cuando hice esta playlist, tomaba un break –este semestre, igual que los dos semestres previos, imparto unas clases los lunes y una gran parte de mis fines de semana me la paso preparando clases— y trataba de comprender si El adversario es una novela dentro de una novela –en el capítulo 2 Carrère nos cuenta que le envió una carta al abogado de Romand, solicitándole que le comunicara a Romand que quería entrevistarlo porque quería escribir una novela sobre él, pero unas páginas más adelante Carrère insinúa que Romand nunca le contestó la carta, que ni siquiera está seguro de que el abogado le haya hecho llegar la carta a Romand, y, sin embargo, unas líneas más adelante, dice que, un par de años después de los asesinatos, cuando Carrère ya había desistido y concluido otro proyecto totalmente distinto, pero inspirado en los asesinatos cometidos por Romand, Romand finalmente aceptó la propuesta, pero ya no me quedó claro si a partir de este punto la novela ya es más ficción que realidad, o si es una novela dentro de una novela–, y quién sabe por qué en ese momento Alexa reprodujo una canción de los Pumpkins, o yo le pedí una canción de los Pumpkins, y luego la canción me remontó a un cassette con lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness y entonces hice la playlist.

El cassette en cuestión lo compré en El Chopo por ahí de 1997 ó 1998 y traía doce o trece tracks de la caja de The Aeroplane Flies High– el box set de los lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness, que debe de tener más de 50 tracks– y lo escuchaba mucho. En 1997 ó 1998 no sólo no había redes sociales: ni siquiera Internet era tan popular como ahora. Las plataformas de streaming como Spotify y Amazon Music todavía no eran viables. Si querías escuchar música, tenías que escuchar la radio, soportar los comerciales de la estación de radio y los comentarios de los locutores, o comprar los álbumes. Eso, a mí generación y a las generaciones predecesoras, nos hizo apreciar la música de otra forma, ser más pacientes, escuchar álbumes de principio a fin, clavarnos con las letras y ver de otro modo la vida. También había Malumas, por supuesto. Pero había otras opciones. No todo era música comercial con los reflectores encima.

La historia con esta playlist y con este cassette se remonta a la gira de los Pumpkins que los trajo a México por primera vez. Acababan de lanzar Adore, Billy Corgan había despedido a Jimmy Chamberlin por sus problemas de adicción a la heroína y D'Arcy Wretsky tenía un pie casi fuera de la banda (por sus problemas de adicción a la heroína), pero en una estación de radio eran un poco ajenos a esta situación y parecían súper entusiasmados con el concierto que los Pumpkins darían en El Palacio de Los Deportes –spoiler: ¡fue decepcionante!– y en las semanas previas al concierto transmitieron algún programa especial. El programa incluía una entrevista de Billy Corgan y no sé por qué pero recuerdo muy bien que el entrevistador contaba que el tipo medía casi 2 metros y que era muy imponente, que estaba totalmente rapado, que se veía como un personaje de Los Locos Adams y que contestaba las preguntas mientras se comía una tonelada de sándwiches. 

Los locutores de esa estación de radio aún elogiaban Mellon Collie & The Infinite Sadness –ya habían pasado 3 años del lanzamiento de Mellon Collie & The Infinite Sadness y la banda de Corgan había tomado una dirección distinta– y (a lo mejor por esa razón) en lugar de hablar de Adore, pasaron varios tracks de The Aeroplane Flies High –ahora mismo tengo un insight: creo que, antes de comprar ese cassette en El Chopo, grabé mi propio cassette directamente de ese programa de radio y debo de tenerlo por ahí–, o, así es como lo recuerdo. El punto es que, desde entonces, desde la emisión de ese programa de radio, escuchaba mucho estos tracks.  

Ahora la playlist ya saltó de los covers de The Cure –“A Night Like This”– y de Blondie –“Dreaming”–, a “Ugly”, y escuchar estas canciones me remonta a otras cosas en las que no pensaba en casi 30 años. 

Cuando los Pumpkins vinieron por primera vez de gira a México, en 1998, terminaba el segundo semestre de la licenciatura y estaba obsesionado con una chica de la facultad. Ella era un poco mayor que yo pero parecía tener toda la experiencia del mundo –no vivía con sus papás, había tenido una vida trágica, era un poco sombría y súper inteligente, interesante y culta; le gustaba bailar, ¡era bailarina profesional, tenía esa extraña conexión con el baile, con su cuerpo y con el movimiento!, y también escuchaba a Nirvana y también le gustaba leer, el autor que más leía creo que era Milan Kundera, y hacía muchas cosas que también me gustaban a mí y pensaba muchas cosas en las que me gustaba pensar. 

En unos cuantos meses, ella se convirtió en la chica con quien quería estar en ese momento de mi vida. Un día le hablé después de una clase y le pedí su número telefónico y la llamé otro día. Al principio las conversaciones fueron extrañas, hablar por teléfono no está en el top 10 de las cosas que más me gusta hacer, yo la llamaba de la nada y no tenía nada qué contarle, pero, justamente cuando más escuchaba este cassette de los Pumpkins que compré en El Chopo, ella y nos llevábamos mejor, las conversaciones fluían más, ella también me llamaba y hablábamos por teléfono una o dos noches por semana, y podíamos pasar 3 horas en el teléfono, y el punto es que ella tenía “un pretendiente” (más grande que ella) y sin embargo nos llevábamos tan bien que me lo dijo —él también era bailarín— y que no sabía qué hacer, que se la pasaba muy bien conmigo. Historia aparte, al final, ella y yo salimos un par de semanas en persona, como algo más que amigos, y fue un desastre. Luego ella abandonó la universidad y se enfocó en el baile y se fue a vivir a provincia, a estudiar a una academia de baile.

Mientras escribo estas líneas suena “Medellia Of The Gray Skies” y la canción me catapulta a 1997 ó 1998, y me acuerdo mucho de esta chica, es casi como si estuviera de nuevo en segundo o tercer semestre de la carrera, y me pregunto qué será de su vida –somos contactos en Facebook pero ella casi nunca usa Facebook, y la última vez que interactuamos debió de ser antes de la pandemia del Covid-19, y, antes de esa ocasión, tal vez interactuamos cuando acababa de pasar mi examen de candidatura en el doctorado, o sea, por ahí del 2010–, y tengo otro insight: esta canción era la que más me hacía pensar en ella, en la época en la que hablábamos por teléfono. Y nunca le presté demasiada atención a la letra, pero tenía la impresión de que la canción describía exactamente cómo me hacía sentir ella, cómo la percibía y cuánto la había idealizado en un año y cuán consciente era de que una relación entre los dos sería un desastre.

Ya van a dar las 8 AM y me tomé unos minutos para enfocarme en la canción y luego busqué información en Internet. Gemini AI dice “is a fragile, melancholic acoustic ballad about unrequited love, idealization, and profound emotional longing.” También dice que “Medellia Of The Gray Skies” fue el lado B de “Tonight, tonight”, que fue lanzada en 1996, y que los temas clave de la canción son la contradicción –Billy se refiere a alguien que es a la vez “an empty promise” y “an easy chair”, como si quisiera conciliar la desilusión, con un fuerte deseo de familiaridad–, la idealización contra la realidad –en frases como “You're a secret noticed” y “You're a mistery sky”, supuestamente Corgan coloca a su musa en un pedestal, y la ve como algo etéreo y celestial, pero también la ve distante y oscura, como los cielos grises–, y Gemini AI también dice que el tema central de la canción es la devoción y la vulnerabilidad, que en otras frases como “You're the emptiness of I” y “You're the reason that I write”, Corgan revela su dependencia emocional a esta musa. 

Sea como sea, “Medellia Of The Gray Skies” es una de esas canciones que me transmiten cosas que no necesito ni puedo explicar con palabras, y ahora mismo me ayudó a desviar mi atención de los achaques de las últimas 3 semanas en los que no quiero pensar. A veces me pregunto si los blogs volverán y si dentro de 30 años los internautas volverán a escuchar álbumes de principio a fin. Creo que no, que cada vez estaremos más alienados. Cada vez habrá más gente impaciente y más cerebros fritos, más cerebros en abstinencia de psicoestimulantes digitales.



sábado, agosto 16, 2025

whisper secrets for me


Un tipo de Ocesa se nos acerca, le echo un ojo a mi reloj y con la otra mano sostengo una cerveza, van a dar las 7 pm, las luces de El Palacio de Los Deportes están todas encendidas, le echo un vistazo al recinto, no parece estar ni a la tercera parte de su capacidad, quién sabe si se llene. Le doy un sorbo a la cerveza, está tibia, su sabor me remonta a otros tantos conciertos en El Palacio de los Deportes, todavía es temprano, este concierto está anunciado a las 8 y media. No habrá banda telonera.

El tipo de Ocesa mueve la cabeza de un lado a otro, muy rápido, tiene una sonrisa maliciosa, nos pregunta (en voz baja) si queremos pasarnos a la Sección General A, «Nada más me dan mi propina», o algo así, murmura (y me pregunto qué tendrá en mente, a cuánto ascenderá su concepto de propina), y su sonrisa me recuerda a la de los villanos de las películas de Disney, esos que se frotaban las manos cuando planeaban cómo salirse con la suya, y ahora ya estoy teniendo un flashback de esas aburridísimas tardes de sábado en casa de Omar, quién sabe por qué mi mamá pensaba que era genial ir a casa de mi tía al menos un sábado al mes, pero pasábamos toda la tarde viendo películas de Disney mientras la tía Ofelia nos servía unas abominables botanas hechas a base de brócoli y espárragos que parecían ser una delicia para Omar. Apenas estábamos en el kínder o entrando a la primaria. La tía Ofelia también nos preparaba infusiones de pasiflora y valeriana que tenían en un estado semicatatónico a Omar (pensándolo bien, mi tía era sobreprotectora), y, por otra parte, siempre había algo angustioso en esas películas de Disney, me parecían tan abominables como las botanas y las infusiones que preparaba la tía Ofelia, desde niño ya era aprehensivo, no necesitaba angustiarme de más porque un cazador asesinaba a la madre de Bambi y lo dejaba huérfano ni porque la bruja quería envenenar con una manzana a Blanca Nieves ni porque Cenicienta estaba bajo un hechizo y nadie sabía que lo único que podía salvarla era el beso de su príncipe azul; no necesitaba enterarme a esa edad que la gente es insensible, envidiosa y mala. (Tengo un insight: tal vez aborrezco las películas de Disney y creo que esas tardes eran aburridísimas, pero, más bien, eran angustiosas.)

«¿Qué dicen, amigos?», insiste el tipo de Ocesa. 

Todo esto resulta irónico, hace tres meses salía con Beatriz y hace poco más de un mes Beatriz me dejó y volvió con su ex, un tipo que, precisamente, trabaja en Ocesa; de hecho, Beatriz me contó varias anécdotas de él, que el tipo fue una especie de guardaespaldas de Marilyn Manson cuando su banda vino al DF a cerrar la gira de Antichrist Superstar, que Manson estaba lleno de cicatrices, de cortadas con objetos punzocortantes, que el tipo de Ocesa los acompañó a él y a Twiggy Ramírez en una camioneta, un par de días antes del concierto, al Mercado Sonora, que los rockstars buscaban a alguna bruja, que estaban fascinados con El Mercado Sonora...; Beatriz también me contó que el ex acompañó a Shirley Manson y a Butch Vig a dar un rol por la Condesa cuando Garbage vino a tocar al Metropólitan por primera vez, cosas así (¿qué edad tendrá el tipo...?, esto no pasó hace más de tres años pero me parece que es un veterano ya), y quién sabe qué, de todo esto, pasó, y qué tanto, de todo esto, fue rollo del tipo para impresionar a Beatriz, el punto es que ella y él están juntos de nuevo, que ella terminó conmigo a finales del semestre escolar, en la estación Copilco del metro, y que me dijo que casi no salíamos a ningún lado, que tampoco hablábamos por teléfono muy seguido, que parecíamos más “amiguitos de la escuela” que novios; en fin, todo esto es irónico, ¿qué tal si este tipo de Ocesa es el mismo tipo de Ocesa del que hablaba Beatriz?, ¿qué tal si este tipo que nos ofrece pasarnos a la Sección General A es el actual novio de Beatriz...?, ¿qué tal si, en un mundo paralelo, Beatriz y yo estamos aquí...?, aunque a ella no le gustan los Smashing Pumpkins, es más de rock en español, Julieta Venegas, Jarabe de Palo, Santa Sabina... Caifanes.

Mmmh, ahora estoy pensando en el cassette que me regaló Beatriz cuando empezamos a salir, siempre me dedicaba una canción de Jarabe de Palo, creo que hablaba sobre la importancia de expresar emociones y buscar apoyo en los demás, quién sabe qué impresión tenía Beatriz de mí. 

En el presente, tú y yo nos quedamos en silencio y me miras y me sonríes y te pasas el cabello por detrás de una oreja –¡cuánto me gustan tus orejas!–, todas las luces están encendidas en El Palacio de Los Deportes, y me sumerjo en la calidez que brota de la fuente de tus pupilas color almendra, es como un abismo o una ventosa, y no te lo he dicho pero tus pupilas me hacen pensar en la Semana Santa, en esa atmósfera de la crucifixión de Jesús en Iztapalapa y en la película de Scorsese, a veces no entiendo por qué pienso las cosas que pienso, pero, casi siempre, desde que nos conocimos, la calidez que brota de tus pupilas que son un abismo y una ventosa me desconcierta, me vuelve loco, me llena de ímpetu, me incita, y me dan ganas de abrazarte, me dan ganas de devorarte. 

Ahora estoy pensando en esta canción —“Pug” se llama— de Billy Corgan, que, por cierto, es una de las pocas canciones que me gustan del último álbum de estudio de su banda, lo compré en El Chopo a mediados de junio y no he dejado de escucharlo, y cuando entro en este estado de trance al ver tus pupilas y tener la experiencia de que son un abismo o una ventosa, mueves algo dentro de mí, y de pronto ya no soy esta especie de gnomo colérico que no expresa emociones pero que quiere destruir cosas por aquí y por allá y me relajo, y tú me tranquilizas –aggh, este es un horrible lugar común, pero eres como una iv de morfina que estalla en mi médula espinal.

En fin, el tipo de Ocesa insiste, pero no soy corrupto y además no traigo mucho dinero, apenas lo suficiente para algunas cervezas más (a precio de concierto) y apenas para el taxi de vuelta a tu casa, vives en la Del Valle, ya veré cómo hago para volver a mi casa (queda a quince minutos de El Palacio de Los Deportes), he calculado que el concierto no terminará más allá de las 11, y entonces le digo que no, que no queremos que nos pase a la Sección General A, estamos en la Sección C, casi junto a una de las entradas a la Sección General A, desde aquí parece que tendremos una buena vista del escenario, excepto que el recinto no está ni a la tercera parte de su capacidad y es difícil predecir cuánto cambiará la perspectiva cuando comience el concierto, y el tipo de Ocesa mete la cabeza en los hombros y dice algo como «Si cambian de opinión, estaré por aquí» y se aleja pero a los segundos lo veo acercarse a otra pareja y seguramente les tira el mismo rollo porque al cabo de no más de un par de minutos los hace pasar a la Sección General A, jaja. 

Vuelvo a mirarte, algo se mueve dentro de mí, nos conocimos a finales de julio, en la fiesta de cumpleaños de uno de los tipos del taller de creación literaria al que me inscribí cuando Beatriz terminó conmigo y empecé a apreciarla (en verdad es así: soy tan estúpido que no valoro en su justa medida a quienes me quieren sino hasta que ya son historia: Beatriz era una buena chica, tal vez un poco absorbente, sumamente afectuosa y un poco cursi –¡le gustaba Jarabe de Palo–, tenía expectativas muy altas de mí, pero me quería, y al principio de nuestra relación decía que podía enamorarse perdidamente de mí); en fin, no sé qué piensas de todo esto, creo que no te gustó mucho que se nos acercara el tipo de Ocesa, sólo quiero abrazarte, sólo quiero devorarte, sólo quiero sentirte cerca, “Pug” se repite una y otra vez en mi cabeza, leí en una revista que es una compleja canción que habla sobre la contradicción del amor, sentirse atrapado entre la comodidad de una relación y el deseo de salir al mundo exterior, quién sabe, Billy Corgan escribe buenas canciones, es un mamón pero es muy ingenioso, aún recuerdo cómo pasaba mis tardes en los últimos años de prepa escuchando Mellon Collie & The Infinite Sadness, y, en fin, esta canción es una de las pocas canciones de Adore que me gustan, y es el 11 de agosto de 1998, hace más o menos un mes Francia ganó la final del mundial de futbol en el Stade de France, las vacaciones de verano se están muriendo, no hemos cumplido ni la mayoría de edad y quién sabe si volveremos a vernos cuando tú vuelvas a clases, también cursarás el tercer semestre de Psicología pero en la UIC, y yo volveré a la Facultad de Psicología de la UNAM –ya te dije que preferiría cambiar de carrera, que no me veo como psicólogo clínico, que no me veo en un consultorio, que me veo en un laboratorio, que quisiera dedicarme la investigación básica y que no sé si quiero estudiar un posgrado, porque ése parece ser el camino, que el trabajo es escaso en la academia, que las plazas ya están apalabradas, que me cuesta mucho conectar con la gente, que la gente suele decirme que siempre parezco estar enojado, que parezco un gnomo colérico que quiere destruir todo por aquí y por allá, tú misma me dijiste eso cuando nos conocimos en el cumpleaños de Leonardo y platicamos sobre este concierto de los Smashing Pumpkins... –¿quién diría que asistiríamos juntos?–, cuando nos tomábamos unas Heineken y escuchábamos Mellon Collie & The Infinite Sadness y me decías que esperabas que los Pumpkins tocaran algo de Gish y de Siamese Dream en El Palacio de Los Deportes, y añadiste «pero ya ves que en Europa sólo han estado tocando Adore y versiones muy raras de Mellon Collie...», ¡uff!, siempre estás informada, quién sabe qué dirías si te contara las anécdotas del novio de Beatriz, quién sabe qué me dirías si te dijera que he estado pensando en Beatriz mientras le doy sorbos a esta tibia cerveza de concierto, tal vez terminarías conmigo, aún no sé si te cae mal Manson, si crees que es satánico, si eso te da risa, si eso te asusta –Beatriz era una santa–, aún no sé si te gusta Garbage, no hemos salido más que cuatro o cinco veces, nos conocimos hace un mes, sólo quiero abrazarte, sólo quiero sentirte cerca, sólo quiero devorarte, que me cuentes secretos al oído.

viernes, mayo 20, 2022

La radio toca mi canción favorita


Quiero escribir algo, pero me despiertan las terribles ganas de orinar que van materializándose lentamente en una forma humana que se abre camino hacia la vejiga. 
Presiento que la vejiga es como un globo a punto estallar y tengo que levantarme urgentemente de la cama, trastabillando y adentrándome en la realidad, como si mis deseos prohibidos me hubieran noqueado después de haber batallado contra mi conciencia durante doce rounds. 

Me tallo los ojos con el dorso de las manos y bostezo y asimilo el exilio del fantástico sueño que soñaba. Era una especie de Kyle MacLachlan mexicano en una película de David Lynch, y en el sueño nada tenía sentido excepto mis debilidades corporales y mis últimos pensamientos oscuros del día.

Me despabilo y me concentro en la penumbra de la habitación. Miro hacia un lado y hacia otro. El camino de partículas de aire que flotan aleatoriamente en la habitación cuando los primeros rayos del sol atraviesan las ventanas y las cortinas, apenas va anunciándose, como un embrión que apenas tiene un rasgo primitivo y cuya placa neural poco a poco irá invaginándose y convirtiéndose en ectodermo, en mesodermo y en endodermo. Luego pienso en cómo el resplandor de los primeros rayos del sol que emerge del horizonte todos los días al despuntar el alba, siempre parece quemar la silueta de las montañas. Estoy más dormido que despierto.

Tropiezo con los tres gatos que son dueños de mi cama y de mi existencia. Me han dado tantos momentos de felicidad y me han llevado a reflexionar tantas veces cuando estoy sucumbiendo ante las superficialidades de la vida, que no me importa si todas las noches me dejan un pequeño espacio en la cama.
 
Gatusso, el mayor de ellos, apenas se da cuenta de que ya regresé al mundo de los vivos, me hace saber que ya puedo darle su comida blanda de todas la mañanas y maúlla trágicamente, como siempre hace: como si no hubiera comido en varias vidas. Siempre tiene hambre. 

Como todos los días, Gatusso me persigue al baño y yo intento escabullirme de él y concentrarme en orinar y en abrir los ojos totalmente y en adentrarme en la realidad, pero él siempre va un paso adelante de mí y de algún modo parece siempre estar en el baño antes que yo, aun cuando yo sea quien abra la puerta.
 
Me mira y ronronea y se talla contra mis piernas, y me hace recordar aquellos años cuando los dos éramos más jóvenes y vivíamos primero en un departamento en Xola y luego en otro departamento en Pantitlán y todos los viernes yo volvía temprano del laboratorio y deseaba apagar mi conciencia por completo y olvidarme de las absurdidades de ciertas personas psicópatas con las que convivía a diario y emborracharme enloquecidamente, y entonces, apenas llegaba al departamento en turno, dejaba mis cosas allí y salía frenéticamente al Oxxo o a la tienda más cercana y compraba una cajetilla de Camel y varios litros de alcohol y volvía al departamento y ponía a Soundgarden o a Sonic Youth o a Radiohead o a Nirvana o a Dinosaur Jr. a todo volumen en el estéreo o iPod o grabadora en turno –Katz volvía tarde al departamento, y Gatusso era nuestro único gato– y medio leía algunas páginas de alguno de los libros de mis autores preferidos –desde Trakl y Heym, hasta Bukowski y Kerouac– mientras bebía y fumaba frenéticamente y cargaba la pipa y la encendía y la fumaba frenéticamente y tosía y acababa frenéticamente intoxicado.

Al cabo de un par de horas me sentía fatal, y Gatusso me acompañaba en los malos viajes, cuando la neblina del alcohol me hacía ver doble y moverme torpemente y cuando el estupor provocado por las otras sustancias estaba matándome y me ponía paranoico; cuando la ansiedad me estrangulaba lentamente y cuando mi cuerpo pedía a gritos que desechara todas los compuestos tóxicos que había consumido; cuando, invariablemente, acababa de horcajadas junto al excusado, hiperventilando, prometiéndome no caer en los excesos jamás y buscar otra forma de lidiar con el estrés, y tratando de devolver el estómago. 

Era un sujeto tan idiota que, luego, cuando me reponía, volvía a fumar y a emborracharme, o entraba en un estado casi comatoso y me tumbaba totalmente aniquilado en la cama, pero Gatusso siempre estaba allí, cuidándome.

Él siempre hallaba la forma de acostarse junto a mí y apoyaba su cabeza contra mi pecho y ponía su nariz felina a unos centímetros de la mía y me miraba como el Thundercat majestuoso de pelaje abundante que es –con sus ojos y con sus inmensas pupilas verticales y con sus iris amarillos que son como unas enormes ventanas de luz de otros mundos y que me hacen pensar en un poema de Baudelaire que leí en la adolescencia, cuando el amor era una estupidez salvaje, violenta e impura–, y ronroneaba y me confortaba y me hacía sentir seguro: me hacía saber que la pesadilla de los excesos –ese primitivo escape de la enfermiza relación que tenía con ciertas personas psicópatas con quienes convivía diariamente–, no era el fin del mundo y que, tarde o temprano, volvería a estar sobrio. 

Así que alimentarlo cada mañana cuando me pide insistentemente su comida blanda mientras me despabilo y me tallo los ojos y trato de conectarme con el mundo y orino, no representa nada, comparado con lo que él hizo por mí. Sin embargo, soy tan idiota que casi siempre me desesperan su insistencia y su apetito voraz.

Son otros tiempos. Gatusso y yo estamos más viejos y hemos vivido muchas cosas juntos, en distintos lugares. Ahora, corro 5 kilómetros al menos dos veces a la semana y bebo una o dos cervezas, o una o dos copas de vino, muy de vez en cuando, y, en estos días, cumplo seis años sin fumar. También me he librado de los psicópatas. 

Total, que, después de orinar, bajo a la cocina y enciendo el estéreo y pongo a un volumen moderado –Katz aún duerme– y en modo aleatorio una de mis playlists de Spotify y entonces suena “I of the mourning”, y me precipito hacia el refrigerador y lo abro y saco la lata de comida blanda para los tres gatos y busco sus tres platos esparcidos en los rincones de la cocina. 

Cuando los encuentro, les sirvo a cada uno de los gatos su porción de comida blanda y luego me siento en un sillón a escuchar tranquilamente esta canción de Smashing Pumpkins que suena en el estéreo y que me remonta a otros recuerdos sobre los cuales ya no podré escribir –esa es otra historia–, mientras ellos tres pastan felizmente como cabras y lamen con sus rasposas lenguas cada uno de sus platos, y entonces caigo en la cuenta de que no sólo hace siete años que no fumo, sino que hace ocho años fue mi examen de grado del doctorado. 

viernes, mayo 28, 2021

Gish (1991)



Gish, el álbum debut de Smashing Pumpkins, que fue producido por Butch Vig en los Smart Studios en Madison, Wisconsin, entre diciembre de 1990 y marzo de 1991, y que fue publicado por la compañía discográfica Caroline Records, hoy cumple 30 años. 

De acuerdo con algunos periodistas de rock, el título del álbum está inspirado en Lillian Gish –la longeva actriz del cine mudo de Hollywood–, pero Billy Corgan –autor intelectual del título– ha desmentido este rumor y ha declarado en algunas entrevistas que simplemente se le ocurrió ponerle ese nombre al álbum y que siempre hay alguien que sobre interpreta lo que hacen los artistas. 

Cuando escuché Gish de principio a fin, los Pumpkins vendrían de gira por primera vez a México –acababan de publicar Adore, su cuarto álbum de estudio– y MTV transmitía constantemente los videos  de “I am one”, de “Siva” y de “Rhinoceros”. 

Más allá de que los videos de Gish no parecían precisamente de los noventa, era innegable que las canciones tenían una influencia de la música de los setenta, de bandas como Led Zeppelin y de artistas como Jimi Hendrix. 

Compré Gish –un disco compacto de segunda mano– en El Chopo y estuve escuchándolo durante más de medio año. Además de que la mayoría de las canciones tenían cambios abruptos entre la estridencia y la quietud, había algunas canciones con una atmósfera más tranquila –más pop y folk– y, sobre todo, las letras de las canciones eran ingeniosas: hacían alusión a La Santa Trinidad, o al dios hindú de la destrucción; hablaban sobre la desesperación del amor no correspondido, o sobre el enamoramiento como una explosión de colores; o, incluso, se referían de un modo ambiguo al consumo de drogas psicodélicas.

Paradójicamente, no sólo el productor del álbum –Butch Vig–, sino también Kevin Kerslake –el director del video de “I am one”–, se involucrarían meses más tarde en la producción de Nevermind y en la dirección del video de “Lithium”, respectivamente, y el aclamado álbum de Nirvana opacaría el lanzamiento de Gish, y, todo esto, sería un fuerte golpe al ego de Billy Corgan.

Mientras escribo estas líneas, escucho el mismo disco compacto de segunda mano que me compré hace veintitrés años. Intento escribir algo más personal, pero el calor de esta habitación es apenas soportable –aunque lo prefiero mil veces, en comparación con el frío– y apenas me permite enfocarme en algunos vagos recuerdos que me trae la música de Gish, pero, igualmente, invito al lector accidental de este blog, a escucharlo por su cuenta y a formar sus propias impresiones.  

jueves, octubre 22, 2020

La tristeza infinita


Recorríamos la Avenida Fray Servando y Teresa de Mier en el Jetta en el que mi papá me había intentado enseñar a manejar en tercero de secundaria. El tráfico era lento. Teníamos varios minutos detenidos en El Mercado Sonora. Resignado a que en algún momento acabaría el trayecto, conforme James Iha y D'arcy Wretsky cantaban la canción de amor superlativo que cierra Dawn To Dusk, me acomodé en el asiento junto a la ventana y me puse a mirar la calle. Hubiera preferido quedarme en la casa, en lugar de salir al Zócalo a ver las luces de Navidad. 

Cuando la canción terminó, saqué el cassette del walkman, le di la vuelta para reproducir el lado en el que había grabado Twilight To Starlight, volví a meterlo en el compartimento del cassette, le di play y le subí al volumen. 

Estaba en el último año de prepa y era un adolescente como cualquier otro adolescente que sólo escuchaba música y que no quería pensar en su futuro, ni salir a pasear con su familia. 

En ese momento, sólo quería concentrarme en la música para dejar de pensar en que faltaba poco tiempo para que entrara a la universidad. No quería pensar en que estudiaría una carrera que tal vez me aburriría pronto. Realmente nunca me había visualizado como psicólogo; más bien, la psicología había sido un punto intermedio entre mis intereses y las expectativas que mis papás tenían de mí. 

Ellos esperaban que yo estudiara Medicina (quizá yo los alenté cuando de niño les decía que sería cirujano). Yo quería ser escritor. 

(Puesto que en mi numerosa familia –conformada por decenas de personas que habían tenido que trabajar toda su vida para sobrevivir en distintos estados del país o que se habían condenado a vivir una vida que tal vez no deseaban porque se habían reproducido casi en cuanto sus órganos sexuales se los habían permitido–, sólo mi papá y uno de mis tíos tenían licenciatura, había sido complicado convencer a mis papás de que quería estudiar una carrera que parecía mucho menos redituable que Psicología; después de tantas discusiones con ellos, ni yo mismo estaba tan seguro de que mis intereses no fueran un capricho que desaparecería con la edad.) 

Cerré los párpados, como si de esa manera pudiera teletransportarme a cualquier otra parte, y me quedé medio dormido mientras la voz de Billy Corgan me decía a través de los audífonos del Aiwa que el amor era un suicidio. Sus palabras me provocaron escalofríos y me hicieron pensar en lo único que realmente me obsesionaba: tener una novia. 

Era 1996. Mellon Collie & The Infinite Sadness tenía poco más de un año de haber salido a la venta y yo tenía casi el mismo tiempo escuchándolo todos los días. También había descubierto a los Smashing Pumpkins hacía más o menos un año, en un concierto que había visto en MTV.

De ese concierto, lo primero que atrajo mi atención fue el tipo calvo que vestía pantalones metálicos que parecían de astronauta y una playera negra con la llamativa leyenda “Zero” en el pecho. Ocupaba el centro del escenario y cantaba peculiarmente y tocaba una Stratocaster. Luego me fijé en la mujer blanca de cabello corto que estaba a su derecha y que daba la impresión de estar en trance, ajena a la reacción del público y concentrada en escuchar las notas que emitía su bajo Fender. Después me fijé en el hombre de rasgos asiáticos que parecía algo introvertido y que tocaba una Gibson, a la izquierda del cantante. Detrás de todos, un impresionante baterista acompañaba con percusiones las tranquilas notas que emitían los tres instrumentos, mientras las luces del escenario parpadeaban entre tonalidades azules y una pantalla al fondo del escenario reproducía imágenes de la naturaleza que le daban a la canción una atmósfera oceánica. 

La canción transmitía quietud. Era como si fuera una droga hipnótica que surtía efecto lentamente y que erradicaba el insomnio con el que habías batallado toda tu vida. 

Poco a poco, la quietud de la canción se convirtió en una explosión en la que todos los instrumentos estallaron, al mismo tiempo que las luces del escenario, que las imágenes en la pantalla y que la furiosa voz del cantante que gritaba algo indescifrable.

Tuvieron que pasar algunas semanas o meses, después de haber visto el concierto por televisión, para que mi hermano y yo encontráramos el tercer álbum de los Smashing Pumpkins en un centro comercial y lo compráramos y yo supiera que el nombre de esa larga canción que iba de la quietud a la furia era “Porcelina of the vast oceans”.  

Además del último concierto que Nirvana tocó en Roma y del Outcesticide que tenía todos su lados B, la oportunista interpretación de “Smells like teen spirit” de Tori Amos y el decadente mensaje que Courtney Love había grabado para los admiradores de Kurt Cobain tras su muerte, Mellon Collie & The Infinite Sadness había sido casi lo único que había escuchado durante todo el último año de prepa, diariamente.

Lo escuchaba tanto que no sólo me sabía el orden de las canciones y los títulos de las canciones, sino que mi cerebro incluso ya había formado fuertes asociaciones entre ellas. Cuando transcurría el breve silencio entre una y otra, ya anticipaba los acordes de la siguiente canción. 

También me sabía de memoria las letras de las canciones. Creía que Billy Corgan me conocía mejor de lo que yo mismo me conocía y que todas esas canciones que él había escrito y que hablaban del rechazo, de la esperanza, de la pérdida, de la confusión y de la furia, eran una especie de radiografía de mi vida. 

Mientras el Jetta finalmente circulaba por la calle José María Izazaga y las luces multicolores de la Navidad anegaban intermitentemente el interior del automóvil y yo iba saliendo de mi sopor, en los audífonos sonaba “In the arms of the sleep”. 

La letra de la canción me provocó vértigo, y me hizo reparar en mi situación sentimental con esa chica que me gustaba y que también se sentía atraída hacia mí, pero que tenía novio. Era frustrante y ridículo. Ni ella quería dejarlo, ni yo quería mantener nuestra relación en secreto. 

Casi en cuanto llegamos a Bolívar y mi papá empezó a buscar un estacionamiento, Billy Corgan me susurró al oído que “el sueño no llegaría a mi cansado cuerpo esa noche...” y entonces imaginé que, al volver a la casa, esa idea no me dejaría en paz y que pasaría toda esa noche en vela, escribiendo algún bobo poema para ella, imitando el estilo de escritura de Corgan o pensando en cuáles serían las posibilidades de cambiar la situación a mi favor. 

Mientras escribo esto, apenas recuerdo su rostro y su voz y sin embargo siento una extraña frustración, como si se hubiera abierto una vieja herida de muchos años, y me pregunto qué sería de su vida y si en algún momento se ha preguntado qué es de mi vida. También me pregunto dónde quedaría ese walkman color negro que mis papás debieron de regalarme en algún cumpleaños y que llevaba conmigo casi a todas partes. Me gustaría saber si aún funciona con dos pilas AA. 

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El tercer álbum doble de los Smashing Pumpkins que desafió los estándares de los álbumes de sus contemporáneos –¡contiene 28 canciones!– y que continúa provocándome sensaciones eufóricas y deprimentes, y remontándome a tantos recuerdos de la adolescencia, hoy cumple 25 años. 

sábado, agosto 11, 2018

It's Not Enough Just A Touch


El 11 de agosto de 1998, los Smashing Pumpkins tocaron por primera vez en la Ciudad de México. 

Se encontraban de gira, promocionando Adore. 

Ése era su cuarto álbum de estudio y era muy diferente a sus predecesores. 
Abundaban los sintetizadores y los efectos especiales.

Las canciones sonaban más a Eye que a Zero o I Am One.

Incluso las típicas baladas de Billy Corgan -como Suffer, Disarm, Stumbleine, In The Arms Of Sleep- sonaban distinto. 

Eye hasta entonces sólo había aparecido en el soundtrack de Lost Highway.

De acuerdo con James Iha y D'Arcy Wretzky, Billy Corgan quería cambiar radicalmente el sonido característico de la banda desde que habían colaborado para esa película de David Lynch.


Cuando comenzó la grabación de Adore, el líder de los Pumpkins había despedido a Jimmy Chamberlin.

Chamberlin era adicto a la heroína y había estado a punto de morir por sobredosis junto con Jonathan Melvoin, el tecladista que los había acompañado en la gira de Mellon Collie & The Infinite Sadness.

Al baterista original, lo sustituían cajas de ritmos en Adore y tres músicos en los conciertos en vivo. 

Él mismo cuenta que la primera ocasión en que los escuchó en el Avalon, antes de entrar a la banda y de que grabaran Gish, los Pumpkins tocaban con una caja de ritmos y sonaban horrible, a pesar de que la estructura de sus canciones era buena.

¿Cómo no iba a sonar distinto Adore, si le faltaba el toque de jazz y la fuerza que él le aportaba a los Pumpkins? 


Mi hermano y yo teníamos boletos en la sección C. 

Aunque estábamos de frente al escenario, nos quedaba muy lejos. 

Cuando compramos los boletos, casi dos meses antes, nunca se nos ocurrió que la vista era mejor desde los lados de esa sección. 

Aunque no dijimos nada, fue evidente que nuestros lugares nos decepcionaron. 

Apenas estábamos sentándonos, cuando un tipo de OCESA se nos acercó y nos pidió dinero para llevarnos a un lugar más cercano al escenario. 

Lo ignoramos y se fue en busca de otro cliente. 

Los Pumpkins salieron al escenario después de las nueve.

Parecían más una orquesta que una banda de rock alternativo.

Había más de diez músicos en el escenario. 


Abrieron con To Sheila y tocaron casi todo su cuarto álbum de estudio.

Aunque también tocaron unas versiones alternativas de Thru The Eyes of Rubi, Bullet With Butterfly Wings, 1979 y Tonight, Tonight, me pareció una descortesía. 

Jamás habían venido a México.

Entre una canción y otra, la gente les pedía alguno de sus éxitos -una chica a mi lado, incluso esperaba que tocaran Pissant-, pero no hubo complacencias. 

Ni siquiera tocaron Today. 

Billy Corgan ni siquiera habló mucho con el público. 


Salí decepcionado de El Palacio de Los Deportes.

El mismo espectáculo que ofrecieron esa noche los Pumpkins, lo habían estado tocando de manera gratuita en Europa.

Incluso MTV lo había estado transmitiendo durante el verano anterior.

La banda terminó con Transmission (sospecho que ese cover de Joy Division influyó en el repentino "re-descubrimiento" de la banda post punk inglesa) y esa canción fue seguida por un largo feedback en el que Billy Corgan y compañía subieron al escenario a algunos afortunados miembros del público, los dejaron tocar sus instrumentos y les hicieron creer que ellos eran los causantes de todo ese ruido, mientras desaparecían en las sombras.




jueves, diciembre 08, 2016

Lee Ranaldo me firmó un disco



En reparación

Hace seis meses –para ser exactos, el cuatro de mayo– estaba saliendo del quirófano. Me suturaron una porción del esófago con una porción del estómago, para formar una válvula que impidiera que los jugos gástricos ascendieran al esófago. La cirugía no sólo me para prevenir la formación de un tumor cancerígeno que pudiera ocasionar la constante erosión del esófago por los jugos gástricos.  ha adaptado totalmente al procedimiento quirúrgico y la recuperación ha sido más lenta y más fastidiosa de lo que esperaba, pero poco a poco me voy sintiendo otra vez como una persona normal. 

Antes de que me operaran, me realizaron varias endoscopías y estuve casi dos años bajo tratamiento médico. Además de que ya estaba harto de comer siempre lo mismo –dos o tres alimentos sin irritantes ni grasas, meticulosamente preparados por mi esposa– y de beber exclusivamente agua simple para evitar que los jugos gástricos ascendieran al esófago y que lo erosionaran constantemente hasta tal punto que pudieran provocarme un tumor –por no mencionar que si no tomaba estas precauciones, los alimentos apetitosos y las bebidas dulces o ácidas me mantenían carraspeando y secretando excesivas cantidades de saliva que me provocaban una sensación de asfixia que terminaba en un episodio de ansiedad, mi salud no mejoraba. 

Todo ese tiempo tuve que consumir muchos medicamentos y antibióticos que dañaron mi estómago y mi flora intestinal –ni siquiera podía comer yogurt o tomar jugo de naranja– y que me provocaron unas terribles náuseas que experimentaba a lo largo del día –tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes y evitar los olores fuertes– y mononeuropatías –unos horribles temblores incontrolables en las extremidades, mezclados con unos horribles espasmos– El reflujo gastroesofágico me tuvo casi dos años bajo tratamiento médico, me realizaron varias endoscopías y seguí al pie de la letra varios tratamientos médicos, pero ninguno funcionó. 

El exceso de medicamentos dañó mi flora intestinal y también me provocó mononeuropatías. 


Las náuseas y el hormigueo en manos y piernas podían ser tan intensos que no podía concentrarme ni para leer ni para escribir.

Además de todas estas molestias, comencé a tener esofagitis.

Tenía que tomar sucralfato diariamente, varias veces al día, para mitigarla. 

Los gastronterólogos me dijeron que las quemaduras que sufriera el esófago podrían provocar problemas más graves, como un tumor cancerígeno, y decidí optar por el procedimiento quirúrgico.

Estuve con molestias durante casi dos años.   

La recuperación de la cirugía ha sido lenta y fastidiosa. 

No puedo estar en ayuno mucho tiempo, sin sentir unos horribles deseos de vomitar. 
Debo evitar casi todo tipo de alimentos. 
Prácticamente sólo puedo beber agua simple. 



Por la noche, fuimos al Auditorio Blackberry a ver unos cortometrajes de Georges Méliès.

Nunca había visto El Viaje A La Luna ni conocía el trabajo de Méliès, pero el evento me interesó porque los cortometrajes serían musicalizados por una banda en vivo.

La banda estaría integrada por John Medeski, Kenny Grohowsky, Mike Rivard y por Lee Ranaldo. 


Mi única experiencia con un evento de este tipo había sido cuando Antonio Sánchez tocó en El Teatro Metropólitan durante la proyección de Birdman en el aniversario de una revista de música y no me había gustado mucho, pero
 Lee Ranaldo es uno de los guitarristas que más admiro y no quise perderme la oportunidad de escucharlo.


No sabía qué esperar del evento.

¿Se parecería al aniversario de WARP? 

¿Pasaría a segundo término la música? 

La primera vez que vino Sonic Youth a la Ciudad de México, Lee Ranaldo y Thurston Moore terminaron el concierto con improvisaciones y feedback, y me imaginaba que la música para los cortometrajes sería semejante.

El resto de los músicos de la banda eran altamente reconocidos: Medeski, tecladista; Grohowski, baterista; y Rivard, bajista. Todos tocaban, o habían tocado,  jazz. 

Tenía la impresión de que la mayoría de los asistentes al evento serían aficionados al cine de culto y que le prestarían más atención a los cortometrajes que a la banda -probablemente muchos de ellos ni siquiera habían escuchado a Sonic Youth o a Morphine-, o que, en todo caso, sólo apreciarían la música como un complemento de los cortometrajes, así que compré boletos de pista, convencido de que sería más fácil (que en los conciertos, por ejemplo) estar cerca del escenario y de la banda.

Llegamos al Auditorio Blackberry casi una hora antes del evento, y hasta ese momento recordé que hacía seis meses que había pasado por el quirófano. 

Hacía un poco de frío y yo tenía arcadas y me sentía un poco mal. 


Afuera del auditorio, en la calle de Tlaxcala, había alrededor de 50 ó 70 personas formadas en tres filas. 

La mayoría de ellas vestía formalmente -como el público que va al teatro- y me dio la impresión de que no eran el tipo de gente dispuesta a permanecer de pie o frente al escenario, por mucho tiempo. 

Unos 20 minutos más tarde, las puertas del foro fueron abiertas y la gente comenzó a avanzar en las filas. 

En el mezzanine había un bar en el que vendían snacks y bebidas alcohólicas -cerveza de barril, cerveza artesanal, mezcal, whisky, ron- y no alcohólicas. 

Se me antojó una cerveza, pero sólo compré una botella de agua y después nos formamos en una de las puertas de acceso a la pista. 

Hasta el fondo del mezzanine había una mesa con mercancía del evento. 

Me acerqué a la mesa y Eli se quedó formada en la fila, junto a la puerta de acceso. 



En la mesa había algunos discos de Lee Ranaldo, algunos ejemplares de un pequeño libro escrito por él -creo que se llamaba Road Movies- y algunos pósters del evento. 

Un tipo de bigote me dijo que Lee había llevado pocos discos, que era súper buena onda y que saldría a firmar algunos de sus discos después del evento, por si me interesaba comprar alguno. 

Volví a la fila a contarle a Eli lo de los discos y ella se me quedó mirando y me dijo que parecía que me daba lo mismo tener un disco de Lee Ranaldo autografiado, o no tenerlo. 

Mientras hablábamos, la gente comenzaba a acercarse a la mesa.

No demoré más de cinco minutos en volver, pero casi todos los álbumes de Lee Ranaldo ya se habían vendido. 

Apenas alcancé a comprar un ejemplar de Acoustic Dust y uno del álbum doble The Rising Tide. 


El tipo de bigote me dijo que esos álbumes normalmente sólo se vendían en los sitios donde tocaba Lee Ranaldo en vivo y me explicó que Acoustic Dust era un álbum con versiones acústicas de algunos covers de Neil Young y de algunas canciones poco conocidas de la carrera solista de Lee, mientras que The Rising Tide incluía un disco con versiones acústicas y otro disco con las versiones eléctricas de las canciones del disco acústico. 

Creo que antes también había visto un álbum de Text of Light -un proyecto de Lee en el que improvisaba música en vivo para los filmes de Stan Brakhage, una de las figuras estadunidenses del cine experimental del siglo XX-, pero ya se habían acabado en ese momento.

Casi en cuanto volví a la fila, fueron abiertas las puertas de acceso a la pista.

Eli y yo fuimos de los primeros en entrar a la pista -apenas detrás de otras cinco personas-, y nos pusimos justo frente al escenario, del lado izquierdo, a unos metros de donde había un atril con una Jazzmaster de color azul y que parecía una de las guitarras favoritas de Lee Ranaldo. 


Tal y como lo había pensado desde que había comprado los boletos y antes de entrar al Auditorio Blackberry, a la mayoría de los asistentes no le interesaba tanto la banda, como los cortometrajes.

Durante todo el evento tuvimos de frente a Lee Ranaldo, sin que nadie nos estorbara.

Yo creía que la música sería principalmente improvisación y feedback, pero parecía que la banda había ensayado y que había compuesto las canciones para cada uno de los cortometrajes y que sólo había dejado abierta la improvisación para Lee Ranaldo en ciertas partes de cada cortometraje. 

Le presté más atención a la música que a los cortometrajes, pero los cortometrajes que más me gustaron fueron Alucinaciones Farmacológicas y Fausto En Los Infiernos. 

Los efectos visuales de los cortometrajes eran muy básicos, pero también muy ingeniosos. 



A la salida del evento, empecé a ponerme nervioso.

Después de ver todo lo que le había visto hacer con la guitarra y con los pedales de efectos, me puse a pensar en todos los músicos a los que ha influenciado Lee Ranaldo y con todos los personajes -vivos o muertos- con los que ha convivido, y, para ese momento, definitivamente ya estaba obsesionado con la idea de tener un autógrafo suyo. 

En el mezannine había un caos de personas que salían del foro, sin idea de quién era Lee Ranaldo, y de personas que parecían saber que Lee Ranaldo saldría a firmar autógrafos y que ni siquiera habían comprado un póster. 

Nos formamos rápidamente en una fila detrás de una pareja, frente a la mesa donde habíamos comprado los discos, y esperamos.

De repente salió Lee Ranaldo al mezannine y aparecieron personas por todas partes y se metieron a la fila sin respetar a los que estábamos formados. 

La pareja delante de nosotros y nosotros fuimos a dar a varios metros de distancia de la mesa.



Tuvimos que hacer lo mismo que nos habían hecho los irrespetuosos y los sacamos de la fila a empujones. 

Algunos tuvieron la osadía de quejarse, pero el tipo de bigote les preguntó si tenían mercancía oficial para que se las firmara Lee y entonces ellos dijeron que no tenían y tuvieron esperar a que nosotros pasáramos. 

Todo mundo quería al menos tomarse una fotografía con Lee. 

Por un momento, creí que no obtendría su firma, porque todo era caótico. 
Otras personas interceptaban a Lee en el camino hacia la mesa y no permitían que llegara.

También había otro grupo de personas del otro lado de la mesa, frente a nosotros, y ellas lo interceptaron cuando finalmente llegó.

El tipo de bigotes y otros miembros del staff pusieron orden.

Lee Ranaldo comenzó a firmar la mercancía y alcancé a escuchar que él le preguntaba su nombre a una chica que estaba delante de mí en la fila.

Me temblaban las manos y mi corazón latía deprisa. 
No podía creer que estaría con Lee Ranaldo, el guitarrista, vocalista y co-fundador de Sonic Youth. Cuántas veces los mejores festivales del mundo y cuántas veces estuvo en backstage con otros músicos que admiro.  

Obviamente no pude evitar darle crédito a la leyenda de algunos bloggers que decían que le había prestado una Jazzmaster suya a Kurt Cobain en un concierto en el que tocaron Mudhoney y Sonic Youth en California. 

Tampoco pude dejar de pensar que él compartió una gira con Nirvana en Europa, poco después de que saliera a la venta Nevermind.  


Cuando llegó mi turno, le di Acoustic Dust y le dije mi nombre.

Le dije que se escribía igual que el de Proust, para evitar confusiones. 

Lee Ranaldo se rió -tal vez sonó algo pretencioso de mi parte- y me dijo: 


"Just like Duchamp, too".

Eli nos tomó la fotografía. 

Yo estaba realmente nervioso. 

Creo que no estuve tan nervioso ni cuando Eric Kandel apareció de la nada en el mezannine del McCormick Place y me preguntó algo irrelevante, ni cuando me metieron al quirófano hace seis meses, mientras surtía efecto la anestesia y el anestesiólogo trataba de platicarme cualquier cosa para distraerme y yo sólo pensaba que tal vez ya no volvería a despertar.