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miércoles, noviembre 18, 2020

18 de noviembre de 1993


Lo más probable es que el 18 de noviembre de 1993 haya sido como cualquier otro jueves de los últimos meses del tercer año de la secundaria: debí de levantarme sin la necesidad de escuchar ninguna alarma, entre las seis y las seis media de la mañana; debí de vislumbrar las cuatro larguísimas horas de tortura del taller de dibujo técnico industrial que me esperaban en la escuela, después del receso; debí de imaginar que antes de esas horas de pesadilla –en verdad detestaba la rutina de ese taller, con todo mi corazón–, al menos tendría la oportunidad de ver, a la distancia, a la altísima chica de cabellera rizada y de brackets que me volvía loco, y también debí de fantasear con un encuentro en el que finalmente me atrevía a hablarle y a decirle cuánto me interesaba...

Lo más probable es que ese jueves 18 de noviembre de 1993, la voz de Héctor Martínez Serrano debió de confundirse varias veces con el sonido del agua caliente de la regadera que caía sobre mi cabeza, mientras iba despertando y asimilando la realidad. 

Lo más probable es que, en algún momento, ese programa de radio, que siempre escuchaba mi mamá por las mañanas, debió de ser interrumpido por la canción del comercial de la Cajeta Coronado que siempre sonaba en la mayoría de las pausas comerciales... y que aun hasta hoy me basta escuchar durante unos segundos para recordar vívidamente esas mañanas.

No estoy seguro, pero quizá, mientras me ponía el uniforme y sentía aversión hacia la secundaria, el comercial debió de hacerme pensar en los convencionalismos, y en particular hacia ese convencionalismo absurdo del uniforme, y debió de hacer que me preguntara si ese convencionalismo, junto con el convencionalismo absurdo de traer el cabello corto –casi estilo militar– y los lustrosos zapatos negros, de algún modo, repercutirían en mi vida adulta y me convertirían en “una persona de bien”.

Ese jueves 18 de noviembre, unos minutos más tarde, aun con la voz de Martínez Serrano y el esporádico jingle de Cajeta Coronado de fondo, debí de desayunar huevos con jamón o con salchichas, o hot cakes, o un sándwich, y un licuado de fresa o de plátano, mientras suspiraba pensando en mi amor platónico de rizos y de brackets, y las canciones de amor de John Secada –que estaban de moda y que también sonaban con frecuencia en otras estaciones de radio– revoloteaban en mi corteza auditiva y hacían que mi corazón latiera como una máquina de vapor precipitándose a toda velocidad a un despeñadero. 

Tras intentar infructuosamente ignorar mi reflejo de estudiante genérico de secundaria en el espejo del baño, mirándome de reojo, debí de cepillarme los dientes, y alrededor de las seis cuarenta y cinco, mi papá, mi hermano y yo debimos de salir de la casa en el Jetta rojo.

En el corto trayecto de la casa hacia la escuela, debí de sentir el nudo en el estómago que siempre sentía –parecía que el licuado de fresa o de plátano se precipitaba hacia mi garganta y que terminaría devolviendo el estómago– y que se intensificaba cuando estaba en la entrada de la escuela y presentía que el prefecto no me dejaría ingresar porque él juzgaría que traía el cabello largo o que mi uniforme y mi aspecto no eran suficientemente impecables. 

(Ese sujeto tenía un juicio muy cuestionable. Bastaba que fingieras ser su amigo, para que te dejara ingresar a la escuela, incluso con tennis negros y cortes de cabello modernos –Vanilla Ice era moderno entonces–, y, ahora, mientras escribo esto a toda prisa para no perder el impulso, recuerdo incluso que él mismo traía una ridícula coleta, y también me pregunto qué tan solo y frustrado se sentía como para estar interesado en la amistad de un montón de adolescentes idiotas.) 

Ese 18 de diciembre, minutos antes de las siete de la mañana, debí formarme en la fila de mi grupo y esperar a que el director de la escuela saliera a escena y nos dijera alguna frase motivacional para alentarnos a ser responsables y a conducirnos con el compromiso que implicaba ser el futuro de México –así como, estúpidamente, varias décadas más tarde, hago yo con mis alumnos de licenciatura, cuando creo que la situación lo amerita–, y yo debí de cerrar los párpados y vislumbrar la salida de la secundaria, y debí de pensar que en el camino de vuelta a la casa me pondría los audífonos y que le daría play al walkman y que escucharía por enésima ocasión Dangerous de Michael Jackson, mientras continuaba sin creer del todo que hacía apenas unas cuantas semanas había asistido a uno de sus conciertos en El Estadio Azteca, y me mentalizaba a pasar toda la tarde realizando alguna tarea sin sentido, sentado frente al televisor de la casa de mis papás, en la sala, junto a mi mamá, procurando enfocarme en aprender, entre los mortecinos resplandores de Rescate 911 y de Misterios Sin Resolver que salpicaban mis cuadernos y libros, y entre las voces de los dobladores de William Shatner y quién sabe de quiénes más. 

La rutina de las últimas semanas de 1993 debió de estar caracterizada también por mis peleas interiores y por mis múltiples estados de ánimo adolescentes, frecuentemente tendiendo hacia el malhumor y hacia el dramatismo, resultado de todas esas emociones que aparecían y desaparecían de un momento a otro. 

Lo que no es probable es que en ese momento en el que el director nos sermoneaba y yo cerraba los párpados para escapar del patio de la escuela, me encontrara feliz y expectante porque sabía que esa noche Nirvana grabaría el MTV Unplugged In New York.

Ni siquiera sabía de la existencia de esa banda. 

De haberlos escuchado, es muy probable que me hubiera sentido tan identificado con su música que la muerte de Kurt Cobain, tan sólo cinco meses más tarde, me hubiera destrozado y que me hubiera dolido como nunca antes nada lo había hecho.

Es probable que hubiera sentido que nadie me comprendía y que hubiera sentido que era el fin del mundo, y es probable que mi dramatismo me hubiera llevado a guardar luto durante varios meses, o incluso a perder el interés por todo... A lo mejor me habría convertido en una persona más resentida de la que soy, o a lo mejor habría sido rebelde y habría dejado la casa de mis papás y me habría empecinado en ser escritor... Quién sabe. Pero sospecho que, de haber conocido a Nirvana a los 12-13 años, no sería la misma persona que soy.

Han transcurrido 27 años de este jueves que trato de evocar, y no puedo dejar de preguntarme cuántas cosas habrían cambiado en mi vida, de haber escuchado a Nirvana y de haber sabido que grabarían en los Estudios Sony de Nueva York este concierto que he escuchado tantas y tantas veces.




lunes, enero 22, 2018

Recuerdos de la enfermedad


No he dejado de toser desde ayer por la noche. 

Los ataques son tan fuertes que ya hasta me duele la espalda. 

Siempre he sido muy enfermizo y debilucho.

Me gustaría ser como las personas que se enferman poco y que aun cuando se enferman no tienen que interrumpir sus actividades diarias. 

Las envidio totalmente. 

He pasado muchos días en convalecencia.  

Tengo recuerdos brumosos de varias noches de la infancia, ardiendo en fiebre y alucinando, debido a los efectos de algún antipirético -sufría de amigdalitis, constantemente-, mientras mi mamá me consolaba.

También recuerdo haber tenido en múltiples ocasiones unas horribles náuseas y haberlas soportado en el asiento trasero del automóvil de mi papá, mientras volvíamos de un restaurante a la casa porque la comida me había caído mal. 

El trayecto de regreso a la casa era eterno. 



Cuando estaba en la secundaria, un simple resfriado me hacía permanecer en cama toda una semana. 

Tomaba una clase en un aula enorme y muy fría que tenía muchas ventanas y puertas que casi siempre estaban abiertas de par en par. 

La clase duraba tres -¿o cuatro?- largas y tediosas horas.

La profesora nos dictaba a toda velocidad, unas normas de comportamiento que supuestamente nos iban a servir para ser mejores personas cuando creciéramos.

Era un taller de dibujo técnico industrial, pero parecía un taller de taquigrafía. 

Teníamos que escribir esas normas a su ritmo, en un block de papel milimétrico.
Además, teníamos que hacerlo con la mayor limpieza posible. 

Encorvado sobre el restirador, con escurrimiento nasal y los ojos llorosos, trataba de pasar a toda prisa la pluma estilográfica Staedtler de .3 mm a través de los huecos de las letras de las plantillas, para escribir esas normas sin cometer errores.

Como soy zurdo, tenía que hacerlo con mucho cuidado para no manchar accidentalmente el papel milimétrico con mi mano mientras la desplazaba de la izquierda a la derecha, conforme iba escribiendo.

La tinta china es muy escandalosa y no se seca pronto. 

Casi nunca le daba mantenimiento a la pluma estilográfica y, justo cuando estaba a la mitad de un dictado, podía taparse y la tinta china dejaba de salir.

Mientras la profesora continuaba dictándonos y yo tenía escurrimiento nasal, tenía que llevarme la pluma estilográfica a los labios y chuparle la punta para que la tinta volviera a salir.

El amargo sabor de la tinta se me quedaba en la boca.
Imaginaba que así debía de saber el veneno. 

Los ojos me escocían y odiaba no poder largarme del aula y sacar un pañuelo y sonarme la nariz, para respirar normalmente. 



Por si fuera poco, tengo una especie de rinitis alérgica estacional. 

De un momento a otro, empiezo a tener los síntomas de un resfriado, exceptuando la fiebre. Casi siempre esto coincide con la cercanía de la primavera o del invierno.

Al cabo de unos minutos, el escurrimiento nasal es excesivo, no paro de estornudar, tengo los ojos llorosos y me siento muy cansado y con el cuerpo cortado.

La loratadina suele mitigar los síntomas. 

Cuando hay mucha contaminación en la ciudad, también comienzo a estornudar y a tener escurrimiento nasal aparatosamente.

Debo tomar loratadina y ponerme un cubrebocas para salir a la calle.

El fin de semana, mi esposa quería probar los helados de Ice Cream Nation.
Alguien se los había recomendado o los había visto por internet.

La heladería está junto a Los Bisquets Obregón de la Colonia Roma. 

Me sentía bien y no me puse cubrebocas ni tomé loratadina. 

Cuando llegamos a la heladería, estaba ordenando un tipo calvo y con lentes de sol.
Su rostro me resultó familiar, pero no recordé de dónde lo conocía. 

Lo acompañaba una adolescente a la que le estaba diciendo que "era muy cagada y natural, como su mamá."

Cuando se dio cuenta que yo lo veía insistentemente, me saludó. 

Entonces recordé de dónde lo conocía.



Hace muchos años, él tenía un programa de televisión.

El programa salía los lunes por la noche en el Canal 5. 

Yo lo veía porque a esa hora regresaba a la casa.

Era profesor de asignatura en la Ibero y daba clase de las 18:00 a las 21:00hrs.

No me molestaba el horario. 

Ya había sido profesor adjunto en la Facultad de Psicología de la UNAM, pero nunca había tenido a un grupo de estudiantes completamente bajo mi cargo. 

Preparaba mis presentaciones en Power Point con videos y fotografías ilustrativas, pero nunca las podía utilizar. 

No tenía computadora personal, pero podía pedir una en la universidad. 
Tenía que apartarla personalmente ese mismo día de la clase, al menos a las 5 de la tarde.

Tampoco tenía un proyector y siempre me prestaban los proyectores más defectuosos -tal vez porque me veían muy joven, creían que daba lo mismo- y entonces terminaba dando mis clases de memoria y en el pizarrón.

Ahora que lo pienso mejor, esa clase debió de ser una tortura para los estudiantes. 

No era experto en el curso que impartía, ni me fascinaba.

Le dedicaba toda una semana a la preparación de una sola clase, pero de todas formas cada lunes me sentía un charlatán, tratando de convencer a los estudiantes de la importancia de los temas que cubría el programa de estudio, exponiendo temas que no me apasionaban y que no conocía a fondo.

Volvía a la casa, deprimido y frustrado, y me sentaba en la sala a ver televisión. 

La sección que más me entretenía de ese programa era una en la que el tipo calvo se hacía pasar por millonario. Recibía cartas de hombres solitarios y patéticos.
Ellos le exponían unos casos absurdos, pidiéndole ayuda.
El millonario leía las cartas y le daba un sorbo a una copa de vino.

Luego decía 
"Que lo hagan ellas" 

y aparecían unas mujeres en diminutos trajes de baño y resolvían la situación.



Siempre me había parecido un tipo pesado y un malísimo comediante, pero me cayó bien en Ice Cream Nation. 

Mi esposa pidió un helado con leche de almendras y crema de cacahuate. 

De un momento a otro, me sentí mal. 

Empecé a estornudar y se me pusieron llorosos los ojos.

Como toda la semana había tenido esos síntomas, no les quise dar importancia.

Caminamos hacia la calle de Guanajuato. 

(Una vez recorrimos casi diez kilómetros sin descanso, desde Plaza Universidad hasta el Centro SCOP, y el malestar desapareció en algún momento). 

Luego volvimos a la Avenida Álvaro Obregón y seguimos hasta Nuevo León.

Recorrimos Nuevo León hasta El Parque España. 

Cuando llegamos al Plaza Condesa, ya me sentía mucho peor. 

Seguimos caminando hasta Tamaulipas y Fernando Montes de Oca, en busca de un local donde venden shawarma y falafel. 

Tenía hambre y allí preparan una salsa agridulce de mango que me gusta. 

Estaba cerrado. 

Caminamos otro rato hasta Alfonso Reyes y Saltillo.

La congestión nasal desapareció. 


(1/11/2017; 17: 16)
Cuando volvimos al departamento, me sentía normal.

Me bebí una León y retomé la lectura de una novela de Ishiguro.  

La novela estaba escrita de un modo muy original -el mismo autor dijo en una entrevista que la escribió para renovarse, porque estaba cansado de que lo categorizaran como escritor de novelas impecables-, y nunca se sabía si lo que se relataba estaba por suceder o si ya había sucedido. 

El protagonista era un prestigioso músico que llegaba de visita a un pequeño pueblo de Europa, como invitado a un magno evento que organizaban todos los habitantes respetables. 

Su estadía en el pueblo, le permitía involucrarse con sus habitantes y conocerlos realmente.

Estaba por llegar al final de un capítulo, cuando sentí comezón en las fosas nasales y empecé a estornudar escandalosamente.

Me tomé la loratadina, y esperé una hora. 

No surtió efecto.

Por la noche, me sentía con el cuerpo cortado y me tomé un Theraflu.

Quince minutos más tarde, me sentí peor.

El domingo desperté acatarrado y con fiebre.

Hoy me quedé en el departamento, esperando reponerme.
Pero me siento mucho peor que ayer.


martes, enero 27, 2009

Spray de campos de lavanda



Camino despacio a través de la estancia

Me extravío en los confines del aromatizante ambiental Glade 

Los campos de lavanda salpican mis fosas nasales como lluvia de verano en forma de spray 
Los campos de lavanda se precipitan en mi bulbo olfatorio como una cascada de recuerdos
Los campos de lavanda  neutralizan el escandaloso olor de la yerba chamuscada

Su perfume me tranquiliza y me parece que voy avanzando entre nubes de espuma de mar
Siento que estoy en el interior de una cálida salmuera sonoamortiguada
Y no me importa nada más que mi capacidad para recordar cosas que nunca fueron

Mientras me sumerjo en la nostalgia efímera de todas las tardes
Pienso que la experiencia siempre involucra cierto nivel de paranoia
Y comienzo a preocuparme por las personas que puedan sorprenderme así

Odiaría si mis vecinos sospecharan que no se trata de que me guste mantener limpio el departamento 
Odiaría si mi familia supiera que necesito desconectarme de la realidad para soportar mi existencia 

Ellos no comprenderían nada




Cuando estoy paranoico, no puedo dejar de pensarte

Te encuentro en los rincones de mi memoria
Con tu suave cabellera rizada y tus ojos de sándalo
Emergiendo de las cosas irrelevantes que me obsesionan 

Avanzo muy despacio hacia la cama
Y me acuesto y me coloco los audífonos


Enciendo el ipod y cierro los párpados

Pienso que la almohada está hecha de cabellos
Y que los cabellos formaron parte de tu suave cabellera rizada
Y que soy un adolescente y que he vuelto a mi habitación
Después de un día cualquiera en la secundaria

Cuánto me gustaría volver a verte tal y como eras
Aunque fuera sólo durante un segundo



Quisiera contemplar tu mirada de leche de almendras
Y tu misteriosa dentadura llena de brackets
Y tu sonrisa fulminante que latía como una herida tibia
Y tus labios hinchados como un durazno a punto de madurar

Quisiera verte debajo del sol del mediodía

Todo transcurre en lentitud dentro de mi cabeza
Mientras intento recordarte exactamente como eras
Y el aromatizante ambiental Glade me remonta a tu rostro lleno de acné
Y vislumbro tu cuerpo en el patio de la escuela, desplazándose como un asteroide

Los audífonos a veces se incrustan como pájaros en las ramas de mi cabeza de árbol
Y hacen nidos de pájaros y me molestan como una piedra en los ojos
Y tengo que volver a cerrar los párpados para admirar la nostalgia dentro de mí