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sábado, enero 18, 2020
Borracho
Escucho Borracho por primera vez en mi vida y considero una desgracia no haberlo hecho antes y estoy convencido de que es muy probable que Whiskey For The Holy Ghost se convierta en uno de los álbumes que más escucharé de ahora en adelante, pero no quiero distraerme y desviar mi atención hacia otro tema: lo que en verdad quiero hacer ahora es escribir en este blog una entrada que me sirva como guía para dejar un registro de lo que he aprendido sobre “el control espinal del movimiento”.
Desde las últimas semanas de diciembre he estado consultando información al respecto –imparto un curso de Fisiología de la Conducta– y, desde el jueves por la noche, he estado considerando escribir una entrada sobre este tema, o grabar un video y subirlo a mi canal de YouTube, pero no he tenido mucho tiempo libre para hacerlo.
Ayer, por ejemplo, estuve ocupado todo el día (y fue un día representativo de cualquier otro día de trabajo).
Me desperté a las tres de la mañana –no recuerdo dónde leí que a esa hora los infartos al miocardio tienen la mayor incidencia porque la frecuencia de los latidos del corazón y la presión arterial exhiben una tasa de actividad muy baja, y, en mi caso, despertarme a esa hora es tan frecuente que no sé si debería tomarlo como una premonición– y ya no pude volverme a dormir.
Me puse a leer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y, dos horas después, me levanté de la cama, me bañé, me vestí y desayuné.
Salí de la casa antes de las ocho de la mañana.
Tuve dos juntas desde las ocho y media –una en español y “en persona”, con colegas de UAM Xochimilco, de UAM Lerma y del Instituto de Neurobiología; y otra en inglés y vía Skype, con una investigadora (¿alemana, austriaca, suiza?) que se conectó desde Suiza– en el Edificio P de la universidad.
A las once de la mañana, recogí el comprobante de mi coeficiente de participación de una clase de Neurofarmacología y Adicción que impartí el trimestre pasado y también recogí una constancia de un curso de SAKAI que tomé hace unos meses.
Alrededor de las 11: 40, volví al cubículo con los colegas de Xochimilco y de Juriquilla. Estuve contándoles sobre los rumores que he escuchado en los pasillos de la universidad relacionados con la inminente huelga que estallará el 1 de febrero por la madrugada. Según algunos rumores –esparcidos entre los alumnos por algunos profesores extremistas–, la huelga es un hecho y durará alrededor de cinco meses, porque el Situam quiere “romper el récord” de la huelga del año pasado.
Mis colegas estuvieron preguntándome cómo se vive en Lerma y a mí sólo se me ocurrió contarles las cosas negativas. En una próxima ocasión, intentaré enfocarme en los aspectos positivos de vivir aquí.
Hasta las 13: 45, estuve arreglando algunos detalles con ellos: revisamos en qué condiciones se encuentra una cámara de Interacción Social que emplearemos con ratones C57BL/J6, revisamos cuál es el número de lote de un mimético viral que usaremos para inducir activación inmune materna en ratonas de la misma cepa y al final le pedimos prestado un frasco de pentobarbital a la Jefa de Departamento para unos experimentos que se realizarán la semana próxima.
Entre las 13: 50 y las 13: 55, me quedé solo en el cubículo y me comí un sándwich de pechuga de pavo, a toda prisa. Desde la mañana, ya había estado comiendo semillas y bebiendo té, pero, debido a mi condición médica, si permanezco en ayuno más de dos horas y luego hablo frente a grupo alrededor de dos horas, comienzo a carraspear, a ponerme ansioso y a tener dificultades para hablar y para respirar.
Luego le di un largo sorbo al té de frutas que llevaba en un termo que me regaló mi cuñada en Navidad y le di una rápida vista a la presentación de Power Point que había preparado para mi clase de las dos de la tarde –generalmente, le doy un repaso a las clases, antes de ir al aula, pero los viernes, debido a las juntas y reuniones académicas que tengo, me resulta casi imposible– y a las dos en punto salí al Aula A-5 a dar clase de Procedimientos Estandarizados en Ciencias Biomédicas.
Cuando llegué al aula, los alumnos estaban exhaustos y aburridos –me dijeron que habían tenido horas libres desde las 11: 30 y que habían llegado desde las ocho de la mañana–, y yo mismo estaba exhausto (y aburrido), pero di mi clase hasta las 15: 30, tal y como debía ser*.
Volví al cubículo a trabajar. Quería terminar de una buena vez, al menos uno de los artículos que empecé a escribir. También quería preparar mi clase del próximo martes y dejar lista una presentación para una plática que daré el próximo miércoles en UAM-Iztapalapa, pero estaba rendido y sólo pude leer algunas cosas.
Salí de la universidad a las 18: 30.
En el camino, me encontré a un colega y me dio un aventón en su Audi plateado y me dijo que le interesaba colaborar con mi jefe y me contó su idea y nos despedimos cinco minutos después y nos deseamos buen fin de semana.
En el recorrido usual de vuelta a la casa, me resistí a quedarme dormido, mientras escuchaba algunas canciones de Nirvana que últimamente he soñado que toco en algún homenaje en el que no soy bien recibido.
Llegué a la casa a comer y me la pasé platicando con mi esposa sobre la forma en la que las células rítmicas de las interneuronas espinales que responden a Glutamato se regulan a sí mismas para generar movimientos, y también le hablé sobre mi intención de dejar este tipo de información registrada en algún medio digital.
Luego me puse a leer sobre el siguiente tema del curso y me sentí cansado y me puse a leer un rato a Marcel Proust y después me acosté y me quedé dormido.
He reflexionado sobre esta información en tantas ocasiones y he pensado cómo explicarla tantas veces de distintas formas que puedo hablar del tema ampliamente.
Dentro de unos meses, no dominaré el tema y me sentiré frustrado.
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martes, octubre 23, 2018
Juan Villoro en la UAM-Iztapalapa
Hace un mes asistí a una conferencia impartida por Juan Villoro.
Lo invitaron a la universidad a hablar sobre el movimiento estudiantil de 1968.
Su conferencia formó parte de una serie de eventos académicos que estuvieron llevándose a cabo en las últimas dos semanas y cuyo motivo fue rendir un extraño homenaje a La Masacre de Tlatelolco que cumplió 50 años el pasado 2 de octubre.
(¡Medio siglo! Y algunas personas siguen creyendo que se trató de una pequeña disputa de venta de drogas entre dos estudiantes revoltosos. ¿Acaso no fue lo que dijo Jacobo, a nivel nacional, en su momento?)
En las primeras dos filas había algunos asientos libres, pero (obviamente) estaban reservados para las autoridades de la UAM-Iztapalapa. Cuando me había resignado a escuchar la conferencia de pie, hallé un asiento libre en la tercera fila, casi en frente del púlpito desde el que hablaría Villoro, entre dos mujeres que nunca dejarían de tomar notas como si fueran mecanógrafas.
Pobres estudiantes: parecían estar allí más por compromiso que por interés. Probablemente algún profesor las obligó a asistir para no tener que dar su clase.
(¿No es terrible? ¿No es similar a lo que hacen algunos maestros de nivel básico, cuando obligan a los alumnos a leer libros aburridísimos...? ¿No los convierten, casi automáticamente, en adultos que odian leer...?)
Yo llevaba Espejo Retrovisor, esperando conseguir el autógrafo –y quizá una dedicatoria– de Villoro*. Mi experiencia me decía que sería relativamente fácil acercarme a él y pedírselo.
Hace unos meses, Paco Ignacio Taibo II vino a dar una plática a la universidad.
Un grupo de estudiantes lo invitó a hablar sobre el proyecto de gobierno de Andrés Manuel López Obrador. La plática se llevó a cabo en una de las áreas verdes entre los edificios donde se imparten clases de Ciencias Sociales y Humanidades y de Ciencias Biológicas y de la Salud, para que Taibo tuviera la libertad de fumar.
Mientras escuchaba y respondía las preguntas del público, me acerqué a él con la biografía de Pancho Villa y me la firmó... incluso se dio un momento para preguntarme mi nombre y también me puso una dedicatoria.
Juan Villoro se caracteriza por ser un orador entretenido y mentalmente ágil, capaz de llevar a la audiencia a la reflexión y a la carcajada de un momento a otro. Hace un par de meses, en vísperas de La Copa del Mundo, ofreció, prácticamente él solo, una plática ¡de casi dos horas! sobre Jorge Ibargüengoitia y mantuvo la atención del público, pasando de anécdotas y de autores como Carlos Mosinváis, a libros especializados de crítica literaria que fueron muy influyentes para una generación de escritores.
Tiene un discurso inagotable.
Al final de esta conferencia sobre el movimiento estudiantil de 1968, el público le hizo preguntas de carácter político. En general, la gente cuestionaba la viabilidad del proyecto de gobierno del presidente electo. Villoro sugirió que había una similitud social y política entre este gobierno y el que siguió al sexenio de Gustavo Díaz Ordaz.
Auguró unos años terribles.
Alguien del público le preguntó qué opinaba de las redes sociales como herramienta para comunicar, a gran escala y en cuestión de segundos, temas "de interés nacional".
Villoro dijo que parecíamos como los hombres de las cavernas que acaban de descubrir el cuchillo y que sólo lo emplean para acuchillar a sus enemigos.
Cuánta razón.
Basta echar un ojo a cualquier red social para darse cuenta de la cantidad de mensajes de odio que abundan y de la cantidad de noticias falsas y pseudocientíficas que se esparcen como una epidemia**.
También basta que uno pase cinco minutos en redes sociales para darse cuenta de la terrible calidad de la información que circula en ellas y para identificar qué características tienen las "voces autorizadas" de hoy: adolescentes (o adultos con mentalidad adolescente) "irreverentes", "políticamente incorrectos", "críticos" y "súper sensibles", cuya única meta en la vida parece ser convertirse en personajes populares y divertirse y cobrar fuertes sumas de dinero por divertirse... sin rendirle cuentas a nadie... ni respetar a nadie.
Unos días después, asistí a una comida y tenía muchas ganas de compartir mis impresiones respecto a esta conferencia con los comensales.
Sin embargo, descubrí que, por alguna razón que desconozco (raras veces abro la boca), algunos de los comensales me tienen estigmatizado, quién sabe desde hace cuánto tiempo: me ven como un presumido que se siente superior a ellos, me ven como un torpe amargado que odia todo, me ven como un ingenuo que se engancha fácilmente en peleas estúpidas con desconocidos y me ven como un sujeto que en realidad no tiene opinión propia y que sólo "va con la corriente" y que repite lo que escucha decir a otros.
A veces, en las comidas, nos comportamos como hombres de las cavernas, también.
____________
*No pude acercarme a Villoro. Las autoridades de la universidad lo detuvieron para aturdirlo ¡con selfies! ¡Ni uno solo llevaba un libro de él! Por fortuna, uno de los organizadores del evento fue muy amable y se llevó mi ejemplar de Espejo Retrovisor y el ejemplar de Arrecife de una estudiante, nos preguntó nuestros nombres y nos devolvió los libros con autógrafo y dedicatoria.
**Parece que la mayoría de la gente cree que compartir una noticia "viral", la convierte automáticamente en un influencer y/o que el propósito de la ciencia es buscar respuestas a observaciones triviales y justificar la pereza y el placer.
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martes, septiembre 26, 2017
En el tercer piso del Edificio S
Hace una semana se cumplieron treinta y dos años del terremoto del 19 de septiembre.
Como es costumbre desde hace más de diez años, hubo un macrosimulacro en el que participaron escuelas, distintas instancias del Gobierno y alguna que otra empresa de la Ciudad de México.
Por la mañana, la Comisión de Seguridad de la Universidad ya nos había informado sobre el macrosimulacro: durante el mismo, tendríamos que permanecer en la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del Edificio S, a unos quince metros del cubículo en el que he trabajado como posdoc en los últimos años.
A las once de la mañana, tal y como estaba estipulado, sonó la alerta sísmica. Me dirigí a la zona de seguridad. Nos reunimos alrededor de veinte personas; la mayoría eran estudiantes de licenciatura y de posgrado, y administrativos; habíamos unos cuantos posdocs.
De las cinco personas que regularmente ocupamos el cubículo, sólo estaba yo: B, como representante del Departamento en la Comisión de Seguridad, coordinaba el simulacro; E impartía una clase en otro edificio de la universidad; Ó, arreglaba algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; R, tenía una reunión en otro instituto.
No había dormido bien. Estaba despierto desde la madrugada y me habían estado dando vueltas en la cabeza algunos recuerdos del terremoto de 1985. El simulacro me puso la piel de gallina y se me ocurrió acercarme a unos estudiantes que andaban por allí en la zona de seguridad y platicarles cualquier cosa para dejar de pensar en mis recuerdos, pero les importó un carajo. (Una de las tantas cosas que he aprendido como posdoc es que los estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites, si no eres mamón con ellos y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer.)
Cuando acabó el simulacro, regresé al cubículo a trabajar en una propuesta de investigación para concursar por financiamiento en una convocatoria del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre y todavía me faltaban algunos detalles.
Poco después, E y Ó volvieron al cubículo y se pusieron a hablar sobre la muerte de René Drucker*. La muerte de Drucker tenía pocos días. Fue “mi abuelo académico” –tutor de mi tutor de doctorado–, presidente del Comité de mi examen de candidatura y, además, es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, pero lo traté muy poco. Siempre estaba muy ocupado y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria. En ese tiempo, él era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM y ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya. (Eso sí: después de 40 minutos, o poco más, frente al Comité de mi examen de candidatura, cuando ya había mostrado los avances de mis datos –casi tenía listo mi primer artículo como primer autor– y respondido a todo lo que me habían preguntado los miembros del Comité, él les puso un alto a algunos de los integrantes que parecían buscar respuestas innecesarias.)
Tenía muchas ganas de hablar con E y con Ó sobre Drucker, pero me enfoqué en completar mi solicitud de Ciencia Básica. Tan sólo la parte legal y administrativa implicaba la redacción de varias Cartas Compromiso que requerían las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad, y actualizar toda la información de mi trayectoria académica desde el 2008 en la plataforma que recién estrenaba el CONACyT.
El proceso estaba resultando desesperante. Mientras E y Ó hablaban sobre algunas anécdotas de Drucker, abandoné la solicitud y me puse a leer un artículo. Los autores empleaban un protocolo de discriminación que no conocía en la Aplysia, y evaluaban el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo.
Estaba tratando de entender el protocolo, cuando el suelo se sacudió de un modo tan fuerte que pareció que un enorme gusano atravesaba los cimientos del edificio S. (La imagen que se me ocurre para describirlo es esa película en la que Kevin Bacon y Fred Ward intentan acabar con los monstruos subterráneos del Desierto de Nevada.)
Desde la primera sacudida, presentí que no sería un terremoto cualquiera.
Emilio, Óscar y yo salimos del cubículo.
Sólo habían transcurrido unos segundos, pero el movimiento era tan intenso ya que ni siquiera intenté llegar a la zona de seguridad. La alerta sísmica comenzó a sonar y el sonido detonó los recuerdos que habían estado dándome vueltas en la cabeza desde la madrugada. Me puse paranoico y pensé en volver por mis cosas al cubículo y en salirme del edificio.
Estaba a unos pasos del cubículo, pero temblaba tan fuerte que apenas pude volver sin perder el equilibrio. La puerta del cubículo estaba abierta. Tomé mi mochila lo más rápido que pude, dejé la computadora encendida en el escritorio, salí del cubículo y cerré la puerta con llave.
Apenas volví al pasillo y reparé en las seis o siete personas que estaban aglomeradas junto a una de las columnas del tercer piso del Edificio S. Me acerqué a ellas.
Miré a mi derecha y reparé en otro grupo de personas que estaban aglomeradas en otra de las columnas del edificio. Entre ellas estaba una investigadora que conocí hace diez años en un congreso. Desde entonces, año tras año, hemos coincidido en otros congresos y en algunos eventos similares. Ella está tan familiarizada con mi trabajo que incluso fue sinodal de mi examen de grado; sin embargo, hace unos meses le dijo a otros investigadores que yo saboteaba sus experimentos y dejó de hablarme. Algunos investigadores incluso dejaron de contestarme el saludo.
(En algún momento que ni siquiera recuerdo, probablemente alguna de sus estudiantes haya llegado a realizar su visita mensual al bioterio, mientras yo pesaba a mis animales –tal y como lo hago todos los días– y que la estudiante haya concluido que yo estaba allí precisamente ese día para sabotear sus experimentos.)
Tenía una cara que dejaba ver que no podía creer lo que estaba ocurriendo.
El terremoto me hizo evaluar la situación.
Aunque lo que más me molestaba no era que ella y que otros investigadores hubieran dejado de hablarme –¡qué más da!–, sino que ella no hubiera intentado aclarar la situación directamente conmigo y que hubiera preferido creerle a alguna de sus alumnas –de por sí, algunas de ellas me trataban como si estuvieran convencidas de que apenas estoy decidiéndome a estudiar el bachillerato– y que hubiera esparcido el rumor de que yo soy un saboteador, en ese momento me pareció irrelevante.
El piso continuaba sacudiéndose tan fuerte que parecía inminente que el Edificio S colapsara y que nada volviera a la normalidad.
Por si todo esto no fuera suficientemente aterrador, empecé a escuchar algunos gritos que provenían de alguna parte del edificio. Hasta ese momento, consideré seriamente que el terremoto duraría tanto tiempo que el edificio no lo resistiría.
Para no dejarme llevar por estas ideas, volteé hacia otra parte.
A mi izquierda, a unos tres metros de mí, vi a Emilio.
Él permanecía solo, cerca de otra columna.
Trataba de mantener la vertical. También parecía que no podía creer lo que estaba ocurriendo.
Supuse que estaba pensando en su esposa y en sus hijas.
En ese momento, su esposa impartía una clase en otro edificio de la Universidad y sus hijas se encontraban a varios kilómetros de distancia en sus respectivas escuelas.
Hasta que lo vi, me puse a pensar en mi esposa y en los gatos.
Entonces también me di cuenta de que estaba sujetando de la cintura a una chica que sólo conozco de vista. Fue irónico. A pesar de que tengo tres años trabajando en esta Universidad y de que la he visto al menos tres veces a la semana y de que ni siquiera nos saludamos y de que no sé su nombre –ni ella sabe el mío–, era posible que, si se caía el edificio y quedábamos entre los escombros, los dos tuviéramos que permanecer juntos quién sabe cuántas horas.
Deseé encontrarme tan cerca de mi esposa como nos encontrábamos ella y yo.
Esta idea me llevó a pensar que tal vez todos los que estábamos en el tercer piso del Edificio S nos preguntábamos si el edificio resistiría el terremoto y si nuestros seres queridos se encontraban a salvo.
Quise dejar de pensar en todas estas cosas y me concentré en los gritos de las mujeres y de los hombres que intentaban tranquilizarlas y me pareció escuchar los crujidos de las tuberías y de las varillas del Edificio S.
Los crujidos me hicieron recordar el terremoto de 1985 y entonces me llegaron a la mente varias imágenes de aquella mañana de septiembre en la que mi mamá y yo nos abrazábamos en el quinto piso del edificio en el que vivíamos hacía treinta y dos años, esperando a que el terremoto terminara y a que todo volviera a la normalidad.
Irónica y trágicamente, a lo largo de estos treinta y dos años, jamás me había puesto a pensar en el terremoto de 1985... excepto esa mañana del martes 19 de septiembre del 2017.
¿Había sido una señal...?
¿Después de más de tres décadas, había pensado en ese evento por la mañana para prepararme mentalmente...?
¿Había sido un presagio de lo que me ocurriría...?
¿De algún modo, había sido un macabro dèjá vuh...?
No quería continuar pensando, pero imaginé que el Edificio S se desplomaría y que yo me quedaría atrapado entre los escombros, y entonces recordé algunas de las anécdotas que escuché en los meses que siguieron a la catástrofe de 1985, cuando parecía no haber otro tema de conversación entre los familiares y entre los amigos de mis papás.
Todo mundo hablaba del terremoto.
Todo mundo parecía haber conocido a algún sobreviviente o a algún fallecido.
El movimiento del piso y los gritos de las mujeres me devolvieron a la realidad.
Una pared se derrumbó muy cerca de nosotros y luego unos cristales se rompieron.
Ese derrumbe fue una señal: el Edificio S podría caer en cualquier momento.
(Por desgracia, he visto en algunos documentales cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos: comienza con un pequeño derrumbe y después todo se desploma, como en efecto dominó.)
No quería pensar que podríamos quedar atrapados entre los escombros, pero era mi único pensamiento. Volví a preocuparme por mi esposa y por los gatos.
Se suponía que alrededor de las dos de la tarde, mi esposa iría a la Universidad y que después iríamos a ver a uno de sus primos a La Colonia Roma.
No sabía si ella continuaba en el departamento, o si ya había salido a la calle.
El departamento en el que hemos vivido durante los últimos cinco años está en el quinto piso de un edificio, a veinte minutos de la Universidad.
¿Qué tal si ese edificio, de más de treinta años, que fue inaugurado algunos años después del terremoto de 1985 y que es más alto que el Edificio S, se encontraba en peores condiciones...?
Cuando el terremoto terminó, bajé a la explanada de la UAM-Iztapalapa.
Frente a la Rectoría de la Unidad, había decenas de estudiantes, de administrativos y de académicos que intentaban comunicarse por teléfono con sus familiares.
Intenté comunicarme por teléfono con mi esposa, pero mi teléfono no tenía señal.
Siempre he tenido la idea de que las líneas telefónicas sólo dejan de funcionar cuando los terremotos han sido realmente catastróficos.
Regresé a la entrada del Edificio S y me detuve a unos metros del muro Omnisciencia de Arnold Belkin. Tenía dos aparatosas grietas que lo dividían horizontalmente en tres secciones. El terremoto había sido tan violento que había dejado esas grietas visibles en el muro.
Intenté llamar de nuevo a mi esposa.
El teléfono seguía sin señal.
Salí de la Universidad.
No habían transcurrido ni diez minutos desde el terremoto y la calle era un caos.
Pasaban pocos taxis y todos estaban ocupados.
Pasaban pocos camiones de pasajeros y todos estaban llenos.
Tuve que caminar sobre la Avenida Javier Rojo Gómez más de tres kilómetros, desde Gavilán hasta Canal del Moral.
Sólo quería llegar al departamento y saber cómo estaban mi esposa y los gatos –mi teléfono seguía sin señal– y no había modo de tomar taxi o transporte público.
En la avenida había varias decenas de peatones y no se veía ningún edificio derrumbado.
Había mucho tráfico y constantemente pasaban patrullas y ambulancias hacia Ermita.
Después de caminar alrededor de media hora, me detuve en una tienda en la que varias personas escuchaban la radio. En las noticias decían que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma.
(¿Qué tal si mi esposa se había adelantado y ya estaba en La Colonia Roma con su primo...?)
Volví a caminar.
Todo era tan incierto.
Sentía que mis piernas ya no daban más.
No había otra opción para llegar al departamento, así que continué caminando.
Tampoco había modo de comunicarme con mi esposa. Tenía que seguir caminando.
Después de casi una hora, finalmente logré subirme a un camión de pasajeros.
Iba llenísimo y el tráfico estaba a vuelta de rueda.
Unos pasajeros iban haciendo bromas –seguramente, ellos ya se habían logrado comunicar con sus familiares– y no dejaban que los demás escucháramos la radio que traía encendida el chofer.
Hasta ese momento, supuse que también alguien (además de mi esposa) podría estar preocupado por mí. La idea me hizo sentir incómodo.
(¿Qué tal si alguien ya había intentado comunicarse conmigo varias veces y esa persona temía lo peor...?)
Llegué a la casa alrededor de las cuatro de la tarde.
Tardé casi dos horas y media desde que salí de la Universidad.
Normalmente, hago de quince a veinte minutos.
Me bajé del camión y miré alrededor.
Los edificios y las casas se veían bien.
Apresuré el paso.
Desde la calle, logré ver que el edificio donde vivimos se encontraba en buen estado.
Por primera vez desde que salí de la Universidad, me sentí tranquilo.
En el estacionamiento del edificio, me topé con uno de los vecinos.
Él inspeccionaba los alrededores en compañía de sus hijos. Uno tiene como diez años y el otro tiene como dieciocho. Los tres se veían tranquilos.
Avancé hacia el edificio.
Las manos todavía me temblaban.
Apenas pude meter la llave en la cerradura de la puerta.
Una de las vecinas de la planta baja, me dijo que mi esposa acababa de subir al departamento y que ella estaba bien.
Subí hasta el quinto piso.
Mi cuñada me abrió la puerta.
Me dijo que tenía como media hora en el departamento.
Ella y mi esposa estaban bien.
Los gatos estaban asustados, escondidos debajo de la cama.
Mi esposa me dijo que había intentado llamarme por teléfono muchas veces.
Me contó que los gatos se habían asustado y que los niños de la escuela que queda junto al edificio habían estado gritando durante el terremoto.
Me dijo que el edificio se mecía y que chocaba con el edificio contiguo.
Me dijo que ella creyó que el edificio se caería y que se metió en el clóset de la recámara.
Me contó que había escuchado cómo crujían las tuberías y las varillas del edificio.
Me dijo que ya se había comunicado con sus papás y con mi mamá.
Mis suegros estaban bien.
Mi mamá, mi papá y mis hermanos, estaban bien.
El departamento también estaba en buenas condiciones.
No había luz ni agua.
Sólo tuvimos internet hasta que se acabó la batería del módem, pero fue suficiente tiempo para que viéramos en redes sociales la destrucción que había causado el terremoto.
Las imágenes me hicieron recordar el terremoto de 1985.
Al igual que hacía treinta y dos años, mi familia estaba bien.
Me sentí la persona más afortunada del mundo.
Mi esposa, los gatos y yo nos fuimos a pasar la noche a la casa de mis papás.
Les conté la odisea que había vivido de regreso de la Universidad al departamento.
Les conté lo horrible que había sido estar en el tercer piso del Edificio S e incluso les sugerí que era probable que hubiera sufrido algún daño, pero no me creyeron: creyeron que había exagerado.
Nos alojamos en mi recámara.
Los gatos estaban inquietos y deambulaban de un lado a otro.
Yo tenía la impresión de que el suelo continuaba moviéndose y de que en algún momento volvería a sonar la alerta sísmica. Cualquier movimiento ligero me recordaba el movimiento en el tercer piso del Edificio S.
Si cerraba los párpados, me veía caminando sobre la Avenida Rojo Gómez...
Me sentía exhausto, pero no pude dormir en toda la noche.
______________
*Drucker murió el domingo 17 de septiembre. Fue un científico muy conocido. Como estudiante, fue alumno de Raúl Hernández Peón –uno de los mexicanos pioneros en los estudios sobre la participación de la acetilcolina en el sueño– y como investigador publicó más de 200 trabajos relacionados con la regulación del sueño. Se convirtió en uno de los científicos más reconocidos en este campo de estudio, pero es probable que la mayoría de la gente lo identifique por sus cápsulas de Divulgación de la Ciencia en distintos medios, o por sus estudios relacionados con el Parkinson.)
**CONACyT cambió su plataforma hace unos meses y todos los implicados tuvimos que cargar toda la información que avalara nuestra trayectoria académica –comprobantes, constancias, artículos, nombramientos, etc.– y volvernos expertos en la nueva plataforma, por ensayo y error. Considerando que algunos investigadores tienen más de cincuenta años de trayectoria, no es un proceso que pueda ser completado de la noche a la mañana.
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19 de Septiembre del 2017,
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