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viernes, octubre 11, 2024

(perdí el) control

Quién sabe cómo llegamos a la Cineteca, pero debieron de ser las cinco o las seis de la tarde. Entre las nueve y las diez, estaba en Querétaro, más exactamente en el Instituto de Neurobiología, en mi segunda entrevista de admisión al Doctorado. En comparación con mi primera entrevista, que tenía más o menos un año de haber ocurrido en el Instituto de Fisiología Celular, incluso estaba preparado para responder a alguna integrante del jurado que tuviera prejuicios hacia los psicólogos, que nos tuviera estigmatizados como “profesionales de la salud de menor rango”, incapaces de estudiar ciencia de frontera en modelos animales, y que me preguntara algo como ¿Sabes quiénes fueron Moruzzi y Magoun...? ¡Cuéntanos cuál es la diferencia entre el encéfalo aislado y el cerebro aislado! y que les insistiera a los demás miembros del jurado que yo no tenía perfil de investigador, que todos los psicólogos debíamos limitarnos a la psicoterapia. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero entonces ya tenía más de un año en el laboratorio de mi potencial tutor de Doctorado y había asistido a un congreso nacional y a varios seminarios con su grupo. También tenía más dominio del tema de mi proyecto de investigación –ya tenía clarísimo que el Sistema Reticular Activador Ascendente no era un concepto vigente y ya sabía cómo responder si algún miembro del Jurado me preguntaba cuáles eran las diferencias entre “la actividad comatosa” y “el sueño profundo” en el EEG–, en dos meses había ensayado una y otra vez, en distintos grupos de investigación, mi presentación, y, según las reglas de la convocatoria de las entrevistas de admisión al Doctorado en Ciencias Biomédicas, no debía durar más de diez minutos. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero había pasado la noche en Querétaro, en casa de una amiga. Lulú estudiaba la Maestría en Neurobiología en el INB y su esposo y ella tenían varios meses viviendo en Querétaro. Luego de la entrevista, los tres volvimos a la CDMX, Lulú y yo tomamos un montón de cervezas y encontramos en algún punto de la CDMX a Chinaski. Cuando la vimos, ya estaba un poco ebrio. Tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, pero no quería pensar demasiado en la entrevista. Era mi última oportunidad. Si el Jurado me reprobaba, ya no podría ingresar a ese posgrado.

Tal vez Lulú lo propuso y decidimos ir a la Cineteca, Control tenía algunos días en cartelera, y Lulú y Mike querían verla. Ni a Chinaski ni a mí nos interesaban Ian Curtis o Joy Division. A Chinaski le daba igual Joy Division. A mí me chocaba. Me parecía una de esas bandas que todo mundo había comenzado a escuchar, pero no tanto por su música ni por interés en el post-punk, sino por marketing. O por las cosas que el periodismo de rock cuenta sobre la epilepsia y la depresión que llevaron a Ian Curtis a suicidarse a los veintitrés años, ahorcándose en la cocina de su casa, horas antes de que Joy Division partiera a su primera gira en Estados Unidos. 

No recuerdo cómo llegamos, pero el punto es que allí estábamos: en las butacas de la tercera o cuarta fila de la sala A, B o C de la Cineteca. Debió de ser un jueves de mayo. Chinaski estaba a mi izquierda, Mike y Lulú estaban a mi derecha, y nos pasábamos una botella de vino. Chinaski era la única sobria, ella no había tomado una sola gota de alcohol, ella nunca tomaba una sola gota de alcohol, y yo no le prestaba mucha atención a la película, me daba igual el origen de Joy Division en alguna oscura reunión en Manchester en la década de los setenta, me daba igual si a Ian Curtis le resultaba imposible lidiar con la presión de la banda y si su matrimonio se desmoronaba y si de todo eso obtuvo inspiración para escribir “Love will tear us apart”; yo solamente hablaba y hablaba con Chinaski, me sumergía en la penumbra de la sala y me perdía en los confines de sus impresionantes ojos del color del Mar Caribe, la amaba con todo mi corazón, la admiraba y le decía cómo me sentía, que tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, que al final de la entrevista un miembro del Jurado me había preguntado por qué quería ingresar a ese posgrado y que yo le había dicho que prefería ser el peor de los mejores que el mejor de los peores, y ella se rió y me dijo que eso había estado un poco fuera de lugar. Le dije que no sabría qué haría si me volvían a rechazar en el posgrado, que tal vez eso significaría que no tenía vocación para la investigación, y ella me reconfortó, me dijo que todo saldría bien, que no tenía por qué preocuparme. 

De pronto, tuve un blackout. 

Pasó lo que pasó, de lo que no tengo recuerdo alguno, y salimos del cine, debieron de ser las ocho o nueve de la noche, y probablemente no podía ni hablar ni pensar coherentemente y probablemente no podía caminar en línea recta, y estoy casi seguro de que Lulú y Mike nos acercaron a alguna estación del metro en su camioneta y que entonces Chinaski y yo volvimos a nuestros rumbos y que luego salimos del metro y que yo la llevé a su casa y que me sentía feliz, que la amaba con todo mi corazón, que tenía la impresión de que mi entrevista había sido todo un éxito. Luego nos despedimos y luego caminé hasta la casa de mis papás, tal vez llovía un poco, ya debían de ser más de las diez de la noche, ya no estaba tan ebrio, pero estaba exhausto. Me tumbé en la cama y llamé por teléfono a Chinaski, y, después de una breve conversación que no recuerdo claramente, me sentí exhausto y colgamos y me acosté a dormir. Años después, cuando discutimos por alguna tontería de esas que suscitan cataclismos en las parejas que se mudan a vivir solas, Chinaski se enojó mucho conmigo y me contó todo, me dijo qué hice cuando tuve ese blackout en la Cineteca. Y jamás he podido superarlo, me convertí en algo que odio y ni siquiera tengo recuerdo de ello.

miércoles, marzo 28, 2018

Alguien debe morir para dejar vacante una plaza académica


Según un estudio de la OCDE del 2017*, sólo el 17% de los mexicanos entre los 25 y los 64 años de edad poseen un título universitario. 

De ese 17%, sólo el 1% posee una maestría y menos del 1% posee un doctorado. 


En este contexto, pertenezco a menos del 1% de la población mexicana entre los 25 y los 64 años de edad.


Estos números me hacen pensar dos cosas: 1) que pocas personas concluyen estudios universitarios porque la mayoría de la población no tiene la oportunidad de hacerlo y 2) que para estudiar un posgrado quizá no sólo se trata de tener la oportunidad de hacerlo, sino de tener suficiente capacidad intelectual para ingresar a uno y de ser suficientemente tenaz para terminarlo. 


Al menos en el posgrado que estudié, nadie se gradúa sólo por haber tomado clases o por haber tenido suficiente dinero para pagar una colegiatura.


Para ser aceptado en ese posgrado, tienes que demostrar que eres mejor que cientos de aspirantes. 


Necesitas haber concluído la licenciatura al menos con un promedio de 8. 


Necesitas pasar unas pruebas psicométricas para que el posgrado descarte que tienes un retraso mental o que puedes desarrollar una psicopatía. 


Lo más importante es aprobar la entrevista de admisión al posgrado, ante un comité de investigadores reconocidos que evalúan cuáles aspirantes exhiben una capacidad apropiada para integrar información científica muy especializada, exponerla coherentemente y defender la viabilidad del proyecto de investigación que pretenden desarrollar y concluir durante el posgrado. 


Ese proyecto de investigación que defiendes en tu entrevista de admisión, no es un texto cualquiera ni se escribe en un solo día. 



No es común que un aspirante llegue al posgrado con una brillante idea y que con base en esa brillante idea escriba él solo un proyecto de investigación. 


Lo común es que el aspirante haya trabajado previamente en el laboratorio del investigador con el que quiere cursar sus estudios de posgrado y que el investigador tenga una sólida línea de investigación y que sea él quien le asigne un proyecto de investigación. 


Dependiendo de lo estricto que sea el investigador, o de lo capaz que le parezca el aspirante, el aspirante puede prepararse todo un mes, o todo un semestre, para esa entrevista de admisión. 


Para tu entrevista de admisión no sólo basta conocer tu proyecto de investigación -los antecedentes, la pregunta de investigación, la hipótesis, la metodología con la que pretendes poner a prueba tu hipótesis, el análisis estadístico que sería más adecuado para tus datos-, sino que debes preparar una presentación oral con material de apoyo -como una presentación en power point, o con cualquier software de tu preferencia-, para exponérsela al comité evaluador de la manera más convincente posible. 

Obviamente, toda la información que da lugar a tu proyecto de investigación está escrita en inglés y está publicada en revistas especializadas. 


Un curso de inglés básico puede facilitarte la lectura de esa información científica, pero no necesariamente su comprensión. 


Obviamente, el comité evaluador espera que en tu presentación expongas datos (y que no leas diapositivas llenas de oraciones que cualquier persona que no supiera el tema podría leer también, como acostumbran a hacer muchos estudiantes de licenciatura cuando les toca exponer en clase) y que los interpretes de una manera congruente con tu pregunta de investigación. 




Desde hace tres años, pertenezco al Sistema Nacional de Investigadores.

Obtuve mi grado de doctor en mayo del 2014. 
He impartido clases a nivel licenciatura y posgrado en universidades públicas y privadas casi durante diez años.
He participado en exámenes de grado -sólo he titulado a una estudiante de licenciatura y fui asesor de otra alumna de maestría que desertó-, he escrito proyectos de investigación básica para concursar por financiamiento -y que hasta ahora sólo han pasado el primer filtro de evaluación-, y desarrollé un proyecto de investigación por mi cuenta. 

Me molestan los comerciales de la presidencia en los que se presume la creación de muchos empleos, pero me molesta mucho más la gente a la que esos comerciales convence fácilmente. 


De acuerdo con un estudio de ManPower Group**, cuando la presidencia se refiere a la "enorme" cantidad de empleos que ha generado durante el sexenio que está por concluir, se refiere a empleos diseñados para un grupo de personas que ni siquiera terminaron la primaria  (114, 990 trabajadores), que aceptan menores sueldos, que no tienen prestaciones ni seguridad social o que laboran en la informalidad o en la subcontratación. 

En este reporte se menciona que la cantidad total de desempleados en México asciende a más de un millón de personas.  

A la presidencia le faltó señalar este "pequeño" detalle. 


Para las personas con mi perfil académico, la manera más fácil de obtener una plaza es que alguien muera y que irremediablemente deje vacante su plaza y nos permita concursar por ella.

(A veces, incluso en estos casos inusitados, ya se tiene a un "candidato" para ocupar la plaza y entonces los concursos son una farsa.)  

Es una situación desgastante. 


Además del desempleo y de la inseguridad laboral, a diario tenemos que lidiar con la opinión desinformada de la gente. 

Son tan fáciles de convencer que pueden pasar de creer que tener un doctorado no tiene ninguna utilidad y que es un desperdicio de recursos y que las personas con doctorado somos presuntuosas y groseras, a creer que un candidato a la presidencia es la mejor opción para gobernar el país porque tiene un doctorado y además a veces viaja en transporte público. 

Sospecho que ese porcentaje de la población que no se toma ni cinco minutos para informarse acerca de nada por su propia cuenta, es la población que más opina y que más lastima al país. 

Ustedes son los responsables de que la presidencia nos vea como Azcárraga Milmo veía a los televidentes: como un montón de ignorantes que apenas saben leer y escribir. 


Si creen que estudiar un doctorado es como estar de luna de miel y que las personas que estudiamos un doctorado lo hicimos porque queríamos evitar la realidad laboral y porque aspirábamos a dar clases en una preparatoria, están equivocados.

Si son incapaces de contar coherentemente las trivialidades de su propia vida, pero repiten y defienden lo que les dicen en la televisión y en la radio como si fuera su propia opinión, están dañando al país. 


También dañan al país si creen que lo máximo en la vida es tener automóvil, o hijos.


Y si creen en ello y sin embargo no se han dado cuenta que el precio de la gasolina ha subido dramáticamente en los últimos años, qué lástima. 

Y si creen en ello y ni siquiera les pueden enseñar a sus hijos que tirar la basura en la calle, o que desperdiciar el agua, o que abandonar y/o maltratar a sus mascotas, o que aprovecharse del prójimo, no está bien, qué lástima. 

Obviamente no se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que la crisis que atraviesa el país es mental, que los feminicidios y que los miles de muertos debido al tráfico de drogas y que las decenas de periodistas asesinados y que los 43 desaparecidos de Ayotzinapa son irrelevantes.

No se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que en este sexenio se han hecho las cosas bien.  


Ni siquiera notaron la ironía cuando el extitular de la SEP promovía la Reforma Educativa y al mismo tiempo minimizaba el plagio del presidente en su tesis de licenciatura.

No les resulta una burla que ese personaje ahora sea coordinador de campaña del candidato a la presidencia de ese mismo partido, pero, eso sí, si ellos les dicen que hay un peligroso candidato que nos convertirá en Venezuela, no lo dudan.

Y, sin embargo, los envidio porque parece que son felices así. 
Yo ni siquiera puedo dormir, por estar pensando en todas estas cosas que no tienen solución.

*Panorama de la Educación
**Empleo en México y sus perspectivas para 2018

miércoles, febrero 14, 2018

Fuego amigo


Entré a un laboratorio de investigación, un año antes de ingresar al doctorado.

Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de aprender sobre el funcionamiento del cerebro y en convertirme en investigador que incluso corrí experimentos a la una de la mañana y estuve yendo regularmente al laboratorio durante las vacaciones de verano.

Tenía medio año contratado como profesor de asignatura en la Facultad de Psicología, y no tenía ningún problema por realizar el trabajo en el laboratorio. 

Mi futuro tutor me dio una beca de estudiante de licenciatura alrededor de seis meses. 
Eran como $2,000 al mes. 

A los dos años y medio de haber ingresado al doctorado, ya tenía un par de publicaciones: una como colaborador y otra como primer autor. 



Cuando aprobé mi examen de candidatura, mi entusiasmo comenzó a decaer. 

A la mayoría de los estudiantes que estaban en el laboratorio en ese momento, les faltaba compromiso. 

No asistían regularmente o llegaban tarde o rara vez tenían datos que mostrar en los seminarios de avances.  

Yo tenía mis propios asuntos. 
No me correspondía insistirles en que mostraran compromiso. 

En una ocasión mi esposa enfermó y avisé a mi tutor que no iría al laboratorio. 

Justamente ese día nos llegó la respuesta de una revista a la que había enviado mi segundo artículo como primer autor. 

El artículo requería menores modificaciones para ser publicado. 

Mi tutor me pidió que fuera inmediatamente al laboratorio a trabajar en las respuestas a los comentarios de los revisores, para contestarles ese mismo día.

Eso hice. 



Cuando llegué al laboratorio, pasé a su oficina. 

Mi tutor estaba feliz, porque el artículo estaba prácticamente aceptado.

Sonreía ampliamente, exhibiendo su dentadura. 

Él estaba convencido de que la sonrisa había sido un mecanismo de agresión disfrazada, empleado por nuestros ancestros. 
Lo decía frecuentemente en los seminarios estilo Journal Club que teníamos los lunes por la mañana. 

En ese momento, no pude dejar de pensar en ello. 
Había algo frívolo y maquiavélico en su actitud.

De repente, cambió su semblante.
Cruzó las manos a la altura del pecho y me dijo que era normal que mi esposa enfermara, sobre todo porque ella tenía sobrepeso. 

Tratando de ser amistoso, me sugirió que no me preocupara tanto por su salud. 

Tuve que apretar la mandíbula. 
¿Realmente había dicho eso?

Ya sabía que mi vida le importaba un carajo, pero en ese momento lo confirmé. 

Al siguiente día, me ausenté del laboratorio. 

Estaba enojado. Amanecí con fiebre, náuseas, congestión nasal y dolor de estómago. 

Obviamente, también le avisé. 
Siempre nos decía que tuviéramos la cortesía de avisarle cualquier cosa que nos impidiera asistir al laboratorio. 



Seguía dando clases en la Facultad de Psicología y en el posgrado tomaba una clase de Biología Molecular (¡me estaba costando mucho trabajo!), pero había hecho todo lo posible para no ausentarme del laboratorio ¡más de seis horas a la semana!

El doctorado es un trabajo que exige dedicación de tiempo completo -sin vacaciones, sin aguinaldo y sin prestaciones-, pero está permitido trabajar un máximo de ocho horas a la semana, en actividades ajenas al posgrado. 

Casi todos los días que fui estudiante de posgrado, llegaba al laboratorio a las ocho de la mañana y salía alrededor de las ocho de la noche. 

En el último año y medio, lo normal era que hasta las diez de la mañana sólo estuviéramos mi tutor, su investigadora asociada, una joven técnica que acababa de llegar al laboratorio y yo. 

Ese día que me ausenté, no apareció ningún estudiante en el laboratorio.

Mi tutor enfureció y nos envió un correo electrónico a todos los estudiantes. 

Aunque yo tenía prácticamente tres publicaciones -¡me faltaba la mitad del doctorado!-, él tuvo que anunciar públicamente en ese correo que yo no tenía ideas y que sólo seguía sus instrucciones. 

Me molestó muchísimo. 

Quise mandar todo al diablo. 

Desde entonces, si lo pienso bien, perdí el entusiasmo.

Tuve que comenzar a beber alcohol cada fin de semana, para lidiar con la frustración. 
No podía hacer nada más. Mi vida era el posgrado. 

Se terminó mi beca de doctorado -insistí en terminar unos artículos que ya no necesitaba para titularme- y viví seis meses con mis ahorros y otros seis meses con una beca de licenciatura que él me dio. 

Tuve que negociar con él. 


Todo el tiempo que estuve en ese laboratorio, mi tutor formó parte de una sociedad que organizaba un congreso cada dos años.

Generaba datos tan constantemente que participé en todos esos congresos, con trabajos diferentes. 

Al último congreso que asistí, llevé unos datos que tuve que explicarle. 

Salió de su oficina y trató de ponerme en evidencia, frente a algunos estudiantes de licenciatura que estaban allí. 

Le parecía absolutamente incomprensible la dosis y el vehículo que había empleado, así como la hora de administración de los fármacos.

Ya le había hablado del proyecto, pero no lo recordaba. 

Con todo y esos elementos absolutamente incomprensibles para él, esos datos terminaron publicados en un artículo.

Cuando el artículo fue aceptado y los editores de la revista nos enviaron las galeras, él tuvo la osadía de cambiar la sección que especificaba la participación de cada autor. 

Obviamente, puso que a él se le habían ocurrido los experimentos. 
Tenía que reforzar la idea de que yo sólo seguía sus instrucciones. 



En esa ocasión, tampoco dejó escapar la oportunidad de regañarme por correo electrónico. 

Ese era mi cuarto artículo como primer autor con su grupo de investigación. 

En las tres publicaciones previas, siempre fui yo el responsable de hacer el trabajo del autor corresponsal (subir al portal de cada revista, toda la información que requería cada una de ellas para considerar la publicación de nuestros manuscritos científicos), aunque no me dio el crédito ni para un artículo, y siempre lo puse a él como PhD.

Nunca recibí una queja de su parte, así que supuse que así estaba bien. 

Sin embargo, en esa ocasión me insultó por correo electrónico y me preguntó dónde tenía la cabeza y si acaso yo no sabía que él también era MD.

Lo hizo para molestar nada más.
O para mostrarme quién tenía el poder.  

Hace poco publicó un artículo con una parte de los datos que obtuve en su laboratorio.
Incluyó unas gráficas con esos datos, distintas a las gráficas que están publicadas en los trabajos originales.

Si me hubiera enterado de esa revisión, yo mismo habría realizado esos cambios.
Después de todo, yo generé esos datos y yo hice las gráficas.
Incluso habría aportado algo más para ese artículo de revisión.

(Ni siquiera me puso en los agradecimientos de ese artículo de revisión.) 

Soñé que alguien a quien admiro, me juzgaba sin conocer todos estos detalles. 

No he podido dejar de pensar en ese sueño y tuve que escribir todas estas palabras. 

viernes, agosto 27, 2010

Lorena Herrera esperaba su Frapuccino



Este mes ha sido uno de los más estresantes que he vivido. Apenas el miércoles 28 de abril fue mi examen de candidatura*. Todo resultó mejor de lo que lo esperaba y lo aprobé en mi primera oportunidad. 

Además de estar en el posgrado y de tomar clases de posgrado y de leer artículos sobre mi proyecto de posgrado y de correr experimentos de mi proyecto de posgrado y de analizar los datos de mi proyecto de posgrado, doy clases de licenciatura en la Facultad de Psicología y asisto al menos dos veces por semana a los seminarios del grupo de investigación en el que estoy.

Durante este mes, también tuve varios ensayos para mi examen de candidatura en el laboratorio y con otros grupos académicos (UAM-Iztapalapa, Facultad de Psicología de la UNAM), y también tuve que dedicarle muchas horas a los inagotables trámites burocráticos que realicé para acordar una fecha de examen con todos los sinodales –me llevó varios días colectar sus firmas, porque no todos están en la Ciudad Universitaria ni en la Ciudad de México y tuve que desplazarme a sus sitios de trabajo, entre clases, seminarios y experimentos– y para apartar el auditorio Octavio Rivero Serrano. 

En los momentos más difíciles –cuando me apaleaban en alguno de los ensayos y acababa dándome cuenta de que no sé nada–, casi lo único que me mantenía con sobreviviendo era el mundial de futbol. Faltan menos de dos meses para que comience. Imaginaba que cuando acabara esta tortura, podría relajarme y disfrutar de una cerveza y de un cigarrillo mientras veía el debut de la Selección Nacional en Johannesburgo.  

Conforme la fecha del examen más se acercaba y conforme más ensayaba mi presentación –en estos exámenes los sinodales evalúan qué tanto sabes de tu proyecto y cuáles son los avances experimentales que tienes–, me sentía más ignorante y más ansioso. Sólo quería olvidarme de todos los demás compromisos que tengo y enfocarme exclusivamente en la preparación de mi examen de candidatura. 



Mi examen de candidatura fue al mediodía. 


Lo primero que hice ese día fue sentarme en el comedor y encender un cigarrillo.
Eran las cinco de la mañana. Mi esposa estaba en el funeral de su abuela y yo me sentía tenso y cansado. Toda la noche me la había pasado en vela, pensando en el examen. 
Además de todo, me sentía mal por mi esposa. Me sentía egoísta por no haberla acompañado al funeral. Ella es una gran mujer, quería mucho a su abuelita, y siempre ha estado conmigo en los buenos y en los malos momentos. 

Se suponía que me había quedado en el departamento para estudiar y para descansar, pero estaba tan estresado que la información que había estudiado a última hora ya no la había comprendido y tampoco había podido dormir. 

Mientras fumaba, pensaba que al menos todo estaba a punto de terminar. 

Se me ocurrió que los sinodales podían reprobarme y que entonces tendría que volver a prepararme para el siguiente año y volver a pasar por todo el estrés del último mes.

En ese caso, además, si reprobaba de nuevo, podrían expulsarme del posgrado. 

Empezaba a imaginar cuán estresado estaría en esa situación y empezaba a recordar algunos casos de alumnos que habían reprobado en su segunda oportunidad de candidatura y empezaba a sentirme más tenso, cuando me di cuenta de que ya me había acabado el cigarrillo. 



A principios de febrero, fue mi primer ensayo del examen de candidatura en el laboratorio. 
Expuse mi proyecto de investigación en el seminario de los lunes por la mañana. Aún faltaban dos meses para el examen y mi tutor estaba de excelente humor. Tanto él como mis compañeros más avanzados fueron condescendientes conmigo.

Ese día incluso suspendió el maratónico seminario de avances que tenemos todos los lunes –puede extenderse desde la hora de la comida hasta las ocho o nueve de la noche– y nos invitó a comer a todos sus estudiantes y a sus investigadoras asociadas. 

Nos llevó a un lugar que se llama El Rincón de La Lechuza.

Mientras llegaba la comida a la mesa, nos dijo que iba a ese lugar muy seguido cuando era estudiante de posgrado. También nos platicó algunas cosas chuscas que le pasaron en Estados Unidos cuando era posdoc. 

Se me ocurrió contarle que Eric Kandel me había preguntado algo trivial en mi primer congreso de la SfN en Chicago, y él me dijo que eso podría ser una señal para que me dedicara de lleno a las neurociencias. 


Fundación UNAM
La comida tardaba más de lo esperado y mi tutor continuó contándonos anécdotas. 

Nos dijo que cuando era posdoc tuvo muchos problemas para publicar y que estaba muy preocupado porque no estaba seguro de que lo quisieran contratar por un año más en el laboratorio donde hacía la estancia posdoctoral. 

Nos dijo que René Drucker, su tutor de posgrado, había ido a visitarlo algunas veces a Estados Unidos y que él estaba desconcertado porque, en lugar de darle consejos o de decirle cosas reconfortantes respecto a su futuro académico, sólo le pedía que lo invitara a comer a lugares costosos.  

(Cuando volvió del posdoc, obtuvo el laboratorio en el que realizo mi investigación doctoral y desde entonces ha titulado a una treintena de estudiantes de licenciatura y de posgrado y ha publicado más de cien artículos.)

Finalmente le aceptaron un paper cuando menos lo esperaba y quiso celebrarlo a lo grande.
Fue a un centro comercial a comprar algo para beber. Nunca le había gustado el vino chileno, pero quiso darle una segunda oportunidad. 

Mientras estaba frente a los estantes de vino y no se decidía por una botella de vino, pensó:


“Si Dios en verdad existe y en verdad quiere que yo tome vino, me dará una señal.”  

En ese momento se le acercó una edecán muy atractiva y le ofreció un vino español. Él lo
 probó y le gustó. (No lo dijo, pero tal vez en ese momento creyó en Dios. Suele decir que uno sólo cree en Dios cuando está en las trincheras.)

Luego nos contó de algunos posdocs que conoció.  

Nos habló de un japonés que se puso muy mal en una cena de Navidad, después de darle un sorbo a un vaso que nadie le había dicho que contenía cerveza. 

Nos habló de un croata que le había hablado maravillas de la carne de búfalo y que lo invitó en alguna ocasión a comer hamburguesas de carne de búfalo. 

Apenas llegaron al lugar donde las vendían y se bajaron del automóvil, el croata le dijo que no era necesario que los dos fueran a hacer el pedido, que él solo entraría a hacer el pedido y que lo esperara en el auto con su esposa. Luego le preguntó si podía prestarle unos dólares para pagar las hamburguesas porque no llevaba efectivo. 

Mi tutor accedió y el croata se metió al restaurante.
En eso, la esposa del croata se bajó del automóvil y le preguntó a mi tutor qué había pasado.
Mi tutor le dijo lo que había pasado y la esposa se alarmó y le dijo que su esposo tenía problemas de adicción a las apuestas y que probablemente se había ido al casino. 

Los dos se metieron al restaurante a buscar al croata y no lo encontraron. 
Mi tutor se quedó con las ganas de probar la carne de búfalo y el croata nunca volvió ni al restaurante ni a su casa.  

En ese momento llegó la comida. 
Mi tutor jamás ha vuelto a contar anécdotas de esta clase. 



Conforme se acercaba la fecha de mi examen de candidatura y yo continuaba exponiendo mi proyecto de investigación en los seminarios de los lunes en el laboratorio, las preguntas –y el humor de mi tutor– se fueron haciendo más difíciles.

Hubo un periodo en el que exponía al menos una vez a la semana. Ya estaba harto.
Salía de esas presentaciones sintiéndome más ignorante, estúpido e inseguro. 

Cuando iba a otros grupos académicos, el resultado era el mismo. 


Una vez en la UAM Iztapalapa, una posdoc me hizo una pregunta en la que yo nunca había reparado. La pregunta era tan elemental que me hizo sentir bobo. Nunca se me había ocurrido. 

Si todo esto no era suficientemente estresante, un día antes del examen tuve que darme tiempo para comprar bocadillos y bebidas para los sinodales. 

Saliendo del laboratorio, tuve que ir a Universum por una última firma de Drucker.
También aproveché para dejarle un recordatorio del examen –es un hombre tan ocupado que nunca pude verlo personalmente, en ninguno de los trámites burocráticos que tuve que realizar–, pues fue el presidente de mi examen de candidatura y su presencia era indispensable.

De regreso a la casa, tuve que tomar el Metro Universidad y estuvo detenido como media hora. 
Después tuve que pasar a algunas tiendas más o menos excéntricas a comprar los bocadillos y las bebidas y tuve que llevármelas en transporte público y procurar que no se dañaran. 

Cuando llegué a la casa, guardé en el refrigerador todo lo que había comprado y traté de ponerme a estudiar, pero mi cabeza no daba para más. 


Tomada del muro de Facebook de Miryam Domínguez

Después de fumarme ese cigarrillo en ayunas, me metí a bañar. 

Me vi en el espejo. Estaba muy demacrado. Parecía que iba al paredón de fusilamiento y que no había dormido en varios días. 

Desayuné automáticamente. Ni siquiera recuerdo qué desayuné. 

Volví a fumarme otro cigarrillo y salí del departamento rumbo a la Facultad de Medicina, cargando mi mochila con mi laptop y todos los bocadillos y bebidas que había comprado para los sinodales de mi examen de candidatura.

Sólo deseaba que el asunto terminara de una buena vez.

Llegué al laboratorio una media hora antes del examen y de inmediato comencé a prepararlo todo: laptop, proyector, cables, señalador, pluma, actas de examen, café, bocadillos, agua...

Hice como diez viajes del laboratorio al auditorio Octavio Rivero Serrano, y viceversa. 

Todos los sinodales llegaron al mediodía, excepto René Drucker, que era el presidente.

Apenas llegó Drucker, todos guardaron silencio y comenzó el examen. 



Estaba muy nervioso.
No quería reprobar.

No dejaba de pensar que, si reprobaba el examen de candidatura, no sólo tendría que prepararme para el año siguiente y que pasaría otra vez por todo el estrés que había vivido en los últimos meses, sino que, además, podrían expulsarme del posgrado. 

(Durante todo el tiempo que me preparé para el examen, jamás consideré que mi primera oportunidad fuera una oportunidad de ensayo para reprobarlo.)

Mientras los sinodales se acomodaban en las butacas del auditorio Octavio Rivero Serrano, me acordé de la situación que había vivido uno de mis compañeros del laboratorio. 

Él había reprobado recientemente su examen de candidatura en su primera oportunidad y sólo le quedaba una última oportunidad para aprobarlo. Yo no quería estar en su lugar. 

¿Cómo sería el estrés que estaría viviendo en esa situación hipotética, si apenas había podido lidiar durante un mes con el examen...?, ¿cómo lidiaría con mi última oportunidad...?

Además, ¿cómo lo tomaría nuestro tutor...? ¿En qué clase de infierno podría convertirse el laboratorio...?

Comenzó el examen. Casi desde el principio de mi exposición, los sinodales me interrumpieron para cuestionarme. 

La mayoría quedó satisfecha con mis respuestas y con los datos que había generado hasta entonces –tenía dos años en el posgrado, pero ya tenía dos publicaciones como colaborador y suficientes datos para comenzar a escribir un manuscrito como primer autor–, pero algunos de ellos comenzaron a hacerme preguntas extrañas.

René Drucker les pidió que no se pasaran de listos. 

En fin, aprobé el examen de candidatura y descansé. 

Después de recabar las firmas de los sinodales y de recoger los víveres que les había comprado, volví al laboratorio a darle la noticia a mi tutor. 

Él me dijo que estaba seguro que yo iba a aprobar y me felicitó. 
Me dijo que él sabía en quién confiar. 

Le pedí que me dejara irme a mi casa –a algunos compañeros, si querían, les había dado la oportunidad de ausentarse del laboratorio toda una semana, con tal de que aprobaran el examen–, y me dijo que estaba bien.

Cuando llegué al departamento, me quedé dormido y desperté hasta la noche. 

Tomada de Foursquare

Unos días más tarde, mi tutor me invitó a almorzar al Starbucks de Miguel Ángel de Quevedo. 

En el camino, mientras él conducía su automóvil, trataba de convencerme de hacer una estancia en algún laboratorio de Estados Unidos –el problema principal era que yo pensaba que no me alcanzaría el dinero para mantenerme allá y para además pagar la renta del departamento en el que vivía y cubrir los gastos de aquí– y ocasionalmente me preguntaba cosas de mi familia. 

Se comportó amablemente y me hizo sentir casi como su colega.

Me costó trabajo asimilar que era el mismo investigador estricto que enfurecía cuando alguno de los compañeros del laboratorio no tenía datos que mostrar en los seminarios de avances, o cuando, por las mañanas, sólo estábamos dos o tres personas en el laboratorio.

Me agradó que se tomara ese tiempo para hablar conmigo en un ambiente no académico. 

Cuando llegamos al Starbucks –fue la primera vez que puse un pie en un Starbucks–, vimos a Lorena Herrera ordenar un Frapuccino. 

Era imposible no mirarla. 
Llevaba leggins, un top y zapatillas deportivas.
A pesar de que una ballerina sujetaba y alborotaba su cabellera teñida de rubio, tenía un peinado que parecía de salón de belleza.

Mi tutor y yo nos miramos durante algunos segundos, sin decir nada, mientras ella ordenaba. 
Creo que él no sabía quién era Lorena Herrera.

Luego nos sentamos en una mesa y él me contó muchas cosas de su vida como estudiante y como posdoc en Estados Unidos. 

Yo quería prestarle toda mi atención, pero estaba en otro lugar. 

Durante varias semanas había anhelado tanto que pasara el estrés del examen de candidatura que en ese momento no quería pensar en mi futuro académico; sólo quería disfrutar haber aprobado el examen y beberme unas cervezas y fumar y escribir y esperar la llegada del mundial de Sudáfrica.

Ahora he reflexionado sobre varias cosas. 

¿Sólo rindo al máximo, cuando estoy estresado?
¿Estoy dispuesto a sacrificar, poco a poco, todas las pequeñas cosas que siempre me han gustado y que no tienen ninguna relación con la academia, a cambio de ser científico, dedicarme de lleno a ello y quizá nunca obtener el reconocimiento que me gustaría?
¿En realidad soy listo, o sólo le he hecho creer a la gente que lo soy?
¿En realidad tengo vocación para la ciencia?

No me gustaría ser científico de medio tiempo, pero tampoco he sido feliz cuando he tenido que abandonar por completo las actividades no académicas que siempre he disfrutado, para involucrarme de lleno en mi proyecto de investigación. 

Todos los días tengo presente el encuentro con Eric Kandel.

El Universal
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*¡No vas a creerlo, pero tener un Doctorado (que sea PNPC) no sólo debes tomar clases, hacer tareas y exámenes, como en la escuelita! Tampoco vas a creerlo, pero, para que te den una beca, ¡no sólo tienes que solicitarla y ya!