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sábado, julio 27, 2024

Everything Zen


Desde la incomodidad de las náuseas matutinas, acurrucado en este sillón que compré hace menos de diez años pero que parece que saqué de un basurero esta mañana, contemplo a Gavin Rossdale. No sé cómo llegué a este video de YouTube. Hace unos minutos veía “E-Bow the Letter” y luego “Malibu”, y pensaba vagamente en Michael Stipe –¿en verdad, a principios de los noventa, esparció entre la prensa el rumor de que había contraído VIH y que estaba a punto de morir?–, en cuánto me gusta esta canción de R. E. M. y en que nunca le había prestado demasiada atención al video. También pensé en que el video de “Malibu” fue casi el primer video en el que apareció Courtney Love en MTV después de la muerte de su esposo, y en que, cuando lo vi –¿entre mayo y junio de 1999?–, no dimensioné el contexto de ese video: Courtney Love estaba promocionando el primer álbum de Hole después de la muerte de Cobain... después de la muerte del “grunge” y del “sonido Seattle” y demás etiquetas de esas que ponen los periodistas de rock con poca imaginación. 

Más bien, desde la incomodidad de las náuseas matutinas y del sillón que los gatos han arañado miles de veces, al ver esos videos, me acordé de la huelga de la UNAM de 1999, de la desesperación y de la incertidumbre que asocio a esa huelga que parecía no tener fin. Me acordé de que, entre mayo y junio de 1999, cuando debí de ver por primera vez el video de “Malibu”, empecé a tener episodios de ansiedad y que tuve que ir a un par de consultorios médicos y que los especialistas me dijeron que estaba un poco deprimido, que tenía que hacer ejercicio, salir de la casa, platicar con otras personas que no vivieran en la casa, que tenía dermatitis psicosomática. 

También me acordé del dermatólogo al que visité en la Roma, dos o tres jueves de dos o tres meses, que él me recetó una solución, que una vez al mes tenía que ir a una farmacia de Centro Médico Nacional Siglo XXI a que la prepararan, que me sentaba a leer en un jardín mientras preparaban esa solución en la farmacia, que debía hacerme abluciones todas las noches con esa solución. También me acordé de que en esos meses leía Tiempo Libre y La Divina Comedia y Fausto, y que iba solo a alguno de los teatros del CNA –cuando aún no se llamaba CENART– y que iba solo a ese cine de La Condesa que luego se llamó El Plaza Condesa, y que un día me encontré en Tiempo Libre un anuncio de un taller de creación literaria que impartía un escritor joven en La Pirámide. Me acordé de que me inscribí a ese taller. Que lo tomé cada sábado, de cinco a seis y media de la tarde, durante alrededor de medio año. Que en ese taller conocí a una docena de tipas y tipos con los que fui a varias reuniones y cantinas, y que nos emborrachamos y que pasábamos de Dostoievski a Verlaine, y de Octavio Paz a Elena Garro, y de Alejandra Pizarnik a Jorge Cuesta. Que algunos aborrecían o adoraban “Piedra De Sol”. Que otros veneraban “Muerte Sin Fin”. Que les leía (algo de) lo que escribía. Que escuchaba lo que los demás escribían. 

Me acordé que creí que seríamos grandes amigos, que parecía que teníamos tantas cosas en común. Que acabó la huelga y que sólo nos vimos una o dos veces, circunstancialmente, en Ciudad Universitaria. Que fuimos amigos en Facebook por más de diez años, y que, apenas hace un mes, o algo así, eliminé de mis contactos a la mayoría de ellos. Que tuve un momento de claridad: si interactuábamos en Facebook, lo hacíamos porque yo los buscaba. Que ellos, en realidad, nunca estuvieron interesados en que fuéramos amigos. Que unos abandonaron sus intereses literarios y se convirtieron en 'fotógrafos de la cotidianeidad'; que otros publicaron libros de poesía y que se creyeron que eran inalcanzables; que otras se radicalizaron, por sus propias historias de vida, y, que, aun cuando, desde el 2006 y hasta el 2012, visitaban uno de mis blogs constantemente, cambiaron tanto, que, en sus muros de Facebook, después de la pandemia, desconocieron estar enteradas de que escribo; que otras se casaron y que dejaron de ir al Chopo a embriagarse y a inhalar estimulantes del sistema nervioso central. Que ahora, por mi propio bienestar, casi todos ellos están muertos para mí. 

Y también recuerdo que, mientras Eric Erlandson, Melissa Auf der Maur y Deen Castronovo –la baterista que recién había sustituido a Patty Schemel, la baterista de los dos primeros álbumes de Hole, y que, incluso, había grabado todas las baterías de Celebrity Skin–, acompañaban a la viuda de Cobain por la playa en el video de “Malibu”, tuve un insight: ¿Courtney y su banda, en cierta forma, reflejan, en ese video, el tipo de música que habría compuesto Nirvana en 1999, de haber seguido vivo Cobain...?  

Le doy un sorbo al sucralfato, y me acomodo en el sillón. No quiero pensar en las náuseas, quiero ahuyentarlas, no quiero pensar en que estoy así porque tengo una condición y porque no puedo comer lo que come la mayoría de la gente. Ni siquiera puedo hacerlo una vez al mes porque me siento fatal durante dos o tres días. Apuesto a que no sabes lo horrible que es tener que comer, más o menos, siempre las mismas cosas. Por el resto de tu vida.

En fin. El video en el que contemplo a Gavin Rossdale es el video #22 de una serie de colaboraciones para Guitar World, un canal de guitarristas.

El cantante de Bush nos enseña cómo tocar “Everything Zen”, la primera canción de Sixteen Stone, el álbum debut de la banda británica, estrenado en enero de 1994. Antes que nada, Rossdale nos dice que es una canción muy sencilla, que tiene tan sólo tres partes, pocos acordes, y también nos conmina a quedarnos en casa y a cuidarnos. (Este video tiene la fecha del 22 de abril del 2020, aún estábamos en la pandemia.) Luego, nos muestra su Jazzmaster '67. Tiene algunas partes muy deterioradas, sobre todo cerca del mástil, y es morada y la pintura tiene “chispas”, como la guitarra signature de J. Mascis, y Rossdale nos dice que con esa Jazzmaster grabó la mayoría de las canciones de Sixteen Stone. 

De pronto, tengo otro insight: ya había visto este video. Ocurrió hace como dos o tres años. No lo encontré, como ahora, por accidente y en YouTube, sino en Facebook. Un domingo, después de salir a correr, no tenía náuseas ni estaba ahogado en esta especie de depresión que provocan las náuseas y me puse a escribir algo en uno de mis blogs y, quién sabe cómo, lo que escribí hizo que me acordara de mi primer semestre en la Facultad de Psicología, de que entonces “Bonedriven” y “Greedy Fly” sonaban mucho por la radio. Que había comprado Razorblade Suitcase en el Chopo, que no tenía ni idea de que lo había producido Steve Albini. Que esas dos canciones me gustaban mucho y que nunca se me había ocurrido aprender a tocarlas. Que busqué un tutorial para aprendérmelas. Que quién sabe cómo di con este mismo video de Guitar World, pero en Facebook. 

No sé qué hice a continuación exactamente, pero estoy muy seguro de que entonces agarré una de mis guitarras, que seguí las instrucciones de Gavin Rossdale y que “Everything Zen” debió de parecerme una canción 'muy rocker', de esas que, conforme vas tocando por tu cuenta, liberan algún neurotransmisor de la felicidad en tu cerebro y momentáneamente sepultan en el fondo de tu consciencia todas las cosas que te afligen. 

También estoy casi seguro de que “Everything Zen” debió de parecerme una canción tan fácil de tocar que me aburrió y que dejé de practicarla. Ahora mismo que veo este video del canal de Guitar World, los acordes que nos enseña a tocar Gavin Rossdale no me resultan nada familiares.

Mientras el sabor del sucralfato permanece en mis papilas gustativas y mientras las náuseas matutinas van abandonando mi cuerpo y mi mente, salto a otro tema: me pregunto cuándo escribiré 'naturalmente' algo sobre la pandemia –¿es éste el momento?–, sobre mis experiencias de cuarenta y tantas horas a la semana de clases y de juntas por Zoom, sobre mi paranoia para salir a caminar cerca de la casa durante la pandemia, sobre cómo la pandemia –el encierro, ver y no ver, por Zoom, a un montón de colegas y estudiantes, todos los días, al mismo tiempo; y tener, paradójicamente, un empleo seguro por los siguientes doce meses–, repercutió en mi salud, se manifestó primero en mi sedentarismo y en mis hábitos alimenticios de comida chatarra, y luego en mi mal humor y en mi vista borrosa y en la hiperglucemia en ayuno –¡casi 200 mg/dl de sangre!–, y tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre los síntomas que me provocaron las vacunas de Cansino, más o menos al final de 'la primera parte de la pandemia', cuando todas las actividades eran virtuales, y de Moderna, más o menos al final de 'la segunda parte de la pandemia', cuando ya habíamos vuelto a clases semipresenciales en la universidad, cuando estaba en un cubículo que parecía un invernadero y desde allí impartía mis clases por Zoom.

Tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre mi experiencia en esa escuela primaria en la que recibí las vacunas de Cansino y de Moderna, en donde me topé con varios colegas, a quienes logré identificar a pesar de las mascarillas que llevaban puestas. 

De lo mal que me sentí cuando recibí mi segundo refuerzo –la vacuna de Moderna–, que entonces impartía una clase de Sensopercepción para casi cincuenta estudiantes, que no pude dar clase ese día y que luego de haber recibido la vacuna volví a la casa en Uber y que me acosté en la cama y que encendí la tele y que me encontré un concierto de Bush en Miami. Que Gavin Rossdale era el único sobreviviente de la alineación original de Bush. Que pedí una Big Mac por teléfono y que me di un atracón de Coca-Cola y de papas a la francesa. Que tuve síntomas de fiebre y de gripa, que duraron apenas un día. 

No sé por qué me cuesta tanto escribir sobre lo que realmente me importa. Todo ha cambiado –el área de Biología y Química me otorgó el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II en la Convocatoria 2024 del SNII, hace 10 años estaba presentando mi examen de grado del doctorado, tengo casi 20 papers en revistas internacionales, cumplí 10 años como docente en universidades públicas– y, sin embargo, todo sigue igual... o peor. 

domingo, mayo 23, 2021

Serving The Servant | Danny Goldberg (2019)



En este libro cuasi-periodístico de 17 capítulos y más de 300 páginas, publicado por Harper Collins (2019), Danny Goldberg nos comparte su percepción de Kurt Cobain como líder de Nirvana, como estrella de rock y como persona (no necesariamente en este orden). 

Danny Goldberg –fundador de Gold Mountain Entertainment, junto con su colega John Silva–, conoció a los integrantes de Nirvana en noviembre de 1990, poco después del lanzamiento de Bleach –el álbum debut de Nirvana, publicado por la compañía discográfica independiente SubPop–, y se convirtió en su representante en los meses previos al lanzamiento del aclamado Nevermind. 

Su relación laboral con Nirvana abarca la breve trayectoria de la banda –desde que pasaron de tocar en pequeños clubes, para un puñado de personas, hasta que encabezaron los más importantes festivales de música, en arenas y en estadios con capacidad para miles de espectadores–, y le permitió ser testigo del meteórico ascenso de la banda al estrellato y estar involucrado en el proceso creativo, en las finanzas y en las campañas publicitarias de cada uno de los álbumes que la banda publicó con David Geffen Records (la compañía discográfica trasnacional con la que firmó Nirvana después de haber roto su contrato con SubPop), y terminó de manera prematura con la muerte de Kurt Cobain, así que la importancia de su opinión es incuestionable (cuestionar su opinión es otro asunto), tal y como lo avalan los personajes que elogian Serving the servant (de hecho, algunos de ellos son citados en el libro), entre los que se encuentran Michael Azerrad –autor de la biografía autorizada de Nirvana–, Thurston Moore –cantante y guitarrista de Sonic Youth– y Joan Jett. 

Para Danny Goldberg, Kurt Cobain no sólo era la estrella de rock y el líder de la banda más importante del mundo de la primera década de los noventa, sino el sujeto que le compartía sus inquietudes sobre el camino que quería que siguiera Nirvana –no le gustaba tener giras extenuantes ni tocar para miles de personas, pero quería vivir cómodamente y disfrutar a su familia–, que le pedía administrar minuciosamente los ingresos de la banda –cuando Courtney Love entró al mundo de Nirvana, ya no consideró justo que Krist Novoselic y que Dave Grohl recibieran las mismas regalías que él– y que le ayudara a lidiar con los ejecutivos de la disquera y con la prensa que siempre estaban metiéndose en su vida y poniendo en riesgo su estabilidad emocional. 

Asimismo, Goldberg conoció al artista visionario detrás de cada una de las decisiones de Nirvana –según él, Cobain planeaba meticulosamente cada uno de los movimientos de la banda para mantenerla en el inconsciente colectivo, como cuando amenazó con tocar “Rape Me” en los primeros instantes de la presentación de Nirvana en los MTV Video Music Awards de 1992, tanto para desafiar a los ejecutivos de MTV como para darle una probada a la audiencia de lo que sería el próximo álbum de estudio de la banda–, pero también conoció al furioso marido de Courtney Love que la defendió cuando fue exhibida por Lynn Hirchsberg en un artículo de Vanity Fair como una drogadicta embarazada, y también conoció al padre primerizo que viajó al Reino Unido a encabezar el Reading Festival de 1992 a los días del nacimiento de Frances Bean, cuando la prensa daba por hecho la disolución de Nirvana –tenían varios meses sin ensayar– y la banda dio uno de sus conciertos más memorables, y también conoció a la estrella de rock con problemas de adicción a la heroína, que fue incapaz de lidiar con la fama y que, en apariencia, nunca logró asimilar que, al haberse convertido en una estrella de rock y al haber triunfado con su banda a nivel mundial, había traicionado los principios éticos del punk –¡no te dejes seducir por el glamour y el dinero de la industria del rock n' roll!, ¡no te conviertas en un cliché del rock n' roll!– en los que siempre había creído.

De todos los libros que he leído sobre Kurt Cobain y Nirvana –son tantos, que ya perdí la cuenta–, quizá éste no sea el más objetivo –tiene algunos pasajes muy personales; sobre todo, los que están relacionados con los últimos días de Kurt Cobain–, pero, sin duda, es el más completo. 

––––––––––

Goldberg ha sido representante de artistas desde la década de 1960. Fue vicepresidente de Swan Song Records –la compañía discográfica creada por Led Zeppelin– de 1973 a 1975. Es un prolífico escritor (Bumping into geniuses: my life inside the rock n' roll business, 2009; How the left lost teen spirit, 2005) que ha trabajado para revistas como Rolling Stone y Billboard Magazine. Actualmente es presidente de Gold Village Entertainment. 

domingo, abril 05, 2020

5 de abril de 1994



El 1 de marzo, terminó afónico un concierto en una vieja terminal aérea de Munich. El concierto fue muy malo e inusual –incluso tuvieron que tocar dos veces “Come As You Are” porque hubo una falla en el suministro de energía eléctrica en el recinto–, interrumpió a Krist Novoselic cuando intentaba bromear con la audiencia respecto al futuro de Nirvana. La relación entre ellos dos no era muy buena. – La última canción fue un desastre. Los médicos le diagnosticaron laringitis y Nirvana tuvo que cancelar su gira por Europa. 

Luego, viajó a Italia para encontrarse con su esposa y con su hija. Mezcló champaña con Rohypnol. El 4 de marzo tuvo que ser ingresado en estado comatoso en un hospital. Después de un par de días en cuidados intensivos, despertó y se recuperó. Su esposa insistió en que se había tratado de un intento de suicidio y sin embargo los médicos declararon que él se veía como un hombre feliz que no tenía ninguna intención de abandonar a su hija. 

El Departamento de Protección a Menores, ya les había quitado a ambos la tutela de Frances Bean debido a su historial de consumo de drogas, pero en esa ocasión, por alguna razón, la situación no ameritó  

 regreso a Seattle, su familia y sus amigos intentaron persuadirlo para que entrara a un centro de rehabilitación. 

A finales de marzo, voló a Los Ángeles e ingresó a Exodus, pero escapó de allí en menos de 24 horas. Lo hizo saltándose la barda, justo como un personaje del que le había hablado Gibby Haynes mientras charlaban y fumaban un cigarrillo. Todo mundo se burlaba de ese personaje –era la anécdota que siempre le contaban a los recién llegados–, porque nadie estaba a la fuerza en ese centro de rehabilitación y cualquiera podía salir por su propio pie –y por la puerta principal– cuando quisiera. 

No tenía ni 24 horas en el centro de rehabilitación. Esa misma tarde, la niñera había llevado a su hija de visita. Courtney también estaba en Los Ángeles, pero se preparaba para el lanzamiento de “Live Through This” y ni siquiera le había dado la bienvenida a la ciudad.

Él no se quejó. 

Quería aparentar tranquilidad y que los ejecutivos de Geffen, su esposa y Krist Novoselic lo dejaran en paz. Quería que todos los que vivían en la órbita de su banda creyeran que estaba dispuesto a intoxicarse. 

Estaba consciente de su adicción a las drogas, pero estaba convencido de que no tenía ninguna razón para dejarlas. Después de todo, era una estrella de rock... y ni siquiera había cumplido treinta años.

Mientras se alejaba de Exodus y encendía un cigarrillo, recordó la anécdota de Gibby. Pensó que los pacientes tendrían otra anécdota que contarle a los recién llegados, y le pareció divertido. 

Luego recordó que conoció a Courtney Love en un concierto de los Butthole Surfers y sintió escalofríos. Le pareció irónico. ¿Quién diría que su vida cambiaría radicalmente desde ese momento?


Duff McKagan lo vio unos días antes en el aeropuerto de Los Ángeles en un estado lamentable. Los dos volaron en el mismo avión hacia Seattle.

Cuando bajaron del avión, Duff pensó en preguntarle si quería acompañarlo a su casa, pero lo perdió de vista en cuanto recogió sus maletas. Lo buscó en la salida del aeropuerto y vio que se subía a una limosina que estaba esperándolo. 

Camina encorvado y con la cabeza baja, como se le verá en Live Tonight Sold Out (el VHS que será lanzado en noviembre de 1994, que ha sido concebido por él y cuyo propósito es documentar la trayectoria de su banda), en el clip donde acaban de tocar Territorial Pissings en el show de Jonathan Ross.

El público y la producción no pueden creer que hayan hecho lo que se les dio la gana. 

Tenían la instrucción de tocar una versión "amistosa" de Lithium.

Le ha contado a Michael Azerrad que camina de ese modo porque tiene un problema en la columna vertebral –escoliosis congénita– y que el continuo peso de la guitarra lo ha agravado.

Sus admiradores están acostumbrados a verlo caminar de ese modo cuando abandona el escenario y ha destruido una  Fernandes (gira de 1991) o una Stratocaster (gira de 1992) para dar por concluido un concierto. 

Jamás destruye la Mustang que portó durante la grabación del video de Smells Like Teen Spirit, ni la Jagstang que Fender diseñó exclusivamente para él.


La destrucción forma parte de la música de Nirvana. 

Endless, Nameless –la pista secreta de seis minutos y medio al final de Nevermind, con la que acostumbraban terminar sus conciertos hasta la gira de 1992 por Australia– fue resultado de su frustración al no quedar satisfecho con las voces y la guitarra de Lithium y destrozar una Stratocaster negra y de golpeador blanco contra el piso del costoso estudio de grabación. 

A la televisión francesa le dijo en una entrevista que destroza instrumentos porque es un buen pretexto para no tener que dar encore. 

A otros medios de Estados Unidos les dijo que alguien ya había destruido un árbol para construir sus guitarras y que por esa razón no encuentra nada de malo en destrozarlas. 

A partir de 1993, John Duncan –su técnico de guitarra– se encarga de arreglar, afinar y modificar todas las guitarras que Cobain destruye al final de los conciertos.

Él mismo lo hacía antes de volverse mundialmente famoso, en la época en que compró la Jaguar '65 con un adelanto de Geffen. 

Duncan asegura que Cobain está por abandonar Stratocaster. 

Courtney Love le regaló una Telecaster y Duncan la ha adaptado con todos los cambios que el líder de Nirvana le ha sugerido. 


Lleva puestas unas gafas vintage Christian Roth*, un gorro de los Buzzcocks, una playera de Half Japanese, una chamarra de esquimal, unos jeans raídos y unos Converse. 

En un lapso de tres años, desde que Nevermind (1991) –el segundo álbum de estudio de su banda– le arrebató el primer lugar de la lista de Billboard al Rey del Pop, se ha encargado de repetirle a la prensa que nunca quiso ser una estrella de rock y que odia los reflectores.

Su vestimenta dista mucho de ser lo que cualquiera consideraría "bajo perfil". 

Además, no importa qué tan discreto vista. 
En ese momento es quizá la persona más conocida en todo el mundo. 

Tiene tantos admiradores que puede darse el lujo de exigirles a aquellos que son homofóbicos, misóginos, machistas y fanáticos religiosos que dejen de asistir a sus conciertos y que dejen de comprar sus discos.

Es tan famoso que cualquier declaración suya es noticia. 

Habla de sus problemas de adicción a la heroína y luego se queja de la prensa amarillista que ha inventado historias acerca de él y de su esposa y que los señala como criminales.

En algunos medios, circula una grabación telefónica en la que amenaza de muerte a una columnista de Vanity Fair.


En un lapso de tres años, Nirvana ha tocado para miles de personas en eventos tan importantes como Reading Festival (1991 y 1992) y Hollywood Rock (1993).

Su banda ha encabezado festivales en Europa, en Sudamérica y en Australia.

En los últimos dos meses de 1993, tocaron para MTV en los estudios de Sony en Nueva York y en el Pier 48 de Seattle. 

Apenas en marzo, Cobain canceló la gira de In Utero en Europa, después de un extraño concierto con laringitis y fallas eléctricas, en la terminal aérea abandonada de Münich.

Sus mánagers lo presionan para que no rechace la oferta multimillonaria de Lollapalooza.
Su mujer insiste en que firme ese contrato, porque le hará ganar tanto dinero que podrá renunciar a Nirvana e incluso pagarle a los abogados que lo demandarán por haber cancelado la gira en Europa. 

Cobain ni siquiera ha cumplido treinta años y ya tiene al mundo rendido a sus pies.
Aun si abandonara la música, seguiría siendo famoso.

David Fricke –uno de los periodistas más influyentes de Rolling Stone–, lo ha comparado con John Lennon.

Los periodistas más ortodoxos no están de acuerdo, pero Fricke se defiende.

Dice que Cobain no sólo hace música que llega al corazón de las masas, sino que la hace sin respetar las reglas establecidas por la industria predadora, tal y como Lennon lo hacía en su época. 


Cobain le ha repetido a la prensa que toda su vida había estado enfermo y que había usado drogas para lidiar con el dolor, porque ningún tratamiento médico había funcionado.

También ha repetido que había decidido volverse un drogadicto porque había sido tan miserable que todos los días pensaba en acabar con su vida. 

Sin embargo, sus declaraciones cambiaron desde el lanzamiento de In Utero (1993). 

Frances Bean, su hija, tiene dos años de edad, y lo hace muy feliz la oportunidad de verla crecer y de ofrecerle un hogar como el que él perdió cuando sus padres se divorciaron, tal y como lo canta con un cierto hartazgo en Serve The Servants. 

Está entusiasmado porque Krist Novoselic y Dave Grohl compusieron el riff de Scentless Apprentice y porque él no intervino en la composición de Marigold. 

En las pruebas de sonido de un concierto en Lisboa, escuchó una canción compuesta por Dave Grohl y está seguro de que, en su siguiente álbum –que ha prometido "será más etéreo que los anteriores" y que dejará a un lado "la fórmula Nirvana"–, la música de su banda ya no dependerá exclusivamente de él. 

Exhausted terminará en el primer álbum de los Foo Fighters.


Hace menos de un mes, días después de la cancelación de la gira europea, Kurt terminó en el hospital. 

Se reunió con Courtney en El Hotel Excelsior de Roma y mezcló accidentalmente alcohol con rohypnol y tuvo que ser intervenido de emergencia. 

Según algunos medios, estuvo en coma alrededor de veinticuatro horas. 
Según los médicos, cuando despertó se le veía feliz y más como una persona que disfrutaba jugar con su hija que como un suicida. 

A nadie, dentro de la órbita de Nirvana, le convenía que el Departamento de Protección de Menores tuviera motivos para quitarles la tutela de Frances Bean a él y a su esposa. 

Si Cobain hubiera sufrido otra separación de su hija, habría sido más difícil convencerlo de que saliera de gira. Poco después de que naciera Frances Bean, a él y a su esposa les retiraron la tutela, debido a una nota de Vanity Fair en la que se sugería que Love consumía heroína durante su embarazo. Él desapareció de los reflectores. 

Todo es una vorágine. 

Sólo uno de los tíos de Kurt murió accidentalmente por un disparo de escopeta, cuando él ni siquiera había nacido, pero durante tres años Courtney Love se ha encargado de esparcir rumores entre la prensa, acerca de los genes suicidas de la familia Cobain. 

El incidente en Roma reforzó esa idea.

La opinión general es que Kurt siempre ha sido un suicida. 

Extrañamente, el Departamento de Protección de Menores creyó ciegamente la versión del accidente en Roma.

Sus amigos y sus conocidos, sin embargo, siempre dicen que él no tiene rasgos suicidas. 


Dentro de unas semanas, la prensa amarillista especulará que debido a este incidente, Cobain sufrió un daño cerebral que le impidió volver a tocar la guitarra y que su muerte era la única opción que tenían los mercenarios detrás de él para mitificarlo y seguir viviendo de las ventas de sus discos. 

Más de veinte años después, en Montage Of Heck –el documental autorizado por su viuda y producido por Frances Bean–, Courtney Love declarará que ella viajó hasta Roma en esa ocasión para encontrarse con su esposo, porque él sospechaba que ella había estado viendo a Billy Corgan mientras Nirvana estaba de gira en Europa.

Según ella, Kurt estaba destrozado y pensaba que ella lo estaba engañando y por esa razón había intentado acabar con su vida, mezclando benzodiacepinas con champaña.  

El incidente en Roma reforzará esta idea, incluso veinte años después de su muerte. 


Desde que regresó a Seattle, tras permanecer en observación unos cuantos días en El American Hospital de Roma, su familia y sus amigos lo han presionado para que ingrese a un centro de rehabilitación. 

Les preocupa su salud, pero es obvio que les preocupa, sobre todas las cosas, que el imperio de Nirvana se desmorone.

Hay algunos rumores entre gente cercana a la banda que señalan que Kurt despidió a Novoselic y a Grohl, a finales de marzo, y que les dijo que Nirvana es su banda y que él puede hacer lo que quiera con ella y que estaba pensando seriamente en invitar a otros músicos a formar parte de ella. 

Años después, circulará una carta de puño y letra de Kurt en la que despide a Novoselic y le reclama su pasividad hacia la banda, durante los últimos meses. 


También está cansado de que Buzz Osborne –su amigo y cantante de Melvins– quiera entrometerse en la dirección que debe tomar su banda. 

La tensión es tan fuerte que, sólo unos días atrás, Novoselic y él se pelearon. 

El bajista de Nirvana lo llevaba en su auto al aeropuerto de Seattle para que viajara a Los Ángeles e ingresara a Exodus. Kurt se quejó y lloró en el camino, se rehusó a hacer check-in en el aeropuerto, le dio un puñetazo a Novoselic en el rostro y huyó maldiciéndolo.

Será la última vez que se verán.

Otros rumores circulan entre allegados a la familia Cobain.

Kurt quiere hacer canciones como Neil Young y tiene pensado colaborar con Michael Stipe.

Según su abogada, Rosemary Carroll –esposa de Danny Goldberg, mánager general de Nirvana–, Kurt ha pensado en el divorcio y quiere cambiar su testamento. 


Cobain continúa caminando con la cabeza baja y encorvado. 

La escoliosis congénita no lo deja en paz.

Algunos admiradores lo identifican. 

Les sonríe y ellos, curiosamente, respetan su privacidad. 

Se quita el gorro de los Buzzcocks. 

Incluso para tratarse de un lunes de abril y de haberse mudado a su casa en Lake Washington a principios de año, Kurt Cobain es un personaje al que se ve con relativa frecuencia por allí. 

Su casa queda a unas cuadras del Viretta Park.

Si los admiradores supieran que ésta será la última vez que lo verán por allí, probablemente lo acosarían en busca de un autógrafo o de un mechón de cabello. 


El líder de Nirvana levanta la vista momentáneamente y se rasca la cabeza.

Parece que ha recordado algo importante a última hora y que está a punto de volver a su casa.

Quizá sólo le da comezón la cabeza. No se ha lavado el cabello desde el sábado, cuando escapó de Exodus. Courtney Love le ha confesado a la prensa en múltiples ocasiones que su esposo no es amante de lavarse el cabello.

O tal vez ha recordado los acordes de una de las canciones que improvisó con Pat Smear en el sótano de su casa, aquella tarde en la que su familia y sus amigos lo presionaron para que ingresara a un centro de rehabilitación.

A lo mejor la situación es totalmente distinta y sólo siente la necesidad de escribirle una carta a Frances, a Courtney, a Krist y a Dave.

Quizá sólo quiere volver a su casa y tumbarse a dormir.

 

Analiza si continúa su camino o vuelve a su casa, cuando una corriente de aire le pega en el rostro y le alborota el cabello. 

Usa uno de los índices para pasarse el cabello detrás de una oreja y quitarse un mechón que le cubre la frente.  

La sensación del viento en su cuerpo, lo hace reparar en que está vestido como si se encontrara en el invierno más crudo de todos los tiempos. 

También repara en los tres jeans que usa para disimular su delgadez** y en el reloj de pulsera que aprisiona su muñeca izquierda. 

Estira las piernas y abre y cierra el puño izquierdo, mientras contempla el brazalete de Exodus que no se ha quitado aún.

Se ríe. El brazalete le hace recordar el chiste que le contó Gibby Haynes, el cantante de Butthole Surfers y su compañero de habitación.

Pudiendo haber salido por la puerta del centro de rehabilitación, él mismo –al igual que el personaje del chiste– escapó saltando la barda.  


Vuelve a avanzar. 

Le da la impresión de que sus pisadas suenan a papel celofán en el césped, conforme aplastan las hojas caídas de los árboles. 

Baja la mirada y se da cuenta de que la agujeta de su tenis derecho se ha desanudado. 
Se pone de cuclillas y comienza a atarla. 

Los Converse azules que usa tienen una estrella blanca a los costados.

El viernes, cuando Gary Smith encuentre su cadáver y lo reporté a una estación de radio y al 911 y en pocas horas el mundo de la música lamente su pérdida, un paparazzi se subirá a uno de los árboles que rodean el invernadero de su casa y conseguirá fotografiarle un brazo, una pierna y ese tennis cuya agujeta está atándose. 

Por muchos años, esa imagen será lo único que sus admiradores verán de la escena de su muerte, en la que su cuerpo yace en el suelo con una Remington en el pecho, apuntando a su boca.

Aun ahora, veinticuatro años más tarde, es difícil imaginar el estado de su rostro y la posición del cañón de la escopeta. Algunos periodistas amarillistas han hecho hasta lo imposible para que salgan a la luz todas las fotografías de su rostro deshecho. 

Por fortuna, Frances Bean y el Departamento de Policía de Seattle lo han impedido. 

Otras fotografías circularán en los medios, en los siguientes meses: la de su billetera, la de su licencia de manejo en la que luce un extraño corte de pelo y la de una caja de puros Moore, llena de jeringas de 1 ml, cucharas con quemaduras y encendedores.


En unos días, Kurt se convertirá en lo que más odiaba: un cliché del rock n' roll.

Unas horas después de ese macabro descubrimiento, su rostro aparecerá en las portadas de decenas de revistas. Por el resto de los tiempos, estará condenado a aparecer puntualmente, cada 5 de abril.   

La leyenda de su suicidio y de las teorías conspirativas alrededor de su muerte, no cesarán jamás. Alimentarán libros, documentales, cómics, blogs...

Año tras año, millones de adolescentes confundidos e iracundos, se sentirán atraídos por el encanto de su muerte (más que por el legado de su música) y terminarán idolatrándolo y llenando los bolsillos de quienes no se cansarán de explotar su nombre. 

Está tan abrumado que todo le es ajeno.

No imagina el impacto que causaría su muerte en quienes se sienten identificados con su música, en quienes han seguido su carrera, en quienes han oído hablar del concierto de Nussbaum de 1987, en quienes han conseguido una copia de Fecal Matter, en quienes asistieron al Paramount Theatre en la noche de Halloween de 1991, en quienes quedaron atónitos cuando él solo interpretaba Pennyroyal Tea en los estudios Sony de MTV en noviembre de 1993, en quienes jamás asistiremos a un concierto de Nirvana.


Kurt se quita las gafas vintage Christian Roth y las guarda en uno de los bolsillos de su chamarra de esquimal.

Se sienta en una banca del Viretta Park.

Se le antoja un cigarrillo. 

Echa un vistazo alrededor. 
Hay algunas personas por ahí. 
¡Cuántas veces ha deseado pasar desapercibido, como en ese momento!

Su banda es la banda más popular en todo el mundo.
Los momentos como éste son raros. 
La idea lo abruma. 


Le llega a su cabeza el coro de la pista número cinco de In Utero.

Desde hace unos meses, hasta cuando está triste, se siente incómodo y vigilado. 
Muchas personas lo rodean, pero nadie está cerca de él. 
Todos quieren una rebanada de Kurt Cobain y de Nirvana.

Todos quieren pedirle favores. 
Todos quieren explotar la mina de oro. 

Extraña la época en la que podía salir a la calle como cualquier otra persona y componer canciones todo el día en un departamento de Olympia.

Extraña la época en la que su banda tocaba en bares de mala muerte y hacía giras infernales por la Costa Este de Estados Unidos. 



Se coloca un cigarrillo en los labios.

Tiene todo el aspecto de una estrella de rock. 

Es imposible creerle cuando dice que odia la fama y que siempre quiso estar en un segundo plano y ser como Ringo Starr en Los Beatles.

Siempre ha sido evidente que le gusta rodearse de reflectores.

Si odiara tanto la fama, no habría permitido que Michael Azerrad lo entrevistara para que pudiera escribir la biografía autorizada de Nirvana, ni se la pasaría diciéndole a la gente de MTV que necesita tomar un curso que le enseñe a ser una estrella de rock.

Suspira.

Piensa en encender el cigarrillo.

Piensa en la forma de las volutas de humo, esfumándose en la nada.

Esa imagen tal vez lo remite a una pregunta: ¿en verdad es mejor quemarse que desvanecerse, como dice la canción de Neil Young...?



Tal vez reflexiona en los problemas que lo han atormentado en las últimas semanas. 

Todos son recurrentes. 

Se repiten en su cabeza como un delirio febril.

¿Acaso sí tiene un problema de adicción a la heroína, pero no encuentra un motivo para rehabilitarse?

¿Lo único que necesita es alejarse del mundo de Nirvana y olvidarse de la música y de la gira europea que canceló unas semanas atrás? 

¿Siente remordimiento y desea hacer las paces con Krist y formar una nueva banda con Pat Smear?

¿Quiere hacer carrera solista y divorciarse?

¿Quiere poner a prueba a Dave Grohl, para saber hasta dónde puede llegar como compositor?

¿Cometió un grave error, al rechazar la oferta de encabezar el festival de Lollapalooza?


¿Y si le da un giro a su carrera y comienza a componer canciones al estilo de Johnny Cash?

¿Y si busca a Mark Lanegan y retoma The Jury?

¿Qué clase de álbum podrían grabar él y Michael Stipe?

¿Y si hubiera una manera de volver al anonimato de Olympia... y si encontrara una forma para concentrarse en dibujar? 

¿Y si su pesar fuera transitorio y en un mes se volviera a sentir como en aquellos tiempos, cuando vivía con Tracy y su máxima ambición era tener una banda y una canción que saliera por la radio?

¿Y si regresa a Exodus y, en sólo un mes, la ausencia de droga en su cuerpo le permitiera ver todo más claramente y sentirse tan emocionado como cuando escuchó por primera vez la versión de Love Buzz de su banda en la radio?

¿Y si, independientemente de lo que hiciera, jamás volviera a sentir la emoción de salir al escenario, cuando las luces del foro se apaguen y sus admiradores comiencen a gritar?


En los últimos conciertos en Italia y en Eslovenia, sus viejos amigos –los Melvins, con quienes se siente en deuda por haber traicionado los principios punk que ellos respetan– lo acompañaron durante la gira. 

Ni siquiera con su presencia fue capaz de sentir todas estas cosas que sentía cuando audicionó para tocar el bajo con ellos y los nervios lo traicionaron. 

Se supone que el líder de la banda más popular del mundo, debería sentirse estremecido por la música que crea y por la reacción de sus admiradores. 

¡Si tan sólo tuviera un gramo de la pasión que Freddie Mercury desbordaba en el escenario!

Últimamente se siente un farsante y no quiere seguir engañando a nadie. 


Frunce el ceño.

Está tan ensimismado en sus pensamientos que el cigarrillo se le ha pegado en los labios. 
Ha olvidado encenderlo. 

Cruza una pierna encima de la otra y se queda contemplando el horizonte. 

Ya casi no hay sol en el Viretta Park. 

La gente que andaba por ahí, ha desaparecido. 

Se acomoda en la banca.

Se despega el cigarrillo de los labios. 

Siente un ligero dolor, como si se hubiera arrancado un pedazo de piel muy sensible. 

Pone el cigarrillo frente a sus ojos y lo contempla detenidamente, como si fuera un viejo enemigo***. 

Se lo lleva a los labios y saca un encendedor de una de las bolsas de su chamarra de esquimal. 

Se vuelve a poner el gorro de los Buzzcocks que ha sujetado bajo una de las axilas y enciende el cigarrillo. 

Mientras le da una chupada al cigarrillo y deja escapar el humo por la boca y observa las volutas de humo esfumarse entre los árboles, no tiene idea de que le restan menos de veinticuatro horas de vida y que un electricista encontrará su cadáver hasta el viernes ocho de abril. 


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*En una sesión de fotografías para la promoción de In Utero, Jesse Frohman lo fotografió usando estas gafas que se pondrán de moda veinte años después y que serán conocidas como "el modelo Kurt Cobain".

**Tracy Marander –su novia en la época de Bleach (1988)–, le dará una entrevista a Nick Broomfield a finales de 1994 y le confesará que Kurt Cobain siempre se avergonzó de su delgadez. Sin Marander, quién sabe si Kurt hubiera tenido tiempo para trabajar en las canciones de Bleach. Mientras él escribía y componía, ella trabajaba todo el día y cubría todos los gastos. El departamento en el que ambos vivían en Olympia ahora es una atracción turística.  

***Juego con la letra de Come As You Are.