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domingo, agosto 09, 2020

Sing Backwards And Weep | Mark Lanegan (2020)

 

Es el viernes 26 de junio de 1992. En Gotemburgo, la selección danesa de futbol disputará la final de la Eurocopa contra la selección alemana. Mientras tanto, en Roskilde, en uno de los festivales daneses de música más importantes, los Screaming Trees compartirán el escenario principal con Nirvana y con Pearl Jam.

“I Nearly Lost You” aún no pone en la órbita del “sonido Seattle” a la banda de Ellensburgh, pero, al cabo de unos meses, en parte gracias al éxito de Singles –la película de Cameron Crowe que contará con cameos de Chris Cornell y de Eddie Vedder, entre otras estrellas de la escena musical de Seattle, y que incluirá a esta canción en el soundtrack–, en parte gracias a que MTV rotará constantemente el video de la canción en su programación y en parte gracias al apoyo que recibirán de Kurt Cobain, los Screaming Trees saldrán del relativo anonimato en el que han estado desde mediados de los ochenta, cuando los hermanos Conner formaron la banda. Sweet Oblivion, su sexto álbum de estudio, es el primero que graban con una disquera trasnacional. Debido al inusitado éxito que tendrán, Epic Records –la sucursal de Sony con quien grabaron Sweet Oblivion– les extenderá su contrato por al menos un álbum más. 

Pero estamos en el verano de 1992. La película de Cameron Crowe que explotará el interés del público en las bandas de Seattle y que contará con las actuaciones estelares de Bridget Fonda y de Matt Dillon, todavía no ha sido estrenada en el cine. La banda sonora de Singles es apenas un proyecto en vías de consolidarse y nadie ha considerado la participación de los Screaming Trees**. 

Antes de volar a Europa, los hermanos Gary Lee Conner (guitarra) y Van Conner (bajo), Barrett Martin (batería) y Mark Lanegan (cantante), terminaron de grabar Sweet Oblivion en Nueva York, con Don Fleming (como productor) y con John Agnello (como ingeniero de sonido); Andy Wallace –el famoso ingeniero de sonido que ha trabajado con R. E. M. y que mezclará “All Apologies”, “Heart-shaped Box” y “Pennyroyal Tea” en el (último) álbum de estudio que Nirvana comenzará a grabar en febrero de 1993 en los Pachyderm Studios en Minnesota–, mezclará algunas canciones. 

Por primera vez en su historia, desde que los Screaming Trees grabaron su álbum debut en 1985, Gary Lee Conner le permitió a Mark Lanegan formar parte del proceso creativo de la composición de las canciones. Lanegan no sólo se sintió involucrado, por primera vez, con las canciones que canta, sino que además está convencido de que Sweet Oblivion será el mejor álbum que podrán componer juntos como banda. 

En menos de un año, Sweet Oblivion venderá alrededor de 300, 000 copias sólo en Estados Unidos, obtendrá una certificación de platino y se convertirá en el único álbum que los acercará al “estrellato” del que gozan sus coterráneos. 

Conforme el álbum vaya consolidándose y atrayendo seguidores en Europa y en Estados Unidos, Lanegan lidiará con su alcoholismo, paulatinamente sustituirá el alcohol con los opiáceos, amenazará a Gary Lee Conner varias veces con abandonar a la banda, comenzará a trabajar en algunas canciones de su segundo álbum solista (apenas en 1990, Sub Pop lanzó a la venta su primer álbum solista –The Winding Sheet– y, en 1993, tendrá una gran influencia en el MTV Unplugged In New York de Nirvana), pero sus adicciones le harán perder el control y lo pondrán al borde de la muerte.
    

Debido a la inusitada aparición de la selección danesa de futbol en la final de la Eurocopa, los organizadores de Roskilde modificaron los horarios del festival. A la hora del partido de futbol entre las selecciones de Dinamarca y de Alemania, en lugar de escuchar música en vivo, los asistentes podrán ver el partido de futbol en pantallas gigantes que estarán colocadas en puntos estratégicos del festival. 

Los Screaming Trees tocarán por la tarde en el escenario principal, antes de que se dispute la final de la Eurocopa '92, pero la mánager de Screaming Trees le dice a Lanegan que Cobain quiere hablar urgentemente con él, que vaya a verlo a su camerino. Apenas da un paso dentro del camerino, tiene un mal presentimiento. Ve a Cobain tumbado en un sillón y cubierto con una manta, lidiando con el síndrome de abstinencia y recibiendo una inyección intravenosa de metadona. Cobain le dice que quiere que los Screaming Trees cierren el festival, que toquen por la noche, después de Nirvana; que la gente tiene que darse cuenta de lo geniales que son. Lanegan arguye en vano que está seguro de que los 50, 000 asistentes a Roskilde se sentirán decepcionados –Nirvana y Pearl Jam son las bandas más populares del momento– y que nadie se quedará a escuchar a Screaming Trees por la noche.

Cobain insiste: el público tiene que darse cuenta de lo geniales que son los Screaming Trees, tal y como a él mismo le ocurrió, muchos años antes de que Nirvana se volviera la banda más famosa en el mundo, cuando le pedía insistentemente a su amigo Dylan Carlson que invitara a Mark Lanegan a un concierto de Nirvana en Olympia y que le presentara a Mark Lanegan; le dice a Lanegan que está loco, que ellos no pueden rechazar esa oportunidad y que la gente los amará. 

Cuando la banda de Ellensburg sale esa noche al escenario principal, comienzan con “Shadows Of The Season” –la canción que abre Sweet Oblivion– y el micrófono de Lanegan no funciona. Un miembro del staff entra al escenario e intenta arreglar el problema, pero después de diez canciones, la situación no mejora y Lanegan desahoga su frustración con los monitores. Mientras la banda sigue tocando, varios miembros del staff lo rodean en el escenario y tratan de detenerlo.

Dieciocho años más tarde, en el Capítulo 8 de Sing Backwards And Weep, Lanegan se recuerda como un impertinente que había estado bebiendo todo el día con Mike McCready y con Van Conner, y describe este suceso*** como una parodia de las persecuciones entre Tom y Jerry: cada vez que él intentaba destruir los monitores, el staff se acercaba a él y él se ponía en guardia, preparado para recibirlos como un boxeador. 

La parodia de Tom y Jerry continúa en el escenario principal de Roskilde, mientras el resto de la banda destroza sus instrumentos para dar por concluida su actuación. Gary Lee y Barrett Martin abandonan el escenario. Los furiosos miembros del staff se alistan para inmovilizar a Mark Lanegan.

Krist Novoselic –el bajista de Nirvana– ha estado al pendiente de la situación a un costado del escenario. Cuando el staff se lanza en contra de Lanegan, él y Van Conner intervienen e impiden que Lanegan reciba una paliza. Debido a los destrozos ocasionados por Lanegan, los Screaming Trees serán vetados de todos los conciertos veraniegos que tenían agendados en Europa. 

Unas semanas más tarde, Nirvana encabezará el Reading Festival y Kurt Cobain abogará por los Screaming Trees: si los organizadores no aceptan de vuelta a los Screaming Trees, Nirvana no encabezará el Reading Festival. El staff del Reading Festival será el mismo staff de Roskilde. Los organizadores aceptarán la condición de Cobain, pero Lanegan tendrá que mantener un bajo perfil. 

Mark Lanegan –quien, además de haber sido cantante de los Screaming Trees (1984-2000) y de haber publicado unos cuantos libros de canciones y de poemas, ha colaborado con artistas como PJ Harvey, Duff McKagan, Josh Homme, Layne Staley, Kurt Cobain y Duke Garwood, entre otros–, refiere este tipo de anécdotas, a lo largo de 43 Capítulos, en Sing Backwards And Weep, su primer libro autobiográfico. 

El título del libro hace referencia a “Fix”, una de las canciones de la carrera solista de Lanegan, y no es un título aleatorio, no es un accidente, sino una advertencia de lo que el lector encontrará en las casi 400 páginas que lo conforman: estrellas de rock enganchadas a la heroína, peligrosos encuentros con narcotraficantes dispuestos a asesinar a sus deudores, un largo recuento de muertes por sobredosis, estrellas de rock como Nick Cave buscando drogas en departamentos de bajo perfil en Washington, Mike Starr en abstinencia y dispuesto a asesinar a Lanegan por unos gramos de heroína, Layne Staley paranoico y convencido de que su cuerpo está lleno de hormigas que quieren conquistar el mundo, búsquedas infernales de heroína –con síndrome de abstinencia y con Josh Homme como guardaespaldas– en barrios violentos, peleas con Liam Gallagher en los pasillos de festivales de música... 

Después de más de tres décadas de consumo de opiáceos, es probable que el contenido del libro no quede exento de la fragilidad de la memoria del autor. Hasta en este sentido, el mensaje de Sing Backwards And Weep es contundente: las drogas, al principio, te llevan al paraíso; al final, te abren la puerta del infierno.

____________

*Debido a la guerra de los Balcanes, la FIFA había expulsado a selección yugoslava de futbol de toda competencia internacional y, a última hora, la selección danesa había ocupado su lugar en la Eurocopa '92. 

**Mientras grababan el álbum, Michael Goldstein –el mánager de Pearl Jam– se hospedaba en un hotel de Nueva York. Bob Pfeifer –el mánager de los Screaming Trees– tuvo que obligar a Mark Lanegan a ir a ese hotel a entregarle personalmente un cassette con esta canción, pues Sony pensaba dejarlos fuera de la banda sonora. Irónicamente, a pesar del éxito de la película y de la banda sonora (y a pesar del éxito de la canción en la banda sonora), los Screaming Trees, a diferencia de Pearl Jam, Soundgarden y Mudhoney, bandas que también fueron incluidas en la banda sonora, nunca recibieron un cheque por las regalías.

***Este video, gracias a que Kim White, la mánager de la banda, grabó el concierto con una cámara de video, está disponible en You Tube.  

viernes, mayo 01, 2020

The Winding Sheet de Mark Lanegan


Poco antes de que Internet fuera una excentricidad –y mucho antes de que imagináramos que se convertiría en uno de los servicios básicos de la civilización y que nos facilitaría la vida durante una pandemia–, por la época en que Lars Ulrich se quejaba de que Napster atentaba contra los derechos de autor –¿cómo es que el catálogo de Metallica terminó en Spotify?–, compré un cassette en El Chopo que supuestamente traía canciones inéditas de Nirvana. 

Exceptuando una canción que sonaba remotamente a Nirvana y en la que parecía que Kurt Cobain hacía los coros, el cassette era un desperdicio. Traía canciones que cualquiera que no se considerara “admirador de ocasión”, ya habría escuchado. 

La canción relataba una historia en la que un hombre le advertía a una mujer que la llevaría al infierno –“a la oscuridad de abajo”– y que ella lograría que “las cosas fueran mejores por cierto tiempo”, mientras algún narcótico hervía en su sangre y surtía efecto. 

Cantaba un hombre de voz grave y rasposa. 

La música sonaba vagamente al Unplugged In New York, pero era más elaborada que cualquier canción de Nirvana. También sonaba a la música de finales de los setenta. 

Varios años después –probablemente cuando Reservoir Books publicó los diarios de Kurt Cobain–, supe que ese hombre de voz rasposa era Mark Lanegan y que había sido el cantante de los Screaming Trees.



En la época en la que Mark Lanegan colaboraba con Queens of the Stone Age, supe que Cobain no sólo había colaborado con los coros en “Down In The Dark”, sino que también había tocado la guitarra en “Where Did You Sleep Last Night?” y que ambas canciones aparecían en The Winding Sheet, el álbum debut de la carrera solista de Lanegan.

Cuando salió a la venta With The Lights Out –y entonces ya había escuchado “Long Gone Day”, su colaboración con Layne Staley en el álbum de Mad Season–, me enteré de que Lanegan y Cobain incluso habían formado una banda alrededor de 1992, a la que llamaron The Jury –con Krist Novoselic en el bajo y con Mark Pickerel en la batería– y que fracasó porque ninguno de los dos se había atrevido a imponerle su punto de vista al otro. 

(“Ain't It A Shame” y “They Hung Him On A Cross” fueron grabadas en esa temporada.)  

Cuando se cumplieron 25 años del lanzamiento del Unplugged In New York, leí una entrevista en la que Dave Grohl aseguraba que Kurt Cobain quería que ese álbum acústico sonara a The Winding Sheet. 

(Como prueba de la admiración de Cobain hacia Lanegan, Nirvana grabó su propia versión de la canción de Ledbelly. Irónicamente, Lanegan nunca ha sido tan famoso como Cobain y ni siquiera ha gozado del mismo estilo de vida que sus contemporáneos –en algún momento, incluso fue un homeless–, pero esta canción quedó registrada como uno de los momentos más emblemáticos de los conciertos Unplugged de MTV*.)



Escuché The Winding Sheet en la época en que mi salud me obligó a dejar de beber alcohol, a dejar de fumar, a cambiar mi dieta y a adherirme a tratamientos médicos que no dieron resultado. 

Me sentía miserable –cuando “me sentía bien”, tenía náuseas y ataques de ansiedad que me impedían permanecer encerrado en un lugar más de una hora– y terminé en el quirófano –rechacé la laparoscopía y me abrieron en canal, y la recuperación fue tardada y dolorosa– y este álbum me acompañó en el proceso de la enfermedad y en la recuperación de la cirugía. (Éste y otros álbumes suyos son muy importantes para mí, pero esos asuntos los reservo para mis textos personales.)

No esperes a que Mark Lanegan muera y a que un periodista de rock te invite a escuchar su música. Puedes comenzar a escucharlo hoy, cuando The Winding Sheet cumple 30 años. 

Apuesto que, de haber muerto en las mismas circunstancias que otros músicos de su generación –también era amigo de Layne Staley, e incluso intentó convencerlo de ingresar a un centro de rehabilitación, poco antes de su muerte–, los periodistas de rock lo compararían con Jim Morrison.


_________________


*En una entrevista que dio a Rolling Stone en estas semanas, para hablar de “Sing Backwards And Weep”–sus memorias, recientemente publicadas– les dijo que nadie le creía cuando les decía que Kurt Cobain lo admiraba y que incluso le había insistido a Dylan Carlson –un amigo en común de los dos– que lo convenciera para que asistiera a un concierto de Nirvana en la Biblioteca Pública de Ellensburg –mucho antes del éxito de Nevermind–, y que los presentara.)

lunes, agosto 05, 2019

Tom Hansen no sólo le vendió drogas a Kurt Cobain


Tom Hansen es un músico y escritor norteamericano, nacido en 1961. 

En la década de los ochenta –mucho antes de que el grunge* saltara a la cima de la escena musical–, él tocó en bandas punk del circuito underground de Seattle –The Fartz, Refuzors– y, con Crisis Party –una banda que podría relacionarse más con el sonido heavy metal que con el sonido punk–, grabó un álbum de estudio. 

Sin embargo, tristemente, es más conocido por haberle proveído drogas a Kurt Cobain, a Layne Staley y a Mark Lanegan. 
  
American Junkie (2010), su primera novela, está inspirada en su propia vida.



Después de una década de consumo de heroína, del continuo uso de jeringas en sus brazos y de la subsecuente desaparición de sus venas de la superficie de su piel, Tom Hansen comenzó a inyectarse en una pantorrilla y adquirió una infección que lo llevó al hospital y que lo mantuvo al borde de una amputación. 

Su tolerancia a los opiáceos era tan elevada que despertó de la anestesia a la mitad de la cirugía, cuando los médicos se disponían a amputarle la pierna infectada. 

Su salud era tan deplorable que debió permanecer ochos meses en el hospital –incluso era incapaz de moverse y de tomar un baño por sí solo–, y todo lo que vivió allí –vio a niños condenados a una vida miserable por tener quemaduras de tercer grado, convivió con una mujer que contrajo SIDA por compartir, una sola vez, una jeringa para inyectarse droga; y fue testigo de las violentas y silenciosas muertes de unos cuantos ancianos olvidados por sus familias y por la sociedad–, lo llevó a reflexionar acerca de su adicción y de su vida. 



Cuando tenía alrededor de diez años supo que era adoptado, y, poco después, su padre no biológico murió en un trágico accidente en el Golfo de Alaska.

La presencia de la muerte moldeó su carácter y su apreciación de la muerte.

En la adolescencia ganó algunos concursos como patineto y continuamente se sintió fuera de lugar y ese sentimiento lo llevó a comportarse como un rebelde –incendió algunos recintos y destruyó algunas cosas–, provocando que lo expulsaran de las escuelas en las que estudiaba.

Estaba acostumbrado al rechazo y nunca logró relacionarse con nadie en ninguna escuela ni en ningún vencindario.

(La primera niña que le gustó, a la edad de ocho años, quiso abrirle la frente con una roca mientras los dos paseaban en bicicleta por el vecindario.

Su primera relación adulta terminó con la muerte por sobredosis de una mujer en la casa que compartían los tres. 

Su madre biológica era una prostituta hippie que se enredó con un pintor alcohólico que probablemente fue su padre biológico.) 

Cuando Tom Hansen se subía al escenario y tocaba su Les Paul '57 sunburst, llegó a estar convencido de que componer música era lo máximo. Luego, cuando experimentó con drogas, las drogas lo colmaron de una felicidad que jamás había sentido. 

De este modo, cansado de tocar las mismas canciones, sustituyó la emoción que le provocaba la música, por el consumo de alcohol, de tabaco y de marihuana.

Paulatinamente, pasó de la marihuana a los ácidos y de los ácidos a la cocaína y a los opiáceos.

Se convirtió en proveedor de drogas.



La novela está escrita con una crudeza introspectiva que fluctúa entre la narrativa de Henry Miller en Trópico de Cáncer y "la narrativa de los adictos" que abunda en las novelas de William Burroughs; y la complementan registros médicos de la estancia de Tom Hansen en el Harborview Hospital y también unas cuantas páginas en las que describe sus encuentros, como traficante de drogas, con estrellas de rock... pero como si él mismo sólo fuera un espectador de esos encuentros. 

Acabo de leerla por segunda vez y no entiendo por qué a nadie se le ha ocurrido traducirla al español o llevarla al cine. 

Tengo la impresión de que la mayoría de los críticos literarios "más famosos" –incluso, algunas veces, el mismo lector que se cree crítico literario por "haber soportado" una "dura novela"**–, le recomiendan al público a autores cuyo máximo logro literario parece ser describir los exóticos lugares que visitan ex profeso –Japón, Qatar, Egipto, Barcelona, París, Las Vegas, Los Ángeles... el metro de la Ciudad de México, el peligroso barrio de Tepito...– o narrar una loca historia de terror con personajes psicópatas. 

Tom Hansen va mucho más allá de todos estos clichés. 
Él no tuvo que "inventarse una vida extraña" para escribir. 



American Junkie debería ser una novela altamente recomendada –al menos por la gente que escucha a bandas emparentadas con el sonido Seattle de la década de los noventa y al menos por la gente que se considera conocedora de la literatura  beatnik y/o amante de la novela negra–, y debería tener unos cuantos millones de seguidores en todo el mundo. 

No dudo que cuando Tom Hansen muera –¡que quede claro que no estoy deseando su muerte!–, ésta se volverá una novela de culto. 

La gente "conocedora" siempre "reconoce" el talento post mortem.  

(En Canadá, la acaban de llevar al teatro. 
¿El resto del mundo está esperando a que el autor muera, para darle crédito?)

American Junkie está llena de un conocimiento literario que no se adquiere en ninguna escuela. 

(No estoy muy seguro de que en El Claustro te enseñen que "uno no destruye su cuerpo de un momento a otro, sino que lo hace paulatinamente, y que la destrucción ocurre de manera imperceptible, como la puesta del sol". ***)

Esta novela no es una historia con final feliz –mucho menos, de princesas y de príncipes azules– o de sexo, drogas y rock n' roll; en todo caso, es una retorcida historia de superación personal. 

No es una novela para extraer frases de optimismo o para presumir lo que "has aprendido" sobre el mundo de las drogas en el que viven las estrellas de rock, sino para reflexionar.

Irónicamente, me enteré de esta novela porque a alguien se le ocurrió escribir una reseña en la que enfatizaba que American Junkie había sido escrita por uno de los dealers de Kurt Cobain. 



______________

*Léase con sarcasmo. 
**Cualquiera de Aguilar Camín o Mario Benedetti o Guadalupe Loaeza o Paulo Coehlo.
***Tom Hansen. 

miércoles, mayo 01, 2019

Si encontraras un camino más fácil...


Empecé a escuchar a Mark Lanegan cuando me sentía muy enfermo.

Tenía casi medio año en tratamiento médico. 

Además de adherirme al tratamiento, había dejado de fumar, de beber alcohol y cualquier cosa que tuviera azúcar o gas; había dejado de comer grasas y harinas –y cualquier alimento o ingrediente apetitoso y relativamente salado o dulce, desde pizzas hasta salsa catsup–, y, sin embargo, me seguía sintiendo mal. 

Odiaba mi existencia y cada segundo que transcurría. 

Desde el mundial de Brasil 2014 había adquirido la costumbre de escribir, de beber alcohol y de fumar yerba hasta altas horas de la noche. 

El mundial de futbol había coincidido con el final de un periodo de trabajo estresante (¡esclavizante, sofocante, humillante!) del último año del posgrado –publiqué más artículos de los que necesitaba para titularme y se me acabó la beca y mi esposa y yo tuvimos que mudarnos a un departamento más barato en una zona fea, y mi tutor, en lugar de darle cierto crédito a mi ambición, o no decir nada, se refirió a mí como un idiota que sólo seguía sus instrucciones... y lo dejó clarísimo en la última publicación que tuve con él... y también lo dejaría claro unos meses más tarde en un artículo de revisión del que me excluiría– y había perdido el control y había llevado al extremo mi libertad. 

Una de esas noches –ahora que lo pienso, tal vez fue la última de esas noches– sentí que se me quemaba el esófago, que tenía algo atorado en la garganta y que no podía tragar (ni dejar de producir) saliva. Fue una madrugada realmente larga. No guardaba ninguna relación con las largas noches infernales con gastritis que había pasado en los últimos años de la licenciatura. Fue mil veces peor. Esa noche estaba exhausto y paranoico y resultó imposible quedarme quieto o acostarme en la cama y cerrar los párpados y esperar a quedarme dormido. La sensación era imposible de ignorar. 

El calvario de mi enfermedad comenzó esa noche. 

A la mañana siguiente, fui al médico general y el genio me dijo que tenía faringoamigdalitis y que seguramente me había enfermado porque había sufrido un enfriamiento y porque seguramente fumaba y entonces me recetó clorfenamina compuesta y me recomendó dejar de fumar y por algunos días no tomar bebidas frías o calientes, no comer alimentos irritantes y no asolearme. 

Hice caso a sus recomendaciones y sin embargo seguí sintiéndome mal –incluso una vez tuve que salirme temprano del trabajo por tener los mismos síntomas de aquella noche, nada más por haberme comido un chocolate amargo– y saqué una cita con un gastroenterólogo que encontré en la Sección Amarilla. 

Fui a su consultorio en el Hospital Ángeles de la Colonia Roma y le hablé de los síntomas que había estado teniendo y de la visita al médico general y él me revisó y me diagnosticó reflujo gastroesofágico y me realizó una endoscopía y me tomó una biopsia y me dijo que tenía una hernia hiatal condicionada por el reflujo y helicobacter pylori y me explicó que lo que sentía eran los ácidos gástricos ascendiendo por el esófago porque el esfínter inferior no funcionaba apropiadamente, y me recetó un montón de fármacos –pantoprazol, cinitaprida, etc.– y seguí sus recomendaciones.

Los síntomas menguaron, pero, cuando suspendí el tratamiento, me sentí peor: tenía náuseas todo el día y crisis de ansiedad ocasionalmente.


Unos meses más tarde, cuando la situación empeoró y sólo podía comer dos o tres cosas sin condimentos y cuando la constante erosión del esófago estaba provocándome esofagitis y me hacía secretar saliva incesantemente, consulté a otros dos gastroenterólogos y los tres me dijeron que tenía que someterme a un procedimiento quirúrgico y que, si  no lo hacía, no sólo tendría los síntomas del reflujo gastroesofágico sino que la esofagitis podría generar un tumor cancerígeno... y fue así que acabé en el quirófano hace casi dos años.

Los médicos me abrieron en canal –quería tener una cicatriz visible, para tener consciencia de la miseria por la que había pasado, y opté por el método tradicional y rechacé la laparoscopía– y la recuperación fue larga y también incluyó ataques de ansiedad, náuseas, malestar gástrico, distensión estomacal, una dieta monótona y la consciencia de estar secretando toneladas de saliva que me dejaban dolorida la garganta.

A lo largo de todos estos meses escuché la música de Mark Lanegan: desde que me despertaba diariamente con náuseas, sin ganas de salir a la calle y sin hallarle sentido a una vida tan miserable, hasta que la posibilidad de someterme a un procedimiento quirúrgico me dio la esperanza de tener una vida normal nuevamente.

Rumbo al trabajo, escuchaba Bubblegum –When Your Number Isn't Up me transportaba a  la calidez y a la ociosidad de mi adolescencia, cuando no tenía problemas de salud y lo único que hacía era pensar en formar una banda de rock y en probar drogas ilícitas–, mientras intentaba ignorar los aromas de la calle que podía asociar con la asquerosidad y que podían llevarme a tener arcadas y a devolver el estómago en la vía pública –siempre llevaba conmigo una bolsa de emergencia– y The Winding Sheet –Wild Flowers me hacía desear que el único sufrimiento que padeciera fuera el rechazo de una mujer–, y la melancolía de las letras y la lúgubre voz de Lanegan y la idea de que ese álbum había sido lanzado a la venta cuando yo era apenas un niño de diez años sin ningún problema de salud, me consolaban. 

En la convalecencia de la cirugía, también leía a Tom Hansen, y lo imaginaba confinado en una cama, después de haber ingresado de emergencia al Harborview Hospital, a punto de perder una pierna, debido a una infección provocada por el constante empleo de jeringas para inyectarse heroína, y recapacitaba en unas palabras suyas que decían "No me desperté un día y decidí destruir mi cuerpo... La destrucción de mi cuerpo ocurrió de manera imperceptible... como la puesta de sol" y pensaba que yo nunca había sido un heroinómano y que no había ido a parar al hospital de emergencia y que no había estado nueve meses postrado en una cama y dependiendo de las enfermeras para ir al baño y para tomar una ducha, y que sin embargo había estado sintiendo la misma desesperanza que él durante casi dos años. 

Incluso cuando estaba bajo tratamiento médico, me era imposible sentarme a leer un artículo de investigación de principio a fin, o realizar una cirugía estereotáxica de principio a fin. Siempre tenía que hacer pausas y salir a tomar aire a un espacio abierto, para mitigar las náuseas que me atacaban y controlar los ataques de pánico que acompañaban a las náuseas. 

Por supuesto que nada de esto es importante cuando te evalúa el SNI: aun cuando saltaste de no ser miembro del SNI a ser Nivel I, aun cuando titulaste alumnos, aun cuando estuviste en exámenes de doctorado, aun cuando eres co-tutor de un estudiante de maestría, aun cuando diste clases y conferencias por aquí y por allá, aun cuando trabajaste en tus propios proyectos de investigación sin tener tu propio laboratorio, aun cuando publicaste un artículo con información importante y pudiste recurrir a la puntitis y dividirlo en tres publicaciones irrelevantes y aun cuando hiciste todo esto pensando diariamente si tenía sentido soportar una vida miserable y un futuro académico incierto, eres susceptible a los prejuicios y eres culpable de ser un ser humano y de comportarte como los humanos que hacen el mínimo esfuerzo y eres culpable de ser un investigador poco productivo que no merece. 

El asunto había llegado a ser tan intenso que una vez tuve que acudir al Servicio Médico de la universidad a pedir un ansiolítico y tuve que regresar al departamento donde vivía bajo los efectos del Ativan y tumbarme en la cama y soportar la paranoia y las arcadas, yo solo (mi esposa volvía de su trabajo alrededor de las siete de la noche), mientras el tiempo transcurría lentamente y las náuseas menguaron.  

El dolor físico y emocional que transmitía Tom Hansen en las páginas de American Junkie, postrado en una cama del Harborview Hospital, me hacía pensar en su infierno privado y comprender por qué le resultaba inútil explicarle a los médicos por qué se había convertido en adicto a los opiáceos y por qué había desarrollado tanta tolerancia a ellos que había despertado de la anestesia a la mitad del procedimiento quirúrgico en el que estaban por amputarle la pierna. 

Así veía yo, más o menos, mi situación: si mis familiares reducían mi enfermedad a un dolor estomacal semejante a una combinación de gastritis con faringoamigdalitis, ¿qué podía esperar de mis compañeros de trabajo?

Estaba cansado de intentar explicarle a mi familia cómo me sentía. 

Casi cada domingo, veía a mis papás –me sentía deprimido, pero jamás llegaba al extremo de decirles que estaba harto de vivir miserablemente y que cada día era una tortura– y les decía que no me sentía bien y les contaba qué medicamentos tomaba y qué cosas podía comer y qué explicaciones me daba el especialista cuando iba a consulta, pero no parecían dimensionar el problema (me hablaban de sus propios problemas de salud y no notaban que esa época era la primera en la que yo mismo me veía forzado a hablarles seriamente de mi salud) y me invitaban a comer y, a pesar de todo lo que les había dicho, casi siempre me ofrecían alimentos grasosos e irritantes que cualquier persona podía comer. 

Lo más fácil para mí era evitar contarles a mis compañeros de trabajo cómo me sentía. 



En estos días he estado leyendo a Guillermo Fadanelli.

En Plegarias de un inquilino, sugiere que la salud es el silencio de la enfermedad y que sólo somos conscientes de nuestra existencia cuando estamos enfermos. 

Dice que nadie juzgaría a un enfermo terminal, por no realizar planes a futuro. 
Dice que la vida del enfermo terminal, carece de propósito y que es irónica: que aun cuando no sabe cuándo morirá exactamente, está consciente de que la probabilidad de que su muerte ocurra más pronto que la de cualquier persona sana es más alta. 

Tras recordar estos meses miserables y recordar lo extenuante que es hablar del asunto con la gente cercana a ti y no hacerles comprender que no estás exagerando, que no estás psicosomatizando y que estás deprimido y que no es sólo un evento mental sino que te mina físicamente y emocionalmente, sólo puedo concluir que automáticamente juzgamos la vida de los demás, sin saber cuáles son los motivos detrás de sus actos y sin tener el mínimo interés en averiguar cuáles son los motivos detrás de sus actos.

En septiembre del año pasado, Mark Lanegan vino a la Ciudad de México y cuando escuché Wild Flowers en vivo fue un momento catártico: aun cuando había fracasado durante seis meses en la búsqueda de un empleo más estable que una estancia posdoctoral, entonces me sentía una persona normal y acababan de publicarme un paper en el que había trabajado experimentalmente cuando me sentía más miserable.

Ese concierto representó muchas cosas para mí. 
Al final del concierto, fui el primer asistente en estrechar la mano de Mark Lanegan y en obtener su autógrafo. Me hubiera gustado decirle todo lo que su música representó para mí en esos tiempos difíciles. 

Hoy es el aniversario 29 de The Winding Sheet. 

Cuando cumpla 30 años este álbum, espero haber reflexionado más sobre estas ideas y escribir una entrada sobre su grabación y también sobre el alivio que representó para mí la música de Mark Lanegan durante mi enfermedad. 

A 2014 KEXP Review of The Winding Sheet

domingo, octubre 14, 2018

Live Mud (2007)


Live Mud es uno de los álbumes en vivo de Mudhoney. Fue lanzado en vinilo por SubPop en el 2007 y sólo existen 500 copias. 

Fue grabado en El Palacio de Los Deportes por Brett Eliason con el equipo de grabación de Pearl Jam. La banda tocó canciones de Superfuzz Bigmuff (1988), Piece Of Cake (1992), Since We've Become Translucent (2002) y Under A Billion Suns (2006).

Según algunos blogs que he leído, la mayoría de los asistentes a ese concierto no conocían a esta legendaria banda de Seattle y quienes sí la conocían consideraban que se merecía un mejor escenario que abrir los conciertos de Pearl Jam del 2005 en la Ciudad de México y en Monterrey, durante su primera visita a nuestro país.

Stone Gossard, Jeff Ament, Steve Turner y Mark Arm tocaron juntos en Green River antes de que el sonido Seattle se volviera tan popular. Esta banda se disolvió a finales de los 80 y dio lugar a Mudhoney y a Mother Love Bone.

Cuando Andy Wood, el vocalista de Mother Love Bone, murió prematuramente debido a una sobredosis de heroína, Mother Love Bone se disolvió.

Chris Cornell, Stone Gossard y Jeff Ament quisieron rendirle un homenaje póstumo a Andy Wood y formaron Temple Of The Dog. 

Mike McCready y Eddie Vedder también colaboraron en este proyecto del que surgió Pearl Jam. 



Dos años antes del concierto en el que fue grabado Live Mud, Pearl Jam vino a México por primera ocasión.

Originalmente darían dos conciertos, pero los boletos se acabaron en un par de horas y los organizadores abrieron una fecha más. El mismo día que se anunció la tercera fecha, me fui a formar desde muy temprano a las taquillas de El Palacio de Los Deportes y conseguí tres boletos. 

Nuestros lugares estaban junto a las escaleras de la sección más barata -apenas podíamos estirar las piernas-, pero fue un gran concierto. 

El último de la gira de Riot Act (2002).

Sleater-Kinney fue la banda telonera. 

El concierto duró casi tres horas -incluso fue transmitido por radio a toda Latinoamérica-, Pearl Jam tocó la mayoría de sus éxitos, Corin Tucker cantó Hunger Strike a dueto con Eddie Vedder y unos mariachis le cantaron las mañanitas a Stone Gossard.


Cuando Pearl Jam volvió a México en el 2005, no tenía dinero. 

Acababa de tener mi primer trabajo como profesor de asignatura (conseguí un par de horas en el Departamento de Psicología de la Ibero) y pude haber ahorrado el dinero que me pagaron (no era mucho, pero fue el primer sueldo que obtuve en el que importó mi licenciatura) y pude haberme comprado un boleto en primera fila para escuchar a Mudhoney y a Pearl Jam, pero me lo gasté en un viaje que no tuvo ningún sentido. 

Pearl Jam había tardado muchos años en venir a tocar a México y estaba convencido de que habían regresado tan sólo dos años después de su primera visita porque se habían dado cuenta que era un buen negocio tocar aquí. 

(Tal vez sólo les gustó el público mexicano y por eso regresaron tan pronto.) 

De haber sabido que Mudhoney tocaría en ese concierto, lo habría pensado mejor. 


Cuando descubrí este álbum y comencé a escucharlo, me di cuenta de que lo único que realmente recuerdo de esos días es que los Pumas perdieron contra Boca Juniors la final de La Copa Sudamericana.

Es tan absurdo...  

Live Mud (2007)
Circo Volador (2014)
Palacio de Los Deportes (2005)