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sábado, febrero 28, 2026

love in the 90s is paranoid


Por primera vez le presto atención a la letra, un libro me trajo a esta canción, es asombroso, no sé cuántas veces he escuchado a Blur, esta no es una de mis canciones favoritas, me trae a la mente algunos eventos que no son agradables, me transporta a una época en la que no me caía bien yo mismo, lidiaba con un montón de personas y situaciones que no me gustaban del todo, y no sé cuántas veces he escuchado (accidentalmente) esta canción –¿más de quinientas...?, ¿más de mil...?– y es asombroso: nunca me había dado cuenta de que Damon Albarn dice precisamente en esta canción love in the 90s is paranoid, y ahora no es sólo una frase, entiendo a qué se refiere, el libro que me trajo a esta canción lo compré en la Feria Internacional del Libro hace una semana, se llama Cómo entrevistar a una estrella de rock y me llamó la atención porque es un trabajo de un periodista de rock en el que lo más importante no son las entrevistas per se sino el contexto de las entrevistas, empecé a leerlo el 20 de febrero después de haber tenido un ataque de pánico a 30 metros de altura y en medio de la nada, empecé a leerlo el día que Kurt Cobain habría cumplido 59 años, y en el capítulo que leía hace unos minutos, Fernando García entrevista a Damon Albarn en el bar de un hotel de cinco estrellas en Buenos Aires, es una entrevista del 2000 y tantos, Parklife y 13 tenían varios años de haber sido publicados, aparentemente Damon Albarn y Graham Coxon habían estado discutiendo antes de la entrevista, aparentemente estaba cerca la disolución de la banda formada en Londres en 1988.

Prestarle atención a esta frase de “Girls & Boys” –love in the 90s is paranoid– ha cambiado mi percepción y la canción ahora mueve algo dentro de mí y esto va más allá del concepto en el que la tenía, ya no es para mí esa canción del video que transmitía MTV en otros tiempos y en el que un puñado de adolescentes británicos la pasan bien en una fiesta, es asombroso cómo mi cognición ha modificado todos los prejuicios que tenía sobre esta canción y sobre Blur, quién sabe cuánto tiempo me obsesionaré con la canción y con Blur, en cuanto llegué a la casa le pedí a Alexa esta canción, acabo de darles Royal Canin a los gatos, estoy sentado junto a Alexa y me concentro en la canción, a ratos releo otra vez este capítulo de Cómo entrevistar a una estrella de rock en el que Fernando García entrevista a Damon Albarn y la canción se va transformando en mi mente.

Me quedé solo en la casa, Lizzie está con sus papás y “Girls & Boys” me remonta a tantas cosas, a la universidad, más precisamente a esos meses en los que la policía entró a la UNAM y acabó con la huelga de 1999, y también me remonta a Trainspotting y a la película de Danny Boyle –¿cuándo la vi?–, a los libros de Irvine Welsh, a una obra de teatro en la que Osvaldo Benavides interpretó a Rents en un teatro de San Ángel, y esta idea me lleva a pensar que en estos días se cumplieron 30 años del estreno de la película de Danny Boyle, que a la premier asistieron Damon Albarn y Noel Gallagher (leí una nota sobre este tema hace unos días), y supongo que también asistió Irvine Welsh, el escritor escocés vendrá a México a una Feria del Libro en las próximas semanas, ¿no sería genial tener un libro suyo autografiado y una foto con él...?, es uno de mis autores favoritos, uno de los libros que estoy leyendo ahora precisamente es Porno –la segunda parte de Trainspotting–, su narrativa me trae buenos recuerdos, es un visionario, sus relatos del mundo de las drogas –también Acid House es uno de mis libros favoritos– no es plana ni está llena de descripciones irrelevantes que cortan el ritmo de la historia, y me pregunto cómo lo recibirá el público mexicano, no estoy tan seguro de que la mayoría de la gente que ha visto las adaptaciones de Trainspotting o de Acid House al cine haya leído sus libros, de hecho el otro día vi un Reel en Instagram en el que le atribuían a Danny Boyle ¡una frase de Irvine Welsh!, en fin, en estos tiempos es más importante «salir en la foto» que saber quién es el autor de Trainspotting y tener un libro autografiado por su autor, en el papel las redes sociales podrían verse como «las pinturas rupestres del Siglo XXI» que reflejan el impulso fundamental de la humanidad para comunicarse, compartir experiencias y dejar huella, en la práctica son efímeras y reflejan la frivolidad, la codicia y la manipulación, y carecen de un significado oculto, alegórico o profundo, la mayoría de los internautas son más de «ir con la corriente», de escuchar 100 horas de podcasts a la semana, de ver más de 100 horas de Reels con grandes efectos audiovisuales a la semana, de ver los 3 primeros segundos de cientos de videos generados con IA a la semana, paradójicamente el público ahora es menos fácil de sorprender pero lo sorprende cualquier tontería.

Vuelvo a la canción: la frase de love in the 90s is paranoid me remonta a finales de los noventa y principios de los dos mil, me remonta a hoteles de paso con snobs, a malos viajes de mota, a noches paranoicas que parecían no tener fin, a gente malvibrosa y privilegiada escuchando a Blur, a Ween, a Oasis, a Pulp y a cualquier artista o banda de la que todo mundo estuviera hablando, en reuniones llenas de sustancias ilícitas y de conversaciones pretenciosas, me remonta a rostros que probablemente ahora están en AA o que son Pachamamas de noche y yuppies de día, y también me remonta a mujeres hermosas con sus cabelleras rizadas y con ojos espectaculares, me remonta sentirme fuera de sitio cerca de ellas, me remonta a sentir sus miradas, como si para ellas yo fuera un animal ebrio y exótico, como si estuvieran convencidas de que alguien acababa de liberarme del cautiverio. Todo esto, pensándolo mejor, me hace sentir que hoy no es hoy sino que estoy en una etapa lejana y que voy a cumplir veinte años de edad.

Nunca le he prestado mucha atención a la música de Blur, de hecho creo que nunca he escuchado de principio a fin Parklife –¡antes pasaba muchas tardes grabando música de CDs a cassettes!–, aunque tengo 13, tal vez lo compré por ahí del 2008 en algún Mix Up o en El Chopo, en 1999 MTV pasaba “Coffee & TV” todo el tiempo y la huelga de la UNAM me condenó a ver un montón de videos en MTV, y soy tan poco fan de Blur que tenía la impresión de que  “Song 2” era un track del álbum 13, pero, pensándolo mejor, es un track de otro álbum, y medio me acuerdo de haber visto el video de “Song 2” también en MTV pero cuando todavía estaba en la prepa, cuando Blur y Oasis –el britpop– acababan de ponerle el último clavo al ataúd de Kurt Cobain y compañía, entonces acababa de entrar a quinto año de prepa, tal vez “Wonderwall” sonaba por todas partes y tal vez mi círculo cercano era más del tipo de Oasis y de Radiohead que de Blur, en fin, hace rato cuando volvíamos a la casa sonaba “Wonderwall” en Universal Stereo, esta es la realidad, a nadie le interesa leer a Welsh ni escuchar a Blur, ¿cuál es el Reel con más vistas el día de hoy?

sábado, febrero 01, 2025

I do not want this



Estábamos casi en la quiebra, viviendo más o menos al día, cuando vino Mark Lanegan a dar un concierto en El Plaza. Apenas pude comprar un par de boletos, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar una pequeña litografía, conseguir que él me la firmara, estrecharle una mano, aceptar que ese contacto sería lo más cercano que estaría a Kurt Cobain, y tomarme una foto con él. La banda trajo un montón de mercancía: libros que escribió Mark Lanegan, álbumes que no están a la venta en ninguna parte ni disponibles en ninguna plataforma de streaming, playeras y sudaderas de él y de su banda, stickers, cosas así. Me hubiera gustado comprar algo más. Pero, como ya dije, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar la pequeña litografía y el par de boletos para su concierto. No todo fue malo: el día del concierto fue publicado mi primer paper como autor corresponsal, mi paper #7 en total.

Luego de un año más o menos conseguí un contrato temporal en otra universidad, tuvimos que mudarnos de ciudad, y todo pintaba mucho mejor, parecía que ésa era la manera de ingresar definitivamente a la academia, de obtener el trabajo de mis sueños, excepto que al mes de haber entrado a trabajar, apenas habiendo cobrado mi primera quincena, la universidad estalló en huelga. Estuvimos así 3 meses, sobreviviendo con los pocos ahorros que nos quedaban del último año fatal –habíamos sobrevivido con $10, 000 MXN mensuales– y teniendo que recurrir a pequeños préstamos para cubrir la renta y los gastos diarios. En marzo, cuando la huelga apenas cumplía un mes, Courtney Barnett vino a México. Ni siquiera pude comprar un par de boletos. Teníamos el dinero contado, no podíamos permitirnos un viaje a la CDMX. Mucho menos comprar un par de boletos para un concierto.

Ahora estamos otra vez en este círculo vicioso. Las condiciones no son tan malas como en el 2018 ni como en el 2019, ahora soy Investigador Nacional Nivel II, tengo más de 20 papers publicados, he impartido más de 40 cursos de licenciatura y posgrado, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia, he hecho mucho más de lo que debería haber hecho para obtener la oportunidad de concursar por una plaza indeterminada, he conseguido mucho más que cualquier persona con 10 años de trabajos temporales, y heme aquí, esencialmente quejándome de la mala fortuna que he tenido. Queriendo ignorar que he permanecido en el SNII y que no he recibido el estímulo económico del SNII durante más de medio año porque no he tenido contrato con ninguna universidad en los últimos 3 ó 4 meses de los 3 últimos años.

También he concursado por plazas de académico de tiempo completo en 6 universidades distintas en los últimos 4 meses, en todas me dicen que no soy psicólogo clínico o que no soy psiquiatra o biólogo o químico, nadie quiere ver que estoy más preparado que un psicólogo clínico y que compito con psiquiatras, con biólogos y con químicos, y hemos vivido de nuestros ahorros casi 3 ó 4 meses de cada uno de los últimos 3 años, y espero que un paper en el que soy primer autor sea aceptado para publicación en los siguientes días, y los gastos continúan, el trabajo no remunerado no para, las oportunidades escasean, y J Mascis viene a México. 

miércoles, noviembre 29, 2023

Subterranean Homesick Alien (Instrumental) | Molotov Cocktail Piano

Tengo los pies fríos, la cabeza me duele, es como si estuviera sumergido en una tina con hielo, y al mismo tiempo mis globos oculares son una pelota ardiente, y mi garganta es un túnel incendiándose, y tengo varios kilos de ropa encima, y apenas puedo moverme, y todo me duele; siento que mis extremidades inferiores y superiores son ligas estiradas al máximo, como me imagino que se siente pisar una bomba en un camino minado y volar en pedacitos de vísceras y de dolor, en los confines de un campo de exterminio..., y mis coyunturas son cables de alta tensión que en cualquier momento harán corto circuito, en la tempestad de mis pensamientos febriles. 

Tengo el cuerpo cortado, apenas puedo respirar, soy un animal que agoniza, soy una rata de laboratorio que va volviendo a la realidad, que nunca quedó totalmente inconsciente porque el pasante de licenciatura no sólo no le administró bien la dosis letal de pentobarbital, sino porque no la decapitó bien; soy esa pobre rata de laboratorio que jadea y que agoniza en la mesa de disección, con la mitad del cerebro cercenada, y que pide clemencia, que resuella, que lanza sus estertores y que le suplica al pasante de licenciatura que acabe ya con el sufrimiento; soy ese individuo al que un alcohólico con psicosis de Korsakoff le ha abierto la garganta de par en par, en un callejón oscuro; soy ese individuo que se desvanece poco a poco y que se despide de este mundo y que está ahogándose con su propia sangre. 

Apenas puedo moverme con tanta ropa encima, y toso y estornudo, y moqueo y escupo, y sorbo mis mocos y me trago mis flemas, y mis pulmones suenan a estertor, a resuello, a jadeo, a agonía..., y me duele mucho la cabeza, pero no tengo fiebre, lo que sí tengo son casi 140 h en abstinencia de nicotina y casi 6 días enfermo, y durante estos casi 6 días no sólo no he fumado, sino que me he tomado los medicamentos que me recetaron, pero cada día me siento peor. 

¿Es éste el fin? 

Puse “Subterranean Homesick Alien” cuando comencé a escribir estas líneas, después de darme dos o tres disparos de Afrin Lub, y primero sonó la versión original de OK Computer y ahora escucho una interpretación en piano de esa canción, una interpretación de una banda que no conozco, y creo que he escuchado cien veces, cien interpretaciones, de la misma canción, todas y ninguna suenan igual, y el ataque de tos es ya inminente, y la vorágine de flemas que ascienden desde mis pulmones hasta mi esófago son ya inminentes, y un breve episodio de ansiedad, provocado por un breve episodio de asfixia, es ya inminente..., y un calambre letal, que es un escalofrío como esos incontrolables latigazos que preceden al vómito, me recorre toda la piel: desde la punta de los dedos de mis pies fríos, hasta mi cabello más largo..., y sé que todo estará peor mañana, aunque me diga a mí mismo que no puedo ponerme peor. 

Ni siquiera me siento libre dentro de mi propio cuerpo, me siento físicamente esclavizado a los kilos de ropa que traigo encima –los kilos de ropa son cadenas que me atan a la cama, y la cama es la plancha de un quirófano o un lecho de muerte de piedra–, y tanta ropa (y tantas cadenas) me impiden moverme y acostarme y sentirme un poco cómodo (nada más durante unos cuantos segundos, ¡por favor!), y no quiero estallar, no quiero encabronarme, no quiero resistirme a toser y no quiero resistirme a levantarme de la cama para orinar, y no quiero reparar en el amargo sabor a medicamentos que tengo en el paladar, y no quiero ponerme nostálgico, pero ¡cuánto añoro la primavera y el verano!, ¡esos días en los que puedo andar ligero de ropa y quedarme dormido en cualquier lugar, y despertarme en cualquier momento de la madrugada, o cuando va amaneciendo!, y ¡cuánto extraño caminar descalzo hasta el baño y sentir que el calor de la vida se me mete por las plantas de los pies...! 

¡Cuánto añoro mi salud!

Cuando hace frío, hasta para dormir hay que ponerse ropa caliente –calcetas, pantalones, suéter, gorro, guantes– y hay que preparar ropa caliente en la cama y a veces hasta hay que encender un calefactor. Nada de esto es práctico. No quiero entrar en discusiones con la gente que ama el frío, pero, ¿por qué no tenemos tanto pelaje como los osos de la Antártida...? 

Cuando hace frío, incluso levantarse de la cama, nada más para ir al baño, es una odisea. Cuando hace frío, mi estado de ánimo se vuelve gris. 

Cada día que pasa me siento peor. 

El miércoles, hace casi una semana, me salí a la terraza a fumarme un Camel, y llovía y hacía mucho viento; casi de inmediato, sentí un escozor en la garganta, y repetí mi mantra –Siento un escozor en la garganta, espero no enfermarme–, el que digo cada vez que presiento que puedo enfermarme, y el jueves por la mañana desperté con un ataque de tos pero fue pasajero, incluso salí a la calle, y en la calle hacía mucho frío y el escozor iba y venía, junto con las flemas, pero no era nada con lo que no pudiera lidiar. En la sala de espera, mientras Lizzie estaba en consulta y mientras me resguardaba del frío y de la soledad que imperaba en el hospital, releía un libro sobre Bowie que escribió Simon Critchley y el escozor ya parecía cosa del pasado. Después de la consulta, hasta desayunamos en un restaurante. Hacía mucho viento. Hacía mucho frío. Traía puesta una de esas chamarras estorbosas que sólo me pongo una o dos veces al año. El Nevado de Toluca, prácticamente, se veía desde cualquier parte de la ciudad. Al volver a la casa, me tomé un paracetamol y un ibuprofeno, y me tumbé en la cama. 

El viernes, comencé a tomar ambroxol y loratadina, y me sentí un poco mejor que el jueves –hasta creí que ya había pasado lo peor de la enfermedad–, pero, en la madrugada, tuve un ataque de tos que me levantó de la cama.

El sábado, durante la mañana y la tarde, me sentí mejor que todo el viernes –incluso se me antojó un Camel–, pero pasé una noche fatal: los ataques de tos me despertaron a la una, a las dos, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la mañana... 

El domingo continué con el tratamiento y salí un rato a tomar el sol y me puse a leer a Knausgård en la terraza, y estuve allí alrededor de 40 minutos, y de pronto se ocultaba el sol y hacía un poco de viento, y luego, por la noche, ya me sentía peor: muy débil, muy cansado, con el cuerpo cortado..., y pasé una noche regular, sin tantos ataques de tos como los del sábado, pero el lunes, en cuanto puse un pie fuera de la cama, sentí la nariz tapada, un cúmulo de flemas precipitándose desde mis pulmones hasta mi garganta, los ojos hinchados, y todo el cuerpo cortado, como si alguien me hubiera hecho pedacitos con un afilado cuchillo de carnicero.

En fin, el lunes me sentí mucho peor que todos los días anteriores. 

Y, por la noche del lunes, dejé de tomar ambroxol y loratadina, y empecé a tomar celestamine, amoxicilina y dextrometorfano, y, en fin, hoy, martes, me siento peor que ayer y que todos los días anteriores: ya hasta tengo mocos y de pronto la moquera coincide con un ataque de tos, y entonces las flemas, que ascienden desde los pulmones, y los mocos, que descienden desde los cornetes nasales, convergen en mi garganta y ¡es un horror!, y no puedo respirar y me pongo ansioso... 

De la nada, mientras lamento mi suerte y me pudro en la enfermedad y me aborrezco y visualizo una noche más del carajo y que mañana voy a sentirme mucho peor que hoy, me llega a la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años –¿de cuál marca era?–, cuando nos veíamos una que otra vez, cuando recorríamos las calles de la ciudad y nos metíamos a cines y a tiendas de discos y a cafeterías, mucho antes de que conociera a Lizzie y mucho antes de que te embarazaras de tu novio y de que te pareciera tan intolerable tu vida y decidieras esfumarte de este mundo.

(Qué insignificante soy. Qué insignificantes son mis preocupaciones y mis dolores.)

Esta sensación de asfixia, de sofocamiento, esta impresión de estar a punto de morir por falta de aire, de que mis pulmones son un par de globos que alguien ha pinchado, y, sin embargo, tener en la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años, es muy extraño, es una anomalía, es mi forma de delirar, es mi estrategia para no sucumbir ante la enfermedad... 

Esta impresión de estar más cerca de la muerte que nunca antes, de hundirme en un drama existencial, y, sin embargo, tener en la mente el aroma de tu perfume, es como salir a la superficie por unos cuantos segundos, después de haber estado buceando incansablemente, llevando los pulmones al límite, con la piel tostada por el sol y llena de sales, y con el cuerpo deshidratado, a instantes de morir en un punto perdido del océano.

¿Es éste el fin?

domingo, agosto 25, 2019

2+2=5


A las seis de la mañana, desperté de un sueño en el que mi único propósito era traducir Street Spirit. 

Cuando desperté, tuve la sensación de que se trataba de una canción en la que Thom Yorke alentaba a un hombre a morir "ahogado en el mar", y no quedaba duda de que esa muerte era preferible a tener que soportar "el aire de la humanidad". 

Aún adormilado, estaba convencido de que la canción era una metáfora que involucraba a la naturaleza, al mundo material y a la sociedad. 

Los gatos detectaron que ya había despertado y comenzaron a caminar y a ronronear alrededor de la cama. (Siempre que pasa y estoy medio adormilado, imagino que la cama es una embarcación a la deriva, que soy un náufrago y que ellos son unos tiburones acechándome.) 

Me levanté de la cama a darles de comer. 

En esta ocasión, la rutina diaria de servirles una porción de Félix en sus platos –forman parte de la pequeña población de gatos a la que no le gustan los Whiskas–, no pasó desapercibida. 

Mientras bajaba las escaleras, me concentré en su comportamiento. 
Los vi correr y los escuché maullar hacia la cocina, como lo hacen diariamente. 
Hacen estas cosas con tanta efusividad (¿alegría?) que nadie podría dudar que el desayuno es un momento del día, muy importante para ellos. 

Mientras tomaba sus platos y me disponía a servirles una porción de filetes de salmón con trocitos de pollo, los observé atentamente. Cada uno tiene su propia manera de esperar el desayuno.

Gatusso –el más grande– emite un maullido apenas perceptible y sus ojos adoptan una mirada de súplica y de agradecimiento que no puedes ignorar. 

Yoko –la única hembra felina en la casa– maúlla de un modo muy agudo, como si tuviera un silbato en las entrañas, pero a veces su maullido suena un poco ronco, como si ella estuviera al borde del llanto y quisiera decirte que sufrió mucho y que estuvo esperando el desayuno toda la noche. Cuando maúlla, camina de un lado a otro, persiguiendo a Gatusso. 

Jackson es el más paciente de los tres. Sospecho que no le gusta tanto el desayuno. 
A veces incluso tengo que cargarlo y llevarlo a la cocina. A veces es obvio que él preferiría continuar durmiendo. Se queda quieto en el rincón donde le pongo su plato y me mira desde su posición y sin hacer ruido. Está totalmente seguro de que en algún momento llegará su turno y de que no tiene por qué preocuparse. 

Mientras los gatos comían, reparé en que, algún día (espero que muy lejano), ya no tendré que hacer esto y que sin duda me sentiré triste al recordar.



El sábado (hace una semana), mientras desayunaba, por alguna razón, escuché Street Spirit. Tenía mucho tiempo que no escuchaba esta canción. Tenía tanto tiempo que no recordaba cuánto me gusta la armonía de la guitarra. 

Escuché unas cuantas veces la canción, de principio a fin, y después subí a la recámara donde tengo mis guitarras. Tomé la Stratocaster, la afiné y comencé a tocar la canción. Después de sacar la armonía, conecté la guitarra al Analog Delay de Joyo y al amplificador Orange Crush.

Mientras ajustaba el retardo del pedal y la ganancia del amplificador y trataba de encontrar un tono que sonara a la versión de The Bends –todo lo que hice fue tocar la canción de oído–, reparé en las cosas que hacía cuando adquirí ese álbum y escuchaba Street Spirit regularmente. 

Estábamos en Huelga en la UNAM.
Después de algunos meses, me empecé a sentir mal.
Tanto tiempo libre y tanta incertidumbre me enfermaron.
Me sentía cansado todo el tiempo y a veces me sentía triste y ansioso.

Fui a consulta con un médico general y él me recomendó emplear mi tiempo en alguna actividad que me resultara productiva.
Me inscribí a un curso de creación literaria en Centro Cultural La Pirámide y me puse a dar clases de regularización a dos niños en la casa. Sus mamás querían que yo los preparara para el examen de ingreso a la secundaria. 

Eventualmente, los dos niños ingresaron a la secundaria que querían.
Uno de ellos enfermó de cáncer y murió unos años después. 

Con el dinero que obtuve por las clases, fui al Chopo y allí me compré The Bends.



Hace una semana, más o menos a las seis de la mañana, intentaba volverme a dormir en la habitación del hotel al que llegamos a hospedarnos esa mañana –hacía casi cinco años que no salíamos de vacaciones–, me coloqué los audífonos, encendí mi viejo iPod y puse Street Spirit.

Cerré los párpados y la música me transmitió una tristeza que me persiguió todo el día siguiente y que me llenó la cabeza de ideas.  

La última vez que salimos, mi cuñada nos invitó a Cozumel.
Yo acababa de conseguir una posición posdoctoral y mi salud comenzaba a ser un problema que me llevaría a adherirme a dos tratamientos médicos, a cambiar mi dieta, a odiar mi existencia y a pasar por el quirófano. 

Lo único que recuerdo de ese viaje es que leía Cujo y que escuchaba a Dinosaur Jr. y a Chelsea Light Moving. Nos alojábamos en una casa de dos pisos, en un fraccionamiento relativamente cerca de la playa. El fraccionamiento no tenía alberca y mis suegros (y mi cuñada) y la familia de mi otra cuñada –su esposo y su hijo– se alojaban en otras dos casas. 
No hacíamos gran cosa, excepto ir a la playa y a comer. 

(Vamos a cumplir once años de casados, pero, contando ésta, sólo hemos salido tres veces de vacaciones. La primera vez que salimos a algún lugar juntos, como esposos, fuimos a Montepío, con mis hermanos y sus amigos.) 



Mientras estaba tumbado en la cama, decidí poner Ok Computer, y las primeras notas de Airbag me remontaron a un montón de recuerdos de otras vacaciones, cuando mis papás nos llevaban a mis hermanos y a mí a Acapulco o a Cuernavaca. 

Hasta que entré a sexto de primaria, salíamos regularmente al menos una vez al año. 
Me gustaba levantarme temprano y viajar en carretera en el automóvil de mi papá. 
Aun ahora, levantarme temprano y escuchar encenderse el motor de un automóvil cuando la calle está desierta y silenciosa, me recuerda esos viajes de la infancia.

Hoy se acaban las vacaciones. 
Ayer bebí whiskey y un par de cervezas y me siento nauseabundo. 
Hace unas horas acabé de leer No contar todo.


(Continuará)


lunes, enero 15, 2018

No es tan divertido como parece


Lola era más chica que yo. 

Nos conocimos en una clase de inglés. Tanto ella como yo éramos alumnos avanzados y la profesora quería prepararnos para que participáramos en un concurso de intercambio académico. 

La primera vez que la vi, Lola llegó al salón de clases, se sentó junto a mí y la profesora nos puso a trabajar juntos.  

Al principio, no le di mucha importancia a su aspecto. 

Medio noté que era blanca y muy delgada.

Como ella tenía el cabello largo y lacio y además usaba lentes, se veía como John Lennon en la época de Abbey Road. 



Nos pusimos a trabajar en una actividad del libro de inglés.

En el ejercicio, se suponía que yo buscaba trabajo en una oficina -aunque la actividad más bien se parecía a uno de los horribles interrogatorios que hacen en las aduanas de los aeropuertos de Estados Unidos- y ella me entrevistaba.

La pronunciación de su inglés era estupenda (y eso me gustó mucho), pero ella hablaba con una voz muy temblorosa.

Yo decidí darle mi número telefónico verdadero. 

Tenía la impresión de que ella se sentía atraída por mí y sólo quería comprobarlo. 

A lo largo de la actividad, Lola no pudo sostenerme la mirada.
Era tan tímida que parecía que en cualquier momento se desmayaría. 

Cuando llegó mi turno para entrevistarla, ella se sonrojó y tardó mucho en responder cada una de las preguntas. Corrigió la mayoría de ellas, como si estuviera buscando mi aprobación.

(Supongo que ella en verdad creía que yo ya no era un adolescente cualquiera). 



Tan sólo unos días más tarde, una chica misteriosa comenzó a llamarme por teléfono, casi tres veces por semana. 

La primera vez que hablamos, yo veía por televisión una sesión que Nirvana dio en los estudios MTV de Nueva York en enero de 1992. 

Casi nunca transmitían esa sesión completa, y me molestó mucho que Lola me interrumpiera precisamente en ese momento, pero de todas formas hablamos durante casi una hora por teléfono.

Aun cuando la chica misteriosa se rehusó a darme su nombre, fue obvio que se trataba de ella.

Algo que sí me dijo por teléfono fue que le gustaban Los Cranberries y que era admiradora de Dolores O' Riordan. 

Me contó muchas cosas de la banda irlandesa de rock e incluso prometió que, eventualmente, me prestaría sus álbumes favoritos.

Cuando estuve plenamente convencido de que Lola era la chica misteriosa que me llamaba por teléfono, decidí buscarla en la escuela. 

Quería conocerla en persona porque me había simpatizado. 

Además, ella había confesado que se sentía interesada en mí y yo tuve la loca idea de seguirle el juego y considerar la posibilidad de que comenzáramos a salir y de que ella terminara siendo mi novia. 



Una mañana faltó el profesor de la segunda clase, y salí del aula. 

Ella estaba sola.
Almorzaba, junto a una de las canchas de basquetbol.

Me acerqué y le dije que estaba seguro que ella era la chica misteriosa que me hablaba por teléfono.

Por supuesto que ella se hizo la desentendida, pero se ruborizó. 

En unos días, ya nos hablábamos en persona.
Entonces me dijo que tenía novio.
Se conocían desde la secundaria.

Fue muy extraño, pues la única razón por la que Lola había comenzado a llamarme por teléfono era porque estaba interesada en mí y sin embargo no quería terminar con su novio. 

También era incómodo, porque algunas veces, mientras ella me llamaba por teléfono desde su casa, su novio llegaba de visita y teníamos que colgar.  



Solíamos escaparnos de algunas clases y platicar.

Una vez le dije que ya me había cansado de la situación, que también me interesaba salir con ella y que no quería seguir pretendiendo que todo estaba bien así. 

Le dije que no volvería a hablarle hasta que dejara a su novio.

Entonces ella me besó. 

Estábamos en el auditorio de la escuela. 
Uno de mis amigos iba a actuar como Poseidón en una obra de teatro y yo había invitado a Lola para que me acompañara. 

Toda la tarde había estado lloviendo y Lola y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos. 
Yo no podía dejar de ver su cabellera húmeda, ni dejar de pensar que en verdad ella se parecía mucho a John Lennon. 

Lola estaba comiéndose unos Ruffles, o alguna comida chatarra. 

De repente, en la penumbra del auditorio, noté que sus pupilas se dilataban detrás de los cristales empañados de sus lentes.

Ella tomó una de mis manos y sus ojos adoptaron una actitud salvaje, como si estuvieran poseídos por un embrujo y todo formara parte de un ritual, y entonces puso sus labios alrededor de los míos. 


Su lengua se movía de un lado a otro.
Yo estaba estupefacto.
Mientras detectaba el sabor de los Ruffles en mi paladar y Lola mantenía los párpados cerrados, yo sólo pensaba en que jamás se me había ocurrido que ella podría besar con tanta pasión.

Siempre la había visto más como una chica culta que como una mujer pasional. 

Hace más de 20 años vi a Lola por última vez.

Yo acababa de entrar a la Universidad y un día se me ocurrió ir a visitarla a mi antigua escuela.

Ella estaba en el último año de la prepa y, tontamente, durante todo el trayecto supuse que le daría gusto verme.

Pero Lola fue cortante. Se veía muy angustiada. 
Tal vez esperaba que su novio apareciera en cualquier momento. 

Me molestó tanto su actitud que le mentí y le dije que no había ido a la escuela a verla a ella, sino que había quedado con alguien más, y me largué de allí. 
Jamás volví a buscarla.

Quisiera saber si se convirtió en la profesora de inglés que quería ser y cómo se siente hoy.  


'Cause It's Not, Not What It Seems