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domingo, julio 17, 2022

Las nubes son un algodón deshilachado

El domingo se dispersa. El viento sopla fuertemente. Las nubes rompen filas. La forma que han adoptado en el cielo parece un diente de león al que alguien le ha soplado, después de haberlo arrancado de la tierra para pasar el rato o para demostrarle su amor a un amor mal correspondido. 

El domingo se quebranta con los bramidos del motor del automóvil que pasa a lo lejos, por donde está el cementerio o por donde está el campo de futbol 7 o por donde está la iglesia o por donde está la tienda de abarrotes o por donde está la coladera con un enorme agujero que da al desagüe, mientras hago una pausa para llevarme otra vez el tarro de cerveza a la boca. 

Son las dos de la tarde. Hace sol. El sol carbura mi piel. Mi alma es el motor de un 747 que vuela a Honolulú. Estoy en la terraza de esta (enorme) casa que rentamos desde diciembre. 

Salí a correr otra vez, después de tener inflamado el tobillo, después de haber estado dos semanas en reposo, después de haber esquivado a un Pug en el jardín de perros del fraccionamiento en el que vivo, después de haberme vendado el pie y de haberme puesto gel de diclofenaco y después de haber soportado estoicamente el dolor. Siempre he sido así, y eso me ha costado que la gente crea que todo me parece bien y que todo me da igual y que nunca me duele nada; ni siquiera haber terminado en el quirófano (a lo mejor por eso preferí la cirugía con “la herida de guerra”, en lugar de la cirugía con laparoscopía).

Al correr, como cada domingo, volví a toparme con mi vecino amable. Como ocurre siempre que nos encontramos, nos saludamos. Hay otras personas que nunca saludan. Como casi cada domingo, él lavaba su auto y la camioneta de su esposa, con una manguera y con una aspiradora. 

También me topé con los vigilantes y los saludé, y me concentré en la música que escuchaba a través de los audífonos cuando llegué a los dos kilómetros recorridos, y en ese momento me topé con otros vecinos que salían del fraccionamiento en su automóvil y también los saludé, y cuando llegué a los tres kilómetros me detuve y me topé con otros vecinos que también salían del fraccionamiento en su automóvil, pero no los saludé porque son el tipo de vecinos que nunca devuelven el saludo.

Bajo los rayos del sol y con algunos mililitros del alcohol en la sangre, tostándome y perdiendo el juicio, he leído a Hunter S. Thompson, he leído a Mark Lanegan y he leído a Carlos Velázquez. (Siempre leo a varios autores al mismo tiempo; es un consejo que leí de Roberto Bolaño hace muchos años, cuando leí Los detectives salvajes, cuando una amiga que conocí en un taller de creación literaria, me dijo que él era como el Kurt Cobain de la literatura y despertó mi curiosidad.) He pasado de un avión con rumbo a Hawai, con un pasajero con un brazo azul, a un hombre atormentado por su pasado e infectado por el Covid-19 en un hospital lleno de ancianos, y he acabado en un restaurante de la Ciudad de México y en la Arena Monterrey, con un fanático de Roger Waters.

Me he bebido casi dos litros de Victoria. No es mi cerveza favorita, sino la que hay disponible. Disfruto la sensación de aturdimiento que me provoca el alcohol. Detecto sus efectos: cómo va haciendo pedazos a mi cerebro, cómo va quitándome los prejuicios y la necesidad de analizar excesivamente todo lo que quiero escribir, y cómo pone a trabajar a mi enzima alcohol deshidrogenasa. 

Miro otra vez hacia el cielo. Aunque traigo lentes de sol y aunque me he puesto bloqueador, veo cómo las nubes rompen filas otra vez (y cómo parecen un diente de león en el aire), y siento cómo los rayos del sol chamuscan mi piel y mi mente alterada por el alcohol.  

Las nubes rompen filas. Mis ojos enceguecidos por los rayos del sol reproducen fosfenos en mi corteza occipital. Los fosfenos saltan como argamasa multicolor en mis retinas. Cierro los párpados, y una luz rojiza inunda mi campo visual reducido. No sé por qué, pero recuerdo a Superman y su vista de rayos X. No sé por qué, pero me recuerdo leyendo un cómic de Superman en mi recámara, un domingo cualquiera de 1980 y tantos, mientras mi papá lee el periódico en la sala del pequeño departamento en el que vivimos y mientras mi mamá le da de comer al pequeño pez Betta Splendens que tenemos en una pecera encima del refrigerador. 

No sé por qué, pero me recuerdo en el asiento trasero del VW de mi papá, en la época en la que era de color plateado, escuchando “Material Girl”, mientras circulamos por Fray Servando y Teresa de Mier y vamos a un Burger Boy, y mientras miro fijamente el sol durante algunos segundos y luego cierro los párpados y veo fosfenos, exactamente como ahora.

Pergeño estas palabras, y el domingo se dispersa. Escucho el tiroteo de los cohetes de las fiestas de San Mateo Atenco. El sol se esconde detrás de mi niebla mental etílica. Los motores de los automóviles refunfuñan. Escucho el aleteo de las palomas que huyen de las azoteas mientras un sujeto vino a cargar gas a alguna casa. Una mosca flota en mi campo visual, como si danzara al ritmo del repiqueteo de las campanas de las iglesias. La atmósfera tiene el olor de una droga invisible que altera los sentidos.

El domingo está muriendo. 

viernes, abril 12, 2019

Miedo y Asco en Las Vegas | Hunther S. Thompson (1971)


Mi primer acercamiento con este autor, fue a través de la película de Terry Gilliam (1998).

Johnny Depp (Raoul Duke), Benicio del Toro (Dr. Gonzo) y Christina Ricci (Lucy), entre otros, interpretaban a una serie de personajes "fuera de lo común" –drogadictos, aventureros, limítrofes, psicópatas–, en una historia confusa que pasaba de una escena a otra, sin ninguna hilación aparente. 

Debió de ser en el verano del 2005. 

Por alguna razón (poco tiempo libre, algún compromiso, aburrimiento), esa vez no logré ver la película de principio a fin. Terminé viéndola en secciones, a lo largo de varios meses (¿un año?), cuando me encontraba frente al televisor y resultaba que estaban pasando la película en algún canal donde lo común era ver filmes de bajo presupuesto.

(De hecho, no sé si alguna vez la he visto de principio a fin.)

Ya que no la había visto de corrido (y completa), fui formándome una historia propia.

La escena donde Gonzo y Lucy están perdidos en una habitación de hotel y Duke llega y ambos lo quieren matar, era la que recordaba haber visto más veces. 
Tal vez porque me gustaba Christina Ricci.  



En el 2007, impartí un curso de Laboratorio de Sensopercepción –mi primer curso como profesor de asignatura en la UNAM– y, ya que, en cierta forma, el programa de estudio abordaba temas relacionados con "estados alterados de la consciencia" (y ya que yo mismo, en mi entusiasmo e ingenuidad, pude haberles sugerido a mis alumnos que la sociedad podría haber satanizado el consumo de drogas más de lo necesario), les dejé, como trabajo final, leer el libro de Hunther S. Thompson. 

Mi propósito, más que integrar la novela con un tema del programa de estudio, era que mis alumnos tuvieran una perspectiva más amplia del consumo de drogas: que vieran a través de los ojos de Duke a dónde podrían llevar los excesos. 

Los malviajes, los flashbacks de LSD y los ataques de paranoia que padecen Duke y su abogado samoano, a lo largo del desierto de Las Vegas, en las habitaciones de hotel en las que se hospedan y destrozan todo y engañan a las camareras y les dicen que son agentes de la CIA, en los casinos de los que los corren por hacer escenas de locos y en los aeropuertos donde terminan con la mente hecha pedazos, me parecían un buen ejemplo. 

(Desgraciadamente, no recuerdo ninguno de los escritos que mis alumnos me dieron al final del curso. Tampoco sé dónde quedaron, y lo lamento mucho. Estoy seguro de que me encontré algunos textos interesantes. Ahora mismo, me gustaría leerlos otra vez.) 


Apenas hace dos años (más o menos), compré el libro. 

Era uno de esos libros que tenía curiosidad de leer, pero, como ya había visto fragmentos de la película de Gilliam, siempre encontraba, a última hora, otro libro que me llamaba más la atención. 

Lo compré en una Feria del Libro en El Palacio de Minería. 

Editorial Anagrama, ofrecía descuentos irresistibles. 

(También compré Los Desnudos y Los Muertos, La Conjura de Los Necios, La Isla de La Infancia, El Buda de Los Suburbios... ¡eran otros tiempos y podía comprar más libros de los que podía leer!)

Nos mudamos de casa a principios de este año y encontré mi ejemplar de Miedo y Asco en Las Vegas en una caja llena de otros libros que ni siquiera recordaba haber comprado. 



Hace unas semanas, lo comencé a leer. 

Durante mucho tiempo fui prejuicioso y me quedé con la impresión de que era un libro para posers que querían "documentarse" y no "hablar en el vacío", cuando tuvieran la oportunidad de presumir acerca de las experiencias que habían tenido con drogas ilegales...

Tenía la creencia de que el libro era una suerte de enciclopedia "sobre los excesos de las drogas"... y lo desestimé. 

Estaba acostumbrado a tratar con personas que, en cierta forma, aunque nunca lo hubieran leído, veneraban a Thompson. 

Ahora, tantos años después de haberme encontrado accidentalmente la película en un canal de filmes de bajo presupuesto y después de tantos años de haberme decidido a comprar el libro y de haberlo leído, lo recomiendo. 

No diría que es una lectura para adolescentes de preparatoria. 

Sin embargo, tampoco diría que es indispensable estar en edad universitaria para leerla. 

(En todo caso, más bien, depende de tus prejuicios, o ignorancia, acerca de las drogas.) 

No es una novela aburrida –aunque el consumo de drogas puede aturdir en algún punto–, está llena de enseñanzas sobre la vida de los adictos, abundan los relatos de personajes "fuera de lo común", tiene pasajes lúgubres y divertidos, historias de brotes psicóticos y de paranoia, interminables nombres de drogas, relatos sobre experiencias con hormonas extraídas de humanos y que jamás (quizá) en tu vida habrías imaginado que alguien podría usar como droga...

El lenguaje fluye como la Ballena Blanca que renta Duke para transitar en Las Vegas... 

Además, es, quizá, el libro pionero del periodismo Gonzo.