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domingo, noviembre 30, 2025

unos días son más difíciles que otros

Son las 9: 15 del lunes. La radio está encendida, el conductor del Uber escucha el programa de Taradazo. Tengo un flashback. 

Aggh, quiero olvidar, meterme una de esas píldoras que provocan amnesia, hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, me resisto a pensar en ellas, pero todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza. Aunque he aprendido a ahuyentarlas, la voz de Taradazo me hace recordar...

«¡A ver, a ver, es obligación del gobierno...!»

... cierro los párpados y ya estoy viajando en otro Uber, es una mañana aleatoria, está en curso el Trimestre 23 Otoño y me ajusto los Ray Ban y voy pensando «Si X y Z ya son profes de tiempo completo definitivo, si los 3 llegamos el mismo año a Distrito IV, si entonces yo ya era SNII-1 y ellos ni siquiera estaban en el SNII, si en esta convocatoria me dieron la distinción de SNII-2 y además estoy concursando por la Jefatura de Departamento, mi “suerte” tiene que cambiar...» 

«Disculpe, joven... Marcel es nombre de dama y de caballero, ¿verdad?», el conductor me interrumpe, me regresa a la realidad. Aunque no estoy seguro, le contesto que sí, y luego me pregunta si mi nombre tiene algún significado y me dice que a él le gusta saber el significado de los nombres. Tengo otro flashback, y me provoca escalofríos: en estos días un colega de la Ibero, que acabo de conocer, también me preguntó algo sobre mi nombre. Le contesto al conductor del Uber que no sé qué significa mi nombre. 

Aggh. 

Hacía tanto tiempo que nadie me preguntaba estas cosas sobre mi nombre, creo que la primera vez que alguien lo hizo fue en la prepa, allí me presenté por mi segundo nombre, el que siempre me había gustado pero que no usaba nunca, supongo que era la costumbre y que antes de la prepa el asunto del nombre no era tan importante, además en la secundaria a todos nos trataban como si fuéramos un puñado de adolescentes sin talento, nos llamaban por nuestros apellidos, como si estuviéramos en una prisión (de hecho, los varones teníamos que traer el cabello casi a rape) y en la primaria el asunto del nombre era mucho menos importante que en la secundaria, aunque odiaba cuando me llamaban “niño”, me daba igual que me llamaran por mi primer nombre, en la primaria nunca se me ocurrió que podía exigirle a mis compañeros que me llamaran por alguno de mis nombres en particular, supongo que apenas estaba construyendo mi identidad, supongo que era más Mauricio que Marcel, y todo mundo me decía Mauricio, algunos sobrevivientes de esa etapa aún me siguen llamando así, pero, en retrospectiva, la verdad es que Mauricio nunca me gustó realmente, suena como a actor de telenovela de los ochenta. 

Me acomodo en el asiento y me ajusto los Ray Ban de nuevo. Hace mucho sol y frío. No quiero pensar en nada más, un pensamiento puede precipitarme en otro, puedo acabar hundido en la maldición de los lunes, en que los lunes nunca me han gustado, además tengo un poco de náuseas, ayer no comí bien y me tomé varios Jack Daniel's, otra vez pienso en cuánto quisiera meterme una de esas píldoras que provocan amnesia –benzodiacepinas, antidepresivos tricíclicos, anticonvulsivos, opiáceos–, en que hay un montón de cosas en las que no quiero pensar, en que me resisto a pensar en ellas, en que todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, y la voz de Taradazo insiste en recordármelas... 

«¡Y nuestros representantes están muy tranquilos... 
voltean a otro lado, hacen la vista gorda...!»

... ay, este tipo, tiene tantos seguidores y tantos patrocinadores y lo único que hace es despotricar –crítica fácil de dos centavos– en un programa de radio que aparentemente es el favorito de los conductores de Uber, cuando trabajaba en Distrito IV mis clases comenzaban muy temprano y tenía que escucharlo 2 ó 3 veces por semana, ahora no tengo clases tan temprano y en esta ruta sólo uno que otro conductor de Uber escucha su programa de radio... o a lo mejor tomo el Uber cuando su programa de radio ya terminó, no sé. 

Mmmh. 

Ya tenía un amplio recorrido en Distrito IV, trabajé allá entre el 2019 y el 2024, y aunque no es exactamente la misma situación de la prepa (cuando me presenté por mi segundo nombre y mis compañeros me hacían preguntas sobre su significado), la pregunta del conductor deja claras las cosas: estoy empezando de cero, otra vez. 

Al menos Taradazo ya se calló, cruzamos Las Torres en el Uber y escuchamos un comercial, ya casi llegamos al Interurbano. El conductor ya no me pregunta nada, me precipito en más pensamientos catastróficos que no tienen sentido: ¿por qué me tocó esta “suerte”...?, ¿por qué no soy profe indeterminado, como X y Z...?, ¿por qué las autoridades de Distrito IV prefirieron contratarlos a X y a Z, que ni siquiera estaban en el SNII cuando llegamos a trabajar a esa universidad, y que ahora mismo no son SNII-2, como yo...?, ¡es absurdo que el discurso de Distrito IV ante medios masivos de comunicación sea la excelencia académica; es una farsa...!, ¡si tan sólo tuviera un contrato, incluso temporal, en una IES pública, nada más por tener la distinción de SNII-2, habría alrededor de $500, 000 MXN “extras” en mi cuenta bancaria...!, ¿por qué el gobierno decidió retirar el estímulo económico del SNII a quienes somos miembros del SNII pero trabajamos en una universidad privada...?, ¿por qué el gobierno se preocupa más por la tecnología que por la ciencia...?  

Aggh, ya no quiero pensar en estas cosas, quisiera meterme una píldora de las que producen amnesia. Nunca he hecho nada sólo por dinero, hago lo que hago porque me gusta, he luchado por seguir haciendo lo que me gusta, pero eso es romántico y poco adaptativo, necesito dinero para todo, todos los días tengo que pagar al menos un servicio. 

Inhalo y exhalo, y me digo a mí mismo que todo está mejor, que ya tengo un empleo, que ya no estoy enviando solicitudes a distintas IES como loco, que acabaron esos ocho o nueve meses fatales de incertidumbre, que se fueron por el caño esas noches de insomnio en las que no podía dejar de pensar hasta qué punto resistiría, hasta cuándo cambiaría “mi suerte”..., y también pienso en que este trayecto en Uber es temporal, en que la voz de Taradazo...

«Labregones, así los llamaría mi abuela...»

... también es temporal, en que debo disfrutar el presente, enfocarme en lo que voy a hacer hoy en la universidad, por ejemplo, pero unos días resultan más difíciles que otros, hoy mismo tengo la impresión de que podría mandar todo a volar, que aún no me siento yo mismo en la Ibero, en que, más o menos, me siento como me sentía cuando estaba en la primaria y me daba igual si me llamaban por mi primero o por mi segundo nombre. 

Me bajo del Uber, el conductor me desea un buen día, yo también le deseo un buen día, veo en mi reloj que ya son las 9: 27, camino hacia el tren Interurbano, es un poco más tarde que otros días, hay 3 personas aprendiendo a cargar la tarjeta de movilidad en la taquilla del Interurbano, La máquina no está aceptando billetes, dice el vigilante, estas personas son muy lentas, inhalo y exhalo, esto no tiene por qué impacientarme, Estoy formado en la fila, no es el fin del mundo, me digo a mí mismo y me pongo los audífonos, apenas los compré la semana pasada, tienen cancelación de ruido, cuando trabajaba en Distrito IV el recorrido de la casa a la universidad era tan corto que ni siquiera pensaba en ponerme los audífonos para escuchar música... 

Entre unas cosas y otras dan las 9: 34 y finalmente puedo cargar mi tarjeta de movilidad, luego paso por los torniquetes y subo las escaleras eléctricas, el tren está llegando al andén, tengo que correr, alcanzo a subirme al último vagón del tren –otro pensamiento intrusivo: X y Z ya tenían auto cuando los tres llegamos a trabajar a Distrito IV en el 2019, y no hay que quebrarse la cabeza: la academia es un ámbito de privilegiados; 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana–, ahora sí está lleno el tren, apenas encontré lugar, frente a una mujer que trae audífonos y que se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, al fin y al cabo somos lo que somos, las coincidencias no existen, tal vez ella siempre viaja en tren pero yo estoy pensando en estas cosas y percibo las cosas así, que ella se parece muchísimo a una colega de Distrito IV, unos días son más difíciles que otros. 

Miro por la ventana del tren y espero que este trayecto no sea particularmente escandaloso, la gente suele ser súper irrespetuosa, me ha tocado enterarme de conversaciones ajenas porque algunos usuarios del tren va hablando a todo volumen o viendo TikToks o Reels a todo volumen, me ha tocado soportar diez veces en un recorrido “El son de la negra” o “La llorona”, en fin, me acomodo en el asiento, me ajusto los Ray Ban, trato de ignorar a esta mujer que se parece a la colega de Distrito IV, trato de concentrarme en la clase de hoy, voy a explicarles a los estudiantes cómo una vesícula sináptica se fusiona con la membrana plasmática para liberar un neurotransmisor mediante exocitosis... o ¿mejor les hablo de algo más amable, por ejemplo, de esa historia de Michael Jackson y el propofol que lo mató...? 

Evalúo los pros y los contras de una y otra cosa, y, de pronto, así, ¡de la nada!, la música mueve algo dentro de mí, se adueña de mis pensamientos, y todo es diáfano en mi interior, una corriente de bienestar inunda mi ser, son las endorfinas, la música es lo único que vale la pena, y ahora mismo es la voz de Charly García la que mueve algo dentro de mí, él canta algo sobre una extraña influencia, dice...

«Si yo fuera otro ser, no lo podría entender...» 

... y aunque no tengo en mi radar esta canción, es como si ya la conociera de toda la vida, me identifico con lo que canta Charly, cuando escribió la canción él probablemente se sentía de un modo similar al modo en el que me siento el día de hoy, unos días son más difíciles que otros, tal vez me siento así porque los lunes nunca me han gustado, tal vez me siento así porque mi primer nombre nunca me ha gustado, tal vez me siento así porque sé que X y Z ya son profes indeterminados y no tienen mi trayectoria ni mi perfil ni mis habilidades, tal vez me siento así porque unos días son más difíciles que otros y porque no puedo dejar de pensar en que si ellos son profes indeterminados obviamente yo también debería serlo ya.

Aggh. Estos pensamientos, todo el tiempo están dándome vueltas en la cabeza, aunque he aprendido a ahuyentarlos, unos días son más difíciles que otros, prefiero enfocarme en la letra de la canción...

«Si fue hecho para mí, lo tengo que saber...» 

... y otra vez Charly mueve algo dentro de mí, y ya nada importa, ésta es la vida que me tocó vivir, nadie me lo ha contado, la academia no es académica, no importa cuántas veces lo intentes, hay un montón de factores extra académicos que influyen en tener una plaza indeterminada, 9 de cada 10 colegas no son lo que yo soy, no han vivido lo que yo he vivido y no soportarían estar en mis zapatos ni una semana, yo no volteo a otro lado cuando algo está fatal, no soy de los que cobran su cheque y están convencidos de que están donde están porque son los mejores de todos.

miércoles, julio 09, 2025

And know I'm ready to close my mind



Camino por un pasillo de la universidad, busco un baño, estuve aquí casi 3 horas, los colegas me dieron un tour, conocí el laboratorio de neurociencias, tienen más de 10 cajas operantes de Skinner, ¡todas funcionan simultáneamente!, tienen un montón de laberintos y equipos para analizar muestras biológicas, también conocí la biblioteca, tres o cuatro lugares para comer dentro de la universidad, cada uno parece la sección de comida de cualquier plaza comercial pero con sillones y asientos súper cómodos, tanto en interiores como en exteriores, hay hasta un jardín para meditar, una cancha de béisbol, una capilla, cafeterías, auditorios, salas de cine, en fin, estoy menos tenso, esa sensación de tirarse al agua cada vez que voy a dar una clase o charla, no desaparece. Y eso está bien, el día que me dé igual, me dedicaré a otra cosa.

Toda la semana estuve trabajando obsesivamente en mi charla de 20 minutos. Desde que me desperté temprano esta mañana, lo único que quería era impatirla ya, terminar con la tensión.

Estoy a unos metros del baño y pienso en el futuro próximo en esta universidad. Hace veinte años, empecé aquí como profesor de asignatura; fue mi primera experiencia. También pienso en los detalles de mi charla de 20 minutos y la entrevista, de hace casi dos horas. También pienso en otras cosas del tour que me dieron mis colegas, percibo cierta incomodidad entre ellos, tal vez no se caen bien, tal vez es mi impresión. También pienso en si realmente tengo posibilidades de conseguir una posición de académico de tiempo completo a largo plazo, o si todo seguirá como siempre.

De repente, una canción suena en medio del pasillo, creo que proviene de un altavoz que está oculto en las paredes. Son sólo tres acordes de guitarra eléctrica, seguidos del bajo y de la batería, y los he escuchado otras veces. La guitarra suena distorsionada, tiene un sonido como de punk de los 70, un poco de fuzz, y sé que he escuchado estos acordes miles de veces, pero no puedo identificar qué canción es exactamente. Recuerdo vagamente a una mujer cantándola, quizá Kim Gordon, pero sé que no es una canción de Sonic Youth ni de Kim Gordon. Entonces, un hombre canta...

«So messed up I want you here
In my room I want you here»

... pero no reconozco la voz del hombre, me confunde aún más. Supongo que mi memoria esperaba una voz diferente, pero no sé exactamente qué tipo de voz. Es como si hubiera escuchado esta canción miles de veces antes y simultáneamente estuviera escuchándola por primera vez.

Me detengo y cierro los ojos. 

¿Cómo se llama esta canción?, me pregunto y escarbo en las profundidades de mis recuerdos. 

Es posible que hace veinte años, cuando tuve mi primera oportunidad como profesor de asignatura en la vida y en esta universidad, también haya caminado por este pasillo con la vejiga a punto de estallar y que también haya escuchado esta canción. Quizá esta canción forma parte de la programación de la estación de radio de la Ibero. Uno de mis colegas me contó que Carlos Velázquez, uno de mis escritores de cabecera, vendrá mañana a una entrevista, creo que hablará sobre El menonita Zen y sobre las ediciones de todos sus libros que ahora publicará Planeta. 

Hace veinte años ya existía esta estación, hasta Nos Llamamos y Los Silencios Incómodos vinieron a un programa que conducía un tal Uriel Waizel, creo que el programa se llamaba Clickaporte.

Aggh. 

Han pasado veinte años desde entonces y sin embargo otra vez estoy empezando de cero. Este sentimiento es tan familiar. Nadie me conoce aquí, nadie me recuerda, nadie sabe quién soy, nadie conoce mi trayectoria. Quién sabe a qué se dediquen los estudiantes a quienes les di clases aquí, volveré a ser profesor de asignatura en la Ibero, pero soy veinte años más viejo, tengo una experiencia de más de 70 cursos de pregrado y una decena de posgrado, he publicado casi 20 artículos en revistas internacionales evaluadas por pares, el más reciente fue publicado en febrero de este año y lo escribí prácticamente yo solo en tres meses, con todo y hérpes Zóster, en el desempleo, porque la universidad en la que trabajé casi 6 años prefiere contratar a psicólogos clinicos, a biólogos y a químicos, un SNII 2 con mi perfil de psicólogo biomédico, no les interesa, quién sabe qué piensan de la psicología y de la biomedicina, quién sabe cuánto les interesen los estudiantes.

Francamente no sé si ésta será mi última experiencia en la academia. Quizá deje de buscar plazas de académico de tiempo completo definitivo, quizá me gane la lotería este fin de semana y salde todas mis deudas y luego haga un viaje loco a Seattle y me lleve un libro de Chuck Klosterman y me noquee una iv de heroína y me sepulte en el país de Nunca Jamás, quizá me convierta en un frívolo tiktoker y me corte el pelo y me quite los aretes y cree un personaje que parezca psiquiatra o algo así, y luego vuelva a México y mande a volar a todos los sell outs que forman parte del sistema académico que conozco y que voltean a otro lado cuando ocurre una injusticia para no perder su chamba (como que, en consenso, aprueben que un pésimo profesor gane un premio a la docencia), quizá les recuerde a esos sell outs que ellos y yo comenzamos al mismo tiempo en esa universidad y que yo tengo un perfil mejor que el de ellos y que es incomprensible que ellos tengan ya plazas de tiempo completo definitivo y que yo continúe en el limbo, quizá me decida realmente a buscar dónde publicar una novela, quizá tú leas esto y digas Voy a darle una oportunidad a lo que escribe, quizá no todos somos iguales y algunos nos resistimos a ser autómatas y a actuar, pensar y hacer cualquier cosa como si estuviéramos fabricados en serie, quizá todo siga igual, quizá solo envejezca y las deudas vayan acumulándose, pero, en fin, como dijo Neil Young –quien no es el autor de esta canción que aún no identifico–, la música nunca muere. 

Aquí estamos de nuevo, y pase lo que pase, podré cerrar los párpados en algún momento y escuchar una canción que me guste.

domingo, marzo 09, 2025

Aquí está la cabeza sin cuerpo, más allá no hay nada


Caminé más de una hora, desde Hidalgo hasta Tlatelolco, ya ninguna estación del metro estaba abierta, traía mi mochila y la MacBook, tenía muchísimo trabajo y hacía muchísimo calor, y Karina y yo nos habíamos separado, precisamente, en Hidalgo –en el último convoy de la última estación de la línea azul que daba servicio–, entre decenas de mujeres con pañuelos morados y verdes que gritaban consignas. Esa multitud de mujeres apoyándose entre sí, me había estremecido –¡vaya lugar común!–, había resultado contagiosa; en el momento, sentí que una especie de éxtasis (¿de protesta...?, ¿de rebeldía...?, ¿contra el sistema...?, ¿contra la injusticia...?) recorría mi piel como la descarga eléctrica de una anguila, y me remontó a lo que había sentido 6 años atrás, cuando avanzaba entre otra multitud en una marcha por la avenida 5 de mayo, exigiendo el final de una huelga que iba a cumplir 3 meses, en una universidad que creía que se convertiría en mi hogar académico. Por fuera del metro, me acerqué a La Alameda Central, siempre guardando mi distancia, apenas para observar a las mujeres que marchaban para congregarse con otras mujeres en algún punto de El Centro Histórico. Otra vez sentí esa especie de descarga eléctrica recorrer mi piel. De pronto, me acordé de cómo me había sentido cuando avanzaba entre otra multitud que se precipitaba por la calle de Añil hacia El Palacio de Los Deportes la noche en la que Pearl Jam tocó por primera vez en México. Entonces tenía veintipocos años. Ni siquiera conocía a Karina. 

Ver y escuchar a esos grupos de mujeres era tan contagioso y tan similar a lo que había sentido en la marcha del 2019 y en la caminata desde Velódromo hasta El Palacio de Los Deportes en el concierto de Pearl Jam del 2003, pero a la vez resultaba imposible de dimensionar. Karina quería estar en la marcha y se sentía segura en ese contingente de mujeres a las que había conocido meses atrás en un grupo de Facebook, yo sólo la había acompañado a la estación Hidalgo. 

Varias calles alrededor de Juárez y de Bellas Artes estaban cerradas, así que caminé por Reforma y por Eje Central y crucé Eje 1 Norte, la mochila ya era un peso demasiado incómodo, traía los audífonos puestos, no recuerdo qué iba escuchando, quizá algo de rock en español –a Santa Sabina, a Las Ultrasónicas, a Julieta Venegas, no sé, alguna canción que me hizo reparar en que casi nunca escucho rock en español y en que casi nunca escucho rock en español hecho por mujeres–, a lo mejor Rita cantó desde otra dimensión...

Aquí está la cabeza sin cuerpo;
más allá, no hay nada...

... y tenía sed pero mis piernas aún respondían, no mostraban signos de cansancio, probablemente se debía a que estaba acostumbrado a correr entre 70 y 80 kilómetros al mes, y me sentía feliz por Karina y sin embargo no dejaba de pensar en que tenía muchísimo trabajo, en que el trimestre más o menos había empezado en la universidad, en que la convocatoria del SNII acababa de ser publicada, en que tenía 3 años sin modificar mi CVU porque mi distinción estaba vigente, en que el SNII tenía una nueva plataforma y que no la conocía del todo, en que sólo tenía poco más de 2 semanas para llenar mi solicitud y enviarla al SNII, en que era Investigador Nacional Nivel I y en que buscaría la promoción al siguiente nivel. 

La sed era insoportable, me detuve a unos metros de un semáforo, cerca de una estación del metrobús, un vagabundo pasó junto a mí, se parecía vagamente a Dave Pirner, y olía horrible, y puse cara de “pocos amigos” para evitar cualquier confusión, para guardar distancia, no era que no estuviera dispuesto a ayudarlo sino a que temía que me confundiera con un novato; a la distancia vi que el metrobús iba hasta la madre, saqué mi botella de la mochila, el vagabundo y su aroma ya eran historia, y tomé un poco de agua y me sentí aliviado momentáneamente. Hacía muchísimo calor pero el calor era muchísimo mejor que el frío, y volví a pensar en todo el trabajo que tenía que hacer, en los 2 cursos de licenciatura que comenzaba a impartir, uno que ya conocía duraba 3 horas y otro que tenía que preparar desde cero duraba 6.5 horas. Y también pensé en que tenía que impartir 3 charlas de divulgación de la ciencia –una para el Sleep Fest y otras 2 para conmemorar la Semana del Cerebro–, y en que también iba a moderar una mesa redonda de “Sustancias psicoactivas y cerebro”; así se llamaba el evento ya cuando me involucraron, yo no le puse el título. 

Suspiré, quién sabe a cuántos grados estábamos, el sol de marzo me hacía pensar en que la primavera ya estaba en su clímax, quizá sólo era un efecto del calentamiento global, pero yo prefería ese sofocante calor que el invierno, era mil veces más práctico ir con una playera y con Levi's y con calcetas y con sneakers que ir con todo lo anterior y además con un suéter de lana y con una chamarra gruesa y con un gorro grueso y con guantes de lana y apenas poderte mover, avanzar por las calles como si fueras un muñeco de Navidad con 2 articulaciones. 

Proseguí mi camino, ya había quedado atrás Garibaldi y me adentraba en La Lagunilla, creo que vi cómo la luz del sol chocaba contra el asfalto y del asfalto emergía un vapor apenas distinguible, cuando sonó mi teléfono, y contesté, un colega me dijo brevemente que nos habían dado 4 días para terminar el plan de estudios en el que estábamos trabajando desde el verano pasado, y entonces me acordé de que colaboraba en la elaboración de ese plan de estudios para una nueva licenciatura, con él y con otro colega, y en que, entre los 3, habíamos desarrollado alrededor de 40 tópicos para esa licenciatura, que habíamos incluido programas de estudios para cada tópico, bibliografía para cada tópico, potenciales docentes para impartir cada tópico y potenciales métodos de enseñanza y de evaluación para cada tópico, entre otras cosas. Y, sin embargo, esa nueva licenciatura que nos acercaría a mi interlocutor y a mí a “La Tierra Prometida” de un concurso de oposición, no estaba garantizada.

Antes de colgar, mi colega me dijo que acababan de enviar un paper a revisión al Journal of Affective Disorders y entonces, cuando colgamos, recordé que tenía unos cuantos días para terminar de contestarles a los 3 referees de una revisión, en la que era primer autor, que habíamos enviado al Journal of Neuroimmunomodulation a finales de diciembre; nos habían respondido en febrero y ya estábamos en el Round #2, y los referees prácticamente ya habían dado su Vo Bo y el paper estaba a punto de ser aceptado para su publicación, excepto que uno de ellos –el más exigente de todos– nos había pedido extender la discusión y explicar por qué no habíamos incluido estudios con animales libres de gérmenes. Ese referee también sugería incluir una figura que resumiera los puntos más importantes de la revisión. Hacía más de un año que había propuesto esa revisión al grupo de investigación con el que había colaborado, y, en realidad, como que a nadie le parecía importante, a todos les valía madre; más bien, hasta una de las Investigadoras Principales de ese grupo de investigación me había hecho sentir como un novato, como si ese fuera mi primer paper, como si nunca hubiera escrito nada en inglés, como si nunca hubiera escrito nada en español; en fin, cosas que uno debe digerir, a veces, cuando nadie te arropa, cuando no tienes un equipo de campaña que te apoya, que incluso enfatiza cuándo su protegido se acaba de amarrar las agujetas y se dispone a dar un paso por un pasillo de la universidad. Era una revisión narrativa de la literatura de antibióticos en modelos animales de enfermedades neurodegenerativas y de enfermedades neuropsiquiátricas. Evaluábamos el impacto de esos antibióticos en la microbiota intestinal; algunos estudios revelaban efectos neuroprotectores de los antibióticos; otros estudios mostraban que los antibióticos exacerbaban tal o cual enfermedad. También hablábamos del eje intestino-cerebro y su relación con la depresión, con el Alzheimer y con el trastorno del espectro autista. 

Metí mi botella en la mochila y me sentí agobiado. ¡Tenía poco más de 2 semanas para terminar todo ese trabajo!

Retomé el paso –¿cuántos kilómetros había caminado ya?– y vi a varias personas saliendo de edificios de oficinas, probablemente era ya la hora de la comida, y me acordé de otra marcha –¿la del 8 de marzo del 2017...?–, en particular de una situación incómoda con un fulano de Facebook. Una ex amiga había compartido una nota sobre esa marcha del 2017 en su muro de Facebook, la nota decía que un contingente de mujeres había corrido a un hombre –a un periodista más o menos famoso–, que quería marchar con ellas, y no entendí exactamente qué había hecho ese periodista para que las mujeres lo corrieran de la marcha, y se me ocurrió preguntarle a Gina qué había pasado –Gina y yo nos conocíamos desde el 2007– y no me contestó, pero sí lo hizo este fulano, quien resultó ser uno de esos personajes que sólo necesitan leer un breve comentario tuyo en Facebook para hacer toda una radiografía de tu vida, meterse en tu cabeza, y adivinar todos tus movimientos: qué hiciste ayer y qué harás en los próximos veinte años, cuál es tu máxima aspiración, cuál es tu máxima motivación..., y el punto es que ese fulano me atacó, me llamó machista, me llamó retrógrada, me llamó ignorante, aseveró que yo no respetaba a las mujeres, que nunca pensaba en mi mamá ni en mis abuelas..., y veinte mil cosas más. Luego, cuando le dije que leyera bien lo que le había preguntado a Gina, tuvo que disculparse. 

Llegué a otro semáforo en rojo y me pregunté qué sería de Gina y de ese fulano –¿Gina estaría también en esa marcha del viernes 8 de marzo del 2024...?, ¿el fulano seguiría leyendo comentarios en Facebook y jugando al adivino...?– y de pronto tuve un mal presentimiento: ¿qué tal si algún medio masivo de comunicación, sólo para tener algo de qué hablar ese día, provocaba un acto de vandalismo, a lo mejor infiltraba a unos esquiroles en la marcha para que arrojaran piedras y luego apareciera todo esto en la tele y algunos de mis ex compañeros de la primaria o de la secundaria, o algunos de mis vecinos o de mis familiares políticos, satanizaran la marcha. 

No podía apartar de mi mente cuánto deseaba que Karina estuviera bien con ese contingente de mujeres que había conocido en un grupo de Facebook, cuánto quería que disfrutara sentirse parte de algo más grande que los dos, más grande que todos esos tontos hombres que tienen abuela, madre, hermana, esposa e hija y que sin embargo no se enteran de nada, excepto de lo que les dicen por tele, por radio y por redes sociales; ya no me importaba ni el calor ni el cansancio que iban resintiendo mis piernas. También me dolía la espalda. Hacía tiempo que la mochila era mucho más que un peso incómodo.

Estaba a unos pocos kilómetros de mi destino y me sentí agobiado otra vez, volví a pensar en que tenía mucho trabajo y poco tiempo para resolverlo, odié un poco mi situación, nada era seguro, todo era temporal, como siempre, y también pensé en que estaba fuera de sitio lo que estaba haciendo: no podía darme la oportunidad de caminar y caminar desde Hidalgo hasta Tlatelolco, cada segundo era un segundo que podía aprovechar para adelantar trabajo. 

Finalmente, entre las dos y tres de la tarde, llegué al departamento de mi hermano y nos pusimos a platicar, me dijo que mi cuñada también estaría en la marcha, que también sería la primera marcha de mi cuñada, que mi cuñada también estaba muy feliz por integrarse a la marcha, y yo le dije que estaba enterado, que incluso mi cuñada y Karina se encontrarían en algún punto de la marcha. 

La tarde transcurrió y ellas dos se comunicaron con nosotros varias veces por What's, y mi hermano y yo salimos a comer, tenía planeado trabajar en un poco de todo lo que tenía que hacer, pero ya no hice nada, estaba exhausto, y después fuimos por ellas en el auto de mi hermano, creo que las vimos en El Monumento a la Revolución o en Garibaldi, ya eran más de las siete de la noche, y Karina y yo regresamos a la casa después de las nueve, y ella me dijo que la había pasado muy bien, y me contó muchas cosas, algo sobre un hombre que había ido a estropear la marcha, un provocador que se empecinó en pasar con su moto precisamente en medio de los contingentes de mujeres, y también me contó muchas cosas tristes, muchas historias de mujeres que quisiera que nadie tuviera que vivir, que quisiera que no fueran reales y que nadie tuviera que soportar, y me dijo que en la marcha se encontró a algunas conocidas que no veía desde hacía mucho tiempo y que también vio a algunas celebridades, y que se sintió contagiada de esa rabia y de esa felicidad que sólo las mujeres pueden entender por sobrevivir en un mundo gobernado por hombres idiotas, de esos que tienen abuela, madre, hermana, esposa e hija y que no se enteran de nada y que sólo repiten lo que les dicen maliciosamente en tele, en radio y en redes sociales. 

Pasé algunos sábados y domingos trabajando sin descanso, pero, eventualmente, resolví todo lo que tenía que hacer en poco más de dos semanas, me adapté a mi horario de 9.5 horas de clases a la semana, impartí las 3 pláticas de divulgación que tenía que impartir, les respondí a los 3 referees, alguien me ayudó con la figura que había solicitado el referee más exigente y envié mi solicitud al SNII.

Hace un año de todo esto, en el recorrido obtuve la distinción de Investigador Nacional Nivel II y la licenciatura en la que trabajábamos dos colegas y yo se fue al diablo, y la revisión fue publicada en el Journal of Neuroimmunomodulation, y no estoy trabajando en ninguna universidad por el momento, y no me he quedado con los brazos cruzados, he participado en 6 convocatorias para plazas de académico de tiempo completo en los últimos 4 meses, en cada una de ellas buscan a personas que no tienen mi perfil –a psicólogos clínicos que no necesariamente los evalúa el área de Biología y Química del SNII; a biólogos y a químicos y a psiquiatras que no necesariamente distinguen entre condicionamiento clásico y condicionamiento operante–, y ya publiqué otro paper como primer autor en febrero –mi paper #20 en inglés–, pero nada de esto, que se supone que debería importar y acercarte a “La Tierra Prometida” de la academia, realmente importa. Hace un año de todo esto y ya estoy harto de vivir de mis ahorros, parece que estoy condenado a ir de un trabajo temporal a otro, por la eternidad. Parece que estoy condenado a tener que tomar mis precauciones, a pensar en que siempre puede haber peores momentos. Las cosas cada vez están peores para mí, a pesar de todo lo que hago, pero todas las mujeres a las que amo, quiero o estimo, están aquí; puedo verlas todos los días que quiera verlas, puedo escucharlas todos los días que quiera escucharlas, puedo comunicarme con ellas todos los días que quiera comunicarme con ellas, y eso es lo único que en verdad importa.

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.

sábado, febrero 22, 2025

Bleed All Over



Hace 3 años intuí que esta clase de vida, en este lugar al que nos mudamos en el 2018, estaba yéndose al carajo, que jamás conseguiría lo que deseaba. Hace 3 años, salía de mi primera entrevista de una evaluación curricular, un concurso para obtener un contrato temporal como académico. Habíamos más de 20 concursantes, terminaba la larga pandemia del Covid-19, todo mundo quería encontrar un trabajo. De un día para otro, después de haber sido Profesor Visitante, con la categoría de Profesor Titular A, durante 3 años, el Director de la División y la Jefa de Departamento me habían comunicado que ya no entraba en planes del Departamento, que no renovarían mi contrato (podían renovármelo por 6 meses más), que en mi lugar contratarían a otro candidato (no me tardé más de cinco minutos en PubMed para darme cuenta de que el candidato tenía un parentesco académico con mi exjefe y que ni siquiera estaba en el SNII), y no tenía ninguna otra opción más que concursar por esa evaluación curricular. Nadie me había advertido que allí acabaría mi contrato y no había previsto nada.

Al salir de la entrevista, me sentía tenso y no podía dejar de pensar en el peor escenario: perder el concurso y quedarme sin empleo en esa universidad en la que había trabajado 3 años. Evaluaba qué sentido había tenido invertirle más de 8 horas de trabajo diarias –en la pandemia, impartía alrededor de 13 horas de clase por semana, y además estaba en 2 ó 3 comisiones y en un consorcio de investigación y era miembro de unas prácticas profesionales–, y ejerciendo labores que excedían mis funciones –escribir minutas, realizar cotizaciones, coordinar traslados de equipos desde el extranjero, presidir un Consejo Editorial.

Lo primero que hice fue revisar Twitter. El primer tweet que leí era el de alguien que decía, desde tu cuenta, que acababas de morir. Era el 22 de febrero del 2022. Gané esa evaluación curricular, me dieron la categoría de Profesor Asociado D, ¡un nivel abajo de Profesor Titular A!, con alrededor de 15 horas de clase por semana, sin oportunidades para hacer investigación y con un contrato de 2 trimestres al año. Debí entender que en esa universidad no habría nada más para mí, pero gané otras 2 evaluaciones curriculares, concursé por una Jefatura de Departamento y en la convocatoria 2024 el SNII me ascendió a Investigador Nacional Nivel II, pero, oh sorpresa, todo empeoró.

sábado, febrero 01, 2025

I do not want this



Estábamos casi en la quiebra, viviendo más o menos al día, cuando vino Mark Lanegan a dar un concierto en El Plaza. Apenas pude comprar un par de boletos, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar una pequeña litografía, conseguir que él me la firmara, estrecharle una mano, aceptar que ese contacto sería lo más cercano que estaría a Kurt Cobain, y tomarme una foto con él. La banda trajo un montón de mercancía: libros que escribió Mark Lanegan, álbumes que no están a la venta en ninguna parte ni disponibles en ninguna plataforma de streaming, playeras y sudaderas de él y de su banda, stickers, cosas así. Me hubiera gustado comprar algo más. Pero, como ya dije, nuestros ingresos no me permitieron más que comprar la pequeña litografía y el par de boletos para su concierto. No todo fue malo: el día del concierto fue publicado mi primer paper como autor corresponsal, mi paper #7 en total.

Luego de un año más o menos conseguí un contrato temporal en otra universidad, tuvimos que mudarnos de ciudad, y todo pintaba mucho mejor, parecía que ésa era la manera de ingresar definitivamente a la academia, de obtener el trabajo de mis sueños, excepto que al mes de haber entrado a trabajar, apenas habiendo cobrado mi primera quincena, la universidad estalló en huelga. Estuvimos así 3 meses, sobreviviendo con los pocos ahorros que nos quedaban del último año fatal –habíamos sobrevivido con $10, 000 MXN mensuales– y teniendo que recurrir a pequeños préstamos para cubrir la renta y los gastos diarios. En marzo, cuando la huelga apenas cumplía un mes, Courtney Barnett vino a México. Ni siquiera pude comprar un par de boletos. Teníamos el dinero contado, no podíamos permitirnos un viaje a la CDMX. Mucho menos comprar un par de boletos para un concierto.

Ahora estamos otra vez en este círculo vicioso. Las condiciones no son tan malas como en el 2018 ni como en el 2019, ahora soy Investigador Nacional Nivel II, tengo más de 20 papers publicados, he impartido más de 40 cursos de licenciatura y posgrado, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia, he hecho mucho más de lo que debería haber hecho para obtener la oportunidad de concursar por una plaza indeterminada, he conseguido mucho más que cualquier persona con 10 años de trabajos temporales, y heme aquí, esencialmente quejándome de la mala fortuna que he tenido. Queriendo ignorar que he permanecido en el SNII y que no he recibido el estímulo económico del SNII durante más de medio año porque no he tenido contrato con ninguna universidad en los últimos 3 ó 4 meses de los 3 últimos años.

También he concursado por plazas de académico de tiempo completo en 6 universidades distintas en los últimos 4 meses, en todas me dicen que no soy psicólogo clínico o que no soy psiquiatra o biólogo o químico, nadie quiere ver que estoy más preparado que un psicólogo clínico y que compito con psiquiatras, con biólogos y con químicos, y hemos vivido de nuestros ahorros casi 3 ó 4 meses de cada uno de los últimos 3 años, y espero que un paper en el que soy primer autor sea aceptado para publicación en los siguientes días, y los gastos continúan, el trabajo no remunerado no para, las oportunidades escasean, y J Mascis viene a México.