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domingo, febrero 01, 2026

whatever colors you have in your mind



La oleada de cortisol de las 3 AM me despierta, giro mi cuerpo hacia la izquierda y luego hacia la derecha, me obligo a mantener los párpados cerrados, es como una vieja pesadilla al revés, la oleada interrumpe puntualmente mi sueño, no sé desde cuándo pero suele pasar cuando no estoy pasándola muy bien, y no quiero levantarme de la cama, no necesito confirmar la hora en el reloj de la mesita de noche, estoy incómodo, mi cuerpo no se siente como mi cuerpo, sé que no podré volver a dormir. 

Meto una de mis manos debajo de la almohada, busco una posición más cómoda en la cama, pero esquivo al gato que tengo en los pies, luego esquivo al gato que tengo en la cabeza, pesa alrededor de 7 kilos y está ocupando el 70% de la almohada, también esquivo a la gatita que está apoyada junto al gato de 7 kilos, más allá, en el otro extremo de la cama, está mi esposa, tengo una gran familia pero apenas puedo estirarme en la cama, y me resigno a no encontrarme más cómodo y tengo un insight, descubro por qué suelo levantarme de la cama con contracturas en la espalda y en el cuello, y porqué, algunos días, estoy en stand by todo el día.

Boca arriba, sobre la cama, con los brazos cruzados alrededor del pecho, como si fuera un vampiro en su ataúd, escucho la respiración de los tres gatos y de mi esposa, sin duda tengo una gran familia –“una vamfilia”, como diría Colin Robinson de la serie What we do in the shadows–, pero los gatos a veces están encima de mí y no puedo hallar una posición cómoda en la cama. 

Recorro la habitación con la vista, aún está oscuro, dejo que la oscuridad entre en mis ojos, que mis ojos se adapten a la oscuridad, total, ya sé que no podré volver a dormirme, y así ha sido casi toda esta semana, y, si no recuerdo mal, la anterior. 

En la medida de mis posibilidades, muevo un poco la cabeza hacia la derecha, se me ocurre que tengo que matar el tiempo mientras transcurre la madrugada, me acuerdo de cómo hace más o menos veinte años, cuando estaba en mis veintes, a veces no podía dormir porque tomaba mucho café y porque comía muchas cosas irritantes y tenía gastritis y las noches eran eternas, son otros tiempos ahora, no tengo gastritis, pero, igual que hoy, hace más o menos veinte años, tampoco podía dormir, también me acuerdo de haber intentado leer algo súper aburrido hace más o menos veinte años –Ulises, de James Joyce, por ejemplo–, también me acuerdo de esa sensación de la gastritis en mi cuerpo, como si una liga estuviera presionándome el vientre y como si no pudiera moverme ni siquiera un milímetro en la cama, me acuerdo de haber estado en posición fetal, más o menos como ahora, algunas cosas no cambian en más o menos veinte años. 

Tomo lentamente el teléfono de la mesita de noche, veo de reojo la hora en el reloj y confirmo la hora, otra vez es la hora de la vieja pesadilla al revés, otra vez la oleada de cortisol me ha despertado, y entonces enciendo el teléfono, quiero ponerme los audífonos y escuchar música para entrar en una especie de trance que me permita ahuyentar todos estos pensamientos del pasado que me dan vueltas en la cabeza y que no me dejan volver a dormir. 

Ayer, en la cena, encontré a un tiktoker tocando una canción de Guns N' Roses y la música me remontó a la adolescencia, cuando escuché por primera vez Use Your Illussion II, cuando no había tenido ningún problema serio de salud, cuando no sabía nada de enfermedades serias, cuando no sabía nada de odiar tu propia vida ni desear esfumarte porque el malestar es incompatible con tu existencia, porque los síntomas de la enfermedad hacen imposible imaginar tu vida 5 segundos más allá del presente.

Ayer, antes de cenar, me sentí mal, como casi todos los días del 2026, y trataba de desasirme de la horrenda sensación de carraspeo y de sofocamiento con mis propias flemas, tuve un ataque de tos, y aparecieron este tiktoker y esta canción, esta canción de Guns N' Roses es una opción para matar el tiempo mientras transcurre la madrugada. 

Muevo los ojos dentro de mí mismo un par de veces con los párpados cerrados, como si quisiera resetear mi existencia, es el último día de enero, todo el mes he estado teniendo días malos, ataques de tos, carraspeo, y hoy no hace tanto frío, y me acuerdo del año pasado, vagamente recuerdo que hace un año el frío era despiadado en la casa, no tenía problemas de salud como hoy, enviaba alrededor de 3 solicitudes a 3 Instituciones de Educación Superior al mes, iba saliendo del hérpes Zóster, no generaba ingresos, Katz y yo acabábamos de ver Nosferatu y Flow en el cine, leía a Han Kang y a Bram Stoker, todos los días eran inciertos, íbamos al tianguis de Metepec todos los lunes, ahora sólo estoy divagando, deben de ser ya las 3:30 AM, sólo estoy usando mi mente para no enfocarme en lo único que ha estado preocupándome este mes: mi salud.

Los ataques de tos y el carraspeo son despiadados, no puedo ignorarlos, en enero he tenido ataques de tos a diario, por las mañanas, mientras me visto, mientras termino de desayunar, mientras me dirijo al trabajo, he tenido ataques de tos y carraspeo por las noches y por las tardes, y el carraspeo me deja exhausto, de pronto tengo la sensación de que hay una flema atorada en la garganta, de pronto trato de aclararme la garganta pero la flema sigue allí, es una sensación incómoda, el sistema nervioso autónomo se apodera de mi consciencia, no puedo dejar de darme cuenta cómo está haciendo todo lo posible por expulsar a ese agente extraño de la garganta, mi cuñada me ha dicho que debo de tener irritada la garganta, que debo ir a ver a un gastroenterólogo, me acuerdo de que en mayo de este año cumplo 10 años de haber pasado por el quirófano, me acuerdo de los horribles síntomas del ERGE, era imposible imaginar mi vida 5 segundos más allá del presente, también me acuerdo de que el carraspeo era muy parecido a este carraspeo, que no podía dejar de carraspear durante varios minutos, que era consciente de la actividad de mi sistema nervioso autónomo, que no podía dejar de darme cuenta de que todo el tiempo estaba secretando saliva, de que el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta era insoportable para mí mismo, que el acto, en sí, era automático y consciente, una paradoja del sistema nervioso autónomo, y me acuerdo de una que otra vez que tuve que salirme de alguna oficina o de algún seminario o de alguna junta importante porque ni siquiera yo mismo soportaba el ruido que hacía al intentar aclararme la garganta una y otra vez.

En lo que val del 2026 he tenido 3 ó 4 episodios de carraspeo que me han puesto al borde de un ataque de ansiedad, que me han hecho acordarme de todas estas cosas, es imposible ignorar estas cosas que normalmente hace mi sistema nervioso autónomo sin que me dé cuenta, sólo cuando todo está jodido me doy cuenta de todo está jodido porque soy consciente de mi sistema nervioso autónomo, cuando intento aclarar mi garganta y carraspeo varias veces y sin embargo la flema sigue allí y al cabo de unos segundos crece, ocupa todo mi esófago, y ya no puedo pasar saliva y siento que me asfixiaré, una terrible necesidad de escupir y carraspear se apodera de mis pensamientos, ayer todo esto pasó mientras veía una película de David Lynch, y hace 2 semanas todo esto pasó mientras veía un partido de la NFL por tv –¿Seattle Seahawks vs Chicago Bears?–, y no quiero ni imaginarme cómo sería si me diera uno de estos ataques de tos y de carraspeo en la calle, a mitad de la nada, en el Tren Insurgente, por ejemplo, no quiero que se repita nada de esto, no quiero volver a vivir lo que viví hace 10 años. 

Finalmente me pongo los inalámbricos y los sincronizo con el teléfono, y busco “Breakdown” en el catálogo de Amazon Music —¡The Warning es el artista que tienen como representantes del género “hard rock”!, ¡qué horror!, ¡hay que ser muy tonto para no ver lo evidente: que es más importante la publicidad y el efecto halo...!, ¡que Joseph Goebbels está presente en el Siglo XXI...!—, y una idea cruza mi mente y dejo de buscar a Guns N' Roses: antes de sincronizar los inalámbricos leí American Psycho, estoy en la página 370: Bateman vuelve al apartamento de Paul Owen un año después de haber asesinado allí a un par de scorts, el capítulo me hizo sentir nauseabundo, cerré el libro y me metí a ver mis redes sociales en el teléfono –y todo esto parece haber ocurrido entre sueños, con los gatos en la almohada, en mis pies y en mi brazo–; un post en la página de Ministry en Facebook dice que Filth Pig salió a la venta el 30 de enero de 1996 y que la banda allí toca un cover de “Lay lady lay”, y ésta es la idea que cruza mi mente, me dio curiosidad escuchar el cover de Bob Dylan, y ahora quiero escuchar el álbum y lo busco en Amazon Music y le doy play y cierro los párpados y vuelvo a mi posición de Laszlo Cravensworth en su ataúd, y cierro los párpados otra vez y lo escucho desde el principio, medio me quedo dormido de nuevo, no sé si todo esto ya pasó tal vez ya lo escuché de principio a fin varias veces, tal vez entre sueños se me ocurrió buscar información de Ministry en Wikipedia, tal vez leí que Al Jourgensen nació en Cuba, que el sonido de Ministry en su primera etapa era más new wave y synthpop que metal industrial, que en esos tiempos le abrieron varios conciertos a The Police, en la gira de Synchronicity, que Palm 69 es el álbum que les catapultó a la fama, que Filth Pig es su sexto álbum de estudio y que Al Jourgensen estaba deprimido durante la composición y grabación de Filth Pig y que la banda no suele tocar canciones de este álbum en ningún concierto. 

Escribo estas líneas, ya son casi las 9 AM, he tenido uno que otro ataque de tos, no sé si saldré a correr, sólo quiero sentirme bien, volver a ser como cualquier persona que no se da cuenta de lo que hace su sistema nervioso autónomo, es desquiciante estar al tanto de tu sistema nervioso autónomo, no podría volver a vivir los síntomas del ERGE otra vez.

sábado, marzo 29, 2025

Soy humano y mi destino es ser mortal



Al salir de la casa, mientras desayunaba, leí en algún portal de internet que hoy cumple 70 años Bruce Willis, ahora estoy en la sala de espera del aeropuerto, a menos de 10 minutos de subirme a un avión, con los audífonos puestos, escuchando esta canción de Los Babasónicos, que, según sus fans, «está cargada de simbolismo y misticismo, y explora temas como la mortalidad, la redención y la condena». (Al menos eso recuerdo que encontré aquella tarde en la que decidí romper con la costumbre y escuchar rock en español y le pedí a Alexa que tocara algo de Draco Rosa y lo hizo y a continuación reprodujo “Seis vírgenes descalzas” y, ¡sorpresivamente!, me encantó y luego busqué información sobre el significado de la letra de esta canción de la banda de Buenos Aires).

Trato de enfocarme en cómo la canción es una especie de shot intravenoso de algún compuesto químico de los que mitiga el dolor físico y emocional y que además produce amnesia; no quiero pensar en el presente, no me gusta mi realidad; no quiero pensar en que no me gusta viajar en avión, en que, en mis más recientes vuelos, he tenido ataques de ansiedad; no quiero pensar en que podría estar a 10, 000 pies de altura sintiéndome atrapado, en una jaula; en que no habrá escape; en que todo estará en mi mente y en que, sin embargo, no podré hacer otra cosa más que cerrar los párpados y esperar a que el ataque termine.

Dárguelos canta, dice algo como «Soy humano y mi destino es ser mortal...», y aunque esta frase no tiene nada que ver con lo que pienso últimamente de mí mismo (creo), cobra un sentido diferente, así que prefiero concentrarme en la escena de Die Hard, cuando John McClane está en el avión que lo llevará a Los Ángeles, y me repito a mí mismo este mantra: «Tarde o temprano aterrizarás, tarde o temprano te registrarás en el hotel, tarde o temprano subirás a tu habitación y allí te podrás quitar los zapatos...»

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si pudiera escribir los 365 días del año.

domingo, febrero 16, 2025

Los lunes en los tianguis



Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, me ha servido para distraerme, para sepultar ese algo terriblemente triste y solitario que tienen los lunes, me ha servido para no pensar en que ninguna puerta se abre, en que esto es apenas el principio, en que apenas en octubre dejé de tener un ingreso fijo y que no encontraré nada bueno muy pronto, no he querido escribir, apenas escribo lo básico en mi diario, no he disfrutado nada, he estado leyendo a Bram Stoker, he estado tomando un curso de capacitación en línea tres días a la semana, este curso lo tomo por curiosidad pero parece un fraude, hay mucha gente desesperada por generar ingresos, quien lo imparte tiene todo el look de un vende humo, nos conectamos a YouTube alrededor de 400 personas.

Desde hace un par de lunes vamos al tianguis de Metepec, todo lo que hago está empañado por mi estado de ánimo, es como si mis ojos y mi mente tuvieran una especie de neblina, como si me persiguiera una especie de sopor que no me deja ver claramente nada, ni disfrutar nada; independientemente de ello, hace unos días fue el Superbowl y no lo vimos, pero una canción sonó en el espectáculo del medio tiempo y el tipo que la canta también la baila de un modo pegajoso y no he podido sacármelo de la cabeza, y mientras transcurría el Superbowl, Lizzie y yo salimos a Town Square, y estaba tomándome mi Açai Refresher cuando yo siempre tengo la razón –un sujeto menor que yo y que conocí en el 2017, cuando estaba en el postdoc, y que luego me encontré en un concierto en el Alicia y con quien, más o menos desde que estuve concursando y ganando 3 evaluaciones curriculares consecutivas, con contratos de 2 trimestres al año y 15 horas de clase a la semana en el Distrito IV, hablé por teléfono dos o tres veces al año–, me mandó un Whats y luego otro y otro, aparentemente tenía muchas ganas de conversar y de “generar polémica”, es un tipo que me recuerda a mí mismo cuando acababa de entrar a la universidad, cuando idealizaba la academia y al mismo tiempo no le daba la menor importancia a la universidad, cuando me la pasaba leyendo novelas y poesía en lugar de estudiar a Skinner o a Mechoulam, en fin, yo siempre tengo la razón me empezó a decir cosas sobre divulgación de la ciencia, su discurso no me late, ¡por Dios!, unos colegas de la UV y yo estamos por publicar un paper en una revista Q1, escribí prácticamente yo solo el paper en 3 meses, tengo más de 20 papers publicados en revistas en inglés, hace casi 11 años fue mi examen de grado del PhD, he impartido más de 60 pláticas de divulgación de la ciencia y más de 70 cursos de licenciatura, y yo siempre tengo la razón, básicamente, insistió en que él tiene más que decir sobre la ciencia que yo, no me late su discurso, a veces es del estilo «todos tenemos derecho a pensar lo que nos dé la gana»  (excepto si alguien pone en entredicho lo que yo pienso), y, en fin, su rollo fue subiendo de intensidad, y simplemente me desgastó y ya no quise contestarle, me recordó que lo invité así, casi de la nada, a dar una clase a uno de los grupos a los que les impartía Interdisciplina. 

El tipo parece no darse cuenta de nada, para él es como si él y yo nos conociéramos desde el kínder, como si fuéramos pares, como si tuviéramos el mismo recorrido en la academia, y, ¡perdón!, pero no. El otro día me sacó de onda encontrármelo accidentalmente en redes sociales pidiendo informes para tomar un curso en línea ¡con Todokoro!, uff, ¡cuántas veces le dije que tengo media docena de papers publicados con Todokoro, que mi PhD lo estudié en su laboratorio...!, pero, claro, yo siempre tengo la razón, sólo me dio por mi lado, ni siquiera me preguntó nada sobre este curso de adicciones que quiero impartir en el Centro Neurológico y de Sueño, ni siquiera le interesó (aunque es un sujeto que pidió informes sobre el curso de adicciones que impartirá Todokoro y aunque es un sujeto al que le interesa la ciencia y el conocimiento), ni me preguntó nada al respecto, ni pudo descubrir que no sólo tengo media docena de papers publicados con Todokoro sino que he impartido ¡alrededor de 300 horas! de Neurofarmacología y Adicción en Distrito IV, ¿qué podría yo aportarle sobre el tema, si (en su mente) los dos nos conocemos desde el kínder...?, es más probable que (en su mente) Ruzzarín o Rudy III tengan una opinión más informada sobre neurofarmacología y adicciones y cannabis que yo. 

Ir al tianguis también me recuerda que Lizzie y yo íbamos al tianguis cuando Distrito IV estaba en huelga y Lizzie y yo teníamos que vivir de nuestros ahorros, esa tampoco fue una buena época, pero, en perspectiva, al menos sabía que no duraría toda la vida, que la huelga terminaría en algún punto, pero el punto es que ir al tianguis es terapéutico en general, me ayuda a sentir que “conecto” con un montón de gente que sobrevive y que no parece lamentar su estilo de vida, sino que disfruta lo que hace, estar vendiendo sus frutas, sus verduras, sus gorditas, sus quesadillas, sus pescados, sus carnes frías, pero también, ocasionalmente, me trae estos flashbacks. 

Lo que hacen todas estas personas para sobrevivir no tiene nada de académico, pero es igual de importante. O tal vez más importante que la academia. No creo que los vendedores de tianguis tengan dos pies izquierdos, no creo que estén pensando siempre en cómo tener más poder y en cómo rodearse de gente manipulable que siga sus órdenes. Creo que son más listos que un académico estándar, que saben responder a los madrazos de la vida y que saben cuándo les conviene asociarse con alguien que puede hacerlos crecer, en lugar de seguir órdenes para conservar sus chambas. 

Ir al tianguis cada lunes también me recuerda cuando vivíamos en Agua Caliente, allí también se ponía un tianguis todos los lunes, era un poco diferente a éste, pero, en general, la gente también parecía disfrutar su estilo de vida. Visitar ese tianguis de Agua Caliente también me hacía recordar cuando iba a otros tianguis, cuando estaba en la prepa, cuando iba algunos domingos al tianguis de San Juan, en los límites entre Iztapalapa y Neza, y me gustaba ver otro tipo de cosas allí, también vendían las cosas que venden en un tianguis de lunes, pero me gustaba ver tennis, discos compactos y playeras de rock. Algunos puestos de ese tianguis de San Juan también se ponían los sábados en El Chopo. Allí me compré varios discos que escuché toda la prepa –Bleach, Blood Sugar Sex Magik, Live Through This... –, en fin, todo era tan diferente, todo esto ocurrió en una época que parece quedar a varios siglos de distancia, cuando ni siquiera había entrado a la universidad, cuando no pensaba en absoluto en cómo sería mi vida adulta, cuando aún no había conocido a personas poderosas y manipuladoras, cuando aún no había tratado a aspirantes a divulgador de la ciencia que no le dan crédito a nadie más que a ellos mismos y a las celebridades que no saben nada de nada pero que tienen un millón de seguidores, o que son unos sociópatas, en fin, hoy es domingo 16 de febrero y son las 18: 12, mañana también (espero) iremos al tianguis, y me pregunto cuándo habré digerido estas visitas de cada lunes al tianguis y podré escribir algo que me guste sobre cómo ir al tianguis de Metepec ha movido algo dentro de mí.

sábado, julio 27, 2024

Everything Zen


Desde la incomodidad de las náuseas matutinas, acurrucado en este sillón que compré hace menos de diez años pero que parece que saqué de un basurero esta mañana, contemplo a Gavin Rossdale. No sé cómo llegué a este video de YouTube. Hace unos minutos veía “E-Bow the Letter” y luego “Malibu”, y pensaba vagamente en Michael Stipe –¿en verdad, a principios de los noventa, esparció entre la prensa el rumor de que había contraído VIH y que estaba a punto de morir?–, en cuánto me gusta esta canción de R. E. M. y en que nunca le había prestado demasiada atención al video. También pensé en que el video de “Malibu” fue casi el primer video en el que apareció Courtney Love en MTV después de la muerte de su esposo, y en que, cuando lo vi –¿entre mayo y junio de 1999?–, no dimensioné el contexto de ese video: Courtney Love estaba promocionando el primer álbum de Hole después de la muerte de Cobain... después de la muerte del “grunge” y del “sonido Seattle” y demás etiquetas de esas que ponen los periodistas de rock con poca imaginación. 

Más bien, desde la incomodidad de las náuseas matutinas y del sillón que los gatos han arañado miles de veces, al ver esos videos, me acordé de la huelga de la UNAM de 1999, de la desesperación y de la incertidumbre que asocio a esa huelga que parecía no tener fin. Me acordé de que, entre mayo y junio de 1999, cuando debí de ver por primera vez el video de “Malibu”, empecé a tener episodios de ansiedad y que tuve que ir a un par de consultorios médicos y que los especialistas me dijeron que estaba un poco deprimido, que tenía que hacer ejercicio, salir de la casa, platicar con otras personas que no vivieran en la casa, que tenía dermatitis psicosomática. 

También me acordé del dermatólogo al que visité en la Roma, dos o tres jueves de dos o tres meses, que él me recetó una solución, que una vez al mes tenía que ir a una farmacia de Centro Médico Nacional Siglo XXI a que la prepararan, que me sentaba a leer en un jardín mientras preparaban esa solución en la farmacia, que debía hacerme abluciones todas las noches con esa solución. También me acordé de que en esos meses leía Tiempo Libre y La Divina Comedia y Fausto, y que iba solo a alguno de los teatros del CNA –cuando aún no se llamaba CENART– y que iba solo a ese cine de La Condesa que luego se llamó El Plaza Condesa, y que un día me encontré en Tiempo Libre un anuncio de un taller de creación literaria que impartía un escritor joven en La Pirámide. Me acordé de que me inscribí a ese taller. Que lo tomé cada sábado, de cinco a seis y media de la tarde, durante alrededor de medio año. Que en ese taller conocí a una docena de tipas y tipos con los que fui a varias reuniones y cantinas, y que nos emborrachamos y que pasábamos de Dostoievski a Verlaine, y de Octavio Paz a Elena Garro, y de Alejandra Pizarnik a Jorge Cuesta. Que algunos aborrecían o adoraban “Piedra De Sol”. Que otros veneraban “Muerte Sin Fin”. Que les leía (algo de) lo que escribía. Que escuchaba lo que los demás escribían. 

Me acordé que creí que seríamos grandes amigos, que parecía que teníamos tantas cosas en común. Que acabó la huelga y que sólo nos vimos una o dos veces, circunstancialmente, en Ciudad Universitaria. Que fuimos amigos en Facebook por más de diez años, y que, apenas hace un mes, o algo así, eliminé de mis contactos a la mayoría de ellos. Que tuve un momento de claridad: si interactuábamos en Facebook, lo hacíamos porque yo los buscaba. Que ellos, en realidad, nunca estuvieron interesados en que fuéramos amigos. Que unos abandonaron sus intereses literarios y se convirtieron en 'fotógrafos de la cotidianeidad'; que otros publicaron libros de poesía y que se creyeron que eran inalcanzables; que otras se radicalizaron, por sus propias historias de vida, y, que, aun cuando, desde el 2006 y hasta el 2012, visitaban uno de mis blogs constantemente, cambiaron tanto, que, en sus muros de Facebook, después de la pandemia, desconocieron estar enteradas de que escribo; que otras se casaron y que dejaron de ir al Chopo a embriagarse y a inhalar estimulantes del sistema nervioso central. Que ahora, por mi propio bienestar, casi todos ellos están muertos para mí. 

Y también recuerdo que, mientras Eric Erlandson, Melissa Auf der Maur y Deen Castronovo –la baterista que recién había sustituido a Patty Schemel, la baterista de los dos primeros álbumes de Hole, y que, incluso, había grabado todas las baterías de Celebrity Skin–, acompañaban a la viuda de Cobain por la playa en el video de “Malibu”, tuve un insight: ¿Courtney y su banda, en cierta forma, reflejan, en ese video, el tipo de música que habría compuesto Nirvana en 1999, de haber seguido vivo Cobain...?  

Le doy un sorbo al sucralfato, y me acomodo en el sillón. No quiero pensar en las náuseas, quiero ahuyentarlas, no quiero pensar en que estoy así porque tengo una condición y porque no puedo comer lo que come la mayoría de la gente. Ni siquiera puedo hacerlo una vez al mes porque me siento fatal durante dos o tres días. Apuesto a que no sabes lo horrible que es tener que comer, más o menos, siempre las mismas cosas. Por el resto de tu vida.

En fin. El video en el que contemplo a Gavin Rossdale es el video #22 de una serie de colaboraciones para Guitar World, un canal de guitarristas.

El cantante de Bush nos enseña cómo tocar “Everything Zen”, la primera canción de Sixteen Stone, el álbum debut de la banda británica, estrenado en enero de 1994. Antes que nada, Rossdale nos dice que es una canción muy sencilla, que tiene tan sólo tres partes, pocos acordes, y también nos conmina a quedarnos en casa y a cuidarnos. (Este video tiene la fecha del 22 de abril del 2020, aún estábamos en la pandemia.) Luego, nos muestra su Jazzmaster '67. Tiene algunas partes muy deterioradas, sobre todo cerca del mástil, y es morada y la pintura tiene “chispas”, como la guitarra signature de J. Mascis, y Rossdale nos dice que con esa Jazzmaster grabó la mayoría de las canciones de Sixteen Stone. 

De pronto, tengo otro insight: ya había visto este video. Ocurrió hace como dos o tres años. No lo encontré, como ahora, por accidente y en YouTube, sino en Facebook. Un domingo, después de salir a correr, no tenía náuseas ni estaba ahogado en esta especie de depresión que provocan las náuseas y me puse a escribir algo en uno de mis blogs y, quién sabe cómo, lo que escribí hizo que me acordara de mi primer semestre en la Facultad de Psicología, de que entonces “Bonedriven” y “Greedy Fly” sonaban mucho por la radio. Que había comprado Razorblade Suitcase en el Chopo, que no tenía ni idea de que lo había producido Steve Albini. Que esas dos canciones me gustaban mucho y que nunca se me había ocurrido aprender a tocarlas. Que busqué un tutorial para aprendérmelas. Que quién sabe cómo di con este mismo video de Guitar World, pero en Facebook. 

No sé qué hice a continuación exactamente, pero estoy muy seguro de que entonces agarré una de mis guitarras, que seguí las instrucciones de Gavin Rossdale y que “Everything Zen” debió de parecerme una canción 'muy rocker', de esas que, conforme vas tocando por tu cuenta, liberan algún neurotransmisor de la felicidad en tu cerebro y momentáneamente sepultan en el fondo de tu consciencia todas las cosas que te afligen. 

También estoy casi seguro de que “Everything Zen” debió de parecerme una canción tan fácil de tocar que me aburrió y que dejé de practicarla. Ahora mismo que veo este video del canal de Guitar World, los acordes que nos enseña a tocar Gavin Rossdale no me resultan nada familiares.

Mientras el sabor del sucralfato permanece en mis papilas gustativas y mientras las náuseas matutinas van abandonando mi cuerpo y mi mente, salto a otro tema: me pregunto cuándo escribiré 'naturalmente' algo sobre la pandemia –¿es éste el momento?–, sobre mis experiencias de cuarenta y tantas horas a la semana de clases y de juntas por Zoom, sobre mi paranoia para salir a caminar cerca de la casa durante la pandemia, sobre cómo la pandemia –el encierro, ver y no ver, por Zoom, a un montón de colegas y estudiantes, todos los días, al mismo tiempo; y tener, paradójicamente, un empleo seguro por los siguientes doce meses–, repercutió en mi salud, se manifestó primero en mi sedentarismo y en mis hábitos alimenticios de comida chatarra, y luego en mi mal humor y en mi vista borrosa y en la hiperglucemia en ayuno –¡casi 200 mg/dl de sangre!–, y tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre los síntomas que me provocaron las vacunas de Cansino, más o menos al final de 'la primera parte de la pandemia', cuando todas las actividades eran virtuales, y de Moderna, más o menos al final de 'la segunda parte de la pandemia', cuando ya habíamos vuelto a clases semipresenciales en la universidad, cuando estaba en un cubículo que parecía un invernadero y desde allí impartía mis clases por Zoom.

Tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre mi experiencia en esa escuela primaria en la que recibí las vacunas de Cansino y de Moderna, en donde me topé con varios colegas, a quienes logré identificar a pesar de las mascarillas que llevaban puestas. 

De lo mal que me sentí cuando recibí mi segundo refuerzo –la vacuna de Moderna–, que entonces impartía una clase de Sensopercepción para casi cincuenta estudiantes, que no pude dar clase ese día y que luego de haber recibido la vacuna volví a la casa en Uber y que me acosté en la cama y que encendí la tele y que me encontré un concierto de Bush en Miami. Que Gavin Rossdale era el único sobreviviente de la alineación original de Bush. Que pedí una Big Mac por teléfono y que me di un atracón de Coca-Cola y de papas a la francesa. Que tuve síntomas de fiebre y de gripa, que duraron apenas un día. 

No sé por qué me cuesta tanto escribir sobre lo que realmente me importa. Todo ha cambiado –el área de Biología y Química me otorgó el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II en la Convocatoria 2024 del SNII, hace 10 años estaba presentando mi examen de grado del doctorado, tengo casi 20 papers en revistas internacionales, cumplí 10 años como docente en universidades públicas– y, sin embargo, todo sigue igual... o peor. 

domingo, febrero 18, 2024

Waiting For The Deathblow


Ya no sé cuántas noches he dormido mal, ya no sé cuántas noches he estado dando vueltas en la cama, dándole vueltas a la misma idea, teniendo la sensación de que mis pensamientos son buitres y que mi mente es un animal en agonía.

Ya no sé cuántas veces he revisado el correo-e en los últimos días, ya no sé cuántas veces he tenido taquicardia cada vez que me llega una notificación al teléfono, cada vez que vibra o cada vez que suena el teléfono.

Ya no sé cuántas veces he repasado mentalmente cómo me sentí en la entrevista de hoy, cómo me sentí en la entrevista de hace un año y cómo me sentí en la entrevista de hace dos años. Sólo sé que me he preguntado, una y otra vez, por qué todo ha cambiado, y, sin embargo, está igual. O peor. 

Ya perdí la cuenta, ya no sé cuántas veces estos pensamientos me han asaltado a cualquier hora del día, mientras, por ejemplo, salí a correr y traté de ignorar que la aplicación en el teléfono es un asco y que puede fallar estrepitosamente y registrar que acabé mi primer kilómetro en 13 minutos, cuando, en la realidad, mi mejor tiempo en tres años ha sido 4 minutos y 20 segundos por kilómetro, y me siento como si fuera la primera vez que uso mis piernas para correr, y tengo ganas de mandar todo al carajo.

Hoy, mientras corría, quise enfocarme en mejorar mi tiempo, en correr y correr y correr, lo más rápido posible, tanto como me lo permitieran mis músculos, hasta quedar exhausto y no tener fuerzas, hasta no ser capaz de analizar nada, hasta no ser capaz de reflexionar sobre nada, hasta no ser capaz más que de repetirme mi mantra a mí mismo... 

«Ya ganaste dos veces, dos concursos similares a éste» 

... hasta no ser capaz de pensar en que ésta puede ser la primera vez que pierda un concurso, hasta no ser capaz de pensar en que siempre existe la posibilidad de perder cuando compites por algo, hasta no tener fuerzas para pensar en nada. 

No tengo ni corazón ni cabeza para buscar mañana mismo, o pasado mañana, o este mes, o cuando sea que reciba las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, cualquier empleo.


Al volver de correr, vibró el teléfono y tuve taquicardia y revisé el teléfono por sexta o séptima ocasión en lo que iba del día, tal y como lo he hecho en las últimas dos o tres semanas, y la taquicardia que acompaña a esta actividad tan mecánica y tan espeluznante nada más fue un desperdicio de energía. 

La notificación resultó ser una falsa alarma...

«KAVAK: cotiza tu auto inmediatamente...»
«Elon Musk acaba de subir una foto a X...»
«Paty López acaba de publicar un video en TikTok...»

... pero me dio un poco de paz. 

Y sin embargo supe que esa paz no duraría mucho tiempo, que apenas me dejaría asimilar que las malas noticias que he visualizado en el peor escenario hipotético posible, no llegarían justamente en esos segundos en los que revisaba el teléfono.

Ya sabía que esa paz no duraría mucho tiempo, que sería muy breve, que duraría apenas uno o dos minutos, apenas veinte o treinta segundos. 




Así he estado desde los últimos días de enero –cuando publicaron la convocatoria en la que concursé–, y hoy. Y esto no es vida. Ningún cerebro está capacitado para mantenerse en estado de alerta las 24 horas del día. Ni siquiera las ratas pueden sobrevivir más de dos semanas bajo estrés continuo.

Pero esto no es lo más decadente. Lo más decadente es que esta incertidumbre es la historia de mi vida. Sé que en cuanto guarde el teléfono, por decirlo de alguna manera (cuando la incertidumbre termine), y ya no tenga que preguntarme ¿y si pierdo...?, tendré un poco de estabilidad –¿durante tres meses?, ¿durante seis meses?–, pero que, después, volveré a subirme a la montaña rusa de mis emociones y que tendré que cazar, una vez más, otro trabajo temporal.

Me tumbo en un sillón, en una pésima posición, siento cómo mi columna vertebral está arqueada pero nada me duele, todo el sufrimiento está concentrado en el dolor de mi mente, y enciendo el televisor y me da vértigo, tengo arcadas, como cuando paso varias horas en ayuno y me pongo ansioso y me falta aire y se me tapan los oídos y empiezo a hiperventilar y tengo la sensación de que vomitaré en cualquier momento. 

Me acomodo en el sillón, creo escuchar cómo se me quiebra la columna, y me concentro en la pantalla del televisor, y me doy cuenta de que sólo veo la televisión cuando no quiero pensar, cuando quiero huir de la realidad, cuando la realidad me abruma. 

Tengo la vista borrosa, me cuesta trabajo enfocar y desenfocar, mis cristalinos están tan viejos y tan enfermos, cierro los párpados fuertemente, hasta ver fosfenos detrás de la cortina de los párpados –¿alguna vez, realmente, cerramos los ojos...?, cuando cerramos los párpados, ¿en realidad vemos la oscuridad que hay dentro de nosotros mismos...?–, y la sensación me remonta a algún momento perdido entre mis recuerdos de la infancia, cuando acompañaba a mi papá a comprar el periódico. Quién sabe por qué me gustaba caminar con los párpados cerrados, y una que otra vez estuve a punto de estrellarme contra algún poste de luz. 

Al precipitarme en la oscuridad que hay dentro de mí, con los párpados cerrados, también recuerdo otras cosas más recientes, cuando tenía que lidiar con mi enemigo público #1 todos los días, cuando mi única estrategia para soportar cada semana era la expectativa de la Tierra Prometida de cada fin de semana, cuando acababa los viernes en las peores condiciones posibles, cuando me daba un atracón de alcohol y de otros agentes químicos cada viernes, cuando odiaba mi existencia, cuando me sentía esclavizado, cuando sabía que había recorrido un gran tramo del doctorado, que me faltaban sólo unos meses para el examen de grado, que no podía abandonar todo, que no podía escoger, que no podía darle prioridad a mi salud mental, cuando mi relación con mi enemigo público #1 era insoportable. 


En la pantalla del televisor, Jessica Jones está a punto de tener un ataque de pánico y repite su propio mantra...

«Birch Street, Higgins Drive, Cobalt Lane...»

... y cierro los párpados otra vez, pero los abro de inmediato, lo más decadente es que ésta es la historia de mi vida, no es algo excepcional.

No quiero ponerme a pensar en cuántas veces he sentido que el estrés le da martillazos a mi corazón y que luego golpea mi cerebro y que me hace tener la sensación de que no he dormido en varios días, que apenas puedo mantener los párpados abiertos, que mi vida es un fuego cruzado y que el mundo es una trinchera y que debo mantenerme alerta.

Tampoco quiero precipitarme en la espiral de los pensamientos negativos que forman parte de mis hábitos, y tampoco quiero pensar en cosas que ya pasaron y que debí enfrentar de otra manera. Pero no puedo evitarlo. 

A Krysten Ritter, o como sea que se llame en la realidad –¿es ella también la autora de esa novela de suspense?–, antes de ser la protagonista de la serie de Marvel, la conocí en otra serie de televisión, cuando, para variar, no vivía los mejores momentos de mi vida.

Entonces estaba terminando el doctorado y ya tenía varios papers publicados como primer autor, y ya tenía varios años de experiencia docente, y ya tenía planes para irme de posdoc a Los Ángeles... Cuando enfermé, cuando acabé en el quirófano, cuando todo se cayó. Cuando tenía que lidiar con personas tóxicas y egocéntricas y narcisistas. Cuando convivía con personas que podrían ser los protagonistas de los relatos de Jeff Lindsay o de Del James. Cuando convivía con personas que minimizaban mi trabajo para “motivarme”...

«Sólo sigues instrucciones...»
«Lo que deberías estar haciendo es preparar café...»

... o para saciar su necesidad de poder, para sentir que tenían control sobre todas las cosas. 

Entonces, cuando la conocí, Jessica Jones no era Jessica Jones, sino Jane Margolis –la novia de Jesse Pinkman–, y Mr. White ya estaba harto de ella y de Pinkman y de sus hábitos de drogadictos, y una vez los descubrió tumbados en una cama, ellos dos se habían inyectado heroína, y Jane, en su viaje, comenzó a ahogarse con su propio vómito y Mr. White decidió colocarla boca arriba en la cama y dejarla morir por broncoaspiración.

En la pantalla, en el presente, el mantra de Jessica Jones surte efecto –ha ahuyentado a Killgrave, lo ha sacado de su mente–, pero yo ya no puedo dejar de pensar en el pasado, ni en mi propio Killgrave. 

Me acuerdo de esos últimos meses en el doctorado, cuando conocí a Jane Margolis y todas las noches de los martes –¿del 2012?–, veía Breaking Bad, cuando tenía que lidiar con el estrés, cuando bebía en exceso los viernes, cuando consumía otras cosas para soportar el estrés, cuando estaba acostumbrado a recibir injustamente palabrotas en los correos-e...

«Hello! Hello!
¿Qué chingados tienes en la cabeza...?
¡Más de una puta vez te he dicho que no sólo soy PhD...!»

... y me desquiciaba no tener el control de mi propia vida, tener que soportar cosas así, descubrir que tenía mi propio Killgrave.

Al menos, eso quedó atrás. Jamás volveré a relacionarme con personas tóxicas, jamás volverán a ponerme las manos alrededor del cuello, jamás tendrán en sus manos la decisión de dejarme morir por broncoaspiración. Prefiero esta incertidumbre de las últimas semanas, aunque sea el precio que debo pagar para ser libre.

miércoles, noviembre 29, 2023

Subterranean Homesick Alien (Instrumental) | Molotov Cocktail Piano

Tengo los pies fríos, la cabeza me duele, es como si estuviera sumergido en una tina con hielo, y al mismo tiempo mis globos oculares son una pelota ardiente, y mi garganta es un túnel incendiándose, y tengo varios kilos de ropa encima, y apenas puedo moverme, y todo me duele; siento que mis extremidades inferiores y superiores son ligas estiradas al máximo, como me imagino que se siente pisar una bomba en un camino minado y volar en pedacitos de vísceras y de dolor, en los confines de un campo de exterminio..., y mis coyunturas son cables de alta tensión que en cualquier momento harán corto circuito, en la tempestad de mis pensamientos febriles. 

Tengo el cuerpo cortado, apenas puedo respirar, soy un animal que agoniza, soy una rata de laboratorio que va volviendo a la realidad, que nunca quedó totalmente inconsciente porque el pasante de licenciatura no sólo no le administró bien la dosis letal de pentobarbital, sino porque no la decapitó bien; soy esa pobre rata de laboratorio que jadea y que agoniza en la mesa de disección, con la mitad del cerebro cercenada, y que pide clemencia, que resuella, que lanza sus estertores y que le suplica al pasante de licenciatura que acabe ya con el sufrimiento; soy ese individuo al que un alcohólico con psicosis de Korsakoff le ha abierto la garganta de par en par, en un callejón oscuro; soy ese individuo que se desvanece poco a poco y que se despide de este mundo y que está ahogándose con su propia sangre. 

Apenas puedo moverme con tanta ropa encima, y toso y estornudo, y moqueo y escupo, y sorbo mis mocos y me trago mis flemas, y mis pulmones suenan a estertor, a resuello, a jadeo, a agonía..., y me duele mucho la cabeza, pero no tengo fiebre, lo que sí tengo son casi 140 h en abstinencia de nicotina y casi 6 días enfermo, y durante estos casi 6 días no sólo no he fumado, sino que me he tomado los medicamentos que me recetaron, pero cada día me siento peor. 

¿Es éste el fin? 

Puse “Subterranean Homesick Alien” cuando comencé a escribir estas líneas, después de darme dos o tres disparos de Afrin Lub, y primero sonó la versión original de OK Computer y ahora escucho una interpretación en piano de esa canción, una interpretación de una banda que no conozco, y creo que he escuchado cien veces, cien interpretaciones, de la misma canción, todas y ninguna suenan igual, y el ataque de tos es ya inminente, y la vorágine de flemas que ascienden desde mis pulmones hasta mi esófago son ya inminentes, y un breve episodio de ansiedad, provocado por un breve episodio de asfixia, es ya inminente..., y un calambre letal, que es un escalofrío como esos incontrolables latigazos que preceden al vómito, me recorre toda la piel: desde la punta de los dedos de mis pies fríos, hasta mi cabello más largo..., y sé que todo estará peor mañana, aunque me diga a mí mismo que no puedo ponerme peor. 

Ni siquiera me siento libre dentro de mi propio cuerpo, me siento físicamente esclavizado a los kilos de ropa que traigo encima –los kilos de ropa son cadenas que me atan a la cama, y la cama es la plancha de un quirófano o un lecho de muerte de piedra–, y tanta ropa (y tantas cadenas) me impiden moverme y acostarme y sentirme un poco cómodo (nada más durante unos cuantos segundos, ¡por favor!), y no quiero estallar, no quiero encabronarme, no quiero resistirme a toser y no quiero resistirme a levantarme de la cama para orinar, y no quiero reparar en el amargo sabor a medicamentos que tengo en el paladar, y no quiero ponerme nostálgico, pero ¡cuánto añoro la primavera y el verano!, ¡esos días en los que puedo andar ligero de ropa y quedarme dormido en cualquier lugar, y despertarme en cualquier momento de la madrugada, o cuando va amaneciendo!, y ¡cuánto extraño caminar descalzo hasta el baño y sentir que el calor de la vida se me mete por las plantas de los pies...! 

¡Cuánto añoro mi salud!

Cuando hace frío, hasta para dormir hay que ponerse ropa caliente –calcetas, pantalones, suéter, gorro, guantes– y hay que preparar ropa caliente en la cama y a veces hasta hay que encender un calefactor. Nada de esto es práctico. No quiero entrar en discusiones con la gente que ama el frío, pero, ¿por qué no tenemos tanto pelaje como los osos de la Antártida...? 

Cuando hace frío, incluso levantarse de la cama, nada más para ir al baño, es una odisea. Cuando hace frío, mi estado de ánimo se vuelve gris. 

Cada día que pasa me siento peor. 

El miércoles, hace casi una semana, me salí a la terraza a fumarme un Camel, y llovía y hacía mucho viento; casi de inmediato, sentí un escozor en la garganta, y repetí mi mantra –Siento un escozor en la garganta, espero no enfermarme–, el que digo cada vez que presiento que puedo enfermarme, y el jueves por la mañana desperté con un ataque de tos pero fue pasajero, incluso salí a la calle, y en la calle hacía mucho frío y el escozor iba y venía, junto con las flemas, pero no era nada con lo que no pudiera lidiar. En la sala de espera, mientras Lizzie estaba en consulta y mientras me resguardaba del frío y de la soledad que imperaba en el hospital, releía un libro sobre Bowie que escribió Simon Critchley y el escozor ya parecía cosa del pasado. Después de la consulta, hasta desayunamos en un restaurante. Hacía mucho viento. Hacía mucho frío. Traía puesta una de esas chamarras estorbosas que sólo me pongo una o dos veces al año. El Nevado de Toluca, prácticamente, se veía desde cualquier parte de la ciudad. Al volver a la casa, me tomé un paracetamol y un ibuprofeno, y me tumbé en la cama. 

El viernes, comencé a tomar ambroxol y loratadina, y me sentí un poco mejor que el jueves –hasta creí que ya había pasado lo peor de la enfermedad–, pero, en la madrugada, tuve un ataque de tos que me levantó de la cama.

El sábado, durante la mañana y la tarde, me sentí mejor que todo el viernes –incluso se me antojó un Camel–, pero pasé una noche fatal: los ataques de tos me despertaron a la una, a las dos, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la mañana... 

El domingo continué con el tratamiento y salí un rato a tomar el sol y me puse a leer a Knausgård en la terraza, y estuve allí alrededor de 40 minutos, y de pronto se ocultaba el sol y hacía un poco de viento, y luego, por la noche, ya me sentía peor: muy débil, muy cansado, con el cuerpo cortado..., y pasé una noche regular, sin tantos ataques de tos como los del sábado, pero el lunes, en cuanto puse un pie fuera de la cama, sentí la nariz tapada, un cúmulo de flemas precipitándose desde mis pulmones hasta mi garganta, los ojos hinchados, y todo el cuerpo cortado, como si alguien me hubiera hecho pedacitos con un afilado cuchillo de carnicero.

En fin, el lunes me sentí mucho peor que todos los días anteriores. 

Y, por la noche del lunes, dejé de tomar ambroxol y loratadina, y empecé a tomar celestamine, amoxicilina y dextrometorfano, y, en fin, hoy, martes, me siento peor que ayer y que todos los días anteriores: ya hasta tengo mocos y de pronto la moquera coincide con un ataque de tos, y entonces las flemas, que ascienden desde los pulmones, y los mocos, que descienden desde los cornetes nasales, convergen en mi garganta y ¡es un horror!, y no puedo respirar y me pongo ansioso... 

De la nada, mientras lamento mi suerte y me pudro en la enfermedad y me aborrezco y visualizo una noche más del carajo y que mañana voy a sentirme mucho peor que hoy, me llega a la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años –¿de cuál marca era?–, cuando nos veíamos una que otra vez, cuando recorríamos las calles de la ciudad y nos metíamos a cines y a tiendas de discos y a cafeterías, mucho antes de que conociera a Lizzie y mucho antes de que te embarazaras de tu novio y de que te pareciera tan intolerable tu vida y decidieras esfumarte de este mundo.

(Qué insignificante soy. Qué insignificantes son mis preocupaciones y mis dolores.)

Esta sensación de asfixia, de sofocamiento, esta impresión de estar a punto de morir por falta de aire, de que mis pulmones son un par de globos que alguien ha pinchado, y, sin embargo, tener en la mente el aroma del perfume que te ponías hace más de 20 años, es muy extraño, es una anomalía, es mi forma de delirar, es mi estrategia para no sucumbir ante la enfermedad... 

Esta impresión de estar más cerca de la muerte que nunca antes, de hundirme en un drama existencial, y, sin embargo, tener en la mente el aroma de tu perfume, es como salir a la superficie por unos cuantos segundos, después de haber estado buceando incansablemente, llevando los pulmones al límite, con la piel tostada por el sol y llena de sales, y con el cuerpo deshidratado, a instantes de morir en un punto perdido del océano.

¿Es éste el fin?

domingo, noviembre 26, 2023

La última hoja que cae de un árbol

El escozor recorre mi garganta como una zarza ardiente, como un nombre que exige ser pronunciado, como una necesidad que no puede ser aplazada, como un grito que aparece de la nada en un oscuro callejón, como un secreto que ya no puede continuar siendo un secreto, como un reflejo que separa los límites entre la vida y la muerte. 

La sensación es similar a un tren en llamas que atraviesa a toda prisa mi garganta, que chamusca mi garganta, que asciende desde mis pulmones, que hace silbar a mis pulmones, que me convierte en un cuerpo que es un conjunto de vísceras y de arterias que se sofocan y que se colapsan, que es un cuerpo y un cerebro y una señal de alarma de una potencial muerte por broncoaspiración. 

He dado cien vueltas a la cama, he intentado comprender este poema de Celan que analiza Knausgård en el sexto y último tomo de Mein Kampf, y no puedo creer que este tomo haya sido publicado en el 2011 y que yo apenas me encuentre en la página 400 a la una de la mañana del domingo 26 de noviembre del 2023, y tampoco puedo creer que apenas he rebasado la mitad de este tomo (algunas novelas son tan largas que parece que uno nunca terminará de leerlas), y que, sin embargo, ya he leído alrededor de 3, 000 páginas escritas por él, y que comencé a leer La muerte del padre –el primer tomo de Mein Kampf, publicado en el 2009–, hasta noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora. 

Parece una analogía del ciclo de la vida: terminas de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comenzaste a leer Mein Kampf.

En el poema que cita Knausgård en la página 400 del sexto tomo de su novela colosal –el título que le puso no es un título cualquiera, sino uno provocativo, uno que él tomó (o que sus editores le sugirieron tomar), deliberadamente, del célebre libro de Hitler–, Celan hace un juego de palabras; a mí no me transmite nada, me parece un callejón sin salida, un conjunto de palabras que forman parte de una metáfora que está allí y que no está allí –para ser totalmente franco, me parece algo pretencioso y me hace pensar en otro escritor mexicano que alardea sobre los procesos metacognitivos de la poesía–, pero, según Knausgård –quien ha reconocido en las páginas previas ser un tipo que no comprende la poesía y que no comprender la poesía lo hace sentirse un idiota–, Celan plantea, a propósito, una situación en la que nunca se puede saber quién es “yo” ni quién es “tú” ni quiénes somos “nosotros”, ni qué está ocurriendo, y que eso es lo fascinante del poema: que puede significar cualquier cosa: todo o nada. 

Knausgård va más allá: dice que Celan está sugiriendo que las palabras existen independientemente de los humanos, pero que son un puente de comunicación entre los humanos, que el lenguaje es una creación humana, que lo social es inherente a lo humano, que las novelas de Proust, de Joyce y de Faulkner, por ejemplo, abordan lo social desde distintas perspectivas: que Proust hablaba de lo social, desde sus recuerdos, con lujo de detalle, describiendo minuciosamente a las personas que formaron parte de su círculo social, en el contexto de la aristocracia en la que vivió; que Faulkner, en El ruido y la furia, por ejemplo, hablaba de lo social pero sin entrar en detalles, sin mencionar quiénes son los personajes, obligando al lector a sentirse parte de una familia en la que todos se conocen y se reúnen a comer una tarde de domingo, una familia en la que, por lo tanto, no es necesario decir “ciertas cosas”, porque están de más, porque “todo mundo” conoce esas cosas, o porque son temas tabú; que Joyce hablaba de lo social, pero también de los griegos –quienes habitaban el mismo espacio físico que los Dioses–, y que, por eso, los nombres, comenzando por el nombre de su novela más célebre, no son un accidente en su obra, que no aparecen de la nada, pero que insinúan que es absurdo que un animal social se considere único en su especie e intelectualmente superior a William Shakespeare y que se obsesione por nombrar y ponerle etiquetas a todo aquello que va descubriendo... O algo así. 

Para ser totalmente franco, estoy en una especie de delirio, y no sé si todo lo anterior Knausgård lo escribió exactamente así, o si yo lo he modificado, si yo entendí algo totalmente distinto a lo que él quería dar a entender, y salgo de una ensoñación y de pronto me encuentro leyendo la página 404, y aquí Knausgård continúa analizando el poema de Celan, y ha escrito que el árbol representa lo efímero de la vida y que la piedra representa lo imperecedero de la naturaleza, que nosotros –los humanos– pasamos brevemente por la naturaleza y que sin embargo somos auténticos y que tenemos características que nos hacen diferentes a unos de otros, pero que las piedras siempre han estado, que ya formaban parte de la naturaleza antes de que nuestra especie apareciera, que todas las piedras son iguales, que son genéricas, que forman parte de la escenografía de la naturaleza, que nosotros las usamos para lanzarlas al fondo de un lago e impresionar a los niños. 

Knausgård también está delirando, y va más allá: insinúa que las palabras no tienen que ser mencionadas para existir, que las palabras son obvias, que son como el nombre de Dios –que todo mundo conoce y que no tiene por qué pronunciar–, y toma de ejemplo un pasaje de la Biblia en el que Job pelea con un humano durante muchas horas, casi todo un día, y luego su rival, totalmente exhausto, le pide a Job que pare la pelea y Job le dice a su rival que no parará la pelea sino hasta que el rival lo ame en lo más profundo de su corazón, o algo así, y el rival acepta amar a Job y le pregunta cómo puede llamarlo y Job le responde que el nombre de Dios no se debe pronunciar porque existe más allá de las palabras, o algo por el estilo, y entonces el rival decide llamarlo “Israel”. 

De pronto, cuando, por enésima ocasión, intento comprender el poema de Celan y ya he releído cuatro o cinco veces el mismo párrafo, avanzo al párrafo que sigue y Knausgård ya está analizando un pasaje de Heráclito, el más conocido, ese que dice que ningún ser vivo se baña dos veces en el mismo río, pero luego cita otro pasaje menos conocido, uno que mi estado mental y físico me impide memorizar, pero que, más o menos, dice que el río siempre es el mismo y que los seres vivos, aun en nuestra condición efímera, somos inconstantes y que, aunque nos bañemos dos veces, o más, en el mismo río, ya no somos la misma persona; luego, el escritor noruego salta a otro pasaje de Heráclito en el que Heráclito dice que cuando estamos despiertos vemos la muerte y que cuando estamos dormidos vemos el sueño, pero que la muerte es un sueño en vida. 

Son las dos, son las tres, son las cuatro, son las cinco... y todo sigue igual: no comprendo a Celan, divago sobre otros tomos de Mein Kampf... me duermo un rato, me despierto y permanezco despierto varios minutos. Más o menos recuerdo que soñé algo que estaba relacionado con lo que leí –intentaba convencer a alguien sobre la fuerza de las palabras, que existen aun cuando nadie las pronuncie–, pero los ataques de esta enfermedad me despertaron, parecieron durar toda una vida, y cada vez son más agresivos, y entonces me sofoco y me tumbo en la cama y me acomodo cien veces más en la cama, y vuelvo a recordar que conocí a  Knausgård en noviembre del 2016 ó 2017, en las mismas condiciones en las que me encuentro ahora que su novela colosal está agonizando en mis ojos, en mis manos y en mi mente; que, cuando lo conocí, había permanecido casi dos meses consecutivos en cama, sufriendo estos ataques y acomodándome cien veces más en la cama. 

La repetición me lleva a pensar de nuevo en la analogía del ciclo de la vida: que termino de leer Mein Kampf en las mismas condiciones en las que comencé a leer Mein Kampf. También, para refrasear a Heráclito, pienso en que soy el mismo y no soy el mismo que comenzó a leer a Knausgård, y que parece que fue ayer cuando leí La muerte del padre y me sentí abatido –por decirlo de alguna manera, así conecté con el escritor noruego–, después de leer una frase que se me quedó en la cabeza, una frase que decía algo así: la muerte es la última hoja que cae de un árbol.

martes, septiembre 05, 2023

Tengo fotofobia, déjame en paz

Es 14 de agosto. Es lunes. Y pasé una muy mala noche. 

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche fue cuando tuve 'una discusión' con un fulano en Facebook, un tipo que tiene una edad mental de preescolar, un tipo que es famoso en redes sociales –¡Tengo varios miles de seguidores!, me escribió y dio por zanjada 'la discusión', como si, eso, tener miles de seguidores en redes sociales, fuera mi máxima meta en la vida– porque sube fotografías de Kurt Cobain y plagia todo lo que lee sobre el líder de Nirvana en libros y en entrevistas, y lo comparte en sus redes sociales como si él fuera el autor intelectual de esos temas. Si le preguntas por sus fuentes, se encabrona, trata de ridiculizarte, te dice 'para que te eduques' o 'tú puedes buscar la fuente', y es algo que, simplemente, no tolero. Tal vez se debe a mi profesión, o tal vez no, pero, para mí, el conocimiento no debe ser un secreto, debes facilitarle a la gente el acceso al conocimiento, ya sea sobre temas especializados en neurociencias o ya sea sobre cultura pop.

Ya no recuerdo si anoche o si otra noche tuve esta discusión, o si, como me ocurre dos de cada tres noches, en lugar de estar pensando en que ese tipo es exactamente la clase de fan que Cobain corría de sus conciertos, cuando Nirvana era la banda más famosa del mundo, estuve pensando en la incertidumbre de mi futuro, y si, por eso, no pude conciliar el sueño. 

Estoy aturdido. Siento que un boxeador me tiró un uppercut. 

Miro el reloj en la mesita de noche. Ya van a dar las seis de la mañana, y tengo la impresión de que no he pegado los párpados en toda la noche. Ya siento que mi día será difícil, que estaré menos ágil mentalmente que de costumbre, que me dolerá la cabeza, que andaré como zombie por la universidad, que me dolerán las extremidades como si hubiera corrido toda la noche sin descanso. Tengo seminario a las diez de la mañana, creo que la expositora de hoy nos hablará sobre un proyecto que parece un proyecto de Jacobo Grinberg, y debo levantarme ya. 

Apenas pongo un pie en el suelo, me siento extrañamente angustiado. No sé por qué. Estoy paranoico.

Enciendo mi teléfono celular. 

Al cabo de unos instantes, recibo decenas de notificaciones de WhatsApp. Parece que alguien ha estado buscándome con insistencia. Me pregunto qué pasa, quién, o quiénes, ha(n) querido comunicarse conmigo a esta hora, insistentemente. Estoy un poco paranoico. Casi nadie me manda mensajes por Whats, nunca nadie satura mi Whats con mensajes, excepto si se tratan de malas noticias. 

Tengo un vago recuerdo de las malas noticias que he recibido en el año por WhatsApp –la muerte del último de mis abuelos, el accidente que sufrieron mi cuñada y mi suegro, el conductor impertinente que se estrelló contra un poste de luz, el concurso de oposición que ya no fue publicado, la gatita de mis papás que enfermó repentinamente y que murió...–, y es imposible no pensar en que, en esta ocasión, no será distinto.

Comienzo a pensar en todas las posibilidades que hay. Me pregunto si, de algún modo, la mala noche que pasé y la forma en que me siento, son un presagio de lo que voy a descubrir en cuanto revise mi teléfono.

Tomo el teléfono. 

Tengo alrededor de treinta mensajes de WhatsApp. 

Alguien, a quien no conozco, me ha agregado a un chat. La fotografía del perfil del chat es de un colega que hace mucho tiempo que no veo pero que conocí hace como quince años, cuando estaba en el doctorado y asistíamos, cada año, a los congresos, a los diplomados y a los coloquios de la Sociedad Mexicana de Medicina del Sueño. A ese colega, luego, cuando estaba en el posdoc, lo traté más cercanamente. Entonces, él era profesor visitante en el Departamento al que yo estaba adscrito. Al final del posdoc, cuando él tenía una plaza de Profesor Asociado, fuimos juntos a comer algunas veces, otras veces él me invitó a dar algunas pláticas sobre marihuanas endógenas y mecanismos cerebrales del sueño a sus grupos.

También recuerdo una vez que llegué a la universidad con lentes de sol –como siempre lo hago; las gafas de sol y yo tenemos una relación simbiótica– y que me lo encontré en un pasillo y que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y él sólo intentaba ser cordial, no lo dijo para fastidiarme, simplemente, él era de otra generación diferente a la mía, una generación en la que, quizá, sólo los Beatles o los Stones usaban gafas de sol, pero me cayó muy mal, y le sonreí pero le dije Tengo fotofobia, déjame en paz, aunque eso no era cierto, aunque, simplemente, me gusta usar gafas de sol, pero, entonces, estaba recuperándome de una cirugía, no había cumplido ni un mes de haber pasado por el quirófano, y todo me daba náuseas, tenía ataques de ansiedad constantemente, no podía comer más que dos o tres cosas, y era más intolerante que de costumbre. 

Estoy más paranoico que al principio del día, más paranoico que cualquier otro lunes, no sé de qué se tratan esos mensajes de WhatsApp, no sé de qué se trata ese chat, pero estoy seguro de que son MALAS NOTICIAS, y odio este lunes, no me gusta sentirme así, pero la verdad es que, quién sabe por qué, desde hace varios años, me siento así todos los lunes, no encuentro mi lugar en el mundo, quisiera ser libre y vivir libre y decentemente haciendo lo que me gusta hacer, sin estar cazando trabajos temporales, sin tener que empezar de cero, una y otra vez, nunca más. 

Sólo leo dos o tres mensajes del chat en WhatsApp, y me entero que mi colega murió por la noche, tal vez cuando yo daba vueltas en la cama, repasando en mi mente ese conflicto sin sentido con el tipo 'que vive su sueño en redes sociales' –el emisario de las fotografías de Kurt Cobain–, o cuando, tal vez, estaba torturándome, pensando en que, como me ocurre cada dos de tres noches, debo darle un giro de 180º a mi vida, en que nunca voy a tener el trabajo de mis sueños en la academia, en que debo dejar la carrera, en que debo bajarme del barco.

En el último de los dos o tres mensajes que leo, me entero de que mi colega tenía varios meses pasando por quimioterapias, y me pregunto cuándo lo vi por última vez –¿en el 2019...?, ¿en el funeral de ese otro colega que él y yo teníamos en común...?–, y ya no quiero pensar en nada más. 

Trato de tomar perspectiva de mis problemas: no tengo ningún problema, todo es una invención de mi mente. Pero no dejo de pensar en aquella vez en la que él me preguntó ¿Dónde perdiste la playa?, y en que debí quedarme callado y no decirle Tengo fotofobia, déjame en paz.

domingo, junio 18, 2023

naproxeno sódico, paracetamol y loratadina

Hoy cumplo casi 7 días sin fumar. Después de mi estrepitosa recaída que acabó con una abstinencia de casi 8 años, es todo un logro. Más o menos desde abril, ya estaba fumándome 3 ó 4 cigarrillos al día. 

Hoy no cumplo casi 7 días sin fumar porque me haya mentalizado a no hacerlo, o porque me haya resultado fácil dejar de fumar, sino porque no me quedó otra opción. 

El viernes 9 de junio desperté con escozor en la garganta, con flemas y con moco. Impartí mi clase de las nueve de la mañana, hablé sobre Phineas Gage y sobre la frenología,  y también hablé sobre Pierre Paul Broca y su paciente Tan, y sobre los asombrosos experimentos de ablación de Pierre Flourens, y sobre la afasia de Wernicke y sobre la Revolución Francesa y las decapitaciones en la guillotina que inspiraron los experimentos que realizaron Robert Whytt, François Magendie y Charles Bell –en ranas, en perros y en conejos, respectivamente.

También quise dejar como mensaje que las conclusiones de los experimentos de Magendie eran más precisas que las conclusiones de los experimentos de Bell –las raíces dorsales de la médula espinal controlan las sensaciones y las raíces ventrales de la médula espinal controlan el movimiento–, y que, a pesar de lo anterior, la disputa de la titularidad de los resultados de esos experimentos, se inclinó a favor de Bell y que por eso llamamos así a la ley Bell-Magendie, y que esta disputa es tan citada que ha servido de argumento para que organizaciones como PETA y grupos antiviviseccionistas ataquen la investigación en modelos animales y llamen la atención de la gente sobre los derechos de los animales de experimentación.

Me pasé unos quince o veinte minutos hablando sobre el propósito de la investigación preclínica. Que, quizá, la gente de PETA y los antiviviseccionistas creen que este tipo de investigación se lleva a cabo para probar shampoos y maquillajes y otras cosas vanas, cuando el propósito no es ése, sino entender cómo funciona el cerebro y cuál es el origen de las enfermedades que aquejan a la humanidad, para, así, diseñar herramientas o fármacos que puedan prevenirlas o tratarlas. Que, quizá, esas personas creen que los investigadores no tienen que someter a comités de ética los protocolos de sus proyectos de investigación, y que, quizá, creen que los animales de experimentación son tratados cruelmente, que viven en las peores condiciones –sin agua ni comida, encadenados en una azotea, como hacen muchos ciudadanos con sus mascotas, en el día a día, fuera de los laboratorios–, y que, sin embargo, sus actos de protesta tienen mucho eco en la sociedad.

Les conté a los estudiantes de aquel congreso de la SfN al que asistí –¿en San Diego?, ¿en Washington, D. C.?–, en el que había una multitud de antiviviseccionistas apostados en la entrada del recinto en el que se llevó a cabo ese congreso. Había también camionetas de CBS y de NBC. A lo mejor hasta salí en la tele. Parecía una escena de una película de Hollywood.

Luego me fui al cubículo y estuve trabajando en varias cosas –un paper que está en la congeladora desde diciembre del 2021, una tesis de licenciatura, un servicio social, una clase sobre el costo oculto de la recompensa, una clase sobre disonancia cognitiva– y pedí un Uber. 

Cuando volví a la casa, entre 5: 00 y 5: 30 de la tarde, no quise pensar en el escozor en la garganta ni en las flemas ni en el moco que no habían cesado, y me salí a la terraza y me fumé 2 Camel.

Katz había salido a nadar.

Mientras fumaba, tampoco quise pensar en esas toneladas de correos-e y de archivos en excel y en word que había tenido que revisar en el cubículo después de dar mi clase. No quise pensar en todo el trabajo que me esperaba para el fin de semana: revisar una tonelada de documentos y redactar (parcialmente) un informe técnico de un proyecto de investigación del que me hice cargo hace dos años. 

Tampoco quise pensar en que no había más de la mitad de estudiantes en mi clase de la mañana, ni en que, en las últimas semanas de fin de trimestre, algunos alumnos habían decidido salirse a tomar el sol o asistir a un concierto de rock, en lugar de tomar mis clases; ni tampoco quise pensar en que, esa mañana, en la clase, me llamó la atención el comportamiento de una estudiante que parecía estar en otro lugar y que descubrí que ese otro lugar era Facebook en su teléfono celular.

Me acabé el segundo Camel y el escozor y el moco y las flemas aumentaron, y llegó Katz a la casa y le dije que me sentía mal, que estaba enfermándome, y también le dije lo que había pasado en la clase de la mañana, y que sólo ella, a lo mejor, sabe cuánto me esmero por preparar mis clases y por encontrar la manera de llamar la atención de los estudiantes, y que para mí es suficiente si tres o cuatro estudiantes al final de la clase me dicen que les gustó la clase.

Y tosí, y ya no pude dejar de pensar en que, desde la mañana, me enfermé, y que me enfermé porque el día anterior fui a recoger a Katz al Centro Acuático y comenzó a llover y le di mi chamarra y me enfrié.

Hoy me siento mejor... y tengo ganas de volver a fumar. 

sábado, octubre 22, 2022

dale vuelta a la página de tu existencia

despertar de un sueño confuso que ya barrió el oleaje de la conciencia, medio recordar qué soñaste, que ibas a celebrar tu cumpleaños y que tus papás te prestarían su casa y que no estabas tan seguro de invitar a nadie pero que al final te decidías y te parecía una oportunidad genial para tocar con tu banda de punk y para invitar a la gente con quien aún tienes contacto en Facebook; tener que levantarte de la cama porque las ganas de orinar aumentan, sacar los pies de las sábanas y sentir el contacto de las sábanas y brevemente aspirar la fragancia de las sábanas recién lavadas mientras te las vas quitando de encima y recordar muchas cosas felices y luego sentir el madrazo del frío, y encabronarte y aborrecer el frío y la idea de tener que ponerte varios kilos de ropa encima para hacer cualquier cosa, para desplazarte por el día, de la cama al baño, del baño a la recámara, de la recámara a la cocina, y para evitar enfermarte y terminar tumbado indefinidamente en la cama, apenas lanzando estertores, con la garganta a punto de estallar como un globo y con los ojos borrosos de lágrimas; acabar de orinar, mirarte en el espejo, reconocer de soslayo todos los defectos que aborreces en ti mismo, bostezar, sentir una opresión en el pecho, ser incapaz de pensar claramente, ser incapaz de ser un zen y ser incapaz de no odiar a toda la gente que te ha puesto un pie para que tropieces o que te ha usado como pañuelo desechable, y que ha dado vuelta a la página de tu existencia rápidamente; tener mil ideas y querer ahondar en cada una de ellas y escribir sobre cada una de ellas –te transportan a distintos lugares catárticos y te alivian, te quitan un peso de encima, y te hacen sentir menos miserable–, pero continuar orinando y sintiendo cómo se esfuma el tiempo y cómo deteriora tus huesos y cómo mata a tus células; entrar en la recámara, avanzar en contra de las ráfagas de frío que cercenan tu movimiento, sacar el glucómetro, sacar la tira reactiva, sacar la lanceta, sacar la pluma, sacar el cuaderno, y pincharte un dedo elegido al azar, aunque casi siempre es el mismo, y hacer el sacrificio de una gota de sangre, y sentir que la yema de ese dedo que casi siempre es el mismo es como la gruesa piel de un elefante que ya no siente nada, y recordar las primeras veces que te medías la glucosa y cómo sentías intensamente ese pinchazo y cómo te predisponías a sentir ese pinchazo y cómo creías que sentías que ese pinchazo liberaba endorfinas en tu torrente sanguíneo y cómo pensabas que pincharte cada día con la lanceta para hacer un sacrificio de sangre y medirte la glucosa, y que habituarte a ese pinchazo, te abriría las puertas para experimentar con otras drogas administradas por vía intravenosa, y lidiar con el espantoso frío y calcular, entre las brumas de la conciencia que, repentinamente, tiene un bajón que te permite recordar algunos detalles de lo que estabas soñando, cuántas veces te has pinchado en el último año, cuántas tiras reactivas has usado, cuántas pilas de litio has comprado, cuántas gotas de sangre has vertido en el lector del glucómetro y cuántas ideas has olvidado mientras te mides la glucosa; acabar de anotar los mg/dl de glucosa en sangre, sentirte un fracasado, un tipo incapaz de resistirse a la tentación de la comida sabrosa –una hamburguesa, unas papas a la francesa– y a los efectos alienantes del alcohol, y disponerte a anotar cuáles fueron tus alimentos del día anterior, y tener un sobresalto porque el gato noruego llega de pronto a la recámara y empieza a llamar tu atención, a maullar, a subirse al escritorio, a mover la computadora, a pasarte una de sus patas por el cabello, y saber que todo ya se fue al carajo: que bajarás a la cocina, que le darás su comida blanda, que recogerás su arena, que te lavarás las manos, que le servirás agua limpia en su plato de agua limpia, que volverás al baño, que irá saliendo el sol, que la luz del sol te despojará del estado mental que requieres para escribir, que harás algunos estiramientos para evaluar si ya no te duele la ingle izquierda y si entonces puedes salir a correr cinco o seis kilómetros –al igual que la escritura de pendejadas introspectivas, correr resulta catártico, y también es una estrategia para huir de la realidad–, que lavarás los trastes, que te resignarás, que le preguntarás a Alexa por el pronóstico del tiempo, que repararás en el madrazo del frío una vez más, que ya habrá salido el sol y que todo el vecindario ya habrá despertado, y que, tú mismo, ya le habrás dado vuelta a la página de tu existencia.  

domingo, julio 31, 2022

Un trabajo de verdad


Sonó el teléfono. 

El ringtone me asustó y me sacó del letargo –de la morosidad–, de estar sentado frente al televisor durante aproximadamente cuarenta minutos, en una posición que sin duda dañaría mi columna vertebral a largo plazo, medio viendo por enésima ocasión un capítulo de Your honor y pensando en mil y un cosas al mismo tiempo, mientras me negaba a admitir que los análisis de sangre de los días previos habían mostrado que tenía los niveles de glucosa altísimos, como los niveles de glucosa (en ayuno) de un diabético. 

Al ver los análisis y pedirle su opinión a mi cuñada (es médica), después de pasar por la negación de esa posibilidad, había pensado en mi abuelo diabético, en su prematura muerte antes de los sesenta años de edad, y había considerado que era su herencia maldita y en que él no quiso disciplinarse ni renunciar a su actitud hedonista (otra potencial herencia maldita de mi abuelo); y me había preguntado por qué él no me había heredado mejor una pequeña fortuna o una empresa o una casa o un departamento, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa, pero también había considerado que más de medio año de clases en línea, que más de medio año de trabajo en línea, que más de medio año pegado a la computadora durante más de diez horas diarias, que más de medio año de sedentarismo, que más de medio año de comida chatarra, que más de medio año de azúcares líquidos indiscriminados, que más de medio año encerrado en mi mundo –Katz y los gatos; prácticamente, nula socialización–, provocados por la pandemia, finalmente me habían cobrado factura. 

Me busqué el teléfono en el bolsillo derecho de mis pantalones (soy zurdo, pero quién sabe por qué siempre lo guardo allí y por qué coloco mi cartera en el bolsillo izquierdo), intentando adivinar quién quería hablar conmigo en ese momento: las seis de la tarde de un jueves de julio del 2021. Quienes me conocen y quienes me tratan día a día, no me llaman por teléfono nada más porque sí. Todos son sumamente atentos y respetuosos (a lo mejor creen que soy un neurótico que puede estallar a la menor provocación y que deben tomarse sus precauciones conmigo, pero juro que no siempre estoy enojado), y antes me mandan un Whats preguntándome si tengo algunos minutos para atender una llamada. (No tienen por qué saber que no me gusta hablar por teléfono, excepto si es muy urgente; repito: son extremadamente atentos y respetuosos). Sólo Katz (a ella le permito todo) y mi papá y mis hermanos me llaman por teléfono en cualquier momento (e incluso ellos respetan mi privacidad y mi trabajo, y nunca llaman cuando estoy en clase o en alguna junta).

Continuaba tratando de sacar el teléfono de las profundidades del bolsillo derecho de mis pantalones, imaginando que debía de ser una llamada muy urgente, pensando en la escoliosis de Kurt Cobain, que le agravó el peso de sus guitarras, concierto tras concierto, desde la gira de Bleach, en la costa Oeste de Estados Unidos y en Europa, hasta la explosión de Nevermind en el mainstream de los primeros años de la década de los noventa, y de sus entrevistas, como adicto confeso a la heroína, para MTV en la gira de In Utero, cuando finalmente lo conseguí: tomé el control remoto de la tv, le puse “muting” al televisor y revisé el teléfono. 

Era el dentista. Lo había contactado apenas tres semanas antes para que me revisara. Alguien, que lo había localizado en un momento “de vida o muerte”, me lo había recomendado. Tenía algunas semanas con las encías inflamadas y sangrantes, y quería saber la opinión de un experto. 

En la primera consulta, más o menos dos semanas antes de la llamada, el dentista me había dicho que tenía que extraerme una muela del juicio y me había mandado a hacer algunos análisis. Una semana antes de la llamada, en su consultorio, con los análisis en la mano, me había diagnosticado periodontitis y me había dicho que esa enfermedad podía estar asociada con los altos niveles de glucosa que habían mostrado los análisis de sangre. Unos días antes de la llamada, me había extraído una muela del juicio.

Aprovechando mi segunda visita a su consultorio, antes de la extracción de la muela, me realizó una limpieza con esos infernales taladros que van tallando las piezas dentales, que duelen como una marca de hierro y que despiden un peculiar aroma a quemado y a metal (y que me remontaron a mi infancia), y también me vendió un dentífrico y un enjuague bucal, presumiéndome un diplomado en el que había hablado recientemente (me dio flojera decirle –no encontré razones para contarle– que, desde el 2012, he sido invitado a hablar en diplomados y que tengo más de quince años impartiendo clases a nivel licenciatura). 

El día de la extracción de la muela del juicio, llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, y se excusó. “Se le había hecho tarde porque había mucho tráfico y porque alguien se había estacionado en la entrada del estacionamiento del consultorio”. Por todo su trabajo –de 30 ó 40 minutos, sin descontar su impuntualidad–, me cobró alrededor de $3, 000 MXN. En total, por esas tres consultas, en dos semanas, ya le había pagado casi $10, 000 MXN. 

Al regresar a revisión después de la extracción, me dijo, tras una minuciosa inspección en las cavidades de mi boca, que necesitaba extraerme una muela inservible, urgentemente. También me dijo que me convenía que me extrajera esa muela inservible y que me convenía agendar una cita con una endodoncista amiga suya para que me restaurara esa muela inservible. Me advirtió que esa muela me daría problemas más adelante. Me hizo una cotización: alrededor de $20, 000 MXN por todo el trabajo, por seis o siete –máximo diez– horas de su trabajo. Al decírmelo, me miró de arriba abajo y me dijo, de un modo que sonó falso y conciliador, que podía pagarle en plazos. No lo culpo. Todos tenemos sesgos cognitivos. Después de más de un año de pandemia y con más de ocho meses sin cortarme “profesionalmente” el cabello, yo traía el cabello largo y descuidado; como siempre, traía mis dos aretes en el lóbulo izquierdo (esos que algunos colegas no dejan de mirarme, inconsciente e insistentemente, cuando platicamos en los pasillos de la universidad); como casi siempre que no estoy dando clase o en la universidad, traía una camisa “grunge” un poco vieja –de esas que H&M o American Eagle anuncian como “camisas de leñador”–, y, debajo de esa camisa, traía una vieja playera estampada con el rostro de Syd Barrett, y también traía unos pantalones de mezclilla raídos y unos tenis. Él, a diferencia de mí, era lo que podría decir tu abuelo que consume mucha tv: “una persona de bien”: cabello corto estándar, ropa formal estándar, zapatos formales estándar y lentes de aumento, de persona que “se quema las pestañas, estudiando”. 

Tomé la llamada. El dentista me dijo que me mandaría un video al Whats en el que me explicaría cómo cepillarme los dientes (obviamente no tenía que llamarme para eso), y también me recordó que me sugería agendar otra cita con él cuanto antes para que me extrajera la otra muela inservible y para que su amiga endodoncista procediera a repararme esa pieza dental, con residuos de mi propia muela inservible (realmente, el leitmotiv de la llamada), o algo así. Obviamente, no preguntó si estaba ocupado, o si tenía tiempo, ni si podía contestarle la llamada en ese momento. Nada. Y no me sorprendió. Cierto: podía interesarle mi salud, pero yo también sospechaba que, más bien, él quería cambiarle las llantas a su Sentra orange metallic –el que no pudo estacionar porque alguien se había estacionado en la entrada, cuando llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, cuando me extrajo la muela–, o algo así. Me cayó mal.

De por sí, en la primera consulta, cuando me había hecho la plática, ya me había caído mal. Para empezar, yo había tenido que ajustarme a su horario de trabajo. Nunca me preguntó a qué hora podía asistir a su consultorio; simplemente dijo: “puedo tal día, a tal hora; te espero tal día y a tal hora”. Estaba tan preocupado cuando lo contacté, que no analicé sus imposiciones. Esto fue extraño para mí, pero lo dejé pasar. Toda la gente con la que trabajo –a pesar de que casi todos tenemos los mismos grados académicos– es atenta y respetuosa del tiempo de los demás: siempre que agendan una junta, lo hacen con anticipación y siempre preguntan por tu disponibilidad de tiempo. Este cretino asumió que me urgían sus servicios y que debía ajustarme a sus tiempos. Sin más. 

En su consultorio, mientras le transfería el monto de sus servicios en la aplicación del teléfono, de 30 ó 40 minutos de su tiempo, me preguntó a qué me dedico, e insinuó que, su trabajo, a diferencia del mío, “sí era un trabajo de verdad”. Y ahí estaba la muestra, en ese jueves por la tarde: yo, el dentista, te llamo cuando quiera, porque sé que no tienes nada realmente importante que hacer.

Insistió en la llamada, con ese tono falso y conciliador que conocía y que él había usado para asumir que yo no tenía dinero para pagarle (¿por qué debería haberle hecho saber que sí tengo dinero, que he decidido tener siete guitarras eléctricas que cuestan lo mismo que su Sentra orange metallic, y un montón de libros de autores que, probablemente, no mencionan sus amigos dentistas a los que ve en los conciertos de piano a los que asiste su hija, cada semana, y que me resisto a caer en la inercia de disfrazarme de “una persona de bien” y que me vale madre que mis vecinos crean que soy, o no, “una persona de bien”?), y volví a decirle que lo pensaría mejor. Tuve que inventarle que estaba en una junta importantísima y que no podía hablar más tiempo. 

Al día siguiente, me mandó otra cotización al correo-e y le contesté que tenía que pensarlo otra vez. (Prefería comprarme otra guitarra eléctrica de gama media, que llenarle los bolsillos). Tres días después me mandó otro Whats. Ahora me invitaba a leer un artículo en el que se mostraba la necesidad de la extracción de muelas inservibles. Le contesté el Whats y le dije que agradecía su información. Ya pasó más de un año de ese Whats. Cambié mis hábitos –dejé de comer comida chatarra y corro 5 ó 6 kilómetros al menos tres días a la semana– y ya no he tenido problemas dentales. El dentista nunca contestó ese último Whats –es más: ni lo leyó; sigue allí, en espera de ser leído por él–, pero te apuesto a que si le mando un Whats ahora mismo y le digo que quiero agendar otra cita con él para que me extraiga esa muela inservible, me va a llamar por teléfono de inmediato, hoy, domingo 31 de julio del 2022, a las ocho y media de la noche.