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miércoles, agosto 21, 2013

Delia sólo quería un cigarrillo


Apenas habían transcurrido tres días desde que se había fumado su último cigarrillo, pero ya no lo soportaba.

La abstinencia la estaba volviendo loca.

Intentaba leer Crímenes Bestiales por enésima vez, pero no podía concentrarse. 

Su esposo no la ayudaba mucho. Él leía un periódico, sentado frente a ella, mientras fumaba plácidamente un cigarrillo. A él le gustaba la marca Pall Mall y ella prefería los Benson & Hedges, pero en ese momento incluso habría matado por fumarse un Montana.

Además, estaba segura que Patricia Highsmith la provocaba, que sus textos la hacían fumar. Le encantaba esa escritora -había leído decenas de veces sus libros-, pero sus historias estaban llenas de personajes que fumaban compulsivamente.


Cerró el libro y lo dejó caer en sus piernas. 

Se sintió frágil y abrumada. Aparentemente sólo valoraba las cosas que podía hacer, precisamente cuando no las podía hacer. 

Sólo apreciaba su salud -y las cosas que podía hacer cuando estaba sana-, precisamente cuando estaba enferma.  

Tenía apenas cinco días con faringoamigdalitis. Los primeros dos días ni siquiera había tenido que dejar de fumar -creyó que sólo se trataba de un resfriado-, pero para el tercer día amaneció con la garganta cerrada y tuvo que dejar el cigarrillo.  

En ese momento sólo quería sentir el cigarrillo aprisionado en sus labios y luego darle una chupada y sentir cómo la nicotina y el alquitrán atravesaban su garganta e invadían sus pulmones. 

En otra época, cuando estaba intentando quedar embarazada, había podido dejar de fumar durante 4 meses.

Estaba convencida de que era más fácil dejar un hábito por voluntad que tener que dejarlo por obligación. Creía que la libertad -o el engaño de la libertad- facilitaba mucho las cosas. 

Era como cuando ella y su esposo aún no se casaban y, cada vez que discutían, ella le pedía a él que no la buscara durante unas semanas, para que la dejara pensar con calma en el sentido de su relación, y en realidad ella sólo se iba de viaje a Sudamérica con sus amigas.  


Tosió, abandonó el  libro en su regazo y se puso a llorar en silencio. 

Procuró retomar la lectura. 
El cuento que estaba leyendo era el del mono que había aprendido a robar y que después mataba a uno de sus dueños. 

Pudo enfocarse en la lectura durante algunas páginas, pero la necesidad de fumarse un cigarrillo apareció con mayor intensidad que al principio. 

Se levantó bruscamente del sofá y se metió en el baño. 

Con un poco de trabajo, levantó la tapa del tanque de agua y la colocó cuidadosamente encima de la taza del inodoro.

Metió la mano en el tanque y sacó una bolsa Ziploc. 
Allí tenía guardada una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. 
La idea la había robado de una película en la que Sean Penn interpretaba a un adicto a la nicotina que tenía problemas del corazón y que tenía prohibido fumar. 


Abrió la bolsa con las manos temblorosas y sacó la cajetilla y se la llevó a la nariz. 
Intentó olfatear el aroma del tabaco, pero tenía la nariz tapada. 

Abrió la cajetilla y sacó un cigarrillo. Se lo llevó a los labios y volvió a guardar la cajetilla en la bolsa Ziploc. Tomó el encendedor y lo puso en el suelo, junto a la taza del inodoro.

Metió la bolsa Ziploc en el tanque de agua y después, con el mismo cuidado que había empleado al retirarla, volvió a colocar la tapa del tanque en su lugar. 

Recogió el encendedor del suelo. 
  
Estaba excitada ante la idea de fumarse un cigarrillo. 
Tenía taquicardia y, aunque sentía los oídos tapados y esa molestia era imposible de ignorar, se sintió feliz por primera vez en tres días. 

Abrió la ventana del baño y se acercó a ella. 
Sacó la cabeza por la ventana hasta donde pudo y apretó el cigarrillo con sus labios para evitar que se le cayera.

Ella y su esposo vivían en el quinto piso de un edificio de departamentos. 

Se dispuso a utilizar el encendedor.
Las manos volvieron a temblarle y el encendedor se le cayó de las manos.
Se sintió más infeliz que al principio. 

Sólo quería sentir el cigarrillo aprisionado en sus labios y luego darle una chupada y sentir cómo la nicotina y el alquitrán atravesaban su garganta e invadían sus pulmones. 
  

sábado, septiembre 10, 2011

Ese disco pudo cambiar tu vida totalmente



Vuelves a tu casa, excesivamente cansado. Abres la puerta del edificio mecánicamente, cierras la puerta por dentro, y subes las escaleras. Cinco pisos hasta tu departamento. Los pies te punzan como una herida abierta. Necesitas descansar. 
Al entrar en tu departamento y cerrar la puerta por dentro, te dejas caer en un sillón. Mientras enciendes un cigarrillo, piensas en lo que pudo ser. 
Te levantas del sillón, con el cigarrillo en los labios, y pones un disco que un día como hoy, pero hace 20 años, salió a la venta. 
Vuelves a tomar asiento en el sillón, y cierras los párpados. Escuchas y piensas que ese disco pudo cambiar totalmente tu vida, si lo hubieras escuchado entonces, hace 20 años. Mientras tanto, piensas que podrías haber tocado la guitarra y que incluso habrías podido formar una banda de rock. Ahora mismo quién sabe, tal vez serías músico.

miércoles, agosto 24, 2011

Tienes que dejar de escuchar música punk






Apenas eran las cuatro de la tarde, pero ya había hecho todas las cosas que me gustaba hacer cuando ella no estaba en casa. Afuera llovía y la música sonaba a todo volumen en el departamento. Comencé a escuchar un zumbido. Aunque me sentía fatigado y tenía mucho sueño, encendí un cigarrillo y me senté junto a la ventana. Sentí náuseas.

A través de la ventana, vi a algunos carros patinar en el asfalto y a algunas personas que corrían para refugiarse de la lluvia. La música continuaba sonando muy fuerte en el departamento. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y me puse sombrío. 

"He escuchado demasiada música punk", pensé. Apagué el cigarrillo en un cenicero atestado de colillas y fui a orinar, tambaleándome. Era mi último día de vacaciones y no había comido nada, pero ya me había bebido casi cuatro litros de alcohol. 

Al volver a la sala, encendí otro cigarrillo. Después me asomé por la ventana de nuevo. La lluvia había amainado. Abrí la ventana, y tomé aire. Me sentí estúpidamente ebrio, apagué la música de inmediato y corrí al baño. El zumbido no cesaba en mis oídos. 

Me arrodillé junto al water y sentí en la garganta una ráfaga caliente de ácidos gástricos. Procuré vomitar, pero no pude. 

Ella llegó a la casa justo cuando yo empezaba a hiperventilar. 

sábado, mayo 07, 2011

No quiero volverme a dormir




3: 45 a.m., un molesto ardor en el vientre me despierta y pienso que no está nada bien fumar y beber en exceso. Debería ignorarlo, pero el dolor no cesa. 
5: 50 a.m., mi gato comienza a maullar y se sube a la cama. Me suelta 2 ó 3 mordidas en las piernas. Debería ignorarlo, pero me levanto de la cama para alimentarlo. 
6: 20 a.m., miro el reloj otra vez, pero esta vez no puedo moverme. Todo se vuelve terrorífico alrededor. Cuando recupero el tono muscular, pienso que quizá debería escribir. Me quedo en la cama. 
* * * * *
Una especie de vaho de color rojo giraba lentamente junto a la cama. Brillaba en la penumbra como los ojos de un búho. El vaho luminoso se parecía a una esfera, pero cuando tocaba una de mis manos, se convertía en un artefacto. Aunque yo sabía que estaba soñando, me inquietaba el hecho de que el vaho se convirtiera en algo sólido.
El artefacto se transformó en una cara horrible, llena de agujeros enormes y de bocas desdentadas inmensas. La cara iba a decirme algo, así que decidí voltearme hacia el otro lado de la cama, y logré despertar.
* * * * *
8: 41 a.m., el sol atraviesa la ventana y enciendo un cigarrillo. Está terriblemente mal fumar en ayunas, pero no puedo resistirme. Además, no quiero volverme a dormir.

miércoles, abril 20, 2011

El kharma de las ratas me perseguirá toda la vida



El edificio en el que vivíamos tenía un estacionamiento en el que cabían seis automóviles.

El estacionamiento estaba vacío desde temprano y se iba llenando cuando los inquilinos comenzaban a volver de sus trabajos -a las 6 ó 7 de la tarde-, y mi hermano y yo aprovechábamos para jugar futbol allí. 

Nunca nos había llamado la atención el futbol, pero ese verano la profesora de Educación Física había organizado un torneo de futbol en la primaria -había fiebre por el futbol debido a La Copa del Mundo de Italia '90- y empezamos a practicarlo. 

Teníamos unos guantes de portero, y nos turnábamos para tirar o detener los tiros. 

En el estacionamiento, cerca de la portería, había una coladera.

La coladera era rectangular -casi del tamaño de un portafolios- y tenía una tapa con rejas horizontales, y las rejas estaban tan separadas que cabían nuestras manos. 

Cuando oscurecía, algunas ratas se asomaban por allí. 


Un día, después de la escuela, pasaban por televisión el partido de semifinales entre las selecciones de Italia y de Argentina. La selección italiana era favorita para ganar el mundial y los argentinos confiaban en alguna genialidad de Maradona para llegar a la final. 

El partido se disputaba en el estadio San Paolo, en Nápoles. 

Los tifossi del Nápoles adoraban a Maradona porque él jugaba para ese equipo y lo había llevado a ganar dos Scudettos, una Copa Italiana, una Supercopa y una Copa UEFA, pero apoyaron a la selección italiana y abuchearon el himno argentino y a Maradona cada vez que tocó el balón. 

Los argentinos derrotaron en penalties a los anfitriones.

Cuando acabó el partido, mi hermano y yo bajamos a jugar futbol al estacionamiento. 

Casi llegando al estacionamiento, los guantes de portero se cayeron en la coladera.

Cuando quisimos sacarlos de allí, apareció una rata. 


El animal se apoyó en sus patas traseras y sacó la cabeza a la superficie. 
Su cuerpo apenas podía distinguirse en la penumbra y su larga cola se perdía en la oscuridad, pero sus ojos brillaban horriblemente.

La rata se llevó las patas delanteras a la nariz, y las olfateó. 

Nos miró con sus horribles ojos rojos. 
Chilló y huyó. 

Nos quedamos paralizados, y dejamos los guantes en la coladera.

Subimos corriendo al departamento.  

Durante varias noches no pude sacarme de la cabeza la imagen de la rata, erguida en sus patas traseras y olfateándose las patas delanteras, mientras chillaba. 

Por esa época, mi papá compró un terreno para construir una casa. 

El terreno prácticamente era un basurero y estaba infestado de ratas. 


Nunca vi a ninguna rata, pero mi papá nos contó que había ratas gigantescas -casi del tamaño de un conejo-, difíciles de atrapar y de matar.

Alguna vez nos mostró un enorme esqueleto de rata que había encontrado un albañil en el terreno.



Teníamos casi un año viviendo en esa casa, cuando vimos morir a una rata. 

Había una plaga en el vecindario. 

Mis papás tenían trampas para ratas y colocaban veneno por los rincones de la casa. 
Teníamos prohibido dejar las puertas o las ventanas abiertas durante la noche, o cuando salíamos de la casa.

Una mañana de sábado, mi hermano y yo veíamos televisión, sentados en la sala, mientras 
mis papás estaban fuera. 

Tal vez veíamos los Caballeros del Zodiaco. 

A él le gustaban, pero a mí me aburrían terriblemente. 

De repente escuchamos un chillido.

Nos quedamos paralizados. 

Jamás había temido a una rata por las enfermedades que pudiera transmitir, sino más bien por su aspecto, pero en ese momento pensé muchas cosas. 

Tal vez la rata se encontraba a unos centímetros de nosotros y se arrastraría hasta dónde estábamos y comenzaría a subirse por nuestras piernas.

Tal vez nos mordería y nos transmitiría alguna enfermedad incurable.


Hice un enorme esfuerzo para levantarme de mi asiento, y caminé en busca del animal.

Avancé sigilosamente por la sala, acercándome al sitio del que provenía el chillido.

Llegué a la cocina. 


Presentí a la rata con el rabillo del ojo, tomé una escoba -más para defenderme que para atacarla- y me acerqué a ella. 

El chillido que emitía era espeluznante. 

El animal estaba erguido en sus patas traseras y se tallaba la nariz con sus patas delanteras, pero estaba agonizando.

A veces dejaba de tallarse la nariz y me miraba.
Se veía que la estaba pasando muy mal. 

No me atreví a matarla de un escobazo. 


Llamé por teléfono a mi abuelo para pedirle ayuda, y él llegó a la casa a los pocos minutos y la mató a escobazos. 



A diferencia de entonces, ahora sólo juego futbol los sábados, pero he visto todas las Copas del Mundo desde Italia '90.

Todavía me duele recordar cómo los argentinos derrotaron fácilmente a la selección mexicana de futbol en Johannesburgo, en un partido de octavos de final del mundial de Sudáfrica, hace casi un año.

Tengo muchos años trabajando con roedores y jamás he tenido problemas para manipularlos, pero sigo teniéndole miedo a las ratas callejeras. 

Anoche tuve que sacrificar a algunas ratas en el laboratorio. 
Es la única parte que no me gusta de mi trabajo. 

Mientras lo hacía, pensaba por qué no he dejado de tenerle pavor a las ratas callejeras. 
Me basta ver a un roedor correr por la calle, para que se me crispen los nervios. 


Sólo una vez me ha mordido una rata de laboratorio. 

Un compañero estaba de congreso en Estados Unidos y me encargó pesar a sus animales experimentales, pero no se le ocurrió advertirme que tenían dos semanas sin comer. 

La mordida fue sorpresiva y muy dolorosa. 


Sangré profusamente, pero, a pesar de eso, no me causó ningún conflicto seguir trabajando con ratas de laboratorio. 

Si ahora mismo viera cruzar la estancia a una rata de la calle, saltaría de mi asiento. 



sábado, diciembre 29, 2007

Jamás he comprendido a Nietzsche


Es alrededor de la medianoche, y recuerdo algo sin ninguna razón en particular.

Recuerdo que hace más o menos diez años, en una noche como ésta, yo leía El Anticristo. Lo recuerdo porque había huelga en la UNAM, y yo no hacía otra cosa más que leer. 

Recuerdo que unos días antes de la cena de Navidad, acompañé a mi mamá a casa de la abuela y que vi el libro entre sus cosas. 
Nietzsche estaba entre Alfonso Reyes y Conny Méndez. 

Recuerdo que esa tarde, mi abuela tenía el cabello desarreglado -creo que todo el día se la había pasado haciendo limpieza en su casa- y los ojos llorosos. Se veía triste. 
Mi abuelo tenía poco más de un año muerto, y ésa sería la segunda Navidad que pasaríamos sin él.  

Recuerdo que empecé a estornudar -había mucho polvo volando por la habitación- y a sentir calambres en el estómago. Lo recuerdo porque en esos días yo casi no comía, pero fumaba -eran sólo cinco o diez cigarrillos a la semana- y bebía a escondidas el whisky de mi papá. 


Recuerdo que mi abuela y mi mamá se pusieron a platicar. Mi mamá le contó a mi abuela lo que tenía planeado cocinar para la cena de Navidad. 
Lo recuerdo porque ella preparó lomo de cerdo al horno con ensalada rusa, y porque en la casa terminamos comiendo los residuos de la cena de Navidad durante más de dos semanas. Nadie fue a la casa -la familia de mi mamá y la familia de mi papá nunca se llevaron bien- y sobró mucha comida.

Recuerdo muchas cosas sin ninguna razón en particular porque he bebido cerveza toda la tarde. Además, estoy borracho de nostalgia. 

Tengo la impresión de que la nostalgia fluye en mi sangre, igual que el alcohol que he bebido.
Tengo la impresión de que la nostalgia es una especie de masaje en mis piernas, después de haber caminado mucho tiempo.
Tengo la impresión de que la nostalgia me ha quitado una pesada carga de los hombros, y que yo podría hacer cualquier cosa o simplemente quedarme dormido. 

Al igual que mi abuela aquella tarde en la que me prestó El Anticristo, yo he estado limpiando mi habitación todo el día. Hay mucho polvo, flotando por todas partes.
El polvo me provoca pequeñas descargas de alergia -estornudo-, y, automáticamente, siento calambres en el estómago y recuerdo el sabor del whisky de mi papá. 

Jamás he comprendido a Nietzsche. 


Todos reposan en esta casa, pero yo no puedo reposar. 
El alcohol y la nostalgia me mantienen en un estado de excitación insoportable. 

Hace unos días cumplí 27 años y pienso que mi corazón se está convirtiendo en una farmacia, y también pienso que he hecho muchas cosas en contra de mi voluntad. 
Fue absurdo -aunque no lo lamento del todo- ir a La Casa de Los Azulejos a pretender que era altruista y que me interesaba unirme al EZLN. 

(Hace casi diez años de eso, también.)

Fue tan absurdo como los políticos que vi esta mañana en las noticias, defendiendo vehementemente La Ley Contra Los Fumadores.

(Estoy seguro que todos ellos tienen automóvil propio, al igual que sus esposas, amantes e hijos. ¿Acaso los automóviles no contaminan igual, o peor, que los químicos que contienen los cigarrillos?) 

Tal vez hay más automovilistas que fumadores en la ciudad.

Si van a prohibirnos fumar en espacios cerrados, lo justo es que también prohiban que la gente ponga música a todo volumen. Así como algunos detestan el olor del cigarrillo, yo detesto estar en mi casa, intentando concentrarme con el ruido que provoca la música de mis vecinos.

(Lo peor es que mis vecinos -y la mayoría de la gente- tienen pésimos gustos musicales.)

Estoy seguro de que disminuirán considerablemente las muertes por enfisema pulmonar, pero que habrá un brote de sordera aguda en la población.

Apuesto a que mañana -o, más bien, al rato- no sólo tendré una terrible resaca, sino que también lamentaré todo lo que acabo de escribir. 

Me fumaré otro cigarrillo y trataré de conciliar el sueño. 

viernes, junio 29, 2007

Yo también corro experimentos a la una de la mañana



Tuvieron que pasar más de dos años para que comenzara realmente a buscar dónde estudiar un posgrado. Terminé decepcionado de la licenciatura y no quería saber nada más de la línea de investigación que estudié para escribir mi tesis y para hacer mi examen profesional. 

Después de entrevistarme con varios investigadores de la Facultad de Psicología, del Instituto de Investigaciones Biomédicas y del Instituto de Neurobiología, me decidí por el laboratorio de cannabinoides de la Facultad de Medicina. 

Tengo más o menos un mes en el laboratorio. 

Actualmente no tengo un proyecto -la convocatoria para ingresar al Doctorado en Ciencias Biomédicas es publicada dos veces al año y la más cercana en la que puedo participar será en enero-, pero estoy familiarizándome con el ritmo de trabajo del laboratorio.

Los lunes tenemos un seminario al estilo de un Journal Club por la mañana y un seminario de avances por la tarde. El seminario de avances empieza a la hora de la comida y regularmente acaba a las 8 de la noche. 

Normalmente los estudiantes están en el laboratorio desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche. 

Como en todos los lugares de trabajo, hay excepciones. 

Algunos estudiantes -sobre todo, los alumnos de posgrado- llegan antes y otros -sobre todo, los alumnos de licenciatura- se van más temprano. 




Esta semana he aprendido a entrenar a ratas en una prueba conductual que se llama Laberinto de Barnes. 

El laberinto es una mesa circular de color blanco que cuenta con 64 agujeros a lo largo de su circunferencia. Sólo uno de los agujeros cuenta con una cámara secreta, debajo de la mesa, en la que puede refugiarse la rata.  

Encima del laberinto hay una bocina que produce un ruido blanco y un foco que ilumina la mesa con una luz blanca. Es importante que en cada ensayo el escenario sea idéntico, así que por eso, en el recinto donde está el laberinto, siempre hay objetos -como cuadros, lámparas y el experimentador- que permanecen en el mismo sitio. 

Al colocarlas en el centro del laberinto (una rata a la vez), los animales huyen de la mesa y del ruido blanco -tanto la luz como el ruido les resultan aversivos- y, para conseguirlo, buscan entre los 64 agujeros cuál de ellos tiene la cámara secreta de escape.

En los primeros ensayos las ratas encuentran aleatoriamente el agujero de escape, pero, conforme avanza el entrenamiento, pueden aprender una estrategia -espacial o serial- y resolver la tarea rápidamente.

La estrategia espacial es la misma que usamos los humanos cuando nos ubicamos, precisamente, con base en claves espaciales -como un edificio, una calle o, incluso, la posición del sol-, para llegar a una dirección. 



Supuestamente hay estudios de resonancia magnética funcional en los que se muestra que los taxistas neoyorquinos tienen muy desarrollada esta estrategia y que su ejecución depende de una región cerebral que se conoce como hipocampo.    

La estrategia serial corresponde a un tipo de aprendizaje que se conoce como procedimental, y es semejante a la estrategia que utilizamos cuando conducimos un automóvil (sin pensar en todos los movimientos que debemos llevar a cabo para acelerar, frenar o dar una vuelta) o cuando cocinamos una receta que nos sabemos de memoria (sin reparar en los ingredientes y en las cantidades necesarias de cada ingrediente que la conforma). 

Debido a que podemos platicar -o hacer otras cosas- mientras conducimos o mientras cocinamos, se considera que este tipo de aprendizaje es más automático que el aprendizaje que subyace a la estrategia espacial.

Los investigadores en el área coinciden en que el aprendizaje de procedimiento depende de la actividad de los ganglios basales, o núcleos de la base. 

Estos núcleos son muy importantes porque incluyen neuronas que son responsables de la conducta motora y que, justamente, se dañan en el Parkinson.   



Hoy, viernes, me toca evaluar si los animales a los que he estado entrenando toda la semana, desarrollaron una estrategia espacial o una estrategia serial para resolver el Laberinto de Barnes. 

La prueba es a la una de la mañana.  

El propósito de estos experimentos es determinar si la variación circádica de los receptores a marihuana influye en estos tipos de aprendizaje. 

Supuestamente por la mañana los animales emplean más la estrategia espacial y por la noche emplean más la estrategia serial, y lo que se quiere averiguar con este experimento es si estos patrones de respuesta dependen de la expresión de los receptores a marihuana. 

Es importante señalar que los roedores son animales nocturnos y que tienen su fase de reposo por la mañana y su fase de actividad por la noche.

  
Me estoy quedando dormido.

He estado casi todo el día en el laboratorio. 

Hoy vine por la mañana, volví a comer y a dormir un rato a la casa y regresé al laboratorio a las 9 de la noche. 

A esta hora, sólo estoy yo.

Entre sueños he pensado en la gente que está disfrutando su viernes de una manera muy diferente a la mía.

(¿Cuántos estarán consumiendo drogas -o vomitándolas-, o experimentando los flashbacks diez años después de haber probado psilocibina, mientras yo estoy aquí, a punto de evaluar una prueba conductual?)

Entre sueños también he pensado que dedicarse a la investigación no es fácil.

No sólo tienes que trabajar por la madrugada. 
También tienes que trabajar en vacaciones, en días feriados y en fines de semana.
No siempre tienes sueldo ni seguro médico ni aguinaldo. 

La investigación no es una actividad para cualquier persona, y sin embargo la gente suele minimizarla y pensar que hacer ciencia sólo consiste en diseñar sofisticados dispositivos que mejoren la calidad de entretenimiento de las masas.  

(Pero, bueno, si la mayoría de la gente piensa que lo máximo es tener dinero para comprar un buen automóvil, o tener hijos, ¿qué podemos esperar?) 



Acabo de leer un paper.

O se supone que eso hice. 

Se trataba de un estudio con ratones knock out para una proteína del hipocampo.
Aparentemente estos animales transgénicos tardaban más tiempo que los controles para encontrar la plataforma en el laberinto de Morris.

Mientras intentaba comprender las implicaciones de los resultados, no podía sacarme de la cabeza una canción de Bowie.


(Looking for water) 


En vez de concentrarme en el paper, de repente ya estaba pensando en que Kurt Cobain decía que la música era más importante que las letras.

Y luego recordé cuando aprendí a tocar por primera vez una canción de Nirvana en la guitarra.  

(Looking for water)

No estoy seguro cuál fue. 

(Probablemente fue Come as you are)

Me distraigo fácilmente.


Faltan cinco minutos para la una de la mañana.

Tengo ganas de fumarme un cigarrillo, pero creo que el aroma del tabaco estropearía el experimento que voy a correr.

Tengo muchas ideas que me gustaría escribir en el blog.

Me siento muy emocionado, como un niño que está solo en casa y que puede hacer todas las travesuras que se le ocurran.

Me gustaría que Chinaski estuviera aquí y que me dejara explicarle de qué trata el experimento que voy a correr.

Estoy muy emocionado, pero también tengo sueño y me caería bien platicar con ella para no quedarme dormido. 

Me gustaría decirle que odio cuando algunos miembros de nuestras familias desacreditan la investigación sin haber puesto jamás un pie en un laboratorio. 


Involucra una serie de sacrificios que ni siquiera podrían imaginarse. 

Pero Chinaski sólo está en mi cabeza. 

viernes, mayo 18, 2007

¿Por qué otra vez estoy pensando en ti?


El motor del Astra emitía un sonido extraño -sonaba como a un estertor-, pero Adela me dijo que acababan de darle mantenimiento en el taller mecánico y me garantizó que no fallaría en la carretera. 

Avanzábamos por la autopista México-Puebla a buen ritmo, mientras la tarde caía. 

Además de Adela y yo -que íbamos en el asiento del piloto y del copiloto, respectivamente-, dos amigas suyas iban en el asiento trasero del automóvil, tomándose de las manos y lanzándose miradas seductoras.

Según Adela, eran unas chicas del trabajo que no le simpatizaban, pero les debía un favor.

Desde el asiento, las miré por encima del hombro y me pregunté qué clase de favor sería ése. 

Las chicas eran totalmente opuestas -como un campañol y una mantis religiosa-, y no parecían del tipo de amistades que Adela solía tener. 

Una de ellas era obesa y tenía el cabello casi a ras, teñido de un color rosa brillante; y su cara era como la de un bulldog. Su voz era muy grave -sonaba como la de Enrique Rocha- y sus manos eran ásperas como las de un hombre acostumbrado a realizar trabajos rudos, o al menos así me pareció cuando Adela me la presentó en su departamento y le estreché la mano para saludarla. 

Ella estaba roncando y creí ver que le escurría un hilito de saliva por las comisuras de los labios. Tenía la ceja derecha alzada y el ceño fruncido. Imaginé una pipa alrededor de sus labios y me pareció que guardaba un asombroso parecido con Popeye.


La otra chica era muy delgada y traía el cabello hasta los hombros.
Irónicamente, se parecía a Olivia, la novia de Popeye. 
Su voz era apenas un murmullo agudo que escapaba de sus diminutos labios, esporádicamente. Se veía frágil y cariñosa. 
Me sorprendí pensado cómo serían sus besos. 

Algo que me intrigaba respecto a Olivia era que sólo le había hablado a la chica que se parecía a Popeye. 

Hasta ese momento no había logrado descifrar si se trataba de una excesiva timidez suya, si la chica de cabellos rosas era muy dominante y le prohibía hablar con alguien más, o si simplemente ella no quería hablar con nadie.   

Cuando Adela me llamó por teléfono esa mañana para invitarme a Puebla, no mencionó a las chicas. Al presentármelas en su departamento sólo me dijo que tenían muchas ganas de escuchar a Nos Llamamos y que les gustaba el indie-rock.

Acepté su invitación porque me sentía triste. 

La chica con la que había estado saliendo durante más de dos meses, había regresado con su ex. Quería distraerme y evitar pasarme todo el fin de semana pensando en ella. 

Llegamos a Decibel a las 10 de la noche. 

En la puerta había un anuncio que decía:


PRÓXIMO SÁBADO: LOS DYNAMITE
COVER: $120

Sólo me gustaba una canción de esa banda.

Verlos anunciados allí fue una coincidencia de lo menos oportuna que me hizo recordar inmediatamente a Anahí.

Se me crisparon los nervios, y me sentí miserable. 



Anahí y yo nos conocimos en un concierto de Nos Llamamos en el Foro Alicia.

Yo estaba fumando y ella quería encender un cigarrillo. Ella apareció de la nada, me pidió prestado el encendedor y se lo presté. 

Al poco rato, me puse ebrio y me dispuse a encender otro cigarrillo, pero no encontré el encendedor por ninguna parte y creí que ella se lo había quedado. 

La busqué por todo el foro -me puso de pésimo humor no encontrar el maldito encendedor- y cuando la hallé, le reclamé.

Esa noche yo traía puestos unos tácticos que casi nunca usaba y resultó que yo sólo había guardado el encendedor en una de las tantas bolsas de esos pantalones, y entonces Anahí y yo nos carcajeamos y comenzamos a platicar y seguimos bebiendo.

Justamente cuando sonaba Katatonic, Anahí y yo nos besamos. 



Adela y las chicas entraron a Decibel delante de mí.

Por primera vez en todo el trayecto desde la Ciudad de México, Olivia me sonrió. 
Popeye se dio cuenta y me lanzó una mirada de pocos amigos que acentuó sus facciones caninas.

Hasta ese momento me di cuenta que Olivia tenía un lunar en la mejilla izquierda, igual que Anahí.

Malditas coincidencias. 

Mi corazón latió deprisa, y me sentí aun más miserable. 

Anahí era casi diez años menor que yo, pero no se comportaba como una chica de su edad. 
Sólo salíamos de vez en cuando -una o dos veces por semana-, pero ella quería que fuéramos novios. Según ella, no había conocido a un tipo tan respetuoso como yo, no entendía qué demonios había visto yo en ella y quería descubrir hasta dónde podía llegar la relación. 

Me volvía loco. 
Parecía una chica inocente, pero era todo lo contrario.
Me hacía pensar en las chicas que salían con personas mayores mientras sus amigas todavía jugaban a las muñecas.




Adela, las chicas y yo nos acercamos a la barra y pedimos algo para beber.

Olivia se decepcionó porque no había Bailey's, y entonces yo le ofrecí una Indio y le dije que era la bebida que tomaba la gente a la que le gustaba el indie-rock, tratando de hacerme el gracioso.

Ella aceptó, y mi intento por hacerme el gracioso, surtió efecto. 
Volvió a sonreírme.
Su novia gruñó. 

Cuando le alcancé la botella, nuestras manos se rozaron fugazmente y para mí fue como una descarga eléctrica. 
Imaginé cómo se sentiría esa delgada mano, entrelazada con la mía. 

Además de Nos Llamamos, también tocarían esa noche Los Silencios Incómodos.

Eché un vistazo alrededor. 
No había mucha gente en el lugar, pero era un lugar agradable. 
Mucho mejor que Caribe Bar, Viva Villa Bar, o sitios de ese estilo en los que había escuchado a ambas bandas. 

Cuando sonaba Detrás de la Tormenta, volví a sentirme miserable. 

Toda la música que escuchaba estaba ligada a Anahí. 

Una vez le presté el disco de Los Silencios Incómodos y le dije que esa canción era la que más me gustaba. Ella ya los había escuchado en vivo porque a su hermana le gustaba el baterista -e incluso habían salido un par de veces, o algo así-, pero no me creyó cuando le dije que yo conocía a la banda y que había escuchado el disco unas semanas antes de que saliera a la venta. Tampoco me creyó cuando le dije que mi hermano era el baterista de Nos Llamamos, hasta que le presté el disco y le mostré algunas fotografías. 


Me lamenté por haberme tomado tan en serio la diferencia de edades entre Anahí y yo, y por no haber dejado que la relación simplemente fluyera, como ella quería. 

Siempre había creído que era una estupidez apreciar lo que tienes cuando ya no lo tienes, pero, allí, acodado en la barra de Decibel, llegué a la conclusión de que me sentía así. 

Odiaba que Anahí hubiera vuelto con su ex, pero odiaba más lo que yo había perdido. 

Mientras sonaba El Ansia, recordé todas las veces que Anahí me había llamado por teléfono para conversar durante horas; recordé todas las cartas que ella me había escrito y también todas las invitaciones que me había hecho y que yo había rechazado. 



No podía sacármela de la cabeza.

Levanté la vista y vislumbré a las amigas de Adela.
Ellas estaban besándose, junto a los baños, o eso parecía.
Recordé cuando Anahí me decía que yo no sabía besar. 

Era una chica salvaje, y jamás supe si lo decía en serio, o sólo para molestarme. 

Adela me sacó de mis pensamientos, apareció junto a mí en la barra, y me ofreció otra cerveza. 

Empezó a decirme que las chicas del trabajo le habían pasado los datos de un dealer que tenía una mercancía buenísima y me preguntó si quería salir a fumar con ella, antes de que tocaran Nos Llamamos.  

Supuse que ése era el favor que les debía a las chicas e imaginé que fumar no era lo más adecuado para mí en ese momento, pero le dije que sí.

Afuera hacía mucho frío y nos costó trabajo encontrar un lugar solitario en el estacionamiento. 

Miré mi reloj. Era casi la medianoche, pero aún había muchas personas en la calle. 
Decibel estaba en una pequeña plaza comercial y todavía había algunas personas saliendo de los locales. 

El olor de la marihuana quemada me hizo recordar las historias que me había contado Anahí de las veces que había fumado yerba -todas estaban ligadas al sexo, o a fiestas en las que había perdido el conocimiento-, y también me hizo recordar las ocasiones en las que yo mismo había leído sus cartas bajo los efectos de esa droga.

Había sido tan divertido leer lo que ella pensaba de mí. 

Cuando Adela me pasó el cigarrillo, sólo le di una fumada y no contuve mucho tiempo el humo en los pulmones.

Estaba convencido de que tendría un mal viaje, si me intoxicaba demasiado. 



La droga le pegó muy rápido a Adela y ella se puso a llorar. 

Me dijo que se había peleado con su novio.

Había sido obvio.
Durante casi todo el trayecto en la autopista, ella se la había pasado contestándole el teléfono celular y discutiendo con él.

Me dijo que era un malnacido, pero que lo extrañaba mucho. 

Tenían un mes sin verse, y se habían peleado porque lo había descubierto en la cama con una de sus mejores amigas. 

Me miró, y se limpió las lágrimas del rostro con el dorso de la mano. 
Quise consolarla, pero yo también me sentía fatal y no lo hice.
Estaba seguro que si lo hacía, me pondría a llorar. 

Sus pupilas parecían los fanales de un gato y me quedé absorto mirándolas. 
Luego, me fijé en sus pecas y me parecieron muy atractivas. 
Se veían como pequeños puntos de melancolía, esparcidos en los pliegues de sus mejillas. 

Adela nunca me había interesado como mujer -ni siquiera había fantaseado con el sabor de sus besos-, pero de repente ya estábamos besándonos.

Fue como un beso de adolescentes ebrios. 

Volvimos a Decibel, y la chica con cara de bulldog estaba de lo más amistosa. 

Obviamente había bebido mucho y el alcohol ya se le había subido a la cabeza.

Me puso una de sus ásperas manos en un hombro -era más fuerte de lo que había calculado-, me dijo que le había gustado a su novia y me propuso besar a su novia mientras ella nos veía. 

Su mirada me inspiró desconfianza.

La droga me había puesto un poco paranoico -sólo el nivel usual de paranoia- y me hizo imaginar que las chicas sólo estaban burlándose de mí, o algo así.

Qué tal si todo era un artilugio para que la chica con cara de bulldog tuviera un pretexto para darme un puñetazo.

Cerré los párpados y de inmediato recordé el sabor a cerveza de los labios de Adela.
También recordé su rostro constelado de pecas en la penumbra del estacionamiento y lo triste que ella se veía. 

Probablemente me tardé mucho tiempo en responder, porque, cuando abrí los párpados, la chica con cara de bulldog ya había retirado su mano áspera de mi hombro y se marchaba.

Dijo algo entre dientes, y me sentí estúpido. 

A intervalos había estado observando a Olivia desde el asiento del copiloto.
Ella dormitaba y sus diminutos labios de caricatura parecían iluminados por una luz ecuménica y me habían hecho fantasear con el sabor de sus besos.

Nos Llamamos salió al escenario y vi que Adela estaba conversando con uno de los chicos que acompañaba a la banda -supuse que también terminaría besándose con él- y entonces me volví a acercar a la barra y pedí otra cerveza.



El regreso a la Ciudad de México fue horrible. 

Las chicas discutían en el asiento trasero del Astra -aparentemente, Olivia había besado a un desconocido en Decibel, y a su novia, después de todo, no le había gustado la experiencia de observarlos- y Adela no dejaba de lamentarse.

Parecía frénetica y al borde de la histeria.
Tomaba con fuerza el volante del automóvil -tenía crispados los puños-, y decía que era la mujer más estúpida en el universo y me miraba de reojo de vez en cuando y me suplicaba que no le comentara nada de lo que había pasado a su novio. 

Yo sólo pensaba que un beso era algo infantil comparado con lo que le había hecho su novio, pero también pensaba que quizá Adela creía que un beso era mucho más íntimo que el sexo.

Sabía que ella leía mucho a Bukowski y era altamente probable que pensara igual que él. 

Adela me decía que besarnos había sido un grave error y que tampoco debía haber besado al chico que afinaba las guitarras de Nos Llamamos.

Encendí un cigarrillo y miré mi reloj, para desperezarme.
Estaba quedándome dormido. 

Eran casi las 2 de la mañana. 

El cigarrillo me supo mal, y lo apagué. 

Estaba tan ebrio que me sorprendí pensando en la aliestesia -ese término acuñado por Cabanac en la década de los 70's y que se emplea en Psicología para definir el cambio de percepción de un sabor agradable en uno desagradable- y, por enésima ocasión, recordé a Anahí.

Una vez fue a una de mis clases en la Universidad.

Mientras les hablaba a los alumnos del "efecto cocktail de la fiesta" -cuando eres capaz de escuchar a alguien que menciona tu nombre, o algo que te importa a nivel muy personal, en el bullicio de una fiesta-, Anahí estaba quedándose dormida.

Los párpados, cerrándose y abriéndose, alrededor de sus ojos color almendra, la hacían verse como un Furby. 

Luego, al salir de esa clase, ella me dijo que yo era un profesor de lo más aburrido y entonces discutimos.

Le dije que ella estudiaba Derecho y que jamás entendería esos temas que yo explicaba en mis clases de Sensopercepción. 

Se largó y, la siguiente vez que nos vimos, me entregó una carta muy emotiva. 

Encendí la radio.

Sonaba Bar Tacuba.

Aun cuando había escuchado esa canción cientos de veces, jamás le había prestado atención a la letra. 
(Y me he preguntado, ¿por qué otra vez estoy pensando en ti?)

No lo toleré más, y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.

Comencé a sollozar y abrí la ventanilla del Astra para disimular mi aflicción.  

***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ ALGÚN DÍA.