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domingo, mayo 04, 2025

todo esto movió algo dentro de mí


Escuchaba esta canción, me preparaba mentalmente para ir al dentista, me cepillaba los dientes, me extraerían una muela del juicio, el dentista no era totalmente de mi agrado, ya sabes, era del tipo «Soy el Dr. Fulano y exijo un kilo de tortillas y traigo servilleta», pero la muela me dolía muchísimo, ya no soportaría otra noche en vela, el ketorolaco ya no era suficiente.

La clínica estaba en un barrio muy bonito, Paseo de Colón creo que se llama, y tenía una sala de espera muy pequeña, tan sólo estábamos 2 pacientes, uno muy separado del otro, y la recepcionista y uno que otro personaje que llegaba y pasaba directamente a algún consultorio, los tres llevábamos cubrebocas, la atmósfera era como del fin del mundo, me concentraba en la canción que sonaba en los audífonos...

I didn't take no shortcuts...
I spent the money that I saved up...

... había estado escuchándola mucho, creo que hasta había medio intentado aprender a tocarla en guitarra, los Strokes nunca habían sido una de mis bandas favoritas pero era una canción que me había acompañado durante el dolor, no me remontaba más que a esa experiencia de dolor.

Una media hora antes de salir a la clínica me había mirado en el espejo y me había tomado una foto, pocas cosas me causaban el terror que me causaba ir al dentista, mis recuerdos se remontaban a la infancia, al consultorio de un dentista obeso que quedaba muy cerca del departamento en el que vivimos hasta 1990 mis papás, mis hermanos y yo, en general nunca había sufrido mucho, pero el ruido de los aparatos del dentista y estar sintiendo cómo te tallaba los dientes con esa especie de taladro que despedía un olor a tejido humano quemándose y también el penetrante aroma de los antisépticos y la cercanía del dentista, metiendo mano en mi boca, invadiendo mi privacidad, todo en conjunto, más bien me hacían tener una impresión desagradable de los consultorios dentales. 

Tenía poco de conocer al dentista, vivía en el mismo fraccionamiento que yo, me lo habían recomendado unos conocidos, una que otra vez me lo había topado por allí, no recuerdo si ya había empezado a salir a correr al menos un día a la semana, no recuerdo si ya me habían hecho estudios de laboratorio y si ya sabía que me encontraba en un estado prediabético, pero, en todo caso, ya ubicaba al dentista, y tenía la impresión de que era un sujeto un tanto engreído, no exactamente como esos otros sujetos engreídos que también vivían en el fraccionamiento y que se ponían a lavar sus autos cada domingo –algunos tenían hasta tres autos y los usaban incluso para recorrer distancias menores a un kilómetro, como ir de sus casas a alguna de las tiendas del fraccionamiento– y que, mientras lavaban un Audi Q7, tenían abiertas las ventanas del Ford K y la música del reproductor del Ford K retumbando a todo volumen. 

El dentista y yo apenas nos habíamos visto en su consultorio un par de veces, pero creo que él se sentía inferior a mí, pero él tuvo la culpa; en nuestra primera cita, entre junio y julio del 2021, se le ocurrió preguntarme a qué me dedicaba y cuando le contesté tal vez no me creyó –no había ido a cortarme el cabello en varios meses, traía dos pendientes, seguramente llevaba una playera y unos Levi's desgastados, nada que ver con el look de los profesionales de la salud o de los catedráticos– y me puso a prueba, me preguntó algo del cerebro, y de pronto ya estaba contándome que había impartido una clase en tal o cual universidad o que había ido a un congreso a Cancún.

Los minutos transcurrían, el dentista todavía no llegaba al consultorio, la canción de los Strokes agonizaba, además de todo tenía que lidiar con la impuntualidad del dentista, no quería estar allí, no quería pensar en que me extraerían una muela, en cuánto me dolería, prefería concentrarme en la otra misteriosa paciente escondida detrás de su cubrebocas a unos metros de distancia –¿cómo sería su rostro sin cubrebocas?, ¿a qué había acudido a la clínica?, ¿también tenía un insoportable dolor de muelas...?–, prefería concentrarme en que, a pesar de todo –la pandemia, esa atmósfera de fin del mundo, la interminable cantidad de trabajo en línea que tenía, el terrible dolor de muelas que había estado sintiendo en las últimas semanas–, tenía un trabajo y una fuente de ingresos estable.

Ya pasaron varios años de esto, no tengo ninguna muela del juicio, pero me encontré esta foto y escuché otra vez a Los Strokes y todo esto movió algo dentro de mí.

sábado, julio 27, 2024

Everything Zen


Desde la incomodidad de las náuseas matutinas, acurrucado en este sillón que compré hace menos de diez años pero que parece que saqué de un basurero esta mañana, contemplo a Gavin Rossdale. No sé cómo llegué a este video de YouTube. Hace unos minutos veía “E-Bow the Letter” y luego “Malibu”, y pensaba vagamente en Michael Stipe –¿en verdad, a principios de los noventa, esparció entre la prensa el rumor de que había contraído VIH y que estaba a punto de morir?–, en cuánto me gusta esta canción de R. E. M. y en que nunca le había prestado demasiada atención al video. También pensé en que el video de “Malibu” fue casi el primer video en el que apareció Courtney Love en MTV después de la muerte de su esposo, y en que, cuando lo vi –¿entre mayo y junio de 1999?–, no dimensioné el contexto de ese video: Courtney Love estaba promocionando el primer álbum de Hole después de la muerte de Cobain... después de la muerte del “grunge” y del “sonido Seattle” y demás etiquetas de esas que ponen los periodistas de rock con poca imaginación. 

Más bien, desde la incomodidad de las náuseas matutinas y del sillón que los gatos han arañado miles de veces, al ver esos videos, me acordé de la huelga de la UNAM de 1999, de la desesperación y de la incertidumbre que asocio a esa huelga que parecía no tener fin. Me acordé de que, entre mayo y junio de 1999, cuando debí de ver por primera vez el video de “Malibu”, empecé a tener episodios de ansiedad y que tuve que ir a un par de consultorios médicos y que los especialistas me dijeron que estaba un poco deprimido, que tenía que hacer ejercicio, salir de la casa, platicar con otras personas que no vivieran en la casa, que tenía dermatitis psicosomática. 

También me acordé del dermatólogo al que visité en la Roma, dos o tres jueves de dos o tres meses, que él me recetó una solución, que una vez al mes tenía que ir a una farmacia de Centro Médico Nacional Siglo XXI a que la prepararan, que me sentaba a leer en un jardín mientras preparaban esa solución en la farmacia, que debía hacerme abluciones todas las noches con esa solución. También me acordé de que en esos meses leía Tiempo Libre La Divina Comedia Fausto, y que iba solo a alguno de los teatros del CNA –cuando aún no se llamaba CENART– y que iba solo a ese cine de La Condesa que luego se llamó El Plaza Condesa, y que un día me encontré en Tiempo Libre un anuncio de un taller de creación literaria que impartía un escritor joven en La Pirámide. Me acordé de que me inscribí a ese taller. Que lo tomé cada sábado, de cinco a seis y media de la tarde, durante alrededor de medio año. Que en ese taller conocí a una docena de tipas y tipos con los que fui a varias reuniones y cantinas, y que nos emborrachamos y que pasábamos de Dostoievski a Verlaine, y de Octavio Paz a Elena Garro, y de Alejandra Pizarnik a Jorge Cuesta. Que algunos aborrecían o adoraban “Piedra De Sol”. Que otros veneraban “Muerte Sin Fin”. Que les leía (algo de) lo que escribía. Que escuchaba lo que los demás escribían. 

Me acordé que creí que seríamos grandes amigos, que parecía que teníamos tantas cosas en común. Que acabó la huelga y que sólo nos vimos una o dos veces, circunstancialmente, en Ciudad Universitaria. Que fuimos amigos en Facebook por más de diez años, y que, apenas hace un mes, o algo así, eliminé de mis contactos a la mayoría de ellos. Que tuve un momento de claridad: si interactuábamos en Facebook, lo hacíamos porque yo los buscaba. Que ellos, en realidad, nunca estuvieron interesados en que fuéramos amigos. Que unos abandonaron sus intereses literarios y se convirtieron en 'fotógrafos de la cotidianeidad'; que otros publicaron libros de poesía y que se creyeron que eran inalcanzables; que otras se radicalizaron, por sus propias historias de vida, y, que, aun cuando, desde el 2006 y hasta el 2012, visitaban uno de mis blogs constantemente, cambiaron tanto, que, en sus muros de Facebook, después de la pandemia, desconocieron estar enteradas de que escribo; que otras se casaron y que dejaron de ir al Chopo a embriagarse y a inhalar estimulantes del sistema nervioso central. Que ahora, por mi propio bienestar, casi todos ellos están muertos para mí. 

Y también recuerdo que, mientras Eric Erlandson, Melissa Auf der Maur y Deen Castronovo –la baterista que recién había sustituido a Patty Schemel, la baterista de los dos primeros álbumes de Hole, y que, incluso, había grabado todas las baterías de Celebrity Skin–, acompañaban a la viuda de Cobain por la playa en el video de “Malibu”, tuve un insight: ¿Courtney y su banda, en cierta forma, reflejan, en ese video, el tipo de música que habría compuesto Nirvana en 1999, de haber seguido vivo Cobain...?  

Le doy un sorbo al sucralfato, y me acomodo en el sillón. No quiero pensar en las náuseas, quiero ahuyentarlas, no quiero pensar en que estoy así porque tengo una condición y porque no puedo comer lo que come la mayoría de la gente. Ni siquiera puedo hacerlo una vez al mes porque me siento fatal durante dos o tres días. Apuesto a que no sabes lo horrible que es tener que comer, más o menos, siempre las mismas cosas. Por el resto de tu vida.

En fin. El video en el que contemplo a Gavin Rossdale es el video #22 de una serie de colaboraciones para Guitar World, un canal de guitarristas.

El cantante de Bush nos enseña cómo tocar “Everything Zen”, la primera canción de Sixteen Stone, el álbum debut de la banda británica, estrenado en enero de 1994. Antes que nada, Rossdale nos dice que es una canción muy sencilla, que tiene tan sólo tres partes, pocos acordes, y también nos conmina a quedarnos en casa y a cuidarnos. (Este video tiene la fecha del 22 de abril del 2020, aún estábamos en la pandemia.) Luego, nos muestra su Jazzmaster '67. Tiene algunas partes muy deterioradas, sobre todo cerca del mástil, y es morada y la pintura tiene “chispas”, como la guitarra signature de J. Mascis, y Rossdale nos dice que con esa Jazzmaster grabó la mayoría de las canciones de Sixteen Stone

De pronto, tengo otro insight: ya había visto este video. Ocurrió hace como dos o tres años. No lo encontré, como ahora, por accidente y en YouTube, sino en Facebook. Un domingo, después de salir a correr, no tenía náuseas ni estaba ahogado en esta especie de depresión que provocan las náuseas y me puse a escribir algo en uno de mis blogs y, quién sabe cómo, lo que escribí hizo que me acordara de mi primer semestre en la Facultad de Psicología, de que entonces “Bonedriven” y “Greedy Fly” sonaban mucho por la radio. Que había comprado Razorblade Suitcase en el Chopo, que no tenía ni idea de que lo había producido Steve Albini. Que esas dos canciones me gustaban mucho y que nunca se me había ocurrido aprender a tocarlas. Que busqué un tutorial para aprendérmelas. Que quién sabe cómo di con este mismo video de Guitar World, pero en Facebook. 

No sé qué hice a continuación exactamente, pero estoy muy seguro de que entonces agarré una de mis guitarras, que seguí las instrucciones de Gavin Rossdale y que “Everything Zen” debió de parecerme una canción 'muy rocker', de esas que, conforme vas tocando por tu cuenta, liberan algún neurotransmisor de la felicidad en tu cerebro y momentáneamente sepultan en el fondo de tu consciencia todas las cosas que te afligen. 

También estoy casi seguro de que “Everything Zen” debió de parecerme una canción tan fácil de tocar que me aburrió y que dejé de practicarla. Ahora mismo que veo este video del canal de Guitar World, los acordes que nos enseña a tocar Gavin Rossdale no me resultan nada familiares.

Mientras el sabor del sucralfato permanece en mis papilas gustativas y mientras las náuseas matutinas van abandonando mi cuerpo y mi mente, salto a otro tema: me pregunto cuándo escribiré 'naturalmente' algo sobre la pandemia –¿es éste el momento?–, sobre mis experiencias de cuarenta y tantas horas a la semana de clases y de juntas por Zoom, sobre mi paranoia para salir a caminar cerca de la casa durante la pandemia, sobre cómo la pandemia –el encierro, ver y no ver, por Zoom, a un montón de colegas y estudiantes, todos los días, al mismo tiempo; y tener, paradójicamente, un empleo seguro por los siguientes doce meses–, repercutió en mi salud, se manifestó primero en mi sedentarismo y en mis hábitos alimenticios de comida chatarra, y luego en mi mal humor y en mi vista borrosa y en la hiperglucemia en ayuno –¡casi 200 mg/dl de sangre!–, y tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre los síntomas que me provocaron las vacunas de Cansino, más o menos al final de 'la primera parte de la pandemia', cuando todas las actividades eran virtuales, y de Moderna, más o menos al final de 'la segunda parte de la pandemia', cuando ya habíamos vuelto a clases semipresenciales en la universidad, cuando estaba en un cubículo que parecía un invernadero y desde allí impartía mis clases por Zoom.

Tampoco sé cuándo comenzaré a escribir 'naturalmente' sobre mi experiencia en esa escuela primaria en la que recibí las vacunas de Cansino y de Moderna, en donde me topé con varios colegas, a quienes logré identificar a pesar de las mascarillas que llevaban puestas. 

De lo mal que me sentí cuando recibí mi segundo refuerzo –la vacuna de Moderna–, que entonces impartía una clase de Sensopercepción para casi cincuenta estudiantes, que no pude dar clase ese día y que luego de haber recibido la vacuna volví a la casa en Uber y que me acosté en la cama y que encendí la tele y que me encontré un concierto de Bush en Miami. Que Gavin Rossdale era el único sobreviviente de la alineación original de Bush. Que pedí una Big Mac por teléfono y que me di un atracón de Coca-Cola y de papas a la francesa. Que tuve síntomas de fiebre y de gripa, que duraron apenas un día. 

No sé por qué me cuesta tanto escribir sobre lo que realmente me importa. Todo ha cambiado –el área de Biología y Química me otorgó el nombramiento de Investigador Nacional Nivel II en la Convocatoria 2024 del SNII, hace 10 años estaba presentando mi examen de grado del doctorado, tengo casi 20 papers en revistas internacionales, cumplí 10 años como docente en universidades públicas– y, sin embargo, todo sigue igual... o peor. 

lunes, enero 17, 2022

Tirar la toalla


El martes renovaron tu distinción de Investigador Nacional Nivel I. Deberías estar feliz. En tu primera solicitud de ingreso al SNI (cuando acababas de terminar el posgrado), te dieron esa distinción y la ejerciste en el posdoc, pero te enfermaste, acabaste en el quirófano y sólo pudiste publicar un artículo como primer autor y no pudiste renovar en la convocatoria que te correspondía (aunque, en ese periodo, tus colegas de antaño ni siquiera te consultaron para colaborar en otras dos publicaciones en las que cuatro de tus publicaciones como primer autor fueron parte sustancial de dos artículos de revisión). 

Tienes casi un mes con tos. Un día, saliste a correr y al volver a la casa te enfriaste más de lo necesario platicándole a tu esposa sobre algunas cosas en las que estabas pensando mientras corrías. No has podido descansar lo suficiente. Cada semana has hablado frente a clase entre cinco y siete horas.  

En lugar de celebrar tu regreso al SNI, tienes que hacer miles de cosas para actualizar tu e-firma en el SAT. El miércoles, el jueves y el sábado has estado entre seis y siete horas diarias leyendo manuales y siguiendo instrucciones en línea, sin éxito. 

Tienes un montón de actividades que hacer precisamente en la semana que comienza: te toca la dosis de refuerzo de la vacuna contra el covid-19, debes entregar el informe anual de actividades del consejo editorial que presides desde hace dos años, debes enviar una copia de un examen de recuperación, debes estudiar dos capítulos de ochenta páginas cada uno para las dos clases de cuatro horas y media que impartes esta semana, debes seguir invirtiendo más y más horas en la actualización de tu e-firma en el SAT...

No has podido dormir bien por estar pensando en todo lo que tienes que hacer, pero finalmente te encuentras en un sueño cálido, que es como imaginas que es un sueño de morfina, y sueñas que ninguna de las cosas que ocurren en la realidad vale la pena y entonces una oleada de entusiasmo recorre tu médula espinal y tienes un fuerte impulso para escribir y presientes que las palabras y que las oraciones y que los diálogos fluirán como en los viejos tiempos en los que podías dedicarte exclusivamente a escribir, pero la vejiga llama desde las profundidades del frío de la mañana del lunes y luego el gatito más grande de toda tu familia de Thundercats maúlla desesperadamente como la sirena de una ambulancia que se dirige a la escena de una tragedia, y la vejiga y el gatito se convierten en las únicas sensaciones que se filtran por el tálamo y ya no puedes más y tienes que levantarte de la cama y luchar contra el frío que penetra tus poros como un cuchillo afilado.

Son las siete de la mañana. 
Te concentras en la sensación del frío que te roe los huesos y que hiela tu dermis. Extrañamente, no has tosido. Todavía el sábado y el domingo y los días anteriores estuviste teniendo infernales ataques de tos, y también antes y después de tus clases de los martes y de los jueves. Te asomas por la ventana de la recámara. Está amaneciendo. Te gustaría salir a correr, tal y como lo hacías en el otro fraccionamiento.

Comenzaste en julio, después de que unos análisis revelaran que tenías 300 mg/dl de glucosa en sangre en ayuno. Primero, te costó trabajo adaptarte. En diciembre, ya corrías 5 kilómetros en media hora y disfrutabas salir a correr por las mañanas –entre siete y ocho am– y darle varias vueltas al fraccionamiento y a las canchas de basquetball y al jardín, escuchando música a través de tus audífonos, sin ser molestado por malas caras de nadie, excepto uno que otro perro y uno que otro humano que sacaba a pasear a su perro o que también salía a ejercitarse. 

En este fraccionamiento al que te mudaste hace poco más de un mes, todo es diferente: es más pequeño que el anterior, no hay más que paredes, casas y automóviles –en el otro fraccionamiento, además de las 
dos canchas de basquetbol, el jardín y hasta una pequeña pista para correr, había un fabuloso paisaje de las montañas–, y correr es más monótono y aburrido; por si fuera poco, no puedes correr con la misma privacidad que en el otro fraccionamiento. 

Te sientes culpable por no correr como antes.
 
Te levantas a orinar. Estás allí varios minutos, de pie frente a la taza del baño, viendo cómo cae la orina como una cascada cristalina que fluye sin cesar. Sólo estás unos minutos, pero para ti siempre transcurren varias vidas. 

Ya acallaste a la vejiga, pero el gatito no ha dejado de maullar. Está hambriento. A todas horas tiene comida estándar disponible, pero cada mañana –y al mediodía, y a las tres de la tarde y a las siete de la noche– lo alimentas con comida blanda. Quisieras recordar todos los momentos felices que has compartido con él: cuando llegó a tu vida hace más de diez años, cuando tu esposa y tú acababan de mudarse a su primer departamento –un departamentito con una recámara, un baño, una pequeña cocina y una sala comedor, en el primer piso de un edificio en Xola, a unos metros de la Calzada de Tlalpan; todo quedaba cerca y había un pequeño parque al que podías salir a correr, pero estabas tan presionado por el ritmo de trabajo del laboratorio en el que cursabas tus estudios de posgrado, que sólo bebías y fumabas como loco cada fin de semana y cuando tenías oportunidad–, y conociste al gatito después de volver de un congreso en Estados Unidos y desde el principio te mostró su corazón y poco a poco se convirtió en un ser al que quieres mucho.
Han compartido fabulosos momentos, pero ahora sólo piensas en su impaciencia.

Sales a encender el bóiler. 
En esta nueva casa hay que encenderlo manualmente. 
En la otra casa, el bóiler se encendía cada vez que usabas el agua caliente y pagaban $500 de gas cada tres meses. En noviembre, la dueña de esta casa le cargó al gas estacionario $1000, pero tu esposa y tú lo usaron dos semanas en diciembre y tuvieron que cargarlo de nuevo. 

Alimentas a los Thundercats y los contemplas en su mundo felino, en el que los pequeños detalles los hacen felices. Te preguntas qué ha pasado con la humanidad, por qué hemos llegado a inventar necesidades tontas y costosas y por qué le damos poca importancia a los pequeños detalles y cuánto tiempo falta para que tengamos que pagar por respirar.

Sales a la terraza y haces algunos estiramientos para lidiar con la frustración de no salir a correr a este pequeño fraccionamiento en el que algunos vecinos te miran como un espía cuando pasas corriendo por sus casas con tu equipamiento de jogger

Entras de nuevo a la casa y subes al estudio a pincharte un dedo para medirte la glucosa, tal y como haces desde hace más de medio año. Tratas de calcular cuántas cajas con 50 tiras reactivas has comprado y cuántas veces te has pinchado y cuántas veces has tenido menos de 100 mg/dl de glucosa en ayuno, pero el resultado que comienzas a adivinar te decepciona, automáticamente piensas en que debes tomarte la metformina –media pastilla cada tres veces al día– y no puedes dejar de imaginarte el daño que eso le provocará a tus riñones y dejas de calcular. 

Te sientas frente al escritorio y escribes dos o tres cosas en la libreta en la que registras tu glucosa en ayuno y te levantas del asiento y te metes a bañar y tratas de ignorar el hecho de que, en comparación con lo que pagaban en el otro fraccionamiento, en esta casa han pagado el triple de agua y todos los días te has bañado con apenas un chorro de agua. 

El agua está caliente, pero el chorro de agua apenas cae por tu cuerpo y añoras los baños en la casa del otro fraccionamiento: el baño era más pequeño y feo, pero siempre te bañabas con suficiente agua, aunque el agua estuviera muy fría o muy caliente. En todos los baños de todos los lugares en los que han vivido tu esposa y tú, siempre ha habido algún problema. 

Mientras el agua cae por tu cabeza, tratas de ignorar los flashazos de todos los cuerpos desnudos que alguna vez has visto y que merodean tu cerebro y que son una excusa para entrar en una zona de confort y que te llevan a procrastinar todo lo que tienes que hacer hoy, así que te enfocas en enjabonar tu cara y en pasar el rastrillo y luego en lavarte el cabello con shampoo y luego con acondicionador y luego en enjabonarte todo el cuerpo. 

Al cabo de unos minutos, cierras la llave del agua y atraviesas ese peliagudo umbral entre tu cuerpo caliente y vaporoso y tu cuerpo húmedo y helado en el breve enfriamiento después del baño caliente, y abres rápidamente la puerta del cancel y tomas rápidamente la toalla y te secas rápidamente la cabeza y el cabello y el resto del cuerpo y te mueves incesantemente para que no descienda la temperatura de tu cuerpo, deseando que las cosas cambien totalmente en la primavera.

La primavera te hace pensar en cuánto quisieras tumbarte en una hamaca junto a la playa y tomar el sol y aspirar la brisa del mar y leer por placer y escribir por placer y percibir un sueldo por leer y por escribir y tener una vida decente por eso, y no tener que perseguir la chuleta e invertir entre seis y siete horas diarias para renovar tu e-firma para no perder el estímulo económico del SNI de este mes, pero tu realidad es ésta y a veces quisieras tirar la toalla.  

jueves, diciembre 17, 2020

Compulsivo


Sentir el pecho ardiendo en llamas
Como si una corona de espinas fuera creciendo en tu corazón

Dar vueltas en la cama infinitamente
Como si estuvieras remando en un océano en busca de tierra firme

Sentir que la cabeza es una granada a punto de estallar
Como si cada idea fuera uno de los mecanismos que activan una bomba

Cerrar los párpados para anegarse de oscuridad
En la oscuridad de tus obsesiones
Abrir los párpados para respirar la misma oscuridad al desnudo

Levantarse de la cama
Absorber el frío para apaciguar el incendio en tu cerebro
Como si fuera un vaso de agua y como si tuvieras sed diabética

Tratar de ignorar los pensamientos de toda la noche
Caminando con los pies descalzos en la helada loseta
Orinar durante tres minutos ininterrumpidos en el baño
Escuchar tus vísceras exigiéndote acabar con el ayuno

Revisar el teléfono maldito en busca de malas noticias
Encontrar desconocidos que son expertos en tus defectos y en tus ambiciones
Encontrar idiotas que repiten como máquina contestadora lo que dicen otros idiotas
Encontrar enemigos a la vuelta de la esquina de cualquier publicación en redes sociales
 
Encender la computadora, esperar a que carguen todos los programas que usas
Y adentrarse en la monotonía de los últimos pésimos días de pésimas noticias 

domingo, julio 26, 2020

Hasta la muerte | Amos Oz (2009)



Este libro fue el primero que compré en Toluca –creo que teníamos como un mes de habernos mudado a vivir a Lerma–, pero terminé de leerlo hace apenas un mes. 

Nunca había leído a Amos Oz. (Puede parecer algo morboso, pero me interesé en su obra cuando me enteré de su muerte.)
  
Ya que tengo malas experiencias con otros autores que he leído por primera vez –sus libros oscilan entre las 500 y las mil páginas–, ya que me enteré de la muerte de Amos Oz en twitterya que en twitter también me he enterado de otras muertes de otros escritores, ya que otros escritores en twitter me han recomendado ampliamente a otros autores que han muerto y ya que he acabado decepcionado y aburrido después de haber leído tres párrafos de las obras de los autores que me han recomendado ampliamente en twitter, para empezar con la obra de Oz, escogí esta pequeña novela. 

Según algunos críticos, Hasta la muerte, incluye dos de las mejores novelas cortas de Amos OzLas dos novelas son muy distintas, aun cuando, paradójicamente, versan sobre el mismo tema: el temor a la muerte.

Comencé a leer la primera novela de este libro casi al mismo tiempo que estalló la huelga del Situam, en febrero del 2019

Puesto que la huelga duró cuatro meses y estalló apenas unas semanas después de que comenzó el trimestre, prácticamente cuando tenía unas semanas de haber ingresado a trabajar y de haber recibido mi primera quincena de sueldo (ni siquiera había conocido a todos los integrantes del departamento), me costó mucho trabajo seguir la trama de la novela y dejar de pensar en la incertidumbre de la huelga y en mis potenciales problemas económicos.   

Apenas pude leer un par de páginas, antes de abandonar la lectura por tiempo indefinido. 


En algún momento, cuando la huelga ya había concluido, intenté retomar la lectura de Hasta la muerte; sin embargo, cada vez que lo hacía, las primeras páginas de la novela me remontaban a mi estado mental de la huelga y ese estado mental me llevaba a abandonar la lectura una vez más. 


El año pasado, comencé a leer tres o cuatro novelas simultáneamente –descubrí que me resulta más fácil concluir una lectura si puedo intercambiar entre libros, cuando alguno de ellos empieza a aburrirme– y retomé la lectura de Hasta la muerte cuando comenzó la cuarentena. 


Entonces también leía A la sombra de las muchachas en flor, Bailando en la oscuridad y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?


En la primera novela de este libro de Amos Oz, Amor tardío, el protagonista se llama Shraga Unger y es un anciano que trabaja como diplomático del gobierno israelí. Aparentemente, su trabajo lo ha llevado a lugares recónditos de Israel, a hablar del antisemitismo ruso.


En el transcurso de la novela, Unger presiente su muerte y atestigua la muerte de todas las tradiciones judías de las que ha hablado frente a multitudes de todo tipo, durante toda su vida.


La segunda novela, Hasta la muerte, ocurre en Europa, en algún punto cercano al nacimiento de Jesús de Nazaret. 


El protagonista es Guillaume de Toulon, un sujeto de la nobleza europea que ha perdido a su esposa debido a una extraña enfermedad y que ha decidido peregrinar con sus súbditos y con sus esclavos en busca de “La Tierra prometida”.


En su trayecto, saquea todos los poblados por los que pasan y él humilla a todos los judíos con los que se encuentra, hasta que contrae una misteriosa “enfermedad del espíritu” que lo lleva a descubrir el verdadero mensaje de Dios: para bien o para mal, todos somos iguales. 


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Me gustaron la prosa y la narrativa de Amos Oz.


Ésta es una de esas novelas de cabecera a las que siempre puedes recurrir y a las que siempre les encontrarás algo novedoso.

sábado, junio 06, 2020

Mis venas pueden arder


Escucho por enésima ocasión “Down In The Dark” en mi viejo iPod Classic de 120 GB. 

No me vuelve loco la tecnología: prefiero escuchar álbumes físicos que digitales –tengo una colección de cassettes, discos compactos y vinilos que probablemente está cerca de los mil– y de hecho me desagrada Apple –mi iPod está en perfectas condiciones y sin embargo está atravesando su época de “obsolescencia programada” y sólo reproduce tres canciones antes de que la batería se descargue por completo–, pero actualmente hay pocas opciones para escuchar álbumes físicos y solamente he tomado un descanso de mi trabajo.

Cierro los párpados, me pongo más cómodo en la silla frente a la computadora y me enfoco en la letra de esta canción. Pienso en un hombre que está esperando que la droga surta efecto y que le murmura a su amante que ella hará que la situación mejore un poco durante algún tiempo.

Me estiro un poco. Quisiera escribir que escuché a Mark Lanegan mucho antes de que “The Winding Sheet” fuera publicado por Sub Pop en mayo de 1990.

Sin embargo, primero escuché a los Screaming Trees (¿sería acaso cuando pude ver “Singles”, alrededor de 1998, o algo así...?) y, en particular, escuché por primera vez esta canción en la cual Kurt Cobain cantó y tocó la guitarra, cuando la descargué de Napster... hace casi 20 años. 

Era un adolescente, Internet era una novedad y estaba obsesionado con Nirvana –todavía me gusta su música– y supuestamente la canción era “una canción desconocida de Kurt Cobain”. 

Lo que he escrito hasta ahora, podría verse como una cosa muy ordinaria, pero tengo algo más que contar: hace casi tres años, en una etapa de mi vida muy contrastante, vi a Mark Lanegan, frente a frente, y nos estrechamos las manos después de un concierto. 

Su banda vino a la Ciudad de México. Estaban de gira, promocionando “Gargoyle” –su décimo álbum de estudio– y tocaron en El Plaza Condesa. Fue un concierto especialmente emotivo. Estuve al borde del llanto en varias ocasiones. En el sentido más freudiano del término, fue un concierto catártico. 

Por mas de cinco años, en los cuales pasé de ser un estudiante de posgrado mentalmente inestable a ser un investigador posdoctoral físicamente enfermo, había estado escuchando su música. 


Entre ambos eventos, viví algunos años miserablemente.

Cuando comencé mi investigación posdoctoral, me diagnosticaron reflujo gastroesofágico y me adherí a varios tratamientos médicos sin éxito. Independientemente de las terribles experiencias sofocantes inherentes a la enfermedad e independientemente de las interminables náuseas provocadas por el consumo de tantos antibióticos, los gastroenterólogos me dijeron que el reflujo estaba erosionando mi esófago de tal modo que era muy probable que la erosión progresara y produjera un tumor cancerígeno. 

En los meses previos a la cirugía que equilibró la situación, escuché la música de Mark Lanegan más que nunca. La asocié con mi decadente estado de ánimo y con la enfermedad, pero, de algún modo, de una manera positiva.

De su carrera solista, “Blues Funeral” fue el primer álbum que escuché –me lo regaló mi esposa casi inmediatamente después de que 4AD lo lanzara a la venta en México en febrero del 2012–, luego escuché “The Winding Sheet” –no pude resistirme al montón de artículos que había leído a lo largo de los años que lo señalaban como la gran influencia del “MTV Unplugged In New York” de Nirvana–, “Bubblegum”, “Gargoyle” y sus colaboraciones con Queens Of The Stone Age y con Duke Garwood.

Conforme escribo estas líneas, ya he escuchado casi todos sus álbumes. (Su trayectoria comprende más de 50 álbumes.) 

Podría intentar explicarme por qué “Bleed All Over”, “My Shadow Life”, “Emperor”, “St Louis Elegy”, “Deepest Shade”, “When Your Number Isn't Up”, “One Hundred Years”, “Bombed”, “Wild Flowers”, “Juarez”... me provocan escalofríos y por qué a la vez me transmiten un sentimiento de dicha, pero no lo haré.

En este caso, las palabras serían insuficientes. 


Quizá no sea un sujeto del todo ortodoxo. Se pelea con medio mundo en twitter. Hace poco lo hizo con uno de los miembros de Oasis que se burló de él (¿el cantante?) y lo desafío a solucionar el asunto de una buena vez. Con frecuencia, también termina dejándose llevar por los reclamos de los admiradores que lo denuncian en redes sociales porque no dejó que le tomaran una fotografía mientras estaba de vacaciones en algún sitio turístico de bajo perfil. 

Lanegan también desconfía de las versiones oficiales acerca del origen del COVID-19 y ha dado un par de entrevistas en las que se vislumbra que cree en la teoría de la conspiración de la red de telecomunicaciones de quinta generación. 

A pesar de todo lo anterior, lo respeto como artista

En realidad es uno de los pocos compositores que fueron capaces de dejar atrás “el sonido Seattle” de la década de los noventa. (Sé que los Screaming Trees son de Ellensburg, pero supongo que captas mi punto.) 

A un nivel todavía más personal, sus letras fueron una poderosa inspiración en mis peores días. Me hicieron pensar en mi enfermedad y me hicieron darme cuenta de que mi enfermedad no era la peor enfermedad del mundo. Fue algo irónico, porque realmente no me sentía nada bien. 

Algunas veces estaba harto de no ser capaz ni siquiera de comer cosas “normales” o de beber algo más que no fuera agua simple. Algunas veces odiaba mi vida. Tenía náuseas todo el día. Carraspeaba todo el tiempo. Comía sin hambre, sólo algunas cuantas cosas.  Comer era algo tan monótono que perdí algunos kilos. 

Día tras día, me despertaba sintiéndome enfermo, sin esperanzas y nauseabundo. Ni siquiera soportaba los olores ligeramente intensos. Me daban arcadas. Tenía que llevar una bolsa de emergencia a todas partes, en caso de que vomitara. Los síntomas eran tan intensos que ni siquiera podía leer un artículo de investigación o realizar una cirugía estereotáxica, de principio a fin. Siempre tenía que interrumpir mis actividades, para tomar “aire fresco” y combatir las arcadas. 


Para septiembre del 2018, finalmente estaba sintiéndome de nuevo como una persona normal. Había vuelto a comer comida normal e incluso podía tomarme una cerveza, o un refresco o un jugo de naranja. 

Estaba feliz. 
Además de que me sentía bien y de que me ilusionaba asistir al concierto de Mark Lanegan en El Plaza Condesa, precisamente un día antes del concierto mi artículo de investigación original más reciente fue aceptado en una revista y publicado. 

Como en cualquier otro proceso estándar de revisión por pares de mis previos artículos, la revisión del artículo tomó varios meses, pero ese artículo en particular fue importante para mí. No sólo fue el resultado de mis últimos tres tortuosos años de investigación posdoctoral, sino que fue, oficialmente, mi primer artículo como autor corresponsal.

Ese día del concierto, unos minutos antes de que comenzara el concierto, me hubiera gustado comprar “Phantom Radio” o “I Am The Wolf” en el stand de la mercancía oficial de la banda, pero no tenía mucho dinero. Compré una litografía

A los pocos minutos de que acabara el concierto, Mark Lanegan salió nuevamente a firmar autógrafos. 

Gracias a mi esposa –a ella no le gusta la música de Lanegan, pero me acompañó al concierto y se formó en la fila antes que yo– fui el primero de la fila. Fui el primer sujeto entre los asistentes al concierto que tuvo la oportunidad de pasar a la mesa en la que Mark Lanegan firmaría autógrafos. 

Él fue muy amable y me autografió la litografía que había comprado y también mi copia de “Uncle Anesthesia” –uno de los álbumes de los Screaming Trees que produjo Chris Cornell y uno de los que más me gustan. 

Me hubiera gustado decirle algunas cuantas cosas acerca de cómo su música cambió mi perspectiva de la vida cuando estaba más enfermo, pero no quería importunarlo y los organizadores del evento nos dijeron claramente que sólo teníamos un par de minutos. Tampoco quería comportarme como un admirador idiota. 

Sólo le dije: “It was a great show”. 

En varios niveles, realmente lo había sido para mí. 

Debajo de las tenues luces del foro, lo vi sonreír. Tal vez un poco forzadamente. Cuando lo hizo, no pude dejar de pensar que ese hombre había convivido con Kurt Cobain

Durante algunos segundos, miré su cabellera rojiza y luego sus ojos –traía unos gruesos lentes– y traté de calcular cuántas veces habría escuchado las mismas tontas palabras que yo le había dicho, y me sentí estúpido. 

Entonces le ofrecí una de mis manos y él cortésmente estrechó una de sus manos con la mía. 

Luego le di las gracias y me alejé, sintiéndome aturdido. (No puedo creer que me haya tomado casi tres años, volver a recordar este evento y procesarlo.)  

Hace unos días llegó a la casa mi copia de “Sing Backwards And Weep”. 

Por la noche, después de haber estado atendiendo mis responsabilidades académicas, me di un descanso y leí un par de páginas de sus memorias.

Traté de imaginar cómo habían sido en realidad las cosas que relataba. 

Luego, me distraje y me metí a revisar twitter. 

El primer tweet que leí era uno de Mark Lanegan. Jason Bonner acababa de compartir un viejo video en donde los Sex Pistols tocaban en vivo “Anarchy In The UK”, y Lanegan le decía que los Sex Pistols habían cambiado su vida. Yo acababa de leer precisamente una página de su libro en la que se refería a ese asunto. 

Esta coincidencia me remontó a estos recuerdos y decidí escribirlos aquí. 


Ahora, acabo de darme cuenta de que Mark Lanegan cambió mi perspectiva de la vida, cuando estaba harto de estar enfermo y enfermo de estar harto y de vivir miserablemente.   



domingo, abril 19, 2020

Strange Days



Mientras intento ignorar los monótonos beats del reggaetón que proviene de alguna casa del fraccionamiento y me levanto de la silla para estirar las piernas un poco, pienso que en estas semanas de cuarentena he trabajado más de diez horas al día y que, sin embargo, no me siento nada productivo. 

Me levanto de la cama cuando para mi cerebro siguen siendo las cinco de la mañana y cuando me doy cuenta el reloj de la computadora ya marca las diez de la noche y yo continúo trabajando. 

Los días y las semanas se van rápidamente y no puedo terminar nada de lo que debo terminar. 

Culpo al horario de verano, pero va más allá de eso. 

Me vuelvo a sentar frente al escritorio e intento regresar al artículo que estaba leyendo. 

Apenas leo un párrafo y recuerdo por qué lo abandoné. 

Los autores usan tantas abreviaturas en el texto que no puedo dejar de pensar que el propósito de esta clase de artículos parece ser que uno olvide cuál es el objetivo del estudio y cuáles son los hallazgos principales.         
                          
Estoy en estas conclusiones cuando, por enésima ocasión en la semana, suena la alarma del automóvil de uno de los vecinos. La alarma no tiene horario: puede sonar a las tres de la mañana, puede sonar a la hora del noticiero de Ciro Gómez Leyvapuede sonar a las cuatro de la tarde, puede sonar a la hora del desayuno, puede sonar a la hora en la que Hugo López-Gatell da por concluida la conferencia de prensa... 

Es un misterio por qué suena la alarma. A lo mejor basta que alguien pase cerca del automóvil para que la alarma se active.

A veces creo que el vecino la activa accidentalmente cuando abre la puerta de su auto, pero esto ocurre con tanta frecuencia que tal vez no sea así. (Puedo estar equivocado, pero no creo que se requieran varios meses de arduo entrenamiento para aprender a no activar una alarma por accidente.) 

Otras veces creo que el vecino simplemente lo hace a propósito para que todos los demás inquilinos sepamos que él tiene un automóvil. 



Esto último no es un disparate. 

Prácticamente toda la gente que vive en el fraccionamiento tiene automóvil. A juzgar por la clase de mensajes que comparten en los chats de Whatsapp y por lo que hacen cotidianamente los domingos, tienen una extraña fascinación por los automóviles.  

Hace un mes y medio, cuando el COVID-19 sólo le importaba a los chinos, un domingo salí a caminar por el fraccionamiento y me encontré a algunos vecinos que lavaban sus automóviles. (Lo hacían con tanta alegría que incluso parecía un festival.) 

Me llamó la atención lo que hacía uno de ellos. Había dos automóviles –un BMW y un Beetle– estacionados frente a su casa. Mientras lavaba uno de los autos con cubetas y cubetas de agua, en el otro tenía las puertas y las ventanas abiertas y el estéreo encendido con los Chemical Brothers a todo volumen. 

Ya sospechaba que era medio infantil y que le gustaba alardear, así que su comportamiento no me sorprendió. 

Lo he visto recorrer distancias menores a cien metros dentro del mismo fraccionamiento (cuando va alguna tienda, por ejemplo) en su Beetle. También lo he visto andar en una escandalosa motocicleta a toda velocidad dando vueltas, como si las calles fueran una pista de carreras.

Total que, además de que no le gusta caminar, parece que sus vehículos son muy importantes para él y que le gusta llamar la atención.

Otro vecino tiene una camioneta, una motocicleta y tres Pugs. Parece que se dedica a la venta de automóviles. Me lo he encontrado en el “Dogpark*” del fraccionamiento, sentado en una banca y revisando su teléfono, mientras sus perros están “ejercitándose”, echados a sus pies. Lo he visto trasladar a los Pugs, desde su casa hasta el parque de perros, en su camioneta. La distancia tampoco es mayor a cien metros.



Hay de todo en el fraccionamiento. 

También hay vecinos quisquillosos que se quejan de cualquier estupidez que ponga en duda su “consciencia social”, pero que sacan a caminar a sus perros (o, peor aún, los dejan salir solos) y que se hacen los locos cuando deben recoger las heces de sus perros. 

También están los vecinos que hacen carnes asadas cada fin de semana y que se la pasan preguntando cuándo pasa el camión de la basura, pero que dejan sus botes de basura semanas enteras afuera de sus casas y que se la pasan quejándose en el chat de vecinos de que la Seguridad Privada del fraccionamiento no da “una buena imagen”. 

También hay vecinos que han hecho fiestas en las últimas semanas y que creen que el coronavirus es un invento del gobierno para controlarnos a través del miedo.  

Durante la cuarentena han empezado a surgir otras actividades. 

Curiosamente, ahora, a los vecinos que no caminan más de cien metros, les ha dado por salir a correr diariamente. A otros vecinos les ha dado por escuchar música a todo volumen los domingos. (También es un misterio por qué lo hacen sólo los domingos, pero está bien: espero que conforme pasen las semanas y aún no podamos salir a la calle a hacer nuestras vidas cotidianas, no extiendan esta actividad a los demás días de la semana.)



Hoy me desperté a trabajar a las 6 de la mañana. 

El CONACYT lanzó en estos días una convocatoria dirigida a proyectos que permitan lidiar con la pandemia en el país. 

Según estimaciones de la OMS, actualmente hay alrededor de 200 millones de mujeres embarazadas en todo el mundo. En México, a principios de marzo, hubo dos casos de COVID-19 en mujeres embarazadas y una de ellas murió.

En el grupo de trabajo en el que estoy hemos intentado adoptar un modelo de infección viral durante la gestación, así que resulta (más o menos) evidente que debemos concursar en esta convocatoria.

Desde la mañana estoy consultando información en Pubmed relacionada con artículos de programación fetal y de cambios plásticos asociados a la gestación. Uno de los estudios más referidos es el NorFlu. 

Casi son las 6 de la tarde y todavía no termino. 


De lunes a viernes, el trabajo es más demandante. 

Básicamente tengo reuniones académicas por Zoom y por Skype, al menos tres veces –mañana tengo una a las 8 de la mañana y otra a las 3 de la tarde–, y también debo tomar talleres virtuales de casi 4 horas consecutivas para impartir clases en línea –mañana tomaré un taller desde las 10 de la mañana– y preparar clases y terminar de escribir la discusión de un artículo de investigación original... 

El otro día, mientras me tomaba un descanso, me metí a twitter y me encontré un tweet que me llamó la atención. Una psiquiatra le preguntaba a sus seguidores qué están haciendo durante la cuarentena para cuidar su salud mental. 

Mi respuesta obvia iba a ser: “¿Acaso hay tiempo para eso...?”

Cada quien tiene sus problemas y les da la importancia que merecen de acuerdo a sus propias capacidades y límites, pero yo, de momento, no tengo tiempo para pensar en mi salud mental. 

Me encuentro en una situación privilegiada respecto a otras personas. Puedo trabajar desde mi casa, sin preocuparme por el dinero. (Hace un año estaba en una situación totalmente distinta: en la universidad hubo una huelga que duró tres meses y trabajé desde casa, pero sin sueldo. Fue una locura.) Sin embargo, ayer, mientras impartía una plática en línea para un diplomado, me di cuenta de que el encierro también me ha afectado mentalmente. 

A pesar de que me he mantenido en contacto con mis colegas desde hace casi un mes –antes de que comenzara la recomendación de quedarse en casa, tuve síntomas de resfriado, permanecí un par de semanas en reposo y desde entonces me he quedado en la casa–, me comuniqué torpe y atropelladamente en esta plática. No me gustó nada cómo dije lo que dije. 

Ni siquiera pude hablar con fluidez de los experimentos que soñó Otto Lewy y que lo llevaron a descubrir la acetilcolina. (Y se supone que es una de las historias de las neurociencias que más me gustan.) 

Me pregunto cómo han sido estos días extraños para los demás. 
Me pregunto si alguien, además de los psiquiatras y de los psicólogos clínicos, ha considerado la importancia de la salud mental durante la cuarentena. Me pregunto cuáles serán las secuelas de este virus entre la gente asintómatica y entre las niñas y los niños que nazcan durante la cuarentena (o que sean procreados en la cuarentena). 

Me pregunto qué haremos mañana. 


NorFlu

We shall go on playing
Or Find A New Town
___________

*La mayoría de los vecinos no saben escribir apropiadamente en español cuando usan Whatsapp, pero usan términos como éste para llamar al pedazo de tierra y de pasto a donde llevan a jugar a sus perros.