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martes, octubre 20, 2020

Vuélvete a dormir

El dolor del ayuno atraviesa todas las fronteras liposolubles de tu cuerpo 
como si fuera una píldora cuyo propósito es mantenerte despierto y asustado
Es un tráiler escandaloso que hace rugir su motor y que circula a toda velocidad 
a medianoche en la autopista desierta que te lleva al despeñadero
Es un hierro incandescente que marca un número maldito en tu piel 
y que chamusca todas tus vísceras en la febrilidad del insomnio
Es una ráfaga de aire putrefacto que anega tus pulmones de cloaca 
henchidos de esporas precisamente cuando estás paranoico 
y a punto de vomitar todas las drogas ilícitas 
que consumiste para disfrazar tu inestabilidad emocional
Es una corriente de jugos gástricos que sofoca la garganta 
de la misma forma en que lo haría un nudo 
imposible de desatar en el corazón de tu existencia

Trata de ignorar a los gatos que pelean 
y que cazan bichos imaginarios en la penumbra del amanecer 
Trata de ignorar las campanas que tañen violentamente 
en la catedral de tus entrañas hambrientas 
Trata de ignorar el bullicio del tren subterráneo 
que avanza entre los túneles de tus necesidades fisiológicas 
Trata de ignorar el calambre que recorre tu vejiga 
como una arcada eléctrica que te exige levantarte de la cama 
y orinar tres días consecutivos
Trata de ignorar las voces esquizofrénicas 
que sacuden sus alas de buitre dentro de tu cabeza 
y que te dicen todo lo que podrías hacer en el día 
si supieras cómo ser más práctico 

Trata de ignorar esta sensación lacerante 
que es un ejército de hormigas invisibles y venenosas 
que recorren tus entrañas a toda prisa 
Trata de ignorar estos efluvios de melancolía 
que se abren camino en tu tracto gastrointestinal
como un sufrimiento tecnicolor indecible
Trata de ignorar estos resabios de angustia
que se adentran en las fenestras de tus capilares hidrofílicos
como si fueran una horda de gladiadores violentos 
que conquistaron al pueblo ávido de sangre y muerte en El Coliseo Romano 
y que después violaron y destruyeron todo lo que apreciaban
quienes los esclavizaron

Trata de ignorar estas vibraciones rapaces que asolan tus oídos como mosquitos
y que saquean y que incineran todo lo que ven a su paso 
y que ultrajan todos los secretos que guardas en el ático de tu cerebro
Trata de ahogar en paraformaldehído todos estos pensamientos pesimistas 
que surcan tu mente chamuscada por el dolor del ayuno
Trata de enfocarte en el canto de los gallos que amanecen a lo lejos 
y que son indiferentes a tu nula capacidad para reposar y para mantenerte dormido
Trata de enfocarte en la suave respiración de la reina de los panales 
de abejas que descansa junto a ti
Trata de vislumbrar el vaivén y la brisa del mar en su respiración 
Trata de escuchar la música de su existencia relajada y entregada al sueño

Trata de pensar que su respiración es el rumor del océano 
que mitigará el incendio de tu insomnio

Trata de volver a dormir

sábado, febrero 22, 2020

Cáscara de nuez


Son las cinco de la mañana. Desde hace dos horas estoy mirando el techo de la recámara y no he podido volverme a dormir. Tal vez debería buscar ayuda profesional. Ya no sé cuántas veces he pasado por la misma situación en las últimas semanas. 

Tal vez debería superar mi aversión a verme como un sujeto al que le gusta ser el centro de atención e inventarse enfermedades. Tal vez debería aceptar que en realidad soy más absurdo que eso y que sólo acudo al médico cuando alguna enfermedad ha hecho tan miserable mi existencia que he terminado en el quirófano, después de una larga temporada de episodios de reflujo gastroesofágico, de endoscopías, de lotes enteros de sucralfato, de monótonas dietas, de espantosos tratamientos de tramadol, de horribles ataques de pánico, de pavorosos ansiolíticos, de desgastantes mononeuropatías y de malos viajes con gabapentina y con percocet. 

Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Hace dos semanas leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es muy decadente –escalofriante– y me sorprendió haberla escuchado tantas veces y que hubiera pasado desapercibida para mí. 

Enciendo el teléfono para distraerme. 

Cuando mis ojos se adaptan a la luz después de haber estado acostumbrados a la oscuridad durante dos horas, lo primero que enfoco en la pantalla del celular es que estamos a -2ºC en Lerma. Reparo en que he estado ignorando el frío que siento en los pies y luego reparo en que nunca he soportado dormir con calcetines. Recuerdo que usar calcetines en la cama, me pone ansioso. Recuerdo que me hacen sentir como un prisionero. 



Mi estómago gruñe. Me muero de náuseas. 

Mi (ultrajado) tracto gastrointestinal me exige levantarme de la cama y comer cualquier cosa que pueda comer –porque no puedo comer lo que come cualquier persona– para mitigar las arcadas y para evitar que los jugos gástricos del ayuno asciendan a mi esófago. 

A pesar de que los gastroenterólogos suturaron una porción de mi estómago con la base de mi esófago para formar una válvula que impidiera que los jugos gástricos ascendieran a mi esófago, para impedir que la constante erosión del esófago provocara un tumor cancerígeno y para impedir que yo broncoaspirara estando dormido, algunas veces –sobre todo cuando estoy en ayuno– tengo reflujo. 

(Si no atiendo esta necesidad de comer, después puedo estar carraspeando todo el día y pasándomela muy mal.) 

Dejo el teléfono. Es muy temprano para leer mensajes de superioridad moral y de odio en las redes sociales. 

Creo que me levantaré de la cama y que buscaré un par de calcetines y que me los pondré. Pienso en dónde podrían estar los calcetines y ahora me encuentro pensando qué debo hacer durante el día. Iremos a la Ciudad de México, a la Feria Internacional del Libro. Hace dos años que no vamos. El año pasado, la Universidad estaba en huelga y vivíamos de nuestros ahorros y de un préstamo. (El préstamo fue una pésima idea y probablemente jamás escribiré sobre ese asunto en este blog. Después de haberlo consultado con la almohada durante casi un mes y de haber considerado que quizá era más sano solicitárselo al banco, cometí uno de los peores errores de mi vida.)

Entonces, obviamente, nuestras finanzas ni siquiera nos permitían darnos el lujo de viajar desde Lerma hasta la Ciudad de México, si no era estrictamente indispensable. 

Hace dos años no fuimos a la Feria porque vivíamos básicamente del estímulo económico del SNI (en mi primera solicitud al CONACyT, me dieron el nombramiento de Investigador Nacional Nivel I) y nuestras finanzas tampoco nos permitían hacer gastos innecesarios. El año previo había cumplido tres años consecutivos de posdoc y continuaba sin encontrar una plaza académica. Había tenido un buen sueldo durante el posdoc, pero tuve que gastar una fuerte suma de dinero, durante casi dos años, en consultorios privados de gastroenterólogos, en tratamientos médicos y en una cirugía. 

La última parte de nuestros ahorros la habíamos gastado en la mudanza a la casa en la que actualmente vivimos, en la renta y en el depósito. Apenas me pagaron una quincena en mi nuevo trabajo en Lerma, cuando la Universidad se fue a una huelga que duró tres meses. 

Mi esposa lograba que ese sueldo de hace dos años nos alcanzara para pagar la renta, la comida, la luz, el agua, el gas, internet... y cualquier cosa que fuera indispensable. A veces teníamos que usar una tarjeta para comprar comida en el centro comercial. (La gran deuda que estamos pagando tiene un monto total de $800 MXN. Al tramitar esa tarjeta, ella cometió otro grave error: dio como referencia el número de una casa a la que han estado llamando día y noche, diciéndoles que debemos ¡alrededor de $30, 000 MXN!) 

Entiendo que sea molesto que te estén llamando por teléfono para cobrarte algo que no debes y que te hayan puesto de referencia para una tarjeta de crédito (lo he vivido: también han dado mi número telefónico como referencia), pero también me parece incomprensible que le creas más a un desconocido que a uno de tus familiares que nunca se ha endeudado con nadie. 

A juzgar por el tono con el que me han llamado para notificarme y a juzgar por el misterio con el que han tratado el asunto, es obvio que “no meterían las manos al fuego por mí” y que les resulta más lógico creerles a unos desconocidos y asumir que mi esposa y que yo somos los peores despilfarradores en la historia de la humanidad.   

Estos pensamientos me han dejado un mal sabor de boca. 



Es sábado. Los fines de semana me cuesta más trabajo volverme a dormir, si despierto en la madrugada.

Despierto incluso antes de las tres de la mañana e intento volverme a dormir, pero, ya que en toda la semana no pude escribir cosas personales y necesito escribir cosas personales para estar bien conmigo mismo, me pongo a pensar de qué manera puedo aprovechar el día –sobre qué cosas personales quiero escribir– y ya no puedo dormir. 

En algún momento el ayuno es doloroso y tengo que levantarme de la cama, ir a la cocina y comer. Tomo un puñado de arándanos o pasas, y los gatos aprovechan para que les dé su comida especial. Dependiendo de lo doloroso que sea el ayuno o de lo insistentes que sean los gatos, puedo dejar la cocina pronto o después de un rato, y entonces me meto a la recámara donde trabajo cuando estoy en la casa y me siento frente a la computadora y la enciendo y procuro escribir. 

En estas semanas me he sentido bloqueado para escribir. No sé cómo explicarlo. Probablemente sea trivial para los demás, pero también resulta doloroso para mí. 

He estado escribiendo un artículo de investigación y me ha costado mucho trabajo compaginar ese tipo de escritura con el tipo de escritura que empleo en este blog y en mis textos personales. En algunas corrientes cognitivas de aprendizaje y memoria, se habla del pensamiento enfocado y del pensamiento difuso. Cuando escribo un artículo de investigación, predomina el pensamiento enfocado. Cuando escribo tonterías personales, predomina el pensamiento difuso. Ambos tipos de pensamiento involucran la participación de distintas redes neuronales. No es extraño tener este problema de compatibilidad. 

Puede parecer trivial, pero es una maldición. 

Por otra parte, no me gusta escribir sobre temas en los que no soy experto y fingir que soy un experto en ellos. Representa un gran sacrificio para mí. No me agrada aprender temas a medias. No me gusta aprender lo más básico de un tema de moda. 

Me cuesta trabajo escribir sobre temas que no me apasionan y me siento mal engañándome a mí mismo. A lo mejor por eso no soy “exitoso” para la sociedad. A lo mejor por esa razón no he salido en la televisión. A lo mejor por esa razón mis colegas creen que nunca he escrito un maldito artículo yo solo en inglés (todos los artículos en los que aparezco como primer autor, los he escrito solo y he recibido retroalimentación de los colaboradores). A lo mejor por eso no termino por sentirme feliz. ¿Por qué es tan importante el reconocimiento social? A veces la gente que lo reconoce a uno, no vale un carajo. 

Me cuesta mucho trabajo aparentar que sé más de lo que sé. Cuando tengo que hacerlo porque no soporto las apariencias de otros sujetos, sufro el síndrome del impostor y me siento muy mal. Siento que traiciono mis principios. Es como si me viera a mí mismo como un punk rocker que escucha pop cuando está a solas. 

Tengo la impresión de que soy un farsante y de que no avanzo en ninguna de las actividades que debo realizar. (Sobre estas sensaciones debilitantes debería escribir, cuando no puedo escribir.) 



Este problema de mantenimiento del sueño se remonta al posgrado. 

Los últimos seis meses no fueron precisamente un paseo por las nubes. 

Me la pasaba tan mal que desarrollé dermatitis psicosomática. Me sentía tan molesto y tan insignificante que estuve a punto de pelearme con desconocidos en algún centro comercial. (Afortunadamente, ninguno de ellos resultó estar más frustrado que yo.) 

Bebía y fumaba casi todos los días para lidiar con el estrés. (Los fines de semana eran atracones de alcohol y de otras cosas.) Ni siquiera tenía humor para escribir en este blog. Cuando intentaba hacerlo, terminaba aporreando el teclado de la computadora, jalándome los cabellos, odiando la longitud de mis uñas –concentrándome en la sensación de mis uñas al aporrear el teclado de la computadora y en el sonido que emitían– y sintiéndome estúpido e incapaz de escribir algo satisfactorio para mí mismo.   

(Han pasado más de cinco años desde entonces y aún no comprendo totalmente por qué cambió tanto mi relación de trabajo con mi mentor. Él siempre dijo que su prioridad eran las publicaciones y publiqué más de cinco artículos con él –ni los miembros más brillantes de su laboratorio que luego se fueron a hacer posdoctorados a los mejores laboratorios de Europa y de Estados Unidos publicaron tantos artículos como yo, cuando fueron sus estudiantes–, pero en esos últimos meses parecía estar convencido de que yo sólo seguía sus instrucciones y, además, no tenía ningún reparo en decírselo a todo el mundo por correo electrónico y exponerme frente a todos los que me conocían.) 

Cuando acabó ese infierno, unos meses después de mi examen de grado, uno de los miembros de mi comité tutoral del posgrado me invitó a dar un seminario a una clínica de sueño. Preparé una plática del uso de los endocannabinoides como moléculas hipnóticas en modelos experimentales –justamente en esos días acababa de enviar a revisión un artículo en el que mostrábamos que una marihuana endógena normalizaba el sueño en ratas sometidas a estrés postnatal*– y, mientras hablaba, me di cuenta de que yo mismo tenía problemas de sueño y que nunca había intentado aplicar a mi propia vida lo que había aprendido durante el posgrado. 

Al final de mi plática, le comenté sobre este problema de mantenimiento de sueño a una colega de la clínica y ella me recomendó seguir algunos hábitos de higiene del sueño y acudir con un especialista si la situación empeoraba. No le hice gran caso porque el problema desapareció temporalmente. 



Dejo de divagar, me pregunto dónde estarán los calcetines y termino pensando que soy un desastre. 

Me obsesionan estupideces. Me persiguen día y noche. Me enredo en discusiones en redes sociales con desconocidos que me llaman “ignorante” sin saber nada de mí y que asumen que soy un chairo y que no hago nada bueno por mi país porque no tengo una empresa. Me enojo y no analizo que esos personajes tienen una inteligencia tan asombrosa que asumen que todo lo que he publicado es “paja académica” y que probablemente se benefician de los hallazgos de la ciencia, como todo el mundo. 

(Me pregunto qué harán estos sujetos cuando enferman. ¿Tomarán Herbalife...? ¿Recurrirán a un empresario con buena imagen, aunque no sepa nada de fisiología...? Me pregunto si son la clase de personas que toman un curso de liderazgo en el que le enseñan a actuar –en el sentido más histriónico del término– como líderes y en el que los engañan y les dicen que la “resiliencia” es una habilidad que se aprende y que “ser resiliente” es soportar un nivel enfermizo de estrés para generar ventas.) 

También me afecta saber que algunos miembros de mi familia le preguntarían a decenas de desconocidos, antes que a mí, sobre algún tema en el que he estado trabajando más de diez años. (¿Por qué a veces la familia, es la primera en subestimarlo a uno...? ¿Por qué a veces la familia resulta ser el peor enemigo...? ¿Por qué a veces la familia es la primera en pensar que uno es un borrego y que todo lo que uno piensa, lo piensa porque tiene millares de amigos que piensan así...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es un títere y que es capaz de endeudarse por comprar cosas que no necesita...? ¿Por qué a veces la familia piensa que uno es capaz de hacer lo peor...?) 

Me acosan pensamientos que no tienen ninguna utilidad y que me hacen sentir que el tiempo no me alcanza para hacer todas las cosas que me gustaría hacer. Me perturban situaciones que no valen la pena. Me siento dividido entre el carácter formal e imparcial de los textos científicos y el carácter informal y subjetivo de mi necesidad de escribir. 

Hace algunas semanas que no leo literatura y me cuesta trabajo escribir con fluidez.  

Estoy despierto desde las tres de la mañana y no puedo apartar de mi cabeza el estribillo de una canción de Alice In Chains que desde hace dos semanas he estado escuchando con atención. Leí una nota en internet en la que especulaban sobre el significado de esa canción y su relación con la muerte de Layne Staley. La letra es escalofriante y me sorprendió que hubiera pasado desapercibida para mí. 

Cené algo que me cayó mal –cualquier cosa que a cualquier otra persona no le haría daño– y tengo acidez y náuseas. No puedo ignorar que estamos a -2ºC en Lerma y tampoco puedo ignorar el hecho de que se supone que está cerca la primavera. 

Miro el techo de la recámara por enésima ocasión. 

Aunque en otras ocasiones en las que he despertado a las tres de la mañana, me he sentido con más energía y he escrito millones de estupideces en cada una de las libretas que he usado a lo largo de mi vida –¿100, 200...?–, ahora mismo no puedo hacerlo. Me siento primitivo y disfuncional. 

Es desagradable estar cansado y no poder dormir. Es desagradable estar tumbado en la cama y mirar el techo de la recámara y pensar en todo lo que tienes que hacer en el día, y saber que el tiempo no te alcanzará. Es desagradable tener náuseas y saber que debes comer para mitigarlas y que el efecto de bienestar sólo durará un par de horas. Es desagradable estar a -2ºC en Lerma y saber que necesitas levantarte de la cama y buscar un maldito para de calcetines para mitigar el frío, y saber que cuando te levantes, ya no volverás a la cama. 



Continúo mirando el techo.

Ahora recuerdo un comentario de uno de mis sinodales en alguno de mis exámenes tutorales... y comienzo a divagar otra vez. 

Me pregunto cuántos años han pasado desde mi último examen tutoral. Los exámenes tutorales tampoco eran un paseo por las nubes. 

Era muy estresante tener que hablarles por teléfono a los miembros de mi comité tutoral una vez al semestre, durante cuatro años de posgrado, y agendar una cita en la que los tres  pudieran asistir al examen. Nunca me ha gustado hablar por teléfono. En perspectiva, creo que esa actividad es necesaria para cualquier estudiante de posgrado. Desde este otro lado, me ha tocado tratar a estudiantes que no tienen que llamar a los miembros de su comité para agendar una cita y me ha tocado ver cómo no los respetan y cómo se dirigen a ellos como si fueran sus empleados.  

Era muy estresante tener que preparar el aula y mi computadora y el proyector y algunos snacks para ellos y pararme frente a ellos y hablarles durante dos horas de los antecedentes y de los avances de mi proyecto. Era muy estresante tener que pensar en las respuestas a las preguntas que me hacían. Las preguntas cada vez eran más específicas y cada vez requerían un mayor dominio del tema. Nunca he podido aprender cosas por obligación de la misma forma en que aprendo cosas por placer. Con frecuencia debía aprender cosas aburridas que no me interesaban en absoluto. Era estresante exponerme a hablar de temas que involucraran que me convirtiera en un impostor. 

Eran muy estresantes las semanas previas a los exámenes tutorales. Era muy estresante estar preparando mi presentación en Power Point, sabiendo que había información que jamás lograría dominar como experto. Era muy estresante estar analizando datos con programas estadísticos, sabiendo que a la hora del examen alguno de los miembros de mi comité me preguntaría por qué había decidido usar una prueba estadística en lugar de otra. 

En fin, el miembro de mi comité dijo en algún examen tutoral que a él nunca le había gustado levantarse temprano y que despertarse era un acto desafiante para la fisiología. Creo que luego explicó algunos detalles de las contracciones musculares, de la inervación vagal del corazón, de la participación del cortisol y de la acetilcolina... Y también recuerdo que yo estaba tan tenso que no le presté demasiada atención.

¿Quién diría que después de más de cinco años mi cerebro terminaría reflexionando sobre su comentario y que su comentario terminaría llevándome a recordar algunos pasajes de mi vida como estudiante de posgrado...? 

Ahora, mientras me dispongo a levantarme de la cama y a rendirme y a aceptar que ya no volveré a la cama y que ya no intentaré volver a dormir, recuerdo haber leído en alguna revista que a las tres de la mañana ocurren la mayoría de los infartos porque la presión arterial y la frecuencia cardiaca exhiben su tasa más baja en comparación con el resto del día.

Cada vez que despierto abruptamente a las tres de la mañana, no puedo dejar de pensar en ello. ¿Qué tal si estos despertares recurrentes son una advertencia...?

Nutshell
_______

*Aunque no disfruté el proceso de publicación en absoluto –en los créditos se lee que yo sólo seguí instrucciones, aun cuando, antes de comenzar a escribir el manuscrito, recibí un regaño porque no seguí instrucciones “al pie de la letra” en la metodología–, creo que ese debió ser mi primer artículo como autor corresponsal. De haber sido así, tal vez mis colegas actuales sospecharían (acertadamente) que yo he escrito (en inglés) todos los artículos en los que soy primer autor.

viernes, noviembre 15, 2019

I'm So Tired, I Can't Sleep


¿Recuerdas cuando te acostabas a las tres de la mañana, después de escribir relatos en los que aparecían las mujeres que te quitaban el sueño...?, ¿recuerdas que antes de acostarte, te fumabas tranquilamente un cigarrillo (como si fuera el último que te fumarías en la vida) mientras pensabas cómo serían esas mujeres en realidad...?, ¿recuerdas que a la mañana siguiente podías levantarte temprano y estar despierto todo el día, sin ningún problema...?

Ahora, te despiertas a las tres de la mañana, no puedes volverte a dormir y difícilmente tienes tiempo para escribir sobre cualquier tema que no sean minutas de reuniones, informes técnicos de proyectos financiados por el gobierno o artículos de investigación original que nunca terminas de escribir porque no te enorgullece la metodología con la que fueron recabados los datos.

Ahora, te despiertas de alguna pesadilla en la que huyes de un asesino o de una persona que quiere hacerte la vida imposible. (Es lo usual en una carrera académica en la que debes publicar la mayor cantidad de artículos para no perecer y en la que siempre ha habido individuos poco éticos dispuestos a quedarse con el crédito de tus experimentos.) Una de cada tres ocasiones, te despiertas porque estás ahogándote. (Son los estragos de la cirugía en la que te suturaron una porción del estómago con el esfínter inferior del esófago para evitar que ascendieran los jugos gástricos a la garganta y terminaran erosionándola y provocando un tumor cancerígeno, además de hacer que continuaras odiando tu existencia). Una de cada tres ocasiones, te despiertas de algún sueño del que hubieras preferido no despertar. (¿Por qué sueñas que eres un niño y que es un día cualquiera en la escuela y que no te molestan las niñas que te gustaban...?)

Ahora no importa cómo sea la noche, lo más probable es que a la mañana siguiente siempre estarás somnoliento. 

Mientras estás mirando el techo o cierras los párpados y tratas de evocar algún recuerdo agradable o de inventar una historia basada en tus malos pensamientos (y obligarte a soñarla) y sólo transcurren las horas y no puedes volverte a dormir, te preguntas si acaso estás en una edad en la que ya no es tan fácil tener sueños. 

Mientras transcurren las horas y sigues mirando el techo o cerrando los párpados y recordando los rostros y las voces de las mujeres que te gustaban y que nunca te atreviste a invitar a salir a algún lado por temor a aburrirlas o por temor a que te rechazaran, terminas divagando y creyendo que no hay una gran diferencia entre tú y el amargado científico de La Ciudad de los Niños Perdidos que tampoco podía dormir (excepto que tú rara vez puedes realizar experimentos actualmente), y te alegra saber que al menos no has llegado a un punto de desesperación en el que consideres robarle los sueños a los niños para que tú puedas soñar. 

Cada vez despiertas con más frecuencia a las tres de la mañana y cada vez te cuesta más trabajo volverte a dormir. Antes era divertido estar despierto a las tres de la mañana e invocar a Jack Kerouac e imaginar las alucinaciones de su delirium tremens en Big Sur, pero ahora el sueño es la tierra prometida y estar despierto es el infierno. 

No tienes que reflexionarlo demasiado: sólo cuando estás enfermo y tomas altas dosis de paracetamol (o sólo cuando tienes un dolor intolerable y tomas varias pastillas de Tramadol), puedes mantenerte dormido toda la noche de corrido. 

¿Recuerdas cuando tu pretexto para consumir hipnóticos y ansiolíticos era el estrés de los últimos años del doctorado y que entonces no tenías problemas para dormir...?, ¿recuerdas que la relación con tu jefe al final era muy tensa y que llegaste a detestar el trabajo y que detestaste ir a trabajar y que sin embargo no tenías problemas para dormir...? 

Ahora, ya tienes cinco años sin fumar y ya no bebes alcohol (sólo tres o cuatro cervezas o whiskeys al mes) y definitivamente tienes problemas de mantenimiento del sueño y sin embargo no quieres acudir con un especialista porque te imaginas que terminará recetándote algún medicamento que podría modificar otra vez tu flora intestinal y otra vez volverte ansioso, paranoico y nauseabundo... y porque también temes la posibilidad de volverte dependiente a las pastillas para dormir.

En la eternidad del insomnio, te acuerdas de un texto de Guillermo Fadanelli que hablaba sobre por qué les tenía lástima a quienes deseaban la inmortalidad sin haber considerado lo triste que debe de ser la eternidad, y crees comprender a qué se refería... y también crees que nadie podría negarte que el insomnio es una probada de la eternidad a la que se enfrentan los vampiros... y también te acuerdas de haber leído en esa época Miedo y Asco en Las Vegas y esta asociación te lleva a recordar los efectos del Spice en una ciudad fronteriza de Estados Unidos y te acuerdas de cómo todo transcurría lentamente y de cómo todo tenía un carácter sexual innegable y de cómo todo parecía bañado de bienestar y de superficialidad, al ritmo de los primeros acordes de Purple Haze que te hacían dudar si tú también tenías una Stratocaster blanca como la de Jimi Hendrix.

Sólo quieres volverte a dormir, acomodas la almohada en otra posición por enésima vez, y te preguntas: ¿pastillas para dormir o THC sintético...?, ¿THC sintético...?, ¿paranoia...?, ¿ansiedad...? 

Estás cansado de mirar el techo y estás cansado de ser incapaz de conciliar el sueño y recuerdas automáticamente las letras de una canción de Kurt Cobain. Una parte del coro de esa canción define exactamente cómo te sientes, y también define la eternidad del insomnio y el lento transcurrir de los minutos... o eso crees. 

Decides que le sacarás provecho al insomnio y que te pondrás a leer las últimas páginas de Serotonina. 

miércoles, marzo 28, 2018

Alguien debe morir para dejar vacante una plaza académica


Según un estudio de la OCDE del 2017*, sólo el 17% de los mexicanos entre los 25 y los 64 años de edad poseen un título universitario. 

De ese 17%, sólo el 1% posee una maestría y menos del 1% posee un doctorado. 


En este contexto, pertenezco a menos del 1% de la población mexicana entre los 25 y los 64 años de edad.


Estos números me hacen pensar dos cosas: 1) que pocas personas concluyen estudios universitarios porque la mayoría de la población no tiene la oportunidad de hacerlo y 2) que para estudiar un posgrado quizá no sólo se trata de tener la oportunidad de hacerlo, sino de tener suficiente capacidad intelectual para ingresar a uno y de ser suficientemente tenaz para terminarlo. 


Al menos en el posgrado que estudié, nadie se gradúa sólo por haber tomado clases o por haber tenido suficiente dinero para pagar una colegiatura.


Para ser aceptado en ese posgrado, tienes que demostrar que eres mejor que cientos de aspirantes. 


Necesitas haber concluído la licenciatura al menos con un promedio de 8. 


Necesitas pasar unas pruebas psicométricas para que el posgrado descarte que tienes un retraso mental o que puedes desarrollar una psicopatía. 


Lo más importante es aprobar la entrevista de admisión al posgrado, ante un comité de investigadores reconocidos que evalúan cuáles aspirantes exhiben una capacidad apropiada para integrar información científica muy especializada, exponerla coherentemente y defender la viabilidad del proyecto de investigación que pretenden desarrollar y concluir durante el posgrado. 


Ese proyecto de investigación que defiendes en tu entrevista de admisión, no es un texto cualquiera ni se escribe en un solo día. 



No es común que un aspirante llegue al posgrado con una brillante idea y que con base en esa brillante idea escriba él solo un proyecto de investigación. 


Lo común es que el aspirante haya trabajado previamente en el laboratorio del investigador con el que quiere cursar sus estudios de posgrado y que el investigador tenga una sólida línea de investigación y que sea él quien le asigne un proyecto de investigación. 


Dependiendo de lo estricto que sea el investigador, o de lo capaz que le parezca el aspirante, el aspirante puede prepararse todo un mes, o todo un semestre, para esa entrevista de admisión. 


Para tu entrevista de admisión no sólo basta conocer tu proyecto de investigación -los antecedentes, la pregunta de investigación, la hipótesis, la metodología con la que pretendes poner a prueba tu hipótesis, el análisis estadístico que sería más adecuado para tus datos-, sino que debes preparar una presentación oral con material de apoyo -como una presentación en power point, o con cualquier software de tu preferencia-, para exponérsela al comité evaluador de la manera más convincente posible. 

Obviamente, toda la información que da lugar a tu proyecto de investigación está escrita en inglés y está publicada en revistas especializadas. 


Un curso de inglés básico puede facilitarte la lectura de esa información científica, pero no necesariamente su comprensión. 


Obviamente, el comité evaluador espera que en tu presentación expongas datos (y que no leas diapositivas llenas de oraciones que cualquier persona que no supiera el tema podría leer también, como acostumbran a hacer muchos estudiantes de licenciatura cuando les toca exponer en clase) y que los interpretes de una manera congruente con tu pregunta de investigación. 




Desde hace tres años, pertenezco al Sistema Nacional de Investigadores.

Obtuve mi grado de doctor en mayo del 2014. 
He impartido clases a nivel licenciatura y posgrado en universidades públicas y privadas casi durante diez años.
He participado en exámenes de grado -sólo he titulado a una estudiante de licenciatura y fui asesor de otra alumna de maestría que desertó-, he escrito proyectos de investigación básica para concursar por financiamiento -y que hasta ahora sólo han pasado el primer filtro de evaluación-, y desarrollé un proyecto de investigación por mi cuenta. 

Me molestan los comerciales de la presidencia en los que se presume la creación de muchos empleos, pero me molesta mucho más la gente a la que esos comerciales convence fácilmente. 


De acuerdo con un estudio de ManPower Group**, cuando la presidencia se refiere a la "enorme" cantidad de empleos que ha generado durante el sexenio que está por concluir, se refiere a empleos diseñados para un grupo de personas que ni siquiera terminaron la primaria  (114, 990 trabajadores), que aceptan menores sueldos, que no tienen prestaciones ni seguridad social o que laboran en la informalidad o en la subcontratación. 

En este reporte se menciona que la cantidad total de desempleados en México asciende a más de un millón de personas.  

A la presidencia le faltó señalar este "pequeño" detalle. 


Para las personas con mi perfil académico, la manera más fácil de obtener una plaza es que alguien muera y que irremediablemente deje vacante su plaza y nos permita concursar por ella.

(A veces, incluso en estos casos inusitados, ya se tiene a un "candidato" para ocupar la plaza y entonces los concursos son una farsa.)  

Es una situación desgastante. 


Además del desempleo y de la inseguridad laboral, a diario tenemos que lidiar con la opinión desinformada de la gente. 

Son tan fáciles de convencer que pueden pasar de creer que tener un doctorado no tiene ninguna utilidad y que es un desperdicio de recursos y que las personas con doctorado somos presuntuosas y groseras, a creer que un candidato a la presidencia es la mejor opción para gobernar el país porque tiene un doctorado y además a veces viaja en transporte público. 

Sospecho que ese porcentaje de la población que no se toma ni cinco minutos para informarse acerca de nada por su propia cuenta, es la población que más opina y que más lastima al país. 

Ustedes son los responsables de que la presidencia nos vea como Azcárraga Milmo veía a los televidentes: como un montón de ignorantes que apenas saben leer y escribir. 


Si creen que estudiar un doctorado es como estar de luna de miel y que las personas que estudiamos un doctorado lo hicimos porque queríamos evitar la realidad laboral y porque aspirábamos a dar clases en una preparatoria, están equivocados.

Si son incapaces de contar coherentemente las trivialidades de su propia vida, pero repiten y defienden lo que les dicen en la televisión y en la radio como si fuera su propia opinión, están dañando al país. 


También dañan al país si creen que lo máximo en la vida es tener automóvil, o hijos.


Y si creen en ello y sin embargo no se han dado cuenta que el precio de la gasolina ha subido dramáticamente en los últimos años, qué lástima. 

Y si creen en ello y ni siquiera les pueden enseñar a sus hijos que tirar la basura en la calle, o que desperdiciar el agua, o que abandonar y/o maltratar a sus mascotas, o que aprovecharse del prójimo, no está bien, qué lástima. 

Obviamente no se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que la crisis que atraviesa el país es mental, que los feminicidios y que los miles de muertos debido al tráfico de drogas y que las decenas de periodistas asesinados y que los 43 desaparecidos de Ayotzinapa son irrelevantes.

No se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que en este sexenio se han hecho las cosas bien.  


Ni siquiera notaron la ironía cuando el extitular de la SEP promovía la Reforma Educativa y al mismo tiempo minimizaba el plagio del presidente en su tesis de licenciatura.

No les resulta una burla que ese personaje ahora sea coordinador de campaña del candidato a la presidencia de ese mismo partido, pero, eso sí, si ellos les dicen que hay un peligroso candidato que nos convertirá en Venezuela, no lo dudan.

Y, sin embargo, los envidio porque parece que son felices así. 
Yo ni siquiera puedo dormir, por estar pensando en todas estas cosas que no tienen solución.

*Panorama de la Educación
**Empleo en México y sus perspectivas para 2018

jueves, febrero 08, 2007

Mi cabeza retumba


Aquella primera noche de año nuevo cuando estaba sumergido en las profundidades de la estupidez, porque se acababa de largar mi única amiga de muchos años. Me había bebido varios litros de whisky y mi cabeza retumbaba como una regadera de alfileres. 
Aquella tarde de sábado en el verano cuando estaba tan desconsolado, porque Maxi Rodríguez acababa de anotarle en el último minuto de los tiempos extras el gol de su vida a la selección de México en Leipzig. Mi estómago estaba lleno de goma arábiga y mi cabeza retumbaba como una herida abierta.



Aquella noche de septiembre cuando veíamos tu película favorita y nos pusimos a fumar tila y luego te dije que no me estaba sintiendo bien y quisiste ahorcarme para hacerme reír. Me puse paranoico y te aborrecí y mi cabeza retumbaba como una ardiente bola de fuego.
Aquella tarde de noviembre en las calles de Gante y de Madero cuando me sentía increíblemente infantil y dichoso y olvidé todas las cosas que me preocupaban, porque había una chica que parecía mapache y que me sonreía y a veces me preguntaba cosas idiotas o me exigía que no la observara porque la inquietaba. Me embriagaba su adolescencia y mi cabeza sólo repetía C'mon baby light my fire mientras retumbaba al ritmo de esa canción.


Aquella noche de agosto en Chiapas cuando estaba acostado sobre unas tablas de madera en una bolsa de dormir, fumando un Grato, escuchando con todo interés a los lugareños, porque creían en las brujas y estaban convencidos de que se convertían en pequeñas luces de fuego. Me despertaron por la noche unos gritos y una serie de ruidos que provenían de la calle y que recorrían rápidamente todas las esquinas de la escuela en la que dormía.
Y esta madrugada de febrero, estoy un poco sedado y mi cabeza retumba como una ola salvaje llena de recuerdos.

miércoles, enero 24, 2007

Cuentos para el insomnio a las 3 de la mañana



Él escribió que se encontraba solo e insomne en una cabaña, soportando la demencia de los estragos de su adicción al alcohol, acostado en una bolsa de dormir que había acomodado con mucho trabajo sobre unas tablas de madera.

Eran las 3 de la mañana.

Yo también estoy insomne, pero no tengo delirium tremens. 
No soy alcohólico ni he probado jamás la bencedrina.  

Tampoco tengo en mis manos un ejemplar de Dr Jekyll y Mr. Hyde –como Jack Kerouac en ese pasaje de Big Sur–, ni me parece que un murciélago esté revoloteando en los rincones de la habitación.

Mucho menos estoy acostado en una bolsa de dormir.

Pero sí me ocurre algo.

Desde hace más de medio año comencé a tener problemas para permanecer dormido.
No me cuesta trabajo quedarme dormido. 
Simplemente me despierto a las 3 de la mañana y ya no puedo volver a conciliar el sueño.
En alguna parte leí que esa hora es la de mayor incidencia de infartos al miocardio.  

Cuando el asunto se volvió algo tan recurrente, me la pasaba en la cama, sin ningún propósito, preguntándome a qué se debía despertar siempre a esa hora. 

Tenía muchos pensamientos incoherentes, y una madrugada decidí levantarme de la cama y me puse a escribir.  

Ahora tengo unos cuentos que escribí a las 3 de la mañana.

Algunos de ellos sólo reflejan mi cansancio y mi incapacidad para volverme a dormir, pero la mayoría de ellos se desarrolla a partir de pensamientos incoherentes.

______

Ayer bebí un six de Tecate y me sentía exhausto.
No podía dormir y me acosté y me puse a leer Big Sur.
No paré hasta este momento. 

Llegué a un capítulo en el que Kerouac describe un episodio de delirium tremens, justamente a las 3 de la mañana. 

Sentí escalofríos.
Aún estoy sorprendido, procesando la sensación.

Tal vez las 3 de la mañana es una hora literaria, un lugar común en la literatura, pero me basta saber que lo descubrí de esta manera.  

Todo esto puede parecer una mentira, o premeditado, pero juro que no es así.
(No me importa lo que crean.) 

Algún día publicaré estos cuentos y tal vez le resulten útiles a algún lector que no pueda lidiar con el insomnio.   

miércoles, enero 10, 2007

Moda perfectamente desarreglada



Últimamente he tratado a una chica superficial. Se comporta como si fuera la persona más irreverente y más interesante del mundo. 

Me ha ocurrido tan a menudo que he pasado varias noches en vela, quejándome de ella. 

Tiene una obsesión patológica por la moda perfectamente desarreglada.
Obviamente escucha a The Strokes. 

No la soporto, pero no puedo dejar de verla. 

Tengo que verla casi a diario. 

Ella vive con un músico que le lleva más de 10 años. 

Cuando voy al departamento donde viven los dos, el músico nunca está y a ella siempre le gusta contarme la misma historia: que él no practica ningún deporte, que toda su vida ha estado sumamente deprimido -por eso usa drogas ilícitas- y que nunca ha podido dejar de pensar en qué momento terminará el sufrimiento.

La chica suspira para darle un tono melodramático a su relato, y me sirve un whisky.

Yo sólo pienso que este tipo tiene una suerte bárbara con las mujeres. Me han contado que se ha acostado con más de 100 mujeres, y que todas le han perdonado sus infidelidades. 


La chica sigue, mientras se fuma un cigarrillo. Cruza ligeramente la pierna izquierda sobre la derecha -usa una minifalda, no trae medias, y sus piernas son estupendas- y me deja contemplarlas sin ninguna reserva. 

Ella sabe que me gusta, y a veces sospecho que no le desagrada la idea.  

En algún momento, finjo que el alcohol me ha debilitado y cierro los párpados y recuerdo que desde niño me la he pasado escribiendo acerca de las mujeres que me atraen -como, por ejemplo, ella- y que generalmente esas mujeres nunca se fijan en mí. 

Entonces, le comparto mis recuerdos -sólo para sentirme un poco acompañado- y ella exclama tontamente: 
"¡Tienes síndrome de Peter Pan!"

Le doy un sorbo al whisky, enciendo un cigarrillo y lamento mi suerte. 

Probablemente debo empezar por decir que también toco la guitarra, que no practico ningún deporte y que consumo drogas ilícitas.