Mostrando las entradas con la etiqueta Tabaquismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tabaquismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, diciembre 03, 2025

¡suenan a banda de bar!



Scott Weiland se contorsionaba como si una corriente eléctrica estuviera atravesándolo, se movía de un lado a otro del escenario sin perder el aire ni dejar de cantar. Cuando la canción lo ameritaba, se detenía detrás del pedestal del micrófono, volvía a colocar el micrófono allí y cerraba los párpados, y todo esto lo hacía con tal naturalidad que nadie podría poner en duda su experiencia de casi 30 años como el líder de una banda de rock. Quién sabe cuántas veces ya había montado ese show en su vida, tal vez ya hasta le resultaba automático, una conducta que no pasaba del todo por su consciencia. No sé por qué, pero, en lugar de verlo así, como un frontman experimentado, lo vi como si hubiera sido uno de esos niños hiperactivos de los 70 sobre diagnosticados con TDAH y medicados con metilfenidato.

Al final de una canción, Weiland se detuvo a un costado del escenario y apenas pudo mantenerse en pie. Un par de miembros del crew de los STP tuvieron que auxiliarlo. Alguien le alargó un vaso y él le dio un sorbo. Luego, medio tambaleándose, regresó al escenario, probablemente desde el principio del concierto estaba bajo la influencia de algún narcótico –depresor, estimulante, ambas clases de drogas–, y volví a pensar en que tal vez él había sido un niño hiperactivo medicado con metilfenidato y que el metilfenidato lo había condenado a probar otras drogas más adelante en su vida, hasta el punto en que abandonó la universidad y el futbol americano para convertirse en estrella de rock. Me sentí un poco mal por él.
Weiland traía una bandana roja y un sombrero negro, un atuendo algo exótico, parecía un pavo real siguiendo la música, su estímulo signo. De vez en cuando, olvidaba las letras de las canciones y los hermanos De Leo le echaban una mirada difícil de descifrar, entre compasiva y recriminatoria. Me sentí un poco mal por ellos, habían formado una gran banda, en los 90 habían sido excluidos del status de las bandas de la Costa Noroeste de EEUU —“el sonido Seattle”— por ser de San Diego y, además, estaban condenados a la volubilidad (las adicciones) de Weiland.

Me terminé el cigarrillo y le di un sorbo a la cerveza. A pesar del frío estaba tibia. Ya habíamos escuchado a Los Odio y a Los Flaming Lips. Después de STP, Nine Inch Nails cerraría el Festival Motorokr. Comenzaba a llover, estábamos a finales de octubre o a principios de noviembre del 2008. Los STP tenían ya varios años sin grabar un álbum de estudio, Weiland había grabado algunos álbumes como solista y había pasado por Velvet Revolver. Los STP tenían rolas buenísimas, no sólo eran “Sex Type Thing” o “Interstate Love Song”, ni el álbum Purple o el Vatican Gift Shop, pero había algo en su actitud que no me latía (a lo mejor yo también tenía mis prejuicios, ¡eran de San Diego y no de Seattle!), quizá la actitud de macho alfa de Weiland no me latía, y, sin embargo, verlos en vivo estaba cambiando mi perspectiva sobre su música.

La lluvia arreciaba, el concierto de los STP estaba por concluir y Gee gritó «¡Suenan a banda de bar!» y me pasó la tercera o cuarta cajetilla de cigarrillos, quién sabe cuántos habíamos fumado ya. La abrí y tomé uno y lo puse en mis labios y lo encendí. En la penumbra, vislumbré mis dedos de nicotina, intuí su presencia maligna, y preferí concentrarme en Weiland. Era obvio que él conocía el lado oscuro de las drogas, que él era un adicto interpretando a una estrella de rock. Obviamente yo no era la clase de adicto que era una estrella de rock como Weiland, pero fumaba a todas horas, lo hacía antes y después de cada alimento, era lo primero y lo último que hacía todos los días. Si había alcohol de por medio, en algunas ocasiones me había fumado hasta tres cajetillas yo solo en un fin de semana.

Hoy, mientras escribo, me miro las manos y ya no tengo dedos de nicotina, pero estos recuerdos me dan ganas de fumar otra vez. Voy a cumplir casi un año en abstinencia, tuve una recaída que duró más de un año, antes de eso estuve en abstinencia durante diez años, y antes de eso fumé más de diez años. Scott Weiland hoy cumple diez años muerto, antes de eso lo despidieron de los STP y de Velvet Revolver por sus problemas de adicción. Lo encontraron en la van de la banda con la que hacía una gira entonces, lejos de los reflectores de los STP. Murió de sobredosis. Hace diez años, ya.

Pero, ¿a quién le importa Scott Weiland...?, ¿o cómo conseguí dejar de fumar sin terapia y sin fármacos...?, ¿o por qué recaí y cómo volví a dejar de fumar...?, ¿quién lee dos párrafos, cuando “todo el conocimiento del universo” está en un video anti-aburrimiento en Tik Tok...?, ¿quién lee a autores que no tienen a publicistas que se te están metiendo en la cabeza 24/7, diciéndote por qué el libro que te están vendiendo “te volará la cabeza”, por qué es el mejor y el más polémico de los últimos tiempos, por qué es el libro de cabecera de los lectores más exigentes y cultos...?, la vida sigue, todos los días muere alguien, todos los días alguien pierde su empleo, todos los días alguien gana seguidores, todos los días alguien cobra su cheque, todos los días alguien deja de fumar.

domingo, junio 18, 2023

naproxeno sódico, paracetamol y loratadina

Hoy cumplo casi 7 días sin fumar. Después de mi estrepitosa recaída que acabó con una abstinencia de casi 8 años, es todo un logro. Más o menos desde abril, ya estaba fumándome 3 ó 4 cigarrillos al día. 

Hoy no cumplo casi 7 días sin fumar porque me haya mentalizado a no hacerlo, o porque me haya resultado fácil dejar de fumar, sino porque no me quedó otra opción. 

El viernes 9 de junio desperté con escozor en la garganta, con flemas y con moco. Impartí mi clase de las nueve de la mañana, hablé sobre Phineas Gage y sobre la frenología,  y también hablé sobre Pierre Paul Broca y su paciente Tan, y sobre los asombrosos experimentos de ablación de Pierre Flourens, y sobre la afasia de Wernicke y sobre la Revolución Francesa y las decapitaciones en la guillotina que inspiraron los experimentos que realizaron Robert Whytt, François Magendie y Charles Bell –en ranas, en perros y en conejos, respectivamente.

También quise dejar como mensaje que las conclusiones de los experimentos de Magendie eran más precisas que las conclusiones de los experimentos de Bell –las raíces dorsales de la médula espinal controlan las sensaciones y las raíces ventrales de la médula espinal controlan el movimiento–, y que, a pesar de lo anterior, la disputa de la titularidad de los resultados de esos experimentos, se inclinó a favor de Bell y que por eso llamamos así a la ley Bell-Magendie, y que esta disputa es tan citada que ha servido de argumento para que organizaciones como PETA y grupos antiviviseccionistas ataquen la investigación en modelos animales y llamen la atención de la gente sobre los derechos de los animales de experimentación.

Me pasé unos quince o veinte minutos hablando sobre el propósito de la investigación preclínica. Que, quizá, la gente de PETA y los antiviviseccionistas creen que este tipo de investigación se lleva a cabo para probar shampoos y maquillajes y otras cosas vanas, cuando el propósito no es ése, sino entender cómo funciona el cerebro y cuál es el origen de las enfermedades que aquejan a la humanidad, para, así, diseñar herramientas o fármacos que puedan prevenirlas o tratarlas. Que, quizá, esas personas creen que los investigadores no tienen que someter a comités de ética los protocolos de sus proyectos de investigación, y que, quizá, creen que los animales de experimentación son tratados cruelmente, que viven en las peores condiciones –sin agua ni comida, encadenados en una azotea, como hacen muchos ciudadanos con sus mascotas, en el día a día, fuera de los laboratorios–, y que, sin embargo, sus actos de protesta tienen mucho eco en la sociedad.

Les conté a los estudiantes de aquel congreso de la SfN al que asistí –¿en San Diego?, ¿en Washington, D. C.?–, en el que había una multitud de antiviviseccionistas apostados en la entrada del recinto en el que se llevó a cabo ese congreso. Había también camionetas de CBS y de NBC. A lo mejor hasta salí en la tele. Parecía una escena de una película de Hollywood.

Luego me fui al cubículo y estuve trabajando en varias cosas –un paper que está en la congeladora desde diciembre del 2021, una tesis de licenciatura, un servicio social, una clase sobre el costo oculto de la recompensa, una clase sobre disonancia cognitiva– y pedí un Uber. 

Cuando volví a la casa, entre 5: 00 y 5: 30 de la tarde, no quise pensar en el escozor en la garganta ni en las flemas ni en el moco que no habían cesado, y me salí a la terraza y me fumé 2 Camel.

Katz había salido a nadar.

Mientras fumaba, tampoco quise pensar en esas toneladas de correos-e y de archivos en excel y en word que había tenido que revisar en el cubículo después de dar mi clase. No quise pensar en todo el trabajo que me esperaba para el fin de semana: revisar una tonelada de documentos y redactar (parcialmente) un informe técnico de un proyecto de investigación del que me hice cargo hace dos años. 

Tampoco quise pensar en que no había más de la mitad de estudiantes en mi clase de la mañana, ni en que, en las últimas semanas de fin de trimestre, algunos alumnos habían decidido salirse a tomar el sol o asistir a un concierto de rock, en lugar de tomar mis clases; ni tampoco quise pensar en que, esa mañana, en la clase, me llamó la atención el comportamiento de una estudiante que parecía estar en otro lugar y que descubrí que ese otro lugar era Facebook en su teléfono celular.

Me acabé el segundo Camel y el escozor y el moco y las flemas aumentaron, y llegó Katz a la casa y le dije que me sentía mal, que estaba enfermándome, y también le dije lo que había pasado en la clase de la mañana, y que sólo ella, a lo mejor, sabe cuánto me esmero por preparar mis clases y por encontrar la manera de llamar la atención de los estudiantes, y que para mí es suficiente si tres o cuatro estudiantes al final de la clase me dicen que les gustó la clase.

Y tosí, y ya no pude dejar de pensar en que, desde la mañana, me enfermé, y que me enfermé porque el día anterior fui a recoger a Katz al Centro Acuático y comenzó a llover y le di mi chamarra y me enfrié.

Hoy me siento mejor... y tengo ganas de volver a fumar. 

sábado, mayo 13, 2023

Escribe sin parar


Ya te mediste la glucosa, ya escribiste un rato, ya leíste, ya les diste comida blanda a los gatos, ya recogiste la arena de los gatos, ya barriste (un poco), ya lavaste (unos cuantos) trastes, ya calentaste y vas a salir a correr. Apenas faltan cinco minutos para las ocho de la mañana. 
Te pones el bloqueador solar –en donde vives, los rayos del sol son tan salvajes y sales a correr desde hace tanto tiempo que tu verdadero color de piel nada más sobrevive debajo del reloj en tu muñeca–, te amarras el cabello con una dona, te pones los audífonos para correr, pasas el cable de los audífonos por el agujero de la bolsa canguro en la que guardas tu teléfono, conectas el cable de los audífonos al teléfono, abres la aplicación de Amazon Music y seleccionas la playlist para correr y le das play en modo aleatorio; abres la aplicación de Nike que usas para registrar los kilómetros que corres y en cuánto tiempo corres cada kilómetro –esperas que la aplicación no se pasme y que no deje de responder y que no te haga perder entre quince y veinte minutos, como te ha pasado ya un par de veces–, haces unos últimos estiramientos para evitar cualquier problema muscular, te pones las gafas de sol, abres la puerta de la casa, te sales, cierras la puerta y le das click al botón de “comenzar” en la aplicación.
Conforme vas corriendo el primer minuto de tu carrera sabatina de seis kilómetros, te preguntas si la aplicación se detendrá apropiadamente cuando hagas una pausa –después de estar a punto de cumplir casi dos años corriendo al menos tres veces por semana, has decidido que prefieres aumentar tu velocidad y dejar en segundo término tu resistencia–, y no puedes dejar de reparar en ese amargo sabor que merodea en tu boca y que no se larga a pesar de que te cepillaste los dientes antes de acostarte y a pesar de que te cepillaste los dientes al despertarte, y que se parece a ese amargo sabor de antaño que también se esparcía por tus dedos y que le daba un color amarillento a las puntas de tus dedos.
No tienes que pensarlo demasiado: ese amargo sabor que tienes en la boca es el resabio del Lucky Strike que te fumaste ayer, cuando llovía y tuviste que lidiar con el viento, cuando hacías una pausa en tu trabajo y acababas de tomarte un whisky y reparabas en que estabas fumando compulsivamente; que el Lucky Strike ya estaba en la colilla al cabo de unos cuantos segundos –en tiempo récord–, y entonces te preguntaste si otra vez ya habías perdido el control y si ya estabas fumando como un autómata, y te sorprendió darte cuenta de que hace poco más de un mes te fumaste lentamente otro Lucky Strike completo pero que te pareció tan fuerte que te lo terminaste en cuatro o cinco minutos y que acabaste sintiendo unas terribles náuseas y vértigo, y que te habías tomado cuatro o cinco whiskys y que ya estabas un poco ebrio y que a eso atribuiste tu falta de control.
A diferencia de esa otra ocasión, ayer, mientras llovía y llegabas hasta los cimientos del Lucky Strike en tiempo récord, no tuviste ni náuseas ni vértigo, y te sentiste culpable: no estabas ni un poco ebrio y no pudiste atribuir tu falta de control al alcohol.
El remordimiento y la culpa que sientes ahora, conforme vas acercándote a tu primer minuto, son como buitres rondando tu cabeza, y tu cabeza es un cadáver en descomposición de abstinencia de casi ocho años de nicotina, y ahora no sólo no puedes ignorar el amargo sabor en tu boca, sino tampoco todos los recuerdos asociados a ese sabor –el mal olor de la nicotina y del alquitrán quemados, los dedos de nicotina, el dolor de cabeza recurrente, la fatiga recurrente, las dificultades para respirar al subir escaleras, la tos de fumador, el carraspeo–, y lo que sientes mientras te acercas al primer kilómetro de tu carrera sabatina de seis kilómetros, no significa que ahora estés fumando compulsivamente otra vez, como hacías ocho años atrás, cuando fumabas entre tres y cuatro cajetillas en fines de semana y dos o tres cajetillas de lunes a viernes, pero sí significa que has recaído, que es verdad eso que dicen las estadísticas de las adicciones a sustancias de abuso: que todos los adictos, si logran superar la abstinencia del primer año (en el que hay una probabilidad del 60% de recaída), viven con una abstinencia prolongada que puede terminarse en cualquier momento. 
Estás por cumplir tu primer minuto y ni siquiera has prestado atención a la música que vas escuchando o a los vigilantes del fraccionamiento o a los vecinos: simplemente no puedes creer que te has acostumbrado otra vez a fumar; que tus pulmones ya soportan un Lucky Strike completo, que hace poco más de un mes te resultaba espantosamente nauseabundo. Tampoco puedes dejar de hacer algunos cálculos: en las últimas semanas de abril, pasaste de fumar, cada dos o tres días, un Camel –en dos o tres partes, al día–, o dos Marlboros mentolados –cada dos o tres días–, a fumar, en esta semana, casi dos Lucky Strikes completos al día, casi todos los días. 
No puedes evitarlo: ya estás pensando en cada una de las veces que has salido a fumar al patio trasero de la casa; no puedes dejar de preguntarte por qué no puedes resistirte, si ya pasaste por todo esto del tabaquismo, y si ya sabes que fumar no tiene ningún sentido: no expande tus sistemas sensoriales, no modifica tu percepción, no te desinhibe, no aumenta tu capacidad de aprendizaje, no se siente bien... 
También estás pensando en que simplemente no puedes analizar nada, en que no puedes ver fríamente la situación y decirte a ti mismo que meterte un cigarrillo a la boca y encenderlo y darle una chupada, jode tu salud. Lo que sí ves es que, cada vez que has salido a fumar en las últimas semanas, antes de hacerlo, el deseo de fumar ha estado dándote vueltas en la cabeza un rato, que imaginaste decenas de veces el sonido del click del encendedor y que tu cerebro creó varias imágenes de tabaco y alquitrán chamuscándose en el cigarrillo, y que tu cerebro también creó una expectativa edénica para prepararte a introducir sus vapores en tus pulmones. 
Acabas de correr tu primer kilómetro, y no sientes que tus pulmones se hayan quedado sin aire, y entonces te engañas y tratas de pensar que la decisión de fumar depende de ti, que es como cuando acabas de correr seis kilómetros y te preguntas si corres un kilómetro más y te comprometes a correr siete kilómetros al menos tres veces a la semana, pero, en realidad, no es tu decisión: fumar depende de cientos de asociaciones viejísimas con un montón de cosas abstractas y con un montón de cosas tangibles; estas asociaciones son mucho más fuertes que todos tus pensamientos actuales. 
Cargas un mundo de asociaciones en los hombros.

sábado, abril 08, 2023

cuenta hasta diez

Juego con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano. Hago malabares. Prolongo la abstinencia al máximo (¡en mayo, cumpliré ocho años sin fumar!) y me recuerdo a mí mismo lo que ya sé: que esta adicción es tonta, que no recaí (sólo me fumé varios cigarrillos, un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023, me fumé 3 cigarrillos); que todo está mal, que soy débil (sólo me fumé varios cigarrillos un día, en diciembre del 2022, y otro día, en marzo del 2023), que estoy enfermo; que nunca dejas de fumar; que sólo prolongas tu abstinencia al máximo; que el tabaquismo es una espiral que lleva a otros vicios, que el tabaquismo es un vicio que no mejora nada, que empeora mi condición física, que me roba el aire (como cuando pongo a prueba a mis pulmones y me sumerjo en la alberca una vez a la semana y salgo a la superficie tras apenas diez segundos debajo del agua y acepto que aprendí a nadar como un salvaje debajo del agua), que jode mis pulmones, que me sofoca, que puede provocarme cáncer, que me hace carraspear, que me aletarga, que me impedirá correr 6 kilómetros en menos de 25' (tres veces a la semana) y que no me generará ningún placer excepto el de terminar con los malestares (el mal humor, la sudoración, la ansiedad) de la abstinencia. 

Ya no sé ni qué escribo: estoy viendo a futuro, y pensando en el espantoso color de mis dedos de nicotina y en el espantoso aroma a llanta quemada, impregnado en mis dedos de nicotina; y en las múltiples enfermedades respiratorias que contraería cada año, y en mi incapacidad para subir las escaleras de todos los edificios del mundo sin asfixiarme, en la eterna fatiga que me perseguiría a todas partes; y también estoy pensando en el teclado de la vieja laptop Sony que usaba cuando padecía tabaquismo, cuando no tenía una Mac, cuando fumaba casi tres cajetillas de lunes a viernes y casi cuatro cajetillas en fin de semana –¡en ayuno, caminando, subiendo escaleras, al final de algún experimento, después de impartir una clase, después de cada comida, en una conversación sobre cualquier cosa, bañándome, viendo una película, escribiendo, escuchando música...!–, y en cómo el teclado de esa vieja laptop quedó marcado con quemaduras de cigarrillo para recordarme el infierno del tabaquismo, y también para recordarme cuántos cigarrillos me fumaba entonces, en automático, mientras, tal y como lo hago ahora, escribía en este blog (por ejemplo) y no reparaba en cuántos cigarrillos me fumaba, ni tampoco me daba cuenta del espantoso aroma del tabaco que quedaba impregnado en el departamento en el que vivía.

Juegas con el cigarrillo (apagado) en los dedos de una mano, haciendo malabares y prolongando la abstinencia al máximo y pensando en todas estas cosas, mientras tu apraxia te ataca: ese automatismo de escribir mal una palabra, de saltarte una letra, de poner una vocal, o una consonante, en lugar de otra vocal, o de otra consonante; esa compulsividad de saber que escribiste mal una palabra y de regresar a corregir esa palabra, y de sentirte frustrado porque no puedes dejar de cometer errores (si aprendes a usar el teclado de una Sony VAIO, no puedes re aprender a escribir en el teclado de una Mac), y porque no puedes dejar de aporrear las teclas hasta que las palabras estén escritas correctamente; esa compulsividad de regresar, una y otra vez, a la misma palabra mal escrita para corregirla; esa compulsividad de sentir que cada palabra mal escrita es una piedrita en el zapato que no te deja avanzar y que te saca ámpulas y que te revienta los pies; esa compulsividad de sentirte frustrado porque cada palabra mal escrita es también como tu infernal mito de Sísifo privado: que la rutina de regresar a corregir las palabras, conforme intentas vaciar una idea en la hoja en blanco –la idea que se esfuma lentamente, como el día–, así como vacías tu estómago cuando has comido un alimento podrido, te mantiene dándole vueltas al mismo tema, sin llegar a ningún lado y sin concluir un párrafo: como si estuvieras lavando trastes y el fregadero nunca se vaciara. 

Pasan todas estas cosas, mientras el sol va ocultándose y el sofocante calor de abril se va debilitando, y mientras Alexa reproduce los gritos iracundos (y la angustia y las frustraciones) de Kurt Cobain, que escupe sus vísceras desde el más allá... 

(he was born scentless and senseless/ 

he was born a scentless apprentice/ 

go away...!/ go away...!/, go away...!) 

... y haces una pausa, y reflexionas, y dejas de aporrear el teclado y contemplas el cigarrillo en una de tus manos, y crees que una vocecita interior te murmura al oído «¿No puedes superarlo?», y que esa vocecita recalca «¡Ya pasaron casi treinta años desde su muerte! ¡Hay millones de músicos nuevos a quienes podrías escuchar!», pero la ignoras (después de todo, esa vocecita eres tú mismo, o un fragmento de ti mismo, perdido en las profundidades, o en la superficie, de ti mismo), y, entonces, una cosa lleva a otra cosa y recuerdas ese artículo que leíste en Internet hace unas semanas, cuando no tenías esta abstinencia y este antojo de cigarrillo; ese artículo que trataba sobre por qué, conforme envejecemos, nos rehusamos a escuchar música nueva. 

Sigues haciendo malabares con el cigarrillo apagado y tratas de pensar por qué no escuchas música nueva. Intentaste con Cloud Nothings y con Kurt Vile, pero no fue lo mismo. Estás convencido de que, tomando como referencia las explicaciones de ese artículo (la maduración psicosocial, más precisamente), tú no escuchas música nueva, porque: a) no quieres romper los vínculos emocionales que tienes con la música que escuchaste en la adolescencia, y b) ya tienes una personalidad definida (o sea que no escucharías música nueva, como lo hace un adolescente, para pertenecer a un grupo de amigos, ni para que ese grupo moldee/refuerce tu personalidad); y sales de estas cavilaciones (así como sales, una vez a la semana, a tomar aire, cuando te sumerges en la alberca y nadas debajo del agua y tus pulmones se quedan sin aire) y te preguntas qué pensaría Kurt Cobain de la música actual, qué pensaría él de todos estos artistas plásticos que todo mundo escucha en el 2023 y que ni siquiera saben cantar, y cuyos principales objetivos parecen consistir en verse bien, en moverse bien en el escenario, en vender dos o tres hits al año y en ganar millones de dólares.

Te preguntas qué pensaría el difunto líder de Nirvana, de la música de estos artistas plásticos que no proponen nada, más allá de vivir en la superficie de las cosas. Te preguntas qué pensaría de los seguidores de estos artistas plásticos que no quieren quebrarse la cabeza y que sólo quieren pasar un buen rato; que sólo escuchan tracks, que nunca escuchan álbumes completos, y que parecen aspirar a lo mismo que los artistas plásticos a los que veneran: fama y fortuna (¿dónde has escuchado esto?)  

Te preguntas si Kurt Cobain usaría sus redes sociales; si él tendría twitter o facebook o mastodon o telegram o un canal de youtube, y qué opinaría de la mayoría de los influencers y de los podcasters que adora todo mundo en el 2023 y que venden cualquier cosa que sus patrocinadores les pidan que vendan, y que, a pesar de ser unos vendidos (o, precisamente, por eso), hacen declaraciones osadas, que dicen cosas como «La especie más evolucionada, pasó, de escuchar a Eddie Vedder, a escuchar a Bad Bunny», o «Soy súper humilde: tengo veinte playeras Calvin Klein del mismo color, diez Levi's 501 y tres pares de los sneakers Michael Jordan de edición limitada». 

Vuelves a aporrear el teclado y a luchar con tu apraxia y con tu abstinencia. 

Continúas haciendo malabares con el cigarrillo apagado (es un Lucky Strike pesadísimo), y admites que ya casi no escuchas a Nirvana, que hoy pusiste In Utero porque se trata de una fecha especial, porque, hace casi 30 años, un electricista, que iba a instalar una alerta de seguridad en la casa del matrimonio Cobain-Love (en Lake Washington), descubrió el cadáver de una de las principales estrellas de rock de la década de los noventa, en el invernadero de esa casa; porque, un día como hoy, hace 29 años, ese electricista, que, al principio, creería que no se trataba de un cuerpo humano, sino de un maniquí que estaba tumbado en el suelo del invernadero, después confirmaría que se trataba de un cadáver humano y llamaría a una estación de radio, o a la policía, para dar la noticia; porque has leído decenas de veces, en distintas fuentes, cómo se supone que fueron los últimos días de Cobain, y cómo la policía llegó al invernadero ese domingo 8 de abril de 1994 y confirmó lo que había visto el electricista: que se trataba de un cadáver humano, en particular del cadáver de Cobain; y que Cobain tenía una Remington en el pecho y un disparo en la cabeza; y que también reportó que en el suelo había parafernalia de junkie –cucharas, encendedores, jeringas– en una caja de puros y una nota escrita a mano (clavada, con una pluma, en una maceta), a unos metros del cadáver; y que, en tiempo récord, cerró el caso y concluyó que Cobain se había suicidado.

La canción está a punto de terminar. 

Repasas cómo crees que fueron los últimos días de Cobain: cómo, el 31 de marzo o el 1 de abril, se fumaba un cigarrillo en Exodus, mientras Gibby Haynes –el cantante de los Butthole Surfers– le contaba sobre el paciente que había escapado de ese lugar, saltándose la barda («nadie está aquí en contra de su voluntad: basta con decirle al personal de Exodus que ya no quieres estar aquí, para que te dejen salir por la puerta principal») y Cobain pensaba que esa sería la forma ideal de escapar de la rehabilitación; cómo llevaba a cabo su plan, sin siquiera haber transcurrido 24 horas internado, y se saltaba la barda de Exodus; cómo el 1 ó 2 abril se encontró a Duff McKagan en el aeropuerto de Los Ángeles; cómo llegó a Seattle y descendió del avión y tomó un taxi y llegó a su casa en Lake Washington; cómo se tumbó a dormir un par de horas en cualquier recámara de su casa; cómo despertó y después encontró al niñero de Frances Bean y a la novia del niñero, acostados en otra habitación; cómo el 2 o el 3 de abril intentó comunicarse por teléfono con Courtney Love; cómo salió a buscar heroína y alquiló una habitación en el hotel Aurora; cómo su esposa lo declaró desaparecido y contrató a un detective y canceló todas sus tarjetas de crédito; cómo el 1 o el 2 de abril llamó por teléfono a Mark Lanegan y cómo Mark Lanegan nunca le contestó; cómo estuvo desaparecido varios días; cómo, supuestamente, el 4 de abril, comió en un restaurante de comida mexicana, en una plaza de Seattle, y volvió a su casa; cómo, el 5 de abril, tomó una escopeta que tenía escondida en un armario, y que había comprado previamente con su amigo Dylan Carlson, y cómo tomó una caja de municiones que también tenía escondidas; cómo se metió, con la escopeta y con las municiones, al invernadero de su casa; cómo se fumó cuatro o cinco cigarrillos y escribió una carta para su esposa y para su hija; cómo cargó la Remington, puso Automatic For The People en un reproductor de cds y preparó una dosis letal de heroína; cómo se sentó en el suelo del invernadero y se puso la Remington en el pecho; cómo se inyectó la heroína y, antes de que los efectos de esa dosis de heroína (que, de cualquier modo, lo habría matado), estallaran en su sistema nervioso, se puso el cañón de la escopeta en la boca y jaló el gatillo; cómo el electricista encontraría su cadáver hasta el 8 de abril, y confundiría su cadáver con un maniquí, y luego llamaría a la estación de radio o a la policía...

También pienso en todas las teorías de la conspiración que circulan sobre la muerte de Cobain –¿lo asesinaron?, ¿estaba a punto de desenmascarar a una red de poderosos pedófilos?, ¿planeaba divorciarse de Courtney Love?, ¿su esposa presentía el final de su matrimonio y el final de Nirvana y el final de la mina de oro que era Cobain?, ¿él cambió su testamento antes de morir?, ¿había disuelto a Nirvana?–, pero la canción llegó a su fin y el cigarrillo captura toda mi atención y me quema las manos. 

Ya no resisto más. Y no quiero recaer. Me repito «¡en mayo, cumplirás siete años sin fumar!», y me siento frustrado y aborrezco la abstinencia y también aborrezco a todos esos académicos que publican artículos sobre neurobiología de las adicciones y que nunca han sufrido el infierno de la abstinencia (ni siquiera para una droga socialmente aceptada, como la nicotina), y que nos señalan a los adictos como si no tuviéramos fuerza de voluntad y como si fuéramos unos débiles, unos seres inferiores que sólo seguimos instrucciones, y que somos incapaces de hilar un conjunto de ideas en un texto, o de tomar una decisión, después de evaluar los pros y los contras; y, a veces, también quisiera gritar furiosamente como Kurt Cobain lo hacía y destrozar una Stratocaster zurda como él lo hacía al final de sus conciertos y conectar emocionalmente con miles de personas como él lo hacía, pero, sólo puedo hacer malabares con un cigarrillo, lidiar con mi abstinencia de casi siete años, resistirme y prolongar mi abstinencia al máximo, escribir tonterías (que nadie leerá, excepto si abandono este plano terrenal) sobre todas estas cosas... y contar hasta diez.

lunes, marzo 12, 2007

Jack Kerouac murió abriendo una lata de atún



Mientras estoy perdido en la contemplación de los rayos del sol que atraviesan la ventana y que se cuelan hasta la cama como un perezoso camino de polvo, pienso en lo extraño que es descansar en un día feriado. 

Después de casi cuatro años consecutivos corriendo experimentos de lunes a sábado, incluyendo alguna Navidad o Año Nuevo, vacaciones y otros días feriados –e incluso habiéndome hecho cargo de los experimentos de alguna compañera indispuesta tras haber tenido una irremplazable celebración de cumpleaños en el antro de moda, justamente unas horas antes de que Jared Borgetti le anotara un gol irrepetible a Gianluigi Buffon en un mundial de futbol–, hoy no tengo experimentos en la universidad. 

Es un jueves feriado y tampoco hubo clases –los mecanorreceptores de Pacini, el umbral diferencial de dos puntos y la teoría del control de la puerta tendrán que esperar–, así que no tuve que levantarme temprano. Me desperté hace unos veinte minutos y desde entonces estoy tumbado en la cama, contemplando los rayos del sol. 

Según el reloj digital que está sobre el escritorio, faltan veinte minutos para las nueve de la mañana. Bostezo y me tallo los ojos con el dorso de las manos. Apenas pongo un pie fuera de la cama, siento un vacío en el estómago y escucho gruñir estruendosamente a mis tripas. Tengo tanta hambre que parece que estoy en huelga de ayuno desde hace varios meses.  


*  *  *

En la mesa de la cocina hay un tazón con arroz frito.
Me basta verlo un par de segundos para comenzar a salivar. 

Apresuradamente, tomo un plato y una cuchara del fregadero, y me sirvo una porción de arroz frito en el plato. Continúo salivando de un modo tan incontrolable que me resulta imposible no pensar en los perros de Iván Pávlov. Me pregunto cuál sería la reacción de los alumnos, si usara este ejemplo (ocultando la identidad del protagonista) para explicarles el condicionamiento clásico. Me pregunto si el concepto quedaría claro para la mayoría. (Tal vez si revelara la identidad del protagonista del ejemplo, reirían.) Estoy seguro de que algunos estudiantes, independientemente de mi entusiasmo por quedar en ridículo, más bien bostezarían y pondrían caras indescifrables, esperando a 
que les dijera cómo pueden lucrar con este concepto en particular y hacer que la gente además les dé las gracias.   

Tengo tanta hambre que ni siquiera me he sentado. Sumerjo frenéticamente la cuchara en el plato y luego me la llevo a la boca. Mis tripas continúan gruñendo y me da la impresión de que mis vísceras tienen ojos y de que además ven a través de mí cómo llevo la cuchara a mi boca. Me siento vigilado por mi propio sistema entérico. 

Me ha bastado una cucharada de arroz frito para darme cuenta de que está frío y un poco amargo, pero estoy tan hambriento que no me importa.

Sumerjo otra vez la cuchara en el plato y la llevo a mi boca.

Ahora no sólo noto su temperatura, sino que identifico con más claridad el sabor amargo. No sé por qué, pero pienso que tiene un vago sabor a detergente. Tengo tanta hambre que evito pensar en estas señales, y continúo comiendo hasta que no queda rastro de él en el plato. 


Subo a la recámara a fumarme un cigarrillo. 

Mientras subo las escaleras y siento cómo late mi corazón más rápido y cómo todos mis órganos se van llenando de sangre ante la feliz expectativa del cigarrillo, pienso que tal vez tengo tabaquismo. 

Fumo en ayuno, fumo después de cada comida, fumo cuando tomo un descanso entre la preparación de las clases, fumo mientras escribo y me desvelo, fumo mientras leo, fumo a las dos o tres de la mañana, fumo antes de acostarme a dormir... 

Sé que no es un buen hábito, pero, hasta ahora, no me ha causado ningún daño aparente y no veo cuál sería la razón para dejar de hacerlo, si lo disfruto tanto. 

Pienso que esta costumbre ha aumentado en los últimos cinco años, desde que dejé de jugar futbol. Cuando voy a alguna fiesta o cuando bebo alcohol, soy capaz de terminarme una cajetilla yo solo en unas horas. Sé que está mal admitirlo, pero, sólo si mi salud estuviera gravemente comprometida, intentaría dejar de fumar. (Espero nunca tener que llegar a esa situación y haber heredado la salud de acero que tiene mi abuelo.) 

*  *  *

Han transcurrido menos de cinco minutos desde que comí arroz frito, pero ya me siento muy mal. Apenas me pongo el cigarrillo en los labios, me dan arcadas. 

No quiero pensar en el malestar y salgo al balcón, para distraerme. 

Enciendo el cigarrillo y al mismo tiempo veo mi reflejo en el vidrio de la ventana. 
Tengo la impresión de que me veo mortalmente enfermo. 

Tengo tanta aversión a mí mismo que apago el cigarrillo en una maceta y regreso a la recámara.

Me dejo caer en la cama y enciendo el televisor.

Me siento terrible y nauseabundo. 

Tengo escalofríos. Los siento recorrer toda mi piel como si fueran un pequeño ejército de hormigas que esparcen leves sacudidas de electricidad por todos mis poros. La sensación es tan intensa que me hace 
recordar que los escalofríos son un resabio de nuestros antepasados, que son una especie de reminiscencia del pelaje que cubría toda nuestra piel. Lo leí en alguna parte y por el momento no le encuentro sentido.

Comienzo a ponerme ansioso. Tengo la impresión de que las náuseas son cada vez más intensas y de que mis pensamientos nauseabundos las intensifican. 

Quiero pensar en otra cosa.  

En la tele, pasan Seinfeld.

Kramer le dice a Costanza: 

“Tienes que vivir cada día como si fuera el último...

Yo soy como Jack Kerouac, pero no quiero morir como él...

¿Sabías que murió mientras abría una lata de atún...?

Una hemorragia en el estómago...

¿Sabes cómo se abre una lata de atún...?”

No resisto más y corro al baño.

Mientras estoy de rodillas frente al retrete, perdiendo el control sobre mí mismo y sintiendo los jugos gástricos ascendiendo por mi esófago, me recuerdo a mí mismo en otros retretes en las mismas condiciones que ahora. En particular, me recuerdo en dos ocasiones: una vez que me comí yo solo un paquete entero de tortillas de harina cuando era un niño y la última reunión con algunos compañeros de un taller de creación literaria en la que me bebí yo solo casi una botella de vodka.

Tengo una especie de epifanía: después de tres o cuatro tortillas, ya me sentía mal y no pude dejar de comer... después de tres o cuatro vasos de vodka con jugo de naranja, ya me sentía mal y no pude dejar de beber.

Conforme recobro las fuerzas y me incorporo lentamente del piso del baño y alejo la cabeza del retrete, me siento un poco mejor y me pregunto de qué me sirve tener una corteza cerebral, si de todas formas soy incapaz de detenerme cuando algo me hace daño.

***
ÉSTE ES UN EXTRACTO (UN BORRADOR) DE UN LIBRO QUE PUBLICARÉ. DERECHOS RESERVADOS.