Hice como diez viajes del laboratorio al auditorio Octavio Rivero Serrano, y viceversa.
Todos los sinodales llegaron al mediodía, excepto René Drucker, que era el presidente.
Apenas llegó Drucker, todos guardaron silencio y comenzó el examen.
Estaba muy nervioso.
No quería reprobar.
No dejaba de pensar que, si reprobaba el examen de candidatura, no sólo tendría que prepararme para el año siguiente y que pasaría otra vez por todo el estrés que había vivido en los últimos meses, sino que, además, podrían expulsarme del posgrado.
(Durante todo el tiempo que me preparé para el examen, jamás consideré que mi primera oportunidad fuera una oportunidad de ensayo para reprobarlo.)
Mientras los sinodales se acomodaban en las butacas del auditorio Octavio Rivero Serrano, me acordé de la situación que había vivido uno de mis compañeros del laboratorio.
Él había reprobado recientemente su examen de candidatura en su primera oportunidad y sólo le quedaba una última oportunidad para aprobarlo. Yo no quería estar en su lugar.
¿Cómo sería el estrés que estaría viviendo en esa situación hipotética, si apenas había podido lidiar durante un mes con el examen...?, ¿cómo lidiaría con mi última oportunidad...?
Además, ¿cómo lo tomaría nuestro tutor...? ¿En qué clase de infierno podría convertirse el laboratorio...?
Comenzó el examen. Casi desde el principio de mi exposición, los sinodales me interrumpieron para cuestionarme.
La mayoría quedó satisfecha con mis respuestas y con los datos que había generado hasta entonces –tenía dos años en el posgrado, pero ya tenía dos publicaciones como colaborador y suficientes datos para comenzar a escribir un manuscrito como primer autor–, pero algunos de ellos comenzaron a hacerme preguntas extrañas.
René Drucker les pidió que no se pasaran de listos.
En fin, aprobé el examen de candidatura y descansé.
Después de recabar las firmas de los sinodales y de recoger los víveres que les había comprado, volví al laboratorio a darle la noticia a mi tutor.
Él me dijo que estaba seguro que yo iba a aprobar y me felicitó.
Me dijo que él sabía en quién confiar.
Le pedí que me dejara irme a mi casa –a algunos compañeros, si querían, les había dado la oportunidad de ausentarse del laboratorio toda una semana, con tal de que aprobaran el examen–, y me dijo que estaba bien.
Cuando llegué al departamento, me quedé dormido y desperté hasta la noche.
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| Tomada de Foursquare |
Unos días más tarde, mi tutor me invitó a almorzar al Starbucks de Miguel Ángel de Quevedo.
En el camino, mientras él conducía su automóvil, trataba de convencerme de hacer una estancia en algún laboratorio de Estados Unidos –el problema principal era que yo pensaba que no me alcanzaría el dinero para mantenerme allá y para además pagar la renta del departamento en el que vivía y cubrir los gastos de aquí– y ocasionalmente me preguntaba cosas de mi familia.
Se comportó amablemente y me hizo sentir casi como su colega.
Me costó trabajo asimilar que era el mismo investigador estricto que enfurecía cuando alguno de los compañeros del laboratorio no tenía datos que mostrar en los seminarios de avances, o cuando, por las mañanas, sólo estábamos dos o tres personas en el laboratorio.
Me agradó que se tomara ese tiempo para hablar conmigo en un ambiente no académico.
Cuando llegamos al Starbucks –fue la primera vez que puse un pie en un Starbucks–, vimos a Lorena Herrera ordenar un Frapuccino.
Era imposible no mirarla.
Llevaba leggins, un top y zapatillas deportivas.
A pesar de que una ballerina sujetaba y alborotaba su cabellera teñida de rubio, tenía un peinado que parecía de salón de belleza.
Mi tutor y yo nos miramos durante algunos segundos, sin decir nada, mientras ella ordenaba.
Creo que él no sabía quién era Lorena Herrera.
Luego nos sentamos en una mesa y él me contó muchas cosas de su vida como estudiante y como posdoc en Estados Unidos.
Yo quería prestarle toda mi atención, pero estaba en otro lugar.
Durante varias semanas había anhelado tanto que pasara el estrés del examen de candidatura que en ese momento no quería pensar en mi futuro académico; sólo quería disfrutar haber aprobado el examen y beberme unas cervezas y fumar y escribir y esperar la llegada del mundial de Sudáfrica.
Ahora he reflexionado sobre varias cosas.
¿Sólo rindo al máximo, cuando estoy estresado?
¿Estoy dispuesto a sacrificar, poco a poco, todas las pequeñas cosas que siempre me han gustado y que no tienen ninguna relación con la academia, a cambio de ser científico, dedicarme de lleno a ello y quizá nunca obtener el reconocimiento que me gustaría?
¿En realidad soy listo, o sólo le he hecho creer a la gente que lo soy?
¿En realidad tengo vocación para la ciencia?
No me gustaría ser científico de medio tiempo, pero tampoco he sido feliz cuando he tenido que abandonar por completo las actividades no académicas que siempre he disfrutado, para involucrarme de lleno en mi proyecto de investigación.
Todos los días tengo presente el encuentro con Eric Kandel.
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| El Universal |
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*¡No vas a creerlo, pero tener un Doctorado (que sea PNPC) no sólo debes tomar clases, hacer tareas y exámenes, como en la escuelita! Tampoco vas a creerlo, pero, para que te den una beca, ¡no sólo tienes que solicitarla y ya!