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sábado, octubre 03, 2026

You're The Reason That I Write



Pasan de las 6: 30 AM. Tengo casi 1 hora despierto. Salí expulsado de un sueño del fin del mundo y estuve media hora en la cama echándole un ojo al gato bebé y tratando de volverme a dormir. Veddie está conociendo el mundo, no ha cumplido ni 3 meses de vida, y todo lo quiere morder y rasguñar, todo es nuevo para él, y además tiene mucha energía –de toda la familia, él es quien tiene más fuerza y vitalidad, ya los demás estamos viejos– y por eso, y por muchas otras cosas, hay que supervisar lo que hace. A veces su ímpetu y su energía las canaliza en sus hermanos y él juega con ellos y luego los muerde y los rasguña, y ellos se enojan y se defienden y pueden lastimarlo. 

Luego de echarle un ojo a Veddie me levanté de la cama y me medí la glucosa y batallé con mis achaques de las últimas 3 semanas, y ahora escucho en Amazon Music una playlist de los Pumpkins. Es una playlist que hice apenas el domingo pasado, y no sé por qué nunca había hecho una playlist similar. Los Pumpkins me traen buenos recuerdos. Debí escucharlos más cuando Jackson partió.

Escucho “Said Sadly...” y las voces y las guitarras de ¿D'Arcy Wretsky? y de James Iha atraviesan mis oídos y aporreo el teclado y me pregunto entre líneas qué sentido tiene escribir un blog. 

Independientemente de que escribo para mí mismo –y no pienso así porque lo decía Jack Kerouac–, cuando abrí este blog, en el 2006, Internet era muy distinto a lo que es hoy. Mi blog tenía muchas visitas y no necesitaba compartir nada de lo que escribía en este blog, en ninguna red social –ni siquiera había Facebook; sólo existían Hi5 y Myspace–, las visitas llegaban solas, aparentemente los internautas de entonces éramos más curiosos y más pacientes que los de hoy. A algunos internautas nos gustaba leer a autores conocidos, pero también leíamos a bloggers. En esos tiempos, usaba constantemente mi blog, y a veces escribía relatos y otras veces escribía algunas crónicas de conciertos, y recibía muchos comentarios de gente a la que nunca traté personalmente. Hace 20 años, nuestra capacidad de atención no estaba limitada a 3 minutos de Reels que nos prometieran –en vano– volarnos la cabeza. No había influencers ni había explotado la manipulación a gran escala a través de las redes sociales. Ahora, en promedio, una entrada de mi blog acarrea 5 vistas. (Y eso que, en el camino, he publicado casi 30 papers en un montón de revistas de prestigio, incluyendo algunas de Elsevier y de Springer Nature.)

Mmmmh. Extraño esos años. Había más posibilidades, ahora todo es más difícil. Ya no encuentras cosas poco comerciales en Internet. Encuentras lo que a Internet le interesa que encuentres. Lo que a Internet le interesa que compres. De lo que todo mundo habla en Internet. Por eso la gente acaba adorando a Ruzzarín y a personajes así, y asistiendo a conferencias en las que le cuentan al público sobre los 10 pensadores que cambiaron sus vidas. Todo es publicidad.

Trato de recordar cómo empecé a escribir en mi blog. Cuándo, exactamente, me enteré de blogspot y abrí mi cuenta. Creo que empecé con una canción de Pink Floyd. (Claro: antes de los blogs, yo ya escribía. Empecé a escribir, cuando aprendí a escribir.)

Aporreo el teclado de la Mac. La playlist ya saltó de “Said Sadly...” a “You're All I've Got Tonight”, y la chillona voz de Billy Corgan atraviesa mi cerebro y entre líneas sigo preguntándome qué sentido tiene escribir un blog, si ya nadie lee, si ya todo lo consumimos a través de Reels de 3 minutos, si el cerebro de la mayoría de los internautas ya está frito, si la mayoría de los internautas ya sólo scrollea para terminar con la abstinencia de redes sociales. Y a lo mejor no se enteran de que son dependientes a las redes sociales. No tendrían que saber que, para el sistema nervioso central, las redes sociales son como la cocaína y las anfetaminas. 

También pienso en que si David Foster Wallace hubiera tenido acceso a las redes sociales –acabó con su vida cuando Facebook daba sus primeros pasos–, seguramente ya habría escrito algún ensayo sobre este tema. Ya habría escrito algo sobre cómo las redes sociales son la nueva televisión, y que su alcance masivo e ilimitado, además, se aprovecha de que la gente, a lo largo de la historia de la humanidad, en general, ha sido súper manipulable y frívola y que no se ha caracterizado, precisamente, por tener mucho criterio. Estoy convencido de que Foster Wallace ya habría disertado en 100 páginas por qué a las personas les importa tanto lo que piensen los demás de ellas. Y tal vez ya habría expuesto que, a diferencia de la tele (que, al menos, tenía sus limitaciones: horas muertas sin programación, comerciales interrumpiendo los programas de televisión cada 15 minutos, los mismos programas de televisión grabándose en tiempo real y obligando a su audiencia a esperar una semana entera entre la emisión de un capítulo y otro), las redes sociales están disponibles 24/7, no están realmente reguladas –un niño que apenas está conociendo el mundo y un anciano que se hace pasar por un niño, tienen acceso a ellas–, y que son descarada y terriblemente manipuladoras. 

Tal vez Foster Wallace también habría especulado que las redes sociales son el principio de la extinción de la humanidad. Y quizá lo que ahora escribiré no tiene nada qué ver con lo anterior, pero ayer Lizzie y yo volvíamos a la casa, y el conductor del Uber venía escuchando una canción de Maluma que decía...

Que en mi carro tú te ves mejor
El cuarto huele a Christian Dior
Eres muy bonita pa' llorar por él 
No merece que seas fiel

... y se me ocurre que quizá esta canción, y que haya aparecido en un momento random de la vida, refleja perfectamente mi punto: qué clase de cosas le gustan a la mayoría de la gente, por qué Maluma y personajes como él –que, en general, no tienen ningún interés en aportarle ninguna reflexión a la humanidad, que no se caracterizan por tener alguna ideología anti-sistema, que en sus canciones no invitan a sus fans más que a comprar artículos lujosos y a pasarla bien, y mucho mejor si es en Hawai o en Dubai– son tan populares. 

Como decía, la playlist que escucho, la hice el domingo pasado (y quién sabe por qué, si, en una época de mi vida, escuchaba mucho a los Pumpkins, y en particular las canciones que puse en esta playlist), y la hice mientras leía a Carrère en este mismo lugar en el que ahora mismo aporreo el teclado de la Mac mientras divago sobre lo que podría haber pensado Foster Wallace sobre las redes sociales y me pregunto entre líneas cuál es el propósito de escribir un blog y, de paso, me acuerdo de un momento random de Maluma. (Por cierto, nunca había escuchado esta canción de Maluma).

Cuando hice esta playlist, tomaba un break –este semestre, igual que los dos semestres previos, imparto unas clases los lunes y una gran parte de mis fines de semana me la paso preparando clases— y trataba de comprender si El adversario es una novela dentro de una novela –en el capítulo 2 Carrère nos cuenta que le envió una carta al abogado de Romand, solicitándole que le comunicara a Romand que quería entrevistarlo porque quería escribir una novela sobre él, pero unas páginas más adelante Carrère insinúa que Romand nunca le contestó la carta, que ni siquiera está seguro de que el abogado le haya hecho llegar la carta a Romand, y, sin embargo, unas líneas más adelante, dice que, un par de años después de los asesinatos, cuando Carrère ya había desistido y concluido otro proyecto totalmente distinto, pero inspirado en los asesinatos cometidos por Romand, Romand finalmente aceptó la propuesta, pero ya no me quedó claro si a partir de este punto la novela ya es más ficción que realidad, o si es una novela dentro de una novela–, y quién sabe por qué en ese momento Alexa reprodujo una canción de los Pumpkins, o yo le pedí una canción de los Pumpkins, y luego la canción me remontó a un cassette con lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness y entonces hice la playlist.

El cassette en cuestión lo compré en El Chopo por ahí de 1997 ó 1998 y traía doce o trece tracks de la caja de The Aeroplane Flies High– el box set de los lados B de Mellon Collie & The Infinite Sadness, que debe de tener más de 50 tracks– y lo escuchaba mucho. En 1997 ó 1998 no sólo no había redes sociales: ni siquiera Internet era tan popular como ahora. Las plataformas de streaming como Spotify y Amazon Music todavía no eran viables. Si querías escuchar música, tenías que escuchar la radio, soportar los comerciales de la estación de radio y los comentarios de los locutores, o comprar los álbumes. Eso, a mí generación y a las generaciones predecesoras, nos hizo apreciar la música de otra forma, ser más pacientes, escuchar álbumes de principio a fin, clavarnos con las letras y ver de otro modo la vida. También había Malumas, por supuesto. Pero había otras opciones. No todo era música comercial con los reflectores encima.

La historia con esta playlist y con este cassette se remonta a la gira de los Pumpkins que los trajo a México por primera vez. Acababan de lanzar Adore, Billy Corgan había despedido a Jimmy Chamberlin por sus problemas de adicción a la heroína y D'Arcy Wretsky tenía un pie casi fuera de la banda (por sus problemas de adicción a la heroína), pero en una estación de radio eran un poco ajenos a esta situación y parecían súper entusiasmados con el concierto que los Pumpkins darían en El Palacio de Los Deportes –spoiler: ¡fue decepcionante!– y en las semanas previas al concierto transmitieron algún programa especial. El programa incluía una entrevista de Billy Corgan y no sé por qué pero recuerdo muy bien que el entrevistador contaba que el tipo medía casi 2 metros y que era muy imponente, que estaba totalmente rapado, que se veía como un personaje de Los Locos Adams y que contestaba las preguntas mientras se comía una tonelada de sándwiches. 

Los locutores de esa estación de radio aún elogiaban Mellon Collie & The Infinite Sadness –ya habían pasado 3 años del lanzamiento de Mellon Collie & The Infinite Sadness y la banda de Corgan había tomado una dirección distinta– y (a lo mejor por esa razón) en lugar de hablar de Adore, pasaron varios tracks de The Aeroplane Flies High –ahora mismo tengo un insight: creo que, antes de comprar ese cassette en El Chopo, grabé mi propio cassette directamente de ese programa de radio y debo de tenerlo por ahí–, o, así es como lo recuerdo. El punto es que, desde entonces, desde la emisión de ese programa de radio, escuchaba mucho estos tracks.  

Ahora la playlist ya saltó de los covers de The Cure –“A Night Like This”– y de Blondie –“Dreaming”–, a “Ugly”, y escuchar estas canciones me remonta a otras cosas en las que no pensaba en casi 30 años. 

Cuando los Pumpkins vinieron por primera vez de gira a México, en 1998, terminaba el segundo semestre de la licenciatura y estaba obsesionado con una chica de la facultad. Ella era un poco mayor que yo pero parecía tener toda la experiencia del mundo –no vivía con sus papás, había tenido una vida trágica, era un poco sombría y súper inteligente, interesante y culta; le gustaba bailar, ¡era bailarina profesional, tenía esa extraña conexión con el baile, con su cuerpo y con el movimiento!, y también escuchaba a Nirvana y también le gustaba leer, el autor que más leía creo que era Milan Kundera, y hacía muchas cosas que también me gustaban a mí y pensaba muchas cosas en las que me gustaba pensar. 

En unos cuantos meses, ella se convirtió en la chica con quien quería estar en ese momento de mi vida. Un día le hablé después de una clase y le pedí su número telefónico y la llamé otro día. Al principio las conversaciones fueron extrañas, hablar por teléfono no está en el top 10 de las cosas que más me gusta hacer, yo la llamaba de la nada y no tenía nada qué contarle, pero, justamente cuando más escuchaba este cassette de los Pumpkins que compré en El Chopo, ella y nos llevábamos mejor, las conversaciones fluían más, ella también me llamaba y hablábamos por teléfono una o dos noches por semana, y podíamos pasar 3 horas en el teléfono, y el punto es que ella tenía “un pretendiente” (más grande que ella) y sin embargo nos llevábamos tan bien que me lo dijo —él también era bailarín— y que no sabía qué hacer, que se la pasaba muy bien conmigo. Historia aparte, al final, ella y yo salimos un par de semanas en persona, como algo más que amigos, y fue un desastre. Luego ella abandonó la universidad y se enfocó en el baile y se fue a vivir a provincia, a estudiar a una academia de baile.

Mientras escribo estas líneas suena “Medellia Of The Gray Skies” y la canción me catapulta a 1997 ó 1998, y me acuerdo mucho de esta chica, es casi como si estuviera de nuevo en segundo o tercer semestre de la carrera, y me pregunto qué será de su vida –somos contactos en Facebook pero ella casi nunca usa Facebook, y la última vez que interactuamos debió de ser antes de la pandemia del Covid-19, y, antes de esa ocasión, tal vez interactuamos cuando acababa de pasar mi examen de candidatura en el doctorado, o sea, por ahí del 2010–, y tengo otro insight: esta canción era la que más me hacía pensar en ella, en la época en la que hablábamos por teléfono. Y nunca le presté demasiada atención a la letra, pero tenía la impresión de que la canción describía exactamente cómo me hacía sentir ella, cómo la percibía y cuánto la había idealizado en un año y cuán consciente era de que una relación entre los dos sería un desastre.

Ya van a dar las 8 AM y me tomé unos minutos para enfocarme en la canción y luego busqué información en Internet. Gemini AI dice “is a fragile, melancholic acoustic ballad about unrequited love, idealization, and profound emotional longing.” También dice que “Medellia Of The Gray Skies” fue el lado B de “Tonight, tonight”, que fue lanzada en 1996, y que los temas clave de la canción son la contradicción –Billy se refiere a alguien que es a la vez “an empty promise” y “an easy chair”, como si quisiera conciliar la desilusión, con un fuerte deseo de familiaridad–, la idealización contra la realidad –en frases como “You're a secret noticed” y “You're a mistery sky”, supuestamente Corgan coloca a su musa en un pedestal, y la ve como algo etéreo y celestial, pero también la ve distante y oscura, como los cielos grises–, y Gemini AI también dice que el tema central de la canción es la devoción y la vulnerabilidad, que en otras frases como “You're the emptiness of I” y “You're the reason that I write”, Corgan revela su dependencia emocional a esta musa. 

Sea como sea, “Medellia Of The Gray Skies” es una de esas canciones que me transmiten cosas que no necesito ni puedo explicar con palabras, y ahora mismo me ayudó a desviar mi atención de los achaques de las últimas 3 semanas en los que no quiero pensar. A veces me pregunto si los blogs volverán y si dentro de 30 años los internautas volverán a escuchar álbumes de principio a fin. Creo que no, que cada vez estaremos más alienados. Cada vez habrá más gente impaciente y más cerebros fritos, más cerebros en abstinencia de psicoestimulantes digitales.



miércoles, noviembre 09, 2022

Scar Tissue

Tratas de escribir, pero es imposible. 

Estás despierto desde las 5 am. Te levantaste de la cama a las 6. Luchaste contra (tus demonios) el frío. Te pusiste varios gramos de ropa encima. Te calzaste unas pantuflas. Aborreciste un poco estar en la época del año en la que ya no puedes tener la oportunidad de zambullirte semidesnudo en el día si te da la gana, cuando no es invierno y puedes andar descalzo y dormir en bóxers; cuando no necesitas ponerte varios gramos de ropa encima y calzarte unas pantuflas para ir al baño. 

Te metiste al baño a lavarte los dientes. Te miraste en el espejo. Ensayaste una sonrisa. Eres de esas personas a las que les sale natural verse encabronadas todo el tiempo. Te lavaste las manos. Bostezaste y te sentiste como un león en el reino de tu casa que es una selva. Los gatos que te ven como el rey de la selva te esperaban afuera del baño. Tú y tu manada caminaron al estudio. Te sentaste frente al escritorio. 

El frío era debilitante, una venda en los ojos, una quemadura de hielo en la piel, un banco de niebla en el paisaje. Tuviste que quitarte las pantuflas y ponerte unos calcetines y luego otra vez las pantuflas. Sacaste el glucómetro y la lanceta. Te mediste la glucosa. Anotaste el día, la hora y “137 mg/dl” en la libreta en la que llevas tus registros diarios desde julio del 2021. Aborreciste un poco tu existencia. Siempre tener que estar al pendiente de tus pasos.  

Hiciste memoria para recordar qué comiste ayer. Últimamente has comido mal (mucha carne roja) y has bebido alcohol en exceso (Seltzers, cervezas, ron, whiskey) y has tenido 110 mg/dl de glucosa en sangre, en ayuno. A veces, cuando comes cosas saludables (frutas, verduras y legumbres) y tomas té (sin azúcar), tienes 140 mg/dl. No entiendes nada. No puedes dejar de pensar que hubieras preferido heredar un fondo fiduciario, o cualquier tontería semejante, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa.

Te disponías a escribir qué hiciste desde el miércoles pasado en esa especie de diario que tienes (y que se parece un tanto al diario que Emmanuel Carrère cita en Yoga pero que, en tu defensa, comenzaste a escribir hace más de dos años, mucho antes de conocer a Emmanuel Carrère), pero tu manada empezó a impacientarse y uno de los gatos se subió al escritorio y se talló incesantemente contra la pluma que usabas para escribir. Tuviste que dejar a un lado lo que te disponías a hacer. 

Tratas de escribir, pero es imposible.

Bajaste a la cocina. Buscaste los tres platos de tu manada. Sacaste la comida blanda del refrigerador. Les serviste comida blanda. Les cambiaste el agua. Trapeaste el agua que tiraron junto a su plato de agua. El gato mayor tiene la costumbre de arrastrar el plato con agua y dejar un regadero en el suelo, y los demás le siguen el juego. Les recogiste la arena a los gatos. Sacaste la arena de los gatos. Metiste la bolsa de arena en el bote de basura en el traspatio de la casa. Cambiaste la arena. Te lavaste las manos. Te preparaste mentalmente para lavar los trastes. 

Quitaste todos los trastes secos del escurridor. Aborreciste un poco el escándalo de los platos de peltre. Abriste y cerraste cajones en la alacena. Colocaste los trastes secos en su lugar. Vertiste Salvo en el recipiente donde va la esponja para lavar trastes. Vertiste agua en el recipiente. Viste la espuma que hacía la combinación de agua y de jabón líquido. Lavaste dos platos, tres tazas, dos vasos, cuatro cucharas, seis tenedores, una sartén, un popote de metal. Y enjuagaste todo lo anterior. Y pusiste en el escurridor todo lo anterior. 

Mientras hacías todas estas cosas, medio recordabas tu sueño (que ya se te va olvidando): estabas en una recámara que se parecía a la recámara que tenías en casa de tus papás, una de las paredes estaba muy dañada, tenía una fisura y por la fisura salía una especie de forro calefactor y también por la fisura se veía un fondo de cartón; tocabas el fondo de cartón y te sentías tentado a hacerle un hoyo y a averiguar si podías ver la casa contigua a través de ese hoyo; estabas sentado frente a un escritorio y encendías una computadora y ponías un concierto de los Red Hot Chili Peppers, y conectabas la computadora a un proyector; la pantalla del proyector estaba en una pared dañada y la imagen no era muy nítida; el video del concierto tampoco era muy nítido; uno de tus hermanos aparecía en la recámara y se sentaba en el suelo a ver el concierto; la imagen en la pantalla era tan poco nítida que lastimaba los ojos. Quién sabe por qué soñaste todo esto. Si quisieras podrías analizar de dónde salieron todos estos símbolos y encontrarles un significado, pero no eres místico ni pseudocientífico. 

Tienes alergia estacional. Otra cosa que el invierno trae a tu vida. No dejas de sorber los mocos. Aún tienes sueño. Pero cuando te levantas de la cama, ya no hay vuelta atrás. Siempre ha sido así. Desde que recuerdas. 

Tienes los ojos llorosos. ¿Estás enfermándote...?

Cuando te levantaste de la cama, te sentías impetuoso y tenías muchas ideas y querías escribir. Son las 8: 15 y la rutina de todos los días ha ido matando esas ideas y ese ímpetu. Están barriendo y trapeando y sacudiendo y caminando de un lado a otro, y los pasos resuenan en los túneles de tu cerebro, son obuses que te aniquilan y que te hacen preguntarte por qué nunca tienes ganas de barrer y de trapear y de sacudir, por qué eres tan flojo para realizar labores domésticas, por qué siempre estás quejándote por lavar los trastes y por el ruido que hacen la lavadora y los trastes de peltre, y escuchas a tu manada correr de un lado a otro en la selva que es tu casa, y luego escuchas que los están regañando porque se les ocurre pasar precisamente por dónde están barriendo, trapeando y sacudiendo, porque no se están quietos, porque tienen ganas de cazar y deben sustituir sus instintos tallándose por aquí y por allá; y todos los sonidos son un dolor de cabeza, como cuando estás rendido y estás dispuesto a tumbarte en la cama y vas quedándote dormido y precisamente a un mosquito se le ocurre merodear tu cama y taladrar tus oídos con su zumbido, y te pone en alerta y temes que se te meta en los canales auditivos y que joda tu sistema vestibular y que tengas que ir urgentemente al otorrinolaringólogo... y ya no puedes dormir aunque estés exhausto. 

Tratas de escribir, pero es imposible. La vida se va mientras lavas los trastes y recuerdas lo que soñaste.

Te abandonó el impulso de escribir, entraste en la vida de un adulto que no tiene servidumbre y que es un ciudadano similar a esos músicos independientes de los noventa que hacían todo por ellos mismos, que empezaron a tocar la guitarra en la casa de alguno de sus amigos porque todo el día llovía y estaba nublado en su pueblo y porque no querían trabajar talando árboles y porque no querían emborracharse y desear suicidarse como todos sus familiares. 

Se te olvidó la oración mágica que estaba en tu cabeza y que bastaría escribir en un blog para que, a partir de ella, fluyeran varios párrafos durante varias horas y te desconectaras del frío y de la realidad y de las labores domésticas. 

Para aprovechar el tiempo, te metiste a la página del departamento de anatomía de la facultad de medicina de la UNAM. Consultaste una convocatoria de la que te hablaron. Es para una plaza (determinada) de profesor de carrera C de tiempo completo. La convocatoria dice que no es un concurso de oposición. Piensas que es pan con lo mismo, que existir en este momento y leer en este momento esta convocatoria es estar en un quirófano helado, contándole al anestesiólogo qué haces mientras la anestesia surte efecto y esperas llegar a un paraíso inconsciente.

Te preguntas si podrás poner en orden tus ideas más adelante, si dejarás de sorber los mocos, si los ojos dejarán de llorarte, si los gatos te darán tregua, si un desconocido te llamará para ofrecerte el empleo de tus sueños, si comprarás un billete de lotería y ganarás la lotería y mandarás al carajo a toda la gente superficial que sólo hace cosas para obtener dinero, si te quedarás dormido otra vez, si despertarás otra vez, si tu manada seguirá acompañándote todas las mañanas a medirte la glucosa, si en algún punto dejarás de tararear mentalmente “Scar Tissue” y si dejarás de recordar cuando no tenías ni veinte años y John Frusciante salía en MTV conduciendo un viejo automóvil y tocando una guitarra rota. 

domingo, abril 17, 2022

Correr es yin, escribir es yang


Son las ocho y media de la mañana. Ya vuelves a la casa después de correr 6 kilómetros en 26 minutos. Es el mejor tiempo que has hecho. Todavía no cumples ni un año corriendo. Empezaste a correr en julio del año pasado. Y no corres todos los días. Es un tiempo estupendo.

Te quitas los audífonos –la música siempre te acompaña, e incluso tienes una playlist para salir a correr– y vuelves a revisar tu tiempo en la aplicación del teléfono. Todavía reverbera en tu cabeza la última canción de GN'R que sonaba en los audífonos. Y no puedes dejar de pensar “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” 

Te sirves agua en un vaso y lo tomas y lo llevas a tus labios. Mientras bebes y sientes cómo el líquido vital humedece tu lengua y tu paladar, y luego baja hasta el fondo del estómago atravesando el esófago, te sientes tan vigoroso y tan despierto que piensas que podrías correr un maratón. Y te preguntas cuáles serían tus límites, si no corrieras a 2, 260 metros sobre el nivel del mar; si pudieras dedicarte profesionalmente a correr; si, de pronto, encontraras un patrocinador y ya no tuvieras que trabajar en otra cosa; si te dedicaras a correr de tiempo completo y corrieras entre ocho y diez kilómetros diarios; si invirtieras en equipo para correr profesionalmente; si te compraras unos tenis Nike Air Zoom Terra Kiger, o unos tenis Ultraboost Web DNA –supuestamente comodísimos y ligerísimos–, de esos que cuestan entre $3, 000 y $5, 000 MXN; si te compraras unas playeras dry fit –supuestamente comodísimas y ligerísimas–, de esas que cuestan entre $1, 000 y $2, 000 MXN; si te compraras unos shorts Rebook, unos leggins Puma, cosas así. 

Le das otro sorbo al vaso con agua. Sientes otra vez cómo el agua recorre tu garganta y cómo viaja hasta el fondo de tu estómago. Piensas que tal vez no hay otro momento del día en el que el agua sea tan placentera. Piensas en que no deberías darle más vueltas al asunto cuando hablas del sistema de recompensa cerebral en clase: tomar agua cuando tienes sed es un ejemplo contundente. 

Colocas el vaso en la mesa. 

Exhalas e inhalas profundamente. Tus pulmones se inflan y se desinflan. Tus músculos se tensan y se relajan. El sudor cae por tu frente. Tienes el cabello húmedo. Apenas son las ocho y media de la mañana, y ya corriste. Los ruidos apenas comienzan a inundar el vecindario. La mayoría de tus vecinos apenas están despertando y comenzando sus días. 

Te sientes más despierto que aquellos días en los que no salías a correr. Ya estabas despierto desde las cinco de la mañana y te levantabas de la cama, pero te sentabas a escribir. A veces estabas dos horas buscando las palabras apropiadas para escribir una idea y no pasabas de un párrafo, o te distraías en otras cosas: leyendo denuncias absurdas en Internet, leyendo quejas absurdas en twitter, leyendo notas absurdas en Facebook, viendo fotografías absurdas en Instagram, viendo bailes absurdos en TikTok... Y el resto del día estabas somnoliento y cansado, como si te hubiera pasado un tren encima. A veces, si lograbas enfocarte en los primeros cinco minutos después de haberte levantado de la cama, podías escribir horas y horas. 

Correr es muy aburrido y deberías estar satisfecho. No puedes dejar de repetirte “Hoy corrí 6 kilómetros en menos de 30 minutos. Al principio corría 4 kilómetros en 40 minutos.” Y sin embargo, no estás satisfecho. Más bien, te sientes frustrado. Siempre estás quejándote de algo, como la gente de twitter. 

Piensas que siempre hay un precio que pagar, que las cosas son como lo dice Carrère con palabras mucho más elocuentes: siempre hay un yin y un yang; lo hueco es yin, lo lleno es yang; leer es yin, escribir es yang; la música es yin, la pintura es yang; yin es poesía, yang es prosa. Correr es yin, escribir es yang. 

El precio que has pagado para correr 6 kilómetros en menos de media hora es dejar de escribir. Y no es un asunto trivial. Escribes desde niño, desde que aprendiste a escribir. Los fines de semana, por ejemplo, cuando tus papás aún dormían, después de haber tenido toda una semana con sus ocupaciones adultas, te levantabas temprano y te asomabas por la ventana, junto a tu cama. Tu recámara en ese departamento en el quinto piso de un edificio estaba orientada hacia el este. Veías despuntar el sol. Veías cómo el sol parecía bañar con un matiz rojizo al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl. Ese paisaje estremecía tu corazón de niño y te encantaba, y esa soledad (relativa) en tu recámara –con tus papás en la recámara contigua– también te encantaba. 

Apenas habías aprendido a escribir y te sentabas en la alfombra y te ponías a escribir. También jugabas como cualquier otro niño, pero, quién sabe por qué, desde entonces escribir era un impulso, era una necesidad, era como tomar agua cuando estás sediento. Y escribías por satisfacción. No te interesaba que nadie leyera lo que escribías. No escribías para impresionar a nadie. No escribías para que nadie dijera que eras escritor.

Ahora o corres o escribes. Si corres, en lugar de escribir, alcanzas un ritmo de 6 kilómetros en 26 minutos (¡menos de 5 minutos por kilómetro!); pierdes el ritmo para escribir y tropiezas con lugares comunes, y quieres que el mundo sepa que escribes, que el mundo te ponga una etiqueta (“escritor de ciencia ficción”, “escritor de terror”, “escritor de recetas de cocina”, “escritor de cartas de amor”, “escritor de discursos de graduación para primarias y secundarias”) y que el mundo te pague por escribir. 

Si escribes, en lugar de correr, estás ensimismado todo el día, como si te hubiera pasado un tren encima, como si el alcohol te hubiera puesto una venda en los ojos... 

Correr es yin, escribir es yang.